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El aleb de las cosas

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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Miér Jun 24, 2015 7:58 pm

La alquimista le fulminó con la mirada y le tendió las rendas.

-Agarra –le pidió-. Voy a por algo de desayuno.

La mujer desapareció en el interior del carromato y emergió pasados unos minutos con un buen trozo de pan y con cecina. Comieron con calma, sin hablar. Avanzaban lentamente, así que no había prisa por acabar.

Cuando acabaron Kheme todavía parecía algo molesta, así que en vez de retomar el tema, Bediam le hizo un breve resumen de su vida, que la alquimista escuchó con atención. Pasó bastante por encima de sus primeros años, excepto de su primer experimento. Le explicó su bancarrota y la deuda con los Lanning, pues ella había formado parte en aquella historia. Le contó cómo se había ganado la vida desde que había huido, y como se había esforzado por aprender. Y, claro, le contó cómo había conseguido encontrarla. En algún punto del relato ella había dejado de mirarle y estaba absorta en mirar al burro, aunque era evidente que le escuchaba.

Cuando acabó, ella no reaccionó de inmediato. Tardó un par de minutos.

-Así que te dedicas a ir vendiendo pociones, ¿eh? –murmuró Kheme lentamente.

Había cierto tono acusador que no gustó al alquimista.

-Lo mismo que tú –se defendió.

Ella negó con la cabeza.

-No –respondió con mucha seguridad-. Tú ofreces unos productos y quien quiere los compra. No sabes para qué los van a usar, ni si son lo que necesitan.

Ambos se miraron a los ojos: ahora estaba seguro, ella desaprobaba esa forma de actuar. ¿Era lo único que había entendido de su historia?

-¿Y qué haces tú? –quiso saber Bediam. Se sentía entre molesto y avergonzado.

Kheme sonrió, orgullosa. A pesar de su sonrisa, la situación era tensa.

-Quien acude a mí no lo hace buscando una poción, te lo aseguro –le dijo-. Viene con un problema y yo le doy una solución.

El alquimista pensó que eso no era más que una forma enrevesada de decir lo mismo para darse ínfulas, y así se lo hizo saber.

-Pero esa solución consiste en dar una poción –replicó-. Lo mismo que hago yo.

La mujer negó con la cabeza con un aire de superioridad bastante irritante.

-No todas mis consultas se solucionan con un brebaje –objetó.

-Tampoco las mías –se apresuró a decir Bediam.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Jue Jun 25, 2015 9:29 pm

Kheme se sacudió las migas de pan de su ropa y dejó de mirar al alquimista.

-Y a quien no podías ayudar con pociones… ¿se iban con las manos vacías? –preguntó.

Bediam asintió a regañadientes.

-En eso nos diferenciamos –sentenció la mujer.

-Vilem, mi amigo, no opinaría lo mismo -le espetó el joven, irritado.

Lejos de enfadarse, Kheme compuso una sonrisa cansada.

-Eso es distinto –aseguró-. Es cierto que hay gente que sale de mi carromato con las manos vacías, como tu amigo…

Se calló, como si estuviese buscando las palabras adecuadas.

-… pero no es porque yo no sepa cómo solucionar su problema –continuó-. Es porque no quiero hacerlo.

Bediam no esperaba una respuesta tan franca y se quedó algo traspuesto. Kheme no pareció darse cuenta en un principio, pero lo hizo en cuanto le miró.

-Crees que actúo mal negándole mi ayuda a quien yo quiera –observó-. Pero resulta que hay mucha gente en este mundo, y no todas las cosas que desean conviene que se cumplan.

-¿Y por qué eres tú la que decide que deseos se pueden cumplir y cuáles no? –inquirió el alquimista, agresivo.

Kheme tenía una forma de hablar que le ponía nervioso. Hablaba como si fuese mejor que lo demás. Como si fuese mejor que él. No era la primera vez que se encontraba con alguien prepotente, pero en otras ocasiones, cuando se había topado con alguien así, siempre sabía que él tenía conocimientos que el otro no y eso le hacía sentir bien…

Pero ahora Kheme realmente sabía mucho más que él, justo en el campo al que dedicaba su vida y, por si fuera poco, consideraba que había actuado mal, que se había equivocado en todo y, básicamente, que todos sus esfuerzos y sacrificios no habían servido para nada. No podía escudarse en que ella no entendía de qué estaba hablando. No podía escudarse en que era estúpida. No podía escudarse en nada… Y por eso se sentía tan irritado, porque le estaban diciendo verdades que no le gustaban, y lo estaban haciendo con muy poco tacto.

-Decido yo porque soy yo la que concede los deseos –contestó la alquimista muy seria. Era evidente que no se le había pasado por alto el tono impertinente de Bediam-. Es mi responsabilidad.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 6:09 pm

Antes de que el chico pudiese decir nada, Kheme siguió hablando. Se notaba que era algo a lo que le había dado muchas vueltas, porque no dudó ni vaciló.

-Piensa en lo que pasaría si todos y cada uno de los seres racionales que habitan Noreth pudiesen pedir un deseo y se cumpliese –le pidió-. ¿Crees que sería algo bueno… o algo malo?

La perspectiva de que cada demonio del Foso pudiese pedir algo le heló la sangre. Pero no quería darle la razón.

-Pero hay más gente buena que mala –murmuró Bediam, aún turbado.

Kheme negó con la cabeza.

-En Noreth hay gente realmente malvada y también gente realmente abnegada, con un corazón tan puro como el de un recién nacido –comentó la mujer-. Pero ambos extremos son una minoría.

Las palabras de Kheme le evocaron el recuerdo de gente que había conocido, gente que no era mala, aunque tampoco buena. Gente estúpida o sencillamente profundamente equivocada en algún tema, y se dio cuenta de que también harían mucho daño con sus deseos. Seguramente incluso más daño, porque eran muchos.

Pasó unos minutos cavilando sobre ello, hasta que la alquimista le sacó de su abstracción.

-¿Has llegado a alguna conclusión? –le preguntó.

Le fastidiaba admitirlo, pero ella llevaba razón.

-Supongo que mucha gente haría daño sin proponérselo –reflexionó Bediam a regañadientes.

Kheme asintió, conforme.

-Supones bien –afirmó-. No hablo de forma hipotética, Bediam. He oído muchas peticiones  y algunas de las más horribles las pedían personas con la mirada limpia y con la convicción de ser honestos. Recuerdo a una mujer me pidió que le diese algún remedio a su hija para evitar que volviese a menstruar, sin ser consciente que me pedía volverla estéril. Y también recuerdo a muchos otros que lo único que anhelaban era causar dolor porque creían que era justo.

La alquimista miró a Bediam muy seriamente.

-Hacer algo que está mal porque alguien te ha pagado no te exime ni ligeramente de la culpa –sentenció-. Si le vendes un veneno a un hombre y mata a alguien con él, pesará sobre tu conciencia tanto como sobre la suya. Ser amoral teniendo poder es inmoral, espero que lo entiendas.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 6:15 pm

Aquel discurso le hizo sentir terriblemente incómodo y le formó un nudo en el estómago. Le hizo sentir del mismo modo que le hacía sentir su madre cuando era pequeño y hacía algo mal sin saberlo. Le hacía sentir desvalido y fuera de lugar.

-¿Por eso no quieres enseñarme? –murmuró Bediam, dolido- ¿Crees que planeo utilizar lo que me enseñes para ayudar a malas personas?

Kheme sacudió la cabeza.

-No –respondió-. Creo que no tienes ningún plan. Eres de esa clase de personas que quiere poder y no sabe para qué.

El alquimista no respondió. Se quedó callado, sin saber que decir.

-¿Qué es lo que buscas en la vida, Bediam? –insistió Kheme.

-Aprender alquimia –respondió al instante.

Ella volvió a negar con la cabeza.

-Eso no es un fin en sí mismo –se lamentó-. La alquimia es una herramienta, una rama del conocimiento. Es una forma de conseguir algo.

-No veo que mal puede hacer aprender por el placer de hacerlo –se defendió Bediam.

Kheme suspiró y se alisó la ropa.

-Voy a contarte una historia –anunció.

Aquello le sorprendió, aunque no quería demostrárselo a aquella mujer.

-Hace mucho tiempo, existió un chico más o menos de tu edad,  alquimista también –empezó-. Tenía mucho talento y una curiosidad desbordante, pero, igual que tú, no tenía ningún propósito concreto. Se internó solo en el bosque y en soledad aprendió.

Bediam sintió el impulso de quejarse, pero ella parecía concentrada y no quiso interrumpirla.

-Fue capaz de captar el aleb, por lo menos en parte, pero no se detuvo ahí, no –continuó-. Descubrió algo más. Aprendió a copiar párrafos enteros del aleb de criaturas y a introducírselos a otros.

¿Se podía introducir “párrafos” del aleb de un ser en otro? Resultaba inquietante… y fascinante.

-¿Qué por qué lo hizo? Pues porque podía, y por ningún otro motivo –relató-. Dotó a bestias de razón y de grandes poderes. Creó engendros. No se planteó si lo que estaba haciendo estaba bien o mal. El resto de alquimistas le odiaban y lo marginaron por sus atrocidades, pero a él no le importó. Pensó que lo tenía todo controlado, pero no era así: sus creaciones se envilecieron y atacaron a otras personas, modificaron su aleb y les hicieron cosas horribles.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 6:50 pm

Bediam se miró el brazo: tenía el vello erizado. ¿Le contaba aquello solo para asustarle?

-Él mismo fue víctima de sus hijos y sufrió un destino terrible –acabó-. ¿Y sabes qué? Ni en un solo instante hubo pizca de maldad en su corazón. Solo curiosidad y una alarmante falta de moralidad.

La alquimista se le quedó mirando muy seria, como esperando su reacción.

-Nunca había oído esa historia –admitió Bediam, turbado.

-Pues deberías –dijo ella, cortante-. Es la historia del Profanador. Él dio vida a los antropomorfos y es el mayor estigma de nuestra profesión. El caos que reina el bosque de StorGronne es su legado, y es algo de lo que como alquimista me avergüenzo profundamente… y tú también deberías.  Cuando manipulas el aleb, su historia no puede abandonar tu mente ni un instante, así que no la olvides.

Bediam no pudo soportar más tiempo la mirada de Kheme, así que murmuró una excusa y se metió dentro del carromato, lejos de ella. No se lo impidió, ni dijo nada.

Una vez dentro, el alquimista se tumbó en el duro suelo de madera y se puso a pensar. ¿Era cierto lo que Kheme había dicho? ¿El conocimiento, si no venía acompañado de un objetivo, era peligroso? ¿El poder, si no venía acompañado de moral, conducía inevitablemente al desastre? ¿La inocencia, si no venía acompañada de sabiduría, era un defecto? Desde luego aquella mujer no era estúpida, así que motivos tendría para creer todo aquello pero, ¿sería verdad? No, no podía creerlo. El conocimiento conducía tanto a la sabiduría como al poder, por lo que iban de la mano. Y él sabía diferenciar el bien del mal, y tras la conversación que habían tenido no volvería a vender pociones sin más, pues era cierto que entrañaba peligro.

Así que Kheme se equivocaba. No era imprescindible tener un objetivo, pues el propio conocimiento regulaba todo lo demás. Le demostraría que se equivocaba, ya vería. Aprendería a modificar el aleb, sin más.

Llevaba un rato dándole vueltas cuando la alquimista le llamó desde la parte delantera del carro. Bediam se levantó sin prisa y asomó la cabeza.

-Ya es hora de comer, coge algo –le dijo.

¿Ya era hora de comer? Qué rápido pasaba el tiempo. El alquimista asintió, volvió al interior del carromato y no tardó en encontrar un jugoso pastel de carne, seguramente un regalo de alguien del pueblo. Salió al exterior y repartió la comida entre ambos.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 6:53 pm

Y así estuvieron un rato: comiendo, en silencio. Bediam tenía intención de volver al interior del vehículo en cuanto terminasen, pero tenían aún muchas preguntas quemándole las entrañas y no pudo resistirse.

-¿Cómo aprendiste a captar el aleb? –quiso saber.

Al principio ella no contestó. Tal vez seguía molesta por lo tenso que se había puesto todo.

-Mi maestro me enseñó –explicó-. Era un gran hombre.

-¿Murió? –conjeturó Bediam, sin tacto alguno.

Ella asintió. Su rostro se ensombreció, los recuerdos la entristecían. Había una pregunta que el alquimista no pudo evitar hacer, aunque sabía que traería problemas.

-¿Puede la alquimia… devolver la vida a los muertos?

Kheme no reaccionó indignándose, como Bediam había esperado. No reaccionó de ninguna manera.

-–respondió sencillamente.

No hubo ninguna coletilla, le dio otro bocado al pastel y siguió mirando al horizonte.

-¿… pero? –insistió Bediam.

-Sin peros –respondió, tajante.

Aquello le revolvió el estómago.

-¿Entonces por qué no revives a tu maestro? –preguntó- ¿Y por qué murió, no podría haberlo evitado?

-He dicho que se puede, no que yo sepa –matizó Kheme, seca.

-¿No sabes? –se extrañó Bediam-. Pero si sabes modificar el aleb

Ella le miró, sorprendida.

-¿Y qué? –le espetó.

Fue a decir algo, pero la alquimista no le dio ocasión.

-¿Sabes escribir? –le preguntó de golpe.

Bediam asintió.

-He oído que en la ciudad Esmeralda hay un noble que busca un libro que le haga llorar y que pagará su peso en gemas a su autor –le contó.

El alquimista se rascó la cabeza, confundido.

-¿Y qué? –preguntó, imitando el tono de ella.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 6:58 pm

Kheme se dio un golpe en la frente, como si la respuesta fuese evidente.

-¡Pues que sabes escribir! –exclamó- ¡Escribe ese libro y serás rico!

-No es tan fácil –se defendió Bediam.

-Con el aleb tampoco –le recriminó-. Que sepas escribir no significa necesariamente que puedas crear un buen libro, y que sepas modificar el aleb no significa necesariamente que puedas hacer cualquier cosa. ¿Es posible crear un libro que haga llorar a un maldito noble? Sí. ¿Sabes escribirlo tú, serías capaz aunque tu vida dependiese de ello? No. ¿Sabes escribir, sabes hacer trazos en un papel? Sí. Pues espero que te haya quedado claro el simil.

La conversación había subido de tono una vez más y ambos estaban acalorados. De nuevo, aquella mirada de superioridad, de desprecio. Bediam no pudo soportarlo más.

-No se te puede decir nada –se quejó el alquimista-. Te hago preguntas porque hay muchas cosas que desconozco.

Se incorporó y, de un salto, se bajó del carromato. Kheme se le quedó mirando, pero no detuvo a Francesc.

-Pero ya veo cómo eres –continuó, mientras el vehículo se alejaba-. No sé de qué me sorprendo, viendo como trataste a Vilem.

Había metido el dedo en la llaga, porque la alquimista saltó también del carromato y le miró con furia.

-¿Y cómo soy? –le preguntó con brusquedad.

Ya no tenía sentido contenerse, no había nada que perder. Ya no quería que ella le enseñase nada.

-Eres una hipócrita –respondió-. Me desprecias a mí, desprecias a la gente de las Nalini, desprecias al mundo entero. Lo haces porque crees que somos estúpidos, lo haces porque crees que tomamos decisiones equivocadas que acaban dañando a otras personas debido a nuestra estupidez. Pero te equivocas, no es estupidez.

Kheme no respondió, siguió mirándole con intensidad. El carro seguía alejándose, pero a ninguno de los dos parecía importarle.

-Es sencillamente que hay cosas que no sabemos –continuó-. ¿Crees que aquella madre te habría pedido esterilizar a su hija si hubiese sabido lo que implicaba? No, no lo habría hecho. Pero en lugar de explicárselo, tú te negaste a ayudarla y la despachaste sin explicación alguna, porque para ti era demasiado estúpida para entenderlo, no merecía la pena el esfuerzo. Y eso es exactamente lo que haces con el resto del mundo.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 7:01 pm

Bediam respiró hondo, tratando de serenarse.

-Por eso eres una hipócrita –sentenció-. No quieres enseñarme porque no sé, pero no sé porque no quieres enseñarme.

-No eres mi responsabilidad –le espetó Kheme-. Aprende por ti mismo, si tanto interés tienes.

El alquimista asintió. La ira le había abandonado tras soltar todo lo que pensaba, y se había deshinchado. Ahora solo sentía un gran cansancio.

-Eso llevo haciendo todo este tiempo –replicó Bediam-. Pero eso no ha evitado que me mires como lo haces. Todo el mundo se esfuerza, pero tú eso no lo valoras porque siguen por debajo de lo que tú consideras adecuado.

El carromato ya estaba muy lejos, pero los dos alquimistas no dejaban de mirarse con una fuerza desacostumbrada en ambos.

-Contéstame una última pregunta y te dejaré en paz –le pidió Bediam-. No volveré a molestarte, te lo prometo.

Kheme cambió el peso de pierna y asintió.

-Adelante –accedió-. Pregunta.

-¿Qué crees que habría pasado si el Profanador no hubiese aprendido solo… si hubiese tenido un maestro que le hubiese guiado, que le hubiese hecho ver sus errores y sus aciertos, que le hubiese puesto límites y metas?

La alquimista abrió la boca para decir algo, pero se quedó muda unos segundos. Sacudió la cabeza, aturdida.

-Supongo que todo había sido muy distinto –admitió la mujer-. Mucho dolor podría haberse evitado.

Bediam asintió y empezó a avanzar hacia Kheme… pero no se detuvo a su lado, siguió su camino hacia el este, pues es a donde se dirigía. No tardó en escuchar los pasos de la alquimista tras los suyos, pero no se sorprendió: su carromato había seguido recto como una flecha. No se dirigieron la palabra, no había nada más que decirse.

Pasó casi una hora hasta que dieron con Francesc, que estaba pastando tranquilamente en un lateral del camino. Kheme se encaramó rápidamente a la parte delantera del carromato y se quedó mirando a Bediam, que se detuvo al verse observado.

-¿Qué? –preguntó el alquimista, intranquilo y algo incómodo.

-Ahora soy yo quien quiere hacerte una pregunta –respondió ella.
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Re: El aleb de las cosas

Mensaje por Bediam el Vie Jun 26, 2015 7:37 pm

Sus ojos se cruzaron. Veían el mundo de modo muy distinto, irreconciliable incluso.

-Si tuvieses que elegir un motivo por el que seguir aprendiendo, uno concreto y definido… -murmuró Kheme- ¿Cuál sería?

Bediam frunció el ceño. ¿Qué pretendía? Se planteó ignorarla y seguir caminando, pero le pareció que le debía una última respuesta, así que se puso a pensar. Él no necesitaba un motivo para aprender, lo hacía porque quería, pero… ¿esperaba conseguir algo? Cuando tuviese domado el aleb, ¿qué haría con él? ¿Cuál sería su deseo? ¿Sería algo carente de maldad, pero profundamente equivocado? ¿Algo egoísta? ¿Perverso? ¿Estúpido?

Pensó en Gron, el posadero que se había quedado ciego por culpa de una de sus pociones. Pensó en Ander Lanning y su deuda con él. Pensó en Vilem y Al.

Y una respuesta le vino clara a la mente.

-Cumpliría las promesas que hice y que ahora no puedo cumplir –contestó.

Kheme asintió.

-Me gustaría que me hicieses a mí una promesa también –le pidió-. Como último favor.

Él la miró, extrañado. No se negó, sencillamente se quedó allí plantado.

-No aprendas a modificar el aleb tú solo…

Bediam abrió la boca, indignado. ¿¡Cómo se atrevía a pedirle algo así!? ¿¡Quién se había creído que era!? ¿¡Qué!?

-…aprende conmigo –acabó.

¿… qué? Kheme sonreía. ¿Había oído bien?

-¿Me estás diciendo que…? –murmuró Bediam.

Ella asintió. El alquimista sonrió.

-Prometido.

Kheme le tendió la mano y él la aceptó. Con su ayuda, volvió a subir al carromato. A Francesc no le gustó que lo azuzasen para volver a ponerse en movimiento, pero las ruedas volvieron a girar y se pusieron en marcha.

-Va a ser duro –advirtió ella.

-Vale.

-Vas a tener que obedecerme en todo –insistió.

-Vale.

-No podrás cuestionar mis métodos –continuó.

-Vale.

-Y si me canso de ti o considero que no estás hecho para esto, te irás sin rechistar –le amenazó.

-Vale.

-Y aun así tendrás que mantener la promesa que me has hecho, no aprenderás a usar el aleb por tu cuenta –le recordó.

-…vale.

Kheme sonrió.

-Pues que empiece la instrucción.


Así acaba la parte del viaje que Bediam hizo con los pies. El resto, lo hará con la cabeza.

FIN
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