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El aleb de las cosas

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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Mayo 06, 2015 4:56 pm

Apenas tuvieron que andar, la verdad. Los establos suelen estar cerca de las entradas a la ciudad, pues no siempre resultaba sencillo moverse por calles atestadas de gente con un animal grande y asustadizo. Vilem entró en el establecimiento por una amplia puerta, con la naturalidad de haberlo hecho ya muchas veces.

-Hola –saludó con un tono alto-. He traído al caballo.

Bediam se sorprendió de no ver más caballos, a pesar de ser una caballeriza.

-¿Y los caballos?  –susurró el alquimista.

Vilem metió su animal en uno de los compartimentos, le acarició la cara con suavidad y cerró la puerta para que no se escapase.

-No hay más –respondió.

Una puerta se abrió en el fondo y de ella emergió un hombre ya entrado en años, pero con una mirada aún muy viva.

-¿Qué tal te ha ido hoy?  –le preguntó a modo de saludo.

El jinete se encogió de hombros y le tendió los cinco kulls de bronce. El hombre los cogió y se los guardó en un bolsillo.

-No ha sido un buen día, ¿eh?  –murmuró.

Vilem se encogió de hombros, se despidió y salió de allí, seguido del alquimista.

-¿Por qué le has dado el dinero?  –quiso saber Bediam, extrañado.

-Es su parte  –le informó el jinete, sin detenerse ni mirarle-. El caballo es suyo.

La conversación se estancó ahí, y caminaron sin decirse nada hasta llegar a una posada, tal como Vilem le había prometido. Se sorprendió el alquimista al ver que no se despedía allí, sino que también el jinete entraba al local.

-Buenas, Al  –saludó al mesero-. Te traigo un viajero.

El tal Al era mayor que ellos, tal vez unos cuarenta, y devolvió el saludo con alegría, animado al ver clientela.

-Te advierto que es un tacaño  –continuó mientras se sentaba en una silla-. No le sacarás más de 60 kulls.

Bediam tragó saliva, incómodo. Miró al posadero, que por fortuna mantenía una sonrisa educada.

-¿Entonces 60 kulls por pasar la noche?  –sugirió.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Mar Jun 16, 2015 8:55 pm

El alquimista sopesó sus opciones y a la vista de que no tenía muchas, se resignó y asintió.

-Siempre y cuando incluya la cena –cedió.

Al resopló, aunque sin perder su expresión desenfadada.

-¿Y por qué no mejor te pago yo a ti? –se quejó-. 65 kulls, si quieres cenar.

Bediam dudó, consciente de que tenía que poner su expresión más desvalida si quería conseguir algo acorde a sus reservas.

-70 kulls –sentenció-. 60 ahora y 10 en cuanto pueda. Incluyendo la cena y el desayuno de mañana.

El posadero se removió detrás de la barra, con la vista fija en él. No sonreía, pero no parecía hostil. Todavía.

-¿No estarás intentando jugármela, verdad? –preguntó muy despacio.

Sin darle tiempo a contestar, se giró hacia Vilem.

-¿Qué opinas? –inquirió- ¿Te fiarías?

El jinete se encogió de hombros. Bediam no consideró que el gesto fue del todo malo, teniendo en cuenta que no habían intercambiado más que un par de frases.

-Antes me ha dicho que el dinero que le queda era para pasar la noche y para comprar provisiones –recordó-. Así que supongo que mañana se irá de aquí.

El gesto del posadero se ensombreció y Bediam dio un paso atrás.

-¿Pensabas largarte sin pagar? –le acusó-. ¿Qué eres, un sucio valashiano?

-Tiene pinta de shike –añadió Vilem, con media sonrisa.

-Perfecto –bufó Al-. Un shike de Valashia. Gracias, sobrino.

Bediam frunció el ceño, pero se contuvo. La gente de las Nalini, por lo general,  despreciaba a los valashianos, sus gobiernos corruptos, sus rencillas por el poder, sus fronteras cambiantes y su falta de unidad.  La intermitente pero constante guerra entre Dalkia y Shading cortaba ahora sí ahora también las rutas de comercio terrestre del Triunvirato con Zheroker, las Daulin y la Ciudad Esmeralda. Si no fuese por el potente comercio marítimo de Nanda (y en menor medida Naresh) y el sentimiento de unidad que tenía toda la Espada de los Mares, aquella sería una región muy pobre. Por eso, llamarle valashiano había sido un insulto, poco más que llamarle animal.

-No soy de Valashia –replicó Bediam, tratando de serenarse-. Nací en Naoren, al noreste de Narenda. Soy de la Espada.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Mar Jun 16, 2015 9:44 pm

El gesto de los dos hombres se relajó. No fue solo por no ser extranjero. Lo vio en los ojos de ambos: le consideraban un paleto.

Según la leyenda, tres hermanas Nalini fundaron tres ciudades, las tres grandes metrópolis humanas de Ujesh-Varsha. Las tres ciudades formaron el triunvirato: se repartieron la Espada, formando tres regiones, y firmaron los pactos de no agresión y ayuda mutua. Pero eso no significaba que no hubiese población fuera de las tres grandes urbes.

A lo largo y ancho de la Espada habían diseminados multitud de pequeños pueblos, y alguna modesta ciudad. La más grande de las nuevas ciudades era Naoren, que había crecido gracias a encontrarse en la ruta comercial terrestre que conectaba Valashia con Narenda, capital de las Nalini. Naoren había crecido mucho, y tenía una cantidad de población considerable… pero, a ojos de los habitantes de las ciudades originales, ellos no eran más que pueblerinos incultos. Los pueblos también sentían animadversión hacia las grandes ciudades y su pomposidad.

Naoren se encontraba en un fatal punto intermedio: lo suficientemente grande para sufrir los recelos de los pueblos, pero demasiado pequeña (y sobretodo, demasiado poco antigua) para estar al lado de las tres ciudades hermanas.

Pero bueno, era más fácil negociar con desprecio que con odio. Aún quedaba otro punto que resolver.

-Tampoco soy shike –continuó el alquimista, ignorando las miradas de ambos-. Soy cite.

Vilem se rió y se dejó caer en una silla.

-Solo te estaba tomando el pelo –reconoció-. Me gusta ver la cara que pone Al cuándo piensa que tiene a un shike cerca. Es todo un poema.

Bediam compuso una sonrisa forzada y miró a Al directamente.

-Pues si eres cite sabrás que las deudas-

-Las deudas se pagan –atajó el alquimista, muy serio-. Lo sé muy bien.

El posadero se rascó la cabeza, indeciso.

-Venga, tío –le azuzó Vilem-. Aunque te pague los 60 kulls no vas a perder dinero, acepta el trato. Hay que tener un poquito de fe en la humanidad, ¿sabes?

-La fe se la dejo a los clérigos –gruñó Al-. Yo soy más de que me demuestren que hay motivos para confiar.

-Te juro que te pagaré en cuanto pueda –prometió Bediam rápidamente-. No soy un ladrón, ni un estafador.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Jun 17, 2015 9:32 am

El posadero aún dudó unos segundos, pero al final suspiró y le tendió la mano al alquimista. Éste correspondió el gesto tendiendo la suya, y sellaron el trato con un apretón.

-Espero no arrepentirme de esto –murmuró Al.

-No lo harás –replicó Bediam al instante.

El hombre se encogió de hombros, resignado. Como gesto de buena voluntad, el alquimista sacó los 60 kulls en ese mismo instante y se los tendió al posadero. Al ver el dinero, se le iluminaron los ojos y le volvió la sonrisa.

-Esto es otra cosa –comentó-. Bienvenido a la posada.

Bediam agradeció la cortesía, aunque le dolió perder su dinero. Ya apenas le quedaban monedas… Más valía que Kheme fuese la respuesta a sus problemas.

-Bueno, resuelto este tema… ¿de dónde rayos sales? –preguntó Vilem-. Tienes una pinta lamentable.

El alquimista se echó un vistazo: Tenía los bajos de la túnica y los pantalones llenos de barro de cuando se había metido en el río, además de estar polvoriento. Y le faltaba una bota.

-Me perdí en el bosque de camino a aquí–confesó-. Y me atacó un couru.

-¡Vaya, un gato couru! –exclamó el jinete, sorprendido- ¿Y has salido de una pieza?

Aquello hinchó un poco el orgullo de Bediam. Se encogió de hombros, haciéndose el interesante.

-Lo espanté –explicó, como si fuese la cosa más normal del mundo.

-No tienes pinta de ser capaz de espantar a un couru –observó Al, no muy convencido.

El alquimista no respondió al instante. No siempre era bueno revelar todas las cartas desde el principio, y menos cuando no sabes si son buenas o malas. Si les decía que era alquimista, podría reaccionar mal, pues cualquier profesión que se saliera de lo normal solía causar recelo… O peor, podían reaccionar bien y empezar a pedirle cosas. Y no tenía nada, había perdido sus pociones en aquel incidente en su ciudad. Un alquimista sin pociones era lo mismo que… nada.

-Tengo mis métodos –respondió, críptico.

Aunque se notaba que les picaba la curiosidad, ninguno de los dos siguió preguntando por el couru.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Jun 17, 2015 1:00 pm

-¿Y qué trae a alguien del interior a nuestra bella Nanda? –preguntó el posadero.

-Estoy buscando a alguien –respondió el alquimista, sin decidirse a confiar en aquellos hombres.

-¿Una mujer? –aventuró Vilem.

Bediam sonrió y asintió. Los otros dos le miraron con camaradería, pero el alquimista sacudió la cabeza, consciente de lo que pensaban.

-No es eso –aseguró-. Prometió ayudarme con un asunto si acudía a ella.

Con soltura, se llevó la mano a la bota para sacar el mapa que Kheme le había dado y lo desplegó en la mesa.



-Tengo que llegar aquí –dijo, señalando la X marcada en el mapa-. ¿Sabéis si hay alguna ciudad o algo en ese punto?

Vilem se acercó al mapa y lo examinó con calma.

-La verdad es que no suelo cabalgar hacia el sur, así que no estoy completamente seguro, pero creo que hay un pueblo en esa zona –respondió.

A Bediam le dio un vuelco al corazón. Iba a conseguirlo.

-¿Podrías llevarme? –preguntó el alquimista.

El jinete le miró con tranquilidad.

-¿Cuánto dinero te queda? –quiso saber.

Bediam sacó la bolsa que llevaba dentro de la túnica, las juntó con las de su bolsa principal y las contó. 42 kulls de bronce. Era todo lo que le quedaba tras haber pagado. Con un movimiento lento, Vilem cogió 5 kulls, que era lo que le correspondía por haberle traído. Quedaban 38, y 10 se los tenía que dar al día siguiente.

-¿Es todo lo que tienes? –se sorprendió Al.

El alquimista asintió con la cabeza, abatido. Nunca había tenido demasiado dinero, pero estaba pasando por una racha especialmente mala. Se estaba aferrando al encuentro con Kheme con todas sus fuerzas. Si no resultaba como esperaba, estaría en la más completa y absoluta ruina.

-Podemos llegar en una jornada, si salimos temprano –calculó Vilem-. Pero no quiero regresar cuando el sol ya se haya puesto, así que tendría que hacer noche allí. Aunque me dieses todo lo que te queda, no me sale a cuenta.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Jun 17, 2015 1:29 pm

No estaba tratando de sacarle más dinero, realmente no merecía la pena perder dos días enteros por llevarle a aquel pueblo a cambio de menos de 30 kulls. Andando le costaría dos días, puede que tres, con sus correspondientes comidas.
El oeste de la Espada no era una mala zona, pero no se sentía con ánimos para vagar por allí hasta dar con un pueblo.

Necesitaba al jinete.

-Te prometo que en cuanto tenga el dinero, yo-

-No insistas –le cortó Vilem-. Apenas tienes donde caerte muerto. Yo también tengo que comer, ¿sabes? Y no puedo trabajar si tengo que estar llevándote de un sitio a otro. Consigue el dinero y hablamos.

-¿Ahora no le fías? –gruñó Al- ¿Dónde ha quedado lo de la fe en la humanidad?

-Una cosa es hacer un pequeño descuento y otra muy distinta perder dinero –se defendió el jinete.

El alquimista agachó la cabeza, abatido.

-¿No tienes nada que puedas empeñar? –sugirió el posadero-. Tu ropa desde luego no, pero algo que lleves en esa bolsa.

El alquimista sacudió la cabeza. No tenía pociones, lo único que le quedaba era la piedrafuego, ya gastada. Podía ser que alguien le encontrase algún valor, pero lo dudaba bastante, teniendo en cuenta que ya no iba a prenderse sola. Lo único que podía vender eran sus herramientas de trabajo, pero no se sentía cómodo haciéndolo: eran su forma de ganarse la vida. Si las vendía, como decía el dicho, sería “pan para hoy, hambre para mañana”. Del mismo modo, no podía deshacerse de su cinturón, ni su daga. Sencillamente necesitaba todas y cada una de las cosas que tenía.

-¿Por cuánto estarías dispuesto a llevarme? –preguntó el alquimista, para tratar de estimar cuanto le faltaba.

Vilem se llevó un dedo a la barbilla, pensativo.

-Pues a ver… -reflexionó-. El trayecto es largo, dos jornadas, así que 60 kulls por eso. Pero tengo que parar a descansar y tanto el caballo como yo tenemos que comer, así que súmale otros, digamos, 50 kulls.

Bediam suspiró, consternado.

-Bueno, dejémoslo en un kull de plata –sentenció el jinete-. Estoy acostumbrado a comer poco y dormir mal.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Jun 17, 2015 2:08 pm

El alquimista asintió, abstraído. Sabía que le estaba haciendo un favor, pero sencillamente no iba a poder conseguir el dinero. Tenía una cuarta parte de ese dinero, ¿cómo iba a poder multiplicarlo… dos veces? Podía intentar algún juego de azar, pero si perdía ya no tendría para comprar comida. No podía arriesgarse.

-Me gustaría lavarme –comentó, dando por zanjado el tema.

-Hay una tina atrás –le informó el posadero-. Cuando acabes, tira el agua por el sumidero.

El alquimista parpadeó, extrañado.

-¿Sumidero? –tanteó.

Al y Vilem se miraron, sorprendidos. Trataron de reprimir una sonrisa, pero no lo consiguieron.

-El subsuelo de Nanda está lleno de canalización que dan al mar –le explicó Al con condescendencia-. Muchas casas tienen una salida a esos canales subterráneos para poder tirar el agua usada sin tener que cargarla fuera de la ciudad.

-Sé lo que son las alcantarillas –se defendió Bediam, irritado-. No sabía que la salida de cada casa se llamase sumidero.

Al se encogió de hombros. Le consideraban un paleto. Sabía que existían esos desagües, pues los había en las zonas más ricas de su ciudad, pero dudaba que los hubiese en cualquier otra parte de la Espada que no fuese las tres Nalini. Sin duda, en las ciudades grandes disponían de unas comodidades que a los pueblos pequeños les estaba vedada. No pudo evitar sentir cierto rencor hacia aquellos hombres.

Bediam fue hasta el fondo de la posada, donde accedió a una pequeña habitación mal iluminada, donde estaba la tina llena de agua limpia. Se desnudó y se lavó lo mejor que pudo. Estuvo tentado de lavar también su ropa, pero no tenía más prendas, así que se contentó con sacudirlas un poco y arrancar todo el barro que pudo.

Cuando salió, se sentía un poco mejor. El posadero y el jinete estaban cenando, y le habían dejado un plato con patata y zanahoria, con un poco de caldo de pescado. El alquimista se sentó con ellos y devoró su ración.

-¿Al final que vas a hacer? –le preguntó Al.

Bediam se encogió de hombros.

-Iré andando, qué remedio –se lamentó-. El dinero que me queda lo necesito para comida.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Jue Jun 18, 2015 10:26 am

Ninguno de los dos hizo ningún comentario, pues sabían que estaba en sus manos arreglarlo. Siguieron comiendo en silencio, hasta que los tres platos se vaciaron. No entró ningún otro cliente mientras cenaban, ni bajó ninguno a por su plato. Estaban los tres solos en la posada.

-Bueno, ¿os apetece jugar a las cartas? –sugirió Vilem, mirando de reojo al alquimista.

Al asintió, recogió los platos y se fue a la cocina. Bediam estaba físicamente agotado, pero hacía tiempo que no hacía otra cosa que viajar y le apetecía poner su mente en marcha, así que accedió.

-¿A qué jugamos? –preguntó el posadero mientras se sentaba y ponía las cartas sobre la mesa.

-¿A “Muralla”? –propuso el alquimista.

Vilem asintió, y Al empezó a repartir las cartas. “Muralla” era un juego muy popular en el triunvirato. Era una guerra sin cuartel entre todos los jugadores, donde las alianzas y las traiciones estaban a la orden del día. La mecánica era sencilla, lo que hacía interesante el juego era todo el entramado de negociaciones y pactos que se formaban alrededor de cada partida.

La partida la empezó Bediam robando una carta. Tenía que decidir entonces si quería atacar a alguno de los otros jugadores y con qué carta quería hacerlo. Se decantó por ir a por Vilem, empezando con una de sus mejores cartas.

-¿Entonces te dedicas a llevar gente hasta Nanda con el caballo? –le preguntó el alquimista.

El jinete frunció el ceño al ver lo mal que había empezado, pero rápidamente mudó su expresión.

-Sí, aunque también ayudo en la descarga de barcos cuando faltan manos –explicó-. Trabajo en lo que me va saliendo.

Era el turno de Al, y fue a por Bediam. Le lanzó una figura, pero el alquimista se defendió con la carta adecuada, y el ataque quedó anulado.

-¿Y tú a qué te dedicas? –le preguntó Vilem, mientras robaba. Era su turno.

Bediam dudó un instante... Pero en vista de que no iban a ayudarle de todos modos, no tenía nada que perder.

-Soy alquimista –contestó.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Jue Jun 18, 2015 11:09 am

Al frunció el ceño, extrañado.

-¿Alquimista? –preguntó.

Bediam asintió. Vilem no reaccionó de ningún modo, sencillamente le lanzó una carta que no fue capaz de detener, pues había gastado su única defensa contra el ataque del posadero.

-¿Y eso no da dinero? –se extrañó Al-. Pensaba que podíais, no sé, convertir el metal en oro y esas cosas.

El alquimista robó dos cartas en vez de una, sacrificando su turno de acción. Tras observarlas detenidamente, descartó una de las antiguas.

-Perdí lo que tenía en un incidente en mi ciudad –explicó-. Me faltan materiales para poder hacer algo que pueda vender.

-¿Y qué cosas puedes hacer? –se interesó Al, mientras robaba carta y le lanzaba a Vilem.

-Sé hacer un par de cosas –explicó Bediam-. Somníferos, adhesivos, fertilizantes…

-¿Medicinas? –preguntó el jinete, como de pasada.

El alquimista negó con la cabeza.

-Sé lo que cualquier vendedor ambulante debería saber para no morir en el camino –admitió-. Pero nada de pociones milagrosas para burlar la muerte.

Vilem robó una carta y se la lanzó a su tío, sin prestar demasiada atención. Al contraatacó y al final fue el jinete quien acabó escaldado.

-Y la mujer que vas a ver… -dudó Vilem.

-Es otra alquimista –acabó Bediam, mientras robaba. Esta ronda se había librado de ser atacado-. Ella sí que sabe de medicina, y mucho.

Tío y sobrino se miraron. Bediam le lanzó una carta a Al, que tras haber contraatacado a Vilem tenía poco con lo que defenderse.

-Me dieron una paliza de muerte, pero me dejó como nuevo en un instante –continuó-. Prometió enseñarme si acudía al lugar del mapa.

El posadero robó dos cartas, y descartó una, tal como había hecho Bediam el turno anterior.

-Y esa mujer… -murmuró-. ¿Puede ella burlar a la muerte?

Bediam y Al se miraron. Allí había más que simple curiosidad. Algo pasaba.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Jue Jun 18, 2015 11:38 am

-Puede –respondió el alquimista, cauteloso-. Se lo preguntaré cuando la vea.

Era el turno de Vilem, pero no robaba. Miraba a Bediam muy seriamente.

-Creo que podemos llegar a un acuerdo –dijo.

-Soy todo oídos –respondió el alquimista.

-Te llevaré en el caballo a cambio del dinero que te queda… y una promesa –propuso el jinete.

-¿Qué promesa? –preguntó Bediam.

Vilem fue a hablar, pero su tío le detuvo. El alquimista miró a Al. Estaba muy serio.

-Mi padre murió vomitando sangre –le explicó-. También lo hicieron mi hermano y mi hermana, su madre. No es una muerte agradable.

El jinete agachó la cabeza, consternado. Debía ser un tema difícil para ellos.

-Sé que yo también tengo la enfermedad, dormida dentro de mí –continuó el posadero, lúgubre-. Ningún matasanos puede ayudarme, eso lo sé…

La mirada que le echó fue muy elocuente.

-¿Quieres que yo…? –dudó Bediam.

-Acaba con la maldición de nuestra familia –atajó Vilem, nervioso-. Yo tampoco quiero morir ahogado en mi propia sangre.

-Tal vez puedas convencer a esa mujer para que nos cure, o tal vez puedas hacerlo tú mismo una vez hayas aprendido –apuntó Al-. Tenemos algo de dinero, podemos pagarlo.

El alquimista se removió, incómodo.

-¿Y qué pasa sí ella no sabe cómo curaros? –preguntó.

El posadero se encogió de hombros, resignado.

-Pues lo habremos intentado –respondió-. Aunque si es tan buena como dices, seguro que puede.

No era la primera vez que veía un caso así. Gente al borde de la muerte, desesperada. Gente que estaba dispuesta a creer cualquier cosa, y de la que era muy fácil aprovecharse. Siempre que iba a algún pueblo a vender sus cachivaches, se le acercaba alguna de esas pobres almas, suplicando ayuda… que él no podía darle. Nunca se había aprovechado de esas personas porque su conciencia no se lo permitía, por muy vacía que tuviese su bolsa, pero sabía que otros sí lo hacían.

Lo que le estaban proponiendo era justo lo que necesitaba. Y eso era lo peor.
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