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El Saqueo de Ommlet

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Sáb Mayo 02, 2015 7:00 pm

Música:




Lo recorría todo con la mirada vaga. Los ojos celestes, aún jóvenes para los de su gente y encharcados de lágrimas, repasaban los andamios quebrados, el mármol cuarteado, los trozos de vitral esparcidos y la ornamentación en ruinas. La sangre de los caídos mezclada con la de los maleantes profanaba el suelo que pisaba como un insulto al nombre de los inmortales, grandes seres, que con su poder magnánimo habían otorgado la paz que en antes se había respirado en aquella villa. Le dolía la injuria contra un territorio sagrado y la ofensa contra los dioses mismos por el maltrato a un tributo, hogar de lo divino, que había nacido por y para el bien del mundo mismo. ¡Tanta infamia no podía ser real! ¡Tan nefasto no podía ser el destino de los nobles de corazón y voluntad de fuerza férrea!

Repasó su báculo, y para sorpresa, la amargura aún no acababa para ella: ¡la piedra que lo coronaba se había quebrado durante la batalla! Sólo una pequeña parte de la antigua reliquia de su pueblo, un pequeño fragmento azulado, había sobrevivido aún colgante sobre la madera, más el resto estaba ausente. Quizás los dioses la castigaban, o tal vez se trata de una falla en su misma vocación de intérprete de la voluntad de los dioses. Lo cierto es que había dañado por negligencia un artefacto que no sólo le confería un uso útil en su defensa como sacerdotisa de la corte de Erínimar, también era el símbolo del estatus que tenía para los suyos. Apretó de nuevo el báculo entre sus manos, impotente ante todas las desgracias.

Todo junto le hizo olvidarse de sus heridas, del ardor en la cara y de la amputación de su melena castaña.

–Las puertas y las bancas pueden volverse a construir. Los blancos muros limpiar y pintar. Incluso las reliquias, y símbolos, se pueden volver a fundir y moldear… pero una vida no se puede recuperar. Una vez que ha desaparecido y la llama de sus ojos se apaga, no puede volver con nosotros.

Conocía la voz noble y segura del párroco del lugar, y secando sus lágrimas antes, volteó para atenderle. A fin de cuentas, Ithilwen no era como los demás de su raza, orgullosos y soberbios en extremo. La doncella heredera poco o nada gustaba del desagravio o la falta de cortesía para quienes le habían ofrecido consejo o ayuda. Aunque lamentaba profundamente haber llegado a Ommlet y haber tenido que pasar por todas aquellas pericias, y las que aún faltaban, sabía que nada en lo que ya había sucedido podía ser cambiado. El destino la había guiado hasta allí, y por fortuna de los dioses, su mano había ayudado a la salvación de varios mortales.

La dama asintió a tan sabias palabras, pero la respuesta se le atragantaba entre el dolor que aún toda la escena le causaba. Era orgullosa como para mostrarse débil frente a un mortal, pero al fin y al cabo era un ser nacido para experimentar los sentimientos de una vida terrena y el dolor de las injusticias. La empatía no le era ajena.

Eliot, diligente, se acercó a las puertas del templo para cerrarlas. Varios obstáculos le impedían su tarea entre los cuerpos de los kobodls y algunas bancas destrozadas. La solar se acercó tímidamente al joven creyente, y ayudándole a retirar los obstáculos que le impedían su tarea, siguió atenta sus palabras:

–De seguro hubiéramos muerto, de no ser por la ayuda que nos otorgó, y por esa misma ayuda, debió de pagar de formas que de seguro los humanos no comprendemos. Si necesita tiempo para pensar, no la molestare, pero no debería de rechazar la gratitud de la gente.

Ithilwen calló. Como sierva de la fe estaba poco acostumbrada a refutar las palabras de otros. Miró al joven con extrañeza, no completamente segura de lo que aquel discurso quería decirle, pues ella nunca rechazaría la ayuda de quién ella confiara… pero nada en aquellos rostros era confiable. Los humanos como las alimañas compartían las mismas cualidades: avaros y embusteros, muchos sólo se medían por el interés que la situación les proporcionaba. Pero ese humano era diferente… sus ojos negros, de mirada calidad y profunda, contradecía la media de los de su raza.

-¿Qué os hace pensar que negaría la ayuda de quién me tiende la mano para dármela? Hay verdad en vuestras palabras, joven sacerdote, pero también en las mías cuando digo que la vida os enseña a ser agradecido por la buena suerte como por poder comprobar cuando alguien merece vuestra confianza… No prejuzguéis noble alma, que así como yo no he titubeado en ponerme en peligro por los vuestros, no veáis orgullo y disgusto en lo que es simple y llano temor a lo desconocido.

Bajó la mirada hacia su báculo, y el humano, como entendiendo lo que sucedía esbozó un “aguardad acá” y se internó en las recámaras del templo. Incomoda, la elfa continuó apartando los escombros, siendo más consiente cada vez del dolor que en su cara se producía. La sangre no corría más, pero sentía que la hinchazón la deformaría de por vida. Al poco tiempo volvió Eliot, quien con un ademán le pidió que se acercará. De sus ropajes extrajo una túnica escarlata de fino terciopelo y dentro de ella reposaba una piedra blanca, pura, que incluso parecía expeler algún tipo de luz propia, esculpida de manera maestra, quizás por las mismas artes humanas. Agregando el sacerdote con algo de modestia y humildad, explicó:

-Es poco… pero ha yacido en este lugar por varias generaciones: que os sirva bien e ilumine en los lugares de tinieblas, hija de inmortales, pues habéis dado tanto por nosotros, que es lo mínimo que yo puedo otorgaros.

La solar abrió los ojos como zafiros de par en par. Nunca se había planteado realizar esas tareas con vista a una recompensa. La cultura de su pueblo y la nobleza inculcada en el ejemplo de los suyos le impedían aceptar aquel obsequio:

–No pued…- balbuceó, pero él adivinando su pensamiento, acortó con un “Es vuestra” , depositando la joya en sus manos y retirándose de nuevo a la recámara donde los niños estaban, mientras campesino y mercaderes rondaban por doquier, mirándola con curiosidad y ayudando a retirar los cadáveres de los pequeños enemigos.

El lugar era un desastre pero la sonrisa de la dama élfica llenó de optimismo el ambiente tétrico del lugar. En medio de todo, más de uno debía estar agradecido con los dioses por no contar como las bajas de aquel ataque. Por su parte, Ithilwen buscó una esquina, y amparada por una de las columnas, se sentó, tomando con fuerza su báculo y forcejeando para tratar de desengarzar los pequeños pedazos que aún quedaban como recuerdo de la antigua piedra azulosa. Nunca había entendido muy bien el poder de aquella joya, más allá de potenciar y canalizar su magia. Aunque en ocasiones pensaba que esa era la función de todo el báculo, por la manera cómo la manera parecía responder a la fuerza de sus conjuros. Fuera como fuere, le guardaba mucho respeto, por lo que no dudo en tomarlos e introducirlos cuidadosamente en su bolso.      

Luego sacó del terciopelo la piedra que Eliot el humano le había otorgado y con poco talento, pero bastante empeño, torció las raíces del báculo para que éste atrapara dentro de sí la nueva joya. Como si respondiere a un impulso establecido, la madera se iluminó y las inscripciones talladas a lo largo del cayado resplandecieron con el mismo calor que lo hicieran los rayos del sol en las mañanas del invierno. Era acogedor y la esperanza parecía brotar con cada hilo de luz centellante. El báculo reaccionaba ante la fuerza espiritual oculta en aquella gema.

La solar rio y su sonrisa fue acompañada a la distancia por la del clérigo que la observaba.

Se puso en pie y con paso decidido se dirigió al lugar donde aldeanos y comerciantes tendían una mesa improvisada. Eliot sacó varios víveres y entre todos comieron. Firenze yacía con los niños, quienes le daban de diferentes manjares, incluidos pedazos de cecina como si la yegua fuera omnívora. Para desilusión de los pequeños, el animal se negaba a abrir su boca e incluso retiraba la cara en claro gesto de desagrado.

-Verduras- acotó la solar entrando a la recámara, observando la escena.

Entonces un chico, no mayor a los 7 años, estiró un pedazo de lechuga a lo que Firenze casi le devora el brazo. Todos rieron en el lugar, pues aunque la pena y el horror no escapaban al fuerte olor a sangre que aún estaba inscrito en las paredes, los humanos parecían responder con optimismo al saqueo y la muerte.

Aquello lo admiraba la elfa, sin dejar de reflexionar sobre todo lo sucedido. Comió pan y queso entre pensamientos diversos: Tan débiles, tan desnutridos, pero con esos ojos imbuidos de locura, no abandonaban su pensamiento. “Posesos”, pensaba para sí. La abstrajo de ellos el mismo humano que le cortará el pelo, quien con voz ronca, acotó:

-Lo siento mucho, elfa..no… No había de otra - tartamudeó.

-Me habéis salvado, es lo importante.

-Necesitáis ayuda con vuestras heridas…- aclaró el fornido, quizás campesino o mercader.

-Os agradeceré- respondió Ithilwen, aún sorprendida de haber aceptado la ayuda.

Comía mientras el humano atendía sus heridas en el rostro. Pronto el dolor dejó de ser el centro de su pensamiento y pudo razonar con mayor claridad. Agradeció la ayuda del guerrero y al finalizar su comida sacó a Glïndolïn y limpió su hoja tan pálida como las lunas. Los demás humanos seguían atendiéndose los unos a los otros, mientras que otros se ocupaban de recoger de los caídos todo el armamento disponible.

Un grito sacó a todos de sus propios quehaceres.

¡FUEGO! Al asomarse por las ventanas éste se divisaba en varios puntos del lugar.

La solar hizo tronar sus dientes de impaciencia. Se sentía mejor, mucho mejor, gracias a los cuidados de los humanos, pero aquello era un ataque demasiado pronto para unas alimañas tan poco coordinadas. Esto parecía cada vez más un ardid de otra cosa… que se valía de aquellas mentes débiles para lograr sus fines, pero ¿cuáles?  

Eliot también apretó los puños ante la sorpresa y enojo con que la noticia se esparcía. Con esa resolución que la elfa ya había avistado, llamó a los que estuvieran más recuperados, y junto a los tres cazadores que arribaran en su auxilio, abrieron de nuevo las puertas del templo.

Ithilwen les acompañó. Tenía la ocasión de quedarse allí, pero ya estaba demasiado involucrada con el destino de aquellas gentes como para trasgredir los deseos de sus dioses y no ayudarles. Con un suspiro de resignación, se lanzó escaleras abajo, apretando el paso junto a los demás humanos. Portaba su báculo, las armas bien dispuestas, la capa y el bolso, y saliendo del templo, atravesaron con cautela la plaza de mercado. Al parecer más allá de los destrozos y algunos cuerpos, los enemigos habían abandonado el poblado… aunque quizás no.

A no más de dos calles la doncella avistó a varios humanos en pie, observando con horror, y en frente de ellos, el fuego devoraba una casa, sumiéndola a brasas.  
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Vie Mayo 15, 2015 4:36 pm

 
Capitulo I.VII
 
Rojas Flamas.
 
Desde el inicio del día, muchas cosas habían sucedido y a medida que el sol llegaba a lo mas alto, aun mas situaciones debían de suceder. El día aun no terminaba y el destino y fortuna podían ser crueles realmente. Las negras columnas se alzaban sobre las cabezas de los hombres. Aunque el pueblo parecía desierto, estaba muy lejos de estarlo. Dentro de las casas hombres y mujeres se habían atrincherado, algunos habían salido, mientras se daba la alarma de fuego. Había que actuar rápido, o las llamas devorarían lo que los kobolds no habían destrozado.
 
La mujer había tomado una decisión y para ella, era la más adecuada. ¿Qué deseaban los dioses? ¿Realmente observaban como sucedían aquellos acontecimientos? Era posible o quizás no, quizás los dioses eran ciegos y sordos y nada mas. Fuera una u otra razón, la mujer había salido del templo, reuniéndose con algunos de los cazadores, claramente ellos no abandonarían el lugar, no era por no desear ir a ayudar al pueblo, si no que debían de proteger aun ese lugar. Mas uno de ellos la acompañaría, mientras la mujer bajaba las grises escaleras, Eliot salió también y con unas últimas palabras, se despidió de la mujer, esperándola ver nuevamente.
 
 –Cuidaos, rezare a nuestros dioses para que tu camino sea tranquilo y puedas volver  con los tuyos… gracias por todos. Siempre serás bienvenida en este lugar- Eran las mejores palabras que podía decir, y realmente deseaba que la mujer volviera a ese lugar alguna vez, aunque si sobrevivía… era posible que se olvidara de esos simples humanos, ya que sus vidas eran tan cortas en comparación con la de ella.
 
Mientras el cazador y la elfa avanzaban, a paso raudo, las miradas de muchos se observaron pro algunos de los cristales, muchas miradas curiosas y otras preocupadas. Mas no demoro mucho en que el dúo pronto se volviera un pequeño grupo, jóvenes y viejos se habían unidos, con la alarma del fuego dada. Pronto llegaron donde otro grupo ya se había formado, al parecer frente a la casa del alcalde.
 
Douglas y Flint organizaban a varios hombres, Freud había organizado a otros para la vigilancia, cuando llego la mujer y el resto de los aldeanos, el viejo tabernero se sorprendió al ver a una elfa entre ellos, desconociendo que hubiera alguien con esas características cuando había iniciado el ataque, mas las heridas en su rostro dejaban ver que había luchado.
 
-No sabemos cuántas casas deben estar en llamas- Se hizo escuchar Douglas, el mismo cazador que se había presentado en el templo –Pero debemos de actuar pronto, que los mas rápido den la alarma, necesitamos todas las manos que se puedan y que los demás nos sigan … y recen a los dioses que no se ponga peor- Las palabras de aquel hombre eran lapidarias, no era por falta de fe o de esperanzas, si no que en sus largos años de vida, ya había visto lo que el fuego podía hacer y lo que las bestias podían lograr.  Todos los presentes, incluyendo a la mujer elfa, apresuraron el paso, mientras avanzaban entre las calles, acercándose cada vez más al calor y a las llamas. Solamente se necesito unos minutos para lograr llegar, pero la visión que les esperaba no era reconfortante. Varias casas ya habían ardido hasta los cimientos y entre las flamas, podían verse los cuerpos calcinados de sus antiguos moradores. Muchas otras estructuras comenzaban a prenderse, el viento llevaba las llamas hacia el interior del pueblo, mala situación. No muy lejos, los caballos y animales relinchaban dentro de un cerrado granero, el cual comenzaba a incendiarse en lo más alto.
 
Los presentes, comenzaron a traer cubos con agua, lo más rápido que podían los lanzaban sobre lo que podían, pero muchas de las casas ya estaban condenadas… a pesar de ello, intentaban desesperadamente salvar lo que se podía.  De pronto, alguien dio la alarma, una de las casas más cercanas al fuego comenzaba a quemarse rápidamente, su techo de paja había ardido en cuestión de segundos, pero eso no era lo alarmante, si no que entre los vidrios podía verse que alguien golpeaba desesperadamente, ¿Eran niños? ¿Adultos? ¿Ancianos?, nos e podía saber, el humo comenzaba a llenar y empañar los cristales. Varios hombres intentaban con todas sus fuerzas echar abajo la puerta, pero esta aprecia resistirse a cualquier impulso para abrirse o ser violentada.
 
~&~
 
Mientras hombres y jóvenes, y una elfa, se encargaban de las llamas, otras cosas sucedían. No muy lejos, observando las torres negras, el clérigo sonreía, parecía complacido con lo acontecido y claramente las cosas iban marchando a su correcto paso. Mientras se levantaba y su armadura sonaba, llevo su martillo a su hombro, girándose al bosque. A su lado, el jefe kobold parecía más pequeño de lo que era, su tocado no resaltaba como hubiera deseado o siempre lo hacía, su atención no estaba en ser orgulloso, si  no en el futuro de su tribu, la cual ahora aprecian simples peones ante una voluntad y una ambición aun as fuerte.
 
Los cazadores, que anteriormente habían sido enviados por Douglas, habían seguido a la banda de kobolds, el brujo aprecia guiar a la feroz multitud, lo más rápido que el permitían sus piernas, entre matorrales y arboles. Los humanos eran hábiles y fácilmente les hubieran matado, pero necesitaban saber que diablos sucedía y si les seguían, quizás obtendrían respuestas.  De pronto,  las bestias se dividieron en dos grupos, dirigiéndose en direcciones opuestas, maña noticia para los cazadores, que igualmente se debieron dividir.  Los minutos pasaban y el grupo no disminuía la velocidad, mas sin darse cuenta, ambos grupos de kobolds se habían reducido, tan solo habían sido dos o tres de esas bestias, que por orden de su guía espiritual, se habían mantenido ocultos entre arbustos y ramas altas. Fueron ellos quienes vieron a los cazadores, que sin darse cuenta, cayeron en una emboscada tendida por los escamosos…
 
~&~
 
La voz de aquel espíritu resonaba en la mente del orco. A la herrera le tenía… quizás cierto “aprecio” o quizás simplemente había visto en ella alguien con valor. Fuera como fuera, el orco obedecería  quien le había otorgado. Con cansancio se levanto, su cuerpo ardía, su pierna aprecia retorcerse y su carne gritar por el esfuerzo. Mas como cualquiera de su raza, el dolor le daba fuerzas, y alimentaba su sed de ira y venganza.  Su hacha permanecía a su lado, eso era bueno, especialmente por que no deseaba perderlas, pero con tal batalla y tal matanza, el filo había perdido brillo y era menos peligrosa de lo que debería de ser.
 
Con voz lenta, hablo a la mujer, quien parecía molesta por todo lo sucedido, la petición del orco, aunque el tono aun no llegaba  ser una orden, era afilar sus armas, la lucha no había terminado y realmente debía de seguir lo que había iniciado. La herrera le miro, frunciendo el seño levemente, mientras le decía que le siguiera, que afilaría sus armas y las revisaría en su forja, y de paso, vería que tal estaba su local.
 
El camino fue lento, ambos estaban heridos en sus piernas y a  pesar de que la resistencia de Tammis no era menor, no dejaba de ser un humano y una mujer. Sus vendajes estaban algo manchados, la herida no cerraría en largo tiempo y quizás sucedería algo peor, como la gangrena o una infección. A diferencia del orco, que como toda su raza, era más resistente a las enfermedades, la humana no lo era y debería de tratar su herida en cuanto pudiera. 
 
Cada paso era casi un suplicio, el musculo se resentía y la herrera evitaba hacer ruidos de dolor o molestia, apretando los dientes con fuerza, pero manteniendo su orgullo intacto. Pasaron los minutos y por fin el par llego frente  a la puerta de madera, mas antes de girar el picaporte, el sonido del metal chocando y las cosas cayendo, hizo que Tammis apretara los dientes molesta y nuevamente, sacando su martillo de su cinto, abrió de golpe la puerta… lo que encontró, únicamente hizo que la sangre le hirviera, igual que la forja en la que trabajaba.
 
Las armas y herramientas estaban desperdigadas por el suelo, la fragua ardía con toda su fuerza, mientras varios kobolds saqueaban el lugar. De por sí, la herrera sabia que eso podría suceder, lo que había inundado su corazón de rabia, había sido que las malditas bestias, se habían metido a las habitaciones y saqueado las pertenencias de su fallecido padre, mayoritariamente, sus últimos trabajos.
 
La herrera dio un grito, mientras daba un paso, olvidándose del dolor de su pierna, e insultando a las alimañas. Varias se aterraron, arrojando al suelo lo que llevaban entre sus garras, mientras otras, algo más valientes, gruñeron y mostraron los colmillos, sacando las armas que tenían a mano, las propias que la herrera había fabricado.  Tanto el orco, como la mujer, comenzaron a limpiar el lugar de la peste escamosa, por suerte no eran demasiados y a pesar de las molestias y dolor de las heridas, el reducido lugar, permitía luchar sin moverse demasiado. Más no todas las bestias eran estúpidas y en cierto momento, una de estas agarro uno de los hierros que había estado en la fragua. El color rojo dejaba ver que era algo peligroso y blandiéndolo como una lanza, intento atacar a la mujer, pero esta, utilizando su mesa de trabajo, logro bloquear a su oponente, agarrándolo del cuello y empujándolo.
 
La mala suerte parecía sonreír a los kobolds, ya que aquel intrépido, pero tonto, lagarto, término cayendo en la propia fragua. Sus chillidos fueron más que notorios, e hicieron que casi todas las bestias huyeran despavoridas. Mientras el desdichado se retorcía, arrojando varios carbones ardientes y  trozos de metal al suelo, siendo peligroso el acercarse. Los gritos de dolor no duraron demasiado, mientras que solo una alimaña quedaba en ese lugar… quizás pariente del asesinado, ya que sus ojos estaban inyectados de odio y clara sed de venganza. EN un acto desesperado, salto sobre el enemigo más cercano, el orco, que lo más rápido que pudo intento atacarlo, pero el reducido tamaño del ser lo hizo difícil, terminando con sus garras incrustadas en la pierna del piel verde. EL dolor hizo que soltara un grito, haciéndolo caer sobre el suelo, mientras la criatura chillaba.
 
La fortuna del orco no era mejor, ya que sin darse cuenta, aterrizo sobre una de las herraduras, una de las tantas que la herrera había hecho, al rojo vivo. La armadura poco pudo hacer contra el calor y la carne quemándose dejo el mismo aroma que el del kobold en el horno. El orco dio un rugido de dolor, mientras atrapaba la cabeza de la criatura y con fuerza inusitada y brutal, presionaba hasta, literalmente, reventarla.  
 
Mas Tammis no tenía mucho tiempo para ver al orco, los carbones comenzaban a quemar la mesa cercana, debía de apagarlo o la herrería también se quemaría rápidamente.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






~Sobrevivir es lo importante ... La forma no~
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Mayo 21, 2015 11:54 am


Las puertas y las bancas pueden volverse a construir.
Los blancos muros limpiar y pintar.
Incluso las reliquias, y símbolos, se pueden volver a fundir y moldear…
pero una vida no se puede recuperar.
Una vez que ha desaparecido y la llama de sus ojos se apaga,
no puede volver con nosotros.
 
[Palabras de Eliot, pastor de Ommlet]


Las palabras del guía del templo resonaron en su mente a cada paso que daba “Rezaré para que tu camino sea tranquilo y puedas volver con los tuyos” . Ojalá aquellas bendiciones fueran de fiar: había arriesgado demasiado por una villa, que había resultado ser un campo de lucha disfrazada de colores apacibles a la luz de un sol ensoñador. ¡Cuán equivocada había estado la solar de cabellos cortados! Quizás, al verla llegar con aquel rostro cundido en heridas y su orgullo hecho trozos, su padre le impidiera la participación en nuevas misiones, o también era posible que simplemente le negara la opción de aprender a luchar y continuar su entrenamiento en Tirian Le Rain. Fuera el caso y las razones de ello, lo que más la sorprendía era la falta de presencia de la Orden en aquellos territorios: dedicada a la aniquilación de todos aquellos disturbios y a la preservación de la paz, se decía que en Tirian Le Rain estaban los caballeros que salvaguardaban la tranquilidad de los territorios del norte. Tal parecía que eso era una metáfora similar a lo que Ommlet resultaba en la cabeza de la doncella: una mentira salpicada de ilusión ficticia.

Avanzó a paso firme, revisando de vez en cuando la retaguardia, como también el templo que por poco termina siendo su tumba. Suspiró con alivio al saber que Firenze se quedaba allí, con Eliot y los niños. Con el fuego avistado a través de los ventanales del lugar sagrado, la imperecedera pocas ganas tuvo de llevarse a su fiel compañera con ella. Los niños le habían tomado cariño a la yegua, y aunque el animal odiaba separarse de su dueña, la inocencia y curiosidad infantil no parecía desagradar del todo al equino de pelaje castaño rojizo.

Un rápido paneo a los alrededores confirmó las sospechas de la longeva: el pueblo había quedado prácticamente en ruinas. De algunas casas salían con claras marcas de terror, los aldeanos y refugiados. El humano que la acompañaba, instaba a los heridos y familiares de ellos a dirigirse al templo en busca de medicina y comida, pero a todos aquellos con fuerzas suficientes y el enojo encendido en sus rostros por la venganza y la acción, les ordenaba unirse a ellos pues el fuego consumía una parte del poblado.

El ímpetu humano superaba las expectativas de la doncella de Erínimar: acostumbrada a leer de las pocas bondades y la avaricia propia de la raza mortal humana, se sorprendía en ver cómo el valor y la determinación, ese sentido de pertenencia a los suyos y a su tierra, los hacía avanzar y luchar aún en medio del dolor o la tristeza. Más de uno había perdido algo de valor con el saqueo de aquellos lagartos, y bien sabía Ithilwen que no sólo se atesora el oro o el mithril en los corazones mortales, como la carne y la sangre, el espíritu y alma de aquellos seres que se aprecian. A fin de cuentas, vida solo era una: mortal o inmortal, todos estaban atados a terminar sus días tarde o temprano en el devenir del destino mismo; era el llamado obligatorio de Äntha (La tierra) a regresar a ella,  y así dejar un vacío en el mundo para que otro lo llene, llegado el momento, en el lugar correcto, a la hora indicada…

Vida solo era una.

A poco a avanzar, llegaron a lo que otrora era la plaza de mercado. Bañada en cenizas y ruinas, la decoración viva de los antiguos puestos de comercio había dado paso a una extraña obra maestra de sangre salpicada entre las piedras y las pocas tiendas que aún se mantenían en pie. La escena era tétrica como hórrida. Los cadáveres mutilados de invasores y moradores se esparcían por todo el ancho lugar, otorgándole un olor característico a cobre líquido y cenizas. La sangre colaba su olor por las fosas nasales de la elfa, quien cubriendo su rostro con la bufanda, no podía evitar sentir ganas de vomitar ante lo que veía: niños y mujeres compartían lecho funerario al lado de los lagartos, en un claro intento de los primeros por alcanzar la protección del templo.

Así había sido en un principio: tosco y primitivo el mundo de los apetitos y los instintos regían sobre la balanza del más fuerte que sobrevive al débil comido. ¿Cómo era posible que el mundo retrocediera en inteligencia y sapiencia a las eras oscuras de la ignorancia y la brutalidad?

Muchas dudas y conjeturas arrastraba la elfa a medida que avanzaba, rauda e impulsiva, hasta que una casa calcinada les cortó el paso a los luchadores. De inmediato los más diestros y experimentados se abalanzaron hacia el interior de las callejuelas donde sus hermanas mostraban una situación similar: el fuego las había reducido a escombros hasta los cimientos. Cuerpos consumidos de moradores se atisbaban entre las cenizas y el humo, en una extraña mezcla de olores, que incluso tal era su fuerza que parecía poder ser degustados. Con cuidado y recelo, la elfa seguía a los humanos hambrientos de acción hasta que, observando la poca resistencia que tenía a ese tipo de obstáculos y el fuego que poco a poco se abría paso hasta ellos, se reconoció a sí misma que nada estaba en sus manos para ayudar en contra de tal letal elemento. Los elfos respetaban a los elementos y la fuerza de la naturaleza misma por lo que, absorta en la manera cómo las llamas lo consumían todo, se dio media vuelta dándose cuenta que aquel no era el mejor lugar para estar.

Por su parte, los humanos uno tras otro, se metían entre las casas para sacar a los niños, mujeres, ancianos y hombres resguardados en sus hogares y traicionados por el fuego. Los rescatados gritaban y bendecían a sus rescatadores, mientras que los más graves eran dejados en el suelo hasta encontrar el momento de dirigir el éxodo hacia el templo, donde estaban las medicinas.

-No sabemos cuántas casas deben estar en llamas, pero debemos de actuar pronto. ¡Los más rápido den la alarma, necesitamos todas las manos que se puedan y que los demás nos sigan! … y recen a los dioses que no se ponga peor- instó con determinación el humano que hasta hacía poco la había acompañado.

Entonces, los gritos provenientes de una de las casas llamó la atención de todos. Las llamas bramaban con furia y el viento las azuzaba para que crecieran de manera feroz. De inmediato los humanos se arrojaron al interior para rescatar a sus camaradas, pero la doncella solo se quedó observando, corriendo el sudor por su frente y siendo muy consciente de las heridas que portaba en el rostro como el fastidio por aquella calidez del elemento. ¡Su resistencia a esas temperaturas era minúscula!

Nada podía hacer por aquellas almas. Entre el desespero del deber y la realidad que la rodeaba, con sus posibilidades y capacidades, se confesó con impotencia que en nada podría ayudar a aquellos ciudadanos.

Dio media vuelta y entre los heridos regados por los suelos, rescatados de los otros habitáculos, se agachó, examinando las heridas de cada uno. No era experta en curaciones, pero la sangre no la aterraba como para poder estimar quién podría salvar la vida, o por quién habría que pedir a los dioses para que su sufrimiento en este mundo y el camino deambulado acabara con los premios justos por una vida honrada y una muerte menos dolorosa.

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Lun Jul 06, 2015 3:50 am

 
Capitulo I.VIII
 
Sangre y lágrimas.
 
El pueblo tenía un aura lúgubre, si hace dos días  era un apacible y  agradable lugar, ahora sus calles manchadas de sangre y cubiertas de cadáveres, solo daban la imagen de una hecatombe y de la visión de los más oscuros temores. Miradas observaban desde los vidrios, las puertas tapiadas y fuertemente aseguradas. Era una visión desesperanzadora,  y se convertía en una fuente de sollozos, al elevarse aquellas columnas y pilares de negro humo.
 
Calles manchadas, esperanzas rotas, pero no pisoteadas ni olvidadas. Los hombres son extraños, pueden quedar tan solo con lo puesto y volver a levantarse, no importando si es sobre las nubes o bajo los océanos. Quizás fuera por ser una raza joven, quizás porque sus vidas eran tan cortas, que el lamentarse y llorar por lo perdido, no podían hacerse. Fuera por una u otra razón, ese pueblo, esa aldea, no estaban acabados y aunque hubiera tan solo un alma habitando esas casas, nuevamente se levantaría, con más fuerza y más vigor.
 
Altas llamas lamian las alturas, mientras que el dorado fuego, consumía madera y tejados por igual. Los hombres trataban de apagar los fuegos inhumanos, mientras que los heridos, entre hombres, mujeres, ancianos y niños, eran  atendidos por quien podía hacerlo. Había dolor y mucho, eso era palpable, no se necesitaba grandes dotes de magia o leer las mentes, para ver la preocupación que se cernía sobre todos y el temor, que como un manto, cubría las miradas de los lugareños. Una mujer se quejaba, en vivo sollozo, apretando contra su pecho, un pequeño bulto chamuscado y negro, si alguien se fijaba con más atención, un diminuto e infante brazo, descubriría, pero la blanca y cálida piel, estaría teñida de negro carbón,  tan quemada, como la carne olvidada en las brasas.
 
La elfa atendía a quienes pedían ayuda, sus conocimientos de curación no eran amplios, y mas allá de intentar apaciguar  con palabras, no podía ser de mucha ayuda. Era posible que jamás se hubiera puesto a pensar en curar heridas, siendo una sacerdotisa, su misión era espiritual y la carne solamente era algo que se alejaba de lo que ella podía tratar. El llanto de un niño quemado, el quejido de un anciano, todo aquello le rodeaba, todos sus actos parecían ser infructuosos, como si sus dioses le hubieran puesto en ese lugar, con la única finalidad de observar su actuar.
 
Se escucho un grito, varios hombres sacaban a los habitantes de una casa que estaba desmoronándose. De un salto, un joven se salvo, llevando en sus brazos a otro joven. Tras ello, la casa se vino abajo, consumiéndose rápidamente. Mas la fortuna poco a poco les sonreía, por que las llamas no se extendían con tanta facilidad y con algo más de esfuerzo, se lograrían extinguir por completo. Más aun quedaban muchos heridos y no solo abrasados por las llamas o el fuego, si no por los ataques de los kobolds mismos.
 
La elfa se encontraba en un ambiente y una situación que para nada conocía, si en algún momento había pasado algo similar por su mente, de seguro se trataba más como una pesadilla que otra cosa. Fue cuando más los gemidos se escuchaban, cuando unas manos cálidas se acercaron a las adoloridas. Sus ropas no estaban tan limpias ya y se notaba que antes de llegar a ese lugar, había tratado a  otros. Sus vestiduras sacras estaban manchadas de rojo, había desgarrado la tela en más de una ocasión para vendar la frente de alguien. El joven parecía haber madurado en un abrir y cerrar de ojos. Eliot, el simple sacerdote del pequeño templo, se había acercado a donde más se le requería.
 
Con voz suave le indico a la mujer elfica –Hay que verter agua en las quemaduras y mantenerlas húmedas, así el dolor disminuirá- Quizás ese simple consejo no era mucho, pero si la mujer escuchaba con atención, quizás podría aprender algo de aquel muchacho. Era verdad, la mujer había vivido incontables vidas, a diferencia del sacerdote, que a su corta edad, aun debía de aprender mucho y recorrer bastante. Pero en esos momentos, si bien antes había sido la maestra, ahora podría ser la alumna. Eliot se levanto y pidiendo abundante agua, algunos hombres la trajeron, con paños escurriendo el cristalino liquido, trataba a aquellos que tenían quemaduras. El dolor que sufrían disminuía, si bien no desaparecía, si era más soportable, mas eso solamente funcionaba para las quemaduras más leves, ya que aquellos que tenían su carne cocinada, no podían tratarse con tanta facilidad.
 
Por suerte, el joven sacerdote no era el único que había aparecido a ayudar. Muchos de los refugiados del templo le habían seguido y ahora se encontraban ayudando a los que se encontraban heridos. Varias mujeres trataban de calmar a los menores, tratando de evitar mencionar que no volverían a ver a sus padres o a algún familiar. Aquel lugar era un sitio cruel, pero los más jóvenes se repondrían y aprenderían de todo aquello.
 
Eliot le menciono a la mujer en voz baja, para evitar que otros oyeran. – Muchos estaban asustados en el templo, y otros deseaban seguirle, si nuestros dioses nos sonríen, y nuestra voluntad no deja de lado a  nuestros hermanos, podremos ver un nuevo amanecer. Si no hubiera llegado en ese momento a ayudarnos, de seguro muchas vidas se hubieran perdido- mientras hablaba, vendaba la cabeza de un joven,  el cual sangraba de una herida en su nuca –Varios cazadores se encuentran en el templo, protegiendo a  los niños y a su acompañante, no debe de temer por ellos – En ese momento sonrió el sacerdote, posando la cabeza del herido sobre un trozo de tela a modo de almohada.
 
~&~
 
Las flechas eran disparadas desde las copas de los árboles y las alimañas surgían desde los matorrales. Los cazadores estaban rodeados y sin darse cuenta, en graves aprietos. A pesar de sus conocimientos, habían estado tan enfrascados en seguir a esas bestias, que no se habían dado cuenta de la trampa que habían tendido para ellos. Se maldijo al brujo kobold, mientras los proyectiles impactaban la carne humana. Tres de los cazadores cayeron, antes de poder darse vuelta para contraatacar. Los demás no tuvieron tanta suerte, dos cayeron cuando fueron apuñalados o quizás sería mejor decir, empalados, por simples lanzas de madera. Los restantes debieron de hacer algo que no deseaban, dividirse y arriesgarse para sobrevivir.
 
Misal había sido un muchacho perezoso siempre su vida, obligado a convertirse en cazador o pasar lo que le quedaba de vida en la cantera, había aprendido de mala gana el uso del arco y los cuchillos. Había obtenido algunas presas en esos dos años, y su único logro real, había sido matar un viejo oso, el cual, de seguro, le quedaba poco tiempo de vida. Como sea, ahora estaba, ese mismo muchacho regordete, corriendo, como perseguido por demonios. Las ramas golpeaban su rostro, jadeaba y solamente rezaba para que no le mataran. Mientras se alejaba, sin un rumbo concreto, podía escuchar como sus compañeros gritaban y de seguro morían. Pero no estaba solo, de reojo, podía ver como las alimañas se acercaban cada vez más, una visión terrorífica.  Más por mirar hacia los escamosos seres, no pudo evitar resbalar y caer por una pendiente. Su cuerpo rodo, se golpeo con algunas piedras y rocas, perdiendo su arco y flechas y terminando por caer en un riachuelo. Su cuerpo dolía, y con dificultad se levanto, para ver como los kobolds se encontraban a pocos metros y le apuntaban con sus flechas.
 
Lo más rápido que podía su cuerpo, se levanto y corrió, siempre rio abajo, podía escuchar las flechas dando contra las rocas y el agua, mientras el huía simplemente, como un cobarde, casi llorando y con su corazón a punto de salir de su pecho.


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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Vie Jul 24, 2015 8:19 pm



Contrario a lo que pudiera haberse vaticinado, el dolor humano le escocía las entrañas de una manera diferente a la esperada. Los gritos, las suplicas, las llamadas de auxilio, la desesperación y el desasosiego pintado en sus rostros demacrados, solo le mostraba cuán similares eran éstos a sus hermanos inmortales. Aunque no padecían de una muerte tan prematura y de una salud tan endeble, tantos los primeros nacidos del Gran Árbol como los mortales hijos de las raíces profundas, convivían en igualdad de condiciones frente al arribo de la Parca.

No pretendía curarles, ni mucho menos. Sus propias fuerzas languidecían por momentos al desvanecerse la adrenalina que la había movido a estar de pie en medio de las llamas descontroladas. Tenía el don de los dioses para sanar, pero éste le era concedido a cambio del suyo propio, y en sus condiciones, aquello era totalmente suicida.

Se reconoció egoísta, pero no insensata, y a pesar que resistía estoicamente las miradas de súplica por una ayuda para sanar la pena y la desgracia, solo se conformó con otorgar lo que su cuerpo y su mente podía ofrecer. La magia, aquella que para ella estaba ligada a la bondad del mundo y su equilibrio básico, no era una opción portando las heridas que llevaba y con las fuerzas tan mermadas. Había luchado en el templo, había sido pisoteada y golpeada, más nada de ello la había hecho cambiar de opinión en sus principios, había estado a puertas de ser asesinada por una criatura inferior, de inteligencia dudosa pero sangrienta como ninguna… Ommlet le había enseñado a Ithilwen la falsedad escondida en un paraje soñado pintado de luz y esperanza a la puesta de un mundo cada vez más corrompido por los incautos.

La imperecedera conocía de esos juegos oscuros: aquellos que bailan con las almas en cadenciosas torturas de sumisión y postración dolorosa. A su mente vino Mashamba Milele, esa gran llanura de tierra seca y su templo maldito. Algún día ella sería lo suficientemente fuerte para arrasar con aquella escoria del mundo y devolverle el brillo de su equilibrio legendario.

La cara le escocía por momentos, y sentía cómo la sangre bajaba de su frente, Aunque tomaba sus manos, algunas jóvenes y tersas otras rugosas como el papel desgastado y húmedo luego puesto al sol, solo trataba con su luz, una sonrisa pálida y sudorosa en medio de aquel atardecer, pretendía reconfortar un dolor ajeno aunque compartido, ese penosa carga a dejar partir a los demás, la desesperanza que calaba sus almas ante la pérdida de los seres queridos, más abrupta y profunda que la misma carne abierta y expuesta.

Se exigía mirarles a los ojos y perderse en sus iris titilantes tan variopintos y de formas desiguales, marcados por la historia de sus cortas vidas y sentimientos, como solo los humanos podían portar. Se obligaba, sí, pues así impedía ojear alrededor la destrucción que entorno a ella se expandía. El fuego inclemente estiraba sus manos por doquier, ensanchándose con cada madera con una brisa débil, su fuerza se multiplicaba. Los gritos se hacían uno con la impotencia por solo ser testigo de la inclemencia de su calor abrazador. Nada podía hacerse, más allá de ver a los humanos valerosos saltar dentro del dominio de las llamas, buscando sobrevivientes y en la calle, se apilaban los cuerpos, algunos sanos, otros con leves quemaduras, otros tremendamente maltratados llegando a un rincón al final de la manzana donde se apilaban los cadáveres con olor a brasa.

De lejos una anciana corría de cuerpo en cuerpo, otorgando cosas que de su morral sacaba. Bien parecía tenerlo todo allí, pues sin problema extraía un mortero, machaba, daba agua, gritaba a los demás en un dialecto extraño, pidiendo cosas por cada vida que a su alcance estaba. Era diestra, precisa, enfocada en su arte de la sanación; dones prodigiosos para alguien de edad tan aventajada y de huesos tan endebles.

-¿Quién… Quién eres?- titubeó con esfuerzo la niña a la cual la elfa sujetaba mientras la sangre salía de su boca.

-Soy Ithilwen Eruläeriel, niña,  de Erínimar.

La cara de sorpresa de la pequeña, tan llena de pecas como pocas había visto en el mundo la solar, se contorsionó. Pretendía ser una expresión de sorpresa, pero más resultó ser un gesto agrió y casi monstruoso por los golpes que presentaba.

-Los…los elfos han venido a ayudarnos, ¿cierto?- continuaba la niña, haciendo esfuerzos por hablar, ahogándose de a pocos.

Pero la elfa se cortó, apretando la mano de la niña, sintiendo cómo el sudor del infante corría por su frente y las moscas bailaban sobre su carne quemada. No debía esforzarse, pero la pequeña parecía hacer caso omiso de lo que el cuerpo le pedía.

Un agarre endeble y tímido la sacó de pensamientos. Al voltear, parado cerca de ella, como una estatua de los antiguos sabios de Thalis en los puertos de Erínimar, se encontraba el sacerdote. Sus vestiduras rasgadas y ensangrentadas daban muestra de todo lo que había tenido que hacer en la iglesia y de camino hasta donde ella, lo cual sorprendió a la doncella de las tierras imperecederas.

–Hay que verter agua en las quemaduras y mantenerlas húmedas, así el dolor disminuirá- enunció, dando un vistazo al rostro de la pequeña.

Asintió, pues halló verdad en aquellas palabras y fue en busca de la anciana que otrora había visto.

-¡Disculpad!- interrumpió Ithilwen.

-¡Por las barbas que me nacen en la espalda!- gritó asombrada la arrugada herbolaria, luego de primero haberle dirigido una mirada colérica: -¡Una orejona!

La princesa arrugó el rostro ante el apodo poco impropio y burdo que había utilizado la humana para referirse a ella.  Carraspeó con cierta fuerza, incómoda pero también con cierto enojo, y luego, como si no hubiese oído nada, continuó:

-Aquella niña necesita agua.

La arrugada experta viró su rostro en dirección al lugar indicado, y al divisarla agudizó la vista y luego entrecerró el ceño:

-Está mal… pierdes el tiempo con ella, mejor examina a otros, si quieres ser útil, elfa.

-Pero, có… ¿Cómo os atrevéis a dictaminar tan a la ligera quién vive y quién no?

-Creía que los elfos eran cultos- chistó la anciana, continuando en sus labores.

-Pero.. ¡Por misericordia, señora…!-insistió acalorada la doncella.

-Ya os dije que no. ¡No desperdiciaré valiosa agua en un cadáver!

Era la primera vez que veía a alguien tan testarudo en su presencia. Contaba con más de 100 años de edad y en sus viajes por el mundo conocido, jamás había tenido que lidiar con un ser tan mezquino en su propio conocimiento. Sin embargo, la misma Ithilwen se reconocía paciente pero sobre todo su aliado era el discernimiento. Con cierta impotencia observó lo que la anciana hacía: le temblaban las manos cuando sacaba los frascos de su morral, extrañamente pequeño pero con un gran y variado contenido. Sería fácil despistarla y hacerse con el agua.

Sin embargo, nunca había robado, y lo que era peor, se trata de atacar a una abuela humana, cuyos años sin duda le pesaban tanto como para que la solar sacara partido de ello con una mala acción. Miró al cielo, buscando respuesta ante sus planes macabros pero en vez de eso solo pudo agudizar sus sentidos y oír como desde lejos la niña tosía.

Sin pensarlo dos veces, acudió ante la niña, arrepentida por sus pensamientos impíos, y tocó con su mano una vez más esa frente perlada: sudaba y la fiebre ganaba terreno del cuerpo frágil. “No lo logrará”, pensó la inmortal, pero aquello en el fondo la llenaba de ira, pues así se cumpliría el fatal vaticinio de la herbolaria. “Solo era un poco de agua, solo un poco”, seguía refutando en su mente Ithilwen como si la anciana aún pudiera tener control sobre su mente, impidiéndole alcanzar la esperada cura para la pequeña, o al menos, alivianar su dolor.

Entonces, Eliot arribó en respuesta a su contradicción moral. Habiendo pedido bastante agua, los colaboradores se habían hecho a vendas y otros trapos limpios para que el joven hombre de Dios sanara a los más caídos junto con varios baldes del líquido vital. Aún todo esto, el misionero arrancó parte de sus hábitos y humedeciéndolo dentro del agua lo puso en la herida más notada de la niña: su pierna izquierda.

-¡Qué desperdicio de recursos!- rebuznó a sus espaldas la humana al pasar cerca del sacerdote, entre indignada y malgeniada por la abierta contraindicación a sus preceptos. Pero Eliot la ignoró abiertamente y, dando unas cuantas indicaciones a la elfa, dejó la pequeña a su cuidado mientras él se disponía a vendar a un joven.

– Muchos estaban asustados en el templo- comentó por lo bajo el joven sacerdote: - y otros deseaban seguirle. Si nuestros dioses nos sonríen, y nuestra voluntad no deja de lado a  nuestros hermanos, podremos ver un nuevo amanecer. Si no hubiera llegado en ese momento a ayudarnos, de seguro muchas vidas se hubieran perdido.

Asintió como agradeciendo las palabras, aunque en el fondo su preocupación yacía con la pequeña. Alrededor, todo era caos y desesperación. El olor a madera quemada, carne y sangre, le revolvía el estómago, aunque sí podía reconocer que poco a poco se esfumaba por el control que empezaban a tener los aldeanos. La elfa, escéptica por naturaleza a las palabras de razas como aquella que la rodeaba, empezó a creer en el pensamiento optimista del hombre sagrado: aquellos humanos eran fuertes, y a pesar del duro golpe recibido, se repondrían con la frente en alto y el orgullo de una raza que empuja y trabaja por un mejor futuro. Si algo debía reconocerles Ithilwen de la Casa de los Erü era eso, su persistencia.

–Varios cazadores se encuentran en el templo, protegiendo a  los niños y a su acompañante, no debe de temer por ellos – agregó con una sonrisa que llamaba la esperanza.

Pero la pequeña desfallecía entre sus manos. Desvariando en medio de la consciencia y la inconsciencia, la niña a su cuidado se veía tentada por la oscuridad pacificadora del descanso eterno.

La solar cerró sus ojos, en un rostro que poco denotaba lo que sentía o pensaba, empezó a orar. Lo hizo a los dioses por aquello que le parecía el primero de sus valores frente a un moribundo: que la compasión de los poderes superiores se vieran en proteger a esa niña del miedo y el dolor a su propia partida. Sin embargo, los caminos sagrados no marchaban al paso que la solar disponía, y mientras rezaba, su piel se iluminó, así como la de la pequeña.

Fue un rayo cálido como si del sol proviniera en medio del caos envolvente. La gente se acumulaba alrededor de ellas sin que alguna se diera cuenta, sorprendidos todos por lo que parecía ser un poder difícil de comprender entre tantas calamidades. Pero, poco a poco, las fuerzas empezaron a mermar en la elfa mientras las heridas en el cuerpo infantil sanaban lentamente. Al abrir sus ojos celestes la imagen le resultó borrosa apenas unas palabras lejanas, un “estúpida elfa, lo que puede hacer por llevar la contraria”, le llegaron a sus oídos en voz de la odiosa herbolaria, antes de apoyar las manos sobre el cuerpo de la pequeña, quién sonreía entre sorprendida y reconfortada.

No pretendía sanarla o interceder por aquella alma pura, pero sus poderes se habían presentado sin que ella misma los convocara.

Sonrió en respuesta a los ánimos de la pequeña, sintiendo el calor quemante en su cuerpo, la sofocación de las punzadas e dolor que corrían por sus piernas y pecho, pues como bien conocía, el poder curativo de los Altos Señores solo aplicaba pidiendo a cambio parte de la salud de la sacerdotisa, y ella ya se encontraba bastante debilitada.

Miró a Eliot de vuelta, con esa extraña sensación de no poder entender todos los juegos divinos que los circundaban. El humo se atascaba por sus fosas nasales, y el calor aún la abrazaba en medio de aquel fuego llameamte. Pero se sentía con ánimos para correr su cuerpo un tanto, dejando a juicio del párroco ver cómo las heridas de gravedad media que tenía la pequeña, ahora solo eran marcas arrugadas en su cuerpo blanquecino y escuálido.

Una vez más, era la voluntad de los dioses y ella era el instrumento de sus verdades.      

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Mar Ago 25, 2015 9:17 pm

 
Capitulo I.IX
 
Orgullo y Raza.
 
Serian los hechos acontecidos desde el inicio del día, los cadáveres que poco a poco atraían moscas, el llanto de hombres, mujeres y niños o quizás las altas columnas negras de humo que se alzaban hacia las alturas limpias y azules.  EL fuego por a poco parecía ser controlado, los hombres sudando por el esfuerzo, casi asfixiados, el hollín y ceniza ensuciando sus rostros. El poso apenas pudiendo contener el agua que tan necesaria era. Mas las casas parecían estar a salvo y cuando los últimos baldes con agua fueron lanzados sobre las brasas, el humo y vapor llenaron el lugar. El fuego era terrible, los daños abundantes y las vidas que se habían perdido por este, de seguro habrían sido similares a las realizadas por las alimañas escamosas. Pero todo eso no importaba, algunas sonrisas aliviadas se mostraban en los cansados rostros, mientras otros se sentaban en el suelo, jadeando, con las manos ensangrentadas, tras levantar docenas y cientos de veces aquellos cubos con agua.
 
En los callejones cercanos, hombres y mujeres gemían, adoloridos, muchos tenían serias quemaduras, otros tan solo sufrían por algunas heridas menores, otros lloraban, sosteniendo entre sus manos, a sus hijos o esposas, ya frías y con sus cuerpos quemados y negros.  Muchas manos trataban de salvar a los que quedaban, algunos simplemente se preocupaban de lo que habían perdido, el trabajo de toda su vida.
 
Por otro lado, Eliot trataba a los que tenia mar cercano, sus manos también estaban cansadas, pero no desfallecía, a pesar de que sus ropas estaban sucias de hollín y sangre. El sudor bañaba su frente, había trabajado para mantener la vida de varios, niños, hombre, mujeres y ancianos,  más cuando sus dedos dolían cada vez que ce cerraban sobre las vendas, su espíritu le obligaba a seguir.
 
La elfa, aquella imperecedera mujer, que ya había sufrido en carnes propias la lucha contra los escamosos, ahora desfallecía de cansancio, el dolor de su cuerpo solamente podía mantenerla despierta, impidiendo que se zambullera en el cansancio y agotamiento. A pesar de las palabras de aquella vieja mujer, cierta idea permanecía en la mente de la elfa, era el hecho de que la luz debía de mantenerse y llegar a todas partes, incluso a los desvalidos humanos, que parecían niños siempre, pero capaces de una maldad infinita, mas allá de los propios orcos o las monstruosidades que habitaban en aquel emponzoñado bosque.
 
El sacerdote, sostuvo a  la mujer, antes que esta se desplomara y utilizando sus fuerzas, la apoyo en uno de los muros, cerca de la misma niña que ahora parecía estar mejor.  A pesar de que el religioso era un joven que apenas conocía el mundo, sentía cierto agradecimiento por la mujer, que sacrificaba parte de sí misma para los demás. Fue en ese momento que el sonido de cascos resonando por las calles, hizo que tanto él, como muchos hombres, ya agotados, giraran sus rostros hacia los que llegaban.
 
La escolta elfa no había demorado mucho en comprender que la desaparición de la dama elfa, no era recomendable y subiendo a sus corceles, galoparon hasta volver a donde se había visto por última vez. Quizás el ver el humo hizo que aceleraran a sus animales, quizás sus agudos oídos habían captado los gritos y llantos, pudieron ser una u otra cosa lo que les había hecho ir cada vez más rápido. La primera visión que habían tenido al llegar, habían sido los cadáveres que se amontonaban, el aroma que poco a poco inundaba sus fosas nasales y el calor que emanaba desde lo lejano del pueblo. Como si fueran guiados por una mano invisible, habían logrado llegar hasta donde la mujer elfica, su lamentable apariencia, sus heridas y el estar rodeada de sucios y asquerosos humanos, era de lo más desagradable. Si bien los elfos mantenían su orgullo muy alto y no había un odio real hacia la humanidad, era verdad que aquellos heridos, estaban más que sucios, sucios de ceniza y sangre, que gemían por el dolor y lloraban o pedían ayuda. Fue uno de los elfos, uno de la escolta personal de aquella mujer, quien descendió de su corcel,
 
No tomo atención hacia los humanos, ni tampoco al sacerdote, que parecía inquieto, no solo por el hecho de que tan sabios seres hubieran llegado, si no por el hecho de no ayudar a los desvalidos, si no que viéndolos con cierta altanería, como si aquellos humanos heridos, no fueran más que seres con poco valor en ese estado. ¿Tan diferentes eran los unos de los otros?  El joven sacerdote interrumpió al elfo, mencionando que solamente estaba cansada y que las heridas de la mujer no eran de seriedad, que debía de reposar y pronto estaría bien. El elfo, miro hacia el sacerdote y secamente respondió.
 
-Si nuestra dama no hubiera tenido curiosidad por este lugar, no habría tenido la desdicha de que fuera lastimada, la culpa de su condición, es el hecho de vuestra existencia.- Quizás sus palabras mostraban cierto desprecio hacia los hombres, quizás simplemente era molestia por el estado de aquella mujer y debía de encontrar alguien en quien verterla. Muchas posibilidades habían, pero el sacerdote no podía pensar demasiado en eso, sin responder a las palabras de aquel individuo, siguió curando a quienes tenía cerca, pidiendo agua, o incluso mencionando que aquellos altos elfos, pudieran ayudar, pero como si sus palabras no fueran lo suficientemente altas o de lleno fueran ignoradas, los elfos no desmontaron, si no que siguieron sujetando con fuerza las riendas de los corceles.
 
Desde lo alto, el graznido de un ave se escucho y descendiendo al atravesar una columna de humo, una majestuosa ave se poso en el hombro de uno de los elfos, emitiendo varios ruidos, como si conversaran entre ellos. El elfo demoro unos minutos, pero sentencio, para que los montados escucharan sin problema –No se ven enemigos cerca, pero no muy lejos, unas criaturas atacaban a humanos, quizás sea mejor retirarnos, no les debemos nada a estos humanos como para permanecer mas aquí y la dama  Erulaëriel debe de tratar sus heridas.- La última palabra la tendría aquella mujer, ya fuera para bien o para mal, muchas cosas cambiarían cuando su cansancio le permitiera hablar y dar una última o primera orden.
 
~&~
 
Para Misal, aquella había sido una mala idea, sus ropas estaban empapadas, su cuerpo lastimado y herido, sus compañeros de seguro muertos y su corazón intentando salir de su pecho. Claramente había sido un mal día, pero podía ponerse peor, aunque  eso aun no lo sabía. Corriendo por el agua, una mala idea, perdía velocidad y las alimañas se acercaban con cada parpadeo, más cerca de matarle. Mas en cierto momento, logro acercarse a la orilla e internarse en el bosque cercano, lo arriesgaría todo, ya que poco le quedaba. Apartando las ramas con sus manos, lastimando sus brazos con las afiladas puntas, espinas y agudas hojas, termino por ocultarse entre las raíces de un antiquísimo árbol.
 
Tratando de guardar silencio, se tapo su boca, a pesar del dolor en su pecho por más oxigeno en sus pulmones. Escucho como las ramas y hojas eran rotas, los gruñidos y chasquidos de los kobolds cercanos, estaban a menos de dos metros de ellos, pero debía de aguardar, si aguardar y rezar a sus dioses para que no le encontraran. Los segundos parecieron horas, y su mente solo pedía que todo pasara, que fuera un mal sueño.  Pudo escuchar como los kobolds se marchaban, y este, tomando una piedra de buen tamaño del suelo, espero… y espero, hasta que pudo respirar con más tranquilidad y salir de su escondite. El bosque parecía quito y tratado de ubicarse, miro hacia todos lados. Entre las copas de los arboles, pudo divisar columnas de humo, de seguro hacia allá estaba el pueblo. Dio un par de pasos, cuando escucho algo que  golpeaba su espalda y después el suelo. No sintió nada, pero cuando se giro, un kobold le miraba, intento huir, pero sus piernas no le respondían y como un pesado costal cayó al suelo, no sintió su cuerpo golpear, intento gritar, tampoco pudo, solamente podía mover sus ojos, de un lado a otro. Observo al kobold mientras se acercaba y estirando su mano, saco un pequeño puñal del costado del muchacho, ensangrentado.
 
Los instantes pasaron, y otra alimaña apareció, acercándose a su compañero y hablando en su  propio idioma. Solo fueron unos instantes, tras lo cual se marcharon. Misal se alivio, quizás le habían creído muerto, pero el alivio desapareció, cuando vio que su cuerpo no respondía y no solo eso, si no que aun cuando intentara moverse, nada sucedía … intento gritar, pero nada … estaba completamente paralizado … y sin darse cuenta, aquello sería peor que la propia muerte.
 

Adelantándonos un par de días … Misal aun estaba en la misma posición, ahora no deseaba más que morir lo antes posible, hambre, sed, todo lo sentía, excepto su propio cuerpo … de pronto, entre los matorrales, vio algo que le lleno de alegría … un oso … en la mente del muchacho, una palabra era gritada “MATAME” el oso se acerco al muchacho, y este parecía feliz , sus ojos era lo único que podía mover y sabia que tan solo serian unos momentos de dolor y después descansaría … pero el oso tenía otras ideas y tras olfatear el cuerpo del humano, se dio media vuelta y comenzó a caminar de nuevo al bosque … las esperanzas de Misal se habían desmoronado … y durante los días siguientes, solo alzaba plegarias para morir … cosa que demoraría … mientras era devorado lentamente por los insectos que comenzaban a hacer sus nidos bajo y dentro de su propio cuerpo.


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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Vie Ago 28, 2015 1:09 am



-¿Qué pasó acá?-  se preguntó mil veces para sí la imperecedera, tratando de encontrar una respuesta convincente a todo lo que había sucedido. La luz milagrosa las envolvía aún, y el dolor la carcomía de a pocos como fuego intenso naciente desde sus costillas. No había sido su intención, de eso estaba segura, pero la pequeña sonreía de vuelta con las mejillas sonrojadas luego de haber tenido en su tez el blanco pálido del hueso.

Eliot también la observaba con cierta perplejidad. Los hechos se habían desenvuelto sin mayores dilaciones, y para él también fue clara la sorpresa de la imperecedera. Sin embargo, la gente que los rodeaba entendía aquel milagro obrado como el mensaje divino. En épocas de austeridad y miedo, los pequeños detalles del destino, aquellos que de la oscuridad de la realidad brotan como esperanza germinante, son vistos como puntos de luz lejana en medio de la penumbra que abraza el alba, como el inicio de un nuevo día, la claridad en medio del día de tormenta. De alguna manera, y sin que ella misma se lo propusiera, la chispa brotó en las miradas lastimeras de quiénes los rodeaban. No se sentía bien, en absoluto, pero el cambio en cada uno de esos rostros, incluido el de la vieja curandera que la miraba aún entre sorpresa y reproche, esbozaba una media sonrisa de perfidia: claro que la elfa se había salido con la suya, pero en medio de aquello había demostrado su punto. Ommlet era un lugar de todos y ninguno estaba lo suficientemente vencido como para dejarlo perecer por las llamas, los kobolds, el llanto por los ausentes o la amenaza latente a un nuevo ataque.

-Ven, dama élfica, debemos sanar esas heridas- espetó Eliot, al tiempo que la tomaba de la cintura, alzándola de a pocos. Ithilwen apretó los dientes y respiró profundo, mientras la niña salía de su lecho, radiante, en busca de su madre. Acto seguido, el hombre de la túnica la tomó del cuello y pasando su mano por debajo de su cuerpo la alzó entre un grito agudo de la inmortal.

Dolía, pues las heridas de la pequeña palpitaban dentro de ella al tratar de sanarla. Ese era el poder divino: curar y transferir la salud del portador a aquel aliado a quién protegía. Ithilwen no había usado mucho esos poderes. Había aprendido la teoría, pero de ahí a que se manifestara ese tipo de encantamientos siempre había sido un proceso diferente. Los dioses no obedecían demasiado sus deseos y eso casi siempre la desconcertaba. Como de hecho lo estaba en ese momento. Sin embargo el hombre de Dios atendía a la elfa con compresas de agua, alimentándola con sopa, atendiendo su dolor en medio de las otras tareas que llovían mientras el fuego se apagaba de a pocos.

-Los caminos de la fe son extraños, humano- acertó a decir la de ojos azules enfocando en la juventud del muchacho que la socorría.

-Lo son, como también lo son los caminos de sus creaciones-  contestó, posando sus manos en el agua, alistando una nueva compresa.

Ithilwen arqueó las cejas y apretó los dientes ante el dolor cuando el agua tocó el lado izquierdo de su cara, hinchado por los golpes recibidos en el templo.

Entonces, en medio del ardor, entendió aquellas palabras: aún quedaba en el aire la duda de por qué habían sufrido aquel ataque. ¿Qué buscaban los invasores? ¿Qué pretendían obtener de toda esa destrucción y caos?

Los sonidos de cascos llegaron y una nube de polvo descendió colina abajo. Al principio el nerviosismo reinó pues la amenaza latente de una nueva oleada invasiva que se presentía a pesar de las faltas de señales. Más al momento el grito de los guardias informó que se trataba de elfos.

Ithilwen abrió los ojos con la esperanza latiendo. Venían por ella.

Pronto uno de los caballos relinchó cerca de ella y al tiempo Lüdriëll Thündell, capitán de la guardía de Erínimar, descendió, sacándose el casco y mirando fijamente al sacerdote:

-¿Qué ha pasado?- indagó, clavando la mirada en su señora y acelerando el paso para socorrerla.

Eliot explicó, más secamente Lüdriëll ya había sacado sus propias conclusiones. Odiaba verse entre aquella raza a la que había aprendido a despreciar a la par que a la enana. Pero Ithilwen le devolvió una media sonrisa que vaticinaba decisiones que poco gustaba.

-No podemos irnos-  sentenció la dama élfica, poniéndose torpemente en pie y ofreciendo su mano al capitán. –El destino hizo que paráramos en estos senderos y aunque a nuestras manos escapa el desenlace de este problema, sí que podemos ayudar a estas gentes.

Todos suspiraron con amargura al tiempo que uno de ellos volvía a informar las novedades.

-¿Humanos atacados por criaturas dices?- preguntó Lüdriëll al tiempo que el ave volvía a desplegar sus alas luego de recibir un pequeño premio de su dueño. –De seguro por esas cosas que vimos desperdigadas por las calles, entre piedras y polvo.

-Kobolds- respondió Eliot, hasta el momento un oyente pasivo de la conversación. La de cabellos cortados y rostro hinchado sonrió al joven y continuó:

-Seguramente. Indagar sobre las razones de todo esto no es nuestro trabajo, sacerdote, pero sí os podremos ayudar con las tareas básicas…

Fue solo decirlo y de inmediato los elfos desmontaron y cada uno se dirigió a un punto diferente, ayudando con los heridos. Solo uno quedó en su montura, pues sabía bien que ella no había terminado de dar sus instrucciones.

-y daremos alarma a Tirian Le Rain-  continuó la princesa, adolorida y de vez en cuando apretando los dientes con fuerza: -La Orden tiene que socorrer estas tierras: fue su obligación en el pasado y el trato los une a guardar el cuidado de sus habitantes. Örthank, ve pues no ha de estar a más de un día de marcha.

-Igual deberemos partir, mi Señora. También a nosotros nos esperan- sentenció el capitán, renuente a demorar más aquella decisión. La veía y sabía que estaba grave, pero que en medio de aquel escenario no permitiría que ninguno la curara pues los demás necesitaban de ayuda: así era el credo de las creencias que seguía su princesa.

Agachó la cabeza vacilante. No quería partir, las dudas sobre todo lo que allí sucedía aún continuaban rondando por su mente, pero cierto era que los esperaban en Erínimar y el camino era largo. Levantó la mirada y ante sus ojos apareció Firenze, la yegua gallarda a paso vivo de la mano de uno de los elfos.

-Niriät y Emëllet se quedarán a ayudar a los heridos: son sanadoras y sus artes curativas serán útiles en este lugar. Pero los demás partiremos: no arriesgaré nuestra misión solo por un puñado de campesinos.

La dama entendió que había verdad en aquellas palabras obtusas. Buscó a Eliot, quien seguía hacendoso entre los heridos, pero no le divisó. Sin atreverse a distraerle en una despedida infructuosa extendió su mano hacia Lüdriëll para que éste la ayudara a caminar. Firenze relinchó contenta al sentir de nuevo a su compañera sobre su lomo, y con un chasquido de los labios maltrechos de Ithilwen, ambas partieron.

Dejaron atrás los gritos, el humo y los cadáveres apilados de kobolds y humanos. El templo erguido y derruido seguía en pie, exhibiendo algunos niños aún en su interior. Pasaron por el frente y la elfa apenas si alzó las cejas como entre sorprendida y analítica:

-Entré allí buscando agradecer a los cielos por todas las bondades que regaban en la tierra…-  comentó: -pues los campos se veían rebosantes, pero en breve el caos se desató, y todo lo que era bueno y noble en esta tierra pereció entre la locura y el fuego.

-Son los caminos de los humanos…- repicó Lüdriëll, aún achacando las cualpas a los propios lugareños.

-Los cuales también son caminos divinos, capitán.  

La piedra que Eliot le otorgara en compensación por la que ella rompiera de su báculo pareció entender su nuevo propósito y brilló al tiempo que la yegua aceleró el paso hacia casa.

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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Snarl el Dom Sep 06, 2015 10:53 pm

 
Capitulo I.X
 
Látigos y anhelos.
 
Los seres humanos son muy rápidos en hacerse una idea de cómo son los demás, esto se debe a que consideran que solo existen dos lados, el bueno y el malo, la armonía y el caos, la luz y la oscuridad. Pero sin darse cuenta, olvidan que muchos actos se realizan por muchos motivos, el ladrón no solamente roba por gusto, si no por necesidad, un mendrugo de pan para los hijos, una moneda para salvar la vida de una mujer, mil y un razones para realizar actos de maldad o crueldad, pero para  los ojos humanos, únicamente la razón de la codicia, la ira y la brutalidad en los corazones ajenos.
 
El pueblo ya no ardía, pero eso no significaba que le humo hubiera desaparecido. Aun muchos lugares dejaban escapar negras columnas, mientras sollozos y lamentos podían escucharse a lo largo y ancho del lugar. Los hombres que habían ayudado a la extinción del fuego, ahora descansaban. A pesar de que aun faltaba mucho por hacer, sus cuerpos estaban adoloridos, muchos habían sufrido quemaduras, sus manos ensangrentadas y sus pulmones exhaustos. Habían ayudado a salvar el pueblo, y por ello, dejarlos descansar era lo menos que se podía hacer.
 
La ayuda de los elfos o por lo menos, el momentáneo aumento de manos tratando a los quemados y heridos, fue un alivio para el joven sacerdote, que en ese simple día, parecía haber envejecido varios años. Pero tras tratar a un hombre, el cual aprecia estar al borde de la muerte y darle un alivio antes de que exhalara su último aliento, se dio cuenta de la ausencia de los elfos o por lo menos, de la mayoría de ellos. Comprendía que debían de marcharse, pero Eliot hubiera gustado tener algo más de tiempo, por lo menos, para agradecerle correctamente a la dama elfica. Pero ya no se podía hacer nada y solo esperaba tener nuevamente la oportunidad de encontrarse con ella, quizás cuando ya fuera anciano y ella aun joven, sin haber cambiado nada, ni siquiera una arruga o cabello.
 
Los curanderos elficos hacían maravillas, de sus manos brotaba agua que calmaba el dolor, que reconfortaba el espíritu y alejaba la muerte, tan ansiosa por nuevas almas. Podía notarse la magia de esos seres y como ayudaba mucho más que un simple sacerdote, pero sabía que la ayuda no sería eterna y temía, que cuando ellos se marcharan, nuevamente la muerte se abalanzara contra los más graves. Debió de sacudir su cabeza con fuerza para quitar aquellos pensamientos y miedos nefastos, mientras volvía a su tarea y curaba, tanto cuerpos como espíritus y voluntades.
 
Aquel día seria recordado por todos los habitantes de Ommlet, y sería una mancha negra y un puñal en sus almas. Mientras pasaban los minutos, el miedo y la desesperación comenzaron a diluirse, comenzó a ser reemplazado por ira, por odio y furia. Era normal, hombres habían perdido todo, sus hogares, sus familias, todo lo que tenían y habían amado. Mujeres lloraban con sus hijos en sus brazos y niños sollozaban al no encontrar sus padres. Aquello solamente tendría un desenlace, el que corriera más sangre, la violencia y la brutalidad nuevamente inundarían los corazones de hombres y mujeres.
 
A pocas calles de donde estaba Eliot, Douglas, Flint y Freud, hablaban de todo lo ocurrido. Los cazadores no habían vuelto, aquello era malo y el viejo cazador lo sabía. En el mejor de los casos, estarían pronto a llegar, en el peor, estarían muertos. Cosa realmente mala. Flint comenzó a relatar algunas ideas que tenia, de donde podría estar el campamento de los Kobolds, mientras Freud, preocupado, negaba, alegando que no podían mandar una partida de cacería o exterminio, ya que no contaban con soldados o guerreros capaces de luchar contra tales bestias. Para Flint, eso se escuchaba cobarde, pero a regañadientes debía de dar la razón, enviar a hombres sin entrenamiento y pobremente armados, sería una carnicería peor a la de la ciudad, pero también sabían que se debía de hacer algo. Si las alimañas volvían, quizás el pueblo no podría mantenerse en pie y a la vez, el descontento e ira de los habitantes podía sentirse pronto a estallar. Douglas quiso enviar algunos cazadores más, los mejores, incluido el mismo, para ver qué había sucedido con los demás, pero recibió un rotundo no, no podían perder a más y si habían muerto, era una lástima, pero debían de proteger el pueblo.
 
Douglas apretó sus dientes y golpeo la mesa con rabia, entre los que una no llegaban estaban amigos, casi hermanos, muchachos aun jóvenes, no podría abandonarlos a su suerte. El tabernero intento calmarlo, pero comprendía cómo se sentía.  El hijo del alcalde, propuso enviar jinetes o mensajeros, a cualquier ciudad o pueblo cercano, contratar mercenarios y cazar a las bestias antes de que pudieran atacar nuevamente. Era una buena idea, el problema sería que se demoraría en realizarse y quizás una semana pasaría demasiado rápido, una semana que podría inclinar la balanza abruptamente, en su contra.
 
Durante largos minutos se discutió, y se decidió enviar los mensajeros, se pagaría en plata y no se escatimaría en gastos, algo generoso, quizás demasiado. Al mismo tiempo, se le permitió a Douglas revisar el bosque cercano, mantener a cazadores ahí y estar vigilando. Ante cualquier movimiento, ellos darían la alarma. Flint menciono que conocía algunos mercenarios capaces, pero que demorarían un par de días si estaban dispuestos a ayudar. En esos momentos, ninguna ayuda o guerrero sería rechazado. Douglas se marcho, mientras hablaba con sus cazadores, Flint hizo lo mismo, mientras se dirigía hacia su taberna y buscaba un mensajero. Cuando todos se habían marchado, Freud cayo rendido, estaba nervioso, cansado, y, francamente, alterado. Mientras trataba de analizar todo, escucho que alguien le llamaba y subiendo rápidamente las escaleras, llego a la habitación de su padre, tocando la puerta entro, el anciano estaba con muchas vendas en su cuerpo, respirando con dificultad. Sufría, y no era para menos, sus heridas… se habían infectado y el aroma a pus invadía le lugar, no le quedaba mucho tiempo, los curanderos del pueblo no eran tan buenos como los de la capital y solamente habían podido mitigar el dolor e incomodidad. El viejo hablo con voz pausada, quejándose de vez en cuando, el muchacho escuchaba, pero parecía que no estaba en ese mismo lugar.
 
En cierto momento, el viejo hablo de quien debía de mantener el orden cuando él se fuera, ya sabía que su muerte estaba próxima, Freud sintió que su corazón temblaba, el debía de seguir cuidando el pueblo, sin importar nada, pero su padre hablaba de que aun era muy joven e inexperto, hablo de uno de los líderes del lugar, uno de los hombres que habían defendido el lugar, pero mientras el viejo hablaba, el muchacho solamente callaba, cerrando sus puños, mascullando palabras inentendibles.  De pronto, le menciono a su padre que debía de estar incomodo, que el ayudaría a acomodar sus almohadas, el viejo sonrió, por tener un hijo tan amoroso, mas antes de poder responder, sintió que algo le presionaba el rostro, uno de los almohadones era presionado sobre su rostro, con fuerza. El anciano intento liberarse, pero su cuerpo no tenía la fuerza necesaria. Freud solo miraba fijo, mientras sentía como su padre dejaba de luchar y no libero el rostro del anciano, hasta largos minutos después de que se hubiera dejado de mover. Levantando el almohadón, vio a su padre, parecía dormir pasiblemente sin dolor, acomodando sus mantas, sonrió, diciendo “Ahora descansa padre, duerme bien, te vendré a ver más tarde” Mientras se retiraba de la habitación, dejando el cadáver del hombre que le había criado, sobre la cama, como si durmiera tranquilamente.
 
~&~
 
Con dificultad, el pesado carro era empujado, los rieles de metal crujían y chirriaban con el constante movimiento. La ladera de la montaña hacía eco, mientras pequeños seres se internaban en la profunda tierra, para volver cargados de piedras y tierra. Una mina de hierro. Los kobolds la estaban explotando, durante días y semanas, habían cavado, buscando la veta mineral y sacando cientos de carros del preciado mineral. Muchos kobolds estaban fatigados, muchos otros había muertos. Incluso los más jóvenes tenían una labor, desde engrasar los rieles, hasta llevar algo de alimento o agua a los mineros que estaban en lo más profundo.
 
Cuando el pequeño grupo, guiado por el brujo kobold, cruzo uno de los puentes, muchos de esos seres se reunieron, para darles la bienvenida, mas sus ojos  podían ver cómo, el anterior enorme número, ahora solamente era una fracción, un puñado. Para cualquiera, un kobold era una sola alimaña, un ser sin valor, pero ellos eran hermanos, parejas, familia, a pesar de muchas diferencias, tenían cierto tipo de sociedad. En su extraño lenguaje, mesclando palabras y gruñidos, se comunicaban. Fue el jefe Kobold, el que apareció desde una tienda, una de las tantas que había. Saludo al brujo y comenzaron a  hablar. Parecía una vieja reunión de amigos, pero era mucho más, la incursión hacia el pueblo había resultado en caos, no habían podido eliminar a la población, pero si habían causado bastante daño, pero el costo había sido bastante algo. Más de la mitad de los que habían marchado hacia la batalla, no habían vuelto, y a pesar de ser simples criaturas, ellos también sentían la pérdida de alguien.
 
Mientras los recién llegados comían algo, alguien diferente, que desentonaba completamente con el ambiente, apareció desde una tienda. Su cabeza era calva, su cuerpo llevaba una plateada y metálica armadura y su mirada, parecía desollar vivo a cualquiera en quien se posaba. Un clérigo humano, eso era, quien caminando hasta donde estaba el líder y el brujo se hizo presente. SU porte era superior a cualquiera de los que estaban ahí, como un gigante. El líder kobold rápidamente se giro, mientras trataba de explicarle los resultados, más al clericó poco le sirvió y parándose frente al viejo kobold, exigió resultados. Su altanería podría traer serias consecuencias, especialmente cuando, tras responder el resultado de la incursión, el brujo recibió una patada, lo que hizo que cayera de espaldas. En cualquier momento aquello hubiera sido más que suficiente para que el resto de las alimañas se lanzara contra el ofensor, pero estos se mantenían alejados, como si fuera todo poderoso, el humano coloco su bota sobre el pecho del brujo, mirándolo con desprecio.
 
-Si no cumplen las ordenes, tendremos que obligarles a hacerlo- El brujo le miraba con odio y por inercia, llevo su mano a la daga que llevaba en su cinto, mas se detuvo antes de sacarla de su funda, el humano sonrió, mientras presionaba su bota contra el cuerpo del kobold y hacia que chillara, para dejarlo tras perder interés. –Si alguno de ustedes me toca, o interfiere con mi trabajo, les prometo que las volverán a  ver… en trozos-   Todos apretaron los dientes, sabían que esas palabras eran reales… y que en cualquier otro momento, no hubieran dudado en degollarle o asesinarle, pero sus garras estaban atadas e incluso, el propio jefe y el brujo, no podían hacer nada ni pedir ayuda… ya que ¿Quién ayudaría a seres como ellos?
 
Pero ¿Por qué sucedía eso? ¿Cuál era el secreto de todo aquello? , podrían haber sido muchas cosas, pero la falta de hembras en aquel campamento y aldea kobold, era notorio y a la vez, la respuesta de las inquietudes y preguntas existentes. Aquel humano y quizás quienes le apoyaban, las tenían, y como si fuera un seguro, los kobolds deberían de seguir las ordenes, si querían tener una nueva oportunidad de verlas … con vida y a la vez, las crías que de seguro estaban en sus hinchados vientres.
 
Pero el desenlace de esta historia, el final de este relato, no termina aquí, si no que lo hará mucho después, cuando un nuevo capítulo se vuelva a escribir y los culpables de todo el sufrimiento, sean castigados, sean enjuiciados y ejecutados …
 

FIN PRIMERA PARTE “EL SAQUEO DE OMMLET”


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






~Sobrevivir es lo importante ... La forma no~
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Re: El Saqueo de Ommlet

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Sáb Sep 12, 2015 1:08 am



El camino fue largo y pedregoso; un rodeo largo entre tierra y viento que pocos conocen, pues la tierra de los solares se oculta a los ojos mortales. El sol les daba la bienvenida con cálidos rayos que bañaba el horizonte cubierto de oro y verde. Erínimar, la gran llanura dorada recibía a sus hijos con la extraña añoranza de quién vuelve a casa. Los elfos inmediatamente sintieron la familiaridad del hogar, la energía pura y poderosa que inunda los parajes de los Señores Inmortales, entre sus bosques, costas hasta los límites que protegen con Physis y el Foso. Pararon en varios lugares antes de llegar allí, uno de los siete reinos delos elfos, y luego de buscar acomodación acorde al rango de la realeza de la solar, la primogénita del reino trató de curar sus heridas, esa deformación en su rostro y cabello, recuerdo de una batalla incomprensible para ella. No quería que su padre la viera así… y menos después de las noticias que traía.

-¿No hablaréis sobre ello, mi Señora?- inquirió Lüdriell a sus espaldas. En todo el viaje la joven no había pronunciado palabra como si en aquel lugar la hubiesen obligado a un voto de silencio. No temía por ella, pues la conocía muy bien como para saber cuándo la doncella estaba alterada o simplemente algo razonaba.  La estancia en ese pueblo la había dejado dubitativa, perdida en pensamientos.

-No preciso de ello, capitán- reparó con tiempo, tomando agua de uno de los pozos y posándola sobre su mejilla y ojo, donde otrora cayera golpeada por los kobolds.

Ya la había observado en aquel pueblo de humanos, pero ahora el joven general de las fuerzas de Su Majestad, detallaba el pelo azabache de ella y la manera en que éste estaba cortado, como el papel al que la lija le cae de mortaja. No quería presuponer nada, pues en el fondo, el guerrero de Erínimar sabía muy bien lo que había ocasionado esas heridas como también la razón del despojo de la cabellera de su señora.

Apretó las manos con fuerza ante la impotencia por no haberla protegido en aquellos momentos.

-No temáis, joven amigo- advirtió ella como adivinando sus pensamientos: -Nada podíais hacer para adivinar la sombra que se tejía en aquel lugar. Además… siento que esta era una prueba que debía transitar sola como en aquella ocasión en Mashamba Milele.

-Pero Ithilwen, ¡es mi trabajo protegeros de todo mal! Y no solo es por deber es por… porque el corazón me lo dicta.

La joven levantó el rostro, como inquiriendo sobre el significado de esas palabras, pero en vez de aclaraciones encontró fue los ojos azules intensos del elfo, observándola con decisión y entereza.

-La vida es corta aún para los elfos, Lüdriell- explicó: -Y aún más en estos días oscuros donde los juegos de la oscuridad se ciernen sobre nuestra tierra sin que nosotros podamos verla. Tengo miedo de quedarme impávida sin poder evitar la caída de nuestra gente, pues morimos. Cada vez somos menos. Mientras las demás razas del mundo se multiplican, conquistando el mundo con su tecnología y liderazgo, los elfos caemos en la extinción. Y aun así, tenemos que honrar nuestra palabra: preservar y ayudar a la vida de todos los demás. ¿No es acaso un trato injusto? Pareciera que lo es, pero no. Los elfos somos los únicos llamados por los dioses a levantar nuestras murallas contra el avance de las tinieblas. Ése es nuestro deber sagrado… Por ello mi amigo, vuestro deber y derecho no es conmigo, sino con todos los demás.

Lüdriell se vio venir esa respuesta. No esperaba menos de ella, la primera hija de reyes, la descendiente de la primera familia surgida del Gran Árbol y sobre quién yacía el destino de todo su pueblo. Él solo era un general, un capitán, un líder menor sentado a la sombra de la figura que ella encarnaba. Era obvio que a él no lo pondría por encima de los demás… como él lo hacía con ella. La solar era territorio prohibido, pero entre más era la negación mayor eran las ganas de conquista.

Agachó la cabeza en señal de respeto y dio media vuelta.

-¿En cuánto llegaremos a la Ciudad Luz, capitán?- inquirió la de ojos celestes antes que éste se retirara.

-En tres días, Señora. Ya vuestro padre sabe de nuestro regreso.

--//--

-Las noticias son alarmantes, Mi Señora Ithilwen Erulaëriel.

-Así es, Lord Physëlith- asintió la doncella, sujetando con fuerza su bastón.

La Sala del Consejo era un habitáculo en la cúspide de una de las estructuras más antiguas de la ciudad capital del reino. Allí, todos los señores de los siete reinos, incluido el Rey de todos, tomaban las decisiones principales frente a las continuas amenazas que desde el exterior se cernían sobre la vida tranquila de los longevos. Desde tiempos inmemoriales la Sala había sido creada para conectar a las diferentes razas que habían prosperado en la región, más con el tiempo Erínimar fue creciendo en población élfica, expulsando hacia la periferia todos aquellos miembros que no fueran de su ascendiente natural. Aprendieron a las malas la traición y la maldad que habita en los corazones de las otras razas, por lo que en el fondo cada elfo de la llanura dorada comparte su aprehensión frente a los extraños.

–La región de Thonomer está contaminada- continuó la solar, sacerdotisa y primogénita en la línea de sucesión real: -Una nube de guerra enfermiza se cierne sobre sus pueblos sin que la Orden refugiada en Tirian Le Rain se inmiscuya en esos asuntos- agachó la cabeza y como sopesando las ideas, retiró sus cabellos cortos y ondulados del rostro y continuó: - El mundo está cambiando. Lo hemos visto en las estrellas y escrito en los vientos que del frío norte descienden sobre la llanura. Los seres humanos como también las demás razas ya no son lo que eran en los primeros tiempos, y los señores elfos ya no cuentan con la respuesta a todas las preguntas del mundo. Fui atacada por seres sin mente y corazón, perturbados por algo ajeno a ellos, tan omnipresente en el aire como lo es para nosotros la luz del astro rey… y fueron aniquilados, o al menos eso se pensó, aunque en el fondo ya nada sabremos de ello.

-Mi rey, Padre, Señores de los siete reinos de la luz: nuestra realidad es complicada. No es un enemigo visible al que podamos correr contra él para golpearle donde más duele; solo está allí afuera de nuestras fronteras, atacándolo todo, absorbiéndolo de a pocos y más tarde que temprano tocará a nuestra puerta y tratará de entrar a nuestros verdes prados. ¿Qué haremos entonces? ¿Dejaremos que la amenaza aterrice en nuestra tierra y nos lleve a la perdición de la que tantos nos ufanamos estar alejados?

-Es evidente que la fuerza de los longevos no puede retener por más tiempo el poder autónomo que ha portado hasta este último tiempo- contestó otra voz profunda y meditativa: - Los dioses escriben en los cielos los anuncios de sus demandas, y ellas conducen al foso y los horrores que esconde. La Señora Erulaëriel ha expuesto varias verdades, que sumadas a otras noticias y su pasada incursión en Mashamba Milele, nos inquieta sobre manera, Su Majestad- y el alto elfo de cabellos tan rubios como las espigas que en Ommlet relucieran, hizo una reverencia ante la figura  que se sentaba en la cabecera de un gran salón, portando sobre su cabeza una corona verde y dorada, símbolo de los dos grandes poderes de los dioses a sus hijos: la luz y el verdor de sus campos.

De cabellos oscuros y mirada penetrante, similar al profundo de los océanos, Mëltork Erulaëriel apoyaba su barbilla sobre una de sus manos, preocupado por las noticias que de extremo a extremo del país, sumadas a lo que otros exploradores y su propia hija contara, le estaba obligando a responder.

No era un Rey que se considerara activo y gestor de impartir poder. Al contrario, siempre había albergado la esperanza de que, en aislamiento y escondidos del mundo, los elfos de su pueblo podrían llegar a vivir una vida tranquila, a prosperar e incluso a volver a resurgir de entre los libros olvidados de los primeros tiempos como una nación poderosa.

Pero esa idea se había ido diluyendo con el paso de las décadas. La contaminación de StorGronne le dejó grandes enseñanzas, muchas dolorosas y costosas en vidas de inmortales; el Foso Demoniaco parecía expandir cada tanto sus límites, obligándolos a una guerra en la que sus filas disminuían; los orcos se triplicaban en las inmediaciones y las huestes humanas cada vez más se organizaban en complots y guerras interinas que tarde o temprano salpicaban su reino. En suma, el Rey de la Llanura Dorada entendía que su política no era la indicada para los tiempos que encaraba.

-Debemos reanudar alianzas, mi Señor- terminó Lord Physëlith, rascándose la punta de la nariz, como solía hacer cuando la idea que estaba dando no le resultaba del todo la adecuada.

-¿Alianzas dices?

-Así es. Los humanos no son nuestra mejor carta, pero habrá que enviar emisarios a las diferentes ciudades. Las Nalini son un buen lugar para iniciar. La antigua ciudad de Abanisia se alza al norte y allí también deberíamos incursionar: tiempo atrás los señores longevos y los amos del hielo, los vikhar, fueron amigos y aliados. Quizás alguno honre aún las promesas de sus antepasados.

-Las montañas Daulin también se encuentran de camino: aunque no me gusta la idea, los enanos deberían tener partido en este nuevo mapa político.

-No me gusta- recalcó el Rey, entrecerrando sus espesas cejas, examinando el rostro de quién intervenía: un elfo de armadura, con el rostro tan ceñudo como su rey.

-Es compresible, mi Señor. Sin embargo, nadie de los presentes podrá negar que nunca hubo alianza más próspera y duradera como la que nuestros antepasados entablaran con los kazukan. Ciertamente la historia nos hace odiarnos más que nunca, pero en el fondo esa raíz de un mismo árbol nos une en destino y longevidad. Los hijos de la roca son los más indicados para conseguir información y para combatir cualquier amenaza que sea expulsada de las fosas demoniacas.

El rey asintió pero aún sin estar muy deacuerdo con la idea.

-Dejadme ir, padre- advirtió la voz de la doncella.

El elfo alzó su mirada cansada y al encontrarse con aquel rostro afable y entrañable no tuvo manera de oponerse. Aunque cada vez que ella incursionaba fuera de su reino él temía lo peor, cierto era que mejor representante no podía encontrar para los kazuka. Cruzó los brazos y sonrió con nostalgia.

-Que las montañas sepan que la luz de mi vida marcha hacia ellas con un mensaje de paz, y haced saber a nuestros hermanos en Dhuneden de nuestros temores como también de nuestras sospechas;  quizás Aranuir conozca más de estos asuntos- agregó, levantándose de la mesa.

Todos se pusieron en pie y la joven doncella, apretando el báculo, salió del lugar con una nueva misión, a recorrer los caminos esta vez hacia el oeste en busca de una alianza que quizás no se diera.

Parecía una estrella blanca, flotando por los corredores del lugar. La luz que brotaba de su cayado, tan pura como la de los astros, le recordaba la bondad de ese humano y la fe que él tenía en su gente. Así mismo debía ella de tenerla en aquellos seres de barbas largas; aquellos que en cuentos de abuelos fueran el ogro mayor a la par de los demonios.    

FIN

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