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El Saqueo de Ommlet

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El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Mar Mar 24, 2015 2:56 am


Capítulo I

Una Aldea Tranquila.


El sol se elevaba sobre los dorados campos, mientras las altas y cargadas espigas, se movían al son de los vientos del norte. Las casas y granjas parecían apacibles, mientras que sus techos de paja y barro permanecían inmóviles ante los acontecimientos pasados. Los granjeros se despedían de sus mujeres, los niños jugaban con las gallinas, mientras las carretas pasaban por los polvorientos  y viejos caminos. Aquella vía… era una de las principales en toda la zona y diariamente, mercaderes de todos los rincones de Noreth, la recorrían, siempre con el anhelo de vender o intercambiar sus productos y ganar una buena cantidad de dinero.

Siguiendo el camino y dejando de lado los campos de trigo y hortalizas, las casas de madera y mas adornadas, se alzan no muy lejos. Se trata del pueblo de Ommlet, aunque también podría llamársele una aldea, ya que a pesar del constante dinero que fluye por sus callejuelas, de mano en mano. No crece tan rápido como otros pueblos y ha guardado su pintoresca apariencia, apacible, cálida y amistosa. Cosa que claramente gusta a los mercaderes, que constantemente llenan su pequeño mercado con objetos de los más diversos sitios. Telas de Loc-Lac, metales de los enanos, madera elfica e incluso dientes y huesos de orcos, son algunos de los productos que los negociantes ofrecen a su variada clientela.

Ommlet podría haber seguido en su paraíso, si no fuera porque un aguijón ponzoñoso ataco recientemente. Kobolds… criaturas repugnantes, similar a ratas y lagartos, de pequeño tamaño, pero gran numero. Estas criaturas habían comenzado a aparecer por los campos cercanos, primero realizando pequeños saqueos a los granjeros, una gallina, un lechón o un cabrito, para pasar a cosas más grandes, como una cría de res o incluso un potrillo. Los granjeros acostumbraban a luchar contra los lobos o zorros, pero esas alimañas eran más fuertes y si bien lograron expulsarlas, tomando en cuenta que eran muy pocas las bestias, encontraron un mejor objetivo que los pobres campesinos… el pueblo.

Los primeros ataques al pueblo fueron furtivos, casis in importancia, pero las criaturas poco a poco comenzaron a  perder el miedo a los humanos y volverse más arriesgadas. Hace dos semanas comenzó el ataque más grave. El mercado estaba lleno y atestado de lugareños y comerciantes, cuando las bestias aparecieron por la calle principal, siendo guiados por, lo que aprecia, un brujo de su misma clase. Las bestias saquearon todo lo que tenían pro frente, lastimando a varios lugareños, incluido el alcalde, un hombre bastante anciano, y a los mercaderes.

El pueblo rápidamente entro en caos, y la gran mayoría de los mercaderes abandono el pueblo. Esto traía como consecuencia que pronto dejaría de existir, si el comercio no se reanudaba… pero mientras los kobolds siguieran rondando, los comerciantes no volverían. El hijo del alcalde, un hombre que había cumplido hace poco la treintena de años, tomo el lugar de su padre, mientras este se recuperaba. Soportando las quejas de los habitantes de pueblo y los mercaderes, envió peticiones de ayuda a las tabernas cercanas… pero para su desgracia, nadie acudió. La guerra había empezado en el norte y los mercenarios y guerreros se habían movilizado hacia donde el dinero era más abundante. Esto dejaba a Ommlet desprotegido, ya que la poca guardia que tenía el pueblo, no sería capaz de enfrentarse a un centenar de kobolds si atacaban.

Dentro de Ommlet, hay varios puntos de interés. La taberna del Viejo Flint “Buscaoro”, apodo que se gano ya que en su juventud había sido minero. La Forja de, siendo algo extraño, Tammis, una mujer, que sin dejar de ser  femenina, podía romperle el rostro a cualquier orco o enano que le dijera algo. El templo, era un lugar pequeño, un edificio de piedra blanca, cerca de la plaza del pueblo, donde se adoraban a los dioses de la luz, la justicia y la cosecha, bajo la mirada atenta del joven sacerdote Eliot. Y por último, la alcaldía, un edificio simple, pero bastante bien cuidado y con una puerta de roble oscurecido por la edad y una placa de metal brillante que mencionaba el nombre del pueblo y su alcalde.  El resto del pueblo eran callejuelas, casas muy bellas, pero simples, algunas de las cuales contaban con un segundo piso y que incluso, las más antiguas, habían formado arcos sobre las calles para unirse a las contrarias.

A pesar de los ataques, se respiraba cierta paz en el lugar, seria por la costumbre de sus habitantes de no alterarse, o de que los dioses serian bondadosos y limpiarían ese lugar.

No muy lejos, a los pies de la montaña, varias manchas se movían, armadas con lanzas toscas de madera y cuchillos de piedra, estaban dispuestos a llevarse todo lo que pudieran, así lo decía Kirnik, así lo decían los dioses con escamas.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






~Sobrevivir es lo importante ... La forma no~
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Etlhan VII el Miér Mar 25, 2015 3:49 am

“Ommlet” se podía discernir en el ruinoso cartel de bienvenida a medio caer del poste el cual Etlhan estudiaba con curiosidad. Un pueblo en muchos días de camino, era casi como un milagro para él, pues sus pies ya no darían mucho más de sí. Su mirada recorrió la calleja principal, no parecía estar muy concurrida con el día que hacía, tal vez uno o dos pueblerinos, algún criajo que otro jugando y poco más.

Algunas pocas miradas se cruzaron con la suya, pero poco más, no hubo preguntas por parte de ellos ni respuestas por su parte, con lo cual, le complacía sobradamente el no ser molestado. Sus pasos dieron muchos rodeos, paradas y algún que otro descanso momentáneo antes de dar con lo que quería, una taberna donde poder descansar uno o dos días, como él estimaba.
Su mano enguantada empujó la puerta que chirrió sonoramente, revelando de seguido su figura en el umbral. Lo poco que se hablaba en aquella estancia terminó en un silencio sepulcral. Ojos atentos se fijaron en él unos segundos, se filtraron cuchicheos a una velocidad pasmosa y todo volvió a la normalidad, dejando a Etlhan en un segundo lugar. Los parroquianos allí reunidos lucían caras adustas y preocupadas ¿Una mala cosecha? Todo era posible, aunque al asesino no le importaba en lo más mínimo, solo esperaba que su estancia en esa taberna fuese tranquila.

Sus pasos fueron rápidos y silenciosos, atravesó el enorme  salón típicamente decorado con toscos trofeos y se situó en la barra, descargando pesadamente sus fardos. Un hombre sentado en un taburete cercano dirigió una mirada de curiosidad a sus pertenencias, viendo quizás el sobresalir de alguna empuñadura, cosa que hizo que rápidamente se alejase varios metros de Etlhan. El asesino rebuscó entre los bolsillos de su pantalón y sacó una pieza de oro reluciente que depositó con calma en la barra ante, el ahora ávido posadero.

-¡¡Ohh!!¡¿El señor quiere una habitación?!- Dijo mientras manoseaba la moneda para ver si era de verdad. Etlhan asintió en parco silencio y extendió su diestra con la palma abierta. Flint quedó extrañado por un momento con aquél gesto hasta que dio en la cuenta de que su nuevo cliente solo quería la llave de la habitación.-¡Perdone señor! Jejeje silencioso cual ratón ¿Eh? Supongo que vendrá por el rico comercio de nuestro pueblo.-Se preparó para entablar conversación mientras sacaba una llave de metal grotesca y la dejaba caer en la mano del asesino. Etlhan la aferró haciendo caso omiso a su interlocutor y señaló con la mano libre las escaleras. Flint captó el mensaje, calló y salió de detrás de la barra.-Si, si, por allí se va a las habitaciones, permítame que lo acompañe.-

Varios minutos más tarde, y tras haber sonsacado algo de información al tabernero, no por él mismo claro, ya que el hombre no paraba de hablar, llegaron hasta una de las habitaciones. Etlhan se esforzó por esbozar una sonrisa y despidió con un gesto a su acompañante, el cual le indicó con toda clase de detalles los horarios de comida, cena y cosas más allá del interés puesto por el asesino. Ya en la habitación, una estancia pequeña, con una cómoda, cama y barreño, depositó sus cosas en el suelo, procedió a asomarse por la pequeña ventana que poseía y observó los alrededores por un momento. Etlhan se sentó en el camastro, la cama era estrecha pero agradable, no piedra como en algunos lugares en los que estuvo. El asesino extrajo cuidadosamente un cuchillo de su bota y lo guardó debajo de la almohada como medida. Colocó los fardos cercanos a él y procedió a tumbarse, con la mirada ahora directa al techo de madera.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Mar 26, 2015 4:03 pm

El camino se extendía hacia el horizonte lleno de verde, alejándolos del frío y adentrándolos en la llanura. Los rayos del sol reconfortaban los corazones de los viajeros, todos de tés clara, brillante como el sol, y ojos expresivos con rasgos tan definidos que aquellos que cruzaban su camino les reconocían de inmediato como descendientes de los inmortales elfos solares. El blanco del rocío frío, característico de los páramos, poco a poco fue cediendo terreno al verde cálido de las zonas más tórridas y luego de unas cuantas colinas, divisaron un poblado idílico que invitaba a parar y respirar el aire sano de la mañana.

Para quienes se topaban con la extraña comitiva de elfos, apenas si se quedaban absortos, o en su defecto, les miraban por el rabillo del ojo como quién quiere pasar desapercibido sin dejar de percibir demasiado. “¡No es común ver solares en estos días!”, se dijo más de uno luego de dejar que pasaran con sus cantos y voces traídas del más allá. Más que desconfianza por su porte militante, despertaban el temor a lo desconocido, pues aquellas gentes antes que la guerra buscaban la tranquilidad de sus moradas. Eso lo sabían los lugareños y más ganas les daba de mirar a los inmortales y detallarles: parecían antorchas refulgentes con la brisa de la mañana. Se podría decir que traían los rayos del sol a las espaldas, puesto que la luz siempre andaba donde ellos pisaban, pero la verdad era contraria; ninguno se atrevía a perderse por lugares oscuros donde sus dioses son ciegos y su protección se desvanece entre las sombras de la penumbra. Tiempo atrás habían planeado aquella expedición y aunque no solían transitar los caminos humanos, y menos atravesar sus poblados, aquella era la vía más indicada hacia la reconocida fortaleza de Tirian-Le Rain, objetivo final de su cometido. Ninguno titubeó al trazar en el mapa la ruta a tomar ni tampoco en hacerse a sus armas predilectas para lo que aguardara en aquel encargo.

La noche anterior se hospedaron en una taberna limpia, de olores exóticos y calidez acogedora. Los caballos no lamentaron en absoluto el trato, pues parecía que la región vivía días de prosperidad y hasta la paja resultó una bendición para los equinos. Antes del alba repuntaron el camino, ése que de frío se tornó plácidamente verde y luego se transformó en un ancho mar dorado: las espigas estaban en su punto de recolección.

-Wïr hättën ëinë sëhr ängënehmë Rëisë. Ünsëre Göttën sïnd sëhr züfriëden mït dië mïtbewöhnërn ünd dëm Länd. (Ha sido un agradable viaje. Nuestros dioses deben estar satisfechos con los habitantes de estar región y sus tierras)- habló la líder entre ellos al notar a la distancia un pueblo encantador con un templo que se alzaba a una esquina de la plaza. –Müssën diësë Hilfë bëdankën, ödër? (Hemos de agradecer la ayuda, ¿no creen?)-río, mientras la cara de algunos se arrugaba con profundo malestar. Ya sabían ellos como terminaban esas paradas en poblados de ensueño: ella orando y ellos bebiendo, luego ninguno de las dos partes emprendía el camino y al final, ¡otro día que se perdía en honor a los dioses y la vagancia! –No tenéis que quedaros si no lo deseáis- advirtió ella como en respuesta a los pensamientos de sus allegados: -Según las cartas este pueblo es Ommlet y se encuentra a media jornada de otro resguardo. Podéis esperarme allí, reconfortar vuestras mentes y almas, bebed algo y también los caballos, pues mientras andáis a este paso firme pero lento, yo oraré a Theoneriäth y galoparé prontamente a vuestro encuentro- agregó, notando que por un instante el ambiente se había hecho tenso y luego, como el viento que despeinaba los cabellos de algunos, se tornó suave y calmo.

-No demoréis, mi Señora- advirtió como siempre Lüdriëlh, con tono bajo y enfático: -Estas tierras aún están protegidas por la Orden del filo de plata, pero nada nos asegura que esté libre de todo mal.

-Tenéis mi palabra. Dadme unas horas para organizar mis servicios y luego os alcanzaré: la mañana está perfecta y de seguro es un augurio de buenas expectativas- advirtió mientras ponía la capucha de su capa para cubrir su rostro de los curiosos. Asentó con la cabeza en gesto de despedida y, asiéndose de la crin de Firenzë, adelantó a los suyos no sin antes gritarles a lo lejos, desviándose del camino principal en dirección a Ommlet: –Que Theoneriäth os lleve con bien-.  

Como lo avistara en la colina, la aldea parecía un refugio humano por la arquitectura rústica y el paisaje que le rodeaba. Con olor a legumbres y hortalizas, la madera de sus casas se entremezclaba con los aromas propios de la comida de la mañana. Aquellas gentes también solían madrugar, pues con más de un precavido se topó mientras seguía el rumbo hacia el santuario. El comercio parecía florecer por la comarca a medida que avanzaba y los dialectos se mezclaban, demostrando que no sólo ella era extranjera en la región. “¡Menos mal tengo la capucha!”, se dijo más de una vez, pues en medio de su obnubilación por la variedad casi pasa por encima sobre uno que otro vendedor, quienes vociferaban maldiciones por haberlos sacado de sus pensamientos cotidianos. Avistó a un elfo silvestre, incluso un humano malformado por la magia con aspectos más que exóticos, hasta que al final de los barriales se alzó la plaza y, cruzándola, en una de sus esquinas, la punta de una torre le indicó la ubicación del templo de la villa. A pesar del comercio la población parecía sentirse apesadumbrada, algo que llamó la atención de Ithilwen.

No le gustaba alejarse de los suyos pero, al ingresar al santuario, luego de amarrar a Fïrenze a uno de los postes cercanos al lugar, sintió que aquel era el sitio correcto para estar. Se arrodilló a la entrada del templo y con respeto se quitó la capa como la espada, dirigiéndose con presteza a una de las bancas donde, hincándose, empezó a orar a las deidades de la luz, dejando a un lado sus pertenencias como el báculo. No fue mucho -o quizás sí- lo que estuvo allí, en trance agradeciendo el buen destino del camino, cuando una voz la sacó de su comunicación espiritual.

-Es raro ver por estas tierras a una dama solar- advirtió una voz cálida a sus espaldas. La elfa volteó y observó a un joven humano, entre los 26 y los 28 años que la observaba con curiosidad pero también con recelo. Sus ojos cafés eran acusatorios, aunque en el fondo se leía a una persona transparente y afable. El rostro, con ojeras y el pelo revuelto de un negro profundo, denotaba cansancio y en sus manos blandía una escoba y un recogedor con pedazos de vidrios requebrajados.

- Tenéis razón, mortal, pero aun así no es extraño que sea en un recinto de fe donde a mí hayáis encontrado- respondió la elfa, algo prepotente pero con mirada reflexiva: -No pretendo demorar ni tampoco distraeros de vuestras tareas, pero me era imperativo agradecer… estas tierras rebosan de una paz jamás imaginada para los míos entre vuestros pueblos mortales.

-No me distraes, mujer, como tampoco me atrevería a sacaros de esta casa, erigida a los dioses y sí, honrada con vuestra presencia. Mi nombre es Eliot, monje de esta comunidad, y es reconfortante notar que un extranjero agradece al Creador por la paz que otros respiran… aunque sea solo en apariencia.

-¿Qué queréis decir con eso?- inquirió la elfa, poniéndose en pie y extendiendo su mano hacia el humano que le servía de compañía. Él titubeó, entendiendo lo que la solar quería, pero ella con mirada firme e inflexible arremetió: –Dadme vuestra escoba, Eliot el monje, que una mujer, aunque elfa, conoce mejor de estos oficios que vosotros…

Aceptó, pues en el fondo había sentido el peso de los años que corrían por ese rostro joven de tés brillante que lo había amedrentado como si de una anciana venerable se tratara. Por su parte la doncella de Erínimar avanzó entre las hileras de sillas sin voltear su mirada, enfocada en la guardilla, siguiendo la conversación: -El trabajo es el camino a la humildad y la humildad nos libera de las cadenas del prejuicio, mortal, nos une a los demás, como creo es vuestro trabajo… No lamentéis el haberme entregado la escoba y mejor explicadme qué es lo que queríais decir… con… ¿Qué ha pasado acá?

El joven se detenía de vez en cuando a reacomodar las sillas en hileras perfectas y con cierta tristeza y temor al notar la estupefacción de la pregunta, explicó:

-Desde hace un par de semanas un grupo de Kobolds han estado atacando Ommlet. Hace poco incluso fue su última incursión, entrando en este templo sagrado, saqueando nuestras reliquias y llevándose incluso el viejo cayado que pertenecía al fundador de este lugar sagrado-. Suspiró con nostalgia y dolor, muestra de lo lamentable que fue aquel incidente: -Desde entonces la tensión se respira en cada esquina u hogar, los mercaderes han dejado de venir y el miedo se ha apoderado de varios de los lugareños, pues si en un principio aquellas odiosas criaturas parecían no muy astutas ahora son más temerarias, osadas y violentas. En su última visita lastimaron a varios habitantes, incluido nuestro alcalde…

Conforme Eliot narraba los sucesos, Ithilwen arrugaba el ceño como si aquello más que sorprenderla la ofendiera. Se suponía que aquellos predios estaban bajo la protección de Tirian-Le Rain, pero aun así el caos amenazaba con renacer en aquellas tierras pacíficas.

Lo que en un comienzo fuera zumbidos, se convirtió en alaridos y gritos desesperantes. La gente en la plaza huía por doquier y el monje, raudo, se dirigió a las puertas del templo y con fuerza propia de la juventud que portaba las abrió de par en par llamando a los lugareños a refugiarse mientras entre desesperos seguían balbuceando: “Han vuelto… Han vuelto”.

Ithilwen dejó caer la escoba y el recogedor para hacerse a la capa y sus armas, luego abandonó el templo y tomó a su fiel yegua, calmándola pues los gritos y el desespero se contagiaban a la pobre bestia. Con paciencia logró que entrará dentro del santuario, no sin antes sentir la mirada algo enjuiciadora del monje. “Ella no dejaría que su fiel compañera muriera por negligencia humana”, se argumentó para sí sin si quiera agradecer la hospitalidad del humano. En una de las esquinas contrarias al atrio dejó que la yegua se asentara y luego tomando su báculo se unió al humano. Por su parte Elios se hizo a un bastón y en posición defensiva, llamaba a los aldeanos mientras lo blandía con la esperanza de no ver aparecer a alguna de las odiosas criaturas.

-No estáis solo, monje, ¿qué necesitáis?- siseó suavemente mientras se apoyaba en báculo, clavando la mirada en las calles ahora desoladas pero impregnadas de la tensión que antecede a la tormenta.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Vie Mar 27, 2015 7:58 am

La mañana era clara aquel día, los rayos del sol calentaban el rostro del orco que sobresalia entre los cultivos de trigo. Su cabeza estaba plagada de sucesos violentos que le atormentaban,  la falta de batallas  le volvia más temperamental que de costumbre. En su cabeza se levantaba victorioso sobre sus enemigos y era nombrado líder espiritual de una gran horda, pero de momento se encontraba a las afueras de Ommlet, un poblado de humanos que desde hace un tiempo estaba sufriendo los ataques de unas asquerosas sabandijas. ¿ Que hacía Mivam en ese lugar? Todo ocurrió días atrás.

El orco se encontraba cazando junto a sus compañeros cuando un hombre salió de entre los arbustos, parecía moribundo, su cara estaba manchada de sangre, sus ojos mostraban un profundo  miedo como si hubiera sufrido algún tipo de persecución, daba la sensación de estar en las últimas. Sus ropas y sus manos estaban manchadas de sangre y parecía que le habían acuchillado en la barriga .- ¿Que hacer tú por aquí?-Le dijo Mivam claramente sorprendido por aquella aparición.

El humano, llevaba todo el camino rezando para encontrarse con alguien al que darle la misiva, pero seguramente,  nunca hubiera imaginado que su Dios le llevaría a aquellos orcos. Horas atrás había logrado escapar de sus molestos perseguidores, aunque uno de aquellos malditos monstruos le había apuñalado en el estomago.La herida no le impidió proseguir el camino, pero ahora ya había perdido mucha sangre.-Mi pue….. Mi pueblo necesita vuestra ayuda. Unas bestias sal….. Salvajes con cuerpo de lagarto lo han atacado, parecen tener un oscuro propósito. El pueblo tiene escasa protección y por eso os pido... por vuestro honor que nos ayudéis-Fueron las ultimas palabras del humano que al parecer había llegado a su límite. Tras inspeccionar el cadáver, encontraron una carta que explicaba la situación en la que se encontraba el poblado de Ommlet así como un sencillo mapa de como llegar.

-Esto me huele mal hermano, no ganamos nada ayudando a los humanos, mucho hemos luchado contra ellos en el pasado y pocas veces hemos sacado algo bueno trabajando con ellos.¿ Que te dice el Dios que mueve las cosas?-Dijo uno de los orcos llamada Natha.

- Vosotros id al campamento y informad de esto. Yo iré a Ommlet para ver si hay algo que merezca la pena saquear. Ya de paso acabaré con algunos de esos lagartos. Mi hacha esta hambrienta tiene días que no come- Dijo Mivam sonriente ante la perspectiva de batallas.

Y de esa manera, fue como Mivam decidido emprender aquella aventura. La verdad era que tenía ganas de probar su potencial en solitario, hasta ahora siempre había combatido junto a los de su clan.

El letrero señalaba la entrada al pueblo. Caminando entre sus calles pudo observar que no había prácticamente crías de humanos jugando, ni tampoco mucha vigilancia. Las gentes del lugar parecían evitar su mirada, ya debían de tener muchos problemas como para ahora recibir la llegada de un orco de casi tres metros, una armadura de acero y una piel de un huargo gigante a la espalda de la que colgaba una gran hacha de guerra. A simple vista lo que más le llamo la atención fue una herrería. -Vamos a ver que encontramos aquí-Pensó el orco.

Al abrir la puerta, sonó una campanilla indicando que había entrado un cliente. Mivam se sorprendió puesto que no entendía las costumbres de los humanos, le parecía una falta de respeto ese recivimiento. La herrera no le dio la bienvenida, no parecía darse cuenta de que un orco había entrado en su local. Había varias armas desperdigadas por el lugar y se podía sentir el calor que desprendía la fragua. La mujer estaba fabricando algún tipo de espada que de seguro necesitarían si volvían a atacar aquellos misteriosos guerreros.

-Saludos humana. Me encanta tu herrería.-dijo el orco con su peculiar sentido del humor. La humana dejo de golpear la espada y se dio la vuelta. Mivam tenía entendido que el oficio de herrero no era algo común para una hembra humana, pero decidió no decir nada al respecto. La humana parecía sorprendida al ver a un orco en su herrería, al parecer Mivam no era del tipo de clientes que solían frecuentar aquello.

-¿Quieres comprar algún arma? No me iría mal un cliente, Desde que nos atacaron esas malditas bestias ya no hay mucho negocio aquí, aunque supongo que no debes saber nada. Si mi padre siguiera con vida se arrancaría la barba, herede la herrería hace dos años, cuando murió de viejo. Desde entonces, soy la herrera del pueblo y intento hacer mi labor con eficacia. Aunque esto sea un pueblo tenemos buenas armas. Malditas bestias… me matan a los clientes. Pero aquí no entraran ya lo intentaron y despache a dos de ellas con este mismo martillo-Dijo alzando el martillo y dejando ver dos heridas leves que tenía en el brazo derecho.

Mivam, siempre efue desconfiado a la hora de conocer gente nueva, pero aquella humana le parecía honorable, por lo que decidió hablarle con franqueza .-Los de tu raza no sabeís luchar pero te has defendido bien. Estoy aquí porque me encontré a un mensajero y he venido a satisfacer mi ansia de guerra…-Dijo Mivam revelando parte de su cometido.

En ese preciso instante, un fuerte ruido desgarro el aire. Todo indicaba que lo mejor estaba por llegar…
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Lun Mar 30, 2015 2:46 am


Capitulo I.I


Escamas y palos.

Gritos y golpes, se podían escuchar por todo el mercado. Como si fueran alimañas salidas de las cloacas y pozos negros, los kobolds habían surgido desde las sombras, para comenzar a crear caos y desastres.  Tal cual ratas, los kobolds se habían separado en varios grupos, todos sin una misión aparente, más que llevarse lo que fuera brillante y útil. Muchos habían escalado por muros y techos, saltando desde los tejados para caer sobre los puestos del mercado.

Un gran grupo se había internado en este último, donde los mercaderes parecían defenderse como podían de las aberrantes criaturas. Con cuchillos y dagas, los hombres de negocios trataban de defender sus ganancias, pero las alimañas eran demasiadas, un centenar quizás tan solo en la plaza, seres de poco más de un metro, muy parecidos a lagartijas y armados con cuchillos de roca y lanzas de madera, nada difícil para un guerrero con cierta experiencia, pero para hombres que solo manipulaban dinero y no armas, eran enemigos de temer.

El alto campanario del templo tocaba la campana, una y otra vez, para que aquellos que necesitaran refugio, antes de que las alimañas se atrevieran a ponerse más violentas. El joven sacerdote se había sorprendido ante la actitud de la elfa, el estaba seguro de que estaría en el interior del templo, protegiendo sus pertenencias, pero en vez de eso, había sumado su arma al viejo cayado del joven. Las puertas del templo se encontraban abiertas de par en par y muchos  aldeanos habían entrado rápidamente al santuario, donde muchos se habían arrodillado, orando a sus propios dioses, pidiendo salvación. Otros, la mayoría hombres, habían sumado sus pocas armas a la causa de la defensa de ese lugar. Si bien no había muchas defensas, los puños eran incluso un arma que podían utilizar. Fue cuando el sacerdote diviso al grupo de Kobolds, quienes perseguían a una madre, que a su vez, arrastraba por el brazo a un niño, quizás su hijo o si los altísimos lo habían dictado, un niño extraviado por el caos.

-¡¡RAPIDO APRESURAOS!!- fue el grito dado por Eliot, mientras la mujer rápidamente entraba a esa casa de dioses y se dejaba desfallecer sobre el suelo frio, jadeando por el cansancio y con el niño aun sujeto  por su mano, llorando por el miedo y el terror. Los kobolds se lanzaron contra las puertas, una docena o mas quizás, pequeñas alimañas que solo buscaban beneficio propio. Pero fueron recibidos por puños y golpes. El cayado del sacerdote impacto contra el cráneo de uno de esos seres, se escucho como el hueso crujió y se rompió, mientras el cuerpo de este caía al suelo, convulsionando y escupiendo sangre por su boca, ¿estaba muerto? No, pero pronto lo estaría con el cráneo roto.

Las bestias, que normalmente habían huido ante ello, aprecian estar invadidas con una furia ciega, ya que pisando a su compañero herido, se abalanzaron contra el sacerdote, que sin poderlo evitar, cayó de espaldas, golpeando su cabeza contra el duro suelo, pero sin perder el conocimiento. No menos de cuatro kobolds intentaban matarle, en sus manos, dagas de piedra que rápidamente impactaron contra el cuerpo del muchacho. Sus ropas aguantaban los cortes, pero no por mucho tiempo, ya que los lagartos comenzaban a entrar al templo, enfrentándose contra sus ciudadanos. Los golpes iban y venían,  chillidos y gritos. Algunas de esas criaturas caían noqueadas o muertas, al igual que muchos aldeanos eran lastimados, las cuchillas de roca, en apariencia inofensivas, cortaban la piel como lo harían las de acero y las lanzas, si bien no eran demasiado aterradoras, cuatro o cinco podían asesinar al aldeano más fuerte.

El caballo relinchaba, e intentaba defenderse de tres kobolds que parecían haberlo escogido como objetivo, mientras la elfa se encontraba con su propio problema, ya que dos kobolds habían saltado sobre ella y arañado sus ropas, y otro estaba sobre esta, tratando de derribarla, ya que en el suelo era más fácil de abatir. Las mujeres y niños estaban siendo defendidos por los más jóvenes, muchachos de no más de quince o dieseis años, que utilizando lo que tenían a mano, más que nada algunos candelabros del templo, mantenían a raya a las bestias.

~&~


Un grito, y una multitud de personas corriendo por la calle, Flint estaba limpiando la barra cuando vio por la ventana a hombres y mujeres corriendo, junto con un gran alboroto. El conocía ese ruido, y también esa actitud… varios aldeanos entraron a la taberna, agitados, algunos heridos, pero ninguno de gravedad. En el pasado, Flint había sido un buen luchador, lo suficientemente bueno como para sobrevivir a varios encuentros con ladrones y bestias, pero ahora el cuerpo estaba cansado, y la edad le pasaba cuenta. A pesar de esto, el espíritu era fuerte y la ira contra esas bestias clara. Buscando de debajo de la barra, extrajo un pesado garrote, el mismo que utilizaba contra los borrachos problemáticos y dando un par de gritos y maldiciones, claramente de índole bastante vulgares, atravesó su local, ninguna de esas bestias entraría a su establecimiento.

Las criaturas, en su mayoría, eran astutas, y cuando vieron que varios aldeanos entraban a una “casa”, se apresuraron para hacer lo mismo. Cuál fue su sorpresa, que al dar un paso dentro de ese lugar, que les recibió un poderoso golpe, el pobre kobold solo sintió el dolor cuando el garrote impacto su pecho, cubierto por varios harapos. Sus costillas se rompieron y partieron y sus pulmones colapsaron. Su liviano cuerpo fue arrojado hacia atrás, golpeando a otras alimañas que se encontraban a su espalda.

-¡¡¡LARGUENSE MALDITAS ALIMAÑAS DE MI TABERNA O LES JURO QUE LES ROMPERE SUS HOCICOS!!!- Grito el viejo minero, mientras blandía su garrote y golpeaba a cualquier kobold cercano. Si en un instante tuvieron miedo esos seres, pronto se volvió furia cuando trataban de atacar al humano con sus lanzas y dagas, no sin mucho éxito. Pero mientras unos pocos estaban tratando de derribar al hombre, otros ya estaban subiendo al techo, para lanzarse contra este y matarle.

¿Y el silencioso asesino? Hasta ese momento al parecer había permanecido en su habitación, pero el claro sonido de las criaturas arañando el techo, era más que notorio. Su actuar podría ser decisivo para la vida del tabernero, que hasta ese momento se encontraba luchando solo, a pesar de que varios aldeanos habían decidido ocultarse en su establecimiento ¿Eran cobardes? Muy posiblemente o quizás simplemente la desesperación y el miedo les congelaba, como el veterano guerrero que se enfrenta a un antiquísimo dragón, aunque en este caso, eran hombres comunes, contra simples kobolds. 

~&~


¿Acaso la presencia de orco no era señal de masacre?, siempre era un mal augurio que un orco pisara un pueblo humano y muchos podrían decir que su llegada era el preludio de la fatalidad. A pesar de ello, su existencia seria de gran ayuda para los habitantes de la aldea. No se puede decir que todo recaería en las manos y músculos de los recién llegados, si no que serian un grano más de arena en aquel lugar.

Los gritos y aullidos salvajes fueron más que notorios, la mujer los reconocía y frunciendo el ceño, maldijo mientras arrojaba la hoja de espada nuevamente al fuego, y tomaba su martillo fijamente. Por las ventanas de la forja se vieron pasar tanto hombres y mujeres como una carreta tirada por caballos. Había caos y con ello el pueblo se arruinaría y por lo tanto, el negocio también. De pronto, un joven entro a la tienda, sorprendiéndose un instante por la presencia del enorme orco, pero pronto descartándolo y hablando con la herrera.

-¡Tammis!- Dijo el muchacho jadeando -Esas cosas… están donde el alcalde… ¡¡van a quemar el edificio!!- La mujer gruño y tomando un pequeño escudo que estaba colgado, lo coloco en su antebrazo –Bestias del demonio… voy a  reventar sus malditas cabezas- Casi gritando de molestia y dirigiéndose hacia la puerta de la herrería, mas deteniéndose para ver al orco - ¿Y tú no piensas venir? Si tantas ganas tienes de matar, es mejor que hagas algo orco- Le hablaba de tu a tu, sin siquiera molestarse en mostrar temor o sumisión ante el enorme ser y sin mediar mas palabra con este, salió del lugar, corriendo tras del muchacho y únicamente deteniéndose cuando algún kobold perdido se atravesaba ante ellos, golpear sus pequeños y reptilianos cráneos con su martillo.

~&~


En la alcaldía, muchos kobolds se habían reunidos, la mayoría trataba de entrar a la fuerza al lugar o escalaba por sus muros. Entre la veintena o mas que había en el lugar, dos criaturas aprecian sobresalir, uno portaba varios cráneos y plumas, un chaman y el otro llevaba una espada tan grande como él y una armadura de acero, casi una coraza. Se notaban que eran los líderes de esos seres… o por lo menos, los que les guiaban en ese saqueo.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Abr 02, 2015 10:39 am

MUSICA:



La alarma se expandió como el fuego en un bosque. Los sonidos de las campanas llamaban a los valientes a las armas y a los indefensos e inocentes al resguardo y el amparo. Los cálidos colores de la mañana se teñían de oscuridad y los gritos de los indefensos empezaron a ser el coro de las letanías.

-Theniöräth hïlfë…Hïlfë (Oh Dioses, ayuda… ayuda)-  habló la dama élfica, apretando los dientes ante el vendaval que se avecinaba. Apretando con fuerza su báculo, fijó sus ojos celestes en medio de la plaza de mercado, cercana al templo, en antes plácida y atiborrada de gente y ahora desolada con aún niños y madres, abuelos y comerciantes, incapacitados y pobres, huyendo, horrorizados por el ataque. Había quién les hacía frente, pero ante tal cantidad de alimañas, hacer frente era tan ingenuo como estúpido.

-¡Rápido apresuraos!- gritó Eliot al ver a una mujer con su niño en brazos corriendo con todas sus fuerzas. Al salvaguardarse e impartir algunos golpes a las criaturas, esbozó: -No lo entiendo…De verdad… no lo entiendo…- exclamó horrorizado: -Son criaturas básicas, ruines, que quedan asustadas luego del primer asalto y sólo hasta que pasa el tiempo, mucho tiempo, vuelven y aparecen en gran número para luego esconderse en la misma inmundicia donde se cultivan… Pero esta vez… Esta vez es diferente. Vuelven y vuelven…

Para entonces, el horizonte de la esquina de la plaza se llenó de invasores. Una mancha oscura y ruidosa devoraba con locura enfermiza los colores que en antes el mercado con orgullo esgrimiera. El frente que hacía resistencia a la amenaza finalmente cedía ante el número de enemigos e Ithilwen de la Casa de los Erü pudo observar de cerca a aquellas criaturas, quienes fijaban su objetivo en todos y todo.

Su fisionomía era la de reptiles, escamosos y verdosos, con rostros de caimanes y ojos inyectados de furia roja sedienta de violencia y locura. Sus armaduras como armas eran rústicas, hechas de huesos y despojos, de manufactura defectuosa, incapaces de hacerles fuertes ante los golpes. Acabarlos podía ser fácil, si tan solo fueran la veintena, pero se trataba de una peste salida de quién sabe dónde, resistente a la luz del sol como incubada en algún lugar… de manera poco natural. Y tantos, sus cabezas superaban la capacidad de alcance de la población.

Ommlet caería si no lograba ordenarse y hacer un frente de contención a la peste.

-“¿Cómo es posible que estén tan rápidamente en capacidad numérica de volver al poblado si en antes requerían de varios días para asaltarlo?”, cavilaba la joven elfa mientras el primer asalto se acercaba a las inmediaciones del lugar sagrado.

-¡Son demasiados! - balbuceó la horrizada solar, abriendo sus ojos tan grandes eran por la sorpresa. Eliot por su parte arremetía a palazos contra sus adversarios. Aturdidos y tambaleantes apenas se ponían en pie cuando con un segundo golpe caían inconscientes. El hombre de Dios no era hábil, de hecho pecaba de torpe, pero su fuerza dejaba a los kobolds en el suelo por un buen tiempo.

-Cada vez más… son más- respondió el cura, entre gritos, llamando al refugio a las familias cercanas y los comerciantes aún no caídos. Su porte aguerrido y la convicción de su mirada pura, le recordó a la elfa porqué en el inicio de los tiempos fueron los humanos, los aliados inmediatos de sus parientes longevos. Pero aún así, sus nulos conocimientos de las artes defensivas, podían llevar a ese incauto a la muerte.

-Separad los pies- exhaltó una jadeante Ithilwen, quién no paraba de mover con agilidad su báculo atinando los golpes con maestría. Aquella era su arma predilecta, y la empuñaba con la agilidad y destreza de quién ha estudiado para ello largos años de aliento. Poderosa pero piadosa, la había escogido entre todas por su vocación al perdón. Sin embargo, con aquellas bestias era insuficiente pues aunque de uno o dos golpes las derrumbara, en breve se ponían en pie, movidas por una fuerza y necesidad de muerte más allá de la lógica o la razón.

Aquello desconcertaba a la inmortal.

-Que la fuerza del golpe salga del soporte entre el estómago y vuestras piernas, humano… No tanto… No… ¡Quitad peso!... Pero, ¿a eso llamáis un golpe? ¡¡Agarrad eso con ambas manos por todos los dioses!!- reforzaba y gritaba la señora de Erínimar, como quien alecciona a un niño, perdiendo por momentos la paciencia. El cura arrugaba la cara a cada nueva orden y apenas si contestaba con resoplidos y resignación, cansado por el esfuerzo y tratando de hacer lo que la dama perfeccionaba en él. En el fondo el joven Eliot era un hombre de palabras y retórica, no de defensa y puñetera y su maestra se veía apenas unos años mayor a él, pero en su mirada corrían los años de un experiencia acumulada. ¡Aquello era frustrante!  

Las familias aún llegaban al templo y dentro parecían sentir el calor del poder divino, pues sus gritos cesaban y esto ayudaba a mantener la tranquilidad del cura como la doncella longeva, pues sus voces quietas les advertían que aún nada venía del otro lado de las paredes de la iglesia.

-¡No moriré acá!- esbozó un Eliot exhausto.

- ¡Vamos, humano! Por vuestros feligreses… por estas familias… un tanto más, ¡un poco más!- añadió una Ithilwen cansada también, entre resoplidos de una respiración agitada pues ya ignoraban a cuántos entre ella y él habían golpeado o matado. El número parecía crecer en vez de disminuir.

Entonces Firenze relinchó. La dama volteó y en ese momento un golpe en un muslo la desestabilizó. Eliot acudió a ella y arremetió contra la alimaña que la había atacado, mientras ella se ponía en pie torpemente.

Dentro las familias habían tomado las sillas del lugar, y destrozando las patas de cada mueble se hicieron a palos puntudos y punzantes de madera, que empezaron a usar en defensa de la noble yegua. La imperecedera sonrió a aquellas gentes, que estaban dando todo de sí por su compañera de viajes. Había que crear una manera de retenerles fuera… al menos hasta que llegara una mejor ayuda.

Miró al hombre de fe y en una reunión de toda su fuerza, lo asió de la camisa y lo metió adentro del lugar, quedando ella frente a él, como un dique entre los enemigos y el lugar que querían profanar.

-¡Idos de acá, bestias de la oscuridad! ¡Nada hay para vos! ¡Nada! -  agregó, extendiendo su siniestra hacia ellos y empuñando con fuerza el baculo, golpeando le piso de piedra.

Entonces, de sus labios brotó un rezo, similar al canto. Su mirada intensa y llena de convicción contagió las almas que estaba protegiendo del valor que requerían para hacer frente a la amenaza. Por su parte ella sabía que no podría otorgar un muro contra el mal, aquello estaba más allá de sus capacidades, pero si algo sí podía lograr era…

-¡THËNORIÄTH DES MEERËS, DAN THERIATH NOS’THAL! -  
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Jue Abr 02, 2015 3:40 pm

El ruido parecía volverse cada vez más fuerte, tras unos segundos, Mivam se percató de que eran gritos de dolor y de auxilio. El ataque al poblado había comenzado. La herrera Tammis frunció el ceño, maldijo mientras arrojaba la hoja de espada nuevamente al fuego y tomaba su martillo. Por la ventana se veían pasar tanto hombres como mujeres, incluso una carreta tirada por caballos.-Por fin empieza la diversión-pensó el orco que sonreía sabiendo que aquel era el tipo de aventura que había estado esperando. La herrera por su parte estaba muy nerviosa, todo el esfuerzo de su padre sería en vano si ahora aquella maldita plaga acababa con el pueblo. De pronto, un joven entro en la tienda, se quedo sorprendido al ver a un orco allí, pero enseguida recordo que había entrado para avisar a la herrera.

-¡Tammis!-Dijo el muchacho jadeando- Esas cosas…Están donde el alcalde…¡¡Van a quemar el edificio!!- La herrera gruño y tomando un escudo que estaba colgado, lo coloco en su antebrazo. Tras una sarta de maldiciones, la mujer se detuvo para ver al orco y le indicó que ya era hora de matar.- Vamos a ello humana. ¡Hay sabandijas que aplastar!- Gruño el poderoso orco al tiempo que agarraba su hacha dispuesto a acabar con las vidas de esas insignificantes criaturas. La herrera salió con rapidez por la puerta, preocupada por la seguridad del alcalde. El orco nunca había oído la palabra alcalde por lo que se limito a pensar que era una persona importante para aquellos dos. Mivam apresuró sus pasos para seguir a los dos humanos que ya habían salido de la herrería.

Fuera de la herrería todo era un caos, los hombres lagarto corrían por las calles persiguiendo a los humanos, en algunos casos los humanos se defendían y incluso había alguno que a pesar de no ser guerreros eran capaces de acabar con la vida de alguna sabandija. La vida de aquellos estúpidos humanos poco le importaba a Mivam, había venido para intentar conseguir algo de valor y a saciar su sed de batallas, aunque estaba dispuesto a ayudar a la herrera porque había reconocido una chispa de honor en ella. Tammis corría siguiendo al muchacho que había entrado en la herrería, en más de una ocasión la herrera tuvo que acabar con la vida de algún lagarto que se le acercaba demasiado. Por su parte Mivam se encontraba bastante cómodo en aquella situación, aquellas bestias eran insignificantes para él, la mayoría le miraban con miedo debido a su gran tamaño hasta que en un momento una se avanzó para intentar clavarle al orco una especie de puñal de roca. El orco se detuvo y aprovechando la ventaja de su tamaño le propino un puñetazo en la nariz, la bestia salió despedida hacía el suelo. Aprovechando el momento Mivam blandió su hacha y propinó un tajo en horizontal a otro lagarto que había osado acercarse mucho. –¡Venid a mi pequeños!. -Dijo sonriente burlándose de ellos como lo haría un señor de sus esbirros. La mayoría de aquellos seres parecían asustados y se notaba que preferían atacar a los débiles humanos antes que al orco, sin duda el tamaño del mismo era intimidante para ellos.  Dos de ellos intentaron rodearlo con sus lanzas. El orco fue primero hacía uno de ellos blandiendo su hacha en vertical lo que acabo rápidamente con la vida de la sabandija, los movimientos del orco no eran muy elegantes, pero tenía una gran habilidad para manejar su hacha y sus golpes eran muy potentes. El otro lagarto aprovecho el descuido del orco para atacarlo por la espalda, pero en ese momento Tammis se interpusó con su escudo y le golpeo en la cabeza con su martillo.-No te detengas orco.Debemos continuar-Dijo la humana con autoridad.Tras aquello la herrera continuó corriendo hacía una callejuela.-Podría haber acabado con ellos sin tu ayuda-Pensó el orco.

Enseguida llegaron a una callejuela a través de la cuál se podía ver la alcaldía, se trataba de un edificio bastante mejor cuidado que la mayoría, lo único que impedía a esas asquerosas bestias entrar en la casa era una imponente puerta de roble. Tammis parecía furiosa. Profirió varias maldiciones. El lugar estaba rodeado por una gran cantidad de lagartos, pero había dos que sobresalían, uno portaba varios cráneos y plumas, parecía un chaman y el otro llevaba una espada enorme y una armadura de acero. Se notaba que eran los líderes de esos seres.

Había que llamar la atención de aquellos seres de alguna manera solo de esa forma dejarían en paz la casa del alcalde. Mivam intentó pensar en un plan y se le ocurrió rápidamente. Salió de la protección que le ofrecía aquella estrecha callejuela y les grito a los hombres sabandija- ¡Os voy a destrozar sabandijas! Venid a mi. ¡Me comeré vuestros corazones!-Profirió en voz alta con el objetivo de llamar su atención.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Mar Abr 07, 2015 6:08 am


Capitulo I.II


Magia y Escamas.

Y con gran estruendo, las alimañas bajaron, arañando y mordiendo, con armas simples y toscas, pero con ansias de saqueo y riquezas ¿O quizás algo mas se ocultaba tras esas criaturas, tan cobardes y a la vez, tan desesperadas? Deberíamos de escribir las historias de cada habitante en aquel pueblo, de cada individuo que luchaba por mantenerse con vida y también a los que les rodeaban. ¿Seria mejor empezar por el sacerdote? ¿Quizás la herrera y su batalla? ¿O el testarudo tabernero? Que la suerte decida y que los hados sean  favorables para estos seres, que sin ser aventureros, sin ser héroes o individuos de leyenda, luchaban con todas sus fuerzas.

~&~

El tabernero movía su garrote como lo hacía antaño, con fuerza, pero con cierto temblor en sus dedos. Sus músculos no eran lo que habían sido en su juventud, pero aun podía romper cabezas con su voluntad y su clara terquedad. Los kobolds gruñían e intentaban atacar al hombre, que los recibía con golpes e insultos. Si la madre de esos seres hubiera escuchado las palabras de Flint, de seguro se hubiera horrorizado o entrado en cólera.

El garrote, de solida madera de roble, se movía de un lado a otro, con cierto descontrol, pero con fuerza suficiente como para romper brazos y piernas. Los kobolds no podían acercarse, pero no era necesario, ya que desde lo alto, varias de las alimañas estaban preparadas para lanzarse contra su víctima… o por lo menos, ese era el plan.

Es curioso como algunos hechos cambian el futuro. Ese había sido un invierno bastante lluvioso y el tabernero, había olvidado hacer las reparaciones del techo, las vigas estaban apolilladas y las delgadas tejas, no eran de buena calidad. Esto, sumado al peso de una docena de bestias, hizo lo que se suponía que debía pasar. EL techo cedió, las alimañas cayeron al piso superior, entre tejas de arcilla, leños podridos y quejidos. Dos kobolds habían caído mal, enterrándose sus propias armas y muriendo en espasmos. El resto, estaba algo aturdido y con cierto malestar en su cuerpo. Cuál sería su sorpresa, al ver que frente a ellos, un joven les miraba con  cara de asombro y sin creer lo que acababa de suceder.

En la calle, Flint se defendía, ninguno de esos seres se había atrevido a pisar su establecimiento, y eso era una fortuna para este. Mas la sorpresa fue lo que sucedió después. El vidrio de una de las habitaciones se quebró y sin poderlo evitar, el tabernero miro hacia arriba, observando como uno de los kobolds chillaba al ser arrojado por la ventana y aterrizaba violentamente contra el suelo … con todos los huesos rotos y de seguro algún órgano reventado.  Flint bajo la mirada y observo a los kobolds, y en un arrebato de ira, por el ataque, por la ventana rota y por estar de mal humor, se lanzo contra las alimañas, gritando en idiomas de mineros y maldiciendo hasta la tercera generación de, con sus propias palabras “Bastardos hijos de burros leprosos”. Las bestias no supieron cómo reaccionar y cuando lo lograron hacer, el tabernero ya estaba machacándolos a golpiza limpia, dando mamporros con el garrote y gritando cual demente… bastante impulsivo y claramente desquiciado.

~&~

Pasando la plaza del pueblo, dejando atrás el caos del mercado, nos encontrábamos con una edificación mejor construida. Muros de roca solida, dos pisos y un amplio jardín… la casa de alcalde, que en esos instantes se encontraba asediada por un centenar de alimañas. Claramente el lugar no soportaría demasiado y la puerta, aunque solida, estaba arañada y comenzaba a ser perforada por los incesantes ataques de lanzas y hachas de piedra.

Fue la presencia e intromisión de dos humanos y un orco lo que evito que la puerta siguiera siendo dañada. La mujer parecía furiosa, mientras golpeaba con escudo y martillo a cualquier ser que se le acercara, el joven, claramente con más miedo que valor, daba cortes torpes contra las bestias más torpes, que no lograban evitar su arma. Pero era el orco quien más respeto y temor ejercía sobre la maraña de garras y escamas.

Si bien la presencia de esa mole de carne y metal era de temer, dos individuos no lo hacían, dos kobolds que estaban mejor armados que el resto. ¿Acaso eran los líderes? Era posible, pero el futuro podría deparar muchas sorpresas. Los gritos del piel verde alertaron a las bestias, quienes rápidamente le rodearon, pero manteniéndose a distancia. En cualquier momento se habrían lanzado, pero gruñidos y gritos de sus “lideres” evitaban eso. Parecían dar órdenes y tras un largo sonido de sus gargantas, el caos se desato. Nadie había visto a los kobolds sobre el techo, nadie se percato cuando se lanzaron, ni tampoco cuando aterrizaron en la espalda del orco, intentando apuñalarle. Era obvio que eso no resultaría, pero tan solo era una distracción. Ya que mientras el guerrero se arrancaba los insectos de su espalda y hombros, escucho un ruido diferente. El chaman había chillado y desde su mano, un rayo color verdoso surgió, impactando contra el hombro derecho de la mole de músculos. El orco pensó que no le afectaría, ya que no había sentido ningún dolor… torpe de él, ya que al intentar mover su brazo derecho, vio que este no le respondía y que colgaba inerte a su costado… No había que menospreciar a esos seres.

El guerrero kobolds, quizás era un capitán, si hubieran tenido jerarquía militar, o tal vez simplemente uno de los más fuertes, se lanzo con su espada a su costado, con los ojos inyectados de sangre y la lengua colgando, notablemente enardecido y prácticamente demente…. ¿un berseker?

~&~

Una plegaria  a dioses no humanos, para protegerlos contra seres nefastos… ¿funcionaria? Podría ser, ya que poco a poco, los kobolds al interior del templo comenzaban a caer, algunos muertos, otros muy heridos, los cuales se arrastraban lejos de los hombres, y los últimos, retirándose por cobardía. Pero el grueso se acercaba, una gran cantidad, armados con simples espadas de roca, lanzas de piedra y dagas de obsidiana, no eran sus armas o sus dotes de batalla, era su número el peligroso.

La elfa, que hasta es momento había sido una guerrera y dura instructora, alzo su voz, recitando una plegaria que pocos habían escuchado en su vida y que de seguro no lo volverían a hacer. Una luz surgió desde las puertas abiertas y un fino cristal, tan delgado como un cabello de elfo, cubrió la puerta. ¿Una bendición de sus dioses? , era posible, ya que los kobolds se detuvieron ante ese cristal, eran muchos, ¿un centenar quizás?  Que gruñían y amenazaban. Uno de ellos se acerco al cristal y lo toco, chillando al sentirlo frio, los demás también chillaron y gritaron en respuesta. Levantando una cuchilla de roca, intento apuñalar el vidrio, únicamente logrando que se trisara… mala señal, ya que varias alimañas se lanzaron, golpeando el cristal que poco a poco se trisaba más y mas… y pronto, caería como si de polvo se tratara.

Eliot dio un grito –¡¡HACIA LA CÁMARA TRASERA!!! MUJERES Y NIÑOS PRIMERO- La cámara trasera era al guardilla, que hace poco había sido tapiada y poseía una resistente puerta de roble. Con dificultad se levanto del suelo, y mirando a todos, indico que se movieran. El corcel de la mujer también fue llevado a ese lugar, cerrando la puerta una vez que habían entrado todos, instantes antes, de que el cristal se rompiera completamente y os kobolds entraran en manada.  Sin dudarlo, se lanzaron contra la puerta, arañando su madera. En el interior de esa habitación, de no más de diez metros cuadrados, los niños lloraban, las mujeres los sostenían y el sacerdote imploraba a sus dioses que todo se detuviera.  

En apariencia estaban a salvo, pero el ruido de la madera de las ventanas tapiadas rompiéndose alerto a todos. Fue cuando delgados y cortos brazos comenzaron a  surgir de las aberturas, intentando arañar y abrir, con la clara intención de entrar para luchar.


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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Jue Abr 09, 2015 11:38 am

Mivam, estaba contento, había conseguido llamar la atención de aquellas insignificantes criaturas. Aquellas bestias parecían sentir un gran temor hacía el orco,  la mayoría no se le acercaban. Cuando alguna se atrevía a aproximarse, un hachazo con su gran arma bastaba para convencer a las demás de que el orco, era un objetivo de un nivel superior. Mivam se sorprendió al ver que el hombre que había entrado en la tienda también estaba luchando, no parecía un guerrero, su forma de luchar y sus golpes torpes lo delataban. Por otro lado, la herrera era un torbellino de martillazos, cualquier bestia que se acercaba era rápidamente golpeada con fiereza. Los tres formaban la única resistencia que impedía que aquellas bestias entraran en la casa del alcalde.

En ese momento, dos lagartos se lanzaron desde un tejado cercano cayendo sobre las espaldas del orco, intentando apuñalarle con sus rudimentarios cuchillos de roca. Mivam se los sacó de encima agarrándolos con sus dos enormes brazos, los lanzó contra el suelo, los kobolds impactaron con fuerza, de seguro se habrían roto algún hueso. En ese momento, un chillido desgarró el aire. El chaman había chillado y desde su mano, un rayo color verdoso surgió, impactando contra el hombro derecho de la mole de músculos. -¡Insignificantes ataques! Tus hechizos no me afectan- Gritó Mivam al hechicero. No debe de tener mucho control sobre la magia-Pensó Mivam algo decepcinado. En ese momento se dio cuenta de que su gran hacha de guerra estaba en el suelo. Intentó alargar su brazo para recogerla, pero había algo que no funcionaba correctamente, su brazo derecho no se movía. El chaman lo había dejado inservible con su hechizo. Las sabandijas parecían darse cuenta de la nueva debilidad del orco y seguramente ahora serían más atrevidas a la hora de combatir. El orco se dio cuenta de que solamente con el brazo izquierdo sería muy complicado blandir su hacha de guerra, un arma de ese calibre necesitaba de ambas manos para cumplir su macabra función. Mivam agarró una de las dos hachas arrojadizas que tenía. Los hombres serpiente parecían haber adquirido nuevas fuerzas, dos arremetieron contra el orco para probar su nuevo estado, grande fue su sorpresa al comprobar que todavía podía defenderse. Uno de ellos recibió un hachazo en el cuello y el otro fue herido de gravedad en el pecho. La nueva arma de Mivam no era tan mortífera, pero el orco sabía utilizarla. La realidad era que el orco se sentía incomodo para combatir, ese estado era algo nuevo para él y si no recuperaba pronto la movilidad del brazo, estaría en serios problemas.

Los herrera pudo ver que el orco había sido dañado por aquel rayo verde. -¡Debemos ayudarlo!- Le gritó al joven. Ambos se pusieron alrededor del orco intentando que no se le acercaran demasiadas bestias. La herrera seguía combatiendo con un empeño admirable, pero si seguía de esa manera pronto se agotaría. Sus ataques ya empezaban a ser más débiles y alguna lanza de los kobold ya había conseguido infligir cortes en sus piernas. Por otro lado el joven estaba resultando más útil para la causa de lo que se esperaba, aunque no era capaz de matar a demasiadas sabandijas, estaba sirviendo de contención ante algunas criaturas.

El guerrero Kobold, comenzó a correr en dirección al orco. Las demás sabandijas le abrían paso y quedaban expectantes ante la brutal carga. Los ojos de aquel lagarto eran diferentes al resto, estaban inyectados en sangre, parecía no sentir miedo alguno hacía Mivam. Aquella bestia se parecía a un orco enfadado.-¡Por fin una batalla de verdad!-Pensó Mivam excitado, aunque con cierto grado de agonía debido a su brazo inerte. El primer golpe de la sabandija fue muy predecible. Mivam se hecho para atrás y cuando la enorme espada pasó de largo, intento devolver el golpe, pero aquel animal era demasiado rápido y Mivam no pudo contratacar. Un nuevo espadazo con una potencia similar, fue esquivado por poco. Aquella batalla era algo desigual, aunque los golpes del lagarto era muy predecibles debido al tipo de arma que portaba, sus movimientos eran rápidos y eso dificultaba que Mivam pudiera esquivar los golpes y luego contratacar. Por si fuera poco algún kobold había conseguido burlar a la herrera y al muchacho y ahora le molestaban intentando clavar sus rupestres armas, aunque con poco resultado debido a la armadura de Mivam. Mivam estaba bien protegido para esas armas, pero no podía parar de retroceder ante el empuje de aquella poderosa criatura.-Para atacar deberé dejar que me de un golpe. Me acabará dando de todas formas...- Pensó mivam colocándose de lado ante el nuevo ataque del berseker de manera en que su predecible ataque impactara en su hombro derecho que estaba protegido con placas. El golpe impacto con fuerza, Mivam consiguió no desestabilizarse demasiado, debido a su gran peso, su armadura y que ya esperaba ese golpe. En ese momento aprovecho para lanzar un poderoso hachazo directamente al cuello del berseker.(Golpe concentrado)- ¡Muere sabandija!- -Grito el orco con la peculiar furia de los orcos.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Abr 09, 2015 10:57 pm


-¡¡HACIA LA CÁMARA TRASERA!!! MUJERES Y NIÑOS PRIMERO- gritó el hombre de Dios a sus feligreses, observando atónico cómo el poder de la longeva se materializaba en un fino trazo de protección divina. Un pedazo de luz solar les cobijaba de la bandada de alimañas aunque en vez de sentirse a salvo el apremio a huir se hizo más tangible. Aquellas criaturas antes de marcharse, matarían a todo que se interpusiera en su camino. -Vamos… rápido… ¡Avanzad!- ordenaba Eliot, esgrimiendo su cayado como si de una espada se tratase.

Pero la longeva parecía en otro lugar, observando fijamente a las criaturas iracundas que detrás de la barrera se levantaban con fuerza sin sentir siquiera la impotencia de no poder avanzar más en su cometido. “Eso es raro”, pensó para sí notando la furia y fiereza con que aquellas bestias la observaban tras la luz cristalina de su propia protección.

Como perlas nacaradas caían las gotas de sudor por su frente. Ithilwen apenas si podía sostenerse; entre la primera oleada del ataque y el conjuro que acaba de invocar sus fuerzas menguaban. No se desplomó pues su fuerza de voluntad era grande, además le podía más la necesidad de ayudar a aquellas gentes que la de perecer fortuitamente por no tener un poco más de aplomo como persistencia. Además, sentía el peso de la responsabilidad en sus hombros: nunca se había presentado ante el cura como debía, pero ella era descendiente de los primeros elfos que poblaron el mundo, un Alto Elfo de la casa Regente de Erínimar, ¿cómo podía permitirse desfallecer frente a una plaga tan insulsa y ruin?

Se soportó como pudo sobre el báculo, cuya piedra coronada lanzaba aún destellos azulados de dónde los cabellos del vidrio se habían tensado. Aquel poder era nuevo para ella. Si lo había utilizado una o dos veces no era más, pues aún con sus años y experticia le faltaba mucho para dominar las artes ocultas de la magia de los divinos. Glïndolïn, la espada de su padre, avistaba  luces pálidas que desde su hoja escapaban tras la funda que la protegían. La situación no era esperanzadora y el arma de antaño, forjada en los mismos fuegos del Primer Reino Élfico, parecía notar el peligro.

- No es mucho… pero… al menos servirá para retrasarles…- advirtió finalmente con la respiración cortada y el aliento desfalleciente.

- Había oído del poder de los solares, pero nunca imaginé vivir lo suficiente para verlo-respondió el párroco del pueblo, también bañado en sudor, escondiendo entre su tono calmo la ansiedad como el asombro por todo lo que acababa de presenciar. Pero entonces reparó en el semblante de la joven, y su espíritu de caridad le hizo recuperar el tono autoritario con el que había guiado hasta ese momento a su rebaño: -Ahora mi señora, sé que estáis agotada pero tenemos que guarecernos. ¡Vamos! Un pie después del otro… Tal cual me lo indicarais a mí antes-

Las palabras de Eliot hicieron sonreír de medio lado a la longeva, quien con esfuerzo cruzó su brazo por la espalda de él y lentamente avanzó hacia la recámara donde Firenze aguardaba. De instructora había pasado a niña inválida, y aquello la divertía pues para ella era increíble cómo el destino variaba con la misma incertidumbre con la que las lunas influenciaban la marea.

-Gracias, humano- arremetió la longeva entre pasos cortos pero sin agachar nunca su cabeza. El orgullo y la soberbia de su raza sería lo último que abandonaría en el mundo.

La algarabía de aquellas criaturas se intensificaba a sus espaldas. Sus chillidos y el sonido de sus armas raspando la protección divina alteraba los nervios de todos. En breve el conjuro dejaría de ser útil y penetrarían el interior del lugar sagrado. La elfa apretó el báculo y como pudo apresuró el paso, con la ayuda del cura. Sus torpes intentos de andar por sus propios medios les hicieron perder el equilibrio en más de una ocasión, siendo una de éstas la oportunidad de ver de cerca el cadáver de uno de aquellos kobolds.

Ithilwen, caída de bruces por su torpeza, miró con curiosidad a aquella criatura verdosa. Incluso se aventuró a tocarla, a abrir de nuevo sus ojos reptilios, tratando de entender por qué una criatura como aquella escondía tanta voluntad como para arremeter de manera inconsciente y enfermiza hacia el poblado. Parecía un acto de locura y no un influjo natural. Entre sus cavilaciones consideró que los hechos iban más allá de un simple saqueo… quizás pretendían cazar a los humanos –una venganza siempre puede ser el inicio de una masacre- o quizás iban tras algo en particular. Esas fueron las conjeturas de la dama de los solares, pero nada dijo, más allá de ponerse en pie una vez más y seguir a Eliot hasta el sitio para guarecerse con la gritería y el frenesí tras sus espaldas.

Al final entraron en una recámara decorada y bellamente pintada, muestra de los dones que los dioses habían inculcado en la raza de los mortales humanos. Eliot dejó sobre una de las columnas a la elfa y con una media sonrisa se dirigió junto con otros hombres a cerrar las puertas de aquel cuarto. La doncella acudió donde su montura. La yegua estaba alterada aunque poco o nada relinchaba al encontrar los ojos de Ithilwen dentro de la multitud.

-Rühë, mëin klëin… Rühe (Tranquila)- entonaba la de cabellos azabache, acariciando la crin de su compañera. Alrededor los niños se hicieron, como llamados por el mismo poder de la imperecedera, ignorando el peligro que hasta hacía poco les había hecho correr lejos y dejarlo todo atrás para guarecerse.

Entonces, los ruidos de los cristales rompieron el encanto de su voz profunda. Eliot con su cayado y varios de los hombres se ubicaron bien protegiendo la puerta o bien tras los ventanales. Ithilwen se puso en pie una vez más, pero el cansancio de su mente aún le impedía moverse con la agilidad que lo hiciera en antes. Con horror observaba como las manos de las criaturas rodaban por el suelo al ser cortadas por los humanos que hacían guardia en los ventanales, mientras el traqueo de uñas y picas se hacían sentir tras el portón de roble macizo. No había escapatoria… mujeres y niños no podrían huir de ese lugar, no a menos que Eliot conociera un atajo para que ellos huyeran mientras los demás entretenían a los enemigos.

Como una anciana en su bastón, se movilizó hasta donde estaba el cura y con un soplido de voz, muestra de su propio agotamiento, preguntó: -¿Hay manera de que las mujeres y los niños puedan salir de esta trampa? Estamos encerrados… rodeados… Si fallamos en la defensa de esto, no habrá manera de proteger el futuro de esta villa… sus hijos… - preguntó con horror la doncella mientras los gritos de los sangrientos kobolds se elevaban por las paredes.

No se había permitido hasta ese momento languidecer, pero ante la impotencia de su propio cuerpo, el cansancio de la batalla y la situación aprensiva, sucumbió a la respuesta obvia: “Ayudadnos Dioses… porque yo… no doy más”.
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Ithilwen Erulaëriel

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Re: El Saqueo de Ommlet

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