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Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

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Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Janna Tanya el Lun Abr 06, 2015 1:28 pm

OFF Los personajes aparecerán por separado, pero confluirán en una plaza, donde os encontrareis con un curioso personaje.Ya depende de vuestros personajes, podeis socializar , aunque claro, no os conoceis que yo sepa.Podeis separaros una vez que llegueis a la isla si así lo quereis. Se pide también que no traigais NPC que combatan, pero sí podeis traer mascotas y "mulas de carga". Si traeis NPCs que combatan, puede poneros más difícil/largo el tema. Sólo es un consejo. La llegada será por orden de posteo, y también será el orden que seguiremos a lo largo de la partida, excepto en caso excepcional en la que un personaje ceda turno, o cualquier otra cosa. Dicho esto, comenzaremos.

EDIT: Visto lo visto, modificaré este post, dado que las bases del juego han cambiado, y nadie se ha dado cuenta de estas cositas. Así que hay unas pequeñas modificaciones que no afectarán mucho al ritmo de la partida

ON

Las leyendas acerca de la Isla del Destino os enviaron hasta la ciudad de Tirian, donde supuestamente, habría alguien que supiera más acerca del tema. Nuestros protagonistas, en una fresca mañana de primavera, una vez en la ciudad se dieron cuenta de que otras personas iban hacia el mismo sitio que ellos mismos, hacia la plaza central de la ciudad de Tirian, donde se encontraba la casa de un famoso hechicero. Conociais la casa, conocíais la leyenda, pero no el nombre de dicho hechicero.

Cuando todo el mundo se hubo arrebujado alrededor de la casa, os visteis rodeados de otras personas, sin saber muy bien quiénes serían, ni qué querrían. Pero desde luego, los hados del destino os reunió a la vez allí, en aquella casa.

Entonces la puerta de la casita se abrió dejando paso a un hombre de aspecto fornido, pero bastante joven. Sus ojos poseían un brillo verdoso que no parecía humano, y aunque su aspecto sí lo era, nadie podía discernir su verdadera naturaleza. Poseía cabellos castaños, largos, que se dejaban caer por sus hombros. Su piel parecía tersa y joven también, algo que no parecía encajar mucho con su aparente profesión.

¿Quiénes sois, jóvenes?¿Qué quereis de mi humilde persona?


Última edición por Janna Tanya el Sáb Abr 18, 2015 2:13 pm, editado 3 veces
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Malina el Mar Abr 07, 2015 8:32 pm

En el camino Malina sintió, en lugar del disgusto que la había invadido, una especie de compasión y sentimiento, combinado con dudas sobre las verdaderas circunstancias mentales y materiales en que se hallaba ella misma. Participaba activamente de ellos, sus atrevimientos y disgustos, pero se aconsejó, antes de llegar, reservarse su juicio hasta la siguiente entrevista. Porque sí, una vez más huía estoicamente de una reunión familiar: esta vez, una reunión con Roguy Hancey, el líder del gremio de caza. Gremio del cual tenía una opinión tajante y negativa, además de desagradable; en ese sentido, Malina Lewe, como solía reconocérsele para esos efectos, no iba a ensuciar su boca con palabras agradables, para quien consideraba un “sátiro” y “horripilante mequetrefe”. Posiblemente ninguno de los dos apelativos le hagan juicio,  sin embargo, pocas personas han logrado doblegar el criterio de la joven.

Antes de correr fuera de aquel fatídico círculo social, el señor Hancey, hombre de armas tomar, le pidió que le explicara el porqué de su apresurada salida. Malina, en una cándida expresión de desinterés, se limitó a transmitirle la expresión de la gratitud de su invitación refiriéndose muy por encima a lo que en realidad le importaba. En cuanto al caballo, el fiel animal, por más que quiso mantenerse tranquilo, intentó encabritarse más de una vez, intentando volcar al hombre en más de una ocasión. Presa de una fingida vergüenza y, haciendo caso omiso a la sugerencia del sacrificio del animal por su insolencia, Malina, partía rumbo a Loc Lac. Fue ahí, donde sin proponérselo, recayó en sus oídos, el rumor de la Isla del destino. Usualmente, tan vaga y poco fidedigna información se habría vuelto un tema desechable, casi tomado a burla por la muchacha. No obstante, a juzgar por el nombre, y por la localización, no parecía un asunto supérfluo – Al menos tendré una excusa para no ir a casa, para ver la cara del viejo Hancey – pensó, mientras empacaba nuevamente en su habitación, comida para el animal y una muda de ropa, anteriormente lavada por la mucama de la “casa mayor”.

Lo que nadie le supo decir era cuánto era el tiempo del viaje: lo que respectaba a ella, le pareció que transcurrieron otros siete días, y en el curso de ellos el estado de Malina fue decayendo sin razón aparente. De una hora a otra se debilitaba tanto como antes en un mes.  Se trataba de engañar a sí misma, pero no lo conseguía: por un momento, la incertidumbre se instaló sobre sus hombros, maldiciendo su curiosidad minuto a minuto. Ella adivinaba la terrible probabilidad que de minuto en minuto se convertía en certeza – Maldita sea, no llegaré a ningún lado – chasqueando la lengua ponzoñosa cual serpiente, vociferaba improperios, en la soledad de su cabalgar. Al día siguiente no se atrevió a hablar, por la vergüenza, y fue ahí cuando llegó a Tirian. El antiguo mundo de Malina estaba reducido a la casa mayor y a su pequeño estudio, del cual se encaminaba a ciudades cercanas, ¿ciudades? No. Casas. Bajó del corcel, agobiada por su poca fe en llegar a destino, y reflejó su pesar en su rostro, el cual con tantas noches en vela y tantos disgustos, había palidecido.

A su alrededor, habían más personas, y a, juzgar por sus rostros, algunos más endurecidos y decididos que otros, estaban todos en la misma premisa. Evitó hacer contacto visual con alguno: en ese momento no estaba del todo compuesta como para aportar con respuestas agradables, y charlas condescendientes.  Ya en la plaza, estaban todos los integrantes frente a la puerta de alguien “¿Un hechicero quizás? ¿Un thanen? No, lo dudo, aquí todos nos vemos más grandes” meditó absorta y cruda. Pero, un detalle saltó sobre todos, ¿cómo se llamaba el susodicho al cual vamos a tocarle la puerta? Posó su mano sobre la boca, cubriéndola, dejando que su mirada se nublase, agotada y cabizbaja. De pronto, un brío furibundo le abrió paso entre los presentes: no solo ella, dejando el caballo atrás, sino do más se encaminaban hacia el pórtico de la casa. Sin embargo, no iba a ser ella quien se dignase a tocar la madera de dicho portal, haciéndose sutilmente a un lado, extendiendo los brazos, para que cualquiera de los dos lo hiciera – yo no lo haré – respondió lacónica.

Quien los recibió discrepaba mucho de la concepción de “hechicero” que  la mujer aceptaba: ciertamente humano del todo no parecía, pero no se sentía apta para comenzar a discrepar de ello. La pregunta lanzada a los tres le despertó la curiosidad ¿Por qué estaban aquí? Fue ahí, después de aquel cuestionamiento, que se despejó todo tipo de cansancio, como si un remezón de energía nueva la hubiera invadido. Sin embargo, no lo expresó plenamente y, traicionada por el agotamiento, pronunció con delicadeza – Malina Lewe. Un placer – Asustada y confundida, se reverenció, sin entender en qué estaba pensando cuando usó su apellido en estas circunstancias – las razones de mi llegada hasta aquí no tienen un motivo en particular más que ampliar mis… Conocimientos… Geográficos. Cabizbaja y sonrojada, intentó mirar a los demás, pero lo evitó veloz. Suficiente parafernalia como para apelar a la condescendencia y el protocolo.
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Mivam el Dom Abr 12, 2015 11:35 pm

El orco se encontraba estirado entre la hierba, mascaba una especie de planta con efectos relajantes, que se cultivaba en los bosques de su isla y su consumo era muy extraño en el continente. Mivam era un orco un tanto peculiar, se podría decir que era algo distinto a los de su raza en algunas costumbres, pero seguía al pie de la letra el código de honor entre los orcos. El día era bastante apacible, se podía decir que era un gran momento para empezar una nueva aventura. Sin previo aviso, los ojos del orco comenzaron a pesar, le costaba mantenerse despierto, quizás por la planta, quizás por el cansancio, quizás su gran Dios tenía algo que revelarle. De repente, todo se volvió oscuro, pudo ver a un extraño hombre de constitución musculosa, extrañas quimeras surcaban los cielos. Aquello no era una buena señal. En ese momento pudo oír la voz del que mueve las cosas, le estaba diciendo que ya era hora de partir nuevamente en busca de su destino. Justo Antes de despertarse pudo ver una señal en un mapa del mundo, una plaza, la puerta de una casa, la puerta abriéndose y finalmente se despertó.

El orco se levantó con la cara empapada de babas, aquellas hierbas le habían hecho secretar en exceso, pero no pareció importarle, después de todo, era un orco. Se sentía excitado hacía semanas que el Dios que todo lo mueve no le había hablado, pero no porque el orco no lo llamará, simplemente, así era la voluntad del Todopoderoso. Su Dios era muy celoso y nunca estaría dispuesto a compartir el gran altar ante ningún otro, tanto tiempo en silencio, quizás fuera a causa de las malas compañías que había tenido Mivam en los últimos tiempos, no era algo de lo que sentirse orgullo y mejor no mencionarlo a los otros miembros del clan. El deseo de partir ya se había metido muy dentro del alma de Mivam.

Mivam se dirigió hacía el jefe de su tribu para explicarle sobre su nueva campaña. El gran jefe Ashat se encontraba como de costumbre acostado sobre un enorme lecho rodeado de poderosas hembras que formaban una agradable visión para Mivam. La verdad era que Mivam no solía pensar mucho en las hembras de su tribu, pero cuando veía a esas féminas no podía evitar gozar el momento, hacía ya tiempo que había demostrado ante los demás miembros que era un orco digno de tener una compañera, aunque todavía no había sabido escoger ninguna, debido seguramente a que pasaba gran parte del tiempo fuera del poblado.

-Jefe, tengo noticias del Dios. Me ordena que embarque pronto en busca de un extraño mal que pone en peligro el equilibrio.-Dijo Mivam con una reverencia aunque mostrando los colmillos en señal de respeto hacía Ashat. Las feminas parecían distraidas ante la entrada de Mivam.

- Saludos Guerrero ¿Hacía donde diriges tus pasos?- Pregunto Ashat expectante.

Ashat, era un orco muy desconfiado, hacía tiempo que había perdido la sed de victorias y por eso en su momento decidió emigrar a aquella isla donde los únicos problemas que podían tener era unos infelices piratas que de vez en cuando paraban a repostar en la isla. La realidad era que los orcos más jóvenes querían salir de aquel lugar y probarse así mismos en el continente que era donde pasaban las grandes batallas y se forjaban las leyendas. Mivam como miembro de la tribu no podía hacer más que obedecer al jefe y consultarle todo, nada podía hacerse sin su consentimiento, aunque en el poblado algunos orcos comenzaban a tramar para desafiarle y arrebatarle el control de la aldea.

-Todavía no lo se gran jefe, pero he tenido una gran revelación durante un sueño. Las consecuencias por ignorarlo podrían ser catastróficas para el poblado. Me gustaría que me acompañará Nat…- Las palabras de Mivam fueron interrumpidas por un fuerte gruñido de Ashat. Al parecer el jefe estaba ya cansado de que Mivam se llevara efectivos hacía el continente.

-Te has llevado ya a muchos hermanos y muchos no han regresado. Puedes ir tú en busca de la gloria del gran Dios, pero deberás ir solo esta vez.-Dijo Ashat sentenciando el asunto. Mivam no acababa de comprender porque el jefe de guerra no quería satisacer los deseos del Todopoderoso, tal vez, pensará que Mivam no era todabía lo sufientemente maduro como para tenerlo en cuenta como chaman de la tribu. Mivam no pudo evitar sentir disgusto ante la respuesta del jefe, pero tenía claro que ya nada podía hacer. Contradecir las palabras de un jefe de guerra orco era algo impensable para la raza de los orcos. Debería viajar el solo. El orco agarro sus armas, su armadura y sus suministros y se dispusó a zarpar en el primer barco.

Tras varios días de trayecto, el orco llegó a la ciudad de Tirain. Las gentes parecían mirarlo con desconfianza, la presencia de un orco siempre era señal de problemas, ¿Qué hace un piel verde, sino buscar batalla? Fuera como fuera, el orco tenía un objetivo claro y la turba nunca le había afectado demasiado, sin embargo, hubiera preferido estar rodeado de sus compañeros. Por todos es sabido que los orcos son seres que les gusta andar en grupo.

Cuando el poderoso orco llego a la plaza de la aldea, se dio cuenta de que había otros seres allí con él. Por alguna razón el orco hizo caso omiso, primero debía hablar con aquel humano para enterarse de lo que estaba pasando en ese lugar.

En ese momento se abrió la puerta de la casa en la que se encontraba el hombre. Se trataba de un humano de aspecto fornido, bastante más pequeño que Mivam. El hombre quiso saber quienes eran. Una hembra de humano, que estaba al lado del orco se presentó la primera. - Mi nombre es Mivam. He venido para limpiar estas tierras de todo mal. El gran Dios me lo ha ordenado.-Dijo Mivam con orgullo.
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Rouge el Lun Abr 13, 2015 6:38 am

Notó cierta calidez sobre la piel del rostro. La conciencia poco a poco volvió a ella, con una parsimonia tal que podría decirse que llevaba pesadas cadenas en los tobillos. Su primer acto fue el de llenar los pulmones de aire para luego soltarlo lentamente, como un suspiro distraído y aletargado. Pero al hacerlo sintió su cuerpo entumecido y tirante, como si acabase de recorrer una larga distancia sin haber hecho calentamientos. Reposaba sobre una superficie dura y rugosa y al intentar tantearla con su mano derecha tan sólo rasgó el aire. Vacío.

De golpe se enderezó, habiéndose llenado su vientre de aquellas cosquillas que correspondían a un temor repentino. Su ritmo cardíaco se normalizó una vez que, por fin, salió de aquel aturdimiento y comprendió todo al ser llenada de caricias por parte de objetos finos, algo punzantes pero suaves. El olor a cedro le colmó el olfato y rió con una carcajada sincera, de aquellas que nacen en lo más hondo del cuerpo y se pierden en el aire. Había dormido en una rama. Feliz, balanceó las piernas adelante y atrás, con un ritmo marcado. La peste a humano le llegó antes que el sonido de una voz más que conocida, era algo ronca pero fuerte, casi un rugido y denotaba un carácter más bien huraño.

—¡Al fin has despertado, demonio! Una hora más y te habría dado por muerta.
—Qué triste, ¡Con lo mucho que añoras besar mi cadáver y hacerlo tuyo!
—Víbora asquerosa...


Sonrió, ella lo sabía a pesar de no poder verlo. A pesar del tono de molestia que le concedió a cada palabra. Lo oyó trabajar furiosamente con la piedra de amolar hasta que su cuchillo de caza quedó tan mortal como un amante enfurecido. Casi pudo jurar que antes del alba Dazel ya habría salido de caza y vuelto con una jugosa recompensa. Y como si lo hubiese pedido, el aroma de la sangre y la carne fresca le tentó a bajar de su humilde balcón de un salto. Cayó sobre sus cuatro extremidades cerca de los restos de una extinta fogata, semejante a un felino y seguidamente se irguió lo más que pudo, alzando los brazos en un estiramiento perezoso. Notó que la capa se le había movido ridículamente hacia un lado y se apresuró a acomodarla.

—Te he dejado carne, por si te interesa comer. —Repuso aquel con notable hastío mientras guardaba sus herramientas dentro de un saco, causando el típico sonido de los roces entre metales en el proceso. Su trenza estaba deshecha ocasionando que los rebeldes cabellos goteasen por sus hombros y su torso, usualmente desnudo, ahora permanecía cubierto por una capa similar a la de la demonio pero más rústica, posiblemente de piel de oso. La aludida torció la sonrisa en una mueca de desdén.

—No necesito favores así, humano. Me niego a poner un sólo colmillo en la carne que hayan tocado tus manos.
—Da igual.

Rouge se quitó la capa y la dejó junto con su bolso en las raíces del árbol que acababa de abandonar. Para cazar no necesitaba aquel peso que sólo estorbaría, tan sólo se limitó a llevar una daga consigo y así se adentró en el bosque, víctima ya de un gran apetito. Una masa negra apareció de pronto de entre las copas de los árboles y aleteó en su dirección, profiriendo graznidos mientras la seguía. Era mediodía.

(...)

—Aquí es donde se separan nuestros caminos. He cumplido mi parte, Cazadora.
—¿Tan pronto? ¿Tirian? Por como me lo habías referido creí que tomaría al menos otra semana a pie.
—No es tan complicado llegar cuando vas con alguien que conoce el terreno.
—La demonio casi pudo percibir la hinchazón de pecho causada por el orgullo, sacándole otra risa.
—Vale, me has convencido. Con ésto el favor se ha pagado y ya no me debes nada, bestia. Márchate, no soportaría ni un segundo más la peste a humano.
—Pues qué mala suerte, te diriges a una ciudad llena de ellos.


Jamás se vio otra ocasión en la que una sonrisa desapareciese tan rápido como lo hizo la de la pelirroja. Escupió ante los pies de Dazel y prosiguió el camino que le llevaría hasta la ciudad, incapaz de admitir que el olor a humano sería su guía. Sujetó el borde de su capucha con ambas manos y la subió hasta que cubrió la totalidad de su cabeza. Una sombra se tragó lo que antes había estado por encima de su nariz. La tierra era fría y húmeda y sus pies dejaban profundas huellas que no se molestó en disimular. El cuervo sobrevolaba su ubicación a cierta altitud en la que difícilmente podía oír su batir de alas. Ni bien hubo dado una docena de pasos cuando oyó gritar a su último compañero de fechorías.

—¡Una última cosa, Cazadora! —No se molestó en girarse ni en detenerse, ambos sabían que prestaba atención. —Ni se te ocurra morir en ésa isla.
—¡Ahhhh! Pero querida bestia... ¿Es éso tan siquiera posible, acaso?
—No tientes a la suerte, recuerda todo lo que te he contado.


Aquella chasqueó la lengua como respuesta, restándole importancia. Dio un trago al agua en su cantimplora y volvió a guardarla en su bolso, desde la última vez que la llenó se había vaciado hasta la mitad.

(...)

¿Cómo era posible que una ciega ubicara una casa en medio de una ciudad que no conocía? En realidad la respuesta no era tan complicada. Le bastaron dos días para recorrer y memorizar la mayoría de los edificios que se agrupaban alrededor de la fortaleza, algunas pertinentes preguntas a los hombres menos adecuados y ya sabía cuál era la casa del famoso hechicero de los rumores. Aquella junto a la plaza mayor, aquella donde casualmente un pequeño grupo variopinto se reunía durante una de las vueltas que la demonio daba a su alrededor.

No se acercó al instante para hacer notar su presencia. Permaneció sentada a un costado de la casa, con la espalda apoyada en la pared y mostrando una calma digna de quien medita profundamente. Jugaba distraídamente con su cola, moviéndola de un lado a otro, haciendo dibujos abstractos en el aire. Olfateaba. Era claro que el olor a humano predominaba, más aún así podía sentir otros, tan sutiles y perdidos entre los demás que le costó un buen rato distinguirlos. Reconoció fácilmente el hedor a Orco y tuvo que contentarse con ello.

A veces odiaba las ciudades. Tanto alboroto y danzas de sonidos y aromas la entorpecían un tanto. Por lógica supo que el hechicero fue quien lanzó las preguntas al aire y, casi tan interesada como él, se dedicó a oír las respuestas. Su amigo de oscuras plumas la observaba desde un alero cercano.

Ya luego intervendría. Estaba segura de que encontrarles ahí no sería casualidad. Sonrió complacida. Casi podía sentir el tesoro entre sus garras.


Sólo me buscan aquellos verdaderamente desesperados.




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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Keznaryan el Lun Abr 13, 2015 3:28 pm

En la lejanía divisé humo. - ¿Humo en Silvide? – Solo tres significados se me venían a la mente: el comienzo de un incendio, algo raro debido a la humedad de la zona en la que me encontraba, la casa de un ermitaño, quizás la idea menos acertada, pues conocía a la mayoría si no a todos los de este grupo que vivían en el bosque, o gente a secas.

- ¡GENTE! – Grité, exaltado.

Como si yo fuese el dardo y el humo el indicador de mi trayectoria hacia el centro de la diana, me ajusté las gafas y aceleré tanto como me permitieron mis alas, emprendiendo un vuelo exhaustivo hasta mi objetivo.
A mi espalda el firmamento comenzaba a tornarse rojizo. Agotado, llegué al causante de aquella mancha negra. Se trataba ni más ni menos que de un campamento repleto de humanos que habían encendido una hoguera en aquel claro. Alrededor de las llamas se agrupaba una docena de ellos y algo más alejados se hallaban otros más, cuidando de sus mulas y carros. Todos eran adultos, como yo.
Sin más dilación, descendí en picado, posé los pies tras los humanos que cercaban la hoguera y tomé aliento.
- ¡Hol… - comencé a exclamar antes de que uno de aquellos humanos, al que todos miraban, me cortase repentinamente.
- ¡Pero si es un divium! ¡Uno con ojos y orejas muy grandes!
La risa los invadió a todos, al bromista y a los que se giraron a mirar. ¡Se me había olvidado quitarme las gafas de la cara!
- ¡Toma asiento, amigo, y prepara bien esas orejazas para oír los relatos que aquí se van a contar por un buen rato! – Me ofreció aquel individuo bastante sucio.
- Inmundo, la suciedad te ha debido de atravesar el cráneo. ¿Cómo vamos a dejar que un extraño se siente junto a nosotros? ¡Qué menos que se presente! – Sugirió una fémina ligera de ropa. ¿No tendría frío?
- ¡Qué gran extracto de veracidad hago entre esas palabras, Juliana! – respondió Inmundo, que desde luego tenía una curiosa forma de hablar.
Me presenté como Keznar ante aquellos simpáticos individuos, que uno por uno me revelaron sus nombres. Desde el bromista Inmundicia, al que se dirigían como Inmundo, pasando por Mocos y hasta acabar en Juliana, en quién me fijé que tenía posiblemente los nidos más grandes de entre las mujeres que había conocido hasta la fecha.
Me oculté las gafas entre el cabello como solía hacer siempre que no las usaba y me senté junto a Juliana, quien me lo había ofrecido con gestos. ¡Era muy abierta esta mujer!
Pasaron largas horas de risas, sustos e intrigas mientras todos escuchábamos las historias de Inmundo hasta que llegó la que al parecer era la favorita de los oyentes.
- La Isla del Destino, aquella en la que los rumores cuentan que se halla un gran tesoro, un montón enorme de kulls para el que lo consiga. Solo un hechicero ha vuelto de allí y… […]
¿Kulls? Sonaba a algún tipo de escarabajo regordete. La boca se me hacía agua pensando en lo jugosos que debían de ser mientras oía la historia.
Al terminarla, los bostezos decidieron que iba siendo hora de conciliar el sueño y cada uno tomó rumbo a su cama de esa noche. Tomé vuelo hacia uno de los árboles cercanos al fuego, pues hacía fresco, e inicié mi ritual de cada noche: desaté el lateral derecho de mi pantalón y lo situé sobre una de las ramas a modo de nido, sobre el que dormiría. Sin embargo, antes de que me diese tiempo siquiera a recostarme, alguien se dirigió a mi desde el suelo. Era Juliana.
- ¡Eh, divium! – susurró, tratando de no romper el sueño de los ya hechizados por el cansancio.
Ya era la segunda vez que me llamaban de esa forma y seguía sin comprender su significado. Supuse que se trataría de alguna palabra inventada por ellos para referirse a los extraños. ¡Qué mala memoria parecía tener la tal Juliana!
- Soy Kez – volví a presentarme, ahora con mayor confianza.
- Tienes un nombre muy corto para alguien con algo tan… grande – me respondió señalándome a lo que pensé que serían mis calzoncillos de lino, mientras soltaba una risita extraña.
- Ah, ¿esto? – le respondí mientras me los quitaba. – Es cierto que me quedan un poco sueltos pero…
Juliana se tapó la boca, tratando de contener la risa. Supuse que ver algo tan mal hecho debía de ser gracioso para alguien con la habilidad para hacer semejante par de nidos de goma.
- Querido, ¿no te gustaría que pasásemos un rato entretenido? Éstos, tú y yo – me sugirió, juntando los brazos para realzar sus pechos y agitándo estos últimos.
¡Por fin había llegado mi momento, una hembra me enseñaría a hacer esos nidos!
- ¡¿En serio que me los vas a enseñar?! – le susurré incapaz de contener mi entusiasmo.
- Eso y más, querido, pero tan solo a cambio de treinta kulls de bronce. Mis servicios no son gratuitos.
De nuevo, otra vez esa palabra. Esta fémina quería que le diese de eso a cambio de enseñarme a hacer esos nidos, ¡y yo no tenía!
- ¡Pero yo no tengo de eso! ¡Puedo ofrecerte otra clase de escarabajos si quieres, pero nunca he visto uno de esos kulls por el bosque!
- ¿Escarabajos? – volvió a contener la risa entre sus manos – Ay querido, si con gracias pudieras pagar, vivirías en un castillo.
Y así estuvimos un buen rato hasta que acordamos que una vez que yo consiguiese los malditos kulls, ella me enseñaría como hacer esos maravillosos nidos. Pero si eran de bronce, ¡¿cómo iba a comerse esos escarabajos?! Sin duda, estos humanos debían de tener unos dientes muy fuertes. Pero daba igual, tenía que hallar la manera de conseguirlos, manera que ya conocía gracias a Inmundo: Debía llegar a la Isla del Destino.
Al día siguiente le pregunté cómo llegar a la ciudad de la que había hablado en la historia, ciudad en la que residía aquél que me podía dar toda la información que necesitaba, aquella ciudad llamada Tirian.
- Sigue hacia el sur, hacia las montañas, hasta que veas una gran ciudad alzándose entre las rocas, amigo. Una vez allí, busca una gran plaza y pregunta por un hechicero majara.
No sabía lo que era una plaza, pero Inmundo me lo explicó rápidamente.

Tras despedirnos, ese grupo de humanos prosiguió su camino hasta una ciudad llamada Phonterek y yo emprendí mi viaje hasta Tirian.


Por suerte no me hallaba muy lejos y apenas tardé unos pocos días en llegar.
Sin quitarme las gafas de la cara, conté mis pertenencias con prisas, para asegurarme de que al menos todas mis bombas seguían en su sitio. Efectivamente, mis doce bombas flamígeras y mis cinco destellantes seguían donde debían, así que entré a pie en aquella gigantesca urbe.
Era la primera vez que pisaba una ciudad y no tenía tiempo para distraerme con los humanos que allí residían. Corrí como un poseso por todas partes hasta que llegué a algo similar a un claro del bosque entre todas esas viviendas; la plaza, mi destino.
Un coro de extraños se agrupaba alrededor de una de las puertas. Seguro que era la del hechicero, ¡seguro! ¡Y esos también querían conseguir el tesoro para que Juliana les enseñara sus nidos! ¡Oh, no, esos escarabajos de bronce iban a ser míos!
Me apresuré, llegando a tiempo para escuchar como uno de los presentes, que parecía dos o tres yo unos sobre los otros, y que evidentemente no era humano, se presentaba ante alguien con pintas muy raras.
Estaba demasiado cerca de ese muro de carne que fácilmente podría acabar conmigo de un pisotón si se lo propusiese en caso de querer quitarme de la competición, por lo que decidí pararme donde estaba, a unos dos metros tras su brazo izquierdo, donde alcanzaba a ver y escuchar todo lo que ocurría. Desconocía completamente las reacciones de esa mole y sería mejor jugar con cabeza puesto que en fuerza tenía las de perder. No abriría la boca de momento para asegurar mi integridad.
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Nalhban el Jue Abr 16, 2015 11:49 pm

“Escucha hijo mío… en este mundo hay más de lo que los ojos pueden ver y mucho más de lo que el corazón puede oír. “
 
 
Ixiyal, Chaman Padre.
 
Y el brujo se encontraba caminando por las orillas de un oscuro mar. Las rocas eran azotadas con furia, limpiándola de cualquier ser que intentara aferrarse a ellas. La arena se hundía con cada uno de sus pasos y en el cielo, ninguna ave surcaba su infinidad. ¿Acaso era ese el lugar del que había escuchado hablar? Su piel estaba fría, como si aquel lugar careciera de vida, pero los lúgubres arboles que se internaban, dejaban esa duda en sus labios. Pasó a paso, surcando enormes rocas y arena de conchas y cristales. Poco a poco comenzó a subir y las aguas a alejarse, como si se alzara en la tierra, subía por el borde de un alto acantilado. A lo lejos, nada más que oscuridad, las aguas negras y profundas, como fauces de bestia, esperando su primer bocado.
 
Fue cuando piso lo más alto, que se dio cuenta del lugar, y como si un puñal se incrustara en su corazón, llevo su mano a su pecho … como un viejo recuerdo de la infancia, que sea olvidarse, cual pesadilla recurrente y terrible pesar.  No muy lejos, se levantaba una estructura totalmente distinta. ¿Había sido hecha por el hombre? ¿Un extraño capricho de los dioses o la naturaleza? Como un gran obelisco, gastado por los incontables siglos, semejándose ahora a una negra y fría guja, se levantaba desde la misma tierra, como si hubiera surgido desde esta. Atado a  esta, un viejo esqueleto, sus ropas desgarradas, sus muñecas encadenadas de forma cruel y grotesca. Nalhban no podía dar un paso hacia ella… porque lo oía, era algo leve, pero con cada latido aumentaba, gritos, suplicas, maldiciones y palabras que se entremezclaban con llantos. Era el esqueleto, los restos mortales  de algún ser humanoide, quizás un hombre, quizás un elfo, su voz estaba tan distorsionada por su paso por aquella línea, la cual separaba a los vivos de los muertos.
 
 Los gritos aumentaban, poco a poco se volvían insoportables y el goblinoide, tapo sus largas orejas, en un vago intento de que el sonido desapareciera. Pero no lo hacía, hasta que cayendo de rodillas, escucho algo diferente, mientras la imagen de la aguja y el esqueleto, desaparecía, tragados por la oscuridad. Frente a él, un viejo goblin, piel arrugada y varias verrugas, cicatrices cubrían parte de sus brazos, mientras que los cráneos de muchos animales adornaban su cuello y cintura. El goblin, olfateo el aire, como buscando un aroma en particular, con aquella ganchuda protuberancia.  
 
Nalhban lo reconoció de inmediato… el brujo que le había criado, su padre por derecho y a quien había dejado ya tantas lunas por su propio pedido. Ixiyal, padre, le miraba, con la misma sonrisa amable que siempre lo había hecho. Sus dientes amarillos o sus labios marcados por el sol y la edad, no eran bellos o reconfortantes para alguien que no  se hubiera acostumbrado o criado con ellos.
 
La mano del brujo se movió hacia el horizonte, donde aparecía una pequeña masa de tierra, bañada en oscuras aguas. –Su castigo ha terminado hijo mío… es hora de que su alma descanse, antes de que se retuerza más de lo que esta… Nal… cumple mi pedido… busca el lugar donde aguarda le condenado y dale la paz que merece…-
 
El brujo despertó, con violencia, la fogata se había vuelto simples brasas, el sudor frio recorría la espalda del goblinoide, mientras llevaba su mano hasta le rostro, sintiendo como estaba fría… había sido un sueño bastante lucido… demasiado quizás. Dejando la simple manta que el servía de cobija, de lado, se levanto, caminando hasta el rio, que bañaba sus rocas a pocos metros. Despojándose de sus ropas se interno en las frías aguas, para despejar su mente y sentir algo más que el frio nocturno… debería de hacer un largo viaje, uno que no tenia guía que le ayudara… debería de confiar en los espíritus, aunque eso le costara la vida.
 
Las palabras de su padre aun rondaban en su cabeza, cuando el alba despunto entre las lejanas montañas y el campamento había desarmado. Su paso era tranquilo, únicamente guiado por lo que dictaban los espíritus que ante él se presentaban. Fueron días de cansado camino, recorriendo bosques, comiendo hierbas y raíces, la carne del conejo era un manjar para un cuerpo cansado y las noches, una ventana para escuchar a los antepasados y el susurro del bosque. Fueron días que el brujo vio muchas cosas, desde la lucha del poderoso oso, hasta el semblante derrotado de un caballero herido. Escucho el llanto de los niños, que tras jugar, habían tropezado y caído. Vio granjas humanas, chimeneas que elevaban torres de humo. Siempre lejos de aquellos que no conocía, siempre atento a las palabras de los antiguos o de sus sueños.
 
Cierta noche, mientras el fuego ardía y los arboles se mecían con el viento, el brujo se encontraba masticando hierbas amargas, mescladas con ciertos hongos traídos de Uzuri. El sueño pronto se hizo presente, el fuego danzo como si tuviera vida y los sentidos se desfiguraron, el arriba era abajo, el frio calor y el calor frio… los ojos del curandero se tornaron blancos, al volverse sobre sus cuencas y cayó en un sueño, un sueño de premoniciones  e imágenes de uno de los tantos futuros que deparaba a ese mundo.  Entre brumas de colores inimaginables, escucho el canto de criaturas monstruosas, flautas de sonidos indescriptibles sonaban en el ambiente y la tierra era barrida por el viento huracanado. Largas filas de hombres caminaban,  en cuatro patas, gruñendo y babeando, mientras que bestias que caminaban como humanos les guiaban con azotes y gritos.
 
Y se vio a sí mismo, observando aquel delirante paisaje, donde agujas negras se elevaban hacia el cielo y bestias aladas surcaban las alturas. A su lado, observo un anciano, vestido de harapos hechos girones, levanto su mano y con su carcomido y delgado dedo, apunto hacia el norte, mientras hablaba en un idioma tan antiguo que el brujo no comprendía. El goblinoide no tenía miedo e aquellas visiones, pero con cada uno de estas, despertaba sudando frio y debía de meditar durante largas horas, buscando respuestas a sus preguntas.
 
Una extenuante caminata, comer lo que otorgaban los caminos y los bosques, cazar lo que cayera en trampas simples y dormir bajo las estrellas, al lado de una fogata que siempre se consumía.  Fue en esos momentos cuando llego a una ciudad. Sus altor muros eran diferentes a los fuertes arboles y los individuos en su interior, tan variados como las setas que crecían en los campos. Su caminar era lento, observaba todo a través de su máscara de madera, pero aquellos seres tan diferentes eran como bestias esperando una nueva víctima. Quizás los hombres y mujeres hacían sus vidas como normalmente lo hacían. Pero para el brujo, aquello era nuevo. Entre tantos seres, los espíritus aun rondaban. Esencias atadas a lugares o a seres. No eran notorios a simple vista e incluso un brujo tendría problemas para observarlos… pero ahí estaban. Algunos correteaban entre las piernas de los hombres. Otros se posaban en sus hombros y susurraban palabras que no serian oídas. Otros vigilaban, encerrados tras los cristales de las casas.
 
Sus distraídos pasos se alejaban de muchos lugares, temiendo por lo que golpeaba los cristales de las ventanas. No todos los espíritus son bondadosos, no todos los espectros anhelan ser vistos. Algunos se mantienen encerrados en su propio dolor, otros solo desean seguir con sus vidas, sean buenas o malas. Mientras avanzaba, siempre guiado por una mano invisible, su andar se detuvo, mirando por una vieja y sucia callejuela, lo observo. Un ser, tan alto como uno de los viejos trolls de la jungla y tan delgado que parecía ser puros huesos. Estaba inclinado sobre un bulto, conocía esos seres… son los que se alimentan de los espíritus más débiles, uno de los que incluso los más viejos no se atreven a hablar.  
 
Sin dudarlo, el brujo se giro y camino hacia el ser, el cual al sentir que alguien le observaba, se marcho, como si supiera algo que solo los muertos saben. El bulto era un niño, un ser joven, su respiración era errante y no quedaría mucho para que dejara ese mundo. Sacando su bota de agua, le dio algo de agua, el pequeño bebió, sonriendo apenas, mientras cerraba sus ojos lentamente, con un “Gracias” a medio decir. Había muerto… sus manos eran delgadas, había pasado hambre y frio de seguro… la vida para los que no tienen anda no es fácil, y aun menos para aquellos que no pueden trabajar por ser muy jóvenes. El brujo aguardo, los minutos  pasaron y cuando el espíritu del  niño había abandonado ese lugar, únicamente se levanto, implorando a los espíritus de los antiguos, que aceptaran al chico, y que le guiaran en el nuevo camino que debía de seguir.
 

Tras salir de la callejuela, los observo… eran un grupo extraño, todos aguardando frente a una puerta, mujer y hombre, un gran ser y uno que poseía alas… cada uno acompañado por las sombras de aquellos que le aferraban. Unos pequeños, otros enormes, algunos fuertes, otros débiles. Uno poseía muchos, todos correteando, arañando pero sin lastimar, como gritando por una injusta muerte. Otro aguardaba, estoico, tan grande como una casa… como una montaña que no se movería. Otros eran más simples, tal como lo eran en vida, estaban juntos, observando atentamente.  Cada uno poseía la sombra de alguien o de algo del pasado… fue cuando un hombre salió desde la puerta, que la mirada del brujo se poso en el… había algo sobre su espalda, algo que apretaba su cuello… algo que no tenia nombre, pero que le atraía y sin darse cuenta, sus pasos le habían llevado al primer escalón de aquel alto precipicio…
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Veronika el Vie Abr 17, 2015 1:45 pm

Mi viaje hacia el sur de Noreth continuaba después de detenerme en aquel cristalino lago junto a mi fiel escudero Jack Daniels. Durante dos días nos adentrábamos más en la espesa arboleda, hasta que encontramos una aldea, en un amplio claro, por el cual pasaba un rio, donde poder descansar. No era muy grande, ni poseía una riqueza vasta, pero en cuanto nos vieron llegar, los habitantes de la pequeña aldea nos ofrecieron comida y cobijo, sin siquiera nosotros pedirlo, cosa que me extrañó, pero agradecí ampliamente.
Desmonté de las lomas de Fyodor, y le llevé hasta un corral donde había otros animales, de granja principalmente, donde éste buscó una esquina para tumbarse a descansar. Mi escudero me acompañó, dejando también a su asno, no sin antes desmontar la carga del lomo de aquel animal.Uno de los aldeanos, concretamente el dueño de aquella casa donde se nos ofreció un lugar cómodo para dormir, se acercó a mí al verme, y me observó con detenimiento dejar a mi corcel en el interior del pequeño cerco de madera.

- Por aquí no suelen venir muchos extranjeros. Pero se agradece la visita. Nunca está de más ver gente de otros lares, y conocer noticias acerca de lo que hay allí fuera.

Repuso una voz tras mi espalda. Me giré lentamente y me vi frente a un hombre muy alto, bastante más que yo, de anchos hombros, piel curtida y aspecto fornido. Tenía las manos y el rostro arrugados y sufridos por la intemperie, seguramente de haber invertido muchas horas de su vida en el trabajo con el bosque. Vestía un mono gris, y una camisa a cuadros de aspecto ligeramente descolorida y usada. Y sus cortos cabellos negros junto con todo lo demás le daba un aspecto de leñador muy particular.
No, señor. Se os agradece a vos por vuestra amabilidad y hospitalidad. No habéis dudado ni un solo momento en invitarnos a pasar la noche con vosotros, y os lo agradezco.
Puse mis brazos a mi espalda, y me incliné hacia delante, inclinando sobre todo la cabeza en una corta reverencia, tras lo cual me puse en posición erguida y firme, con el pecho hinchado de aire.

Perdóneme que no me presente. Mi nombre es Veronika Vozkonovich, y soy una paladina. Y el hombre que me acompaña es mi fiel y único escudero, Jack Daniels.Pasábamos por aquí de viaje hacia el sur, en busca de otras ciudades, y gente a la que poder ayudar.

Repuse esbozando una sonrisa, que aunque denotaba seriedad en mi semblante, se mostraba sin atisbo de vergüenza, sino de orgullo y plenitud.

El hombre tuvo un cambio de expresión total en su rostro, pero a pesar de aquella pequeña y extraña incidencia, forzó una sonrisa en sus labios resecos, y nos dirigió a mí y a Jack hacia su cabaña de madera, que se encontraba lindando la espesura de la arboleda que rodeaba las casas del poblado.

Una vez que llegamos a su casa, Jack dejó la carga, que llevaba sobre sus brazos y espalda, en una pequeña sala que señaló el dueño con la mano. Yo por mi parte seguí al dueño hasta una estancia amplia, donde había una chimenea, una mesa, y una encimera de madera. Probablemente fuera tanto cocina como comedor, todo junto en una misma sala.

Tomó asiento, indicándome el contrario, justo frente a él, y haciendo caso de sus señas, posé mis posaderas sobre la silla de madera que se me ofrecía, teniendo cuidado de que mis fieles espadas no tocaran la silla y la dañaran por accidente. Entonces apoyé los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos de los guanteletes, y con la espalda recta, le miré con atención.

El hombre me ofreció una manzana que tenía sobre la mesa, pero negué con la cabeza suavemente.
Verás… Cuando he oído que sois paladín, recordé algo que aconteció aquí hace escasos días. Mi hijo y un grupo de amigos suyo, oyeron tiempo ha de una leyenda que rodeaba una isla, que se encuentra no muy lejos de aquí. Se trataba de una isla en cuyo interior se escondía un enorme tesoro, o eso creían ellos.

- Perdone que le interrumpa, señor, pero ¿Por qué me dice todo esto?¿Sucede algo?

El hombre inspiró hondo, y expulsó el aire por los labios en un suspiro fugaz, que rompió el silencio de la sala durante unos segundos. Tras un tiempo indefinido, que pareció ser mucho más largo de lo que probablemente era, el hombre levantó la vista hacia mis ojos y juntó las manos
Mi hijo no ha regresado. Fueron a la Isla del Destino y no volvieron nunca. Y… me preguntaba si…

¿Si pudiera ir a buscarle tal vez, allí, y comunicarle nuevas acerca de su paradero? Sin duda, señor. Es lo menos que puedo hacer, después de su amplia hospitalidad, y es mi deber como sierva de Helios. Trataré de remover cielo y tierra para encontrar lo más posible acerca de su situación.

Todo lo que dije, sumado a la razón de que no tenía nada importante entre manos, era suficiente para aceptar su propuesta. No había más que hablar, sin duda ninguna.

¿De verdad, caballera? Mil gracias. No esperaba que fuerais a aceptar con tanta presteza. No dudéis en que si conseguís que vuelva sano y salvo, os recompensaré con lo que sea

Acerqué mi mano enguantelada hacia su mano y se la sostuve con firmeza, pero con bondad.
No es necesario, señor. Yo lo hago para devolverle el favor, y porque quiero. No os preocupéis por ninguna recompensa, es probable que la necesite más que yo

Repuse mirándole fijamente a los ojos. Durante unos segundos hubo un atisbo de incertidumbre sobre las facciones faciales del hombre, pero relajó sus músculos y suspiró.
Bueno, por ahora no le prepararé nada. Por ahora… Ahora es importante que descanséis y comáis con decencia

Repuso el hombre, tras lo cual, se levantó de su asiento, y se dispuso a irse hacia otro cuarto que habría al fondo de la casa, volviendo con una pieza de carne blanca y roja, tiznada con pequeñas pizcas blancas, probablemente salazón.
Jack le acompañó en la cocina para ayudarle, y pudimos disfrutar de una agradecida cena, y un descanso merecido.

Al día siguiente, partimos durante el alba, y antes de que nos marchásemos, el hombre se acercó a nosotros.

Buscad a un hechicero que hay en Tirian. Él lo sabe todo acerca de esa isla. Lo encontrareis en una plaza, en la parte más céntrica de la ciudad. Es fácil encontrar su casa

Le agradecí la información con una pequeña inclinación de cabeza, y entonces monté a lomos de mi fiel corcel, y marchamos hacia Tirian.

No estaba muy lejos, por lo que el viaje duró apenas unas horas, y nos dirigimos directamente hacia la plaza central de la ciudad.

Pero para mi sorpresa, no debía de ser la única que iba hacia allá, además de Jack, y nuestras monturas. Frente a la puerta, había una muchacha de cabellos violeta, observando a un hombre de aspecto joven, cuyos ojos denotaban una posesión de poder importante. Junto a ella, un enorme hombre, o eso parecía, dotado de una musculatura que no parecía humana. No llevaba mucha ropa encima, pero ¿qué le podría decir yo al respecto? Nada, desde luego.

Por los dioses, hasta a mí me provocaría respeto luchar contra ese… caballero

También me fijé en la presencia de una figura con capa, a un lado de la casa, un pequeño chico con alas junto al gigante, y también un extraño, supuse, hombre, de músculos desarrollados y escasa muestra de ropa. No era del todo correcto, pero supongo que no tenía tampoco que meterme en medio de la vestimenta de la gente.

Descendí del caballo, y le dejé las riendas a Jack, quien se quedó esperando allí, hasta que yo volviera.

Avancé hacia el variopinto grupo y me detuve en la esquina de la casa, entre el ser encapado y el extraño escaso de ropa, esperando a que todas estas personas acabasen con sus quehaceres para poder inmiscuirme yo con el que yo supuse que era el hechicero


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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Janna Tanya el Sáb Abr 18, 2015 6:52 pm

El hechicero se mantuvo escuchando a los presentes frente a su puerta, asombrado por la cantidad de personas que había allí a su alrededor.
Levantó el brazo con solemnidad, y un búho real de pardas alas aparecióse deslizándose sobre el aire con sus alas extendidas desde el interior de la casa, tras lo cual se posó grácilmente sobre su brazo, girando la cabeza con curiosidad.
El hechicero se rascó la barbilla con la otra mano y carraspeó suavemente, tras lo cual, paseó la mirada entre los presentes, e incluso, se puso a mirar la pared, detrás de la cual estaban dos mujeres de las 3 que allí había.

Bienvenidos pues seais a mi humilde morada. Deduzco que venís buscando información importante sobre vuestras cosas. Pasad, por favor, incluso los que no habéis dicho vuestro nombre.

Repuso el hechicero, tras lo cual se internó en la casa. La primera sala parecía pequeñita, una sala redonda, en la que apenas cabrían 3 personas, pero en cuanto se internó éste hombre, la sala pareció mucho más grande, como que pudieran caber allí 20 personas sin siquiera molestarse, aunque mantuvo su forma. Dicha sala no tenía puertas, ni ventanas, ni ningún mueble. Sólo tenía una especie de claridad, pero no provenía de lámparas, ni del sol, ni de la llama de nada. Era como si simplemente, hubiera luz ahí, de una fuente desconocida.

Todos hubieran de entrar si querían enterarse de lo que quisieran conocer, y en cuanto todo el mundo hubo sobrepasado la puerta, la puerta se cerró sola. Entonces, y sólo entonces, aparecieron sillones amplios de tono rojizo oscuro, aparentemente hechos en terciopelo, y de asiento cómodo. El hechicero tomó asiento en uno de éstos y señaló el resto ofreciéndolos a sus inesperados invitados.

- Deduzco que en realidad queréis saber algo muy concreto, todos vosotros. Mi nombre es Tristán, y os agradecería al resto que os presentarais también. ¿Quereis saber más sobre la Isla del Destino, no es así?

Repuso clavando su extraña mirada en cada uno de los presentes. En realidad sabía los nombres de todos, pero quería que todos se presentasen, con respecto a los demás sobre todo.

¿Y qué queréis saber? Podéis preguntarme, de hecho… Es el único momento en el cuál tendréis a alguien para poder contestar vuestras más prontas dudas con presteza
Si bien la señorita Malina decía querer saber más sobre geografía, sabía bien que quería algo más acerca de aquella isla, al igual que el resto de gente. El búho realzó el vuelo y fue a posarse sobre el hombro de Malina, haciendo notar su notorio peso sobre sus músculos. Se detuvo a mirarle a los ojos, girando la cabeza, y entonces frotó sus delicadas plumas contra la mejilla de Malina, esperando a que ella respondiera a su amo. También el hechicero estaba pendiente de que el resto se dispusiera a alzar sus dudas, pero mayormente, lo que quería es que las alzaran frente a los demás


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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Keznaryan el Lun Abr 20, 2015 4:29 am

El majara, como Inmundo lo había descrito en su día, extendió su brazo y algo se deslizó volando desde el interior de la casa hasta posarse en el mismo. ¡Era un búho, uno precioso!
La verdad es que sólo había oído hablar de los hechiceros en algunas ocasiones por boca de los ermitaños, pero nunca me habían dicho que fuesen buenos amigos de los pájaros. Comenzaba a agradarme aquel individuo aunque tuviese esas pintas tan extrañas.

Aún admiraba la belleza de aquella ave cuando el hechicero comenzó a hablar:
- Bienvenidos pues seáis a mi humilde morada. Deduzco que venís buscando información importante sobre vuestras cosas. Pasad, por favor, incluso los que no habéis dicho vuestro nombre.


¿Lo decía por mí? No había problema, se lo haría saber, a fin de cuentas todos los que amaban a los emplumados habrían de ser buenas personas. Seguro que él también quería vengarse de los gatos y con estas cosas en común probablemente me daría más información que al resto.

En cuanto salí de mi ensimismamiento observé que el hombre ya estaba entrando en su morada. Mi menté se vació casi por completo y el entusiasmo llenó el espacio libre. Como solía pasarme a veces, actué precipitadamente olvidándome del riesgo a ser pisoteado por aquel gigante. Me moví veloz entre la mole y una human con un color de cabello un tanto llamativo, tratando de no rozar a ninguno, y entré en la casa tras el chiflado. Mientras lo hacía, incapaz de contener la emoción, grité mi nombre a voz viva usando la abreviación que más respeto implicaba: ¡Soy Kez!




Llegamos a una habitación circular, sin nada dentro, iluminada por una fuente de luz que no lograba encontrar pues no había ventanas ni puertas, que pareció volverse más grande en cuanto el que me precedía puso un pie dentro.
¿Cómo había hecho eso? Precavidamente comencé a observar las paredes desde el sitio tratando de encontrar algún mecanismo, pero no hallaba ninguno. Y entonces unos sillones rojos aparecieron de la nada, provocándome un sobresalto. ¡¿Qué estaba pasando en esa casa de locos?! ¿Acaso era eso lo que en su día me dieron a conocer como magia?
Ese hombre se sentó y nos ofreció a hacer lo mismo, a mí y a los que nos siguieron hasta ahí.

No dudé por un segundo en aceptar la oferta, ¡y bien que hice! Esos sillones eran más cómodos incluso que uno de mis nidos. Me hallaba frente a él y a mi izquierda estaba la chica de antes.

Y de nuevo habló:

- Deduzco que en realidad queréis saber algo muy concreto, todos vosotros. Mi nombre es Tristán, y os agradecería al resto que os presentarais también. ¿Queréis saber más sobre la Isla del Destino, no es así?


Yo no creía necesario presentarme de nuevo.

Su mirada recorrió a cada uno de los que estábamos allí sentados y cuando llegó a mí, me fijé por primera vez en que tenía unos ojos muy peculiares respecto a los de los humanos que conocía.



- ¿Y qué queréis saber? Podéis preguntarme, de hecho… Es el único momento en el cuál tendréis a alguien para poder contestar vuestras más prontas dudas con presteza


El búho se situó en el hombro de la que estaba a mi zurda. ¡Pero que búho tan listo! Él también se había fijado en que esa humana tenía nidos de goma y de seguro que quería descubrir como hacerlos… Las féminas y su habilidad especial hacía que los machos nos desviviésemos por ellas, acababa de darme cuenta de que no era solo yo.
Pero había algo más importante que tenía que hacer ahora, debía formular mi pregunta antes de que se me adelantasen para así conseguir esos kulls y volver a por Juliana, aunque quizás, con suerte...
Tenía que llegar el primero, así que la pregunta era evidente.

- ¿Cómo llego hasta la isla?
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

Mensaje por Malina el Miér Abr 22, 2015 10:27 am

Un murmullo incómodo se hizo sentir en los oídos de Lewe: rodeada de un variopinto grupo, todos con la misma premisa, o eso se daba a entender de buenas a primera. Una apreciación cada vez más vaga de “distanciamiento” se hacía presente en estos casos: como si la consciencia le obligara así recordar que era un humano tan normal y silvestre, que perdía toda la gracia de las otras criaturas que le acompañaban; sin embargo, siguió el camino opuesto a la inferioridad: asociando su crianza recluida entre las paredes de la casa, y la noche como escenario para poder salir y ver solo el aspecto oculto de las cosas, logró conseguir un buen criterio. “Buen” y retorcido criterio. Ese que  se enrollaba y distendía en los parajes de su vista y de sus pensamientos.

“¿Está tan  impresionado?” pensó para sí, al ver su rostro solemne enmarcar una sorpresa ante la comitiva que se hallaba frente a la puerta - ¿Más? – inquirió  sorpresivamente, inevitablemente giró el cuello, “vaya… Más interesados”. Luego de la bienvenida de aquel hombre, Malina obedeció, ingresando a la casa sin chistar. Era sin embargo, indescriptible la sensación de verse rodeada de todos ellos, ¿tendrían una idea fija y clara de lo que querían? ¿O tal vez solo tenían especulaciones vagas como ella? Tortuoso era el silencio, pero al parecer a uno de ellos no le importaba: un joven bastante peculiar, alado, avanzaba torpemente entre ellos, pasando cerca suyo y del… ¿orco? Presentándose con un entusiasmado “¡Soy Kez!” a lo cual, Malina no pudo sino mostrar una vaporosa sonrisa. No estaba del todo clara, pero de lo que sí tenía plena seguridad era que, del grupo, no reconocía el origen de ninguno.

A medida que ingresaban a la morada, la creencia de que no iban a caber todos, se fue disipando rápidamente. La misma velocidad con la que la habitación se amplió frente a sus ojos, no pudiendo evitar dejar escapar un “oh”, tan coloquial como inocente. “¿Les será común a ellos?” se preguntó. Y a juzgar por la reacción del chico anterior, se respondió a sí misma con un escueto “no”. A la par de sus conjeturas y reflexiones, la mujer no dejaba de embelesarse por el magnífico ejemplar de búho que reposaba altivo sobre el hombro del anfitrión: era bello, y a simple vista, suave. Invitó a tomar asiento despreocupadamente, sobre sillones rojos aterciopelados, muy cómodos. Casi de ensueño. Malina no cabía en sí de dicha, aunque no podía dejar de sentirse presa de una sensación de extrañeza, de un momento a otro un golpe de abrupta sinceridad le asaltaba las palabras “¿tengo, realmente claro, el por qué estoy aquí?” se preguntó, frunciendo el ceño delicadamente, tomando con uno de sus dedos el mentón. Su nombre, Tristán, le pareció armónico a los oídos, con un toque musical y solemne – tiene usted un nombre muy particular. Hace gala a su aspecto – no menor era el detalle en el que había incurrido: a pesar de su contextura y aspecto superficial, los ojos y esa mirada tan profunda, te hacían entender, por murmullos de instinto, que aquel no era un anfitrión normal y silvestre. Y su mirada clavada en cada uno de los presentes, no hizo más que ahondar en un misterio perturbable a ojos humanos. Ojos inexpertos.

La presteza para responder las inquietudes fue otra actitud que demostró aún más ese perturbable misterio que acarreaba su persona. ¿Cuán pesadas e inescrupulosas podían ser sus dudas? Una pregunta frecuente en la mesa de trabajo, mientras realizaba maniobras típicas de elaboración de pinturas y limpieza de pinceles. Como si aquello fuera una especie de atracción, el búho fue a parar al hombro de la atormentada Malina; el peso de su cuerpo junto con sus garras acomodadas sobre su escuálido hombro, parecían haberse fusionado, haciendo pesar más sus dudas e inseguridades. Era una maldición ser tan callada.

¿Eh? –musitó sonrojada, con los ojos abiertos de par en par: el búho la miraba, vehemente y silencioso. Se quedó quieta, acompasando su respiración, quedando en el lindo funesto de la irrealidad que estaba empezando a emerger, con la realidad que se quedaba afirmada en las caricias del búho hacia ella, -sus plumas son tan suaves- repitió por inercia, escuchándose un tono suave, melodioso, embobado. 

Afortunadamente, el avezado chico de antes, volvió a lanzar una pregunta efusiva, posiblemente compartida por todos los presentes “cómo llegar a la isla”. “Y para qué quiero llegar a la isla” se preguntó, confusa, aún con el búho e su hombro. “No sería raro, emprender un viaje sola. Más lejos de lo que ya estuve de esa cordillera” resopló, echando una mecha de cabello para el lado, ahora sin dejar de acariciar la cabeza del búho con uno de sus dedos – Quizás, esté incurriendo en una falacia terrible, Tristán – comenzó a hablar – sin embargo, creo haberle expresado mis inquietudes al principio, cuando se abrió la puerta.“menuda desconsiderada que soy. Ni siquiera sé bien qué hago aquí”Si llego a la isla, ¿qué es lo que podremos encontrar allí? Se desprende un halo lúgubre cada vez que lo menciona – respondió con serenidad la joven Lewe.

Tal vez, una parte de ella gritaba desesperadamente por salir y enfrentar a Tristán con desdén, elucubrando un fundamento más pasional , pero si ni ella misma estaba segura de lo que deseaba ¿ por qué exponerse a expresar una inquietud que, en realidad, no era la correcta? Fue ahí cuando el recuerdo fugaz de su madre se le vino a la cabeza, reprochándole muda, que aquel comportamiento tan ordenado y meditabundo no le permitiría más que seguir un camino previamente trazado. Tal vez Tristán y se haya dado cuenta, que el peor temor de Malina, era obrar sin tener pleno conocimiento de lo que hacía. El pánico a no dominar sus emociones… En fin. La pregunta estaba hecha. Lo que sucediera de ahí en adelante, ya tendría su momento de reflexión.
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Re: Partida: La isla del destino [Mivam, Nalhban, Malina,Rouge, Keznaryan, Veronika]

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