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Mensaje por Tarym Arcontez el Dom Dic 28, 2014 9:06 pm

Existen dos caminos que conducen hasta la taberna El Ciervo Descabezado, la peor taberna de la región, situada en los caminos de paso entre las ciudades de Tiriam Le Rain y Erenmios. El primero es la ruta más corta y directa, atravesando llanos rodeados de herbazales y, tras unos minutos de trayecto, el bosque de Silvide. Es un trayecto común y aburrido. El segundo es más largo y está plagado de peligros, pues serpentea por altozanos, montañas nevadas y elevados riscos. Desde lo de Riyim buscaba la muerte desesperadamente. Ansiaba que alguien, en su infinita misericordia, atravesase mi pecho con el frío acero y me liberase de esta carga. ¿La muerte se me escapa? ¿O era yo demasiado cobarde como para encontrarla ? Escogí la primera opción porque no quería morir congelado. Opte un plácido y tranquilo paseo antes de dormir. Uno que me hiciese olvidar.

No había parado de llover en toda la tarde y los caminos de tierra se habían convertido en incómodos barrizales. Cuando llegó la noche alcé la mirada al cielo, oscuro, tachonado por brillantes estrellas y tres blancas lunas, que rutilaban con una fuerza especial. Aparté la mirada de inmediato. Hasta el detalle más nimio me recordaba a ella. No podía olvidarla. Era como una flecha que atravesaba mi corazón y que, por mucho que lo intentase, no lograba arrancar. Un dolor constante. Profundo. Agotador. Una fría ráfaga invernal me erizó el pelo de la nuca y la incesante lluvia me había calado hasta los huesos. Sin perder un instante, me ajusté el sombrero y me arrebujé bajo mi capa. Avancé rápidamente, sintiendo como las suelas de mis botas se hundían en la tierra húmeda.

Atravesé el bosque de verdes pinos, sin parar si quiera a contemplar su belleza. Sólo podía pensar en lo mucho que a Riyim le hubiese gustado aquel sitio. Me había prometido no llorar. Me prometí que la olvidaría. Que borraría de mis recuerdos la imagen de su bello rostro, siempre sonriente, la de sus rizos brillantes, cayendo sobre sus hombros desnudos, su olor, aquel aroma a perfume de melocotón y lavanda, aquellos ojos que tan loco me traían y por los que hubiese matado... Ahora todo se había jodido. ¿Tenía yo la culpa?

Mientras terminaba con mis ensoñaciones, llegué hasta el llano apartado donde se asentaba la taberna de madera. El viento de la noche hacía oscilar el cartel de madera, que se movía con un rítmico sonido chirriante, como una horrorosa parodia de un silbido humano. El Ciervo Descabezado, rezaba, pintado con grandes letras rojas y acompañado por la imagen de la testa sanguinolenta de un ciervo. ¿O era un alce? Tanto da. Empujé la puerta de madera, aún tiritando por el frío y me introduje en el interior de la taberna.

Una mezcla de olores me golpeó las fosas nasales nada más entrar: sangre y sudor, opio, orines e incienso, tabaco rubio, tabaco negro, el aroma de licores y todo tipo de bebidas espirituosas... La taberna no era más que un tugurio hediondo, una simple construcción de madera con techo de paja. Las paredes estaban raídas por termitas y la techumbre era apenas sujetada por pilares de madera defectuosos. Una lámpara de gas iluminaba pobremente el ambiente. A las mesas había sentados hombres de poca clase, todos con rostros duros y feas cataduras. Parecía un lugar de paso para leñadores, truhanes y cazadores furtivos. El suelo de tierra estaba tapizado con multitud de pieles y pellejos secos. Unas escaleras de madera daban acceso a un altillo donde se apilaban los catres y jergones de esparto. Era un lugar, en suma, asfixiante, donde el olor del cuero se mezclaba con los efluvios humanos.

Con un rápido ademán, le indiqué al tabernero, un hombre entrado en años, con el cabello cano y con una barriga prominente, que se acercase. Sin mediar muchas palabras le expliqué mi idea de dormir allí y pedí que me sirviese una caja de vino y algo para cenar. Deposité las monedas sobre la mesa y el viejo, ávido cual ave rapaz, se abalanzó rápidamente sobre ellas. Tras esto, tomé asiento en la primera mesa que encontré vacía, me desembaracé del tahalí y del petate y los deposité cerca, a la altura de la mano, por si había problemas.

Al rato, llegó otra vez el tabernero, balanceando sus abundantes grasas, y depositó sobre la mesa una caja repleta de botellas de vino y una escudilla de madera humeante, repleta de ¿guiso de carne? Apure rápidamente aquella especie de guiso aguado y di buena cuenta del vino, buscando en el fondo de las botellas un remedio para la melancolía. Algo me despertó de mis ensoñaciones etílicas. Era una voz femenina:

¿Os importa si me siento aquí? Es la única mesa libre – La mujer rondaría sobre los cuarenta años, pero no había perdido ni un ápice de su belleza juvenil. Tenía el cabello azabache y los ojos de un azul brillante, con un rostro afilado y atractivo. Vestía una saya de mangas abiertas con volantes verdes, algo ajada, y cubría sus pies con unas sandalias de cuero. Hubiese jurado que olía a... ¿melocotón y lavanda? Y sobre los brazos sostenía, con mimo, a un pequeño infante recién nacido que, parecía, acababa de despertar de su sueño. ¿Serían la mujer e hijo del dueño de aquel tugurio?

No dije nada, simplemente asentí con la cabeza y la mujer tomó asiento a mi lado. Para mi sorpresa, la pequeña criatura abrió mucho los ojos y comenzó a llorar desconsoladamente, llenando con sus llantos el interior del local. Algunos de los presentes se levantaron la vista de sus copas para contemplar el escándalo. La mujer intento tranquilizarlo como pudo, lo meció con cuidado, incluso intento cantarle una canción de cuna, pero el pequeño no depuso en su actitud. Entonces, se acercó el tabernero, encolerizado:

Maldita ramera. Haz callar al condenado crío.– Se había puesto rojo como un tomate.– No sé cómo consentí que te quedases con ese pequeño bastardo. Debí mataros a los dos, zorra infiel.– El tabernero iba a golpear a la mujer, pero me levante rápidamente y le sujete la mano. Con la otra extraje el cuchillo de matarife de la caña de mi bota y se lo puse en el cuello.

Algo embriagado, apenas articulé unas palabras, pero con la suficiente contundencia como para que el rostro del tabernero se volviese lívido:

Si osáis tocarla, aunque solo sea un solo cabello, como hay dios en el cielo, amigo, que os mato y riego con vuestra sangre esta taberna de mierda. –El tabernero bajo la mano y se retiró tras la barra, asustado pero sin ocultar su enfado. Volví a envainar el cuchillo y me dirigí a la mujer. – Perdonad mis modales, señora. No soporto la violencia de esos bravucones. ¿Os encontráis bien?

Si. Gracias, supongo – Alcanzó a decir la mujer. – El pequeño seguía llorando. Ella intentaba calmarlo como podía.

¿Me permitís? – Dije señalando al infante. La mujer tuvo un atisbo de duda, pero algo debió de ver en mí y me tendió al niño. Con cuidado, lo tomé en brazos. Y comencé a cantar. Una preciosa canción salió de mis labios, delicada como el rasgueo de un laúd y con una belleza sin igual.

Aü na mare, sera nen mare,
Güindolas nen lú ah vallin,
phin äylä nasarem thuum,
ö S´hmar nerem na, mare,

Aü na mare, sera nen mare,
shalla, Terym, nümem qorum,
fïndolas p´anem, findolas farum,
undömiel nahrs, na S´emirabis,

Cuil bore, mare, cuil bore,
narahami, narahami, bö,
Phïndolas immenm sui tä,
Aü na mare, sera nen mare,
mare.


El pequeño fue cerrando los ojillos, y cuando llegue al final de la canción ya se había dormido, plácidamente, tranquilo, con una sonrisa encantadora dibujada en los labios. Todos los presentes se habían vuelto para observar. Devolví al niño a los brazos de su madre, que lo tomó con mimo y lo apoyó sobre su pecho.

¿Dónde aprendisteis esa canción? Es preciosa.

Es una canción de los elfos solares de Erinimar. Así celebran la salida del sol. Pocos mortales han tenido el privilegio de escucharla.– Apuré el último trago de la botella de vino y me levanté de la mesa. Me ceñí el tahalí al pecho y cargué el macuto a la espalda. –No pienso pasar la noche aquí. No quiero que el tabernero y alguno de sus compinches me apuñale mientras duermo. Me dirijo hacía Phonterek, por si queréis acompañarme. Os daría unos minutos para recoger vuestras cosas.
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Aü na mare, sera nen mare. Empty Re: Aü na mare, sera nen mare.

Mensaje por Mister Orange el Lun Dic 29, 2014 2:30 pm

Interesante hijra, me hubiera gustado que colocara la traducción de su canción, pero esta bien el hijra como esta, felicidades, procedo a darle color y su recompensa por este interesante y bastante logrado hijra.

Por cierto, como su hijra posee un final abierto, le planteo que lo termine en una partida, para ver el desenlace de la mujer y la criatura.
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