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Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Mayo 01, 2015 7:59 pm

Los dedos tamborileantes en un rincón de la barra comenzaban a cansarla. Generalmente era paciente con las peticiones de los clientes, pero ese viejo no era ningún habitué y por lo tanto, no le debía nada. Además, por más que hubiese querido, no podía ayudarle en su búsqueda. De hecho, no estaba muy segura de que él mismo supiera lo que estaba buscando. Si no hubiese estado enfundado en una túnica marrón de muy buena costura, y no hubiera pagado una semana completa de hospedaje con todas las comidas incluidas, lo habría creído un loco. Bueno, aún no se sentía apta de decidir si acaso no lo era. Después de todo, ningún señor de alta cuna decidiría pasar una semana completa en aquel rincón de Malik-Thalish. Se veía más propio de Phonterek, o alguna otra cueva de mercaderes.

La vieja Malik-Thalish no estaba hecha para los mercaderes, y demás hombres de negocios. Ni para la nobleza. Lo más cercano a un noble de alta cuna en la ciudad portuaria más importante del mundo humano, era un general con tradición familiar militar de trasfondo. Y el equivalente al mercader tradicional de otras naciones, era el capitán de barcos mercantes. En Malik-Thalish casi no había ladrones, pero estaba lleno de contrabandistas. En líneas generales, y pese a todas las diferencias que hacían divergir ambas comunidades, se trataba de una misma sociedad. Ella había pasado toda su vida rodeada de estatuas y muros, en aquel rincón de la ciudad portuaria.

Había heredado el “Timón Patituerto” a una edad muy temprana, y desde entonces, se había hecho cargo de convertirlo en una de las posadas más frecuentadas.

No se quejaba ni le molestaba la vida que tenía allí, simplemente sabía que no era para cualquiera. Día y noche, pasaba todo tipo de clientes que podía identificar con las tareas que desempeñaban en sus respectivos trabajos. El anciano era uno de los pocos “difíciles”. Y no era precisamente porque se negara a hablar de él… aunque tampoco terminaba de contar a qué se dedicaba. Hacía cuatro noches que se sentaba en su rincón, como esperando a que alguien viniera por él. A veces, cuando la veía enfurruñada o cansada, se acercaba a ella y escuchaba todo lo que tenía para contarle.

Curiosamente, había algo en él que le inspiraba fidelidad. Era como verlo, y saber que siempre estaría allí. La mujer sacudió la cabeza para quitarse las ideas absurdas de la cabeza y servir otra jarra de cerveza. Tras gritar órdenes en la puerta de la cocina, se volvió para comprobar algo que la había mantenido en vilo toda la noche. Hacía por lo menos dos horas, había llegado un grupo de desconocidos. Por lo oscuro de las prendas de cuero, la tierra de sus capas y sus botas, y la cantidad de cintos que las decoraban, debía de tratarse de montaraces. Aunque no descartaba la idea de que se tratara de mercenarios.

Fuera como fuese, nunca los había visto por allí. Lo que era peor, tampoco volvería a verlos. Estaba bastante segura de que al terminar sus asuntos en la ciudad, se convertirían en una sombra más de las cientos que engalanaban las calles de Malik. Uno de ellos no le había quitado el ojo al anciano casi desde que había llegado, y eso le preocupaba. Si bien no conocía a Nathan, si es que ese era su nombre real, sí que sentía mucha simpatía por el viejo. Era cierto que se lo veía como el típico noble que no se dignaría a hablar con sus vasallos, pero también lo era, que distaba mucho de cumplir con esa impresión.

Aprovechando que el movimiento del trapo con el que limpiaba la madera, se acercó a la esquina en la que estaba el anciano leyendo un libro.

— ¿Estáis esperando a alguien, Lord Winston?
— Ya hemos hablado sobre ese trato tan serio, Kathy— respondió él, sin quitar el ojo de la lectura— no soy tu superior.
— Es más probable que las ranas críen pelo antes que esta vieja cambie las costumbres— replicó ella, con la voz tan rasposa que parecía haber ingerido fuego líquido hacía cuestión de minutos.
— Es probable, querida, pero yo creo que todo se trata de voluntad— comentó él alzando la mirada para contagiarle de su humor. — No espero a nadie. Pero rara vez se esperan las noticias importantes, ¿verdad?

Otro acertijo. Los gustos del anciano por los enigmas, habían llegado con él hacía ya cuatro días, y no parecía que fueran a marcharse antes que lo hiciera Nathan.

— Como tú digas— dijo al final, mostrándole las palmas dos segundos antes de chocarlas sonoramente en la barra. — En aquel rincón hay unos hombres que nunca he visto aquí— ilustró con el mentón— pero ten cuidado al verlos. No quiero problemas en mi posada así que…

Tarde. El viejo se volvió completamente en dirección al fortachón de aspecto amenazante, que lo observaba acompañado de otros tres tipos vestidos como él. Por si fuera poco lo saludó a mano alzada, como si se tratara de un viejo amigo que acababa de reconocer después de mucho tiempo sin ver. Tras enderezarse sobre el taburete en el que estaba sentado, se puso de pie. Quizás estaba loco, y si iba a hacer eso que ella creía que iba a ser, definitivamente lo estaba, pero no se podía decir que lo pareciera. El color de su cabello le recordaba mucho aquella ocasión en la que había visto a un sacerdote usando la magia sagrada. En aquella ocasión, el clérigo había demostrado que su don no era solo la palabra, y al sanar a una de las meseras, sus manos habían adquirido la misma tonalidad blanca que portaba Nathan en su cabellera.

Además, la túnica que portaba le daba un aire casi tan consagrado como el que había tenido aquel sacerdote. Claro que su apariencia distaba mucho de la que tenían usualmente los hombres cuyas vidas habían sido encomendadas a los Dioses. Jamás había visto un anciano tan gallardo. Su presencia era agradable. Viéndolo tomar el enorme bastón de madera que portaba aunque no parecía tener problemas en mantenerse en pie, supo que cuando no estuviera por allí, se lo iba a extrañar. Y por la dirección que tomó, sería muy pronto.

«Viejo tonto, esto no es Phonterek.»

Al llegar junto a la mesa de los desconocidos, Nathan apoyó el bastón en el suelo, de tal manera que la madera resonó en todo el local. Claro que aparte de ella, no había muchas personas prestándole atención. Era una buena noche, pues por la mañana habían llegado media docena de buques de guerra que habían pasado los últimos meses en distintas expediciones lejos de Malik. La posada de Kathy no ofrecía los servicios de “El Mástil del Marinero”, pero por fortuna no todos los marineros llegaban tan desesperados por los encantos de una mujer. Algunos preferían un lugar más tranquilo para reunirse con amigos, escuchar las historias de un bardo, o escapar de casa con sus esposas para pasar una noche en los pisos de arriba.

Tras ejecutar la reverencia que bien podría haberle ofrecido a un rey, el descomunal anciano le habló directamente al hombre que le había clavado la mirada durante toda la noche. Kathy le echaba una mirada cada vez que podía, mientras organizaba los pedidos de la clientela, impartía órdenes o servía ella misma las bebidas. El momento más crítico, fue cuando el hombre, en vez de corresponder el saludo, señaló con un dedo acusatorio a su visitante. Inmediatamente, Nathan le quitó seriedad al asunto con un gesto de ambas manos que podría haber hecho cuando le estaban contando una historia llena de detalles increíbles.

Había que admitir que el viejo no tenía miedo a nada. Su segundo marido —y cocinero del Timón— ya habría salido corriendo con las manos alzadas. Ella no lo hubiera culpado. Cualquier persona con sentido común se hubiera quedado sentada rezando a los Dioses para que no se le acercaran.

Aprovechando que una mesera pasaba por detrás suyo, el viejo la tomó del brazo y con la otra mano, hizo un además que abarcaba toda la mesa. Muy inteligente. De inmediato tomó una silla libre de otra mesa y se sentó, prácticamente en el pasillo. A partir de ese momento, a Kathy se le hizo difícil comprobar cómo iba la conversación, pues si bien Nathan tenía por costumbre hacer muchos gestos con las manos para acompañar sus palabras, estaba sentado de forma tal que lo único que se veía desde la barra era su espalda. De todos modos, no pasó mucho tiempo para que algunos de los hombres prorrumpieran en potentes risotadas.

La dueña del Timón Patituerto, recordaría aquel día por el resto de su vida. Las siguientes horas, el grupo de inusuales clientes estuvo charlando como si se conociera de toda la vida, y cuando llegó la hora de descansar para Kathy, ellos continuaban entretenidos en la conversación.

Al otro día, Nathan bajó casi al mediodía. Los mercenarios —si es que eso eran— se habían marchado antes del alba, tras dejar generosas propinas a la hija de los dueños, quien les había servido incontables rondas de cerveza. Según el relato de esta, despidieron al viejo Winston con mucho respeto y unas cuantas carcajadas.

Cuando por fin se hizo un tiempo para charlar, Kathy se acercó al rincón de la barra donde Nathan solía leer.

— ¿Y bien?— le preguntó con recelo. — ¿Conocías a esos hombres de anoche?
— ¿Los hombres de anoche? Oh, sí, esos hombres. Buenos muchachos, sí señor. No los conocía.
— Es decir… ¿estuviste charlando toda la noche con desconocidos como si fueran viejos amigos?
— Ahora que lo planteas así— respondió risueño. — ¿Sabes, querida Kathy? Es curioso lo que sucedió con uno de ellos— admitió luego, adoptando la mirada de halcón que le caracterizaba.
» Era una cuadrilla de aventureros que andaban de paso por Malik para regresar a su tierra. Seguramente ahora estarán en el mar. Lo curioso es que su jefe decía que yo le resultaba conocido. Me contó que había estado toda la noche molesto intentando recordar de dónde me conocía. Para él es importante recordar todos los rostros, porque puede ser esencial para subsistir en… su trabajo diario. Conmigo, no obstante, terminó dándose por vencido. Era como si al momento de acercarse a algo, su mente volviera al principio una y otra vez.

Kathy lo miró durante unos cuantos segundos, intentando dilucidar si hablaba en serio. Fue inútil, pues tenía la misma impresión de cada vez que lo miraba. Pero el tiempo que tardó, le sirvió para pensar en algo que decir.

— ¿Crees que algún día encontrarás a alguien que te haya conocido, Nathan?
— Creo que encontraré mi destino antes que las ranas críen pelo— respondió él sonriente, y retomó su lectura.


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La verdad acerca de Nathaniel Winston Empty Re: La verdad acerca de Nathaniel Winston

Mensaje por Mister Orange el Sáb Mayo 02, 2015 2:32 am

Excelente hijra, digno de ser leida nuevamente. Color y diamantes/exp entregada.
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