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El Saqueo de Ommlet

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Mar Abr 14, 2015 12:34 pm

 
Capitulo I.III
 
Muerte y Locura.
 
Una lucha extraña, una pequeña alimaña de no más de un metro, contra un poderoso orco de casi tres. Una batalla que podría ser contada en las tabernas, entre borrachos y campesinos, pero que tampoco sería algo demasiado curioso. El orco retrocedía… ¿retrocedía?, quizás era más inteligente que los de su especie, había sido criado diferente o simplemente tenía una veta más humana, la de la cobardía, corriendo por sus venas. La respuesta no era simple, tal ve si solo tal vez, era un guerrero más experimentado que los que le rodeaban. Fuera como fuera, el combate era desigual, la alimaña, el pequeño lagarto, de seguro no podría vencerle, especialmente tras tener esa dura y gruesa armadura. Pero el destino es cruel y cuando se requiere, que este desarme las hebras del destino, lo hace gustoso y con placer.
 
Golpe tras golpe el orco retrocedía, evitaba aquellos golpes, su enorme cuerpo se movía tan rápido como fuera posible, los golpes eran predecibles, pero el pequeño ser contaba con una velocidad abrumadora, algo que él había permitido vivir hasta ese instante. El orco debía de hacer algo y arriesgándose,  decidió contraatacar. El filo del arma choco contra la dura coraza de la armadura,  y aprovechando el momento, blandió su hacha, con la clara intención de separar la cabeza del cuerpo de ese ser… pero la fortuna no le sonreiría. La espada… aquella simple espada, con apariencia tan común, no era tal, con una fuerza superior a la de cualquier kobolds, el filo corto el metal y acero, de la misma manera que lo hacia una espada contra simples astillas de madera.
 
El orco no pudo reaccionar, ya que su hacha había seguido el curso destinado, únicamente cortando el aire. La alimaña había seguido hacia abajo, con la fuerza de la espada, mientras la armadura, la cual protegía el brazo derecho,  era, literalmente, cortada con una brutalidad salvaje.  El enorme guerrero debía de reaccionar rápido, ya que tan solo al tocar con sus patas el suelo, la sabandija se impulso, con la espada firmemente sostenida, con intención de apuñalarle. La armadura no soportaría muchos golpes como ese, notándose que aquella espada era diferente a lo que aparentaba ser. NO muy lejos, el brujo chillaba, y recitaba con su reptiliana lengua, una letanía ¿Un nuevo conjuro? De seguro, ya que los kobolds a su alrededor comenzaban a caer muertos… entre dolorosos espasmos y espuma brotando de sus hocicos. Algo malo sucedería si no era detenido a tiempo.
 
La herrera hacia todo lo que podía, había roto varias docenas de cráneos, quebrado cientos de huesos, pero las alimañas no reducían su número, únicamente parecía que brotaban mas y mas desde callejones o techos. Como si de una marea de escamas azotara la apacible aldea.  Esas ideas, ese pensamiento, le hizo dudar un instante, un parpadeo, pero fue suficiente para sentir un agudo dolor en su pierna, una lanza había sido clavado en su muslo, haciéndola caer, apoyando una rodilla en el suelo … en clara desventaja, las bestias parecían desquiciadas, muchas temblaban, no de miedo, si no de emoción. Una de ellas se lanzo, sin contemplaciones contra la herrera, pero el certero golpe del muchacho, hizo que esta cayera al suelo, sosteniendo el muñón que antes era su pierna y gritando de dolor y furia… la situación no se veía con buen futuro para esos guerreros.
 
La situación no era mejor en el templo. Como ratas encerradas, los feligreses, el sacerdote y la elfa, luchaban por permanecer con vida. Arañazos y golpes en las puertas y ventanas tapiadas. Mientras niños lloraban por miedo y las mujeres, sin importar la edad o el parentesco, les  abrazaban, tratando de calmarlos y prometiéndoles que todo iría bien. El sacerdote no sabía qué hacer, en sus años jamás había presenciado tal barbaridad, salvajismo o violencia. El pueblo era tranquilo, siempre lo había sido y aparte de alguna lucha de borrachos, jamás había sido derramada tanta sangre. De pronto, un golpe diferente comenzó a azotar la puerta... esta se mantenía firme en sus bisagras, pero el golpe se hacia mas fuerte, como si con algo golpearan la puerta. –UN HACHA… CONOSCO ESE SONIDO… ES UN HACHA- Grito uno de los hombres, un fornido campesino, que hasta ese momento, había defendido a las mujeres y la yegua.
 
Fuera de esa habitación, los kobolds saqueaban, arrancaban las telas del pulpito, guardaban los cálices, los símbolos sagrados e incluso cualquier estatuilla, por humilde que fuera. Al mismo tiempo, un kobold, algo más grande, golpeaba la maciza puerta con un hacha, de tosca fabricación, claro está. Golpe tras golpe, la puerta se resistía, pero poco a poco parecía ceder, ya que la madera se abría con los repetidos golpes. Las sabandijas lastimadas, eran llevadas por sus compañeros lejos de aquel lugar. Existía cierto compañerismo entre esos seres… aunque extraño, eran de cierta forma, humanos o quizás humanoides.
 
La pregunta de la elfa no paraba de rondar en la mente del joven humano… aquel lugar no tenía ninguna escapatoria e incluso, las viejas entradas a las catacumbas de la aldea, estaban lejos de poder servir, al ser la entrada  otra habitación.
 
Los kobolds gruñían y chillaban, mientras el hacha golpeaba una y otra vez. Las ventanas habían sido dejadas de lado, quizás era posible escapar por ahí… pero se arriesgarían a estar rodeados por docenas de seres, que aun pululaban por las callejuelas y techos del lugar.  De pronto, el sonido de la madera rajándose pudo ser percibido, y un poco de luz se filtro desde la puerta… estaba cediendo.
 
Mientras la elfa estaba agotada, podía recordar la mirada del kobold, no era de ira o furia, tampoco de la búsqueda de riquezas, había miedo, no por él, si no por otra cosa, como si aquel ataque no fuera su naturaleza, si no una impuesta… aunque sería raro pensar ello viendo lo horribles y monstruosas que eran.
 

Fuera de pueblo, a las faldas del monte cercano, una fogata ardía, sobre una vieja roca, un hombre miraba como columnas de humo se alzaban del pueblo. Su armadura estaba abollada y ciertamente, con las marcas de la batalla. A su lado, un martillo de guerra aguardaba. Su rostro severo, su cabeza carente de cabello y un símbolo en su pecho, un sol negro, no daban buen aspecto ni la de alguien puro o guerrero bondadoso. A su lado, un kobolds agachaba la cabeza, sus tocados de plumas, sus ropas mejores que el resto, dejaban ver que era uno de los líderes de las tribus que azotaban la aldea. –Sseñor… como lo pidió… sse essta atacando… por favor… dejenoss verless- El clérigo, ya que podía decirse así, miro hacia otro hombre cercano, el cual tirando de una dura cuerda, hizo aparecer a una kobold, claramente se podía decir que era femenina por sus facciones más suaves y menos horrorosas, en sus brazos, llevaba una pequeña cría, sostenida con fuerza… la hembra chillo, pero el jefe no podía hacer nada. –Cumple y las tendrás de vuelta, traiciona y degollaremos a todos- Palabras simples de aquel hombre, pero cargadas de malicia y brutalidad.


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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Vie Abr 17, 2015 1:55 pm

La espada del Kobold fue capaz de abrir un gran tajo en la armadura, por si fuera poco, el ataque del orco fue esquivado debido al mismo ataque de la sabandija.-Maldito seas-pensó Mivam. Aquella sabandija era más veloz que él, sería difícil seguir esquivando sus golpes. Era necesario que Mivam reaccionase, se había quedado algo confundido por el hechizo del brujo, le había dejado el brazo derecho totalmente inmovilizado y seguía sin poder moverlo. El guerrero Kobold se impulsó para intentar acuchillar al orco con su espada. Mivam, por acto reflejo desvió el ataque con un poderoso tajo en horizontal. El contraataque hizo que el kobold perdiera la estabilidad por completo inclinándose hacía la derecha. Mivam aprovechó el momento de flaqueza y dando un paso hacía adelante para coger más impulsó le propinó al kobold un enorme tajo en el cuello que de seguro acabaría con su vida. El hacha del orco quedo clava en el cuello del reptil que se retorcía en el suelo, consciente que sus días se terminaban.-Descansa en paz guerrero-Pensó el orco. Todo había sucedido muy deprisa y Mivam no se había dado cuenta de que no había conseguido desviar el ataque del kobold correctamente, tenía la punta de la espada clavada en la pierna. ¿Que clase de espada era aquella? Incluso habiendo sido interceptada había sido capaz de penetrar en a pesada armadura del orco y clavarse en la dura piel del orco.

-¡Brarghhhhhh!- bramó victorioso el orco. Mivam podía aguantar el dolor en la pierna debido a su naturaleza orca, pero el hecho de tener una espada clavada en la pierna derecha dificultaba enormemente su movimiento y sí no se trataba pronto esa herida, supondría un problema.-Dame fuerzas Dios. Ayúdame a derrotar a mis enemigos-pensó. Su cuerpo estaba bastante debilitado y su brazo seguía sin poder moverse.

Mivam se dio cuenta de que el hechicero estaba clamando una letanía. Los kobolds que había a su alrededor no parecían poder aguantar el enorme caudal de magia que se estaba desatando en ese lugar, caían al suelo secretando sin parar.- ¡Otro hechizo! Debo matarlo pronto.-Pensó al tiempo que intentaba avanzar en dirección hacía el brujo, pero su pierna herida no le dejaba. Por si fuera poco, los kobolds conscientes de su debilidad le habían rodeado y parecían estar dispuestos a lanzarse encima suyo en cualquier momento.

Mivam no era precisamente muy diestro ejecutando planes, hizo lo primero que le vino a la mente. Cogió su otra hacha arrojadiza y con todas sus fuerzas se la lanzó al hechicero kobold. El hacha avanzaba rápidamente por el aire en dirección al pecho de la criatura. En ese mismo instante la criatura parecía estar apuntó de lanzar el hechizo. La decena de kobolds que había alrededor de Mivam se lanzaron hacía él. Saltaban a su armadura con la intención de arañarle, morderle, acuchillarle. El ataque cogió al orco por sorpresa porque no se esperaba que aquellos seres se lanzaran de golpe hacía él.¿ Acaso estaba tan debilitado para que aquellos seres osaran atacarle de esa manera?  

La situación de la herrera tampoco era mucho mejor, tenía una lanza clavada en la pierna. El muchacho le estaba ayudando a combatir y juntos parecían poder mantener a raya a los kobolds, pero no sería por mucho tiempo. Todavía llegaban nuevas sabandijas. Pasaron muchas cosas en ese instante y la herrera pudo verlas todas. Un hacha del orco voló directamente hacía aquel extraño Kobold. El hechicero parecía lanzar una especie de rayo en dirección al orco y un gran cantidad de kobols saltaron encima del orco.

¿Sería aquel el final del orco? El único que lo sabe era el gran Dios que mueve el mundo. En ese momento Mivam decidió no quitarse a los kobolds de encima consciente de la posibilidad de que el brujo le lanzará el conjuro que estaba preparando, pero si no se los quitaba pronto de encima estos conseguirían hacerle daño porque uno de sus brazos estaba completamente desprotegido. Con el brazo izquierdo se cubría la cara para que ninguna sabandija le dañase en exceso.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Dom Abr 19, 2015 1:28 am


Como presas entre lobos, así se encontraban los resguardados en la casa de Dios. Afuera del habitáculo, las alimañas chillaban, gritaban, injuriaban, hacían cruzar sus aceros mientras enloquecidas se colaban sus ruidos por las paredes. Las mujeres abrazaban a sus pequeños, consolándolos, mientras los niños más mayores lloraban, sintiendo el peligro eminente. La situación era desesperada.

Firenze también estaba tensa. Sus músculos se pronunciaban al constante movimiento de la respiración agitada. No relinchaba, pero tampoco parecía atender a nada más que las vociferaciones que los atacantes emitían afuera de la recámara. Ithilwen, en la otra esquina del lugar y aún cansada por la invocación de aquella protección, se levantó y como pudo llegó donde su compañera. Se sentía de ánimo despierto a pesar del encierro, y compadeció a la pobre yegua, asustada por todo el barullo que se producía entre los atacantes y los mismos combatientes. A su alrededor los humanos se gritaban los unos a los otros, armándose con lo que tenían a la mano, atajando todas las intenciones de las criaturas de pieles escamosas por entrar a través de las ventanas. Los defensores habían tomado como armas parte de la madera de las sillas del templo, pero también se habían hecho a espadas, lanzas o picas que los mismos kobolds habían esgrimido contra ellos.

La elfa acarició el rostro de su compañera, tratando de hacer que ella obviase el alboroto que las rodeaba. Al comienzo fueron pequeños dejos cuidadosos entre su lomo, recorriendo su nuca hasta las orejas, pero luego se aventuró delineando el contorno de sus ojos, bajando hacia el hocico. Le hablaba en su lengua y la yegua, tras tantos años acompañando a su dueña, la miro atendiendo a las palabras como si la comprendiese. Sin embargo, a pesar de la dulzura que la doncella trataba de transmitir, el animal de pelaje cobrizo continuaba nervioso, enfocando la mirada en la puerta.

-Ich wéïss… Ich wëïss.. Sië wërdën schön rëin sëin (Lo sé…estarán pronto dentro)

Todos la observaban con curiosidad. Los niños y sus madres, como si fueran atraídos por un imán, rodearon a la solar, que aunque también nerviosa, continuaba entonando sus rezos. En el fondo, la doncella de Erínimar actuaba como le enseñaran sus maestros: encomendaba oraciones a los dioses, buscando su protección, no sólo para ella, sino también para aquellas gentes que nada entendían de la ira y crueldad con que sus Enemigos les atacaban.

Entonces el rostro de aquel cuerpo sin vida, escamoso y verde, vino a su mente, perturbándola. Cuando venían hacia ellos sus ojos eran rojos, encendidos como brasas azotadas con la crueldad de la locura brotando de su interior de una manera ajena a su propia naturaleza; en cambio el cadáver rebosaba de tranquilidad, de otra mirada… de otro espíritu. ¿Posesión? No… ¿Qué poder podría controlar a tantos y con qué motivo?

Entonces los sonidos del hacha en la puerta hicieron que los niños volvieran a llorar y las mujeres desesperaran. Firenze relinchó mientras uno de los humanos gritaba con todas sus fuerzas:

–UN HACHA… CONOZCO ESE SONIDO… ES UN HACHA.

“Por supuesto que lo era”, repuso la solar para sí, bufando por lo poco atinado que había sido el humano, alterando a todos los que allí estaban.

Ella se puso en pie, tomando su báculo y resguardando la espada a su diestra, en la funda.

-Eliot- llamó en su acento extranjero al cura del lugar: -Distribuyámonos mejor-atajó la imperecedera.

-¿Qué propones, dama élfica?

-Dos humanos por ventana; dos resguardando en el interior al fondo, tras esa columna al lado de Firenze, donde las mujeres y niños se ubicarán; finalmente el resto de humanos frente a la puerta. Si logramos atajar a todos sólo en la puerta, es posible que salvemos a los inocentes- advirtió la de cabellos azabache mientras los sonidos cortantes del hacha se hacían más roncos y profundos. Los kobolds festejaban, lo que quería decir que pronto la puerta cedería.

El joven de cabellos oscuros tomó su lacayo y asintió. Era un líder innato pero le fallaban los conocimientos bélicos. La elfa tampoco es que tuviera demasiados, pero por sobre todos aquellos campesinos ella les doblaba la edad y la experiencia. Su estrategia era simple: atajar lo que sea que entrara por la puerta, fuere lo que fuere. Con los humanos a su disposición sabía que se podía lograr, a fin y al cabo era sólo un lugar de entrada y si se mantenían bien organizados y en posiciones establecidas, serían capaces de atajar la contienda. Sólo un número determinado de enemigos traspasaría por el umbral.

La solar se encomendó a sus dioses y una vez más esgrimió a Glïndolïn, cuya hoja reluciente aún no había sido puesta a prueba con los enemigos.

-Ya estamos listos- sentenció al son del crujir de la madera y el coro de alimañas entrando por el frente.

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Miér Abr 22, 2015 5:51 pm

 
Capitulo I.IV
 
Garras y Acero.
 
Sudor y sangre, un jadeo continuo bajo aquel montón de escamas y chillidos. Los kobolds intentaban arrancar cualquier vida que podían. El orco se mantenía quiero, protegido por aquella coraza improvisada y viviente. Quizás había ideado una idea de protegerse de lo que vendría.  Antes había lanzado su hacha, esperando acabar con el brujo, pero este había visto su ataque y en un acto despiadado, agarro uno de las bestias más cercanas y la coloco frente a él. El filo se incrusto en la cabeza del kobolds, matándolo al instante y salpicando de sangre al brujo, que sin inmutarse, continúo con sus blasfemas y desagradables palabras.
 
El orco ya había asesinado a su contrincante, sacrificado su pierna, la cual ahora tenía incrustada el metal de aquella arma. Una herida que le haría débil y vulnerable, pero aquellas palabras no estaban en el vocablo orco y aun menos rendirse ante tales sucias alimañas.  Volviendo a lo anterior, las criaturas se habían lanzado en oleada contra el enorme cuerpo del orco, que protegiendo su rostro, esperaba que el brujo lanzara su conjuro, mas no contaba con que las alimañas eran muchas y estas intentaban tomar cualquier trozo de carne para sí mismas. Más de una se apoyo sobre la espada, clavada en el muslo verdoso, si bien no eran pesadas, aquella presión hacia que el orco apretara sus dientes, al sentir como al espada se incrustaba más en su carne o se movía por el peso.
 
Fue cuando debía de apretar los dientes por el dolor, que lo sintió, un horrible calor, y el aroma a carne chamuscada. Gritos resonaban por todos lados y más de una quemadura quedo sobre la piel del orco, mas cuando aparto sus manos de su rostro, pudo ver como a  su alrededor, docenas de kobolds convulsionaban, con sus cuerpos medio calcinados, aun vivos y sufriendo espasmos por el dolor y la agonía. 
 
Instantes antes, el brujo había terminado su letanía y de sus delgados dedos, un rayo verdoso había surgido. Al impactar contra la coraza de kobolds, había explotado en una llamarada mayor a la de una simple bola de fuego y mucho más potente, lo suficiente como para hacer que las espaldas escamosas de esos seres, se hubieran calcinado hasta los huesos. EL orco se había salvado, pero no habían tenido tanta suerte la herrera y el muchacho. Cuando la mujer había visto el conjuro, ya había sido muy tarde, estaba demasiado cerca del orco y seria afectada… o eso pensó, cuando fue cubierta por otro cuerpo, era el joven, aun un muchacho, el cual lee había abrazado, protegiéndola con su propio cuerpo. Habría sido amistad, un amor no confesado o quizás un parentesco lejano, pero la protección del muchacho, le había salvado la vida.
 
La mujer había dejado ir parte de su frialdad, mientras zarandeaba los hombros del muchacho, el cual aprecia ya muerto. Un grito de ira surgió de la humana, mientras tomaba su martillo y la espada del chico y sin importarle el dolor de su pierna, se enfrentaba a los kobolds que aun estaban con vida a su alrededor, protegiendo el cuerpo del muchacho, como lo haría una madre con sus crías.  Dos kobolds cayeron, cuando la mujer les reventó los cráneos de un único golpe, estaba enfurecida y dolida, ahora era más peligrosa que antes.
 
El brujo chillaba, iracundo, su conjuro no había acabado con sus enemigos, el berseker estaba muerto y el plan parecía no tener final. Rápidamente comenzó a dar órdenes, mientras él se giraba y se marchaba rápidamente, seguido de varios kobolds.
 
Solo quedaba una veintena de esas alimañas, y los sonidos desde el interior de la casa, eran más que notorios ¿abrían logrado entrar finalmente?, no había mucho tiempo para pensar en ello, ya que el orco estaba en desventaja, al igual que la herrera, irónicamente, ambos tenían una de sus piernas heridas y aun estaban en condiciones de luchar, aunque con cierta desventaja.
 
~&~
 
Flint siempre había sido considera un viejo minero, alguien que amenazaba con un garrote a quienes incordiaban en su taberna, pero nadie se hubiera imaginado que aquel tabernero era tan brutal en batalla. Sin haberlo deseado diez cadáveres habían a  su alrededor, la mayoría con las costillas y el pecho reventado o el cráneo partido en dos. Habían también otros que tenían brazos y piernas rotas, incluso alguno había sentido como su espina crujía y ya no sentía sus piernas o únicamente podía mirar el cielo, inmovilizado y con terror. La batalla era así y más si deseaban dañar lo que al humano le había costado tanto conseguir. Únicamente los que eran mineros sabían lo que era internarse en la oscuridad, cavar y cavar, esperando encontrar algo, romperse las uñas, sudar y terminar con el cuerpo destrozado, para volver nuevamente al otro día … nadie lo sabría, ya que cuando volvía al pueblo, traía una sonrisa  algo de dinero.
 
Ahora luchaba, por su taberna, por los habitantes del pueblo y por si mismo. Sus gritos e insultos se mezclaban con los chillidos de los kobolds, su garrote rápidamente hacia el trabajo, resonando cada vez que golpeaba un cráneo o un hueso. Pero no duraría mucho, era viejo y el cuerpo no tenía las fuerzas o vigor de la juventud. Eso lo sabían los kobolds… y esperaban que el arma temblara para lanzarse como una manada de ratas. En cierto momento, el tabernero debió de apoyarse contra el muro de una casa, momento idóneo para las alimañas, que sin dudarlo se lanzaron, Flint estaba en problemas, sintió varios cortes y mordiscos en su carne, brazos, piernas y pecho, incluso como su mejilla era lastimada y con renovadas furias grito, moviendo el garrote con tanta fuerza, que aparto a tres alimañas de sí y agarro del cuello a otra, mirándola con furia, mientras la sangre corría por su frente y rostro.  Con violencia inusitada, estampo el rostro del kobolds contra le mura reiteradas veces y girándose hacia las que deseaban, les mostró lo que les haría a todas.
 
-¿¿¿¡¡¡QUE ESPERAN!!!??? VAMOS MALDITAS BESTIAS, QUE LAS MATARE A TODAS POR IGUAL- Grito a todo pulmón. En ese instante, varias flechas cayeron sobre las alimañas, desatando el caos. A lo lejos de la calle, varios hombres y jóvenes estaban reunidos, eran los que habían salido a cazar en la mañana, el humo debió de haberlos alertados.  Flint sonrió, antes de desplomarse deslizándose por el muro. Cerró sus ojos, estaba cansado ya. Lo único que oía era a las alimañas morir o huir. Cuando sintió que alguien le sacudía desde los hombros, abrió los ojos, viendo a un muchacho, con indicios de barba. –He viejo Flint, ¿Aun vivo?- Dijo el joven, a lo que el viejo le respondió –Aun me debes tres de cobre Jeremy… págame o no te daré mas bebida- Los cazadores rieron, Flint aun estaba vivo y no había perdido aquel pensamiento de tabernero, con dificultad, el viejo se levanto, sus heridas no eran profundas, las bestias, en su desesperación se habían lastimado ellas mismas torpemente. -¿Cuántas de esas cosas quedan?- Alguien pregunto, el tabernero hizo crujir su espalda, apoyando su garrote en el suelo –No lo sé, pero este ataque inicio hace poco, aun deben de quedar dando vuelta por las calles… no puedo dejar que esas cosas maten a mis clientes.- El viejo escupió algo de sangre, con mal rostro, lleno de ira y frialdad- ¡¡SAQUEN A ESOS COBARDES QUE HAY EN MI LOCAL Y QUE MUEVAN SU MALDITO TRASERO!!!-
 
~&~
 
No muy lejos, los feligreses, el sacerdote y la elfa, sin olvidarnos de la yegua, estaban encerrados, como si fueran simples caramelos, listos para devorar. Todos estaban nerviosos, no era para menos, sabían que tras esa puerta, se acercaba la muerte. La puerta no duraría mucho y cuando entraran, sería una batalla de vida o muerte. Habían heridos, si, los había, pero también el sentimiento de supervivencia y de sobrevivir a cualquier costo.
 
EL hacha golpeo la madera de aquella puerta, y un trozo de esta cayo, dejando ver el filo del hacha, tosca, pero afilada, tras esta, un barullo de chillidos y gritos, eran los kobold, que parecían desesperados por acabar con todos. Las ordenes fueron dadas y ante todos, una pequeña defensa de armo… no muy efectiva, pero peor era anda. Con un par de golpes más, la puerta cayó estrepitosamente, dejando ver una docena o mas de kobolds, aparte de los que salían apresuradamente por las grandes puertas, cargando con lo que podían llevarse, incluido los bancos o telas. Un chillido rugió y las alimañas se agolparon en la puerta, intentando pasar, con lanzas y espadas por delante.  
 
El sacerdote, aun joven, saco voz, desde lo más profundo de sus entrañas, sabiendo que podría ser la vida o la muerte de muchos. –¡¡¡NO DEJEN A NINGUNO ENTRAR!!!- Los kobolds fueron recibidos con sus mismas armas. Ninguno ahí era realmente un guerrero, pero no había momento para dudar, ya que la duda seria la muerte.
 
La sangre salpico, los kobolds chillaron cuando eran apuñalados, pero entre aquella mezcla de chillidos, gritos y sangre, varios lograron atravesar las filas. Rápidamente fueron bloqueados por otros aldeanos, todos parecían luchar, incluso el sacerdote hacía gala de cierto concepto de golpear y matar. Había desesperación en los golpes de los humanos, pero las alimañas no paraban de entrar, muchas heridas, otras siendo utilizadas como escudos por otras. Mas no había que retroceder un solo pasó.
 
Varias alimañas lograron estar frente o mejor dicho, rodear a los defensores. Muchas fueron muertas, pero otras lograron saltar sobre la elfa y el sacerdote, al igual que intentar atacar a las mujeres y niños. La elfa fue derribada, su rostro dio contra el suelo y sintió la sangre brotar de su nariz, mientras forcejeaba contra varias alimañas que tiraban de su cabello, arrastrándola lentamente hacia la puerta, donde claramente la apuñalarían hasta moler su cuerpo. El sacerdote, estaba en su propia batalla, varios de los defensores habían sido heridos y había defendido a las mujeres, quienes también habían tomado algunas armas y torpemente alejaban a los enemigos. La elfa estaba en problemas, solo faltaba unos metros para que su vida acabara, mas uno de los defensores se dio cuenta y rápidamente intento hacer que las bestias la soltaran, sin mucho resultado, había que hacer algo y en una última instancia, blandió una de las tantas cuchillas que había en el suelo y corto los cabellos de la mujer, liberándola de ese agarre, pero sacrificando su cabello.
 

La lucha parecía seguir, los kobolds no podían avanzar, pero los defensores estaban lentamente perdiendo sus energías, sin haber combatido jamás, no estaban acostumbrados  ese tipo de actividad. Mas a lo lejos y resonando a través de los muros del templo, se escucho un cuerno, los kobolds comenzaron a retroceder, dejando a los huertos y heridos… estaban a salvo… o eso parecía.


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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Miér Abr 22, 2015 8:43 pm


La hora de la verdad había llegado.

La solar con Glïndolïn desenfundada y su báculo reluciente, se incorporó, y ubicándose entre la puerta y los inocentes –los niños y las mujeres-, oró una última vez antes de sucumbir ante la marea de los hechos.

Le sudaban las manos. El corazón latía queriendo escapar de ella tan lejos hacia la llanura dorada, donde su padre la aguardaba en vano. Quizás nunca más le volvería a ver… Ya en el pasado se había enfrentado a situaciones desesperadas, pero en ninguna de ellas se había sentido tan vulnerable. La suerte estaba echada y no justamente a su favor.

Entonces, los ojos luminosos, sedientos de sangre, del kobold vinieron a su memoria: no le temía a la brutalidad en sí, sino a su locura cegadora. Dominados o no, controlados por una mente retorcida o obedeciendo a su propia voluntad y albedrío, aquellas criaturas se aventuraban como la tormenta a expandir el terror donde fuere que tocaran. Si saquear fuera su única misión, ya se hubiesen marchado de aquel templo pues nada había en aquella recámara que pudiera serles de utilidad. Inspeccionó su alrededor buscando respuestas en aquellos que allí se resguardaban. A excepción de Eliot, todos eran rústicos humanos, campesinos o mercaderes, cuyas posesiones no iban más allá de lo que sobre ellos se veía. Ni siquiera armas tenían en su haber como para despertar la avaricia de aquellos seres.

Todo ello era extraño… muy extraño.

-¡Escuchad, humanos, guerreros, hijos y padres!- exaltó la solar con tono sereno pero firme y enfático: -… lo que sea que atraviese por esa puerta será atajado por vuestra mano. No temáis. No lloréis a vuestros muertos ahora… Valor os pido por aquellos que aún están en pie. Valor por vuestras mujeres y vuestros hijos… Levantaos una vez más y con espíritu férreo demostrad que esta es vuestra tierra, estos vuestros frutos del trabajo, y estos vuestros hijos y futuro. ¡LUCHAD!

El golpe seco de metal sobre madera prorrumpió con eco por todas las paredes, dando el toque al comienzo de la batalla. Como un huracán, los invasores se esparcieron como plaga por la recámara. Era tal su cantidad que los defensores, en un principio, quedaron pasmados ante la multitud de rostros escamosos y ojos chispeantes abalanzándose tras ellos. Aquello no podía ser sino obra de la misma ira ciega de criaturas ruines que sólo persiguen la maldad por sí misma y no de un simple saqueo, pensó la elfa mientras atajaba la garganta de uno y con su báculo golpeaba a otro que embestía de frente sobre ella.

-LUCHAD- instaba Eliot aunado a los demás humanos, quienes entre gritos y vítores daban todo de sí por defender a sus mujeres y familias. La versatilidad humana era algo increíble de presenciar para la elfa, armados con poco que nada, los humanos se daban a la guerra con lo poco que tenían.

¿Cuánto tiempo trascurrió? Ithilwen no lo supo, sólo empezó a percibir el cansancio en sus músculos como también en la manera cómo sus movimientos se ralentizaban de a poco. El número de alimañas había bajado, pero junto a él también el de los humanos. El escenario no era alentador, lo que instaba a la de cabellos azabache a esforzarse más. Firenze comenzó a relinchar, mientras los niños alrededor de la yegua lloraban en los brazos de sus madres. Aquello desesperó a la imperecedera, quién en su afán por socorrerlos calló de bruces, golpeándose el rostro y soltando de su mano la poderosa espada de su padre. ¡Todo estaba perdido!, pensó sin reparar en su propio rostro o la sangre que corría por su nariz. Dolía, pero más lo era aquellas gentes y su futuro incierto. Apenas logró incorporarse cuando un fuerte agarrón la hizo volver al suelo. Fue uno, luego otro y otro más los kobolds que le agarraron su melena recogida y trenzada, arrastrándola por los suelos. Los gritos de la doncella prorrumpieron en el recinto, así como su desesperación por zafarse de sus atacantes. A cada tramo avanzado más era inminente su plan: la acorralarían y matarían sin piedad.

De las sombras, un hombre de espalda ancha y mano firme arribó ante la mirada horrorizada de la solar. Sus lágrimas corrían por los ojos celestes de la mujer mientras éste agarraba armas de los caídos para atacar a los victimarios. Más aquello poco resultaba: con firme convicción los kobolds continuaban halando de los cabellos para ajusticiar a aquella dama elfica. Desesperado, el defensor atajó a un lado y al otro sin miramientos y de improviso los cabellos cayeron y la elfa, digna hija de su raza, se puso en pie con energías renovadas, haciéndose a dos de las hojas de los kobolds caídos.

Cortó a un lado y luego al otro: trasversalmente la espalda del kobold que había sujetado su cabello se abrió en dos mientras al otro el rostro le quedó desfigurado. La ira de la elfa apenas si se leía en su rostro impávido pero sudoroso, salpicado por el brillo ardiente de sus ojos que clamaban la sangre de aquellas criaturas.

El sonido profundo de un cuerno a la distancia pareció llamar a las criaturas y como respondiendo a su mandato, se dispersaron y luego simplemente abandonaron el recinto. Nada se robaron, nada saquearon de aquel lugar. Como animales domesticados, los lagartos se perdieron de vista, dejando a sus heridos a merced de la justicia de los humanos, y a sus muertos.

Ithilwen, aún invadida por la furia del momento buscó a Glïndolïn y observando cómo uno de los lagartos aún se meneaba con nerviosismo por escapar, clavó la hoja elfica en el plexo solar, ensartándolo al suelo.

Acuclillada, con cara inexpresiva, casi ausente, las lágrimas corrieron pues había visto la muerte y, por suerte, ésta había seguido de largo.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Vie Abr 24, 2015 5:48 pm

El orco tenía una gran cantidad de Kobolds encima ,la mayoría no le causaban ningún daño debido a que estaba bien protegido por su armadura y se estaba cubriendo la cara con su mano izquierda. Algunos kobolds habían trepado apoyándose en la espada del berseker, la cual estaba incrustada en su pierna derecha. El orco estaba bien preparado para aguantar el dolor. ¿Sería capaz de sobrevivir a aquello? Mivam sentía la espada clavada sobre él y no sabía cuanto más podría aguantar el peso de aquellas criaturas que se le subían encima. El orco pudo notar algún que otro mordisco sobre su piel, esperaba que no fuera nada grave. Lo que más le preocupaba era que sabía que el hechicero estaba preparando su nuevo ataque.

Sintió un fuerte calor y apretó los dientes por el dolor de las quemaduras que estaba sufriendo. Un fuerte olor a chamuscado le inundo las fosas nasales-¿Fuego?-Pensó el orco. Una gran variedad de gritos al mismo tiempo. Apartó sus manos de su rostro, pudo ver como a su alrededor, docenas de kobolds convulsionaban, sus cuerpos habían quedado calcinados y sufrían una multitud de espasmos. A pesar de haber sufrido una gran multitud de heridas y quemaduras, había conseguido acabar con una gran cantidad de enemigos y el hechizo del chamán había resultado insuficiente para acabar con su vida. Para su sorpresa, ya podía mover el brazo derecho, pero el destrozo que tenía en la armadura le dificultaba el movimiento.

La herrera había sido protegida por el cuerpo del joven, el cual en el último momento, había protegido a la mujer con su propio cuerpo. La protección del muchacho le había salvado la vida. La mujer no parecía tan fría en ese momento y zarandeaba el cuerpo del joven, que parecía inerte. La mujer tomo su martillo y continuo luchando con algunos kobolds que había a su alrededor, pesé a sus heridas fue capaz de acabar con la vida de dos sabandijas con facilidad, estaba enfurecida y parecía haber olvidado el dolor de la pierna.

Mivam sonrió al ver como el brujo chillaba, su plan no había funcionado. El orco seguía con vida-Ya he acabado con tu campeón. Serás el siguiente-Dijo en tono de burla, intentando mostrar más fortaleza, que la que realmente tenia en ese momento. El brujo parecía hacer caso omiso de las palabras de Mivam, comenzó a dar ordenes y se marcho junto a varios secuaces.

Mivam sabía que no le quedaban demasiadas fuerzas para seguirlo, pero agarró dos cuchillos de roca que había en el suelo y se dispuso a ir en su busca.-Maldito no huyas-Chilló en voz alta. Al parecer el brujo se había asegurado bien la huida porque había dejado a varias criaturas para cubrirle. Mivam sabía que no estaba en condiciones de seguir luchando durante mucho tiempo y que si abandonaba a la herrera, acabaría sucumbiendo a la cantidad de kobolds que todavía quedaban con vida. Aquellas alimañas parecían estar dispuestas a cubrir la retirada de su jefe y sacrificarían su vida por él.

Mivam y la herrera se encontraban bastante cerca uno del otro. Ambos luchaban con sus últimas fuerzas, el orco utilizaba con poca destreza aquellos cuchillos de roca, pero su tremenda fuerza hacía el resto, aquellas sabandijas no podían aguantar sus golpes. Por otro lado, la herrera estaba hecha una furia, sus martillazos eran tan poderosos, que los sesos de las sabandijas salían despedidos por el suelo con gran facilidad ¿Acaso aquel joven significaba tanto para ella?

-Aguanta humana… Ya queda poco-Dijo Mivam. El orco se sentía mareado y confuso, pero aún podía luchar un poco más.

Cuando el último de los kobols hubo caído la puerta de la casa del alcalde se abrió, pero Mivam no parecía tener fuerzas para ver que pasaba allí. Apenas podía estar de pie, era evidente que había sufrido mucho y que debía descansar, la herida de la pierna y la espada que tenía incrustada tampoco le ayudaban mucho. Una voces de hombres le alertaron, se dio la vuelta y pudo ver a un grupo de hombres que se les acercaba ¿Cazadores? El orco no tenía muchas fuerzas más, pero si venían a luchar aún sería capaz de llevarse alguno consigo.-Dime señor…¿Es este mi momento?-Pensó el orco, mientras su vista se difuminaba. Seguramente caería inconsciente en breve.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Lun Abr 27, 2015 4:41 am

 
Capitulo I.V
 
Cazadores y Presas.
 
Los jóvenes cazadores parecían entretenidos con aquello, habían luchado anteriormente contra lobos o zorros, pero era la primera vez que mataban a un kobold y por ende, estaban ciertamente emocionados por todo el asunto. Flint se mantenía en silencio, obviamente hubiera golpeado a cualquiera de aquellos muchachos, mientras contaban los enemigos que mataban, como si fuera un juego. Las flechas eran disparadas, muchas veces las alimañas no morían instantáneamente y eran acribilladas por más proyectiles. Los cazadores aun no maduraban. Fue cuando llegaron a la plaza, que se encontraron con otros cazadores, los mayores, hombres que vivían como leñadores o se ganaban la vida vendiendo las pieles de lo que cazaba. 
 
Los hombres habían cazado a  bastantes alimañas, la mayoría había muerto o se encontraba ensartada en algún muro. Los aldeanos estaban, en su mayoría, a salvo, cosa buena en realidad. Cuando llegaron a la plaza, aun se reían los muchachos, como  un gran juego, mencionando como habían matado a uno u otro enemigo y vanagloriándose de la cantidad que habían cazado. Flint se adelanto y levantando el brazo en señal de saludo, estrecho la mano con el que parecía ser el cazador más viejo. –Douglas… me alegro que estés bien, estas alimañas han dado muchos problemas… han muerto muchos, pero no sé cómo está el resto del pueblo. ¿Qué noticias tienes?-  El cazador suspiro, habían matado a varios, pero algunos aldeanos habían sido asesinados y otros estaban heridos.
 
Fue cuando estaba por responder, cuando los muchachos se acercaron, aun hablando despreocupadamente, y saludaron a los mayores. Jeremy se acerco a Douglas, riendo –Padre hemos matado a  varios son bastantes débiles… parece un…- No alcanzo a terminar la frase, antes de recibir un potente golpe del hombre, lo suficientemente fuerte como para arrojar al muchacho al suelo, sangrando de su nariz y boca. Se hizo el silencio, Flint negó con la cabeza, no por el actuar del mayor, si no por el del joven -¿Crees que es gracioso ver como matan a los demás? ¡¡¡ESTO NO ES UN JUEGO IMBECILES!!!  ¡¡¡AHORA PONGANSE A AYUDAR A LOS DEMAS O LES JURO QUE LES ROMPERE LA CARA A CADA UNO DE USTEDES!!!-
 
Fue clara la molestia del hombre, aquello no era para la risa, ni tampoco era un juego, las vidas de muchos estaban en juego, como para estar divirtiéndose. Douglas se giro hacia el viejo Flint –Hemos matado a tres docenas hace poco, la mayoría estaba desorientado, eran los remedos que quedaban. Vimos un grupo numeroso alejarse del pueblo, rumbo al bosque… parece que huían, o quizás iban por mas refuerzos… no  importa mucho, envié a algunos a que los cazaran. ¿Qué has sabido de los demás?- El cazador estaba preocupado, mas el tabernero logro calmarlo, diciendo que muchos estaban a salvo, pero que aun no había visto que sucedía en el mercado o en el templo. –Se que la campana del templo sonó cuando empezó el ataque, mas allá de eso desconozco la situación- Dijo el viejo, mas sosteniendo con fuerza su garrote –Si hay alguien con vida, Eliot debió de preocuparse de cerrar las puertas-
 
Minutos después, el grupo de cazadores se dividió, Jeremy, Douglas y Flint, junto a otros dos cazadores, se dirigieron hacia el templo, mientras que los otros ocho cazadores restantes, se dirigieron por la calle principal, rumbo a la alcaldía, esperando que nadie hubiera muerto antes de su llegada.
 
~&~
 
Los aldeanos aun no se sentían a salvo, hasta que los minutos pasaron y ningún chillido mas surgió del exterior, fue en ese momento que las mujeres dejaron de apretar a los niños y se desplomaron en el suelo, de rodillas, agradeciendo a los dioses y a los guerreros por mantenerlos con vida. Los hombres se miraron entre ellos, muchos sonrieron, otros respiraron aliviados, más de uno rio, con aquella risa nerviosa, mescla de emoción y tranquilidad. Eliot termino cayendo de espaldas, sonriendo, habían sobrevivido, mas él no podía descansar y levantándose lo más rápido que sus fuerzas le permitían, pidió ayuda. Abriendo algunas cajas, saco vendajes y asomándose por la puerta, trajo agua de una de las habitaciones. Comenzaría a curar a los heridos, no había reposo para el alma caritativa.
 
La mujer elfa debería de estar agotada y principalmente adolorida, su rostro tenia bastantes heridas, pero ninguna de seriedad, no se había roto la nariz por suerte y su bello cabello, crecería con el tiempo, solo volviéndose toda aquella experiencia un mal recuerdo. Quizás aquello le enseñaría a ser algo más humilde y agradecida con los demás, cosa que era difícil para los solares hacer.
 
 De pronto, ante los ojos de varios aldeanos y de la elfa, tres kobolds entraron rápidamente al templo, chillando… como si huyeran. Los hombres tomaron sus armas, listos para defenderse, pero tres flechas certeras hicieron caer a las bestias, muertas en el suelo. Varios hombres, ataviados con ropas de cuero y arcos aparecieron en la entrada del sacro lugar. Eliot levanto la mirada y los reconoció, haciendo señas para que rápidamente entraran. Los hombres llegaron hasta donde el sacerdote, estrechando manos con el muchacho -¿Están todos bien?- Pregunto un hombre con un barrote, viejo, cubierto con algo de sangre y algunas heridas, pero aun con fuerzas. Eliot le menciono algunos heridos, pero que gracias a la mujer elfa no habían recibido ninguna herida serie y que sin su protección y magia, de seguro hubieran muerto.  Uno de los cazadores, el mayor al parecer, se acerco a la mujer. – Gracias… muchos hubieran muerto sin la ayuda que presto- Sus palabras eran de agradecimiento, pero no había mucho tiempo para descansar. –Que los que aun puedan luchar nos acompañen, aun hay bestias rondando la aldea, Sacerdote, cierre las puertas, no sabemos si esas cosas intenten de nuevo atacar- 
 
El muchacho, Jeremy, parecía molesto con la situación y la seriedad, eran alimañas únicamente, no deberían de haber temido. Un claro pensamiento infantil e inmaduro. Flint simplemente miraba el exterior, esperando que no surgieran más de esas alimañas y a la vez, preocupado por su taberna, la cual, claramente podría ser saqueada, si no por los kobolds, por algún borracho empedernido.
 
La elfa estaba en su derecho si deseaba descansar, había dado lo mejor de sí por los humanos, que no conocía, y de esa forma podría tratar sus heridas, que si bien no eran serias, si eran numerosas. La yegua se había tranquilizado y ahora los niños parecían más apacibles, tras la terrible experiencia, muchos quedaron dormidos, agotados por el miedo y los gritos lanzados.  Douglas espero unos minutos más, conversando con el sacerdote, en su mayoría, de cómo habían luchado contra las bestias, en qué estado estaba el pueblo y cuantos habían muerto. Por suerte, no habían sido tantos, dos casas habían ardido, y sus habitantes con ellos, en el mercado unos pocos mas, pero tomando en cuenta todos los que se habían salvado… era un precio pequeño. Era una manera cruel de pensar, pero era realista. Ahora solo esperaban que el alcalde estuviera bien y que los curanderos aun se mantuvieran con vida, para tratar a todos los heridos, que de seguro aun se mantenían en sus hogares.
 
~&~
 
 
Y como si el mundo se desvaneciera, la visión del orco se nublo y su enorme cuerpo cayó sobre los de los kobolds, que amortiguaron su caída. La realidad tomaba otros matices y la mente del orco viajo, y viajo hasta donde ninguno de su especie había llegado. 
 
Y como atraído por una voz profunda, se vio desnudo, viajando a una velocidad exorbitante. Los astros en el cielo pasaron por su lado y él se interno en la oscuridad, siendo atraído más y más por aquella voz, hasta que a lo lejos los vio. Enormes figuras, todas similares a los antiguos orcos, pero tan altas que se perdían a la vista. Le miraban, le observaban y afirmaban. Hablaban al unisonó, como si un millar de voces hablaran al mismo tiempo.
 
Una voz ensordecedora, cargada de la voluntad de infinidad de antiguos. Pero una sobre todas se alzo, una cavernosa, más antigua que todas las demás. –Has hecho bien… - Esas habían sido sus palabras, ni más ni menos… ¿Acaso Mivam moriría? Era una gran pregunta, y para su respuesta, el orco vio como una enorme mano se levanto sobre él y ce cerro a su alrededor. Era cálida, pero a la vez salvaje, ciertamente no era la de un orco, tampoco la de un hombre o algún ser que hubiera nacido en la tierra de noreth… ¿Era su señor?
 
En noreth o fuera de la mente del orco, este se había desmayado pro el cansancio, y la herrera ahora estaba sentada en el suelo, jadeando por el esfuerzo, le dolían los brazos y su pierna aprecia que hubiera sido arrancada por el ardor. Los cazadores habían llegado, pero poco más que levantar al orco y girarlo para que no se ahogara con la sangre en el piso, habían hecho. Tras abrirse la puerta de la alcaldía, el hijo del alcalde surgió con una espada y varios hombres tras de él, habían sobrevivido, pero no valientemente.  
 
Los hombres que acompañaban al “alcalde” eran el panadero, uno de los comerciantes que habían venido desde Thonomer y el curandero o medico del alcalde. Claramente la presencia del orco no era bien vista, debido a su fama de asesinos, saqueadores y sanguinarios. Pero la mujer intervino a favor del guerrero, hablando de su valentía y mostrando a los kobolds que había acabado.  Freud, el alcalde, acepto la palabra de la mujer, y pidiendo al curandero que ayudar al orco, este se acerco a él, revisándolo. Claramente su tamaño hacía imposible que lo pudieran llevar dentro de la casa, pero con la ayuda de varios cazadores y hombres, le arrastraron hasta la sombra de la gran casa y se propuso atenderle.
 
Primero se extrajo la espada, por suerte no había cortado ninguna arteria o vena y pudo vendarse sin as la herida, haciendo presión para evitar que siguiera sangrando. El resto de las heridas fueron vendadas, aunque no eran de profundidad.  De pronto, Tammis exclamo sorprendida, el muchacho había tosido, a pesar de sus heridas aun estaba vivo, lo que hizo que el curandero corriera para atenderle. Sus heridas eran serias, pero el mismo calor habían evitado que sangraran, eso le había salvado, de cierta forma, la vida.  Tras atender al orco y llevar al muchacho dentro, la herrera fue vendada, su herida no era seria, aunque si molesta. Freud pidió que le relataran lo que había sucedido, se menciono al brujo kobold, al berseker de este, lo que hizo que el muchacho tuviera atención en esa espada, después el conjuro del brujo y la muerte de las alimañas. La huida de este, los cazadores agregaron que habían visto a un gran número salir de la aldea hacia el bosque cercano.
 
Tras la conversación, pidió que se viera  a los heridos y muertos del pueblo y armar una expedición para erradicar la amenaza de una vez por todas, aquel ataque había sido la gota que había derramado el vaso.
 
Pronto llegaron los demás cazadores, al parecer no quedaban kobolds en la zona y la mayoría de los habitantes estaban a salvo. Tras el ataque, varios grupos de aldeanos se habían juntado y los habían repelido por toda la aldea, tan solo unos pocos habían sido heridos, gracias a los dioses, y solamente un puñado había muerto. Douglas estaba de acuerdo con lo de cazar a los Kobolds, pero debían de estar descansados para ello o no podrían con lo que se hubiera asentado en los bosques.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Mivam el Mar Abr 28, 2015 7:36 pm

La visión de Mivam se nublo y su cuerpo cayó al suelo. Por fortuna, su cuerpo cayó sobre los kobolds que amortiguaron su caída. En ese momento, la mente del orco daba vueltas, se encontraba en una especie de bucle espacio-temporal del que no podía escapar ¿Sueños? ¿Revelaciones? ¿Estaba muerto?¿Acaso sería aquel el lugar donde le aguardaría el Dios del cielo?

Se vio desnudo viajando a través de un paisaje negro y rodeado de luces-¿Acaso será esto el cielo?-Pensó el orco. Viajaba a gran velocidad mientras los astros pasaban por su lado. Entonces se hizo la oscuridad y escuchó una fuerte voz, se trataba de unas palabras inteligibles para él y pronunciadas con una fuerza sobrenatural, no parecía de este mundo. Cada vez lo tenía más claro, había muerto y estaba siendo llevado ante la presencia de su señor, sería juzgado por sus acciones en vida y el Dios decidiría cual sería su destino para toda la eternidad. A lo lejos, pudo ver unas extrañas criaturas que lo miraban y asentían con detenimiento, eran antiguos orcos, debían de ser sus antepasados y parecían estar contentos por su llegada. Hablaban al unisonó, como si un millar de voces hablaran al mismo tiempo ¿Acaso su vida había sido tan gloriosa como para satisfacer a sus ancestros? ¿Acaso durante la batalla con los kobolds, había demostrado una valía digna de alabanza?

Un enorme cosquilleo le recorrió el cuerpo entero, parecía como si estuviera perdiendo el control sobre su propio cuerpo, no podía parar de reír y jamás había sentido un poder como aquel. Estaba claro que su Dios se encontraba cerca- Has hecho bien- Mivam supo que había sido su gran Dios el que le había hablado, pues ya había oído su voz con anterioridad, pero nunca había estado tan cerca de él. Una enorme mano se cerró sobre él, era cálida y supo que era su Dios que lo estaba protegiendo.

Se encontraba en un campo de hierba y todo parecía perfecto, como si fuera un escenario preparado de antemano. En frente suyo, se encontraba una especie de luz que le cegaba, era incapaz de fijar su vista sobre ella durante demasiado tiempo.

-Mi nombre es Adonai. Has seguido mis mandamientos. Has honrado a tus ancestros y has luchado con valentía. Tranquilo, no morirás todavía. Has sido escogido para guiar a tu pueblo en la lucha contra el mal que gobierna en Noreth.  Soy consciente de que no es un camino fácil, por eso te ayudaré-Dijo su Señor, Adonai. En ese momento se materializó una extraña figura que se acercaba poco a poco, se trataba de un enorme orco que portaba un enorme martillo. Estaba rodeado de un aura de rayos que le hacía ver imponente.

-Este es trall, hijo de mis hijos. El fue escogido al igual que tú y por eso ahora será ayuda idónea para ti. Le he dado ordenes de ayudarte en todos tus caminos, pero dale tiempo y paciencia es un poco tozudo al principio. Mientras mantengas tu fe en mi, te ayudará.- Dijo Adonai. El orco avanzó directamente hasta Mivam y se metió dentro de su cuerpo sin decir palabra alguna. Tras esto, todo se volvió blanco y Mivam sintió que perdía el conocimiento nuevamente.

La presencia de Dios había desaparecido o por lo menos ya no podía sentirla de igual manera que antes. Trall se encontraba frente a él con cara de poco amigos.- El gran Dios del cielo me ha dicho que te ayude, estoy obligado a hacerlo y quiero que te quede muy claro que no soy tu sirviente ni nada parecido. Tienes muchas cosas que aprender y no pienso solucionar todos tus problemas. Has luchado bien aunque solo eran unas simples sabandijas - Dijo solemnemente trall.

-Gracias, ancestro. Tu presencia será un honor para mi.-Dijo Mivam con firmeza. Mivam no sabía si aquel era uno de sus antepasados, pero lo averiguaría muy pronto.

El orco no sabía cuanto tiempo había paso inconsciente y sabía que ya estaba de vuelta en el poblado. Tenía los ojos cerrados, le costaba abrirlos, era como si no quisiera despertar de aquella agradable presencia que había experimentado. Ahora tocaba cumplir su destino y más que nunca confiaba en la palabra del gran Dios que todo lo mueve.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Abr 28, 2015 11:46 pm


Estaba cansada. Los músculos dolían y el orgullo aún más. Como si tuviera la cara quemada, se llevó una de las manos al rostro y observó la sangre que en ella había quedado estampada. ¿Cómo había sido posible que unas alimañas como esas acorralaran a un solar? La elfa veía en la sangre que brotaba de ella la muestra de sus fallas y de lo mucho que le faltaba por aprender.

Como entendiendo el conflicto que ella tenía, la yegua había callado y los niños empezaban a vitorear y sonreír al lado de sus madres. Estaban salvados pero la razón por la cual lo estaban se escapaba del conocimiento de todos.

Ithilwen, sin atreverse a levantase reunió todo su valor para encarar los rostros sonrientes de los humanos a su alrededor. El aire apestaba a sangre, de ellos como de enemigos. Algunos muertos la cercaban, pero la buena noticia, regada a gritos por todos los guerreros es que estaban a salvo. La respiración poco a poco se normalizaba y entre cada nueva bocanada de aire agradecía a los dioses por el favor de salvar su vida. El sol se colaba por entre los vidrios de la recámara y la luz del astro rey la llenó de ánimos como esperanza. Al fin y al cabo, todo aquello había pasado por la idea alocada de orar y agradecer la tranquilidad de un viaje seguro… ¡Nada más ido de la realidad!

Una vaga sonrisa, desganada y lánguida, brotó de su rostro adolorido. De lejos percibió la mirada curiosa de un humano, aquel que arrancara sus cabellos para salvarla de las criaturas que la acorralaban. Con una leve inclinación agradeció, no creyendo que el orgullo le permitiera más que eso. En el fondo había sacrificado ya demasiado por la mortalidad de unas criaturas capaces de reproducirse a la misma rapidez y proporción que aquellos que les habían atacado, e igualando su rango de juicio y vileza si se lo proponían. Ella era princesa de un reino distante en tierras salvajes, y ese primitivismo que la rodeaba era lo que más le repugnaba de toda la situación.

Sin embargo, estaba en el destino que llegara allí, a tierras tan desconocidas como las de Ommlet, y diera cumplimiento al juramento que hiciera cuando se unió a la contemplación y la rigidez de la vida religiosa, la de dar hasta la vida misma por la preservación de luz, protegiendo los principios de los dioses y preservando la vida de los inocentes. Cumplir le costó el cabello, su esfuerzo y el orgullo.

Al ponerse en pie y guardar su espada de nuevo en la funda, la recibió una escena conmovedora: las mujeres habían dejado a los pequeños a los pies de Firenze mientras corrían de un lado a otro atendiendo a los caídos, apilando los cuerpos de las bestias, e incluso colaborando junto con el sacerdote, quien iba de herido en herido, ayudando a mitigar el dolor de los humanos convalecientes. Sus miradas se cruzaron y como si aquel no pudiera reparar en los destrozos que la dama elfica tenía, corrió hacia ella para auxiliar sus heridas. Sin embargo, ella levantó su mano para evitar que el humano la tocará.

-Estoy bien…- contestó seca y distante, al momento que tres criaturas entraban a la recámara, nerviosas y desorientadas.

Las mujeres gritaron, los niños de nuevo se alarmaron, pero los defensores se sorprendieron al ver que las flechas se clavaban en esos cuerpos escamosos, acompañados del ingreso de tres humanos. Uno de ellos estrechó las manos del sacerdote y acto seguido preguntó por la situación. Eliot no escatimó detalles y en breve el humano se dirigió a Ithilwen y agradeció sus esfuerzos:

-… era lo correcto- contestó en seco la dama de cabellos recortados, haciendo una leve inclinación para retirarse.

A un lado de Firenze, se recostó, acariciando a la yegua que la observaba con cariño. Estaban rodeados de los más pequeños, quienes la observaban con curiosidad. La solar quería llorar pero el orgullo le retenía las lágrimas tras los ojos celestes cundidos de indignación. No se había atrevido a pasar su mano por los cabellos, consiente de cuan cortos debían estar… y le dolía saber que no sólo se trataba de su melena, sino de los años que ella misma contaba que tenía tras el largo de su trenzado.

-Wir solten zu Hause gehen, Firenze (Deberíamos regresar a casa)- hablaba con cadencia mientras acariciaba el rostro del animal. Sí, ella debería volver donde los suyos. Al menos cabalgar hasta la siguiente población, donde de seguro Lüdriëlh estaría próximo a arribar. La mañana terminaba y ella había quedado de alcanzarlos al anochecer de ese día. Pero el rostro le dolía, no podría cabalgar así.

Se puso en pie, observando como los niños seguían recostados en el suelo, dormidos por la adrenalina que hacía poco habían tenido que consumir. No se atrevió a mover a la yegua, pues parecía contenta con la compañía infantil, encargó el animal a una de las aldeanas, y con el pretexto de auxiliar, se dirigió afuera de la recámara y la visión no fue alentadora. El corazón se le encogió pues el esplendor austero de la casa de Dios estaba sumido en destrozos y despojos, salpicado por la sangre de las alimañas que profanaban el recinto.

Nadie la rodeaba, pues todos parecían estar conversando en la recámara. Y allí, en medio de la nada, lloró por la hórrida situación de haber perdido su orgullo, su temple y su cabello.
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Sáb Mayo 02, 2015 1:54 am


Capitulo I.VI
 
Fuegos de Ira.
 
Las lagrimas que jamás se conocerías, el sollozo que sería guardado pro el orgullo, orgullo que la mataría de seguro en algún momento de su larga vida, negándose a algo tan simple, como demostrar verdaderamente sus emociones, poniendo por delante, una historia de raza que poco realmente le protegía, más que la soberbia de su propia raza.  El templo estaba destrozado, y su belleza se había apagado y manchado. Pero nada de eso importaba ya. Desde la puerta de aquella habitación, Eliot le miraba, en silencio, le había dejado tener unos instantes de soledad, sabiendo en cierta forma, que  los necesitaba. Pero el tiempo pasaba y suspirando camino hacia ella, o mejor dicho hasta las puertas del templo. Al acercarse a la delgada figura, hablo, como si fuera un viejo sabio y no un simple muchacho. –Las puertas y las bancas pueden volverse a construir. Los blancos muros limpiar y pintar. Incluso las reliquias, y símbolos, se pueden volver a fundir y moldear… pero una vida no se puede recuperar. Una vez que ha desaparecido y la llama de sus ojos se apaga, no puede volver con nosotros.- El sacerdote cerraba las puertas, con esfuerzo, apartando los cadáveres que habían en la entrada y las bancas destrozadas que impedían el avance de las puertas –De seguro hubiéramos muerto, de no ser por la ayuda que nos otorgo, y por esa misma ayuda, debió de pagar de formas que de seguro los humanos no comprendemos. Si necesita tiempo para pensar, no la molestare, pero no debería de rechazar la gratitud de la gente.- Tras esas palabras, el sacerdote siguió su camino, habían aun algunos heridos.
 
Los más recuperados de la batalla, comenzaron a  salir de aquella habitación, sorprendiéndose de los destrozos, pero poniéndose a trabajar. Varios tomaron los cuerpos sin vida de los kobolds, quitándoles sus imples armas y apilando los cadáveres en un rincón. Los niños no saldrían, no deseaban que vieran la muerte que les rodeaba, una estupidez, si pensamos por lo que habían pasado, pero un pensamiento solemne, si tomamos que los adultos deseaban extender un poco más el tiempo de inocencia. Muchos kobold estaban más que delgados, aun así habían dado lucha, poco a poco los cuerpos fueron arrastrados, la mayoría llevaban armas simples, piedra y hueso, solamente algunos de metal, las cuales fueron apiladas en otro sitio. Las bancas que aun estaban en buen estado, se colocaron para cubrir la visión de los cuerpos.
 
El sol se filtraba por los cristales coloreados de aquel templo, manchado, pero aun funcional. El sacerdote se dirigió a sus aposentos, al parecer no habían saqueado nada y abriendo una pesada puerta, entro a la bodega de alimentos, de donde saco varias cosas, cecinas, frutas, verduras, queso y pan, no eran abundantes, pero si como para saciar el hambre de los que ahí estaban.  Improvisando una mesa sobre el pulpito de roca, dejo los alimentos, para quien, tuviera hambre, se sirviera.
 
Era raro que tras semejante lucha, los hombres comieran, pero el cansancio acentuaba el hambre y a  pesar de todo, con gusto comieron, incluidas las mujeres, dejando para los niños cuando despertaran. Entre tanta muerte, aun se podía tener algo de tranquilidad, los hombres , tras apilar los cuerpos, revisaron entre las posesiones que habían obtenido, armas para defenderse en su mayoría, uno que otro escudo, lo suficiente como para afrontar una nueva oleada, la cual esperaban que no se realizara. Súbitamente, uno de los aldeanos dio un grito, entre asombro y temor, a través de los cristales, podía verse como gruesas columnas de humo comenzaban a elevarse… incendios y no eran pocos… ¿Habrían sido los kobolds? No haya otra respuesta, ni culpable… solo ellos podrían haberlo hecho ¿o no?
 
~&~
 
Fuera un sueño, fueran los golpes o la realidad, el orco despertó lentamente, su cuerpo dolía, aun mas que en la propia lucha. Ya frio de ese combate, los músculos parecían de hierro, duros y negados al movimiento. Pero la voluntad del piel verde era mas férrea que la de sus músculos y poco a poco, se incorporo, sentándose en el suelo, observando a su alrededor.  Varios aldeanos habían salido de sus hogares, los cuales les habían protegido atrincherándose en su interior. Mas ahora, se encontraban apilando los cadáveres de los kobolds, como el de cualquier desdichado que hubiera muerto a causa de ellos, las lágrimas podrían ser derramadas después.  A lo lejos, había sollozos, mientras más aldeanos se sumaban, con garrotes y cualquier arma que tuvieran a mano, para defender si era necesario contra los enemigos que aun vivían.
 
Mientras los sentidos volvían al orco, pudo escuchar una voz profunda en su mente –LEVANTATE- decía, como si fuera una orden, era aquel acompañante que el gran espíritu, el dios que todo lo mueve, le había otorgado, mas no como compañero, sino más bien como una guía, para los momentos en que se desviara del camino.  Los oídos del piel verde zumbaban, pero pudo entender la conversación, que pocos metros suyo, sucedía.
 
-No podemos enviar una partida de caza ahora mismo … necesitamos que haya defensas si vuelven las bestias- Mencionaba un joven, bastante bien vestido, demasiado en realidad –Si no hacemos algo esas cosas volverán y esta vez serán demasiadas, van a acabar con el pueblo- Mencionaba un hombre ya entrado en años, pero fuerte, vestido con pieles y un grueso arco en su espalda- Lamentablemente, ambos tienen razón, la partida de caza que envió Douglas debería de haberse encontrado con los kobolds, deberíamos de reunirnos con ellos y ver qué podemos hacer- Dicto un viejo, delgado pero con fuego aun en sus ojos. La discusión no era buena, no había una autoridad real, y entre los tres hombres, no había una clara decisión.
 
Fue cuando la mujer, que hasta ese momento había estado al interior de la casa del alcalde, velando por el muchacho que le había salvado la vida, apareció, cojeando y con su pierna vendada –¡¡CALLENSE TODOS!!- Grito, con ceño fruncido y clara molestia por la inútil discusión. EL más joven pareció ofendido y girándose hacia la mujer, estaba por hablar, aunque el ser agarrado por el cuello de su ropa con fuerza, hizo que recapacitara lo que iba a decir. El más viejo, aquel delgado hombre, poso su mano sobre el puño de la mujer. –Calma Tammis, entendemos tu molestia, pero no ganaremos nada si nos ponemos a pelear con los puños.- La mujer soltó al otro hombre, negando con su cabeza de forma molesta, claramente. –Si nos quedamos aquí perdiendo tiempo esas cosas vendrán y mataran a todos … así que decídanse de una maldita vez o iré sola a romperles las cabezas a esas bestias- Tammis tenía razón, debían de hacer algo, el más joven debió de aceptarlo, su autoridad solo era aparente, era joven y realmente su padre era el líder y no el.
 
Mientras el orco comenzaba a recobrar sus cinco sentidos, la mujer se acerco a él, la herrera estaba cansada, tenía varias heridas en el cuerpo, pero la más seria era su pierna, la cual aun sangraba entre los apretados vendajes. -¿Ya estas despierto orco? … luchaste bien, es la primera vez que veo a uno de los tuyos. Mi padre hubiera estado asombrado también … fue un buen herrero, pero también un guerrero en su juventud, siempre se orgulleció de sus brazos y de cómo podía manejar sus martillos con fuerza- La mujer ya estaba algo más tranquila, porque a los pocos minutos, los hombres se habían puesto de acuerdo y cada uno comenzó a realizar su labor.
 
Freud, el “alcalde” debía de ver las necesidades de la aldea, si bien era un gran problema para los mercaderes, debía de mantener tranquilos a todos y que no cundiera el pánico, si habían luchas internas, era probable que el pueblo estuviera acabado, además, enviaría una misiva a los duques de la zona, para que enviaran defensas o soldados experimentados, ya habían sufrido demasiado solos. Flint se encargaría de armar una defensa, la aldea no tenia muros adecuados para defenderse, pero si lugares altos, por lo que podrían ver a los enemigos y se apostarían patrullas de los propios aldeanos, todos deberían de ayudar. Por su parte, Douglas armaría un pequeño grupo de caza y se reuniría con los anteriores, para dar muerte a los kobolds y buscar su guarida, y erradicar la amenaza de golpe.
 
Flint menciono que varios de los kobolds parecían llevar las viejas herramientas de la mina cercana, quizás habían hecho su guarida ahí. El cazador agradeció la información, mientras se dirigía hacia la plaza, gritando a todo pulmón que los hombres se reunieran para la defensa del lugar y al caza de las bestias. Flint le acompaño, mientras cada uno tomaba caminos separados, lamentablemente, no pudieron dar demasiados pasos, antes que gritaran con todo pulmón “¡¡FUEGO!!!”.
 
En la zona oriente de la aldea, el fuego crecía, los kobolds, en su huida, habían prendido fuego a varios establos y ahora el fuego comenzaba a esparcirse, como si fueran las mismas alimañas, por los techos y casas cercanas. Los hombres debían de actuar, ya que no importaba si erradicaban a las amenazas escamosas, si no quedaba aldea que defender.
 
La herrera miro las columnas de humo, y apretó sus dientes con fuerza. –Maldición… ¿es que la aldea está condenada? Malditas alimañas… cuando las encuentre… les reventare las cabezas-   Rápidamente se puso en pie, pero su pierna tembló, hasta ese momento había dejado pasar el dolor, pero ahora, al fuerte puntada le impedía moverse con rapidez –Demonios… ahora no me puede fallar el cuerpo… no ahora-
 

-LEVANTATE HE DICHO- Dijo la presencia ante Mivam, como si fuera una orden dada por su jefe o quizás un jefe antiguo. –Esa mujer nos será de utilidad, úsala para  afilar tus armas, aun tienes trabajo que hacer-


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






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Re: El Saqueo de Ommlet

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