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Mensaje por Malina el Dom Mar 22, 2015 10:30 pm

Todos sentimos el anhelo de lo salvaje. Y este anhelo tiene muy pocos antídotos culturalmente aceptados. Nos han enseñado a avergonzarnos de este deseo. Nos hemos dejado el cabello largo y con él ocultamos nuestros sentimientos. Pero la sombra acecha todavía a nuestra espalda de día y de noche. Dondequiera que estemos, la sombra que trota detrás de nosotros tiene sin duda cuatro patas.
Clarissa Pinkola  Estés. Mujeres que corren con los lobos.



Al alba, Malina, en compañía de Bernard y Mary iban vestidos, de impecable negro, al funeral de un pariente; su muerte había sucedido hace dos días, tiempo suficiente para que la familia emprendiera un viaje de la misma duración, solo para llegar al evento más importante: el entierro de la difunta.  Mientras el carruaje avanzaba, Azabache iba al lado, montado por un cochero sustituto, que a veces hacía papel de escolta.

Bernard y Mary iban recitando una suerte de rezo, con los ojos meditabundos, las ojeras marcadas moviendo los labios pesados.  Las lunas iban escondiéndose a medida que el astro rey tomaba posesión de un cielo rosa y Bernard interrumpió el sacro momento con una pregunta:
- ¿No vas a rezar?
- ¿Por quién? – contestó en seguida. No tenía permitido hacer esos trucos silenciosos con su padre.
- La tía Lucy acaba de fallecer…
- … La tía Lucy…- alzó la mirada al techo del carruaje, escudriñando en los recodos de la madera- ¿alguna vez fue a la casa?
- Lucy era mi tía abuela, sirvió para una familia noble como ama de llaves, impecable ella. Deberías saber más.
- Curioso, nunca supe de ella. No me imagino por qué “ese es el problema de las familias grandes: nunca sabes con quién terminas emparentado”, pensaba desganada, deleitándose con el fingido sufrimiento de Bernard mirando a Mary, quien sufría en silencio la misma ignorancia – Padre, Madre, ¿cómo es que sufren por una señora tan alejada de nosotros?

No pudo evitar consultarlo, recibiendo como respuesta ambos ceños fruncidos, Mary se ordenaba los pliegos del vestido y Bernard balanceaba la cabeza en señal de desaprobación. Por su parte, Malina abstrajo las palabras y apoyó la frente en la pared del carruaje, imaginando que, llegado el momento, tendría que usar algún ungüento para que sus ojos ardan y lloriquee frente al cuerpo de la señora que acaba de desaparecer. Al mismo tiempo, divagaba con la idea de que, llegado el momento, iba a cumplir el mismo destino que Lucy: desaparecer y luego terminar tus días alejados de la casa, o quizás dentro de ella pero ocultos de las vistas ajenas. ¿Qué culpa tenía la mujer de haber sido heredera de la cultura de Vincent e Isabella? Ninguna. “qué suerte que solo tuvieron una hija”, concluyó al ver que sus ceños se habían desplegado y volvían a su habitual refugio en la palabra divina.

¡Qué lentas pasaban las horas! El viaje se realizó a la velocidad de un rebaño de ovejas que cruzan para buscar la hierba fresca. En el fondo, a Malina le causaba estupor, dentro del fingido dolor que debía mostrar, la necesidad de saber por qué la susodicha no quiso terminar sus días dentro de la casa Lewe: no hubiera sido extraño que hubieran llevado su cuerpo a una reducida caja, y ahí depositar las cenizas, o sino dejarla bajo tierra. Y ahí entraba a asaltarle otra interrogante ¿en qué estado estaría la mujer: cenizas o entera?

Curiosa y retorcida la necesidad de la joven por saber. Fue tal la profundidad de sus dudas que no se percató del freno estrepitoso, moviéndola hacia adelante por inercia, cayendo en el regazo de su madre – mil perdones . Llegados ya a la segunda casa, Malina se sintió cautivada por la inmensidad de la misma y también por otro detalle no menor: luego de detallar la entrada, otras personas fueron a su encuentro, con un rostro muy parecido al suyo, aunque con rasgos más firmes, como la tez medianamente tostada y los ojos negros, “¿Más familia?" Se  preguntó con congoja. En ese momento sintió una presión en el pecho, con Bernard y Mary a cada lado respectivamente, caminaron hacia el interior. Menuda sorpresa, se sentía descolocada, no en el sentido de sus rasgos físicos, aunque no eran un detalle ínfimo, sino por la peculiar unidad que mostraban los demás integrantes para con ellos, ¿será que alguna vez fueron a la casa y no se percató? ¿Serían algún tipo de visita esporádica? ¿En qué trabajarían? ¿También acataban los hábitos? Demasiadas interrogantes y nada más que un sutil quejido en forma de reproche.

Las miradas se dirigieron a los tres integrantes que ya llegaban a reunirse en la sala principal, al centro, sobre una mesa amplia, rodeada por copas de vino y otros platos, yacía la difunta tía Lucy, adornada con flores. Por fortuna no les invitaron a comer, Malina asumió que tantas flores fragantes no eran solo por decorar.

La ceremonia se realizó en plena tranquilidad, entre rezos, predicaciones, deseos y plegarias. Mary sollozaba de cuando en cuando y Bernard se mantenía impávido, casi solemne siguiendo el sufrimiento de su esposa; su hija mientras tanto inclinaba la cabeza, deseando con todas sus fuerzas que algún alma caritativa abriera una ventana, abriendo los ojos y de soslayo haciendo un catastro singular, “estoy segura que ninguno de los presentes tiene idea de quién fue o qué parentesco tenía con nosotros” menoscababa en los recuerdos, buscando un atisbo de la famosa tía mientras oraba con los demás. Ya llegado el  momento de enterrarla, no fue menos impresionante el saber que, en el jardín de atrás había un camposanto, con varias cruces, un más antigua a la otra, incluso habían algunas que solo se mantenían en pie por las enredaderas que las abrazaban. No se hizo esperar el llanto cuando descendía el cuerpo, abrían el ataúd y sacaban los huesos del anterior pariente, depositando los mismos en una caja para finalizar en el osario, que se hallaba al lado, como un cuarto secreto, al que no tuvo intenciones de entrar. Para no perder la compostura ni que la fusilaran con la mirada, Malina se cubrió el rostro con una manta, respirando paulatinamente y sacando una que otra lágrima.

Cuando ataron la muñeca de la mujer a un cordón y pusieron la campana sobre el féretro, se dio por finalizada la ceremonia de despedida. Gran alivio, aunque ahora quedaba el turno de entablar conversaciones con los parientes, con el ánimo póstumo sobre la espalda ¿Qué tendría que decir, aparte del sentimiento de partida, que no sentía? No era como el rostro de Mary y sus primas, quienes claramente dibujaban un desgarro del alma conmovedor. Malina, tragó saliva, y miró a su alrededor, aún con la boca cubierta
- No deseo estar aquí, Bernard- una Malina angustiada se expresaba cerca de su oído
- No te puedes ir porque si, todavía queda la cena – y tragó saliva tan angustiado como ella
- …Sobre la mesa, ¿cierto?
- No puedes negarte a las tradiciones – y dicho y hecho, le tomó del brazo y caminaron dentro de la casa – Probablemente él esté por ahí y es buen momento que se vean.

Dentro del huracán de desencanto que Malina estaba sobrellevando, lo último que necesitaba era verlo. Por lo que aunó energías en elaborar un plan para desaparecer de allí, sin necesidad de quedar como una enajenada.

Agradeció de sobremanera la complicidad con sus primos mayores, quienes estaban al tanto del desencanto marital mutuo, así que elucubraron una carta de emergencia, donde le solicitaban de forme menester para mañana temprano en casa de un excéntrico hombre que deseaba retratarse para las futuras generaciones. Nada nuevo, sí, pero útil para la ocasión. A medianoche, con la noticia corriendo por la familia, la dejaron ir, algo confusos puesto que no ameritaba ayuda ni compañía del segundo escolta, y sin embargo solicitó la ropa que había escondido en el carruaje. Al compás de la noche que devoraba el cielo lozano, Malina partió rumbo a Loc Lac.

Con el cuerpo libre y los “parientes” lejos de ella, Malina se detuvo a mirar: a su espalda, la casona parecía un punto iluminado, mermando la grandeza de la misma entre el follaje de camino a Loc Lac. Con Azabache corriendo entre los árboles, Malina disfrutaba del olor del bosque, sin embargo, no contaba con que su cuerpo le iba a traicionar de una forma sutil: el hambre comenzó a invadirla, subiendo despacio desde su vientre hasta el cuello. Detuvo a Azabache cerca de un árbol enorme cuyos frutos, aunque pequeños, podrían saciar a la jinete por lo menos durante unas horas. Reposaba la joven bajo el árbol, comiendo silenciosa, dándole al animal una que otra fruta, cuando el olor a madera quemada atrajo su atención. Se dio la vuelta para oler más detenidamente, usando al tronco como guía. En la espesura de los matorrales, un par de cabras acarreaban a su lomo una pequeña carreta, con cuatro animáculos al su alrededor. No era necesario acercarse tanto para percatarse que humanos no eran, por la altura, podían juzgarse como niños, pero dudaba en su fuero interno que aquellos respondieran a uno. Con un aspecto tosco y arcaico, Malina, contuvo la respiración, observando detenidamente al cuarteto; nunca había visto algo así, pero no pudo evitar relacionar tal conjunto como  una familia. Los dos machos del grupo sacaron las armas al notar su presencia, así que optó por quedarse quieta, aminorando así la sensación de alerta. Notó en ellos una sensación de pánico, mezclado con una congoja y un pesar que calaba hondo. La respuesta no tardó en aparecer: junto a ellos, una hembra y una cría, posiblemente el hijo del que más agresivo se notaba, empezó a respirar aceleradamente. Haciendo un análisis rápido del asunto, concluyó que el pequeño padecía fiebre, de otra forma ese color violáceo no tendría otra explicación.

Sin moverse del lugar, Malina comenzó a comparar lo que había sucedido desde la mañana con lo que acontecía justo frente a sus ojos – Ah, nostálgico – se dijo a sí misma, no pudiendo contenerse. “Si yo hubiera conocido a la Tía, posiblemente sí haya sentido un dejo de tristeza por su partida. Incluso me hubiera atrevido a comer sobre la mesa sin tapujos, a sabiendas de que su escuálido cuerpo estuvo encima de ella, por dos días. Es probable que incluso me haya atrevido a engrandecer su labor conversando con mis primos, y sus hijos. Hasta entablar una charla con él…” y en ese momento detuvo su discusión. La punta de una lanza estaba acariciando su cuello, miró a su lado sin mostrar sorpresa por el pequeño ser que la amenazaba. Siguió quieta, respirando despacio. Azabache por su parte, se levantó quedando cerca de su ama, dispuesto a aplastar a los pequeños seres, moviendo las crines de la cola en tono de amenaza. En ese instante, Malina alzó sus manos, dirigiendo una hacia el caballo, para detener sus intenciones, y la otra para mostrar la palma desnuda hacia el ente – No tengo armas ¿lo ves?- Dudaba que le entendiera, pero no tenía otra forma de comunicarse, con la oscuridad no estaba segura si se trataba de un enano o de un elfo en miniatura, a sabiendas de que lo último era imposible.

Azabache calmo, mas sin dejar el arma de apuntarle al cuello, el trasgo escuchaba impaciente los quejidos de la cría, los cuales crecían conforme se sucedía la noche. En su rostro se dibujó la pena, recordó a Mary llorando sin mucho pesar, y al resto también en la misma posición, pero en este caso, si es que feneciera la cría, ¿cómo sería el sentimiento: fingido, natural, espontáneo? Difícil de entender, más la hembra, agotada seguía cerca de la cría proporcionándole calor y compañía, cosa que los machos, al ver, sentían la presión de su protección. De sopetón el que la apuntaba bajó su arma, para quedar en la misma posición defensiva, pero alejado, caminando hacia los dos que estaban cerca de la fogata. El calor de la misma hacía que Malina alucinara, escudriñando en su haber una solución; porque sí, en ella sí afloró el sentimiento que anteriormente, en el seno familiar ni siquiera tuvo un ápice de crecimiento: en ese momento, a Malina le invadió una tristeza profunda, sin entender muy bien la razón, comprendió que, si la cría se moría, ahí sí iba a ver tristeza verdadera. Una congoja del ser que partía y dejaba a todos atrás, claro que, difería en edad con tía Lucy.

Malina tomó distancia, sin alejar la vista de los cuatro, a tientas usando al árbol nuevamente como guía y  caminó por los alrededores, haciendo que los machos observen sus movimientos inofensivos. La joven buscó a tientas, con el olfato, agrimonia y regaliz, rezando a la buena providencia para hallarlas. Lastimosamente un mortero no tenía, pero de algún modo pretendía improvisar. Las flores de la agrimonia se le enredaron entre los dedos, por casualidad, desvió la mirada para asegurarse, y sacando una cantidad no despreciable con las manos, comenzó a hacer pequeñas coronas, con el sentimiento cual de la congoja, a la par de la vergüenza ¿quién iba a imaginarse a Malina haciendo coronas para aquellos entes a estas horas? Con las 4 hechas, extendió el presente hacia el macho que estaba más próximo, alejándose de inmediato. Sin apartar la vista de la humana, el trasgo olió las flores, notando la nula agresividad de las mismas, el olor de las agrimonias llenó el aire, dando a entender que daño no podían ocasionar, mas sin saber qué hacer con ellas, solo las dejaron cerca de la fogata. Ahora bien, para el regaliz, y a causa de la oscuridad, Malina aprovechó el gusto de Azabache por dicha raíz para buscarla. Se alejaron de la fogata y de su luz y, al lado del caballo, Malina ordenó que buscara junto con ella. La búsqueda dio frutos al descubrir a su caballo comiendo, a unos cuantos metros las raíces dulces. Luego de reprenderle suavemente, Malina usó las raíces sacadas por Azabache para llevar unas cuantas al cuarteto.

Una vez más fue recibida con las lanzas en el cuello, aunque a estas alturas se le hizo normal. Extendió las manos, sin decir nada hacia el macho que resguardaba las coronas de agrimonia, mostrando el dulce olor de la raíz. Fue tan embriagante que ambas partes tuvieron que mover la cabeza enérgicamente para no dejarse aturdir por el aroma. Conteniendo la respiración, Malina se las dejó sus pies, quedándose quieta en el lugar. Era un momento incómodo, lo entendía por todos, menos para Azabache quien, relajado se sentó a mordisquear las raíces que aún tenía en la boca. El macho que se había quedado cerca de la hembra y de la cría observó aquello, y Malina no dudó en usar esa acción para indicarles el uso de la raíz “quizás ya lo sabían, pero nunca está demás” se dijo a sí misma, cerrando los ojos con pesar; tomando una raíz, indicó a la cría, y acto seguido mordió el regaliz, con fingida calma. La hembra, que hasta ese momento no había hecho ningún momento, se levantó agotada, tomó una raíz y la introdujo en la boca de la cría, quien dio pausadas mordidas.

Malina decidió sentarse, una acción un tanto descarada pero no menos necesaria, tenía los ojos puestos en la hembra quien no dejaba de tomar las raíces del regaliz y dárselas a la cría; por su parte los machos, acercaban las coronas de agrimonia a la misma, en vista de que ella sí tenía nociones de qué hacer. Tomando una de ellas, la hembra miró a la humana; a pesar de ser razas diferentes las miradas transmitían lo que el idioma no, y su ojos negruzcos ofrecieron a los de Malina una confusa paz, la que, fue apaciguando la tensión de la joven, quien depositó los brazos en el suelo. Craso error. Distraída en la acción de la hembra, Malina sintió de pronto unos pequeños piquetes que corrían por su mano, y luego se extendieron por el brazo, despacio, casi con pereza. Atribuyó ello al cansancio por lo que cambió la posición de las mismas… Y una enorme araña estaba tranquilamente subiendo por ellos. La joven quedó estupefacta, paralizada, respirando entrecortada, imbuida por la forma del arácnido. Acción que no dejó de llamar la atención a la hembra y al macho que anteriormente le apuntaba el cuello. Sintió como se le iba el color de la cara, a pesar de no tener en frente un espejo, y de cómo sus manos comenzaron a temblar, de ahí los brazos, para terminar en todo el cuerpo. Temblores constantes, y un miedo brutal que no podía salir por la boca. Por completo atada al miedo, Malina no podía segur conteniendo el pánico, con la araña subiendo por su hombro, cuando el macho, de pronto, lanzó a la araña lejos de ella. Fue en ese momento que gritó cual posesa, temblando sin poder contenerse. Azabache atendió a sus gritos y, como pudo, logró que se moviera de su sitio, llevándosela al lomo, provocando en los trasgos una confusión cuasi violenta, y, apuntando a las patas del caballo, lograron que una descompuesta Malina se alejara de la fogata, montada sobre Azabache como un bulto.

Las primeras luces del alba devolvieron la cordura a Malina, quien, aun miraba embobada su brazo parasitado por el arácnido y su imagen imborrable - ¡Ah! Basta – pronunció confundida y enfurecida, bajándose del animal como pudo, cayendo de bruces al hacerlo. Quizás eso le ayudó a recobrar el sentido de sus actos - ¡Dónde me llevaste! – interpelando al caballo, quien solo movió la cabeza a modo de negativa. De pronto se sintió estúpida, “como si el caballo me fuera a responder”, se dijo a sí misma, acariciando su brazo de forma compulsiva. Se percató de la lejanía y asumió pesarosa que no tendría la más remota idea de qué habría resultado con aquellos entes, sin embargo, al revisarse, notó que, en la mano donde se había posado la araña, había una corona de agrimonia a modo de pulsera…

Azabache, vámonos, no podemos hacer nada aquí“nada mientras esté esa asquerosa araña por ahí dando vueltas” meditaba mientras montaba más repuesta al animal, retomando el camino hacia Loc Lac.
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Mensaje por Mister Orange el Lun Mar 23, 2015 12:49 am

Muy buen hijra, utilizando todo lo que tenia a su dispocision. Procedo a darle color y su recompensa.
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