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El Canto de la Mantis [Solitaria]

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El Canto de la Mantis [Solitaria]

Mensaje por Darkeray el Dom Nov 30, 2014 4:30 am

“Sentaros buenas gentes, y escuchad una historia intrigante
del más desconocido personaje, Darkeray el Caballero Errante”


EL CANTO DE LA MANTIS

-Ehorinder... -susurró suavemente el Caballero mientras avanzaba despacio, a lomos de su fiel caballo-.

La luz del Sol se apagaba, y la noche se cernía un día más, un valioso día más para los que cuentan sus días y años,  ya concluido y, quizá aprovechado por los vivos:
La labor rutinaria de la cosecha, que se ve recompensada con el ansiado fruto de la tierra
La venta de múltiples objetos en los comercios más conocidos y a la vez los más humildes de todo el mundo, recompensada por la moneda que ahora se utilice
La escritura de nuevos libros y tratados, ansiosos de ser vistos y leídos por el público más culto o más interesado, recompensada con la fama del buen autor si eres digno de ella.

Cuántos recuerdos vagaban de forma errática por la mente del caballero, pero cuando el tiempo se ha convertido en algo tan nimio, cuando todo dará tiempo y a la vez no, cuando todo lo que podías haber pensado, ya ha sido pensado, lo único que queda es la locura, pero tras casi 400 años de “vida”, la locura ha dejado de ser el refugio para tu mente, la locura, ha llegado a ser aburrida...

Y mientras el sol besaba a su terrestre esposa, el Caballero escudriñó el sur, alcanzando a ver el perfil de los bosques de Theezeroth, su cuna y a la vez, su tumba, que contempló durante minutos, mientras imágenes del pasado se juntaban con las reales, fantasmas de él mismo y otras criaturas, en el pasado o quizá el futuro bailando como si de espejismos en el más ardiente desierto se tratasen.

Sin soportar un segundo más, apartó la vista, cerró sus ojos con fuerza, y miró hacia abajo, querría haber llorado, pero las lágrimas ya no se crean en un cadáver, ni corren libres por las mejillas, sólo son un alivio concedido a los vivos, no a monstruos como él.

Ya era casi de noche, el terror de los cobardes y a la vez el amparo de los seres más viles, desde el más humilde y simple ladrón, al más poderoso y oscuro ser en busca de alimento. Podría seguir recorriendo la ruta desconocida de su viaje, pero cuando el tiempo se ha convertido en algo tan nimio, cuando todo dará tiempo y a la vez no, cuando todo lo que podías haber pensado, ya ha sido pensado, la prisa y la presteza es tan inexistente como el hielo en las profundidades de un volcán.
Mañana continuaría, mañana sería otro día, la prisa y la presteza es tan inexistente como el hielo en las profundidades de un volcán....

Así pues, y estando decidido, el Caballero espoleó a Muerte, pasarían la noche en el Bosque de Physis, el hermano virtuoso de su vecino, Theezeroth. Tranquilo y más seguro, y quizá con algo que cazar, pues la noche es larga, y el sueño inexistente.

Y fue bajo la atenta mirada de las estrellas cuando Darkeray llegó a las lindes del Bosque, que entonaba una canción junto al viento, que dirige al coro compuesto por los árboles...
Así pues, Darkeray liberó de la silla y las bridas a Muerte que, viéndose liberado, comenzó a pasear por los alrededores; mientras tanto, el Caballero se centró en encender un fuego, arduo trabajo sin un pedernal, más no imposible con la práctica adquirida de una de tus pocas actividades a lo largo de casi 400 años...

Colocados los leños y cogida un poco de yesca, sólo resta el frenético movimiento de un palo, y la llama surge débil y temerosa, como el niño recién nacido del vientre de su madre; pero la paciencia y la sabia elección de la madera, ayudan a esta recién nacida a crecer, y calentar a los que sufren frío, cocinar al que posee comida, inspirar al que contempla las hipnóticas llamas,u observar de forma burlona a aquel que no posee el calor, ni siquiera de la vida.

Todo listo y bien situado, el Caballero buscó en las alforjas algo que hacer, más con la pobre luz del fuego, leer o escribir le resultaba tedioso, y por ello, va en busca de buena y verde madera, trenzar una cuerda como le enseñó su madre, y su madre antes que ella, resultaría una buena distracción para la noche, y un buen útil para el futuro.

Pero esa noche no transcurriría como las de siempre, los sucesos acaecidos extraños serían, más el desconocedor caballero, ajeno a los hechos, continuaba en su búsqueda y recolección, y durante su paseo, halló lo que parecían ser los restos de un camino, lo que pudiera haber sido la vía de tránsito a través del bosque, olvidada o ya poco mantenida con el dinero. Olvidar, cuanto le evocaba esa palabra, retumbante en su cabeza...

Conforme con la cantidad de ramas recogidas, Darkeray se dispuso a marcharse, pero, de repente, en las profundidades del bosque, se oyó un amortiguado grito; el Caballero, se giró en su dirección  mientras en su mente viajaban las distintas posibilidades: acudir, ignorar, huir, ayudar, gritar...

Cuando el tiempo se ha convertido en algo tan nimio, cuando todo dará tiempo y a la vez no, cuando todo lo que podías haber pensado, ya ha sido pensado, y la prisa y la presteza es tan inexistente como el hielo en las profundidades de un volcán, la llamada del mundo real ha de ser contestada con la mayor brevedad posible...
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Re: El Canto de la Mantis [Solitaria]

Mensaje por Darkeray el Miér Dic 10, 2014 2:24 am

Y allí como un témpano clavado él se hallaba, el ruidoso silencio en su cabeza retumbaba, las opciones allí continuamente se agolpaban, y sus temores con los deseos se juntaban, mas un segundo grito sonó y esta vez, aún temeroso de daño poder hacer, decidió intervenir

Con el ánimo así resuelto, dejó las ramas en el duro suelo y se acercó al origen de los gritos. La frialdad y tesón en sus movimientos se detectaban, pues la batalla es el frío hielo y el cuerpo una ardiente llama, y juntas cambian al hombre, a la carne y al espíritu

Siguió el silencio, silencio tenso y tranquilo, los clinc y los clanc resonaban a cada paso del caballero, ahora su pertrecho era el peor compañero, mas continuaron lentamente, despacio, a ritmo paciente, cualquier detalle era el enemigo inminente, una hoja allí caída, una rama aquí partida, el pájaro que ahora vuela, la estrella que en la lejanía observa...

Sus manos, firmes y prestas, agarraban empuñadura y vaina de Toska, la espada asesina si así la situación lo requiriese, mas sangre no se vertería si solución más pacífica hubiera, pues el ánimo partido del Caballero, no es si no evitar la algarabía, la muerte, la carnicería.

Pues la batalla es el frío hielo y el cuerpo una ardiente llama, y juntas cambian al hombre, a la carne y al espíritu

Según se internaba en las profundidades del bosque, la oscuridad cada vez más reinaba, pues los altos árboles la luz acaparaban, admirados por la belleza que de las estrellas emanaba. El silencio cada vez más tenso se hizo presente; el hombre se asusta, la mujer teme, el niño llora y el anciano desfallece, pues la mente es pérfida y malvada, y en la mente evoca al miedo, que su oxidada puerta abre ante la llave de la oscuridad, guardada durante el día, y cedida durante la noche.

Mas esto a Darkeray no amilanó, pues él en vida los horrores de la guerra vivió, la muerte de sus compañeros, sus amigos y el dolor, tener el afilado filo del enemigo, arañando unas hebras del vital hilo, ser el rezagado al huir del triunfal enemigo, luchar por la vida, cuando en el destierro la muerte es el único amigo.

Pues la batalla es el frío hielo y el cuerpo una ardiente llama, y juntas cambian al hombre, a la carne y al espíritu

Y tras el inevitable final, cuando la vida a su climax había llegado, y la paz por completo ya al Caballero había inundado, perniciosa maldad lo despierta del lugar amado, pues es menester que por toda la eternidad agonice, y que con su pena al mal amenice; hábil en mentiras, astuto en las tretas, cruel en sus diversiones.

Un clinc ahora un clanc de nuevo un clinc y otra vez clanc, la armadura su melodía recitaba, mientras el Caballero poco a poco se impacientaba, paciencia le sobraba, la tensión la soportaba, pero allí no había nada, ni sangre ni herido, ni muerto ni asesino; quizá la mente estaba creando, y la imaginación a su vez jugando, cuando uno tanto tiempo así de sólo está, la mente fantasea para luego enloquecer, pues la batalla es el frío hielo y el cuerpo una ardiente llama, y juntas cambian al hombre, a la carne y al espíritu

Por un momento el Caballero se detuvo, afinó el oído y cubrió sus espejos, pues cegando un sentido, el otro trabajará lo que el primero había prometido. Y una vez más, silencio, y del más absoluto, ningún ruido, nada en particular, así que esta vez, optó por regresar.

Pero aquello buenas gentes, no terminó allí, pues un gemido lastimero, muy tenue se empezó a oír, Darkeray, el Caballero, conocido como el Errante, se dio la vuelta y siguió adelante, ahora sí, ahora seguro, allí había alguien en apuros.

Del sendero salió decidido, apartó la maleza y soltó un leve suspiro, allí en el duro suelo algo reposaba, un bulto grande envuelto en tela. Se acercó el Caballero con cautela, empuñadura en mano si con violencia se procediera; más el bulto inerte allí permanecía, lo que fuera aquello, de allí no se movía.

Darkeray no sabía como proceder, dentro podría haber cualquier cosa, el peligro más grande o la minucia más sosa, un animal cazado en sus últimos suspiros, o quizá un bandido condenado a este destino,la tela era burda, de mal coser, un refinado procedimiento no podía ser.

Al final la curiosidad prevaleció, y con la espada la tela rajó, ante él una hermosa mujer apareció, vestida de humilde forma, de pelo negro, largo y liso, una humana sin duda, allí dejada, allí herida, apenas se notaba la leve inspiración, que probaba su vida y su latente corazón.

Y una vez más el Caballero allí quieto se quedó, y una vez más su mente divagó, las opciones otra vez se agolpaban, las posibilidades a su alrededor viajaban: ayudar, abandonarla, huir o matarla...

La batalla es el frío hielo y el cuerpo una ardiente llama, y juntas cambian al hombre, a la carne y al espíritu
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Re: El Canto de la Mantis [Solitaria]

Mensaje por Darkeray el Lun Dic 29, 2014 12:15 am

Y en la oscura penumbra, el bosque, ajeno al tiempo y a lo que allí sucedía, mantenía su pasividad, pues no es relevante, sólo el continuo crecer de su flora, la latente actividad de la fauna y la salud de la rama

El Caballero se mantuvo pensante, quizá solo fuera bueno el semblante, pues el mal se viste de seda, vil se esconde en las profundidades, y ataca cual áspid escondida en su madriguera

Pero su inerte corazón no se lo permitía, actuar así no podría, quizá fuera su perdición, pero si no la ayudaba y allí fallecía, siendo inocente y sólo prístina, jamás se lo perdonaría, pues su dolor es grande, su sufrimiento eterno, y añadir algo más a su ya gran peso, no resulta nada sino doloroso

Puesto de acuerdo consigo mismo, agarró a la joven, con verdadero mimo, silbó con fuerza y el caballo vino, montó a la joven delante, sujetándola entre sus brazos, pues si cayera en ese estado, la Parca le haría daño.

Y al llegar al campamento, la dejó suavemente en la hierba, apoyándola en un árbol, su piel estaba azul, su cuerpo apenas se movía, y aunque el Caballero sentirlo no podía, el frío a ella le sobrevenía,
así pues reavivó el fuego, generoso en calor y leños, esperando que ella así se calentara.

Y en la oscura penumbra, el bosque, ajeno al tiempo y a lo que allí sucedía, mantenía su pasividad, pues no es relevante, sólo el continuo crecer de su flora, la latente actividad de la fauna y la salud de la rama

La examinó de arriba a abajo, sin hurgar en su intimidad, y descubrió, intranquilo, como de una herida, manaba el tinto río, el que a nuestro cuerpo calor da, ese calor que el Caballero ya no da, pues él lo había perdido tiempo ha.

Tenía que detener la sangre, parar su salida alarmante, de seguir así la joven moriría, su vitalidad por la hierba se perdería.

Y cogió el Caballero de la alforja, la hierba cicatrizante, la humedeció, y sin más la aplicó, pero por si no fuese suficiente, envolvió la herida en tela caliente, pues ayudaría a cicatrizar, lo que de otra manera, a la dama podría desangrar.

Arreglado así el problema, examinó con calma a la nueva, seguramente de unos 30 años o menos, de más edad no podría ser, quizá fuera de algún pueblo cercano, o quizá algo más lejano, las vestiduras no la identificaban, demasiadas damas las portaban.

Se apartó para dejarla respirar, debía dejarla estar. Se sentó al lado de la llama, viendo como ésta bailaba, y dejó a su mente vagar, a un lugar mejor escapar, pues en la oscura penumbra de la noche en vela, teniendo sueño y no pudiendo dormir, la mejor cura es dejarse ir, abandonar el mundo con la mente, pues el cuerpo permanece presente, hasta que la maldición se rompa para siempre.

Y los minutos transcurrieron, con calma y paso lento, hasta que llegado el momento, la joven salió de su tormento, pues el color retornó, los brazos levemente movió, y la respiración con ritmó recuperó. El Caballero, aún atento, salió de su ensimismamiento, se irguió con rapidez, se acercó a la joven y la examinó otra vez: mejor aspecto tenía, quizá sobreviviría.

Entonces, se dio cuenta, la joven debía comer, pero nada tenía que le pudiera ofrecer, todo era incomestible, debía cazar algo, aunque fuera en la oscuridad, si la joven no se alimentaba y la sangre no recuperaba, caería enferma sin duda, no podía permitirse que sufriera esa amargura.
Se irguió rápidamente, y le pidió a su caballo que la cuidara, se adentró en el bosque profundo, y calló por un segundo, la vida a su alrededor se movía, él podía oírla, sólo tendría que atraparla, fuera grande o fuera enana. Cogió un palo y lo afiló, una forma de punta le dio, y con calma y tranquilidad, por el bosque se puso a caminar, buscaba un agujero, una madriguera, un nido, algo que pudiera abatir de un buen tiro.

Pasaron los minutos y no hubo suerte, nada que pudiera ser decente, pero el Caballero no se rindió, continuó firme hasta el final, si no volvía con algo, no se lo perdonaría jamás; y por fin su insistencia, tuvo su recompensa, un conejo en su madriguera, ensartado en la lanza, rematado rápido para evitarle el dolor.

El Caballero volvió raudo al campamento, la dama podría despertar en cualquier momento y aún le quedaba trabajo, desollarlo, limpiarlo y cocinarlo, un proceso largo y tedioso; más cuando llegó al campamento, ella aún dormitaba, el color en su piel poco a poco se recuperaba, bueno, eso era bueno, definitivamente era bueno.

Y en la oscura penumbra, el bosque, ajeno al tiempo y a lo que allí sucedía, mantenía su pasividad, pues no es relevante, sólo el continuo crecer de su flora, la latente actividad de la fauna y la salud de la rama

Darkeray se apoyó en un tronco y se puso a trabajar, a un buen ritmo y sin parar, y gracias a ello, poco tardó en terminar, fue a la alforja de Muerte, cogió la marmita y de agua la llenó, la puso a hervir y el conejo echó, unos diez minutos a lo sumo, no más.

Y mientras esperaba que el conejo se hiciera, se levantó en silencio y se fue a por leña, a él no le importaba el frío, normalmente no cuidaría la hoguera, pero ella necesitaba el fuego para sobrevivir, igual que la llama al aceite del candil.

Recogió bastantes ramas y leños caídos, el fuego aguantaría, era suficiente, así que con los brazos cargados, regresó una vez más, cuán grande fue su sorpresa, cuando vio a la dama despierta, estaba sentada en el suelo, tomando en una corteza el estofado, el Caballero se quedó inmóvil en la penumbra, iba a despertarse, eso lo sabía, pero no aún así no estaba preparado, ¿Aquella mujer huiría? ¿Se asustaría? ¿Sería impasible? Darkeray no lo sabía, y dudó si avanzar o no, quedándose allí quieto, sin dejar de observar.

Y en la oscura penumbra, el bosque, ajeno al tiempo y a lo que allí sucedía, mantenía su pasividad, pues no es relevante, sólo el continuo crecer de su flora, la latente actividad de la fauna y la salud de la rama
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Re: El Canto de la Mantis [Solitaria]

Mensaje por Darkeray el Miér Ene 28, 2015 8:48 am

Y en el bosque allí estaban, el monstruo podrido y la bella dama, unión imposible bajo el mismo techo natural, quien lo diría, quien lo iba a imaginar.

Darkeray allí seguía, la mirada se le perdía, no sabía como actuar, quería irse, dejarlo estar, estaba recuperada, ya no lo iba a necesitar, se levantaría, se iría, a su tierra volvería, nada más, no sabría quien la auxilió pero le daba igual, quien creería que el lobo no ha matado a la oveja, quien creería que el Caballero Errante había sido piadoso, nadie, nadie en esta tierra, unos pocos pudiera ser, pero cuán nimios son en comparación.

Estaba decidido, se iría, la mujer bien se las apañaría, si hiciese falta de nuevo la cuidaría, pero nada más; se dio la vuelta y se dispuso a marchar, pero ¡Ay! Que traicionero es el deseo, pues los leños se le cayeron, su mente de ellos se había olvidado, había divagado demasiado; la moza se dio la vuelta sobresaltada, y contempló en silencio al individuo y luego a la espada.

Y en el bosque allí estaban, el monstruo podrido y la bella dama, unión imposible bajo el mismo techo natural, quien lo diría, quien lo iba a imaginar.

Darkeray se quedó allí de pie, mirándola en la oscuridad, cuan tenebroso era su aspecto en la penumbra, donde sólo dos llamas azules se apreciaban. La dama se incorporó, le temblaban las piernas pero así actuó, calló unos minutos, el silencio era tenso, seguramente huiría, fuera a donde
fuera, la cuestión era largarse, que importaría, sólo alejarse.

Más eso no ocurrió, algo extraño sucedió, la mujer simplemente pronunció:

“Gracias, gracias por ayudarme”

Darkeray estaba anonadado, eso nunca le había pasado, quizá hace tiempo, quizá no lo recordara, pero igualmente, que sorpresa le provocaba; se limitó a asentir con solemnidad, el protocolo era el mismo, así era su forma de actuar; la muchacha soltó una risita, le resultaban graciosas tantas formalidades, nunca había sido una señorita, ni tratada como una, Darkeray se irguió extrañado, ¿Era una risa lo que había escuchado? Apenas recordaba el sonido que tenía, cuanto hacía que él no se reía.

Y en el bosque allí estaban, el monstruo podrido y la bella dama, unión imposible bajo el mismo techo natural, quien lo diría, quien lo iba a imaginar.

La muchacha siguió el juego, e hizo una reverencia, mal hecha pero de buena intención, se rió un poco de la situación, y dijo a continuación:

“¿Cómo se llama señor? ¿A quién le debo este gran favor?”

El Caballero dudó un segundo y respondió en un tono oscuro, que salía desde lo más profundo:

“Darkeray me llaman algunos, el Caballero Errante otros, puede vuestra merced, dirigirse como prefiera”

Su nombre real no quería decirlo, era la atadura a su pasado como vivo, malos recuerdos le traía a la mente, no lo pronunciaría, definitivamente.

La muchacha soltó otra risita, se sentó en el suelo y se sirvió otro poco, recuperaba el apetito, eso era bueno, ¡Espera! ¡No era para ella! Se la dio al Caballero; para que él también comiera, que gesto tan noble, pero lo rechazó con cuidado, dijo que no tenía hambre, en realidad nunca la tendría, pero no tenía por qué saberlo, podría asustarla; extraño ya era que no comentara su olor, su aspecto y una vez más, su hedor.

Y Darkeray se apoyó en un árbol, y se puso a hilar la cuerda, con paciencia, con calma, trabajo lento, con cariño, como si estuviese acunando a un niño, la dama se tomó otro plato más, se tumbó al lado de la lumbre y se durmió, el Caballero la observó, tan tranquila, tan en paz, que envidia sentía, por aquella serenidad.

------------------x------------------



La noche siguió en su reinado, Darkeray a las llamas miraba ensimismado, ahora bailaban hacia la derecha, ahora hacia la izquierda, un parpadeo por los soplidos del viento, un estallido y luego silencio, que mágico era contemplar la llama, ardiente como un desierto, peligrosa como un volcán, salvadora como la luz del Sol, pero a la vez tan delicada, un cubo de agua, un fuerte viento, un poco de tierra y se acababa al momento, que mágico era contemplar la llama.

La dama permanecía durmiendo, pero temblaba y se lamentaba, el Caballero se dio cuenta al momento, él era el responsable de ese sufrimiento, su frío le causaba pesadillas, ya antes tuvo que haberlas sufrido , pero ahora era innegable, no podía estar a su lado mucho tiempo, o la sometería a un gran tormento.

Así pues el Caballero se levantó, la capa se quitó, y sin más, se la dio, serviría para taparla, no era la mejor protección, ni siquiera la que mejor oliera, pero mejor eso a que ella sufriera. Darkeray recogió la cuerda y se marchó, volvería por la mañana, pero de momento allí la dejaba, el bosque era seguro, allí nada atacaba.

Se dio la vuelta y se internó en la oscuridad, desapareciendo en la penumbra.

Y en el bosque allí estaban, el monstruo podrido y la bella dama, unión imposible bajo el mismo techo natural, quien lo diría, quien lo iba a imaginar.
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Re: El Canto de la Mantis [Solitaria]

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