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Mensaje por Aranuir Mir-Eärendil el Jue Mar 26, 2015 11:05 pm

“La muerte no existe,
la gente sólo muere cuando la olvidan;
si puedes recordarme,
siempre estaré contigo”
(Isabel Allende)
 
En el pueblo de Núrnen, en tierras de los elfos silvestres de Ram-Rillë, la gente comenzó a arremolinarse en torno al árbol mayor; podían apreciar como, entre siete elfos armados, arrastraban a tres humanos al interior de su hueco tronco, el cual había sido utilizado como hogar por el rey desde que llegara al lugar, una semana atrás.
 
Tras los prisioneros y sus captores, caminaban otros tres elfos, también vestidos de batalla, aunque, con solo echarles un vistazo, se notaba que éstos no eran como los otros. Sus armaduras no eran solamente un conjunto de placas de acero protegiendo sus cuerpos, mas bien se trataba de obras de arte sirviendo a un fin bélico. Cada pieza estaba cuidadosamente tallada y diseñada, acoplándose a la perfección al cuerpo de los guerreros. El cargo que ostentaban los tres soldados hacía honor a la idea que uno pudiera hacerse al observar sus armaduras: se trataban de Tegilbor, general de la guardia brillante, Lórindol, príncipe de Ram-Rillë, y Aranuir, el Rey Eterno, señor y protector del reino.
 
Los elfos silvestres, ante la cercanía de los solares, se hicieron a un lado, dejándolos pasar. Tegilbor y Lórindol entraron al Hogar del Árbol sin demora, pero Aranuir se detuvo a saludar al pueblo de los bosques, ignorando la forma en que lo miró su hermano.
-Estimado pueblo de Núrnen, os agradezco nuevamente la hospitalidad con la que habéis servido al reino en estos tiempos oscuros- Aranuir sonreía al dirigirse a ellos. Él no era como Lórindol, quien estaba lleno de prejucios, y restaba importancia el hecho de que no fueran elfos solares. Sus padres le habían enseñado a amar a todas las razas de Noreth, y él siempre ponía eso en práctica desde lo más cercano a él, los propios elfos, procurando siempre no hacer distinción entre solares, lunares o silvestres- Gracias a vuestro apoyo, nuestra coalición ha podido capturar a tres de los invasores, los cuales, sin duda, podrán conducirnos a la raíz del mal, para que podamos purgarlo de nuestras tierras. La paz está próxima.
 
Se escucharon algunos vítores entre quienes escuchaban al rey, aunque fueron rápidamente silenciados. El pueblo de Núrnen, en una región con grandes ansias de independizarse de Ram-Rillë, no estaba precisamente conformes con ser el cuartel general de la coalición élfica, comandada por un rey a quien muchos tomaban como enemigo. Aún así, sabían que, de no ser por la rápida actuación de la guardia brillante, la armada real de Aranuir, no habrían resistido el ataque de los nigromantes que asediaban a toda Dhuneden. En aquella semana, el Rey Eterno se había ganado el respeto de algunos elfos silvestres, pero pocos parecían dispuestos a manifestarle amor frente a sus compatriotas.
 
Una vez el solar entró en el Hogar del Árbol, su hermano, Lórindol, parecía preparado para intentar reprenderle, algo que no era nuevo para Aranuir.
-¿Dándoos un baño de masas, majestad?- dijo con sorna.
-Tan solo intentaba dar algo de esperanza al pueblo, Lórin- el rey estaba agotado, tras toda la mañana en combate, y respondió en tono cansado, algo que su hermano pasó por alto.
-¿Al pueblo? Dirás a tu pueblo, no te refieras a ellos como si no fueran parte de tu reino.
-Lórindol, es suficiente. Si tan solo padre hubiera vivido unos años más… él nunca llamó a la gente de Ram-Rillë “su” pueblo, para él eran “el” pueblo.
-Quizá padre podía permitirse ese lujo, pero tu no. Esa gente de ahí fuera te insulta cada vez que hablan sobre formar su propio reino- el tono de voz del príncipe no dejaba lugar a la duda, estaba indignado y furioso con los elfos silvestres.
-¡Ya basta!- zanjó la discusión el rey- Los únicos que me insultan son los enemigos que intentan hacernos daño, hermano, y ahora es de ellos de quienes debo ocuparme. El pueblo de los silvestres ha estado muchos años unido a nosotros porque a ambos nos interesaba, pero son totalmente libres de decidir. Jamás tomaré represalias sobre los propios elfos.
-¿Qué harás con los nigromantes?- ahora el príncipe sonaba preocupado, y solo necesitó una mirada de su hermano para saber los planes del soberano- No lo hagas, Aranuir. Es peligroso.
-Los dioses nos eligieron para guiar a los pueblos perecederos. Si ellos se alejan del camino marcado, la culpa es tan nuestra como suya. Debo exorcizar el alma de nuestros enemigos, para que, pese a las atrocidades cometidas, puedan ser salvados.
-Salvados por ti. A veces creo que solo deseas probarte algo a ti mismo.
-A mi no, hermano, a mi no- dijo el rey mientras se alejaba a sus aposentos, para recuperarse de su cansancio, antes del exorcismo.
 
A Lórindol no le faltaba razón, pero no acertaba del todo. Aranuir se ponía a prueba, si, pero no ante si mismo. Aranuir se probaba ante las tres personas que más lo habían marcado durante sus más de seiscientos años de vida; sus padres y su esposa, Galadriel. Sus progenitores habían fallecido pronto, y le habían pasado la antorcha en su misión de guiar a los elfos para que éstos sirvieran como ejemplo a las demás razas de Noreth.
 
En cuanto a Galadriel, era tanto lo que debía demostrarle. Él era, en ciertos sentidos, tan indigno, tan débil, tan parecido a los humanos. Las dudas lo asaltaban constantemente, pues no podía dejar de observar como, a lo largo de su reinado, los pueblos élficos se habían distanciado unos de otros, y, no habían sido pocas las veces que pensó en dejar a Lórindol al mando, creyendo que tan solo necesitaban un poco de mano de hierro. Pero ella nunca se lo había permitido, gracias a los dioses.
 
Ella siempre sabía verle el lado bueno a todo: “si se distancian es porque nos has traído la paz, y con paz, nadie necesita un rey fuerte en la otra punta de Dhuneden”. Era sabia y bondadosa, y Aranuir no la decepcionaría por nada del mundo, pues ella era el bastón sobre el que el rey se apoyaba cuando se sentía incapaz de salvar al pueblo, y éste bastón jamás daba señal alguna de debilidad o quiebro.
 
-//-
 
-Ni´yul täled, ayanman unu´mbad- “yo te exorcizo, espíritu del foso”, repetía una y otra vez el Rey Eterno, ante el nigromante atado a una silla. Decía las frases con mucho cuidado, intentando no dañar el cuerpo del hombre, pues las cicatrices que deja un exorcismo se graban también en el alma, y ésta es la única parte de la persona que vive por siempre.
 
-Ni´yul täled, ayanman unu´mbad- repitió. El exorcismo estaba casi concluido, podía notarlo. Aquel hombre tenía tanta maldad dentro que el rezo era casi tan efectivo como podía serlo con un demonio puro. Aprovechó la debilidad del humano para intentar sonsacarle una vez más.
-¿Dónde se ocultan los tuyos?- gritó el rey, ya que, el exorcismo, en su última fase, se vuelve realmente atronador, pues el alma ruge por salir del cuerpo, provocando además un fuerte vendaval a su alrededor.
-¡Sobre tu propio trono!- vociferó desafiante el invocador de sombras.
-¡Ni´yul täled, ayanman unu´mbad!- dijo por última vez el exorcista.
 
La luz que bañaba todo el Hogar del Árbol, producto del conjuro de Aranuir, se desvaneció de repente, llevándose consigo el alma del pobre diablo, así como su vida. El rey se mantuvo en pie con algo de dificultad, ya que, tan meticuloso exorcismo, requería de un agotamiento mayor de sus fuerzas que el exorcismo habitual, el cual no tiene miramientos a la hora de marcar el alma del ser oscuro.
 
El elfo abandonó tambaleándose el gigantesco tronco hueco, y pidió a su asistente una silla en la que sentarse ante la brisa del bosque. Éste acudió presto con un taburete. Aranuir dejó caer su cuerpo en él, ante la vista del pueblo de Núrnen. Antes de que pudiera siquiera soltar un suspiro por el cansancio, Lórindol apareció a su lado, arremetiendo contra el asistente, indignado.
-¿Cómo te atreves a traerle esto a tu rey?, ¿sabes acaso como se llama el lugar donde se sienta el rey? Se llama tron…
-¡Se llama silla, Lórindol! Y para lo que la necesito ahora mismo, me sirve perfectamente. Por favor, déjame descansar…- el exorcismo había dejado debilitado al rey, pero no era solo eso. Había algo en las últimas palabras del nigromante, “sobre tu propio trono” había dicho como la ubicación de sus compañeros. El solar tenía un mal presentimiento, y lo peor no era eso. Lo peor era que, en su interior, notaba como algo se rompía, y temió por la seguridad de su esposa e hijos.
 
Sus temores se confirmaron horas después.
 
-//-
 
El rey había conseguido volver al trono del Hogar del Árbol, no porque se encontrara mejor, si no porque era allí donde un monarca debería conocer las noticias importantes, y desgraciadamente intuía que llegaban terribles noticias de importancia. No paraba de dirigir miradas hacia la abertura del tronco, que hacía las veces de puerta, esperando ver aparecer a Galadriel. Solo necesitaba verla y que le dijera que todo iba bien, era lo único que necesitaba el Rey Eterno, pues solo de ella lo creería. Sin embargo, no fue ella quien apareció, si no Zauriel, la asistenta personal de la madre de sus hijos.
-Mi señor…- dijo como única presentación la doncella, con lágrimas en los ojos, algo realmente raro de ver en un elfo. Aranuir tuvo que utilizar todas sus fuerzas para no salir corriendo y preguntarle con desesperación qué había ocurrido. Por primera vez en muchos años, dejó que fuera el impetuoso Lórindol quien hablara por él.
-¡¿Qué significa esto?!- chilló el príncipe.
-Los nigromantes atacaron el palacio, mi rey- la joven se irguió cuanto pudo, intentado recobrar la compostura.
-¿Mi esposa?- preguntó Aranuir, sin saber qué mas decir. Recordaba haber reaccionado igual seiscientos años atrás, “¿Mis padres?”, había preguntado entonces a quien le transmitió aquella noticia.
-La dama ha fallecido, mi señor, protegiendo a vuestra hija- dijo la doncella. El rey quiso preguntar por sus hijos, deseó profundamente saber qué había sido de ellos, pero no podía, simplemente no podía. No deseaba conocer más, simplemente no hacía falta. Galadriel había muerto, confirmando los peores temores del monarca, y la vida carecía de sentido. Cómo había pasado segundos antes, Lórindol tomó la palabra por él.
 
-Los príncipes y la princesa, ¿han fallecido también?- era desolador ver a un hombre tan duro como él con la voz temblorosa, pues, desde que sus padres murieron cuando él era tan solo un niño, Lórindol jamás había vuelto a dejar que ninguna debilidad se reflejara en su cara.
-La dama consiguió ponerlos a salvo, antes de…- se detuvo por un momento la asistente- Los cuatro están bien.
 
¿Bien? ¿Sin su madre? No, claro que no estaban bien, no podían estar bien. De hecho, nadie podía estar bien, no sin Galadriel en éste mundo, eso era algo que Aranuir tenía muy claro, sin ella nada estaba bien. La habían matado, sus enemigos, los mismos a los que él salvaba, extenuándose en el proceso. “Si tan solo hubiese sido más fuerte” se dijo a si mismo.
 
-Dejadme solo…- pidió a todos cuantos estaban en el Hogar del Árbol.
 
¿Y ahora qué? Era lo que pasaba una y otra vez por la mente de Aranuir. ¿Qué sentido tenía todo sin Galadriel, sin su amor? Comenzó a vagar por la estancia, sin ser consciente de a donde iba, sin saber qué buscaba en su caminar. ¿En qué se convertirían Egnor, Faenor y Mallorn sin su madre?, ¿de quién aprendería sabiduría y bondad Lindorië? Esto se preguntaba el rey, que, inconsciente, había salido del hueco árbol, y estaba paseando cabizbajo ante el pueblo de los elfos silvestres. Éstos le miraban, y murmuraban. “No son tu pueblo, son el pueblo”, le habían dicho sus padres, “déjales decidir”, había dicho Galadriel. “¿Para ésto?” se preguntaba Aranuir, consciente al fin de estar siendo observado, “¿Para que ni siquiera dejen los murmullos a un lado, en el día más terrible de su rey?”.
 
Fue entonces cuando todo cambió para él. Finalmente, una venda se le cayó de los ojos, y pudo ver el mundo real, y no el que había deseado ver durante toda su vida. Galadriel, sus padres, ellos eran demasiado buenos para Noreth, pero éste era un mundo cruel, y si eres débil así es como te premia, arrebatándote lo que más quieres.
 
El elfo volvió a paso rápido al Hogar del Árbol, olvidando su cansancio de horas atrás. Se dirigió a la estancia donde estaban atados los dos nigromantes capturados aquella misma mañana, y puso a uno frente a otro, dejando una distancia suficiente para poder caminar entre ellos. Los observó brevemente, y se sitió frente a uno de ellos.
-¿Dónde os ocultáis?- preguntó sin vacilar.
-¿Mis hermanos ya te han arrebatado a tus hijos, mi rey?- se burló el hechicero oscuro. Por algún motivo, saber que el objetivo de sus enemigos eran sus herederos, no hizo si no aumentar el dolor del exorcista.
-¡Ni´yul täled, ayanman unu´mbad!- gritó Aranuir. Puso mucho cuidado en dirigir su voz únicamente al nigromante al que interrogaba, para que su hechizo purgador no afectara al otro. El Alto Elfo sabía como dañar con su exorcismo, y el hechicero empezó a notar como algo en su interior le quemaba. No eran sus huesos, ni sus músculos, ni ninguno de sus órganos vitales, era su alma lo que estaba en llamas.
-¡¿Dónde os ocultáis?!- gritó el rey, volviendo a plantear la misma pregunta. El nigromante le contestó con un escupitajo, a lo que Aranuir respondió fortaleciendo su oración-¡Ni´yul täled, ayanman unu´mbad!-
 
Hicieron falta seis intentos, que llegaron a hacer mella en el cuerpo del torturado, para que éste se rindiera. Con sus ojos sangrando, y su piel llena de quemaduras producidas por su propia alma purgándose, le dijo al rey todo cuanto quería saber.
-Ahora… déjame… marchar- suplicó el nigromante.
-Eso mismo voy a hacer- dijo decidido el elfo, y poniendo ambas manos sobre el rostro de su enemigo, gritó con furia-¡¡¡NI´YUL TÄLED, AYANMAN UNI´MBAD!!!
 
Un gran estallido se produjo en las estancia, ésta vez no fue de luz, como en el último exorcismo del elfo, sino de puro fuego, pues el cuerpo del nigromante se encendió por completo, abriendo herida en las manos del exorcista, el cual las ignoró completamente. Aranuir se volvió hacia el otro hombre.
-No diré una sola palabra, no obtendrás nada de mí- dijo, horrorizado ante el destino de su compañero.
-Da exactamente igual, hechicero. He creído cada palabra de tu compañero- el elfo se dirigió a la salida de la estancia, pero, mientras caminaba, le dirigió unas últimas palabras al enemigo- Ahora arderás como él.
 
Tras abandonar el Hogar del Árbol, mandó formar a su guardia brillante ante él.
-Soldados, ¡Quemad el árbol, que no quede ni una rama!- dijo sin mostrar expresión alguna, completamente frío.
 
Los elfos silvestres observaron rabiosos, aunque impotentes, como su soberano, quien había acudido a protegerles, quemaba el centro de su pueblo, su lugar más sagrado.
Así trata el Rey Eterno a quienes lo desafían”, ése era el mensaje que quería transmitir Aranuir. No iba a dudar más, no iba a ser débil más, y, sobre todo, no iba a perder a nadie más.
 
-//-
 
En los días siguientes, Aranuir, prácticamente solo, destruyó al clan de nigromantes, llevando a cabo un exorcismo tras otro, sin importarle en absoluto el mal que se iba adueñando de su cuerpo, erosionándolo, y consumiéndolo, restándole años a su vida, eterna a ojos de un humanos, pero finita a sabiendas de cualquier elfo. Cada vez que agotaba la vida de uno de sus enemigos, el dolor en su corazón se hacía aun mayor, pues, en el fondo, sabía que estaba traicionando a Galadriel, pero ese mismo dolor le llenaba de deseos de venganza, y no era capaz en absoluto de abandonar ese círculo.
 
[Nota para el lector: los poderes de Aranuir eran mucho mayores cien años atrás, en el momento de éste relato, por lo cual pudo llevar a cabo esas proezas de la magia, algo que hoy en día le sería imposible]
 
Finalmente, el rey volvió a su hogar, y volvió a ver a sus cuatro hijos. Habían sido meses de lucha, eliminando a los nigromantes, persiguiendo a los que huían, y durante ese tiempo, Aranuir pudo centrarse en lo único que le hacía olvidarse, aunque fuera por un segundo, del dolor de su corazón, la venganza. Pero ahora había llegado la hora de ponerse la máscara de padre, dejando a un lado la de guerrero, y el elfo no podía temer más aquel momento. Abrazó a sus hijos varones, viendo en ellos la misma mirada que, seiscientos años atrás, vio en su hermano Lórindol, y fue consciente de que los había perdido. Ya no eran sus pequeños, ahora eran como él, y solo pertenecían a la venganza.
 
Entonces abrazó a su hija, tan parecida a ella, a su amada. Su olor la evocaba, y sus ojos, su mirada; ella no había caído en las garras de la desesperación. Pese a su pérdida, como a él mismo le pasara en su día, seguía aferrándose con esperanza y fe a que el mundo tenía bondad, y que la magia divina era su mejor guía. ¿Qué habría sido del rey si no hubiese visto en su hija aquel reflejo tan claro de su fallecida esposa?
 
Aranuir Mir-Ëarendil nunca pudo sacarse de lo más hondo de su ser el dolor por la pérdida, pero el brillo de Galadriel, vivo y patente en su hija, impidió que el Alto Elfo cayera por siempre en la desgarradora sed de venganza, y le permitió sobrevivir, pese a sentirse muerto por la tristeza.
 
-//-
 
Ha pasado un siglo desde el día que el Rey Eterno cambió para siempre, y el exorcista se prepara para afrontar un reto que parece lejano a la mayoría de elfos, la muerte. La siente cerca, echándole el aliento en la nuca, pero también siente otra presencia frente a él, una que nunca ha olvidado. Ella, que nunca le abandonó en vida, y a la que sintió tan cercana desde su muerte, sigue rogándole, implorándole, que deje a un lado sus odios y sus dudas, y haga lo que debe hacerse. Pero el dolor sigue arraigado tan dentro de él…
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Hasta que la muerte vuelva a unirnos Empty Re: Hasta que la muerte vuelva a unirnos

Mensaje por Miss Style el Vie Mar 27, 2015 4:21 pm

¡Conmovedor y sobre todo iluminador para los que quieran rolear con vuestra noble estirpe! Hjira aprobado y en breve alguno de los naranjas os otorgará color.

¡Sed bienvenido oficialmente a Noreth, rey de Ram-Rillë! Y un consejo: Adherid esta historia a vuestra cronología pues sin duda es parte vital de la vida del monarca de los bosques del norte.
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