Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]
Hoy a las 10:44 am por Niris

» La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]
Hoy a las 12:51 am por Balka

» ¿Donde está el Caballero Rojo?(Campaña)
Ayer a las 10:21 pm por Eudes

» Solo hay un modo de conocer el desierto...
Ayer a las 6:49 pm por Gula

» Gabranth [Ficha en construcción]
Ayer a las 1:38 pm por Gabranth

» Azura (En construcción)
Jue Ago 17, 2017 9:24 pm por Bizcocho

» No tan pequeños problemas (solitaria)
Jue Ago 17, 2017 12:29 pm por Celeste Shaw

» Y les vendieron sus almas al diablo. [Priv. Kaila]
Jue Ago 17, 2017 12:20 am por Jan Egiz

» Òracion a los Dioses] Müsenïe
Miér Ago 16, 2017 2:37 pm por Katarina

» Evento: Fe y devoción
Mar Ago 15, 2017 9:05 am por Niris

» Preguntas a la comunidad (Religión)
Mar Ago 15, 2017 8:47 am por Niris

» Preguntas a la comunidad (Deidades)
Mar Ago 15, 2017 8:46 am por Niris

» El Gremio de la Pureza [Disponibles]
Lun Ago 14, 2017 2:53 pm por Libaax Feher

» Noreth: Total War [Campaña]
Lun Ago 14, 2017 2:38 pm por Lia Redbart

» Hola majos
Lun Ago 14, 2017 12:43 am por Señorita X




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Cacería de la Vieja Escuela

Página 8 de 9. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Jue Jun 11, 2015 11:36 pm

-Qué bien sienta machacar cráneos, eh, “Kataplín”- Utrek sonaba eufórico mientras se dirigía a Kadín. Llevaba su ballesta en una mano, la cual recargaba a ratos, y en la otra portaba un hacha, arrebatada a uno de sus enemigos; su espada la había perdido hacía rato, incrustada entre las costillas de un esqueleto- Pero ¿qué coño…?- el cazador quedó atónito al ver como, ante un insignificante gesto de Barbatos, acompañado de un verdoso fulgor, algunos de esos montones de huesos se recomponían, volviendo al ataque.
-¡Si solo los desmontamos vuelven a levantarse!– gritó la voz de Bediam a espaldas de Utrek- ¡Hay que partirles los huesos, aunque sea a pisotones!
-¡Como me joden los listos!- gruñó el desagradable cazador, pero, a la vez, no dudó en reventar cuantos restos óseos podía con sus botas de cuero- Si ya decía yo que esto no iba a ser tan fácil- con cada palabra asestaba un hachazo, poniendo en sus ataques toda la fuerza que podía, procurando que no quedara nada que recomponer para el jefe de los huesudos.

Cerca de Utrek, Kadín veía como su altura comenzaba a ser una desventaja, ya que los esqueletos le rodeaban, no solo por los laterales, si no también por arriba. Comenzaron a echarse sobre él, y, sin espacio para utilizar su espada, se vio obligado a liberarse a base de puñetazos y patadas, lo cual no era tan efectivo.
-¡Shan! ¡Ayuda a Kadín!- gritó Adila desde el lugar, algo apartado, que había elegido para lanzar flechas a cuantos enemigos se acercasen peligrosamente a sus aliados.
Ante el aviso de Adila, el joven cazador se dirigió hacia el enano, abriéndose paso como podía, atacando con cuando tenía a mano. Sin embargo, no fue el rostro de Shan el que Kadín vio cuando consiguieron quitarle de encima a los esqueletos.
-¡Apartaos de él, flaquitos!- gritó una voz femenina mientras aplastaba con un gran mazo de madera la cabeza de uno de los esqueletos- ¿Estás bien, chaval?- gritó Hobb, la posadera, a Kadín. Le extendió la mano para ayudarle a ponerse en pie, y ambos siguieron combatiendo.
-Gracias por salvarme, eh…- dijo el enano, que desconocía el nombre de su salvadora.
-Me llamo Hobb, y ya tendrás tiempo para invitarme a tomar algo luego, muchachote, ahora hay mucha leña que talar.

-//-

En las alturas de Darry´gor, levitando sobre la batalla, Barbatos, furioso, había contemplado como, alejándose de sus rayos, gran parte de los que se escondían en la Casa Comunal habían logrado salvarse, quedando demasiado lejos para que él pudiera atacarles. Otros cuantos, pudiera ser que los más inútiles, se habían quedado en la derruida vivienda que les había cobijado, pudiera ser que esperando su final.
-Otra vez más- gritó el pastoscuro, levantando el Reilgán y recomponiendo a su Centuria Vertebral. La élite de sus fuerzas estaba cayendo una y otra vez ante los hombres de La Buena Leña, y él podía sentir como, con cada uso del mágico artefacto que revivía a su ejército, su cuerpo se debilitaba cada vez más.
El Reilgán era tan poderoso que hasta los dioses temían usarlo, como Lenxer le había comunicado cuando se lo entregó, y, al alimentarse de las energías de su portador, no podía utilizarse de continuo. Pero Barbatos no iba a retirarse, no en ese momento, no ahora que algunos habitantes de Darry´gor habían conseguido huir a las montañas, porque las montañas, para él, significaban solamente una cosa. Las montañas significaban Bund´Felak, y no iba a permitir que los enanos de esa ciudad acudieran a encerrarlo de nuevo. El pastoscuro debía entregar el todo por el todo a la batalla.

-//-

-Cuidad a Ithilwen, no permitáis que sufra ningún daño- dijo Lüdriëlh a sus hombres.
-¿Por qué combatirás, Lüdriëlh?- le preguntó uno de los suyos.
-Porque ella así lo quería- y, sin decir más, el capitán se dispuso a abandonar la vivienda en la que se habían refugiado. Sin embargo, cuando apunto estaba de poner un pie en el frío suelo nevado de la villa, la Dama de Erinimar alzó la voz, hablando por primera vez desde que se encontrara con el maldito Lord Vampiro.
-Aguardad- con esfuerzo, se puso en pie. Su mirada estaba perdida, como si no se encontrase del todo en aquel lugar, pero sus palabras resultaban claras y no faltas de decisión- Debemos ayudar a los kazukan, todos nosotros. Los hijos de Erinimar guardan a los suyos, y a sus aliados.

-//-

Todo era fría y oscura nieve alrededor de Youdar. Una gran tormenta de granizo lo rodeaba, y lo único que se le ocurría hacer era mantenerse agachado, con su escudo de roble cubriendo tanto su cuerpo como el de Pelos. El enano intentó divisar algún punto discordante, algo que marcara la diferencia en aquel campo nevado, pero, salvo unas cuantas rocas, como en la que se apoyaban, todo era exactamente igual.
¿Él podrá verme?”, se preguntó Youdar y, por si la visión de Lenxer estuviese tan restringida como la suya, se le ocurrió una idea. Cogió con las manos algo de nieve, pasándola a lo largo de toda su capa, confiando en que, al vestir el mismo color que el entorno, El Anciano no pudiese tener fácil el localizarle.
-Despacio, amigo- el enano comenzó a caminar, seguido de cerca por su gato, cuidando de no dejar un rastro fácilmente distinguible. No sabía hacia donde iba, pero se sentía inútil al quedarse allí sin hacer absolutamente nada. Anduvo durante un par de minutos, sin sentir cambio alguno que indicara la presencia de alguien más, cuando, de repente, Pelos saltó por los aires, alejándose de él y esquivando un rápido ataque de luz que dio al enano justo en el estómago, haciéndole caer doblado.
-¡Inbare, Lenxer, lucha como un hombre! ¿Acaso te da miedo un simple mortal?- Youdar se puso en pie, dispuesto a recibir un nuevo golpe, pero el hechicero había vuelto a perderse en la noche.

-No parece que le esté yendo muy bien- comentó Nikochis, sentado en una cómoda hamaca que había hecho aparecer. También había convocado un brasero de leña, con el que se calentaba en el frío lugar nevado al que Lenxer había llevado a Youdar.
-No lo está haciendo bien- respondió Ananke, mordiéndose con nerviosismo el labio inferior, aunque parecía que, más que hablar con el folklerien, hablase consigo misma.
-¿Puede vencer a Lenxer con su espada?- preguntó Nikochis con curiosidad.
-Dije que debía vencer en la batalla, no que tuviese que vencer a Lenxer, Nikochis- el hombrecillo la miró, con cara de no entender nada- No, no es a él a quien debe vencer…

-//-

-¡Es el colmo!-  la voz de Barbatos resonó por todo Darry´gor. Los elfos se habían unido a la batalla, y ya quedaban menos de la mitad de los miembros de su Centuria- Vosotros lo habéis querido, cazadores. Llegó la hora del dolor para esta ciudad.
El pastoscuro alzó su brazo, como tantas veces lo había hecho durante la larga contienda, pero algo fue distinto esa vez. El fulgor del Reilgán no fue verdoso, si no dorado, y de él salían descargas eléctricas, tan poderosas que incluso llegaban a caer sobre el campo de batalla. El artefacto comenzó a levitar, al igual que su señor, cuya capa salió volando, dejando al descubierto sus huesos, de los que también saltaban chispas. Las nubes se cernieron sobre la eterna noche de Darry´gor y, llamados por el poder del Reilgán, los rayos comenzaron a caer, obligando a los cazadores a buscar refugio.
Cuando parecía que aquello no podía ir a peor, los esqueletos, tanto los que seguían combatiendo como los que habían caído, se alzaron, solo para ser descompuestos en pequeños fragmentos que acudieron al encuentro del cuerpo de su señor. La caja torácica de Barbatos se abrió, dejando un hueco en el que, poco a poco, a un ritmo muy lento, fue asentándose el Reilgán, con los restos de la Centuria Vertebral girando alrededor del pastoscuro, como su los atrajese con una fuerza magnética. Por último, para terminar de dar forma al horror, los expuestos huesos del cuerpo de Barbatos se iluminaron y, de su mano derecha, surgió una lanza, hecha de la pura energía de un relámpago.
-No hay opción de vencer, Perik- dijo Kadín, refugiado tras uno de los caídos muros de la Casa Comunal.
-Si la hay, pero solo una. El Reilgán es demasiado poderoso, incluso para él, míralo- en un primer vistazo, lo único que vio Kadín fue un monstruo invencible, pero, tras fijarse en Barbatos con detenimiento, se dio cuenta de que las descargas que salían del cuerpo del señor de las bestias no eran voluntarias, y que le retorcían de dolor- Ahora que se ha fusionado con el Reilgán dependerá de él para vivir. Si logramos separarlos acabaremos con este horror de una vez por todas. No podemos ganar esta batalla si no luchamos todos a la vez.

-//-

Un nuevo ataque de Lenxer logró impactar a Youdar en el hombro, durmiéndole el brazo y haciéndole soltar su espada. El hechicero estaba jugando con él, y no encontraba ninguna forma de devolverle los ataques. “Pero Pelos le esquiva siempre”, pensó, sin saber bien como lograba el animal hacer aquello. ¿Serían los gatos más sensibles a la magia? No era ningún experto en felinos, pero ni las más extrañas supersticiones hablaban sobre algo así, así que debía ser otra cosa.
-¿Cómo lo logras?- dijo el enano, poniendo de nuevo su escudo sobre su pequeño amigo. Youdar recogió la espada, y el gato se restregó contra él, olisqueándole- ¡Eso es!
Por fin lo había entendido, el gato debía oler y escuchar a Lenxer acercarse, y evitaba así sus rápidos ataques. Arriesgándose, el enano se alejó de cualquier roca que le brindase protección, y se situó muy quieto en mitad de la nada, con los ojos cerrados. Se concentró nada más que en escuchar, y así se pasó varios minutos, hasta que pudo sentir como Pelos saltaba, alejándose de nuevo de él, e, imitando al animal, rodó hacia un lado. Después escuchó un extraño ruido, un chasquido metálico, y dirigió su espada hacia él, pero ya era tarde, Lenxer había desaparecido otra vez.
Youdar abrió los ojos y se fijó en que el suelo del lugar sobre el que estaba se hallaba quemado, renegrido, señalando el lugar donde el fogonazo de luz de Lenxer había impactado, mostrándole una evidencia de que realmente había conseguido esquivar al hechicero. Ahora solo debía lograr acertarle.
-¿Crees que soy como un vulgar humano? ¿Crees que voy a repetir el mismo ataque hasta la saciedad, aun cuando has descubierto un patrón?- la voz llegaba de todas partes, y era solo un precedente de la aparición del hechicero, que se materializó frente a Youdar, atacándole con un rayo de luz tras otro, que el enano logró que impactaran en su escudo- Solo estaba jugando contigo, demostrándote lo pequeño que eres, demostrándole a Ananke lo estúpida que es por creer en ti.
El enano intentó por todos medios avanzar hacia el hechicero, buscando que éste quedara a la altura de su espada, pero resultaba imposible sin exponerse a si mismo o a Pelos a un ataque. Tan solo le quedaba retroceder, buscando quedar protegido por alguna de las rocas que poblaban el nevado entorno.
-Has sido un crédulo fantasioso ¿Creías posible plantarle cara a un hijo del destino?

-¿Es cierto eso que dice?- preguntó Nikochis.
-Totalmente cierto. Youdar no puede vencer por si solo a Lenxer, pero no puedo intervenir para salvarle. Ahora mismo, inconscientemente, Youdar está ganado tiempo, permitiendo que La Buena Leña se enfrente a Barbatos sin que Lenxer lo ayude.
-¿Lo estás sacrificando como cebo?- Nikochis estaba atónito ante la aparente frialdad de Ananke.
-No, claro que no. Pero la batalla de Darry´gor es mucho más importante que esta. Si demuestra que es el general adecuado, el que busco para evitar la catástrofe, intervendré, pero ahora mismo solo es un simple guerrero.

El enano cayó de rodillas, con el brazo entumecido de mantener firme su escudo ante los ataques de Lenxer. “No puedo más, Pelos”, dijo Youdar, cerrando los ojos. “No soy tan fuerte como Kadín, ni se tanto como Perik”. Una nueva ráfaga de ataques lanzó el escudo del enano por los aires, y este, en un inútil intento por defenderse, alzó su espada. “No soy bravo como Utrek, ni tengo la pureza de Sejen”, el arma de Youdar escapó ante otro haz de luz del Anciano, y el siguiente le impactó justo en el rostro, haciendo que comenzase a sangrar; a Youdar solo le quedaron fuerzas para, dándole la espalda a su enemigo, cubrir a Pelos con su cuerpo, protegiéndole así de los ataques. “Tampoco he logrado ser listo como Bediam, ni decidido como Ithilwen
-Entonces- Youdar se sorprendió, al escuchar una voz, la de Ananke, que sonaba solo en su cabeza- ¿qué necesitas para vencer? ¿Hubieses vencido su fueses más listo, más valiente o más puro? ¿Tus golpes hubiesen sido más certeros de ser más decidido, fuerte o sabio?
-No- contestó Youdar, hablando en voz alta, sin saber otra forma de comunicarse con Ananke.
-¿Qué demonios dices, maldito loco?- dijo Lenxer, a ojos del cual Youdar hablaba solo.
-Y, de no haber podido vencer así, ¿Cómo hubieses podido?- preguntó de nuevo la voz de la mujer. Youdar sintió varias punzadas en la espalda, de nuevos ataques que Lenxer le lanzaba. El hechicero quería doblegar su voluntad por completo antes de acabar con él- ¿Youdar, como hubieses podido vencer?- insistió Ananke, pero el enano no conocía la respuesta a aquella pregunta… aunque, una imagen se formó en su mente, la de un enemigo al que ya había considerado como imparable, y al que había conseguido detener… la imagen de Vanstiel.
-Hubiera podido vencer si luchase junto a todos ellos.

-Ahora, Nikochis, lleva a Youdar de vuelta a Darry´gor- en cuanto Ananke dio la orden, el folklerien entró en acción, evitando un demoledor ataque de Lenxer, y transportando al enano y a Pelos a la villa. En el mundo blanco, quedaron solos Ananke y El Anciano- Aquí no hay inocentes, ni techos que puedas arrojarles, Lenxer. Ambos somos mortales, veamos quien de los dos sucumbirá antes.

-//-

-No puedo quedarme donde Barbatos me vea, enano, o me obligará a luchar contra vosotros. Él aun puede controlarme- dijo Nikochis, dejando a Youdar apoyado contra un árbol. Después, chasqueando los dedos, desapareció como era habitual en él. Agotado, el carpintero sintió el roce de Pelos contra su mano. Se sentía totalmente destrozado, pero había comprendido a la perfección lo que quería decirle Ananke, a pesar de no estar del todo contento con el papel que ella parecía querer otorgarle. Con dificultad, apoyándose en el árbol, se puso en pie, y se tambaleó hacia una zona conocida para él, la zona que rodeaba la Casa Comunal. Allí se volvió a dejar caer, al no poder soportar el dolor que tenía, y vio, horrorizado, al gigantesco monstruo eléctrico que amenazaba la ciudad.
-Ese debe ser Barbatos- le dijo a Pelos- Y parece, amigo, que si no luchamos todos juntos no podremos con él- el enano recordó que su escudo y su espada se habían quedado en el campo nevado de Lenxer, pero, tan pronto como los echó en falta, vio que se encontraban a su lado- Gracias, Nikochis.
avatar
Youdar

Mensajes : 233
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Jun 18, 2015 6:54 pm



Su señora no podía reaccionar. En silencio, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, observaba desde la esquina mientras el enano y el capitán trataban desesperadamente de revitalizarla. Pero la doncella, la primogénita de su reino, parecía absorta, temblando en su propio mundo de pesadilla. ¡Mal! ¡Todo estaba mal, muy mal! Apretando la jabalina, Ärbuz, alto elfo guardián del quinto reino de Üngonth, lamentaba como nunca el haber sido arrastrado por la fortuna hacia semejantes parajes olvidados de la luz y las buenas costumbres.

Desde hacía años los elfos se había recluido en sus ciudades, amparados por la bienaventuranza y bendiciones que los dioses les otorgaban. Eran longevos, y habían aprendido a ver las virtudes de su devenir largo y cadencioso. Pero, ¿de qué servía la vida si no se tiene el dominio de los sentidos, de la mente, del ser? La veía a ella y se sintió afligido. No era ni sombra de la dama que había seguido en más de una misión por la tierra de Efrinder y Thargund.

Pero ahora más que nunca lo daría el todo por el todo. El corazón furioso del lancero despertaba al  guerrero en su interior, y su orgullo pisoteado por los muchos sucesos desventurados en aquel viaje a la tierra de la roca, le hacían darse cuenta que todo, cada segundo de su estadía en aquellas montañas, lo habían conducido a esa pelea, una guerra de nadie contra un enemigo invisible, en donde la primera víctima era su querida guardiana, la luz de su pueblo. No había marcha atrás para ninguno de los cinco enviados, no ahora que su honra había sido arrancada de tajo, delirando en el suelo de piedra con ojos desorbitados.

Sus compañeros estaban en iguales condiciones. Örthank aún esgrimía su arco, ladeándolo con insistencia de un lado a otro. Ceñudo pero sobre todo ansioso, el hijo del conocido Certero, parecía abstraído en sus propias reflexiones, mirando con especial insistencia al enano. Él, sobre todos los demás, nunca se había fiado de los kazukan, guardándoles un odio mortal por las historias legadas de su padre y su familia, al haber sido todos miembros de la guardia que batalló en las guerras por la tierra de Erínimar. Al lado, su hermana melliza Lïdelith mostraba el rostro bañado en sangre por la contienda contra los esqueletos. La solar yacía hincada frente a la biomante Laniët, hechicera experta, quién siempre había acompañado a la doncella Ithilwen en sus misiones por Noreth.  

Ärbuz no se atrevía a bajar la guardia. Con la jabalina bañada aún entre las manos, seguía con detenimiento el desenlace de todos los hechos. No había caído en la desesperación como bien reconocía el sentimiento en su capitán, pero aun así sí tenía la vaga certeza de que todo a partir de ese momento cambiaría para ellos.

Ithilwen, de la Casa de los Erü, repasaba el lugar como si nada reconociera. Lüdrielh la hablaba, primero con apremio, luego con dulzura, pero las palabras se le atragantaban en un nudo profundo al ver que de ella no había reacción alguna.

No parecía reconocerlos, ni a ellos ni al kazuka. Sus ojos celestes revelaban un pánico más allá de toda razón, y el labio izquierdo le temblaba sin dejar salir el grito guardado que todos adivinaban en su rostro lívido. El enano de cabellos escasos parecía notar la gravedad del estado de la elfa, pero ni el kazuka ni el señor de los elfos daban respuesta a lo que allí se había efectuado. Laniët volteaba su rostro luminoso de ojos esmeraldas para reparar en los síntomas de la líder solar, pero meneando la cabeza volvía a Lïdelith.

-No podemos hacer mucho- le susurró la biomante a la arquera.

-No entiendo qué pasa… se ve saludable, sin heridas; más allá de las amarras, no presentaba nada más, pero…- reparó en un suspiro Lïdelith, jadeando de a pocos mientras la hechicera frotaba su rostro con un ungüento natural para la herida, que no era para nada despreciable ya que iba desde debajo del ojo derecho, tomando parte de la boca.

La biomante negó con la cabeza. Al igual que la certeza de locura bailaba como posible razón para la situación de la hija de su Señor, sabía que el corte que trataba solo podía ser curado por un verdadero sanador, lo que a ella se le escapaba por completo de las manos. El rostro de Lïdelith sufriría los estragos de toda guerra: la marca de los guerreros por la espada de sus enemigos, y aunque a muchos aquello los honraba y llenaba de orgullo, bien sabía que estaba ante una elfa vanidosa. Ninguna de las artes que conociera la hechicera podría devolver el rostro nacarado de la arquera y eso… Eso de seguro la llenaría de frustración.

MUSICA:


Para Lüdrielh, la angustia era lo único que sus ojos de azul oscuro profundo podían expresar. No solo se trataba de que, con el estado de ella, caía por su propio peso la misión que le había sido encomendada; tampoco le afectaba la inminente deshonra por haber fallado en su tarea de protegerla; lo que le escocía y verdaderamente lo atormentaba era verla así, a la dama que había visto crecer a su lado, la mujer que sería suya no sólo por haber sido prometida en matrimonio en tiempos primeros, sino porque la amaba. Ella era, por mucho, la única doncella que quería para él… y la estaba perdiendo.

-Deberíais llevarla a un sitio seguro, Lüdriëlh- dijo Youdar, acariciando a Pelos.

-¿Y tú qué harás, kazuka?

-Yo me uniré a la batalla- aludió el enano, poniéndose en pie y colocándose su escudo - Será un honor encontrarme contigo de nuevo allí.

-Allí nos veremos- dijo el capitán, llevándose el puño cerrado al pecho e inclinando la cabeza hacia el enano, en gesto de despedida.

Lo vio partir y como en acto reflejo acarició los cabellos ensortijados de la doncella, mientras repasaba el lugar en busca de respuestas. Toda la escena se resumía en un habitáculo casi destruido, con cenizas, despojos alrededor, y la dama en el centro, de rodillas, totalmente fuera de sí. Un extraño olor a barro y tierra húmeda se mezclaba con la destrucción.

Se sintió perdido y con el orgullo al filo del abismo, el capitán observó a sus compañeros en busca del valor que requería.

-Partamos a casa- sentenció Ärbuz finalmente.

-Imposible. Aún no terminamos nuestro deber- reparó indeciso el capitán.

-Esta no es nuestra guerra, Lüdriëlh. Estos no son nuestros campos, estos no son nuestros aliados, no es nuestra gente, no son nuestros pecados... ¿Para qué dar la vida por toda esta roca y el hielo que sus corazones guardan? ¡NO ES NUESTRA BATALLA, CAPITÁN! YA HA TOMADO DEMASIADO… DEMASIADO DE NOSOTROS… ¡NO MÁS!- explotó finalmente el lancero, alzando su arma como el guerrero que había sido a la orden de los altos elfos de su reino.

-Cuidad a Ithilwen y no permitáis que sufra ningún daño- ordenó como respuesta el de ojos azules, enfundando su espada y tomando su escudo con resignación.

Ärbuz resopló entre frustrado y furioso mientras los demás se ponían en pie con rigidez. No querían verlo partir, pero las ordenes de él era como las dadas por su Señora, y ninguno encontraba el valor para contrarrestar su mandato.

-¿Por qué combatirás, Lüdriëlh?- aventuró  Läniet, antes de que éste partiera.

-Porque ella así lo querría.

-Aguardad

La voz de Ithilwen se impuso sobre todos. Aunque desorientada y algo temblorosa, la primogénita de Erínimar resonó en los corazones de los suyos como también conmovió al capitán de todos ellos. Aún más firme que nunca y apoyada en el mueble que en antes le sirviera de trono de tortura, sentenció cadenciosa:

-Los hijos de Erínimar guardan a los suyos, y a sus aliados.

--//--

Se hablaron en susurros y él pudo decir lo mucho que la quería, a su manera. Como hombre enamorado se sentía esclavo de unos sentimientos que nunca había adivinado que tenía, pero como elfo le faltaba la soltura para expresar todo lo que por ella sentía. Sin embargo, las palabras no fueron necesarias. Juntando sus cabezas, ambos en silencio se dieron los ánimos para lo que estaban seguros era la prueba final de toda esa travesía. Nada haría retroceder a la doncella de sus ideas, y él la seguiría al infierno mismo si fuera necesario.

-Luego de esto… a Dhuneden- reparó Lüdrielh, en tono de advertencia pero también condescendiente.

La solar dibujó una media sonrisa y asintió, pues bien sabía que los primos de los bosques les tratarían mejor que los hijos de la roca con sus problemas y guerras internas. El viaje a través de las montañas había resultado toda una pérdida de tiempo y energía… y su alma afligida requería del consuelo de los suyos.

Entre Lüdrielh y Örthank ayudaron a la solar a ponerse en pie y salir de aquella casa derruida. Läniet portaba el báculo de la doncella mientras la arquera y el lancero cuidaban la retaguardia. Los gritos se escuchaban de las calles bajas, hacia los lados donde habían estado encerrados, pero por aquellos pasajes por los que se deslizaban los seis solares no se avistaban más enemigos, aunque avanzaban con cautela.

Giraron por una callejuela y luego voltearon nuevamente para ir en dirección al antiguo campamento, donde en otro tiempo Ithilwen había presenciado la partida de varios valientes para participar en una sana y normal cacería… que nada de aquello había tenido. Ninguno de los elfos se atrevía a decir nada o a siquiera expresar la extrañeza por la falta de enemigos entre aquellas calles fantasma, sabiendo que la respuesta tarde o temprano no se haría esperar. Instintivamente se alejaban de la algarabía pero perseguían ese punto a campo abierto desde donde podrían maniobrar con mayor facilidad. Además, necesitaban saber el estado de la villa, el cual entre calles y habitáculos roídos sería difícil de determinar.

Al girar por una de las esquinas desde donde se alcanzaba a ver la fachada del Asno Ventoso, algo envuelto en cuerpos y huesos se aproximaba desde el frente hacia la Casa del Thane. Destellaba algo en su interior que al tiempo que parecía dotarlo de poder le cercenaba las entrañas. La figura era confusa… envuelta en telas y huesos parecía un ser de ultratumba más muerto que vivo. De presencia tétrica, lo que más inquietó a los solares fue la magnitud de sus ataques. Rayos dispares caían cada vez más cerca de los habitáculos mientras la mole de huesos que le servía de escudo se anteponía a cualquier ataque organizado.

Del otro lado, los cabellos desordenados de Bediam, el escudo de Youdar y otras tantas sombras más se alzaban entre la ventisca producida por el escudo giratorio de huesos, sin ser muy claro lo que planeaban. Ellos se encontraban en el objetivo de aquella mole destructiva y sus ataques cada vez más parecían acercarse a su objetivo.

-Es gïbt nïcht mëhr Zëit (No queda tiempo)- advirtió Ithilwen entre dientes, al tiempo que volteaba y tomaba de Läniet su báculo.

-Si atacamos todos juntos nos evaporizará con uno de sus rayos- advirtió Örthänk, arrugando el rostro al ver como la doncella se soltaba de su agarre y apoyada en su báculo se adelantaba a todos, estudiando la situación: -Si nos dividimos, tenemos más opciones de ganar, aunque… no sería aconsejable otra vez abrir la formación si tenemos que preservar la vida de…

Lüdrielh carraspeó para callar el estudio del arquero. Tenía razón: toda la tragedia pasada había sucedido porque en el campo de batalla se habían separado hasta dejar sola a la princesa de su tierra. Ese error no se repetiría dos veces.

-¿Veis las atalayas detrás del enemigo?- reparó la elfa con voz seca, alzándose sobre todos: -Esto es lo que haremos: Örthank y Lïdelith cada uno en una de ellas, acabaréis con todo lo que pueda entorpecer nuestro avance como lo que desde el lado de la casa de allí se planea.

Hasta el momento que ella lo mencionó, ninguno de los elfos había reparado en las figuras que batallaban del otro lado del campo.

-El resto avanzaremos en bloque- continuó con voz de mando y ninguna duda: -y que los dioses nos guarden pues nada más podemos hacer. Somos muy pocos pero peleamos por lo que es justo y bueno para la tierra y para una nación. Así que todos a demoler ese escudo… con ello, solo quedará lo que se esconde en su interior. ¡Id en paz, id con valor!

MAS MUSICA:


Los mellizos se miraron y al ver que el capitán asentía, se llevaron la mano al pecho y con un gesto de respeto partieron, bajando sus arcos de sus espaldas. Corrieron como solo los longevos pueden lograrlo. La arquera de rostro maltrecho trepó rápidamente la primera atalaya mientras su hermano cruzaba por detrás del enemigo y como el relámpago se dispuso a subir a la segunda.  Avistó a los demás, enanos y humanos quienes parecían alistar algo desde el interior del hogar del Thane, el cual rebosaba de algarabía. El arquero resopló al recordar que en esa casucha los habían tenido privados de la libertad y, meneando la cabeza para espantar las ideas, comenzó la lluvia de flechas, reconociendo desde el mismo hogar a una humana de melena oscura, quien de manera diestra atinaba a sus objetivos, cuidando el perímetro tanto como ellos.

-¡FEUER! (FUEGO)- gritó Örthank a su hermana y ésta, bajando la mirada, no pudo creer lo que sucedía cerca de la bestia.

La doncella de Erínimar resplandecía por las oraciones. Su campo protector llenaba de fuerzas y disminuía los daños que los diferentes enemigos irrumpían sobre ellos. Läniet a su lado, manejaba con destreza las espadas gemelas, haciendo volar ambas hojas por sobre su cabeza, atacando a los esqueletos que de vez en cuando parecían brotar del mismo conglomerado de huesos en su defensa. Las órdenes habían sido claras: ella era el escudo de su princesa y así lo haría aún si la vida se le iba en ello. Con cada nuevo enemigo, la magia de Ithilwen se incrementaba y la energía de Läniet se renovaba.

Enfrente de ambas figuras élficas, Lüdrielh y Ärbuz presentaban cara abierta a la batalla. La espada resplandeciente del capitán encendía los huesos y la carne de aquella mole amorfa que volvía a reconstruirse conforme se quemaba por los ataques. El lancero por su parte encendía sus faláricas y una a una se perdía en la mole, destrozando lo que la espada del solar no acababa de terminar.

-¡ZÜRUCK! (retorno)- [/i][/color] llamaba cada 7 lanzamientos el veterano de las jabalinas, y ellas retornaban al fardón de su espalda para presentar servicio una vez más.

-Esto se está poniendo caliente, Lüdriëlh- comentó el lancero entre el rugido de las llamas y el movimiento de los esqueletos, al tiempo que con una media sonrisa daba a entender a su capitán que pronto las fuerzas empezarían a flaquear.

De los cielos cayeron las primeras flechas en respuesta de su necesidad. Örthank había avistado las llamas contagiosas entre los cráneos del escudo e incitando a su hermana, ahora ambos tenían al alcance fuego para prender sus propias flechas. El capitán volteó su mirada a Ithilwen, y ésta, aun orando, desplegaba su escudo protector hacia las inmediaciones de la Casa del Thane.

-¡AHORA, Ärbuz!- ánimo el capitán, levantando su escudo al tiempo que un rayo levantaba una ola de nieve, tierra y lodo a su lado. La criatura dentro de aquella mole de despojos parecía ahora atenta ambos frentes: no era momento para bajar la guardia.

Una nueva ola de rayos se hizo presente, derrumbando casas, roca y madera de una manera aún más poderosa que las veces pasadas. En medio de la batalla, todos concentrados como uno, siguieron en pie de guerra, atacando sin reparo. Ninguno prestó atención al momento en que la atalaya donde Örthank atacaba caía, dando él su vida frente a los suyos.

Las energías de Ithilwen llegaban a su punto más alto. Los dioses le habían concedido el poder para prolongar más su concentración aún a costa de su mente turbada.

-Esa bestia...ataca con las manos pero si sigue avanzando llegará a su objetivo y todos perecerán- sentenció la longeva de cabellos azabache, analizando la situación con el ceño fruncido y la mirada atenta.

-No os preocupéis mi señora, pero a partir de ahora… atacad- contestó Läniet, quien guardando las espadas cerró sus ojos y en un movimiento instantáneo introdujo en la nieve y la tierra sus manos, mirando fijamente la figura que tras el escudo se traslucía. –Es mío… -susurró victoriosa a tiempo que Ithilwen, sacando su espada cercenaba el pecho de uno de los esqueletos.

Debajo de Barbatos, a pesar de la nieve y el frío, las ramas verdes de la magia biomántica surgieron, enredándose en sus pies, subiendo por sus pantorrillas, haciendo su hogar aquella figura de capa, inutilizando sus pasos, entorpeciendo sus movimientos.

Sin embargo, más esqueletos se soltaban del escudo, abriendo una pequeña brecha en las defensas del enemigo.

Del otro lado la voz de Youdar resonó y con una sonrisa afable, la princesa de Erínimar sintió que poco a poco iban logrando la victoria. Faltaba poco, muy poco. Entre la espada de Lüdrielh, las faláricas de Ärbuz, las flechas de los hermanos y la magia de Läniet, estaban logrando mermar las fuerzas del enemigo en medio de sus ataques tempestivos… No era fácil... pero no quedaba más remedio que entregarlo todo allí, a los pies de las montañas. Se sintió victoriosa pero al instante aquella criatura volvió a levantar sus brazos y una nueva ola de rayos se disponía a caer sobre ellos. ¡Ithilwen ya no tenía el escudo de protección desplegado lo que los dejaba desnudos ante aquel nuevo ataque!

-¡CUBRIOS!- chilló la solar a tiempo que apuntando como último recurso a la figura atada de lianas, dejó caer una ráfaga de luz, tan pura y letal, como la misma fuerza de la naturaleza que ese ser condensaba.

Todo se cubrió de caos. Unos a otros volaron en varias direcciones… Como en el principio de los tiempos: Todo fue luz y luego oscuridad.
avatar
Ithilwen Erulaëriel

Mensajes : 262
Link a Ficha y Cronología : Ithilwen
Caminos del Sagrario

Nivel : 5
Experiencia : 225 / 2500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Jue Jun 18, 2015 9:24 pm

-¡Cómo me joden los listos! -gruñó Utrek, mientras pulverizaba las costillas de un esqueleto con su pesada bota.

La táctica no tardó en dar sus frutos. El reilgán vibró en la huesuda mano de Barbatos y algunos esqueletos se levantaron, pero muchos otros (o lo que quedaba de ellos) permanecieron en el suelo.

Bediam se permitió una sonrisa mientras giraba junto a un esqueleto, ninguno de los dos atacaba, solo se movían uno alrededor del otro, esperando a que… ¡Crack! La cabeza del esqueleto salió despedida por un hachazo de Perik. El alquimista le hizo un gesto de agradecimiento con la mano, pero el viejo enano apenas le dedicó un segundo, y volvió a sumergirse en el combate.

Sin pensárselo dos veces, empezó a golpear los huesos del suelo. La maza pesaba mucho y tenía los brazos entumecidos, así que se dedicaba a distraer a los no muertos que podía, y a machacar a los que caían. Esa estaba siendo toda su aportación, y se sentía frustrado.

Una cuadrilla de elfos se unió a la batalla, y no hizo más que decantar aquella lucha a su favor. Al pastoscuro no parecía gustarle como estaban resultando los acontecimientos.

-¡Es el colmo! –bramó Barbatos.

Su voz resonó por toda la villa, y el combate se detuvo. Esqueletos, elfos, enanos y humanos se quedaron contemplando al terrible ser, mientras éste alzaba la poderosa gema sobre su cabeza.

-Vosotros lo habéis querido, cazadores –exclamó-. Llegó la hora del dolor para esta ciudad.

Un brillo dorado lo inundó todo. El vibrante sonido de la magia repiqueteaba en sus oídos. Cuando empezaron a caer rayos sin control, Perik le agarró de la muñeca y tiró de él hacia los restos de la Casa Comunal. A su alrededor, tanto los restos de los esqueletos como los que aún permanecían en pie fueron succionados por la intensa luz, descomponiéndose y formando una fúnebre nube alrededor del pastoscuro.

-Inbare –gruñó Perik, mientras se protegían detrás del resto semiderruido de un muro.

El alquimista había perdido la maza y sintió cierto alivio por no tener que seguir cargándola. Aprovechando un resquicio en el muro, contempló en lo que se había convertido su enemigo: Barbatos había crecido hasta superar los dos metros y todos sus huesos brillaban con un tono eléctrico. Ya no llevaba su capa, y ahora el reilgán descansaba en su pecho. A su alrededor giraba una nube de polvo de huesos, carne podrida y tela, y en su mano empuñaba una lanza hecha de relámpagos.

Bediam tragó saliva: ¿cómo iban a derrotar a aquella cosa?

-No hay opción de vencer, Perik –le gruñó Kadín a Perik, sin dejar de mirar al pastoscuro.

El viejo cazador meneó la cabeza.

-Si la hay, pero solo una –murmuró.

Todos los allí presentes le miraron, pero él no pareció darse cuenta.

-El reilgán es demasiado poderoso, incluso para él –aseguró-. Míralo.

La mágica joya no dejaba de lanzar rayos en todas direcciones, desatado. Muchos de ellos alcanzaban al propio Barbatos, que temblaba y se contraía a cada aguijonazo. Le estaba hiriendo.

-Ahora que se ha fusionado con el reilgán dependerá de él para vivir –sentenció-. Si logramos separarlos acabaremos con este horror de una vez por todas.

No parecía un plan fácil, pero era un plan. Kadín asintió, con algo más de aplomo.

-No podemos ganar esta batalla si no luchamos todos a la vez –continuó Perik seriamente-. Tenemos que aprovechar la única ventaja que tenemos: la numérica.

Barbatos apuntó con una de sus manos al muro tras el que se protegían y unos relámpagos caóticos brotaron de él, impactando por todas partes.

-No tiene mucha puntería –apuntó Kadín.

-Apenas puede controlar el reilgán –explicó Perik, sin perder detalle-. Unirse a él ha sido una medida desesperada y muy peligrosa.

Todos observaron a Barbatos, que avanzaba lentamente hacia ellos, sin prisa, sabiéndose imparable.

-¡Miau! –sonó a sus pies.

-¡Pelos! –exclamó Kadín, sorprendido- Por Karzún, ¿cómo has llegado aquí?

El gato hizo caso omiso, y salió corriendo del escondite. El enano le siguió con la mirada y se le cortó el aliento.

-Youdar… -murmuró.

Perik se sobresaltó y corrió junto al otro enano.

-¡Youdar está ahí fuera! –bramó el enano- ¡YOUDAAAAR!

Todos pudieron ver al cazador andando a duras penas. Parecía desorientado y se tambaleaba. Miraba en dirección a Barbatos, pero no parecía consciente del peligro que estaba corriendo.

-¡Inbare! –maldijo Perik, mientras salía corriendo del escondite hacia su compañero.

Kadín, Bediam y Shan salieron también tras él. Perik alcanzó al enano y le agarró del brazo. En cuanto le tocó, el enano empezó a revolverse frenéticamente, tratando de soltarse.

-¡Dejadme ir! –gritó, enajenado.

-¡Maldita sea, Youdar! –bramó el viejo cazador- ¿¡Quieres que te maten!?

Solo entonces el joven enano vio quienes eran y su cuerpo se relajó.

-Lo siento… -murmuró, aturdido.

Entre los cuatro lo arrastraron hasta la seguridad de la muralla, todo bajo la atenta mirada de Barbatos, que no dejaba de avanzar hacia ellos.

Ya en el refugio, Chismes, uno de los hombres que le había atendido tras el combate de los basiliscos, examinó rápidamente al enano.

-Está bastante mal –reconoció-. Tiene quemaduras e impactos por todo el cuerpo. No entiendo cómo puede seguir consciente.

-Es duro como una roca –contestó Kadín, orgulloso-. Nada puede con mi hermano.

A pesar del optimismo del enano, Youdar estaba muy malherido, y no parecía capaz de continuar. Resoplaba pesadamente y se notaba que le dolía todo.

A Bediam le vino a la mente una escena de hacía un par de días. Ese mismo enano, en unas condiciones igual de lamentables, levantándose a duras penas para combatir al Lord Vampiro. Igual que hizo aquella vez, el alquimista le tendió el frasco de Prisa de Eryth.

-Youdar, bébete esto -le pidió-. Te sentará bien.

El enano fue a rechazarlo automáticamente, pero algo le hizo dudar. Frunció el ceño y, tras unos segundos, alargó la mano y cogió el frasco. Apenas se mojó los labios, pero su cuerpo tembló.

-¿Qué es? –preguntó, sorprendido-. Está bueno…

-Es la hostia –contestó Utrek.

-Prisa de Eryth -respondió Bediam, ignorando al cazador-. En otras circunstancias no te daría, pero la situación es crítica.

El enano miró la pócima… y le dio otro sorbo corto.

-Me... me siento mejor –reconoció-. ¿Bebo más?

Bediam dudó: Youdar estaba muy machacado, sí tenía que poder levantarse y pelear iba a necesitar una buena dosis… Sin contar con que era un enano y su constitución por tanto era diferente.

-Un trago más –cedió el alquimista-. Pero que sea corto.

Youdar bebió un último trago, algo más generoso que el segundo. Había triplicado la dosis de Utrek, por lo menos. Cerró los ojos poco a poco… y, de golpe, los abrió como platos. Estaba recuperado… por lo menos mientras durase el efecto de la poción.

-Me siento mucho mejor –confirmó atropelladamente- ¿Cuál es el plan?

El enano le tendió el frasco, ya casi vacío, y el alquimista lo cogió. Tras pensárselo un segundo, dejó caer un par de gotas en su lengua y cerró los ojos, mientras aquella sustancia recorría su organismo.

-Hay que quitarle el reilgán del pecho -explicó Perik-. Mientras lo tenga, es imparable.

-Pues acércate tú, viejales -gruñó Utrek-. Yo paso de convertirme en carne chamuscada.

-Tenemos que trabajar todos a una... -afirmó Youdar, rotundo-. Algo tiene que haber que podamos hacer para quitarle esa cosa del pecho.

-Puedo dispararle un virote, tal vez se lo pueda arrancar –propuso Shan.

-No creo que eso sea suficiente –comentó Kadín-. Hace falta algo más fuerte que un virote.

-Podemos lanzarle un enano –se burló Utrek-. Con lo duros de mollera que son, seguro que lo parten.

Kadín se encaró con el cazador, pero Bediam estaba a otra cosa. ¿Algo más fuerte…? Abrió su zurrón y sacó de él una bolsa de cuero, del tamaño de una cabeza.

-¿Qué os parece esto? –sugirió, mientras lo abría.

-Eso es… -murmuró Ravin.

-Pólvora negra –confirmó el alquimista.

-Vamos a volarle el pecho a ese monstruo –exclamó Kadín, animado.

El momento de alegría fue cortado, una vez más, por Utrek.

-¿Y quién va a ser el listo que se acerque a ponerle la pólvora? –preguntó- A mí  no me apetece morir hoy, aún le tengo que ajustar las cuentas a cierto tipejo.

-¿No podemos atar la bolsa a un virote y dispararla? –sugirió Youdar.

-No tendría suficiente fuerza –respondió Perik.

-Se podría -comenzó a decir, mientras se incorporaba- si se disparase entre varios.

Hubo un segundo de duda. Parecía la típica idea de borracho.

-Claro -murmuró Bediam, también algo trastornado-. Un solo virote no tendría suficiente fuerza, pero si usamos varias ballestas, puede que lo consigamos. ¿Alguien tiene cuerda?

Lars sacó una cuerda de su zurrón, y se la tendió al alquimista.

-Eh, listillos, ¿os habéis fijado en el escudo que rodea a esa cosa del demonio? -les espetó Utrek-. Aunque le disparemos, no vamos a darle.

-Pues habrá que quitárselo antes de disparar –replicó Perik.

Antes de que Utrek pudiese decir nada, Youdar se adelantó.

-De eso nos encargaremos nosotros -dijo, dándole en el hombro a Perik y mirando a Kadín-. Desde nunca unos rayos han podido con los enanos. Le distraeremos mientras os apañáis para quitarle el escudo.

Ravin resopló. Bediam le miró de reojo: era evidente que pensaba que los enanos estaban locos. No podía estar más de acuerdo.

-Creo que yo subiré a algún lugar, e intentaré romper unos cuantos huesos con mis flechas -explicó.

-Hey barbudos, me parece que se os están adelantando –dijo Utrek, señalando a Barbatos.

La cuadrilla de elfos había salido a su encuentro: Ithilwen estaba entre ellos. A los enanos no les hizo ni pizca de gracia.

-Inbare –maldijo Kadín-. Esos malditos orejas puntiagudas quieren llevarse todo el mérito.

Los tres enanos se miraron. Estaba decidido.

-No os apresuréis en disparar, esperad al momento justo –aconsejó Perik, antes de irse.

-Suerte -dijo Youdar.

Y los tres enanos cargaron a la batalla.

Bediam no perdió el tiempo: sacó su daga y cortó tres pedazos de cuerda. Le tendió un pedazo a Lars, otro a Shan y otro a Utrek. Se guardó el resto.

-Atadlo a un virote –les pidió, mientras hacía un nudo con los otros extremos a la bolsa.

-Yo creo que paso –dijo Utrek, mientras se desperezaba.

-¡¿Pero qué dices?! –le gritó Lars.

Utrek sonrió y miró a Bediam a los ojos.

-No me queda energía para disparar –se quejó, con voz falsamente descompuesta-. Si tuviese un poco más de esa poción…

El alquimista resopló, enfadado. Sacó de su cinturón lo que quedaba del frasco de Prisa de Eryth y se lo tendió al cazador.

-No te lo tomes ahora –le pidió-. Tienes que estar lúcido.

Éste cogió el frasco con una sonrisa y se lo guardó.

-Me alegra ver que eres un tipo razonable –comentó-. No me gustaría tener que habértelo quitado por las malas.

Bediam no respondió, simplemente se aseguró de que su lado del nudo estuviese bien atado.

-A mi señal –gruñó Shan.

Los elfos estaban haciendo un buen trabajo: cuando se acercaban, parte de la nube de huesos volvía a convertirse en esqueletos que les atacan, y eso era precisamente lo que querían, pues con cada esqueleto la nube perdía consistencia. Por algún motivo, los rayos resbalaban a su alrededor. Un extraño brillo les envolvía. Magia, claro: tenían un escudo protector. Uno de ellos blandía una espada de fuego, que conseguía prender la amalgama de restos de tela, carne y hueso, desestabilizándolo y haciéndolo caer. Barbatos empezó a lanzar rayos, furioso, en todas direcciones. Varios edificios cayeron derrumbados, pero su muro resistió.

-Shan… -murmuró Lars.

-Aguantad –le cortó.

Uno de los elfos hundió sus manos en la nieve, y Barbatos dejó de moverse.

-¿Pero qué…? –gruñó Utrek.

-Le han enredado los pies –apuntó Bediam-. Hay que aprovechar ahora que no puede moverse.

Miró a Shan, que seguía atento a la batalla

-No, aún no –respondió.

Entonces el pastoscuro alzó sus brazos y su ya mermado escudo se tuvo que repartir para cubrir aún más área, dejando un hueco que…

-DISPARAAAAAAAAAAAD –bramó Shan.

Las tres ballestas restallaron al unísono. Los virotes salieron despedidos contra el monstruo y la bolsa se escapó de las manos de Bediam, a la zaga de los proyectiles.

El alquimista sonrió. Ésta era su arma.
avatar
Bediam

Mensajes : 190
Link a Ficha y Cronología : Bediam
Compendio básico de alquimia (notas incluidas)



Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Dom Jun 21, 2015 9:06 am

Lo de Malina era esencialmente la paz, la sociedad y sus vaivenes, y mantenerse lejos de las armas. Lastimosamente se dio cuenta de ello, en medio de una masacre, con una población de enanos alrededor de ella. Aislada de todo lo que se consideraba “normal”, vio la noche romperse en infinitos trozos: luz, sombras y un centenar de cadáveres apilándose, a la par que un centenar de huesos se levantaban. Poco a poco vislumbró caras conocidas, unas más agradables que otras. La otrora imagen del Conde se esfumó, al igual que sus primeras esperanzas de situarse en un lugar calmo, y de haber incluso, acariciado la idea de huir con él, si es que hubiera pensado lo que se avecinaba.

Con ayuda y supervisión de aquellos que sí podían moverse, Malina ordenó a la gente en las mazmorras, acomodándolas para aquellos que estaba agotados, o con alguna lesión producto de la carrera cuesta abajo que dieron un tiempo imprevisto. Un hedor intenso, a miedo y muerte se colaba por los poros de la muchacha, quien poco y nada sabía de auxilios básicos, aparte de los que le auguraba su sirvienta con sus jaquecas.

Asolaban en la cordillera, las siluetas delgadas de brutales bestias, bajando con frenesí hasta los que se habían resguardado en el Casa Comunal, ahora despedazada hasta su más roída partícula. Ahí, en el linde de la vida y la muerte, Barbatos se inclinaba para derrumbar todo el trabajo hecho en conjunto, con ayuda de uno de sus relámpagos frenéticos. El pánico nuevamente se apoderó de todos, comenzando un nuevo caos. En un escenario de piedra, los truenos y los relámpagos, parecían ser acordes en la violenta sinfonía de desgracias que acaecían sobre todos.

“Malina” – el nombre retumbaba confuso sobre la dueña, Hobb, presa por el pánico, aún desbordó los últimos bríos y se adelantó. Con su acción, unos cuantos más se abalanzaron trémulos junto a ella. Por más que la mujer, estirase sus manos, y tratase detenerlos, iba a ser en vano. A su alrededor, un grupo no despreciable de ciudadanos quedó: de diversas edades.

Incluso después de tantos siglos de historia en su apellido, el valeroso “Lewe”, poco y nada sabía de armas, o de leyendas que resurgían de las tinieblas. “Pero, de lo que sí sabe es de cómo salir de los problemas, por más burdos que sean”. La lúgubre voz de la desesperación nuevamente ennegrecía el rostro y el juicio de la pelirrosa, quien, paulatinamente cedía ante sus instintos despectivos y naturales. Se levantó, sin pensarlo siquiera y se limpió el vestido. Miró a su alrededor: ya no quedaba sitio seguro. El bosque ardía y con ello una vía de escape tentadora. La señora Lewe, seguía mirando y junto a ella, más personas, todas en función de limpiar el camino. En ello, un rayo cayó sin aviso cerca de otra casa, haciendo explotar trozos de vidrio, curioso fue el hecho de que el relámpago, en su brutal descenso haya rebotado finamente en espejos.

Antes de seguir cayendo en contradicciones hacia su persona, que no la llevaban a ninguna parte, se decidió por seguir su prístina esencia, “sí, es verdad que yo no tengo ni un ápice de guerrero, ni siquiera me da el cuerpo para alzar un arma, sin caer a su lado, exhausta. Mis manos fueron hechas para pintar, no para amordazar rufianes o liquidar zánganos. Pero como dije anteriormente, no permitiré que la viudez baile sobre mis huesos” Reflexionaba seriamente sobre todo lo que le concernía, olvidándose de su exquisita posición en las urbes humanas. En eso, varios se le sumaron a su alrededor, refugiándose en lo que quedaba de mazmorra, valoraba el que estuvieran de pie, no como si la tomaran como un precepto a seguir, puesto que su poca bravura se veía a legas, sino tomando su persona, y su desesperada calma como una forma de meditar más sereno. –El rebote – una mano se empuño, golpeando suavemente a la otra, tosiendo por la fluidez de sus palabras- Debemos hacer que un relámpago rebote – manifestó, a viva voz.-

En un principio, la idea no sonaba absurda, pero el cuestionamiento que lo detenía era ¿de dónde saldrán tantos espejos? Malina, rodeó rápidamente la casa y se detuvo, agotada, frente a los trozos de espejo que vio romper – busquemos todo aquello que asemeje uno- sentenció. Sin embargo, a pesar de que el tiempo no fuera óptimo, optó por dar mayores pasos ella, antes de agotar inútilmente a los demás. Hobb se había llevado buena parte de los hombres que conformaban el grupo. Mermados en números, sumado a su sugerencia, la cual fue tomada, extrañamente bien, más que pronto fue la recolección de objetos brillantes. Con sentido de la lógica y mucha anticipación, los habitantes y la humana, lograron armar una suerte de espejo, que los ayudaría, temporalmente a evitar los relámpagos que descendían, mientras tanto, buscaban alternativas posteriores para seguir salvándose. De pronto, la opción de huir hacia el pueblo vecino se hizo viral, contagiosa e imbuida de una sutil esperanza

- ¿Dónde queda aquel pueblo?-señalo, la ignominia de Malina, cuyo espíritu aventurero estaba distante
-Cruzando la cordillera, hacia donde se dirigía Thane – señaló uno de los enanos – todos sabemos el camino- espetó, seguro.
-Pues, si esto resulta, aunemos fuerzas y vayamos hacia allá – ordenó Lewe.

Para esas alturas, de la joven mujer, condescendiente y grácil, ya nada quedaba: algo ida, menos serena y con el juicio nublado por el fantasma del descontrol, se erguía orgullosa, con la marcha fúnebre a la espalda, sin importarle en demasía. Se reorganizaron como pudieron, sin alguien al frente: por disposición de la improvisada joven, la primera orden fue, buscar entre las casas que aún podían levantarse, algún indicio de gente que pudiera estar esperando, ya sea a la muerte, o ayuda. Para aquel entonces, los relámpagos, de direcciones erráticas, comenzaban a caer, cediendo el terreno a la destrucción…

Incluso después de tanta hecatombe, el ruido de los cristales, cayendo ante el impacto, era por menos, ensordecedor: los miembros que quedaban aprovecharon la ocasión para que, los restos que se disparaban sin dirección alguna, cayeran sobre algunos huesos de la Centuria vertebral, logrando así limpiar el camino hacia las montañas. Aunque no todos tuvieron la suerte de salir ilesos: Malina, mientras escapaba, augurando el éxito de su idea, se vio envuelta en el resultado funesto de la misma. Punzantes cristales se habían incrustado en su pierna derecha, provocando un dolor indescriptible, muy alejado de la primera contusión que sufrió junto a los mismos enanos que ella estaba ayudando. Profiriendo palabras poco aptas para una dama, dirigía sus quejas y dolores, maniobrando a su caballo con fervor e ira, rompiendo más huesos, como si ello fuera una anestesia. Aplacara su dolor.

[***]

Una estela de sangre desbordaba profusamente de las faldas de Lewe, quien no descartaba la idea de cortar la tela sobrante para hacer un torniquete. Aquellos que caminaban con ella y sus corceles notaban la pérfida palidez que le agolpaba en el rostro el agotamiento y la locura. Sí, Lewe poco a poco iba cediendo, cual premeditada maldición a los designios oscuros de su linaje: ese que no se mide, con tal de obtener un fin. Mezclado con la turbidez de los hechos, Malina adoptó como objetivo menester, llevar a los habitantes al otro lado de la cordillera. Aunque la pierna sangrara cual caudal de río, aunque una centuria vertebral se le viniese encima. Luego vendrían las explicaciones. La imagen de Hubbert se disipaba, manchada por gotas rojas, de despecho y dolor. En el fondo envidiaba ese porte característico de líder que le imbuían, y ahora que estaba tan alejado de todo aquello que le nombraba con tal apelativo, Malina supo, de una forma enrevesada y maltrecha, cuál era el método que usaba para poder tomar las riendas del asunto.

-¡Miren! – una voz denostaba el color del Reilgan. “Cazador”, el apelativo que le había denominado aquel ser le causaba una gracia retorcida, pero contuvo los deseos de reír. Era demasiado para su cuerpo. Apoyada débilmente sobre Azabache, no hizo más que observar la mutación de la bestia a una mayor. Pero no menos agresiva. La posesión de los huesos, acumulados dentro de él la magnificación de los rayos y de su persona. Era la viva descripción del Infierno. Abrió los ojos de par en par, alzándose – Busquemos refugio – vociferó, perdida en el color del cielo, del Reilgan y de Barbatos, olvidando su capa. Dio media vuelta con el grupo, implorando encontrar un sitio menos hostil.

El tiempo se había desembocado, y ya no solo eran preciosos los minutos, sino también los segundos.

[***]

Pese a que el camino era atestado de relámpagos, los lugares erráticos de los mismos, junto a la ausencia de cadáveres, hizo que el variopinto grupo encontrase, irónicamente en las ruinas del salón de la Casa comunal. Para muchos no parecía ser el sitio indicado, puesto que estaban a techo abierto… - Es preferible eso, a  que se nos venga el techo encima- argumentó violentamente Malina, quien cabalgaba sosteniéndose con brío de las riendas. Sintió las heridas secarse con el movimiento del viento, sin embargo, ya se suponía que varias semanas tardaría en sanarse y recuperar su habitual actividad. Se sostenía en la sórdida idea de lo alejada que estaría de la vertiginosa actividad de Loc Lac, de las pesadas preguntas de sus criadas, y de la no menos inesperada reprimenda de sus padres. Sí, a pesar de lo funesto que sonaba, le confortaba de simple idea de “regresar”

Y ello fue el impulsor para avocar todas sus fuerzas para llegar allí, sin saber que ya habían alguno en el mismo sitio.- ¡Hobb! – gritaron varios, al reconocer la figura de la mujer, refugiada improvisadamente en el mismo sitio. A su lado habían más personas, todas en la misma posición. Unos más intrigados que otros, no obstantes. Malina se negó a bajar del animal, pálida cual occiso, se derrumbó sobre el lomo del mismo, sin caerse por los lados, no quería otro problema más. Envuelta en un torbellino de confusiones, también reconoció a Utrek, y fue la primera vez y única vez que se alegraría de verle. Haciendo paso en los escombros, la gente se acomodó como pudo, abrazándose e implorando que dicha pesadilla finiquitase de una vez. Las palabras dichas por uno de los primeros refugiados, limpiaron la nula fe que tenían. La esperanza se recobraba. Y con ello los ánimos de luchar: valíanse los improvisados guerreros con piedras, maderas y otros objetos, esperando la ofensiva.

Por su parte, Lewe, perdida en el éxtasis, contenía la respiración: eran demasiadas emociones para una simple Mortal que solo gustaba de pintar. Sin embargo, en ningún momento apartó sus manos de las riendas: el saber que las tenía en su palma, sostenidas exclusivamente por las suyas mantenía al caballo también bajo su orden, quien ya tenía las patas manchadas con tinte rojizo: al parecer los huesos afilados y los cristales volátiles, no solo afectaron a la artista…
avatar
Malina

Mensajes : 152
Link a Ficha y Cronología : Malina
Por ti, por mí, por nosotros

Nivel : 2
Experiencia : 585 / 1000

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Mar Jun 23, 2015 2:46 am

Aquella batalla la recordaría como una, de las más cruentas y brutales que había tenido la desgracia de vivir, quizás no fuera la mayor de las batallas de esta edad, quizás no era ni siquiera considerada una gran batalla fuera de Darry’gor, pero para mí era más que suficiente, no la deseaba ni buscaba dichos enfrentamientos, de haber podido evitarlo sin duda lo hubiera hecho y ahora, estaba debatiéndome entre la vida y la muerte contra, cualquier fallo ahora podía suponer que nunca más volviera a caminar y ese no sería el peor de los finales que podían llegar.
En medio de la batalla llego a mis oídos la voz de Bediam, no valía con desmontarlos o separarlos de un golpe, estos enemigos no eran ya humanos, no vivos al menos, había que destrozar sus cráneos y al momento la voz de Utrek aparecía en la batalla. La verdad es que lo prefiero cuando está concentrado y calladito, pero bueno si algo bueno podía sacarse de él (si es que tenía algo bueno) era que aun en una grave situación como esta, encontraba la forma de hacer un chiste, o de jactarse de la situación, por precaria que esta fuese, aunque a mí desde luego no me producía gracia alguna.
 
Todo era un caos, mirase a donde mirase tan solo veía a los valientes guerreros de Darry’gor luchando por sus vidas, mi cabeza retumbaba a causa de los sonidos producidos por los golpes, que era lo único que entre gritos se podía escuchar, el repicar del acero contra el acero, los huesos rompiéndose y la sangre derramada, como la más cruel de las tormentas, cuyo paso tan solo destrucción dejaba tras de sí. Yo no soy un guerrero, me decía a mí mismo, muchos de los que estábamos aquí no lo éramos, yo era un pastor de espíritus, un cazador, un tallista, podía haber sido muchas cosas, pero desde luego nunca fui un guerrero ni siquiera cuando vivía con mi pueblo, en la tribu. En muchas de estas situaciones, me preguntaba ¿Qué haría mi abuelo? Él tuvo que luchar hace mucho contra una tribu rival, para salvar sus tierras, él era un guerrero, yo tan solo era el muchacho que soñaba con danzar entre los espíritus y no había sido entrenado ni preparado para una situación así. En este preciso momento, sentía como mi corazón estaba encogido de miedo, aunque yo hiciera reaccionar mi cuerpo y que este se moviera dando golpes a cuanto enemigo se me acercara, lo cierto es que si me estuviera quieto lo que se vería de mi es como a un hombre le pueden temblar las piernas. No quería morir…
 
Sacudí la cabeza tras derribar a un esqueleto y atravesarle el cráneo con la lanza. -¿En qué estás pensando idiota?- Me decía a mí mismo, recobrando un poco la compostura. -Concéntrate y déjate de estupideces. Ahora no es tiempo de tener miedo, debes luchar.- Pensaba tratando de motivarme a mí mismo con palabras mentales. -No pienses en lo que puedas perder, no pienses que vas a perder, simplemente pelea.- Cada palabra de aquellas frases, era equivalente a un golpe de mi lanza impactando en los huesos de uno de aquellos cadáveres, tenía que centrarme en el ahora y no en el después, cuando esto terminara solo había una posibilidad que debía imaginar, la victoria y salvación de Darry’gor.
 
Adila observaba y dirigía los movimientos de los guerreros desde una posición elevada, teniendo una visión mucho más táctica del campo de batalla, aunque ella reconocía que la presencia de Barbatos era realmente una molestia, porque ni siquiera ella en su optimista visión del mundo vislumbraba victoria alguna mientras, aquel ser presentara batalla, puesto que a su alrededor lo único que caían eran rayos y desde luego estos, podrían partir a Shan, Utrek o incluso a mí por la mitad y eso la preocupaba, pues aunque ella trataba de mirar por el bien de la buena leña y Darry’gor inconscientemente trataba de no perderme la pista entre la batalla y desde luego, que no lo hizo, más de una vez me salvo de un ataque furtivo por la espalda, sin duda gozaba de una extraordinaria puntería, fuera la situación que fuera. Ella era joven y atlética, y a primera vista carente de experiencia real, pero su valor como una de los mejores tiradores sin duda se lo habría ganado en esta campaña de la gran cacería, o al menos si de mí dependiera esa decisión, pero eso no estaba en mi mano. -¿Es que no se van a acabar nunca o qué?- Se preguntaba a sí misma, disparando una flecha tras otra sin cesar, aunque estas siempre daban en algún objetivo fuera el disparo letal o no, lo importante es que ella no malgastó flecha alguna durante la batalla. -Le di a otro!- Exclamaría ella para sus adentros tras derribar otro esqueleto, menos mal que no llevaba la cuenta, pero su concentración fue rota con la sepulcral voz de Barbatos, quien advertía que el fin de esta ciudad estaba próximo. Primero una cegadora luz se hizo presente, mientras los esqueletos se retiraban hacia él, rodeándole y de esta forma quizás trataban de protegerlo de posibles ataques, pero la mala noticia no era aquella nube de huesos que cubría al pastoscuro, pues sin control empezaron a surgir rayos que caían sin control, sin ser dirigidos de forma alguna, cayendo y azotando hasta los cimientos de Darry’gor con la furia de los elementos. Preocupada Adila se puso en pie aun a riesgo de exponer su posición, buscándome con la mirada, para ver si lograba alejarme de la zona roja, pues ella pudo ver como Utrek se refugiaba entre lo que quedaba de la casa comunal, Perik, Bediam, Shan hicieron lo mismo, al parecer todos llegaron a cubierto… menos uno. Adila se llevó el puño sobre el corazón, sintiendo como el pecho se le oprimía y su corazón se encogía ante la escena que se le presentaba ante sus ojos, pues distinto de los demás, el haberme desconcentrado en medio de la batalla, había provocado que estuviera muy mal posicionado. En este momento yo era el que estaba más cerca de Barbatos y el que más números tenía para no regresar. -Sejen.- Dijo Adila, en el momento que un rayo parecía que me cayera justo encima.
 
El rayo impacto a un metro de mí, concretamente a mi lado izquierdo pillándome completamente desprevenido. Su fuerza fue tal que me hizo salir volando un par de metros, hasta que mi cuerpo fue detenido por una pared. Sentí un punzante dolor en la espalda, así como en el pecho, probablemente en este golpe se me hubieran roto varias costillas. Mi cabeza daba vueltas sin parar, estaba completamente mareado por el impacto. Los oídos me dolían como si hubiera pasado tres semanas escuchando historias de Adila, una en cada oreja, pues podía escuchar un agudo pitido y los ruidos ajenos a aquel molesto, y estridente pitido, tan solo podía escucharlos con distorsión y difuminados, como si se tratara de un eco lejano.
Me quejé y me llevé la mano derecha al pecho, mientras esbozaba una amarga mueca de dolor e intentaba respirar, pero cada vez que exhalaba, sentía pinchazos en el pecho con lo que podía confirmar que al menos una costilla si se me había roto y probablemente más, por imprudente y no estar atento a mi posición con respecto a los demás.
Estaba algo mareado, pero no podía quedarme quieto, aún no había concluido la batalla y el quedarme allí quieto, lo único que haría era conseguir que me mataran. -Hanwi…- Dije implorando que aquel espectral lupino y mentor viniera en mi rescate, pero él no podía intervenir y yo lo sabía. -No te rindas Sejen.- Diría la voz del ancestral espíritu. -Aquí no concluye tu camino…- Sus palabras entraban en mi mente, como arrastradas por el viento.
Extendí mi brazo derecho y palpaba el suelo con la mano, en busca de algo con lo que defenderme, encontré la lanza ritual que en muchas ocasiones me había acompañado. Esta estaba ya algo rota, de hecho le faltaba la mitad del astil, pero aún tenía punta y mediría como un metro y medio de alto aun. -Eso es suficiente para ti, vamos. Ponte en píe de una vez.- Trataba de animarme a mí mismo. Utilice mis piernas arqueadas para apoyar por completo la espalda en la pared, solo podía sentir dolor ahora mismo, pero tenía que hacerlo, tenía una oportunidad y aunque pequeña tenía que aprovecharla. Mi mano izquierda también se apoyó en la pared y trate de empujar para ponerme en pie aunque debo reconocer que era un martirio hacer esto, pues cada vez sentía el dolor de mi pecho más agudo y mi espalda me estaba destrozando por el dolor.
Cuando al fin me puse en pie vi a Barbatos de frente, cara a cara completamente. Desde la casa comunal se me podía ver, aquel que lo hiciera pensaría que tenía que estar loco como poco para quedarme justo en frente de esa cosa y así lo pensó Adila. -¡Sal de ahí insensato, deja de hacerte el héroe!- Gritaría ella aunque sus gritos no llegarían a mis oídos, porque lo único que podía escuchar en este momento, eran los relámpagos impactando en el suelo, su estruendo como si de cañones se trataran, no sé si por valor o estupidez pero me quedé quieto frente a él, observándole esperando ver algún punto débil o quizás esperando alguna señal, solo sé que no pensé mis acciones a partir de aquí, simplemente sentí que debía hacerlo.
Me puse en posición, sujetando la lanza con ambas manos, preparado para encarar a aquel invencible enemigo, algo que parecía divertir al mismo Barbatos, quien rio por lo bajo. -Ah… pastor de espíritus.- Dijo con aquella voz sepulcral. -Con ayuda o sin ella, debes darte cuenta… de que habéis perdido.- Sus palabras quizás hubieran encontrado respuesta por mi parte en otra situación, pero no ahora.
No hice caso, tal vez fuera a causa del dolor, o que era incapaz de pensar con claridad, lo cierto es que el dolor que sentía ahora mismo no me dejaba razonar, como lo haría normalmente, solo observé y observé a aquel ser, en busca de que atacar y lo único que me llamó la atención, y eso era un extraño artefacto de color verdoso, que emulaba la apariencia de una joya, no sabía si iba a funcionar pero tenía que intentarlo, era la última oportunidad, mi última oportunidad.
Tras un grito y un par de pasos de carrerilla, algo poco aprovechados puesto que realmente no podía correr, arroje la lanza con tanta fuerza como pude apuntando a aquel artefacto con la esperanza de que impactara y surtiera algún efecto, era mi última carta y me estaba jugando el todo por el todo, esto era el todo o nada, vencer o fallar pero tenía que hacerlo.

La lanza surco el aire, girando sobre sí misma, adquiriendo fuerza y manteniéndose en la dirección correcta, pero hubo algo que no pensé, la punta de la lanza hecha de acero… esto atrajo a los rayos más cercanos de la gema hasta la lanza, la cual hizo efecto de pararrayos, bloqueándose justo antes de golpear, prácticamente di por perdido este viaje, mientras agotado caía al suelo de rodillas.
avatar
Sejen

Mensajes : 95
Edad : 26
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Mar Jun 23, 2015 4:53 pm

Para cuando Youdar, Kadín y Perik llegaron hasta el lugar donde se encontraba Barbatos, los elfos, con la ayuda de las flechas de Adila y Ravin, casi habían logrado deshacer el escudo que lo protegía. El Señor de los Monstruos no parecía ser capaz de reaccionar adecuadamente a los ataques y, de hecho, por como los miraba, parecía tan seguro de su victoria que ni le importaba perder aquella protección.
Youdar empuñó su espada y se cubrió con su escudo, como había hecho tantas otras veces. Compartió una mirada decidida con Ithilwen, y se arrojó hacia el cada vez menos férreo escudo óseo. No hubo siquiera a tocarlo cuando este se desmoronó, incendiando todo cuanto lo rodeaba. Sin pensárselo ni un segundo, se dio la vuelta, y arrojó su cuerpo sobre el de la elfa, que había quedado desprotegida.
Gritó, gritó como no había hecho nunca, ni siquiera las veces que había sentido su piel atravesada por el filo de una espada. Deseaba poder rodar por el suelo, alejar las llamas de él, pero sabía que, de hacerlo, sería la mujer quien se vería devorada por estas. El suplicio se extendió durante unos segundos más y, por acto reflejo, el enano se palpó su propio cuerpo. La ropa, ahora chamuscada, había protegido su torso y sus piernas de las llamas, sin embargo, su cara, desprotegida, presentaba una quemadura a la altura del pómulo izquierdo, que se extendía bajo el ojo. A pesar de ello, el brebaje de Bediam seguía surtiendo efecto, y el enano no había perdido las ganas de luchar.
-Al menos estáis bien, Ithilwen- fue el único consuelo que obtuvo el enano, al apreciar a la elfa que se hallaba situada bajo su dolorido cuerpo- Cuidado ahora, princesa, si ese muchacho tiene razón, esto puede ponerse muy feo.

-//-

Todos cuantos estaban en el campo de batalla miraron atónitos el recorrido de la pólvora. El pastoscuro no pudo evitar reírse de ellos ¿Acaso creían que llegaría a impactarle? Se dispuso a hacer que estallase en el aire con uno de sus rayos cuando, inesperadamente, fue uno de ellos, una de sus propias descargas eléctricas lo que lo golpeó, haciendo que no pudiera apuntar con claridad. ¿De donde venía aquel ataque? Ni siquiera importaba, la pólvora no podría hacerle ningún daño. Sin embargo, en su infinito orgullo, Barbatos había olvidado otro objeto que, magnetizado, giraba en torno a él; la punta de lanza de Sejen, metálica, comenzó a chisporrotear cuando la pólvora pasó por su lado. Fue entonces y no antes cuando el Señor de los Monstruos se percató del peligro que corría. Su electricidad, unida al Reilgán, atraía a la lanza, que soltaba chispas las cuales, a su vez, se acercaban peligrosamente al paquetito de pólvora.
-¡No!- en un burdo intento, hizo por coger la lanza con sus propias manos, pero fue inútil. Finalmente, uno de sus rayos impactó en el paquete, que estalló ruidosamente, una explosión apenas visible, al menos comparada con la que hubo a continuación, cuando, entre miles de poderosos rayos, el Reilgán salió disparado del pecho del pastoscuro.
-¡Es vulnerable!- dijo Perik, justo antes de recibir un rayo en el pecho. El enano retrocedió unos pasos, como si, en apariencia, no le hubiese afectado, pero, al cabo de un segundo, cayó al suelo, desmayado.
-¡Perik!- Kadín salió corriendo hacia el yayo pues, desde donde estaba, le era imposible saber si, al caer, el anciano enano seguía respirando o no. Sin embargo, en su descuidada carrera, fue alcanzado por otra de las descargas que tanto Barbatos como el Reilgan soltaban, y acabó saliendo despedido por los aires.
Los rayos caían por doquier, nadie parecía a salvo. Youdar e Ithilwen, que eran los que más cerca de Barbatos se encontraban, tuvieron que alejarse a toda prisa para salvar la vida. Por segunda vez, el enano debió agradecer a la Prisa de Eryth el no caer desmayado, justo cuando, corriendo tras la elfa, un rayo le impactó en plena espalda, haciéndole caer de rodillas.
-Estoy…bien- gruñó, poniéndose en pie de nuevo. Hacía mucho que no eran sus propias fuerzas las que lo mantenían en pie, pero no era el momento para pensar en su orgullo guerrero. Debían trabajar todos juntos. Lanzó una mirada lejana, al horizonte, donde su hermano y Perik yacían, sin saber si estarían vivos o muertos- Maldito sea Karzún si me los arrebata.
-Miau- a sus pies, animándolo a continuar caminando, Pelos tenía chamuscado el pelaje de la cola, como si un rayo le hubiese impactado cerca, pero parecía encontrarse bien.
Siguiendo al gato y a Ithilwen, acabaron cubriéndose tras una pila de esqueletos destrozados, aparentemente a salvo de la electricidad del pastoscuro. Youdar se preguntó que habría sido de los demás. Parecía que, de los elfos, tan solo Lüdriëlh se encontraba en buena forma, aunque se llevaba la mano al hombro, como si lo tuviese herido. El resto de la guardia de la princesa parecía haber caído desmayada, producto del aturdimiento por la fuerte explosión. Desde donde estaba, creyó ver a Sejen, quien parecía no ver con claridad, como si, en su estado, no hubiese podido evitar mirar directamente hacia la explosión, quedando deslumbrado.
-¿Dónde ha ido a parar el Reilgán? En cuanto los rayos acaben, somos los únicos que quedamos para destruirlo- Youdar intentó echar un vistazo hacia donde se encontraba Barbatos, pero, al hacerlo, uno de aquellos rayos casi le impacta en pleno rostro- Debemos aguardar el momento.

-//-

-La madre que te parió, chaval, ¡la madre que te parió!- Utrek gritaba, eufórico, zarandeando del hombro a Bediam- Tenías razón, lo hemos logrado.
-No corras tanto, viejo- la preocupación era patente en el rostro de Shan- Los nuestros han quedado muy malheridos, y aun queda romper la cosa esa verde. Dudo mucho que pueda hacerse de una patada.
-Parece mentira que seas hijo mío, chaval,- la furia se pudo notar en el rostro del joven cazador ante las palabras de Utrek- con lo aguafiestas que eres.
-Te dije hace años que, para mí, tú ya no eras mi padre- habitualmente calmado y poco dado a los arrebatos de furia, Shan se sentía fuera de si.
-Pues, te guste o no, lo soy, chaval. Yo te crié, yo te enseñé a cazar- antes divertido, ahora Utrek tan solo se mostraba desafiante ante la ira del joven.
-¡Me enseñaste a asesinar! ¿Quieres demostrar que eres mi padre?- Shan cargó su ballesta, haciendo que, en acto reflejo, Utrek cogiera su espada- Si, vamos, empúñala, hazlo y sígueme a la batalla, demuestra que eres algo más que un asesino, demuestra que queda algo de humano en ti. Salvemos a nuestros compañeros.
-¡Que me parta uno de esos rayos si me vas a llamar cobarde!- el desagradable cazador imitó a su hijo, cargando su ballesta- Chavales, ya habéis oído al soplapollas este. Es la hora de las hostias- y, tras decir esto, comenzó a correr hacia el cuerpo de Kadín, que era el que se encontraba más cerca de ellos.

-//-

-¡Malina!- gritó uno de los aldeanos- Hobb se ha quedado a luchar ¿Vamos a abandonarla?
-¡Queremos luchar, Malina!- vociferó una mujer.
-Todos conocemos el camino a Bund´Felak, muchacha- dijo una tercera voz, la de un anciano- Que los que quieran huir lo hagan, pero los demás queremos ir a luchar.
Al principio fueron solo esas tímidas voces, pero, al cabo de unos segundos, parecía que el pueblo entero, desde el niño más joven hasta el anciano más desdentado, quería participar en la batalla. Malina, herida, a lomos de azabache, que también tenía cortes en las patas, debía decidir que hacer. Aquella no era su lucha, pero una multitud le pedía que ayudara en la batalla.

-//-

Barbatos agonizaba, sufría como no lo había hecho nunca, ni siquiera cuando era un simple humano. Así era, ese era el gran secreto del pastoscuro, y es que él, a diferencia de otros de su especie, había sido un chico normal y corriente, habitante de lo que un día fuera Darry´gor. Era un desgraciado, un niño atormentado por los abusos de los nobles, hasta que un día conoció al Anciano.

“Lo encontró en medio del bosque, cavando un hoyo, con un esqueleto a su lado.
-Muchacho- le había dicho, como si lo conociese de siempre- Parece que has descubierto mi pequeño secreto.
-No se de que habláis, señor- el Barbatos humano era flaco, casi desnutrido, y tenía una expresión asustadiza siempre, pues vivía atemorizado.
-No me temas, muchacho- Lenxer sonreía- ¿Te gustaría no tener que volver a tener miedo nunca jamás? ¿A nadie?
¿Cómo podría saberlo? ¿Cómo, con tan solo una mirada, sabía aquel desconocido que aquello era lo que más deseaba el joven en su vida? Aquel día el niño no volvió a casa; se pasó el día entero hablando con El Anciano, escuchando sobre los pastoscuros, los Señores de los Monstruos. Acabó aceptando cuanto le ofrecía aquel hijo del destino y, tomando el ser del esqueleto, dejó que su anterior cuerpo de carne fuese enterrado en aquel hoyo. Desde ese día se hizo llamar Barbatos y, hasta el momento en que la pólvora había estallado junto a su pecho, no había sentido miedo de nada ni de nadie.”

Pero ahora se encontraba tirado en el suelo, sintiéndose morir, como si a alguien le obligaran a vivir sin corazón ni pulmones, privado de la respiración y consumido por la falta de sangre. Solo un sentimiento mayor que la agonía reinaba sobre él, las ansias de venganza. Era más peligroso que nunca pues, si bien antes se había divertido jugando con los cazadores, ya no iba a perder el tiempo. Pensaba freír hasta convertirlo en cenizas a cualquier de ellos que viese.
Comenzó a arrastrarse sobre su abdomen, sintiendo crujir todo su ser con cada centímetro que avanzaba, pero no importaba, porque por fin había logrado localizarlo. A tan solo 30 metros de él, junto a una de las atalayas del campamento, el descontrolado Reilgán había comenzado a contaminar todo el ambiente a su alrededor. No era solo que soltase descargas eléctricas por doquier, si no que, de él, un aura verdosa había comenzado a expandirse.
Mientras se arrastraba, el Señor de los Monstruos pudo comprobar los efectos que le haría aquel fulgor a cualquiera que no fuese él mismo, pues allí tumbado se encontraba uno de los guerreros de la guardia enana, inconsciente. Sonriendo, vio como su cuerpo comenzó a deshacerse, como si el poder del Reilgan lo quemase de dentro hacia fuera. No había forma de que le venciesen, pues nadie sobreviviría a aquello. Su agonía iba a tener recompensa, suya era la victoria.

-//-

-Mía es la victoria, hermana- Lenxer se alzaba ante Ananke, quien se hallaba tirada en el suelo, agotada por el enfrentamiento- Es hora de ir a acabar con todo esto.
El Anciano despareció, dejando a la mujer agotada. Al instante, la chillona voz de Nikochis la llamó- Vamos, levántate, no podemos dejarle que ayude a Barbatos.
-Ayúdame a llegar hasta Darry´gor, Nikochis- Ananke hizo intento por ponerse en pie, pero tuvo que ser sostenida por el aparentemente delicado y flojo folklrerien.
-Allá vamos.

La visión que tuvieron al llegar a la villa no fue esperanzadora. Barbatos se arrastraba hacia el Reilgan, no había señal alguna de Lenxer y los cazadores no podían hacer nada por intentar acercarse al mágico objeto, rodeado tanto de rayos como de una peligrosa aura contaminante.
-Tengo que dejarte aquí- en la voz del folklerien, que siempre sonaba divertida y despreocupada, no quedaba rastro alguno de aquellos sentimientos. Aquel asunto requería de la máxima seriedad, incluso para él.
-No dejes que Barbatos te vea- Ananke se tumbó sobre la nieve.
-No lo hará.
avatar
Youdar

Mensajes : 233
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Dom Jun 28, 2015 7:46 pm

Todo lo que pasó a continuación duró solo un par de segundos, el tiempo que tardó la pólvora en llegar hasta Barbatos. El rayo de luz. La lanza. La explosión. Y luego aquel rugido atronador, aquella luz cegadora que les obligó a apartar la vista. Los relámpagos seguían azotando toda la zona, los podían escuchar sin problemas.

Alguien le cogió del hombro y empezó a zarandearlo.

-La madre que te parió, chaval, ¡la madre que te parió! -gritaba Utrek, eufórico- Tenías razón, lo hemos logrado.

Bediam sonrió. Lo habían conseguido. Habían acabado con Barbatos.

-No corras tanto, viejo -murmuró Shan, muy serio.

Ambos miraron al joven cazador. Éste contemplaba con gesto preocupado el campo de batalla.

-Los nuestros han quedado muy malheridos y aún queda romper la cosa esa verde –continuó-. Dudo mucho que pueda hacerse de una patada.

El alquimista siguió su mirada y se estremeció. Barbatos estaba tirado en el suelo, inmóvil. Su compañeros estaban esparcidos a su alrededor, algunos en pie, pero otros estaban inconscientes… o muertos. El reilgán se había desprendido de su cuerpo y se encontraba a varios metros de él, descontrolado, y lanzando rayos por todas partes.

Utrek bufó, irritado. El momento de alegría había pasado y volvía a ser el de siempre.

-Parece mentira que seas hijo mío, chaval –se lamentó-. Con lo aguafiestas que eres.

¿Shan era el hijo de Utrek? Padre e hijo se aguantaron la mirada. Shan parecía furioso… Desde luego, Utrek no tenía pinta de ser un gran padre.

-Te dije hace años que, para mí, tú ya no eras mi padre –le espetó, sin poder contener su ira.

A Utrek no le gustó nada aquello. Normalmente, a pesar de sus impertinencias, no parecía realmente afectado por nada de lo que pasaba a su alrededor, pero aquello realmente le molestó.

-Pues, te guste o no, lo soy, chaval –gruñó-. Yo te crié y te enseñé a cazar.

-¡Me enseñaste a asesinar! –le gritó su hijo- ¿¡Quieres demostrar que eres mi padre!?

Con un movimiento ágil y preciso, cargó un nuevo virote en su ballesta. El otro hombre reaccionó desenvainando su espada, cauteloso.

-Sí, vamos, empúñala –le picó-. Hazlo y sígueme a la batalla, demuestra que eres algo más que un asesino, demuestra que queda algo de humano en ti. Salvemos a nuestros compañeros.

Desde luego, surgió efecto.

-¡Qué me parta uno de esos rayos si me vas a llamar cobarde!- rugió Utrek mientras cargaba su ballesta-. Chavales, ya habéis oído al soplapollas este. Es la hora de las hostias.

Padre e hijo salieron corriendo, seguido de Lars y el pequeño grupo de cazadores que se había refugiado tras el muro. Bediam se dispuso a ir tras ellos, pero se detuvo de golpe.

Barbatos se movía. Se arrastraba hacia la gema. ¿Cómo podía seguir vivo? ¿No había dicho Perik que sin el reilgán el pastoscuro moriría? ¿Entonces por qué seguía arrastrándose, avanzando lentamente hacia aquella masa de furiosa energía? El alquimista sintió que le fallaban las piernas y se tuvo que apoyar en el muro. Si una explosión directa en el pecho no acababa con aquella criatura infernal, ¿qué clase de ataque podría hacerlo?

Entonces algo le vino fugazmente a la mente, apenas una pequeña chispa. Se llevó la mano a un bolsillo de forma casi instintiva y allí estaba la respuesta a su pregunta. Con cuidado, sacó un papel de entre los pliegues de su túnica y lo abrió.

Era una carta dirigida a él. Era la carta que le había llevado allí, la trampa que Nikochis le había tendido. La carta con sabor a aventura. La releyó despacio, aunque ya sabía perfectamente lo que estaba buscando.

Veneno de Espectro. Una de las pocas cosas capaces de acabar con un ser de ultratumba, un ser prácticamente invencible de otro modo. Miró a Barbatos y esta vez supo que podían acabar con él.

Rebuscó en su zurrón y sacó su libro parlante, su Compi. Le dio unos golpecitos para llamar su atención y éste le miró. Kheme se lo había entregado cuando le había aceptado como aprendiz, y le había dicho que era su sello de identidad, su posesión más valiosa. Estaba ligado a él y solo a él. Si lo perdía, no recibiría otro.

-Tengo que hacer Veneno de Espectro –anunció-. Así que dime que ingredientes necesito además de pulmones de meiga.

El libro soltó un chasquido extraño y no dijo nada. Bediam frunció el ceño, contrariado.

-¿Qué pasa? –preguntó.

-No hay más ingredientes –respondió Compi al instante.

¿… qué?

-¿Cómo es posible? –insistió Bediam- ¿Cómo se prepara el Veneno de Espectro, entonces?

-Introducir el pulmón en fluido blanco. Tomar Punto base. Utilizar Concretar propiedad sobre maldad. Usar Reversión de propiedad. Tras el colapso, definir como Estado final. Aislar esencia. Ligar con fluido blanco. Asignar Efecto externo instantáneo –respondió el libro con tono neutro, como quien enumera una lista de la compra.

Aquello no tenía ningún sentido para él. ¿Fluido blanco? ¿Punto base? ¿Efecto externo instantáneo? Nada de aquello le sonaba: Kheme no le había hablado de nada de eso.

-¿De qué rayos estás hablando? –se extrañó Bediam.

-Preparación de Veneno de Espectro –contestó el libro sin inmutarse.

-¡No puede ser, no hay ingredientes! –exclamó el alquimista, frustrado.

Compi no contestó, pues no había formulado ninguna pregunta. Entonces le asaltó una duda.

-¿Hay que modificar el aleb del pulmón para hacer el Veneno de Espectro? –le preguntó.

-–respondió el libro, sencillamente.

Aquello le sentó como una patada. Sabía que aquel preparado era muy avanzado, pero no sabía que se creaba controlando su aleb. Desde la conversación con Ithilwen apenas había pensado en aquel tema, estaba demasiado ocupado enfrentando a criaturas inimaginables, y se sentía como si toda aquella aventura no tuviese conexión alguna con su aprendizaje. Pero al final, resultaba que sí que tenía relación. Kheme le había dicho que saliese a buscar el aleb y ahora mismo necesitaba encontrarlo. ¿No había dicho la elfa que la revelación le vendría como fruto de la necesidad y la frustración? Pues ahora estaba frustrado y necesitaba urgentemente una revelación ¿Pero cómo diablos se captaba el aleb? ¿Había que verlo? ¿Olerlo? ¿Oírlo? ¿Tocarlo? ¿Saborearlo? ¡No tenía sentido! Era un concepto tan abstracto que se le escurría entre los dedos, no podía asirlo.

Se dejó caer al suelo, desesperado. No sabía que hacer…

-Eh, tú –gruñó alguien a su espalda, con un hilo de voz.

Bediam se sobresaltó y se incorporó a toda prisa. A un par de metros de él, un enano se tambaleaba. Se presionaba con fuerza una herida que tenía en el estómago, pero la sangre se le escapaba sin remedio. Tardó unos segundos en reconocerlo, porque tenía un corte en la mejilla que le desfiguraba ligeramente la cara.

Era Ranir, el guardia. Era el primer enano con el que se había topado al llegar a Darry’Gor, y su encuentro no había acabado bien. Le había despreciado, pues estaba seguro de que el alquimista no iba a ser más que un estorbo inútil. Se habían vuelto a ver durante la batalla con el Lord Vampiro, cuando Bediam buscaba el ajo, y tampoco habían acabado bien, le había acusado de huir y de ser un cobarde. Y se habían visto en el funeral tras la batalla. La mirada que le había echado no la olvidaría jamás.

-Ranir… –murmuró el alquimista, aturdido.

Le había deseado una larga vida, dando a entender que ese sería su peor destino… Pero por su estado actual no parecía que fuese a durar mucho. Bediam tenía unos conocimientos médicos escasos y aquello escapaba de lo que él podía hacer. Se quedó mirándolo, sin decir nada.

-¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó el enano, jadeante.

Bediam no se atrevió a girarse hacia el campo de batalla. Todo el mundo se estaba esforzando, pero él seguía detrás del muro, y eso lo avergonzaba. Miró al guardia enano a los ojos: una vez más, no parecía otra cosa que un cobarde.

-Te equivocas –se defendió-. No estoy huyendo.

Ranir intentó avanzar, pero tropezó y cayó de rodillas. Ya no contenía la herida y sangraba abundantemente.

-En la batalla contra los vampiros… ¿A dónde ibas? –preguntó con un hilo de voz.

¿A qué venía eso ahora?

-No estaba huyendo –le explicó Bediam-. Iba a por ajo para preparar una trampa.

Ranir asintió, abstraído.

-Me lo contaron tras la batalla –murmuró-. Tú derribaste al Lord Vampiro.

Los brazos dejaron de responderle y se desplomó sobre el suelo. Trató de mirarle, pero había perdido mucha sangre y no podía mantener los ojos abiertos.

-Tienes razón… Me equivoqué contigo… -farfulló-. Lo siento…

Bediam estaba sin aliento. Se acercó a toda prisa al enano, pero ya estaba muerto. Y volvió a recordar la mirada que el guardia le había echado en el funeral. Aquella intensidad…

Y lo entendió. No era una mirada de odio, ni de desprecio, como había creído entonces. Era la mirada de alguien que ve algo con otros ojos después de mucho tiempo. Era la sorpresa tras la revelación de algo que había permanecido oculto, aunque a simple vista nada haya cambiado. Era la vergüenza de saber que se fue ciego…

Y allí, delante del cadáver de Ranir, entendió el aleb. No era lo que le decía sus ojos, ni sus manos, ni sus oídos, su nariz o su lengua. Nada de eso le habría servido al enano para saber que él no iba a ser un inútil. Era algo más allá de todo eso.

No era algo sobrenatural, era algo perfectamente lógico e intuitivo. Era leer una sucesión de palabras y entender que estaban conectadas y formaban una frase. Era mirar un lienzo pintado y entender que el conjunto de pinceladas representaban algo. No había que acercarse a los detalles, no había que buscar el sentido de la frase en cada palabra, no había que buscar la representación en cada pincelada. Era el todo lo que definía el aleb, no la suma de sus partes. No. Era el conjunto. Hacía falta un proceso mental para llegar a ello, toda la información que venía del exterior no era suficiente si luego no se alcanzaba dentro de uno la revelación de que aquel aparente caos de propiedades significaba algo en su conjunto.

Abrió su zurrón y sacó algo envuelto en un pedazo de tela, húmedo por la sangre. Lo desenvolvió poco a poco. El pulmón de meiga.

Lo entendió, Perik se lo había dicho.

La meiga no nacía de la maldad, la abrazaba por propia decisión. Aquellos pulmones habían respirado el azufre de los demonios, el miedo, la ira, el rencor… pero habían nacido limpios de todo eso. Y entendió que eso lo definía, aquel camino hacia la oscuridad. No podía verlo, no podía palparlo, oírlo, escucharlo o saborearlo… Pero estaba ahí. Siempre había estado ahí.

Sacudió la cabeza, aturdido, y perdió el aleb, se le escurrió de la mente. Trató de recuperarlo, desesperado, pero no fue capaz.

-¡Maldita sea! –gritó.

No tenía tiempo que perder. Ya no podía sentirlo, pero aún lo recordaba. Tenía que hacer Veneno de Espectro como fuera.

-Compi, ¿qué es el fluido blanco? –le preguntó, apremiante.

-El medio en el que se modifica el aleb de otra sustancia –explicó.

Sorprendentemente lo entendió: Era el disolvente. Era la base. Era un compuesto que no debía interaccionar ni interferir con las propiedades de lo que portaba. No era un material concreto, podía ser cualquier cosa, mientras cumpliese eso. Podía ser aire… ¿Pero cómo aislar aire? Sacudió la cabeza. Sacó de su zurrón un odre de agua y el crisol. Puso el trozo de pulmón sobre el recipiente y vertió sobre él tanta agua como pudo, hasta que se desbordó.  

-Ya tengo el pulmón en fluido blanco –dijo Bediam, nervioso-. ¿Ahora qué, Compi? ¿Cuál es el siguiente paso?

-Tomar Punto base –repitió el libro.

Por el Gran Árbol, ¿qué significaba aquello?

-Explícame cómo se hace eso –le pidió.

-Tomar Punto base consiste en fijar las propiedades actuales como propiedades de punto inicial –explicó el libro.

Bediam se pasó la mano por el pelo, estaba sudando y estaba frustrado.

El aire vibró cerca de él. El alquimista se giró, extrañado. ¿Había caído un rayo? No podía ser, habría oído el estruendo. A unos metros suya estaba el hechicero del thane, Lenxer, mirando hacia Barbatos. Sonreía. ¿Cómo había llegado allí…? Al principio el elfo no se dio cuenta de su presencia, pero lo hizo cuando Bediam se movió un poco. Se giró hacia él y le dedicó una mirada bastante indiferente… Hasta que se fijó en el pulmón dentro del crisol. Su expresión se ensombreció.

-No, no lo harás –aseguró, mientras le apuntaba con un dedo.

Iba a atacarle. Le llegó como una revelación. Rodó a un lado y una bola luminosa pasó rozándole, cortando el aire. Tanteó a su espalda y encontró el crisol. Lo arrastró tras de sí, se levantó y salió corriendo. ¡¿Pero qué estaba pasando?! ¿¡Por qué le atacaba aquel tipo!? Encontró un trozo derruido de casa y se escondió entre los escombros. El corazón le latía a mil por hora.

Permaneció agazapado, esperando, pero nada pasó durante unos minutos. De pronto, oyó unos pasos.

-¡Sal, humano! –gritó Lenxer- Tengo algo que es tuyo.

Bediam se movió ligeramente y encontró una rendija a través la cual espiar. El hechicero sostenía con una mano una fina daga y con la otra…

Bediam palideció. Con la otra sujetaba su Compendio Básico de Alquimia. Su Compi. Se maldijo por su torpeza, se había olvidado su posesión más valiosa y ahora estaba en manos de quien, aparentemente, era su enemigo y les había engañado desde el principio. ¿Sería Lenxer el Anciano, el líder de todo aquel complot? Tragó saliva. Sin el libro, no tenía ninguna posibilidad de preparar la poción, y sin la poción, no podía detener a Barbatos. No podía hacer otra cosa que salir de su escondite y…

-Ni se te ocurra moverte –murmuró una voz chillona a su lado.

Bediam se sobresaltó y trató de rodar a un lado, pero todo su cuerpo estaba paralizado.

-Es por tu bien –aseguró la voz.

Aquel sonido tan irritante y agudo solo podía pertenecer a un ser. Nikochis.

Sus músculos se relajaron y poco a poco volvió a recobrar el control de su cuerpo. Miró a un lado, y allí estaba el folklerien, sentado. No sonreía.

-Hola –le saludó.

-Hola –respondió Bediam, aturdido.

El folklerien miró el crisol que el alquimista sujetaba en las manos.

-¿Qué vas a hacer con eso? –le preguntó, curioso.

Aquella situación era surrealista. ¿No iba a explicarle nada? ¿Por qué nadie le explicaba que estaba pasando?

-Veneno de Espectro –murmuró, aun desorientado-. Es para acabar con seres de ultratumba como Barbatos.

Nikochis no parecía muy impresionado.

-Ah –comentó-. Pues venga.

Bediam vaciló. Lenxer seguía teniendo su Compi.

-No te preocupes, el Anciano no nos encontrará por ahora –le aseguró-. Tengo un par de trucos bajo la manga.

-No puedo –respondió el alquimista-. Él tiene mi libro.

Nikochis frunció el ceño.

-¿Y para que cuernos quieres el libro? –se preguntó-. Mira, da igual. Al final lo tengo que hacer todo yo.

-¿Sabes hacer Veneno de Espectro? –se sorprendió Bediam.

El folklerien sonrió, orgulloso.

-¿Por quién me tomas, por un vulgar humano? –le espetó-. Claro que sé hacer pociones contra seres de ultratumba.

Hizo un breve movimiento con la mano y el crisol flotó hasta colocarse frente a él.

-¿Por dónde ibas? –le preguntó.

Bediam estaba en shock. ¿Nikochis sabía… modificar el aleb? ¿Sabía... hacer pociones?

-¿Me escuchas? –le increpó el folklerien.

El alquimista sacudió la cabeza, tratando de volver en sí. No era momento para quedarse embobado: si el Anciano estaba allí, todos corrían grave peligro.

-He colocado el pulmón en el fluido blanco –le informó.

Nikochis le miró del mismo modo que le miraría si le hubiese ladrado.

-¿Y eso que es? –preguntó.

-Es el material base –respondió-, el disolvente.

El folklerien puso los ojos en blanco.

-Vamos, que no has empezado –refunfuñó-. Lo único que has hecho es ponerlo en agua.

Bediam se ruborizó un poco, pero era cierto. Aun cuando había sido capaz de captar el aleb del pulmón, no había sido capaz de modificarlo. Su logro se le antojaba pequeño ahora, la verdad.

-Pues nada, ya lo hago yo todo, como siempre –repitió Nikochis, bastante menos enfadado de lo que pretendía parecer. Le encantaba lucirse, estaba claro.

Hizo un par de aspavientos muy teatrales y chasqueó los dedos. El pulmón empezó a sisear y se derritió, pasando a formar parte del agua, que se volvió de un tono anaranjado.

-¿Cómo lo has hecho tan rápido? –le preguntó Bediam, atónito, recordando que había por lo menos cinco pasos en la preparación del Veneno de Espectro.

-Si quieres que tarde, pídeme algo más difícil –le respondió Nikochis-. Cualquier folklerien podría hacer esto con los ojos cerrados.

El alquimista vio que tenía una gran oportunidad: estaba ante una criatura para la que modificar el aleb de las cosas era prácticamente tan natural como respirar.

-¿Cómo has tomado el Punto base? –le preguntó.

De nuevo, el folklerien le miró sin comprender. Bediam trató de recordar las palabras que le había dicho el libro.

-¿Has… fijado las propiedades iniciales… o algo así? –dudó.

Nikochis bufó, molesto.

-Los humanos siempre insistís en querer complicar las cosas que son sencillas –se lamentó-. Supongo que es para haceros los interesantes, cosa que me parece normal, porque sois increíblemente aburridos y cargantes. A ver, es fácil: coges lo malo, lo tiras para atrás y luego le pasas eso mismo al agua. Y ya tienes tu Veneno de lo que sea, anti-Barbatos. Ahora falta ducharle con esto.

Por supuesto, Bediam no entendió nada. Si Kheme era mala maestra, Nikochis era el peor de toda la historia.

-¿Pero por qué se ha deshecho el pulmón? –preguntó, desesperado.

El folklerien meneó la cabeza.

-¿Y tú y yo hemos tenido un duelo de ingenio? –se quejó- No digas nada más, haz el favor. Ahora céntrate en escapar del Anciano.

Bediam cogió dos frascos vacíos y los llenó con el contenido del crisol. Mientras, Nikochis hablaba.

-No puedo dejar que Barbatos me vea o me controlará, así que no te puedo ayudar mucho rato –explicó-. Saldré, distraeré al Anciano unos instantes y luego te apañas. En cuanto salgamos, corre… Vas a tener que correr bastante.

Bediam le miró, horrorizado.

-¿Preparado? –dijo el folklerien mientras preparaba un chasquido.

-No… -murmuró el alquimista.

¡Paf! Los escombros explotaron y salieron despedidos en todas direcciones, pero sin herirlos. Ya no había vuelta atrás: Bediam echó a correr en dirección a Barbatos todo lo rápido que pudo, con las pociones en las manos. Durante unos segundos no pasó nada, pero de pronto algo le golpeó en el costado y lo lanzó volando. En la caída, protegió los frascos como pudo, pero uno se rompió. Le ardía la zona donde le había alcanzado el ataque y soltó un gruñido angustioso.

Se arrastró tras un árbol, tratando de recuperar el aliento y ponerse a salvo. Ya no podía correr, estaban perdidos. Lenxer seguía lanzándole ataques mientras se acercaba a él, seguro de su triunfo. Sus ataques impactaban en el árbol y lo hacían estremecerse.

No aguantaría mucho más.

Habían fracasado.

Y entonces escuchó el ruido de cascos.
avatar
Bediam

Mensajes : 190
Link a Ficha y Cronología : Bediam
Compendio básico de alquimia (notas incluidas)



Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Jun 29, 2015 7:57 pm



El caos trajo la confusión. Un sonido agudo a lo lejos se expandía, consumiéndolo todo. Nieve, polvo, fuego… todo cedía ante la fuerza explosiva. Daban vueltas el mundo, así como las ideas. Todas, imperando una: el Lord Vampiro y las ansias de venganza, una tan cruel y despiadada como la afrenta con la que él mismo se había condenado. El odio por aquella criatura podía más que el deber ser o el impulso de darlo todo por los suyos. Había perdido el rumbo; el horizonte de sus creencias se difuminaba en la oscuridad propia de su alma turbada. Ya no era la misma Ithilwen, heredera del trono de luz… y muy en el fondo sabía que nunca más lo sería.

Había invocado la fuerza de los dioses y con su luz purificadora quedó ciega, sin siquiera haber movido un dedo por cubrir a la indefensa hechicera, que a su lado continuaba con las manos dentro de la nieve. No alcanzó siquiera a mover un músculo para protegerse, cuando el calor la abrazó junto con su poder bramador.

De su rango de visión desaparecieron Lüdrielh y Ärbuz, pues el fulgor solo le permitió una última mirada a las estrellas y perderse en la oscuridad de sus pensamientos.

-¡ITHILWEN!- gritó con todas sus energías el capitán de los elfos, al clavar su escudo en la tierra frente al rostro impávido del lancero. Sin embargo, ambos estaban con sus ropas de viaje, y las armaduras eran lo suficientemente ligeras como para recibir de frente la envestida de las llamas. Entre los rayos y aquella misteriosa explosión, el grito de Lüdriëlh demostró su impotencia para, una vez más, proteger a su princesa.

Sin embargo, de entre las sombras del caos, la figura de Youdar se alzó sobre todas y tomando a la doncella de los elfos la cubrió con su escudo, a tiempo que rodando con ella, la protegió de la explosión.

¿Qué cuánto tiempo estuvo Ithilwen sin reaccionar? No mucho, pues el cuerpo robusto del enano atajaba con un brazo el escudo, sobre el que la elfa reposaba y con el otro se hacía de la nieve para que su peso no atrapara a la solar.  

Al abrir sus ojos, su rostro de porcelana lo expresó todo: la sorpresa y el horror se pintaron en ella al ver las llamas surcando medio rostro del kazuka.

-Youdar… Oh Dü Armë… deïne Gësïcht! (Por los dioses, pobre, ¡tu rostro!)- atrajo con los ojos de azul intenso chispeantes al tiempo que forcejeaba tras la panza del enano para sacar su mano. Al lograrlo, su puño se cerró sobre la fría nieve y de inmediato buscó ponerla sobre la piel del malherido. El orgullo de los hijos de  la roca se traslucía tras aquellas cejas espesas, y aunque ella en murmullos seguía acallando el dolor de su salvador, bien sabía que éste aún continuaba en pie de guerra, con la adrenalina desbordada, sin un mínimo sentido común como para entender los límites del valor o la estupidez.

-Gracias- finalmente esbozó la solar en la lengua común, al tercer puñado de nieve que ponía sobre el rostro del kazuka. El calor de su piel tostada se diluía fácilmente entre sus dedos. Podía sanarlo… pero en ese momento de decisión otra voz se alzó sobre el caos.

-¡ITHILWEEEN! ITHIL…WEEENNN!

- No… caí encima, es todo- respondió algo avergonzado como descolocado Youdar, al tiempo que trataba de ponerse en pie.

Sonrió la de cabellos azabache al notar que el enano aún tenía energías para decir sandeces y con la mirada enjuiciadora y un gesto condescendiente trató de ayudar al enfermo, al tiempo que le animaba a no dejar caer la nieve de su rostro.

-Youdar… ¡Ithilwen!- exclamó Lüdrielh sorprendido. Tomó la mano de su princesa y rápidamente la puso en pie. Volteó el rostro hacia el kazuka y aún sin poder dar crédito a lo que veía, entre preguntando y respondiéndose, sentenció: -La has salvado… Tú… te arriesgaste y la has salvado.

Estaba atónito. Hasta hacía no menos de unas horas él, Lüdrielh Thündrell, no hubiese movido ni medio dedo por aquella criatura insulsa y despreciable, peluda como ninguna, símbolo de traición y desconfianza. Pero ahora lo veía y no reconocía ni el asomo de aquel prejuicio; a sus ojos se alzaba un guerrero y lo que más le asustaba como admiración despertaba: un igual.

-Tú… Youdar… La has salvado.

Sonrió porfiado, al tiempo que miraba a Ithilwen, reconociendo esos ojos celestes prejuiciosos que escondían un “te lo dije” avistado tras las décadas a su lado.  

-No tengo palabras de agradecimiento suficientes, más allá de saber que entre iguales podemos comprendernos. Youdar, habéis cumplido un deber sagrado que solo los elfos nos atribuíamos: proteger la vida, ahora que no soy más que lo que veis, sólo puedo honrar vuestro valor con esto…

Ithilwen, por inercia viró para observar el panorama y, allí escondida entre la misma nieve, la noble biomante continuaba con las manos clavadas en la espesura blanca. Corrió hacia ella y trató de reanimarla, al tiempo que observaba de reojo lo que sucedía con aquella pareja tan extraña. Lüdriëlh, por su parte, clavó la espada en la nieve, desapareciendo de repente el calor de fuego que su hoja desprendía; con agilidad se sacó del cinto, a cada uno de sus lados, dos dagas de preciosa talla y de cuya hoja desprendía una pálida luz azulada. Serio y con expresión serena pero grave, continuó:

-Yo debo proteger a los míos y tú a los tuyos, mi amigo. Así que tómalas Youdar, hijo de la roca, hermano de alianza, y que te sean útiles en tiempos de tristezas, tan aliadas y consejeras en el campo de batalla como lo han sido conmigo y mis ancestros.

-Ésta es Ithil de Rain y ésta Mönd nek Rain, ambas a vuestra servicio y el de los vuestros.


Juego de dagas de la Alianza:


--

Juego de dagas de la Alianza: Dos dagas en acero élfico, forjadas en Erínimar para el general Lüdriëlh Thündrell y entregadas al portador en agradecimiento y gesto de amistad. De nombres "Ithil de Rain" (lluvia de estrellas) y "Mönd nek Rain" (lluvia de lunas), cada una pesa 150 gr. y mide de largo 40 cm. Sus hojas son curvas y en ella llevan talladas en letras élficas sus nombres. "Ithil de Rain", lleva la siguiente incrustación:

Runa Undiver (Esperanza): Esta runa fue hecha para repeler a las criaturas, que residen en otro plano, como los fantasmas, espíritus malignos y similares de igual nivel o mismo al de su portador. Los seres afectados no toleran estar cerca de ella, pero así mismo los que sean de mayor nivel al personaje que la empuñe, verá que éstos serán atraídos. "Ithil de Rain" conserva el efecto de la runa aun estando enfundada y deja ver su poder en pleno en personajes de lvl 5. En personajes inferiores consume mucho de la energía vital de éste para desplegar su poder.

--


-Úsalas bien, kazuka- completó Ithilwen, sosteniendo a la recién reanimada hechicera en uno de sus hombros: -Que con calma y valor, son capaces de hacer milagros-.

Ambas elfas avanzaban lento pero al término de estar frente a él, dejando que Ladriel se posara en Lüdriëlh, la princesa de Erínimar se arrodilló frente al kazuka y tomando ambos hombros del enano, culminó, besando su frente: -Gracias, una vez más por salvarme la vida, Youdar.

-¡Lüdriëlh! ¡LÜDRIELH!-gritaron cerca de dónde ellos estaban.  

Se escuchó a las espaldas, en medio de un caos en donde todos los cuerpos que habían rodeado a  mientras una mano, la de Ärbuz, maltrecho y tambaleante, señalaba en dirección hacia donde el enemigo estaba. Frente a él la figura de un combatiente, quizás sin vida, se asomaba.

-Pero, quién está…-balbuceó Ithilwen.

-¡Ayuda!- gritaron desde el frente una voz conocida: la arquera desde la atalaya semi-destruída, se asomaba de lo alto, tratando de descender con algunas lesiones, a parte de aquella que le marcaba el rostro.

-… ES SEJEN…- advirtió la doncella, y poniéndose en pie de un brinco atravezó la nieve hasta llegar al humano, dejando a Youdar con sus armas y esa fiera mirada de aún estar con el espíritu de pelea hirviendo entre la sangre.

-Sejen… despertad… Humano…-zarandeaba la elfa, frotando el rostro impregnado de sudor, que yacía sobre la nieve. Había dejado a un lado su báculo: –Sejen… Sejen- insistía, pero él abría sus ojos observaba el mundo y volvía a sellarlos. Con cierta vergüenza, pero consiente que el humano, al igual que todos los que había rodeado al enemigo, estaban en mal estado, repasó con su mano el pecho…

“Si invoco esto quizás no lo resista”, pensó para sí la solar de cabellos ondulados, presintiendo las heridas del humano, angustiada al notar como desde el otro lado se alzaba una nube de aspecto tenebroso. Quitándose el sudor de la frente, volvió a llamarlo, esta vez con mayor éxito:

-Sejen… Despertad… Por favor…

Él abrió sus ojos, tan lenta y pausadamente que la elfa se llenó de ansiedad. Rodeada de peligros, tanto él como ella corrían bastante riesgo allí. A lo lejos Lüdrielh y Ärbuz traían a las heridas hacia el lugar donde aquellas dos figuras reposaban:

-¿Acaso…acaso sois un espíritu de luz?- indagó murmurando el guía de los espíritus a tiempo que apretaba la mano de la elfa contra su pecho. La energía vital del humano, aunque débil, seguía intacta y con ello Ithilwen se dio valor.

-No… pero trataré de serlo…

Finalmente los elfos se reunieron en torno suyo. En el rostro de Lüdrielh se leía la perpejlidad por no saber quién yacía en la nieve. Su asombro pasó a seriedad al ver que se trataba de un mortal humano. Sin embargo, Ithilwen miraba a Sejen, sintiéndose contaminada. Sabía que el odio que florecía en su interior la desviaba del camino recto que había jurado seguir con los suyos. No merecía los dones que tenía pero aún así debía intentar obtener la salvación de su impureza.

-Debemos irnos, mi Señora-advirtió Lüdrielh al notar la nube que rápidamente se aproximaba a ellos. En el fondo de ella, algo resplandecía, un objeto que como reliquia emitía su propio brillo.

Se arrodilló, sin soltar la mano de Sejen, quién seguía indagando entre sueños:

-¿Por qué siento esta calidez?


“Meine Götten, liebe im Himmel, Meeres und Erde (Mis dioses, grandes entre el cielo, los mares y la tierra…) No merezco vuestro poder, ni vuestra confianza. La traicioné y la aplasté en el momento en que de manera falsa e injusta agredí a una vida por juzgarme verdugo, solo un poder de vosotros. Perdonadme… y ayudadnos. No es por mí… que brisa soy entre vuestros pensamientos magnánimos, sino son ellos, vuestros hijos, de otras razas y credos, de verdades puras y corazones férreos. No prejuzguéis, pues ese defecto solo está en nuestra naturaleza mezquina, sino vedles y observad en ellos… el milagro de vuestra sabiduría: su valor… su lealtad… su amor por lo que es justo, bueno  y puro…”


-¿Ithilwen?-susurró entonces el cazador, reconociendo la mano que apretaba entre las suyas. Pero la elfa, orando frente a él, poco a poco resplandecía como los primeros elfos, en el advenimiento del mundo.


“No por mí, que mal he hecho, sino por ellos… por este pueblo… ¡Ayudadnos! Bittë, ¡Hïlfe! ¡Hïlfe!”


No lo notó, pero sus ruegos fueron escuchados.

La luz que emanaba de su cuerpo se extendió al del humano, revitalizándolo de a pocos. Sin embargo, entre los que observaban atónitos ninguno notó que otro ser, curioso los seguía con atención y por su poder, el de Ithilwen empezó a crecer.

En su oración, finalmente calló pues una voz resonó en su mente arrepentida:

-Haz hecho bien… Buen trabajo.

Asustada abrió los ojos de par en par y frente a ella, en vez de Sejen, estaba el lobo, su espíritu guía, que junto a su amo corrían a encarar la amenaza. A lo lejos Youdar también se lanzaba sobre la nube y las lágrimas se desprendieron de sus ojos entendiendo el sacrificio de ambos…

-Vámonos… Vámonos- urgió el capitán, halando de su señora, haciéndola retroceder unos pasos, sin que ella quitara la mirada de aquella nube tóxica.

“Sálvalos”.

avatar
Ithilwen Erulaëriel

Mensajes : 262
Link a Ficha y Cronología : Ithilwen
Caminos del Sagrario

Nivel : 5
Experiencia : 225 / 2500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Miér Jul 01, 2015 3:19 am

Allí estaba yo, justo en frente de aquel ser maligno, cuyo poder no podía contrarrestar, incluso mi último ataque había fallado, pues al lanzar mi lanza lo último que vi antes de sucumbir a otra inconsciencia, fue como esta era detenida por los relámpagos del Reilgán, la piedra de su pecho, pero pude escuchar como si una fuerte explosión se hubiera sucedido justo delante mío, aunque no sabía que lo había producido, mis ojos ya se habían cerrado y no sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, si saber que se estaba sucediendo a mi alrededor.
Adila quien había tratado de impedir el plan de la pólvora, solo pudo contemplar como todo se sucedía en un instante, sin poder salvarme como pretendía, pero cuando todo pasó, pudo verme tirando en el suelo, sin reaccionar. Ella no sabía qué hacer, desde aquí no podía hacer nada, mucho menos su arco ahora le serviría. -Por favor… que el este bien. Vamos chico vudú, haz algo, no te quedes ahí.- Se decía frustrada la arquera, sosteniendo su arco, apretándolo contra el pecho con angustia, esperando una mínima respuesta por mi parte, algo que le indicara que todavía estaba vivo aunque no estaba fuera de peligro claro. Pero nada escapaba a la aguda visión de la joven e impulsiva cazadora, un simple gesto, un simple movimiento de un cuerpo inconsciente pero vivo fue suficiente para llamar su atención y advertir de que efectivamente seguía vivo. -Está vivo… si, está vivo ¡sí! ¡Ayuda!- Su exclamación, su ruego fue escuchado, ni más ni menos que por Ithilwen.
 
-Recuerdo esta sensación…- -Decía mi mente en susurros, mis recuerdos volaban frente a mi formando imágenes y situaciones, me sentía bien. Sentía una extraña calidez que aumentaba en mi pecho, haciendo que mi corazón latiera descansado como si no tuviera ninguna otra cosa de la que preocuparse. -Conozco este olor…- Decía poniéndome en pie, mientras el paisaje cambiaba bajo mis pies, aunque era un entorno nevado, mis pies descalzos estaban siendo cubiertos por espesa y fría nieve primaveral, de esa que poco a poco empieza a derretirse, dando paso al crecimiento de las flores, el equinoccio, el cambio de estación más esperado.
Respiré hondo, sintiendo el aroma de las montañas, de los pinos y de la pálida nieve en el ocaso, mis ojos miraban al cielo estrellado contemplativos. Estaba en casa, el lugar donde experimenté por primera vez mi destino, el lugar donde mi viaje empezó, pues jamás olvidaría y nunca dejaría escapar de mi memoria la montaña donde las luces tocan la tierra, donde los espíritus descienden a danzar con nosotros.
 
En este lugar, me sentía revitalizado, una alegre sensación recorría mi cuerpo que hacía que sintiera ganas, de correr y saltar, de danzar y gritar. Pero sabía que esto era solo un sueño, o una señal, una advertencia de los espíritus que intentaban comunicarse conmigo, era lo más probable, así que me encaminé hacía la cumbre de la montaña, donde esperaba hallar respuestas ¿Por qué estaba aquí, que querían de mi los grandes espíritus, o es que acaso en la lucha con Barbatos, había encontrado el final de mi camino?
Conforme subía aquella montaña, sentía nostalgia, las ganas de llegar hasta aquella cumbre y nuevamente, danzar entre las luces y volver a reencontrarme con los espíritus, como aquella noche, una vez llegue a la cima, nada me esperaba allí, salvo el viento que hacía ondear mi cabello y el infinito cielo alumbrado tan solo por las estrellas, me agache dejando de contemplar las estrellas y me arrodillé, mi mano izquierda sostenía el collar de tótems frente a mis ojos. [i]-Oh espíritus de la tierra y la vida, oh grandes espíritus.- Empecé a entonar una canción de mi pueblo. A vosotros vengo en busca de respuestas.- Realmente la canción, se tocaba en mi aldea con unos tambores y el chamán danzaba junto a la hoguera implorando respuestas a los espíritus. Entonces como si las estrellas cayeran del cielo, estas empezaron a caer sobre la nieve una tras otra, hasta que un gran resplandor empezó a descender desde el cielo, cumpliendo así con el nombre de esta montaña, donde las luces tocan la tierra, inmediatamente alce la cabeza con los ojos cerrados, sintiendo aquella calidez una vez más, acogido una vez más por los espíritus y como la primera vez, estas se desvanecieron, pero alguien descendió desde las luces, alguien que ya era uno con los espíritus y cuyo rostro, no había podido ver en largo tiempo, mis ojos se tornaron cristalinos y algunas lágrimas surcaron mi mejilla, al tiempo que una voz llena de experiencia, algo ronca pero simpática me decía. -Largo tiempo sin vernos Sejen.- Me puse en pie mientras secaba mis lágrimas de alegría, se trataba de mi mentor el chamán de mi aldea, quien murió poco antes de mi partida, salude con la mano abierta haciendo un arco, como nos saludábamos en C’tuntak, mi aldea y mi pueblo, el hizo lo mismo sin dejar de esbozar una gran sonrisa y aunque el silencio era presente por un momento, pronto el empezó a reír, yo no demore en darle un abrazo pues añoraba a mi mentor, mi amigo, de no haber sido adoptado por Takehu, él hubiera sido lo más parecido a un padre para mí y era muy feliz de ver, que ahora formaba parte de los grandes espíritus y que danzaba junto a ellos.
 
-Llegas tarde joven.- Una segunda oz, también fácilmente reconocible para mí, la gran matriarca, esto solo podía deberse a una señal de los grandes espíritus, que me habían traído hasta aquí para poder responder a algunas de mis preguntas, ya no importaba como es que estaba aquí, ni siquiera quería cuestionarlo. -Vienes a nosotros en busca de respuestas hijo de Takehu, lo leo en ti, en tus ojos.- Asentí ante sus palabras. -Adelante pues, el tiempo apremia y tus amigos te necesitan.- Nuevamente asentí, pero no sabía exactamente que preguntar ahora mismo, puesto que el recuerdo de este lugar había enturbiado mi mente haciendo que todo mi malestar desapareciera por momentos, aunque si me paraba a pensar, podía recordar que estaba tremendamente dolorido hace tan solo un momento y que apenas podía moverme. -Grandes sabios. Siento que estoy algo perdido, creo que no me estoy esforzando lo suficiente… de alguna forma, no consigo conectar con los espíritus de la naturaleza, tanto como yo quisiera, sé que no debería decir las cosas así, pero ¿Qué se supone que debo hacer?- Pregunte, además algo totalemente cierto. Durante mis viajes había tenido la suerte de encontrar a Tatanka, Sung’mahetu, Wanbli, Sakehanska y Matoska, gracias al camino que Hanwi me marcaba, pero aun hoy día y a pesar de intentar ser uno con los espíritus, mi vínculo con la naturaleza no era tan fuerte. -No trates de forzar el camino para llegar antes a tu destino Sejen, Hanwi es tu espíritu guía y debe ser el quien te vaya indicando. Lo que nosotros pudiéramos revelarte, créenos que solo te complicaría el camino.- Dijo el sabio con bastante serenidad. -No es eso lo que te preocupa ¿verdad?- Interrumpió la matriarca quien era todavía más sabia aún que el chamán. Apuntó su dedo índice hacia mí y luego se lo llevo a los labios, haciendo un gesto pensativo. -¿Hay algo que crees, que no deberías haber encontrado en tu camino? ¿Algo que te impide pensar con claridad?- Por un momento me quede callado y ella sonrió pícara. -Aaaaah hay una chica.- Dijo avispada haciendo que me ruborizada. -Entiendo, crees que ella no debería haber aparecido en tu camino, no pesando en el de esta forma. Tal vez conozcas y sepas muchas cosas Sejen, pero hay un sinfín de cosas que se suceden sin que se pueda saber, ni si quiera el camino que los espíritus tejen frente a ti es infranqueable, a veces, ni siquiera los espíritus más poderosos, saben que puedes encontrar en tu viaje. Ni siquiera Hanwi. Más debes saber Sejen, que ahora se te plantea un verdadero conflicto si decides que esa chica siga el mismo destino.- Dijo el sabio terminando su frase. -Un gran peligro se avecina Sejen y deberás ser fuerte y superarlo, es tu deber como el portador de espíritus, nosotros podemos darte nuestros consejos, pero el camino debes seguirlo tú, a fin de cuentas, no somos distintos a aquellos que has escogido como guías y mentores, tus dudas acerca del camino que debes seguir desde ahora, son lo que te a traído hasta nosotros. De alguna manera, sentías que Hanwi no respondería a tu pregunta.- Su palabras eran en cierto modo revelador para mí, aunque seguía bastante confuso. -Debes marcharte Sejen, alguien te está llamando y parece preocupada.- Dijo el sabio, antes de que un haz de luz cayera sobre mí. Mientras yo me desvanecía de aquel mundo, ambos sabios intercambiaron palabras con un tono de voz cargado de tristeza. -Pobre muchacho, debimos advertirle.- Y la anciana matriarca respondió. -De haberlo hecho, hubiéramos cambiado su camino y no sé si a mejor, sea lo que sea que deba ocurrir, Sejen deberá superarlo.

 
El dolor desaparecido durante la incursión al mundo de los espíritus se había desvanecido, mi cabeza daba vueltas y estaba mareado, prácticamente estaba fantaseando imaginándome de nuevo en aquel lugar, estaba desorientado casi por completo, ni siquiera sabía porque sentía frio en mi espalda. Abrí los ojos lentamente, como si mis parpados pesaran una tonelada, estaba cansado, muy cansado y el dolor, solo acrecentaba mi deseo de cerrar los ojos, hasta que estos fueron cegados por una luz, una luz brillante y pura, como las blancas estrellas del firmamento, una luz más bella que cualquier joya que pudiera manufacturarse aquí en Noreth.
Tan bella era, que por un momento me sentí de nuevo en la montaña. -¿Acaso... acaso sois un espíritu?- Pregunte confundido, mientras sostenía la mano, una mano salvadora que estaba iluminando la oscuridad que me había rodeado, salvándome de aquel abismo que se cernía a mí. -No… pero trataré de serlo…- Respondió una voz hermosa, como aquella luz, una voz que casi parecía etérea y mística.
Sentí calidez, una hermosa sensación que parecía expulsar el mal y el dolor que sentía. -¿Por qué siento esta calidez?- Y empecé a escuchar la oración, tal vez no pudiera entenderla y me hubiera agradado escucharla perfectamente, pues aquel tono de voz me resultaba prácticamente hipnótico y bello, era hermoso sin duda y por fin volvería en mí, pudiendo distinguir de quien se trataba.
Exhalé un aliento pausado, dejando escapar lentamente el aire, el dolor que sentía en el pecho iba desapareciendo poco a poco y todo era gracias a un ser luminoso como los espíritus. -¿Ithilwen…?- Aunque pareciera una pregunta la pude reconocer, así que aunque mi voz pareciera formular una pregunta, no requería de respuesta, yo apreté un poco más su mano cuando termino la oración, quería confesarle mi eterna gratitud, me sentía tremendamente revitalizado, el dolor prácticamente había desaparecido, el dolor de cabeza provocado por la sordera temporal también, si, los estruendos de los rayos y aquella ultima explosión me habían ensordecido, pero a ella pude escucharla, no sé cómo, pero pude hacerlo.  
Sostuve su mano, sin apartar mis ojos de los suyos, sentí como algo tiraba de ella y ahora consciente pude ver que se trataba de otro elfo, de la compañía de la dama Ithilwen aunque no recordaba su nombre, si es que me lo habían dicho. -Has hecho bien… buen trabajo Ithilwen.- Diría Hanwi a la elfa tan solo en su mente, pues a mí su voz no me llegaría.
 
Mi mano estaba extendida hacia Ithilwen, como si no quisiera dejar escapar aquella luz. Apreté el puño y me di la vuelta, quedando de cara al suelo.
-Levántate Sejen. Álzate una vez más pastor de espíritus, muéstranos tu autentico poder.-
Apreté mis puños y de pronto sentí una fuerza en mi interior como jamás antes pude sentir y era una sensación indescriptible, mis ojos irradiaban magia, brillando con fulgor. De las palmas de mis manos surgía como una especie de humo brillante y todo mi cuerpo estaba rodeado por luz blanca, no lo comprendía, pero de alguna forma me sentí con más fuerzas que nunca, era tal el poder que sentía en mí, que el collar de tótems que llevaba atado al cuello brillaba con el mismo fulgor de mis ojos. Del cielo parecieran caer gotas de estrellas, pequeñas estrellas fugaces tocando la tierra y todo mi collar se desvaneció por completo. Uno tras otro, los espíritus que encontré en mis aventuras empezaron a manifestarse, Sung’mahetu fue el primero en llegar, así lo hizo después Tatanka quedando está detrás de mí, Sakehanska sería la siguiente. Wanbli se posó sobre mi hombro derecho con porte señorial y Matoska estaba justo detrás de Sakehanska puesto sobre sus patas traseras. Para mi sorpresa dos luces más descendieron del cielo junto a ellos, al materializarse pude ver que se trataban de Hoka y Támau los dos hermanos espíritu, que eran dos glotones, su llegada me llego por sorpresa, pero no era momento de cavilar ni preguntarse el porqué de esto, habría tiempo para las preguntas y para las respuestas.
Miré hacia atrás, por un instante, el mal se había adueñado de este sitio y era mi deber aplacarlo con todo lo que pudiera utilizar y si de alguna forma, todos los espíritus que me acompañan me podían prestar su ayuda, sin duda me alegraba de ello.
Tatanka bramó con fuerza, tanto que se pudo escuchar por todo Darry’gor, su bramido tenía el poder de dar coraje en aquellos que han perdido la esperanza, en dar moral a aquellos que no veían una victoria posible. Sakehanska, dio una calada de su pipa y de su cuerpo empezaron a emanar las semillas doradas, cálidas semillas que podían sanar las heridas de aquellos a los que tocaran y esto no terminaba aquí, no me quedaría de brazos cruzados, si de verdad de alguna forma mis poderes habían aumentado hasta tal punto tenía que dar mi ayuda. -Espíritus de la naturaleza y la tierra, invoco vuestra ayuda. Solicito vuestro poder y hacer frente al mal que os amenaza.- Aunque era un ruego invocando a los espíritus de la naturaleza, yo utilice mi hechizo de sanación floral. Con mis capacidades aumentadas las ramas y las plantas empezaron a crecer sin cesar envolviendo las heridas de todos aquellos que lo necesitaran.
 
Tan solo uno de los espíritus no se manifestaría frente a mí, el ahora actuaría en solitario en pos de un bien común, sin yo conocer su propósito o su razón para ello, Hanwi me dijo que él nunca intervendría en mi camino hasta llegado el momento en el que me considerara digno de ello, pero…  eso no significaba que no pudiera detener a alguien, que no tuviera cabida en la historia del portador de espíritus. Lenxer.

El ataque del anciano, al parecer se dirigía hacia Bediam, quien escondido se refugiaba de los ataques místicos de este, hasta que el gran espíritu lupino intervino bloqueando un último ataque. Sorprendido el anciano brujo, contempló al fantasmagórico lobo que ahora se interponía en su camino. -Hasta aquí llega tu camino Lenxer, tu corrupción termina ahora.- Dijo serio, haciéndole frente sin temor alguno. El final de la batalla estaba próximo y tan solo el destino podía firmar su desenlace.
avatar
Sejen

Mensajes : 95
Edad : 26
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Vie Jul 03, 2015 12:16 am

Lo místico conoce las cuestiones mundanas y las espirituales por ambas caras; es decir, por el intelecto y por la experiencia directa del espíritu y la psique. El misticismo pragmático busca todo tipo de verdad, no sólo una cara de la verdad, y después analiza dónde tiene que situarse y cómo se tiene que comportar.


A merced de las distintas formas de la verdad, estaba Lewe. Salvaguardando su poca cordura, se debatía entre los balbuceos del pueblo que imploraba a gritos pelear y los ecos de las mismas voces, que se solapaban con sus voces internas, de sonidos metálicos y difusos. Se desplomó sobre el caballo sin soltar las riendas, moviendo los labios para hacer el amago de tragar saliva: ya no quedaba agua libre por su cuerpo. Sentía que todo tipo de fluido se había retirado sobre el caudal de su pierna, manchando el acaecido suelo. Su nombre retumbaba en todas las voces: agudas, graves, ínfimas, añejas. “Ah, cómo envidio a Hobb” vislumbró en el caudal de sus emociones: antaño, Malina imaginaba ser como ella, en el sentido de moldear aquel sentido de pertenencia y orgullo y tener la convicción de perder el alma e incluso el nombre entre las sombras de aquella cordillera sumergida en el turbio sueño de un tiempo de ceniza y silencio. Aquella sola imagen le abrumaba ¡Algo así quería pintar! Con qué gusto, en otras circunstancias, hubiera ensalzado dicha pequeña y suave figura en un lienzo blanco… Pero no. Como todo aquello que imaginaba, se iba desvaneciendo en una espesa niebla: la niebla de la civilización, de las buenas costumbres y la domesticación de su temple. Eran páginas escritas al amparo de la destrucción, de la inminente explosión acaecida sobre sus cabezas, de la primera orden de refugiarse.

“Esta no es mi batalla. Ni mi gente. Ni mi…” Estaba meditando con la rabia subiendo por las sienes, deslizando su criterio, paseando por las voces de cada uno, que, poco a poco subían con un volumen impetuoso, casi grotesco - ¡silencio! – espetó la humana, con una voz que dejó impávidos a quienes habían visto su silente persona. La ciudad se había ganado el galardón de “maldita”, “funesta”. Remeció su cabeza, ¿qué gana recordando todo eso que se hallaba a las faldas de esta masa de roca y tierra? Nada. Su pereza trataba de regodearse en su subyugado salvajismo; “habrá que empezar a escudriñar más a fondo” se dijo a sí misma, olvidándose, o mejor dicho, obligándose a olvidar su procedencia. Se alzó con el caballo, anteponiéndose a la gente. Su escuálida y rosácea figura buscaba una forma de pensar, una solución pasajera. Algo que beneficiara a todos, sin daños… Hasta que la hecatombe no se hizo esperar.

Con la explosión, lo poco de linaje que quedaba se esfumó, se hizo cenizas. Con los ojos de par en par, se deleitó viendo caer al colosal esqueleto en un espectáculo de luces, fuego y calor, el mismo que trataba de ser solapado por el frío cordillerano. No fue la única, puesto que con su risa, alentó a que los aldeanos, sin proponérselo dejaran de ser silentes partícipes, convirtiéndose en un improvisado escuadrón, listos para amedrentar a Barbatos. Asumió que su idea de huida no era la más acertada, por lo que declinó a ceñirse a sus instintos, los de sobrevivencia, esos que estaban muy poco pulidos. Lentamente, advirtiendo la premura de su necia necesidad de ayudar a Hobb, Malina fue dejando el camino libre – Imagino que saben a lo que van, así que no escatimaré condescendencia en promulgar palabras de valentía, si ustedes mismos se los infunden. Me las infunden- corrigió, posicionándose al lado de ello. Sorprendida del aguante del caballo, Malina tomó las riendas con mayor decisión. Mucho tiempo había transcurrido desde que emprendió el camino hacia la planicie tan mencionada, la verdad hasta su respirar sentía que le quemaba los pulmones: era tal el éxtasis provocado y la batahola de emociones que se sentía guiada por una brújula diáfana donde su instinto natural tomaba la batuta. "Puede que ello no sea bueno, pero, no tengo a quién deber explicaciones", pensó, mientras lentamente se doblegaba a la naturaleza instintiva de su estirpe humana. En un largo suspiro, Malina avanzó con más rapidez, mientras en viento le dibujaba una anatomía negruzca, encabezando así la arremetida ciudadana. Antes de llegar, olfateó diversos aromas: unos muy parecidos y otros muy distantes. Sin dejar de lado aquellos peligrosos, parlaba libremente con la brisa.

[***]

Con los fríos vientos, la horda salvaje de ciudadanos se había disgregado: el Reilgan disperso, lanzando rayos sin orden alguno, no daba buen augurio. Y no se precisaban dones clarividentes para ello. Se figuró ahí, perpetrada por uno de esos rayos, terminando sus días como un recodo más de la descomposición que quedaba en este sitio, mas ello no fue impedimento para detener el cabalgar. Con dolor, se fue dando cuenta que la furiosa ola de gente iba mermando, a medida que se acercaban a Barbatos, con trémulo deseo de acabar con su funesta presencia. Las palabras pronunciadas por ese ente maltrecho, daban pie a sospechar que algo no andaba bien, el idioma y su pronunciación tan alicaídas la hacían aparentar a un juguete que solo se movía por cuerdas de algún juguetero, uno con bastante mal gusto para manipular. Llegó un instante donde su andar se detuvo, se quedó quieta y cerró los ojos, perdida de espanto y dolor: a la derecha, el olor nauseabundo a descomposición se hacía más intenso, junto con ello, el grupo que iba tras ella se acercaba a pasos distantes y efímeros, poco a poco iban consumiéndose a merced del Reilgan y su errático poder; haciendo un ademán de negación con la cabeza, descartó la natural posibilidad de llorar. La opción disponible era ir hacia la izquierda, aunque el sonido metálico que se percibía desde el fondo no era muy confiable. Una vez que cambió el sentido, el destino le impuso, con tozudez, una nueva alternativa - ¿¡Al frente?! – Exclamó, presa del miedo. Los nervios le desplomaban la espalda y en un suspiro entrecortado, se vio obligada, una vez más a cambiar la ruta. Descartando a los otros cazadores, para aquel momento, solo quedaba Azabache, Malina y sus lamentos acaecidos en su garganta, dispuestos a guardarse el crudo llanto de la pérdida de tantos caídos.

A medida que avanzaban, la persistencia del olor a metal y los pasos se hacían más fuertes, manteniéndose al margen de los “invitados”, se aferró a sus sentidos, pero algo en el fondo de su conciencia gritaba débilmente: “algo va mal”. De pronto, el imperceptible camino daba paso a la vista para admirar a un enorme ser de extraña anatomía; nada parecido había observado Lewe desde que emprendió su viaje, o de hecho, dando pie a la sinceridad, ninguno de los que siguieron el camino habían sido apreciados anteriormente por sus ojos. Atrapada en las redes de la ignominia, se mantuvo distante, dejando una brecha, para analizar con más detenimiento: un jovencito caía abatido por acción de un hombre mayor, con lúgubres intenciones de atacar. De manera fugaz destacó que llevaba dos frascos, de los cuales uno de ellos no salió bien librado. Por un caudal, teñido de rojo bajaban cadáveres de todos los blasones y estirpes.

“No hay que ser muy virtuosa ni inteligente para saber a dónde iban esos frascos” pensó burlona la mujer, mientras esquivaba con poca gallardía los escombros que salían disparados, haciendo firme competencia con los rayos. Siguiendo a la distancia la diplomática actuación, intentaba conservar en su memoria, algunas de las palabras emitidas por ambos, solo por curiosidad, “con este ruido, sinceramente no entiendo nada”, manifestó para sus adentros con amargura; ya ni siquiera tenía contemplado el fenecer en esta travesía: eso no tenía posibilidad. Los otros, a juicio de su instinto, le dieron la oportunidad de sentirse más aliviada, “Ir hacia adelante, es lo único que debo hacer” y movió la mano en señal de apresar esa sugerencia en su mente. Hasta que vio el impacto llegar: verlo caer y romper el frasco, como una escena repetida, repercutió en sus sienes, con la misma premura y brutalidad de la gente muerta a sus espaldas. Eso la despojó de la absorción de sus pensamientos y conjeturas.

[***]

Con un respiro entrecortado, observó al chico, el que anteriormente corría hacia Barbatos, ahora desplomado en el suelo, asustado, por acción de los vidrios, o de la espesa imaginación, vio sangre en el suelo, más de la que ya había a su alrededor; pudo ser algo breve, pero lo suficientemente fuerte como para remecer alguna fibra de quizás dónde; no estaba claro, pero una parte de ella se inquietaba: la sangre derramada, la adrenalina provocada por los alaridos, la furia del monstruo que se ponía frente a ellos que no esperaba tiempos, la hicieron entender de un modo muy brusco, “quizás, solo quizás, pueda hacer algo útil esta vez”. Una inusitada adrenalina recorrió hasta la última fibra, traspasándola al caballo, quien corrió veloz y pronto, estaba próxima al suelo – Dame esto- ordenó a secas al joven, despojándolo del frasco, mirando con desprecio al anciano que lo atacaba. La estela rosa de su cabello se mezclaba con los tintes negruzcos de su caballo, y las manchas rojas de sus heridas, ya secas por el frio; su destreza se aguzaba a medida que se acercaban, incitando a su corcel el momento indicado.

El andrajoso espectro tenía movimientos torpes, pero no por ello fuertes y por lo mismo, menos desesperados- ah, pero que cosa tan horrenda – murmuraba con elegancia. Simplemente actuó: delante de la criatura, dio un enorme salto, hasta llegar a una distancia ínfima, estaban próximos a Barbatos, y el olor que emanaba de él, era sencillamente tentador. La ignorancia de su lado humano se veía reemplazado por la casta sinceridad salvaje que sostenía en esta forma. Solo imploraba mantener la cordura el tiempo necesario para disfrutar del espectáculo un poco más. Poco le importaba lo que pensase el resto: si era un movimiento suicida o si podía ser uno bastante acertado, sus intereses , que ya rozaban lo animal, iban por encima de toda expectativa colectiva; ahora claro, compartidas temporalmente por el chico que había preparado los frascos.

Luego de la versátil maniobra, sintió su mano vacía: repasaba vagamente cómo había despojado el frasco, lanzándolo cual vil traidora sobre el rostro de su maestro. Era una masacre, si es que ese es el término adecuado para todo el escenario: luego de ascender y ejecutar la acción de proporciones, depositar los cascos de Azabache en el suelo, para Malina fue una instancia para terminar abriendo la herida primera, una vez más el dulce caudal rojo se deslizaba por su pierna. Huyó lo más rápido que pudo “Tal vez las circunstancias no son las más indicadas…” se decía a sí misma, mientras descendía elegantemente, con precaución que la herida no tuviera un indicio de acrecentar más el caudal. Un grito mudo salió de su boca, disimulado en una mueca un tanto brusca – P…Pero qué- musitó a lo lejos. “Supongo ahora habrá que esperar” anteponiendo su criterio sobre sus intenciones, una vez más… Aunque esta vez tomaban un tinte algo lúgubre, con una sonrisa oculta solo lo observó “veamos qué tan lejos llegan esos impulsos” Con la ligereza de la brisa, se movió tras ellos, a su ritmo silente, dejando atrás al inerte cuerpo de la criatura deforme; con las emociones divididas avanzó; por un lado, no concebía que pudiera sentir ese tipo de sensaciones: protección, compasión, lástima, todas ellas conjugadas en su boca, y no podían, mejor dicho, debían salir; por otra parte, no podía permitirse el lastimar sus principios individualistas, "Pero ya no hay vuelta atrás, las permití nacer, sería insano dejar que perezcan"

Humildemente, trató de acercarse a Bediam, no por alejarse a cometer semejante acto dejaba de vigilarle.
avatar
Malina

Mensajes : 152
Link a Ficha y Cronología : Malina
Por ti, por mí, por nosotros

Nivel : 2
Experiencia : 585 / 1000

Volver arriba Ir abajo

Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 8 de 9. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.