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Culpable de bardo con alevosía y nocturnidad.

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Culpable de bardo con alevosía y nocturnidad.

Mensaje por Jazz el Lun Abr 06, 2015 3:15 am

Lo que mejor recuerdo de aquella noche eran las luces de vela, besando las paredes en rojo con dibujos en dorado, que aportaban al ambiente un aire de misticismo e intriga. Las velas eran perfumadas, inundaban la habitación con su acogedor aroma, entregándose a los pulmones y abrazándose a ellos con cariño antes de perderse como humo en el techo, dibujado con árboles de hojas rojas y cielo nocturno tignado de brillar de luna. Todo estaba lleno de muebles ostentosos, joyeros rebosantes de chucherías tan caras que una sola bastaría para alimentar a una familia pobre durante años. La habitación de la que os hablo tenía la personalidad de su dueña, con la cama en el centro de toda ella y repleta de diversas decoraciones para señalar su importancia dentro de la estancia. Por el suelo estaban tiradas ropas, la alfombra que lo recubría estaba levantada aquí y allá, de hecho la cama siquiera tenía las mantas de tela fina que usualmente solían abrigar a su ama y señora... no, ella prefería que esas sedas nos abrigasen a ambos esa noche en el suelo, costumbre de animal salvaje que yo le había metido en la cabeza con unas cuantas de mis canciones.

-¿Qué significa para vos este colgante que portáis al cuello, luz de mis noches?- dijo ella, mientras acariciaba con la yema de su dedo índice el objeto mencionado. Hablaba del colgante con la seña de Ikhrakjoss, un bardo legendario entre los de su misma profesión. De él se habían contado inmensidad de historias, su persona estaba rodeada de una variedad de fábulas que incluso se llegaban a contradecir entre sí. La única en la que todos coincidía, y que por lo tanto parecía verdad, es aquella historia en la que Ikhrakjoss fue quemado por brujo, acusado de masturbarse frente a una gran sacerdotisa.

- Bueno, como podéis ver es tan humilde como el resto de mis pertenencias, pero veo que habéis vuelto a hacer gala de vuestro ingenio y habéis preguntado qué significa para mi, no lo que vale realmente. - le sonreí a esa ególatra de pelo castaño, cuyo rostro de angel guardaba una inocente arpía. Esa fama que tenía de casta y pura era completamente inmerecida, solo un par de canciones y un par de halagos bien provistos aquí y allí habían bastado para que el mar palideciese en comparación con su entrepierna - Me lo regaló mi Maestro al terminar con mi aprendizaje, y es uno de los muchos símbolos que se relacionan con Ikhrakjoss, el Gran Bardo. - contesté finalmente, tras cerrar los ojos para evitar ver la expresión que el nombre de mi ideal a seguir causaba en la gente noble y religiosa.

-¿Habláis del brujo obsceno, el blasfemo a los dioses? No podéis decirme que seguís a tan inmundo ser- replicó con un tono sulfurado, propio de la puritana que realmente no era y que su desnudez al lado de un hombre de mala vida como era yo le contradecía a todo su ser.

- Oh, querida, obviamente sois una gran bromista - volví a abrir los ojos para clavarlos justos en los de ella, que ahora esgrimía un ceño fruncido y que, sin embargo, no le restaban belleza - Una dama culta e inteligente como vos no es posible que ignore la verdad tras la muerte del Gran Bardo. - sonreí afiladamente, sabiendo perfectamente el puñal tan bello que acababa de clavar en el ego de mi acompañante, cuya cara paso por el enfado, la indignación y la curiosidad en pocos segundos... todo un poema.

- Contadme esa historia pues, insolente de lengua cortante, no creais que no sé con qué intenciones iban esas palabras - inquirió mientras se erguía, encaramándose a mi cintura para tenerme atrapado entre sus piernas. He de decir que el contoneo de pechos que acompañaba a a cada uno de sus movimientos ejercía cierto efecto hipnótico en mi, pero jamás admitiré que me distrajesen en lo más mínimo... con toda la fuerza de voluntad que yo poseo.

Me erguí también y besé la piel de entre sus pechos, al tiempo que de mis labios salían las palabras - Veréis, mi cruel angel, como bien sabréis Ikrakhjoss, independientemente de si era un brujo maléfico o no, su música era tan magnífica que aun a día de hoy se conocen sus canciones. La leyenda que conocéis de él, es obviamente la que reza que con su magia negra encandiló a la gente a través de su música. Probablemente habréis oído también que estaba loco, que sus perversos actos sexuales... - hice una pausa y lamí su piel para enfatizar en lo que hace no mucho habíamos hecho ella y yo - ... eran deleznables y blasfemos, que dormía con cabras y fornicaba con demonios. Curiosamente, en su tiempo nada de esto se conocía así como os lo he contado, hasta ese concreto día en el que se masturbó a la vista de esa gran sacerdotisa. La única realidad aquí es que la envidia de los hombres y las mujeres es implacable cuando deciden que ya nos soportable la insultante grandeza de un igual. Ikrakhjoss no era un santo, desde luego, pero en lo absoluto podemos decir que fuese el brujo maléfico que a día de hoy casi todos creen que es. La verdadera historia no es tan magnífica y ni tan épica, pero igualmente apreciaría de vuestros nobles oídos que la escuchéis, si es que queréis comprender por qué porto esta... blasfemia.- le dí a esa última palabra un tono sarcástico- La historia de su caída me fue transmitida por mi maestro, así como la de este colgante, y ahora os la cuento a vos:


Hubo una ocasión en el tiempo y el lugar, en el que una Gran Sacerdotisa de Luminaris, llamada Anariel, se topó con el sonido con más vida y más bello que sus oídos, casi siempre exclusivos a la voz de Luminaris, habían llegado nunca a escuchar. Anariel buscó en el jardín en el que se encontraba, intentando encontrar la fuente de la música que parecía venir de todas partes. Sus oídos, prestados de forma casi exclusiva a los designios de su señor Luminaris, ahora se habían topado con la grandeza de una música igualmente divina, algo tan terreno y tan vivo que solo podía ser cosa de un dios... aún si estos pensamientos en la mente de una asceta podían resultar blasfemos. El mundo era realidad en aquellos sonidos, la magia del bien se podía escuchar fluir en ellos con tal naturalidad, que se podría decir que no había ancido para otra cosa.

Tras minutos, que le parecieron horas a Anariel, de búsqueda intensiva por los jardines se topó con el autor de tal música. Un hombre que no era especialmente hermoso, ni especialmente fuerte, ni especialmente nada... lo único que destacaba en él era la música, como si el instrumento fuera el hombre y el autor de todo fuese el laúd que interpretaba los acordes en sus manos.

-Cuan bello sonido...- dejó escapar inconscientemente Anariel, que sin darse cuenta se había acercado hasta escasos metros del bardo.

- Cuan bella mujer - contestó el bardo por excelencia.

Si el sonido de su laúd era la música de dios, su voz era la palabra escrita. Era enigmática, atrayente, inexplicablemente magnética, como si uno tuviese que guiarse y dar por verdad absoluta todo lo que esa voz pronunciase. Sin embargo Anariel era una devota de Luminaris, tenía fortaleza mental para resistir esa clase de cosas, aunque con este hombre en particular le costase.

- Demasiado atrevido para estar hablando con una Gran Sacerdotisa, bardo - le replicó cortante al de pelo gris escarcha.

- Soy música, como música soy libre, como libre digo que vos sois hermosa y Luminaris bajaría para darme también su bendición por ser portador de verdades tan puras - continuó con lo que, de no ser por su labia, la osadía de tales palabras sería imperdonable. La diversión era dueña de su voz, de repente ya no era ni tan magnético, ni tan enigmático... pero ahí estaba de todas formas, ese punto aparentemente mágico que conseguía convertir en imposibilidad el olvidar su voz.

- Habéis usado el ''También'' - dijo, haciendo oídos sordos de las alabanzas, más interesada en los favores divinos - ¿Queréis decir que disfrutáis del favor de algún dios? Siendo bardo supongo que adoráis a Mordekaiser. -

- Suponéis bien y mal, yo no le adoro, solo toco mi música y a él le gusta, igual que a vos - contestó, encogiéndose de hombros y apartando la mirada de Anariel para centrarse en las cuerdas de su laúd.

- Me cuesta creer que un hombre tan poco devoto pueda disfrutar de la bendición de un dios - le cuestionó al bardo - ¿Cual es vuestro nombre, trovador? -

- Me llamo Ikrakhjoss de Lirna, pueblo destruido por la guerra y olvidado por la humanidad - contestó con simpleza, con una sonrisa picara en los labios mientras sus dedos volvían a tocar el laúd, esta vez con algo distinto en el sonido. - ¿Dudais de mis palabras, seguidora de Luminaris?

- Si... lo hago... - contestó, sorprendiéndose de como el tono de autoridad que tan característico suyo se hubiese disipado, como gran sacerdotisa que era lo había practicado a conciencia para transmitir una seguridad indispensable en su posicioón.

- Debo mostraros entonces lo que Mordekaiser me ha otorgado, ya que sé que los seguidores de Luminaris aprecíais tanto la veracidad - sentenció, y de repente el tono tranquilo de su laúd comenzó a acelerarse, adoptando un ritmo alegre que infundió calor en el cuerpo de la Gran Sacerdotisa.

Los pies de Anariel comenzaron a moverse, a ir al ritmo de la música, dejándose llevar por aquella música que parecía el latir del mismo mundo. La felicidad estaba regada en cada nota, en cada pequeño segundo de la composición que el bardo tocaba. Se había perdido a si misma, su cabeza solo podía pensar en el ritmo y en la música, en bailarlo a placer y reír frente al mismo bardo que la había atraido con sus canciones. Se volvió salvaje, abandonando la castidad de sus maneras y dejando que su vestido se manchase con el verde de la hierba, rodando por el cesped del jardín y volviendo a oler el mundo de distinta forma, como nunca antes lo había olido. Pudieron pasar minutos, tal vez horas, puede que incluso días. El tiempo había perdido completamente el sentido a los ojos de Anariel, el mundo era eterno y su baile era la única razón de existencia razonable. Así continuó hasta que la última nota de Ikrakhjoss se disipó en el aire. Anariel tardó otro par de minutos en realizar lo que había sucedido, hasta que finalmente estalló de ira ante lo que a muy seguro el bardo acababa de hacer.

- ¡Habéis osado manipularme con vuestra magia, vil pendenciero! - gritó, encendida de ira y despeinada del bailar - ¡Pagaréis por esto! - exclamó intentando recomponerse, dándose cuenta de que aun en ira una risilla seguía intentando salir de sus labios. No tenía fuerzas para levantarse, sus piernas no le respondían - Tú... brujo -

- Cuanta ofensa hacia mi persona - rió burlón, sin moverse del sitio - Si yo fuese vos me estiraría a aclarar mis ideas antes de hacer nada precipitado -

- No volveré a caer nunca en tal artimaña, solo me habéis pillado desprevenida, Luminaris debería haberme protegido de esto... no lo entiendo. -hablaba de forma inconexa, como si todas las ideas que pasaban por su mente no consiguiesne ordenarse, aún si una parte de ella estaba en furia otra estaba feliz y obligaba a su boca a sonreír abiertamente mientras el bardo afinaba despreocupadamente el laúd a su lado-

- No os ha protegido precísamente porque mi magia no es para causar ningún mal, creo que el señor Luminaris estará de acuerdo conmigo en que necesitábais reir un rato. - concluyó con sencillez.

- Aaaah... da igual, lo que vos digáis - dijo sonriente, desterrando por completo la ira de sus pensamientos.


Me detuve un rato con la historia para tomar aire y reordenar los recuerdos de como seguía, de hecho hacía un tiempo que no la contaba aún a pesar de que trataba de recitarla para mi siempre que podía. Esta vez no era con acompañamiento musical, pero la música no me llamaba más en este momento que el cuerpo de aquella caprichosa mujer que me amarraba con sus piernas.

- ¿Qué sentido tiene todo esto? Pensé que la sacerdotisa estallaría en ira y acusaría injustamente a Ikrakhjoss de brujo por lo que hizo. - replicó mi acompañante noble, intentando apremiarme con la historia que había dejado en espera.

- Las cosas no son siempre lo que parecen, una canción es una canción hasta que la conviertes en un recuerdo - expliqué, dejándome estirar para que ella pudiese recostarse a gusto en mi pecho.

- Continuad... - dijo, con su cabeza ya recostada en mi y un tono de voz que denotaba cansancio. Sospeché que tenía los ojos cerrados, y que pronto caería rendida por el sueño, pero no costaba nada continuar con la historia para que se fuese a dormir con un recuerdo que conservar de mi cuando despertase.

- Está bien... - concedí alegremente.


Después del primer encuentro entre ellos que te he narrado, siguieron viéndose más veces, unas por casualidad y otras simplemente porque así lo acordaban. Con el tiempo ella le empezó a pedir esas canciones de felicidad que el tan gustósamente le tocaba, en algunas ocasiones hasta le preguntó si tenía de otros tipos, y el le contestó con acciones, haciendole llorar, viajar en su imaginación y mil formas más de música que yo aún no alcanzaría a comprender. Aún cuando para una Gran Sacerdotisa de Luminaris estaba prohibido, inevitablemente se acabaron enamorando, y el amor llevo al placer que nosotros dos hemos tenido ocasión de disfrutar antes.

Descubrieron entre ambos el follar por amor y, aún cuando la culpa del primer acto dejó a Anariel profundamente preocupada por haber perdido el favor de su dios, se encontró con que aún lo poseía, adoptando unas ideas mucho más liberales en cuanto a lo que la pureza se refería. Esas ideas se fueron extendiendo, ideas que habían sido influenciadas por la gran música de Ikrakhjoss y que predicaban por un sacerdocio a Luminaris mucho menos restrictivo de lo que por aquél entonces era, y aún a día de hoy es.

Permíteme de nuevo esta blasfemia, pero también diré que tanto a día de hoy, como en los tiempos que te relato, la instituciónde los devotos de Luminaris es corrupta como pocas. La envidia de ciertos bardos a Ikrakhjoss y el rechazo de las ideas nuevas de Anariel comenzaron a dar lugar a rumores, rumores que más tarde se convirtieron en afirmaciones, y que más tarde aún se convirtió en una acusación firme contra Ikrakhjoss por brujería maligna. Se le acusó de haber corrompido la mente de Anariel con canciones demoníacas, propias de la magia oscura que nada tenía que ver con el culto a Mordekaiser. Según los acusadores había mancillado y corrompido a una gran sacerdotisa y por ello debía ser quemado.

Anariel fue encerrada hasta la muerte en un monasterio, que se convirtió en su prisión, por nunca dejar de defender a Ikrakhjoss. Se libró de la hoguera por la intervención de ciertos altos cargos y que la tenían en mucha estima por todas las hazañas que cargaba en sus hombros, pero puede que su destino de vivir para siempre con la muerte de Ikrakhjoss grabada en su memoria fuese un mayor castigo, ya que la obligaron a ver como lo quemaban.

La última canción de Ikrakhjoss fue una improvisación en la misma hoguera, en la cual en ningún momento gritó y siguió cantando hasta inevitablemente morir de las quemaduras. Seguramente utilizó la magia divina de mordekaiser para deshacerse del dolor, pero de lo relevante que me quedo de esa canción es que está titulada como ''No llores, Anariel''

-Y esa es la verdad que yo creo acerca de lo que Ikrakhjoss fue y sigue siendo. La razón que me dio mi maestro de que sus canciones aún perduren en el tiempo, es que el mismo Mordekaiser las inmortalizó con su voz, todas y cada una de ellas. La voz divina es imposible de contradecir para un mortal, y esas canciones se convirtieron en una verdad para nosotros, los bardos... - terminé el relato con los ojos cerrados, sabiendo por la respiración pausada y la falta de respuesta que mi querida acompañante noble se había quedado dormida.

Me levanté como pude, consiguiendo hacerlo sin despertarla. Me vestí, tras la ardua tarea de buscar toda mi ropa y pertenencias a lo largo de lo que, para mi, era una inmensidad de habitación. Siquiera dudé en meter la mano en la bolsa repleta de monedas que mi acompañante, en su ebriedad, había dejado descuidada sobre la cómoda. Las bolsas de esas nobles siempre pesaban demasiado, y estaban demasiado repletas para cubrir todos sus caprichos, así que simplemente cogí las suficientes para un mes o dos de viaje austero entre taberna y taberna, dándome por satisfecho.

- Hasta la próxima vez, mi ególatra de pelo castaño - hice una reverencia antes de escabullirme por el balcón de la casa, saltando al tejado adyacente y alejándome a paso despreocupado de lo que era mi lugar del crimen. Sonreí para mí - Curioso como se me ha olvidado su nombre después de tanto repetirlo mientras follábamos... -
Jazz
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Re: Culpable de bardo con alevosía y nocturnidad.

Mensaje por Mister Orange el Lun Abr 06, 2015 11:20 pm

Como mi compañera pidió. Hijra aceptado y procedo a entregar exp/diamantes y color.
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