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Mensaje por Devargo Adacassim el Mar Nov 18, 2014 6:38 pm

Altas horas de la madrugada, el número de estrellas en el firmamento podían contarse peculiarmente con los dedos de dos manos sin amputaciones y el nigromante seguía avanzando sin rumbo fijo entre las intrincadas venas de la ciudad. Lejos, lo suficiente como para no resultar molesto para él, aún puede escucharse el rugido de un centenar de voces alegres debido a una especie de celebración en la cual los extranjeros no eran bienvenidos. Pero no le importa ¿y a quién debería importarle? está cansado y no encuentra un techo en el que cobijarse, la armadura le vuelve a picar y está tan cansado que incluso volvería a recostarse sobre unos cadáveres por tal de no volver a dejarse la espalda en tierra firme. Para colmo ese estúpido chucho huesudo se ha vuelto a perder.

Está cansado, claro que lo está y encima el clima es húmedo y caluroso. Retirar la máscara que le oculta el rostro parece ser lo más sensato en esa situación, al menos si no quiere desmayarse, y cuando lo hace da una gran bocanada de aire hasta llenar por completo los pulmones. Se siente vivo de nuevo y lo demuestra con una escueta sonrisa que desaparece cuando prosigue su camino. Está perdido y solo busca encontrarse con un cartel que indique que es una posada, o que un desconocido se digne a acoger a un nigromante en casa, pero ni lo uno ni lo otro suceden así que por un instante decide abandonar su pesquisa y encontrar el hueco que menos restos de mierda y meado contengan para acurrucarse en él.

Pero tan solo avanza hipnotizado por un olor similar al que desprendía su madre muy de vez en cuando, ese olor que le es imposible describir con simples palabras y del cual ni siquiera recuerda su nombre. Se mantiene dentro de su nariz, duradero, y llega a un punto en el que incluso es capaz de saborear y deleitarse con él. No duda en caminar a paso ligero hacia él, su cabeza parece formar un recorrido como si una flecha ante sus ojos le dijese constantemente hacia dónde debía dirigirse, primero izquierda, luego derecha, recto, bajar escaleras y seguir caminando en la única dirección posible ignorando todo lo demás que le rodea. Los callejones, a diferencia de las grandes calles, se encuentran transitados y la gente que lo hace empeora metro a metro. Devargo se empapa de toda la cultura de Thargund, meretrices, ladrones, asesinos, vagabundos, proxenetas, y un largo etcétera se interpone en su camino. No aposta, es más, lo ignoran.

Y la flecha se detiene en su punto de destino. El olor se ha intensificado tras una puerta cuya madera parece sacada de otro mundo debido a su tacto rugoso y el hecho de carecer de bisagras. Las alertas del nigromante se disparan y la lógica le ordena, le grita e incluso llega a suplicarle que no abra la puerta que se encuentra frente a él. Pero debe hacer caso omiso a sus instintos ya que hay algo mucho más fuerte en su interior que el instinto de supervivencia que lo separa de las bestias, la curiosidad. Y cuando abre la puerta puede sentir el olor. Lo siente no como un olor, si no como una presencia que se cuela por sus fosas nasales y también lo besa. No de un modo metafórico, algo lo está besando y él no se resiste, lo atrae al interior de una oscuridad absoluta cuya procedencia es la de una puerta en un muro de piedra carente de ventanas o algún signo de que alguien o algo lo haya habitado alguna vez. Las irritantes voces de los aldeanos desaparecen al instante que un incesante susurro se cuela dentro de su cabeza y que lo obliga a mover los pies lentamente. El olor cambia pero no es importante, al menos ya no para él, tan solo desea andar y lo hace bajo la esencia de un inestable ritmo de olores que pasan de dulce a cítrico y de este a floral, pero entre todos ellos durante un pequeño instante hay uno solo que se mantiene entre ellos y lo reconoce como a un viejo amigo. Podrido.

Hubiese sido genial que Devargo escapara por si mismo e incluso cuando cuenta esta historia el nigromante podría utilizar ese último olor como recurso para escapar de esa trampa. Podrido, enormes cantidades de cuerpos brotaban de la oscuridad de la puerta y aunque Devargo era incapaz de vislumbrar a uno solo de ellos sin duda alguna era capaz de olerlos y alguien más también lo hacía. Su fiel compañera, Dory, clavó los dientes en la mano del nigromante hasta el punto de hacerle sangrar. Fue el dolor, claro que fue el dolor, una excusa aceptable para que el aventurero tuviese unos segundos de lucidez suficientes para cerrar la puerta hacia su muerte.

-Me has mordido fuerte, perra -comentó Devargo cuando estaba a salvo. Realmente no abrió la boca hasta que se encontraba totalmente seguro de aquel lugar, no intercambió miradas con nadie más aparte de con su perra a la que vigilaba constantemente para que no se fuera y permaneció en completo silencio durante horas, incluso después de haber dejado la ciudad.

Amo y mascota caminaron durante un par de horas más hasta que esté necesitó echarse a dormir para coger fuerzas. Hasta que volvió a abrir los ojos no dejó de abrazar a su perra, no quería que nada se lo llevase.
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Un olor del cual no te desprendes. Empty Re: Un olor del cual no te desprendes.

Mensaje por Alice Lydell el Mar Nov 18, 2014 11:15 pm

Buen hijra


That´s what I said!
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Déjame mostrarte el mundo al otro lado del espejo...
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