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Cacería de la Vieja Escuela

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Vie Jul 03, 2015 12:57 pm

Los rayos mantenían a muchos alejados de la batalla. Kadín y Perik, que habían sido alejados del peligro por Utrek, Shan y Lars, estaban siendo atendidos por Chismes, pero no era en eso en lo que prestaban verdadera atención. Sus miradas estaban puestas en Bediam y en Sejen. En el primero porque, en algo parecido a una carrera suicida, se había precipitado hacia Barbatos, habiendo sido detenido por Lenxer, quien había aparecido de la nada. En el segundo se fijaban porque incluso un ciego sería capaz de ver que el cuerpo del portador de espíritus manaba poder, como si una luz, incluso más potente que la del Reilgan, saliese de él.

Con la intervención de Lenxer, todo parecía condenado al fracaso, pues, fuera lo que fuese aquello que llevaba Bediam, ya no tendría posibilidad alguna de funcionar; era imposible que el alquimista pasase por encima del Anciano.
-Dame eso- inesperadamente, alguien a quien pocos de los presentes conocían, una muchacha joven, a lomos de un caballo, apareció, surgiendo al galope de entre una masa de cuerpos que comenzaban a ser calcinados. Tomando el veneno de espectro de manos de Bediam, Malina siguió cabalgando, directa hacia el peligro que representaba Barbatos.
-No te lo voy a permitir- la voz de Lenxer estaba llena de furia, pero había una furia aún más poderosa que la suya, y no tardó en contestar al Anciano.
-Hasta aquí llega tu camino Lenxer, tu corrupción termina ahora- no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, los ojos de un inmortal. Ante él, Hanwi, el lobo espectral, se disponía a atacar- Eres la vergüenza de los eternos, y somos nosotros quienes no te vamos a permitir que continúes con esta locura.
A las espaldas de Hanwi, una grieta de puro sol, procedente de un mundo donde todo es luz, se abrió. Cegado por ese resplandor, Lenxer tuvo que luchar consigo mismo por no cerrar los ojos, pues no pensaba quedarse indefenso ante el poder que sentía en aquella criatura. Desde el lugar donde estaba Sejen, otros espectros se fueron acercando, brindando su apoyo al lobo. Sung´mahetu, el coyote, Wanbli, el águila, Matoska, el gigantesco oso, Tamau y Hoka, los hermanos glotones, todos ellos acudieron a la llamada del espíritu supremo. Atemorizado, el hijo del destino soltó el libro que llevaba en las manos, cayendo este al nevado desierto en el que la destrucción  convertido a Darry´gor.

-//-

Con Lenxer ocupado, nada parecía poder detener a Malina, sin embargo, acercarse a Barbatos no era tarea fácil. Los rayos salían despedidos hacia todas partes, tanto del pastoscuro como del Reilgan, y toda lógica parecía indicar que ella no saldría viva de allí. Pero no por nada habían aparecido sobre el mundo de Noreth Tatanka y Sakehanska. Mientras el primero, viéndose, al igual que el resto de espíritus del portador, rodeado de un poder inconmensurable, la dotaba de coraje para no desfallecer, Sakehanska sanaba, en cuestión de instantes, cualquier nueva herida que los rayos la produjeran.
Finalmente, y como si todos los dioses se hubiese puesto de acuerdo para que aquello pudiese ocurrir, el veneno fue arrojado sobre Barbatos.
El horripilante Señor de los Monstruos se estremeció convulsivamente y, con cada nueva convulsión, aquel brillo, similar al de una tormenta, que rodeaba su cuerpo, se iba desvaneciendo poco a poco. Parecía que estaba muerto, pero no era así; ahora que estaba unido al Reilgan, el pastoscuro no podía morir.
Sin los rayos de su dueño, la mágica y poderosa joya también dejó de emitir aquellas descargas, el momento preciso para hacer lo que debía ser hecho, el momento del último sacrificio.

-//-

Wanbli, que normalmente no era un espíritu combativo, fue el primero en lanzarse a la lucha. Con sus garras, el águila embistió contra el rostro de Lenxer, impidiéndole ver. Tras realizar su ataque, pareció desvanecerse, al igual que hizo Sung´Mahetu, quien atacó a continuación, lanzándose hacia el pecho del Anciano, haciéndole retroceder. Los furiosos espíritus, llenos de sabiduría, empujaban a su enemigo hacia aquella nube que rodeaba al Reilgan, lo único lo suficientemente poderoso como para retener el inmenso poder del hijo del destino.
Tamau y Hoka fueron los siguientes en lanzarse al combate, atacando a la vez, arañando con rapidez los brazos de Lenxer, haciendo así que este no pudiera presentar resistencia a lo que venía a continuación. Matoska, gigantesco y brutal, abrazó al Anciano, elevándole sobre la altura de su cabeza. Lenxer gritaba, tanto poder, tanto nombre como se atribuía, de nada servían ante la fuerza del espíritu. Fue arrojado hasta las proximidades del Reilgan, y hasta ahí fueron capaces de ver la mayoría. Tan solo Youdar, oculto tras una pila de huesos, e Ithilwen, que observaba sobrecogida desde la distancia, pudieron ver lo que ocurrió a continuación.
De aquella grieta que se había abierto detrás de Hanwi, apareció una senda de pura luz, una senda que serpenteó por el suelo de Darry´gor hasta detenerse bajo los pies de Lenxer. Según esto ocurrió, un sinfín de espíritus animales comenzaron a aparecer de la grieta, atravesando y mermando el poder del Anciano. Solo al final, cuando parecía que ya no quedaba ningún espectro más por salir, la grieta se cerró, y Hanwi se abalanzó sobre Lenxer, dándole el último empujón, dejándole tirado junto al Reilgan.

-//-

Era la oportunidad que había estado esperando, y no habría una segunda. Tomando aire, Youdar se dispuso a entrar la nube que rodeaba al Reilgán. No era tonto, había visto lo que ese resplandor le había hecho a varios cuerpos en cuestión de segundos, y sabía que solo tendría una oportunidad. Debía ser preciso, entrar, correr y aplastar con su espada aquella piedra verde, sin tiempo para despedidas, sin tiempo para un último recuerdo feliz, solo debía hacer aquello y dejarse arrastrar hacia los salones de Karzún, pues no habría momento para nada más. Su cadáver no podría ser quemado, honor de todo cazador, pues no quedaría ni un miserable hueso que quemar.
-Ve con Kadín, Pelos- no pudo contener las lágrimas al mirar por última vez a su compañero, fiel en tantas batallas, inseparable hasta en la más terrible adversidad- Adiós.
Tatanka y Sakehanska hicieron un último esfuerzo, usando aquella fuerza descomunal que Ananke había hecho surgir en Sejen, y brindaron de coraje y protección al enano, pero ni la sanación de los espíritus pudo evitar que, según el fulgor comenzase a bañar su piel, Youdar sintiese como si esta se quemase, desapareciendo bajo su ropa.
Gritó, derramó un millar de lágrimas en un segundo, pues cada paso, cada pequeño avance hacia el Reilgan era un suplicio, y solo su voluntad le permitía avanzar, pues su cuerpo, desde el mismo momento en que sintió dentro la toxicidad de la gema, deseó dejarse ir. Acabó por caer de rodillas, arrastrándose. Era solo una pequeña distancia, apenas unos metros, pero le era imposible ir más rápido.

-No debí dejarle beber tanto- dijo Bediam, al contemplar lo que hacía el enano. Todos acabaron uniéndose, con su mirada fija en el lento avance de Youdar.
-Sejen, ¿lo conseguirá?- preguntó Adila al pastor de espíritus.
-Ese cabrón loco…-comenzó a decir Utrek- los tiene bien puestos.
-Sei stark, kazuka- “se fuerte, enano”, pronunció, casi en un susurro, que tan solo pudo escuchar Ithilwen, el capitán Lüdriëlh.
Perik y Kadín, los que mejor conocían a Youdar, no podían articular palabra, pues sabían que, aunque silenciosa, aquella era la única despedida que podrían tener.



Ya casi lo había logrado, era el momento de decir adiós, alzó su espada por encima de su cabeza, preparado para asestar el golpe definitivo. Youdar nunca había sido hombre de muchas palabras, y aquel instante no se sintió orador, pues el más mínimo esfuerzo extra podría acabar con todo. “Nos veremos al otro lado”, fue lo único que pudo pensar, acordándose de todos cuantos le observaban.
-Aun no se ha acabado- la voz de Lenxer, que parecía inconsciente junto al Reilgan, retumbó en todo Darry´gor. Alzando su mano, no se molestó en detener la hoja de hierro, si no que, de un plumazo, arrebató el poder de Ananke sobre Sakehanska y Tatanka, que se vieron obligados a abandonar Noreth. Sin la sanación que le proporcionaban los espíritus, Youdar fue incapaz de resistir las heridas, que comenzaron a descomponer su cuerpo a una velocidad alarmante.
-No…puedes…ganar…- desde el suelo, donde había caído, buscó a tientas entre su ropa, encontrando las dagas élficas, aquellas que el capitán Lüdriëlh le había dado hacía minutos. “Úsalas bien, kazuka, que con calma y valor, son capaces de hacer milagros”. Recordando las palabras de Ithilwen, e ignorando por completo que tenía casi toda su piel quemada, el enano se puso en pie.
-¿Cómo es posible?- el espanto se veía en la cara de Lenxer, quien alzó de nuevo su mano hacia el enano, impidiéndole que se moviera. El Anciano sonrió, por mucha que fuera la voluntad de aquel insensato, nada podría hacer contra su poder, y era cuestión de tiempo que el Reilgan lo descompusiera por completo.

-Podrías darle a Youdar- dijo Sejen, al ver que Adila cogía su arco y apuntaba directamente hacia Lenxer. Por una vez, la cazadora no parecía tener nada que decir, tan solo se concentraba en su objetivo.
Estaba claro que padre te quitaría tu inmortalidad tras tu traición, pero ahora has renunciado a ella tu misma, al salvar de la muerte a una insignificante mujer”, eso había dicho el Anciano, se lo había dicho a Ananke, cuando esta salvó a Adila de ser aplastada por el techo de la Casa Comunal.
-Mira lo que hace esta insignificante mujer- gritó Adila mientras su flecha surcaba la fría noche de Darry´gor.

Con las dagas de la alianza en alto, consumido por el dolor, y paralizado por el poder del Anciano, Youdar tan solo podía rugir, pues, en aquel momento, tan solo el puro instinto animal de supervivencia reinaba en él. Las heridas estaban a punto de traspasar ya su piel, y le quedaba poco tiempo para acabar con todo.
Necesitaba un milagro, necesitaba que Karzún interviniese, no por él, si no por todos cuantos dependían de su acción. Y, a través de Adila, el dios de la roca escuchó las plegarias de uno de sus hijos, permitiendo que esa flecha se clavase justo en la nuca del Anciano.
-¡Ahora si, Pelos!-gritó el enano, quien, incluso cegado por el dolor, había sido capaz de vislumbrar a su mascota, observándole desde el límite de la nube tóxica- ¡¡¡KAZUKAN AI´MENU!!!- su voz estalló en la noche, triunfal, victorioso, mientras descendía las dagas, haciendo estallar el Reilgan en mil pedazos.
Cayó rendido al suelo, y lo último que vio fue el cuerpo de Lenxer desvanecerse, absorbido por el último fulgor de la piedra. Lo había conseguido, habían vencido, y ahora podía ir en paz.

-//-

-Oh, vamos, no voy a dejar que te mueras así como así, y menos cuando me has librado de Barbatos para siempre- la voz de Nikochis llegaba hasta sus oídos, pero también otra más. Pelos maullaba, llorando de tristeza, recostado junto a su amo, al que creía muerto. Entreabrió los ojos, y vio que el folklerien alzaba las manos hacia él- Hacedme sitio, jolines, que necesito concentrarme- el resto de cazadores se alejó, aunque no fue capaz de distinguir quienes eran. Esperaba que sus amigos hubiesen salido vivos de aquello.
Comenzó a toser, incluso llegó a vomitar, pues sentía como si Nikochis estuviese tirando de todo su cuerpo, intentando sacárselo de la piel. Fueron unos minutos de interminable dolor, pero, poco a poco, Youdar comenzó a sentir como las quemaduras desaparecían, permaneciendo solo señales de aquella que se había hecho antes de entrar en la nube tóxica, la que le cubría el pómulo izquierdo.
-Enano, has tenido suerte de que hubiese un poderosísimo folklerien cerca- por una vez a Youdar no le pareció excesiva la importancia que se daba Nikochis- Pero ni siquiera yo soy capaz de eliminar todo el veneno que ha entrado en ti. Lo siento.
En otro momento se ocuparía de averiguar que significaba aquello, pero, por ahora, tan solo le importaba ver como estaban los demás. Nadie que conociese había resultado herido de gravedad, pero iban a tener que hacer un gran funeral en honor a las muchas víctimas que habían sucumbido al poder de Barbatos.
-Serán despedidos como cazadores,- escuchó que Perik le decía a Hobb, la tabernera- pues como tales se comportaron en la última batalla.
-¡Sejen!- con las cosas en calma, a nadie le extrañó que Adila tomase la palabra- ¿Viste como le di, eh? Y tú no confiabas en mí, ja…
Youdar se agachó, sonriendo, para acariciar a Pelos, pero, al levantar la vista, no vio frente a si al resto de supervivientes, si no la imponente figura de un oso polar. No se asustó, pues pudo notar que se trataba de un espíritu, y no de uno malvado.
-Hijo de la roca,- comenzó a decirle- me llamo Matoska. Tú has protegido a los tuyos, pero yo no voy a poder proteger a los míos como quisiera. Esto está muy lejos de acabar, y vas a tener que ayudar a Sejen de un modo del que nosotros no podremos. Vuestros caminos están unidos.



El oso desapareció, y, al hacerlo, la charla de Adila se apagó bruscamente. Todos vieron una herida brotar, tanto del pecho de la cazadora como de su espalda, pero solo el portador de espíritus vio a quien lo hizo. Un pastor oscuro, cuyo aspecto parecía mucho más imponente al de Roich, sonreía hacia Sejen, disfrutando del dolor que acababa de causarle al eliminar a la persona a quien amaba.
-¡No!- se escuchó Youdar gritar, pero ya era demasiado tarde. Al mirar a Pelos, que se ocultó tras él, vio más allá al oso polar, a Matoska, quien no podía ocultar la tristeza por el duro golpe que tendría que superar el corazón del portador.

-//-

Hubo dos funerales. Uno para la gente de Darry´gor, dirigido por Hobb, y otro, mucho más íntimo, donde subieron el cuerpo de Adila a un barco, despidiéndola quemando el barco mientras se alejaba, con una flecha en llamas. Youdar cantó, mientras un malestar, uno que poco tenía que ver con la tristeza, comenzaba a asentarse en él. Empezaba a entender que aquello que le había dicho Nikochis, lo de que no había logrado sacar todo lo malo de su interior, iba a tener consecuencias desagradables.

Tras los funerales, y con pocos aldeanos entre los que repartir el tesoro de la villa, Hobb decidió otorgar a los presentes con valiosos objetos, que les recordaran la dureza de lo allí vivido, pero también la esperanza del futuro.
-Sejen, tu nos has salvado a todos, y has sufrido más que ninguno- dijo la mujer, a quien los supervivientes habían nombrado thane- Te otorgo esta pulsera, cuyas dos plumas de águila representan la dualidad espiritual. Con ella podrás invocar a dos de tus espíritus a la vez. Ithilwen- dijo, caminando hacia la elfa- esta gema rojiza te permitirá entender la intención detrás de cualquier escrito, aunque no comprendas su idioma; es un objeto engañoso, pero seguro que con tu sabiduría consigues entenderlo. Bediam…
-A este con que le des dinero le vale- dijo la chillona voz de Nikochis- Hazme caso, thanesa.
-Es thane, no thanesa- protestó la mujer ante la interrupción del folklerien.
-Lo que sea, dale oro, ¿no ves lo delgado que está? Necesita comer, además,- con una sonrisa, Nikochis golpeó el bolso de Bediam, aquel que él mismo le había dado- seguro que se lleva buenas cosas de aquí.
-Está bien, como veas, Bediam, toma esta bolsa de kulls. Malina, toma esta pulsera, que contiene la joya de pulso firme; si vuelves a verte en otra como esta, podrás pintar la desgracia con toda su exactitud.
La entrega se alargó unos minutos más, en los que Shan se negó a recibir nada, y Utrek reclamó para si la parte que su hijo había negado recibir. Por su parte, Youdar se alejó de allí, pues no sentía que Darry´gor les debiese agradecimiento alguno.

-//-

La ceremonia se había terminado, pero Perik llamó a Malina, Bediam, Sejen y a Ithilwen, pidiéndoles un momento en privado.
-No soy ningún tonto, y he vivido muchos años. Ninguno de vosotros era de la Buena Leña, pero habéis luchado codo con codo con nosotros. Lo que os pregunto es fácil, ¿os gustaría ser miembros de la organización? Es algo meramente simbólico, pero creo que, si coincido en batalla con vosotros de nuevo, me gustaría poder llamaros hermanos de armas.

-//-

Habían pasado varios días, y el momento de marcharse había llegado. Perik decidió quedarse en Darry´gor, pues Hobb le había ofrecido que esta fuese la sede de la Buena Leña, a cambio de que algunos cazadores ayudasen en la reconstrucción. Youdar ayudó en lo que pudo, pero su cuerpo no parecía responder con normalidad, así que, tras despedirse de todos los que allí quedaban, decidió marcharse, rumbo al lugar donde, una semana atrás, había dejado oculta su pequeña coca. Era momento de navegar de vuelta a casa, al menos un tiempo. No había logrado hablar con Nikochis ni con Ananke, y su mente era un mar de dudas. Tras la larga caminata, subió al barco, donde, inesperadamente, encontró a la hija del destino allí esperándole.
-Ananke, he estado buscándote- dijo nada más verla. Pelos se perdió en dirección a la bodega, donde quedaba algo de comida reseca.
-Lo se, hijo de la roca. Tienes preguntas sobre tu destino, pero no podía contestarlas hasta ahora, o tan solo crearía más dudas en ti- la mujer, antaño inmortal, se encontraba apoyada en la baranda de madera del barco, y comenzó a caminar, acercándose a él.
-¿Qué pasó con el veneno del Reilgán?- no tenía sentido andarse con rodeos, pues era eso lo que más ansiaba saber.
-Buena parte fue eliminada por Nikochis, como te dijo, pero también quedó mucho de él dentro de ti- la mujer alzó la mirada, evitando los ojos del enano- Youdar, te mueres. Tu hora está fijada, pues pronto llegará el momento en que la toxicidad te devore por dentro. Te quedan unos años de vida, no creo que más de seis.
Nunca había esperado vivir mucho, no con la forma que tenía de vivir, siempre metido en peleas, pero ahora que le decían que su hora estaba fijada, el enano sentía la mano de Karzún sobre su hombro demasiado pronto. Se suponía que aún debería poder vivir otros cuatrocientos años, era un joven hijo de la roca. Pero no era aquello lo que le sorprendía, pues lo que le supuso una gran sorpresa fue ver que Ananke lloraba.
-Yo te metí en esto, Youdar, mi mano fue la que estuvo siempre guiando tus pasos, y ahora es esa misma mano la que te condena.
-No me puedo morir aún, no si lo que dijiste en aquella cueva es cierto- el recuerdo acudió a su mente de inmediato, pues tan solo lo había apartado mientras el peligro acechaba Darry´gor, pero ahora no podía evitar recordar lo que Ananke les había dicho. Una catástrofe se acercaba.
-Youdar, debes saber algo que he aprendido desde que soy mortal. No nos corresponde a nosotros decidir cuanto tiempo nos queda de vida, tan solo elegir que queremos hacer con el tiempo que nos ha sido otorgado y, después, vivir.


¿FIN?




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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Sejen el Dom Jul 05, 2015 7:09 pm

La batalla de Darry’gor, sin duda la recordaría como una de las más cruentas que hubiera vivido además, de ser la primera en la que pude traer a todos mis espíritus al combate, jamás me había sentido con tanto poder, lo que me resultaba en cierto modo aterrador, jamás había experimentado en mi un poder como este, pero no negare que me alegraba de poder seguir luchando para proteger a estas buenas gentes, aunque no fuera mi pueblo, aunque no son mis parientes, uno simplemente no puede quedarse quieto sin hacer nada. Además Hanwi me había traído hasta aquí con un propósito, seguramente fuera por Roich, ya que prometí ayudar a cuantos espíritus pudiera, pero ahora era diferente, no solo se trataba de espíritus no esta vez, esta era mi primera batalla real, nunca había experimentado algo así y la verdad… desearía no haberla vivido, algo tan cruel como esto dudo que sea del gusto de alguien, a menos que tenga un severo problema mental, pues no concibo que nadie disfrute de esto.
 
Al parecer la batalla se empezaba a decantar a nuestro favor, no estoy seguro de lo que había sucedido pues, hay un momento que no consigo recordar, sé que estaba frente a Barbatos y que mi lanza no llego a su objetivo… después de eso todo era luz y mi regreso espiritual a la cumbre de la montaña donde inició mi viaje. Lo que si se ahora, es que con este poder aunque sea momentáneo, podre salvar muchas vidas, pues además de estar utilizando a Sakehanska, yo había invocado la sanación floral, no para los guerreros, cazadores y guardias de Darry’gor, puesto que ellos no se estarían quietos, así que sería una forma bastante estúpida de desaprovechar este poder curativo, pero sí que podía ayudar a sus gentes, aquellos que no tenían por qué salir heridos, ajenos a todo este mal y destrucción.
Las plantas que invocaba crecían de la tierra, en forma de enredaderas que se aferraban con suavidad cubriendo las heridas de cuantos civiles e inocentes pudiera permitirme.
 
Mientras esto se sucedía el valiente enano, dueño de Pelos se cruzó frente a mí, su camino no era otro que llegar hasta el Reilgán, este se había desprendido de Barbatos, en algún momento, quizás debido a aquella luz que vi cuando caí de rodillas frente a él.
A pesar de ese poder que estaba utilizando, el mantener a tantos espíritus a la vez y utilizar otro hechizo, estaba debilitándome por segundos, por desgracia para mí y para Youdar, mis rodillas empezaban a temblar, ya poco tiempo me quedaba para seguir en pie sin ayuda, pero si podía ayudarle, no lo dejaría hacerlo solo. -¡Tatanka, Sakehanska!- Exclame llamándoles la atención y después las dirigí para que vieran al enano. -Ayudadle tanto como podáis.- Les pedí y ellas asintieron, Sakehanska enfocó sus semillas doradas hacia Youdar y un fuerte bramido de Tatanka restablecería todo el coraje que le faltara, sin ninguna duda, aquel pequeño ser al menos en tamaño, demostraba que su valor era digno de la admiración más profunda, y mientras veía como el pobre padecía un terrible dolor al entrar en aquella nube provocada por el Reilgán, mi cuerpo no soportó más tenerse en pie. Estaba exhausto y caí de rodillas al suelo, con las manos en este también. -¡Sejen!- Dijo Adila mientras venia corriendo hacia donde estaba, acompañada de Utrek. Ante la sorpresa de muchos Utrek ayudó a la cazadora a ponerme en pie, pasándose mi brazo derecho por detrás del cuello. -Vamos chaval, que al menos no eres tan inútil como pensaba.- ¿Se suponía que eso era un consuelo? -Sejen… ¿lo conseguirá?- Me preguntó, preocupada mientras miraba hacia Youdar. -Ese cabrón loco… los tiene bien puestos.- Ya iban dos elogios (creo) por parte de Utrek, pero yo respondí a Adila. -Por lo que he llegado a conocer, los enanos son más testarudos y duros que una montaña.- Le dije a Adila. -Lo conseguirá… tiene que conseguirlo.-
 
-Aún no se ha acabado- Dijo una voz que se pudo escuchar por todo Darry’gor, se trataba de Lenxer quien con un ligero pensamiento, eliminó aquel poder de mí y por ende los espíritus que estaban ayudando a Youdar, los cuales estaban gastando todo su poder en él, se desvanecieron, Sakehanska y Tatanka habían abandonado el plano de Noreth, volviendo a la tierra de los espíritus, en cuanto sucedió esto agaché la cabeza perdiendo la esperanza de nuestra victoria. -Se acabó… el renacuajo está muerto.- Dijo el aguerrido y malhablado cazador. -Ya me tiene harta, ese viejo mohoso luminoso ya acabó con mi paciencia.- Dijo Adila molesta, mientras tras soltarme tomaba su arco y preparaba este, estaba dispuesta y lista para disparar, yo traté de detenerla porque lógicamente era correr un riesgo demasiado alto. -Podrías darle a Youdar.- Pero ella no escuchaba, se concentró y… -Mira lo que hace esta insignificante mujer.- Soltó la cuerda y la flecha se disparó a toda velocidad, si alguien hubiera dudado de la puntería de Adila desde el día de hoy, que sepa que estaba errado completamente. El proyectil encontró su objetivo no había posibilidad de éxito real, no había nada al favor de la cazadora, pero aun así dio en el blanco, un último rugido de Youdar y todo acabo con un gran estruendo y Lenxer desvaneciéndose, seguido de Barbatos quien al perder el Reilgán también encontró su final. -¡Toma! ¿Quién es la mejor? Vamos decidlo, no os cortéis, si, justo en el medio como yo quería. ¿Lo ves chico vudú? Soy la mejor tiradora de toda la buena leña, que no se te olvide, así es…- Ella seguía y seguía pero mi atención estaba en otra cosa en este momento. -¿Qué tal si en vez de celebrar, vamos a buscar a Youdar?- Le dije a la cazadora interrumpiendo su ya común monólogo insufrible. -Oh si, si, se me había olvidado vamos por el.- Ayudado por Adila más que por Utrek quien ya se había cansado de ayudarme a estar en pie, llegamos hasta donde yacía Youdar, junto a Kadín y Perik, todos mirábamos a Youdar, esperando que este reaccionara de alguna forma. Estaba en muy mal estado la verdad, incluso a mí me sorprendería que estuviera vivo,  pero parece ser que en Darry’gor existen los milagros. El enano tosió, como si hubiera estado bajo el agua, algo que hizo que la cara de Kadin se iluminara de felicidad, su hermano estaba vivo, Pelos fue el primero en llegar hasta Youdar, restregándose contra su brazo izquierdo, maullando por la alegría, a veces los animales son más expresivos que muchas personas, incluso Utrek sintió alivio y alegría aunque se dio la vuelta en cuanto supo que el enano estaba vivo. -Bueno… no es para tanto, yo podría haberlo hecho y sin tanta chorrada.- Kadín no se esperó a nada, su hermano estaba vivo y era lo único que le importaba, se arrodillo para tomar a su hermano y darle un efusivo abrazo, sus lágrimas surcaban sus mejillas no por tristeza, pero si de verdadera alegría.
 
-Nos has dado un buen susto amigo mío.- Dije contagiado por la alegría colectiva, Youdar estaba vivo, era lo importante, él nos había salvado de Barbatos y de Lenxer, con la ayuda del disparo de Adila. -¡Menos mal! sin ti la buena leña no sería lo mismo. Pero si te pasara algo… no sé, en un futuro… ¿me puedo quedar con Pelos?- Palabras menos apropiadas estoy seguro de que no podía encontrar, estaba dudando si lo decía de verdad o simplemente se había equivocado escogiendo que decir.
 
-Shu, shu, apartaos del medio raritos, el enano no se va a salvar por arte de magia.- La chillona voz de Nikochis hizo acto de presencia, mientras nos apartaba y cuando llego hasta Kadín lo miro con el ceño fruncido. -¿Te importa? Quita de en medio- Ordenó el folklerien, entonces se puso a hablar con Youdar y nos pidió que le diéramos espacio, si él podía sanarle no se lo impediría desde luego y de forma increíble Adila también lo comprendió y siendo que no estaba yo como para moverme demasiado ambos nos alejamos, dejando que se obrara la magia que pudiera sanar al valiente enano.
La batalla había concluido, Darry’gor y la mayoría de sus gentes se habían salvado y aunque era un momento para estar felices por la victoria, el dolor pesaba más sobre los supervivientes, solo de pensar en el gran funeral que se haría hacía que mi corazón se estremeciera, dolido de no poder ayudar a esas personas inocentes que había perdido a sus familias. Era muy duro, yo conozco su dolor, el dolor de la pérdida de un ser querido, pero no hago milagros, tan solo soy un vagabundo que sigue su destino guiado por los espíritus.
Youdar fue llevado a una tienda de campaña, conocido entre los guerreros como hospital de campaña, básicamente un lugar donde los heridos pudieran reposar, hasta recuperarse de sus heridas, tiempo suficiente para empezar a organizar todo lo que acontecería a continuación, el funeral por los caídos, empezar a preparar los grupos que se encargarían de reconstruir Darry’gor.
 
Hobb fue nombrada como thane ese mismo día, su primer deber era pronunciarse tras la batalla, para que las gentes de Darry’gor no se sintieran completamente desamparadas, Ingrod los había abandonado, tratando de salvar su vida, se sentían traicionados por el thane, sin duda la que había sido la tabernera ahora tenía un difícil trabajo por delante y sus palabras tenían que ser contundentes, pero esperanzadoras. Arduo y duro futuro para una tabernera, pero si la hubiera conocido desde luego hubiera sabido, que nadie mejor que ella.
Sin temor se subió a unos escombros, que le valdrían como escenario para alzarse y que cualquiera pudiera verla, los que estábamos allí no pudimos evitar posar nuestra mirada sobre ella.
Mientras tanto en el hospital de campaña, Matoska se apareció frente a Youdar, aunque Pelos le bufó, el oso no pareció inmutarse ni un ápice. -Saludos hijo de la roca.- Dijo le úrsido presentándose, como si fuera Hanwi, de alguna forma había logrado aparecerse sin ser invocado o sin tótem, su tiempo sería limitado desde luego, así que tenía que aprovecharlo ahora que Youdar estaba despierto. -Mi nombre es Matoska. Has protegido a los tuyos, mostrando autentico coraje, pero me temo que yo no podré proteger a los míos como yo lo quisiera. En su poderosa voz, se notaba la tristeza de sus palabras, aunque tan solo el enano podía verlo y oírlo. -Esto aún no ha terminado, y Sejen necesitara tu ayuda, una ayuda que ni siquiera nosotros podremos ofrecerle. De algún modo, vuestros caminos están conectados.-
 
Hobb cerró los ojos y tomó aire, tratando de apaciguar los nervios y las dudas que le surgían. -¡Habitantes de Darry’gor, hermanos y hermanas, escuchadme!- Comenzó su así su discurso, para que la atención se centrara en ella y aun a pesar de ser menuda, su voz tenia fuerza suficiente para llamar la atención de todos os que estaban allí. -Karzún nos ha puesto a prueba, la más dura que hubiéramos podido imaginar. Una que esperábamos que nunca debiéramos afrontar. Desde que nuestros ancestros llegaron a esta tierra y la llamaron hogar, confiamos, creímos y deseamos que Barbatos, se mantuviera lejos de nosotros, esperando que no fuera más que una leyenda o un mito. Por desgracia, no ha sido así y por su culpa, muchos de los nuestros han perecido en la batalla, hemos sufrido como nunca antes, es cierto y el dolor infligido no sanará jamás, pero… por primera vez en la historia de Daulin, al fin somos libres, libres de la sombra de Barbatos quien ha perecido por su propia ambición y ansias de destrucción, al fin, habitantes de Darry’gor podemos hacer de este lugar el faro de luz y esperanza, que libre a Daulin de todo su mal, las historias de nuestra victoria, las leyendas que se forjaran honrando a los que perecieron en la batalla, todo ello recorrerá el mundo y sabrán que Darry’gor, fue el lugar donde el señor de los monstruos, la sombra que acechaba la cordillera finalmente encontró su final a manos de las buenas gentes de este lugar. Nuestros padres, nuestros abuelos, ellos convirtieron este lugar en nuestro hogar y honramos su memoria con este presente, al fin somos libres, libres del mal de Barbatos y de sus secuaces, todo el sacrificio no ha sido en vano, no hemos perdido y no debemos llorar, pues aunque el dolor sea reciente, los que han dado su vida ven recompensado su sacrificio al ver que seguimos vivos y libres, ahora podremos construir un futuro, sin temer al pasado. ¡KAZUKAN AI’MENU!- Grito alzando su martillo y sus palabras de inspiración y esperanzas, calaron en los corazones de los habitantes quienes gritaron con ella. -Demos las gracias. Gracias a los miembros de la buena leña, por hacer nuestra victoria posible. Sin ellos no lo habríamos logrado, brindemos por ellos. ¡Salve a los valerosos caídos!- Los habitantes de Darry’gor siguieron el ejemplo de Hobb, como un coro todos gritaron ¡salve! Dos veces seguidas, suponía en agradecimiento a los miembros de la buena leña por su labor, sin duda no sería yo quien les privase de ello, habían hecho un grandioso trabajo sin duda y es por ellos que la victoria fue posible.
 
Hanwi, el lobo espectral no se encontraba a mi lado, no en este momento. Estaba apartado, observándome desde una colina, estaba sentado, quieto y si alguien lo viera, podría pensarse de él que de una estatua se trataba, algo entristecía al lobo cuyo rostro normalmente sereno se veía algo decaído y triste, mientras que bajo su mirada, pareciera que algunos celebraban su merecida victoria, entre los que me encontraba. Utrek había sacado los pocos barriles que aún quedaban, Perik estaba repartiendo cerveza entre aquellos que quisieran brindar por los caídos, si, era un momento triste pero también digno de celebración y los miembros de la buena leña, sin duda preferían al menos brindar en respeto a los caídos.
La oreja de Hanwi se movió al escuchar, el movimiento de la nieve bajo los pies de alguien. -Saludos Ithilwen.- Dijo el lobo quien sabía perfectamente de quien se trataba. -¿Por qué estáis aquí espíritu? ¿No es acaso vuestro lugar al lado de vuestro escogido?- Cierta intriga se notaba en las palabras, de la noble elfa de Erinimar, algo que no escapo de la agudeza del lupino. -Hay ciertas cosas, que deberá afrontar el solo. Cosas que aún están por sucederse.- Su sabia voz, denotaba un tono ensombrecido por la tristeza, a veces el saber también puede ser doloroso. -La vida es enseñanza permanente y aunque el aprendizaje va en detrimento de nuestro ser, hemos de afrontarlo para bien… o para mal.- También había aflicción en la voz de la elfa, quien ahora tenía la atención de Hanwi. -Conozco vuestra carga, dama de Erinimar es muy pesada, pero también veo sabiduría en vuestras palabras, a pesar de vuestra juventud.- Dijo el sabio lupino. -Sé lo que os aflige Ithilwen. Ojalá estuviera en mi mano apaciguar vuestro dolor, así como el de mi pupilo.- Comentó entristecido, pues impotente y sabiendo el porvenir, sabía que algo horrible estaba a punto de acontecerse sin que él pudiera evitarlo. -Ni los más poderosos espíritus podemos detener y alterar el rumbo de caminos que, de alguna forma directa o indirecta escribimos para vosotros.- Hanwi se volvió para mirar a Ithilwen a los ojos y desde los ojos del lupino, se podían vislumbrar lagrimas cristalinas. -No puedo ayudarle… y eso me destroza.- Sin duda Hanwi consideraba al pastor de espíritus casi como si fuera un hijo y eso era palpable en sus palabras.
Iwhilwen desvió su mirada hacía mí en aquel momento, tal vez instigada por lo que le había dicho Hanwi. -El dolor es una carga que todo ser vivo debe tener que afrontar; sin él… no tendríamos vida- Ella suspiró tras sus palabras, se tomó ambas manos y agacho la cabeza, mostrando quizás algo de agradecimiento por las palabras intercambiadas con el lupino. -Id con bien, espíritu y gracias por vuestra sabiduría como ayuda. En el camino de los errores, Sejen es bendecido de los dioses, pues le han otorgado un guía en medio de un mundo gris…- Comentó algo aliviada tal vez. -Despedidme de él, el mundo de las montañas se hizo para otros, los hijos de los bosques ya sienten el llamado para volver a casa.- Finalizó con estas palabras la conversación, Ithilwen se puso la capucha y marchó dejando al espíritu aun observan a su pupilo, pero mientras ella marchaba, la voz de Hanwi hizo presencia en su mente. -Recordad dama de los elfos, una carga tan pesada, es difícil llevarla solo.-
 
Mientras tanto, Adila se veía contenta casi eufórica por la victoria de la que ella había formado gran parte sin duda, aquel último disparo posiblemente nos había dado la victoria y la verdad que su alegría era contagiosa, pues incluso yo me estaba animando, había sido un día extremadamente duro pero al final logramos nuestra victoria, merecida o no, lo logramos y salvamos Darry’gor. La cazadora me abrazo efusiva, yo sentía lo que se dice mariposas en el estómago, era la primera vez en mi vida que sentía algo así por alguien este nuevo sentimiento, de verdad que me hacía feliz y durante la batalla me di cuenta de que no quería perderlo, así que tenía una propuesta que hacerle. Yo no me quedaría en Darry’gor, yo no soy un miembro de la buena leña, pero si se una cosa, quería que ella me acompañara y se lo iba a proponer de todo corazón, pero como siempre, ella se adelantó a mis palabras. -¿Lo ves chico vudú? Debiste confiar en mí, sabía que no fallaría ese disparo y sin necesidad de utilizar conejos de madera tallados.- Su comentario me hizo sonreír y ella correspondió también con una amplia sonrisa en su rostro, sus brazos rodeaban mi cuello por detrás de la cabeza y yo rodeaba su cintura, su rostro se acercó al mí -Deseo que vengas conmigo, en mi viaje.- Quería decirle deseando que su respuesta fuera que aceptaba venir conmigo, pero al parecer el dolor que experimentaría en Darry’gor aún no había concluido.
Los ojos de Adila se abrieron y su sonrisa se apagó, sintió como si su cuerpo hubiera sido apuñalado por la espalda, se retorció por el dolor y yo pude sentirlo en mis brazos, mi rostro se tornó de incertidumbre, mientras sus piernas perdían la fuerza haciéndola caer al suelo, yo la sostenía mientras me arrodillaba e incrédulo observaba como en su pecho había una herida, una profunda herida que le atravesaba el corazón. 



-No, no, no, no, no, no, no, no…- Repetía mientras la veía sangrar sin control. -¡AYUDA! ¡AYUDÁDME POR FAVOR!- Grité desesperado. -No por favor, Adila. Te… te pondrás bien, solo aguanta, te lo ruego.- En el rostro de Adila podía ver como caían lágrimas y por su boca escuchaba como se asfixiaba. Ella alzo la mano y la puso suavemente en mi rostro, con su pulgar apartaba las lágrimas, yo sostenía su mano contra mi mejilla. -Quédate conmigo por favor…- Le supliqué. Ella sonrió un último instante antes de que su mano, se soltara de la mía y lentamente esta cayó al suelo. -¿Adila…?- Pregunté frente a su cuerpo inerte, quería creer que todo era una pesadilla, que todo era un simple sueño horrible del que necesitaba despertar, pero en el fondo sabía que esto estaba pasando, como en un último esfuerzo de su cuerpo, sus ojos se cerraron lentamente, mientras de los míos solo lagrimas podían emerger.
Abracé su cuerpo estrechándolo contra mí, pero sabía que ella no se despertaría y eso, me dolía más que cualquier herida sufrida aquí.
Esto era el dolor al que se refería Hanwi, en el cual no podía intervenir. Afligido tanto como su pupilo el lobo aulló con tristeza, dejándose escuchar por todo Darry’gor, compartiendo ese dolor.
 
------
 
Se hicieron dos funerales aquel día, uno para las gentes que habían perecido en la batalla de Darry’gor, con una gran pira funeraria, donde nuevamente se entonó la canción de los cazadores. El segundo funeral fue más íntimo y vino de la mano de los miembros de la buena leña, quienes organizaron una última despedida para la más joven cazadora de su gremio. La pusieron en un barco, encima de otra pira y mientras este se alejaba, se me permitió disparar la flecha que prendería fuego al óleo, lo pedí pensando que sería lo que ella hubiera querido igual que así lo hubiera querido yo en este momento. La flecha se disparó alcanzando su objetivo y la pira se prendió. -Que los espíritus te protejan, Adila que encuentres allí donde te lleven la paz, que no pudiste tener en vida.- Dijo Hanwi observando el barco, que se alejaba llevado por las aguas.
 
Horas más tarde, la nueva thane Hobb, organizó una ceremonia en agradecimiento a los que ayudamos en la batalla, siendo sinceros, no tenía intención de ir pero por educación lo hice, simplemente por cumplir, pero no quería que se me agradeciera nada, me sentía como si hubiera fracasado en mi misión, en un profundo abismo oscuro, realmente estaba deprimido, afligido por la pérdida de Adila y de lo único que tenía ganas ahora era de encontrar a su asesino, un sentimiento vengativo que por una vez no quería reprimir.
Agradecí el presente que la thane me había otorgado, era útil sin duda. Incliné un poco la cabeza mostrando mis respetos a la nueva líder de Darry’gor y antes de marchar, le pregunte si podría pasar unos días antes de partir para descansar y reponer fuerzas, así como tallar nuevos tótems. -No hay problema.- Dijo Hobb y yo nuevamente se lo agradecí con una pequeña inclinación, antes de abandonar el lugar. No esperé ver que les regalaban a los demás, poco me importaba.
Tras la ceremonia, Perik nos llamó a los que no pertenecíamos oficialmente al gremio de la buena leña, nos ofreció ser miembros honoríficos supuse por sus palabras. -Tengo que pensarlo…- Esa fue mi respuesta, si bien hubo gente que conocí en esta aventura, ellos siempre me traerían recuerdos dolorosos y no estoy seguro de quererlo, además seria aceptar una responsabilidad ajena a mi viaje y no era algo que pudiera decidir a la ligera, ahora hubiera sido un buen momento para una intervención de Hanwi, quien llevaba un par de días sin aparecerse frente a mí. Deduje que era por la pérdida de la cazadora y que el de alguna forma, también sentía que había fallado, aunque esto era solo una suposición mía.
 
Pocos días más tarde, parece que coincidía la salida de todos, pues yo no era el único ni el primero que iba a abandonar Darry’gor, Ithilwen también se preparaba para partir y estaba tan enfadado, que apenas le presté atención. En otro momento lo más probable es que me hubiera dirigido a ella, deseándole suerte en su camino, que los espíritus la protegieran allí donde marchara, pero no me sentía con ánimos de ello.

Las gentes de este lugar fueron muy buenas conmigo, antes de marchar y aun estando en la pobreza a causa de Barbatos, me entregaron provisiones e incluso un caballo aunque yo lo rechazara prefiero caminar con mis propios pies. -Un capitulo oscuro termina hoy en el camino del portador, pero a pesar del dolor que cargara desde el día de hoy, su camino no ha hecho más que empezar.-



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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Bediam el Lun Jul 06, 2015 2:36 pm

-Dame eso –pidió una voz de mujer, entre el estrépito del galope del caballo.

Antes de que pudiese reaccionar, el Veneno de Espectro abandonó su mano. Bediam no tuvo tiempo a entender que cuernos había pasado, pero al parecer Lenxer sí.

-¡No te lo voy a permitir! –bramó.

Pero no pudo cumplir su amenaza. Un rugido atronador retumbó en todo Darry’Gor. De la nada se materializó una especie de lobo hecho de humo que se interpuso en el camino del hechicero… ¿Qué diablos era eso? ¿Tendría Nikochis algo que ver? Lenxer no parecía contento de verle… Más de aquellos extraños animales aparecieron y, en un instante, todos atacaron al hechicero con una furia incontenible. Solo entonces pudo ver el alquimista a una joven de aspecto delicado y algo malherida, montada en un caballo, galopando en dirección a Barbatos… con su poción en la mano. ¿Quién era? Suspiró: hacía mucho que había dejado de entender todo aquello, pero se alegró de que hubiese otras personas luchando por salvar Darry’Gor.

Por si todo esto no fuese suficiente, una semilla dorada llegó flotando de a saber dónde… y fue directa a su pierna herida. Cuando entró en contacto con su piel se disolvió en una especie de polvo dorado y Bediam sintió un hormigueo muy agradable en la zona afectada. Y empezó a sanarse. La hinchazón y los cortes fueron remitiendo y junto a ellos el dolor.

Pero no era el momento para quedarse embobado mirando aquella milagrosa recuperación. La joven había alcanzado a Barbatos y todo dependía de ella. Algún conjuro debía estar protegiéndola, porque no se explicaba de otro modo que hubiese sobrevivido a la tormenta de relámpagos que rodeaban al pastoscuro. Y, sin pensárselo dos veces, la chica le lanzó la poción a aquel horrible ser.

Bediam desconocía cual era el efecto del Veneno de Espectro, no sabía cómo funcionaba, pues no había desentrañado los misterios de las pociones transmutadas. Así que cuando Barbatos empezó a convulsionarse y los rayos cesaron, se sorprendió. ¿Lo habían conseguido? ¿Acabaría la poción con aquel ser? También el reilgán, que parecía compartir la furia del pastoscuro, dejó de atacar y generar rayos… pero seguía teniendo un aura verdosa que destruía y calcinaba todo a su alrededor.

Barbatos no dejó de moverse, siguió convulsionándose entre gritos agónicos. Aquello sí que lo sorprendió de verdad, ¿cómo podía seguir vivo? ¿Acaso algo lo mantenía ligado a este mundo…? Otro chillido de dolor le sacó bruscamente de sus pensamientos: aquellos animales fantasmagóricos habían ido conduciendo a Lenxer a través de sus ataques hasta el reilgán y su aura mortal… y, con una última embestida, lo habían arrojado dentro. El hombre se consumía mientras su carne se derretía. Era un destino horrible, incluso para quien había provocado toda aquella batalla y todas aquellas muertes…

Y pasó algo que le sorprendió incluso más: una segunda figura cargó hacia la poderosa gema… y se sumergió en aquella aura tóxica. Era una figura baja y fornida que no le era desconocida. Era Youdar.

-No debí dejarle beber tanto –murmuró Bediam, preocupado.

Conforme se acercaba al centro, su avance se fue ralentizando y acabó cayendo de rodillas, pero aun así siguió avanzando, arrastrándose. De nuevo era evidente que alguna clase de magia estaba interviniendo, pues no concebía que el enano siguiese vivo ahí dentro.

Una voz potente y cruel retumbó por toda la villa, encogiéndole el corazón.

-Aún no se ha acabado –anunció Lenxer.

Bediam estaba demasiado lejos para ver que estaba pasando exactamente, pero un grito atronó por todo Darry’Gor como respuesta. Era un grito de batalla que no le era desconocido. Era un grito de esperanza. Y supo que habían ganado.

-¡Kazukan ai’menu! –rugió Youdar.

Y entonces todo acabó. El reilgán estalló y, tras un intenso destello, se hizo el silencio.

Bediam casi se atrevió a sonreír, pero entonces se dio cuenta de que Youdar no se movía. Los enanos eran duros, pero el poder de aquella gema era demasiado para el cuerpo de cualquiera. Corrió hacia él, sin saber muy bien que se disponía a hacer. No tenía conocimientos médicos ni remotamente aplicables en esa situación, pero sentía que le debía a aquel enano toda su atención y apoyo… y no fue el único que lo pensó. Todo el mundo corría hacia Youdar, dispuesto a ayudar. Pelos maullaba a su lado, desconsolado. Kadín se abrazó a su hermano, desesperado. El enano aún respiraba, pero su vida se apagaba rápidamente…

Paf. Junto al cuerpo del enano apareció Nikochis, sonriente. Bediam, que aún no había llegado, se paró, sorprendido. Tras unos segundos en los que el folklerien se deleitó de su dramática entrada, se agachó junto a Youdar y le sacudió del hombro.

-Oh, vamos, no voy a dejar que te mueras así como así –aseguró-. Y menos cuando me has librado de Barbatos para siempre.

Los cazadores más rezagados llegaron junto al enano y se agolparon a su alrededor, preocupados. Pero Nikochis les echó una mirada irritada.

-Hacedme sitio, jolines, que necesito concentrarme –ordenó.

Todo el mundo se alejó, incluido el pobre Kadín, pues sabían que solo aquel pequeño ser podía salvar a Youdar.
Esta vez no fue un simple chasquido de dedos. Bediam nunca había visto al folklerien esforzarse, más que en esos angustiosos minutos en los que permaneció en cuclillas junto a él, haciendo precisos aspavientos con sus pequeñas manos, alterando algo para el resto de los allí presentes invisible, manipulando la esencia misma de la realidad. Youdar parecía estar sufriendo mucho, pero poco a poco su cuerpo fue perdiendo tensión, hasta que abrió los ojos. Había sobrevivido.

-Enano, has tenido suerte de que hubiese un poderosísimo folklerien cerca -aseguró, petulante-. Pero ni siquiera yo soy capaz de eliminar todo el veneno que ha entrado en ti. Lo siento.

El hombrecillo se levantó con calma, miró alrededor con suficiencia y… ¡Paf! Desapareció nuevamente.

A pesar de conservar la vida, Youdar estaba muy débil, así que lo cargaron entre varios para llevarlo a donde habían improvisado el campamento para los heridos.

Se decidió entonces organizar grupos para buscar supervivientes y cadáveres, pues era el siguiente paso lógico tras la catástrofe. Bediam miró a su alrededor buscando una cara conocida… y reconoció a la joven jinete que le había cogido el Veneno de Espectro. Parecía algo desorientada y permanecía quieta sujetando a su caballo. El alquimista aprovechó la ocasión para acercase a ella, pues era un misterio de donde había salido.

-Hola -la saludó con desenfado-. ¿Te importa que vayamos juntos?

La joven se sorprendió. Se frotó los ojos, cansada.

-Buenas tardes –respondió mecánicamente-. ¿Por dónde quieres empezar a buscar?

Bediam se encogió de hombros y miró a su alrededor. Había una casa semiderruida no muy lejos de allí. Parecía un buen lugar donde empezar.

-Por ahí mismo –propuso, señalándola.

La chica sonrió, aunque fue solo un gesto educado.

-Me parece bien, joven –contestó de nuevo con aquel tono mecánico, mientras empezaba a andar tirando de las riendas del caballo.

Bediam se sorprendió. ¿Joven? Sin duda ella era menor que él. Por la delicadeza de sus rasgos era evidente que ella pertenecía a alguna clase de nobleza, así que tal vez llamarle así era su forma de mantenerse digna y por encima de todo. No le dio mayor importancia, sabía cómo de interiorizada tenía la nobleza su protocolo. Enfadarse con ella por eso sería como enfadarse con un perro por ladrar.

-¿Qué contenía ese frasco? -inquirió mientras caminaban, al ver que su acompañante nada decía.

-Veneno de Espectro –contestó, sonriendo ligeramente-. Pero no me preguntes más, porque es todo lo que sé. Fue Nikochis, ese extraño hombrecillo que ha salvado a Youdar, quien la preparó cuando yo no fui capaz.

La respuesta pareció decepcionar a la chica.

-Ya veo –respondió, algo abatida-. Solo quería saber… Ese tipo de nombres se oyen en los suburbios de Loc Lac, más no me ha llamado la atención hasta ahora.

Loc Lac… eso ni siquiera estaba en Thargund. Había hecho un largo camino para estar allí.

-Nikochis... Así se llamaba –murmuró, dejando escapar un suspiro-. No soy buena recordando nombres, mucho menos éstos. Son extraños para mí. Pero no quisiera olvidarlos tampoco. No así como así.

Empezó a revolver los escombros, sin demasiadas ganas.

-Noreth es muy grande y cada rincón de este mundo tiene su historia y sus costumbres -respondió Bediam, algo ausente-. Si en muchas ocasiones ya cuesta entenderse con quien comparte siglos de historia común, me parece sencillamente un milagro que hablemos el mismo idioma.

-Un milagro... -repitió ella, ladeando la cabeza con una expresión confundida-. Sí, es un milagro que hablemos un idioma común. No sabes cuánto me alegra ello.

Bediam también empezó a levantar piedras, sin demasiado entusiasmo tampoco. Puesto que no había gritos, era evidente que lo único que podían hallar era muerte.

-¿Pensabas que sucedería algo así, aquí? -le preguntó directamente la joven.

Bediam miró a su alrededor y contempló las ruinas de la villa. Por todas partes se veían personas arrastrando cadáveres y apilándolos en medio del pueblo.

-No, no esperaba que pasase esto -confesó-. Si lo hubiese sabido de antemano, estoy seguro de que no hubiese venido.

La miró con seriedad.

-¿Tú lo esperabas?

Las fuerzas de la chica parecieron aumentar y removió los escombros con más brío.

-Me conmueve todo lo acontecido aquí, sin embargo, y viendo mis pocos dotes combativos, supongo tu pregunta se responde sola -le contestó, haciendo un ademán con la mano para indicar a todos los otros individuos-. Mientras ellos peleaban codo a codo con ustedes, yo tuve que hacerme a la idea de que deseaba salir viva de aquí.

Se quedó parada, pensativa.

-Tengo una vida que atender allá abajo, que dista mucho de las armas y las tácticas de guerra -comentó, meneando la cabeza-. Aquí no hay nada... Ni nadie.

Se le entrecortó la voz y giro la cara. ¿Era eso una lágrima? El alquimista no estaba seguro.

El rostro de Bediam se ensombreció, pues aquellas emociones no le eran ajenas. Por suerte, él había tenido a Perik, que le había apoyado y aconsejado. Aquella chica no había tenido a nadie que la guiase en aquel caos.

-Te entiendo mejor de lo que crees -comentó-. Llegué aquí sin ninguna experiencia de combate. En cuanto entré al pueblo, un guardia me despreció porque no aparentaba ser buen guerrero, y de hecho no lo era. ¿Pero sabes qué? Fui útil. Puede que mi aportación no fuese la más grande, pero ayudé e hice lo que pude, y quiero creer que lo que logré fue relevante y marcó la diferencia.

Apoya la mano en el hombro de Malina, muy serio. Ella alzó una ceja, altiva y resopló.

-Tú has sido imprescindible–la consoló-. De no ser por ti, seguramente todos estaríamos muertos. Así que no te arrepientas.

Ella reflexionó unos instantes.

-Supongo que sí –admitió-. Con esto me hago a la idea de que jamás desearé tener un arma entre mis manos.

Se permitió una pequeña risa.

-Suficiente ya con tener un veneno de semejante nombre entre mis manos –bromeó.

Entonces imitó el gesto de él y le colocó la mano en el hombro.

-Eres sorprendente, muchacho –admitió-. A pesar de que no te conozco de nada, te has ganado mi respeto.

Vaya, aquella chica realmente tenía sangre noble. Tanta altivez en una sola persona… Bediam sonrió, divertido. En otra situación tal vez se hubiese molestado, pero habían pasado demasiadas cosas como para darle importancia a algo que no la tenía.

-No hace falta que todo el mundo sepa luchar -aseguró-. ¿Sabes por qué nos hemos esforzado tanto, por qué hemos combatido? Ha sido para proteger a personas normales y corrientes, que lo único que querían era seguir con sus vidas en paz... Porque al fin y al cabo, ese es el propósito del guerrero: proteger a aquellos que no luchan, pues son ellos los que hacen que el mundo avance y se convierta en un lugar mejor.

Aquello pareció llegar al interior de la chica, que redobló sus esfuerzos en la búsqueda.

-Considero importante lo que ha dicho, mas, no podría decir si estoy de acuerdo con ellas o no –comentó al cabo del rato-. O si es correcto aquello que supone…

Le miró con intensidad y Bediam se detuvo.

-Yo solo sé pintar –admitió-. Y ahora, que abunda el color rojo en la blanca nieve, ¿cuál cree que es la impresión que me llevo de aquí? Hubiese deseado pintar a Hobb, pero me siento tan perturbada qué solo...

Se detuvo en seco y se dio la vuelta, temblando. Bediam se acercó a ver qué pasaba y se quedó sin aliento. Tras un escombro que la chica había movido, sobresalía un brazo. Sin decir nada, el alquimista se puso a librar la zona de cascotes, pues había que sacar el cuerpo.

-¿Qué cree que va a sucederme? –preguntó ella, aun de espaldas-. Una pesadilla tras otra. Al final, no me siento del todo satisfecha...

Bediam resopló del esfuerzo. Trató de pensar en algo positivo que decirle a ella.

-¿Solo pintar? -se extrañó- El arte es lo mejor de nuestra raza. Seguramente seas la persona más importante de todo Darry'Gor. Puede que nosotros seamos los músculos, los huesos y el cerebro de la humanidad... pero tú eres el alma. Y creme que ninguno de nosotros tiene función alguna si tú no estás.

Poco a poco la zona fue quedando libre de los escombros más pequeños. El cadáver pertenecía a un enano adulto. Por suerte su rostro estaba bastante entero, aunque algo magullado.

-Y creo que deberías sacar algo positivo de esta experiencia tan sombría -le recomendó-. Puede que ahora veas con otros ojos tu propia vida, en comparación con la oscuridad que ahora sabes que existe. Yo, por lo menos, es lo que voy a hacer.

La joven volvió a remover su cabello, con una mueca de desaprobación.

-Me tomaré mi tiempo para ello -contestó secamente, mientras se sacudía el polvo-. Espero que lo que sea que haga de aquí en adelante, dé su frutos. Lo que es yo, me quedaré aquí hasta que logre dejarle un último regalo a Hobb.

Lo dijo con aquel tono altanero que tan natural le salía. Bediam sonrió sin mirarla, pues algo había cambiado en ella: había decidido pintar a Hobb. Había decidido seguir creando, que era lo único que importaba.

-De algo que me sirva venir de una familia tan...protocolar –murmuró.

Se montó en su caballo y se permitió mirarle, a pesar de la cercanía del muerto, que ya estaba prácticamente desenterrado.

-Si le vuelvo a ver, tenga por seguro le reconoceré –aseguró-. No seré una aliada en armas, pero mi familia tiene un dejo de influencia que le puede sacar de uno que otro aprieto.

Bediam hizo una leve reverencia, con un toque burlón. Era una pequeña venganza que se permitía.

-Un placer conocerte -se despidió-. Nunca se sabe si nuestros caminos volverán a cruzarse, así que tampoco yo olvidaré tu cara.

La joven asintió y se fue al trote. Un encuentro extraño, del que ni siquiera había sacado el nombre de ella… Bediam sacudió la cabeza y siguió tratando de liberar al cadáver de los escombros.

-//-

Por clamor popular, Hobb, la tabernera, fue elegida nueva thane. A Bediam no le sorprendió el nombramiento, teniendo en cuenta que había sido ella quien había liderado al pueblo durante la batalla y seguramente todos les debían la vida. Subida a unos escombros, lo más parecido a un pedestal que quedaba en la villa, Hobb habló a su pueblo. Les dio esperanza y trató de consolar su pérdida. Fue un buen discurso y si aún quedaba alguien con dudas sobre si la enana sería buena gobernante, en ese mismo instante se convencieron.

Se decidió retrasar el gran funeral hasta la noche, pues todos sabían que tras él no les quedarían ánimos para hacer nada más. Así que se iniciaron los festejos por la victoria. Tal vez algunos lo encontraran irrespetuoso, pero aquella celebración era un canto a la vida, un homenaje a los que con dedicación, valentía y esfuerzo habían vencido a la muerte, y merecían su reconocimiento. Utrek encontró unos barriles de cerveza y todos bebieron por los que ya no les acompañaban. Bediam buscó a Ithilwen con la mirada, pero no había rastro de la elfa por ninguna parte. Tenía ganas de contarle que había sido capaz de captar el aleb. Deseaba poder contárselo a alguien, pero solo ella sabía del tema…
 
Entonces, de golpe, un pensamiento cruzó su mente y palideció. El libro. Lenxer le había quitado su libro. Un escalofrío azotó su espalda y Bediam corrió con todas sus fuerzas hacia la zona donde el hechicero había sucumbido y se lanzó desesperado sobre la nieve. Maldita sea, ¿cómo se había podido olvidar? Su libro no era muy grande, podía estar cubierto por el frío manto, oculto, en cualquier parte… Palpaba la nieve, desesperado, buscando frenéticamente, rogando a los dioses que le permitiesen topar con algo sólido… Y finalmente lo hizo. En cuanto palpó algo duro y liso, lo aferró con fuerza y lo liberó del abrazo de la nieve. Pero no era su libro: era la daga de Lenxer.

Bediam compuso una mueca de desilusión al principio, pero captó algo extraño en el objeto y no se puedo resistir a examinarlo con curiosidad, sintiendo como toda su urgencia se disipaba poco a poco. La empuñadura y la funda eran de madera y tenían un relieve muy cuidado, unos grabados en una lengua ya olvidada que el alquimista no fue capaz de descifrar. Sin saber muy bien por qué, desenfundó el arma. El filo tenía un tono rojizo que le hizo sentir incómodo… pero no podía parar de mirarlo. Y, entonces, algo extraño pasó. El metal de la hoja empezó a emitir unos crujidos muy suaves, y la hoja pasó del color rojo al azul. ¿Qué acababa de suceder? Sintiéndose algo turbado, enfundó de nuevo la daga. Bediam esperó unos segundos a ver si algo más ocurría, pero el cuchillo no hizo nada más. Lo correcto sería entregársela a Nikochis o a Ananke, pues estaba claro que aquella arma tenía algo especial, seguramente peligroso…

Bueno, lo haría después. Ahora tenía que encontrar su libro. Se guardó la daga en el zurrón y reanudó la búsqueda, aunque ahora más calmado. Tardó en dar con el Compendio, pero finalmente lo hizo: no lo halló donde Lenxer había perecido, sino metros más allá, donde había sido atacado por los animales espectrales. Bediam recogió el libro con cuidado y le dio unos golpecitos en el lomo. Compi se despertó y le miró con aquellos ojos sin vida.

-¿Estás bien? –le preguntó.

No hubo respuesta, aunque eso ya lo sabía.

Se guardó el libro y volvió con paso tranquilo a la celebración… pero algo terrible había pasado. Un hombre abrazaba a un mujer que permanecía inmóvil en el suelo. La nieve tenía un color rosado por toda la sangre absorbida. Sejen se balanceaba, aferrándose al cuerpo muerto de Adila, la arquera parlanchina. ¿Qué diablos había pasado? Todos tenían un gesto sombrío en los ojos y miraban alrededor con suspicacia. ¿Cómo podía haber muerto rodeada de cazadores? Al parecer, aún quedaban seres poderosos que no querían nada bueno para aquella pobre gente.

La muerte de Adila dio por finalizados los festejos y adelantó inevitablemente los funerales.

El primer funeral fue el de las víctimas de la batalla y se les despidió a todos como a cazadores. La ceremonia fue muy parecida a la que habían tenido tras la batalla con los vampiros, pero para Bediam fue muy diferente. Esta vez no se sintió fuera de lugar. En esta ocasión cantó la despedida junto al resto de cazadores, pues les debía eso a los que  ya no estaban ni estarían jamás.  

El funeral de Adila fue distinto. Fue al estilo Vikhar: se depositó el pequeño cuerpo de la cazadora en una balsa, que se colocó en un afluente del Tarangini cercano. Mientras la barca descendía por las aguas, Sejen disparó una flecha en llamas, que prendió la pira y el cuerpo de la mujer. El espiritista parecía destrozado por la pérdida y Bediam le compadeció. Le hubiese gustado hablar con él, pero no sabía que decirle y era evidente que no tenía ganas de hablar con nadie.

Una vez las almas de los muertos partieron, empezó una tarea mucho más mundana: buscar entre los escombros todo aquello que pudiese ser útil, pues toda ayuda iba a ser poca frente a la colosal tarea de reconstruir el pueblo. Los niveles subterráneos de la casa comunal habían aguantado con bastante entereza, y con ellos gran parte de los tesoros de la villa, exceptuando la parte robada por el antiguo thane.

Había un sincero sentimiento de gratitud hacia los hombres y mujeres que habían derrotado a Barbatos y su séquito, así que Hobb, en una de sus primeras medidas como nueva thane, decidió organizar una ceremonia de agradecimiento.

Los cazadores se reunieron frente al improvisado escenario y la thane empezó.

-Sejen, tú nos has salvado a todos y has sufrido más que ninguno -proclamó la enana-. Te otorgo esta pulsera, cuyas dos plumas de águila representan la dualidad espiritual. Con ella podrás invocar a dos de tus espíritus a la vez.

El hombre aceptó su presente con educación, aunque su gesto sombrío y su rigidez denotaban que no deseaba estar allí. Hizo una leve reverencia como despedida y se marchó del acto, a pesar de que apenas había empezado. Nadie se lo reprochó, su pérdida era la más reciente y la más cruel de todas.

-Ithilwen –continuó la thane-, esta gema rojiza te permitirá entender la intención detrás de cualquier escrito, aunque no comprendas su idioma; es un objeto engañoso, pero seguro que con tu sabiduría consigues entenderlo.

Tampoco la elfa parecía muy contenta. Estaba mortalmente seria, casi parecía que su rostro se hubiese congelado y fuese incapaz de sonreír o mostrar ninguna emoción.

Entonces la enana se giró hacia él.

-Bediam… -murmuró.

-A este con que le des dinero le vale -sugirió Nikochis, apareciendo teatralmente de la nada (como siempre)-. Hazme caso, thanesa.

Nadie del pueblo se sentía aun del todo cómodo con el folklerien, pues a nadie se le escapaba que hasta hacía no mucho había pertenecido al otro bando, pero a él no parecía importarle.

-Es thane, no thanesa –replicó la mujer con frialdad.

-Lo que sea –bufó, ignorando por completo el tono de ella-. Dale oro, ¿no ves lo delgado que está? Necesita comer.

Bediam frunció el ceño, extrañado. ¿Qué más le daba a Nikochis lo que él recibiese de recompensa?

-Además… -canturreó, sonriente-. Seguro que se lleva buenas cosas de aquí.

Mientras decía eso, le dio unas palmaditas al zurrón de Bediam. Éste miró su bolsa, extrañado. ¿Qué intentaba decirle…? Y entonces se dio cuenta. No había mirado su zurrón con atención en todo el viaje, pero había algo distinto. Grabado con letras doradas, había escrito un mensaje en el cuero de su bolsa:

“Nikochis es más listo que yo”.

Bediam abrió la boca, sorprendido. ¿Cuándo…?

-Está bien, como veas –claudicó la thane-. Bediam, toma esta bolsa de kulls.

El folklerien chasqueó los dedos y la bolsa fue a parar a las manos del alquimista. Tras dudar unos instantes, la guardó en su zurrón… y algo extraño pasó. La gruesa bolsa de monedas no añadió tanto peso como debería. Para asegurarse de que no eran imaginaciones suyas, Bediam sacó la piedra fuego del interior y percibió claramente cómo, en el momento que salía de dentro del zurrón, el peso de la piedra se doblaba, pero no porque pesase más fuera, sino porque pesaba menos dentro.  

Se giró hacia el folklerien, que le guiñó un ojo, contento. Algo le había hecho a su zurrón. Ese era su regalo, y por eso no quería que recibiese ningún otro. Porque… ¿qué se podía comparar con el magnífico regalo de Nikochis?

-Si borras las letras se irá el poder –le explicó con un susurró-. Te aviso.

Bediam sonrió. Pues claro, como no: el fastidioso humor folklerien. Dicho esto, el hombrecillo se desvaneció en el aire, como le gustaba hacer.

Tras la interrupción del peculiar personaje, continuó la ceremonia.

-Malina, toma esta pulsera, que contiene la joya de pulso firme –anunció Hobb-. Si vuelves a verte en otra como esta, podrás pintar la desgracia con toda su exactitud.

Ah, así que se llamaba Malina. No estaba mal saberlo.

La entrega se alargó unos minutos más, en los que Shan se negó a recibir nada y Utrek reclamó para sí la parte que su hijo había negado recibir. Por su parte, Youdar se alejó de allí, pues no sentía que Darry´gor les debiese agradecimiento alguno.

La ceremonia terminó de forma agridulce, pues muchos perdían más de lo que ganaban con aquella aventura.
Antes de que el variopinto grupo se dispersase, Perik aprovechó para reunirlos una vez más. Lo que les anunció no sorprendió al alquimista. Él mismo estaba deseando preguntarle eso mismo.

-No soy ningún tonto, y he vivido muchos años –empezó-. Ninguno de vosotros era de la Buena Leña, pero habéis luchado codo con codo con nosotros.

Perik y Bediam se miraron, y el alquimista sonrió.

-Lo que os pregunto es fácil, ¿os gustaría ser miembros de la organización? –preguntó- Es algo meramente simbólico, pero creo que, si coincido en batalla con vosotros de nuevo, me gustaría poder llamaros hermanos de armas.

El primero en responder fue Sejen, que prometió pensárselo, y se alejó de allí. El joven buscaba soledad, pero no parecía capaz de conseguirla.

-Cuenta conmigo –respondió Bediam.

El viejo enano sonrió y asintió, satisfecho. Le hizo un gesto para que esperase, que no se marchase, y Bediam así lo hizo.

-Me alegra que hayas aceptado –le confesó Perik cuando todos se hubieron ido.

-Y a mí que me lo hayas propuesto –respondió el alquimista.

El enano bufó, aunque no perdió la sonrisa.

-¿Cómo no iba a hacerlo? –inquirió- Cuando en tu corazón ya te sabes cazador, que formes parte oficial de la Buena Leña o no es una mera formalidad.

Bediam asintió, recordando la conversación que habían tenido tras conseguir escapar del mundo mental de Nikochis.

-Has demostrado mucho valor estos días, Bediam –continuó el enano-. Estoy seguro que mucho más del que te creías capaz. Te falta fuerza, pero el arma que tú utilizas es igual de importante, si no más. Sabes trabajar en equipo, eres perseverante y no te dejas llevar por la desesperanza. Eres un digno miembro de nuestra organización.

Entonces el gesto de Perik se ensombreció.

-Pero te advierto –proclamó con voz seria-. Has tenido la suerte de no perder a nadie importante en esta lucha, pero no siempre será así. Como ya te dije, las meigas no nacen de la oscuridad, sino que deciden abrazarla, y por eso son mucho peores que quien no tiene opción. La maldad está en todas partes y puede contaminar hasta a los más puros de corazón. Es en los momentos más difíciles cuando tienes que ser más fuertes, pues es cuando los sentimientos más oscuros te empujarán en una dirección equivocada. No olvides mis palabras, pues lamentablemente tarde o temprano te verás en una situación como la de Sejen, y será entonces cuando realmente tendrás que demostrar ser digno de la Buena Leña y de mi confianza.

De nuevo, esas palabras. ¿Por qué todo el mundo le advertía que no se corrompiera? ¿Acaso no entendían que él no iba a volverse malo? Quería replicar, pero los ojos del enano no admitían contestación.

-¿Cómo pudo Utrek entrar en la Buena Leña, entonces? –fue lo único que se atrevió a preguntar-. No es precisamente puro de corazón.

Perik sonrió de nuevo.

-No he dicho que los cazadores de la Buena Leña tengan que serlo –matizó-. Puede que el corazón de Utrek sea gris y no blanco, pero sabe muy bien cuál es su bando y ha demostrado con creces ser capaz de sobreponerse a la oscuridad que le rodea. Él tiene más mérito que ningún otro, pues su historia es muy oscura, demasiado para un solo hombre. No es más digno de confianza el que está más lejos de la tentación, pues no sabes cómo reaccionaría si la tuviese a su alcance. Es verdaderamente digno de confianza quien, teniendo la tentación al alcance de la mano, decide no cogerla. No lo olvides.

Bediam asintió. No lo olvidaría. El enano se despidió de él, pues aún tenía asuntos pendientes.

Aún tenía una visita más que hacer. Preguntando por ahí, descubrió que Ithilwen se alojaba en lo que quedaba del Asno Ventoso, la posada de Hobb. El alquimista se dirigió allí, pues quería hablar con la elfa. No podía contarle a nadie más su triunfo, pues nadie le comprendería… salvo ella.

Bediam entró en la ruinosa posada y no vio allí a nadie. En la escalera que daba al piso superior habían dos elfos con gesto adusto. El alquimista se dirigió a ellos, pues no cabía duda que su señora se encontraba arriba. Al ver que se acercaba, los dos elfos se cerraron en banda, bloqueándole el paso.

-¿A dónde vas, humano? –inquirió uno de los elfos con voz gélida.

Bediam se amilanó un poco, pues no esperaba un recibimiento tan hostil.

-Vengo a ver a Ithilwen –contestó.

-La dama Ithilwen no desea ver a nadie –respondió el elfo secamente-. Marchaos.

Entonces se escucharon unos pasos y la bella sacerdotisa apareció en lo alto de las escaleras. Sus miradas se cruzaron y Bediam sonrió, aliviado.

-Alquimista... ¿qué hacéis por estos lados? –murmuró, sorprendida-. Os hacía en casa de Hobb.

Bediam recuperó algo de su decisión y habló.

-Hola, Ithilwen -le saludó-. He venido a hablar contigo, hay algo que me gustaría decirte.

Ella dudó unos instantes pero al final bajó las escaleras, cubriendo su rostro con la capa, resguardándose del frío, pues ya no estaban protegidos por las cuatro paredes.

-Seguidme –le pidió-. Aunque la taberna sigue en escombros, hay alguna que otra mesa disponible.

Caminaron en silencio hasta la primera mesa que encontraron en buenas condiciones, y  ella se sentó. Le hizo un gesto para que también tomase asiento, y el alquimista así lo hizo. Los dos elfos no perdieron detalle de su señora ni un instante.

-Contadme Bediam, os escucho... –dijo la elfa con un hilo de voz.

El alquimista echó un vistazo incómodo a los elfos que los observaban, pero sabía que no podía aspirar a un momento a solas con Ithilwen, y menos después de la muerte de Adila delante de todos. Así que optó por fingir que no estaban allí.

-Durante la batalla... conseguí captar el aleb -anunció, recuperando su sonrisa-. ¡Estoy un paso más cerca de ser capaz de transmutar la materia!

La reacción de la elfa no fue la que esperaba. Arrugó el rostro y frunció el ceño. Incluso cerró los ojos, a todas luces tratando de ocultar su desagrado.

-Os felicito, pues sé que este es un paso contundente en vuestros propósitos –murmuró con voz fría y con los párpados aún cerrados-. Sin embargo...

Lentamente mostró sus ojos azules y miró al alquimista con cautela.

-Que el conocimiento sirva para buenos propósitos, pues la sabiduría por sí misma solo conduce a la vanidad –le advirtió-. El aleb es como el ámbar de los dioses, si no respetáis su creación, su esencia, la fuerza de su propósito, quiera el destino que no os trague vuestro arte en un intento de retornar al equilibrio de las cosas.

Una vez más, de labios distintos, las mismas palabras. Aquella advertencia, aquel mensaje. “Cuidado con lo que haces”, es lo que ella le decía. Es lo que todos le decían, como si fuese un niño jugando con fuego.

-La historia habla de errores cometidos tras la búsqueda de este maná de conocimiento, como también de castigos y maldiciones –continuó-. Cuidaos, alquimista... tengo la impresión que nos volveremos a ver.

Trató de sonreír con educación, pero sus ojos se mantuvieron fríos.

-Cuidaos –repitió a modo de despedida, mientras se levantaba y se iba.

Bediam se quedó sin habla, y sencillamente contempló como la inmortal abandonaba su campo de visión. ¿Qué le había pasado a la elfa?

Los dos elfos se acercaron a su mesa, tensos. El alquimista les miró, incómodo.

-Os agradecería que no volvieseis a dirigiros a nuestra señora nunca más –le pidió uno de los elfos, con tono frío pero educado-. Tú y los tuyos no le habéis traído más que desgracia, y ahora tendrá que cargar con un terrible peso por toda la eternidad.

Bediam frunció el ceño, confundido.

-Así que idos y no volváis a molestarla –demandó-. Ya bastante habéis hecho.

El alquimista se levantó con movimientos lentos y salió de la posada, cabizbajo. Ya lo entendía. La labor de aquellos elfos era proteger a Ithilwen, y había sido ella quien había decidido ayudarles en su lucha por salvar Darry’Gor, seguramente en contra de los deseos de los otros. Sus subordinados no habían tenido más remedio que luchar a su lado, pues era su deber… y alguno había muerto. Cuando un humano muere, sus allegados se consuelan pensando que es parte de la vida, que la muerte llega tarde o temprano a todo el mundo. Pero no ocurre lo mismo con los elfos, tal como le había explicado Kheme. Para un elfo, la muerte no es una parte natural de la existencia y por ello no pueden consolarse con su inevitabilidad. Ithilwen iba a tener que vivir toda la eternidad sabiendo que por las decisiones que tomó uno de sus congéneres, un amigo, murió y le privó del más preciado de los dones. Ahora entendía que quisiera estar sola, pues tenía mucho que pensar y lamentar.

También él tenía mucho en que pensar. ¿Sería correcto el camino que había tomado? Todo a su alrededor trataba de frenar su avance, intentaba impedir que él siguiese aprendiendo los secretos de la alquimia y la clave para deformar la más pura realidad. ¿Acaso trataba de advertirle el mundo que su camino era erróneo? ¿Pero que le quedaba si decidía renunciar? Nada, nada en absoluto. El camino que había elegido era como un puente colgando en un acantilado: o avanzaba o caía al abismo. No había más opciones. De nuevo, lo tuvo claro: les demostraría a todos como de equivocados estaban, les demostraría que podía estar cerca de la tentación, cerca del maná de los dioses, y no corromperse. Ya era un desafío personal.

Pasó la noche, como muchos otros, en los restos de la casa comunal, por invitación de Hobb.

El pueblo estaba en ruinas y muchos de los cazadores decidieron ayudar en los primeros pasos de la reconstrucción. El camino hacia el sur seguía bloqueado por el alud, así que mientras lo despejaban Bediam decidió quedarse unos cuantos días a ayudar también, más como un acto simbólico que otra cosa, pues devolver todo a su estado original les llevaría un esfuerzo titánico, de años tal vez, y él no quería formar parte de aquella comunidad tanto tiempo.

No vio a Nikochis ni a Ananke por ninguna parte durante esos días, así que no hubo ocasión de entregarles la daga. No le habló de ella a Perik, ni a ninguna otra persona. Pensó en hacerlo, pero cuando estaba a punto, siempre se echaba para atrás. Casi todos se fueron al poco: Sejen, Ithilwen y su comitiva, Kadín, Utrek, Shan, Ravin, Youdar…
Entonces Bediam recordó algo que tenía pendiente. Corrió hacia el enano y pronto le dio alcance.

-Youdar, espera -le llamó.

El enano se dio la vuelta. Tenía una expresión cansada, pero no parecía enfadado.

-Bediam –murmuró-. Me olvidé de despedirme de ti.

El alquimista le restó importancia con un gesto. Le ha visto durante los últimos días y sabía que no está bien. Hacer esfuerzos le agotaba rápidamente y tenía accesos de tos y vómito de vez en cuando. Estaba muy enfermo… Pero también sabía que todos le habían estado dando la lata con el tema, así que decidió no comentarle nada de su “condición”.

-No te preocupes -comentó-. Hay una cosa que llevo tiempo queriendo decirte, pero no he encontrado el momento...

Bediam respiró hondo, tratando de reunir valor para soltar su confesión.

-Cuando nos conocimos, incluso durante el combate contra Vanstiel, yo no era de la Buena Leña –admitió-. Siento habértelo ocultado.

El enano no pareció muy sorprendido.

-Oh... eso –murmuró-. No sé si lo sabes, pero eso no tiene importancia alguna, Bediam.

Aguardó unos instantes, tratando de buscar las palabras adecuadas.

-Ser de la Buena Leña no lo tiene que decir un papel, o un grupo de gente –le explicó-. Ser de la Buena Leña se lleva aquí, Bediam.

Le dio un golpecito con el dedo índice en el pecho. Bediam sonrió, sin poder evitar ver las similitudes entre Youdar y Perik. Se notaba que habían aprendido el uno del otro.

-Y tú has demostrado, no pocas veces, que eres todo un cazador –le aseguró.

Bediam sonrió, aliviado. Tenía suerte de contar con tan buenos aliados.

-Tienes un gran corazón –le confesó-. ¿A dónde irás ahora que todo esto ha acabado?

Youdar se permitió una sonrisa cargada de añoranza.

-A casa, a Baruk'grund... –murmuró-. Aunque no creo que esto haya acabado.

Parecía más bien pensando en voz alta que otra cosa y se dio cuenta que Bediam le miraba con gesto preocupado.

-Lo que quería decir es… –se explicó, mientras le tendía la mano- que si las cosas se ponen feas, me gustaría considerarte todo un hermano de armas para la próxima vez.

El alquimista asintió y le estrechó la mano con decisión.

-Puedes contar conmigo para lo que sea -aseguró-. No dudéis en avisarme si la Buena Leña me necesita.

-Kazukan de zan, compañero. Significa, "los hijos de la roca muestran su gratitud", amigo mío –dijo a modo de despedida.

Se alejó unos pasos sin darle la espalda.

-Hasta que el destino vuelva a unirnos, alquimista –clamó-. Algo me dice que será más pronto que tarde. Buen viaje.

Bediam le despidió con un gesto… ¿Qué había querido decir? Sacudió la cabeza. Ya lo descubriría, tarde o temprano.
Los siguientes días fueron extraños, pero el constante esfuerzo en la reconstrucción tampoco le dejó mucho tiempo para pensar.

Por fin consiguieron despejar el camino y Bediam, junto a todos los otros que tomaban dirección sur, decidieron abandonar definitivamente Darry’Gor. Perik no fue uno de ellos: la nueva thane había aceptado construir una sede de la Buena Leña allí, y el viejo cazador sería quien la dirigiría. Tal vez podría devolver a la organización su glorioso pasado… Si alguien era capaz, ese era Perik.

Bediam se despidió de él efusivamente y prometió volver a visitarle si pasaba cerca de las Daulin. El viejo enano gruñó una despedida y le palmeó la espalda con afecto.

-Sabía que tenías madera –aseguró-. Lo supe desde que te vi. Un leñador siempre reconoce la buena leña.

-No podría haber llegado tan lejos sin ti, Perik –respondió el alquimista-. Has sido un maestro sensacional, y te debo la vida.

Y eso fue todo. No hubo más advertencias, aunque estaban bien presentes en la mente del alquimista. Bediam emprendió el camino hacia el sur, que no iba a ser fácil. Lo más sencillo sería ir hasta Maletta y seguir las rutas de comercio de Valashia hasta las Nalini. Tenía ganas de ver a Kheme y contarle todo lo que había pasado. ¿Qué le diría cuando le asegurara que había captado el aleb? ¿Y cuándo le enseñara el veneno de basilisco pigmeo? ¿Y cuándo le explicara los poderes de Nikochis? ¿Pasaría su instrucción a un nuevo nivel?

Se paró en seco. Nikochis. Delante de él, sentado en el tocón de un árbol, estaba el folklerien, balanceando sus cortas piernas.

-Hola –le saludó-. ¿Ya te has cansado de jugar a las casitas con tus amigos?

Bediam sonrió, Nikochis era incorregible.

-Pensaba que no te iba a volver a ver –admitió el alquimista.

El folklerien bufó.

-Pues pensaste mal –replicó-. Me debes algo, ¿recuerdas?

Bediam se puso rígido. La daga. Nikochis lo sabía y había ido a recuperarla. Con un movimiento lento, resignado, el alquimista dirigió su mano al zurrón, dispuesto a sacar aquella extraña arma y entregarla…

-Me dijiste que traerías a gente de todo el mundo para que se enfrentase a mis retos –le recordó-. Así que he estado preparándolo todo.

¿… qué? ¿De qué estaba…?

Ah, claro. A Bediam le había costado uno segundos recordar: le había prometido al folklerien que participaría en sus retos de ingenio y que le llevaría a otros para que participaran también. Habían pasado tantas cosas desde ese momento que lo había olvidado. Relajó el brazo, aliviado. ¿Por qué no le daba la daga? ¡No le pertenecía! Tampoco al folklerien, claro, pero parecía tener más derecho que él para tenerla. Sencillamente… no quería. Tomó una decisión: el la guardaría bien, estaba en buenas manos. De nuevo, combatiría la tentación y eso le haría más fuerte.

-No me he olvidado –respondió Bediam-. Reuniré a un grupo qu-

-No, no –le cortó el ser, sonriente y petulante-. He decidido que lo voy a hacer yo mismo, que lo haré un millón de veces mejor.

Algo había hecho cambiar la idea inicial de Nikochis. ¿Qué había estado haciendo el folklerien desde la última vez que lo vio? Había tenido unos cuantos días, y solo los dioses sabían de que era capaz Nikochis con tanto tiempo.

-Tendrás noticias mías… pronto –aseguró.

Y se desvaneció en el aire. Bediam se quedó allí plantado con un palmo de narices. Al parecer, todo aquello aún no había acabado. Y no sabía si acabaría alguna vez.
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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Jul 07, 2015 3:53 pm



…Una carga tan pesada, es difícil llevarla solo.
Hanwi, espíritu lupino.



Le dolía el cuerpo, los huesos, respirar, vivir. Se arqueó hacia delante para evitar el desgarro, pero en vez de eso se fue de bruces contra la nieve. El aire se enrarecía y a lo lejos una nube tóxica se mezclaba con todo. Lüdrielh haló de ella una vez más, y al verla caer soltó a la hechicera, dejándola en brazos de Ärbuz. Supuso lo que pasaba, pues ya lo había visto antes, y seguido por el instinto la tomó por la nuca y alzó a su señora como si solo pesara una brizna:

-Resistid, Señora mía…

-Duele…- se retorció la de cabellos azabache, al tiempo que se llevaba las manos al pecho, como si por dentro todo su ser se desbaratara.

La imagen de Youdar y Sejen alejándose hacia la nada permanecía indeleble en su mirada titubeante. “No podemos dejarlos solos”, se dijo entre delirios, pero al mismo tiempo el temor le apretaba el corazón con fuerza devoradora. El susurro de un presentimiento sombrío… una premonición.

-¿A dón… A dónde me lleváis, Lüdrielh?- indagó con un hilo de voz la señora del grupo.

-¡Tenemos que salir de acá! ¡Vamos, Ärbuz, Läniet! El ambiente está viciado, hay varios caídos y nosotros no tenemos ya mucho más que aportar a esta batalla- sentenció, entrecortado, andando a paso vivo. –No permitiré que uno más de nosotros perezca por una causa ajena…- murmuró para sí mismo, mientras el viento gélido le despeinaba sus cabellos negros.

-Son… pero… son.. a.. aliados- continuaba la dama cada vez con menos energía: -debemos… tenemos que… tenemos que ayu…

-Ithilwen, no os deis por vencida. ¡Aguantad! ¡AGUANTAD!

--//--

El amanecer despuntaba cuando la de cabello azabache abrió sus ojos al mundo. Las manos diestras de Läniet repasaban su pecho y su vientre, mientras de la tierra misma emergían un sinfín de plantas que despedían pequeños destellos violáceos sobre su cuerpo adolorido.

-Ese hechizo por poco y os mata, señora mía-  habló por lo bajo la hechicera, entrecerrando los ojos para que su concentración no menguara. Se veía cansada. Su rostro sucio y las ojeras que la surcaban traslucían lo mucho que había dado por ayudar a la princesa. –Habéis sido incauta e inconsciente al usar aquella energía; solo los diestros pueden simular el alcance de los dioses sobre todo en su más milagroso poder: el curar. Casi os va la vida por salvar la de ese humano-  quiso ocultar su desdeño por las demás razas, pero al final ese sentimiento había prevalecido. Meneó la cabeza como regañándose a sí misma y continuó:-Ese poder es peligroso, dama Ithilwen, y sólo algunos osan hacer uso de él. Lo sabéis… ¿cómo habéis podido si quiera pensar invocarlo? Nuestra labor es cuidaros, protegeros de todo mal, pues vuestra vida es preciada no solo para nosotros sino para nuestra nación… y por poco…

-Ya basta, Läniet.

La voz de Lüdrielh se elevó a las espaldas de ésta y su mirada celeste se encontró con la convaleciente elfa, quién aún se retorcía de a pocos cada vez que respiraba. No pudo ocultar su emoción, a pesar de su tes seria y sucia: había pasado largas horas aguardando por la mirada nítida y refrescante de ella, pero si bien aquellos ojos guardaban su pureza, la encontró gélida, rígida pero sobre todo, penitente.

-Lo importante es que estáis con nosotros, mi Señora, y que para bien o para mal todo esto ha finalizado.

“Para bien o para mal”, dijo él pero aquello en la mente de Ithilwen fue el despertar de una vieja sospecha, una angustia que había dejado anidada en su ser hasta ese momento y que de súbito pareció recordar.

-¿He..hemos ganado? ¿Darry o’Gor se… se ha salvado?

Estaba débil pero la mente viajaba a la última imagen que había quedado indeleble en su mente trastornada: la de un enano y un humano corriendo hacia la oscuridad tóxica de un enemigo desconocido. Temió por ello, como por su honor. ¿Habían huido de una batalla? Los elfos, seres orgullosos de su entereza y su moral, ¿habían rehuido de la lucha y dejado sucumbir los inocentes e indefensos a las tinieblas? Tembló con solo pensar en que aquella hipótesis fuera verdadera, escrutando el rostro del capitán de la guardia de uno de los siete reinos de su nación.

-Se han salvado- contestó seco Lüdrielh, sin poder mirarla a la cara.

-Entonces,  ¿por qué, decidme porqué capitán, siento vergüenza en vuestras palabras?

-No es vergüenza, mi Señora- contestó serio el elfo, echando atrás su espada con el orgullo y la tenacidad que le caracterizaban: -Pero han habido pérdidas, un dolor mayor solo perceptible en los rostros de unos seres, cuyas vidas quedarán marcadas en generaciones por este conflicto. A vos misma os podemos contar como una baja: habéis dejado atrás algo de ese ser que todos nosotros admirábamos, la dulzura e inocencia como mirabais el mundo y os maravillabais, por la dureza que solo con la guerra se alienta; y nosotros… nosotros hemos dejado un alma atrás, un inmortal que la tierra de la roca clamó como pago por una victoria ácida… árida.

De inmediato miró a todos lados, y si en antes no había reparado en el sucio habitáculo donde yacía, era por la incoherencia de todo lo que vivía. El cuello le ardió más eso no impidió que retirara bruscamente las manos de Lädriel y buscara en el recinto las respuestas que ansiaba, meneando la cabeza de un lado a otro. Entre cenizas, techos derruidos, paredes semi-derrumbadas, reconoció su habitación en la posada que la había alojado recién llegara a la región. El Asno Ventoso había sobrevivido, aunque no sin problemas mayores en su estructura. Frente a ella, en una mesa apenas bañada por la pálida luz cadente de una vela, la cara pálida de Ärbuz esbozó una sonrisa bañada en lágrimas y frente a él, yacía en llanto Lidelïth, la joven arquera, recostada totalmente sobre la mesa, escondiendo su rostro turbado y herido entre las manos.

No necesitó más respuesta para saber la verdad oculta en la diplomacia del capitán. Uno faltaba entre todos. Uno por el que lloraban. Uno por el que su alma inmortal había pagado el precio de los errores y las malas elecciones.

-No… ¡NO!- gritó, a lo que la hechicera apoyó sus manos en el pecho para evitar que se incorporara. -¿Dónde está? Lüdrielh, estaba vivo… ¿Cómo? ¿Dónde está? ¿Dónde está el hijo de Certero? ¿Dónde? ¿DÓNDE?... ¿Örthänk?

-Con los Thënoriëth- contestó entre sollozos su hermana, levantando la cabeza, fijándose en su princesa. La cicatriz le cruzaba el rostro maltrecho y una mueca parecida a una sonrisa contrastaba de manera irónica con su llanto. –Mi hermano ha dado su vida con honor, para gloria de nuestra familia y de nuestra tierra. Los dioses le cuidan ahora su sueño eterno.

"No…"

Ithilwen se negaba a pensar que había perdido a Örthänk de la misma manera que años atrás había caído su padre… cuidando de ella, bajo su propia mirada sin siquiera atinar de su falta. Negaba con la cabeza como si la noticia fuera mentira; respiraba con dificultad, pues la ansiedad la consumía de la misma manera que lo hiciera cuando el Lord Vampiro la puso a prueba. Fallaba una y otra vez, por lo mismo, por su fe en lo que solo encierra vacuidad.

-Tranquila… No es vuestra culpa, dama mía- atajó Lüdrielh, adivinando los pensamientos de la solar. Tomó su mano y la apretó como si con ella pudiera retener la cordura de su princesa: -Nada hay en esto que sea vuestra culpa. Cada uno de nosotros aceptó está misión con sus requisitos y principios. Orthänk murió honrando su juramento y su palabra de salvar los intereses de esta cruzada…

Asintió y miró a la arquera con fijeza. No habló pero en un mundo de sentimientos, las palabras se quedaban cortas. Calló, sin siquiera derramar una lágrima por aquel dolor que la escocia más que las costillas maltrechas producto de ese conjuro de sanación. Las heridas de Sejen habían pasado a ella, pero a su vez había puesto en peligro a todos los demás. Ahora la batalla estaba ganada para los demás, más ellos debían regresar sin haber logrado si quiera llegar a su objetivo, con las manos vacías, sin los aliados esperados, y con el luto bajo sus sombras.

¡Tantos habían sido los errores!

Además… estaba su moral en tela de juicio. Los dioses le habían concedido los dones para ser la heralda de su palabra en la tierra, de sus principios creadores y su respeto hacia la vida y el destino de cada criatura… Más aun así, había sacrificado la vida de Nadine en detrimento de la de ella misma. Tal vez el truco estúpido del vampiro había desenmascarado su propia hipocresía, esa doble cara con la cual ocultaba su supuesta “moralidad”. Por primera vez, desde hacía más de 150 años, la primogénita de Erínimar se daba cuenta que el mundo era más negro, duro y tramposo de lo que ella había vaticinado.

-Hemos de irnos pronto- sentenció luego de un profundo silencio y, cortando las intenciones de hablar de Lüdrielh continuó: - Rezaremos por Örthank antes de partir y quieran nuestros amados Señores del Mundo darme una última concesión para que sus raíces sean profundas y eternas en medio de esta vasta tierra dominada por la nieve.

El capitán quería protestar, esperar a que ella sanara, pero las palabras habían sido contundentes. Todos agacharon la cabeza y la doncella cerró sus ojos, cargando con la culpa de todas esas almas que por su negligencia, estaban sufriendo a causa de ella.

--//--

Hobb era la nueva líder entre aquellas gentes. Fue invitada a su nombramiento y como aquella mujer de rostro rechoncho y tez bonachona había sido una de las pocas caras amables del lugar recién llegaran los inmortales, Ithiwen no rechazó su presencia en aquel lugar. Entre Ärbuz y Lüdrielh, con ayuda de un tal Perik (uno de los pocos enanos sensatos del lugar) se encargaron de conseguir agua y llevarla al Asno Ventoso. Pudieron beber y darse un merecido baño, a tiempo que la princesa se atavió para el sonado evento. De entre sus objetos, tenía en los morrales una de las coronas de Erínimar oculta tras la ropa sucia del viaje, una manera recurrente de ocultar sus pertenencias más valiosas, y con cierta congoja, la vistió como homenaje a la nueva thane de Darry o’Gor. Los solares harían parte, después de siglos de historia, de un evento político de valor para los hijos de la roca.  

La enana tenía dotes de líder. Sus palabras la conmovieron, sin embargo, no paraba de sentirse incomoda, como si el futuro de todas esas almas no pudiera apaciguar el dolor de haber dado una de ellas en retribución. ¿Era egoísmo? No, no era eso. Era sensatez. Había sacrificado demasiado por una victoria que a todas luces, resultaba vana para todos. No se atrevió a mirar a aquellas criaturas que junto a ella habían batallado, como tampoco en detallar la alegría detrás de la tabernera, con sus nuevas responsabilidades. No quería percibir en ellos la misma tristeza que ella experimentaba… la misma culpa.

Un sonido a lo lejos, un aullido lastimero, servía de bajo continuo a sus reflexiones, como si la llamara.

Entonces, Hobb decidió premiar el valor de los justos, y en nombre de sus elfos, Ithilwen se adelantó para hacerse al reconocimiento que aquellas almas daban por su colaboración. Retiró su capucha y avanzó hacia la nueva thane con la soberbia y seguridad que todos los de su estirpe tienen. Al tomar la piedra, esbozó una pálida sonrisa, envolviendo la joya entre las telas con las que venía resguardada. Su destello oscuro, parecido al carbón, daba cuenta de pequeñas vetas de las cuales emanaban puntos pálidos de luz blanquecina, similar a las estrellas. “Esta es una muestra de kläptilium, parte metal parte mineral, con las facultades de traslucir el pensamiento”, pensó la solar al tiempo que la guardaba dentro de sus ropajes. Asintió ante el regalo y se fue arrinconando paulatinamente hasta perderse en medio de la multitud, cubriendo su rostro, camuflándose entre los asistentes. El alquimista, Youdar, una joven de cabellera y porte notado, Sejen, los enanos, humanos, y otros tantos rostros que ella había visto en el pasado, estaban allí, haciendo parte del festejo.

Pero Ithilwen poco tenía que festejar. Evitó la vigilancia atenta de los suyos y retirándose entre los blancos campos de nieve, se encontró en una colina, donde a lo alto, y soberbio lobo todo lo observaba.

Era Hanwi y sus palabras refrescaron su alma.

Poco después apareció un robusto enano y de nuevo se vio rodeada por los aliados que hasta hacía poco habían sido los participantes de la insólita cacería. Cada uno de ellos fue dando respuesta, pero ella se guardó la suya. Al momento de insistir el enano, ella alzó su mano y con un hilo de voz solo agregó:

-Más tarde, maese.

Cuando el grupo se disolvió, Ithilwen se acercó al kazuka que todos llamaban Perik,  y con tono lánguido pero cadencioso expresó lo que por mucho había estado reflexionando:

-Agradezco el ofrecimiento, maese enano, pero mis elfos y yo no somos seres que nacimos para la caza. Este conflicto ha traído mucha muerte, mucho dolor, y nuestras almas no están hechas para permanecer impávidas ante la sangre que cae al correr de las eras que duran nuestras vidas. Somos seres de bosques, de verde, llenos de vida y de sol, ahora en un lugar bañado en hielo y frío… Os aseguro que algo de ello llevaremos en nuestros corazones. Pero no pertenecemos a este hogar, vuestro hogar.

-Pero que sepa la Buena Leña que el corazón de esta dama y de los míos os guarda gratitud y cariño. Moveremos cielos y mares si en algo podemos extender nuestra ayuda a vosotros y vuestros principios. Somos hijos del mundo, todos nosotros, y como hermanos estaremos allí donde nos necesitéis, siempre, siempre… pues los elfos vivimos por largo aliento hasta que el ocaso de Noreth nos llama de vuelta a las raíces de las que surgimos. Id con bien, maese Perik y gracias por un ofrecimiento que sé ha salido de un alma valerosa y sapiente.

Notó la incapacidad del kazuka en hablar. Tampoco lo necesitaba, pues sus ojos hambrientos de curiosidad expresaban a la perfección lo que quería decir: él había entendido las razones. Asintieron ambos y dando la vuelta se internó en el pueblo, entre las calles, jugando entre sus dedos con la piedra guardada en su bolsillo... buscando una forja, un fuelle y el sonido del tenaz martillo.

--//--

Lüdrielh y Ärbuz parecían más encariñados con los habitantes de Darry o’Gor. Ayudaron en lo que pudieron, pero siempre que tenían la certeza que los ojos de las otras dos elfas estaban sobre la princesa. De los cuatro guardianes, ambos elfos parecían entender el dolor de los demás y asistieron a los funerales celebrados, con curiosidad y respeto pero también compartiendo el dolor de todos ellos por la caída de sus aliados y compañeros.

En la tarde de ese día, ad portas de tener todo listo para partir, Bediam apareció en la posada.

Ella no era alquimista, pero lo que los hombres de ciencia alcanzan con la fuerza de la experiencia y el ensayo y error de las teorías, los de fe lo comprueban a través de la disciplina, la erudición, la creencia y la fe. Ella observaba su arte desde la otra orilla mientras que él, como infante a sus ojos, se encontraba del otro lado, maravillado cómo la hipótesis se convertía en teoría.

Le deseo lo mejor, aunque poco más dijo. Tenía estima por aquel joven de hambre apasionante por saber, pero la vida le había enseñado que incluso en esos pequeños gestos donde ella solía ver bondad y dulzura, siempre se escondía el engaño de la farsa. Cabía la posibilidad que en el futuro de aquel mortal se escondiera la perdición de millones de almas tras su hambre de conocimiento… un apetito que tarde o temprano tendría que medir.

Suspiró pesada y volvió a la habitación, preparándose pues al alba saldrían hacia el norte, en búsqueda de los bosques de Dhuneden. Conocía Ram-Rillë, pero de niña, casi una centuria atrás. Ahora bajo sus bosques y los cuidados de los elfos tal vez lograrían borrar mucho de lo que sus almas perdieron con esa cruzada vana.

--//--

El final del tiempo en la Cordillera Dualin había arribado. A la media noche se levantó y frente al ventanal observó aún las estrellas y la luna. Oró, como poco había hecho desde que partieran de Erínimar buscando llegar a la región de Thargund. Se lavó el rostro, se trenzó el pelo, tomó sus cosas y entre ellas, una bolsa que yacía sobre la mesa donde algunos pedazos de pan reposaban. Comió con cierto apetito y a los primeros brotes de sol en el horizonte, descendió con su equipaje y el báculo en la mano.

Los elfos la aguardaban en el antiguo campamento, frente a la atalaya donde Örthänk había dado la vida. Un círculo de tierra estaba circundando el lugar, apenas notado sobre la blanca nieve que todo lo cubría. Todos tenían palas, dando a entender que desde tempranas horas habían estado cavando y dejando bajo tierra la tumba del caído. Un pequeño montículo se avistaba al centro de aquel círculo dentro del cual todos aguardaban.

La elfa abrió los ojos al notar que no estaban sólo ellos. Youdar, con el rostro maltrecho y una cicatriz que marcaba su cara, esperaba al lado de Lüdrielh con Pelos bailando entre sus piernas. Sonrió, como pocas veces en los últimos días había hecho, pues era evidente que el capitán de la guardia de su reino había encontrado en el kazuka no solo a un valiente guerrero sino a un amigo… uno que consideraba como uno de los suyos.

-Me alegra volver a veros, Youdar- advirtió la solar, acariciando el lomo naranja del minino.

-Existió una época en que humanos, elfos, enanos y demás razas mortales compartíamos en gloria nuestras batallas y nuestras despedidas. Han pasado millones de años y muchos más desde que aquella realidad se dejara atrás en pro de que cada uno, a su manera y bajo la mirada de sus propias creencias, dijera el último adiós a sus guerreros y seres queridos. Nosotros somos solares, maese Youdar, y estáis entre nosotros ahora y para siempre como uno de los nuestros- se agachó y poniendo su mano en el pecho del enano continuó: -y ahora como solar de alma, nos acompañaréis en nuestro duelo, por una de las luces caídas en este mundo de desventura.

La cara extrañada del enano seguía las palabras de la elfa. Quizás con contradicciones, o quizás sintiéndose fuera de lugar, lo cierto es que esa misma sensación había invadido a Ithilwen durante la ceremonia del nuevo thane. Entendía el pensamiento confuso del enano, así que anteponiéndose a las palabras de su joven amigo, anotó:

-No temáis por sentir que este no es vuestro lugar, hijo de la roca. A los hermanos les reconocemos aún antes de sí portan los mismos rasgos nuestros- bajó la mirada al gato y dándole cariños continuó en voz baja, como si fuera un secreto entre ambos que todos podían oír: -… pero sigue las indicaciones de Lüdrielh, así no sentiréis que hacéis mal.

Se puso en pie y con ello todos se irguieron, dejando atrás las palas con las cuales cavaron la tumba y se acomodaron alrededor del montículo dentro del círculo de tierra:

-Erínimar dice adiós a otra luz. Un hijo de su nación que en tierra foránea encontró la bendición de los justos y el sueño eterno. Que sea bienvenido entre sus ancestros y cobijado entre las ramas del primero de los árboles. Damos gracias a su alma, por vivir entre nosotros, por enseñarnos lo que el valor, la amistad, la entrega, las sonrisas y la hermandad…

Se cortó de súbito, no pudiendo evitar voltear y buscar a la arquera, quién con rostro estoico sostenía entre sus manos el arco de su hermano y en la espalda el suyo propio, el de su padre. Todos dieron tres pasos hacia atrás, quedando todos fuera del círculo, excepto la princesa y la hechicera. Läniet, sacándose la capa y lanzándola lejos, introdujo sus manos en la tierra. Su don era diestro pues en breve del montículo emergieron pequeñas formas verdes que bailaban como si un viento inexistente las hiciera mover, creciendo de a poco, otorgándole vida a medida que se alzaban y se cruzaban.  

-… significan en nuestra vida.- Continuó: -Que su luz siga protegiendo esta tierra y su vigilancia estricta advierta de peligros a nuestros nuevos aliados, porque suya es ahora la fuerza de miles de nosotros, de los eternos, y junto a ellos nunca más estaréis solo. Así os decimos hasta pronto, querido Örthänk de la Casa Drallë, gracias por tu luz, viajad en paz.

A cada palabra la solar avanzaba hasta ubicarse tras la biomante. Sacándose la capa también, junto con todos los demás elfos, como si fuera un entrenamiento militar, tomó a la hechicera por el hombro y cerrando los ojos, empezó a orar.

Musica:



… Había estado vagando por las calles tratando de encontrar la manera de lograr paz. ¿Cómo ser una enviada de los dioses si su ser padecía de esa duda existencial de no querer seguir el camino de los altos designios? Todo el tiempo que le había sido posible, había deambulado, evitando las miradas de los demás o la tristeza ajena. Necesitaba calmar su propia frustración, esa extraña sensación de sentirse perdida en un mundo que le resultaba extraño. Pero no había descifrado el acertijo para devolver su alma a la sapiencia de su inicio. Se sentía contaminada, sucia, como el aire denso que aún se respiraba en aquella región, gracias al objeto maligno. Por más que se entretuviera en las tareas de empacar, ayudar a sanar, o simplemente en caminar, la embargaba un llanto que poco podía expresar. Uno atascado entre su alma y su carne mortal.

“Una carga tan pesada, es difícil llevarla solo”.

La voz del lupino resonó y con ella las lágrimas corrieron por su rostro turbado, explotando por fin esa impotencia que la llenaba por todo lo que se había sucedido y no había podido evitar. Decidió dejarse llevar, confesándose a sí misma y a los dioses las faltas cometidas.

“Perdonadme. No merezco vuestra mirada o atención. Mi alma turbada ha vivido engañada por la falsedad del mundo y sus atisbos de luz en medio de las tinieblas. Mi ingenuidad ha cobrado caro, por no ver, por no querer entender que la desconfianza es parte esencial de la supervivencia; y yo… yo no puedo dar un paso más si no es con vuestro perdón, pues el mío propio no existe. He matado… He cortado las alas de millones de almas que merecían su futuro. Como en el pasado, una vez más la luz se ha extinguido por la acción de mis sueños, unos tan egoístas e idealistas que ahora, sólo ahora cuando todo se cae, es que veo la verdad. Y lo siento tanto… Me escose… Me mata de a pocos saber que por mi culpa… ¡¡Todo esto fue por mi culpa!!”


La luz de sus manos brilló, traspasando a las de la hechicera, y de ellas, al montículo. La danza de las plantas se volvió una trenzada y uniforme, elevándose cada vez más alto, como si buscara alcanzar los rayos del astro rey.

“No estáis sola, hija mía”, cantó el viento a sus oídos y al abrir sus ojos encontró un tronco enorme, en donde antes había estado la atalaya de vigilancia. Mucho más alto, con ramas y hojas, tantas como la vista pudiera imaginar, se irguió recto y poderoso como el más alto entre la poca vegetación casi ausente del lugar. Un pino esbelto había nacido de la semilla de luz que el alma de Örthank había dejado en Noreth. La última huella del paso de los elfos por la nación kazuka. Un último adiós a su intento de reconstruir las antiguas alianzas entre las razas.

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Ithilwen Erulaëriel

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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Malina el Lun Jul 13, 2015 6:58 am

Después de su duro peregrinaje, consiguen cruzar la frontera y entrar en su territorio doméstico, pero a menudo tardan algún tiempo en darse cuenta de que las miradas de la gente ya no son despectivas y con frecuencia son neutrales cuando no admirativas y aprobatorias.

Sin dar crédito, su cuerpo se dejaba llevar por una agradable sensación, algo cándido, fortuitamente, se aferró a sí misma, como si de un abrazo de ultratumba se tratase, recobrando paulatinamente la percepción de sus miembros, y el vigor de la sangre recorriendo sus piernas. Lo mismo iba para su corcel, que de un aspecto alicaído, vagamente iba tomando ese pulcro color negruzco que le hizo merecedora de su montura – Ya todo da igual, querido, ya todo da igual – le dijo con particular cariño, tomando las riendas del mismo, esperando. Pacientes los dos.

Fuera de toda lógica, la acción de Malina se había dejado a merced de los dioses. Entes que ni en la más filosófica de las conversaciones mantenidas con sus abuelos se hubiesen pronunciado, o que ningún profeta habría podido explicar con tal capacidad de vivencia: Algo la movía, le imbuía valor y coraje, algo en su interior le decía que cada occiso abrazado por la nieve no podía perder razón de ser. Una vez que lanzó dicho líquido, ni todas las voces que habían proferido maldecirla le provocaron tanto miedo y congoja como el fulgor doloroso de aquel espectro; la forma en que contraía sus lánguidos huesos, las expresiones vagas, le costaba articular una blasfemia… Se le encogió el pecho en un acto involuntariamente empático, “¿Por qué? ¿Pena?” evocó, desconcertada.

Alejándose poco a poco, observó el espectáculo. Se llevó una mano a la boca, cubriéndose la sorpresa – Ni todos los cánticos, ni historias… Ninguna se le compara a tan bestial forma de fenecer– pronunció. La trayectoria suicida del enano la dejaba sin aliento. El animus iba y venía, bajo el vaivén del frenesí, el desplegar de luces, gritos y alaridos causaban una conmoción tal en Malina, que la vívida imagen del “Infierno” se le hizo presente: una vorágine de lamentos, calor y torturas interminables… “Sí, algo así debe ser… Pero también algo me dice que debe ser un sitio muy espacioso” Luego de su carrera, el tiempo se había vuelto un capricho, pareciendo haberse detenido en aquella escena; la angustia era compartida por aquellos que aún quedaban de pie. Malina se tumbó en el suelo, desconcertada, apabullada, asustada, ¿qué clase de sacrificio lograba divisar? A la par, las sorpresas no se detenían: el vigor de su rostro rosáceo iba regresando a su cuerpo, como si de un milagro se tratase.

Mientras retornaba al grupo, sostenida por la necesidad de refugiarse en una cara conocida, su mirada se dirigió a la del enano que, impulsado por una sórdida voluntad, se acercaba al dicho Reilgan, objeto de banales deseos. Sintió cómo se agolpaban una cantidad no despreciable de lágrimas en sus ojos. No lo conocía de nada, en su crudo egotismo humano, se limitó a creer, toscamente que todos eran iguales y aunque la vista le decía lo contrario, consideró que ello era una forma de aplacar el dolor. De evitar el dolor de la pérdida. Su boca se movía, murmurando repetidos “no”, negándose a creer lo que veía. Sus manos, se empuñaron, impávidas; ya no tenía sentido resentirse a sus caprichos humanos. Por lejos se llevaba el papel de héroe. La noche coronaba así, fugaz como la flecha que surcaba el cielo, el fin de la tragedia.

Un silencio incomodo, penoso y devastador se había asentado en la garganta de varios. Pese a todo, la esperanza ínfima de la mujer se mantenía firme, como una vela iluminando un estrecho pasillo. Agachó la cabeza, sin poder tener el valor de acercarse a Youdar, el enano cuyo nombre sonaba con desesperación por todo el lugar, y desde la distancia observó. Su palidez natural había retornado y su fría aristocracia también. Entrecerró los ojos, lanzando una muda plegaria a lo poco que quedaba en pie de la ciudad, imploraba silente que no acabasen así las cosas ¿Por qué tanto dolor? No merece todo terminar así… Asintió con alegría al oír una voz chillona, tan altanera como la suya; vagamente lo reconoció, estaba junto al que le quitó el frasco, “¿su mecenas?” pensó con sorna, manteniendo las distancias. Sin ser un curandero, ni mucho menos un especialista, comprendió que aquello iba a ser interminable, que los sonidos quejumbrosos y las arcadas que logró escuchar, tendrían un período prolongado. Con dos palmadas al cuello de su caballo, Malina, buscó en la noche un sitio más tranquilo, dispuesta a tomar una guía para su vida y para los nuevos pensamientos que la aprehendían. Aquello era un hecho: quien descendía de la Cordillera no era ni la sombra de la mujer que solo venía a pintar. Su mano temblaba, el pulso le traicionaba. Junto con la otra, trató de gobernarla. “Hobb”, su nombre le resultaba agradable, casi musical. Necesitaba buscarla…

Los poetas comprenden que todo carece de valor sin la muerte. Sin la muerte no hay lecciones, sin la muerte no hay oscuridad sobre la cual pueda destacar el fulgor del diamante.


La idea de buscar cadáveres, le recordó el inicio de todo: la primera imagen de Darry’Gor incrustada en su retina fue la de una pira funeraria. Despertar el olor del humo en su nariz, los extraños cánticos y las nuevas costumbres. En esos momentos, aquello se volvió un tanto lúgubre: el auge de aquellos mismos recuerdos tomaba una tonalidad más vívida, como si la muerte se hubiera vuelto un hecho consciente y palpable en su frágil figura. En ese devenir de sensaciones, su rostro no mostraba actitud alguna, teniendo así que toparse cara a cara con aquel al que le había arrebatado el frasco.

Con evidente confusión, trató de articular un diálogo coherente, sutilmente ameno. Acompañada de un silencio incómodo en su interior, Malina resaltó, sin quererlo su alcurnia en frases prefabricadas, que distaban mucho de mostrar todo su dolor o su descontento con el destino. Durante el tiempo que compartió con ellos, los sintió como si fueran parte de su ínfimo círculo social, “uno más” se decía para sus adentros con zozobra, sin poder terminar completa la labor de recuperar occisos. Su malestar se extendía más allá de una simple incomodidad.

“Lo lamento mucho”, pensaba para sus adentros mientras negaba despedirse del recién conocido, guardándose el agradecimiento por haber encontrado un despojo de humanidad dentro de toda la barahúnda de fatalismos acaecidos.- Azabache, vamos – ordenó escueta la jinete, limitando su trote: necesitaba observar lo que quedaba de Darry’Gor. Su ruta le llevaba por lo que no era más que un amago de tundra, perdida en tierra de nadie. La mayoría de las antiguas mansiones señoriales que en su día habían poblado el Paseo de la calle, donde se tributaba la Casa Comunal, se mantenía todavía en pie, aunque sólo fuese en ruinas. Las calles que rodeaban la taberna trazaban una ciudad fantasma. Muros cubiertos de hiedra vedarían el paso a jardines salvajes en los que se alzaban monumentales residencias, o eso imaginaba la joven. Casas invadidas por la maleza y el abandono en los que la memoria parecía flotar, como niebla que se resiste a marchar. Muchos de estos caserones aguardarían el derribo y otros tantos serían moldeados para formar parte de caminos durante años. “Algunas, sin embargo, aún estarán habitadas”.

En ello estaba cuando una última muerte apagó la poca paz que había acunado Darry’ Gor. Para bien o para mal, el festival de la última despedida, se apresuró tras la inexplicable muerte de la mujer que aún yacía sostenida por la mirada de un hombre. Con un gesto doloroso, Malina, no tuvo el coraje de acercarse; movió la cabeza, en señal de prístino dolor, nuevamente sin poder comprender aquella brusca y terrible decisión del destino. Se oscureció con ahínco… Y aquel rincón se le antojó un tanto siniestro. Rodeado por un silencio mortal, únicamente la brisa le susurraba una advertencia sin palabras.

Con los cánticos fúnebres, la garganta de Malina, comenzó a tararear la misma melodía, junto a los sobrevivientes, observaba con tristeza las maneras de despedirse: consumidos por el fuego y abrazados por las aguas. “En ambos casos, van para el mismo sitio, ¿no?” pensó, farfullando sus dudas. No era momento para atosigar a alguien con sus inquietudes tan groseras. Comprendía que se había metido en una de las zonas "muertas" de las culturas, aquellas donde los vestigios íntimos de las razas, se atribuyen dotes que emigran más allá del entendimiento que te puede ofrecer un sacerdote. Ahí también se dio cuenta de otro cambio: la aceptación, la capacidad de atreverse a aceptar hábitos, sin necesidad de equipararlas con las suyas. Olvidarse de su egoísmo; Decidió así que lo mejor era no regresar sobre sus pasos y volver a intentar ser útil.

Estaba debatiéndose entre la fascinación morbosa hacia aquel lugar olvidado al que iban los muertos y el sentido común cuando advirtió el efímero recuerdo de dos brillantes luceros amarillos encendidos en la penumbra, clavados en ella como dagas. Tragó saliva y se frotó los ojos, “estoy cansada”, instó a su cuerpo a permanecer de pie, presintiendo el cúlmine de su estadía.

… Y se presenta la Reina de la Muerte. Y cuando eso ocurre, por lo menos en un primer tiempo, la gente le presta una extasiada y temerosa atención.


La partida fue un proceso amargo, impoluto y crucial. Y con ella, Hobb, la tabernera fue elegida Thane, el mismo cargo que ostentaba Ingrod. La visión de aquella pequeña fiera altiva y desafiante le cautivó. A juzgar por su poco lustroso porte pero su gran voz, Mali pensó lúcida, que al fin, el pueblo tendría una persona en quien recaer para su prosperidad. Recordó fútil la imagen de los tesoros de la misma, menores después del saqueo de Ingrod y la decaída Casa Comunal; “Las mazmorras estaban aún en pie”, tal vez aquel edificio albergaba algo más que los fantasmas de una urbe desaparecida.

Por vez primera, el dialecto con que se manejaban no le era ajeno, lo que permitía pensar que el contenido de la carta por la que se vio movida hasta acá, tomaba fuerza e incluso, cuerpo; si es lo que tenían al frente podía considerarse como tal: la disposición de los tesoros, la poca fe depositada en aquellos artilugios y la mezcla de personas que se vio involucrada entre los que los recibieron, comparada con la estética presentada por los sobrevivientes, indicaba algo evidente, “todos perdimos más de los que ganamos para ellos” esquivó sus presunciones infiriendo que lo que mejor podía hacer era callar y observar, una vez más, paulatinamente sus ribetes aristocráticos se posicionaban en su labia, apaciguada por el cansancio, y las ansias de saber más.

Siguiendo la diplomática charla, intentaba conservar en su memoria, algunos de los rostros conmemorados, solo por curiosidad, “¿Por qué, no está mi libreta a mano, cuando más la amerito?”, pensaba fríamente; no tenía contemplado, para sí, recibir un premio: luego de que los primeros fueron obsequiados, la incomodidad del momento se hizo patente en su rostro incrédulo. Sin embargo, provista solo de su porte, caminó despacio hacia la Thane “es Thane, no thanesa” meditaba aún el desliz categórico de aquel que había salvaguardado la salud de Youdar; inclinando su cabeza delicadamente, estiró su mano, escuchando la descripción del objeto- Eres muy amable, Hobb. Nunca pierdas ese carisma – contestó en un susurro solo para la enana. De inmediato, bajó del improvisado escenario, dejando a la mujer manejar a la plebe con entereza.

En eso estaba cuando la tentación pudo más: posó sobre una mano la joya. El metal estaba frío y la gema de esplendoroso rojo deslumbraba sus ojos, “Es hermosa”, masculló embelesada. Por un acto reflejo, se lo colocó en la mano derecha: calzaba, como si la Buena Providencia le hubiese estado esperando.

De la misma manera con la que Hobb había convocado a los cuatro integrantes, un hombrecillo, que posiblemente también estuvo desde el inicio, los llamó, apartados de todo bullicio. Y de la nada, lanzando unas declaraciones propias de su edad y vivencias, les ofreció formar parte de “Algo”. En un largo suspiro volvió a sus cabales, “Ah, ahora todo de pronto tiene un orden” Ahora el vacío que implicaba toda esta burda experiencia y su encasillamiento bajo el catálogo de “cazador” tenía una razón. Todos se estaban moviendo para responder con buenos argumentos… Excepto una: ella. De cierta forma, todos habían entregado una respuesta a la interrogante, hasta la posibilidad de “pensarlo” danzaba en sus oídos, “De verdad, ¿mis pensamientos alcanzan solo para matar el silencio?”, arqueando una ceja se dispuso a articular la implicancia de aquel ofrecimiento. “Oh, pero... ¿qué más voy a ofrecer yo? Nada" musitó cuando su boca estaba presta a contestar. Con timidez, respiró profundamente- Mis más sinceras disculpas, Perik – inició – pero, no me siento capaz de soportar, en mi escuálida capacidad física, más muertes de las que he presenciado – dio dos pasos hacia adelante y reverenció – mi sola presencia aquí causaría más molestias que beneficios. Podría ayudarles de otras maneras, no obstante… No podría decirle alguna.Ahora – El corazón deseaba con fervor permanecer allí, más su temple y su cuerpo rechazaban la idea – no me siento merecedora de ser llamada “compañera de armas” -. Finalizado aquello, se encaminó hacia la ciudad – Fue un gusto conocerles, pero mis deseos se dirigen hacia otros menesteres. Hasta pronto.

Esa maestra, madre y mentora salvaje sustenta, contra viento y marea, la vida interior y exterior.


Los días se suscitaban con inquebrantable paz, la cordillera nuevamente se hacía vestido de impoluto blanco y Darry’Gor empezaba a lucir tan bella como al principio. El cántico de la muerte, acompañaba cual murmullo los bríos de los ciudadanos para recomponer la tierra que los había visto crecer y partir. Y junto a ellos, la pintora, quien con una sonrisa se dedicaba a tareas menores: se dio el tiempo de trasladar a la tienda de campaña a los heridos, revisar con su libreta su avance y las nuevas ubicaciones que iban a tener. Era extenuante a la par que agradable. Durante su estadía y por instinto, Lewe demostró su reserva, la cual era hija del deseo de ocultar sus sentimientos. ¿Qué más podía hacer? Esperar era una decisión sabia, o más bien, la única disponible en la baraja de posibilidades. Sin embargo, no se pudo abstraer del todo: encerrarse en su egoísmo, ya deforme y cuyas posibilidades de retornar se veían efímeras; ahora tenía una misiva, por ello debía saber disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.

Hobb estaba siempre ocupada, alejada de sus influencias y de sus inquietudes. Ahora con la reconstrucción del pueblo en sus manos, el tiempo se volvía un bien precioso… -Hobb, ¡Hobb! - Una vez más la pelirrosa había regresado a su estado natural y corrió velozmente, posiblemente su ofrecimiento sonaba muy bizarra y expuesta, pero ya no tenía nada más que perder. Tomó su maletín y un rostro sereno, se acercó a la nueva Thane. No se percataba totalmente de las miradas que recibía, eran ínfimas; tomando aire y su presteza dijo – Hobb ¿recuerdas por qué vine hasta aquí? – sonriendo, prosiguió – Ya sé a quién debo pintar…- Con paso firme, avanzó hasta la entrada de la Casa Comunal, pasando cerca de un bastón de oro, aun con los recuerdos vivos, su respiración se cortó, dando una vil sonrisa en honor al recuerdo del Conde, agradeciéndole “si no fuera por tu bajeza, so acaudalado gaznápiro…”, haciendo lo mismo, al pasar cerca del inconfundible porte de Ingrod, plasmado en una escultura derruida, haciendo parte de las nuevas piedras del camino más temprano que tarde. Detenidamente, buscó entre los escombros, retazos blancos, “un lienzo”, como solía llamarle en repetidas ocasiones. Y en un arrebato brutal, tomó un espacio de pared que se mantuvo altiva, comenzando su trabajo: el rostro suave y elegante de pómulos delicados era adornado por unos grandes ojos que cautivaban todavía las miradas. “En fin”, con gráciles pasos y luego de más de tres días de trabajo, Malina, llamó a Hobb una mañana. Invitándola a evocar, le hizo entender que dicho retrato sería su forma de agradecerle, y felicitarle por todo: utilizando esbozos de pretéritas ilustraciones de su terruño.

Antes de partir, se cercioró de que no había nadie de los que habían sido llamados – Quizás se fueron antes que yo – replicó a su corcel, quien luego de descansar había ganado una montura limpia. Dejó en manos de la tabernera las hojas donde había anotado a los enfermos y sin mirar atrás, descendió. Mientras cabalgaba montaña abajo, con el vestido, ya derruido por el excesivo uso, dejó que el sol y el viento hiciera su trabajo, secando sus manos y dejando fluir el aroma de las pinturas ya utilizadas, "ya tendré tiempo para seguir usándolo", se dijo a sí misma, feliz de sentir la tibieza del sol sobre su espalda, observando la gema rojiza relucir en su palma pálida.

Los sentidos, antes abotargados por el horror, despertaron a la vida con dolorosa agudeza. Con los ojos amarillos reposando en su recuerdo, marcados a fuego en sus orbes, supo que algo iba a morir, y aquella certeza arrancó un grito de su interior, un “sí” tan desgarrador que le quemó la garganta, sumida en un extraño sabor a sangre, sin haberse hecho voz. La Malina cómoda y quisquillosa murió, debía morir. El propio grito, nacido de lo más profundo de su conciencia, la despertó de aquel trance animal y, como impulsada por un resorte, se incorporó sobre su cabalgar, manteniéndose quieta, tratando de escuchar su respiración. Un frío asolaba sus vértebras. Aquella desgracia había sido vívida, aterradora. El sonido estrepitoso de los rayos y los gritos, los ruidos desgarradores de los que le acompañaron, sus cuerpos inertes... De alguna forma, todavía sentía la piel manchada de barro y sangre, y un hormigueo en el abdomen, como si aquel daño se lo hubiese hecho ella misma. Daño y manchas que no se iban a salir fácilmente de su piel.



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Re: Cacería de la Vieja Escuela

Mensaje por Youdar el Lun Jul 13, 2015 1:03 pm

En un pasillo apenas iluminado, con las paredes esculpidas en frío mármol, una figura alta avanzaba a paso ligero. Frente al caminante, otra forma totalmente opuesta, por su corta estatura, lo esperaba. Ambos se observaron durante unos instantes, midiéndose, sin decir nada, convirtiendo aquellos segundos en eternos. De los dos, fue el de menor estatura, el enano, quien acabó por romper el silencio.

-¿Quedó alguno vivo?- preguntó, acariciando su barba, tan negra como el lugar donde se encontraban.

-Todos fueron eliminados- respondió el otro- Solo Golab y yo sobrevivimos, incluso Lenxer murió.

-¿Qué fue de “ellos”?- por la forma en la que hablaba, parecía evidente que el hombre alto debía saber a quien se refería.

-Todos vivos, y ninguno volverá a ser el mismo- al decir aquello sonrió- La elfa fue difícil, pero me esmeré mucho en lograr que se sintiera dispuesta a buscarme. Una lástima que tuviera que sacrificar a Ruby.

-¿Y el Reilgan?- la voz del enano no podía ocultar sus ansias por conocer la respuesta.

-Todo su poder envenena ahora el cuerpo de aquel estúpido. No creo que Ananke o Nikochis sean conscientes de lo peligroso que es dejarle ir y venir a su antojo.

-Todo según lo planeado. Has hecho un excelente trabajo, Vanstiel- el kazuka se disponía a marcharse, cuando el Lord Vampiro volvió a dirigirse a él.

-Hay algo más- dijo, preocupado- Algo que no salió como esperábamos. Ahora la Buena Leña lo custodia, inconscientes de que está allí.

-Puede seguir allí, no nos hará falta por el momento. ¿Golab sabe que estabas con nosotros desde el principio?

-No, Giurin, nadie lo sabe. Supe hacer bien mi papel y él cree que nos hemos unido a vosotros para que nos protejáis de los dioses- Vanstiel adoptó una postura mucho más relajada, consciente de que el enano ya había obtenido las respuestas que quería.

-Protegeros de los dioses- por primera vez desde que habían comenzado a hablar, Giurin daba una pequeña muestra de humanidad, alegrando el rostro que se ocultaba tras la espesa barba- Será divertido cuando los dioses descubran que son ellos los que deben protegerse de nosotros.

-¿Han avanzado las cosas durante mi ausencia?- la curiosidad devoraba a Vanstiel.

-Así es, estamos a solo unos meses de ponernos en marcha. La unidad ha buscado mucho, y ya tenemos localizado al nigromante- Giurin se dio la vuelta, comenzando a caminar. Hizo una señal al Lord Vampiro para que lo siguiera- Dime ¿Cómo reaccionó el alquimista al encontrar el puñal de Lenxer?

-Hizo justo lo que pensamos que haría. La avaricia pudo con él. Lo llevan en la sangre, los alquimistas son demasiado curiosos por naturaleza, llevan en su piel el estigma del Profanador- Vanstiel ajustó sus zancadas a las cortas piernas del enano.

-Tuvimos suerte, todo hay que decirlo. No contábamos con que el espiritista se enamorase de la cazadora. Aunque,- le dio unas palmadas en la espalda al vampiro- siempre podrías haber hecho con él lo mismo que con la elfa.

-Hubiese sido más difícil incluso, pero al final habría acabado funcionando. La mujer noble también ha quedado destrozada, como suponíamos. Era la primera vez que podía sentir tanta muerte a su alrededor- sus pasos les encaminaban hacia un gran ventanal, por el que entraba la luz de las tres lunas. Giurin le señaló a Vanstiel un gran navío, una galera, en cuya cubierta unos hombres colocaban cuatro dorados cañones.

-Háblame de Youdar, Vanstiel. ¿Cómo ha tratado el tiempo a mi maestro?
CONTINUARÁ

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Proximamente:

En un mundo donde los dioses ansían llevar más allá su poder,



en el que villanos infames tratarán de poner fin a todo lo que es justo y bueno,



solo unos pocos héroes intentarán detener al mal.



Para ello, deberán contar con viejos aliados



y enfrentarse al hechicero más poderoso de todos los tiempos.



¿Vas a perderte tan colosal batalla?

Próximamente, en tu mejor foro de rol,

CUENTOS DE NORETH

Una aventura donde la presa nuevamente eres tú:

CACERÍA II: RUNAS DE PERDICIÓN



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Re: Cacería de la Vieja Escuela

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