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¡El pájaro loco por los gatos!

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¡El pájaro loco por los gatos! Empty ¡El pájaro loco por los gatos!

Mensaje por Keznaryan el Jue Abr 09, 2015 7:01 am

Anochece, llevo varias horas volando, y la fatiga comienza a mermar mis fuerzas. No me queda apenas agua, con suerte un par de gotas, y hace ya algún rato que no veo ningún insecto por los alrededores. Un buen escarabajo bien nutrido calma la sed, pero parece que el viento que desde hará media hora lleva soplando los ha espantado.

No es de extrañar, pues es viento de tormenta, y cualquier buen cazador de insectos sabe bien que si es fácil encontrarlos tras éstas es porque con anterioridad todos han ido a buscar cobijo bajo alguna piedra, en un árbol o…

- Cobijo…

Dormir en lo más alto de los árboles sin duda es genial: te proteges de la mayoría de depredadores, puedes observar las estrellas mientras duermes y además puedes despegar en cualquier instante. Sin embargo, si algo aprendí en el bosque, es que los rayos no son buenos amigos de los gigantes verdes, y por ende, tampoco de un sueño apaciguador para mí.

No me queda más remedio pues, que buscar alguna cueva o construirme un refugio a ras de suelo.
- No, esta segunda opción no es viable, hay demasiado viento y un par de palos fuertemente atados no lo soportaría… ¡Y maldita sean las cuevas!

Todo en los alrededores son árboles… Todo excepto un claro a lo lejos, junto a lo que parece, desde lo que alcanzo a ver, un río. Puedo divisar algunas casas…

- ¡Es mi día de suerte, dos gatos de un bombazo!

La felicidad abate a la fatiga, dándome un gran impulso de velocidad en lo que me dirijo al pequeño pueblo.
Esta felicidad no es por haber encontrado lo que podría perfectamente ser cobijo para esta noche, no, ni nada más cercano… ¡Va a ser la primera vez que hable con gente distinta a los que ya estoy harto de ver!

Casi he olvidado ya que me persigue una feroz tormenta, que tengo sed o que tengo que conseguir ese refugio como sea. Ahora todo en mi cabeza es encontrar el saludo ideal para conocer todo lo posible sobre aquellos humanos tan distintos a simple vista de los que acostumbraba a tratar.

- “¡HOLA, HUMANOS!”… No, no, ¡NO! Demasiado eufórico… ¿¡VUESTRAS SEÑORAS TIENEN NIDOS QUE BOTAN?! No, no… ¡NO! Demasiado eufórico, y además, quizás no quieran enseñarme a hacerlos… ¡Me echarían a patadas!

Cualquiera que me viera en esta situación tranquilamente me tacharía de loco.

Ya han pasado diez minutos y no sólo la tormenta ha cogido carrerilla, sino que me ha tomado la delantera, ¡y por tanto!

El poblado se encuentra a unos trescientos metros, más el descenso, ¿debería llegar volando o se asustarían? Realmente, no sé si están acostumbrados a tratar con los de mi categoría. Los adultos siempre me decían que los humanos estaban tarados y que por nada del mundo me dejase ver por ninguno. Una lástima que yo ya no sea un niño para obedecer sus indicaciones.

Como si de hongos surgiendo de la corteza de un robusto olmo se tratase, aquel poblado lo hace de la tierra. Hasta diez casas pueden contarse, todas distintas a la vista pero con un algo en común: están hechas de madera y es seguro que cualquiera me vendría mejor para dormir que un nido en las alturas.

Todo bajo aquellas cabañas se resume en hierba, y no es de extrañar, pues el río da mucha vida a su alrededor.

Un denso río, no muy ancho, de unos seis metros de margen a margen, cubre el lado contrario al que me hallo, separando a casas y el bosque, que vuelve a erguirse. La pendiente ejerce una gran fuerza sobre el agua, que a más avanza, más rápido corre.

Las cabezas de enormes rocas asoman de cuando en cuando entre estas aguas, desesperadas por obtener algo de oxígeno. Esto es un claro indicativo de que el río es más profundo de lo que a la vista divulga.
Hay indicios de que en algún momento hubo un puente atravesando dicho río, pero puede que hace mucho, pues los únicos trozos de madera que restan aún sujetos en la orilla estan podridos.

Entre aquellas chozas y el río hay gran multitud de lo que quizás hasta hacía unos días fueron cultivos. Ahora, sin embargo, solo se apreciaba la tierra, a falta de arar.

Los árboles que antes hubo bajo mis pies, quedan atrás, a modo de valla, cercando aquel conjunto de casas. Puede apreciarse como el viento arrecia en menor medida tras esta protección arbórea, dejando al poblado únicamente a merced del río y las estrellas.

Estrellas que hoy no alumbran el cielo, que son sustituidas por aquel matojo de pelos negros, de nubes llenas de rabia. Nubes que de un momento a otro comenzarán a llorar y a golpear contra todo, sin discriminación, quemando, electrocutando o partiendo en dos aquello que alcanzase su pataleo.

- ¿Qué…?

En pleno descenso salgo de mi ensimismamiento y me encuentro con algo inesperado: ¡GATOS! ¡GATOS POR TODAS PARTES!

La adrenalina se apodera de mí y no puedo evitar echar mano de mi meprendo, hasta entonces guardado en mi chaqueta.

Ya tengo mi segunda mano en una de mis múltiples bombas flamígeras, que oculto en mi bolsa rojiza, cuando observo que aquellos humanos corren detrás de semejantes atrocidades. ¡Es mi oportunidad! ¡Puedo hacer mi entrada triunfal acabando con aquellos gatos que al parecer ellos odian tanto como yo!

Pongo los pies en la tierra y echo a correr como un condenado hacia aquellos humanos que parecen desesperados, a la vez que la lluvia comienza a soltar sus primeras lágrimas.

- ¡YO OS AYUDO! ¡ESPERAD, QUE AYUDO!

Justo en ese momento, un hombre fornido, mucho más grande que yo, me agarra del bíceps izquierdo mientras intento encender la bomba, impidiéndomelo.

- ¡GRACIAS A LOS DIOSES! ¡Atrapa a los pocos gatos que quedan y mételos contigo dentro de casa! ¡Aprisa, que la tormenta no espera!

No sé si me siento intimidado por el hombre o porque su furia hacia los gatos es casi tan desmesurada como la mía… ¡Pensaba quemarlos dentro de una casa!

Sin más reparos echo a volar y los agarro como puedo: dos, tres, cuatro…hasta una veintena conté.

Si me falta tacto al agarrarlos, menor es la delicadeza que uso arrojándolos dentro de aquella choza.

Me siento sucio, sin embargo, el motivo lo merece. Este magnífico individuo ha construido una casa solamente para encerrar a una gran multitud de gatos y quemarlos vivos… ¡A todos de golpe!

Me quiere dentro con ellos, no sé si para impedir que escapen, hacerles algún tipo de tortura hasta el amanecer, o quizás, para cederme el honor de encender la hoguera por la mañana.

Han pasado unos tres minutos, y desde hace medio que llueve con suma fuerza. No es la lluvia lo único que ha caído en esos minutos, pues la noche ha terminado su presentación. Por suerte ya me encuentro entrando por las puertas de aquel purgatorio.

A pesar de la lluvia, el cuero de mi chaqueta apenas se ha visto afectado, necesita apenas unas horas para secarse, y lo mismo ocurre con mi camisa. Mis pantalones, por su confección externa, no requieren de este trato.

Abro la puerta sin más, dándome de bruces con un grupo de humanos, algunos hombres, otros mujeres, y algunos niños. Se hallan con telas, secando a los gatos. ¡Que inteligentes! Asegurándose de que están secos para que así prendan mejor.

La entrada, y a su vez habitación, y a su vez cocina, y a su vez todo excepto dormitorio, es inmensa. Y no me extraña, viendo el tamaño de la casa desde fuera. Hay unas escaleras a la izquierda, al fondo de la habitación.

En el centro hay una hoguera que sirve de cocina y fuente de calor central.

No puedo ver mucho más por el barullo que hay entre gatos y humanos.

¿Quién se toma tantas molestias en construir algo así para después quemarlo? ¿Tendré que enseñarles algo más rentable a cambio de cobijo?

- ¡Aquí está nuestra salvación! – exclama el fornido de antes, que se levanta y se pone a mi lado derecho, volviendo a sujetarme por el bíceps. -  De no ser por este pequeñín no podríamos haberlo conseguido a tiempo y algunos se habrían tenido que quedar fuera.

Todos me miran estupefactos, dirigiendo la mirada no sé si a mis alas, a mis orejas o a mi perfecto cabello, pero lo hacen, y no me incomoda.
Aquel hombre prosigue:

- Así pues, hoy pasará la noche aquí, con nosotros y nuestros felinos.

Algunas sonrisas, otras risas, y nada más, cada uno a lo suyo. Me agradan estos humanos, son sencillos y directos, y por alguna razón me siento bienvenido.

El fornido ahora se dirige a mi persona:

- Soy Tranto, chico. Esta noche te quedarás arriba, en la habitación con los gatos.

- ¿Me dejaréis hacerlos sufrir a solas? – Exclamo sin más. - Pensaba que alguno me ayudaría a darles su merecido.

Tranto suelta una carcajada. Supongo que se le ha pasado decirme que él vendrá a despellejarlos conmigo.
- ¡Mira que podéis llegar a ser divertidos algunos extranjeros! O al menos, los pocos que llegáis hasta aquí. ¿Cuál es tu nombre, pequeño?

¿Divertidos? ¿Pequeño? Es demasiado afable para asesinar sin piedad a cualquier cosa... Acabo de comprender lo que pasa aquí: ¡Aquellos felinos son sus mascotas! ¡Esas malditas bestias fingiendo ser mansas ante los ojos de esos ingenuos pobrecillos…!

- Keznaryan – respondo, quizás algo seco. Acaban de perder toda mi estima y por ello que no merecen poder llamarme por ninguno de mis diminutivos.

- Sígueme Keznín, te mostraré tu habitación por esta noche.

¿Keznín? ¿Pero qué…? ¡Menuda humillación…!  

Todo se ha tornado de mala manera, pero tengo que soportarlo. Mañana será otro día, y podré irme tan rápido apacigüe la tormenta.

Subimos por unas estrepitosas escaleras de madera carentes de pasamanos hasta llegar a un pasillo estrecho.

A pesar de tener las alas plegadas al máximo, los huesecillos que me sobresale de éstas haciendo de falsos dedos, aún rozan las paredes. Tranto, sin embargo, no cabe de fornido que es, y debe pasar de lado.

Cuento dos puertas a cada lado y entonces el pasillo se convierte en una “L”, mostrando cuatro puertas más en total. Al final, justo en frente, hay una ventana que da al exterior. En lugar de gotas de agua hay pequeños riachuelos a lo largo del cristal, y el viento arrecia con fuerza, haciendo vibrar la cristalera. Es impresionante como dos clavos y un pequeño garfio pueden retener tan bien su apertura.

Tranto me retiene por unos minutos, preguntándome si necesito algún tipo de provisión antes de marcharme, algo de cenar, o cualquier otra cosa.

A pesar de haber perdido todo mi respeto, sigue siendo muy hospitalario. Es buen tipo, y no recuerdo la última vez que alguien me haya tratado de esta manera.

Le pido alcohol, mucho alcohol, agua, y nada más. Ya comeré algunos insectos al partir.

- ¿Celebras algo esta noche? ¡Mañana no serás capaz de dejar el suelo! – me dice Tranto, mientras ríe.

- Oh, no, para nada. Voy a darles un tratamiento especial a vuestros… mininos – digo mientras miro con cierto asco al interior de la habitación.

Mientras me suben lo que he pedido, los niños se encargan de meter a los gatos en la misma habitación en la que yo dormiré.

- Aquí tienes todo, Keznín. ¿Qué les andas pensando hacer con tanto alcohol? – vuelve a dirigirse a mi entre risas, como si le hiciese gracia mi mera persona.

¿Es por ser bajito? Me gustan las bromas, pero no cuando vienen de alguien que no respeto.

- Oh, es para dejarles el pelaje brillante. Les voy a dar un peinado aceitoso. Es extremadamente bueno, créeme, soy un experto en estas cosas – suelto, mientras saco mi peine y comienzo a acicalarme el cabello.

Me cuelgo la cantimplora, esta vez llena, de la cintura, y tomo las cinco botellas de aguardiente.

Una vez dentro de la habitación observo el panorama: la habitación es amplia, o al menos la escasez de muebles da esa sensación. Una ancha cama se despliega en medio de la estancia, podrían caber hasta cinco como yo sin alas ahí, y sobre ella, se ancla a la pared una pequeña tabla de madera, en la que descansa la única fuente de luz de aquella estancia sin ventana: una larga vela. Más de una treintena de gatos se cuentan por los suelos, y sobre la cama se apretujan unos sobre otros, siendo realmente complicado decir un número exacto.

La sonrisa de maldad que se forja en mi cara se esfuma con tanta rapidez como aparece, tras notar un escalofrío subiendo hasta lo más alto de mi coronilla cuando un gato se frota contra mi pierna.

- ¡A mí no podéis engañarme malas bestias! – les susurro, pero ninguno parece inmutarse.

Alejo a todos de una esquina, en la que despliego mis pantalones-nido, y a su lado, el resto de mi ropa, y procedo a dormir. Tendría que ser una ardua tarea por el ambiente que me rodea, pero yo sé que esos gatos no pueden matarme habiendo humanos cerca, al igual que ellos saben que esta noche estan seguros, o eso creen…

Ninguno de los bandos puede dejar huellas de rivalidad esta noche para mantenerse a salvo, que sumado a mi cansancio, deriva en un sueño profundo de varias horas.

Apenas son las 4 de la mañana cuando despierto. Sin duda han sido unas amenas seis horas de sueño para mi sorpresa. No me he enterado de si hubo tormenta eléctrica, de si hubo conspiración gatuna contra mí, o de si alguna fémina hubo entrado a dejarme la receta de sus nidos que botan. Es una grata sorpresa. Ahora sin embargo, tengo que proceder con mi plan.

En primer lugar, vuelvo a apartarme la quincena de gatos que se arropan contra mí, y me visto al completo tras sacudir mi vestimenta de pelos.

Voy a odiar lo que estoy a punto de hacer, pero tengo que dejarlos perfectos.

Agarro mi peine y comienzo automáticamente con el procedimiento: tomar gato, mojar gato de aguardiente, peinar gato.

Al momento de empezar, la vela todavía no se ha fundido y pueden oírse los rastros de la tormenta. El viento azota con ganas la ventana, y el sonido llega hasta la habitación.

Los primeros diez gatos han sido horribles, me repugno a mí mismo, pero es lo que acontecerá por lo que merecerá la pena. El resto, sin embargo, los paso por alto, pensando en las siguientes partes de mi estrategia.

Para mi sorpresa, ningún gato se resiste a peinarse, de hecho, parece gustarles, lo que me hace pensar que son aún más estúpidos de lo que a simple vista parecen, a la vez que me dan ganas de rajarlos ahí mismo y hacerme unos pantalones de cuero, a juego con la chaqueta.

La vela se ha fundido, la mañana se ha comido las últimas migas de la tormenta, y los rayos de sol entran por el filo de la puerta.

Estoy acabando de peinar el último de los gatos cuando Tranto entra a despedirme:

- Keznín, creo que va siendo hora de lev… ¡Sálvenme los dioses! ¡Pero que preciosos – uno de los gatos salta sobre el fornido – y mojados que los has dejado! – y vuelve a reírse.

Empieza a desesperarme esa actitud suya, ¡realmente se está riendo de mí! Pero quien ríe el segundo, ríe mejor.

- Esto… Tranto… Me gustaría sacar a los gatos fuera para despedirme de ellos a ser posible. Nos hemos vuelto muy buenos amigos esta noche – Miento, como solía hacer continuamente ante mucho ermitaños, mostrándoles alguna clase de aprecio únicamente para obtener alguna ventaja, normalmente comida o enseñanzas.

- Claro que sí, Keznín, de hecho, nos vendría muy bien que lo hicieras mientras desayunamos. A no ser que te quieras unir a nosot…

- Yo sólo como bichos, Tranto, - le corto - así que iré afuera con los gatos – y me río de la manera en que él lo hace cada vez que habla conmigo.
Así, mientras todos desayunan en la sala principal, yo bajo con los gatos y me despido con un leve movimiento de manos.

La hierba de fuera sigue mojada, y los gatos impregnados en aguardiente, lo que me da libertad para hacer lo que quiero sin causar destrozos a aquellos humanos, que aunque insoportables e ingenuos, me han tratado con bastante respeto y aprecio.

Voy a devolverles el favor de la mejor manera posible y espero que en algún momento se den cuenta de que esto no es un castigo, sino un regalo. Esas bestias, rufianes animales, acabarán por matarlos a todos cuando ya no les hagan falta, ¡y yo lo sé bien!

Con la cabeza de pescado que Tranto me ha dado, los felinos me siguen como si los tuviese atados. Y así los guio hasta las proximidades del río, donde los humanos suelen cosechar, que se hallan extremadamente fangosas tras lo de anoche.

Echo a volar, mientras los gatos me miran desde el suelo, enfangándose las patas intentando seguirme. Tiro la cabeza de pescado en el medio del fango, y mientras se agrupan alrededor, andando con dificultad por la facilidad con que parecen hundírseles las patas en ese terreno de mala muerte, enciendo una de mis bombas flamígeras con el uso de mi meprendo.

La mecha se deshace poco a poco y la bomba cae.

En mi cara, quizás para algunos de psicópata en este momento, mientras que para otros de niño adorable, se dibuja una sonrisa maquiavélica y cruel.
La explosión de llamas de apenas un metro afecta a los gatos de su alrededor, que gracias al aguardiente que les he aplicado en las últimas horas comienzan a arder al instante. Uno a uno, las llamas se propagan por todos los gatos, que maullan de dolor.

Una fuerte humareda de asqueroso olor se alza hacia el cielo, mientras que los aldeanos salen a ver lo que ocurre.

Hay quinientos metros entre ellos y los gatos, por lo que para el tiempo en que lleguen ya habrán muerto achicharrados, o como algunos de ellos ya han decidido, ahogados, arrojándose al río, que ruge con fuerza. La misma fuerza con la que aquellos aldeanos gritan, dirigiéndome toda clase de lo que supongo serán halagos que hasta ahora desconocía.

Rio de la manera en que lo hace Tranto, tan alto como puedo, y me marcho de aquel lugar, volando tranquilamente, mientras la melodía de aquellos gatos sufriendo y de unos aldeanos felices por haberles librado de semejante mal me sigue.
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¡El pájaro loco por los gatos! Empty Re: ¡El pájaro loco por los gatos!

Mensaje por Mister Orange el Vie Abr 10, 2015 12:22 am

Que ... interesante hijra, no se si felicitarlo o pasarlo por guillotina ... de cualquier manera, es aceptable su escritura y le abro las puertas para que rolee y haga cuantos pasteles y parrilladas de gatos desee ... o le permitan hacer.
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