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Cacería de la Vieja Escuela

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Dom Abr 26, 2015 2:43 pm

Aun no había caído al suelo, pero pronto, podía sentir mis rodillas frías a causa del suelo, notaba los brazos de Adila sosteniéndome, para que no me cayese de bruces. Estaba agotado, mi única opción era confiar en que Matoska terminara el trabajo, antes de que yo perdiera el conocimiento.
-¡Sejen!- Escuchaba, como si de una voz muy lejana se tratara, como si poco a poco dejara de escuchar, estaba agotado, no recordaba la última vez que había llegado ha esto, este estado de absoluta dependencia y me maldecía por ello. Cada vez sentía más peso, era incapaz de ponerme en pie. -Han...wi...- Alcancé a decir en el momento, en que todo lo que podía ver frente a mi era la basta oscuridad, había perdido el conocimiento. Adila no pudo sostenerme del todo, tan solo evito que me hiciera daño en la caída, pero aunque yo no la podía escuchar, ella exclamaba mi nombre, esperando una respuesta por mi parte. -Vamos Sejen, levanta, vamos.- Rogaba ella mientras me zarandeaba, pero simplemente yo no podía responder a nada.


Mientras esto sucedía, el cruel Roich, que también era un pastor de espíritus, tenía una sonrisa cruel en su rostro, pues enfrentar sus espíritus contra los míos, era lo que quería o esa era la impresión. Cuando Matoska fué a lanzar su último ataque, el mal llamado pastor de espíritus, abrió sus brazos, como esperando recibir el furioso ataque del oso polar, pero aun y con eso Támau estaba de por medio, pero el combate finalizó antes de que sucediese nada importante, al desmayarme yo, la conexión del poderoso espíritu polar con la tierra se perdió, provocando su temprana marcha, pues se desvaneció, llevado por el viento como el humo de una hoguera. -Sejen...- Dijo con un tono de preocupación antes de desaparecer. Conocía a Matoska, el de haber podido se hubiera quedado a mi lado hasta que recobrara mis fuerzas, me hubiese protegido, pero sabiendo que no podría hacerlo, tan solo pudo marchar con preocupación.


Roich, bajo los brazos y tras escupir al suelo, aquella sonrisa que tuvo en un momento durante el combate, se esfumó como lo había hecho el oso, su rostro ahora mostraba una mueca de decepción absoluta, estaba enfadado, ofendido por este corto combate, poco le importaba mi situación desde luego, cualquier conjurador se hubiera desmayado haciendo lo que yo, o eso creo. -Yo no me apunté para esto, chico. Pensaba que darías para mas. En fin...- Dijo con desprecio, mientras posaba su mirada en Adila. -Mata a la chica.- Le ordenó a su espíritu, al momento la cazadora, se cubrió con ambos brazos, esperando un ataque que nunca llegaría. Aunque asustada, bajo los brazos para ver que había frente a ella y lo que vió, fue como un hombre horrible torturaba a un espíritu. Se tapó las manos con la boca, horrorizada por la visión que se le presentaba frente a ella, puede que Adila fuera cazadora, pero jamás torturaría a un animal, con lo que no pudo callar. -¡Para ya, maldito bastardo! ¡¿No ves que esta sufriendo?!- Exclamó con indignación, suficiente como para llamar la atención del cruel mago, que detuvo su hechizo o lo que fuere que estuviese haciéndole a Támau, su espíritu con forma de glotón, Adila inconscientemente me miró, esperando que le dijese algo sobre que hacer. Después su mirada se fue al glotón quien se había desvanecido como Matoska, y luego volvió su vista a Roich, quien la miraba con no muy buenas intenciones, podía leer en su rostro la intención de matarla y la cazadora no dudó, preparo su arco y lo disparó sin vacilar, un hombre así poco le importaba a ella si vivía o moría.


La flecha surco el aire, encontrando a su objetivo, que no era otro que el oscuro corazón de Roich, esta lo atravesó como si fuera un fantasma, como si le hubiera disparado al aire, su disparo fuera que como fuera había fallado y la flecha se quedó clavada en el árbol que se encontraba detrás del hechicero.
Adila estaba asustada, más de lo que lograba recordar en este momento, ni siquiera pudo escuchar con claridad lo que Roich le dijo tras el disparo, nada más que pudo escuchar, que el tenía la capacidad de hacerse intangible y de pronto, se apareció frente a ella, como un parpadeo, fue tan rápido que no pudo reaccionar a tiempo. Se llevo un fuerte golpe en el rostro, lo suficiente para que la muchacha cayese al suelo y en ese momento, para evitar cualquier oportunidad de escape, el brujo le piso en el tobillo, provocando en ella un grito de dolor.
La cazadora se llevo las manos al tobillo, dolorida y desde luego enfurecida, tan enfadada estaba, que unas lagrimas surcaban su rostro, no por el dolor sino por el enfado. Sus ojos miraban fijamente al pastor oscuro y si las miradas matasen, desde luego Roich habría muerto fulminado allí mismo.
Antes de que el hechicero, pudiera terminar el trabajo que se había propuesto, alguien nos puso a salvo tanto a Adila, como a mí.


¿Que es esto? -¿Donde..?- ¿Que es este lugar? -¿Donde estoy?- Sentía algo acariciando mis manos, junto a una agradable brisa, que hacía que en mi nuca se me erizaran los cabellos. Mis ojos se abrieron lentamente y aun entrecerrados pude ver que era lo que me hacía cosquillas en las palmas de las manos, era hierba. Fresca y verde, frente a mi solo podía ver una gran extensión de pradera, con el viento que hacía que la hierba danzara, haciéndome recordar, los enormes pastos verdes de mi aldea, donde podía ver grandes manadas de búfalos correr.
Me incorporé con cuidado, incluso ahora me sentía algo agarrotado, pero el cansancio se había marchado, no había maldad en este lugar, no la percibía por ningún lado, y por primera vez en lo que llevaba en la cordillera, notaba un extraño sentimiento de paz, que surgía desde lo mas profundo de mi corazón.
Mis ojos se centraban en la lejanía, donde podía ver un hermoso y pequeño lago de agua tan cristalina, que desde aquí pareciera blanca. Extrañamente y aunque aquí no hacía frio, por mucho que buscase entre el largo manto azul del cielo, no había un sol que resplandeciese, ni luna que esperaba por presentarse desde el horizonte y solo parecía estar yo solo en este lugar.


Respiré hondo, oliendo el dulce aroma de la tranquilidad de la que estaba disfrutando ahora, pero sabía que esto no era real, no era posible, estaba aquí con un motivo.
Empecé a caminar, en dirección hacía ese pequeño estanque de agua, el cual conforme más me acercaba, más pequeño parecía hacerse, pues cuando llegue a el, lo que desde lejos se me presentó como un enorme lago de agua cristalina, ahora era un estanque, con un color tan oscuro que nadie se atrevería a saber cuanta profundidad tiene.
Nuevamente el viento hizo acto de presencia, haciendo que mi largo cabello danzara con este, con mi mano izquierda lo aparte, y cuando lo hice ya no estaba solo en este lugar, en un principio hice un gesto, como si intentara avanzar caminando, pero me frené al ver su reacción, parecía asustado, al moverme yo el dio un paso atrás, envolviéndose con la cola. Lo que tenía en frente de mi, pude intuirlo al momento en que lo vi, era un espíritu, como Hanwi, Matoska, Sung'mahetu, Sakehanska, Tatanka o Wanbli, pero a diferencia de todos ellos, tan solo sentía tristeza en el, algo que hacía que mi corazón se lamentase. Tenía la forma de lo que comúnmente se conoce como un glotón. Un animal muy parecido a los tejones, pero bastante mas grandes y mucho mas fieros. Pero este, no parecía violento, no sentía que quisiera atacarme, pues tan solo podía hallar tristeza en su mirada y miedo en su forma de actuar. -No tienes porque temerme.- Le dije con suavidad, con un tono de voz tan amable, que casi parecía que fuese Sakehanska quien hablaba, desde lo más profundo de mí y aunque no lo quisiera, no podía evitar sentir lástima. -Mientes.- Respondió. -Aléjate de mi, humano. Ya he tenido suficiente, de vosotros.- Dijo con una voz triste y apagada, como si nada más que dolor pudiera encontrar caminando junto a las personas. La tristeza me embargo y aquella paz que sentía, pronto se torno en una amarga sensación, y aquel cielo resplandeciente, se ensombreció con las nubes. -Yo no soy como el.- Comenté, refiriéndome a su pastor, Roich. -No quiero hacerte ningún daño.- Nuevamente, trate de avanzar un poco hacía el, pero el se alejo la misma distancia que yo había acortado. -Vete, no quiero nada de ti. Todos mentís.- Sus palabras resultaban dolorosas en cierto modo. -Dices que no me harás daño. El solía decir lo mismo.- Intuí por su comentario, que se refería al cruel hechicero que lo dominaba, y la verdad no podía culparle de sus dudas acerca, de lo crueles que pueden ser los hombres, ya lo había visto antes, concretamente con Matoska.


El animal dejo de retroceder, de pronto se desvaneció como el humo, mientras un falso relámpago iluminaba el lugar, seguido de un profundo y ruidoso trueno, yo me asusté instintivamente, el mundo de los espíritus es tan cambiante como el día y la noche, tan pronto parece un lugar tranquilo, como la peor de las tormentas, o el peor de los desiertos.
La lluvia empezó a caer y como la hierba que antes había sentido en mis manos, ahora tan solo podía sentir el agua golpeando mi cuerpo y el viento, cada vez era más frío.
Con la mirada buscaba al espíritu, el cual localicé, en la orilla de aquel lago ahora todavía mas oscuro, que cuando lo viera.
No pregunté, todo esto se debía al estado del glotón, su estado de animo hacía cambiar este lugar, pero tenia todavía una pregunta ¿que provocaba tan mal en el, que hiciera esto en su propio mundo?
Me acerqué al lago y con curiosidad, pero sintiendo una congoja que apretaba en mi pecho, como si lo que fuera a ver fuese algo horrible, la verdad es que así fue. Aunque el agua fuera más oscura que el propio corazón de Roich, pude ver, allí en el fondo de aquel horrible y frío abismo, atado por una roja cadena. Tenía el aspecto de un tejón, era muy parecido a Támau, ahora podía comprender un poco más al espíritu.


Sin pensarlo, me lance al agua y enseguida, sentí un escalofriante frio, como si me hubiese lanzado a un lago de gélida agua, pude sentir como escapaba parte del aire que había respirado antes de lanzarme, pero no quedaba otro camino.
Nade hasta el fondo, donde me encontré, con aquella segunda víctima de la tiranía de Roich.
Mis manos se aferraron a aquella cuerda de humo que lo sostenía, trate de romper esa cuerda, primero con fuerza bruta, que era lo habitual, pero eso no parecía surtir efecto ninguno y el tiempo se acababa y podía sentir la presión en mi pecho, el ansia irremediable por tomar aire. Desesperado y bajo el agua, empece a concentrar todo lo que Hanwi y los demás espíritus me habían enseñado, grite mientras el aire ya escapaba por completo de mi cuerpo en forma ahora de múltiples burbujas. Mis manos brillaron con blanca luz de estrellas y al cuerda se rompió, yo cerré los ojos, intuyendo un prematuro fin de mi estancia en este lugar, pero no fue así, algo tiró de mi arrastrándome fuera del lago y en cuanto salí del agua, tome una enorme bocanada de aire, mientras me arrastraba un poco en el suelo y tosía el agua que quedaba en mis pulmones.


-Has salvado a mi hermana, pastor de espíritus.- Yo tenía la respiración agitada, la sensación de asfixia todavía era presente y no pude responder con palabras, pero asentí con la cabeza, indicándole que efectivamente eso había hecho, no hacían falta palabras, yo podía entender su poca aceptación de los humanos. -Tenías razón.- Dijo con una voz mucho mas dulce, sin aquella tristeza que le había notado cuando lo escuché por primera vez. -No todos los humanos sois malvados.-



De pronto me desperté, como si de una pesadilla se tratase, con un sobresalto, pues aun sentía levemente aquella sensación de asfixia. Me lleve la mano al pecho y observe con atención el lugar, no era aquel paraje que había visitado hacía un momento, ni mucho menos, era una fría celda, como de un calabozo, de hecho podía afirmar que era un calabozo.
Escuché la voz de Adila. -Bruja mugrienta, zarrapastrosa, malnacida, inmunda, hija de mil padres, pútrida, asquerosa...- Y los insultos continuaban, no sabía a quien iban dirigidos, pero desde luego no eran adjetivos agradables. -¿Adila?- La interrumpí para que se percatara, de que me había despertado, ella se dio la vuelta. -¡Sejen!- Dijo efusiva mientras venia hacia mi y me abrazó, como si hiciera una década que no me viera. -Yo también me alegro de verte.- Le dije, mientras ella se apartaba un poco. -¿Que sitio es este?- Pregunté curioso. -Un calabozo. Se lo mismo que tu.- En definitiva nada. Yo me levanté para acercarme hasta la puerta, que me separaba de la libertad fuera de este lugar. -No sirve de nada, ya lo e intentado yo. Y no es que sea una mujer débil precisamente, tengo mas fuerza que muchos.- Decía ella, comenzando con uno de sus ya famosos monólogos, mientras que yo no le hacía caso e intentaba abrirla por mi cuenta. -¿Pero tu me escuchas cuando te hablo?- Dijo algo molesta. -No importa, al menos nos han traído comida y en un plato.- Comento ella, yo recogí la comida que estaba en el suelo sobre un plato de madera y volví para sentarme al lado de Adila, dentro de este oscuro lugar, al menos ella parecía brillar con cierta luz propia. -No esta tan malo.- Comentó con la boca llena. -Es como comer gachas.- Decía ella, mientras yo trataba de comer en silencio, tal vez debí inspeccionar la comida, pero sería estúpido encerrarnos y alimentarnos con comida envenenada.


Terminada ya la comida, yo examinaba el plato, este era de madera, veía que podía hacer con el, una llave para la puerta seguro que no, se rompería antes de poder hacer nada, pero, tenía otras ideas. -¿Tienes un cuchillo?- Adila sonrió complacida por la pregunta, sacó un cuchillo de acero, algo de lo que yo me sorprendí porque por lo menos a mi, me habían sustraido todas mis armas, quedando tan solo un collar con tótems en mi cuello, de los cuales ya había utilizado dos y los que quedaban, no me podrían ayudar a salir de aquí. Yo tomé el cuchillo y mire a la cazadora. -¿De donde lo has...?- Empecé. -¿Sabes que? No me lo digas, prefiero no saberlo.- No me quería ni imaginar donde lo había escondido, para que no se lo quitarán, pero me sería útil. -¿Para que lo quieres?- Yo negaba con la cabeza, mientras su respuesta era respondida por mis acciones. Estaba tallando aquel plato de madera, primero lo corté en dos trozos, tenían que ser bastante grandes, sino el tallarlos iba a ser más que complicado. -No me digas que vas a ponerte a tallar conejos de madera ahora.- Yo la miré con seriedad. -¿Te acuerdas del coyote que conociste en Darry'gor?- Ella asintió interesada. -Bien, pues eso es lo que estoy haciendo.- No quería ponerme a explicarle toda una historia, todo lo que soy, todo lo que hago y por lo que empecé mi viaje, ella ya me conocía bastante para saber, que soy un tipo misterioso, que tiene sus propios secretos y sus propias historias. -Esta bien chico vudú, tu sigue tallando ese conejo raquítico de madera, que yo voy a ver como salir de aquí.- Me molestaba su comentario, realmente no pretendía tallar ningún conejo.


Por suerte para mi, Adila estuvo en silencio gran parte del tiempo, apenas hablábamos de cosas que nada tenían que ver con la situación, eso me permitió terminar los tótems tallados en madera. Yo estaba sacando el poco serrín que había quedado en el nuevo tótem de Matoska. -Lo lamento amigo mio.- La cazadora me miró, pero había una sonrisa en su rostro, negó un poco con la cabeza, dejando escapar una pequeña y corta risa. -En verdad eres un tipo extraño.- Dijo ella, con una voz muy dulce mientras se acurrucaba a mi lado, posando su cabeza en mi hombro derecho, yo tal vez pueda ser muy elocuente en el tema referente a las espíritus, el trato con las personas me es un poco distante, pero no le dije nada, simplemente para que estuviera un poco más cómoda la envolví en la capa de piel que tenía, nos habían quitado las armas si, pero no la ropa. -Gracias.- Dijo ella con el mismo tono de voz agradable, que hacía aflorar una extraña sensación en mi pecho, aunque lo pude disimular bastante bien. -No hay de que...- Aunque físicamente podía disimular el nerviosismo, no lo hacía así mi voz que estaba un poco entrecortada. -Sejen... ¿crees que este sea un buen momento, para explicarme?- Su pregunta no fue muy concreta, pero sabía a que se refería exactamente, quería saber que eran Hanwi y los demás, que era yo, porque a veces parecía que hablaba solo. -Adila... yo...- No sabía como empezar a explicarle, nunca se lo había dicho a alguien, a nadie ajeno a mi familia, tampoco es que antes hubiera alguien tan extremadamente persistente como ella.
La pregunta me había incomodado un poco, lo que hizo que me moviera y en ese momento Adila se quejó. -¿Te ocurre algo?- La cazadora, negó con la cabeza. -Nada, es el tobillo.- Por su gesto, deduje que era el tobillo derecho el que la molestaba. Me aparte y tras tomar su pierna puse esta en mi regazo. Yo no soy un curandero, ni mucho menos, pero no solo se sanar a través de los espíritus, al menos una herida o un daño así si que puedo tratarlo.


Ella me explicó la posible causa del porque le dolía, no había error de que se trataba del pisotón propinado por Roich. -¿Que vas a hacer?- No se mucho sobre como curar heridas yo mismo, por lo general haría un llamado al os espíritus, pero no parecía nada grave no lo suficiente como para molestarlos.
Valiéndome del cuchillo que me había prestado Adila, me corte un trozo de ropa de la camisa de algodón. Eso valdría como vendaje provisional al menos, aunque la cazadora pudo sentir mi torpeza de primera mano, no se quejó, de vez en cuando una pequeña mueca de dolor, pero nada más que eso. Y con un nudo, su tobillo esta ahora vendado. -Esto ya esta. El vendaje te ayudara a caminar y te dolerá menos.- Ella suspiro. -Esta es una celda muy fría. Tal vez...- No llegue a terminar de hablar, que la muchacha ya estaba a mi lado como hacía un rato, tapada por la capa de pie, ambos abrazados. -Gracias... Por todo.- Yo, por alguna extraña razón que desconocía, en este momento no me atrevía a mirarla a los ojos. -No tienes que agradecerme.- Ella se acomodó. -Lo se.-


En un momento dado, cruzamos las miradas, mis oscuros ojos se cruzaron con los suyos, que tenían un bello color cobrizo. No me había fijado en estos desde que la conocía, tal vez porque antes, lo único que quería era tenerla lejos de mi para no escucharla. Pero en este momento, si me dieran a elegir, prefería estar aquí atrapado con ella, que cualquier otra persona que hubiera conocido en este viaje. -Adila...- Tenía ganas de explicarle, algo importante, tenía que decirle que lo que parecía que fuera a suceder no debía ocurrir, yo me marcharía, no podía estar unido a ella, mi cerebro lo sabía, pero seria mi corazón quien lo calló, mientras nuestros rostros se acercaban lentamente, nuestros ojos se entrecerraban, un momento esperado, algo que parecía estar destinado, pero justo cuando estábamos tan cerca que pude sentir su aliento acariciando mis labios me detuve. -¿Que ocurre?- Pregunto ella, algo desorientada por este incidente. -No quiero hacerte daño...- Tan solo podía pensar en una cosa, el momento en que me fuese de Darry'gor, fue como un alfiler que me atravesaba el corazón, si esto que estaba sucediendo era mutuo cuando yo me marchara tan solo la haría infeliz, solo con mirar mi rostro desecho mientras las lagrimas caían por mis mejillas supo que no debía pedir explicaciones, no ahora precisamente. Ella no pregunto, no me dijo nada, solo... sonrió y me besó en la mejilla.


No hubo mas palabras aquella noche, y aunque ella consiguió acomodarse y dormir, yo me pase horas pensando, dando vueltas en mi cabeza, lo que había sucedido, lo que podría suceder, como afectaba eso al camino que yo mismo estaba buscando en esta vida, no sabía que hacer, por primera vez en mucho tiempo estaba muy confuso, sin saber que era lo correcto, o que interpretaba yo como tal. -¿Que debo hacer Hanwi?- Me preguntaba, mientras que al mirar hacía al frente, podía ver a todos los espíritus que hasta ahora me acompañaban. -Pareces muy triste pequeño.- Dijo Sakehanska, con aquel timbre de voz tan dulce, que me hacía recordar a mi madre. Ella me miraba a la cara, sin apartar la vista y aunque no podía tocarme porque no la había invocado, ella me abrazo como lo haría una madre, que intenta consolar a su hijo, sabía como me sentía, todos ellos lo sabían y aunque no pudiera tocarlos, ellos se quedaron a mi alrededor. Sung'mahetu se tumbo a mi izquierda, con su cabeza sobre mi pierna. Tatanka se tumbó a mis pies y Wanbli se poso en mi hombro derecho. No hicieron falta palabras, porque estaba con mi familia.


------


Tuve un brusco despertar, causado por la voz de Adila. -¡Sácanos de aquí, so bruja!- Dijo ella, despertándome. Mientras me quitaba las legañas de los ojos, ella seguía insultando a una mujer. -Abre la puerta maldita desgraciada, abre o te arrepentirás.- Yo me levante y caminé hasta la puerta, quedándome un paso por detrás de Adila. -¿Que haces?- La impetuosa cazadora se dió la vuelta. -Buenas. Nada, aquí negociando con la desgraciada de ahí fuera.- Yo me cuestionaba si eso realmente, era un método de negociación aceptable. Entonces escuche algo y antes de que la muchacha continuará le indique que guardase silencio. -Escucha.- Le comenté y así lo hizo, se calló y puso la oreja pegada a la puerta, pudo escuchar pasos, eran pasos cortos pero pesados, lo que indicaba una sola cosa. -Enanos.- Me dije a mi mismo. Es posible que no fuéramos los únicos presos del lugar, o tal vez significaba que venían en nuestro rescate y más bien resulto ser esto segundo. -Hora de escapar.- Reconocí inmediatamente esa voz. -Youdar.- Dije en voz baja, prácticamente para mi mismo, mientras por la rendija desde donde nos servían comida, ahora lo que nos servían era una espada. -Ya podría habernos echado las llaves, en vez de una espada morroñosa.- Se quejó la cazadora. -¿Como salimos de aquí? La espada podría romperse si la forzamos demasiado haciendo palanca.- Adila se dio un golpe en la frente, con la palma de la mano, yo me la miré extrañado. -Déjame la pluma de ave que llevas.- No quise preguntar, simplemente le hice caso y le di lo que pedía, no sabía de que utilidad podía ser la pluma de un búho en esta situación, pero tal vez la cazadora me sorprendiera.


Con cuidado inserto la pluma en la cerradura de la celda, a la cual le siguió el cuchillo, todo con mucho cuidado, con cuidado giraba la punta del cuchillo dentro de aquella cerradura, que tenia un aspecto desgastado y oxidado. Adila se mordía los labios concentrándose en lo que hacía y yo trataba de no perder detalle alguno. De pronto un sonido seco, como si una clavija saltase. -¡Voilà!- Dijo ella mientras la puerta se abría, con un chirrido metálico. -Perfecto, salgamos de aquí.- Me agaché e hice que pasara su brazo derecho por encima de mis hombros, ayudándola a ponerse en pie. Eso la ayudaría a caminar, aun a pesar del daño en su tobillo.
En la mano derecha empuñaba la espada que Youdar, había pasado a través de la rendija de la comida, Adila se había guardado nuevamente el cuchillo, aunque esta vez en el cinturón.
Fuera ya de la celda miré a ambos lados, procurando que no hubiera seguridad de ningún tipo, ni guardias ni carceleros, pero lo que si podía escuchar era un sonido familiar, el del acero contra el acero, se podía identificar de donde venía el sonido y sin dudar lo seguí. Cuando llegamos vimos a Youdar, el enano dueño de aquel gato que justo terminaba de abatir lo que a mi me pareció un esqueleto. -¡Youdar!- Exclamó la cazadora sin pensar en nuestra situación. El enano se dio la vuelta y mostró una cara de asombro al verme. -Vaya, así que eras tu el que estaba con Adila, Sejen. ¿Habéis visto a alguien mas?- Pregunto, pero antes de que pudiéramos responder nada. -¿Habéis visto a Pelos?- Su voz denotaba preocupación. -No, solo estábamos nosotros en esa celda, y...- Hice una pequeña pausa, para comunicarle que no habíamos visto a su gato, pero Adila se adelanto. -Y Pelos no estaba, no, no lo hemos visto, si así fuera te lo diría ya lo sabes, pero la verdad es que no lo hemos visto no...- Antes de que la cazadora siguiera hablando, fue interrumpida por Perik. -Escuchad...- Y tras una leve pausa. -¿Os han seguido?- Yo negué con la cabeza. -No, creo que no.- Youdar parecía desilusionado y no lo culpo, Perik suspiró. -Tenemos que volver por los demás.- Todos asentimos sin dudar de lo que dijo. -¿Pues a que estamos esperando? Vamos a buscarlos. No abandonaremos a nuestros camaradas, así no funciona la buena leña, somos como una gran familia, tenemos que cuidarnos unos a otros, vosotros lo sabéis y yo lo se, además yo nunca dejo a un compañero atrás no señor, eso va en contra del código de los cazadores, o algo, seguro...- Y aquí después de tantas horas de cierta paz... el monólogo de Adila regresó.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Noegoé el Miér Abr 29, 2015 1:22 am

Mantener la cabeza apoyada entre los fríos barrotes de aquella celda con olor a ajo era en ese momento el único consuelo que le quedaba a Noegoé. De todos lo sucios calabozos que había tenido la oportunidad de visitar en su vida, tenía que admitir aquel era el único que olía a comida.

Quizás se debía a el Lord vampiro que había albergado hace unos momentos, ahora tenía dos nuevos inquilinos.
Noegoé no había abierto la puerta, pese a que aún tenía la llave bien apretada en la mano.
En primer lugar por miedo: a unos metros, el cadáver del enano yacía en el suelo inerte a modo de amenaza demasiado clara como para ignorarla. Por otra parte, no se sentía con las fuerzas necesarias para moverse. Había atado su cinturón con un tapón de tela fuertemente a la herida sangrante de su costado para intentar detener el sangrado, y lo había conseguido en parte. Sólo la presencia de la joven a su espalda le impedía desmayarse, por puro orgullo.

Tampoco ella había mostrado intención de moverse del calabozo, hacía un buen rato que permanecía completamente callada. Noegoé estaba acostumbrado al mutismo de la artista. A menudo cuando la observaba o intentaba hablar con ella, Malina  estaba sumida en algún tipo de reflexión interna y permanecía ausente al mundo que la rodeaba. A Noegoé le sorprendía la enorme capacidad de abtracción de la artista, más cuando el se moría a su lado.

Lentamente se fue deslizando hacia el suelo, de rodillas pero sin llegar a caer. No quería faltarle al respeto a la joven. Como su padre solía decir: "ni robar ni matar. Lo único que puede hacerte deleznable en este mundo es faltarle el respeto a una dama".
A lo lejos empezó a oir un ruido, enseguida diferenció unos pasos que bajaban. Los sentidos de Noegoé se pusieron alerta: Vanstiel podía haber decidido volver a por un aperitivo fácil.

Pero era un grupo, demasiado ruidoso para ser el vampiro, y avanzaban rápidamente. En pocos minutos, la cara sudorosa dle Thane seguido por Lenxer y y todo un séquito de guardias armados apareció antes ellos. Pasaron cerca del cadáver del enano, ignorándolo completamente.

-¿Dónde está el vampiro?- preguntó un guardia poco avispado. A Noegoé le entraron ganas de decirle que lo escondía la señora bajo la falda, pero pensó que un Conde se ahorraría esa grosería.

Entre toda esa gente no estaba Utrek. Toda una pena, le habría encantado ver que cara ponía.
-Ya podéis salir, mi señor, mi señora- dijo el Thane. Noegoé no estaba seguro de eso. Apenas podía levantarse. Le ofendió que su estado de gravedad próximo a la muerte pasara desapercibido.

Un guardia tomo de la mano de Noegoé la llave, ya que este seguía arrodillado, y abrió la puerta del calabozo. Noegoé notó como la inmovil artista se levantaba y se preparaba con dignidad para salir. Una especie de rabia infantil por la actitud de la artista recorrió a Noegoé y le obligó a sentirse en la necesidad de explicar lo que había pasado:

-Nada de esto habría pasado, y el vampiro aún seguiría aquí si a la señora no le hubiese dado por hacer de aventurera.

"Adiós a la respetuosa cortesía inculcada por mi padre"-pensó Noegoé.

En otra situación, si él no hubiese sido un Conde y ella una dama de alta cuna, ahora mismo estarían siendo gravemente castigados por el atrevimiento y Noegoé de seguro tendría un cuchillo detrás de su oreja para que dijera dónde estaba el vampiro y que les había prometido por liberarlos. Parecía ser que el dinero te podía hacer salir impune hasta de una situación como esa, el Thane jamás osaría castigar a sus huéspedes.
La dama se acercó a él lentamente y Noegoé se percató, por primera vez, de que le miraba con cara de desprecio infinito. Con un movimiento rápido, la artista le pegó un puntapie en el costado.

Malina lo había hecho a mala fé. No le habría dolido en absoluto de no haber sido tan cercana a la herida que le había hecho el enano. Noegoé intentó no retorcerse de dolor para no darle esa satisfacción. A su mente vinieron multitud de recuerdos acumulados de mujeres que lo habían rechazado y humillado a lo largo de su vida. Noegoé las maldijo a todas como si fueran una.

Quizás no debería haber salvado la vida de la chica, y haber dejado que el vampiro la matara. Llorar su perdida habría sido menos doloroso que aquella ingrata patada en el costado.

Varios guardias le ayudaron con cuidado a levantarse y vio como Lenxer, el viejo mago elfo les apartaba para ayudarle y apoyar a Noegoé en él. Esto le llamó levemente la atención porque apenas había cruzado dos palabras con el mago y agradeció su cálida ayuda.

Mientra se veía arrastrado fuera del calabozo y su vista empezaba a nublarse, echó una última mirada al cadáver del enano que tan efectivamente le había mantenido inmóvil en aquella celda. Allí no había ningún cadáver. Desde hacía un buen rato, lo que creía ver no era más que un montón de arcilla uniforme.

-///-

La nieve había empezado a caer más lentamente sobre su cara. Parecía ser que, como su vida, el temporal, también se apagaba.

Noegoé se encontraba tumbado boca arriba muy cerca de la fachada de la casa comunal, justo enfrente de una ventana que mostraba signos de no haber sido abierta en la vida, pero que Noegoé sabía,  había sido destrozada hacía unos minutos (o quizás más, no sabía cuanto tiempo llevaba ahí tumbado).

La nieve habría podído cubrirle completamente de no ser porque había arreciado, y nadie sabría que el Conde había muerto ahí, salvo por la pequeña mancha de nieve rosa alrededor de su costado, que lo delataba.

Al parecer no era el único impostor que había en esa casa. Noegoé pensó en las palabras de Lenxer. Todo esto había resultado ser algo más grande que una cacería. "Ojalá jamás hubiese robado esa carta" pensó.

Mientras la nieve caía más lentemente, el jaleo alrededor de Noegoé no cesaba. El ambiente estaba lleno de gritos y ruido de batalla y aún con los ojos cerrados, Noegoé podía notar el destello rojizo del fuego, la lucha y el caos. Él se limitaba a ser uno más de los cadáveres que le rodeaba.
De repente una patada le despistó de su inminete muerte. Abrió los ojos lentamente y vio la cara de Utrek mirándole, intentando discernir entre si estaba lo suficientemente muerto o no.

-Conde- dijo secamente- no me vendrá mal tu ayuda.

Le agarró una mano he intentó levantarle sin éxito. Noegoé no dejaba de ser una mole y no puso nada de su favor. En lo que ha él respectaba, se estaba muriedo desde hacía un rato pero Utrek no parecía querer darse cuenta.

Al final se agarró a la mano de Utrek y se levantó lentamente. Tampoco quería morir en la nieve. Utrek le llevó cerca del lateral de la casa comunal. Allí Noegoé vio tres orcos enormes que evitaban tanto caos como creaban, luchando contra demonios similares al enano que le habia atacado.
Utrek le pasó una espada vieja y mellada con una mueca burlona. Parecía ser que quería que luchase con él.

Noegoé estuvo a punto de declinar la oferta amablemente. Hasta ahora le había ido bien haciendo que otro matase a el enemigo por él y no le apetecía cambiarlo. Cogió la espada sin posibilidad de usarla, todavía llevaba el baston de oro en la mano y no tenía intención de soltarlo.

-cúbreme-dijo. Y Noegoé intentó hacerlo.

Utrek Empezó a dar ordenes a diestro y siniestro con deliberada grosería. "Haz algo de una puta vez, Conde" oyó que le decía en un momento dado. Al parecer Utrek perdía los modales con facilidad, con el calor de la batalla.

Pero no era eso lo molesto, independientemente de su falso grado de Conde Noegoé había creído tener cierto grado de complicidad con Utrek, había apoyado su teoría, habían compartido copiosas comidas. Noegoé sintió que había vuelto a confiar en quien no lo merecía.

Mientras pensaba eso, vio como uno de los enormes orcos pegaba un puñetazo a Utrek que hacía que le sangrase la boca. Al parecer no sólo faltaba al respeto a Noegoé. Pero con los orcos se estaba equivocando.

"Cubreme" había dicho Utrek. Noegoé observó a uno de los orcos. Llevaba un hacha en cada mano que de repente hizo sentir a Noegoé inútil, con su espada vieja y su bastón de oro, que no sorprendía ni a Utrek ni a los orcos.

Todo empezó a volverse más confuso, al parecer algo se acercaba. Utrek volvió a darle ordenes con su cara sangrante. Noegoé no parecía escuchar lo que decía. Por encima de su hombro podía ver a los tres orcos de antes hablar en corro. No había que ser muy listo para adivinar que tramaban algo, no eran precisamente discretos.

-... Y tú mientras me cubres, y me vigilas a esos orcos inútiles- oyó que decía Utrek por último. Miro a Noegoé esperando una  confirmación.

-Por supuesto- contestó Noegoé. Utrek se alejó rapidamente, con la expresión de un perro ansioso en la cara.

Noegoé se colgó la espada del cinturón, no se veía con la habilidad del orco de las dos hachas ni con las ganas de intentarlo. Después, dio media vuelta y se alejó de la las cercanías de la casa comunal hacia el camino que cruzaba el bosque por donde había venido.  Se volvía a casa.

Jamás debería de haber robado esa carta, jamás debería haber venido a la cacería.

Mientras se marchaba, Noegoé decidió obligarse a pensar que el Conde, la artista, el vampiro y los demonios jamás habían ocurrido.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Jue Abr 30, 2015 12:26 am

La puerta de la habitación del thane reventó ante el tercer golpe de Hobb con el apaciguador. La enana entró entre una humareda, con el gran mazo al hombro. Allí vio a Malina, que tan solo se había podido quedar quieta como una estatua ante los inesperados y viles actos de Ingrod.
-Eso lleva a los establos, ¿verdad?- preguntó Hobb, aunque sabía la respuesta. Las dudas se agolpaban en la mente de la enana, ¿Qué era lo correcto? ¿Debía optar por hacer justicia con el corrupto thane, o proteger a la gente tal y como éste debería haber hecho? La respuesta para ella era clara. Corriendo todo lo que podía, volvió al gran salón de la Casa Comunal, donde los guardias, con gran dificultad, aún luchaban por hacerse con el control de las masas -¡Pueblo de Darry´gor!- gritó la tabernera, pero fue ignorada por el escándalo del gentío -¡¡Pueblo de Darry´gor!!- alzó su voz por segunda vez, pero tan solo consiguió llamar la atención de unos pocos que se encontraban junto a ella. “A la mierda”, pensó, y, mientras gritaba por tercera vez, atizó al apaciguador contra una valiosa estantería de caoba, dejando caer todo su contenido, alzándose el estruendo sobre el bullicio - ¡¡¡PUEBLO DE DARRY´GOR!!! Nuestro valiente thane Ingrod está encabezando la ruta de huida para ponernos a todos a salvo- si aquello salía bien, hasta tendría que agradecer la cobardía del gobernante- Nos ha pedido que usemos uno de los conductos subterráneos que parten de la que es la casa de todos, esta Casa Comunal, y nos reunamos con él en los establos para buscar refugio entre nuestros hermanos de Bund´Felak- no había un solo alma en el gran salón que ignorara la voz de la enana- Subid todos a las dependencias del thane, rápido.
 
Hobb tuvo que hacerse a un lado para no ser arrollada por aquella masa desordenada y asustada. Esperó a que todos pasaran, y se dirigió a los guardias, que iban al final de la marabunta, siguiendo con la pantomima de transmitir órdenes del soberano.
-El thane en persona guiará al pueblo- dijo, intentando que no se le notara lo poco convencida que decía aquellas palabras- Pero vosotros debéis ir a apoyar a los cazadores. Ellos están luchando por Darry´gor, por darnos una oportunidad a todos, y si caen, el pueblo será el siguiente en sufrir, y ya hemos tenido numerosas pérdidas- la enana se quedó sorprendida por la valentía y decisión que hizo surgir de los guardias su discurso improvisado y, confiando en haber hecho lo correcto, siguió al resto del pueblo escaleras arriba, mientras deseaba con todo su corazón que aquellos valientes hombres, así como los que ya combatían, volvieran todos sanos y a salvo.
 
Tras una apurada subida, Hobb encontró a Malina tirada en la habitación del thane. Sus ropas estaban manchadas, y tenía huellas de barro por el abdomen.
-Cayó al suelo y pasaron por encima de ella- dijo un enano que allí se encontraba al ver la cara de Hobb.
-Malditos orangutanes- dijo la tabernera, furiosa- Síguelos, ya me encargo yo de la chica- Hobb echó el brazo de Malina sobre sus hombros y la ayudó a ponerse en pie. La llevó consigo por el pasadizo por el que había huido medio Darry´gor, a quienes encontró ensillando los ponys y caballos que allí había.
-¿Y el thane?- preguntó uno de los humanos que allí se agolpaba.
-Hobb, ¿Qué ocurre?
-¿Qué ha sido de Ingrod?- el pueblo no hacía más que preguntar.
-Ingrod ha huido, - dijo secamente, viendo que la mentira había sido todo lo provechosa que podía ser- con todo el oro de la Casa Comunal. Sigamos a ese corrupto hijo de las mil putas ¿Quién está conmigo?
Pocas cosas pueden enloquecer tanto a un pueblo como una persecución en busca de su propio oro, y con gran estruendo lo hicieron saber los enanos y humanos que, indignados, se agrupaban en el establo de Darry´gor.
 
(OFF: Malina, estás magullada, puede que tengas alguna costilla rota y tu lindo vestido ha quedado para mandarlo a lavar, aunque con un par de puntadas aquí y allá quedaría como nuevo. No tienes ninguna herida que sangre, ni siquiera internamente)
 
-//-
 
Vanstiel caminaba impaciente por el bosque incendiado. Gracias al falso conde y a la chica noble había tenido la oportunidad de escapar, y no pensaba desperdiciarla. Solo necesitaba encontrar a ese djinn. Pasó por una densa y húmeda arboleda, alejándose de la zona en llamas, algo molesto con Golab, el genio. Con sus poderes, debía saber que él lo estaba buscando, y le irritaba que no acudiera ya a su encuentro, despreciándole como si fuera un monstruo cualquiera.
Unos pasos sacaron al Lord Vampiro de su ensimismamiento, y sonrió al destino al ver como una encorvada figura corría por el bosque directa hacia él, sin haberle visto aún.
-¿Acaso queréis ser el primer miembro de mi nueva familia, conde?- a Vanstiel le resultó divertido ver a Noegoé huyendo de la batalla justo en dirección hacia un problema aún mayor- Cualquiera de mis anteriores hijos era mejor que tú, pero puede que logre hacer de ti todo un vampiro.
-¿Para qué me buscabas, Vanstiel?- la voz de Golab se escuchó en todo el bosque, y a los pocos segundos apareció el djinn caminando parsimoniosamente. “Qué oportuno”, pensó el vampiro, pero los asuntos que quería tratar con el genio eran demasiado importantes como para ignorarlos por un falso conde.
-Tengo dos favorcillos que pedirte, y uno de ellos está relacionado con el conde, aquí presente- dijo el Lord Vampiro.
-Me parece que tu conde ya se ha ido- la sonrisa se dibujó en los arcillosos y tatuados labios de Golab.
-¿Has esperado el momento justo?- Vanstiel estaba furioso con el djinn y, de no haberle necesitado, le hubiera decapitado allí mismo.
-Para nada… tengo un asedio que dirigir, no todos estamos tan ociosos como tú- era evidente que mentía, que el genio había esperado el momento oportuno para fastidiarle la presa a Vanstiel.
-Sabré sacarle provecho a tu aparición… sabes que me gusta jugar con la comida- el vampiro no mentía, pues para él lo más divertido de destruir a alguien era quitarle toda esperanza en la vida, y eso no se conseguía con garras ni dientes.
-Pues empieza ya, ¿Cuáles son esos favores?- ahora parecía que era el djinn quien se impacientaba, como si, gracias a sus extraordinarios sentidos, pudiese ver que se le necesitaba en la batalla.
-Necesito que me hagas una cosa de ese barro mágico tuyo, un bastón de oro, como el que llevaba el tipo al que has dejado huir- sería divertido cumplir la promesa que le había hecho a Noegoé cuando buscaba ser liberado por él, pese a que su liberación finalmente fuese involuntaria.
-Aquí tienes- ningún trabajo pareció costarle a Golab sacar un brillante bastón dorado de las entrañas de la tierra que ambos pisaban- ¿Y qué era lo otro?
-Oh, amigo mío,- Vanstiel sonreía de oreja a oreja, pues aquella era una de sus ideas más “geniales”, algo muy apropiado para que llevara a cabo un genio- creo que esto otro te va a costar algo más, pero se que tú puedes hacerlo…
 
(OFF: muajajaja, ¿Qué tramará el Lord Vampiro?)
 
-//-
 
Orcos, con ellos preparar estrategias es como intentar derribar un castillo a puntapiés, totalmente inútil y excesivamente doloroso”, pensó Kadín al ver como Mivam y sus compañeros se lanzaban a la batalla, ignorando todos los preparativos.
-Chicos, cambio de planes, me temo que así solo podremos hacer lo que habíamos pensado cuando ellos caigan,- dijo, refiriéndose a los orcos- y eso no nos beneficiaría para nada- ignoró por completo cuando Utrek dijo “habla por ti”, mientras echaba un escupitajo sanguinolento sobre la nieve- Esto no es lo más inteligente, pero: ¡¡A la carga!!
Kadín, Shan, Ravin, Lars y Utrek se lanzaron contra los zombis, dándoles con todo. Shan y sus dos compañeros demostraron luchar mucho mejor cuando hacían piña, pues se compenetraban como si fueran una sola mente, bajo la firme dirección del joven cazador. Utrek, como si el gran golpe recibido ni le afectara, peleaba como llevado por los demonios, y los enemigos caídos se amontonaban a su alrededor. Kadín, ante unos enemigos desarmados, dejó a un lado su escudo y su espada, y tiró de hacha para rebanar unas cuantas cabezas.
Hubo momentos en que las hordas enemigas parecían no tener fin, pero, con muchos esfuerzos, notaron como cada vez eran menos los zombis que llegaban. Hasta que sonó de nuevo el cuerno de batalla, el que imitaba el intimidante rugido de un león, y una nueva y mucho más numerosa horda de zombis se lanzó hacia ellos, cuando aún ni habían logrado contener del todo a la anterior.
-¡Por Darry´gor!- el grito de guerra de la guardia enana llegó de forma inesperada, pero fue recibido como una bendición, pues llegaron justo al mismo tiempo que los enemigos, uniéndose con fiereza a la batalla, igualando la contienda.
Youdar, ¿Dónde estás? Os necesitamos”, pensó Kadín, rezando a la vez que repartía hachazos a diestro y siniestro, confiando en que su hermano llegara pronto.
 
-//-
 
El djinn observaba la lucha desde la distancia. No quitaba ojo de encima al bando enemigo, evaluándolos. Había sido testigo de cómo aquellos indeseables daban muerte a sus hijos, a sus criaturitas, sus demonios de arcilla. Iban a pagar por ello, sin duda. ¿Quién sería el primero en hacerlo? Se fijó en el humano del pelo grasiento, que gritaba e insultaba mientras combatía, con una espada en una mano y una ballesta en la otra… no, no sería él; ya estaba herido, y no era digno del gran Golab. Luego fijó su mirada en el enano, pero pronto lo descartó, pues, con su tamaño y lentitud, no era capaz de igualar el número de bajas del humano, a pesar de resistir sin una sola herida. Tampoco le valdrían el grupo de humanos, pues no parecían valer de mucho si no trabajaban unos con otros, y él no le daba valor a ese tipo de fuerza. Si, estaba claro, iba a ser uno de los orcos.
Vio como los zombis iban cayendo bajo las armas de los fieros guerreros, y su mirada acabo posándose solo en uno de ellos. Aquellos no muertos eran cosa de Barbatos, no suya, pero podía imaginar perfectamente como ese guerrero había aniquilado anteriormente a sus hijos. La ira crecía con cada ataque que daba Mivam, y finalmente Golab actuó.
Puede que Darry´gor estuviera cubierta de nieve pero, bajo ella, todo era tierra y barro, su elemento. Con un solo movimiento, Golab separó a los contendientes, levantando un grueso muro de arcilla que los rodeó a Mivam y a él. Le divirtió ver la reacción del orco.
-Tú serás mi enemigo, inmunda criatura- dijo el djinn y, con otro teatral movimiento de sus manos, de aquel muro de arcilla, surgieron tres guerreros de barro, armados respectivamente con un gran mandoble, un hacha de doble filo y un martillo de guerra.
 
(OFF: tú querías un enemigo gordo, Mivam, espero que este sea de tu agrado)
 
-//-
 
El grupo había tenido su última oportunidad de conversar entre ellos, pues ahora se dirigían directos a la batalla. Habían salido de aquella cueva, sin mayores problemas que unos esqueletos a los que pudieron dar esquinazo gracias al fabuloso hallazgo de tres corceles, tan oportunamente dispuestos en su ruta de escape, que Youdar se preguntó si Ananke no habría tenido algo que ver en ello. Había sentido temor y vergüenza a la hora de montar, pues, aunque alguna vez había ido en pony, jamás había viajado a lomos de un auténtico caballo. Aún así, subió al mismo animal que Ithilwen, mientras que Perik y Bediam compartieron otra de las monturas. Sejen y Adila montaron al tercero de los caballos.
Estaban a medio camino de Darry´gor, y el único consuelo de Youdar era ver que el experto Perik se encontraba tan incómodo agarrado tras Bediam como él lo estaba tras Ithilwen (sin la parte buena que ello tenía). Acababan de adentrarse en la zona más cercana al incendio, y el pueblo se veía en un gran descenso cuesta abajo, cuando tres esqueletos, a lomos de tres huesudos lobos de un tamaño mayor al de sus caballos, y con las cuencas de los ojos encendidas con una llama azul, comenzaron a darles alcance.
-Mantened firmes las riendas, princesa- aquel título, que la elfa parecía guardar como un secreto, y que Youdar estaba dispuesto a guardarle, se le escapó con el pavor del momento- Yo me encargaré de ellos.
 
El enano alargó todo lo que pudo su brazo izquierdo, sosteniendo con él su escudo, protegiendo más el cuerpo de la chica de orejas de pico que el suyo propio, y asió con su mano buena la espada, dispuesto a dar con todo a cuantos seres sobrenaturales se acercaran a ellos. A su espalda, Pelos clavaba las garras en su chaqueta de cuero.
-¡Agarrate, amigo, que aquí viene uno!- gritó el enano. Por un momento, algo le hizo dejar atrás el temor, pues pensó que algo de la carta que lo había llevado allí era muy cierto: estaba siendo la mayor cacería jamás contada, digna de enorgullecer al mismísimo Karzún.
 
(OFF: chicos, última oportunidad de socializar un poquito antes de meternos de lleno en el fragor de la batalla. He sido poco descriptivo para que vosotros podáis narrar entre los tres esta parte)
 
-//-
 
Roich estaba emocionado. Barbatos acababa de comunicarle que los prisioneros habían escapado, y que el pastor de espíritus se dirigía directo hacia ellos. Ajeno a la batalla que se libraba frente a ellos, el brujo se trasladó hacia su mundo onírico, aquel donde tenía encerrados a los dos espíritus de los glotones.
-Prepárate, Támau, pronto vas a poder luchar de verdad.
 
-//-
 
-Traedme el Reilgán- dijo Barbatos a uno de sus huesudos sirvientes. Aquel pueblo estaba resistiendo más de lo debido, y era hora de jugar un poquito con la naturaleza. El sirviente volvió con una caja de madera, que depositó en las también esqueléticas manos de su amo. Éste, con calma, abrió la tapa, descubriendo un brillante diamante, del tamaño del puño de un orco, que emanaba un verde fulgor- Hijos de la muerte, cambiad.
Con las palabras del pastoscuro, la horda de zombis que se dirigía hacia los cazadores, se detuvo en seco. Tras ello, comenzaron a convulsionar, y sus cuerpos temblaban como si algo intentara salir de ellos. Al cabo de diez segundos, los zombis se habían convertido en monstruosos cuerpos inflados, llenos de pústulas de las que manaba una sangre de un brillante verde.
-No parecen gran cosa- dijo la chirriante voz de Nikochis al lado de Barbatos.
-Contempla con más detenimiento, folklerien- y en la calavera que tenía por rostro el pastoscuro se dibujó una gran sonrisa al tiempo que una de sus nuevas criaturas mandaba por los aires a uno de los enanos de la guardia de un solo golpe.
-Meh… siguen sin convencerme, mira lo que viene desde la colina-
 
-//-
 
Había sido difícil librarse de los jinetes esqueleto, pero, ahora que lo habían logrado, y con la batalla que se libraba junto a la Casa Comunal a la vista, los seis guerreros cabalgaban colina abajo, cargando fieramente con sus tres caballos contra los zombis inflados, dispuestos a arrasarlos bajo el peso de los animales y el filo de sus armas.
-Justo a tiempo, Youdar- gritó Kadín a su hermano, al ver que éste llegaba repartiendo espadazos desde lo alto del caballo, con Pelos protegido entre su panza y la espalda de Ithilwen.
-Mi señora- gritó Youdar a la elfa- esta batalla no la podemos ganar solos. Me parece saber cual es el lugar donde están encerrados vuestros aliados.
 
-//-
 
Nikochis, tras contar con el permiso de Barbatos, chasqueó los dedos, transportándose a la batalla. Allí divisó a Bediam y, frotándose las manos, pensó que había llegado el momento de divertirse con aquel humano, a quien se veía demasiado aburrido para el gran juego del folklerien.
 
-//-
 
Desde el tejado de la Casa Comunal, donde se había aparecido hacía poco tiempo, Ananke observaba cuanto ocurría. Había hecho un movimiento muy arriesgado, posicionándose contra su Señor, declarándose claramente contra Lenxer, el anciano, pero no importaba. Se negaba a que ellos privaran a los humanos de su libre albedrío, se negaba a llevarles directos a las numerosas trampas que tejían las sombras con las que, sin pudor, se habían aliado su Señor y Lenxer.
-Aquí estás- dijo la voz del propio anciano a sus espaldas.
-No puedes matarme, Lenxer, lárgate. Mueve tus piezas, que yo haré lo mismo con las mías- la mujer estaba airada, desafiante, pues, habiéndose revelado contra el gran Dios Destino, poco tenía que temerle a un siervo de él, a alguien igual a ella.
-No puedo matarte, Ananke, eso es cierto. Así de crueles son nuestros poderes… casi infinitos, pero incapaces de torcer la vida y la muerte, así como la voluntad. Pero, sin duda, mis piezas ya están donde yo las quiero, mientras que tú eres un jugador improvisado en esta partida- la mujer se volvió hacia su interlocutor- Barbatos ya sabe cuanto debe hacer pero, ¿y tus generales? Por favor, ¿piensas que ese enano y su gato pueden compararse al poder de todo un guía de monstruos?, ¿crees que la elfa, el alquimista, el pastor de espíritus, ese aberrante orco, el deforme farsante o la chica noble son rivales para Vanstiel, Nikochis, Roich o Golab?
-Comprobémoslo- dijo Ananke, indispuesta a dejar que fuera el anciano quien lanzara el primer ataque, lanzándose contra él, cayendo los dos por la fuerza de la gravedad desde lo alto de la casa comunal.
 
-//-
 
Al lado de su pony, Ingrod maldecía las endebles patas del animal. No había sido capaz de cargar con todo el peso del enano y su oro a través de la nieve, y ahora se encontraba caído, lamiéndose una pata quebrada. Ingrod comenzó a correr, tirando con la legendaria fuerza de los enanos del saco cargado con oro, cuando escuchó en la lejanía que una multitud iba en su encuentro.
-Karzún maldiga a este pueblo- dijo mientras hacía todo lo posible por perderse a lo largo del nevado camino.
 
-//-
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Mivam el Jue Abr 30, 2015 8:07 pm

Aquellos esqueletos no eran rival para los orcos que avanzaban sembrando a su paso un rastro de huesos partidos y cráneos destrozados. Los generales de esas bestias debían estar divirtiéndose viendo aquella matanza. ¿Quién movía los hilos de aquellas criaturas?

Al parecer tanto los humanos como los enanos decidieron cambiar de plan, seguramente, habían recuperado su valentía al ver la carga temeraria de los orcos. Estaba claro que la rivalidad que había entre enanos y orcos no les iba a permitir a los decrépitos quedarse parados mientras los pieles verdes cargaban contra sus enemigos. Lo que sorprendió a Mivam fue ver que también los humanos los habían seguido, los tenía por una raza cobarde excepto en algunos casos.-Solo las fuerzas del mal serían capaces de hacer que orcos, enanos y humanos lucharán unidos-Pensó Mivam asqueado por las circunstancias.

-Mirad quienes han venido a la fiesta-Dijo Mivam a sus compañeros orcos.

-No os fieis de ellos hermanos- Dijo Nathar igual de desconfiado que de costumbre.

La lucha estaba resultando algo pesada, aunque los muertos caían rápidamente, su número superaba en mucho al de los defensores. Si aquello seguía así, pronto se agotarían. Cuando parecía que el número de muertos menguaba, una nueva oleada más grande que la anterior se unió a sus filas.

-Será un placer morir a vuestro lado- Dijo Jahmer solemne consciente de que el número de los zombis era demasiado superior al suyo.Incluso en aquellas circunstancias, Jahmer, no se rendía con facilidad y con cada golpe desmontaba a un enemigo distinto, pocos eran los que podían aguantar la fuerza de aquellos músculos.

En ese momento, se pudo escuchar el sonido el intimidante rugido de un cuerno de batalla que imitaba el rugido de un león. Al parecer, la guardia enana se les unía a la batalla.

-Tranquilos hermanos, no moriremos hoy. Poco a poco se vuelven valientes, pero todos recordaran que los primeros en cargar fueron los orcos- Dijo Mivam lanzando una carcajada al aire. La alegría no le duró mucho, el desconcierto se apoderó de él por un momento.-¿Que sucede?-Pensó el orco mientras unas paredes de barro lo separaban de sus compañeros y lo dejaban encerrado junto a varios de los zombis.Sus enemigos, no parecían conscientes de que habían sido encerrados y continuaban luchando con el mismo aplomo que antes. Mivam se defendía de los ataques de los muertos con soltura, aunque eran más rápidos que él, sus ataques resultaban predecibles y el manejo que tenía con su hacha le ayudaba mucho. Tras varios hachazos, el último de los zombis fue devuelto al infierno.

-Tú serás mi enemigo, inmunda criatura- dijo una especie de ser con ojos azules de aspecto demoniaco. Al parecer, había sido aquel el que había convocado aquella prisión de barro y ahora quería enfrentarse al orco. El demonio hizo un movimiento muy característico con sus manos y de aquel muro de arcilla salieron tres guerreros de barro, armados respectivamente con extrañas armas de barro, similares a un gran mandoble, un hacha de doble filo y un martillo de guerra. Aquello seres parecían salvajes, pero estaba claro que no serían rivales para la ferocidad del orco.

-No se quien eres brujo...-Dijo el orco rabioso, debido a aquella sucia jugada.-Acabaré con tus fuerzas del mal en nombre del Señor.-Dijo convencido. No obstante, el orco había luchado durante varios minutos, esto no hubiera resultado un problema en condiciones normales, pero llevaba todo el día en movimiento y se había enfrentado antes a los basiliscos y a los demonios de arcilla. Un leve suspiro, salió de los labios del orco, denotando a su enemigo que sus fuerzas físicas comenzaban a menguar, más no se le veía preocupado, sabía que si el cuerpo le fallaba, todavía le quedarían sus hechizos y su poderoso Señor no permitiría que cayera contra aquel ser asqueroso.

El rugido del orco, dio comienzo a la batalla y se abalanzó sobre el primero de los enemigos de barro, tras un intercambio de golpes se dio cuenta de que aquellos guerreros poseían unas extremidades de una dureza impresionante. Sus brazos, eran lo que aparentaban, autenticas armas de combate. Aquellas bestias luchaban mejor que los esqueletos, pero no estaban muy bien coordinados. En ese momento Mivam consiguió que uno de sus hachazos partiera por la mitad a el que portaba el hacha. A los otros dos no parecía importarles la perdida de su compañero y siguieron con el envite. Mivam paraba y golpeaba sin parar. Poco a poco, la fuerza del orco se impuso a los golpes de los seres de barro que no pudieron resistir y cayeron sobre el hacha de Mivam.- ¿Como?-Pensó Mivam sorprendido ante lo que estaban viendo sus ojos. El guerrero del hacha había reconstituido su cuerpo y ahora se estaba levantando nuevamente, sus compañeros parecía que iban por el mismo camino, los cuerpos se volvían a unir con rapidez

Mivam miró al demonio que era el responsable de todo esto. Aquel ser parecía muy seguro de si mismo y Mivam aceptó el desafío que le planteaba.-Necesito saber quien eres... Esto merece ser contado-Dijo Mivam a su enemigo. La situación parecía difícil para los orcos, pero esta raza era famosa por su capacidad para soportar cualquier circunstancia.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Mayo 05, 2015 6:53 pm



-Habéis cumplido la promesa, joven humano.

El aire fresco les dio la bienvenida. Su golpe en el rostro, la brisa tenue, los olores vegetales de la campiña y el encuentro de voces familiares, les avisó que estaban salvados. La imperecedera miró a Bediam con agradecimiento.

-Espero que los caminos del conocimiento no os desvíen del de la rectitud y la ética, pues no todo nació para ser conocido, o para ser transmutado- reparó la solar en tono distraído, al ver que la presencia que la había acompañado se fusionaba a la distancia con otras, que danzaban alrededor de un mortal… “Sejen”.

Sus pasos fueron firmes, no sin antes alegrarse al ver cómo gato y amo parecían ponerse al día con las noticias. Él maullaba y el otro hablaba, en un interludio casi imitando el habla. Una breve sonrisa de la solar sirvió de saludo para el kazuka, a quién no pretendía interrumpir. Entre todos aquellos, la elfa tenía la mirada fija en los puntos celestes, que como animas puras, danzaban ante el humano de ojos almendrados y cabello descuidado.

Primero, dudó en abordarle pero las dudas de conocer por fin al mortal guía de aquellos poderes antiguos la imbuían, luego se acercó con mayor prevención a medida que notaba lo entretenida que parecía su compañía al charlar con él. La reconoció como la humana que iba y venía entre los grupos apenas se iniciara todo aquello, y al parecer, no había perdido la viveza de su voz y pensamientos. Dudó una vez más si interrumpir o no, como noble de la corte élfica no acostumbraba a sobrepasar los límites del decoro y más cuando dos estaban en conversaciones. Pero le pudo más la curiosidad:

-¿Sejen?

-Sí…-contestó al voltearse con la misma duda pintada en su rostro: -…soy yo…

El momento era incómodo, pues el rostro de él no le resultaba conocido, ni para él ni para ella. Sonrió, como si con ello ratificara un comportamiento mal hecho, volviéndole la tranquilidad.

-Por fin nos conocemos… pastor de espíritus- asintió la imperecedera de cabellos azabache, algo escurridos por el rostro debido a los devenires de los hechos pasados. Sus ojos celestes se tornaron de dudosos a cálidos y su mano derecha se movió del corazón hacia él en claro gesto de saludo.

Pero él no salía de su asombro, y la mirada de su compañera se volvía cada vez más ceñuda al correr de las palabras y las acciones.

-Un placer supongo…-esbozó con gestos torpes, lo que despertaron una leve sonrisa en la de orejas puntudas, ocultas tras su peinado trenzado. -… ¿cómo… Cómo sabes de..?- preguntó y, mirando a uno de los puntos danzantes pareció auto-responderse sus propias dudas.

La escena resultaba curiosa. Él ataviado con pieles y porte de andariego, descuidado en su aspecto como en sus costumbres, contrastaba con la actitud noble y cortés de la doncella elfica, sin embargo, entre maneras distintas ambos parecían entenderse y corresponderse. Lo mismo no sucedía con su compañera, apenas una espectadora atenta.

-Vuestros compañeros me han guiado hasta vos, joven humano- explicó Ithilwen en su tono calmo: - Una sorpresa ha sido para mí saber que aún hay entre los mortales corazones que se han ganado para sí el favor de los más puros... y en vuestro afán de ayudar al prójimo, me habéis salvado-. Inclinó su cabeza en un gesto de respeto, agregando: -Gracias, Sejen…

-Por favor, no os inclinéis, no soy digno de ello- atajó el humano como si sus acciones no fueran dignas de las de la dama solar. Sin embargo, arrugando el rostro entre extrañada y contrariada, la elfa desvió el tema, pues bien sabía que las costumbres de los suyos no eran universales.

- Tenéis un destino que abrazar y espero poder ayudaros en ello. Lo prometí ante vuestros guías y ahora ante vos. Aunque sólo por desventura nos hemos conocido, en medio de ella me he topado con espíritus y su pureza, como la lealtad que os guardan... y creo que ellos desean que os ayude- agregó eso en tono dudoso y como si pasará por alto sus propias preguntas, afirmó con total convicción: -Contad con ello, joven humano.

No estaba muy segura de haber interpretado la voluntad de aquellos espíritus, pero igual que lo hiciera con el kazuka ahora estaba atada al humano de mirada aguda y porte descuidado.

-Parece que los espíritus tienen un camino para tí también y espero que te guíen por un buen sendero. Agradezco tu ayuda o compensaros de algún modo por ella- reparó agradecido aún con esa mirada de curiosidad impregnada en sus rasgos.

Asintió aunque con la mirada puesta en la humana de cabellos oscuros; le empezaba a incomodar la actitud hostil pero callada de la chica arquera. Fruncía el ceño sin pronunciar comentario alguno, como si todo ello lo desaprobara. La elfa la recordaba conversadora pero, caso curioso, nada decía...

-Nuestros caminos no parecen diferenciarse por el momento, mortal...- aseguró Ithilwen al reparar que los demás tomaban camino hacia un escampado, al parecer el enano y su gato habían encontrado algo de utilidad. Sin embargo, aun avanzando, y apretando el báculo entre sus manos, continuó: -Por ahora sólo resta vencer la sombra que se posa sobre esta región... porque cierto es que fuimos engañados, como cierto también que las manos que crearon este ardid son poderosas... temibles.

La imagen de la dama que los había atajado en las celdas vino a su mente, así como esos ojos de arena corriendo al son del paso del tiempo inclemente. También recordó las palabras del elfo solar, consejero del thane, en las recámaras de la casa en Darry o’Gor. Habían sido mentiras… pero ¿por qué? Finalmente la solar no pudo reparar más en la energía que expelía la otra humana y, reparando en ella, preguntó:

-Es bueno también veros de nuevo, humana...

-¿Porque dices humana con ese tono, eh? ¿Acaso crees que eres mejor que yo o algo? Te tengo calada, eres una de esas brujas que hacen vudús…-reparó en todo aireado la chica.

-Bru…¿Bruja?- titubeó la elfa ante la sorpresa de las acusaciones. Abrió sus ojos celestes, asombrada. La tranquilidad del pastor de espíritus contrastaba con la de su compañía, a quién recordaba cálida y conversadora, más no malgeniada: -Soy Ithilwen… soy elfa… y vos humana- agregó algo contrariada pero frunciendo el ceño como solía hacer cuando algo sucedía, atajando el control que podía ejercer sobre la situación: -Yo soy lo que soy, y vos lo que sois…

Pararon en un claro, donde unos caballos aguardaban por ellos al lado de Youdar, quien los había descubierto. La dama solar acarició a uno moteado mientras Sejen también estaba sorprendido por la reacción de su compañera. Llevándose la mano al rostro entre el bochorno y la estupefacción, el joven trató de calmar a la chica, quién poco cuidado le hizo, continuando con su monólogo.

- Como si eres la reina de Katmanchú ¿acaso crees que seas mejor que yo? No eres más que una bruja, una tipeja que viste caro y tiene las orejas como picas.

-Ya basta- atajó el portador de espíritus, algo enojado y volteándose hacia la elfa agregó: -Lamento todo esto.  

-Lamento aún más que ese sea el concepto que tengáis de mi raza, joven humana- comentó entre dientes Ithilwen con la mirada destilando desprecio por las injurias. Tomó el rostro del caballo de hermoso pelaje y piernas fuertes. La empatía que las criaturas como ésas tenían por los elfos se hacía notar en la docilidad con que se dejaba consentir de la doncella. Sejen se subió a su montura y luego ayudó a subir a la humana, a quien aún no se le borraba las marcas de enojo.

-Sobrevivid ambos- agregó la imperecedera al tiempo que avanzaba la pareja: -por lo que nos es querido y por la verdad que se tiende sobre nuestros caminos... ¡Sobrevivid!

El kazuka con escudo, espada al cinto y gato, llegó desde atrás y con cierto rubor en las mejillas advirtió a la elfa que él viajaría con ella. Cerca de ellos, el otro enano se preparaba para la misma tarea que su colega con la solar.

-¿Sabéis cabalgar, maese Youdar?

-Ponys, nunca caballos. Pero no parece el mejor momento para ser exigentes, mi señora.

-Así es, mi amigo- asintió la elfa. Entre dientes la solar seguía balbuceando palabras al equino, el cual parecía tranquilizarse y entenderle por momentos. Entonces, miró a Youdar y tomando impulso, con manera diestra y segura, dubió en el animal. Con una sonrisa y los cabellos azabache cruzándole el rostro, estiró su brazo hacia el kazuka, que éste apretó con fuerza al subirse, aupándose con algo de torpeza: -Os prometo que bajo mi guía y la de este noble animal no tocaréis el suelo hasta llegar a Darry 'Gor.

Para sorpresa de la imperecedera el enano parecía asido de las piernas al animal sin siquiera atreverse a tocarla. El equino también adivinó la inestabilidad del kazuka pues no se movió ni un centímetro, esperando a que terminará éste de acomodarse sobre su lomo.

-Así como vais besaréis el suelo pronto, Maese- intervino la elfa con cierta ironía y una de sus cejas levantadas, volteando la mirada hacia atrás.

-Oh si… esto.. sí- titubeó, cerrando su agarré alrededor de la cintura de la solar. Ésta sonrió y con un leve siseo, murmuró:

-Geh, wie die Winde!… Red, wie die Totteschattern…! (¡Ve como los vientos! ¡Corre como las sombras de la muerte!)

Música:


El equino se precipitó sobre el camino, queriendo dar alcance a sus otros dos hermanos. Raudo y seguro, con la destreza y fuerza que lo hicieran los animales criados en el Reino de Luz, el moteado exhibía un pelaje brillante ante los rayos del sol, salpicado por los parches cafés que abundaban sobre su blancura poluta.

El enano parecía rebotar sobre el lomo del animal, entre fastidiado y nervioso. El compañero de Bediam corría con el mismo destino tras su espalda. Adila era sin duda la más cómoda de todos. Por su parte, Youdar apretaba de a pocos a la doncella élfica, quién tenía los ojos clavados en alcanzar a las otras dos monturas.

-Apretad las piernas, maese enano… acomodad la espalda más inclinada, y apretad las piernas… acercaos o el peso no quedará bien repartido… ¡Apretad más o rebotaréis como balón!- le guiaba la longeva, entre ordenando y aconsejando, sin saber que eran otras las preocupaciones del kazuka.

Ella quería ir más aprisa, y apeaba al equino para ello. Habían sido los últimos en partir, pero… ¡El rastreador del equipo, el conocedor de los caminos, Youdar iba con ella! ¡Era su responsabilidad alcanzarles y guiar hasta Darry ’Gor! Temía por sus compañeros de viaje así como el destino de todas las almas que yacían en aquel campamento. Por inercia y dados las muchas décadas que había ejercido la equitación, se inclinaba cada vez más hacia el frente, ayudando a que el viento no chocara con su cuerpo y la velocidad que el animal alcanzaba no fuera obstruida. Pero el kazuka fácilmente olvidaba los consejos pues le fallaba la lógica para ello. Preocupado por sobrevivir a aquella carrera y al mismo tiempo no sobrepasarse con tocar de manera impropia a la elfa, rebotaba sin medida tratando de no apretar el cinto de la doncella de piel como las lunas.

-¡Inclinaos, Youdar! Al menos un poco hacia adelante…- ordenó la de cabellos ensortijados a la cuarta vez, mientras el viento la despeinaba.

El enano, con sólo bajar la cabeza, sintió como la fuerza del viento se hacía mayor. Por fin ganaban velocidad. El secreto estaba en aferrarse de ella y que el peso de ambos estuviera más concentrado en la parte media del animal, pero incómodo por la situación que generaba, cada que el kazuka sentía que rozaba las vestiduras de la elfa, éste buscaba apartarse y por ende se desestabilizaba sobre la silla. ¡Los juegos absurdos en los que se adentra la mente cuando no hay nada más en qué concentrarse!

Pelos había olvidado siquiera ronronear del pánico, asido con las garras al lomo de su amo.

Con una sonrisa de victoria, la longeva observó cómo pasaban por el lado de los otros dos caballos, al tiempo que los rumores de otros pasos se hacían más cercanos. Volteó y lo que vio la espantó: ¡no había tiempo para detenerse y sentar batalla, como tampoco para que ella luchara con un enano que poco sabía de riendas! El kazuka y su gato debieron notar la fuerza que se les oponía a las espaldas pues con firmeza Youdar gritó:

-Mantened firmes las riendas, princesa…

Ithilwen hizo una media sonrisa ante el sobrenombre con que el enano la llamaba. “Si tan solo supiera…”, pensó la solar mientras apeaba al equino con mayor convicción:

-Schnëllër… Schnëller… (Rápido… más rápido)- coreaba con aprehensión y cierto temor escondido en la voz. El caballo respondió en ambos sentidos: todos se jugaban la vida con la velocidad.

Entonces, el escudo de Youdar se situó en su diestra, al mismo tiempo que la sombra de colores azulosos se avistaba tras él. A sus espaldas la elfa oía el golpe de los aceros que se cruzan, la furia con que sus enemigos embestían a cada uno de los aliados. Las palabras que cada uno balbuceaba mientras continuaban su camino… era evidente que ninguno se detendría a dar pie de batalla, ¡todos mantenían la atención en llegar a Darry’gor!

--//--

-Cuidado enano, me lastimáis con la espada- advirtió la dama élfica, a lo que el enano gruñó, acomodándose mejor. Para fortuna de ambos, Pelos bajaba del lomo de su amo y se acomodó entre éste y la elfa, recostándose milimétricamente sobre la panza de su amo.

Darry’Gor se avistaba al bajar la hondonada y la batalla que allí se libraba heló el corazón de la inmortal. Bajaron a prisa, derribando todo lo que hacia ellos se enfrentaban. Los enanos, incluso orcos, peleaban contra todo el caos que imbuía en el poblado.

-Mi señora, esta batalla no la podemos ganar solos.

“Así es”, razonó Ithilwen al ver los charcos de sangre que atrás iban dejando. La vida de tantos guerreros se estaba desperdiciando, ¿y para qué? ¿Por qué?

-Me parece saber cuál es el lugar donde están encerrados vuestros aliados….

La elfa miró de reojo a Youdar y asintió con una sonrisa. Si alguien había nacido para este tipo de situaciones esos eran los 5 elfos que aguardaban en los calabozos.

-Guiadme… ¿por dónde?

-Parad, un poco…- contestó el enano a su espalda y luego con todas sus fuerzas gritó ad portas de la Casa Comunal: -VOS… EH TÚ… ¿DÓNDE ESTÁN LOS ELFOS?

En tierra un guardia pelaba con valor, pero al reparar en las preguntas del kazuka hizo ademán de no entender. Entonces, Youdar comprendió que lo mejor era apelar al don descriptivo de su raza: -¿DÓNDE ESTÁN LOS MUGROSOS DE OREJAS PUNTUDAS?… ¿SABÉIS? –agregó con impetú al mismo tiempo que carraspeaba incómodo por la situación.

La elfa hizo caso omiso a sus palabras despectivas, y sólo se limitó a repasar el lugar y al guardia, quien prestó respondió.

-¿Dónde el thane?- inquirió ella con curiosidad puesto que la última vez los había dejado en el calabozo. Youdar asintió y la instó a continuar más adelante, hacia la casa.

Al bajarse ambos, Ithilwen fue consiente que la obligación de luchar por aquel lugar nacía en ella más no en sus compañeros ahora cautivos. De hecho, corría el riesgo de que ninguno quisiera socorrer a aquella población desamparada, entregada a la suerte de unos hechos inexplicables.

-Youdar…- atajó la doncella al tiempo que tomaba por el hombro al enano: -… una vez más requiero de vuestra ayuda y creo que sólo a vos tengo la confianza para pedir esto- tomó las manos del kazuka mientras ella se hincaba para hablarle por primera vez, cara a cara: -En la habitación 23 tras la única cómoda que hay, encontraréis que hay un pequeño agujero donde Hobb, la posadera, resguardó las armas de mis aliados… Id, mi amigo, pues sin ellas poco haremos. Por mi lado… tengo una charla que dar. Os estaré esperando…

Pareció agotarse con solo la idea de dirigirse de nuevo a Lüdriëlh  tras lo sucedido en el Asno Ventoso. Suspiró con cierto desaire y mientras el enano se perdía entre el ardid de golpes y combate en busca de las armas élficas, la doncella se internó en aquel domicilio, hasta llegar a las celdas donde el rostro altivo y ya sano de sus compañeros, aguardaban.

-¡Ithilwen Eruläeriel!- llamó el capitán de aquella expedición fallida, claramente conmovido al ver a la imperecedera.

-Thümendräht des Mëer, y por lo dioses os saludo. Veo que os han tratado bien…- asintió ella con una sonrisa al tiempo que se dirigía con prisa para tomar las manos del elfo de cabellos oscuros: -Pero, ahora hay que pagar esta hospitalidad. Darry’ Gor está bajo asedio.

Lüdriëlh arrugó el rostro níveo como si aquello que escuchara fuera un mal chiste.

-De ninguna manera- advirtió uno de los cinco, alzando los puños: -Si me encuentro en la vida a otro kazuka juro por los dioses que le acortaré aún más las piernas, para que se arrastren como las serpientes que verdaderamente son.

-Así es- asintió Lüdriëlh en apoyo a su compañero.

-Os han tratado bien… Pues esto dista mucho del horrible calabozo en donde estabais-. La doncella observó alrededor y las telas, las camas, incluso contaban con un cuarto de baño, pues desde el momento en que ella había aceptado ir a aquella cacería, a los elfos les habían trasladado como recluidos de noble estirpe. –No entiendo vuestra tozudez y mezquindad con quienes os podrían haber matado, pero sin hacerlo además os han dado de comer y descanso… ¡El poblado perece por el asedio!

-No es nuestro problema, mi señora- contestó seco el general, queriendo dar por concluido aquel diálogo insano. No quería incordiar con ella, que aunque descuidada y con los cabellos desordenados, no perdía la belleza de los suyos.

-Ellos me han salvado, Lüdriëlh… Ellos… No me pidáis que les abandone a su suerte, pues con o sin vuestra ayuda, yo iré y les defenderé como si fueran parte de los míos… como si fuera por vosotros.

-No puedes estar hablando en serio, Ithilwen- inquirió otro elfo a las espaldas.

-No perderé el tiempo en esto de convenceros, Öldraht… No lo perderé más- sentenció la elfa, claramente enojada y desilusionada.

Entonces, a su espalda ingresó Youdar cargando todo: los arcos, las dagas, las maletas, todo lo que la doncella de Erínimar había dado a resguardar a la simpática tabernera. Le pareció increíble la fuerza de aquel guerrero, aunque corto de estatura cargaba lo que tres de sus más fornidos luchadores. Ella sonrió al verlo y como obligado por lo que estaba viendo –un kazuka traía sus armas mientras que cierto era que les habían tratado mejor en aquellas celdas- el capitán agachó la cabeza, devorando con la mirada al roñoso enano que se adentraba:

-No queda de otra… Tocará- asintió.

Se podría decir que, desde un comienzo, la relación entre el general de las fuerzas de su Majestad en Älseniäth-Thäl y el kazuka del gato naranja estaba condenada al fracaso. Ambos se inspeccionaron y claramente no se cayeron bien. Del bolsillo, Youdar tomó la llave que había podido obtener de uno de los guardias y sin más se la entregó a la doncella, agradecida.

-Apañaos bien…- advirtió ésta: -Con todo lo que hayáis traído.

Espadas, dagas, arcos, carcajs… todo se iba distribuyendo entre los cinco inmortales. Uno a uno, los elfos se fueron cubriendo con el cuero de sus armaduras y los aceros de sus armas, mientras entre dientes entonaban los rezos para encomendar sus almas. Aún ante las puertas de la muerte, ellos eran un pueblo de fe y de honor, asentados sobre la palabra empeñada y el deber por proteger a los suyos. Los enanos no eran de su incumbencia pero el bienestar de su futura soberana, sí.

Antes de salir del lugar, Lüdriëlh Thündëll tomó de los hombros a la doncella y depósito en su frente un sencillo beso que ella correspondió con cierta cara de sorpresa:

-Es bueno volver a veros… sana y salva.

-Si algún día queréis agradecer por ello… rezad que sobrevivan este enano y su gato- aclaró la de cabellos azabaches, retirando de su espalda el báculo. Youdar los miró con extrañeza y pelos, aún más. La cara del elfo denotó sorpresa, pero nada hizo sino seguir los pasos de su señora.

Afuera la guerra aguardaba y ante el umbral los cinco tomaron sus armas y se adentraron a ella. El Alto Elfo, capitán de aquella travesía, sacó del cinto una hermosa espada de dimensiones extensas empuñada a dos manos y la cual, al sonido de sus labios, expelió una llama roja que recubrió toda la hoja, incendiándola.

-Por Erínimar, por nuestro hogar, por la palabra empeñada, y por nuestra princesa…

Y así, todos, el kazuka con su escudo y espada, los elfos con sus armas y la doncella en la retaguardia con el báculo refulgiendo en pálida luz, corrieron, abrazando juntos el destino que la contienda les aguardaba.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Miér Mayo 06, 2015 3:28 pm

Bediam encabezó la marcha, guiado siempre por Pelos. Serpentearon entre pasadizos y túneles tratando de no hacer ruido, aunque era endiabladamente complicado para él: la elfa aparentaba no tocar el suelo y el gato parecía orgulloso de su propio sigilo. En comparación, él gritaba su posición a cada paso. Se toparon por culpa de un mal giro con dos esqueletos, y solo gracias a Ithilwen el joven alquimista conservó la vida. Fue el único percance: el gato parecía tener muy claro el camino a seguir, así que ellos sencillamente se dejaron llevar.

Fue una decisión acertada, pues el aire se volvió progresivamente más fresco y limpio. Esto les animó, pero lo hizo aún más encontrarse de nuevo con los dos enanos, que habían dado cuenta de un pequeño grupo de guerreros esqueleto. Y no estaban solos: Sejen, el hombre que había ayudado a Ithilwen en su combate contra Vanstiel, y Adila, la cazadora parlanchina, se habían unido a su grupo. Tras un apresurado intercambio de información fue evidente que debía volver a la villa para evitar su completa destrucción, así que, guiados por Youdar, salieron de la cueva.

El aire fresco envolvió al alquimista y le llenó de paz. Nunca se había alegrado tanto de ver la nieve de Darry’Gor. La elfa se plantó frente a él y le miró con intensidad a los ojos.

-Habéis cumplido la promesa, joven humano –le anunció.

Bediam sonrió, satisfecho. Todo parecía seguir el rumbo correcto. Pero el triunfo le duró apenas un instante, pues había en los profundos ojos de Ithilwen una chispa de temor e inquietud, que no se le pasó por alto.

-Espero que los caminos del conocimiento no os desvíen del de la rectitud –comentó con tono calmado-,  pues no todo nació para ser conocido o transmutado.

¿Rectitud? El alquimista no tuvo tiempo de decir nada. La elfa pareció captar algo para él invisible, se dio la vuelta y se alejó. Bediam se quedó allí plantado, sabiendo perfectamente que es lo que inquietaba a Ithilwen.

El Profanador.

Kheme le había hablado sobre él, claro. Era la gran mancha oscura del legado de la alquimia, una fea y profunda cicatriz en Noreth. Volvió a mirarse las manos, manchadas de sangre y vísceras resecas. ¿Se convertiría él, aún sin saberlo, en un nuevo Profanador? ¿Acaso el aleb no debía ser captado? ¿Estaba protegiéndole su subconsciente no permitiéndole descifrarlo?

-¿Qué cuernos te ha pasado, chico? –le preguntó Perik, al verle.

Bediam se sobresaltó al ver al viejo cazador, pero su presencia le reconfortó. El enano había visto algo bueno en él y le había confiado su vida. No abandonaría la rectitud… ni tampoco la búsqueda del conocimiento. Ya se las apañaría para conseguirlo.

-A veces hay que ensuciarse las manos –contestó el alquimista, críptico.

El enano le sonrió, satisfecho.

-Ya hablas como todo un cazador –le felicitó-. Vamos, Youdar ha encontrado unos caballos.

No hicieron comentarios sobre lo increíblemente afortunado que era que hubiese tres caballos allí, pues nadie dudaba ya de la mano amiga del traidor. Bediam ayudó a subir a Perik y montó también. Las dimensiones del caballo no eran adecuadas para el enano, así que fue el alquimista quien tomó las riendas, con el viejo cazador firmemente sujeto a su cintura.

-¿Qué tal cabalgas? –dudó Perik, incómodo.

Bediam se encogió de hombros.

-Me defiendo.

Salieron los primeros, aunque no demasiado rápido, para darles tiempo a los demás a alcanzarlos, cosa que no tardaron en hacer. Perik rebotaba y se esforzaba por mantener el equilibrio, pero sus cortas piernas no le dejaban asirse bien y lo estaba pasando realmente mal.

Pronto la villa se presentó ante ellos, reluciente a la luz de las llamas. Se estaba librando una batalla por todas partes y pequeñas figuras blandían sus armas aquí y allá.

Perik le zarandeó bruscamente para llamar su atención.

-¡Nos persiguen! –bramó, para hacerse oír entre el estrépito de los cascos.

Bediam miró atrás y pudo ver tres enormes lobos de hueso, cabalgados por tres esqueletos. La visión le erizó los pelos de la nuca y azuzó un poco más a su caballo. Pero era inútil, les estaban dando alcance. Uno de ellos cargó contra el caballo que compartían Youdar e Ithilwen, pero el enano consiguió repelerlo. La elfa espoleó su caballo con fuerza y éste se adelantó.

-¡Más lento! –le ordenó Perik- ¡Qué nos persigan a nosotros!

Bediam dejó de apretar tanto al caballo y éste redujo su velocidad. El enano agarró su gruesa hacha de guerra y se preparó para repeler a los lobos, pero su alcance era limitado y no hacía blanco con sus ataques. Sejen se mantenía a su altura, permitiendo que Ithilwen se alejara, protegida. Pero, ¿cómo iban a parar a esas criaturas? Aunque consiguieran conectar algún golpe, apenas los dañarían… Si hubiese alguna forma de ralentizarlos...

-¡Perik! –llamó Bediam.

El enano se giró hacia él. Estaba resoplando, pues mantener a raya a sus perseguidores mientras trataba de conservar el equilibrio le estaba pasando factura.

-¡Coge las pociones rosa de mi cinturón! –le pidió- ¡Si le das a alguno con eso, se le derretirán los huesos!

El enano dudó un instante, pues no era amigo del poco convencional estilo de combate del alquimista.

-¡Apunta a las patas! –continuó- ¡Así no podrán seguirnos!

Perik resopló y asintió finalmente. Tanteó el cinturón del otro y sacó los dos frascos de Hambre alquímica.

-¡Ves con cuidado! –le advirtió- ¡Qué no te caiga nada encima!

El enano destapó uno de los frascos y esperó a que uno de los lobos se acercase. Cuando lo tuvo casi al alcance del hacha, lanzó toda la poción sobre el lobo. Un siseo fuerte y desagradable lo inundó todo, mientras las costillas, las patas y el cráneo del lobo se iban descomponiendo. Al apoyar unas de sus patas agujereadas, se partió y montura y jinete acabaron rodando por el suelo. Los otros dos perseguidores se alejaron del viejo enano, buscando no ponerse a tiro de su ataque.

-¡Inbare! –maldijo, frustrado- ¡Están muy lejos!

-¡Abuelitoooooooooo! –chilló alguien.

Ambos miraron a un lado. Adila agitaba la mano, llamando su atención.

-¡Dame esa cosa, que yo me los cargo! –gritó.

La cazadora le dijo algo a Sejen y éste acercó su caballo al del alquimista.

-¡Tíramela! –le dijo a Perik- ¡No te preocupes, tengo unos reflejos portentosos! ¡Pero procura que sea un tiro bombeado, para darme tiempo a verlo! ¡Y que esté cerrado, no quiero convertirme en papilla! ¡Mejor cuenta hasta tres! ¡Pero tíralo después del “uno”, no durante el “uno”! ¡Todo depende de este momento, déjalo en mis manos! ¡Le demostraré al chico vudú y a esa elfa lo que valgo! ¡Recuerda, tiro bombeado! ¡Pero tampoco te pases de bombeado, que igual fallo entonces!

Perik puso los ojos en blanco y le lanzó el frasco a Adila. Ésta soltó un gritito, pero fue rápida y atrapó la poción al vuelo.

-Por Karzún, compadezco a Sejen –gruñó el enano.

La cazadora destapó el frasco y, con asombrosa habilidad, se inclinó hacia un lado, apuntó y lanzó parte del contenido a uno de los lobos, que se encontraba diagonal a su posición. Fue un lanzamiento preciso que golpeó de lleno al ser. Se le derritió una pata casi al instante y se estrelló contra el suelo.

-¡Os lo dije! –exclamó la cazadora- ¡Reflejos portentosos!

Ahora solo un lobo los perseguía. Trataba de mantenerse a un lateral de ellos, para no poder ser blanco de ningún ataque. Pero Adila tenía otros planes: le susurró algo a Sejen y su caballo se acercó rápidamente hacia el lobo. La cazadora le lanzó la poción (frasco incluido) que se estrelló directamente contra la cabeza del lobo esqueleto, haciéndose añicos. Al principio no pasó nada, pero poco a poco se fueron cayendo pedazos de hueso, hasta que ya no hubo cabeza. Fue un espectáculo extraño ver como el ser descabezado aún trotó junto a ellos un par de metros, antes de tropezar y acabar como sus compañeros.

Los dos caballos llegaron a Darry’Gor casi a la vez. Perik desmontó y perdió el equilibrio. Apretó los dientes con fuerza, frustrado.

-Mis rodillas ya no son lo que eran –se lamentó.

Bediam le ayudó a levantarse, preocupado. Perik era muy mayor y a pesar de que seguía siendo un cazador formidable, no se podía olvidar que no estaba en su mejor momento.

-Condenados caballos –se quejó mientras se masajeaba las piernas.

Para cuando Perik estuvo recuperado, Adila y Sejen ya habían desaparecido. ¡Eran los últimos en incorporarse al combate! Enano y humano corrieron hacia la batalla. ¿Qué poción debía usar? No le quedaban apenas: un poco de agua solar, un poco de comecorazas y el frasco entero de Prisa de Eryth. Llevaba también la bolsa casi llena de granos de luz y la otra llena de arena mordedora. Y, en el zurrón, una piedra fuego y un discreta cantidad de pólvora negra. Ya estaban llegando, ¿qué eran aquellas criaturas deformes y monstruosas? Perik levantó su hacha y soltó un grito de guerra. Tendría que ingeniárselas para hac-

De pronto, el mundo se volvió blanco. Sintió su cuerpo desplomarse y escuchó perfectamente al viejo enano gritar su nombre. Quiso pedir ayuda, pero sus músculos no le respondían.

Era extraño. Sabía que estaba en el campo de batalla: sentía la nieve húmeda pegada a su cuerpo, los gritos de los combatientes, el aire gélido… Pero, a la vez, estaba en medio de una habitación blanca e infinita. No había allí nada distintivo, ni Sol, ni horizonte, ni nubes, ni rocas, ni nada, aparte de él mismo. ¿Seguía en Noreth…?

-Es evidente que no –respondió a la pregunta no formulada una voz aguda y prepotente.

Bediam entrecerró los ojos y se puso en tensión. Era el folklerien.

-Has dado en el clavo –comentó la voz-. Soy el inimitable Nikochis.

El alquimista miró en todas direcciones, tratando de encontrar al hombrecillo, pero no había rastro de él…

-No, ni rastro –confirmó el folklerien, burlón.

¿Cómo podía saber…? ¿Estaba escuchando sus pensamientos?

-Bingo –tarareó el ser.

¿Cómo era capaz de…? ¿Serviría para algo echar a corr-?

-No, no serviría para nada –le cortó-. Estás atrapado.

¿Dónde diablos estaba?

-Me sorprende que aún no lo hayas adivinado, con lo listo que eres –se burló Nikochis.

Bediam se puso a cavilar. Aún sentía la tierra, los gritos y el viento del “otro lado”, así que era evidente que seguía en Darry’Gor. ¿Estaba soñando? ¿Tenía el folklerien atrapada su mente en una especie de mundo imaginario?

-No y sí –matizó la voz del hombrecillo-. Estás atrapado, pero no en un sueño. Es tu mente.

Siguieron a esas palabras unos segundos muy densos, que fue evidente que Nikochis saboreó con satisfacción.

-Te he encerrado dentro de ti mismo –le reveló, triunfante-. Y sí que lo he disfrutado, sí.

Un escalofrío recorrió la espalda de Bediam. Aquello era malo.

-Sí, es malo –confirmó el folklerien-. Pero es lo que pasa cuando te enfrentas a alguien más poderoso que tú. Que sales mal parado.

El alquimista puso una mueca. No debería haber insultado a Nikochis ni haber insinuado que no era poderoso.

-Eres un lumbreras, ¿eh? –se burló la voz-. Pero ya es tarde para arrepentirse. Te demostraré lo poderoso que soy.

¿Iba a matarlo? Si era verdad todo lo que el folklerien afirmaba que podía hacer…

-Y es verdad que puedo –le cortó.

… entonces no tendría ningún problema en matarle allí mismo, o dejarle atrapado para siempre.

-Sería súper fácil –afirmó-. Pero eso no sería divertido, ¿no crees?

Divertido sería patearte el culo.

-Eh, eh, cuidado con lo que piensas –le reprendió-. No quieres que me enfade, te lo garantizo.

¿Entonces qué es lo que pretendía?

-Lo que quiero que veas es que no hay ni una sola cosa en la que no sea mucho mejor de lo que tú serás jamás –le reveló-. Que veas el enorme abismo que separa el insignificante poder de tu raza del infinito poder de los folklerien. Que sientas vergüenza por si quiera atreverte a hablarme.

No estaba hablando, estaba pensando. Hacía mucho que no habría la boca.

-Ya sé que estás pensando –matizó Nikochis-. Es una forma de hablar.

Bediam se sentía confuso. Resultaba difícil hablar sin ver a su interlocutor.

Paf. Ante él apareció la pequeña figura del folklerien, sonriente y tranquilo.

-Deseo concedido –anunció-. No hay nada que yo no pueda hacer, métetelo en la cabeza.

¿Sería eso cierto? ¿Eran los poderes de aquel ser infinitos?

-Del todo –respondió-. Puedo hacer lo que quiera.

Bediam retrocedió un paso, incómodo. ¿Cómo iba a vencer a alguien capaz de leer su mente?

-No vas a poder –le aseguró-. Pero aunque no la leyera, no tendrías ninguna oportunidad.

El alquimista se llevó la mano al cinturón, buscando alguna poción. Pero no había ningún frasco. El ser empezó a reírse compulsivamente, de forma bastante hiriente.

-Perdona, perdona –se disculpó, secándose una lágrima-. Es que es muy gracioso que pienses que me puedes hacer el menor daño con tus juguetes.

Empezó a andar en círculos a su alrededor. Paf. De pronto, se convirtió en Ander Lanning, el musculoso prestamista al que le debía dinero y del que había recibido un par de palizas.

-Podría destrozarte en un combate –reflexionó.

Paf. Su forma cambió de nuevo y se convirtió en un gato couru, un gran felino con el que había tenido que lidiar en un bosque.

-¿O prefieres algo más reciente? –sugirió mientras se convertia en Vanstiel. Paf.

Sus colmillos sobresalieron mientras sonreía con malicia. Paf. Se convirtió luego en un enorme basilisco pigmeo. Bediam cerró los ojos y Nikochis volvió a romper a reír de forma incontrolable.

-Vamos, vamos –le picó-. Ya me cambio.

Paf. El alquimista abrió los ojos, y tenía ante él una huesuda meiga.

-¿Tampoco te convence? –preguntó mientras cambiaba a la forma de un lobo esqueleto. Paf.

No podía vencerle en un combate, eso estaba claro.

-Clarísimo –añadió el lobo, convirtiéndose de nuevo en Nikochis-. Pero sé que para ti eso no significa nada.

El folklerien chasqueó los dedos y de la nada… ¡Paf! Se materializaron Perik, Youdar e Ithilwen. Bediam frunció el ceño: sus bordes no estaban definidos, como si estuviesen hechos de niebla.

-Sé reconocer la madera buena cuando la veo –dijo Perik, con una voz lejana.

-Ese truco fue muy inteligente –continuó Youdar, también con esa extraña modulación.

-Los dioses han puesto talento e intelecto en vuestro ser –terminó la elfa.

Y paf. Con la misma facilidad con la que sus tres compañeros habían aparecido, se deshicieron en nubes de humo. Eran frases que ellos habían dicho en el pasado… sobre él.

-¿Te consideras ingenioso, inteligente, creativo? –inquirió Nikochis- ¿Crees que eres más listo que yo?

No tuvo tiempo de nada: su mente respondió por él. Sí. Nikochis podía tener un poder inconmensurable, pero su ingenio no podía compararse con el suyo propio. Era precisamente el tener que trabajar con recursos limitados lo que hacía que sus planes fuesen poco convencionales. El folklerien no tenía limitaciones y por eso no había tenido que ingeniárselas para superar adversidades.

-Te demostraré lo equivocado que estás –le aseguró mientras se disolvía en el aire-. No eres ni la mitad de inteligente que yo.

El suelo tembló y se agrietó. Empezó a emerger de las entrañas de aquella blancura una enorme torre negra. Era cilíndrica y ascendió por lo menos veinte metros. Bediam se acercó a ella con cautela y la tocó con la yema de un dedo. Era perfectamente lisa, sin una sola imperfección.

-Vamos a jugar a un juego –dijo la voz de Nikochis-. Yo te pongo un reto y tú debes superarlo. Ni no lo consigues, yo gano.

¿Reto? ¿Qué clase de reto?

-Un reto de ingenio, claro –respondió el folklerien-. Tienes que conseguir estar por encima de esta torre. Estarás aquí encerrado hasta que lo consigas o te rindas.

¿Estar por encima de la torre? Bediam palpó la columna nuevamente: era lisa, no podía trepar por ella. Además, ¿qué clase de reto de ingenio consistía en escalar un pilar?

-No he acabado de explicarte el juego –aclaró Nikochis-. Pídeme lo que necesites para conseguirlo.

Bediam dudó. ¿Podía el folklerien crear cualquier cosa?

-Sí, lo que sea –respondió-. Así que dime que quieres.

El alquimista dudó. ¿Unas alas? Con eso podría ascender y llegar a la parte superior de la torre…

-¿Eso es todo lo que se te ocurre? –se lamentó Nikochis-. Esperaba algo más original, no sé.

Bediam frunció el ceño, molesto.

-Oye, no te enfades –le dijo el folklerien-. Pero es que es un juego de ingenio, no un juego de a ver quién es menos original. ¿Sabes qué? Alas denegadas. Seguro que puedes hacerlo mejor.

El alquimista se rascó la cabeza y se puso a pensar. ¿Cómo podía subir a esa condenada torre? ¿Cómo conseguía estar por encima de ella…? No podía escalarla con las manos desnudas.

-No, no puedes –confirmó Nikochis.

Bediam resopló, harto de que aquel ser espiase su mente y le distrajese. No le dejaba pensar ni concentrarse. La risa del folklerien resonó por la infinita habitación.

-No te enfades, que solo estamos jugando –se burló.

Si no dejaba de leer su mente, no iba a conseguir sorprenderlo con nada de lo que hiciera. Estaba haciendo trampas.

-No, no estoy haciendo trampa –se defendió.

Sí, estaba haciendo trampa. Leer la mente era jugar sucio.

-Vale, vale –cedió la voz-. Dejaré de leer tu mente. Así no tendrás excusa.

Bediam asintió. Para asegurarse, pensó en Nikochis revolcándose en el barro junto a una piara de cerdos y disfrutando de ello. Pasados unos segundos en los que no hubo ninguna protesta, se convenció de que el folklerien le había dejado intimidad, pues no habría sido capaz de no callarse ante algo así. Por fin, solo consigo mismo, se puso a pensar. Estar por encima de la torre…

Tal vez si…

-Quiero aqua fortis, lágrimas rojas y alcohol dulce –informó.

Ante él aparecieron tres frascos, cada uno con el líquido que había pedido. Bediam sonrió.

-Voy a necesitar bastante más –insistió-. ¿Qué tal una bañera llena mitad de aqua fortis, mitad de lágrimas rojas? Y si me la puedes poner junto a la torre, te lo agradeceré.

Nikochis no dijo nada, pero una gran bañera rebosante de un líquido rojizo se materializó junto al pilar.

-Necesito que esté muy caliente –añadió.

De la bañera empezó a salir una pequeña cantidad de humo, denotando que el líquido estaba a alta temperatura. Bediam dudó.

-Ahora… Quiero un muro de roca a unos cuantos metros de la torre.

Paf. Dicho y hecho. El alquimista se colocó detrás del muro.

-Por último… -murmuró, nervioso- ¿Qué tal si dejas caer un barril lleno de alcohol dulce sobre la bañera?

Apenas acabó de hablar, una explosión ensordecedora rugió, devorando el silencio sin piedad. Bediam notó como fragmentos de la bañera se estrellaban contra el muro, y se alegró de haber pensado en eso. Nunca antes había hecho lamento de Nobel, pero sabía que su poder destructivo era inmenso. Una serie de chasquidos se fueron sucediendo, y un potente estruendo siguió al primero.

Lo había conseguido.

Con cuidado, salió de detrás de su muro. La torre negra se había derrumbado y ahora permanecía hecha pedazos por el suelo. Un tocón de bordes irregulares permanecía aún anclado al suelo, pero apenas levantaba un metro del suelo. Bediam se acercó a él y se subió a lo que quedaba de la estructura.

-Estoy por encima de la torre –anunció el alquimista-. No hay ni un solo trozo por encima de mí.

No hubo respuesta.

-He ganado –insistió-. Ahora déjame salir.

Nikochis volvió a materializarse junto a él. Parecía ligeramente contrariado, pero estaba demasiado tranquilo. Algo no iba bien.

-No está mal –comentó-. Vamos a por el siguiente reto.

Aquello le heló la sangre. ¿Siguiente reto?

-Me habías dicho que si superaba el reto me liberarías –se quejó el alquimista.

El folklerien meneó el dedo índice teatralmente.

-No –replicó-. He dicho que si NO lo superabas yo ganaba. Estaremos aquí hasta que tú no puedas superar uno de mis retos… o hasta que yo me quede sin ideas. Lo que ocurra antes.

El alquimista se abalanzó sobre el ser, pero este desapareció. ¡Paf! Los restos de la torre se esfumaron, y la habitación blanca volvió a ser todo lo que había.

-Eso no ha estado bien –le reprendió Nikochis-. Si tú no eres respetuoso conmigo, yo no lo seré contigo.

Bediam respiraba entrecortadamente y trataba de encontrar al folklerien, pero sabía que era inútil. Se concentró en lo que estaba pasando fuera: Perik defendía su cuerpo inerte de las criaturas que le atacaban, sin parar de gritarle que se despertase. ¿Cómo podía avisarle de que estaba bien?

-Tranquilo, no permitiré que nadie dañe tu cuerpo mientras estemos jugando –le aseguró el ser-. No queremos que nos interrumpan, ¿verdad?

-¡No leas mi mente! –chilló el alquimista.

Ante él apareció un cofre de hierro, grande y pesado. Estaba cerrado con un grueso candado.

-Segundo reto –anunció Nikochis, ignorándole-. Dime que hay dentro del cofre. Pero no puedes forzar la cerradura. Y el cofre es indestructible, te advierto.

El alquimista suspiró, consternado. ¿Cuánto iba a durar aquello? Tal vez Nikochis tuviese cientos de enigmas preparados y no importaba cuantos resolviera… Pero, ¿qué podía hacer, más que seguir probando? Tal vez era cierto que aquel ser era demasiado inteligente para él…

No hubo contestación a ese pensamiento. El  folklerien estaba cumpliendo su parte y no espiaba su mente, cosa que agradeció. Bueno, no tenía más remedio que tratar de resolver todos los desafíos que le plantease. Al menos si estaba entreteniéndose con él, dejaría en paz a sus compañeros, que podrían centrarse en salvar Darry’Gor sin la intervención de aquella criatura.

-¿Te rindes? –preguntó Nikochis, animado- ¿Admites que soy más astuto que tú?

Bediam negó con la cabeza y se puso a pensar. Tenía que averiguar que había dentro del cofre. ¿Pero cómo iba a abrirlo? Si era cierto que era indestructible no podía encararlo como el desafío anterior. No había dicho que el candado fuese indestructible, pero si no podía romperlo tanto daba. Intentó moverlo, pero pesaba demasiado. ¿Tal vez estuviese vacío? No se le ocurría como averiguarlo sin abrirlo primero.

-¿No se te ocurre nada? –le picó- ¿No quieres que te dé más explosivos?

No, romper el candado no podía ser la respuesta. ¿Pero cómo iba a abrir un candado sin romperlo…? La respuesta le vino de forma tan evidente que hasta le hizo gracia.

-Quiero la llave –pidió.

El folklerien bufó, divertido, desde a saber dónde y una gruesa llave plateada cayó del cielo, estrellándose contra el suelo con un sonoro golpe. Bediam cogió la llave y la introdujo en el candando, que se abrió suavemente. La llave y el candado se desvanecieron como si nunca hubiesen existido.

-¡Espera! –ordenó Nikochis- Vamos a hacerlo un poco más complicado. No puedes mirar dentro del cofre, ni tampoco tocar nada que haya dentro.

-Venga ya –se quejó el alquimista.

-¿Demasiado difícil para ti? –susurró el folklerien.

Bediam frunció el ceño pero se resignó. Cerró los ojos y levantó la tapa del cofre. Luego, sin abrirlos, se dio la vuelta. ¿Cómo iba a conseguir saber que había sin mirarlo ni tocarlo?

-Quiero unos guantes –pidió.

-Denegado –respondió Nikochis-. Tocar a través de guantes sigue siendo tocar.

-Pues un palo –insistió.

-Qué no –se plantó-. Nada que te permita saber la forma mediante el tacto.

El alquimista se volvió hacia el cofre, aún con los ojos cerrados y trató de escuchar y oler lo que fuera que hubiese dentro, pero no sacó nada en claro. De nuevo le dio la espalda al baúl y se puso a cavilar. No podía mirar. No podía tocar… Dos de sus cinco sentidos anulados, y los otros tres inútiles para ese caso... Si pudiese sentir el aleb, estaría solucionado.

Un segundo. “No puedes mirar dentro del cofre” había dicho. “Tampoco tocar nada que haya dentro”. Sonrió.

-Necesito una bañera llena de azogue –pidió.

-¿Lo vas a resolver todo con bañeras? –se quejó el folklerien.

A pesar de la protesta de Nikochis, la bañera se materializó a su lado. El azogue es el líquido más pesado que se conoce. Aquel recipiente, que estaba lleno hasta los topes, debía pesar varias toneladas.

-Ahora dame un cubo –añadió.

Un pequeño recipiente metálico apareció de la nada. Bediam lo cogió con la mano y, con todas sus fuerzas, trató de hundirlo en la bañera. Kheme la había enseñado las propiedades básicas de las cosas. La grasa flota sobre el agua porque es menos densa, y una piedra se hunde porque es más densa. Y eso es todo lo que hace falta saber. El azogue era tan denso que el cubo flotaba sobre él, por lo que tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para poder llenarlo un poco. Tampoco convenía que rebosara, pues apenas podía cargar un litro sin resoplar. Poco a poco, fue vertiendo el azogue dentro del cofre. Al cabo de unos cuantos viajes, justo al volcar el cubo sobre el baúl, se rebosó y algo cayó fuera. Bediam cerró entonces la tapa para no correr ningún riesgo y se masajeó los brazos, que tenía agarrotados por el esfuerzo. Se permitió entonces mirar abajo. En el suelo, rodeado por un charco de aquel líquido plateado, había una gruesa llave.

-¿Una llave? –murmuró Bediam, aturdido.

-¡Es la llave del cofre! –exclamó Nikochis, encantado- ¿No te parece irónico?

El alquimista buscó al ser con la mirada, aunque por supuesto no lo encontró.

-¿Es una especie de chiste? –inquirió.

-Bah, no tienes sentido del humor –se quejó el folklerien-. ¿Seguimos?

Todo a su alrededor volvió a desaparecer, dejándolo solo en la blancura.

-¿Qué te parece si nos metemos en un terreno un poco más personal con este reto? –sugirió.

El suelo empezó a pardearse y, poco a poco, algo empezó a brotar de él. Crecía por todas partes, hasta donde a Bediam le alcanzaba la vista. Las piernas le temblaron, pero no se permitió caerse al suelo.

Setas.

Por todas partes.

-El tercer reto –anunció Nikochis, mientras Bediam se ponía blanco como el papel-. Encuentra una seta comestible.


Última edición por Bediam el Jue Mayo 07, 2015 9:08 am, editado 3 veces
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Jue Mayo 07, 2015 1:25 am

-En cuanto encontremos a los demás, tenemos que volver a Darry'gor, seguro que están en problemas.- Yo pensaba ''gracias por comentar lo obvio'', pero no era eso lo que me molestaba, sino que no había parado de hablar desde que salimos de aquella celda, con lo tranquila que estaba allí dentro. Al menos tenía la gratificación de averiguar que no estábamos solos, y que nuestros rescatadores estaban bien, eso era un consuelo para mi.
Pelos hizo acto de presencia, yendo con su cuidador y amigo Youdar, una imagen entrañable sin duda. Adila dijo ''oh'' -¿Ves? Ya te dije que los gatos son geniales, tengo que hacerme con uno, son como peluches, peluditos y con ganas de caricias, me encantaría tener uno, pienso adoptar uno en cuanto termine la cacería.- No solo ya me había comentado su intención de hacerse con un felino como mascota, sino que daba la impresión de que no se daba cuenta de nuestra situación, no era un momento para pararnos a hablar, aún quedaban cosas por hacer y ahora sabía porque Hanwi, me había traído hasta aquí. -Roich...- Pensé acordándome de aquel nuevo enemigo que se había aparecido ante mi.
Horas antes, había visitado el mundo de los espíritus, tal vez mediante Támau, allí vi a que me enfrentaba, a un hombre cruel y malvado, capaz de torturar a seres tan puros como los propios espíritus en su propio beneficio. No se lo permitiría.

Escuché mi nombre, como si alguien me llamara, eso me alejo de mis pensamientos, devolviéndome a la situación. Cuando volví la mirada para ver, quien había pronunciado mi nombre quedé sorprendido, se trataba de la muchacha que había intentado salvar varías veces con anterioridad. -Si...- Dije mientras centraba la mirada en ella. -Soy yo...- Mi voz denotaba confusión, no esperaba que ella estuviese aquí también y aun menos que supiera mi nombre. Pero no fué solo el nombre lo que parecía conocer de mi, pues me nombro como un pastor de espíritus, con lo cual mi sorpresa no pudo más que ir en aumento. Adila se aferraba a mi, con inmensas ganas de preguntarme quien era ella, si la conocía de algo, pero no lo hizo, de hecho se quedo bien callada, dejando que la situación avanzara solo entre la noble elfa y yo. -Un placer supongo...- No sabía como reaccionar, tenía dudas, ella sonreía levemente, quizás por mis palabras, quizás por mi manera de actuar. -¿Cómo... cómo sabes que...?- Antes de que terminase de expresar la pregunta, Hanwi apareció a mi lado, sentado mirándome. -Ahora lo entiendo. Me alegro de verte de nuevo amigo mío.- Pensé mientras esbozaba una ligera sonrisa, expresando la alegría de verlo de nuevo.
La muchacha resplandeciente como el sol, volvió a entonar su cálida voz. Hablaba de los espíritus que mis pasos guían en este mundo, no estaba para nada acostumbrado, que alguien además de mi o otros portadores pudiera verlos, o sentirlos y eso despertaba tanto mi curiosidad por ella, como mi desconcierto.

-Gracias Sejen.- Dijo ella inclinándose, yo la hubiera detenido con mis propias manos, de no ser porque estaba llevan a Adila por que no podía apoyar bien el pié, así que tuve que detenerla con mis palabras. -Por favor, no os inclinéis, no soy digno de ello...- O al menos así lo sentía yo, no pensé que nadie se inclinaría ante mi jamás al menos no para darme las gracias, nunca en mi vida creí hacer algo digno de que se inclinara alguien ante mi y es por ello que la detuve, pero no tenía otra intención que esa, no pretendía que se sintiera ofendida, pero ella cambio el tema de la conversación.
Escuché con atención sus palabras, las cuales confirmaban definitivamente su encuentro con mis espíritus, y dijo que iba a ofrecer su ayuda para el camino que se abría frente a mi. -Parece que los espíritus tienen un camino para ti también, espero que te guíen por el buen sendero. Agradezco tu ayuda y espero, poder compensaros por ello.- Le dije agradecido, sin que mi curiosidad por ella se mermara, parecía que ahora tenía un nuevo aliado, espíritu o no agradecía su ayuda, aunque era la primera vez que mis espíritus se manifestaban a una persona ajena a mí.

El camino se me hizo bastante corto, escuchar la agradable voz de la elfa, parecía un regalo para mis oídos, pues aunque hablaba, su voz pareciese el bello canto de las aves, su timbre de voz era muy agradable de escuchar, alejado completamente de la voz de Adila, la cual era soportable, excepto cuando la utilizaba para hablar sin control ninguno, pero agradecía que ella estuviese callada en estos momentos, pues pude escuchar tranquilamente las palabras de la imperecedera, cuando hablo de la sombra de esta región, yo tan solo podía imaginar a Roich, el villano que tenía cautivo a Támau y su hermana Hoka, de quien estaba seguro tenía un importante papel en lo sucedido, pero a veces lo más sencillo no es siempre la respuesta.
De pronto la pequeña tranquilidad del lugar, se vio truncada con la última frase de la hermosa dama, de Erinimar, pues Adila replicó de una forma que no me esperaba. -¿Porque dices humana con ese tono, eh? ¿Acaso te crees mejor que yo o algo?- Yo miré sorprendido por las palabras de la cazadora, pues no esperaba una reacción como esta por su parte, como si le hubiese dicho algo malo, o en un tono desagradable, cuando no fue así. -Te tengo calada, eres una de esas brujas que hacen vudús...- Yo no supe siquiera como reaccionar, no me esperaba estas palabras por su parte, pero desde hacía ya un rato era común que incluyera eso de los vudús en sus frases. Obviamente la elfa respondió, defendiéndose de este ataque verbal, en mi opinión algo exagerado, pues no conocía la razón de este.

Nos detuvimos en un claro, en el que había tres caballos, o era mucha suerte o alguien nos los había preparado, no era el momento de preguntar desde luego, los aprovecharíamos, pero ahora lo que me preocupaba era la actitud de Adila, la cual me estaba provocando un sentimiento de vergüenza ajena, ya que en parte me sentía responsable de ella, y su forma de expresarse en este momento no era para nada agradable, aunque ahora al menos ya sabía el nombre de la imperecedera. Ithilwen. -Como si eres la reina de Katmanchú ¿acaso te crees mejor que yo? No eres mas que una bruja, una tipeja que viste caro y tiene las orejas como picas.- Su comentario era intolerable, pues ella a mi modo de ver no le había dado motivos reales para hablarle así, más aún cuando me había ofrecido su ayuda, no le iba a tolerar que insultara a Ithilwen, no de esta forma. -Adila. Ya basta.- La joven cazadora me miro, como si le hubiese quitado algo, como lo hacía mi hermana pequeña cuando le quitaba los juguetes. Mi mirad se centró ahora en la noble dama. -Lamento todo esto.- Dije sincero, tratando de excusar quizás el comportamiento de Adila, disculpándome de su parte, pero no pareció aceptarlas y no la culpo por ello, realmente la cazadora había sido muy grosera con ella, de hecho sus palabras se dirigieron a Adila, a la cual estaba ayudando a montar en el caballo que habíamos escogido para realizar el viaje.

En cuanto Ithilwen se marchó yo ya encima del caballo, no pude sino ponerle mala cara a la impetuosa cazadora. -¿Que?- La situación era peor ahora, parecía enfadada conmigo. -Has sido muy grosera con ella.- Le dije con un tono de reprensión, como si la estuviese castigando. -¿No estarás de su parte?- Ahora estaba confuso, pues esta última pregunta me había pillado completamente desprevenido, ya que en este lugar no había bandos, no entre nosotros. -¿Perdón?- Expresé con algo de enfado, tanto como sorpresa. -Es igual, no lo entenderías.- Me replicó ella ahora con enfado, mientras yo suspiraba, porque de verdad no lograba comprenderla.
El caballo empezó a moverse, la cazadora se abrazo a mi por la cintura para no caerse claro. -¿Estas enfadado?- Comentó mientras el equino seguía al caballo llevado por la dama elfica y el enano. -Fuiste muy desagradable con ella.- Le respondí y en mi voz se notaba seriedad y algo de enfado por lo que Adila le había dicho antes. -Pero no importa. Pero... tendrás que pedirle perdón.- La cazadora refunfuño como lo haría un niño. -Esta bien, pero que no vuelva a hablarme como si ella fuera la reina del mambo y de las camelias, tengo mi orgullo ¿sabes? No soy de piedra. A algunos nos molesta, que nos hablen como si fuéramos gente inferior, yo soy de esas personas y como podrías esperar no me iba a callar, dejando que ella insultara mi orgullo, no, yo no soy así, pero esta bien, le pedire disculpas cuando lleguemos a Darry'gor ¿de acuerdo? Tal vez me pasara un poco cuando la llame bruja y tipeja de orejas picudas, pero bueno, cuando me disculpe no importará ¿verdad? Ya habrá pasado eso y lo dejaremos estar, pero creo que se lo merecía, por lo que ya te e dicho...- La cazadora se quedó muda, cuando nos adentramos en el bosque, había un enorme incendio pero. -¡Mira Sejen, Darry'gor. Esta siendo atacado!- Eso solo hizo que espoleara la caballo para que este se diera un poco mas de prisa, podía notar los dedos de Adila incrustándose en mi cintura, estaba demasiado nerviosa, deseosa de llegar y de ayudar y yo podía sentirlos. -Pronto llegaremos allí.- Y entonces escuche un trote, pero no eran las pezuñas de un caballo. -¡Nos persiguen!- Me advirtió, pero aunque yo quisiera ir mas deprisa el animal no daba más de si. -Maldición.- Me comentaba a mi mismo, pues estábamos ya muy cerca, pero si nos alcanzaban no serviría de nada. Escuché como si una enorme criatura se tropezara, como si se hubiera caído, no me di la vuelta, mi atención estaba completamente centrada en llegar a Darry'gor. -Sejen, acércate al caballo de esos dos.- Me dijo la cazadora, quien parecía tener un plan, no lo cuestioné y le hice caso, acerqué el caballo tanto como pude al de Perik y el chico que lo acompañaba, cuyo nombre aun me era desconocido. -Perik, pásame una de esas cosas raras que le has tirado antes a los bichejos esos, yo tengo mejor puntería que tu.- El enano obedeció. -Ahí tienes, ten cuidado.- Adila atrapó esa cosa en el aire, yo quería mirar hacia atrás, pero no podía hacerlo pues podría ponernos en un riesgo innecesario y estúpido.

......

Cuando ya habíamos llegado a Darry'gor, la escena era realmente una de las mas crueles que había tenido la desgracia de contemplar, era una imagen hórrida, extendida frente a mis ojos y Adila también se sintió incomoda al verla, pues me abrazo con fuerza, preguntándose que había pasado aquí, pero no dijo palabra alguna mientras, descendíamos cabalgando tan rápido como los caballos lo permitían. -¿Que son esas cosas?- Pregunto la cazadora, supuse refiriéndose a lo que parecían cadáveres, pero estos parecían estar hinchados, confiriéndoles un aspecto mas que grotesco.
No detuve al caballo, el animal de más de quinientos kilos de peso embistió a toda velocidad a uno de los no-muertos, el cual fue reducido a poco mas que una masa de huesos y carne, ahora ya en Darry'gor seguí el caballo de Ithilwen hasta la casa comunal, donde Kadín recibió al enano eufórico por su llegada, yo no me paré a nada no era tiempo de saludar. Ayudé a bajar del caballo a la cazadora, ella seguía con el pié dolorido, ahora más por el intenso ''paseo'' en caballo. -Gracias.- Entonces la tome por los hombros y la miré a los ojos. -Escúchame bien, voy a ayudarles en todo lo que pueda, quédate en la casa comunal ¿esta claro?- Le dije con seriedad impregnada de preocupación, pero ella parecía hacer caso omiso, no obstante no la dejé ir. -No puedes pelear en estas condiciones, quédate en la casa comunal y si quieres que te presten un arco, no salgas de ahí bajo ningún concepto.- Ella asintió pero a regañadientes, un guardia que se retiraba a causa de sus heridas volvía de la batalla, yo le pedí que se llevara a Adila con el, al interior de la casa y así lo hizo. -Ten cuidado Sejen.- Mencionó ella preocupada por mi, yo asentí mientras me acercaba a Kadín. -Kadín. Perdona la interrupción ¿cuando os atacaron, había un hombre con el aspecto de un hombre anciano? Con la voz ronca y profunda, un poco mas bajo que yo. Larga barba de color níveo...- Si, estaba apurado, este lugar se podía describir como un maldito infierno, el combate estaba por todos lados pronto llegaría incluso a mi, pero Kadín dio muerte a nuestro atacante de un espadazo antes de responderme. -No recuerdo haber visto a nadie así, Sejen. Lo siento.- Asentí agradecido por la información, aunque esta no me ayudara demasiado, tendría que encontrarlo por mis propios medios.

Avancé por aquel campo de batalla, observando y viendo como a mi alrededor morían guardias y habitantes, que luchaban por su salvación, al igual que tenía que hacerlo yo.
Un gruñido desagradable, un filo cortando el aire y una cabeza que se desprendía de sus hombros, tras un corte a la altura de su cuello, uno de los cuerpos reanimados caía a mis pies, mientras otro me sujetó por la espalda, saltando sobre mi, me revolví tratando de quitármelo de encima, pero no podía, no así, en su lugar lo tome por el brazo y simulando una especie de lanzamiento marcial, lo lance contra el suelo, mi respiración agitada se detuvo en el instante en que la punta de la espada se incrusto en su cráneo atravesándolo. Por alguna extraña razón, me empezaba a sentir cómodo en una situación como esta y no era la primera vez que ocurría, odiaba esa parte de mi, algo que existe en mi no va acorde con lo que pretendo conseguir y eso me disgustaba, pero ahora no era el momento, de apaciguar ese sentimiento, ese instinto de lucha natural que tengo desde que soy joven.
Un tercer cadáver estaba a punto de alcanzarme, cuando de pronto una flecha se clavo certeramente en su ojo, atravesándole la cabeza por completo. Busqué al artífice del disparo. Adila, quien desde el segundo piso de la casa comunal en una de las ventanas, empuñaba un arco, que disparaba a cuanto enemigo veía, era un consuelo saber que me estaba cubriendo y despejando el camino, pues otros dos enemigos cayeron bajo sus disparos frente a mi, antes de tocarme siquiera, si duda alguna era una buena tiradora con el arco. Aprovechando eso, seguí hacía adelante, con menos presión que antes, pues ahora podía sentir como mi espalda estaba protegida y podría centrar mi atención, en la búsqueda del cruel pastor de espíritus.

Un nuevo atacante emergió del humo, me agache y con el hombro, lo hice volar por encima de mí haciéndolo caer detrás de mí, no le preste mayor atención, había mas guerreros, cazadores y guardias que seguramente estarían encantados de atacarle.

Un mecanismo, como el ruido de una ballesta recién disparada, observé atentamente la situación y yo conocía al tirador, era Utrek el hombre mas ''valiente'' que yo había tenido el privilegio de conocer, por quien no sentía precisamente empatía, pero bueno, ahora era un aliado, estaba luchando contra estas criaturas y eso no se lo iba a impedir, toda ayuda es bien recibida, pero al fijarme mejor, vi como recargaba su ballesta. -¡Mierda!- Dijo paseándose mientras le daba una patada al reciente cadáver. -He fallado.- Ví como se relamía los labios, mientras esbozaba una nada amigable sonrisa. -Jódete orco de mierda.- Dijo mientras apuntaba, listo para disparar contra el orco. Quizás en otras condiciones se lo hubiera permitido, pero aquella criatura parecía luchar a nuestro lado, defendiéndose de los enemigos comunes que atacaban sin piedad Darry'gor, y por su parte Utrek pretendía matar a este aliado, aunque fuera uno temporal, no se lo iba a permitir, así que corrí y mientras el desagradable cazador dejaba escapar, una pequeña risa maquiavélica, antes de que lograra apretar el gatillo de la ballesta le propiné un puñetazo en la cara, justo en la mejilla izquierda. El impacto fue tal que aun con el buen físico que Utrek lucía, fue derribado como si le hubieran golpeado con un yunque. -¡¿Que demonios crees que estas haciendo?!- El cazador que había caído al suelo, se mostraba furioso. Escupió un poco de sangre al suelo, sin importarle al parecer, se levanto. -¡Maldito seas. ¡Me cago en la raza que decidiera parirte! ¿Cual es tu problema?- Dijo desafiante, empujándome con las manos golpeando mi pecho con ambas palmas. -La otra vez ya te deje marchar bien feo, pero esta vez te vas a comer tu propios dientes, a ver si así te puedo arreglar un poco esa jeta de retrasado.- Realmente mi puñetazo por salvar al orco, ahora me había creado un inevitable problema con Utrek, quien molesto alzaba los puños. -No seas imbécil, en vez de preocuparte de mi deberías precuparte de Darr...- Ni siquiera me permitió terminar la frase, cuando su puño derecho se había incrustado en mi estómago, cortándome la respiración, sintiendo que este hombre, realmente tenía una fuerza descomunal, no pude reponerme siquiera antes de que con ambas manos, me tomara por la ropa y me lanzara contra el suelo, de paso así desarmándome pues la espada que sostenía, se escurrió de mis manos. Utrek se paso la mano por el labio, limpiando lo poco de sangre que le quedaba en estos. El rió y mientras daba cortos saltitos, alternando los píes, izquierda, derecha, izquierda , derecha hizo un gesto con los dedos, mientras yo tosía a causa del golpe. -Vamos payaso, levántate, todavía no e terminado contigo.- Yo aun no me había puesto de píe, de hecho tenía ambas manos en el suelo, pero Utrek me levantó, me puso en pie pero esta vez fui rápido, detuve su gancho de derecha, con mi antebrazo izquierdo y respondí con un puñetazo, pero era para apartarlo de mí, mas que para continuar la pelea, el se llevo la mano al labio mientras yo me echaba un poco para atrás de el, pero el se lanzo contra mi, embistiéndome a la altura de la cintura, sus brazos me rodearon pero yo no caí al suelo, ni siquiera con su impulso, pude mantenerme en pie, momento que yo aproveche para agarrarlo por la ropa y darle dos rodillazos en el pecho, obligándole a soltarme y así quitármelo de encima, pero el cazador se repuso enseguida y detuvo mi gancho de izquierda, también lo hizo con mi ataque de derecha, seguido me propinó un cabezazo aunque pude anticiparme y me dió en la frente y no en la nariz, no obstante fue suficiente para hacerme una herida, esta empezó a sangrar sin control, de hecho fue tan molesta que tuve que pasarme el brazo por la frente para quitarme la sangre, antes de que esta se deslizara hasta los ojos, pero cuando miré al frente, Utrek ya me estaba apuntando con su ballesta. -Te lo dije chaval.- Me dijo con una sonrisa, mientras se pasaba la lengua por los dientes, quitándose la sangre. -Te voy a arreglar esa cara.- Pero antes de disparar se detuvo, mientras yo intrigado miraba hacia atrás, pues una horda de cadáveres cargaba contra nosotros, rápidamente escogí, empecé a correr y tome la espada mas cercana, no sabía si al final Utrek me dispararía pero por suerte para mi no lo hizo, me puse a su lado de cara al peligro. -Muy bien chaval... estamos jodidos pero bien.- Y tenía razón, era una clara situación de desventaja para nosotros, no podíamos hacer frente a tantos enemigos. -No lucháis solos.- Irrumpió la voz de Kadín, quien estaba acompañado por varios guardias y cazadores de Darry'gor. Todos formaron una fila, un muro que pretendía cargar contra aquellos cadáveres, ahora estaba en la batalla, la verdadera batalla y el conflicto con Utrek tendría que posponerse. -¡Darry'gor despierta!- Gritó el enano. -¡A la carga!- Y fué el primero en correr de cabeza a la batalla, pero no por mucho pues todos empezamos a gritar y a correr contra la horda de no muertos que se nos echaba encima. -Kazukan ai''menu!- Gritó el enano que dirigía la carga. El momento en que chocamos el muro de defensores contra la horda de no muertos, el estruendo fue tal como si una tormenta se desatara sobre nosotros. El acero voló cortando con su filo la carne, los martillos machacaban los huesos y la sangre salpicaba, como si se estuvieran despedazando los cuerpos.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Jue Mayo 07, 2015 5:36 pm

“Este hombre… ¡Este hombre me enerva!” Cada palabra que el conde profería, alguna frase, Malina lo sentía como lanzas en sus oídos. Uno, dos, tres… Veinte veces, ese condenado castigo era peor que oír los versículos de algún libro, o las profecías de los más ancianos de la casa; no es que  no los respetara, pero difería diametralmente con lo que respectaba a sus doctrinas. Era por ello que había aceptado con toda normalidad vivir lejos del apellido principal: Lewe. Ese que le causaba tanta molestia como el ser que había dedicado gran parte del día en ignorar abiertamente su advertencia sobre mantener distancias. Mientras se deleitaba arruinando su linaje con proezas dignas de alguna ficción, Malina sostenía la cabeza con la palma derecha, mientras que la izquierda reposaba sobre la mesa, cerca de la cuchara… Qué inusitados y efímeros eran los deseos de la joven por ver aquel objeto rozar violentamente la boca del conde y qué superada se veía por aquellos sentimientos morbosos, “homicidas”, se repetía para sí con un dejo de desprecio “cuándo usted ha osado plantar un pie en la casa de Berny. ¡Cuándo!” y sin embargo, el protocolo ayudaba a que la muchacha no diera rienda suelta a aquellos pensamientos tan sórdidos, entregándole una que otra sonrisa de soslayo, aparentando amabilidad. No obstante, esos efímeros momentos solo quedaron en lo profundo de la memoria, con las fauces abiertas, por si debían volver a salir…

[***]

Ya había perdido la noción del tiempo y de la compañía cunado se situó frente al homínido encarcelado. Le provocaba un dejo de espanto, y a la vez una fascinación particular. En eso estaba cuando dejó la llave entre sus pliegues, estirando la mano para tratar de apreciarle con más detalle, cuando un acertado grito le quitó de su ostracismo...

¡Malina, no te acerques!

En eso estaba la joven, aturdida, absorta en el extraño condenado que tenían en la celda. De sopetón el sentido común regresó a su manos, la cual estaba muy próxima al hombre, una de ellas con la llave de la mazmorra,  y la otra apretando con fuerza los pliegues del vestido… Vestido que luego terminó sobre el suelo manchado, con el “conde” encima de ella y un evidente ataque por parte del vampiro, “¿Pero en qué diablos estaba pensando?” se dijo, mientras acontecía la acción, sin decir mucho, puesto que no había palabras para describir si en realidad tenía un agradecimiento para con el hombre, o una sensación de asco al sentir su cuerpo sobre ella. La respiración entrecortada, el sudor frío y el temblor de sus manos, no daban el mejor aspecto de la artista, quien más parecía un gato asustado a una mujer de alta casta – Por todos los dioses, ¡suélteme! – musitó confundida Malina para con el hombre, a quién alejó aunando todas sus fuerzas con un empujón, el cual delató la ropa ensangrentada - ¿Quién le ha hecho esto? – y por la reacción del susodicho ante la figura de Thane, la respuesta fue más que evidente, “¿él?”, perpleja quedó, manteniéndose estática. Por un momento creyó estar sufriendo de soroche, puesto que muy habituada a las alturas no era.  Se enjugo los ojos con las manos, consultando de nuevo - ¿Está seguro que… - “Enano, qué gusto volver a verte”, la voz del vampiro resonó en la mazmorra, sacando de la meditación a la joven.

Una vez más el conde daba el toque de gracia, esta vez de la forma más estrafalaria posible: usar al prisionero como defensa. Estupefacta estaba Malina, desde el fondo de la mazmorra, contemplando la escena, “la sangre lo va a volver loco” - Medite bien lo que ha... ¡Oiga!- asumiendo que el prisionero iba a tomar como alimento al conde. Fue ahí que ese pensamiento turbio volvió a hacer mella en ella, añorando, acariciándola posibilidad de quitárselo de una vez de encima. Movió la cabeza con furia, alejando la posibilidad, rectificando su actitud: - no, no era él- contestó por inercia a Vanstiel, quien degolló con sus uñas al animáculo que tenían por enemigo. Se sintió lejana, de forma brutal y violenta; se miró en los ojos del conde, estaba pálida, como si fuera ella quien derramara la sangre a caudales. Todavía, con unas pocas fuerzas, el hombre, toqueteó los ropajes de la mujer, logrando recuperar la llave, para abrir la celda e internarse dentro de ella, con el olor a metal y ajo. Esta vez su mirada era dura, como quien reprochara una conducta inapropiada – tengo varias cosas que decir respecto a usted – replicó- tuvo un acto valeroso – comenzó con sorna, con la voz temblorosa – y osó tocarme con el recato de un fanático religioso. ¿Qué clase de insano es usted? – en ese momento, la reverencia de Vanstiel, lejos de imbuirle una reciprocidad, causó un desliz, una liberación de la ira tal, que poco a poco iba tomando forma en su ceño fruncido – Sin embargo, no tengo cara para reprocharle su indecoroso comportamiento, puesto que me ha salvado – se mordió la lengua antes de acusarle con improperios poco educados. No dejaba de tener razón: le habían salvado la vida, de una u otra manera.

La vorágine de sensaciones, consumían la paciencia de la artista, quien en estas instancias, lo último que deseaba hacer era pintar algún cuadro. O si lo hacía, pretendería pedir prestada la sangre de aquel ente como fuente de color rojo. Una vez, fue bastarda, sabía lo difícil que era imaginarse semejante escenario. Permanecía estática, reposando sus aforismos insanos en la mirada depositada sobre el hombre – usted, ente falso y falto de criterio… - comenzó a hablar Lewe en un tono lejano a la armoniosa voz que había mostrado, interrumpida ahora por una seguidilla de pasos, ¿quién era ahora?

“Nada de esto habría pasado, y el vampiro aún seguiría aquí, si a la señora no le hubiese dado por hacer de aventurera.”

El rostro de Lewe se desfiguró en una clara sorpresa, la cual fue esparcida entre los presentes. ¿Qué acababa de decir? “Pero si él es quien tiene la llave en mano, ¿No resulta obvio quién abrió la celda?”, miró a los presentes, de soslayo, y las miradas acusadoras no se hicieron esperar: una a una, iban sumándole la culpa sobre sus hombros, algunos con más desprecio que otros. Incluso osaron mirar al Thane, reflejando en sus ojos la veracidad del linaje de la joven incluso. Avanzó con paso firme a su lado, bajando delicadamente, mientras el conde seguía embobado por tamaña acusación. – Usted, so pobre gaznápiro… Me las va a pagar – murmuró, aunando todo el desprecio que sentía sobre él, y esta vez sin esconderlo, ni por amor al respeto. Con un puntapié en el costado, curiosamente cerca de la herida, comenzó la iracunda odisea.

La figura del occiso no era agradable ni mucho menos consistente como para que ambos personajes no terminen inculpados de algo: para su sorpresa, el mismo Thane era quien les daba la libertad – ¿Ingrod? – el desconcierto era compartido: si era él quien estaba ahí, ¿quién era el que yacía en ese sitio. A medida que ascendían, el murmullo de personas y sus gritos, subían desmesuradamente. Malina intentó preguntar, pero el conde, acompañado por los otros, le negaron dicha posibilidad, sintió en los mismos, el peso de la pregunta ¿qué más puedes intentar estropear? En su vida se había sentido tan aminorada, ni el más alto de los condes había osado atribuirle una acusación. ¿Iba a dejarle a aquel zángano semejante oportunidad? Por supuesto que no.

[***]

De pronto, de la espaciosa casa Comunal, no quedaban más que despojos  y retazos de tela, mancillado por pies asustados: una retahíla de personas corrían, en busca de seguridad del mandamás y de sus fuerzas. En el transcurso del ascenso y con toda la batahola de sugerencias recibidas hacia su persona y “osado comportamiento”, el descontento de Lewe, no hizo más que crecer desmesuradamente: Era probable, meditaba, que le hubiese atribuido una conducta intachable y solemne a tan poco tiempo de conocerle - ¿Es que ni siquiera le va a dar el paso a esta gente, y solo se preocupa por el conde?- inquirió molesta, más que por la pregunta, por el personaje al que se refería. Observó cómo la multitud disipaba al grupo en dos, deleitándose para sus adentros con el rostro compungido y dolorido del hombre, junto al otro. Fue ahí donde perdió la noción de todo y el Perogrullo creció. A juzgar por la figura de arcilla que yacía en la mazmorra, Malina se imaginó que, ahora dentro de la “casa”, podrían deambular más entes como esos. Y sin embargo aquella conjetura no le aliviaba:sentiael peso de las miradas inquisidoras de los demás sobre ella, recayendo sobre sus hombros la “liberación” de Vanstiel; “ni aunque tuviera una evidencia gráfica, no me creerían” puesto que, claro, la palabra del hombre en cuestión valía más que la de ella, quien ni siquiera había entablado una charla con otro individuo.

De pronto un estruendo irrumpió entre los gritos: la ventana abierta dejaba caer a Noegoé sin compasión hacia el gélido suelo. Sin mediar respuestas verbales, Malina, giró al Thane para que contemple lo ocurrido - ¿Le sirve como respuesta esto? Ahora sabe dónde está – le contestó, ocultando tras el Thane una diáfana sonrisa. Pudo jurar que el conde la miró, y por ello no escatimó recursos en hacerle notar la satisfacción que ello le ocasionó. Similar a deshacerse de un trapo viejo, Lewe notó una sutil compensación ante tal injusticia. Y qué más le daba que pensaran sobre su actuar.  Se levantó y ya su rostro no mostraba una templanza inquebrantable, sino un descontento que se elevaba a puntos desquiciantes, todos claro, regidos bajo una desesperada calma. - ¿Dónde va, Thane? - Preguntó Malina, una vez que se vio caminando hacia los aposentos del mismo. Su mano temblaba, aseguraba con sorna, y temblaba más a medida que Hobb, una enana, se acercaba a pasos agigantados hacia ellos – Ella tiene razón – comentó, tratando de tomar con calma las sugerencias de la enana- ¿de verdad va a..- en ese momento, el Thane, imbuido en un pánico estratosférico, cerró la puerta, dejando a los pies de la joven, un puñado de joyas a la par que abría de forma urgente una salida extra a las caballerizas, “Azabache”, pensó con espanto Malina, quien volvió a olvidar la seguridad de la puerta, y las joyas, encausando su ira en el Thane, y en Noegoé, aunque por el último ya auguraba su anunciada muerte – No seré yo quien envíe esa carta, Ingrod- comentó con desprecio. Por fortuna, o desgracia, La puerta se abrió estrepitosamente, dejando ver la silueta de Hobb. Se aparó para dejar que le increpe como se le plazca. La sala se había, paulatinamente, convertido en un mar de alaridos y gritos, los que no diferenciaban de lo orgánico e inorgánico, como pudo comprobar Lewe en su cuerpo: el peso de las palabras que no profirió al Thane cuando pudo, se vieron traspasadas a la boca de Hobb, la cual acarreaba tras d sí el espanto de todo un pueblo, el cual no se quedó callado, arrasando con todo, con tal de llegar a las caballerizas… Y con todo, se refería incluso a sí misma quien, yacía bajo los pies de la masa. “dejaré de guardarme las cosas, ¡lo juro!” pensaba nefasta, mientras trataba de incorporarse, acoplando sus gritos de dolor con los de la gente que pasaba sobre ella. Pudo ser con burla o no, pero, en aquel momento, lo único que cruzaba por su mente era la imagen de sus parientes femeninas embarazadas, quienes acusaban frente a ella, con alegría las “pataditas” de sus hijos, “si a estas patadas se refieren…Pueden ir olvidándose de que voy a dejar descendencia en este mundo”. Aquella conjetura legró su cometido, y Malina se enjugó las lágrimas, reconfortándose en aquella soberbia comparación.

[***]

Su brazo escuálido rodeó de pronto el cuerpo de la enana, quien, expresando su opinión, trató de “orangutanes” a sus compatriotas-No pudo hallar mejor comparación, mi estimada- dijo la joven, entre jadeos, tratando de incorporarse, como las fuerzas le dieran. Posó su otro brazo alrededor de ella y le susurró – por ahora deje que me haga cargo de mis magulladuras- sonrió convencida - ¿Ve la torva enfurecida? No veo mejor guía que usted para encontrar al animal que ha despojado a su pueble de sus bienes – de ahí, Lewe comenzó a levantarse, sin esconder ningún quejido, tratando de buscar la elegancia de su vestido- con gusto, me uno a su búsqueda. Sin embargo, primero quiero buscar a otra persona - ¿Quién mejor para desembocar toda su furia que en occiso Conde? Ya no había palabra ni versículo que la hiciera cambiar de idea.

- Pero si apenas puede moverse – replicó Hobb, con evidente desesperación
- No menosprecie mi estirpe, mi señora – con el ceño fruncido, le respondió, llamándole la atención- piense que mi familia es como la mala hierba: nunca muere.
- Allá usted y sus convicciones – refirió Hobb a la mujer quien se volvió áspera en sus comentarios
- Si, allá yo y mis convicciones – respondió, acompañando a Hobb a ensillar los pequeños corceles. Buscó con la mirada al suyo: afortunadamente parecía estar ajeno a lo que acontecía, aunque sus patas se movían nerviosas – si me lo permite, y acusando mi enajenación, quisiera, como le mencioné anteriormente, ir con usted- Malina sentía una ligera extrañeza: a pesar de que una horda de enanos le había cruzado encima, y de su respirar acongojado, no podía dejar de expresarse con recato. Respiró fuerte, aquejándose de sus costillas, las que se apretó entre sus brazos, y trató de subirse al caballo, con mediano éxito – Pero antes de ello, quisiera ir a buscar algún tipo de vendaje para mí.
- Haga lo que estime más conveniente- dijo la enana – yo guiaré la búsqueda- dirigiendo al corcel, Hobb movió a todo un pueblo, mientras Malina se dirigía a buscar dentro de la casa, un lugar para aplicar un vendaje.

[***]

Reposó con la respiración agitada entre los pocos muebles que quedaban de la casa, con el corcel a su lado – Espérame aquí – ordenó la joven, mientras subía las escaleras con dificultad. A mitad de camino se detuvo - … Está abajo – masculló entre dientes, regresándose y acercando al caballo a las mazmorras, para usarlo de soporte- quédate aquí-dijo una vez más, descendiendo, despacio. Se hallaba junto al difunto de arcilla, sucio, pero con todo lo necesario adentro. Por vez primera no se abstuvo de proferir una maldición y se reprochó, con palabras poco sutiles, lo poco precavida que fue al no llevar algún tipo de calmante. Subió como pudo y se volvió a subir al corcel con poca delicadeza, rozando casi la patanería – vamos a buscarte agua y algo para mí- refunfuño, agilizando el paso del animal, tomando en cuenta su dolor de pecho.

El panorama era por menos, denigrante: una ciudad consumida por la desesperación. Ciudad cuyo dialecto no entendía del todo, y que aunaba esfuerzos en recuperar en estos instantes su dinero. Dinero a manos de un maldito insano que la trajo hasta acá. Junto a un “conde” de poca monta que no hizo más que torturarle con comentarios poco acertados - ¡Argh, qué fastidio! –gritó sin recato al cielo - ¿Merece realmente la pena buscar algo aquí?- Se dijo a si misma, deleitándose con la catástrofe. Respiró hondo, sobre el caballo, quejándose, mas esta vez era supérfluo – el frío hace bien. Ven, vamos – dijo, ignorando todo y llevando a Azabache a otro sitio, ¿pero dónde? Ya había perdido el rastro de Hobb, y preguntar estaba alejado de sus posibilidades. Repasó con cuidado el lugar, mirando algún camino que pueda seguir. Mientras temblaba de impotencia, encontró una suerte de botica, o ello creyó al ver los frascos dispuestos sin orden alguno en el suelo, junto con esoel corcel, no dudó en correr hacia allá, embriagado por el olor a hierbas, por lo que Malina le cedió la razón y no lo detuvo –veamos- se dijo, y descendió con sumo cuidado – no debí haberme aprovechado del frío – replicó para sí-… No entiendo por qué te hablo – meneaba la cabeza con una risa en la boca. Con la calma recobrada, reconoció el aroma del regalíz; un frasco roto, en cuyo interior aún quedaba un poco del líquido. Sin dudarlo ni meditarlo, Lewe tomó lo que quedaba del contenido, mostrando su rostro agrio, frunciendo los labios – Maldición – dijo, tragándose lo que quedaba del líquido de su boca – vamos, que ya no queda nada – le dijo a su caballo, tomando las riendas y buscando en el aire el sonido de alguna masa enfurecida, con la esperanza de encontrar al conde. Y no precisamente para prestarle su ayuda.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Sáb Mayo 09, 2015 1:12 pm

-Tienes razón- las palabras del djinn retumbaban sobre los muros de barro, como si los recorrieran y acabaran saliendo de ellos- debes saber a quién te enfrentas, así podrás contarle a tu dios quién te envía, orco.
Mientras el genio hablaba, sus tres figuras de barro habían dejado de combatir, entendiendo que no se debía alzar la espada mientras su amo no quisiera que la lucha se reanudara. Totalmente quietos, como si estuviesen haciendo guardia, los guerreros de arcilla iban siendo reconstruidos por la magia de su creador.
-Allá donde sea que vais los tuyos al morir,- la ira se apoderaba de la voz del formidable señor de barro- diles que te envía Golab, el más poderoso de los djinn de arcilla.

En ese momento, el propio Golab tomó la misma forma que tenían sus criaturas, mezclándose entre ellas. Ahora Mivam se enfrentaba a cuatro guerreros de arcilla, y uno de ellos, imposible de diferenciar a simple vista, era el creador de su prisión. Los cuatro guerreros tomaron con fuerza sus espadas, se pusieron en idéntica posición de defensa y, al unísono, gritaron -¡Prepárate para tu final, Mivam!

-//-

La zona al este de Darry´gor ya había sido plagada de aquellos aberrantes enemigos inflados. Pese a que la invasión vino del otro extremo de la villa, el gran número de estos había desbordado la defensa que los cazadores y la guardia enana habían formado, y ahora se extendían por todas partes. A golpe de espada y punta de flecha, Youdar y la guardia élfica de la princesa de Erinimar se encaminaban hacia el oeste, en post de reunirse con sus aliados.

Mientras Ithilwen y Pelos cerraban la marcha, Lüdriëlh y el enano la encabezaban, reduciendo en gran medida el número de aquellos enemigos, siendo función del resto de elfos acabar con las criaturas que quedaban fuera del alcance de los dos combatientes que abrían paso. A Youdar le sorprendía la destreza del elfo, y no pudo negar que se trataba de uno de los mejores luchadores que hubiese visto jamás, pero él era un enano, estaban en tierra de los hijos de la roca, y que Karzún lo condenase a la perdición eterna si aquel orejas picudas engreído acababa con más enemigos que él.

Más enemigos impedían su avance, y Lüdriëlh salió corriendo hacia ellos en busca de sangre. “¿Pero será…?”, pensó Youdar, haciendo todo lo que podía por igualar con sus cortas piernas las largas zancadas del capitán. El enano llegó unos segundos después que el elfo, y reanudaron la batalla. Se notaba que ahora estaban cerca de la zona central de la batalla, pues el enemigo les superaba por mucho en número, y ambos solo eran capaces de fijarse en acabar con más zombis inflados que el otro, perdiendo de vista la estrategia. Sin dejar de lanzar golpes en ningún momento, acabaron viéndose obligados a retroceder, y fueron rodeados de enemigos, situándose espalda contra espalda para evitar ser derribados.
-¿A quién se le ocurre cargar así, sin pensar?- dijo Youdar, mientras tiraba del brazo de Lüdriëlh, impidiendo así que uno de los pocos enemigos armados le atravesara la espalda, cuando su espada pasó sobre la cabeza del carpintero.
-Si tan mala idea te parecía, ¿por qué no me dejaste solo, kazuka?- el capitán le devolvió el favor al girar sobre la unión de sus espaldas, logrando que un zombi no alcanzase a morder al enano.
-¿Y qué digan que no hice nada para impedir tu muerte? No, señor- mientras atravesaba la cabeza de un enemigo, Youdar alzó sobre su hombro izquierdo el escudo, protegiendo el costado del elfo.
-Kazukas orgullosos, seré yo quien impida tu muerte, y la de todo tu pueblo, de paso.

Pese a los esfuerzos, el número de enemigos iba en aumento. No eran difíciles de repeler, pues eran lentos e iban desarmados, y así, espalda contra espalda, desarrollando una extraña afinidad que iba más allá de sus reproches, la paciencia se antojaba como la mejor estrategia, pues se protegían mutuamente, y la situación parecía bajo control. Así fue, al menos, hasta que llegó la voz de otro de los elfos de la guardia, quienes luchaban contra las hordas de enemigos intentando abrirse paso hasta su capitán.
-¡Lüdriëlh! ¡Ithilwen ha desaparecido!- el grito se escuchó por encima del gemido lastimero que acompañaba a los zombis, y en un rápido movimiento, elfo y enano compartieron mirada y expresión.
-¡¿Cómo?!- la urgencia se apoderó de los luchadores. Se había acabado la paciencia, se había acabado la estrategia, era hora de volver sobre sus pasos, y habría que abrirse camino golpeando al enemigo con todo.

-Poneos tras de mi- dijo Youdar, preocupado no solo por la elfa, si no también por su fiel compañero felino, a quién había ordenado quedarse en retaguardia. Cuando Lüdriëlh le dio una palmada en la espalda, haciéndole saber que estaba listo, el enano se ocultó tras su escudo de roble, y cargó hacia la masa de enemigos- ¡Kazukan ai´menu!

-//-

Vanstiel había estado observando el avance de Ithilwen, Youdar y los elfos. Esperó tranquilamente su oportunidad, oculto en la oscuridad de Darry´gor, y finalmente esta se acabó presentando cuando el enano y el capitán de los elfos fueron rodeados. Con total tranquilidad, tomó por la cintura a su presa, mientras le tapaba la boca con la otra, y se apareció tras la princesa.
-Grita para mi, Nadine- dijo tras pasar la mano que tenía sobre la boca de la pequeña divium hasta su cuello, comenzando a apretarlo lentamente. El chillido no se hizo esperar, y la elfa se horrorizó al contemplar aquella visión. De algún modo, el ser que había jurado venganza sobre ella se había hecho con quien le era más querido, y ahora su vida estaba en sus manos- Seguidme, princesa- dijo Vanstiel, tras lo cual se adentró entre las calles de la villa, entrando en una de las casas abandonadas.

Quédate atrás, pequeño, estate junto a Ithilwen”, habían sido las palabras que Youdar le había dicho a Pelos, y éste, erizado y atemorizado, se dispuso a seguir a la elfa, al encuentro de tan maligno enemigo.

-//-

-¡Chico! ¡Bediam!- Perik movía el cuerpo de Bediam, quien parecía estar dormido. El anciano enano escuchó un pequeño estallido, y Nikochis se apareció a su lado. Al mismo tiempo que el folklerien hizo su aparición, por arte de magia, los enemigos comenzaron a evitar acercarse a la zona donde estaban los tres- ¿Qué le has hecho?
-Le he dado un descanso, se le veía realmente fatigado… tanto estrés no puede ser bueno para la salud- el rostro del alquimista se torcía en ocasiones y, si realmente estaba teniendo un sueño, no parecía uno muy agradable.
-¿Qué estás haciendo con su mente?- Perik había visto lo suficiente del hombrecillo como para saber que de poco serviría atacarle con su hacha, pero aún así la ira se apoderaba de él, y sujetaba esta con fuerza.
-Dirás EN su mente. La diferencia es sustancial, yo no estoy haciendo nada con su mente, nadie puede, ni los dioses podrían, viejo, incluso tú debes saberlo. No se pueden hacer cosas con la mente de nadie, no, no, no. Pero si se pueden hacer cosas en la mente de alguien, y son tan divertidas…- Nikochis miraba a Perik sonriendo de oreja a oreja.
-¡Responde de una vez! Me da igual que sea con su mente o en su mente, para mi es lo mismo, ¿qué le está pasando?- estaba a solo un impulso de intentar decapitar a la criatura, sin importarle las consecuencias.
-Te contestaré- dijo este, aburrido de que Perik solo preguntase por lo mismo una y otra vez- Él se creyó muy listo, y ahora está intentando demostrar si de verdad lo es. Estamos jugando a un juego de ingenio… algo en lo que tú perderías pronto, viejo, sin duda.
-¿Estáis jugando a algo… en su mente? Déjame ayudarle, ¡méteme en tu estúpido juego!-
-Dicho y hecho- y, al chasquear el folklerien sus dedos, Perik también cayó en un profundo sueño.

-//-

Aún molesto, Utrek había vuelto a la batalla. Parecía que para sobrevivir a aquel día iba a tener que centrarse por completo en los zombis, y que Sejen y los orcos iban a tener que esperar a otro momento. Aún así no le quitaba el ojo de encima a su contrincante de minutos atrás. Todos luchaban con furia, menguando las aparentemente infinitas huestes del enemigo, y de repente vieron una especia de haz luminoso caer desde el tejado de la casa comunal. Incluso los zombis, carentes de entendimiento, se confundieron con aquel extraño fenómeno y, cuando Utrek se centró de nuevo en la batalla, no había rastro alguno de Sejen.

De lo que el repulsivo cazador no se había percatado era de que, durante la distracción producida por la extraña figura de luz, Roich se había dejado ver ante Sejen, desafiándole a un segundo encuentro entre ambos. Con aquella voz grave, el brujo no se había demorado en invocar a Támau, algo alejado de la batalla principal, dispuesto a gozar de algo de tranquilidad y soledad para llevar a cabo el duelo que tanto ansiaba.
-Támau, yo te invoco, ahí tienes a tu enemigo.

Tenía que ser esta música:

-//-

A lomos de Azabache, Malina buscaba por todas partes a Noegoé, sin saber que el falso conde había abandonado para siempre Darry´gor. Sin embargo, tras dar un rodeo buscando en la lejanía del pueblo, se encontró frente a sí al thane Ingrod, quién huía a pie de la turba que lo buscaba, encabezada por Hobb.
-Tenemos su rastro, huye hacia el sur- se pudo escuchar la voz de la enana

Ingrod tiraba del pesado cofre repleto de oro y joyas, y solo se centraba en poner distancia entre él y su pueblo. En un desesperado intento de salir de aquella situación, se metió cuantas joyas pudo entre los ropajes, y cambió de rumbo, yendo de cara hacia los zombis, confiando en que un simple enano solitario no llamase la atención, mientras que una turba enfurecida si lo haría.
-Ojalá pudiésemos salir todos vivos y ricos de esta, pero me temo que si tengo que elegir entre salir todos vivos y pobres, o que muráis vosotros y yo quede rico, me quedo con esta última- murmuró para sí el thane, mientras corría entre la nieve, sin percatarse de la cercanía de Malina.

-//-

En la Casa Comunal, defendiéndose como podía de los pocos zombis que lograban traspasar las puertas, Adila estaba atónita. Una luz cegadora había caído desde el tejado y, entre estallidos, había llegado hasta donde ella estaba. Entonces se dio cuenta de que se trataba de aquella bruja que los había encerrado, que luchaba lanzando hechizos sin parar contra el viejo consejero del thane. Incluso en aquella rápida lucha algo se hizo patente, el aspecto de Lenxer ya no era el mismo. Cuando llegaron a Darry´gor, el mago tenía los típicos rasgos de un elfo, sobretodo sus características orejas, mientras que ahora estas habían tomado la forma de orejas humanas comunes, y una extraña forma se podía ver en los ojos del anciano, similar a la que mostraban los de la mujer contra quien combatía.
-No os preocupéis, Adila, nuestros hechizos no pueden causarle ningún daño a los mortales- dijo la bruja, aunque Adila tenía ciertas dudas de que eso fuera cierto, pues la magia con la que se atacaban el uno al otro rebotaba, y los zombis a los que acababa bañando morían en el acto.

Lenxer y Ananke volaban, literalmente, sobre el suelo de la Casa Comunal, lanzándose haces de luz con sus manos, que parecían quemar al otro allá donde le tocaban. Adila preparó su arco, dispuesta a disparar a uno de los dos, ¿pero a quién? La mujer que los había apresado ahora parecía estar de su lado, por como se había dirigido a ella, mientras que el anciano, que había aparentado ser aliado, ahora se veía dispuesto a arrasar la ciudad entera.
-Nunca fuiste rival para mi, Ananke- decía Lenxer, quien había unido sus manos, haciendo que una gran bola luminosa saliera de ellas. Ésta fue detenida por las manos de la mujer, que emanaba energía, luchando por evitar que ésta impactase en su torso- Siempre fui la mano derecha del Señor, su siervo más fiel, el mejor de sus cuatro hijos. ¿Quién eres tú, eh? Tan solo una mala hermana, una mala hija que se revela contra los deseos de su padre- Ananke logró desviar aquella fuerza brillante, enviándola contra el tejado de la Casa Comunal, que se desplomó sobre ellos. En un acto reflejo, Adila soltó la cuerda del arco, saltando a un lado, pese a su tobillo herido, para evitar ser aplastada. Se levantó una gran humareda, y la cazadora sintió algo caer sobre ella, pero no se trataba de duras rocas, no, si no del cuerpo de una persona. La bruja se encontraba sobre ella, impidiendo que fuera aplastada.
-Salid de aquí- dijo, con gran esfuerzo, Ananke. Adila se arrastró hacia fuera de los escombros, lamentándose profundamente al notar que del estómago de aquella poderosa mujer caía sangre abundantemente, pues la propia flecha de la cazadora se había clavado en él cuando Ananke fue a salvarla.

La humareda se deshizo, y Lenxer caminó lentamente hacia su hermana, que se encontraba aplastada por un gran muro caído.
-Nunca has tenido oportunidad alguna de vencer, Ananke- dijo, subiéndose sobre la carga que presionaba el pecho de la mujer, aumentando su agonía- Mira a tus aliados, y mírate a ti misma. Estaba claro que padre te quitaría tu inmortalidad tras tu traición, pero ahora has renunciado a ella tu misma, al salvar de la muerte a una insignificante mujer. ¿Sabes? Creo que hasta me das algo de envidia… ¿crees que padre me devolvería el Don si renuncio a él para enfrentarme a ti en igualdad de condiciones?

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Jue Mayo 14, 2015 1:03 am

-No eres tan inútil chaval.- Decía Utrek, quien no perdía sus ganas de hablar, ni cuando las vidas de todos estaban en peligro, la batalla se encrudecía cada vez más, extrañamente podía notar como hervía mi sangre, mi ascendencia vikhar, como si esto fuera normal, o fuera el lugar en el que debo estar, pero yo no era así, no quería ser así.
La espada que ahora empuñaba, se hundió en el cuerpo de otro zombi, evitando que este llegara a alcanzarme, Utrek se encargo de decapitarlo, al parecer ante la adversidad si sabía colaborar, un poco al menos. Kadín gritó que avanzáramos, alzando la espada al aire, en sus palabras pude sentir el fervor y el valor del pueblo de los enanos, duros como rocas, valientes como héroes de leyendas, su escaso tamaño muchas veces, hacía que quienes no los conocían los menospreciaran, pero en momentos como este, uno puede agradecer que sean los enanos quienes te den su ayuda.

Blandí la espada con un corte horizontal, tratando de segar la cabeza de una de las criaturas, cuando de pronto, todo cambió. Ya no estaba en Darry'gor, era otro lugar, hacía frío y el cielo era oscuro, como si todas las nubes no fueran más que ceniza surgida de un volcán. Llovía, una enorme tromba de agua, gotas tan gruesas como mi dedo índice pero, esta no se acumulaba en el suelo, no estábamos en el mundo normal, la sensación era distinta, aquí uno no sabía si sentirse dormido, vivo o incluso muerto. -Hola chico. Volvemos a vernos.- La voz ya me era inconfundible, se trataba de Roich, el chamán oscuro que tenía cautivos a dos espíritus. -¿Tu me has traído aquí?- Roich sonreía. -Así es, un verdadero duelo entre pastores de espíritus, no debe darse en un lugar como Darry'gor. Tranquilo, tu cuerpo esta a salvo.- Su voz denotaba felicidad, estaba contento de traerme aquí, al mundo de los espíritus y como el era el anfitrión, este lugar tan solo tenía un aspecto lúgubre y nostálgico, al verlo recordé el sitio donde vi a Támau y su hermana, solo que ahora aquel prado verde y extenso, era un páramo fangoso y oscuro.

-Támau, yo te invoco, ahí tienes a tu enemigo.-

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Adila estaba en el segundo piso, disparando el arco sin parar, con una precisión pavorosa, objetivo que fijaba objetivo acertado, como si estuviera poseída, pero en realidad y aunque después lo negara, lo único que quería era moverse, hablar y protegerme, pero sabía que con el pie como lo tenía, no podía estar en mitad del fragor de la batalla, con lo cual se concentro plenamente en ser precisa con el arco.
Su concentración se rompió al momento, en que escuchó una especie de explosión, seguida de una luz cegadora, la cazadora no pudo hacer sino que protegerse con el brazo derecho los ojos, hasta que la luz menguara y le permitiera ver que era lo que estaba ocurriendo. -¡¿Que diablos?!- Se preguntó en voz alta, intrigada y asustada por la situación, pues no lograba comprender mas allá de lo que veía frente a ella. Cuando abrió los ojos estos se abrieron como platos, llenos de sorpresa. -¿Lenxer?- Aun con su aspecto cambiado, la joven fue capaz de distinguirle e identificarlo ¿Que significaba esto? -No os preocupéis Adila, pues nuestros hechizos no pueden infligir daño alguno a los mortales.- Dijo Ananke a quien la muchacha ya la había apodado como bruja mugrienta y un sinfín, de términos peyorativos, por supuesto no la creía mas cuando veía que esa magia extraña, rebotaba y zombi que tocaba, zombi que sucumbía a la muerte. -Claro... y yo me lo creo.- Comentaba sarcástica, mientras un ultimo ataque por parte del consejero del thane era redirigido contra el tejado, produciendo que este se desplomara. Adila saltó hacía un lado, intentando protegerse por supuesto, a pesar de su tobillo lo importante era su vida y aunque estuviera lesionada, eso no le impediría intentar ponerse a salvo, aunque antes de esto, ella había disparado su arco.

Se alzó una cortina de humo, a causa de los escombros, la cazadora ahora se arrastraba entre lo que quedaba de la casa comunal, ella tosía por el polvo que le dificultaba algo la respiración, todo era un caos, de un momento a otro la situación había cambiado por completo, pero estaba viva y esa bruja era la responsable de ello, así que se acercó a los escombros, empezó a moverlos sin importarle donde estaba Lenxer, ahora su mente estaba centrada en encontrar a esa salvadora y así lo hizo, pero por un momento casi prefería no haberlo hecho, podía ver una herida que sangraba justo en el abdomen, producto de su disparo erróneo. -O no.- Dijo mientras miraba de cubrir la herida de alguna forma, pero Lenxer irrumpió, diciendo un montón de cosas que para ella no tenían sentido, pero ahora estaba muy enfadada. -¡Suéltala ahora mismo, no la toques!- Ordenó Adila con enfado, estaba dispuesta a luchar con Lenxer aun sabiendo que no tenía posibilidades, ella era así, impulsiva y cuando la sacaban de quicio era como si apartara sus preocupaciones, dejando lugar solo a una valentía mayor de la que podía corroborar. El ex-consejero del Thane la miró con desprecio. -Por ti no merece la pena perder mi don... adelante, intenta salvarla, ahora ella es tan insignificante como tu.- Dijo menospreciando a Adila, algo que a ella le crispaba los nervios, pero lejos de ponerse a pelear con el, intento mover los escombros que tenían aprisionada a la bruja.

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-Vamos pastor de espíritus. Demuéstrame lo que sabes hacer, no me decepciones.- Dijo el cruel chamán paseándose, mientras Támau gruñía desafiante, obligado a luchar contra su voluntad. -Perdóname Támau.- Dije disculpándome con el espíritu, pues solo hay una forma de enfrentar a alguien como Roich, mi mano derecha arrancó el tótem que había tallado de Matoska. -Matoska...- El artefacto de madera se ilumino y frente a mi, apareció el gigantesco oso blanco, puesto sobre sus patas traseras rugiendo con ferocidad, mientras el cielo se iluminaba con relámpagos y el ambiente se tornaba ensordecedor a causa de los truenos, el mundo de los espíritus es impredecible, sobretodo en manos de aquellos que solo quieren perturbarlo como Roich. -¡Ataca!- Ordenó y el glotón sin vacilar se lanzo en dirección al oso polar, sin mostrar miedo alguno a pesar de su inferior tamaño y fuerza, pero el mas grande no es siempre el mas fuerte.
El glotón esquivo a Matoska, instigado por el maligno portador de espíritus su objetivo era yo y no otro, yo lo esquive preocupado y cuando se volvió a lanzar contra mi, el oso polar se interpuso con un rugido, lanzando zarpazos alejándolo de mí. Yo centré mi vista en Roich, quien esbozaba una desagradable sonrisa. -Sejen...- Dijo el lobo espectral, pero entonces el pastor oscuro, lanzo una bola de fuego que pude esquivar rápidamente. Entonces empece a correr y Hanwi me seguía en paralelo. Sentí algo en mi mano, de pronto estaba sosteniendo mi lanza ritual. -¿Pero que...?- Me preguntaba sin saber que estaba ocurriendo. -Escucha portador, aquí, en este lugar, nada es lo que parece ser, si no lo que quieres ser. Concéntrate.- Me aconsejo, pero ahora estaba ocupado tratando de evitar que Roich me calcinara, con lo que no sabía bien a que se refería, no obstante al menos ahora tenía una lanza, tenía que aprovecharme de ello pero era algo prácticamente imposible ¿como iba a acercarme a Roich, si el me estaba lanzando bolas de fuego sin cesar?

Escuché un golpe seco, Matoska se había caído al suelo, probablemente a causa de Támau, el coraje de este era sin duda para reverenciar, seguramente aprovecho el tamaño del oso polar en su favor pero... Matoska es un guerrero y no da su brazo a torcer nunca, menos cuando se trata de protegerme. Támau aun obedecía la orden de Roich y se lanzo contra mi nuevamente, pero esta vez antes de llegar siquiera a necesitar esquivarlo, el oso polar lo golpeó con su zarpa alejándolo nuevamente, aunque no me gustaba ver a dos espíritus herirse esto era necesario, pues hasta que no derrotase a su portador, Támau seguiría obedeciendo y atacándonos. -¡Roich!- Exclamé cargando contra el, preparado para abatirlo con la lanza, pero el frenó mi avance obligándome a evadir otra vez las diversas bolas de fuego que me enviaba. -Recuerda Sejen, nada es lo que parece en este lugar.-
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