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Cacería de la Vieja Escuela

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Dom Mayo 17, 2015 12:53 pm

Era superior a sus fuerzas. Al aspirar, miles de esporas entraron en sus pulmones, adhiriéndose a todas partes, envenenándolo. ¿Pasarían a su sangre? ¿A su cerebro? ¿A su corazón? Ya notaba las setas creciendo por todas partes dentro de su cuerpo, alimentándose de él. Sintió una fuerte presión en la nuca. Oh, dioses… ¿le estaba devorando el cerebro? La vista se le emborronó y se tambaleó. Los tentáculos de la seta iban profundizando dentro de él, buscando, buscando…

¿¡Llegarían a su alma!? El cuerpo le hormigueaba y de pronto ¡Zas!, su cuerpo dejó de responderle. Se desplomó contra un tupido manto de hongos. Los tenía pegados contra la cara. No podía parar de respirarlos, de intoxicarse más y más. Se esparcirían por todo su cuerpo y le usarían como alimento, crecerían sobre él. Respirar empezó a costarle un esfuerzo terrible y…

-Venga, venga –dijo Nikochis-. ¿Tan rápido te das por vencido?

… las fuerzas le iban abandonando poco a poco, arrebatadas por aquellos seres infernales que…

-Chico, estás exagerando –se quejó el folklerien.

… no pararían hasta convertirlo en una pila de huesos…

-¿Me estás escuchando? –inquirió.

…muertos, inertes, sombríos, acabados…

-Esto empieza a aburrirme –confesó Nikochis-. Me voy a dar una vuelta.

… así acababa su aventura, nunca descubriría cómo funcionaba el aleb, ni volvería a ver a Kheme, ni salvaría Darry’Gor, ni…

-¡Chico! ¡Bediam! -bramó Perik desde el otro lado.

¡Paf! A su lado apareció Nikochis, muy teatral, como siempre. Echó un vistazo irritado a los monstruos que acosaban al enano y éstos se apartaron. Nadie volvió a acercarse a ellos, como si algo les empujara a alejarse.

-¿Qué le has hecho? –inquirió Perik con rabia.

Nikochis sonrió y se encogió de hombros, enigmático.

-Le he dado un descanso, se le veía realmente fatigado… -comentó- tanto estrés no puede ser bueno para la salud.

¡Perik! ¡Sálvame! ¡Socorro! ¡No puedo respirar!

-¿Qué estás haciendo con su mente? -preguntó Perik, sujetando su hacha con fuerza.

-Dirás EN su mente –le corrigió el folklerien-. La diferencia es sustancial, yo no estoy haciendo nada con su mente, nadie puede, ni los dioses podrían, viejo, incluso tú debes saberlo. No se pueden hacer cosas con la mente de nadie, no, no, no. Pero si se pueden hacer cosas en la mente de alguien, y son tan divertidas…

Nikochis miró a Perik sonriendo de oreja a oreja.

Responde de una vez! Me da igual que sea con su mente o en su mente, para mí es lo mismo –le gritó- ¿Qué le está pasando?

-Te contestaré -dijo este, aburrido de que Perik solo preguntase por lo mismo una y otra vez-. Él se creyó muy listo, y ahora está intentando demostrar si de verdad lo es. Estamos jugando a un juego de ingenio… algo en lo que tú perderías pronto, viejo, sin duda.

-¿Estáis jugando a algo… en su mente? –murmuró- Déjame ayudarle, ¡méteme en tu estúpido juego!

-Dicho y hecho -canturreó Nikochis.

Chasqueó los dedos y ¡Paf! Perik apareció a su lado, mientras su cuerpo se desplomaba en Darry’Gor. Tardó unos segundos en equilibrarse y superar el aturdimiento, pero en cuanto lo hizo y vio a Bediam, corrió a socorrerlo.

-¡Chico! –gritó- ¿Estás bien?

El alquimista no respondió. No podía. Su cerebro estaba siendo devorado por aquellas criaturas y ya apenas le quedaban fuerzas para pensar…

-No te molestes, no va a contestar –masculló Nikochis.

El enano buscó al folklerien con la mirada, pero no estaba allí.

-¿¡Qué le has hecho!? –bramó.

-Pse, nada –se defendió-. El reto es encontrar una seta comestible, pero no parece muy por la labor de buscarla.

-¿Has comido alguna seta venenosa? –le preguntó al alquimista. Pero no hubo respuesta.

El enano destilaba furia.

-¡¿Qué clase de reto de ingenio es éste?! –aulló.

-Ah, ¿no lo sabes? –le picó Nikochis-. Tiene fobia a las setas. Qué ser más racional, ¿eh?

Perik levantó a Bediam y se lo cargó al hombro, alejándolo de su miedo.

-¿Y tú idea de un juego de ingenio es llenar todo de setas venenosas? –le increpó el enano-. Más parece una tortura.

La estridente risa del folklerien resonó por todas partes.

-Si tú supieras… -canturreó.

El enano frunció las cejas y miró a su alrededor. Había muchas setas, todas ellas muy distintas. No reconocía ninguna de ellas. No era ningún experto en la materia, pero le extrañaba no ser capaz de reconocer ninguna. ¿Tal vez no eran setas reales, sino invenciones de aquel ser? Sin pensárselo dos veces se agachó, arrancó una del suelo… y se la comió de un bocado. Esperó unos segundos, pero no pasó nada. Volvió a agacharse, arrancó otra y se la comió. Tampoco pasó nada.

-¿Son todas comestible? –dudó el enano.

¿…?

-¡Sí! –exclamó Nikochis, entusiasmado- ¿No te parece irónico? No podía haber reto más fácil y aun así no ha sido capaz de superarlo.

¿… todas eran comestibles?

-Eso no ha estado bien –le reprendió el enano.

¿… no eran venenosas?

-Vamos, ¿no te parece ingenioso? –insistió el folklerien- Bah, los enanos no tenéis sentido del humor.

¿… no iba a morir?

¡Paf! Todo volvió a la blancura infinita. Las setas desaparecieron, dejándoles de nuevo solos.

El aire irrumpió en sus pulmones con fuerza y Bediam empezó a toser compulsivamente.

-Tranquilo, tranquilo –gruñó el enano, sin dejar de vigilar.

El folklerien se materializó junto a ellos, y esperó con una sonrisa a que el alquimista dejase de toser y se recuperase. Un sudor frío le bajaba a Bediam por la espalda, pero su mente se despejó y volvió a recuperar el control sobre sí mismo. El enano avanzó hacia Nikochis, pero al tratar de agarrarlo, sus manos le atravesaron, como si estuviese hecho de humo.

-¡Eres un monstruo! –le reprendió Perik.

El folklerien le ignoró completamente y se acercó al alquimista, que empezaba a incorporarse con dificultad.

-Bueno, ya sé que opina el barbas del reto –comentó-. ¿A ti qué te ha parecido?

Bediam miró a Nikochis a los ojos. Y se sorprendió. No vio en ellos sadismo y mucho menos maldad. Quería aceptación. Quería reconocimiento. Quería dejar su huella en el mundo. Quería ser parte del mundo. Y, de pronto, vio la ironía del reto y lo ridícula que había sido su reacción.

Soltó una carcajada. Le había pillado por completo.

-Muy ingenioso –admitió.

La sonrisa del folklerien cambió de una sarcástica y petulante a una más cálida y sincera. Los ojos de los dos seres se encontraron.

-Vaya, gracias –murmuró Nikochis, algo aturdido.

-Aunque me lo has hecho pasar realmente mal –puntualizó Bediam.

La sonrisa del folklerien se esfumó. Miró atrás y vio a Perik, que estaba en guardia.

-Bueno, ¿seguimos? –sugirió el alquimista.

-¿…qué? –murmuró el hombrecillo, confundido.

-Otro reto –insistió Bediam-. ¿O crees que Perik y yo juntos somos más listos que tú?

-Nadie es más listo que yo –aseguró Nikochis-. Este reto no lo superaréis ni en un millón de años.

Chasqueó los dedos y ¡Paf! Del suelo emergió una pequeña pirámide, que apenas levantaba un metro del suelo. De la mano del folklerien apareció un huevo, que le tendió al alquimista.

-Tenéis que conseguir mantener éste huevo en equilibrio sobre la pirámide sin romperlo –explicó-. Pero solo podéis pedir una cosa cada uno. Y no os podéis decir nada entre vosotros.

Bediam cogió el huevo y lo examinó. Era completamente normal.

-Nikochis…-le reclamó-. Si superamos este reto… ¿me contestarás a una pregunta?

El folklerien le miró con cautela.

-No lo vais a superar –aseguró.

-Entonces no tienes nada que perder prometiéndolo –replicó el enano.

Nikochis bufó, pero aceptó. En los otros retos el hombrecillo había desaparecido y había observado desde todas partes, pero esta vez permaneció con ellos. Su mirada no era tan desafiante, era más… curiosa. Divertida. Para él todo aquello era un juego. Todo, incluso el asalto a Darry’Gor y toda aquella caótica cacería.

Y entonces Bediam se dio cuenta que no estaba ante un enemigo. Estaba ante una criatura que era ajena al bien o al mal, y que tanto podía ayudar a un bando como al otro.

Solo había una forma de ganar aquel juego mental, y no era superar todos los retos.

La única forma de ganar era convencer a Nikochis de que su bando era más interesante que el del anciano.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Lun Mayo 18, 2015 7:47 am

Despacio, a la vez que enfurecida, la imagen de Malina, contrastaba con el ruin aspecto de la ciudad: con su cabello largo al viento, sobre su caballo, la mujer fue recuperando toda la vitalidad perdida a los pies de los enanos y ahora iba en busca del hombre que le hizo pasar todas esas infames calamidades, preparada para ajustar cuentas por las buenas. O por las malas. Por sus sienes se dibujaba el aspecto derrotado del “Conde”, a quien ya figuraba derruido, sobre la nieve, o en el mejor de los casos, siendo maniatado y acosado por una de las figurillas de arcilla que horas atrás, habían causado mella en la presencia de Malina. Suspiró pesadamente, despejando la culpa que recaía sobre sus hombros; Sabía que, tarde o temprano, todo volvería a salir a la luz. Era imposible ocultar algo así. Cada palabra lo había ido acercando a lo innombrable, a lo terrible. A aquello que llevaba tratando de reprimir. Su temple sereno se iba despojando del frente, dejando uno más severo y brutal “digno de Lewe”, pronunció convencida que no podría escapar de sus raíces.

“Ya no puede seguir huyendo”. Notó que el aire de la mañana le inundaba los pulmones mientras cabalgaba tan rápido como podía. El corazón le bombeaba en el pecho. No quería ir, pero tenía que hacerlo, quería hacerlo. De modo que decidió dejarlo al arbitrio del azar- más rápido- dijo, y asió al caballo con tal vehemencia que usó sus manos para darle más bravura al galope. Nada. El conde había desaparecido, como si la tierra hubiera sido generosa y le guardara un espacio previo en sus entrañas. Detuvo al caballo y dio un giro, observando atónita, “no, no está aquel engendro infeliz”. Se escuchó a sí misma de forma obtusa, por lapsos se desconocía y luego se acomodaba en la furia evocada. ¿Quién creería que una dama pudiera proferir semejantes barbaries? Nadie. Excepto Hubert, su esposo, quien ya conocía de una u otra forma las andanzas de su mujer, y no le negaba las puertas para ello. Aquel inusitado cómplice que la vida le entregó, en su momento, ayudó a apaciguar la vorágine de sensaciones que emanaban… Pero no era momento de perderse en recuerdos que ya no tienen sentido.

La larga melena de la mujer se balanceaba rítmicamente por su espalda mientras recorría con la mirada el lugar. Nada era lo que parecía. No estaba bien y, aun así, era lo correcto. Enmudeció de repente. Algo en la lejanía, se movía con lentitud, una desesperante lentitud - ¿Thane Ingrod? – preguntó al aire. “Tal vez no esté el Conde para ajustar cuentas, pero tampoco tengo nada que perder con ese sujeto” increpó para sus adentros. Acomodó su estuche y cabalgó con rapidez, sintiendo el peso del tiempo sobre su espalda. Procuró guardar distancia, deleitándose con la acción de Ingrod de guardarse las joyas. A lo que sonrió y no pudo evitar dejar escapar una risa delicada, pero fría - ¿Cómo le va, Ingrod? -  Ambos comprendieron que ya había pasado todo. Que terminaría allí, aunque aún les quedara tanto por hacer, por ver, por vivir. Al mismo tiempo, aquello entrañaba cierta proporción de justicia.- Ingrod, usted no se ha ganado la buena vida que ha disfrutado. No se la merece. No después de esto – enunció con burla hacia el hombrecillo, resuelta a dictar un poco de justicia. “Tenemos su rastro, huye hacia el sur”, la conocida voz de Hobb se escuchaba débil a lo lejos, con la horda enfurecida a sus espaldas – Vienen a por usted- resopló hacia el Thane, moviendo su caballo, para evitar que continúe avanzando. La respuesta no se hizo esperar.

La mujer intentó recuperar el control sobre sí, pero era como si la hubiera absorbido una profunda fosa y no tuviese la menor oportunidad de salir, y ver que la horda se acercaba, a la par que Ingrod se alejaba reforzó aquella sensación - ¡Miserable granuja, cómo se atreve a traerme a este calvario! – Ingrod, rápidamente se dio la vuelta, con el rostro impávido, acomodándose la mayor cantidad de joyas en los bolsillos. Fue ahí, en ese momento cuando la respiración se le cortó, y sus oídos dejaron de recibir los sonidos de afuera: todo su ser se centró en Ingrod, las joyas, y su descomunal descontento. No se escuchaba, mas veía su concepción distorsionada de la periferia. El calor del caballo y el vaho que expulsaba desde su nariz, su negra y larga crin moviéndose con agresividad contra el viento. Sospechó que pudieran abrigarse tales sentimientos por una persona…

“Mali, Mali…
¿Malina? Oh tu rostro se ha vuelto a tornar sereno… ¿Me escuchas?”


Una voz lejana le devolvía un trozo de conciencia, la transparencia del sonido le hizo entender que solo se albergaba en su cabeza, porque el alarido despavorido del Thane, a quien oía lejano, no podría ser. Azabache se hallaba sostenido por sus patas traseras, alzando las delanteras y a su ama en una prolija sincronización de acciones: Descendió de forma limpia, despojando al Thane de gran parte del botín, dañando sus manos.

“Malina, por favor, ¿Por qué no te sientas y recuerdas?”
“Ah sí, evocar”
“Sí, sí, pero lentamente, ¿qué te parece?”


Malina meneó la cabeza. La realidad se le escapaba de las manos y ella quería dejarla ir y perderse en la oscuridad que sabía la aguardaba. Una oscuridad cálida y agradable que la envolvería para siempre si ella se lo permitía. Regresó al exterior, dando un respingo, e Ingrod se hallaba sentado en la nieve, temblando, disgregando toda su grandeza en movimientos erráticos, tratando de acertar a las patas del caballo- Atrás – sentenció con propiedad. Y a lo lejos vio un grupo heterogéneo avanzar a galope veloz, y supo que no podía dejarse llevar. Repuso, sonriendo – mira quiénes vienen – y haciendo un movimiento de cabeza, le indicó la llegada de su gente.Con pulso vacilante, mantuvo las riendas de su caballo: las manos le dolían por el frío y el frenesí. Se había bloqueado y el alma iba regresando, delicadamente a su cuerpo, como solía llamar a esa etapa de desgano posterior a sus arranques de ira.

Alzó la mano para llamar la atención de Hobb, balanceándose delicadamente sobre Azabache, en ese momento, si Ingrod hubiera deseado moverse, sabía que se le abalanzarían más de uno de sus habitantes al hombro. Por otro lado, Malina era consciente de que sus fuerzas distaban mucho de la de aquel hombrecillo, por lo que, lastimarle vagamente las manos no era más que el roce de una pluma, según entendió – no valdrá la pena, desquitarme contigo – le dijo, dando marcha al corcel para reunirse con Hobb.


Última edición por Malina el Lun Jun 22, 2015 2:24 am, editado 1 vez
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Lun Mayo 18, 2015 9:14 pm

-¿Cómo van las cosas, esclavo?- preguntó Barbatos a uno de sus esqueléticos sirvientes mientras se asomaba de nuevo a ver el transcurrir de la batalla. Se había retirado a descansar, ya que el uso del Reilgán le había agotado, pero ahora estaba listo para pasar a la acción.
-Las cosas no van del todo bien, a…amo- ¿Cuan grande podría ser el poder de Barbatos como para atemorizar a un montón de huesos que solo se mantenían en pie mediante magia?- Los carnosos inflados no están siendo rival para los defensores de Darry´gor.
-Comprendo- el señor de los monstruos se rascó con su índice la calavera que tenía por cabeza- ¿Y mis generales?
-Golab está luchando contra uno de los guerreros, se ha encerrado a sí mismo tras un grueso muro de barro. Nikochis y Roich están luchando en otros planos. Ninguno de ellos ha concluido su batalla- el esqueleto había olvidado a propósito mencionar al cuarto de los generales de su señor, con la esperanza de que no tuviese que responder de los actos del Lord Vampiro, pero la omisión no pasó desapercibida y Barbatos se giró hacia su esclavo, mirándolo muy fijamente con sus cuencas sin ojos, de un brillante azul.
-¿Qué es lo que ocurre con Vanstiel?
-Señor, Vanstiel, él… ha desobedecido el plan. No está participando en la batalla del modo que se le fue ordenado por su excelencia- el esqueleto hizo un intento de inclinarse ante su amo, en señal de respeto, pero Barbatos no le dejó. Con solo un gesto de su mano, el huesudo esclavo se puso rígido y sus pies se separaron unos centímetros del suelo.
-¿Pretendías ocultármelo? ¿Para qué os tengo a vosotros, eh? Ya se que de Vanstiel no me puedo fiar, ni de Nikochis, ni de Roich… pero para algo estáis vosotros, mis leales súbditos, que nunca me ocultáis nada, para algo soy yo quien os mantiene con vida ¿verdad? Ha llegado el momento de que yo me una a la batalla, soldado, y tú tendrás el honor de formar parte de mí- de entre sus oscuros ropajes, Barbatos extrajo el Reilgán, e hizo que la poderosa piedra se iluminara. Al instante, el sirviente comenzó a deshacerse, y, sollozando de puro dolor, se convirtió en una informe masa blanquecina, que se dirigió hacia el cuerpo de su señor. En cuanto Barbatos absorbió al esqueleto, su propio ser brilló durante unos segundos que parecieron eternos. Cuando la luz se extinguió, se podía apreciar claramente como el señor de los monstruos era más grande y resultaba mucho más terrible que segundos atrás.
-Vamos- dijo a todo su huesudo ejército, el cual llevaba el día entero esperando la orden- Pongámosle fin a esta batalla- Y así, el grupo de seres desprovistos de carne comenzó a marchar hacia el centro de Darry´gor.

-//-

Youdar, oculto tras su escudo, cargó contra la horda de enemigos, con Lüdriëlh tras él. La fuerza del enano, y el poco equilibrio que parecían tener aquellos no-muertos hizo que la estrategia resultara, ya que, en cuanto el roble golpeaba en sus extremidades inferiores, estos caían al suelo, donde el veloz elfo los remataba al pasar.
-Esos no cuentan- dijo el enano en una de las muchas pausas que debieron hacer en su recorrido, pues los zombis los rodeaban, y los que se acumulaban en el suelo les impedían continuar cargando en línea recta.
-¿A que te refieres con que no cuentan, kazuka?- durante aquellas pausas, mientras Youdar descansaba de las agotadoras cargas y se aseguraba de que el general no fuese dañado por abajo, el elfo buscaba la mejor ruta para salir de aquella horda y comenzar la búsqueda de Ithilwen y Pelos.
-Pues a eso mismo, orejitas, que no te los apuntes- dos zombis se arrojaron al mismo tiempo sobre el enano, pero Youdar fue capaz de eliminar a uno mientras frenaba el avance del otro con el escudo- Yo los he tirado al suelo, no cuentan como tuyos.
-Ni falta que me hacen, barbado, he matado a muchos más que vos- tras decir aquello, el general se agachó, rematando al zombi que arremetía contra el escudo del carpintero- Ya se por donde seguir. Hacia el sur, unos diez metros, y estaremos de regreso con mis hombres.
-Bien, ponte detrás de mí, elfo…¡Y ni se te ocurra ir contando esa mentira de que has matado a más que yo!- y mientras Youdar gritaba aquello, embistió en la dirección señalada, buscando la luz entre tan infernal camino de sombras.

-//-

Dentro de la prisión de arcilla, Mivam lo estaba pasando mal. Le estaba costando trabajo luchar contra cuatro guerreros, y uno de ellos había logrado hacerle un corte que le recorría el torso desde el hombro izquierdo al estómago. Aunque no sangraba demasiado, la batalla se le había puesto en contra.
-¿Es demasiado para ti, orco?- dijeron al unísono los cuatro enemigos. Era imposible reconocer a Golab entre ellos- Te dejaré descansar un poco, al fin y al cabo, esto era solo el calentamiento, y quiero que estés fuerte para la verdadera batalla.
Tres de los guerreros se dieron la vuelta, y solo uno, el último de la derecha, siguió observando a Mivam. Mientras éste se sujetaba la sangrante herida, el djinn fue recuperando su forma habitual, y comenzó a pasearse entre los muros.
-Orco, éste será el final del camino para ti ¿Verdad, amigos?- los tres soldados de arcilla se dieron la vuelta, mirando a Mivam, y asintieron al mismo tiempo- El barro no es algo sucio, como todos creen, si no la esencia misma de la vida, de donde todos, desde elfos hasta enanos, fuimos moldeados- tras decir aquello, Golab se detuvo de su paseo, fijando su mirada en su enemigo, y los soldados de barro, así como los muros que les rodeaban, comenzaron a tomar forma líquida, escurriéndose por la nieve hacia el djinn- Mis hijos de barro querían probar que tipo de hombre eras, Mivam, y ahora lo tienen claro ¡Eres todo un guerrero!- Golab sacó una daga, de la que caían unas gotitas de barro y, justo al momento de desenfundarla, el orco pudo sentir como su herida se cerraba poco a poco- Ahora tienes la marca del barro, guerrero. Durante mucho tiempo, el resto de razas no distinguía entre orcos y monstruos, ¿sabes? Para ellos, no somos tan distintos ¡Alégrate, Mivam, será una grandiosa batalla! Vamos a ver si tu barro es más fuerte que el mío- y, tras concluir su discurso, todo el barro que allí había corrió al encuentro de Golab, quién creció hasta convertirse en un monstruo de más de tres metros de alto- ¡Atácame!

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Atemorizado, Pelos caminaba detrás de Ithilwen. Ahora, incluso en mitad de la nieve, podía oler a Vanstiel pero, también, tras él, aunque aún muy lejos, sabía que su “humano pequeño” iba tras ellos.
-Miau- el maullido del gato se escuchó en la noche, mientras la elfa y él se adentraban en la casa en la que Vanstiel se había atrincherado junto a la niña divium.

-//-

Tras muchos esfuerzos, Adila consiguió mover los escombros de la derruida Casa Comunal, permitiendo que Ananke se liberara.
-Poco sentido tiene ya contenerse, humana- dijo la hija del destino y, con un suave movimiento de su mano, en la que sus dedos rozaron el tobillo de Adila, reparó por completo el daño que sufría la cazadora- Gracias por salvarme la vida- tras decir esto, Ananke dejó escapar una sonrisa.
-De nada, eh… como te llames- sin dejarla decir su nombre, la chica continuó hablando, extrañada de la sonrisa de la mujer- ¡Eh! ¿De que te ríes? ¿Qué es tan gracioso? Porque yo no le veo la gracia a nada, ¿sabes? Quiero decir, te agradezco que me cures el tobillo y todo eso, pero estamos metidas en problemas serios hasta el fondo. Darry´gor está invadida, el viejito ese te ha dado una paliza y ha dicho que va a buscar a alguien más, seguramente para darle otra paliza ¿Dónde está la gracia?
-La gracia, Adila, está en que hasta el día de hoy no había tenido que agradecerle a nadie que me salvara la vida, no solo por ser inmortal, si no porque era algo que apenas valoraba. Ahora, después de observaros a todos, te agradezco que me hayas salvado, y no me arrepiento de haber perdido parte de mi don por evitar que este lugar te cayese encima. Ah, y mi nombre es Ananke- la mujer hizo una pausa, durante la cual se quedó obnubilada y, tras unos segundos, volvió a dirigirse a la muchacha- La situación es preocupante. Debes buscar a Sejen, él ahora está en su propia batalla, lejos de aquí, pero te necesitará si quiere regresar.
-¿A que te refieres? ¿Regresar de donde? ¿Cómo se atreve a irse de Darry´gor con todo lo que está pasando aquí? ¿Y qué pasa con el viejo?- A Adila no parecía importarle mucho la revelación de que se encontraba ante un ser que había sido inmortal si no que se centraba en el ahora, y aquel pensamiento práctico era justo lo que Ananke esperaba y necesitaba.
-Tú conociste al otro pastor de espíritus, el que te dañó el tobillo. Sejen y él están combatiendo en su propio plano, lejos de Noreth. Si Sejen logra vencer, necesitará algo de ayuda para regresar. Debes buscarle, no con tus ojos, si no con tu alma. De Lenxer me encargaré yo… puede que ya no sea inmortal, pero tengo mis poderes, y no le dejaré que mate al enano.
-¿A qué enano? Porque, por si no te has fijado, aquí hay unos cuantos ¿Kadín, Perik, Youdar, el thane Ingrod, quién?
Pero Ananke ya no estaba allí para responder a la pregunta de Adila. La misteriosa hija del destino se había marchado sin hacer el menor ruido, e iba en busca del que en otro tiempo consideró un hermano. No iba a permitir que Lenxer destruyese a Youdar.

-//-

(OFF: Sejen y Bediam, como estáis en planos aparte, y vuestros posts continúan justo donde dejasteis el último, no me meteré con el mastereo en las entretenidas batallas que lleváis)

-//-

-Gracias, Malina- dijo Hobb al llegar junto a Ingrod- Y a usted, Ingrod, debería darle vergüenza. Mujeres y hombres de Darry´gor, coged los tesoros de vuestro pueblo, los tenéis ahí, guardados entre los ropajes del desgraciado de nuestro soberano.
Decenas de manos se lanzaron hacia Ingrod, cogiendo cuanto podían, incluso sus ropajes, dejándolo solo con su camisa de interior y su pantalón, congelándose en la nieve. Con una asombrosa calma, todos metieron lo que habían cogido en el cofre que Hobb había recuperado por el camino, pues, a diferencia de su líder, la gente de Darry´gor no era ambiciosa, y tan solo deseaba recuperar el tesoro de su pueblo. En mitad del reparto, Ingrod aprovechó para intentar huir. Tenía amigos en Bund´Felak, y, si no se corría la voz de su deshonra, aún podría vivir como un noble el resto de sus días. Encogido por el frío, se alejó unos pasos.
-Ojalá os pudráis todos en el foso- dijo para si mismo y, justo según terminó de decir la última palabra, el cielo tronó, y un rayo cayó de él sobre la nuca del soberano, fulminándolo en el acto.
No hubo el rayo terminado de caer, cuando, de detrás de las colinas, apareció todo un ejército de esqueletos, comandado por otro esqueleto, mucho mayor que los demás y cubierto con una gruesa capa negra. Miró hacia los ciudadanos de Darry´gor con unos espectrales y luminosos ojos azules.



-¿Se iba ya, thane?- dijo el monstruo y, tras mofarse del enano muerto, comenzó a reírse, helando con su carcajada los corazones de Hobb, Malina y cuantos allí se encontraban- Preparaos para conocer el infierno, Darry´gor- después de decir aquello, el líder del ejército se elevó unos cinco metros del suelo, volando sobre la nieve- ¿Creíais que habíais acabado conmigo hace tres mil años, verdad? Pues tan solo me encerrasteis. Barbatos ha vuelto a casa.

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Mayo 19, 2015 8:59 pm


Atención: este post contiene información que puede resultar incómoda o molesta. Se recomienda… leer de todas maneras Razz

La piedra azulada del báculo élfico relució como las estrellas, con luz lejana y pálida. Su frente ceñuda, con las cejas hundidas y pobladas de oscuridad introspectiva, transmitían la seguridad de quién sabe que antes verá temblar al mundo a sus pies antes que permitir que algo o alguien impida el paso de sus propósitos.

Youdar y Lüdriëlh encabezaban el grupo: defensa y ataque simultanea nunca se había visto en un campo de batalla; al menos esto era así para los longevos presentes, quienes mediando en la terquedad a no querer reconocerlo, sabían muy bien que nada podría penetrar el escudo del kazuka como tampoco la flameante hoja Glordiäleth o “Llama de Erínimar”, como se le conocía. El lancero Ärbuz y Laniët, la hechicera biomante, cubrían los flancos del grupo, dejando en el centro a su señora, custodiada por Örthank y Lïdelith, quienes empuñaban los arcos con destreza y precisión letal. Vistiendo las armaduras de cuero y los atuendos que compraran  tiempo atrás antes de emprender el viaje a través de las montañas, los seis elfos y el kazuka parecían pelear como uno. Todos eran hermanos en armas, compañeros y rivales de grandes batallas, peleando por causas justas aunque todas de naturaleza diversa.

Si los elfos aceptaron en la batalla al barbudo fue por que sabían muy bien lo que a éste lo empujaba. Youdar blandía su espada y portaba su escudo con la fiereza propia de los hijos de la roca, pues nada más noble había en querer salvar a los suyos, restaurar la paz de sus tierras y vengar a sus camaradas caídos en aquella trampa. Por su parte, los longevos acataban órdenes; para ellos la misión se centraba en ella, la descendiente de una dinastía y de un lugar privilegiado en la cosmología de los solares. La mente de los cinco elfos se enfocaba en cumplir la misión y regresar a la llanura dorada tan pronto fuera posible; las tierras de las montañas habían resultados más peligrosas y desagradables de lo que pensasen en un principio. Lüdrielh, como Alto Elfo perteneciente a una de las casas regentes de la tierra de Luz, no se negaba a la verdad de que él también era un completo ciego ante los designios de su doncella: si bien habían sido aprobada la misión en el corazón de la misma Cámara del Sagrario, donde los dioses hablan a los longevos, el Rey de la Luz de seguro había dado instrucciones a su primogénita que él desconocía… Ellos solo podían obedecer y acatar.

Ithilwen, entre rezos suplicantes a las deidades de su pueblo,  tenía en mente los recuerdos del pasado, los hechos del presente y la sombra de un futuro del que solo aquellos que leen las estrellas pueden contemplar y maravillarse: la oscuridad caería en el mundo por segunda vez y nada ni nadie le detendría en su paso a encontrar las respuestas para la salvación: esas fichas que los dioses habían plantado en el mundo como defensa contra la oscuridad; sabía que yacían entre el ancho y largo territorio y que de seguro costaría unirlas, más si se trataba de contrincantes con escaramuzas de bagaje histórico tan extremo como el que unía a los elfos con los kazuka. Pero entonces, cuando parecía que toda esperanza se perdía, la idea se volvía clara en su mente y vibraba en el alma como el tambor que carga la batalla: ¡había que unirlas todas! Cada una de las razas vivientes y mortales del mundo conocido estaba llamada a seguir un mismo destino, a aliarse bajo el mismo color, en una misma bandera…

El campo de protección que imbuía a los aliados resultaba un espejismo contra los cadáveres vivientes, quienes encandilados con el resplandor de la fuerza divina, eran ajusticiados por los guerreros. Las sonrisas iban de cara a cada uno de los solares al oír las disputas entre su general y el pequeño kazuka; si en un principio aquel pequeño les había parecido un adefesio insulso, lo cierto es que como compañero de batalla resultaba no sólo útil sino leal y letal. En el fondo, el general empezaba a comprender por qué en los días antiguos, cuando las alianzas entre todos eran más prósperas y justas, los imperecederos había sentido especial empatía por los hijos de la roca. Hoscos pero leales, con una voluntad y un corazón a prueba de cualquier duda, los kazuka empezaban a encontraban a los ojos de aquellos Altos Elfos el mejor lugar de estima entre sudor y aceros chocantes.  

La doncella revisaba la retaguardia con insistencia, siguiendo la pista de aquella mascota naranja, tan querida por el valiente enano. Sabía muy bien que no se perdonaría si algo le llegara a pasar al tan aguerrido Pelos. Sin embargo, tarde o temprano, por la acción del cansancio o simplemente porque la realidad era demasiado clara para negarla, la dama elfica soltó un resoplido ofuscado: no avanzaban ni tampoco retrocedían; estancados en la oscuridad y cada vez con la amenaza latente de ser diezmados, las fuerzas enemigas eran en tal cantidad, que no había manera de resistir a menos que una estrategia se librara. La guardia enana era valiente, pero tozuda; les faltaba pensar como uno, andar como uno, atacar como uno. Por su parte los elfos… eran demasiado pocos.

-Grita para mí, Nadine.

Los ojos celestes le temblaron y el rostro se demacró con el pánico del temor más profundo hecho realidad. El llanto infantil desatado le cortó el aire, como si toda la desesperación se le concentrara en las cuerdas vocales sin tener permiso de emitir el grito de angustia que desde sus entrañas se acunaba. Buscó en la oscuridad, clavando su mirada de rapiña en las tinieblas de lo que a todas luces no podía ser un error o una fatídica ilusión…

-Seguidme princesa…-volvió a escuchar a sus espaldas y aquellos matices los reconoció de inmediato: ¡El Lord Vampiro! Su mente voló en conjeturas: éste estaba allí y la había observado desde que llegara; buscaba cumplir su venganza y de alguna manera se había hecho a ella… a la pequeña divium…

-¡NADINE!- gritó Ithilwen con tono desgarrado, abandonándolo todo, echando a correr calles abajo, sin importarle sus camaradas como el cerco que se tejía sobre Youdar y el general; ella sólo tenía concentración para los ojos bicolor, profundamente atormentados, de la niña que había cuidado desde que siendo bebé la sacara con vida de Jyurman.

Se adentró en la oscuridad una vez más como en aquellos años idos, dejando la batalla, a sus elfos y los gritos de euforia entre el chocar de los fieros. Quería salvarla; debía salvarla. No sólo era una niña, una pequeña alma inocente, ella era pura y dulce ante los ojos de la imperecedera, y su vida de inocencia había estado ligada a la de la sacerdotisa desde horas después de haber arribado al mundo cruel que la vio nacer.

Sin pensarlo, Ithilwen apretó el pasó y echó a andar tras la villa, adentrándose entre las calles muertas y solitarias, hasta llegar a un portal entreabierto, donde su enemigo la esperaba. No le importó sospechar que aquello era una trampa, como tampoco percatarse que el felino la seguía de cerca, arriesgando su vida al coste de la insensatez de ella.
MUSICA:



Por el reojo de la puerta asomó su rostro y nada percibió excepto el lamento suplicante de la niña, quién clamaba piedad desde el interior de aquella casa. Las manos le temblaron y el sudor bajó por su frente, entre la ira y la angustia.

Aún diminuta, sin un atisbo de haber cambiado en el tiempo que había partido con su padre de la llanura dorada, Nadine se encontraba atada a una columna de madera en lo que parecía ser el estar de un antiguo habitáculo familiar kazuka. La desesperación se hizo palpable en la longeva, que sin meditarlo se adentró y corrió al lado de la niña. Tomó su rostro con ternura apremiante, jugó con sus cabellos níveos como en el pasado la consintiera antes de dormir, y junto su frente a la de la infante con una sonrisa distorsionada por el pánico:

-No temas… No temas…- consoló entrecortada la longeva, secando con sus manos las lágrimas de la niña. Una leve sonrisa infantil sirvió de respuesta a esas palabras de aliento mientras las manos de la elfa se asieron a las de la niña, buscando la manera de liberarla.

–No te preocupes… No dejaré que nada te pase, Nandë… Rühig klëine- repetía con cariño maternal, pero las ataduras eran de una consistencia tan extraña que no podía retirarlas sin lastimar a la divium. El silencio aterrador se hizo entre las dos, lo que advirtió Ihtilwen demasiado tarde para plantar frente de batalla.

-Estúpida criatura…- escuchó a sus espaldas y el golpe sobre su cabeza la enmudeció del mundo, sumiéndola en la inconciencia de las tinieblas, donde solo la ignorancia es aliado como enemigo a la vez.

--//--

Al despertar la imagen la dejó sin palabras. Era el rostro pútrido de Vanstiel, quién la devoraba, estando tan cerca del de ella que su aura profana solo podía producir repudio. El llanto desgarrador de la infante se ahogaba por momentos, sin poder parar pero con dejos de cansancio, como si…

-Casi no regresas, princesa. Un poco más y hubiese empezado el banquete sin tu presencia…- bufó el vampiro a tiempo que se incorporaba. Degustaba de la escena con fingido desinterés: la elfa que tanto odiaba estaba atada a uno de los muebles, una silla de la sala, inestable y de madera roída; allí, despojada de su báculo y de sus armas, poco o nada podía hacer para invocar su magia o realizar cualquier movimiento del que el asesino no pudiera dar cuenta antes y matarle. El vampiro se hacía vencedor y saboreaba con atención de la victoria como de esa venganza dulce que iba de la mano de su crueldad hacia aquella criatura longeva: –Me he tomado el atrevimiento de comenzar sin tu permiso- agregó con lascivia mientras tomaba con fuerza el rostro de la solar, besándolo con fuerza, mordiendo sus labios pálidos, marcándolo todo a su paso con la sangre que estaba en sus dedos impuros... ESA sangre…

Ithilwen gritó llena de furia, moviendo la cabeza pero incapaz de resistirse a la fuerza de aquella alma inmortal. La mirada encendida lo devoraba y le repudiaba, como si la locura misma se hubiese apoderado de su razón y su dignidad. Movió los pies y las manos desesperada por liberarse, pero la madera cedió, chillando ante los movimientos, y como por encanto, sus ataduras se apretaron con tal fuerza que la carne lacerada chorreaba entre sus dedos.

-No seas arisca, doncella de Erínimar, que no he preparado estos amarres para que los sueltes con trucos baratos o simples berrinches de dama en peligro. A ti te gusta lo duro, y yo he decidido complacerte… Me debes las gracias- comentó de manera educada, aunque sus ojos encendidos irradiaban otras intenciones y su interés. -¡Ahora empieza la fiesta, mi señora… TU FIESTA!

Las carcajadas dementes del vampiro le instaron a dirigirse hacia su víctima. La solar rompió en alaridos, desgarradores mientras Vanstiel le daba la espalda, de seguro con la intención de continuar el martirio del infante. Pero Ithilwen se resistía a la idea de perder a la niña. ¡No! ¡Primero entregaría la vida misma antes que ver perecer la de esa niña ante la crueldad de aquel ser vil!

-Es conmigo… criatura… ¡CONMIGO! Nada tenéis que hacer con la pequeña… ¡Dejadla en paz! ¡Dejadla tranquila! ¡Liberadla! ¡Os mataré si no… LIBERADLA!- clamaba con furia ciega la elfa, fuera de sí, sabiendo que no podía moverse o los amarres se le internarían más en la piel ya herida.

-Es contigo… y por ende con ella- dio él por toda respuesta, sin voltear el rostro o distraerse en lo más absoluto de su objetivo, dando paso a su obra maestra.

La imagen hizo palidecer a Ithilwen: el piso lleno de plumas servía de colcha a una Nadine, aún atada a la columna, con las alas desgarradas como si las plumas le hubiesen sido arrancadas una a una, exhibía golpes y moretones por toda su piel, apenas cubierto por una tela nacarada ensuciada con manchas de sangre. El cuerpo de la niña había sido profanado, y la sangre corría por entre sus piernas de manera notada. Con el rostro caído a un lado y los ojos bicolor puestos en la solar, parecía desgonzarse por momentos, entre cansada y dolida.

Ithilwen sintió enloquecer. Los gritos, las blasfemias, las suplicas no tenían sentido contra aquella bestia sedienta de maldad. La sangre que ahora ella tenía en su rostro, como marca brutal y sello de victoria del vampiro, pareció hervir sobre su piel, contaminándola de a poco.  Sus sospechas, meras conjeturas en un principio, se habían confirmado: el monstruo había torturado a la pequeña y de su festín la había hecho participe, pintándola con esa sangre tan querida como amada por la doncella.

Las lágrimas escaparon de sus ojos celestes, mientras la niña poco a poco perdía el brillo de la vida.

-¿Sabes qué es lo más aburrido de todo esto? Debo esperar a que esta pequeña se desangre como un cerdo para así ir al plato principal…Ohh, es frustrante. Pero, ¡mírala bien, elfa!-  esbozó Vanstiel con total dulzura, tomando el rostro de la pequeña y obligándola a mirar a la solar: -Mírala bien y miéntele de nuevo…- rió divertido, tomándola del cabello mientras el alarido de la niña no se hizo esperar: -Dile que la salvarás para que aprenda antes de morir, que la esperanza es inútil en un mundo donde ésta se deposita en el bando perdedor…-.  Desenfundó su espada y rapó los cabellos en su mano, manchando la hoja con la sangre de aquella cabeza inocente y blanquecina: -Miéntele, doncella…-  continuó el vampiro, rapando un nuevo tramo de la cabellera de la niña: -¡MIENTE!

No le importó el dolor abrumador de sus manos y piernas, tampoco su seguridad como tampoco su cordura. No podía permitir que la niña sufriera más… Esa sangre, ese dolor reflejado en su rostro manchado, la tristeza que los ojos bicolor demostraba, le sirvieron a Ithilwen para entender que de aquel juego ya nada podía hacer por la pequeña… excepto…

-SOIS MENOS QUE ESCORIA. SABANDIJA DEMONIACA CONDENADA A LA PENA ETERNA. ¡PROMETO A MIS DIOSES QUE OS MATARÉ! ¡OS MATARÉ, VAMPIRO! LES ENTREGARÉ MI VIDA A CAMBIO DE LA VUESTRA… LES DARÉ MIS TÍTULOS A CAMBIO DE VUESTRO CASTIGO, UNO TAN LENTO Y LASTIMERO COMO ÉSTE… Y ME REIRÉ DE TI Y DE LOS DE TU PROGENIE MALDITA HASTA QUE EL ÚLTIMO DE VOSOTROS DEJE ESTE MUNDO Y SE LIBERE DE VUESTRA MALDAD.

-No hace falta gritar, mi señora- atajó con dulzura el vampiro, haciéndose a otro nuevo puñado de cabellos de la niña.–Creo saber cómo acelerar este proceso que empieza a aburrirme…- y en un susurro completó: -… ya tengo ganas de ti- .Lamió la sangre que corría por la hoja de su espada, liberando a la pequeña de su agarre pero cerrándolo de nuevo alrededor de su cuello. La pequeña chilló con fuerza, entendiendo lo que vendría: -¿Cuántos cortes crees que se necesiten para que la sangre salga de esta pequeña?

El terror recorrió a Ithilwen con el primer corte en uno de los brazos.

“No puedo hacerlo”… “Pero mejor así que el dolor del tormento”… “Pero no puedo”.

Nadine gritaba. Sus lágrimas emanaban de sus ojos dispares entre resoplidos desgarradores, expresando su dolor.

“No puedo… No puedo”

Vanstiel reía con locura, exhibiendo los molares.

“La atormentará… La condenará…”

El vampiro acercó su rostro al cuello del infante y abrió sus fauces en claro intento de hacerla suya.

-THËRONIËTH, LÏMT, NÖMMÄR… Thëroniëth, lïmt, mörandë, nömmär. Thëroniëth, limtüeth, mento, Aÿiä…Thënëriath-

“y que los dioses me perdonen un día… Lo siento, Nadine, tu alma pura nunca podrá ser repuesta… por mi culpa… ¡Perdóname algún día bella niña! ¡PERDÓNADME EXISTENCIA! ¡PERDÓN!”

La fuerza celeste de un martillo implacable, como una cortina de luz resplandeciente salida de los mismos cielos, se hizo presente. La longeva cerró los ojos ante el destello, al tiempo que Lüdriëlh y Youdar asomaban el rostro por la puerta de la casa. No les vio, no les sintió correr; tampoco atendió a sus llamados como a las palabras de aliento. El gato, capturado en un saco que había estado desde siempre al lado de la dama, fue liberado por su amo, maullando entre contento pero aún con los pelos erizados.

Sin embargo Ithilwen seguía con la mirada fija en los despojos… Allí, donde debía estar Nadine, deshechos de carne y sangre tanto de ella como de ese ser de sombras, no había nada, solo barro.

Lüdrielh corrió hacia ella, abrazándola y besándola con desesperación, notando que su amada temblaba de pies a cabeza, rendida, vacía, sin expresar dolor, terror, alegría o compasión.  Y en su corazón tuvo la sospecha de que Ithilwen, de la Casa Erü, era ahora un ser vacío, despojado de alma y corazón.

--//--

Con la mirada perdida en el horizonte bañado por la luz cálida del sol cayente en el atardecer, Mëltork Erulaëriel, Alto Guardián del Trono Supremo y Rey de la Luz de los Siete Reinos de Erínimar, sintió como el pecho se le partía por segunda vez en la vida: el atardecer de los tiempos habían comenzado  mucho antes de lo que las estrellas le hubiesen anunciado.    

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Lun Mayo 25, 2015 4:40 am

Roich atacaba sin piedad, su intento por alcanzarme utilizando esas bolas de fuego no parecía decaer y yo, cada vez sentía mis piernas más pesadas, no podía estar corriendo simplemente sin parar y además cada vez que intentaba acercarme para combatir con la lanza, él se procuraba de alejarme. -¡Vamos chico, sé que puedes hacerlo mejor!- Exclamó entre carcajadas el malvado chamán, mientras contemplaba victorioso que yo no podía alcanzarlo. -Maldita sea.- Me decía a mí mismo, mientras me apartaba sin cesar de sus continuos ataques, no sabía cómo reaccionar, pero lo que estaba claro que esto no podía continuar así. -Sejen, confía en mí. Recuerda que nada en este lugar, es lo que parece ser.- Repitió nuevamente el lobo, recordándome su premisa, pero todavía no comprendía a que se refería exactamente, pero lo descubrí cuando uno de sus ataques fue a impactarme, en ese momento solo pude pensar en una gran llamarada y como si lo hubiera invocado yo mismo, un muro de fuego se interpuso entre yo y el ataque de Roich, quien quedó estupefacto en el instante. -Maldito crio.- Murmuró con enfado, mientras que yo estaba igual de impresionado. -¿Pero qué?- Pregunté sorprendido. -¡Támau!- Gritó el chamán oscuro, señalando con su largo dedo puntiagudo hacia mi persona dirigiendo el ataque furibundo del espíritu. Matoska presto se interpuso entre el glotón y yo nuevamente, echándolo hacía atrás. -Ese estúpido oso me va a dar más problemas de los que esperaba. Hoka.- Un segundo glotón apareció al lado de su hermano, yo estaba estupefacto ni siquiera sabía que se podían emplear dos espíritus simultáneamente, el oso polar al verse superado se irguió sobre sus patas traseras, tratando de intimidar a ambos animales espirituales, pero estos no retrocedieron ni un solo centímetro, de hecho fueron los primeros en iniciar el ataque, uno por cada lado. Matoska giró sobre sí mismo, para tratar de tenerlos a la vista, a los dos, luchando ferozmente lanzando zarpazos que para su desgracia tan solo le aire golpeaban, los mordiscos de aquellas criaturas le eran molestos y se notaba en sus gruñidos.
 
-Si tan solo pudiera llamar a Sakehanska.- Pero no podía hacerlo, estaba claro que no tenía los mismos conocimientos astrales que tenía Roich, pero no había otro camino, tendría que derrotarlo o no solo Hoka y Támau, vivirían eternamente bajo su yugo de corrupción, sino que otros espíritus podrían correr la misma suerte que ellos, eso no podía permitírselo.
Una vez más, el anciano reanudó su ataque, pero esta vez y con las palabras de Hanwi en mi cabeza, empecé a emplear lo mismo que hacía Roich, pues en la palma de mi mano también apareció una bola de fuego que aunque lloviera, no se apagaba, el mundo de los espíritus es sin duda un lugar maravilloso a la par que aterrador, las leyes físicas aquí no se aplican de la misma forma, aquí al parecer tu imaginación es la que da rienda suelta a tus poderes, no lo lograba comprender. -¡Así me gusta chico!- Exclamó divertido. -¡Eso lo hará mas entretenido!- Pero yo no le encontraba la diversión en esto, sí que es cierto que una parte de mi estaba disfrutando esta contienda, pero desde luego no era algo que me enorgulleciese.
Lance la bola de fuego, al mismo tiempo que empezaba a cargar contra él, si lograba acercarme lo suficiente podría atacarle directamente con la lanza, pero cuando estuve a punto de alcanzarlo fui embestido por Hoka, quien me arrojó al suelo como su fuera un muñeco, como si mi tamaño no importara lo más mínimo y era algo frustrante la verdad. Mi mirada se cruzó con la del fantasmagórico animal, podía ver en sus ojos la rabia que le imbuía el chamán. -¡Acaba con él!- Ordenó cruel, mientras yo mantenía mi mirada fija sobre Hoka, mientras me ponía en pie lentamente sin hacer movimientos brucos que pudieran sobresaltarla. Extendí la mano lentamente hacía ella. -No tienes por qué hacerlo.- Sabía que podía entenderme, mi voz aunque denotaba amabilidad, se escuchaba nerviosa e intranquila, producto de la adrenalina. -Soy yo, Sejen, quien te saco del lago. ¿Me recuerdas?- Roich reía ante la imagen que se le presentaba. -Vamos, portador de espíritus, demuestra tu poder.- Ya había traído a otro espíritu corrupto al camino correcto, concretamente el oso que estaba luchando ahora mismo a mi lado. -Se lo que te ha hecho, pero debes creerme, yo no soy como él. Debes liberarte de su influencia, tu hermano te necesita.- Pero las palabas no surtían o no parecían surtir efecto alguno, Hoka sacudió la cabeza y me ataco nuevamente.
 
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Adlia había conseguido liberar a la bruja de los escombros, la ayudó a ponerse en pie, aun a pesar de que ella estaba herida, Ananke agradecida, le reparó el tobillo, con aquella magia extraña que antes había tenido el privilegio de ver, tras una breve conversación la cazadora estaba tan confusa, que no sabía que hacer exactamente ¿a qué se refería Ananke con buscar a Sejen con el alma? Para ella esto era un sinsentido absoluto, pero las últimas veinte y cuatro horas, ya eran un sinsentido con lo que simplemente se limitó a preguntar. -¿Cómo puedo ayudar a Sejen?- Preguntó directa y concisa, la verdad es que no era tiempo para quedarse a discutir, ella quería ayudar fuera como fuera, no importaba como si podía hacerlo lo haría. El corazón indómito de Adila sin duda era uno de los más puros de Noreth, siempre alegre, siempre latiendo con pasión, poca gente podía disfrutar de la vida como lo hacía la joven y poca gente, podía actuar como lo haría ella en una situación como esta, mientras todos estaba la mayoría alicaídos ella se mostraba enérgica e incansable. -Tranquila, cuando encuentres a Sejen lo sabrás.- Le respondió enigmática, mientras ella se marchaba. -¡Eh, espera, Nananke!- Gritó Adila, pero no recibió respuesta. -Madre mia… estos tipos raros, como si no tuviera ya bastante cargando con Sejen ¿pero que se creen que soy?- Dijo indignada mientras se marchaba de las ahora ruinas de la casa comunal, aunque por suerte para ella y como si de un regalo se tratara, se sorprendió cuando se tropezó. -Maldita sea, no si ahora me torceré nuevamente el tobillo. Un momento…- Dijo mientras veía con que se había tropezado, eran sus pertenencias las que les habían quitado tanto a ella, como a Sejen, pues las reconoció por los adornos, además. -Anda mira, el collar de conejos tallados de Sejen.- Ella se lo puso como si fuera suyo y marchó en busca del portador de espíritus.
 
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Dentro del mundo de los espíritus la batalla, había tomado una larga pausa, que estaba ya a punto de terminar con la poca paciencia de Roich. -Hoka. Solo pretendo ayudarte, debes creerme.- Le decía al glotón, con la esperanza de apaciguarlo y de hecho, Hoka empezó a sacudir la cabeza como si le doliera, Roich estaba estupefacto. -¿Cómo?- Pero lejos de dejar que obrar el milagro, el chamán oscuro empezó a utilizar su influencia para hacer daño al glotón. -Yo soy tu dueño ¡no lo olvides!- El animal se retorcía de dolor en el suelo. -¡Basta!- Ordené, aunque mientras Roich estaba ocupado en torturar al animal, yo aproveché para lanzarle una bola de fuego que impacto de lleno en su pecho, haciendo que el chamán oscuro cayera al suelo de espaldas, desde luego no le daría la oportunidad de seguir dañando ni a Hoka ni Támau, pero antes del alcanzarle rodó hacía la izquierda esquivando mi lanza. -Pagarás por esto Roich.- Mis ojos brillaron con fulgor, llenos de rabia. -Tranquilízate Sejen.- yo miré a Hanwi. -No dejes que tus emociones te controlen.- Advirtió, tenía razón no me debía dejar llevar, no ahora, Roich estaba jugando conmigo. -Lo siento.- Dije disculpándome con Hanwi, este combate no debía extenderse mucho más, pronto terminaría el tiempo que Matoska podía ser convocado incluso en este lugar y no sé cuánto tiempo podría mantener Roich a ambos glotones en la batalla. -Acabemos con esto chico.- Dijo mientras en ambas manos aparecían feroces llamas. -Confía en los espíritus Sejen.- Me concentré, omitiendo todo el ruido que había de fondo, ya no escuchaba la lluvia, ni tampoco los relámpagos, tan solo el latir de mi corazón y poco a poco, en mi mente empecé a escuchar los cantos, dulces voces que cantaban, formando luces en mi imaginación, puede que Roich me trajese a este lugar, pero poco a poco, parece ser que mi presencia se estaba adueñando del lugar, tal vez por lo que sucedió con Támau. -Él no se ha dado cuenta todavía que ha perdido. Está convencido de su victoria.- Y tenía razón, el chamán oscuro estaba completamente seguro de sus aptitudes en este lugar, tanto que se lo veía arrogante.
 

Matoska derribo a Támau, tumbándolo al suelo, pero no sin llevarse un buen mordisco en la zarpa, este combate estaba siendo muy duro para el oso polar, que estaba acostumbrado a enfrentar enemigos más grandes y toscos, que no unos ágiles glotones que le mordían y se apartaban sin parar, el combate estaría perdido para el pronto si no hacía algo con Roich. -¡Esto acaba aquí!- Yo me prepare para su ataque final, en este lugar todo era favorable a quien escogieran los espíritus, a fin de cuentas ellos siempre son los que deciden mi destino. -Espíritus, guiadme.- Aunque no me di cuenta mis ojos se iluminaron un instante, la lluvia empezó a detenerse poco a poco, Roich miro a su alrededor incrédulo. -No… no… ¡NO!- Hanwi apareció a mi lado. -Ahora se da cuenta.- Pero ya era demasiado tarde, lancé una bola de fuego esta golpeo de lleno al chamán oscuro en el pecho, haciéndolo caer de espaldas, una mano de roca se formó sujetando y oprimiéndole, dificultando su respiración. -Este es tu fin Roich, ningún espíritu sufrirá jamás tu corrupción.- Entonces un rayo cayó del cielo golpeando al chamán oscuro quien gritó de dolor, justo antes de que una luz cegadora inundara todo el lugar, no sé qué ocurrió, solo sé que todo era blanco, no veía nada ni sentía nada, era una sensación extraña y desconocida para mi completamente.        
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Jue Mayo 28, 2015 1:50 pm

El alquimista sopesó el peso del huevo, tratando de averiguar como de estable sería sobre la pirámide. El enano le miraba con atención: todo aquello era nuevo para él, y no parecía demasiado cómodo.

-Bueno, venga, que es para hoy –les apuró el folklerien.

-Ya va, ya va –protestó Bediam-. Perik, ¿te importa que pida yo primero?

El viejo cazador frunció el ceño y le miró, prestando mucha atención. Movió los labios y articuló algo, pero no se oyó ningún sonido.

-¿Pero qué…? –murmuró Bediam.

Nikochis se echó a reír.

-Vamos, ya he dicho que no podéis hablar entre vosotros… -tarareó- literalmente. No os escucháis.

El alquimista miró a la criatura, que se lo estaba pasando en grande. Parecía haber olvidado las cosas terribles que estaban sucediendo en Darry’Gor, y que eran culpa suya y de su bando. Debía pensar rápido en algo, no porque resolver ese reto les fuese a llevar a nada, sino por no aburrir a Nikochis.

-Vale, ya sé lo que necesito –anunció Bediam-. Quiero un globo de gas solar. Y que sea bien grande.

El folklerien le miró con curiosidad.

-¿Con tu único deseo vas a pedir una vejiga de animal llena de aire? –se sorprendió, aunque parecía deseoso de ver qué pasaba.

-Exacto –afirmó-. Con un cordel atado para que no se escape el gas. Y que aparezca sujeto a mi mano, sin trampas.

Nikochis bufó.

-Yo no hago trampas, alimaña –refunfuñó-. Los folklerien no nos saltamos las reglas.

La reacción había sido muy airada, así que el alquimista vio que había dado en el clavo.

-¿Qué reglas tenéis que seguir? –le azuzó.

El hombrecillo dudó un segundo, pero al final sacudió la cabeza.

-Hablar de las reglas va contra las reglas –anunció, mientras hacía aparecer el globo sujeto a la muñeca del alquimista.

Al ser el gas solar más ligero que el aire, la vejiga llena de él se eleva indefinidamente. Y ese empuje hacia arriba era todo lo que necesitaba. Perik le miraba atentamente, sin moverse. Se notaba que era paciente, y sabía que no debía apresurarse a pedir su deseo hasta haber visto el plan de Bediam.

El alquimista dio unas cuantas vueltas al cordel alrededor del huevo, dejándolo bien sujeto. Luego, con mucho cuidado, lo soltó. El huevo quedó suspendido de la cuerda… y empezó a ascender. Bediam lo sujetó al instante, y frunció el ceño. Había demasiado gas. Debía liberar parte del gas para que el empuje del globo fuese más pequeño y que así no subiera. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Si lo desataba y trataba de quitar solo un poco de gas, lo más probable sería que liberase demasiado, y eso sería fatal.

Su idea había sido un desastre, estaban perdidos.

-¿Qué pasa? –le picó el folklerien, con gesto socarrón- ¿No lo querías grande?

-Muy gracioso –masculló el alquimista-. Ahora ya no me sirve para nada.

Nikochis sonrió abiertamente, disfrutando de su victoria.

-La verdad es que es una pena –comentó Bediam, con tono falsamente despreocupado-. Si hubiese tenido la cantidad de gas justa para mantener el huevo flotando sin subir ni bajar…

-… cosa que habrías tenido si la hubieses pedido –puntualizó el hombrecillo.

-… entonces podríamos haber visto si mi idea era buena o mala –continuó, sin inmutarse-. Ahora nunca lo sabremos.

Se hizo el silencio. El alquimista trató de parecer abatido y el folklerien ensombreció el gesto. Era evidente que se lo estaba pasando en grande, y aquel final era demasiado abrupto para él.

Chasqueó los dedos y ¡Paf! El globo se redujo de tamaño. Bediam soltó de nuevo el huevo, que se balanceó un poco, pero se mantuvo a su altura.

-Gracias  -dijo el alquimista con sinceridad.

Nikochis bufó sin demasiado convencimiento y no dijo nada. Pero era evidente que estaba alagado.

El alquimista llevó el huevo hasta la pirámide y, con mucha delicadeza, trató de equilibrarlo en la punta de la pirámide. Pero fue imposible: la dura y lisa superficie del huevo no se quedaba parada sobre la fina pirámide, y no dejaba de bambolearse a un lado y otro. Bediam no se rindió y continuó intentándolo durante varios minutos.

-Al final ha sido mala idea –comentó Nikochis, flotando sobre la pirámide como si aquello no fuese con él.

Tenía razón. No iba a poder equilibrarlo por más que probase… Todo dependía de Perik.

El alquimista se giró hacia su compañero, que le miraba con ojos fríos. ¿Consideraba que había sido una mala idea? No parecía enfadado, aunque tampoco contento. No le pasó por alto al enano que Bediam le reclamaba, y se acercó a la pirámide. La examinó con detenimiento y le preguntó algo al folklerien. Éste respondió, pero Bediam no fue capaz de escucharlo.

-Oye, yo ya he hecho mi petición, así que ya no tiene sentido que no pueda escuchar a Perik –apuntó-. ¿No crees?

Nikochis se encogió de hombros y chasqueó los dedos.

-Ya puedes escucharle –anunció-. Barbas, el humano puede escucharte. Pero él no puede decirte nada a ti, ¿eh?

El enano miró al alquimista.

-¿Me escuchas? –preguntó.

Bediam asintió con la cabeza y sonrió.

-Por lo que veo el problema está en que el huevo resbala sobre la punta –reflexionó-. Y creo que sé cómo arreglarlo.

El enano se giró hacia el folklerien, que seguía flotando, a la suya.

-Quiero una olla llena de agua muy caliente con un chorrito de vinagre y sal –le pidió.

Nikochis se lo pensó un momento y le echó una rápida ojeada a Bediam.

-¿Qué te parece si en vez de una olla te doy una bañera? Así tendrás más agua –sugirió.

Bediam se rió con ganas y el folklerien se le unió. Perik, que no entendía a qué se refería, permaneció estoico aguantando las risas.

-No me importa –contestó, seco.

-Tu amigo no tiene sentido del humor –le comentó el folklerien a Bediam.

-Sí que tiene, pero hay que saber llegar a él –le aseguró el alquimista-. Cuando le conozcas mejor, verás que tiene una risa muy contagiosa.

Aquello descolocó al hombrecillo. “Cuando le conozcas mejor”. Como dando por sentado que iban a seguir juntos. Como olvidando que eran enemigos. Como si, en realidad, no fueran enemigos. Nikochis sacudió la cabeza y ¡Paf! Hizo aparecer la bañera. Miró con intensidad al alquimista un instante y éste le devolvió la mirada. Estaba cargado de confianza… y no había rastro de hostilidad. Avergonzado, el folklerien se concentró en mirar al enano y su bañera.

Perik cogió el huevo y, manejándolo con el cordel, lo sumergió en la bañera.

-Esta es una de las pocas comidas que a mi tío le salía bien –murmuró, nostálgico-. Yo aún me los hago de vez en cuando, aunque no he conseguido que me queden igual que le quedaban a él.

Pasado un buen rato, Perik sacó el huevo del agua. Lo tanteó con una mano… y la cáscara, antes dura y lisa, cedió bajo su mano, adaptándose.

-Huevo blando –anunció.

Con cuidado, llevó el huevo hasta la pirámide. Lo colocó sobre la punta, y éste se deformó un poco, pero sin romperse, consiguiendo así que permaneciese pegado a la estructura.

-¡Reto superado! –exclamó el alquimista, mirando al hombrecillo.

Nikochis observó unos segundos el globo y el huevo, pero estaba bien anclado y no se cayó.

-Reto superado –admitió, molesto.

-¿Ya podemos hablar? –preguntó el alquimista.

El hombrecillo se encogió de hombros, pero chasqueó los dedos, que era símbolo inequívoco que algo había hecho.

-¿Perik? –probó.

-Te escucho –respondió.

El alquimista sonrió y le palmeó la espalda.

-Menos mal que estabas aquí –confesó.

El enano resopló, falsamente enfadado.

-Te pasas de rebuscado, con tus pociones y tus porquerías –le increpó-. A veces lo único que hace falta es no buscarle tres pies al gato.

Bediam asintió y miró el huevo con curiosidad.

-¿Y está bueno? –preguntó.

El enano le miró, sorprendido.

-¿Nunca has comido un huevo blando?

El alquimista negó con la cabeza y Perik lo desenredó y se lo tendió.

-Dale un mordisco –le dijo.

Bediam así lo hizo. Estaba bueno. Por el rabillo del ojo vio como Nikochis les observaba.

-¿Tú quieres probarlo? –le preguntó el alquimista.

El folklerien fingió indiferencia, así que fue Bediam quien se acercó a él con el huevo y se lo tendió.

-Vamos, que sabes que quieres –le tentó.

Nikochis se lo arrebató en un instante y le dio un generoso bocado.

-¡Bah! –exclamó al instante, altivo, mientras lo tiraba al suelo-. ¡La comida folklerien es mil veces mejor!

Bediam le sonrió a modo de respuesta. Perik parecía enfadado, pero fue lo bastante sensato como para no decir nada.

-Bueno, creo que nos debes una pregunta –le recordó el alquimista.

El folklerien le miró con desconfianza y se elevó un poco más en el aire.

-Adelante –accedió-. Pero no me preguntes por las reglas de los folklerien.

Bediam asintió. Tenía muy claro que iba a preguntar.

-¿Serás completamente sincero? –inquirió.

Nikochis asintió.

-¿Lo prometes? –insistió el alquimista.

El hombrecillo volvió a asentir. Bediam miró a Perik un instante. “Deséame suerte”, decía su mirada.

-Nikochis… -empezó-. Si el ataque a Darry’Gor acabase, si saliéramos con vida, si el plan del anciano fracasase…

Dejó la pregunta en el aire y miró al hombrecillo a los ojos.

-¿Te gustaría poder volver a jugar con nosotros a esto? –acabó.

El folklerien parecía descolocado. Era evidente que una batalla se estaba librando dentro de él. Pero no pudo ocultar lo que sentía.

-No me importaría –admitió al final.

Perfecto.

-Si las circunstancias fueran distintas, yo me lo estaría pasando en grande –respondió el alquimista-. Pero mis amigos están sufriendo y puede que mucha gente vaya a morir. Sé que no eres malo y sé que no es esto lo que quieres.

-No sabes nada de mí –le cortó el folklerien. Parecía dolido y angustiado-. No sabes cómo es la vida de los nuestros. Poseemos los poderes más grandes de todo Noreth, pero hay tantas reglas y condiciones que es asfixiante. El anciano me permite hacer cosas que no puedo hacer de ningún otro modo. Me da libertad.

El pequeño rostro de Nikochis se endureció.

-Los humanos no sabéis la libertad que tenéis –le increpó-. Tenéis mucha suerte.

Bediam le aguantó la mirada, estoico.

-¿Aquí estás limitado? –le preguntó.

El folklerien negó con la cabeza.

-¿Estás en este mundo gracias al anciano? –insistió.

Otra negativa.

-Pues entonces no le necesitas para jugar a esto –replicó el alquimista-. Y no tendrías por qué jugar solo conmigo. Hay humanos, elfos y enanos más listos que yo, a los que podrías desafiar. Gente de todos los rincones podrían acudir ante ti para enfrentarse al famoso Nikochis y sus desafíos mentales. Yo lo haría sin dudarlo.

Aquella visión atrapó al folklerien irremediablemente.

-Y podría darles premios si superan algún reto –caviló el hombrecillo -. Y hacerles alguna jugarreta si fallan.

Ya casi estaba.

-Tú mismo has dicho que el anciano es un aburrido –le azuzó-. ¿No suena mucho mejor lo que te propongo?

Nikochis se rascó la cabeza y descendió hasta el suelo. Su pequeño tamaño le hacía parecer vulnerable, a pesar del enorme poder que tenía.

-De todos los rincones… ¿eh? –musitó, pensativo.

-Venga, sabes que es una idea genial –insistió Bediam-. Reconócelo.

El folklerien puso una mueca divertida y se encogió de hombros.

-¡Qué diablos! –exclamó- ¡Trato hecho!

Una sensación de calma llenó al alquimista.

-¿Entonces…? –tanteó- ¿... lo dejamos en tablas por ahora?

El folklerien le miró con intensidad.

-Te machacaré la próxima vez –aseguró.

-¡Ja! Eso lo veremos –respondió el alquimista.

Ambos sonreían. Su duelo en Darry’Gor había acabado. Y habían ganado todos.

-Bueno, será mejor que os deis prisa –les apremió el hombrecillo-. Aún tenéis mucho que hacer ahí fuera.

Chasqueó los dedos y…¡Paf! Todo desapareció. “Espero que te guste tu premio”, creyó oír el alquimista.

Bediam abrió los ojos. Estaba tirado en la fría nieve de la villa.

-Urgh… -masculló Perik-. Estoy molido.

El mundo le daba vueltas y no se sentía capaz de incorporarse. El enano, más curtido que él, se levantó con bastantes dificultades.

-Ese maldito folklerien-rezongó-. Debería haber-

Perik se calló de pronto y soltó una maldición en su idioma.

-Levanta, rápido –le apremió-. No estamos solos.

Bediam consiguió apoyarse en los codos para levantar la cabeza. Lo que vio no le gustó: cuatro de aquellas criaturas hinchadas y deformes se acercaban a ellos. Perik recuperó su hacha y trató de blandirla, pero sus movimientos eran torpes y lentos.

-¡Levanta! –rugió.

El alquimista lo intentó, pero los brazos no le respondían del todo y resbaló.

-¡Inbare! –maldijo en enano, mientras retrocedía para cubrir a Bediam.

¡Paf! Uno de los seres explotó, haciéndose pedazos. ¡Paf! A otro le estalló la cabeza. Los otros dos se detuvieron, confusos.

¡Paf! Sobre el hombro de uno apareció Nikochis, con una amplia sonrisa.

-¿A qué te alegras de verme, barbas? –tarareó.

Hizo un ademán con la mano y el ser sobre el que no estaba posado salió despedido por los aires a toda velocidad. Luego dio un saltito y, sin más, el último desapareció en una nube de humo.

-De nada –comentó, orgulloso.

Bediam, ayudado por Perik, consiguió levantarse.

-Gracias, Nikochis –le agradeció-. Te debemos una.

-Más de una –replicó, sonriente.

Miraron a su alrededor. Apenas quedaban criaturas en pie, la guardia de Darry’Gor y los cazadores lo habían conseguido. El alquimista suspiró aliviado.

-Lo han conseguido –murmuró.

-No, que va –le contrarió el folklerien.

Ambos le miraron, confusos.

-Pero sí-

-Id con vuestros compañeros –les aconsejó el hombrecillo, de pronto muy serio-. Ya viene.

-¿Ya viene… quién? –preguntó el alquimista.

Nikochis parecía nervioso.

-Tengo que irme –anunció de golpe-. Ya viene.

Y ¡Paf! El folklerien desapareció.

El humano y el enano se miraron, intranquilos.

Ya viene.


Última edición por Bediam el Vie Jul 03, 2015 5:46 pm, editado 2 veces
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Vie Mayo 29, 2015 8:06 am

Al fin, después de haber discurrido en un mar de manos, Hobb había llevado al pueblo completo a encarar al farsante, despojándolo de todos sus bienes, incluidos los ropajes. Hacía años que no admiraba una figura tan debilitada por la opulencia ni la avaricia – Ni en el peor de mis momentos- musitó en voz alta, alzando la carrera del caballo, para dirigirse junto a la enana. Como quiera que cuando se viaja así, la imaginación desasida de la materia tiene espacio y lugar para correr volar y juguetear como una loca por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espíritu, que es el que lo percibe todo, sigue impávido su camino hecho un bruto y atalajado como un pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo, ni saber si se cansa o no. Meneó la cabeza, escuchando a la enana ordenar y despellejar con su labia al Thane, partiendo este último con el poco de coraje que le quedaba hacia la nieve, dispuesto a buscase una vida sabrá su alma dónde.

Dulzura le provocó la acción benevolente de los enanos al devolver las riquezas hacia el cofre. Esa disposición del ánimo le acompañó unas cuantas horas, disfrutando de una escena agradable luego de varios contratiempos. No tuvo ímpetu de bajar a ayudarles, puesto que ya su cuerpo se había habituado al galopar del animal, y por sobre todo, porque el calmante había perdido su efecto, provocando un rostro serio, acallando el dolor con improperios ahogados en el recodo de su  memoria. El silencioso y melancólico lugar, levantando cumbres coronadas de nieve, ocultó en su profuso y blanquecino paisaje la última frase que hubiera dicho el Thane, quien, fulminado por un rayo, cayó al suelo, tan ínfimo como una piedra. Poco duraron las risas y los acuerdos.  Un estruendo doloroso, una vetusta horda de huesos y puntiagudas armas se acercaban con vehemencia hacia el grupo, y no tardaron en aparecer las miradas asustadas.

-Hobb, qué está pasando – preguntó Malina, conservando la desesperada calma.

No hubo respuesta por parte de la enana, quien, palidecía al ver que la masa crecía desmedidamente. Entre los pensamientos que antes ocupaban la imaginación y los que ahora entregaban el miedo y el delirio, Malina vislumbró una sombra amplia, mucho mayor que la de los hombres de hueso. Con su capa negra, su opulencia era vasta, y sus fulminantes destellos azules, recayeron sin piedad sobre todos, incluyendo a la pintora, quien con su desconcierto, no desechaba la idea de seguir maldiciendo al occiso.
-Malina, ayúdame a reunir a toda la gente ¡Rápido! – la voz quebrada de Hobb despertó del letargo a Malina, quien sentía el alma congelada al escuchar la sórdida risa del espectro.  Se movió con la ligereza de un filibustero, rodeando a la gente en su galopar para llevarlos juntos con la enana a un sitio seguro, callando todas sus inquietudes, mas sin poder evitar darse la vuelta para ver. – No lo mire – le ordenó escueta, sintiendo la desesperación desgarrarle la garganta. Una vez más la joven asintió, acelerando el galope del corcel, quien ya se había habituado de forma tosca al frio suelo. No pudo evitar sin embargo, al advertir el tono con que el espectro los increpaba, el dejo oscuro que invadió al pueblo “como si una vieja culpa recayera sobre ellos”, refutó para sí; “Lo que se siente y se piensa aquí en armonía con la profunda calma y el melancólico recogimiento de estos lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que viven en ese torbellino de intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas” Masculló entre dientes un quejido de incomodidad: sus manos temblaban y el miedo estaba invadiéndola calmosa.
 
“¡Desperézate!” el recuerdo impoluto de Hubbert, de pronto, se le acunó en las sienes y sin proponérselo, comenzó a quedar atrás. La respiración entrecortada le quitaba color a sus mejillas y Hobb solo desvió su mirada para ver cómo la humana retrocedía rauda – Cuidaré desde acá- gritó rápida, excusándose. Volvió entonces su mirada hacia adelante, llevando a todos  al destrozado Darry’gor. Con un rostro enardecido y lúgubre, Malina seguía al grupo desde atrás, procurando que todos siguieran un ritmo similar, recordando a la par cómo la voz le carcomía la cabeza. El abrasador soplo del Presente, le remeció el cabello, haciendo que la improvisada jinete, se acomodara sobre el caballo, con éste alzando sus patas delanteras hacia arriba, acelerando el cabalgar con nuevos bríos – yo no tengo tiempo para estas burradas- pronunció, mirando hacia atrás por última vez.-

[***]

-¡Hobb, la Casa Comunal, sigue en pie, puede servir! – Manifestó Malina, apelando a una escuálida confianza adquirida con la enana – las mazmorras siguen en pie, en realidad toda la parte de abajo – abriéndose camino por entre los escombros de la casa, Malina, cambió la ruta, posicionándose adelante, aprovechando el tamaño de su caballo para preparar un camino fútil, a partir de sus pisadas.

Un agreste agradecimiento recibió de la enana, quien, presa del miedo, solo movía los brazos mecánicamente, llevando a toda su gente hacia lo que quedaba de la casa comunal – Gracias- dijo, poco convencida.

-No hay nada que agradecer – correspondió diplomática la pelirosa, quien tenía los buclés deformados por el viento – pero me inquieta saber la premura de sus movimientos ¿qué era…

-Barbatos ha vuelto a casa, ya lo has oído – contestó sin dar pie a dudas – Y viene a por todos nosotros.

-¿Queda un dejo de tiempo para decirme quién es? – posó una mano sobre su hombro, mirando en lo más profundo de sus orbes. Los diferentes y extraño objetos que herían su paz aparecían con un brillo deslumbrante en la mirada de la enana, sacando en Malina esa extraña habilidad para proyectarlas todas. Pero antes de hacer eso, cerró los suyos, guardando su mano bajo una manga – dispénseme.

-No hay de qué – replicó curiosa la enana quien ya había descendido de su pony, viendo cómo la gente se resguardaba por sus propios medios – Malina, lleve a los animales a la cabelleriza – ordenó disimuladamente.

Sin olvidar su postura social, Malina, obedeció a regañadientes, llevando con su caballo a todos los pequeños, hacia las caballerizas. Al atravesar el recinto, alzó su mirada al cielo: el día y la noche se habían desentendido de este trozo de tierra, dejando un rastro violáceo en el firmamento, comenzando a influir en su calma y criterio, elevando su desmembrado recuerdo “la carta”, musitó con una sonrisa agotada, mientras bajaba del animal, ordenando a todos los ponies, resguardándolos. Las extrañas alucinaciones que pudo observar en la mirada de Hobb, no la abandonaron.

[***]
-Hobb, ¿quién es Barbatos? – luego de pasar un tiempo indefinido en la caballeriza y de repasar los objetos que deslumbraban la visión de Malina, la impresión de vacío y oscuridad, presidio y patios sombríos, pusieron en jaque toda aquella batahola de descontento.

Un segundo, tal vez dos y Hobb, depositó su mirada inquisidora y magistral sobre Malina y su curiosidad que negaba a desaparecer – Barbatos, ya oíste su nombre. Ya viste su forma. Eres afortunada de vivir en otra tierra, lejos de esta cordillera, humana-  Hobb, delimitó distancia,  su profunda indiferencia, se resistía a pesar que podrían volver esos cuentos de antaño, terminando los días de todos no solo en una gran pira funeraria, meter a todos presos en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón , para esperar allí la trompeta del Juicio, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente, el día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte – Cuando mi tatarabuelo aún vivía, Darry’gor era un pueblo habitado por humanos – se acercó, profiriendo una mirada vaga, devolviéndole el mismo pesar a Malina – Nosotros guardábamos distancia, en la misma tierra, de ellos, Barbatos, en ese entonces era el gobernante de tu estirpe, y le debían respeto y subyugación. De tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de exaltación y de gloria, sólo queda ya un recuerdo en las antiguas crónicas- suspiró para acompasar su voz, resquebrajada -  Llegado un momento, ni  sus propios seguidores pudieron con las maldades que el ahora proclamado “Señor de los monstruos” perpetraba…

-¿Y qué más sucedió?-  una necesidad súbita de detenerla antes de continuar surgió en Malina. Como si los recuerdos le atosigaran la mente, dirigió su mirada a la ventana que quedaba en pie: la horda de esqueletos asolaban. Al penetrar en aquel anchuroso y destrozado sitio, el corazón se le encogió, apoyando una mano sobre su pecho.

-Qué más pudo suceder. Recurrieron a nosotros. El pueblo de aquel entonces, construyó el Reilgán, un poderoso recipiente, capaz de encerrar incluso a un dios. Figúrese una tan imponente como la más imponente y más grande de vuestras catedrales. En un rincón, sobre un magnífico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando el más extraño contraste, una pequeña jofaina de loza de la más basta; el aire, que penetraba sin dificultad por todas partes, gemía por los ángulos del Reilgán, y los pasos resuenan de un modo tan particular que parece que se anda por el interior de una inmensa tumba. Tras una cruenta batalla, encerraron en él a Barbatos... El divino éxtasis duró cortos siglos – su voz temblaba, hurgando entre ellas, una palabra cándida para apaciguar los ánimos de la pintora, quien palidecía rápidamente- La luz se comenzó a debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó, temblando sus notas en el aire, como el eco de una música lejana, y ahora Barbatos, lleno de un estupor indecible, corre a tocar con sus labios el punto en que había puesto sus pies el Caos.

Malina, comprendió el miedo, y se acercó a Hobb, para extenderle su mano, dejando que concluya su historia - Parece tener en su poder el Reilgán y lo está usando para fortalecer su ejército de huesos.


Lewe, sintió sobre sus hombros, el peso de la angustia: esa profunda e instintiva preocupación sobrevivió, no sin asombro por su parte, a casi todas las que ha ido abandonando en el curso de los años, pero que, al paso que iba, probablemente mañana no existiría tampoco;  de pronto, dejó de darle igual que coloquen sus osamentas debajo del mausoleo, como que le aten una cuerda a los pies y le echen a un barranco como a un perro, “no, yo no me voy a morir aquí” sentenció decidida la mujer, adquiriendo un rubor en sus mejillas, presa de la ira – Yo no me voy a ir de aquí muerta. Que te quede claro- le refutó a Hobb, tratando de imbuirle su decisión- Tampoco quiero que decaiga usted ni la gente. Figúreme como insana, pero yo no vine aquí a morir. Siempre hay una forma de salir de estos eventos- “la pregunta es saber cómo” Permítame ayudarle, en  lo que sea necesario, por favor- estiró su mano, en busca de empatía con la enana, tratando de sonreír con calma. De algo sí, estaba segura: Hubbert, para bien o mal, viudo no se iba a quedar.


Última edición por Malina el Lun Jun 22, 2015 2:32 am, editado 1 vez
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Sáb Mayo 30, 2015 12:01 pm

Justo en el momento que las paredes de barro de deshacían por completo, Mivam cayó al suelo, destrozado. Golab, que ahora parecía una abominación gigante, se imponía triunfal ante él.
-¡Ah, y vienen más!- al caer los muros, Nathar y Jahmer abandonaron la batalla contra los zombis, y corrieron, como buenos orcos, no a auxiliar a su amigo, si no a compensar ante su dios la derrota que acababa de sufrir- Ni os imagináis lo mucho que he tenido que contenerme para que la batalla resultase entretenida- dijo el djinn a ambos guerreros cuando estaban a apenas unos pasos de él. En ese momento, la abominación que ahora era golab, se desparramó por el suelo, como una cascada congelada que, de repente, rompiera el hielo. La arcilla líquida bañó los pies de Nathar y Jahmer, así como toda la espalda del caído Mivam.
Entonces, para sorpresa y terror de los orcos, aquella masa informe comenzó a girar, primero a ras de suelo, y después, debido a la velocidad, a elevarse, formando un torbellino de arcilla en el que los tres orcos estaban envueltos. Mivam recuperó la consciencia solo para sentir que era lanzado por la fuerza del movimiento hacia la espesura del bosque, donde fueron a parar también Nathar y Jahmer. Los tres orcos cayeron desplomados al estrellarse contra uno de los grandes robles del bosque en llamas de Darry´gor. Cuando, malheridos, despertaron horas después, las llamas se les echaban encima, y no les quedó más remedio que buscar una salida hacia las montañas, dejando atrás tanto Darry´gor como su honor de guerreros.
-Pues resultó que el orco no era el gran guerrero que yo esperaba- se dijo a si mismo, al recuperar su forma, Golab, mientras observaba impasible el bosque hacia el que había ido a parar su enemigo-Ah, que pereza, ahora debería ir a rematarlo-se maldijo.
-¿Y si nos olvidamos de Darry´gor, djinn?- dijo una voz fría a sus espaldas.
-Vanstiel…-reconoció Golab a su interlocutor, aún sin necesitar volverse hacia él. A paso lento, el Lord Vampiro se situó a su lado, como si él también observara el bosque-¿Te fue útil la criatura que hice para ti?
-Oh, si, mucho- el rostro del vampiro ahora parecía irradiar una completa felicidad- Creo que hasta Ruby estará contenta de haber muerto sabiendo lo que le he hecho pasar a quién me la arrebató. Y ahora, amigo, creo que deberíamos buscar otro a quien servir, alguien que de verdad esté en nuestro bando.
-Creí que no eras de los que se inclinaban gustosos- el djinn estaba completamente confundido, no conocía a nadie menos dispuesto a rendir pleitesía a otro que quien le proponía aquello.
-Creías bien, Golab. Pero…-Vanstiel se desperezó, como si las dudas del genio le produjesen muchísimo sueño- esta pequeña experiencia con enanos, gatos, elfos y dioses me ha hecho ver que, una oferta que se me hizo hace tiempo, y que aún sigue en pie, debe ser aceptada. Vamos, djinn, será un largo viaje. Dejemos atrás esta tierra, y a Barbatos, que ahora está tan ocupado que ni notará nuestra ausencia.

-//-

-Finalmente lo lograste, Lüdriëlh- dijo uno de los miembros de la guardia élfica al ver llegar a su capitán de entre la horda de enemigos caídos. En su avance, Youdar y Lüdriëlh apenas habían podido darse cuenta de que los enemigos ya no resultaban tan numerosos, y que sus esfuerzos con aquellos torpes, aunque fuertes, no muertos estaban dando resultados.
-No hubiera logrado llegar tan pronto de no ser por…- comenzó a decir el capitán.
-¿Y Ithilwen?- karzún bendiga la falta de decoro de los enanos, pues, pese a que, en el fondo de su ser, Youdar pudiera agradecer que Lüdriëlh fuese a dedicarle un cumplido, de guerrero a guerrero, delante de sus camaradas, aquel no era, para nada, a ojos del enano, el momento indicado-¿Y Pelos? ¿Por donde han ido? ¡Hay que buscarlos!
-Tu no nos das orde…- comenzó a decir uno de los elfos, pero fue interrumpido por su capitán.
-Ya habéis oído, buscad a Ithilwen, encontradla.
Si alguno de los elfos tenía reproches sobre aquello, se lo guardaron para si mismos, porque, rápidamente, abriéndose hacia la ciudad en formación de abanico, comenzaron a rastrear en busca de la princesa de Erinimar. Al poco rato, y sin hacer apenas ningún ruido, uno de los elfos llamó la atención de los demás. Youdar, que de no ser por Lüdriëlh ni se hubiera percatado, corrió tras el capitán elfo.
-Mucho cuidado- dijo este, y, a paso lento, señaló una vivienda de la cual provenían unas airadas voces. Los elfos y Youdar, con las armas preparadas, avanzaron hacia ella y, justo cuando ponían el pie en el umbral de la puerta, un gran destello, como si de un mazazo de luz se tratara, cayó sobre la casa, y la prudencia quedó por completo atrás, entrando todos en tropel.
Apenas alcanzaron a vislumbrar a Vanstiel marchándose del lugar, arrojándose por una ventana, y rápidamente se centraron en Ithilwen, quien, pese a no estar malherida, parecía haber sufrido algún tipo de tortura por parte del Lord Vampiro. Viendo que la chica estaba en buenas manos, Youdar se fijó en un saquito a su lado, cuyo contenido no parecía parar de moverse. Desató el nudo que lo cerraba, y, muy despeinado y arañado, salió de él Pelos, que se quedó paralizado unos momentos hasta que pudo recuperar la confianza como para seguir a su amo.
-Deberíais llevarla a un sitio seguro, Lüdriëlh- dijo Youdar, acariciando a Pelos.
-¿Y tú qué harás, kazuka?- preguntó el elfo, quien velaba cuidadoso por Ithilwen.
-Yo me uniré a la batalla- el enano se puso de pie, muy erguido, y se recolocó su escudo- Será un honor encontrarme contigo de nuevo allí.
-Allí nos veremos, Youdar- dijo el capitán, llevándose el puño cerrado al pecho e inclinando la cabeza hacia el enano, quien se dirigía de nuevo hacia la nevada villa.
-Cuidaos, princesa- dijo Youdar a Ithilwen antes de salir.

Al sentir en el rostro, de nuevo, al frío aire de Darry´gor, a Youdar le sorprendió que, de repente, las calles, antes abarrotadas de zombis, estuvieran desérticas.
-¡Miau!- Pelos se acurrucó junto a Youdar, quien, sin descolocar su escudo, se agachó a acariciar a anaranjado gato.
-¿Tú también lo notas, verdad? Algo raro pasa. No te despegues de mí, pequeño- el enano comenzó a avanzar, a paso ligero pero con sus ojos atentos a cada sombra, pero aquello no fue suficiente.
Una bola de luz salió desde un callejón, directa hacia Pelos. Youdar apenas pudo verla a tiempo, y en lugar de cubrir al gato con el escudo, debió hacerlo con su propio cuerpo, arrojándose al suelo. Aquella luz le impactó en el costado, abrasándole.
El enano se puso en pie, mirando hacia la oscuridad, y de ella pudo ver surgir una alta figura. Se trataba de Lenxer, que avanzaba presto hacia él, pero ya no era tal y como lo recordaba, ya no era un elfo, tenía una apariencia distinta, ni siquiera parecía del todo un humano, pero le resultaba familiar. Entonces, cuando Lenxer estaba solo a unos pasos, Youdar supo a quien le recordaba su aspecto. Eran sus ojos, tenía los ojos iguales a los de Ananke.
-- Youdar interpuso su escudo entre Pelos, él y Lenxer- eres El Anciano. Tú eres quién ha hecho todo esto.
-Vaya, y lo has descubierto solito, ¿eh? Al final va a ser verdad que hay algo en ti- Lenxer movía las manos, como un prestidigitador, y a más las movía más brillaban, como si estuviesen reuniendo luz.
-No se a lo que te refieres, no hay nada en mi ¡Apártate de mi camino!- Youdar estaba furioso con aquel hombre. El enano, firme creyente de Karzún, respetaba otros tipos de creencias, entre ellas las de los dioses destino, y descubrir que uno de los adalides del mismo jugase así con las vidas de los mortales ponía en entredicho mucho de lo que su madre le había enseñado en la niñez sobre los dioses, pero no era aquello lo que enfurecía a Youdar, era algo mucho menos profundo mucho más básico. Aquel hombre, fuese un dios, un adalid del destino, o un elfo, los había traicionado, y por su culpa habían muerto buenos hombres y mujeres de La Buena Leña.
-Culpa a Ananke de haberte puesto en mi camino. Ella os eligió, a ti y a esa bola de pelo. Sois sus generales para esta batalla, y quien sabe si para otras. Bueno… en realidad yo si lo se, porque de aquí no saldrás con vida, Youdar, hijo de Yeidrax. ¡Darry´gor será tu tumba!
-¡Nep gudas shap me rawk! ¡Kazukán ai´menu!- “¡Ningún dios de mierda dictará mi destino! ¡Los enanos están sobre vosotros!”.

-//-

-¡Sejen!- Adila, sin entender del todo las indicaciones de Ananke, buscaba y llamaba como loca al portador de espíritus por todo Darry´gor. Buscó su cuerpo entre los caídos, incluso se metió entre las masas amontonadas de zombis muertos buscando, pero a Sejen parecía que se lo había tragado la tierra -¡Sejen! ¿Dónde estás? Te necesitamos… Te necesito.
En aquel mundo blanco en el que estaba, Sejen pudo oír como la voz de Adila lo llamaba, a lo lejos.
-Síguela, portador- lo apremió Hanwi.
Si Sejen entendió lo que buscaba el lobo o no, Adila no lo supo, pero, a los pocos minutos, como si la nieve lo hubiese escupido, el cuerpo de Sejen se materializó ante ella. Parecía estar congelado por el trauma, y Adila, percatándose, corrió a abrazarlo, intentando que entrara en calor.
-Sejen, debemos darnos prisa en unirnos a los demás, un grupo de esqueletos viene hacia aquí, y no parecían ser de ese tipo de esqueletos divertidos que los niños dibujan, eran esqueletos armados hasta los dientes, no literalmente, claro, pero si llevaban unas espadas muy grandes, y el tío que los comandaba, bueno, mejor que si lo ves, lo veas cuando estemos con los demás…

-//-

-¡Perik! ¡Bediam! Os perdimos en mitad de la batalla- Kadín, que tenía la cara y las manos llenas de sangre de zombi, se dirigió preocupado hacia ellos. Parecía que la lucha había terminado. Tras el enano, se podía ver a Shan, que se echaba sobre el hombro a Utrek, que parecía malherido, aunque el desagradable cazador había logrado acabar con decenas y decenas de enemigos. Ravin, Lars y Chismes, silenciosos, los acompañaban. Entre los zombis se podían ver los cuerpos sin vida de algunos cazadores que no habían logrado salir vivos de la batalla, así como de casi todos los miembros de la guardia enana.
-¡Inbare! Kadín, no habéis dejado ninguno para los veteranos. Me alegra verte- dijo el yayo, abrazando al hermano de Youdar. Rápidamente, y tras dirigir una fugaz mirada a Bediam, retomó el semblante serio- Debéis hacer acopio de las fuerzas que os queden, cazadores. Me temo que la batalla no ha terminado.
-¿A que te refieres, viejales?- preguntó Utrek, deshaciéndose del apoyo de Shan y apresurándose a recargar su ballesta. En ese momento, un gran crujido, como del estallar de un trueno, se escuchó en toda la villa.
-Ya viene- dijo Perik, repitiendo las palabras que Nikochis les había dicho, minutos atrás, a él y a Bediam.

-//-

Youdar se cubrió con su escudo cuando Lenxer juntó sus dos manos y, el brillo que estas habían acumulado, explotó en una gran masa luminosa. El enano cerró los ojos con fuerza y, al volver a abrirlos, se percató de que ya no estaba en Darry´gor. No lo hubiese notado por el suelo donde pisaba, pues también era nieve, ni por la envolvente noche que lo rodeaba, pero si por la ausencia de cualquier tipo de elemento, a parte de unas cuantas rocas, igual de nevadas que el suelo. Ni casas, ni vegetación alguna, ni siquiera nubes que dificultaran la visión de las estrellas. La bola de luz del Anciano había creado, para ellos, un terreno de batalla completamente virgen.
-¿Y ahora qué?- dijo Youdar, agachándose, cubriendo de nuevo a Pelos con su escudo.
Con el chasquear de sus dedos, Nikochis se apareció también en aquel campo nevado, observando desde lejos al enano. Iba a chasquear de nuevo sus dedos, para ir en su ayuda, cuando una figura encapuchada, cuya ropa cubierta de nieve no había permitido al folklerien divisarla, alargó su brazo frente a él, instándole a detenerse.
-Ananke- dijo, sorprendido, Nikochis- ¿Por qué no haces nada?
-Venía dispuesta a intervenir, Nikochis, pero llegué tarde. Mi hermano, Lenxer, ha intentado matar a Pelos con su primer ataque- la mujer se sentó en una de aquellas níveas rocas, dejando un hueco para que el hombrecillo se situara a su lado- Ahora es mortal.
-¡Estupendo! Déjame  que le mande dentro de un volcán- la idea de poder hacerle eso a Lenxer parecía ser divertidísima para el folklerien.
-No serviría de nada. Lenxer puede ir de un lugar a otro tan rápidamente como tú, Nikochis. Y ya ha demostrado que su habilidad está por encima de la mía. Youdar deberá demostrar si es realmente quien necesito para evitar la catástrofe que está por venir. Es una batalla que debe ganar él mismo.

-//-

Un gran rayo, cuyo estruendo fue diez veces mayor a aquel que fulminó a Ingrod, cayó en Darry´gor, justo sobre lo que quedaba de la Casa Comunal, dejando al descubierto sus niveles inferiores.
-Ahí estáis- dijo Barbatos, quien se elevaba sobre Darry´gor, mientras, incansable, su ejército avanzaba- Creo que es el momento de acabar con todo esto de una vez por todas. Los deshechos de Darry´gor y de La Buena Leña, contra la élite de mis fuerzas, mi Centuria Vertebral- el señor de los monstruos extendió sus brazos, y, amenazantes, un rayo cayó junto a Lüdriëlh y los elfos que sacaban a Ithilwen del lugar donde Vanstiel la había torturado, otro lo hizo al lado de Sejen y Adila, y un tercero, más grande, fulminó el suelo en torno al cual se encontraban Perik, Bediam, Shan, Utrek, Kadín, Ravin, Lars y los supervivientes de la Guardia Enana- Uníos rápidamente a la batalla, elfos, cazadores e invitados, será mejor que os pueda eliminar a todos a la vez.
-Malina, creo que esto es el fin- dijo Hobb a la artista, pero, en contraste, aferró fuertemente al apaciguador, poniéndose en pie.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Mar Jun 09, 2015 2:33 am

Aquel lugar blanco como la nieve, donde nada era diferente y todo era luz blanca de estrellas, era un lugar completamente nuevo para mí y aquí, no podía sentir nada, ni calor, ni frío, ningún aroma tampoco, tan solo tenía ganas de cerrar los ojos y dormir, nada se escuchaba en este lugar y mi cuerpo parecía flotar en la inmensidad, me hubiera gustado mover los brazos para tratar de tocar algo que no sentiría, me gustaría ponerme en pie pero mi cuerpo no respondía solo, estaba en el aire y mi mente tan solo podía dejar escapar los sueños y las ilusiones, de haber podido preguntaría que era este lugar, o quizás solo era fruto de mi desmayo si es que había perdido el conocimiento. -¡Sejen!- Una voz distorsionada de pronto empezaba a escucharse, era una voz femenina que apenas lograba recordar, en este lugar todo era como si se lo llevara el aire inexistente, nada parecía importar. -Sejen.- Dijo una segunda voz, pero esta no estaba distorsionada la pude reconocer sin problemas, era Hanwi. -Aún no es tiempo de dormir portador.- Dijo aquella voz ya tan habitual. -¿Qué ha pasado, dónde estoy?- Ahora al fin pude hablar, pero mi voz era lenta y pausada, como si tuviera mucho sueño. -El plano al que te llevo Roich se destruyó, cuando lo derrotaste fracturaste el lugar que él había creado y moldeado, desembocando en esto, si no le hubieras detenido Támau y Hoka hubieran acabado en un lugar como este, quizás Roich tuviera muchos años, pero no tenía conocimientos sobre el plano en el que residen los espíritus, aunque a el poco le importaban estos entes ancestrales.- Dijo explicativo. -Creí que era el hogar de los espíritus y que nadie podía interceder en el.- Mi contestación ansiaba conocimiento. -Eres muy joven todavía portador y hay cosas que debe descubrir tú mismo, por el momento debes volver.- Me dijo el pero no sabía cómo hacerlo, solo había visitado el plano astral por invitación de otros, en este caso fue porque Roich me trajo aquí con lo cual, no sabía salir y todavía menos de un lugar, que ya es considerado como la nada absoluta, pues nada vive ahora aquí. -¿Qué ocurre con Hoka y Támau?- Pregunté preocupado. -No temas, ellos ahora son libres del yugo de Roich, ahora podrán marchar a otro lugar.- La primera emoción que sentí desde que estaba en este vacío suspendido, tranquilidad, alivio acompañado de algo de felicidad, al saber que aquellos dos espíritus ya no tendrían que servir bajo el mando, de aquel cruel hombre. -¡Sejen!- Gritó nuevamente la primera voz, pero esta vez la pude entender. -¿Adila?- Me pregunté en voz alta, pues aunque reconocía la voz no me explicaba como en este lugar la estaba pudiendo escuchar. -Síguela portador, ella te guiara hasta la salida.- Apremió la voz del lobo espectral y aunque no me podía mover desee seguir aquella voz.
 
De pronto, sentí mucho frío que se abrazaba a mi pecho, dificultando la respiración, pues mi cuerpo y aunque posiblemente no estuviera en aquel lugar, sintió el cambio drástico de temperatura. Algo me sostuvo como si me abrazaran, se trataba de Adila, su voz me hizo salir del trance pero al mismo tiempo, rompía la escasa tranquilidad, ni siquiera me había logrado recobrar de lo sucedido, que ella ya me estaba advirtiendo del peligro, yo parpadeaba sin parar pues mi vista aún era algo dificultosa y mi respiración estaba agitada, realmente no le estaba prestando demasiada atención, pero ella me estaba poniendo la cabeza como un bombo. -¿Me estas escuchando?- Dijo ella enfadada, no la culparía por ello, pero ahora mismo estaba tan descolocado y confuso que poco atendía a lo que me dijese, porque no me ubicaba, estaba completamente desorientado. -No nos podemos quedar aquí.- Apremió ella mientras yo, sacudía la cabeza y me llevaba la mano derecha a esta. -¡Vamos!- Y me ayudó a ponerme en pie, lo que me resultaba todavía mas confuso, pues hasta donde yo recordaba, la cazadora se había dañado y eso le impedía caminar correctamente, con lo cual el ayudarme a ponerme en pie no era algo que entrara en sus posibilidades. -¿Cómo lo has..?- Mi pregunta tenía una fácil deducción la cual Adila acertó a la primera. -Es algo complicado, pero ahí voy. La bruja que en realidad no es una bruja malvada, me curo el pie, ya sabes la que nos dio de comer y esas cosas, me curó el pie porque la ayudé, pero tú no estabas, así que no puedes saber lo que paso, con lo que tengo que explicártelo verás. Resulta que Lenxer, el elfo anciano, el que tiene la cara como una pasa de cien años, en realidad no es Lenxer, o sí, no sé cómo explicártelo, el caso es que no es quien creíamos que él quería que creyéramos.- En ese momento ya me perdí… -En realidad es un tipo malvado, que se dedica a hacer fuegos artificiales de luces mágicas, que destruyen casas pero no me pueden dañar, el caso es que la bruja y Lenxer que en realidad no es Lenxer, se pusieron a pelear en la casa comunal y bueno, primero luces, después risas malvadas en plan; Muajajajajajaj no puedes vencerme bruja estúpida. Después otra vez luces y de pronto la casa comunal se desploma, todo es un caos, la bruja que ya no es una bruja ahora dice que es como yo, aunque la seguiré llamando bruja por lo que nos hizo, se queda atrapada entre los escombros, yo que soy buena gente no la podía dejar ahí, así que la ayude a salir de ese marrón, me da las gracias y que esto y lo otro, de pronto me pasa la mano por el tobillo y ¡eureka! Ahí está curado y yo; ¿Cómo lo has hecho? ¿Ves cómo eres una bruja? Otra con sus rollos vudús. Entonces me dice que vaya a buscarte y bueno… aquí estoy.- El monólogo de Adila como siempre retumbaba en mi cabeza y esta vez con más razón, porque dijo cosas que yo no lograba entender del todo, pero la situación era muy simple, nuestros problemas no habían concluido todavía, teníamos que reagruparnos eso lo entendí, pero su historia fantástica sobre cómo se había hundido la casa comunal me había despistado por completo, pero durante el trayecto hasta reunirnos con los demás me despejé.
 
Ahora ya sin la ayuda de Adila estaba caminando yo solo, aunque realmente no caminaba, sino que trotábamos para alcanzar cuanto antes a los demás. -Ahí están.- Dijo la muchacha señalando y empezando a correr, yo pude reconocer a Utrek, Shan, Kadín, Chismes, Ravín y Lars, tras ello solo podía ver un montón de guardias agotados, algunos incluso muertos. Utrek alzó las manos como si hiciera una cruz. -¡Por fin! ¿Se puede saber dónde hostias os habíais metido chaval?- Su desagradable voz desde luego todavía era difícil de escuchar, pero tenía razón y lo peor es que no podía darle una excusa, decirle ‘’me he peleado con un brujo en un plano astral’’ solo lo haría reírse y despotricar. -¿Nada?- Adila respondió antes de que yo dijese nada. -Tú te callas, que lo último que queremos ahora es escucharte. ¿Kadín, como están las cosas?- A Utrek no le sentaron bien las palabras de la joven cazadora, pero por estúpido que sea, sabe que este no es el momento de empezar a discutir. -Todo parecía terminar…- Empezó Kadín. -Pero Perik y Bediam nos advirtieron, de que vienen más problemas, los que quedamos con fuerzas para luchar estamos ya casi todos aquí, recobrando un poco el aliento, pero no sé si podremos continuar, no de esta forma.- Adila agachó un poco la cabeza al escucharlo, no eran buenas noticias ni siquiera se divisaba un poco de esperanza ni siquiera en las palabras del enano, yo me preguntaba que debía hacer. -¡Cuidado!- Gritó Shan apartándonos a mí y Adila, un rayo había caído de la nada mientras le seguía una voz sepulcral. Traté de seguir aquella voz, para buscar su origen, aunque algo en mi quería que todo fuera un sueño, un mero hecho aislado lejos de este lugar, pero no sería así, lo que vi fue una calavera ataviada con túnica, portaba una enorme y amenazante guadaña. -Decidme que no debemos enfrentarnos a eso…- Me dije a mi mismo, aunque desde que empezara la frase ya conocía la respuesta. La amenazante calavera menciono algo sobre unos elfos, inmediatamente recordé a la dama Ithilwen y la busqué con la mirada por todo lo que alcanzaba a ver, y aunque respiré con cierto alivio al encontrarla, no me daba ninguna buena noticia el verla así, parecía aturdida y apenas estaba en pie, la estaban cargando su guardia élfica, yo hubiera deseado ayudarla pero ahora mismo, teníamos otro grandioso problema, aquella amenazante calavera no auguraba nada bueno para Darry’gor y solo unos pocos podíamos defenderla ahora. -Pues sí que es feo el hijo de puta, si.- Como siempre Utrek estaba ahí para soltar alguna de sus perlas, pero aquella cruel criatura no era el único problema, el ejército de cadáveres que Adila me mencionó estaba al caer, todos nos preparamos para la batalla que se cernía una vez más sobre nosotros. Lanza en mano me puse en frente de la cazadora. -Deberías buscar una posición elevada y quedarte allí.- Le advertí ella era mejor arquera que yo, pero dudaba de que su condición física soportara el mismo castigo que yo, Utrek y aún menos que Kadín. -No te estoy diciendo que huyas, toma cuantas flechas puedas y busca desde donde disparar con comodidad.- También hubiera sido mi estrategia a seguir, pero yo ya había invocado a Matoska para hacer frente a Roich y si volvía a convocarlo seguramente me desmayaría como cuando me encontré al pastor oscuro por primera vez, esta vez tocaba combatir nuevamente en el cuerpo a cuerpo y Adila como de costumbre ya, puso una cara de desaprobación absoluta a pesar de que sabía que lo único que yo pretendía era protegerla. -Debes march…- Pero antes de terminar me empezó a pegar en el hombro una serie de golpes, yo me defendía como podía, sus golpes no hacían daño pero eran molestos. -¿Por qué siempre tienes qué que hacerte el maldito héroe?- Aunque fue una frase completa, ella se detenía a cada palabra que al mismo tiempo, era un golpe para mi hombro. -¿Quieres parar?- No se trataba de hacerme o no el héroe, intentaba protegerla no herir su orgullo, ni siquiera le dije nada ofensivo, ni le dije que no luchara, solo pretendía que estuviera en una posición más segura. -¿Se puede saber que…?- Ella me tomó por la nuca, no dijo nada, simplemente dejo de golpearme y pillándome completamente descolocado y aturdido por la situación, ella me besó. Mi corazón empezó a latir con una fuerza con la que nunca lo había hecho, todos mis pesares se esfumaron de golpe y mi mente se marchó a otro lugar, lejano aquí, un lugar tranquilo y apacible, lleno de calma. Podía sentir sus labios cálidos en contacto con los míos, lo que yo no me atreví a hacer y ella lo hizo sin vacilar, no pude pensar, no tenía nada que decirle. Aunque mi corazón latiera tan fuerte y rápido, mi respiración se había detenido por un instante, detenido durante todo aquel cálido beso. -Ten cuidado.- Dijo tras separar sus labios, mirándome a los ojos, los cuales yo tenía medio cerrados, su mano se posó en mi mejilla, yo utilice mi mano derecha para apretar la suya con cariño, ahora sin lugar a dudas no mi corazón me decía que no quería que ella se marchara, pero mi cerebro sabía que eso era lo que había que hacer ese momento. Ella se apartó de mi pero yo no solté su mano hasta que mi brazo estaba completamente extendido, y mientras la veía marcharse sentí como si perdiera algo en mi interior, pues no estaba seguro de que pudiera volver a verla, pues no hay certeza de que de aquí podamos salir victoriosos. -Cree en nosotros Sejen.- Dijo Hanwi en mi cabeza solamente. -Vamos muchacho.- Dijo Kadín sacándome del trance. Utrek escupió al suelo. -Vamos a acabar con esos mamonazos.- Dijo el cazador mientras hacía girar la espada. Podíamos observar aquel ejército que se dirigía hacia nosotros, los guardias se prepararon, yo sostuve mi lanza con fuerza mientras los veía cargar hacía nosotros. -¡Cargad!- Gritó extendiendo la última silaba el valiente enano, un sonoro grito surgió de las gargantas de los defensores de Darry’gor y cargamos contra aquel ejército sin vacilar, sin amedrentarnos, con el miedo en nuestros corazones, pero sin ceder, ni dar un paso atrás.
El embate fue un estruendo choque de fuerzas, tanto Utrek como yo fuimos los primeros en encontrar batalla, pues también éramos los más altos. En cuanto hicimos impacto los primeros esqueletos no resistieron el impacto, su primera línea cedió ante nuestra fuerza física superior, tal vez no éramos superiores en número pero si lo éramos en cuanto a fuerza y resistencia.

Detuve un ataque con mi lanza, ya entrados completamente a la batalla, aquí no había que pensar, solo sobrevivir como fuera, hasta que pudiera invocar nuevamente un tótem, el cual me podría ayudar en el combate. Un esqueleto se echó a mi espalda al mismo tiempo que derribaba al que tenía en frente, no me fue muy difícil librarme de él, solo tuve que valerme de mi tamaño y fuerza. Lo atrapé por el brazo y lo arroje contra los que venían hacia mí de frente, esta batalla parecía que no fuera a tener fin. Un nuevo enemigo se iba a echar sobre mí, pero un silbido indico que nunca llegaría a ese objetivo, Adila me había hecho caso y ahora estaba posicionada en el tejado de una casa, disparando su arco con precisión a cuanto objetivo se encontrara.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Miér Jun 10, 2015 6:30 pm

-¡Perik! ¡Bediam! Os perdimos en mitad de la batalla -les saludó Kadín, cubierto de una espesa y oscura sangre, que no le pertenecía.

Le acompañaban un pequeño grupo de humanos. El cazador bocazas estaba allí, y tenía una herida con bastante mala pinta.

-¡Inbare! Kadín, no habéis dejado ninguno para los veteranos -respondió Perik mientras abrazaba al enano con cariño-. Me alegra verte.

Bediam sonrió, agradecido de poder ver una escena agradable en el mar de catástrofes que les azotaba. Pero no le duró mucho el respiro: las palabras de Nikochis aún resonaba en su cabeza. Las miradas de humano y enano se cruzaron: ambos pensaban en lo mismo.

-Debéis hacer acopio de las fuerzas que os queden, cazadores –anunció el viejo cazador-. Me temo que la batalla no ha terminado.

-¿A qué te refieres, viejales? -gruñó el cazador malherido.

Un estruendo ensordecedor hizo que el aire a su alrededor vibrara. Todos intercambiaron unas miradas atemorizadas.

-Ya viene -murmuró Perik.

Sin esperar un segundo, el viejo enano se giró hacia ellos.

-Coged las armas que podáis y seguidme –ordenó-. Muchas vidas dependen de nosotros.

Bediam tragó saliva. No le quedaban apenas pociones.

-Tú, chico –le reclamó el cazador bocazas.

Bediam le miró con desconfianza.

-Además de poner cara de pena, ¿sabes hacer algo más? –inquirió-. Bueno, como mínimo de carne de cañón.

El alquimista quiso responder, pero se sentía aturdido y no reaccionó a tiempo.

-Cierra la boca, Utrek –gruñó Kadín-. Él fue quien derribó a Vanstiel.

Perik se encaró con el cazador, que aguantaba estoicamente a pesar de su maltrecho estado.

-Lleva con nosotros desde el principio y ha demostrado su valía con creces –susurró el viejo cazador-. Así que si vuelves a faltarle al respeto, te romperé los pocos huesos que te quedan enteros.

Utrek escupió al suelo, airado.

-Menudos humos, ¿eh? –gruñó-. Solo digo que por las pintas que tiene me apuesto lo que sea a que no sabe manejar un arma.

Bediam bajó la mirada, abochornado: era cierto, no sabía manejar ninguna arma. Tenía una daga, pero era más para darse valor que para otra cosa.

-Pues perderías –replicó Perik-. Hay muchos tipos de armas. Y te aseguro que él maneja la suya con soltura.

El alquimista y el enano cazador se miraron un instante. Ambos sonrieron.

-¿Qué arma usa? –titubeó Utrek.

El enano le golpeó la frente con la yema del dedo, como reprendiéndole.

-Ésta –respondió-. No estaría mal que tú también aprendieses a usarla.

Utrek se tambaleó por el golpecito y casi perdió el equilibrio. Estaba mucho peor de lo que quería admitir. Bediam no se lo pensó dos veces. Sacó de su cinturón el único frasco que le quedaba entero y lo destapó.

Prisa de Eryth. Youdar lo había rechazado durante la batalla contra los vampiros, así que lo había conservado íntegro hasta ese momento.

-Bebe –dijo el alquimista, sencillamente-. Un solo trago, y que sea corto.

El cazador dudó un segundo. Miró a los allí presentes, como tratando de decidir si cuestionarían su valentía si no bebía. Al final consideró que sí, así que le arrebató y bebió un pequeño trago.

-¡¡OAAAAAAAAAAAAAAAA!!! –bramó, mientras una ancha sonrisa se dibujaba en su rostro.

La Prisa de Eryth anulaba en gran medida la percepción del dolor, pero no era todo lo que hacía. Te inundaba con una sensación de euforia incontrolable, lo que te volvía temerario e impulsivo. Nada nuevo para Utrek, claro, y menos en la dosis que había tomado. Lo suficiente para hacerle más llevadero el combate que se avecinaba.

-¡Me siento genial! –exclamó- ¡No sé qué mierda ésta, pero a mí que no me falte!

Con un rápido movimiento, Bediam le arrebató el frasquito de la mano, lo tapó y se lo guardó. La Prisa de Eryth era adictiva, y no convenía que alguien como Utrek la tuviese muy a mano.

-¡Dame eso, desgraciado! –rugió, mientras trataba de abalanzarse sobre el alquimista. Por suerte, todos estaban atentos a lo que pasaba y lo inmovilizaron.

-Vámonos a buscarte algún arma en condiciones –le sugirió Perik.

Bediam asintió, deseoso de alejarse de allí. Enano y humano caminaron entre los cadáveres. Una maza incrustada en el cráneo de uno de los monstruos deformes llamó su atención, y la arrancó de un tirón.

-¿Sabrás manejarla? –dudó el enano.

El alquimista se encogió de hombros.

-No parece muy difícil –comentó, tratando de aparentar calma.

No hubo respuesta. Un estruendo aún mayor que el anterior los lanzó por los aires. La Casa Comunal quedó hecha ruinas.

Fuese lo que fuese, ya había llegado.

-Ahí estáis -pronunció una voz de ultratumba.

Ambos se levantaron. Flotando en medio del cielo, estaba el ser que asustaba incluso a Nikochis.

El pastoscuro. Y su ejército de esqueletos.

-Creo que es el momento de acabar con todo esto de una vez por todas –comentó-. Los deshechos de Darry'Gor y de La Buena Leña, contra la élite de mis fuerzas, mi Centuria Vertebral.

La criatura extendió los brazos y volvieron a caer rayos a su alrededor. Ya no había duda de que era él quien los provocaba.

- Uníos rápidamente a la batalla, elfos, cazadores e invitados, será mejor que os pueda eliminar a todos a la vez –proclamó.

El humano y el enano se miraron. Los supervivientes de la batalla cargaron contra los esqueletos, encabezados por Utrek y Sejen, que había aparecido de la nada.

-¿Ese es…? –murmuró Bediam.

-Es Barbatos –acabó Perik por él. Parecía preocupado-. Mi pueblo cuenta su historia desde hace mucho tiempo. El señor de los monstruos, traicionado por sus propios súbditos y sellado por toda la eternidad en el reilgán. Pensaba que era un cuento de abuelas.

-¿Reilgán? –repitió el alquimista, confuso.

El enano señaló la esfera verde que relucía en su mano.

-Eso, supongo –masculló-. Que lo tenga es muy mala noticia…

Se hizo el silencio durante un instante.

-¿Y qué podemos hacer? –preguntó Bediam.

-Como miembro de la Buena Leña, solo hay una cosa que yo pueda hacer –respondió-. Darle caza.

El enano le miró con determinación.

-Tú no hace falta que… -empezó.

Pero el alquimista le detuvo, esgrimiendo su maza.

-Sí que hace falta –replicó-. No se es cazador porque lo diga un papel, o por formar parte de un grupo. Se es cazador cuando se decide serlo. Y yo decido serlo.

Perik le palmeó la espalda con fuerza. Se miraron a los ojos.

-Estoy orgulloso de haberte visto crecer –le dijo.

Bediam asintió, sin decir nada… Y ambos cargaron contra los esqueletos.

-¡Por ahora centrémonos en acabar con su ejército! –bramó el enano mientras corrían-. ¡Ya pensaremos luego en cómo acabar con él!

Algunos esqueletos ya habían caído, pero extrañamente pocos. No le dieron importancia en ese momento y por fin llegaron a las manos. Perik desmontó a un par de esqueletos con mucha destreza. Bediam golpeó a uno en la cabeza y se la hizo pedazos. Nunca había matado nada al cuerpo a cuerpo. Bueno, no lo había matado, pero para que nos entendamos.

-¡Arriba, esclavos! –rugió Barbatos mientas alzaba el Reilgán, que emitió un brillo siniestro.

De pronto, media decena de los no muertos volvieron a levantarse, como si tal cosa. Entre ellos, no estaba al que el alquimista le había triturado el cráneo. No le fue difícil atar cabos.

Corrió hacia Perik. El enano segó las piernas de uno de aquellos seres, que cayó al suelo. Uno de los brazos se le desencajó, pero intentó volver a levantarse. No lo consiguió: un buen mazazo directo en el cuello lo impidió.

-¡Si solo los desmontamos vuelven a levantarse! –gritó el alquimista-. ¡Hay que partirles los huesos, aunque sea a pisotones!


Última edición por Bediam el Miér Jun 17, 2015 4:48 pm, editado 1 vez
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