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Donde las palabras no suenan

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Donde las palabras no suenan

Mensaje por Alanna el Dom Mayo 03, 2015 11:22 am

Era noche cerrada, el cielo, completamente claro, relucía, las estrellas parecían joyas, y la luna, creciente, parecía titilar también. El camino estaba desierto, solo algunos árboles, ya mortecinos, acompañaban a quien se atrevía a pasar por el lugar. El polvo se elevaba con la brisa fría de la noche y unas visagras gruñían por la falta de aceite.

Eran las visagras de una taberna que servía de reposo para los viajeros. De ellas, un cartel que colgaba anunciaba el nombre del lugar "El cuervo". Era un lugar pequeño, de dos pisos en el que apenas había cinco habitaciones, de las cuales una era ocupada por el propio tabernero. Desde fuera parecía un lugar sucio, viejo y roñoso al que no le vendría bien una mano de pintura, o, posiblemente, un derrumbe y reconstrucción. La madera, daba la impresión de estar humeda y podrida. las ventanas parecían rotas y el tejado incompleto.

Al abrir la puerta, se cambiaba de opinión. El lugar por dentro estaba bien cuidado, seguía siendo pequeño, pero estaba limpio y bien iluminado, había cuatro mesas, largas y bajas con bancos en lugar de sillas, que se repartían por el lugar, tras la barra, se alineaban tres barriles de cerveza al lado de una puerta que daba a la cocina. a la izquierda de la barra, una escalera subía al segundo piso, donde había cuatro habitaciones libres, que tenían el mismo aspecto aseado que el bar.

El lugar se encontraba completamente vacío, a excepción de, el tabernero, y alguien cubierto con una capa y una capucha, era de estatura baja y el pelo, largo y rojizo, que asomaba por los lados de la capucha, era el único rastro visible de su aspecto. Esa persona, que silenciosamente tomaba una copa de vino, por desgracia picado, esperaba a alguien.
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Re: Donde las palabras no suenan

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Mayo 10, 2015 12:24 am

La presencia de los árboles era cada vez más notoria. Había llegado un punto en el que los viajeros podrían haberse sentido afortunados de ver uno o dos en la lejanía. Conforme transitaran por ese camino, no obstante, comprobarían que más pronto o más temprano, se encontrarían rodeados de verde nuevamente. Tal era el caso de Nathaniel Winston, que caminaba por un sendero iluminado por las estrellas. Esto, pese a presentar una ventaja a cualquier transeúnte desconocedor del estado del camino, o de los peligros que pudiese representar, era a su vez un detrimento. Sobre todo para personas como Nathaniel, que encontraban una belleza distinta a cualquier otra en el movimiento de los astros.

La noche estaba preciosamente representada por una cúpula violeta, en cuya completa extensión se observaban estrellas. Era un espectáculo digno de verse. El anciano, sin embargo, caminaba con zancadas rápidas. Por lo que sabía, era su única oportunidad para hacer aquello por lo que estaba caminando en noche cerrada. Tras cada paso, apoyaba el largo bastón que siempre le acompañaba, pues si bien no lo necesitaba para moverse, le ofrecía una inentendible sensación de seguridad, posiblemente ligada a la que había sido su vida anterior. No tenía ninguna certeza, pero en algunas ocasiones, algo en su interior parecía querer hacerse escuchar.

Nathan no comprendía la naturaleza de su falta de memoria, aunque tenía algunas sospechas que le habían llevado a recorrer grandes distancias. Tenía sobrados conocimientos que no había perdido, así como también podía hablar de ciertas temáticas como si las hubiese estudiado toda la vida. Sin embargo, había perdido cualquier información acerca de su persona. Este inconveniente, le había llevado a la región donde ahora se encontraba. Un tanto desilusionado al no haber encontrado información importante en la última ciudad donde había estado, se dispuso a despejar la mente. Para hacerlo, como bien sabía, necesitaría más que unos cuantos libros y unas horas de tranquilidad. Eso no había funcionado, y llevaba semanas intentándolos.

Por tal razón, se había acercado al tablón en el que había encontrado el afiche que ahora llevaba en el cinturón. Ese, a la vez, era el motivo por el que había decidido acercarse al Bosque de Physis, pese a los consejos de la mayoría de gente sensata que había encontrado. Lo cierto, es que esa gente creía que era un viejo noble caído en desgracia y perdido, merecedor de su completa lástima. Quizás no eran los mejores para decidir lo que era mejor para él. Después de todo, él no iba por la vida diciendo lo que era mejor para los demás, y tampoco le interesaba. Por lo menos no de la manera convencional… aunque sí que intercedía cuando lo creía necesario.

«Es común en los magos utilizar al prójimo para cumplir sus objetivos».

El anciano chasqueó la lengua como queriendo restarle importancia a la frase que se había formado en su cabeza. No era momento para cuestiones filosóficas. Delante de sus iris claros se veía un edificio que crecía conforme él se acercaba. En realidad, eso era imposible, pero el efecto lo hacía muy real. Era una construcción no más grande que cualquier posada de paso, que no deslumbraba por ninguna característica en especial. A Nathan le pareció un buen sitio para descansar, pero aún tenía dudas sobre lo que sentía respecto al hecho de que fuese ese el lugar de encuentro citado en el tablón de anuncios.

Al entrar, comprobó para su satisfacción, que no había ningún grupo de asesinos esperando algún incauto. De inmediato se sintió un poco tonto por haberse permitido pensar semejante sandez, pero esto no cambió su buen humor. En el lugar brillaba la ausencia de comensales. Por fortuna, estaba bien iluminado, y además del tabernero, Nathan solo vio a una joven que le devolvió una mirada preocupada. Lo que no le devolvió, fue la cordial inclinación de cabeza que él le hizo a modo de saludo. No es que pudiese culparla. ¿Una muchacha sola, en una taberna cercana al bosque, pero no lo suficiente como para ocultarse en caso de necesidad? Tal vez solo estaba asustada.

De todas formas, iba vestido con una camisa marrón claro, sobre la que llevaba dos estolas oscuras, cruzadas y sostenidas bajo una ancha faja en la cintura. Sobre estas prendas bien confeccionadas, llevaba una túnica marrón, aunque por la penumbra del interior, podía verse prácticamente negra. No parecía peligroso.

El anciano se acercó a la barra con sosiego.

— Buenas noches— saludó afable, al tabernero. — No parece que el aviso haya tenido efecto.

El tabernero lo miró durante un largo rato, antes de negar en un vago gesto.

— Creo que queréis hablar con ella, señor— respondió antes de señalar con el mentón a la joven que esperaba en un rincón. — ¿Puedo serviros en algo?
— Vaya que puede, mi amable amigo. ¿Qué tal un poco de vino?— preguntó señalando un barril detrás de su interlocutor. — Y de paso, agua. Pero el agua aquí— pidió tendiéndole un odre— agua, pan y carne seca. ¿Tienes carne seca?— preguntó. Ante la afirmación del hombre, sonrió.
» Prepárame todo para llevar, no sé cuánto tiempo estaré por aquí así que necesitaré víveres para...— se dio un momento para pensarlo. — Para una semana. Ahora si me disculpas…— hizo una pausa mirando a la joven que el tabernero había señalado. Antes de alejarse, le pagó el servicio— Tengo algunos asuntos que tratar.

Sin más, caminó con soltura hacia la joven, como si estuviera en casa.

— Buenas noches, hija— la saludó con una tan leve como seria inclinación de cabeza, con la que podría haber saludado a una sacerdotisa, a un maestro joyero o a un peletero.  — Nathaniel Winston, a tu servicio— se presentó risueño, antes de  tomar un rollo de papel que traía enrollado en el cinturón y presentárselo— cuando leí esto, no pensé encontrar una muchacha tan sola en un lugar como este— «El Cuervo» no parecía un lugar para alguien con esas características, aunque él no era quién para juzgar. Mucho menos para prejuzgar.

Si esa joven era quien había puesto una recompensa con esa ilustración tan desgraciadamente realista, tenía que estar desesperada.

— Parece que aún no ha llegado nadie más, pero la noche es joven y este no parece el trabajo de un grupo de mercenarios, por lo cual seguramente pronto tendremos visitas—  no le pareció necesario explicar que lo que menos le interesaba a él, era una recompensa. La herida, si es que estaba bien ilustrada, no parecía causada por una enfermedad normal, lo que atraía su atención. — ¿Conoces a la víctima de esas lesiones? Parece necesitar ayuda prontamente. No tengo conocimientos medicinales, pero tengo ciertos dones que pueden ayudar de una forma distinta. Todo depende de la intención de haber citado aventureros a esta hora, que, permíteme admitir, no creo que sea precisamente hacer magia y dado el lugar que has elegido, me animaría a creer que esperas que se puede hacer algo en el bosque. ¿Me equivoco?— preguntó mirándola a los ojos. La sonrisa que exhibía en sus labios, no los habían contagiado.

— La víctima, señor, es mi hermano— fue todo cuanto explicó ella. — Poco me importan sus dones mientras pueda ayudarlo. y, como usted ha dicho, quiero algo del bosque, pero esperaré a que todos lleguen para expresarlo todo.

Nathan asintió, pensativo. Así que el hermano era quien portaba la enfermedad. Eso explicaba la seriedad de la chica. Se veía más pensativa que emocional, más solemne que asustada. Tal vez había llorado ya demasiado por su hermano, o simplemente había aceptado que una de las posibilidades, era que no lograra ayudarle. Esperaría a que llegara más gente para saber un poco más de la búsqueda que estaba por emprender. Con la cantidad de información que tenía hasta el momento, no estaba dispuesto a cruzar la puerta otra vez hasta la primera luz del día, cuando pudiese volver a la ciudad. Sabía que un bosque no era lugar para entrar solo. Especialmente uno rodeado por la corrupción mágica que asolaba buena parte de Efrinder.

Solo esperaba poder ayudarla.


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