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La primera canción [Cuentos del bardo]

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La primera canción [Cuentos del bardo]

Mensaje por Jazz el Miér Abr 15, 2015 12:33 pm

Me dejé caer en el suelo, sin ganas de seguir caminando, con el laúd en las manos y la gente pasando frente a mi monótonamente. Comencé a tocar distraido, paseando los dedos por las cuerdas sin centrarme en ningún sonido coherente o hilo de canción (Tampoco es que me apeteciese). No, mi música vagaba tal y como lo hacía mi mente: A la tenue luz de unos farolillos rojos, tan típicos de los festivales de Thaimoshi Ki Nao, con los pétalos de los cerezos en flor cruzando el aire sinuosamente. Había llegado hacía dos noches, las cuales me las había pasado disfrutando de la buena música y el licor del lugar. No me había detenido a acostarme con ninguna puta, ni siquiera me había apetecido ganarme los favores de ninguna muchacha por propia voluntad; no... a esa isla había venido a tocar, a seguir con mi música la alegría de las gentes e inspirarme con sus fiestas para una canción más. Desde que supe de la existencia de la isla, me había apetecido arribar en ella, pasearme entre sus cerezos eternamente en flor en una noche cálida de marzo. Supongo que podría decirse de que estaba haciendo uno de mis sueños realidad, pues mi música ahora formaba parte del animado ambiente de esta isla, precisamente en un festival de las Lluvias etéreas.

Me levanté, tras verme un poco recuperado de la cogorza que cargaba encima, andando con un cierto tambaleo controlado que hacía evidente mi estado de embriaguez. Poco a poco me fui perdiendo en el bosque de cerezos, alejándome del bullicio y la música tradicional, para adentrarme en los más intrincados rincones de este. No sé cuanto tiempo estuve andando, en algún momento había sacado mi laúd y le sonsacaba sonidos con mis manos. Me senté a los pies de uno de los cerezos - Buenas, señor árbol ¿Le importa si me apoyo en vos para descansar? -susurré, con una sorpredentemente buena pronunciación, teniendo en cuenta las copas que llevaba encima. Acompañé mis palabras con tres suaves golpes sobre la corteza del árbol, usando mis nudillos como herramienta para ello. Sonaron secos, dispersándose inmediatamente en el ambiente.

Volví a sujetar el laúd entre mis manos, acariciando sus cuerdas con ternura para seguir deleitándome con su sonido. Probablemente era una de las pocas cosas materiales a las que le tenía cariño. Sonreí para mi, mientras tocaba los acordes de ''El sueño de Irnaél'', una canción de Ikrakhjoss que relataba las aventuras amorosas de un bardo itinerante. Muchos estudiosos de la música debatían sobre si esta canción era autobiográfica, ficticia o si estaba inspirada en una persona que conoció el bardo legendario; a mi, personalmente, me daba completamente igual. Nunca me había molestado en entender el origen de las canciones, me bastaba con saber que me gustaba su sonido y lo que ellas cantaban para encantarme. Cerré los ojos durante un momento, estaba cansado de tantas noches seguidas tocando y cantando. En algún momento la juerga tenía que hacer mella en mí, aún si yo aún era un joven lozano al que le sobraban años de buenhacer.

No sabría explicaros lo que sucedió en el momento durante el que había cerrado los ojos, simplemente no tengo ni idea de como sucedió. Al abrir los ojos me encontré en un mundo repleto de oscuridad, donde lo único iluminado era el trozo de tierra donde me encontraba. Estaba postrado sobre un claro de pasto verde y fresco, con un tocón hueco en su centro del cual se derramaba un líquido verdusco que destilaba un olor dulzón. La zona en la que me encontraba era circular, repleta de flores amarillas aquí y allá, apenas si cubría cuatro metros en total.

- Hacía mucho tiempo que nadie tocaba a mis puertas, bardo viajero - sonó una voz desde la oscuridad, de tono femenino y clara como el sonido del cristal al golpearlo con suavidad. Aquella voz debía ser perfecta para cantar; era potente, a pesar de su delicadeza, y embargaba el alma hasta hacerte desear que los cinco sentidos sirviesen para dedicarse a ella.

- ¿Y vos sois...? -pregunté confuso, sin saber muy bien a donde mirar. Una risa clara como la mañana se elevó en aquel mundo, mientras una figura femenina, de piel blanca y contoneos de ensueño, caminaba por la penumbra en dirección al claro donde me encontraba. Si aquello fue un sueño, sin duda fue de los buenos, porque en mi mente solo podía pensar que Mordekaiser había decidido recompensar mi música con la visión de una musa en persona.

- Podéis llamarme Lillián, así como nombre vulgar - contestó con sencillez, sentándose a mi lado con total naturalidad, mientras jugueteaba con los rizos castaños de su cabello. Tardé en caer, para mi desfachatez, en la desnudez de aquella fémina; no me molestaba su falta de pudor, pero era algo para destacar el hecho de que no rehuyese mostrarse tan íntima con... bueno, conmigo delante y nadie más. - Parecéis confuso, bardo cantor ¿Acaso jamás habíais visto una mujer desnuda? Me extrañaría, con esa lengua tan sagaz... -continuó hablándome y yo seguía embelesado con toda ella.

- Perdonadme si no os contesto con demasiada entereza, pero os digo que creo que esto no puede ser más que un sueño teniendo en cuenta... - hice un gesto con la mano, que trataba de señalar la totalidad de lo fantástico del lugar -... esto en general-

Ella se alzó de nuevo, permitiéndome ver la complejidad de su belleza en todo su esplendor, mientras me miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Aquellos ojos no eran de mi mundo; eran completamente negros, como la noche, carentes de las diversas partes comunes que los solían caracterizar - No seré yo quien le diga a uno de los tocados por Mordekaiser lo que debe pensar. Considero un sacrilegio cortar la imaginación de un artista... sobre todo de uno tan prometedor como vos, joven bardo - casi susurraba, pero aun así su voz se escuchaba nítida como el trueno en una noche de silencio

- Y aún no me habéis llamado dos veces igual... - dije, sonriente, dejándome llevar por el ambiente de cordialidad.

- Soy creativa - contestó con simpleza, encogiéndose de hombros - pero olvidad eso y contadme:  ¿Que habéis venido a hacer aquí? - preguntó, emocionada como una niña, expectante por una buena respuesta.

- Me apena decepcionaros pero, hablando desde la sinceridad, no tengo ni idea de quien sois ni de como he conseguido llegar hasta aquí. - le argumenté, sintiendo no tener nada mejor que ofrecerle. Por razones que más tarde descubriría, mi respuesta pareció divertirla y emocionarla aún más que una petición de este humilde bardo. Se acercó al tocón del que se derramaba la sustancia verde (Esa que se me olvidó describiros con una consistencia similar al del agua) y tomó un trago de ella, ahuecando su mano de piel blanca para profundizar en ella, llevándose después los dedos a los labios y bebiendo tras echar la cabeza hacia atrás. Una vez más reconozco, sin vergüenza, que me había quedado embelesado con las formas de la dama; cada agitación de sus cabellos, cada movimiento que ella efectuaba, parecía orquestado desde hacía milenios y mil veces ensayados para conseguir como resultado la mayor de las elegancias. Me estiré y cerré los ojos, acariciando el pasto con mis dedos, como buscando el recuerdo lejano de algo que se me estaba olvidando.

- ¡Mi laúd! - abrí los ojos exaltado, incorporándome y buscando con la mirada algún rincón donde estuviese abandonado mi pobrecito compañero de viajes. No había llegado con él tan lejos como para ahora perderlo en las profundidades de un sueño que, de repente, ya no me parecía tan bonito como antes.

Escuché la risa de la dama del claro una vez más (Creo que se había denominado a si misma como Lillián, pero no me gustaba), como si mi exaltación fuera la teatralización de una tragicomedia - Tranquilizaos, sonrisa de fuego, está a salvo de cualquier daño; yo os lo prometo. - señaló, utilizando algún tipo de encanto conmigo, pues acepte su palabra como verdad absoluta sin rechistar - Bien, ahora tenemos que hablar de cosas de mayor relevancia. Si fuese por mi os tendría divirtiéndome durante mucho más tiempo, pero creo que sería descortés con Mordekaiser el abusar demasiado de su cedido adulador. - volvió a sentarse a mi lado, para luego estirarse ante mi atenta mirada, con las manos entrelazadas tras su nuca para utilizarlas como una suerte de almohada - Creo adivinar que el señor de la música os ha enviado aquí para que os encarguéis de ciertas tareas que he estado postergando por pura pereza, lo cual digo sin vergüenza. - continuó hablando mientras yo me estiraba de costado, para atenderla desde una posición más cómoda - Debéis ocuparos de El barrigón, atravesar el campo de los sueños y encontrar mi corona - enumeró, alzando su mano cerrada a contraluz (Que por cierto, dicha luz parecía venir de ninguna parte, ahora que caigo en describirla), acompasando cada tarea con la extensión de uno de sus finos dedos.

- ¿Sois la reina de las musas? - pregunté sin pensar, haciendo una sencilla relación entre la corona y la idealización que rondaba mi mente. Algo furtivo pareció resplandecer en su mirada, un brillo fugaz cuya naturaleza no sabría describiros, pues no llegué a verlo con certeza.

- Y en lugar de preguntarme acerca de las tareas os centráis en mi persona, creo que sois el ayudante menos espabilado que me ha mandado Mordekaiser hasta ahora. - recorrió un mechón de mi pelo tomándolo entre sus dedos - Ninguno se había dejado hipnotizar por mi naturaleza con tanta candidez, sin siquiera oponer resistencia ¿Y si fuera un espíritu devorahombres que os ha atraído a su mundo de pesadilla? - comentó distraída, con una sonrisa divertida adornando sus labios.

- Entonces estaría perdido de todas formas, pues ni sé salir de aquí... - hice un gesto con la mano para remarcar los bordes oscuros del claro - ni podría combatiros, ya que tristemente hasta un gato común me supondría un problema de derrotar... - sonreí, cerrando los ojos y volviéndome a estirar - por lo menos moriría con la idea de la reina de las musas en mi cabeza, repleta de sueños cumplidos que se volvían realidad y con una canción a medio componer acerca de las bellezas de vuestra desnudez - sentencié.

- Todo sea por una nueva canción... - contestó, con un tono en el que identifiqué su aprobación.

- Todo sea por una nueva canción. - le confirmé en un susurro, por primera vez notando la simplicidad de mi voz comparada con la suya.

Noté su cuerpo levantarse de la hierba, aunque esta vez me mantuve con los ojos cerrados; no me apetecía dejarme tentar por sus contornos de nuevo, tal vez porque no me había terminado de tomar bien su comentario acerca de mi falta de lucidez. Tras unos segundos noté algo fresco en los labios; sus dedos empapados del líquido de aroma dulzón, supuse. - Abre la boca, alma cándida - dijo y obedecí, tras lo cual saboreé y sentí aquella sustancia recorrer mi garganta tras darle un tiento con mi lengua. Sabía como una especie de licor suave, tal vez de hierbas; dejaba un sabor refrescante en el paladar y bajaba por la garganta como una suave caricia que la cosquilleaba sin llegar a molestar. Sentí el tirar de sus manos en mis manos, por lo que abrí los ojos, la miré y me levanté. Hice caso de sus indicaciones, sin que ella ni yo soltásemos palabra. El ambiente había cambiado; ya no era capaz de perderme en los pequeños detalles sino que, con cierta curiosidad, noté como si la información de un todo se estuviese asimilando al mismo tiempo en mi cabeza. Me sentía ligero, como en una nube, de hecho mis pasos y mi cuerpo ya si apenas me pesaban. El cansancio de mis músculos había desaparecido y, para mi diversión, los ojos de la dama del bosque ahora eran turquesas y no negros. Los labios de ella ahora estaban coloreados en un verde intenso; en su piel habían aparecido alargadas marcas doradas que se enredaban por sus brazos, piernas y contornos varios. Su sonrisa brillaba como mil soles y yo la seguí hasta el mismo borde, donde la oscuridad besaba la escueta realidad en la que nos habíamos mantenido - Tráeme una canción - me susurró al oído, con sus manos apoyadas en mi espalda. Me sentí empujar, comenzando a caer; me dio tiempo a echarle una última a mirada a su sonrisa, mientras me sumergía lentamente en la completa oscuridad, perdiéndome entre imágenes confusas y colores que trastocarían la realidad de mis días venideros.
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Re: La primera canción [Cuentos del bardo]

Mensaje por Jazz el Lun Mayo 04, 2015 4:11 am

No puedo decir cuanto tiempo me mantuve cayendo en aquel vórtice del sin sentido; en demasiadas ocasiones me perdía en mis propios pensamientos, creyendo que aquella caída era eterna y que moriría de hambre y sed antes de tocar fondo. Me equivocaba, por supuesto; acabé atravesando unas nubes con mi cuerpo mientras me acercaba peligrosamente rápido a un trozo de suelo, que se dejaba ver cada vez más como mi puñetera tumba. Cuando choqué, para mi sorpresa, no noté nada, como si el mismo suelo se hubiese tragado el impacto. Me alegré, por supuesto, solté un suspiro de alivio al saber que aún me quedaban días por recorrer en aquel vasto mundo. ¿Puedo deciros que, realmente, me encontraba extasiado y borracho de aquél liquido verde que me había dado la Dama? Os lo digo, muy encarecidamente, si señor. Me encontraba en mitad de un prado, de hierbas de color naranja pastel,  árboles cuyas hojas eran doradas y, cuyos frutos (Parecidos a las manzanas), esgrimían afiladamente un azul que contrastaba con todo lo demás. El cielo era de un gris claro, con una ligera tonalidad rosada que lo hacía profundamente acogedor; tal era la magia de aquél sitio que no tuve más remedio que mantenerme un largo rato girando el cuello de arriba a abajo y de derecha a izquierda, en perpendicular y en un rodeo por todo... en fin, que lo observé todo con minucioso detalle.

- ¿No deberías estar haciendo algo? - oí que decían a mi lado. Me giré y me topé de frente con una representación de mi mismo, con dos peculiaridades a destacar de las que yo carecía: unos ojos completamente negros y unos dientes afilados como navajas (Una sonrisa de lo más intimidante portaba el mamón).

- ¿Lo que me dijo la Dama? - contesté, estupefacto y fascinado al mismo tiempo.

- Lo que te dijo la Dama - confirmó y desapareció en el viento, difuminándose en una infinidad de granitos de polvo marrón.

Tardé unos minutos en recomponerme de todo lo nuevo que se me estaba presentando, sin embargo no dejé que aquello me amilanase y comencé a caminar recto, sin rumbo establecido. A lo lejos podía observar un bosque entero de los árboles que anteriormente he descrito. A medida que me iba acercando, la madera de sus troncos iba espesando, adquiriendo poco a poco un color negruzco que, de alguna forma, me hacían recordar al regaliz. En un arrebato locura, tan típicos de mí, le dí un mordisco a uno de los troncos que tan apetitosamente se me presentaban: Efectivamente, aquel maldito tronco era de regaliz ¿Quien en su sano juicio inventaría un tronco de regaliz? ¿Quien en su divinidad crearía un dulce tan caro en los árboles? ¡Podría hacerme de oro si los vendía! Pero me daba pereza, así que solo me hice con un poco para ir masticando por el camino. 

Un sonido me sorprendió cuando ya estaba muy perdido en aquél intrincado laberinto de árboles regalicescos, una especie de alarido ininteligible que se escuchaba a lo lejos. No pude sino relacionarlo con alguna clase de bestia bizarra que pronto se presentaría frente a mí, como aquellas delicias de árboles (Por cierto, en ese momento se me estaban perdiendo los ojos en sus frutos azules; aún con los alaridos acercándose hacia donde me encontraba, me parecía una idea irresistible el probarlos). Efectivamente, si señor; ante mi, no hallándome en mi asombro, algo que identifiqué como una especie de elfo con cierto retraso mental, agitaba sus brazos y articulaba toda una serie de improperios al aire.

- ¡MI POLLA! ¡MI POLLA! -gritaba, moviendo los brazos en una especie de danza exótica, muy entretenida. Su polla, si, su polla ¡SU POLLA ESTABA DONDE DEBERÍA ESTAR SU NARIZ! Dioses ¿A qué clase de ser malvado se le habría ocurrido mutar a ese pobre hombre de aquella forma? ¿Os imagináis lo desagradable que tiene que ser levantarse con una erección mañanera en ese estado? Los cuentos del muñeco de madera, al que le crecía la nariz cuando mentía, cobrarían un sentido bastante más obsceno.

- ¡Pobre hombre! ¡Que os ha pasado! - dije mientras, al que adivinaba elfo por la picudez de sus orejas, se revolcaba en el suelo.

- ¡Una bruja me dio de beber una cosa que sabía horrible y mis huevos pasaron a la palma de mis manos, mi polla ahora adorna mi cara, y no os quiero ni decir donde ha acabado mi nariz! - debo admitir que, cuanto menos, era gracioso, a pesar de la lástima que me transmitía aquel pobre diablo.

- Tranquilizaos ¿Cual es vuestro nombre? - dije, intentando contener la risa (Si, ahora veía que los colgajos de piel que no había identificado al principio en sus manos eran sus testículos).

- Me llamo Venancio, me lo puso mi padre por el cumpleaños de la quinceginocuagésima duquesa del Árbol Meloso, que así se llamaba.- contestó, algo más tranquilo.

- ¿No sería Venancia? - dije, escapándoseme una carcajada por lo bajo.

- No, muy buen señor, se llamaba Venancio, porque al nacer era fea como un orco y el padre creyó que era un niño - su pene colgaba, bamboleándose en su rostro con cada palabra al tiempo que adoptaba un tono como más íntimo - también se rumoreaba que había nacido con los dones tanto de hombre como de mujer... - a partir de aquí comenzó a contarme toda una serie de chismorreos de una corte élfica. No me malinterpretéis, me gusta una historia como al que más, pero es que las cosas de la corte suelen ser tonterías extremadamente aburridas que se repiten una y otra vez; lo que tiene una vida de simplezas entre tanto lujo...

-¿Que piensa usted hacer ahora que tiene... eso en la cara?- le corté en medio de los chismorreos de Naraniana La corta, una elfa enana que había nacido con cierto retraso y el mote le iba que ni pintado. 

-¿Mi polla? ¡MI POLLA, MI POLLA! - y salió corriendo, agitando los brazos cual poseso (Parecía una especie de calamar de tierra, siendo que el tercer tentáculo lo tenía bamboleándose en su cara). No quise centrarme mucho en los colgajos de sus manos, pero estoy seguro de que también bamboleaban al ritmo de sus  frenéticos movimientos.

Una vez más, con una sonrisa de oreja a oreja en mi rostro, me quedé mirando al infinito durante un tiempo indeterminado. Mientras masticaba algo del regaliz que me había sobrado, comencé a procesar toda aquella sarta de sinsentidos que se habían ido acumulando desde el momento en el que había caído del claro, empujado por la Dama; ''Tráeme una canción'', había dicho. Supuse que no estaría mal ir componiendo una mientras me encargaba de realizar las tareas que se me habían encomendado. Me encogí de hombros y continué caminando, lo primero que me apetecía hacer era recuperar la Corona de la Dama. Tal vez la bruja que había comentado el Señor Carapolla me pudiese decir algo al respecto, aunque no quería acabar de la misma forma que ese pobre desgraciado. Lo más sensato sería simplemente caminar, pues, la Dama me había mandado a hacerlo, pero no había dicho que lo hiciese rápido. 

Así fue, así caminé (Antes me molesté en coger y morder una de las manzanas azules, sabían a mierda...) y me perdí aun más en lo frondoso de aquel bosque, silbando alegremente ante la posibilidad de nuevas y divertidas cosas que convertir en canción.
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