Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» El amor... ¿perdido? ¿O reencontrado? [Isla de Sade] (priv. Atlas y Axis)
Ayer a las 9:53 pm por Atlas y Axis

» -A quien le pueda llegar a interesar.-
Ayer a las 9:51 pm por Balka

» Strindgaard se ha hecho invisible.
Ayer a las 5:47 pm por Runesha

» Anhouk, la forjafora
Vie Oct 20, 2017 10:04 pm por Anhouk

» Ingeniería Rúnica
Jue Oct 19, 2017 2:30 am por Staff de Noreth

» El cordero
Jue Oct 19, 2017 12:08 am por La Aberración

» Rakaash
Miér Oct 18, 2017 2:06 pm por Señorita X

» Llegando a ciudad esmeralda [El Gremio de la Pureza]
Mar Oct 17, 2017 4:57 pm por Veronika

» Malleus Maleficarum [Campaña +18]
Mar Oct 17, 2017 4:59 am por Lujuria

» Visión del primer paso...
Lun Oct 16, 2017 1:03 pm por Alegorn

» La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]
Vie Oct 13, 2017 4:00 am por Aulenor

» [Historia de Asterion] El clan "Cuerno de Hierro"
Jue Oct 12, 2017 10:01 pm por Minos

» Índice de Personajes No Jugadores o NPC
Miér Oct 11, 2017 11:56 am por Minos

» Aracnofobia [Campaña]
Mar Oct 10, 2017 2:06 am por Almena

» La fuga (solitaria) [Phonterek]
Lun Oct 09, 2017 1:29 pm por Lilith, la sombría




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Desesperanza

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Desesperanza

Mensaje por Axelier Dragonos el Lun Mar 23, 2015 9:59 pm

Muchos son los críticos, muchos los pecadores. La sociedad destinada a sentir placer del sufrimiento ajeno, no porque la humanidad sea perversa, si no morbosa. Muchos los hay inocentes, obligados a actuar de formas que no enorgullecen y sin embargo son juzgados duramente por leyes u opinión. Otros optan por obrar mal, pero por lo regular tienen vidas placenteras fuera del alcance de la ley siempre que los bolsillos apropiados se mantengan llenos. La sociedad es el problema. La sociedad y el morbo.

Muchas verdades se ocultaban tras las puertas de Ghazrüll. El paladín había acudido hasta esta entrada al infierno con la esperanza de encontrar eso, verdades. Pero las pruebas fueron peor de lo que cualquier humano resistiría, incluso un fiel devoto como Axelier.

Ocho años pasó bajo la custodia de una infinidad de demonios y aberraciones dignas de los peores mitos de terror de Noreth. Ocho años pasó en plegaria, bañado por la maldad y las heces de sus captores, alimentándose de desperdicios y otras abominaciones. Ocho años preguntándose el motivo por el cual su Dios le abandonaría a su suerte. Ochos años acumulando rencor y cicatrices que jamás cerrarían. Ocho años de desesperanza y castigo.

Su paso por el Monasterio del Alba Roja le había dejado el alma partida en varias partes. Las Puertas solo lo habían logrado enloquecer con la verdad que tanto había buscado. Una verdad que lo mantiene llorando lágrimas de sangre hasta la actualidad. Axelier buscaba tras Las Puertas culminar con la venganza que le había prometido a su difunta mujer, pero lo que encontraría era solo un espejo en donde se reflejaba su propio ser y sus manos manchadas por la sangre que prometió vengar.

Maldito, Profano del Infierno, Portador de la Muerte, Paladín Caído. Sobrenombres que le acompañarían tras su despertar hacia la verdad que había descubierto. Verdad que hablaba de justicia y redención de la sociedad. Mataba indiscriminadamente. Para unos, asesino. Para otros, salvador. En su mano blandía su espada sangrienta pregonando la verdadera y única salvación: La muerte.

Vagaría por cuatro años, tras escapar de las fauces del infierno. Ya no guardaba esperanzas para sí mismo ni para el mundo. Vivía tan solo porque debía hacerlo. Mataba tan solo por ansiedad. Comía por necesidad. El paladín caído vagaba por las tierras de nadie, fuera de la vista de viajeros y ciudadanos. Viajaba al norte y al sur. Viajaba de día y de noche. Viajaba sin rumbo fijo y con firmeza, llorando sangre por su propia debilidad y melancolía.

Doce años de estar perdido. Doce años de soledad...


Soy Aghnazt el Cronista, y en este y los siguientes capítulos de esta historia intentaré narrar de una forma objetiva todos los registros de actividad del Paladín Caído e intentaré descifrar su enigmático diario, del cual se ha perdido más de un tercio de su contenido.

Como antiguo miembro del Monasterio del Alba Roja, y bibliotecario, es mi deber sacar a la luz esta oscura y enigmática historia encabezada por uno de los peores males que haya recorrido esta tierra, pues no todo lo que se dice es cierto ni lo que se ve es realidad.

Narro esta historia porque merece ser contada, a pesar de lo terrible que pueda parecer.  Narro esta historia porque es mi obligación. Narro esta historia porque, en el fondo, yo también soy un morboso...


avatar
Axelier Dragonos
El Paladín Caído

Mensajes : 404
Edad : 33
Link a Ficha y Cronología : Axelier

Nivel : 6
Experiencia : 1000 / 3000

Volver arriba Ir abajo

Re: Desesperanza

Mensaje por Axelier Dragonos el Mar Mar 24, 2015 9:34 pm

Fue hace poco más de diez años cuando descubriera un pergamino en la vieja abadía de Frizz'lgar, al norte de Tirian Le Rain, donde llevaba a cabo mis deberes como escriba y archivista de los viejos libros de mi orden. Estaba asegurándome de que la humedad del mar no hubiese deshecho tan ancestrales documentos cuando una presencia muy extraña hizo que los vellos de mi espalda se erizaran. Una presencia terrible, pero cautivadora en su muy especial sentido.

La habitación estaba vacía, casi a oscuras de no ser por la lámpara de aceite que portaba en ese momento. Si bien la luz es dañina para los viejos libros de la abadía, a mis ochenta y cuatro años andar en algo más que la penumbra sería un suicidio. Una briza helada elevó una gran cantidad de documentos cuando desvié mi vista hacia donde había sentido la extraña presencia. Una tabla vieja y enmohecida había perdido la batalla contra el implacable viento del norte y ahora dejaba entrar el helado aire acompañado con copos de nieve y tierra.

Normalmente hubiese entrado en pánico por mis amados libros, pero en esta ocasión nada lograría apartar mi mirada del piso de la habitación. Había visto cosas extrañas en mi larga vida y, sin embargo, ahí estaba yo conviviendo con mi ignorancia cual acólito recién admitido en su nueva vida como monje. Nunca en la vida había visto nada parecido. Tan solo, quizá, en la magia profana del infierno.

El pergamino que había caído desde algún lugar en lo alto de la estantería se había incendiado tan solo tocar el suelo y, en su lugar, solo una marca con inscripciones extrañas quedó marcado a la duela de madera como si la hubiesen marcado con un hierro candente. Me había quedado sin palabras, y eso ya es algo digno de mención.

El viento dejó de soplar lo suficiente como para que mis ancianos oídos pudiesen escuchar el chirrido que emitía la marca de fuego. Era algo similar al sonido que emite un hierro al rojo cuando es sumergido en agua helada. Había vapor en el ambiente, sin duda generado por el calor de la marca contra la nieve que había entrado tan precipitadamente por el hueco de la pared. Sin darme cuenta, mis pies se habían movido por voluntad propia y ahora sentía el calor de la marca de fuego a apenas un metro de mí.

“Nigromancia”. Fue lo primero que se cruzó por mi mente. Sin embargo, aunque maligna, no era una presencia de muerte lo que se sentía. “No”. No era nigromancia si no algo más terrible. El aroma que impregnaba las paredes era similar al del azufre. Lo sabía bien por mis largas tardes entrenando como acólito en las calderas del Dios Rojo. El aire, a pesar de que afuera nevaba levemente y la brisa marina era congelante, a la distancia que estaba de la marca de fuego sentía que me sofocaba con mis túnicas de lino. Esto era, sin duda, magia demoniaca.

El símbolo era similar al de un pentagrama, con inscripciones a todo lo largo y ancho de las líneas de calor. Hasta ese momento no me había percatado del peligro al que podría haber estado expuesto. En mi mente solo habitaba un miedo paralizante y una curiosidad peligrosa. Tuvieron que pasar casi diez minutos hasta que pudiera reunir el valor de avanzar un par de pasos más hacia la marca, de forma que mis ojos pudiesen ver con claridad lo que el fuego había grabado en el piso de mí amada abadía.

Čøõàß ýþœŏ Æğijƞ ƱȢȟȯɂɄ Ɏɲɿʤʠǿ Ϣðĝşƨƭɣʩ


“Que el fuego del infierno se manifieste y lo consuma todo, a través del nexo entre dos planos” Es lo que dictaba el sello. Aunque ahora es sencillo de exponer en palabras, me tomaría los siguientes tres meses enteros poder traducir este lenguaje tan extraño. Un lenguaje que no debería utilizarse en el plano mortal pues invoca espectros y males inferiores. El lenguaje de los Nueve Infiernos de Baator, ni más ni menos.

Acababa de terminar de apuntar los símbolos sobre la cubierta de piel de un libro que tenía a la mano cuando una llamarada intensa se elevó cual geiser de fuego, arrojando mi humanidad con tanta fuerza que al caer sobre una de las mesas de estudio solo quedaron astillas de madera porosa, envejecida con centurias de tiempo.

El fuego parecía tan intenso cual forja enana y sin embargo nada ahí ardía, tan solo una brisa caliente que anulaba la humedad. Voces e imágenes de seres indescriptibles se comenzaron a proyectar a través de las flamas. Era como una piedra vidente de fuego, que me permitía ver cualquier cosa en el presente, el pasado o el futuro. Aunque no tenía idea de que tiempo era el que mis ojos veían.

Poco a poco, la intensidad del fuego incrementaba su calor. Humo y pequeñas cenizas flotantes comenzaban a abandonar mis preciados libros. Mi barba olía a quemado, sin duda yo también ardía. La columna de fuego comenzó a remolinarse, primero lentamente para después describir la forma de un poderoso ciclón atrapado al interior de aquél centro de conocimiento. Era una ráfaga huracanada de fuego que había puesto a arder la mayoría de mi biblioteca, y a punto estaba de ponerme a mí mismo a las llamas cuando de pronto todo cesó.

Los libros y las vigas ardían intensamente, pero el ciclón de fuego perdió toda intensidad para mostrarme un último resplandor que al fin logré identificar. Era mi antiguo monasterio. El Monasterio del Alba Roja, el cual fuera invadido por una legión de demonios tras el engaño del Dios Rojo hacia mis queridos hermanos. Sin duda, las visiones eran del pasado, pues aún podía vislumbrar hermanos ardiendo bajo los látigos de hierro de sus esclavistas. En ese tiempo, hace más de cuarenta años, no podía si no agradecer y maldecir mi decisión de abandonar el monasterio para prefigurar en ese entonces mí Fe. Yo debí haber compartido la misma suerte que mis hermanos.

Las terribles imágenes iban y venían como una amalgama de emociones sin sentido. Sangre, desesperación, pánico y terror eran tan solo algunas de las muchas emociones que me asaltaban. Sentía el dolor de esa gente en carne viva. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas en este libro, observo mi reflejo en el espejo del fondo de mi habitación y no logro reconocerme. Es como si la propia visión y la presencia de esa noche en particular hubiese dejado una cicatriz en mi alma. El tipo de marca que el infierno le deja a cualquiera que osa cuestionar su magnanimidad.

La desesperación comenzaba a invadirme sin remedio cuando, de pronto, un resplandor cegador logró sacarme del trance de las flamas. Al principio pensé que se trataba de una nueva exclamación de fuego que retomaba su fuerza inicial. Sin embargo pronto descubrí que se trataba de un ser dentro de las visiones. Un ser de luz indomable. Un galante paladín envuelto en un aura de justicia había irrumpido en el monasterio con una decisión poco vista en estos tiempos tan conflictivos.

Sin duda se trataba de un Paladín de Luminaris. No lo supe por ser un erudito en el tema de las deidades de este reino, si no por los ornamentos en su vestimenta azul y dorada. Estaba claro para mí y, sin embargo, el aura que desprendía no era bondadosa. No, no lo era en absoluto.

En una ocasión tuve el privilegio de viajar al lado de un valeroso paladín de Luminaris. El mero recuerdo calienta mi alma con una misericordia poco valorada. Tal fue que incluso lograría hacerme dudar sobre mi Fe la cual, en aquellos tiempos, solo era dirigida al Dios Rojo. Nunca supe su nombre, pero le agradezco desde el fondo de mi ser el que me haya abierto los ojos a la verdad.

Sin embargo, el aura que emitía el paladín de las visiones no era bondadosa en absoluto. Si, impregnaba la sala con una sensación de resolución y justicia que jamás había experimentado. Pero también me dejó un sabor amargo lleno de sentimientos de venganza y sed de sangre. Algo que no es propio de un paladín a menos que se trate de un inquisidor, y este no era el caso. En absoluto.


avatar
Axelier Dragonos
El Paladín Caído

Mensajes : 404
Edad : 33
Link a Ficha y Cronología : Axelier

Nivel : 6
Experiencia : 1000 / 3000

Volver arriba Ir abajo

Re: Desesperanza

Mensaje por Axelier Dragonos el Miér Mar 25, 2015 5:08 am

Las visiones se habían concentrado en el guerrero de luz vengativa por alguna razón. Sentía como si algo o alguien deseasen que atestiguara el sufrimiento y la desesperación por la que el paladín había pasado. Desde su captura y la pérdida de todos sus compañeros hasta el momento de su escape y tortuosa salida, contemplé con ojos atentos todos los detalles que la visión me permitiera. Habían pasado quizá cinco minutos desde que el techo de la abadía comenzara a arder por culpa de las flamas, más sin embargo para mí había recorrido más. Toda una vida sin duda. Era como si el tiempo mismo corriera a una velocidad diferente por alguna razón, pero todo era imperceptible para mí. Mi mente solo deseaba conocer más, y no me arriesgaría a apartar mí vista de las flamas por miedo a perder detalle o a que las visiones acabaran tan abruptamente como habían comenzado.

Con poca atención observé el fondo de la biblioteca tras escuchar los gritos de una persona. Un joven acólito de nombre Demias el cual no era más que un ayudante con sueños de convertirse algún día en un archivista como yo. Una enorme viga de madera había caído sobre él causándole terribles heridas en la cabeza además de encender en llamas la toga de lino que portaba. Estoy seguro que en más de una ocasión Demias gritó mi nombre con desesperación, sin duda en busca de ayuda, pero toda mi atención estaba absorbida por el torbellino de fuego como si fuese una polilla atraída por la luz de las lámparas. Demias murió esa noche, pero en ese momento no me sentí culpable. Era como si mi alma sintiese que su muerte era justificada. Tarde comprendí que no era más que la influencia del aura del paladín.

La tormenta de fuego incrementó su potencia cuando, de pronto, unas enormes puertas de hierro oscuro aparecieron en la visión. Las enormes puertas envueltas en llamas, sangre y cadáveres de personas en sufrimiento eterno. El paladín irradió por un instante un poder sobrecogedor mientras abría las puertas cuando la visión terminó tan intensamente como había comenzado, arrojándome nuevamente contra el suelo.

Durante mis años de investigación siempre indagué sobre el destino de mis hermanos, los Monjes del Alba Roja. Hace ya más de cuarenta años que abandoné las murallas del Monasterio en lo más profundo del bosque de Usuri debido a la pérdida de mi Fe en el Dios Rojo. Sin embargo muy tarde descubrí que toda mi reclusión había sido más que una mentira. Una terrible mentira con más de doscientos años de antigüedad. Es denigrante enterarte que tu vida la has dedicado a la adoración de un demonio y no a la de un dios justo y olvidado. Tres veces intenté llenar de razón la mente de mis hermanos, pero dos veces fui rechazado y a la tercera fui excomulgado. Excomulgado de algo falso. Irónicamente una forma legal de ser liberado de la mentira.

Fue gracias al hallazgo del compendio de Mitos y Leyendas Olvidadas en la abadía de Frizz'lgar que por fin lograra conocer la verdad de mi supuesta devoción. El libro relataba como hace más de 200 años había existido el primero de los Monasterios del Alba Roja. En lo más profundo del pantano de Swash.

La comunidad tenía recelo sobre este “nuevo dios”, aunque las palabras y la bondad de mis hermanos siempre habían sido aceptadas y agradecida por cualquiera que cruzara caminos con un monje en peregrinación. La misión del monje rojo era simplemente la promulgar la voluntad del Dios Rojo, la cual era prácticamente la de practicar la vida en libertad mostrando total sublevación al mismo dios. Por supuesto, esto era una forma discreta de crear esclavos a su servicio pero en esos tiempos no lo veía así.

Cuenta la historia que una noche, sin ninguna relevancia especial, una nube de intenso humo negro salió expulsada desde el interior del monasterio del alba roja y de él surgieron todos los males que la propia imaginación podría concebir. Demonios, diablos, criaturas del averno y muchos horrores sin nombre ni antecedentes los cuales aparecieron y llevaron consigo la muerte y la pestilencia a lo largo del pantano y sus pacíficas comunidades. Nadie lo sabe bien pues pocos sobrevivieron a lo que esa noche aconteció y los que sobrevivieron quedaron tan traumatizados por aquellos horrores del infierno que ni siquiera fueron capaces de entablar una conversación coherente nuevamente. A esto se le conocería posteriormente como La masacre infernal.

Liderados por un señor de los Nueve Infiernos, el demonio Ghazrüll que significa "Brindador de caos" en los dialectos inferiores, era en realidad el Dios Rojo al que mis hermanos y yo mismo venerábamos. Si bien, este dato nunca fue compartido con el mundo, es algo que estoy agradecido de contar pues lo he llevado conmigo por más de la mitad de mi vida.

Las esperanzas estaban perdidas tras una contienda de más de tres meses en el exterior y el interior más profundo del gran monasterio del alba roja hasta que un día, antes del inicio del nuevo año, un grupo de poderosos hechiceros apareció tras una poderosa y deslumbrante estela de luz blanca que calcinó a todos los seres malignos del exterior del monasterio que osaron mirar directamente esa luz.

Poco se supo de este evento, pues no parecía que existiese alguien capaz de acabar así con una fuerza demoníaca tan extensa. El Círculo de las Mil Estrellas era el nombre del grupo al que aquellos magos pertenecían, aunque no había precedentes de la existencia de tal organización hasta ese momento.

Si bien todo eso suena demasiado conveniente, sin duda existió un Círculo de las Mil Estrellas en el pasado aunque actualmente no son más que parte de una versión de la historia sin confirmar. Lo único que logré recabar sobre esa organización fue que eran un grupo muy selecto, quizá un puñado de archimagos, tan poderosos que podían controlar todas las esencias de la magia. Si esto fuese verdad o una mentira muy elaborada no es relevante. Lo que lo es fue el hecho de que, sin ellos, la maldad se hubiese esparcido por todo Noreth. Cambiando tempestivamente la forma de vida que todos hubiésemos llevado.

De alguna manera, aquellos magos lograrían sellar la maldad de Ghazrüll en el interior del monasterio del alba roja exterminando a su vez todas sus fuerzas diabólicas y sacrificando sus propias vidas en el proceso. Sin embargo el mal contenido en aquel monasterio maldito permanecería sellado tan solo por una centena de años antes de que los reportes más viejos notaran la presencia de la maldad que provenía del interior del lugar.

Cuando por fin desperté, a la mañana siguiente, más de tres cuartas partes de la abadía habían sucumbido ante el fuego. Por curioso que parezca, la biblioteca había sido la menos dañada de aquel antiguo edificio por razones que aún ahora desconozco. Sin duda tendría algo que ver con la aparición del sello en el piso de aquella habitación, pero sin pruebas contundentes no puedo más que hacer conjeturas y agradecer mi suerte de salir vivo de aquella experiencia infernal.

La mayoría de mis amados libros yacían envueltos aún por brasas o solo cenizas quedaban de lo que alguna vez fuese invaluable. De Demias solo quedaban restos de carne calcinada y un espantoso olor a carne quemada que no pudo más que fomentar mi vómito. Hacía años que no veía un cadáver así y, a  pesar de todo, soy de estómago débil. Todo parecía perdido en ese lugar, a excepción de la marca de fuego de un metro de diámetro que había quedado impresa en la duela de madera. Las marcas e inscripciones seguían siendo claras para mí pues eran marcas negras cual carbón rasgadas sobre la madera como si las hubiesen tallado con la punta de un cuchillo muy afilado.

El edificio no resistiría mucho más en pie, por lo que me apresuré a tomar un pergamino en blanco y un pedazo de madera chamuscada para calcar la marca. El pergamino aún lo llevo conmigo en estos días pues no me atrevo a dejarlo al alcance de cualquiera. Mi ignorancia me ha permitido sobre llevar el mal que siento desde entonces. No quisiera pensar lo que esta información podría significar para alguien más versado en las artes del infierno…


avatar
Axelier Dragonos
El Paladín Caído

Mensajes : 404
Edad : 33
Link a Ficha y Cronología : Axelier

Nivel : 6
Experiencia : 1000 / 3000

Volver arriba Ir abajo

Re: Desesperanza

Mensaje por Axelier Dragonos el Jue Mar 26, 2015 6:03 am

Los siguientes tres meses los utilicé para descifrar el contenido de las inscripciones que adornaban la marca infernal. La abadía había quedado destruida junto con la biblioteca, la cual se derrumbó apenas una hora después de que abandonara el lugar junto con otros sobrevivientes. La marca de fuego original quedó destruida pero por suerte había rescatado la imagen en mi pergamino. Los viejos hábitos jamás se pierden.

La guardia de Tirian Le Rain se encontraba en el lugar para tomar reporte del siniestro. Sin duda, por la distancia a la que estaba ubicada la abadía, debieron de haber cabalgado la noche entera. Pero eso me puso a pensar sobre cuán llamativa habría de haber sido la torre de fuego como para que, a mitad de la noche, pudieran verla a varios cientos de millas de distancia. La torre de guardia más cercana a la abadía estaba a unas diez horas a caballo, a través de camino boscoso de difícil acceso. Sin duda se tomaban su trabajo bastante en serio pues nunca había considerado que nos tuviesen alguna estima.

Pasaron algunas horas hasta que por fin nos escoltaran a mí y a otros ocho hermanos hasta el pueblo cercano de Stilyön, a un par de horas de la abadía. El guardia que me escoltaba no me dijo su nombre, pero no paró de preguntarme cosas con referencia a lo que se hacía en la abadía. Comprendía su curiosidad. Todo monje de la abadía pasaba su vida en reclusión, tan solo abriendo las puertas a viajeros y comerciantes de conocimiento. Sin embargo yo detectaba más desconfianza en su mirada. Como si sospechara sobre nuestras actividades al interior de las murallas. No era de sorprender que tuviesen una idea equivocada, tras lo acontecido, de que ahí practicábamos magia demoniaca. Aunque quizá no estaba tan apartado de la verdad en esta ocasión.

Stilyön es un pueblo de paso en el camino que conecta a Erenmios con La Aguja. En esa época no albergaría a más de mil habitantes, la mayoría mineros y leñadores. Sin embargo eran las posadas y las tabernas las que mantenían a Stilyön con un gran flujo de kulls. Debido a su ubicación, una gran cantidad de viajeros tenían una cita con las diversas atracciones nocturnas y cómodas habitaciones de sus posadas. Recuerdo que esa noche fuimos acogidos en una posada de nombre “La Fosa del Lobo”. La recuerdo bien porque el lugar apestaba a coladera, la cerveza era horrible, la comida sabía a lodo y la cama de mi habitación mantenía una comunidad de pulgas, cucarachas y sabrán los dioses que otras variedades de plagas.

Ese día no admití visitas en mi habitación y no salí de ella en ningún momento. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para perder mi tiempo en cosas triviales como la comida, la cena y el desayuno de la mañana siguiente. Por las siguientes cuatro noches no pude conciliar el sueño. Me la pasé a pan y agua y sumergido en mi pergamino y los libros que había logrado rescatar de entre los escombros de la abadía.

Por más que le daba vueltas no lograba entender el motivo de todo aquello ¿Por qué tan repentinamente aquel día de año nuevo? ¿Por qué en mi abadía? ¿Por qué las visiones? Hasta ese momento nada tenía sentido para mí, tan solo podía tratar de recopilar información para poder descubrir cualquier cosa que se ocultara tras las inscripciones de la marca demoniaca y tras las visiones de las terribles calamidades al interior del monasterio. Así mismo, buscaba referencias sobre los paladines y sus cruzadas aunque sin muchas esperanzas pues todo lo que pude rescatar sobre ese tipo de temas no fueron más que un par de libros de cuentos y un edicto rechazado hace más de cuatrocientos años.

Al pasar el quinto día en reclusión, decidí que era tiempo de abandonar el lugar e ir en busca de mayor paz. La Fosa del Lobo era un lugar popular a pesar de su lamentable estado, y con tantos agujeros en las paredes de madera no podía concentrarme. Ya me sentía suficientemente agobiado con la sensación de ser observado por demonios como para tener que preocuparme también por mis vecinos.

Estaba a punto de retirarme cuando uno de mis hermanos, Simón, llamó a la puerta de mi habitación. Ya había enrollado el pergamino por lo que no demoré en atenderlo. El hermano Simón era uno de los más viejos. Incluso más viejo que yo, y por lo tanto le tenía la suficiente confianza como para darle unos minutos de mi tiempo. Pronto lo invité a pasar y le ofrecí un trago del agua más limpia que pude conseguir en aquel lugar, pero la mirada de mi hermano era perturbadora. Parecía como si llevase días, quizá semanas sin dormir un solo minuto. Incluso yo con todo lo que tenía en mi mente no podía denegar las necesidades naturales de mi cuerpo, pero Simón, Simón se notaba claramente perturbado.

Recuerdo que lo primero que pensé en ese momento fue en coger el bolso donde había guardado le pergamino y salir corriendo de ahí. Aunque no había motivo para hacerlo algo en mi interior me decía que ya no estaba a salvo. Había pasado demasiado tiempo encerrado en esa pequeña habitación.

Fui a decir unas palabras cuando Simón se levantó súbitamente y se abalanzo sobre mí con una mirada desquiciada y un abrecartas en su mano izquierda. Estaba completamente sorprendido de cómo alguien que lucía tan agotado y sereno cambiara su actitud tan súbitamente. Logré aprisionar su izquierda con dificultad mientras que con la zurda alcancé a sostener a Simón por la garganta, evitando una mordida en mi humanidad.

Si bien el recuerdo es borroso a mi edad, aún puedo visualizar claramente el cuarteto de golpes rápidos que le di con mi mano derecha. A pesar de todo seguía siendo un Monje del Alba Roja, para desgracia del hermano Simón la ignorancia de este hecho no le había ayudado mucho para equilibrar nuestra inesperada riña.

Mis golpes fueron suficientes para hacerlo caer inconsciente en el suelo. De ninguna manera mataría a un hermano, para eso me entrené por más de cincuenta años, para controlar mis puños. Sin embargo ya había demorado demasiado en salir de aquel pueblo, por lo que cogí todo lo que tenía sobre la mesa incluyendo el tintero y la pluma que el posadero me había facilitado y salí de ahí sin mayor contemplación. Por la luz del Sol, faltaban solo un par de horas para que anocheciera por lo que me apresuré a los establos y compré una vieja mula de carga que me transportara y pudiera con todo lo que llevara encima. Solo terminé gastando unas cuantas de mis monedas, el resto lo había pagado el hermano Simón aunque no creo que jamás lo haya sabido.

Solo me detuve para comprar algunos víveres para el camino hacia Tirian Le Rain, lugar al que había decidido ir por dos razones primordiales. En primer lugar, deseaba visitar la gran colección de libros al interior de la Torre del Homenaje en busca de mayor información sobre el tema de los demonios y cualquier registro que pudiese existir de mi antigua orden. En segundo lugar, y más importante toda vía, sería visitar Frizzlejord, la fortaleza más importante de los seguidores de Luminaris en el norte.

Habían pasado unos cuarenta minutos desde que abandonara Stilyön con mi mula cuando un resplandor amarillo llamó mi atención hacia el camino que había dejado tras de mí. Llegué a pensar que se trataba solo del atardecer, pero mi mente lo descartó rápidamente ya que el poniente se encontraba en dirección opuesta aunado al hecho de que había visto el ocaso hacía no más de veinte minutos. No, el resplandor no era sino el ocasionado por el fuego. Más bien por una inmensa hoguera. Una hoguera llamada Stilyön con más de mil leños gimiendo ante las llamas huracanadas.

Fue inmensamente desconcertante, pero aún más desconcertante fue el hecho que descubrí al sentir la tierra bajo mis sandalias en vez de mi trasero sobre mi mula… y mis manos sobre mi pergamino extendido en vez de las riendas de mi montura.


avatar
Axelier Dragonos
El Paladín Caído

Mensajes : 404
Edad : 33
Link a Ficha y Cronología : Axelier

Nivel : 6
Experiencia : 1000 / 3000

Volver arriba Ir abajo

Re: Desesperanza

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.