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[Evento: El primer paso de un guerrero] Perder, ganar.

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[Evento: El primer paso de un guerrero] Perder, ganar.

Mensaje por Keznaryan el Sáb Abr 18, 2015 4:45 am

Dormir con los ojos abiertos tiene sus ventajas, sobre todo si lo haces en la copa de los árboles, como yo. Podría pensarse que ambas cosas son únicamente por mi supervivencia como buena ave, y cierto es que empezó siendo así; a día de hoy, sin embargo, también le hallo nuevos usos. Usos que ya no son de supervivencia, usos que son para el placer, placer que me dan las estrellas, estrellas que me hacen pensar, pensar que me lleva a recordar…
¿De donde proceden? ¿Por qué brillan? ¿Quiénes las sujetan en lo alto? Están más allá de las nubes, más de donde alcanzo al volar…
- Volar…
Y mis recuerdos vuelan, vuelan al pasado, cuando yo ya sabía hacerlo pero sin embargo aún no lo hacía solo…



 
La luz lunar se reflectaba en aquellos ojos enormes, ojos que nos observaban, ojos hambrientos, ojos que acosaban, ojos que nos aterrorizaban. Ni yo ni las palomas podíamos ignorar lo sucedido desde hacía varias semanas. Aquellas córneas pertenecían a unas bestias ágiles y rápidas, bestias que había visto en ocasiones como seres afables y preciosos, como seres perezosos y cuidadosos con su higiene. Sin embargo, en la oscuridad de la noche sus estómagos rugían y nosotros nos convertíamos en sus presas, nuestro palomar era su coto de caza y habían corrido la voz. Éramos numerosos y la ley del bosque era clara: había que sobrevivir y cada uno lo hacía a su manera. Era complicado encontrar comida tan abundante y a la vez reunida, como era el caso, y aquellos animales lo estaban aprovechando.


Se les confundía con sombras; en cuestión de segundos entraban por los huecos más estrechos, soltaban un horroroso alarido, todos nos alterábamos, golpes de cuerpos muertos chocando contra el suelo se distinguían entre el aleteo y el silencio volvía a reinar cuando aquellas sombras salían por donde habían llegado, llevándose tras ellas los cadáveres de algunas de mis aves amigas.


Para el día en que Ülak solicitaba mis servicios por primera vez, el número de sombras había superado en creces al de aves, pero a él eso parecía no importarle. Mi adulto actuaba como siempre; me daba órdenes, establecía prohibiciones y únicamente parecía pensar en sus cosas, esas a las que les dedicaba todo el día.


Tendría que estar ilusionado porque sería la primera vez que me alejaría de aquel lugar con permiso del ermitaño, pero la tristeza por la pérdida de la gran mayoría de mis compañeras de vuelo hacía mella en mí. Apenas prestaba atención a las palabras del humano mientras éste me mostraba las pertenencias e indicaciones del lugar donde habría de entregarlas. Todo se resumía en llevar hierbas y una carta a otro humano, al segundo que vería en toda mi vida,  uno que vivía próximo a una torre altísima, una que se observaba desde cualquier copa de los árboles de alrededor de la cabaña, aquella que era conocida como Torre Ancestra.


Tan pronto obtuve la información relevante ignoré el resto, había algo que me preocupaba más en ese instante. Kara llevaba demasiado tiempo sola y el palomar ya no era un lugar seguro para ella…No sólo el palomar, ningún sitio en los alrededores lo era.


Kara, aquella paloma que más tiempo había pasado conmigo, aquella que me mostró como volar, aquella que me enseñó a encontrar los mejores insectos entre aquel cúmulo de gigantes verdes, aquella que me daba calor en las noches, que me hizo apreciar la importancia de un buen nido… Kara era mi mejor amiga aunque nuestra relación era de casi madre y pichón.


Debía sacarle del bosque o en su defecto del alcance de los gatos que nos estaban dando caza. No podría volar con el resto de la bandada al mismo tiempo para evitar atraer la atención de los depredadores aéreos, tendría que sacar a todas una por una, y Kara era mi predilecta.


Cuando Ülak terminó con mis preparativos salí en búsqueda de Kara, que ululaba en paz sobre su nido de siempre en el palomar. Le acaricié sin soltar palabra alguna, sin soltar silbido alguno, soltando solo alguna lágrima. Ella sabía lo que teníamos que hacer, ella sabía que debía acompañarme pues era lo usual, y así lo hizo. Me acompañó fuera, pero esta vez no daríamos un rodeo a los árboles cercanos, en esta ocasión nos esperaba un viaje de unas pocas horas. Un viaje en el que sobrevolaríamos el bosque, un viaje del que ella no volvería.


Sabía que Ülak me había prohibido en multitud de ocasiones que me acercase a la Torre Ancestra, pero cuanto más nos acercábamos, mayor era la intensidad con que parecía que el imán de la curiosidad me pegaba a ella. Se veía algo destartalada por el tiempo, pero sería un lugar icónico para despedirme de Kara y siempre podría recordarle una vez que mirase hacia aquel monumento.


Una idea un tanto disparatada se me pasó por la cabeza: ¿Y si establecían allí su nuevo palomar?

Estaríamos por ese entonces a unas dos horas de la cabaña y confiaba que, si se quedaban por esta zona, estarían seguras de los ataques además de tener la oportunidad de verles de cuando en cuando.


No había más que pensar, parecía perfecto y además estaba cansadísimo del viaje. Necesitaba descansar y el viejo no tenía por qué enterarse.
Descendimos aún en el bosque pero lo suficientemente cerca para ir a pie hasta la torre. Bebimos de la cantimplora que Ülak me había otorgado y buscamos algunos insectos para comer antes de marchar hacia la gigantesca construcción.


De cerca era imponente. Su base era cuadrada, disponía de dos enormes puertas custodiadas por dos hombres hechos de piedra que… (…)
Kara, que estaba sobre mi hombro, asustada por algo intentó emprender el vuelo pero no lo consiguió, cayendo directa al suelo. Sobresaltado, no pude terminar de contemplar aquella majestuosa obra y me giré procurando no pisar a la paloma. La sangre se me congeló.


Uno de aquellos animales, una de esas malditas sombras, de esas burdas fieras, de esas bestias, nos acechaba.
Se acercaba poco a poco, usando su cola para jugar con el aire, como si le divirtiera infundir temor sobre nosotros, rascándose la barbilla contra la hierba del suelo, haciéndonos una reverencia, presentándose como la muerte misma… Aquel gato negro no apartaba la mirada de nosotros.


Apenas estaría a dos metros de distancia de nosotros cuando logré reaccionar. Agarré a Kara en mis brazos y traté de emprender el vuelo. No podía. No podía volar y los nervios nos invadían a ambos. El gato seguía aproximándose lentamente. Salté, salté como un loco hasta que tropecé y caí. Mis alas no respondían como debían y no era por el miedo. Lo mismo ocurría con la paloma que tras mi caída acabó por los suelos, a una distancia similar a la que tenía el gato de mí. Los dos golpes le habían dejado mareada, no parecía que supiese a donde se dirigía cuando trataba de andar o agitaba las alas, al contrario que aquel gato.


La mirada del felino siguió en todo momento a Kara y decidiendo que era el momento adecuado saltó sobre ella. Sus zarpas se aferraron a la paloma; la sangre brotaba, mis lágrimas difuminaban aquella imagen, su vida expiraba y se apegaba a la mía, haciendo que mi cuerpo resucitase. El calor de la furia propulsaba todo mi ser, mis ideas se extinguieron dejando a un intenso deseo de venganza disfrutar de la plenitud de mi mente, y como aquel que embiste desnudo a un oso, lo hice yo contra aquel felino, que a dos patas no le quedaría mucho para ser tan alto como yo.


Mientras él mordía el cuello del cadáver, yo arremetía con una patada a su espalda. El gato no se desplazó más de medio metro y es que mi fuerza no era especialmente grande. Yo mientras tanto parecía que había salido más perjudicado que él, pues arrastré mis rodillas por la hierba por unos pocos centímetros tras asestar el golpe, perdiendo la piel en el proceso y dejándome un fuerte dolor en las rótulas por el aterrizaje tan brusco.


La bestia soltó el cuerpo de Kara y se abalanzó sobre mí mientras todavía posaba una de mis rodillas en el terreno. Caí de espaldas para soportar una tormenta de arañazos en el torso. Arañazos poco profundos pero sangrantes. Me cubría la cara usando los antebrazos y por acto reflejo hinqué los codos en la cabeza del animal con tanta fuerza como pude.


El animal parecía aturdido y yo no podía desaprovechar la ocasión. Nos giré en el suelo y los turnos cambiaron, ahora era yo quien, desesperado y a la vez enfadado, aun con el llanto en los ojos, arremetía contra la cara del animal haciendo uso de mi cantimplora, agarrándola con ambas manos. Mis golpes no parecían hacer nada más que aturdirle levemente y la fiera, en uno de sus intentos por repelerme, clavó una de sus garras en mi mejilla izquierda. Las uñas se aferraron a la carne y a pesar de sus intentos no conseguía liberar su pata. Mi sangre brotaba, se mezclaba con mis lágrimas, pero seguía golpeando con furia, hasta que en algún momento del frenesí la resistencia del gato desapareció. Le había noqueado, pero no era bastante; mis manos presionaron su tráquea hasta que aquella bola de pelos con garras se convirtió en mi nuevo trofeo de guerra.



 
Hoy lo recuerdo como el día en que perdí a Kara, el día en que no cumplí mi primera entrega, el día en que comencé a temer el no poder volar y a los felinos de gran tamaño, el día en que me habitué a dormir en lo más alto de los árboles, el día en que mis ojos no se cerrarían jamás al dormir, el día que inicié mi venganza contra todo gato, el día en que, por supuesto, empecé a curtir esta hermosa chaqueta…


- Ah, quizás pronto pueda empezar a coleccionar gatos negros de nuevo para hacerme unos pantalones a juego… En los días de más fresco desearía disponer de pantalones a la hora de dormir…


 Y volviendo a observar las estrellas, preguntándome qué habría después de la muerte, mi mente se nubla y me convierto en uno de los hechizados por el sueño.
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