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Cacería de la Vieja Escuela

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Mivam el Jue Abr 16, 2015 12:52 pm

El hacha de Nathar pasó rozando la cabeza del basilisco herido. Al parecer Mivam había sido capaz de dejarlo inmovilizado, pero todavía no estaba muerto. Nathar no se lo pensó demasiado y cuando llego donde la gran serpiente, le clavo su otra hacha en la cabeza. El basilisco no parecía capaz ni de gritar de dolor, pero por la profundidad del corte todos supieron que estaba muerto.

Los orcos se sorprendieron al comprobar que el resto de la partida había conseguido acabar con los basiliscos también.- Parece que estamos con grandes guerreros-Comentó Jahmer el cuál no había tenido ocasión de luchar.

-No luchan mal para ser humanos y enanos- le respondió Nathar al tiempo que limpiaba sus hachas. Todo indicaba que ya no quedaban basiliscos por los alrededores por lo que la partida entera parecía más relajada. Muchos estaban sonrientes, no era para menos, aunque fueran cazadores experimentados no todos los días se combatía con unas criaturas que mataban con la mirada.

Nathar parecía divertido, siempre había existido una sana rivalidad con Mivam- He matado a uno-Dijo sonriente.

-Esa muerte no te pertenecía. Yo le había dejado moribundo. Era mi honor acabar con su vida.-Dijo Mivam cabreado. Sin embargo, aquel basilisco había recibido su merecido, nadie le empujaba por la espalda, le hacía volar varios metros y vivía para contarlo.

En ese momento Mivam escucho un tremendo sonido, no parecía natural.- Los Dioses deben de estar mandando una señal…- Pensaba Mivam cada vez más convencido de la labor que estaban realizando en aquella región. Parecía que la muerte de los basiliscos había alegrado al gran Dios que todo lo mueve, después de todo, aquellos seres eran criaturas malvadas.

Pocos humanos habían muerto en la contienda, aunque otros varios habían salido mal heridos. Uno de los guerreros que más prometía servir para la causa había resultado gravemente malherido. Se trataba de una especie de hombre pájaro que había sido alcanzado por uno de los basiliscos. Muchos de los humanos parecían festejar la victoria, pero los orcos sabían que aquello no había hecho más que empezar. En ese momento el grupo pudo ver como lo que parecían los miembros del otro grupo se dirigían hacía el poblado.

-Debe de estar pasando algo en el poblado-Dijo rápidamente uno de los hombres.

Justo en ese momento llegaron los miembros del grupo. Por el aspecto que tenían todo indicaba que habían estado luchando hace poco. Mivam se sintió algo extraño le parecía haber visto justamente esas mismas caras hace un momento. ¿Acaso eran hermanos suyos?

-¡Vamos, vosotros seguid hacia Darry´gor, no hay tiempo que perder! Esos monstruos nos han tomado la delantera y son capaces de copiar el aspecto y la manera de luchar -dijo un anciano. En ese momento, el grupo de Mivam se puso en marcha hacía el poblado nuevamente.- ¡Sigámosles hermanos!-Dijo Mivam a sus camaradas orcos. Los orcos estaban convencidos de que siguiendo a ese grupo encontrarían más combates, que era lo que estaban buscando.

Al llegar a Darry´gor los orcos pudieron notar cierta confusión. Había una gran cantidad de gente y todos parecían alborotados de un lado para otro. Se podían ver trifulcas en todo el poblado. En ese momento, Mivam pudo ver su propia imagen relejada en otro ser, se trataba de él mismo, pero el sabía que era imposible.-Debes de ser uno de esos seres que ha mencionado el anciano. -Dejádmelo a mi muchachos, lo acabaré-Dijo Mivam con confianza. La copia no se defendía mal, sus movimientos eran muy parecidos a los de Mivam, era capaz de blandir el hacha de guerra con habilidad y su fuerza no se quedaba atrás. Los choques de ambas hachas resonaban en la distancia, era un combate entre dos criaturas enormes. Finalmente, Mivam fue capaz de asestarle un tajo en vertical en la cabeza. En ese  momento el monstruo desveló su autentica forma.-Que ser más horrendo-Pensó Mivam.

-Tened mucho cuidado, aquí hay mucha gente, y no sabemos quienes pueden ser de verdad y quienes enemigos. Escuchad... con bastantes posibilidades nos enfrentaremos pronto a un gran ataque, pues los genios rara vez actúan en solitario, y parece ser que este hizo una señal bastante visible para todo el que pueda estar cerca.-Dijo un enano que había visto el combate y que parecía estar organizando una defensa contra aquellas bestias.

La batalla había comenzado y parecía que iba a ser de proporciones épicas¿Serían capaces de volver a ver un amanecer? Lo más probable era que el gran Dios fuera a reclamar muchas almas en ese dia.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Vie Abr 17, 2015 3:17 am

-Bien, te as asegurado de que esta viva ¿ahora que? ¿que se supone que puedes hacer ahora? Ellos siguen siendo mas que tu. Ella esta bien, pero tu no lo estarás de aquí a nada.- Desde luego, no era para nada favorable la situación que se presentaba ante mi, y lo peor es que, aquellos espíritus de la naturaleza que había convocado hacía ya rato, aun no habían aparecido. Aunque, si hubieran aparecido, la verdad es que tenía dudas al respecto, confiaría mi vida a cualquiera de los espíritus que me acompañan, sin duda, pero con los espíritus de los arboles... siendo sincero, aunque había encontrado muchos de mis ahora compañeros de viaje animales, la verdad es que el contacto con ellos lo tenía un poco apartado de mi camino. No es que estuviera orgulloso, pero... realmente me siento mucho mas conectado a los espíritus animales, que con los espíritus de la tierra. -Piensa en algo Sejen-

De pronto, en cuanto me quise dar cuenta, tenia frente a mi a dos copias, una mía y la otra de la muchacha, yo me preparé para la batalla, apuntando mi lanza al frente, si tenía que ocurrir algo, imploraba a los espíritus que fuera ahora.
Atacaron, trate de defenderme valiéndome de la lanza, como único recurso. Bloquee golpe tras golpe, centrando su atención en mi, para que se olvidaran por completo de la chica que se había desmayado, apartándolos de ella, pero al mismo tiempo, estaba preocupado por otra persona, de la cual preferiría en estos momentos no saber nada y esa era Adila, mucho tiempo la llevaba soportando, como para ahora no preocuparme de ella. -Eres idiota Sejen, un completo y estúpido idiota.- En un momento, en que pude ganar algo de distancia, busqué a la joven cazadora con la mirada, no podía estar muy lejos.

Cuando la vi, sentí cierto alivio, no parecía tener demasiados problemas y eso me consolaba, al parecer no era tan solo una simple charlatana sin más, pero mis problemas no disminuirían con mi consuelo, nuevamente fuí atacado, pero esta vez tan solo una de las copias llego a batallar conmigo, pues la copia de la imperecedera se había detenido. -Al fin.- Dije para mi mismo mientras, dos pequeñas criaturas, hechas de madera se aferraban a las piernas, de aquella copia y en cuanto esta intento atacarles, se escaparon de su ataque, aunque uno de ellos perdió uno de los pequeños brazos, ahora la cosa estaba mas igualada para mi, eramos tres contra dos, contaba con que los pequeños espíritus hicieran al menos uno de ellos, pero no estaba del todo seguro.

Nuevamente el combate se reanudó, esta vez yo tan solo tenía que preocuparme de una copia, la mía, los espíritus se encargarían de la copia de la imperecedera, los cuales atacaron sin miedo a dicha copia, esquivando sus ágiles ataques y golpeándola con sus brazos cuando tenían oportunidad. Yo mientras, daba vueltas en mi mente, como podría derrotar a mi clon, pues por lo que había visto hasta el momento, eramos casi exactos, al menos luchábamos de la misma forma, la ventaja es que, gracias a lo que sea que hiciese la noble que ahora yacía inconsciente, ahora sentía mis energías renovadas. -Vamos allá.- Esta vez yo di el primer paso, tratando de dar una estocada recta con la lanza, el retrocedió para tratar de esquivarla, justo lo que imaginé que haría. Arrastré el pie por el suelo levantando polvo, tierra y algo de fango, para intentar darle en los ojos o en la cara, tratando de distraerle por un momento, si eran copias exactas, tenían los mismos sentidos, como la vista o el oído, o al menos eso es lo que yo esperaba y así fue. Era un truco sucio sin duda, pero ahora no era momento para ser caballerosos, de hecho no salí indemne. Ante su ceguera, la copia reaccionó de una forma que no esperaba, seguía blandiendo la lanza, en vez de intentar quitarse la mugre del rostro. Aunque mi estocada final fue certera, lo cierto es que su lanza tampoco erró, mientras mi lanza le atravesaba el corazón, la suya producía un corte en mi hombro izquierdo, al mismo momento que yo formaba una mueca de dolor, sintiendo el acero rasgar mi piel y quizás algo mas, pero hasta después de luchar, no estaría seguro de si se trataba de algo grave.

Notaba la sangre corriendo por el brazo, brotando de la herida producida, estaba caliente y pegajosa,  de mis dedos empezaron a caer gotas al suelo.
Mi respiración estaba agitada, la adrenalina recorría mis venas sin parar, incluso podía sentir los latidos de mi corazón.
Volví la mirada para visualizar el combate entre, los antárboles y la copia.
Aun a pesar de lo que sea que hubiera hecho la imperecedera, su efecto poco a poco remitía y me sentía cansado, mis piernas parecían mas pesadas, me costaba siquiera sostener la lanza, pero la lucha no había concluido todavía, resoplé mientras observaba a los pequeños espíritus enfrentándose a su adversario, de hecho ya solo quedaba uno de ellos, el otro había ya caído en el combate, podía saberlo por las pequeñas astillas y trozos de madera a los pies de la copia. -Maldita sea.- Pensé para mi, no obstante aproveche la distracción que ofrecía el otro antárbol. Derribe a la copia con un ataque por la espalda, haciéndole una zancadilla, provocando que cayese al suelo y sin darle oportunidad ninguna de respuesta, puse el pie sobre el clon para mantenerlo en el suelo y le atravesé la cabeza, con la lanza, en la cual me apoyé tratando de recobrar el aliento, la batalla parecía haber terminado, en principio.  

El djinn desapareció en el lodazal, perdiéndolo así completamente de vista, las copias que quedaban se marchaban y mentiría si no sintiera alivio por ello, pero no era nada esperanzador desde luego.
Busqué con la mirada a la noble, que había logrado con su magia nuestra victoria, por suerte ahora estaba a hombros de Youdar, el enano dueño del gato. -¡Sejen!- La crispante voz de Adila apareció nuevamente, pero en cierto modo me alegraba de que no le hubiera pasado nada. -¿Has visto como e luchado? ¡GUAU! A sido increíble, yo estaba allí y después me fuí hacia atrás para logra ventaja, después dispare el arco, pero una de esas cosas se transformó en mi, ni hablar, Adila solo hay una ¿sabes a que me refiero? Si, exacto, solo yo y no puede haber otras.- Decía ella, mientras yo me alegraba que las copias no pudieran hablar, no sabía si lo que decía era todo verdad, o mato a sus clones con las palabras, de decirme que así lo hizo, la creería. -¿Y tu que tal? No tienes buena pinta y además ¿que puñetas es eso? Osease, esa cosa con forma de arbolito feo ¿que se supone que es, ya has vuelto a hacer una de esas cosas vudús tan raras?- Al ver que no le respondía se dio cuenta, de que no era precisamente un buen momento, se calló, tomo la lanza y paso mi brazo derecho por encima de sus hombros. -Estas herido.- Comentó al ver la sangre, que caía por mi brazo izquierdo. -No es nada, no te preocupes. Ya puedes irte.- Adila me miró extrañada, pero entendió que no se lo decía ella sino al antárbol.

Estábamos de vuelta hacia Darry'gor y de no ser, porque estaba cansado, no hubiera hecho caso. Nos detuvimos cuando Youdar vio a Perik, del otro grupo, quien apremiaba al enano cuyo gato siempre viaja con el, a dejar aquí a la imperecedera, ya que habían improvisado una enfermería o algo así, no pude escuchar bien. -¡Eh!- Exclamó Adila llamando su atención. -Sejen también resulto herido, no puede ir a Darry'gor en estas condiciones.- Advirtió y con pocas palabras, gracias a los espíritus.
Ella me ayudo a sentarme y a estar un poco mas cómodo. Fui tratado, por un tal... ¿chismes? Vaya un nombre, o apodo. La herida por suerte no era demasiado profunda, no era una herida grave pero era molesta, escocía y me dolía bastante, lo peor fue sentir la aguja cuando la cosieron, odio esa parte. Cierto es que podía haberme curado yo mismo, utilizando a Sakehanska, o nuevamente pidiendo ayuda a los espíritus del bosque, pero estaba cansado y utilizar magia sin estar en buen estado físico, no es lo mas recomendable del mundo. -En cuanto estés mejor, nos vamos a Darry'gor ¿de acuerdo? Ya verás... que todo... aaaaaaaaaaaw.- Bostezó Adila en frente de mi, mientras yo empezaba a sentirme somnoliento, no había perdido tanta sangre como para eso, algo extraño estaba sucediendo, pero antes de que pudiera percatarme de nada más, caí dormido.

Me desperté de golpe, como si se tratara de una pesadilla, de hecho creo que tuve una. Me palpe el pecho para asegurarme de estar bien y el dolor de mi hombro, me despejó del todo, sacándome de dudas. Ya no estaba dormido, pero esto no había sido una casualidad, alguien nos había inducido un sueño mediante magia o tal vez el mismo djinn utilizara alguno truco, no estaba seguro, pero tenia ya más de un motivo para sospechar, que todo esto lo estaba manejando alguien y que no eran ataques aislados, probablemente el peligro del que me advirtió Hanwi, quizás incluso un invocador, o un pastor de espíritus malvado. Tenía que descubrirlo, me levanté enseguida, todavía me sentía cansado y débil, pero eso no tenía porque ser un impedimento, o no lo catalogué como tal.
Adila quien se había despertado apenas unos segundos después de mi, agarró mi brazo. -¿Donde te crees que vas? Nos necesitan en Darry'gor.- Ella no mentía desde luego, estarían en problemas, pero no la quise escuchar, además cuando conté las personas que estábamos aquí faltaba gente, entre esas personas Youdar y la mujer que nos había decantado la batalla de las copias a favor. -¡¿Sejen?!- Dijo al verme avanzar, sin hacer caso a sus palabras. -Tenemos que ir a Darry'gor, nos necesitan.- Pero yo seguía pensando en mis cosas, ignorándola, hasta que se puso frente a mi y me detuvo, poniendo ambas manos obre mi pecho. -Para ahora mismo, tenemos que volver.- Yo la miré bajando la mirada. -Adila, esto escapa a tu comprensión. Debo volver al claro, hay algo que tengo que averiguar.- Ella incrédula e indignada, por mi afirmación nuevamente me hizo parar. -Bien, se acabo chico vudú, vas a hablar aquí y ahora, no te dejare marchar hasta que aclares las cosas.- Estaba enfadada conmigo y por eso, no empleaba sus monólogos. -Adila...- Ella respondió. -Ni Adila ni leches ¿que pasa en tu cabeza, eh? ¿Me lo puedes explicar? Porque la verdad, no te entiendo para nada.- Y si seguía así mucho mejor, pero bueno. -Ven conmigo y lo averiguaras.- Ella ladeo la cabeza extrañada.

Y me dirigí hacia el claro, en el que habíamos luchado contra aquellas copias tan molestas, allí empezaría a buscar pistas e indicaciones que me llevaran hasta, quien esta haciendo todo esto, todo esto no era accidentado, el ataque de los vampiros, el djinn y el caer todos dormidos, todo tenía que tener relación con algo ¿pero con que y quien? Me gustaría hacerle esas preguntas a Hanwi, pero tras años de caminar a su lado, lo conozco lo suficiente para saber que debo ser yo quien recorre la aventura, con su guía solo eso, el no esta aquí para hacer mi vida mas fácil desde luego.
Cuando llegamos al claro, empece a investigar la zona, tratando de encontrar un rastro o algo. Años de trabajo con los espíritus me habían servido para varias cosas, entre ellas rastrearlos y sentirlos, y aquí en las inmediaciones podía sentir la presencia de uno como poco. -¿Tu eres el pastor de espíritus? Que decepción.- Irrumpió una voz súbitamente, yo me arme rápidamente con la lanza, volteándome para ver de que o quien se trataba. Tenía el aspecto de un anciano, pero incluso con esa apariencia, podía sentir maldad en su voz ronca y desgastada. Adila se sobresalto y se puso detrás de mi, y bien hizo. -No te separes de mi.- Le susurré a la cazadora, quien tragando saliva asintió. -Si te soy sincero, la verdad es que esperaba algo más... impresionante.-

-No se, como sabes de mi. Pero estoy seguro, de que tienes algo que ver con esa criatura de lodo, y lo que esta ocurriendo en Darry'gor.- Entonces el como si se riera, esbozó una macabra sonrisa, mostrando unos dientes amarillentos y desgastados. -Que divertida es la ignorancia muchacho. Te enfrentas a Roich y como ya dije, vencerte va a ser fácil, ¡adelante Támau!- Entonces mi sospecha fue confirmada en ese momento, el también convocaba espíritus, pues ante nosotros se apareció un glotón. Yo respondí con la misma moneda, sin pensar en las consecuencias. Arranqué el tótem de Matoska, quien me aseguraba la victoria.
Nuevamente Adila se quedo perpleja, cuando un gran oso polar puesto en pie se apareció frente a nosotros, rugiendo ferozmente, ella normalmente hubiera atacado al animal, pero este le recordaba demasiado a Sung'mahetu, lo que la hacía sospechar, que como el coyote, lo había traído yo. -Haz lo que debas Matoska.- Y el úrsido siquiera contesto, simplemente se lanzó hacía adelante para atacar al conjurador del glotón, yo sin embargo perdí gran parte de la poca energía que me quedaba, hinque una rodilla en el suelo, sosteniéndome con la lanza a modo de bastón. Dijo Adila preocupada, sosteniéndome para que no cayese al suelo. -¿Estas bien, que te ocurre?- No la escuchaba, simplemente mi mirada estaba fija en lo que hiciera Matoska. -Maldición...- Me dije a mi mismo, al verme envuelto en esta situación. El oso polar por su parte, cargaba directo contra el brujo cuando fue interrumpido por Támau, el glotón que a pesar de su tamaño, demostraba ser tan fiero como el oso o incluso mas, pues le plantaba cara sin miedo, desde mi perspectiva este era un duelo que no podía perder, no con Matoska de mi parte.

Mi vista empezaba a tornarse borrosa y mi aliento, era cada vez más pausado, con respiraciones muy profundas, la voz de Adila la escuchaba distorsionada, mis ojos se cerraban y se abrían muy lentamente, en ese momento recordé todo lo que había empleado, Sung'mahetu, los antárboles y ahora Matoska, además del combate contra las copias, hice caso omiso a mis limitaciones, pero antes de cerrar los ojos y caer desmayado, vi como el gran oso polar se ponía sobre sus dos patas traseras una vez más lanzando un zarpazo.



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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Vie Abr 17, 2015 10:15 am

No fue un golpe limpio. El hachazo de Perik descendió justo cuando el basilisco se revolvía y no acertó de lleno. Le tajó media cara y no llegó a atravesar completamente la fuerte carne del animal. Aun así fue un golpe terrible y una sangre oscura empezó a manar de la herida en abundancia. La serpiente reptó para alejarse, aún ciega, pero Perik no se amedrentó: dio un potente paso y volvió a descargar todo su peso con un nuevo hachazo.

Con ese segundo golpe el monstruo dejó de moverse y ese fue el fin de los basiliscos pigmeos. Bediam respiró, aliviado, y se relajó: había sobrevivido. Súbitamente, un ruido atronador lo envolvió todo. Los cazadores se prepararon para un nuevo ataque, pero nada pasó. El viejo enano, tras asegurarse de que las otras serpientes habían sido igualmente eliminadas, se acercó al alquimista, con el filo de su hacha de guerra aun goteando sangre de basilisco.

-¿Estás herido? –le preguntó con seriedad.

Bediam asintió y le indicó el profundo corte que tenía en el pecho. Perik frunció el ceño, pero el alquimista se adelantó a su pregunta.

-Uno de los… cazadores… se puso a golpear… a ciegas –le explicó, jadeante-. No puedo… culparle…, no estaría vivo… de no ser por él.

El cazador le miró largamente, pero finalmente asintió y le ayudó a levantarse. El dolor le obligó a rechinar los dientes, pero consiguió incorporarse. El cadáver aún caliente del basilisco atraía toda su atención: podía extraer parte del veneno que segregaba y guardarlo. Los pulmones de meiga eran algo impresionante, pero el veneno de un basilisco pigmeo era aún mejor.

-Necesito veneno… del basilisco –le comentó al enano, que le ayudaba a caminar hacia donde los cazadores se habían reunido.

Perik ni se inmutó. Continuó con dirección hacia los supervivientes. Bediam apenas tenía fuerzas para hablar y la cabeza le daba vueltas por la pérdida de sangre.

-Perik, necesito… -intentó repetir.

-Lo que necesitas es dejar de sangrar –le cortó el veterano cazador con brusquedad-. No serías el primero en morir después del monstruo al que ha dado caza por considerar equivocadamente que el peligro ha pasado.

El alquimista trató de responder, pero el enano bufó, airado.

-Por Karzún, quítatelo de la cabeza –gruñó-. Si te tengo que llevar arrastrando lo haré.

Bediam sonrió y dejó de luchar contra el enano. Improvisaron un campamento para atender a los heridos allí mismo, en el lugar donde nunca habrían acampado, rodeados de cadáveres tanto de monstruos como de cazadores. Prepararon unos lechos empleando telas de las tiendas de las difuntas criaturas y tumbaron sobre ellas a Bediam, el cazador serio que había hablado con Perik y un hombre con alas que tenía heridas muy feas.

El alquimista empezó a tiritar por la pérdida de sangre y la baja temperatura.

-Resiste –masculló Perik-. Si pierdes el sentido tus músculos se relajarán y la herida sangrará más. Intenta…

La frase se quedó a medias. El viejo enano enmudeció mirando a un punto fuera de la difusa vista de Bediam.

-¿… Youdar? –murmuró.

Al momento se levantó y salió corriendo, pero no tardó en volver.

-No llevaba a su gato –reflexionó para sí mismo mientras se mesaba la barba.

Bediam tosió y su vista se emborronó. El enano le zarandeó con toda la delicadeza de la que fue capaz.

-Escucha mi voz –le ordenó-. Aún hay mucho que hacer y va a hacer falta toda la ayuda posible.

El alquimista se tensó y abrió los ojos todo lo que pudo, tratando de mantener la consciencia. Los cazadores que no estaban atendiendo a los heridos juntaron los cadáveres de los cazadores y luego se pusieron a explorar los alrededores.

-¡Vienen los exploradores! –exclamó alguien.

Bediam sonrió, aliviado, Perik se irguió al instante, muy serio.

-No bajes la guardia –le aconsejó mientras cogía una petaca que llevaba encima y se alejaba.

Pasados unos angustiosos minutos, Youdar se presentó ante él, algo mojado y magullado. Un par de hombres trajeron a una mujer inconsciente y la pusieron con el resto de heridos. Bediam la reconoció: era la que había peleado contra el vampiro la noche anterior. Parecía agotada.

-Hola, Bediam –le saludó.

El alquimista le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza.

-Me ha pedido Perik que te cierre la herida –le comunicó mientras se acuclillaba junto a él.

El enano hizo un buen trabajo: tenía unas manos hábiles y buen pulso, por lo que la herida quedó bien suturada y dejó de sangrar.

-No hagas movimientos bruscos –le aconsejó, no muy convencido-. Bueno, trata de no hacerlos.

El enano se despidió de él, cogió un puñado de nieve y se la puso en la frente a la mujer. Bediam intentó incorporarse, pero aún le dolía mucho la herida, así que decidió reposar un poco más. La cabeza empezó a darle vueltas, pero se resistió a dormir y buscó con la vista el cuerpo de la meiga

-¿Qué hace aquel tipo? –comentó uno de los hombres que había estado atendiendo a los heridos.

Su mente empezó a emborronarse, pero junto a los cuerpos de las criaturas parecía haber una pequeña figura. Por mucha fuerza que hiciera, al alquimista le costaba cada vez más enfocar la vista y sus ojos empezaron a cerrarse.

Lo último que oyó fue el chasquido de unos dedos.

-//-

Lo que pasó después se escurría en su mente con pesadez. ¿Lo estaban transportando? ¿Y los árboles? ¿Quién era aquella mujer? ¿Cueva? ¿Dónde estaba…? Luego todo se volvió negro.

-//-

Como no podía ser de otro modo, una fuerte sacudida lo devolvió a la consciencia. Abrió los ojos, amodorrado y vio a Perik que le observaba con preocupación.

-¿Cómo te encuentras? –le preguntó.

El alquimista se frotó los párpados y se levantó.

-Bien –respondió mecánicamente.

Se encontraba bien. Demasiado bien, a decir verdad. Se palpó la herida del pecho… pero ya apenas le dolía. No había casi malestar al realizar movimientos amplios y bruscos. Ni siquiera tenía los puntos de sutura ya.

-No me duele –murmuró, atónito.

Entonces fue consciente de que no sabía dónde estaba. Un profundo temor le subió hasta la garganta mientras descubría que se encontraba en una celda de piedra, con la única compañía del enano.

-Estamos encerrados –le explicó Perik-. No sé qué ha pasado, pero todo esto es malo. Cada vez tengo más claro que nos convocaron aquí, a Darry’Gor, los propios monstruos.

-¿Cómo hemos…? –balbuceó el alquimista.

-No pierdas la calma –le aconsejó el enano mientras se sentaba-. Estamos vivos y no tendríamos por qué estarlo. Conserva tus energías para cuando sea provechoso emplearlas.

-¡Pero estamos atrapados! –replicó Bediam- ¿Qué está pasando?

El enano meneó la cabeza. Parecía decaído y muy cansado.

-Darry’Gor está muy probablemente bajo ataque –respondió.

El alquimista no dijo nada y esperó a que el enano continuara.

-Los exploradores se enfrentaron a un djinn de barro –le explicó-. Eso es muy malo. No pudieron derrotarlo y creó copias de los exploradores, que envió a atacar la villa. Si logramos salir de aquí, no te fíes de nadie.

Bediam se quedó mudo. Aquella situación no paraba de complicarse cada vez más. Una voz les sacó de su ensimismamiento:

-¿Hay alguien más con nosotros, Kazuka?

La respuesta no se hizo esperar.

-¿Hola? –exclamó Perik- ¿Hay alguien ahí?

-¡Perik! –respondió una voz conocida- ¿eres tú?

Una sonrisa de profundo alivio afloró en el rostro de Perik. Su espalda se relajó y se quitó de encima una cantidad indecible de preocupación y pesar.

-Por Karzún, no saber cuánto me alegra oír tu voz, Youdar -admitió- ¿Quién está contigo?

Desde su posición, el alquimista y el enano no podían ver a los otros, pero estaba claro que tenían celdas contiguas, pues el sonido era cercano y nítido.

-Ithilwen, la... -empezó Youdar, pero se detuvo, buscando las palabras adecuadas- …la elfa.

Perik asintió, algo más animado.

-¿Quién es Ithilwen? -le susurró Bediam a su compañero.

El viejo enano le echó un vistazo inquisitivo.

-Es la elfa que plantó cara al Lord Vampiro -le susurró a su vez.

El alquimista abrió la boca, sorprendido. ¿Elfa? ¿La bella mujer que se había enfrentado a aquel ser era una elfa?

-¿Tú estás solo? –preguntó Youdar.

-No, está aquí el chico, Bediam -respondió Perik al momento.

-Es bueno saber... que no estamos solos... -comentó la elfa, pensativa- cuatro... al menos cuatro.

Su voz aumentó de tono, como si buscase llegar más allá de la celda contigua, como lanzando las palabras a donde pudiesen llegar.

-Ahora sólo nos queda la pregunta más importante... -añadió- ¿Alguien podría decirnos por qué estamos aquí?

No hubo respuesta. El silencio se apoderó de las dos celdas con rapidez, dejándoles solos con sus mentes. El alquimista sacudió la cabeza y decidió cambiar de tema.

-Por fin nos conocemos, Ithilwen -dijo-. Tu lucha contra el Lord Vampiro fue increíble.

La voz que le respondió fue agradable y dulce. Era indudable que la elfa tenía un gran control sobre sí misma.

-Aquella contienda fue algo... de suerte –replicó-. No... Más que eso: creo que los dioses nos han mandado mentes creativas.

Perik miró al alquimista y le guiñó un ojo con complicidad. Bediam se ruborizó, pero no dijo nada.

-¿Hay heridos entre vosotros? –inquirió la elfa sin más.

Bediam recordó su milagrosa recuperación y no vio motivo para no sacarlo a colación.

-Me hirieron en la batalla, pero ahora no tengo nada –explicó, inquieto-. Youdar me cosió la herida, pero ya ni siquiera me duele. No sé qué pensar.

-Debe ser cosa de ese ser extraño... –comentó el enano- ¿Alguien más lo vio?

-Sí, lo vi -confirmó Perik al instante.

-Creo que yo también -comentó Bediam, aliviado-. Todo me daba vueltas y no sabía si era una alucinación.

Hubo unos segundos de silencio y después Youdar continuó.

-Era un ser pequeño, algo más endeble que un humano, casi como un… -de nuevo, Youdar buscó las palabras adecuadas, pero esta vez no los encontró-. Y, bueno, algo más bajo que un enano, con unos ojos muy grandes.

La elfa no pareció darse por aludida y continuó con su propio hilo.

-Hay algo que no encaja... -comentó Ithilwen- Cuando hablé con el sabio, Lenxer infirió que parecía haber una alianza entre el mal que se gestaba en la región y... los demonios del foso. Pero... estas criaturas... no sé... algo no termina de encajar: la maldad existe en todos lados pero la de los demonios es de otra naturaleza.

Estaba claro que los monstruos de la región estaban aliados, pues habían visto su campamento.

-Pero las criaturas que acosaban Darry'Gor están muertas, los basiliscos les mataron -puntualizó Bediam-. ¿Quién está atacando la villa entonces?

-No lo sé... pero aquí encerrados no lo vamos a averiguar –respondió Youdar-. ¿Tenéis forma de liberaros?

-Yo... Apenas si soy consciente de esta situación... -apuntó la elfa entre dientes, algo abatida- ...pero dudo que podamos hacer algo para salir de aquí.

El desánimo les invadió y pasaron unos minutos en los que nadie dijo nada. Bediam dejó vagar la vista y finalmente se fijó en la cerradura de la celda. Era metálica y estaba ligeramente oxidada. Era de hierro.

-Puedo usar mi comecorazas para fragilizar la cerradura y romperla –propuso el alquimista, emocionado.

Antes de que pudiese hacer nada, una mano se posó en su hombro. Bediam se giró: Perik le miraba con seriedad y negó con la cabeza.

-Calma -murmuró-. No sabemos dónde nos encontramos ni quien es nuestro captor, lo peor que podemos hacer es precipitarnos.

Inconscientemente, y a pesar del consejo del enano, Bediam se llevó la mano al cinturón... pero no estaba allí. Bajó la vista y comprobó, horrorizado, que no llevaba su más preciada posesión. Tampoco tenía su zurrón.

-¡No tengo mi cinturón! -gritó- ¡¿Dónde está?!

Hubo otras exclamaciones ahogadas en la celda contigua.

-Yo tampoco tengo mis cosas y desde aquí solo se ve a un montón de monstruos muertos amontonados... –comentó el enano-.  Tal vez Pelos pueda buscar nuestras cosas, creo que, como está tan delgado, podría pasar por estos barrotes.

Perik bufó, sorprendido.

-Delgado, claro –refunfuñó-. Delgado como una vaca.

Bediam hizo oídos sordos a los dos enanos y frenéticamente buscó sus cosas. Aún a pesar de que era precisamente lo que estaba buscando, se sorprendió de ver las posesiones de todos ellos amontonadas a un escaso metro de su celda, no demasiado a la vista.

-¡Ahí está mi cinturón! -exclamó mientras alargaba la mano para cogerlo.

-No, espera, ¿por qué iban a dejarlo ahí? -preguntó Perik apresuradamente, mientras trataba de detener al alquimista.

Pero Bediam solo tenía en mente recuperar sus cosas y no escuchaba. Estiró la mano todo lo que pudo. Ya estaba a punto de cogerlo, ya asomaba una sonrisa en sus labios…

Paf. Justo entre su mano y el cinturón se materializó una pequeña figura vestida con una fina túnica verde y un llamativo sombrero. Le sonrió, divertido, mientras Bediam retrocedía de un salto.

-¡¿Pero qué…?! –exclamó.

El hombrecillo hizo una teatral reverencia y miró al cazador y al alquimista con confianza. Si a Perik le pareció mínimamente extraña la situación, no lo demostró.

-Tú estabas en el bosque –recordó.

El hombrecillo asintió. Luego entrecerró los ojos, como si hiciera memoria.

-Y tú también estabas –puntualizó, señalando a Perik-. Y tú.

Se asomó a la otra celda con pasos desenfadados.

-Y vosotros dos también estabais allí –continuó.

Luego volvió a plantarse delante su celda y miró a Perik divertido. El enano frunció el ceño y no dijo nada. Tras unos segundos de silencio, fue el alquimista quien habló.

-¿Cómo has hecho eso...? –preguntó, señalando la posición donde había aparecido.

-Es... uno de los muchos trucos que puedo hacer -dijo, dándose importancia de una forma teatralmente exagerada-. Nada es imposible cuando eres un folklerien.

Bediam mira a Perik, pero éste se encogió de hombros, incómodo. No parecía dispuesto a participar en la conversación, por ahora. El alquimista se giró de nuevo hacia el hombrecillo, con todas las preguntas agolpándose en su mente.

-¿Quién eres? –fue la primera que consiguió articular.

-Me llamo Nikochis –dijo, como si fuese toda la información necesaria-. Y, como he dicho, soy un folklerien.

-¿Un folklerien? -preguntó Bediam- ¿Qué es eso?

-¿Que qué es un...? -pronunció, pero se atragantó de pura indignación.

Fulminó a Bediam con la mirada, se cruzó de brazos y le dio una patada al cinturón, alejándolo de su alcance. Tras su pequeña venganza, se calmó un poco.

-Habrase visto... que falta de cultura –se quejó-. Los folklerien estamos entre las criaturas más importantes y poderosas de Noreth, vulgar humano aburrido.

Nikochis destilaba una cantidad enorme de vanidad para su pequeño tamaño y Bediam fue consciente de que no estaba haciendo un buen trabajo sonsacándole información. Debía cambiar de estrategia.

-¿Y qué puede querer una criatura tan importante de un vulgar humano como yo? –inquirió- ¿Por qué nos has encerrado?

-Yo no os he encerrado, solo os he traído –matizó el folklerien-. El anciano os ha encerrado.

El humano y el enano intercambiaron una mirada inquieta.

-¿Quién es el anciano? –preguntó el alquimista con cautela.

Nikochis se rascó la barbilla, pensativo.

-Él es el jefe, bueno, el jefe del jefe, que no es mi jefe –explicó-. O al menos no me gusta que digan que es mi jefe.

-¿Y por qué nos ha encerrado... el anciano? –insistió Bediam, al ver que su captor parecía dispuesto a darles información.

-El anciano os quiere examinar... no sabe quién de vosotros es –dijo, enigmático-. Ni siquiera sabe si todos lo sois, pero ya sabe que no eran ni el pájaro, ni el licántropo ni el guerrero de la armadura.

-¿Es... qué? –preguntó el alquimista.

El folklerien pateó el suelo, irritado.

-¡Es!... ah, este humano es idiota –se quejó amargamente-. ¿A que tú sí lo sabes, viejo?

Una vez más, Perik permaneció en la más absoluta calma, como si todo aquello le aburriese profundamente.

-No -comentó, desdeñoso-. Y estoy seguro de que tú mismo no lo sabes. El anciano no te confiaría esa información, evidentemente.

Aquella treta hirió el orgullo del hombrecillo tanto como una bofetada.

-Claro que lo sé, enano estúpido –le increpó-. El anciano me cuenta todo, me necesita. A ver, sin mí, ¿Cómo iba a saber cuáles de vosotros deben morir para evitar una futura catástrofe, eh?

Resopló, airado.

-Sin mí ¿Cómo se hubiese asociado con los monstruos? –inquirió- ¡Ja! ¡Te he dejado mudo!

Efectivamente, ambos se quedaron mudos. Era mucha información… y muy rápido. Perik se recompuso primero.

-Me parece que te han engañado -se burló, continuando con su papel-. Está claro que lo de la catástrofe es mentira. ¿Cómo se iba a poder evitar con solo unas pocas muertes?

Aquello no consiguió el efecto deseado. El folklerien se relajó y meneó la cabeza, condescendiente.

-No sabes nada, viejo –comentó-. Hasta esos idiotas seguidores del destino lo saben.  Incluso Ananké lo sabe: una vida lo cambia todo.

-¿Estáis intentando evitar una catástrofe? -atajó Bediam, para darle un descanso a Perik.

El hombrecillo meneó la cabeza, irritado.

-Yo no, el anciano lo intenta –explicó-. Pero el muy inútil va y se asocia con aburridos como Vanstiel, ¿así como iba a evitar nada? Solo va a hacer una catástrofe aun peor.

¿Vanstiel? Bediam se giró hacia Perik y este murmuró “Lord Vampiro” entre dientes. Todo había sido una enorme confabulación, de los que ellos apenas eran una parte.

-¿Por qué están todos las criaturas muertas? -insistió Bediam, tratando de superar la desesperanza que le invadía- ¿Eso también es parte del plan del anciano para evitar la catástrofe?

-Lo de los basiliscos fue cosa de algún traidor –matizó el folklerien, aunque sin darle la menor importancia-. Y menos mal que lo hizo, porque si no lo hubiese hecho yo mismo... esta gente es muy aburrida, y el anciano no es precisamente un juerguista.

Bediam se quedó sin aliento. ¿Habían cometido un error al acabar con las serpientes?

-¿Los basiliscos eran para detener vuestro plan? -murmuró.

Nikochis le dedicó una sonrisita de suficiencia. Bediam miró a Perik, que también parecía bastante contrariado.

-¿Qué pretendéis? –le preguntó de nuevo al hombrecillo.

-Ya te lo he dicho –se quejó-. El anciano quiere que mueran los que desencadenarán la catástrofe, y los monstruos quieren matar a los cazadores y dejar Darry´gor reducido a cenizas... ¡cosas normales, muchacho!

De pronto, todo encajó. Para eso servía la alianza entre los monstruos y el bando del folklerien: atraían a los cazadores, los capturaban, descubrían cuales formaban parte de la profecía y los eliminaban. Mientras tanto, Darry’Gor se quedaba desprotegida y los monstruos podían atacarla sin esperar represalias. Nikochis interpretó su silencio como falta de comprensión y bufó, irritado.

-Es que no te enteras de nada -murmuró con desdén-. Y eso que tú eres un humano estudioso, no quiero imaginar cómo serán los estúpidos...

El alquimista no se tomó bien el insulto hacia toda su raza. Había soportado el comportamiento altivo de la criatura un buen rato, pero ya empezaba a perder la paciencia.

-Pues no ha salido muy bien vuestro plan, ¿eh? –replicó, molesto- Están todos muertos y no sabéis quienes desencadenarán la catástrofe.

-Te he dicho que no era mi plan –se defendió-. Si yo lo hubiera hecho de ti no quedaría ni la nariz. Puedo traer un basilisco de cincuenta metros con solo pensarlo, chico, ¡Yo soy un folklerien!

Debió parar en ese momento, pero las palabras le quemaban en la boca y no pudo evitar soltarlas.

-Una pena que tengas que obedecer las órdenes de tu jefe -masculló Bediam, venenoso-. Pero lo entiendo, no quieres hacer enfadar a alguien más poderoso que tú, ¿eh?

Nikochis se puso rojo de rabia.

-¡Niñato irrespetuoso! –chilló- Solo por eso te vas a quedar ahí.

Paf. Y desapareció con la misma facilidad con la que había aparecido.

-Bueno, ya podemos irnos –gruñó Perik-. Ese majadero nos ha dicho más que suficiente.

Bediam se relajó poco a poco. Ahora ya sabían qué estaba pasando en Darry’Gor y sus vidas allí peligraban. Debían irse cuanto antes. Buscó el cinturón entre los barrotes… pero ahora estaba mucho más lejos, completamente fuera de su alcance. ¿Cuándo lo había movido tan lejos el folklerien? No recordaba haberle visto hacer nada…


Última edición por Bediam el Miér Mayo 06, 2015 10:54 am, editado 3 veces
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Vie Abr 17, 2015 2:49 pm


“¿Habré muerto? ¿He de partir en medio de esta oscuridad que antes de salvarme sólo me intranquiliza y deprime?
¡No quiero!
¿Qué hace que el ser quiera volar fuera de sí para nunca más volver?
No es mi deseo dejarlo todo por ese sentimiento egoísta de descansar mientras otros cumplen con su deber… MI deber. No lo planeo… pero no hay más alternativa. Sin embargo… ¡No quiero!
¡NO QUIERO ESTAR AQUÍ!

¿Qué es esto? ¿Por qué me descontrolo? Acaso, ¿es miedo? ¿Es éste el miedo?
Sí, de seguro lo es, y no sería raro sentirlo, a fin de cuentas… quien no lo tuviera en este caso estaría en camino de ser estúpido”



Sus ojos celestes se abrieron vacilantes y la niebla la encontró, arremolinándose ante ella. Todo era vacío; todo oscuridad. Ni una luz parpadeaba en el horizonte difuso o si quiera un alma emitía un signo de vida. La eterna nada se lo tragaba todo: sonido, espíritu, conciencia.

Y en medio de las tinieblas, la dama élfica se alzó sola, como un dique contra las olas de la nada. Ya no sentía cansancio, pero sí temor. Recordaba la batalla, esa angustia que le escosará el pecho a poco menos de desfallecer. En su mente tenía grabado el rostro del kazuka que la socorriera, como otro amigable que la acompañó antes de sucumbir al sueño. Una mirada, una sonrisa… y oscuridad.

Los sentía. Quizás a parte de las sombras no fuera capaz de reconocerlos, pero algo hacía suyo el espacio y la mente, como si su naturaleza estuviera atada a ella y la de ella a él.

-¿Qui… Quién.. sois?- finalmente siseó, casi un suspiro que ni el eco respondió: -¿Qué…so..sois?

Temblaba. Sentía la tensión que sus músculos ejercían sobre cada parte de su cuerpo entumido. Tenía movilidad, tenía don de la conciencia, pero estar allí, en medio de un mundo desconocido, donde su amada luz no se atisbaba ni por asomo, la sumía en angustia. Acaso… ¿así se sentiría morir?

-Puede vernos- finalmente se escuchó. Era una voz juguetona pero distante.

-No, no nos ve, pero nos escucha- agregó una segunda, grave, soberbia, fiera y sabia, aunque enigmática.

Hablaban entre ellos y la observaban. Ithilwen se sintió desfallecer. “¿Un controlador de las sombras?” , pensó para sí, pero de inmediato se contuvo puesto que aquello sucedía en su mundo, su mente. “¿Psionismo?” Tampoco la teoría convencía. Nunca sintió que en el campo de batalla alguien pudiera tener tales habilidades.

Solo quedaba…

-Os escucho... aunque aún no sepa quienes sois... qué sois...- atajó aún con vos suplicante, aunque tratando de controlar su propio impulso de querer huir de allí, movida por la intriga de lo que escondían aquellos seres. Los ojos de una bestia centellantes, fieros pero ávidos de conocimiento, vinieron a su recuerdo, minutos antes de encerrarse en las sombras del sueño.

-Pobrecilla, debe de estar aterrada- irrumpió una tercera voz, maternal y dulce, consoladora y cálida, la cual llegó al corazón de la imperecedera con más fuerza por su extraña empatía.

-Temernos no debes joven, pues malvados no encontraras entre nosotros- entonó una cuarta, sabia y críptica.

“4”, pensó Ithilwen, sorprendida. El terror que otrora la dominara por lo desconocido que era aquel mundo para ella, se disipó con la calidez de la voz primera, sin embargo, el miedo la inundaba aún, como si se hubiese grabado a la piel como recuerdo de batalla o sello que la instaba a volver a los suyos y su causa.

-¿No temer?...- vaciló la imperecedera: -Es fácil decirlo cuando sabéis la naturaleza de lo que sois y de lo que al frente se os muestra, pero bien sabéis que no es ese mi caso, y... en este lugar no veo luz donde mis dioses puedan ampararme. La niebla todo lo toca… todo lo vuelve nada y vacío. No gusto de la vacuidad…- confesó: -Excepto por la presencia de vuestros cantos... Este es mi mundo, mi sueño, mi mente... ¿Cómo es que podéis estar junto conmigo, mis señores?

-No nos llames señores- respondió con cariño la voz suave y cálida que tanto le recordaba a su madre: -No lo somos

-Espíritus sería un término mucho más acorde, si nombrarnos es lo que quieres

“¡Los fuegos fatuos!” , recordó la imperecedera. Entre el bosque, cuando se embarcó en aquella empresa había avistado pequeñas luces que los seguían. En ese entonces no había podido entender a quién obedecían, y ¡tantas! Pero ahora… era la confirmación de sus sospechas: un pastor de espíritus estaba dentro de los cazadores de Darry o’Gor.

-Si puedes vernos, es por Sejen y por tus enseñanzas místicas, Ithilwen- la abstrajo con énfasis la voz fuerte y soberbia del segundo espíritu, dando por sentada la satisfacción a su explicación. La elfa tuvo la intención de arremeter de nuevo, pero éste, sin más acortó el camino hacia las respuestas: -En su afán de protegerte, nos ha ligado ese sentimiento a nosotros-

-... sabéis... sabéis quién soy...-  

Sorprendida, de nuevo con ese miedo palpable en su rostro, abrió los ojos tan grandes los tuviese. Sabían su nombre… sabían de ella… Se tomó las manos como una niña, jugando con los dedos por primera vez sin saber muy bien por dónde comenzar. La doncella de Erínimar tenía tantas, pero tantas preguntas, que ninguna de ellas lograba encontrar el camino correcto para conocer la existencia. Si algo sabían los de su pueblo era el don de callar y obedecer, reconocer con humildad la fuerza de los que nacieron bendecidos con dones superiores. Y ella… ahora estaba ante la presencia de seres de naturaleza tan pura como suprema. Pero el nombre de ese pastor seguía en su mente, y antes de dejarse aturdir por la experiencia misma de estar ante aquellos seres, logró atajar la pregunta: - Sejen... Sejen... ¿Quién es Sejen?

-Es nuestro pupilo- contestó de inmediato el soberbio y sabio: -Yo estoy aquí para guiarle, como mis hermanos

-Corrección, tú lo guías y nosotros le enseñamos. Pues fue él quién nos reunió tras tantos años- regañó la voz femenina y dulce, mientras con tono cándido retomó:  -No nos temas pequeña, jamás te haríamos daño

Hasta ese momento, Ithilwen de la Casa Erü había permanecido estoica ante la presencia de aquellas voces, sin embargo, toda aquella experiencia la conmovía hasta las entrañas. Su corazón orgulloso pero creyente experimentaba por primera vez la fuerza de una situación mística, que en los ojos de los longevos esa una bendición. Calló de rodillas y, fijándose al vacío, dejó salir de sí todo aquello que la había llenado durante aquel encuentro:

-Hace tantos...tantos años... oí en voces de mi gente que existía un mundo, a parte de esta materia que nos forma, donde el espíritu de la tierra se conectaba con la energía de todos. Mi pueblo imperecedero dejó de adorar a los espíritus hace mucho, pues los dioses de la luz fueron quienes les enseñaron las artes que luego ellos pasarían como legado a las demás razas... saber...saber que alguien de aquellos que mi gente designan como razas menores... o simples mortales, pudo conectar con vosotros... me sorprende... y me da temor- razonó la elfa, dejando una pregunta en el aire: -¿Por qué un mortal?... ¿Por qué Sejen... Sejen?

-Eso, es algo a lo que deberá responderte él mismo cuando esté preparado- reveló aquella voz directora de las otras, respondiendo a cortos pero directos tramos sin revelar más de lo que pudiera: -su camino no ha concluido, no todavía y... no puede hacerlo solo. No todavía.

-No está preparado- sentenció la fémina entre ellos.

-Ni los más fuertes en este mundo lo han estado; ni siquiera los héroes de las epopeyas de antaño. Pero, le queréis... es vuestro pastor como él vuestro pupilo. Tal vez igual que yo con mis dioses, sólo que con ellos, lo único que puedo fungir es respeto-. Más tranquila, recobrando por fin su espíritu introspectivo y reflexivo, la solar ahora entendía que más que temor, se sentía abrumada y con toda su honestidad terminó: -No soy digna de siquiera de estar hablando con vosotros, pero ha de haber una razón para todo... pues nada en los designios del destino es vano ni fortuito. Mis dioses me querían acá… y vosotros acá me tenéis

Agachó la cabeza y cerró sus ojos. De rodillas ante ellos y en total demostración de sumisión, la imperecedera se jugó el todo por el todo ante aquellas entidades. No había sentido maldad, como tampoco bondad. Puras, neutras, apenas si quería era hacer ver que ella era consiente de ser polvo entre las manos de aquellos seres. Extendió su mano, decidida y la dejó elevada como una invitación.

-Razón de sobra tienes, más tu camino comienza ahora- sentenció la más sabia de las voces, mientras el tacto de la dama percibió el pelaje suave y tupido entre sus dedos.

-Todos los seres de este mundo son dignos de pedir nuestra ayuda, joven princesa, pero tan solo aquellos que deciden caminar junto a nosotros son nuestros pupilos

La imperecedera abrió los ojos y entre la niebla los de un lobo le respondieron con fulgor centellante. Las tinieblas cedieron ante el resplandor de la luz y en medio de piedra, tierra y polvo, despertó la imperecedera, encontrando a su lado el rostro conocido del kazuka huraño y su gato encendido, de ojos despiertos y alertas, recostado, siendo acariciado por su amo. Estaba descoordinada, poco consiente de su entorno y lo que la rodeaba. Pestañeó una vez y luego otra, tantas posibles para que sus ojos celeste se acostumbraran al escenario parcamente iluminado del mundo real. Despertaba… pero sin embargo la presencia de algo más la inquietaba.

El enano, al verla moverse y balbucear, se puso en pie para socorrerla, pero ella, aún tambaleante y dudosa, no terminaba de comprender si todo aquello que había vivido sueños había sido verdad o no.

-Te desmayaste luchando contra los demonios de arcilla...- informó Youdar: -Fuiste muy valiente. Gracias a ti pudimos contarlo- pausado y calmo, el enano ayudaba con suavidad a que la elfa lograra sentarse. La había auxiliado, la había visto balbucear y flaquear, despertar y luego desfallecer, hasta ese momento que por fin mostraba señales de recobrar todos sus sentidos: - Pelos, Sejen y yo llegamos a tiempo. Me temí lo peor cuando ví que te desvaneciste. Después, bueno, ocurrió algo muy extraño.

-¿Extraño?- De alguna manera lo extraño empezaba a llenar la cuota de tolerancia que la inmortal tenía depuesta para aquella aventura. El dolor le calaba en los huesos, más no era por el cansancio mismo de la magia, o el abuso en su uso, sino era otra cosa. Entonces recordó a sus dobles de talentos copiados, y la manera en que la acorralaron hasta hacerla desfallecer. Meneó la cabeza como tratando de sacar todos aquellos pensamientos y, reparando en su entorno añadió: -¿Estamos encerrados?

-Eso parece. Nos reunimos con el otro grupo, yo te...- Youdar dudó mientras sus mejillas se coloreaban. La elfa clavó su mirada en él y con una sonrisa asintió para que pasará por ello, intuyendo la vergüenza que azoraba a su aliado. “No hice mal en curarle” , pensó ella, pero una voz extraña le respondió: “No se hace nunca mal en ayudar a quién lo necesita” . La elfa arrugó el rostro inquieta, pero el enano, haciendo caso omiso de ese detalle, continuó: -quiero decir, estuvimos sanando a los heridos, y entonces apareció un hombre extraño, muy pequeño, y todo lo demás está borroso para mí, salvo que acabamos aquí.

-Psionismo...- contestó entre dientes la de cabellos azabache, pero como si se sintiera observada, continuó meneando la cabeza a un lado y al otro. Al sentir que aquello resultaba extraño para su joven compañero, lo observó. Ithilwen trataba de pensar en todos los hechos pero entonces, el resplandor de las ideas que se atan tras los ojos duros del kazuka la hicieron hablar: -Creo... creo que sospecháis algo...- sonrió, mientras acariciaba su propio mentón.

-Nada de lo que pasa aquí encaja, Ithilwen- El cuerpo entero del enano se tensó y de su expresión se deducía la gravedad de lo que estaba a punto de comentar. Se puso en pie y como buen orador continuó: - Llevo décadas luchando contra monstruos de todo tipo, y jamás he visto colaborar juntos a vampiros y djinnes, y Perik dijo que ellos se enfrentaron a unos pigmeos…


“¿Pigmeos?”, se preguntó la elfa, pero el enano llevaba prisa en su explicación así que poco le interrumpió.

-…que habían devorado a meigas y otros seres. Solo me cabe pensar que alguien está liderando todo esto, alguien capaz de influenciar a las criaturas de la noche

Ambos hablaban bajo. La gravedad de lo que se contaban apenas les dio tiempo siquiera de notar que otros andaban cerca. La doncella de Erínimar se levantó. Se sentía bien, sana y no dudó en saber que mucho lo debía a aquel extraño compañero de viaje. Con fuerza se asió a los barrotes y soportó su peso sobre ellos, recostada. No habló. Ni tampoco el enano. Mientras él de seguro repensaba sus ideas, ella se enfocaba en esa extraña sensación de sentirse observada y acompañada:

-¿Hay alguien más con nosotros, Kazuka?- inquirió con cierta voz de mando, elevándose por entre las piedras y los barrotes.

Para sorpresa de unos y alegría de otros, no estaban solos.

--//--

Bediam, la criatura que estaba del otro lado del muro, en la celda contigua, y Perik –“un enano sin duda por el nombre”, pensó la elfa- tramaban algo. Youdar propuso a Pelos como maestro de ceremonias de tan improvisado plan, sin embargo, algo atrajo la atención de ellos y al breve momento, también otro ser hizo acto de presencia en la celda contigua, donde la solar y el enano aguardaban.

Una dama había hecho de las sombras su escondite. Esbelta, de cabellos claros y rostro críptico, la mujer se retiró su capucha y, para sorpresa de Ithilwen, fue Youdar quien habló:

-Yo os he visto antes... en algún lugar.

-Así es. Llevo tiempo observándoos, a todos.

Si algo sabía la longeva es que en aquellas tretas lo mejor era aprovechar la labia del mismo captor para deducir el lugar y situación en la que estaban. Y hacer eso sin revelar mucho de cada uno de los que estaban allí. Pero era evidente que el kazuka tenía ganas de conversar. Impulsivo como los suyos, la elfa estiró su brazo, posándolo sobre el pecho del enano a manera de advertencia, mirándole con esos ojos centellantes de cejas pobladas que poseía, animándolo a callar y aguardar.

Ithilwen examinó a la extraña, quien permanecía con la cabeza gacha y en actitud tranquila. No sabía mucho de la situación en la que estaba metida, tampoco de las tradiciones de aquellas tierras tan distantes de su hogar, pero los hechos en sí alimentaban una teoría, la del kazuka. Se irguió y en tono calmo pero enfático demandó la identidad de aquella que se presentaba ante ellos.

-Mi nombre es Ananke, y yo no soy vuestra captora, princesa.

Como con los espíritus, el ver develada su verdadero linaje la llenó de temor e inseguridad. Youdar apenas si masculló entre dientes un “¿princesa?” , que la imperecedera obvio de nuevo, apretando el pecho del enano. -Tan solo sigo los designios del destino-continuó la intrusa.

Ya no se trataba de que un espíritu supiera su procedencia, ahora era el Enemigo mismo quién lo conocía y eso los ponía en clara desventaja. Si sabía de ella, sabía de todos, incluso mejor que ellos mismos como grupo. Contrariada, la elfa soportaba estoicamente la mirada de su captora y haciendo caso omiso a sus nervios, contestó:

-El destino no está escrito, humana...- dudó la solar, pues cierto era que se veía como humana pero bien podría ser cualquier otra cosa: - Sólo un necio sin fe podría decir tal cosa: responde al designio de los dioses y al libre albedrío de los justos. ¡Hablad entonces y dejad de esconder la verdad entre las sombras que tanto parecen gustaros! ¿Por qué estamos acá? ¿Qué buscáis de todo esto? [/i][/color]

-Je... mortales. ¿Crees realmente que se puede cambiar el destino? Fijaos detenidamente en mis ojos, Ithilwen…

Levantó el rostro y en su mirada en vez de ojos y pupilas dos relojes de arena hicieron presencia. La arena caía mientras la mujer hablaba. Ciertamente ese ser no era humano. Sintió temor, más no miedo. Aquella criatura partía de una premisa que para la imperecedera era materia de objeción. Chocaba contra sus más profundas creencias y la raíz de su orgullo trinó con voz potente y diestra. A fin de cuentas ella era la heredera del Guardián de Erínimar y del trono de luz en su defecto.

-Todos somos mortales a los ojos de los dioses, mujer. Incluso los longevos, aún los míos, mis ancestros, sobrevivientes de una de las primeras raíces del Árbol de la vida, sabemos que pereceremos. Esa es la vida; eso es hacer parte del mundo. ¿Os creéis mensajera? ¿Os creéis juez? Mirad bien una vez más al mundo... ¡por que la fuerza de un corazón justo es capaz de romper las cadenas del destino mismo en favor de la bendición de sus creencias!

Se asió con fuerza de uno de los barrotes para sostenerse, pero aunque su rostro suele ser imperturbable, en ese momento la seriedad se vio quebrada por la chispa de su voluntad férrea, casi fe ciega, impregnando sus palabras.

Ananke suspiró con una clara expresión de lejanía e incluso derrota.

-Vuestro concepto de destino es distinto al mío, princesa. Yo misma he sido testigo de cómo un pequeño acto, como que un gato callejero acabe en manos de un buen amo, puede cambiar varias vidas. Pero, como habéis dicho, todos somos mortales a ojos de los dioses, y yo debo obedecer al mío, y él os quiere aquí encerrados- explicó, y con cierta duda en su voz añadió: -Se pueden cambiar los matices del rumbo, pero éste está fijado...

La elfa sonrió, como pocas veces, con cierto aire triunfal al sentir la duda de su captora. No lograba mucho en buscar la verdad, pero al menos la deleitaba un tanto ver cómo el discurso de aquella criatura caía por su propio peso y sin que esa creyente pudiera evitarlo. Entonces, lo entendió:

-Sois un instrumento. Conozco esa sumisión, la devoción y la aceptación. Y os respetaré por ello, pues no obedecéis por temor sino por convicción... aunque… eso no os salva de no haber contestado a las preguntas. Aclarad, ¿qué podría ganar vuestro Dios de tener a cuatro almas encerradas lejos de su propósito y su gente? ¿Qué busca vuestro amo de nosotros?

-Él desea evitar algo... y me obliga a servir al anciano. El anciano está averiguando quienes serán los causantes de algo terrible que sacudirá Noreth, y vosotros cuatro, así como otros en el pueblo, sois candidatos. Yo... solo sé que no puede haber hecho bien al asociarse con estas criaturas.

La longeva calló pero el kazuka, hasta ese momento acallado por las advertencias de la solar, reanudaba con sus cavilaciones:

-Ese anciano. ¿Es un pastoscuro?

Ithilwen le miró con intriga. Las historias de aquella región le resultaban totalmente desconocidas y en este caso parecía imperativo saber más.

-Es una vieja leyenda de cazadores- continuó Youdar -habla de una raza extraña de seres, capaces de controlar y guiar al rebaño de los monstruos.

-Él no es un pastoscuro, Youdar, hijo de Yeidrax, pero ha logrado traer uno del encierro eterno al que estaban sometidos todos los de su raza.

-Evitar el éxodo... o liberar a los sometidos...- susurró la elfa de manera dubitativa, reflexionando sobre lo que se acaba de decir: -Curioso asunto… ¿qué queréis de nosotros? ¿La sumisión? ¿El cautiverio? ... ¿La extinción? -entonces la elfa se enfrentó una vez más a Ananke como tratando de leer su rostro más que oír su respuesta.

-Deseo que demostréis al anciano, una vez más, que los mortales hacéis vuestro propio camino.

-¿Una vez más?- inquirió el enano.

-Tú ya superaste mi prueba, Youdar y salvaste una vida al hacerlo- su mirada bajo hacia Pelos y luego continuó: -Superad ahora la prueba del anciano.

-Encerrados será difícil pasar pruebas...- alegó la solar entre los dientes con sorna.

-Los siervos del destino no podemos... no debemos interferir. Pero…- una fría sonrisa asomó tras sus labios rojizos: -Vencisteis a Vanstiel… ¿van a deteneros unos barrotes?-. Se agachó y, sin tocar absolutamente nada, Pelos salió de la celda dispuesto a tomar algo de afuera mientras ella se retiraba.

Youdar enrojeció, no de vergüenza esta vez, sino de ira.

-Por todos los pelos de la barba de Karzún ¿Qué demonios...?

Desconcertado por la sumisión de su gato, la doncella soltó una carcajada:

-Y así todo se vuelve más interesante, ¿no lo crees?- rio, sin poder evitar mofarse de la cara de su compañero, aunque en un susurro añadió: -Pues nunca imaginé que tendría que pelear ante otro siervo de fe... otro inmortal.

“Y no lo harás sola”

“¿No?” , pensó Ithilwen.

“No”

La voz del lobo resonaba en sus pensamientos.
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Ithilwen Erulaëriel

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Dom Abr 19, 2015 6:38 am

AL fin, después de una extenuante, y no menos asqueroso intento por aminorar al prisionero, éste comenzó a ceder, con alaridos de notoria sed. No era imaginable la incomodidad de Malina frente a tal escena: la primera intención para venir hacia acá no era más que retratar a un hombre con complejo de grandeza; aunque de lo último no podía objetar: era grande, sí. Pero por los lados. Dejando de lado ello, no pudo hacer más que llenar el espacio vacío que el mismo Thane comenzó a construir: En esta región, la casa de aquel que ostenta un cargo mayor se le llama “casa comunal” y el papel en sí, se denominaba “Thane”, “me pregunto si puedo tomar ese sustantivo como adjetivo entre los míos”, señaló para sí con profunda curiosidad ¿cómo reaccionaría el cabecilla de familia, si de la noche a la mañana comienza a llamarle “Thane”. Aquel pensamiento absurdo le entregó un espacio en blanco, donde su imaginación, desasida por la materia, tuvo espacio y lugar para poder volar, juguetear y corretear como una loca, por donde mejor le pareció. Y bien que le pareció tratar de mantenerse sola, aislada de los especímenes que tenía a su lado. No aportaban seguridad, mucho menos una confianza, un dejo de condescendencia para poder contestar sus interrogantes “Bárbaros”, refunfuño, molesta.


En los rincones, la humedad caía por gotas. Alimentando a los musgos que podían verse con mucho detalle, minúsculos y desprovistos de otro soporte aparte de la piedra donde se apoyaban. Todo era muy propio del ambiente con el que había descrito a los personajes. Aunque le hubiese gustado apreciar con más detenimiento el crecimiento del musgo en la humedad, Malina estaba confundida, con el pecho encogido; la congoja le sobrepasaba los ánimos, sintiéndose arrastrar por una inexplicable pena al ver al prisionero desangrado. Por lo pálido, no parecía un hombre, o mejor dicho un humano, pero tenía las maneras y las ropas, o los restos de ellas, de alguien distinguido y, aunque mermado en su indumentaria y porte gracias al inmundo olor de los ajos, su tipo era erguido y gallardo. Una mezcla poco menos contrastante, una criatura, por lo bajo, fascinante; con la misma confusión se dirigió a los presentes con una mirada cómplice: la diferencia abismal de portes y conductas no hacían más que ahondar entre ella y “los otros”. No podía evitarlo. Malina era un tanto egoísta, aunque tolerante. Sin embargo tenía límites, y éstos, ya habían sido sobrepasados. “¿Aquí nadie come?”, la pregunta le vino de sopetón a la boca, cerrándola, y mordiéndola. Suspiró y se llevó una mano sobre el busto, acompasando así el respirar – Dispense usted, Thane-  refiriéndose a aquel que la había invitado- pero amerito una taza de té. No me esperaba un recibimiento tan, diferente – soltó sin cuidar sus modales, mostrando una desidia propia de aquel que presencia un obra muy mal ejecutada. Sumado a ello, no le era del todo agradable tener que soportar la mirada iracunda y “superior” de Utrek, quien a estas alturas más le provocaba repulsión que ira.


[***]


Se sentó silenciosa junto a la mesa, buscando algo que comer: el licor era tosco para estas horas y no obstante, ellos lo bebían como si se tratase un simple zumo. Cada instante que transcurría, Malina no hacía más que sumirse en su percepción primera “bárbaros”, moviendo el tenedor despacio, trozando la comida para alimentarse en pequeños bocados. De pronto el escepticismo regresó avasallando el hambre. Y junto con él, un remezón de criterio tal que le obligó a mirar hacia los presentes y consultar - ¿qué es... ?"El tipo que está allá abajo". Era probable que no recibiera respuesta, y si la obtenía, sabía que no iba a ser con palabras a las que estaba acostumbrada. En ocasiones deseaba ser más “áspera”; en ese devenir de contrariedad, llegó un guardia agitado, desprovisto de orden en sus movimientos. ¿Cazadores? Comprendiendo que sería irrisorio pedir formalidad para lo que venía a decir, en aquel momento, todo el peso del protocolo, los hábitos y costumbres, se quedaron ahí, sobre sus hombros. Un millar de preguntas se le volvieron a agolpar en las comisuras de los labios. Pero ya no había quién las tratase siquiera de escuchar. “Quizás todos queremos una explicación, también”, se aventuró a pensar con sorna, al escuchar la pregunta del Thane ante el guardia. Sin mediar palabra, y aprovechando la ocasión de Utrek para increpar al susodicho, Malina se retiró, llevando consigo una manzana, subiendo rápidamente hasta su cuarto ¿la razón? Necesitaba pensar, la presión de tanta gente, la premura de las circunstancias y no por menos, el viaje en sí, estaban rozando los límites de su cansancio.


Ya dentro del cuarto, logró ir vagamente la sugerencia de traer a toda la gente a la casa, de inmediato, al cerrar la puerta, se desplomó sobre ella, cayendo al suelo, sostenida por sus manos apoyadas en la madera ¿A todos para acá? ¿Pero a qué clase de infierno se vino a meter? La idea de que esto haya sido un invento de Hubert, se volvía cada vez más vaga. Y en parte le alegraba. Luego de maldecir en silencio a todos los seres vivos posibles, tomó su estuche de pinceles, su cuaderno y descendió, esta vez más serena. Esas brusquedades y cambios de temples, le han acarreado la fama de cruel, incluso de poseer un carácter más “visceral”, sin que nadie, no siendo ella misma, quien se percata de cuanto error hay en ello. ¿Pero qué puedes pedir en medio de una cordillera? “Lewe, por favor… Por favor”, dentro de sí, una voz iracunda, pero conocida comenzaba a remecerle el temple; el ajetreo era descomunal, “ah qué mejor palabra que esa para encasillar la hecatombe: descomunal”, carraspeó mientras bajaba las escaleras con desesperada calma. “¿Cambiamorfos?” La sala se había vuelto un vorágine de gritos y órdenes que recaían en el primero que tuviera las manos desocupadas. Un Thane acomplejado por sus deficientes maniobras estaba ahí, junto a un cazador tan irrespetuoso como aprovechado – Si me permite…- Malina se acercó a su anfitrión posando una mano sobre su hombro – atreviéndome a decir esto, quisiera ofrecer mi ayuda, para lo que sea necesario – Se sintió sola, mirando al Thane. Desprovista de objetos de combate, apeló a su labia para tratar de expresar su apoyo. Junto con la notoria inexperiencia en este tipo de situaciones, por vez primera, maldijo su laconia, apartándose de inmediato, para cubrir su boca antes de ensuciar su imagen con algún improperio.


[***]


Es probable que se haya aventurado mucho al hacer conjeturas tan apresuradas y llenas de vacíos. Pero atribuir esta oleada de catástrofes al sujeto que estaba en la mazmorra, no parecía tan descabellado. Cierto era que la información que manejaba era tan vaga, que un dejo de vergüenza se le dibujaba en la cara, a modo de sonrojos espontáneos. Quizás regateaba demasiado, permitiendo que el desorden dominara su sentido común y declaró para sí, avergonzada, que ahí radicaba todo el dilema con su forma de expresar sus ideas. Cerró los ojos por un momento, tratando de buscar la desquiciante calma de la que hacía gala, pero se le hacía complicado, especialmente con el “conde” dando vueltas por sabrá dónde. ¡Ah! –exclamó evidentemente molesta, frunciendo el ceño. A lo lejos, la gente comenzaba a llegar, sus expresiones asustadas articulaban un frenesí de palabras sin sentido, “los entiendo tan bien”, mascullaba para sí, tratando de no dejarse llevar por aquel delirio.


“Mali, ¿de quién es la culpa?” como un susurro, una voz conocida se le vino a la cabeza, haciéndola reaccionar: los primeros estremecimientos de la escalera rindieron frutos. “… Del diablo es la culpa”, respondiendo con una frase aprendida y aprehendida en su memoria, se contestó. La señora Lewe desvió la mirada hacia la mazmorra, cual acto reflejo, regresando a la frase, “la culpa”… Masculló algo hacia la mazmorra, mas no consiguió obviar el hecho de que sentía la fuerte necesidad de bajar. Agitada como el océano tras el huracán, se decidió a bajar, sin un plan trazado. Mucho menos algún tipo de negociación.



Ignoraba por lo demás si alguien ya estaba ahí. Era gracioso, ver, a una Malina tan amiga de lo social, descendiendo cual enajenada hacia el prisionero. Detuvo sus pasos en seco, cuando vio el suelo de aquellas solitarias cárceles, cubiertas de una capa de sangre, oscurecida ya por las horas, y un viento estremecía de frío todos sus miembros. Al ver que sus esfuerzos por conservar la calma eran nulos, se encaminó sin tapujos a una distancia prudente del sujeto. La curiosidad de Malina estaba extrañamente apaciguada: no por ello dejaban de fluir, sin embargo, corrían como un cauce menor, un brazo de río que no estorba, y solo alimentaba la postura que había sostenido en la sala. Tomada ya la decisión, se inclinó para dejar su maleta en el suelo, cerca de los pies, dejó los brazos adelante, en un grácil movimiento, entrelazando sus dedos sobre la falda - ¿… Eres tú, quien trae todo este desastre? – la boca le temblaba, producto del temor y la fascinación. Espesábase los gritos y los pasos sobre sus cabezas, mas ahí abajo, el tiempo parecía haber simulado pasar más lento. Esperó su respuesta, con los labios sellados, mostrando si, una expresión confusa, dolida: la expresión de quien ve por vez primera una masacre.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Noegoé el Lun Abr 20, 2015 12:23 pm

"Al menos he podido pasar un buen rato" Pensó Noegoé mientras desde la ventana de vidrio grueso de la habitación que Ingrod le había asignado, veía a los lejos el bosque arder y la gente agolparse contra la puerta de la casa comunal intentando entrar los primeros.
Oía ahogados por las paredes de madera gruesa los gritos de agonía y miedo de la gente y su movimiento entre las sombras rojizas de las antorchas.

-///-

Desde que llegó, hacía apenas un par de días atrás, Noegoé había empezado a pensar que la idea de ser un Conde era la mejor que se le podía haber ocurrido en su vida.
SI bien el hecho de descubrir que la cacería era de monstruos y no de reses en un principio le había dado ganas de huir, había encontrado rápidamente la manera de sacar provecho de ello.
Sabía que si huía, la misteriosa desaparición del gran Conde cazador no pasaría desapercibida. Probablemente estarían demasiado ocupados para perseguirle. Pero a Noegoé no le cabía duda de que el Thane haría lo posible para desentrañar el misterio, que llegaría a oídos del Conde, el cuál, de seguro pondría una cuantiosa recompensa a su cabeza (o no, pues ya había demostrado ser un tacaño).
Igualmente, no quería ser perseguido. Su cara solía ser facilmente identificable.
Por ese motivo, y decidido a seguir con su doble identidad, llegó a la conclusión de que lo más fácil sería posponer su participación en la cacería el máximo tiempo posible.
Para ello, había expresado al Thane su necesidad de estar presente y participar en los interrogatorios del Lord vampiro con la "excusa de estudiar al enemigo", lo que al Thane le pareció muy razonable. Apoyaba también, de manera incondicional, la teoría de un tipo desagradable llamado Utrick, según la cuál, al parecer, todo estaba relaccionado entre sí y el Lord Vampiro lo sabía... o algo por el estilo.
Con eso se había ganado en parte la simpatía de Utrick, con quien compartia cierta afinidad por los asuntos sucios y las teorías conspiracionales.
También, aunque en un principio había "decidido" que no le acompañarían ninguno de sus criados, le había pedido al Thane que le asignara un criado personal.
La amabilidad de ese enano no tenía límites con el Conde. Así que le proporcionó, a falta de medios mejores, un muchacho de nariz ancha y granos llamado Caslo, muy dispuesto pero muy torpe.
Noegoé, en el poco tiempo que había tratado con el muchacho, había llegado a encontrar un placer personal e indescriptible en torturarlo:
En un principio había decidido decirle al Thane que su armiño era un animal de caza. Pero al descubrir que cazarían monstruos y no conejos, decidió darle la propiedad de ser un armiño místico-mágico capaz de sentir y encontrar el mal allí dónde el ojo humano no puede ver, siendo una especie de brújula del mal. Y así se lo hizo entender al joven.
Por eso se dedicaba a soltar constantemente al armiño por la casa comunal y le pedía al joven que lo buscara y se lo trajera, y que hiciera un mapa de todos los lugares donde se escondía el animal (que eran lugares donde se encontraba el mal en su forma no visible, obviamente). Una vez lo hacía, lo acariciaba y lo volvía a soltar para pedirle al chico después que lo volviera a encontrar.

Por otro lado, no todo habían sido facilidades.
Al poco de estar allí, el Thane le había presentado a una artista que había invitado para retratar distintos aspectos de la cacería. Era una preciosidad de alta cuna, con el pelo lleno de bucles y ropajes caros que denotaban su pertenencia a una clase social alta. A la misma que pertenecía Noegoé, supuestamente.
La jovén se había presentado con una voz suave diciéndole: "Conde, un gusto en volver a verle".
Esas palabras crearon un torbellino en la mente de Noegoé. ¿volver a verle?¿es que le habría confundido con otra persona? Empezaba a creerse un auténtico Conde hasta que ella, en un momento dado, le susurró que sabía de su mentira y que guardara las distancias.
Noegoé estaba acostumbrado al desprecio de las mujeres. Pero esa vez, trás la ilusión de haberse creído reconocido y respetado, tenía que admitir que le había dolido más de lo necesario.
¿y qué si no guardaba las distancias?¿qué iba a hacer ella?¿Le delataría? Sería su palabra contra la de él. "y yo tengo un bastón de oro"-pensó.

-///-

El aire de aquel gélido calabozo olía mas a ajo y suciedad de lo que cualquier ser, humano o no, era capaz de aguantar. Noegoé estaba de pie cerca de la pared. No era la primera vez que veía un vampiro, pero al entrar en la celda y ver el cadáver inmóvil y fuertemente atado, tuvo la impresión de que aquel hombre no se movería, ni diría palabra alguna. Aquel hombre estaba muerto.
Pero sí se movió, y lo hizo lentemente, levantando la cabeza hacia ellos y observándolos con ojos que expresaban una calma inhumana.
Esos ojos decían algo tan obvio que Noegoé no pudo creer que no lo vieran los demás. Decían que no iba a hablar, y que jamás lo haría, y no importaba el tiempo que lo tuvieran allí atado pues siempre viviría más que todos ellos. Eran ojos de superioridad.
Noegoé observaba en silencio como todos, el que debería ser el undécimo interrogatorio sin resultado. Al olor ya pestilente del calabozo se le empezaba a sumar el olor metálico de la sangre. La escena no podía ser más desagradable. Pero Noegoé observaba aparentando completa concentración. Como si intentara averiguar en cada movimiento del vampiro las respuestas que no le iba a dar.
De repente, y rompiéndo el silencio, Malina, la joven artista se excusó diciendo que necesitaba un taza de té. Noegoé no creía que necesitara tomar nada, de hecho el ambiente te invitaba a justo todo lo contrario.
La joven había procurado mantenerse en todo momento lo más lejos posible de su lado aunque Noegoé no había sido tan amable en ese sentido.
Pocas cosas había en el mundo capaces de causar tanta provocación a Noegoé como la amenaza explícita que le había dicho Malina de "mantener las distancias" .
Desde entonces no solo se había entregado al placer de torturar a su joven criado sino que también, siempre que podía, dedicaba su tiempo y esfuerzo en incordiar a la artista.
Constantemente intentaba hablar con ella sobre sus riquezas y aquella vez que la vio por primera vez en la casa Lewe, y sobre los cuadros que quería que le pintara, los cuales le pagaría con considerables cantidades de oro ficticio.
Cuadros que le representarían a él en todo su esplendor sobre una enorme montaña de demonios muertos (y arriba de la pila, con la cabeza bajo su pie, el vampiro Vanstiel) captando toda su personalidad, pero sin perder en absoluto la esencia de la belleza de la que Noegoé carecía, pero que todo artista debería poder captar.
La joven aguantaba con paciencia y estoicidad los comentarios que Noegoé le hacia. Si bien le trataba con sequedad y un deje de educado desprecio que a él, acostumbrado a modales más rudos, practicamente le pasaba de desapercibido.

La huída de la artista abrió la veda para que los demás se marcharan. Por lo visto el Thane, impaciente y cabezón como el enano que era, empezaba a estar cansado de no ver resultados con el interrogatorio del Lord vampiro. Según subían, se oía la voz de Lenxer, el elfo hablando sobre algo parecido a "otra manera de hacer las cosas".
Noegoé se quedó donde estaba por inercia, y Urtick que lo interpretó como una señal de apoyo, se lo agradeció con una mirada de confianza. Se veía que los escasos resultados con el interrogatorio empezaban a mermar la confianza del hombre. Noegoé no sabía de dónde sacaba las fuerzas para retomar los interrogatorios con renovadas energías.
-Voy a limpiarme un poco- Le dijo Utrick, con las manos ensangrentadas.
El Lord vampiro parecía haber vuelto a su estado de cadáver inmóvil. Noegoé se acercó un poco más, ahora que tenía la oportunidad de verle de cerca sinque nadie más estuviera presente. Se había abstenido, hasta ese momento de hacer interrogatoria alguna a la criatura.
El vampiro levantó la cabeza con lentitud y le miró fijamente. Aquello provocó un escalofrío en Noegoé.
-Sé que no deseais estar aquí y yo tampoco- dijo el vampiro. No había hablado apenas durante el interrogatorio, por lo que a Noegoé le sorprendió que le estuviese hablando ahora a él.
-Libérame, y ese bastón de oro que lleváis será realmente vuestro... Conde.
Si bien la oferta era tentadora, Noegoé retrocedió con cautela. Algo en los ojos de aquella criatura hacía que una parte instintiva y primitiva de su ser, como era su instinto de supervivencia, se encendiera.

-No deberíais acercaros tanto Conde- dijo de repente Utrick, sorprendiendo a Noegoé que ya había retrocedido varios palmos sin la necesidad de su advertencia.
-Salgamos de aquí- dijo Noegoé con el aire autoritario de un Conde. Utrick le siguió tras echar una última mirada de desprecio al vampiro, cerrando la puerta con la gruesa llave.
-No dudo en absoluto de vuestra teoría- Empezó a decir Noegoé, mientras subían las escaleras de velta a la casa comunal- pero ¿de verdad creéis que el vampiro os dirá algo?
-Más nos vale que lo que diga, lo diga pronto.- dijo Utrick- Pues habremos de matarlo en breve. No es un vampiro normal, y está recuperando fuerzas. Voy a tener que retomar esto a solas, está visto que es así como canta.

-///-

Noegoé llevaba un rato mirando por la ventana, abstraido en su pensamientos, sin percatarse de un pequeño detalle.La multitud que se agolpaba contra la puerta de la casa comunal cada vez era más grande. Eso sólo podía significar una cosa: no estaban pasando.

El Thane, (o mejor dicho, Utrick) había dado la orden de reunir a toda la gente posible en la casa comunal. Pero era obvio que no se estaba cumpliendo.
Noegoé bajó a la entrada para ver que estaba pasando, la puerta principal estaba cerrada a cal y canto.
-¿por qué no se deja pasar a la gente?- preguntó a un hombre con armadura
-¡¡Señor!!¡¡ el Thane nos pidió que nos aseguráramos de dejar pasar sólo a inocentes!!
Ahora entendía, sin duda sería muy dificil diferenciar. Ese era el problema que había ahora. Pero dejar a la gente fuera expuestos, mientras intentaban hacer una criba inútil no era la solución. Noegoé decidió ir a hablar con el Thane, pero no le encontró en el comedor, ni en su sala de reuniones.

Creía que podía ejercer cierta influencia sobre el enano. Sabía como funcionaba su mente, de hecho, Le había regalado al Thane como signo de su amistad, el anillo gordo con la piedra negra, y con eso se había metido al Thane en el bolsillo. Estaba seguro de que su opinión sería bien tomada en cuenta.

Al pasar cerca de las cocinas, Noegoé pudo distinguir la figura recortada del Thane cerca de las caballerizas. Salió para hablar con él.
Había empezado a nevar y la nieve se pegaba a los zapatos de Noegoé y le incomadaba al andar. Le sorprendió lo desierta que estaba esa zona, en comparación con la entrada principal, dónde se agolpaba la gente.
Noegoé se dirigió hacia donde había visto la figura del Thane, le llamó y este se volvió pero al hacerlo vio que no era el Thane sino un enano desconocido con el pelo recortado y complexión robusta.
- Estoy buscando a Ingrod, ¿le has visto?- preguntó Noegoé, pero el enano de cara osca no le respondió. Típica amabilidad enana, pensó.
Repitió la pregunta más lentamente para que el enano le pudiera comprender, y entonces se percató de que llevaba una espada cubierta de sangre a la cintura, y a pocos pasos de allí, parcialmente cubierto por la nieve, había un cuerpo ensangrentado.

Empezó a retroceder lentamente rezando para que ese bulto en el suelo no fuera su criado Caslo. El enano avanzaba hacia él cada vez más rápido. Debía de ser uno de los cazadores endemoniados.
Cuando tocó con el talón el escalón que llevaba de vuelta a la cocina se giró rapidamente, entró e intentó cerrale la puerta al enano. Pero este se lanzó rapidamente con fuerza contra la puerta y Noegoé no consiguió cerrarla entera.
Mientras empujaba para dejar al enano fuera,que ya tenía medio cuerpo dentro del umbral este sacó una pequeña daga de cinturón y la clavó allí donde pudo. Noegoé sintió un dolor agudo y tremendo en el costado. Gritó y calló de rodillas. Fue empujado hacia atrás cuando el enano entró por fin por la puerta con la espada en alto. Noegoé apenas tuvo tiempo para parar la estocada con el bastón de oro, que quedó con una muesca cosiderable.
El enano hacía fuerza con ambos brazos y Noegoé veía el filo de la espada aproximarse a su cabeza. Con toda la fuerza que pudo, pegó una patada al enano, que salió despedido hacia atrás. Aprovechó el momento para salir corriendo en cualquier dirección.
Descendió unas escaleras con toda la rapidez que pudo, no había bajado por ahí antes pero por el olor a ajo supo hacia dónde le llevaban. El costado le dolía muchísimo y le obligaba a descender pegado a la pared, con una mano apretando fuerte . Podía oir al tenaz enano seguirle muy de cerca.
Recordaba la cantidad de dagas y cuchillas que había cerca del calabozo, corrió hacia allí para intentar alcanzar alguna antes de la próxima embestida del enano endemoniado.
De repente, el sonido musical de una voz le paró en seco. "¿..eres tú, quién trae todo este desastre?"
Noegoé no podía creer lo que estaba pasando. ¿qué narices estaba haciéndo alla allí, en ese momento justo?¿qué creía acaso? ¿qué le diría a ella lo que no le había dicho a nadie?
Avanzó más deprisa hasta la celda que estaba abierta. La joven arrodillada ante él, no era consciente del peligro que estaba corriendo. El enano insistente le vió y empezó a avnazar rapidamente por el pasillo con la espada preparada.
-Malina!! no te acerques!!- gritó Noegoe.
La joven se giró y el vampiro aprovechó su despiste para intentar atacarla, El olor de la sangre fresca de Noegoé parecía despertar los instintos del vampiro.
Pero Noegoé se puso en medio y evitó que la dañara.
El enano apareció junto a la puerta del calabozo y de repente la atención del vampiro se volvió hacia él.
-Enano, que gusto volver a verte- dijo el Lord.
Noegoé no se lo pensó dos veces. Reuniendo fuerzas agarró el vampiro y lo arrojó contra el enano, lejos de la asfixiante nube de ajo y plata. El enano endemoniado arremetió contra él, cortando, desafortunadamente una de las cadenas de plata que lo ataban. La estocada en el pecho no pareció importarle al vampiro.
Este, con un brazo libre, rebanó con sus uñas el cuello del enano con brutal eficacia. "no era él" le oyeron decir.
Entonces Noegoé se agachó cerca de Malina y empezó a remover entre sus ropas sin recato. La joven estaba blanca y parecía al borde del desmayo. Noegoé encontró lo que buscaba: se lanzó rápido contra la puertade la celda y la cerró con la llave, quedándo ellos encerrados dentro.
El vampiro observó la rápida maniobra de Noegoé con indiferencia. En vez de entrar a por ellos, debilitado como estaba, le hizo una reverencia de agradecimiento a Noegoé y desapareció escaleras arriba.
Noegoé se dio cuenta de lo que había hecho: había liberado al vampiro Vanstiel.
Con la mano aún en el costado que le dolía tremendamente y hacía que se le nublara la vista,se giró hacia la artista, que seguía asustada en un rincón, pero que le miraba con dureza.
-Pues bien señora,- le dijo- ya tiene dos cosas que decir de mi.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Mar Abr 21, 2015 12:30 am

SEIS MESES ATRÁS
 
-¿Estamos todos?- dijo Vanstiel, y el eco de su voz resonó en aquella cueva. No le hacía gracia reunirse allí, en un territorio que no era el suyo, y menos aún sin Ruby y los otros vampiros para guardarle las espaldas. Además, había sido el primero en llegar, y el resto de invitados a la reunión no habían mostrado poseer siquiera nociones básicas de puntualidad.
-Falta Nikochis- dijo el anciano. Apenas tuvo que elevar la voz, porque todos sabían que él era quien mandaba allí, aunque también sabían que, de no ser por Barbatos, no hubieran dudado en acabar con él allí mismo, pero el pastoscuro obedecía como un perrito faldero al viejo.
-Nikochis- dijo una voz chillona que no venía de ninguna parte- es un folklerien muy ocupado- el hombrecillo se apareció en medio de todos ellos- No pensaba llegar hasta que no estuvieseis todos. ¿De pie? Ah, no, creo que no- chasqueó los dedos y la fría cueva se vio adornada por una larga mesa de caoba, alrededor de la cual aparecieron seis elegantes sillas y una hamaca, la cual fue ocupada por el propio Nikochis- Ahora sí, creo que podemos empezar.
 
Nikochis hablaba como si diese órdenes, pero nadie hizo intento en reprenderle, ya que, con los folklerien, solo hay dos formas de actuar: o bajo sus normas, o no tratando en absoluto.
-Ananke, por favor, habla tú. Al fin y al cabo, estamos aquí por tu incompetencia- la voz del anciano parecía esconder rencor hacia la mujer.
-Tal y como hemos hablad…- sin apenas poder comenzar a exponer nada, Ananke fue interrumpida.
-Creo que todos aquí queremos saber qué es lo que hizo, o quizá, lo que no hizo Ananke, y que os llevó a asociaros con nosotros, anciano- dijo Golab, el djinn.
-Eso no importa en absoluto, genio. Escucha y guarda respeto- la de Barbatos era una voz de ultratumba, y su hechizo sobre cualquier monstruo de tal magnitud que el djinn no pudo ni argumentar ante su respuesta.
-No importa, Barbatos- parecía que el anciano estaba deseando aprovechar la mínima ocasión de exponer ante todos la vergüenza de la mujer que lo acompañaba- Veréis, nuestro Señor, Dios del Destino, le encomendó a Ananke una tarea sencilla: matar a un enano y a un gato. Como también sabéis, nos está prohibido intervenir directamente, y ella eligió a cinco asesinos para que hiciesen el trabajo. Bueno… parece ser que eran los cinco mayores inútiles de todo Noreth, y no solo murieron sin lograr su objetivo, si no que favorecieron que aquel enano y aquel gato se hicieran inseparables, algo que el Señor quería evitar a toda costa.
-¿Qué pueden importar un enano y un gato? No tienen espíritus especialmente poderosos- observó Roich, el brujo pastor de espíritus.
-No es nuestro deber contestar a esas preguntas, Roich. Solo el Señor sabe, y nosotros obedecemos- dijo Ananke, poniendo punto final a la tertulia en torno a su fracaso anterior- Y por eso mismo estamos aquí. Vosotros queréis arrasar Darry´gor, cuyos habitantes os expulsaron de estas tierras tiempo atrás, y acabar con La Buena Leña, que os ha perseguido sin descanso por todo el amplio Noreth. El anciano y yo queremos observar a “los elegidos” ante la amenaza que suponéis, y determinar quienes deben morir para salvaguardar el destino.
-¿Por qué no matarlos a todos?- inquirió Vanstiel, que no entendía tanto lío por unos simples mortales.
-Eso sería aburrido- dijo el folklerien- es más divertido ponerles a prueba, ¿eh, anciano?
-Al final, supongo que todos podrían morir, Vanstiel, pero primero debo averiguar si he dado con la gente correcta- el anciano parecía hablar para si mismo, además de para el vampiro.
-¿Por qué es eso importante?- preguntó Golab, el djinn.
-Porque si no son los que verdaderamente traerán la catástrofe a Noreth mi Señor se enfadará conmigo, yo me enfadaré con Barbatos y él se enfadará con vosotros, y ninguno queremos que eso pase- no había lugar a replica en el argumento del anciano, y durante unos segundos se hizo el silencio, hasta que el Lord Vampiro lo rompió.
-A mi no me interesa jugar con la comida, anciano. Los míos y yo llegaremos cuando La Buena Leña se asiente aquí, y daremos el primer golpe.
-Ah, no es justo- dijo Nikochis- todo lo divertido para Vanstiel.
-Para ti tenemos planes más divertidos, Nikochis, igual que para Roich- las palabras de Ananke hicieron que los nombrados la miraran fijamente- Parece ser que las cartas no surgirían mucho efecto con el hombre de los espíritus, pero quizá acudiría a la cacería si Roich se hiciese con unos espíritus de animales. Y tú, Nikochis, ¿serías tan amable de torcer los cables para que la princesa de Erinimar acabase en Darry´gor?
-¡Por supuesto!- el entusiasmo era patente en la voz del folklerien.
-Los demás os encargaréis de causar pequeños extragos en la villa. Y, Nikochis, en cuanto hagas lo que te ha encargado Ananke deberás hacer llegar las cartas al resto de los elegidos- dijo el anciano- Deberán ser entregadas de tal forma que se personen aquí en seis meses exactos. ¿Has entendido?
-Perfectamente, Lenxer… anciano aburrido.
 
(OFF: no os hagáis los sorprendidos, que ya os lo imaginabais)
 
-//-
 
-¡Mi señor! ¿Qué hacemos? El vampiro ha escapado- gritaba uno de los guardias al thane Ingrod.
-¿Dónde está Lenxer?- preguntó éste, viéndose totalmente impotente ante el caos que se desataba en la Casa Comunal.
-¡Mi thane!- el elfo llegaba corriendo, y se le veía realmente apurado- Venid a las mazmorras, rápido.
-Ya se que Vanstiel ha huido- dijo Ingrod.
-No es por él. El conde y la artista se han tenido que encerrar para evitar ser devorados.
-Oh, eh, está bien, ¡A mi la guardia! Todos a las mazmorras, corred- el único pensamiento del thane era salvaguardar su posición… y su vida. No podía dejar pasar aquella ocasión, finalmente Darry´gor iba a estar señalada con letras grandes en el mapa de Daulin, y sus invitados engrandecerían involuntariamente su figura cuando hablasen en sus selectos círculos sociales de cómo el gran thane Ingrod lideró a la villa en su lucha contra el mal; pero para eso debían sobrevivir también.
 
Los guardias, el thane y Lenxer llegaron hasta las celdas, donde encontraron a los invitados encerrados.
-Ya podéis salir, mi señor, mi señora- dijo Ingrod, recobrando el aliento- Lo mejor será que me acompañen a mis aposentos, voy a reagrupar a mis tropas- el thane, algo más calmado, y pensando en que no debía perder la compostura, caminó con parsimonia hacia las escaleras.
Al llegar al gran salón, algo extraño ocurrió. Lenxer señaló hacia la puerta, en la que gran cantidad de enanos y humanos se agolpaban suplicando entrar a la seguridad de la gran casa, y la madera estalló, permitiendo el paso de toda la multitud, que, entrando en tromba, dividió a la comitiva del thane. Ingrod y Malina quedaron por un lado, en la zona más cercana a la escalera que llevaba a los pisos superiores, hacia donde pretendían dirigirse, y Lenxer y el falso conde se vieron arrastrados por la multitud, hacia el fondo del gran salón. La guardia, que poco antes les seguía, se vio desbordada, y hacía todo lo posible por hacer que la gente guardara la calma, procurando dirigirse hacia sus compañeros que, segundos antes, vigilaban la entrada a la Casa Comunal.
 
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Lenxer agarró a Noegoé por el cuello con una mano, y le apretó la herida del costado con el otro. Quedó patente la naturaleza sobrenatural de aquel hombre, pues ningún elfo enjuto sería capaz de levantar con sus propias manos a un humano tan alto como el deforme. En medio del caos, nadie se fijó en la extraña situación que se vivía entre el “hechicero” y el “conde”.
-El folklerien lo hizo bien contigo, Noegoé. Supo que le meterías la mano en el bolsillo al verdadero Dreik, y acabarías aquí- el hechicero caminaba lentamente y, aunque su presa no debería dejar respirar al deforme humano, la condición de hijo del destino del falso elfo, que le impedía matar directamente, obraba el milagro de que el aire consiguiese llegar a los pulmones de Noegoé. Ambos impostores acabaron yendo a parar junto a una ventana, situada en un lugar poco visible al fondo del salón- ¿No querías vivir una gran cacería, Noegoé?- Lenxer sonrió como un demente- Pues vas a vivir la mayor que ha existido nunca.
 
El hechicero arrojó a Noegoé por la ventana, aunque, segundos después, el cristal de ésta volvía a estar reparado completamente, dejando, irremediablemente, al falso conde en mitad de la batalla.
 
(OFF: Noegoé, por las limitaciones de la magia de Lenxer, que le impiden dañar o matar directamente, no te has dañado en absoluto al pasar por la ventana, ni con su fuerte presa sobre ti, pero sigues herido en el costado, cortesía del falso yo(udar).)
 
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-Malina, ¿Qué ha sido del conde?- preguntó el thane Ingrod, inquieto ante la idea de perder a tan valioso aliado. En aquel momento, pudo observar desde una de las ventanas del piso superior como el conde salía despedido de la Casa Comunal y, pensando que él podía ser el siguiente, se olvidó por completo de la idea de ser recordado como “el salvador de Darry´gor”; se conformaría con algo mucho más modesto, y comenzó a correr escaleras arriba hacia sus aposentos.
-¡Thane! ¿A dónde narices cree que va?- la voz de Hobb, la tabernera, subía por el hueco de la escalera, en busca de algunas respuestas.
-No hay tiempo para explicaciones, Hobb, querida amiga- el enano corría todo lo que podía, deseando llegar a sus aposentos para poner una puerta de por medio entre la tabernera y él- Tengo que organizar la defensa de la ciudad.
-¿Y va a hacerlo desde su habitación? Váyase a la mierda, Ingrod. Su pueblo está muriéndose- la ira de la enana podía sentirse mientras perseguía al thane.
 
Ingrod finalmente llegó a su dormitorio, cerrando la puerta tras de si con llave en cuanto Malina hubo entrado a la estancia. Rápidamente, buscó bajo su cama, y sacó un pequeño cofre, del que rebosaban oro y joyas por doquier.
-Querida artista, confío en que me pintéis como el gran superviviente de la cacería de Darry´gor, así que debemos marcharnos. Ya le enviaremos una carta de condolencia a la familia del conde- el enano golpeó uno de los tablones de la pared, dejando a la vista un hueco oculto en ella- Esto lleva directamente a mis establos, vamos.
¡PUM! Se pudo escuchar un fuerte golpe tras otro en la puerta de la habitación.
-¡Ingrod, maldito cobarde, abra la puerta!- Hobb no le iba a dar muchas más oportunidades al thane, y si este no accedía a abrir la puerta iba a tener que derribarla con el “apaciguador”.
 
-//-
 
Los demonios de arcilla habían muerto finalmente, pero la verdadera batalla estaba por comenzar. Shan y Chismes habían conseguido llegar hasta Darry´gor, aunque apunto estuvieron de ser devorados por las llamas, y Utrek también se había unido al grupo de Kadín, aunque cualquiera diría que había tenido que abrirse paso a puñetazos entre la gente del pueblo.
-Enano, gentuza, escuchadme- comenzó a decir Utrek- Vosotros tres, feos, venid también, que va con vosotros- dijo refiriéndose a Mivam y su compañeros- Y tu, conde, a ver si de verdad eres tan buen cazador- Noegoe había tenido la mala suerte de salir despedido justo hasta aquel lugar- He podido dar un rodeo alrededor de la Casa Comunal, y es el único lugar de este sitio de mierda que merece la pena proteger. Todo el pueblo está allí metido, y el que no está… pues él sabrá que hace que no mueve el culo.
-¿Algún sitio alto desde donde tener ventaja?- preguntó Kadín, pensando en el bien mayor e ignorando los malos modos del asqueroso Utrek.
-Ni lo pienses, enano, el sitio más alto es la propia Casa Comunal, y eso es un hormiguero. Cuando consiguieras llegar arriba, esto estaría ya reducido a escombros.
-Podemos encerrarles- dijo Shan- Aquí las casas son bajas  y están muy separadas, pero alrededor de la Casa Comunal no, ahí están muy juntas, y un par de arqueros pueden hacer una masacre si otros ayudan a contener a los monstruos.
-¡Puto niñato!- exclamó Utrek, divertido- Se nota de quien lo aprendiste todo, chaval. Bueno, ¿qué decís los demás? Porque a mi me parece un plan.
-Creo que tú, Utrek…- comenzó a decir Kadín, pero se vio interrumpido por el mismo Utrek.
-A mi no me jodas, “Kadete”, conmigo no cuentes para lanzar flechitas, yo quiero lucha cuerpo a cuerpo, y me llevo a Shan, a Chismes y… y al conde, si, esos mismos, me servirán- es una verdadera pena cuando alguien como Utrek tiene razón en lo que dice, porque, por más que lo desees, no puedes llevarle la contraria, y eso es lo que hicieron todos.
-Está bien, en ese caso, Lars y Ravin os cubrirán desde aquel tejado- dijo Kadín señalando una de las casas más altas- Y nosotros- dijo mirando a los orcos, confiando en que aquella fuera su expresión habitual, y no una que indicara malas intenciones- atraeremos a los enemigos hacia la trampa. Se os ve fuertes, y aquí hay nieve de sobra para hacer un cuello de botella. Si a alguien no le gusta el plan, que lo diga ahora, pero que nadie haga estupideces… creo que ya vienen- se pudo oír un gran cuerno de batalla, que emulaba el rugir de un león, y la nieve comenzó a temblar como solo lo hace ante decenas de pisadas caminando al mismo ritmo.
-Conde,- dijo Utrek, y se hacía difícil saber si su voz era de temor o se contenía para expresar lo emocionado que estaba- tenga esta espada, que yo tengo otra.
-¿Todos listos? ¡Pues a moverse!- gritó Kadín, confiando en poder ver un amanecer más.
 
(OFF: empieza la fiesta)
 
-//-
 
Roich contempló como Sejen se desmayaba, sin apenas tener tiempo de demostrarle lo feroz que podía ser Támau. Al mismo tiempo que el pastor perdió el conocimiento, Matoska se desvaneció, y Roich no pudo estar más decepcionado.
-Yo no me apunté para esto, chico. Pensaba que darías para más. En fin… Támau, mata a la chica- el brujo señaló a Adila, que intentó protegerse de un ataque que nunca llegó. El glotón se negaba a atacar a un ser humano. No era lo mismo atacar a otro espíritu, pues era algo que podía hacer por simple rivalidad, pero no iba a atacar a un humano inocente, dijera su “amo” lo que dijera.
El glotón odiaba a aquel hombre, lo odiaba con todo su ser, y maldecía el día que, usando artes oscuras, se había hecho con el control de su alma ultraterrena.
-Los animales sois unos desagradecidos, Támau. ¿Voy a tener que castigarte?
 
Adila observó horrorizada como Roich apretaba su puño, y, según iba haciendo fuerza con él, el espíritu del glotón comenzaba a retorcerse de dolor, como si todo su cuerpo estuviese en llamas.
-Para de una vez, maldito desgraciado asesino- dijo Adila y, sacando su arco, disparó una flecha directa al pecho del brujo, una flecha que tan solo lo atravesó, pues, con solo pensarlo, Roich se hizo intangible.
-Muchacha estúpida, cuando uno ha estado tanto tiempo como yo en el plano astral, puede enviar todo su cuerpo allí cuando desee. Por eso mismo solo el pastor de espíritus sería capaz de hacerme frente, pues no puedo evadir a sus criaturas. Y ahora, piérdete de mi vista- volvió a hacerlo una vez más; parecía que, de pronto, su cuerpo era transparente, y con una velocidad asombrosa, se trasladó justo delante de Adila, recuperando la forma tangible. Golpeó a la cazadora en el rostro, haciéndola trastabillar y enviándola al suelo. Después la pisó en el tobillo, haciendo que Adila gritara fuertemente y, tras eso, hizo que su brazo derecho se hiciera intangible- Será divertido cuando la masa de mi mano reaparezca justo en tu corazón, cazadora.
-¡Atrás, Roich!- gritó una voz aguda a la espalda del brujo.
-Nikochis, ¿qué demonios quieres?- Roich estaba impaciente por matarlos a ambos.
-Barbatos solo te dejó jugar con Sejen, ¿recuerdas? Pero no quería que los matases aún.
-A Barbatos le pueden joder, hombrecito. ¿Acaso está aquí? No, pues entonces…- pero antes de que el brujo pudiera terminar de hablar, el folklerien había chasqueado los dedos, y no había ni rastro de la cazadora ni del pastor de espíritus- ¡Malditos seáis todos los folklerien!- gritó Roich todo lo alto que pudo, en la soledad del bosque.
 
A cientos de metros de allí, en la cueva que los monstruos usaban como cuartel general, Nikochis daba órdenes a los extraños guardias que Barbatos había repartido por el lugar- Vigilad bien esta puerta, y que éstos no se junten con los otros, y que los otros no se junten con estos… simplemente no dejes que se junten quienes no deben juntarse, ¿has entendido?
En la habitación, cuya puerta parecía tener una abertura a través de la cual se podía pasar comida, Adila observaba como Sejen despertaba.
 
-//-
 
Youdar no pudo contener su asombro ni su indignación. Pelos casi nunca le hacía caso, solo si se trataba de situaciones de vida o muerte, o de comida (lo cual, viendo lo delgado que estaba cuando lo encontró, quizá para él fuese también una situación de vida o muerte), pero había actuado sin dudar ante una mera señal de aquella mujer, ¡de un enemigo! Era demasiado para el enano, y de no ser porque sabía que de otra forma no saldrían de allí, hubiera cogido al gato por el rabo y le hubiera arrastrado de nuevo al interior de la celda.
Pelos salió raudo de la celda, cogió con la boca el cinturón de Bediam y, tirando de él, se lo acercó con algo de esfuerzo al chico. Ananke aprovechó aquel momento para marcharse, y Youdar vio como Pelos volvía a la celda que el enano compartía con la elfa, con la cabeza bien alta, presumiendo de su proeza. Antes de sentarse junto a su amo, el gato profirió un bufido a Hanwi, al cual podía sentir alrededor de Ithilwen, dejándole claro quien era el animal más útil allí.
Lograron escapar de sus celdas, y, viendo que estaban solos, echaron un vistazo a su alrededor, mientras recuperaban sus armas y pertenencias. Los huesos y restos de los monstruos caídos reposaban al borde de un agujero, dispuestos a ser enterrados en cualquier momento, mientras que los basiliscos pigmeos estaban colgados de ganchos del techo, que atravesaban sus cabezas.
-No hagáis ruido- dijo Perik, que observaba lo que había más allá de la habitación en la que se encontraban- Hay guardias… bueno, algo parecido a guardias.
 
Un rápido vistazo les confirmó lo que Perik decía. Unos esqueletos, armados hasta los dientes, rondaban por la cueva en la que se encontraban.
-No podemos ir los cuatro juntos, seríamos fáciles de detectar- observó Youdar.
-Deberíamos ir de dos en dos. Un grupo esperaría aquí, ya que parece que nos dan por bien encerrados, y otro buscaría una salida. Youdar, tu deberías ir en el grupo de delantera, sabrás localizar un rastro que lleve hacia fuera- el viejo enano procuraba no alzar demasiado la voz.
-Supongamos que encuentro una salida, que lo hago sin dar la alarma entre todos esos esqueletos armados, ¿cómo me encuentra el otro grupo? Este sitio podría ser un laberinto- todos parecían pensar lo mismo que Youdar… todos menos uno.
-¡Miau!- el maullido del gato les pilló por sorpresa.
-Ehh…- comenzó, dubitativo, Perik- es lo más parecido a un plan que tenemos, me temo. Yo iré con Youdar, y vosotros dos os quedaréis aquí, con Pelos. Él os guiará hasta Youdar… espero. ¿Estás de acuerdo?- La pregunta iba dirigida exclusivamente a Youdar, ya que Perik sabía lo difícil que sería para él alejarse del gato.
-Creo que si- el enano se arrodilló, y acarició con ambas manos al felino- Eres todo un valiente, pequeño. Quédate bien con mi olor, aunque ya lo conoces de sobra, ¿verdad?- el animal se restregó contra la mano de su amo- Bien- Youdar dirigió su mirada hacia Ithilwen y Bediam- Cuidad de él, y cuidaos también vosotros. Esperad un rato y seguidnos, o seguidnos inmediatamente si escucháis jaleo, porque eso significará que os necesitamos.
-Si, eso es. Vamos, chico, salgamos cuanto antes de aquí- dijo Perik con decisión.
 
El trayecto se les hizo largo y tedioso. Tuvieron que retroceder varias veces, en unas ocasiones porque algunas rutas estaban bloqueadas por enemigos que no parecían querer moverse, y en otras porque acababan topándose con caminos sin salida. Se hacía casi imposible calcular el tiempo en aquella cueva, y bien podían llevar caminando minutos u horas. Finalmente, Youdar dio con un par de pisadas que parecían conducir a la salida. Cada vez el aire estaba menos viciado, y los enanos comenzaban a ver con mayor facilidad. Todo parecía ir bien, hasta que llegaron a una estancia fuertemente vigilada.
Cuatro esqueletos rondaban alrededor de una sala cuadrada, donde había una única puerta y tres accesos, uno de ellos, del que venían los dos enanos. No había lugar donde esconderse, y tuvieron que esperar en las sombras del acceso durante bastante tiempo, hasta que algo pasó. Escucharon unos pasos acercarse, “¿serán Bediam e Ithilwen?”, había pensado Youdar, pero no se trataba de ellos, si no de Ananke, que traía una bandeja de comida, que pasó a través de aquella puerta.
-¡Sácanos de aquí, so bruja!- gritó alguien tras aquella puerta, y Youdar identificó aquella voz como la de Adila. ¨“Sácanos”, ha dicho, así que no está sola¨, pensó el carpintero. No sabía quien estaba con ella, pero fuera quien fuese, debían sacarles de allí.
-Youdar, mira- Perik señalaba hacia la pared, donde antes brillaba fuertemente una antorcha, en la que ahora reinaba la oscuridad- Debe haber sido esa mujer… me pone los pelos de punta.
-Pelos… espero que esté bien- dijo el enano, preocupado profundamente.
-Lo estará, ya lo verás, pero tenemos que sacar de ahí a Adila. Creo que podemos robar esa antorcha sin que nos vean, y después distraerles con ella, ¿estas conmigo?- preguntó Perik, sacando al joven enano de su melancolía.
-Por supuesto, Yayo, hagámoslo- ocultándose en las sombras, Youdar se acercó hasta la antorcha y, con mucho cuidado, la sacó del soporte que la mantenía fija a la pared. Los esqueletos no parecieron escucharle lo más mínimo. El enano retrocedío hasta el corredor anterior, buscando otra antorcha con la que prender la que ahora llevaba en la mano. Perik se movió hasta situarse a la altura de Youdar.
-Si sale bien, son los guardias más inútiles que puede haber- puntualizó Perik.
-Son esqueletos… tienen seco el cerebro, ¿no?- tras decir esto, Youdar tiró su antorcha hacia el corredor por el que habían venido, el que conectaba con la sala donde estaba Adila. El plan iba saliendo bien, ya que los tres esqueletos se acercaron hacia la antorcha y, sin ver de donde procedía, siguieron avanzando hasta la posición de los enanos- ¡Ahora!- dijo Youdar en un susurro a Perik.
-Aun no, chico, espera un poco, espera un poco, espera un…¡Ahora!- arrojaron la otra antorcha, a la que también había bajado de su soporte, en dirección contraria a donde se encontraban ellos, quedándose envueltos en la penumbra. Los esqueletos, movidos por el ruido y, más tarde, por la luz del fuego, siguieron la estela de la antorcha, dejándoles, momentáneamente, el paso libre a los enanos.
 
Corrieron hacia la celda de Adila y, sin miramientos, Youdar dio un golpe en la puerta.
-Hora de escapar- dijo, al mismo tiempo que Perik les colaba por el hueco para la comida una espada, algo que apenas le importaba, pues el anciano prefería usar su hacha.
Siguieron camino adelante, ya incluso veían la luz del día, y entonces se percataron de algo.
-Perik… si ellos logran abrir la puerta, se encontrarán de cara con los esqueletos, y solo tienen un arma…
-¡Inbare! Ahora que parecía que lo habíamos lograd…- pudieron escuchar como un ruido metálico, el de la armadura golpetear los huesos, se acercaba hasta ellos- Eso me pasa por hablar tan pronto. Prepárate, chico, que estos vienen buscando guerra.
-¡Ir´gor yant, gor´kuzu, Perik!- “si guerra quieren, guerra tendrán, Perik”, gritó Youdar, asiendo con fuerza su espada y su escudo.
 

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Vie Abr 24, 2015 11:44 am

Tampoco hubo mucho tiempo para lamentarse por la insalvable distancia a la que se encontraba el cinturón: una mujer emergió de las sombras, revelándose como Ananké, una sierva del destino, aliada de Nikochis… y su captora. Mantuvo una conversación calmada con Ithilwen y Youdar, en la que, por consejo de Perik, ninguno de los dos participó. Les confirmó gran parte de lo dicho por el hombrecillo: el anciano, que les dirigía, buscaba quienes iban a provocar la catástrofe para acabar con ellos y evitarlo. Y era gracias a un pastoscuro, una criatura capaz de doblegar la voluntad de los monstruos, que había conseguido unir a las retorcidas almas de la zona en un solo bando.

Ocurrió entonces algo que no se esperaban: comandado por la extraña mujer, Pelos, el gato de Youdar, se escurrió fuera de la celda y arrastró el cinturón de Bediam hasta su alcance. El alquimista lo recuperó con avidez y, cuando levantó la vista, Ananké había desaparecido.

-¿Es la traidora de la que ha hablado el folklerien? –aventuró Bediam, inseguro.

Perik se desperezó ruidosamente y se masajeó sus robustas piernas, para hacerlas entrar en calor.

-Tanto da –gruñó-. Estamos libres. Si es una trampa, no tenemos más remedio que caer en ella.

Bediam suspiró, incapaz de adaptarse al pragmatismo del viejo cazador. No podía evitar buscarle significado a todo. No por nada se había pasado una larga temporada estudiando el aleb, el significado de las cosas. Ignorar lo que no era relevante no le estaba resultando nada fácil, ya que chocaba frontalmente con su esfuerzo por no saltarse ni un solo detalle. Pero en esa situación era necesario, o su incomprensión lo paralizaría.

-Bueno, te toca sacarnos de aquí –le apuró Perik-. Haz tu magia.

El alquimista tanteó sus frascos y seleccionó uno con un líquido oscuro, con brillos metalizados. Comecorazas. Con mucho cuidado, lo destapó y se acercó a la cerradura. El bloque hueco de metal escondía el mecanismo de cierre y solo el estrecho orificio por el que debía pasar la llave revelaba que no era un trozo macizo de hierro. Lo examinó con calma, tratando de recordar cómo diablos funcionaba una puerta. Lo importante no era destrozar todo el mecanismo, lo único que debía hacer era romper el pasador que unía la parte móvil (la puerta) con los barrotes fijos. Así que, con exagerada lentitud, empezó a verter el líquido por la rendija que separaba las dos partes del mecanismo. Al instante empezó a escucharse un siseo, que no tardó en verse acompañado por una serie de crujidos.

-¿Ya está? –preguntó el enano.

Bediam negó con la cabeza y esperó pacientemente durante unos minutos a que el ruido se extinguiese por completo. El líquido goteaba por la parte inferior de la cerradura, resbalando por los barrotes y dejando tras de sí un sendero rojizo.

-Bueno, el metal ya se ha corroído –anunció, cuando el silencio volvió a reinar en la celda.

Agarró la puerta con determinación y tiró de ella. El metal se quejó y crujió, pero no cedió. Al alquimista se le secó la boca.

-¿Y bien? –inquirió Perik, al ver que nada pasaba.

Bediam se rascó la cabeza, indeciso.

-No sé –confesó-. Debería haberse abierto.

Desde la otra celda no dijeron nada, pero su silencio también era revelador.

-¿Alguna vez habías intentado esto? –quiso saber el viejo enano, sin perder los nervios.

El alquimista tragó saliva y negó con la cabeza, abatido. Volvió a tirar de la puerta y ésta volvió a chirriar, pero se mantuvo sólidamente cerrada.

-Yo… -balbuceó.

-No pasa nada, chico –dijo Perik con tono glacial-. Ya se nos ocurrirá otra forma para salir de aquí.

Una sensación de impotencia se apoderó de Bediam, que agarró los barrotes con fuerza y empezó a tirar de ellos sin control. El metal chilló una y otra vez, rogándole que parase, pero el alquimista no lo hizo.

-¡Ábrete, ábrete, ábrete! –le ordenó a la puerta- ¡Ábrete de una puta vez!

Pedazos de metal empezaron a desprenderse de la maltrecha cerradura. El candando se hacía pedazos, pero la puerta se resistía a abrirse. Finalmente, exhausto, Bediam se dejó caer al suelo.

-No lo entiendo –masculló, sin aliento-. ¿Está encantada?

El viejo enano se acercó con calma a los barrotes y los examinó con curiosidad. Adelantó un solo dedo… y empujó suavemente. Y, con la misma delicadeza con la que una hoja cae al suelo, la puerta se abrió. Eran libres.

Empujar en vez de tirar, esa era la magia. Perik le miró, divertido y Bediam se puso rojo de vergüenza.

-Hay veces que lo único que hace falta es un nuevo enfoque –comentó el enano, tratando de contener una sonrisa.

-¿Lo habéis conseguido? –preguntó Youdar, inquieto.

Perik se asomó a la celda contigua como respuesta y se permitió una mirada cargada de determinación.

-Ahora os sacamos –aseguró.

El alquimista se recompuso lo mejor que pudo y vertió la cantidad necesaria de comecorazas en la cerradura de la otra celda. Pasados los minutos que el líquido corrosivo requería, dio un fuerte tirón a la puerta (con ayuda de Perik, por si acaso) y la cerradura se partió.

-Libres -murmuró, sin poder evitar mirar a Ithilwen con intensidad.

Fue extraño ver por primera vez en ella a un ser de otra raza. A pesar de que compartía el aspecto de la mujer que combatió a Vanstiel y decapitó a la vampira con su látigo de luz, no podía evitar verla como un ser completamente ajeno a aquel.

A la elfa no se le pasó por alto la fuerza con la que el alquimista la miraba. Inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y sostuvo la mirada del humano, incómoda por el escrutinio al que se veía sometida.

-Gusto en conoceros… mente creativa –murmuró.

Bediam intentó aparentar calma y modestia, pero no era buen actor y cuando intentó hacer un ademán relajado, como restándole importancia, le quedó mecánico y artificial.

Por suerte, Perik, que hacía ya mucho tiempo que había superado esas tonterías, le evitó pasar más bochorno.

-Vamos a recoger nuestras cosas –gruñó.

Amontonadas estaban todas sus pertenencias, que recuperaron con evidente alivio. Bediam recuperó su peto de cuero y su zurrón. El peto tenía un agujero donde la espada lo había atravesado y estaba manchado de sangre, pero el alquimista sintió un sincero afecto por él, pues, tal como había pronosticado el enano, le había salvado la vida. Se lo colocó con cuidado y después abrió el zurrón y se aseguró que no faltaba nada.

Perik realizó una pequeña exploración de los alrededores, y volvió mortalmente serio.

-No hagáis ruido -les advirtió-. Hay guardias… bueno, algo parecido a guardias.

Les condujo por un corto pasillo, hasta una habitación excavada en la roca. Allí pudieron ver a los guardias: eran esqueletos, que patrullaban los alrededores vigilando todo con sus cuencas huecas.

Volvieron a la sala original, donde se pusieron a pensar en un plan.

-No podemos ir los cuatro juntos, seríamos fáciles de detectar -observó Youdar.

Todos estuvieron de acuerdo con esa afirmación.

-Deberíamos ir de dos en dos –caviló Perik, susurrando-. Un grupo esperaría aquí, ya que parece que nos dan por bien encerrados, y otro buscaría una salida.

A Bediam se le encogió el estómago. ¿Separarse? Era un buen plan para no ser descubiertos, pero… ¿Qué pasaba si descubrían a uno de los dos grupos? ¿Podrían hacer frente a los guardias ellos solos?

-Youdar, tu deberías ir en el grupo de delantera –sugirió Perik, sin darle tiempo a decir nada-. Sabrás localizar un rastro que lleve hacia fuera.

El enano no parecía muy convencido, y así se lo hizo saber.

-Supongamos que encuentro una salida, que lo hago sin dar la alarma entre todos esos esqueletos armados, ¿cómo me encuentra el otro grupo? –preguntó- Este sitio podría ser un laberinto.

Los cuatro se quedaron callados, tratando de encontrar una solución. Fue Pelos quien se la dio. Atrajo su atención maullando y los dos enanos cruzaron sus miradas.

-Ehh… -comenzó, dubitativo, Perik-. Es lo más parecido a un plan que tenemos, me temo. Yo iré con Youdar, y vosotros dos os quedaréis aquí, con Pelos. Él os guiará hasta Youdar… espero.

El enano joven se puso tenso al oír el plan. Era evidente que sentía mucho afecto por el gato y separarse de él en un laberinto lleno de monstruos no le atraía.

-¿Estás de acuerdo? –tanteó Perik a Youdar.

-Creo que si -murmuró.

El enano se arrodilló y acarició con ambas manos a su mascota.

-Eres todo un valiente, pequeño –le susurró-. Quédate bien con mi olor, aunque ya lo conoces de sobra, ¿verdad?

El animal se restregó contra la mano de su amo, mimoso. Pasado un emotivo minuto, el enano se levantó.

-Bien –anunció con voz ronca.

Se dirigió entonces a Bediam e Ithilwen, que era los que se quedaban para el segundo grupo.

-Cuidad de él y cuidaos también vosotros –les pidió-. Esperad un rato y seguidnos, o seguidnos inmediatamente si escucháis jaleo, porque eso significará que os necesitamos.

-Sí, eso es -dijo Perik con decisión-. Vamos, chico, salgamos cuanto antes de aquí.

Los dos enanos desaparecieron, engullidos por el entramado de cuevas. El gato trató de seguir a Youdar, pero Ithilwen lo sostuvo y se puso a acariciarlo, lo que tranquilizó al animal. En cuanto se quedaron solos, la inquietud empezó a apoderarse de Bediam. En parte porque había aprendido a confiar en Perik y sin él se sentía fuera de lugar, y en parte porque la silenciosa elfa lo incomodaba. Dejó vagar la vista por la sala y no tardó en encontrar algo que colmó su atención: los basiliscos pigmeos colgaban de unos ganchos, y los cadáveres de las criaturas del bosque yacían amontonados. Entre ellos, la meiga.

Se acercó con cautela a los siniestros cuerpos de los basiliscos. Estaban colgados de  la cabeza, por lo que sus colmillos estaban rozando el techo. La estancia no era muy alta, tenía unos dos metros y poco de alto (excavar en la roca no era una tarea agradable), pero resultaba igualmente increíble ver a las descomunales serpientes allí clavadas. ¿Cómo rayos los habían subido…? Ah, el folklerien, claro. Esa criatura tenía un poder inmenso y que estuviese en el bando contrario le aterraba. ¿Cómo iban a enfrentarse a algo así? ¿Y al anciano, que sería aún más poderoso? Darry’Gor era un desafío que se le quedaba grande. ¿Qué tenía él que pudiese hacer frente a tales poderes?

Frunció el ceño. Había una cosa. No era una idea que le entusiasmara, pero era su mejor baza. Se sentó en el suelo y sacó su “Compendio básico de alquimia”.

-Compi –le reclamó, mientras lo zarandeaba-. Necesito tu ayuda.

El libro abrió los ojos con cierta desidia y le miró fijamente. No dijo nada, pero permaneció a la espera.

-Voy a hacer hambre alquímica –le informó.

El libro soltó un chasquido y vibró.

-Hambre alquímica –recitó-. Compuesto altamente inestable de uso destructivo. Se emplea para disolver tejido y hueso.

-Sí, sí –resopló Bediam-. Dame las proporciones.

El alquimista no fue consciente de la cara de asombro que puso la elfa al ver como el libro empezó a hablar.

-Tres partes de lágrimas rojas con una parte de agua solar –informó Compi-. Verter el agua solar sobre las lágrimas rojas.

Bediam se rascó la barbilla, emocionado ante la posibilidad de hacer por fin un compuesto verdaderamente peligroso. Hasta ahora se había valido de tretas para salir adelante, y ya tenía ganas de acabar él mismo con alguno de sus numerosos enemigos.
Seguramente Kheme no habría estado de acuerdo, pues aborrecía la alquimia destructiva, pero la situación lo justificaba.

-¿Qué pasa si vierto lágrimas rojas sobre el agua solar? –preguntó.

-Calentamiento súbito –respondió el libro-. Incendio y explosión.

El alquimista asintió y sacó de su zurrón un crisol cerámico, que colocó en el suelo.

-Es evidente que la mezcla va a calentarse –caviló-. ¿Requiere refrigeración?

-Es necesaria refrigeración continua durante todo el proceso –explicó el libro-. El agua solar se debe verter lentamente, dando tiempo a la mezcla para permanecer a una temperatura inferior a la auto inflamación.

Bediam asintió, pensativo. Con una mano, cogió lo que le quedaba de frío líquido tras la pelea con el basilisco pigmeo y lo vertió en el crisol. Ese sería su refrigerante. Introdujo el frasco, ahora vacío, dentro del crisol refrigerado y se apoderó entonces del de lágrimas rojas. Vertió la mitad de su contenido en el otro frasco y sumergió ambos en el frío líquido, para dejar que el ácido rojo se enfriase todo lo posible antes de empezar. Suspiró, nervioso, y solo entonces se fijó en Ithilwen.

-Pero... ¿Cómo es que...? -balbuceó asombrada- ¿Cómo es que ese libro...? ¿De dónde lo...?

La elfa estaba sin palabras y eso hizo que el alquimista sonriera. Desde que era niño les había tenido mucho respeto a los elfos. Eran criaturas poderosas y sabias, y siempre había tenido la impresión que no había nada que él pudiese hacer que un elfo no hiciese mil veces mejor. Pero ahora veía en aquella elfa una de las facetas más mundanas y más humanas que existían: curiosidad y asombro. Se sintió, de golpe, mucho más cercano de aquella bella mujer de orejas puntiagudas.

-Es mi "Compendio básico de alquimia" –le explicó-. Mi "Compi".

Y de pronto fue consciente de que quería explicárselo todo. Kheme había sido su única compañía en los últimos tiempos, y no había nada que él pudiese decirle a ella que pudiese interesarle realmente. Pero ahora tenía público y sintió la necesidad imperiosa de transmitirle parte de su conocimiento. Era casi biológico.

-Existen dos ramas distintas de la alquimia –empezó el alquimista, con la voz más académica que fue capaz de poner-. Una es mucho más común, es la que todo el mundo conoce y es la que yo empleo. Son las pociones que crean humo, el polvo que brilla o el líquido que se come el metal. Mi maestra lo llama quimia. Aprender no es excesivamente difícil, solo hay que saber que se mezcla con qué para poder obtener los compuestos que buscas.

Una fina capa de escarcha apareció en el exterior de los frascos. Con la mano que tenía libre, Bediam sacó de su zurrón unas pinzas metálicas con mango de madera, y sostuvo la boquilla de ambos viales con ella, por precaución. Extrajo de su cinturón, entonces, el frasco de agua solar. El agua solar es un compuesto inflamable que se calienta con facilidad, así que había que extremar las precauciones cuando lo manejaba. Muy poco a poco, casi gota a gota, fue vertiéndolo sobre los dos frascos refrigerados de lágrimas rojas.

-Pero la otra rama... –murmuró, sin perder de vista los frascos ni un segundo-. La otra rama, es LA alquimia.

Durante unos segundos, Bediam se quedó abstraído, pensando en ello. ¿Cómo explicarle todo aquello? Kheme se lo había transmitido a él, pero no sabía si iba a ser capaz de hacer lo mismo. Y más teniendo en cuenta que no había empezado siquiera a dominarlo.

-Todas las cosas tienen una esencia, algo que las define que está más allá de su composición –explicó, algo vacilante-. En los seres vivos se llama espíritu, mente o alma. Los alquimistas lo llaman "aleb". Todas las cosas tienen "aleb", no solo los seres vivos.

Bediam miró a Ithilwen, muy serio. La elfa estaba absorta en sus palabras y le miraba con firmeza, mientras acariciaba al gato con suavidad.

-Esa segunda alquimia se basa en modificar ese aleb para convertir cosas en otras, para dotar de propiedades a cosas que antes no la tenían -continuó-. Es el poder de convertir el hierro en oro o de crear elixires que conceden longevidad extrema... O que proporcionan a un libro la capacidad de hablar.

La elfa cerró los ojos al oír la palabra aleb, como si le evocara algo muy profundo y lejano. Algo que a Bediam se le escapaba. ¿Era ella capaz de sentir la esencia de las cosas…?

La mezcla empezó a burbujear y el alquimista se sobresaltó. Dejó el frasco de agua solar en el suelo y dejó que la mezcla reposara antes de continuar. Con la mano libre, acarició el libro, que se movió un poco.

-Yo no soy capaz de hacerlo –reconoció, sombrío-. Hace poco que empecé mi aprendizaje y aún tengo que aprender a captar el aleb. Hasta que no consiga eso, no seré capaz de modificarlo. Pero me siento incapaz de conseguirlo, la esencia de las cosas se me escapa, soy incapaz de retenerla.

La mezcla dejó de burbujear y Bediam retomó su tarea, con la paciencia y el buen pulso que le caracterizaban.

-... la esencia de las cosas –repitió la elfa, pensativa- ¿Es acaso el conocimiento lo que mueve vuestra existencia, humano?

Ambos se miraron, pero Bediam no supo que responder. Pelos no paraba de ronronear, aunque no parecía seguro de querer subirse al regazo de la elfa.

-¿Es en él que basáis el influjo de vuestra vida? –insistió Ithilwen.

Bediam se quedó pensando. ¿Qué es lo que buscaba de la vida? ¿Era conocimiento…?  ¿Entendimiento de lo que le rodeaba…? , lo era. Finalmente asintió, aturdido.

-Exacto -murmuró-. Busco conocimiento, busco saber. No sé para que lo quiero y no sé qué haré con él cuando lo tenga.

Se rascó la cabeza, intranquilo. Era una pregunta que había respondido no solo a la elfa, sino también a sí mismo.

-Supongo que sabré que hacer con él… cuando lo tenga –masculló.

Ithilwen le dedicó una sonrisa dulce y el alquimista se sintió reconfortado.

-Mi gente cree que todo en este mundo tiene un propósito... un destino que no está escrito sino que se asienta según la voluntad de quién lo esgrime –le explicó-. Sois una mente creadora, joven mortal... de seguro los dioses os deparan la respuesta a esa duda que habéis formulado.

El gato finalmente se decidió a subirse al regazo de la elfa y ésta lo miró con cariño.

Por fin, la última gota de agua solar necesaria cayó en cada uno de los frascos, completando el hambre alquímica. El líquido tenía un tono rosado, como el de una lengua. Casi parecía comestible. Bediam se guardó el agua solar restante y zarandeó su Compi.

-Ya está –le informó-. ¿Alguna precaución durante su conservación?

El libro volvió a soltar un chasquido.

-Altamente inestable, se aconseja conservar el menor tiempo posible –respondió-. Se recomienda mantener a temperatura reducida.

Bediam bufó y no extrajo los frascos del líquido refrigerante. Aún no.

-¿Y me lo dices ahora…? –se lamentó.

La elfa le miró y el candor con el que miraba al animal no había desaparecido.

-No deseo desviaros de vuestros trabajos... Mucho depende de ello -agregó en un susurro.

Y, con suavidad, se puso a entonar una canción.



La suave música de Ithilwen le llenó de una paz que no solía poseer. Guardó el libro y las pinzas en su zurrón, pero dejó el crisol donde estaba. El trabajo que le esperaba no era nada grato, pero la melodía que le envolvía le dio fuerzas. Buscó a su alrededor y no tardó en encontrar una roca del tamaño de un zapato abandonaba en una esquina. La arrastró hasta colocarla junto al basilisco que se encontraba más bajo y sacó de su zurrón su daga y uno de los viales limpios, siempre bajo la atenta mirada de la elfa. Se subió a la roca y se colocó de puntillas. Estiró los brazos todo lo que pudo y alcanzó la boca del basilisco. Debía existir, en algún punto cercano a los incisivos, las glándulas que generaban el veneno.

Empezó a pinchar aquí y allá con el cuchillo, revisando la punta tras cada incisión en busca del oscuro veneno. Tuvo que escarbar bajo los colmillos superiores para encontrar por fin unas cavidades tubulares que parecían recorrer todo el cráneo del animal, perdiéndose en la insondable oscuridad de sus carnes. La sangre, grumosa y espesa debido al tiempo que el basilisco llevaba muerto, resbalaba por la piel del animal, en una carrera para ver que gota tocaba antes el suelo. Bediam, con mucho cuidado de no mancharse, dejó la daga en el suelo y cogió de nuevo sus pinzas. Sujetó el frasco con ellas y lo hundió en la bolsa de veneno. Lo sacó con lentitud y se bajó de la roca que le había servido de soporte. Dejó el bote en el suelo y, con mucho cuidado de no tocar el veneno que bañaba sus paredes, lo tapó. Sacó entonces de su bolsa un gran trozo de tela que siempre llevaba consigo y secó el exterior del frasco. Solo entonces se permitió sostenerlo con sus propias manos y sonreír. Veneno de basilisco pigmeo.

[OFF: Un poco sangriento lo que viene a continuación. Yo aviso]

Pero aún no había acabado. Ithilwen seguía cantando, apenas en un susurro, y su primer triunfo le dio las fuerzas que requería para su segunda labor. La había dejado para el final por un motivo muy claro: era la parte más desagradable. Pero iba a hacerlo: estaba allí en gran medida por ese único ingrediente, así que si había llegado hasta ahí, ya no había vuelta atrás. Apretó la daga con fuerza en su mano y se dirigió al montón de cadáveres. Arrastró a la meiga lejos del nauseabundo olor de la pila de muerte y respiró hondo, para tranquilizarse. No era una persona escrupulosa, la verdad. No iba a ser la primera vez que abriese una criatura muerta, pero nunca en un estado tan lamentable. Rasgó los harapos del ser, revelando su castigada piel y su enfermiza flaqueza. Esto le ayudó, pues era fácil ver dónde se encontraban las costillas. Con punzada secas, abrió un camino rojo que separaba el lado izquierdo del derecho y, con un corte que apenas encontró resistencia, separó la carne y la piel de la parte inferior de las costillas.

Ithilwen siguió cantando y eso le ayudó a pensar en otra cosa. Abrió el torax de la criatura haciendo palanca, revelando una masa sanguinolenta de tejido y órganos. Un olor azufrado le golpeó en la cara y le obligó a retroceder. Permaneció unos segundos aturdido, pero en cuanto se recuperó volvió a la carga. Con unos cortes precisos liberó parte del pulmón de la bruja y se lo arrebató a su antigua dueña. Lo envolvió en vendas, que siempre llevaba en una pequeña cajita de madera, y rodeó todo con la tela. Se metió después el pulmón de meiga en su zurrón. El veneno, sin embargo, se lo puso en el cinturón. No pretendía usarlo en este estado, pero su arsenal estaba menguando y cualquier cosa le valía.

En cuanto el alquimista acabó, la melodía se extinguió, y ambos se miraron.

-¿Es una canción élfica? –preguntó, curioso- ¿De qué habla?

-Es solo una vieja tonada... joven humano -explicó mientras se levantaba, para disgusto del gato.

La elfa parecía tensa y Bediam no entendía por qué. Se acercó a él y le miró fijamente a los ojos.

-¿Ya habéis obtenido lo que buscabais, no es así? –le preguntó- Puedo preguntar, ¿para qué todo esto?

Bediam frunció el ceño, extrañado, pero lentamente siguió los ojos de la elfa y se miró. Sus manos y su ropa estaban cubiertas de sangre. Se dio la vuelta y un escalofrío recorrió su espalda al ver a la meiga abierta en canal y al basilisco con las fauces mutiladas. Era una escena propia de pesadilla.

Los ojos de ambos volvieron a encontrarse. Había reproche en los de la elfa, aunque también cierta curiosidad con reservas. Y el alquimista decidió abrirse.

-No estoy haciendo progresos con mi aprendizaje –confesó-. Así que mi maestra me dijo que me fuese a hacer algo, a descubrir el aleb por mí mismo. Recibí una carta convocándome a Darry'Gor, dando a entender que podría conseguir materiales valiosos... como los pulmones de meiga. Confiaba en que, de algún modo, conseguir todo esto me ayudase a entender el aleb.

Mientras hablaba, el alquimista intentaba limpiarse la sangre, pero estaba adherida a su piel. Iba a necesitar un buen baño.

-Aunque por ahora tampoco he conseguido nada -se lamentó-. No dejan de pasar cosas y no me puedo concentrar en entender nada.

Ithilwen cambiaba de expresión a cada rato. A veces parecía concentrada en lo que le decía, y a veces parecía no notar siquiera su existencia. Cuando el alquimista acabó de hablar, la elfa tomó la palabra.

-La frustración es el camino a ser mejor, ¿de qué otra manera serlo si no se siente el fracaso y la decepción? –reflexionó- Sin embargo... os veo... y no dejo de pensar en lo que tenemos en común. Según los míos, todo en el mundo es diferente: podéis racionalizar y sintetizar las criaturas en grupos o pares iguales, y aun así en seres a simple vista idénticos encontraréis desiguales.

La mirada de la elfa se relajó y el alquimista lo agradeció.

-Lo que nos une es el espíritu, lo que nos diferencia es el ser... –continuó- Ser y espíritu crean la individualidad de cada criatura, no podéis partir en diferencias, pues la complejidad de lo que compone el ser y el espíritu va más allá del entendimiento mismo...

Sonrió entonces, al ver como la miraba Bediam. Debía estar acostumbrada a hablar con los suyos de esa clase de temas, pues se notaba que la apasionaba.

-¿Habeís amado, joven Bediam? –le preguntó- Para los míos el amor que pueden sentir los humanos es envidiable y reprochable.

La pregunta cogió por sorpresa al joven. ¿Amado? Pensó en los últimos años de su vida en la ciudad, con sus rígidas normas de comportamiento con el otro sexo. En la culpabilidad cuando se fundía con una mujer, en el temor a ser descubiertos y señalados No, no había amado entonces, no se había atrevido. Pensó en sus días de trotamundos, luchando por llevar su propia vida. Pensó en las mujeres con las que se había topado, las que había seducido y por las que se había dejado seducir. Pero sabía que la vida lo arrastraría a otro lugar al poco tiempo, y las raíces no son amigas de los caminos. Tampoco entonces había amado. Y, sin poder evitarlo, pensó en Maya y en su viaje hasta allí. Habían sido unos días tranquilos, apacibles. Felices. Pero no, aquello no era amor, tampoco. ¿Qué era el amor? Se le escapaba igual que se le escapaba el aleb

-Es incomprensible y por ello se acerca a lo que os explico –continuó la elfa-. Preguntad a un enamorado qué es lo que ama de su amada y partirá de la descripción física; pero eso no basta, cualquiera podría tener esa descripción y aun así nos sería la que él ama; y entonces describirá su ser, esa psicología que todo de ella le encanta, y en determinado punto se dará cuenta que aún llenando un códice, no es suficiente; tratará entonces de narrar lo que los demás dicen de ese ser, y aun así... la narración es escueta, corta a lo que realmente aman de ese ser. Entonces, casi como si todos comprendieran una realidad que es ajena a los demás, culmina la prosa con un TODO, pues es el todo lo que hace que ese ser sea el que es y no otro.

Suspiró y se agachó para acariciar a Pelos, que no paraba de rondarla buscando atención.

-Lo mismo sucede con el conocimiento que busca transmutar la materia... bien por vía natural o bien por vía divina -agregó-. No busquéis las respuestas afuera, por lo general suelen estar dentro de sí mismo y en la manera como percibimos la realidad, al fin y al cabo... son muchas las maneras para leerla, ¿no creéis?

Clavó entonces su mirada en la del alquimista, buscando en sus ojos entendimiento.

-Buscar la respuesta en uno mismo... -repitió, pensativo- Todo lo que percibo de algo lo hago con uno de mis sentidos. ¿Insinúas que el aleb no es algo que se deba "percibir"? ¿Que no es una información que se obtenga directamente del exterior, sino dentro de uno mismo...?

Bediam se rascó la cabeza, tratando de superar el embotamiento que inevitablemente le llegaba. Buscó los ojos de la elfa, suplicando en ellos respuestas.

Ithilwen se incorporó, escuchándolo pero también abstraída.

-... Es el todo –respondió-. Es mirar adentro como mirar afuera; lo que se percibe y lo que se comprende... es lo que obtienes del mundo y lo que razonas sobre éste.

Extendió una mano hacia él, en señal de apoyo.

-No temáis no entender, joven Bediam –le dijo, compasiva-. Llegaréis de seguro a ese momento en que la verdad de la complejidad global os será posible admirarla, pues los dioses han puesto talento e intelecto en vuestro ser, pero mientras esto se da, entended que el más pequeño de los trucos, como el de vuestro libro parlante, es tan solo un artilugio entre los grandes misterios que encierra la realidad de este mundo. Bien por destino o por suerte, estamos en él para verificar el porqué de nuestra existencia... y de seguro la razón de la vuestra va más allá de crear una luz tan pura como el sol en medio de una cruenta batalla.

De la punta de los dedos de la elfa brotó una ligera luz. Ithilwen sonrió y apoyó la mano en su hombro. Una calidez le invadió, algo que iba más allá de un gesto de apoyo. Magia. Se sintió revitalizado y dispuesto a todo.

-Cada uno de nosotros está por un propósito... –murmuró- Pero comprenderlo sólo lo lograremos al final del camino... todos juntos, como uno... como el todo.

Bediam asintió, lleno de energía.

-Muchas gracias, Ithilwen -le respondió-. Espero que tú también encuentres lo que estés buscando... Y si puedo ayudaros a conseguirlo, contad con mi ayuda.

La elfa asintió, agradecida. En sus ojos pudo ver que se guardaba su promesa en lo más profundo de su ser, y así él quedaba atado a ella por una deuda que iba más allá del oro. El alquimista tragó saliva, pero Ithilwen no comentó nada. Tomó su báculo con ambas manos y tras asegurase de tener todas sus cosas, se giró hacia él.

-¿Nos vamos? –sugirió.

Bediam asintió nuevamente.

-Vamos.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Vie Abr 24, 2015 9:35 pm


Afuera forcejeaban.

La sensación desabrida de no entender completamente las piezas de aquel juego, la desconcertaba por momentos. Youdar parecía igual o quizás más agobiado… La impotencia lo invadía; se le  escapaba a la razón cómo su fiel compañero obedecía a otro que no fuera él. La imperecedera se dejó caer en cuclillas, reflexionando: “una sierva de Dios… pero… ¿qué Dios?” , se cuestionó.

-…un atisbo de la amenaza…- resopló el lobo espectral en sus pensamientos.

Pelos volvió a los brazos de su amo, orgulloso y porfiado, meneando su cola victorioso; sin embargo, Youdar seguía sin comprender lo que había sucedido. Ithilwen tenía sus sospechas, pero… hasta no estar segura no abriría sus labios. “No estoy sola”, se repitió, recordando las palabras del lobo mientras una sonrisa furtiva escapaba al minino, dándole a entender que su proeza había resultado satisfactoria. Y ciertamente había sido así, pues en breve la celda contigua cedió y un chirrido agudo acompañó los pasos de los recién liberados.

Un enano rollizo, de rostro tan orgulloso y roñoso como el kazuka que la acompañaba, se presentó y junto a él un joven de cabellos oscuros, ambos asomados tras los barrotes. Eran Perik y Bediam, miembros del equipo de cazadores que partiera de Darry’ Gor detrás de ellos. La elfa escrutó al chico mientras trabajaba en la cerradura: portaba los cabellos descuidados y el rostro estaba salpicado de pequeñas cicatrices, que luego abundaban en sus manos; sus ojos intensos, tan negros como su cabello, tenían hambre de conocimiento… y sus artes eran producto de esa ambición secreta que portaba.  A simple vista se trataba de un humano, asido a su zurrón, sonaban del fondo diferentes frascos, que vertidos en la celda, dio paso a la libertad de la solar junto con su estresada compañía.

Ver el reencuentro de aquellos colegas sorprendió a Ithilwen de la Casa de los Erü; criada entre los mitos de su gente, los enanos habían ocupado un puesto de odio y desconfianza privilegiado al lado de los demonios y los orcos. Les había considerado criaturas viles y perversas… pero aquello distaba mucho de la realidad. Había sanado al kazuka en su momento, ¿por qué? Porque en medio de la contienda, de lo dicho y contradicho, percibió en él la misma arrogancia que ella… la misma duda y el mismo dolor de orgullo herido. Además había empeñado su palabra en su curación: lo había prometido y había cumplido. Pero, allí, parada como una estatua de las eras pasadas, una espectadora de las sombras que tras bambalinas degusta de la mejor pieza de teatro, la inmortal se asombró por la calidez de ese reencuentro, como los gestos que Youdar había tenido con ella. El kazuka la había cuidado de la misma manera que lo hubiese hecho con uno de los suyos, y eso pesó en el corazón de la doncella de Erínimar. No pudo evitar sentir que parte de sus premisas se quebraban ante la nobleza que aquellos corazones de piedra demostraban, y le hizo cuestionarse sobre la veracidad de todo, tanto lo conocido como lo aprendido, pues tal parecía que el destino de los kazuka no era muy dispar al de los longevos. Razón había tenido ella en zarpar de Erínimar en busca de la fuerza de los hijos de la roca y su alianza.

Ambos kazuka y el joven trataban de delimitar un plan de escape. Los rodeaba oscuridad y roca, así que la apuesta era por tratar de salir sin ser notados. Sin embargo, luego de recorrer un trecho del pasillo y avistar al enemigo, volvieron cabizbajos y con la certeza de no ser ésa la mejor opción para salir: el objetivo no se lograría andando los cuatro por los corredores. Si bien aquello parecía una simple caverna, la extensión subterránea podría correr por kilómetros enteros como para arriesgarse todos a un mismo tramo. Además, en el pensamiento de la de cabellos azabache estaba aún la suerte de Darry o’Gor y la amenaza de una población indefensa. A su mente vino la cara tozuda de Hobb como la del solar que le había mentido, Lenxer… Lüdriëlh estaba allí también y tarde o temprano los elfos darían con la manera de hacerse a sus pertenencias y seguir la palabra de su doncella. Pero bien sabía Ithilwen que ellos no ayudarían a los kazuka. Carcomidos por las historias de su pueblo y los estragos de las guerras contra los hijos de la roca, ninguno de sus aliados movería un músculo para salvaguardar la seguridad del campamento y los habitantes inocentes.

Incluso a pesar de su longevidad, la mezquindad no era ajena a los corazones solares.

A todo lo que proponían, ella asintió. No aportó mucho, tampoco cuestionó. Absorta en sus pensamientos, la señora del trono de luz vistió su cinto y allí dispuso su daga; tomó a Glïndolïn y la desenfundó para verificar el estado de su hoja, el báculo con la piedra azulada coronada yacía tras de todo, volviendo a las manos y llenándola de esperanza en medio de un lugar sumido en las tinieblas. En el fondo, Ithilwen agradeció que la encrucijada de los hechos alejara de Youdar las preguntas sobre su origen y descendencia. “Princesa” la habían llamado, y ante el recuerdo sus cejas pobladas se fruncían en clara desaprobación.

-Deberíamos ir de dos en dos. Un grupo esperaría aquí…, y otro buscaría una salida.

Youdar conocía de rastreo en los caminos, lo había demostrado en el camino por el bosque, y por ello fue obvio que él debería ir de primero. El humano por su parte, parecía conocer de los monstruos que había en la recámara por lo que él debería aguardar a hacer lo que fuere que quisiese hacer. Perik tomó partido por su aliado de raza, así que Ithilwen aceptó la disposición de aguardar con el humano. Entonces, fue imposible no notar al gato como a su dueño. Ambos parecían atisbar la verdad tras esas palabras pronunciadas. La aprehensión se hizo latente en ambos pero las cartas ya estaban jugadas. No había treta que disolviera la estrategia, ni escaramuza que pudiera detener el engranaje del destino.

-No os preocupéis, Maese Youdar… Vuestro compañero estará a salvo en nuestras manos- asintió la elfa con tono maternal.

Los vio perderse en la oscuridad mientras el gato de pelaje naranjo maullaba en su despedida. Quiso seguirles, pero la elfa le retuvo las intenciones. En el fondo, la dama observaba maravillada a aquella criatura, que sin ser dueña de juicio, podía comprender la amenaza que se proyectaba sobre el kazuka; en cierto modo, pareció llorar entre sus ronroneos pues aquella separación le dolía, tan fuerte podía ser el vínculo entre ambos.

En el silencio que los envolvió, el humano comenzó a trabajar. La doncella le observaba de refilón, mientras trataba de convencer al gato para que aceptara sus cariños. No era un animal tonto, y los mimos de la mujer no servían para apaciguar su zozobra. Entonces, como si una voz viniera de la lejanía, sin vida pero conocedora, llenó el recinto con sus palabras ante la mirada absorta de la elfa y el gato.

-Hambre alquímica…

Ithilwen calló y Pelos también. Incluso Hanwi pareció apagarse en el fondo del inconsciente. Cierto era que sus congéneres habían desarrollado avances asombrosas en todas las áreas del conocimiento, también era cierto que provenía de una raza longeva abierta a los descubrimientos pero sobre todo a valorar la sabiduría en pro de los demás, pero en sus años y en todo lo corrido y leído tras largos pergaminos en desuso, la imperecedera nunca se había topado con un artilugio de tan prácticas especificaciones.

¡Su libro hablaba… recitaba su conocimiento!

Maravillada, consintió el pelaje suave del minino, mientras observaba con atención los devenires del joven. Su asombro no fue silencioso, expresando el desconcierto y la estupecfacción de aquel descubrimiento, entabló conversación con el humano.

“Un alquimista”, le reconoció al fin, entendiendo que su creatividad y pericia venían ligadas al conocimiento puro de la materia y sus funciones. De nuevo su mente se adelantó con el prejuicio: mientras lo observaba recordaba las leyendas de StorGronne, el Gran Bosque Verde, avistado desde las atalayas del noroeste de uno de los siete reinos de Erínimar. Su follaje oscuro y el aspecto terrorífico de sus cielos hablan de la fuerza de poderes desatados que contaminaron el lugar hace eras, cuando los humanos apenas descubrían las artes de la transmutación. En StorGrönne la magia corrosiva había mutado a las bestias y a los seres humanos y gracias a la ambición de los mortales por controlar el poder de la naturaleza misma se habían despertado azotes y seres inexplicables como el Espíritu del Bosque y el Titán.

... El Profanador, aquel humano de leyenda, había sido otro alquimista. ¿Sería Bediam un humano hambriento de tanto conocimiento que podría ser capaz de desatar las fuerzas que aún no termina de entender para aniquilación del mundo que conoce? No se trataba de talento, sino de vocación y sabiduría. De ética. ¿Podría un humano tener ese juicio, el discernimiento para poder decir “es mejor no seguir”?, reflexionó la solar mientras el joven conversaba sobre sus desventuras e incertidumbres en su área.

Entonces, como si todo el peso de la premisa se confirmara, él aseveró tener el impulso que en otros tiempos los desventurados alquimistas tuvieran con el bosque sombrío de los amorfos. Pero, contrario a lo que pensará, en su mirada oscura se avistó la chispa de la del niño, incapaz aún de poder reconocer la oscuridad que podría traer el camino al que se aventuraba. La elfa sonrió, por compasión más que por aceptación de sus principios, y contrario a lo que su juicio le dictara, empezó a explicar lo que parecía ser el problema del humano.

El “aleb” es el talento innato del alquimista y el objeto de inquietud para Bediam. Se desarrolla, claro, pero también se nace para desarrollarlo. Aquel muchacho tenía la actitud y el temple para el camino que había escogido, pero no aún el discernimiento para observarse a sí mismo y percibir lo que obviaba. La dama, discurrió entre palabras y aquellos saberes de su pueblo, hasta que finalmente, percatándose que aquello podía llevar al joven al error, entonó un viejo canto con el que en últimas convenció a su consentido compañero de hacerse sobre su regazo.

Si Bediam hijo de la humanidad fuera o no un homicida en potencia, eso lo decidirían los dioses en su momento más en ése, ella optaba por ver la luz del niño curioso, aquel que con cabellos revueltos y mirada tímida, recorría el laberinto del saber, y no la del insensato que pudiera llegar a ser. El aire poco a poco comenzó a viciarse con el azufre y la sangre. Arrugando el rostro, no paro de cantar como tampoco de consentir al animal que sobre sus piernas se posaba. Ella sólo cerraría los ojos y dejaría que las palabras de su gente salieran de sus labios… pues creía en las segundas oportunidades, no sólo para los hijos de la roca o los humanos, sino también para su gente.

Al finalizar la canción, la impresión fue grande: un Bediam impregnado de sangre, salpicado por la culpa de una acción profana le miraba con muestras de no comprender lo que a ella le repugnaba. Él entonces, limpiándose torpemente confesó su aturdimiento. La elfa reconoció en él la sinceridad de sus premisas como también la angustia de quién se reconoce perdido. Balbuceó algunos rezos por aquellos seres ultrajados en el camino del saber del mortal y luego se volvió a él.

No quería ser juez ni verdugo de los sueños del humano, pero si algo estaba consiente, es que gracias a él todos habían salvado la vida en la contienda contra el vampiro; sin su pericia, el otro grupo no hubiera tenido oportunidad de llegar y hacer un campamento improvisado para los heridos; y sin su conocimiento no habría dado ella un paso fuera de esa celda.

-Cada uno de nosotros está por un propósito pero comprenderlo sólo lo lograremos al final del camino... todos juntos, como uno... como el todo.

--//--

Anduvieron entre la oscuridad sin decir palabra.  Bediam tomó la delantera junto con el gato, que parecía dotado de la misma valentía de los kazukan, mientras ella cuidaba la retaguardia. Ni siquiera Pelos se animaba a maullar por aquellos pasajes oscuros y lúgubres. El joven de cabellos desordenados era el más ruidoso entre todos; sus botas prorrumpían en ecos entre los túneles serpenteantes del territorio enemigo. Pero, ¿cómo podría evitar dejar su naturaleza? A fin de cuentas se trataba de un mortal y compararlo con el gato era un despropósito, pues éste había nacido para el sigilo mismo y el humano para llamar la atención. La elfa apretó el báculo entre sus manos, abstraída. Sus dedos eran firmes en la lucha contra el mal pero su corazón aún seguía siendo inexperto: temía a lo desconocido como el niño a la penumbra de la noche sin estrellas.

Entre paso y paso, la solar meditaba las palabras dichas en aquel habitáculo de piedra y celdas, cuando junto a los cuerpos profanados, Bediam había agradecido sus palabras. A su mente vino el tono de su voz firme y maduro cuando prometía ayudarla a buscar lo que fuera que ella estuviera buscando…

…pero, ¿qué buscaba ella? Su primer objetivo, la motivación para salir de su amada patria, había sido la alianza con los kazuka en contra de los vientos de guerra levantados por los rumores en Jyurman y Physis; la princesa, junto con algunos del Consejo, tenían claros indicios para sospechar que los grandes reptiles, los dragones de épocas pasadas, aún seguían con vida y yacían en alianza mancomunada con el foso. Pero las cosas no habían salido bien y ahora su búsqueda era menos ambiciosa: sobrevivir para volver de aquella cacería y liberar a sus elfos de las acusaciones levantadas en Darry o’Gor contra ellos. Sin querer, las palabras del alquimista tenían sentido y el destino lo obligaba desde ya a honrar su promesa.

El terreno, plano hasta el momento, pronto empezó a ascender y todos apretaron el paso conforme el gato se perdía de vista por momentos. Ithilwen sospechó de la cercanía de Youdar pues la aprehensión se apoderó del animal a medida que subían, haciéndolo avanzar cada vez más. Pequeñas gotas de agua corrían por las paredes y el aire viciado de las profundidades, poco a poco se refrescaba por el  aire exterior… quizás, la tan anhelada salida. Pero no fue así. De improviso se vieron en una recámara clara, apenas adornada por unos jarrones y excrementos, a la vista de dos seres como pocos había tenido oportunidad de ver la solar en sus 150 años.

Los rostros huesudos de los contrincantes destacaban por su profunda imparcialidad; no profirieron grito o placer al reconocerlos. Sus armaduras se veían antiguas, de manufactura humano, quizás, lo que demostraba que se trataba de los restos mortales de guerreros, reanimados por un poder profano que irrespetaba la gracia, el descanso eterno, de los primeros gobernantes del mundo. No pronunciaron palabra, pero tampoco se quedaron por mucho tiempo pasmados ante los intrusos. Como seres hambrientos de la sangre de sus enemigos, los esqueletos se abalanzaron sobre ellos blandiendo sus cimitarras dispuestos a acabar con sus vidas.

Para sorpresa de todos el primero en darse a la contienda fue… Pelos. Una vez más parecía que la mascota del kazuka tenía todo de él: no solo era el olor, su mirada y porte roñoso, también la insensatez y orgullo de una raza reconocida ampliamente por su tozudez y valentía. Sin embargo, la de cabellos azabaches palideció al ver al pequeño animal asirse al hueso de uno de los atacantes como si de un can se tratara. Primero el esqueleto le atajó, errando y apenas arrancándole una brizna de cabello naranja. El pánico se dibujó en la cara de Ithilwen al notar como una risa vacía emergía del guerrero de la muerte  dándose ánimos para embestir en uno segundo intento.

Impetuosa oró a los dioses y la larga serpiente de luz de su fusta se desprendió de la mano derecha, mientras con la izquierda aferraba fuertemente su báculo. La luz del cayado sagrado aciegó a los enemigos, poco acostumbrados al brillo en aquellos lugares tan guardados de los astros, y en un movimiento, girando sobre su punto de eje golpeó con el báculo al esqueleto y con la fusta apretó su torso, cerrando el nudo hasta quebrarlo.

Al voltear en busca del segundo, la situación no parecía alentadora. El alquimista, haciendo uso de una de sus creaciones, había arrojado el contenido sobre las costillas de su atacante. La escena resultó desagradable a la vista: poco a poco se deshacían las entrañas del guerrero mortuorio pero éste, absorto en su tarea, esgrimiendo esa frialdad placentera de quién sigue una orden y está pronto a cumplirla, acorralaba a Bediam, quien apenas podía esgrimir su puñal para defenderse.

Un suspiro escapó de Ithilwen al ver al humano en peligro. Con el asco marcado en su rostro, la solar extendió de nuevo su funda, y en un rápido movimiento apresó al guerrero por el cuello. La luz parecía hacerles más que simplemente impedirles ver, pues éste abría sus fauces en claras muestras de gritos que nunca llegaban a producir sonido. Mudos y vacíos eran aquellos seres profanados por la magia de alguien que había planeado todo desde las sombras. Con fuerza la imperecedera tiró y su contrincante calló de espaldas, exponiendo su cabeza. Soltó el báculo sin dejar el encantamiento de la fusta y con todas sus fuerzas, cortó la cabeza del esqueleto.

Jadeando ambos, por el impacto de la contienda como por la sorpresa, se observaron y sin palabras se alegraron por la victoria. Había estado cerca, pero por fortuna y bendición de los dioses, todo había terminado a su favor. Se pusieron en pie e Ithilwen enfundó a Glïndolïn mientras tomaba de nuevo su báculo, el cual al hacer contacto con su portadora soltó algunas chispas de luz. Entonces, volteó el rostro hacia los dos esqueletos sin vida y como quién se pierde en un pensamiento dejó discurrir de sus labios:

-¿A veces no te preguntáis si en vez de la justicia estáis siendo el verdugo de vuestra propia historia?

-¿Verdugo?- murmuró Bediam a sus espaldas, casi sin aliento:-Acabáis de salvar mi vida.

La elfa asintió e instó a que prosiguieran, pues el gato se había perdido de vista y pronto supieron, por las vociferaciones de su amo en la lejanía, que ya todos estaban, al menos temporalmente, a salvo.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Mivam el Sáb Abr 25, 2015 4:51 pm

Muchos son, Señor, mis enemigos;
muchos son los que se me oponen,
y muchos los que de mí aseguran:
"Dios no lo salvará"

Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo;
tu eres mi gloria;
¡Tú mantienes en alto mi cabeza!

Adonai mi protector


Aquella cacería estaba resultando muy excitante para los orcos. Primero, la hoguera de cadáveres. Luego, los basiliscos y ahora aquellos demonios de arcilla ¿Qué más faltaría por venir?¿Acaso aquello solo estaba comenzando? Estaba resultando un viaje muy provechoso y habría mucho que agradecer al Dios que todo lo mueve al acabar aquello.

Aquellos seres estaban resultando todo un incordio, eran capaces de imitar a cualquiera, en contadas ocasiones los orcos hirieron a ciudadanos inocentes que corrían como pollos sin cabeza intentando huir a la casa comunal. No hay que malinterpretar, no lo hacían apropósito, ellos querían acabar con los demonios de arcilla, pero en ocasiones los ciudadanos se acervaban demasiado a ellos y los orcos los confundían con el enemigo. Finalmente el último de los demonios cayó y los que habían estado luchando contra ellos se reunieron para planear una estrategia.

Enano, gentuza, escuchadme-comenzó a decir Utrek- Vosotros tres, feos, venid también que va con vosotros- dijo refiriéndose a Mivam y a sus compañeros. ¿Feos? Aquel insensato humano se había referido a tres orcos en modo de burla.

-Asqueroso humano ¿Cómo te atreves?- Dijo Mivam iracundo.

Por su parte, Nathar había perdido el control, aquel humano no solo se había metido con él, había insultado a los tres orcos al mismo tiempo. El orco cargó con rapidez hacía el humano y le propinó un puñetazo en toda la mandíbula, varios dientes salieron despedidos y el golpe fue tan fuerte que lo tiró al suelo. Acto seguido el orco sacó una de sus hachas y soltó un poderoso tajo en vertical directo al pecho del humano, pero el humano parecía estar hecho de una pasta distinta, fue capaz de evitar el tajo rodando hacía un lado.

Jahmer permaneció al lado de Mivam, su semblante era tranquilo aunque parecía algo molestó por el comentario del humano. No era un orco de muchas palabras y de seguro no quería interponerse en lo que por el momento era una lucha justa.

-Has cometido tú último error orco. Sabía que no era una buena idea que colaboráramos con vosotros.-Dijo Utrek con la boca llena de sangre. La situación estaba bastante tensa, ninguno de ellos se lo había esperado, pero era una reacción común en un orco como Nathar. Mivam y Jahmer no habían atacado, era debido a que eran unos orcos relativamente tranquilos comparado con sus otros hermanos.

-¡Parad! ¡¿Se puede saber que estáis haciendo?! Estamos aquí para defender Darry´Gor de las garras del mal. Si nos matamos entre nosotros todo estará perdido. Además... se están acercando más enemigos...-Dijo sabiamente Kadin intentando imponer algo de sensatez en todo aquello.

Los demás presentes también estaban muy nerviosos y aquello parecía que iba a explotar en cualquier momento. Shan permanecía callado y con rostro serío, aquello parecía no gustarle en absoluto. Mivam no era muy erudito, pero no había que ser muy listo para saber que el enano tenía razón, si empezaban una lucha entre ellos, estarían perdidos.

-Escúchame humano, yo mismo acabaré con tu vida cuando todo esto terminé. Procura no morir hasta entonces porque quiero que sea mi hacha la que de punto y final a tu vida. Nathar, ya esta bien, me pertenence. No tienes derecho a hacerle ningún daño más, el gran Dios todavía tiene algo que hacer con el antes de su fin-Dijo Mivam denotando una cierta tranquilidad que realmente no tenía.

-De acuerdo hermano, dejaré que seas tú quien acabe con esta rata. Solo espero que le hagas sufrir-Dijo Nathar que parecía estar más calmado debido a las palabras de Mivam.

-Lo intentarás orco. Dudo que lo consigas… He acabado con seres más grandes-Dijo el cazador escupiendo un enorme escupitajo de sangre al suelo.

Los tres orcos se lo quedaron mirando con rabia, se podía respirar la tensión en el ambiente y si las miradas matasen la mayoría de los que estaban allí estarían muertos. Tras aquello, los presentes intentaron trazar una especie de plan. Los orcos no entendieron demasiado lo que intentaban hacer sus aliados, pero sabían que por el momento, debían ganar algo de tiempo contra la horda de enemigos que se acercaban.

En ese momento se pudo escuchar una especie de cuerno de batalla parecido al rugido de un león y la nieve comenzó a temblar como solo lo hace ante decenas de pisadas caminando al mismo ritmo.

-¿Todos listos? ¡Pues a moverse!- Dijo Kadin.

Más o menos todo el mundo sabía lo que tenía que hacer, por su parte los tres orcos decidieron cargar hacía la gran multitud de cadáveres que se acercaban a la casa comunal. Las pesadas pisadas de los orcos contrastaban enormemente con las múltiples de sus enemigos, estaba claro que no ganarían aquella batalla con números. Algunos habían seguido a los orcos para enfrentarse a aquella especie de zombis, pero no eran muchos.

Los invasores eran una especie de humanos que parecían haber muerto tiempo atrás en las frías montañas. Al parecer lo que estaba detrás de todo aquello tenía el poder de controlar a aquellas almas en pena.- ¿Quién habrá sido capaz de convocar a esta oscura legión? Nos debemos estar enfrentando a un nigromante de un poder increíble.-Pensó Mivam. Cada vez estaba más claro que aquello no era solo una simple cacería de monstruos, una cosa era unos basiliscos y otra muy diferente luchar contra una gran horda de cadáveres reclutados de la misma muerte. Aquellas criaturas representaban todo lo que Mivam odiaba.

-¡Adelante hermanos! Acabemos con esta terrible plaga. ¡Si los humanos quieren idear planes cobardes, que lo hagan! ¡Nosotros somos orcos, lucharemos hasta el final, nada de retirada!- Les dijo Mivam a sus compañeros y inmediatamente el bramido de los tres orcos resonó entre aquellos nevados parajes.-¡Braaaaaahhhhhh!- Estaba claro que aunque el plan fuera una buena idea para los demás, los orcos jamás aceptarían el hecho de darles la espalda a aquellos enemigos para huir a un lugar más favorable.

Aquellos cadáveres no eran rivales para los orcos que permanecían juntos y se abrían paso base de tajos de sus poderosas armas. El hacha de Mivam cortaba en pedazos a aquellas criaturas que parecían más débiles que simples humanos, las dos hachas de Nathar descomponían a los no-muertos con rapidez y la enorme cimitarra de Jahmer causaba estragos en las filas de muertos. Los orcos estaban siendo capaces de acabar con una gran cantidad de muertos, pero parecía que el número de estos no disminuía realmente. ¿Cuántos habría?

El hacha de Mivam describía curva tras curva, la mayoría de no-muertos estaban desarmados y aquel juego parecía demasiado fácil.-Permaneced juntos. Debemos cubrirnos-Dijo Jahmer en voz alta. Mivam estaba muy abstraído por el combate y las ansias de guerra estaban siendo saciadas e su interior. Mivam comenzó a preparar los vientos de la magia, siendo consciente de que seguramente pronto los necesitaría.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

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