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La reina de la costa negra

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La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 04, 2015 1:09 am

Debéis saber, querido lector, que por aquellos años en que los Dioses parecieron olvidar la magnificencia de su creación, y las resplandecientes ciudades, y los años del ascenso de sus nuevos hijos, hubo una era en la que brillantes reinos se extendieron por la tierra como representación del poder de aquellos que vivían bajo las estrellas. El más orgulloso de aquellos reinos fue Phonterek, que gobernó supremo en los somnolientos dominios de los hombres. Ahí llegó un guerrero cuyo nombre permanecería en las naciones humanas por los siglos de los siglos: Cabellos negros, mirada hosca, espada en mano, ladrón, mercenario, asesino, de grandes júbilos y grandes melancolías, para pisotear los enjoyados tronos de la Geanostrum con sus pies calzados en humildes sandalias.

Os preguntaréis, pues: ¿qué pinta Nathaniel Winston en todo esto? En realidad, fue testigo involuntario de los primeros pasos de aquel guerrero… y no, no está muy seguro que algo de eso haya sucedido luego. Pero le hubiese gustado, ¡vaya que sí!




Nadie podía negar que Malik-Thalish tenía su encanto. No estaba precisamente en los gestos huraños de sus habitantes. O en la multitudinaria compañía de los soldados. O en el aroma a salitre que gobernaba las calles día y noche sin descanso. O en los gritos y gemidos que se salían de ciertos locales situados cerca de los muelles y no dejaban a los que sí querían dormir. Su suntuosidad estaba ligada a otros detalles. Malik era la mayor ciudad naval de todas. Al menos, de todas las creadas por los humanos. Como tal, la mayor parte de sus actividades comerciales dependían de los barcos que zarpaban o anclaban en sus muelles.

Pese a la idea que cualquiera podría hacerse de los muelles de la mayor y más potente ciudad marítima, estos distaban de cualquier opulencia. La mayor parte había sido emplazada con tablas que demostraban el paso del tiempo. Especialmente allí donde la madera se había quebrado, y reemplazado con otra. Tampoco había demasiados soldados recorriéndolos, pues de eso se encargaban los barcos que patrullaban las aguas costeras a toda hora del día. La actividad de vigilancia, era llevada a cabo sobre todo por compañías de mercenarios contratados por los dueños de las mercancías. Los únicos soldados que deambulaban por los muelles, eran los que debían partir o estaban regresando.

Lo cierto es que aún sin cuadrillas oficiales vigilando, nadie se hubiera atrevido a quebrantar las reglas.

Tras pasar unos cuantos días recorriendo las calles de la ciudad-fortaleza, Nathan había decidido continuar su viaje. Su estancia no había sido desagradable. Solo había tenido que adaptarse a tener al menos un soldado mirándolo al salir de la reconfortante posada que había pagado por una semana. Después de hacer eso, lo había pasado muy bien. Aunque reacios al principio, los ciudadanos no tardaban en adaptarse a las caras nuevas. Especialmente a las que respetaban sus símbolos patrios y la fuerza de su flota. Si había algo que a Nathan le importara poco, era precisamente los símbolos patrios y la fuerza de una flota, pero no le importaba mentir, mientras que nadie saliera perdiendo… o por lo menos, mientras los que perdieran fuesen minoría.

Además, ese respeto había abierto muchas puertas y no pocas bocas. Lamentablemente no había encontrado nada que le ayudara a reconstruir su vida, pero el viaje no había estado nada mal. La primera mitad de la semana, se la había pasado buscando información acerca de hechizos que pudieran haberle provocado la amnesia. Desgraciadamente, en Malik no había mucha gente dispuesta a hablar sobre el tema, y los bibliotecarios del Archivo de la Ciudad no permitían a los extranjeros acceder a libros importantes de esa temática.  Como vio que no encontraría nada útil, se decidió por hacer sociales en una agradable taberna cercana a los muelles.

Extrañaría a Kathy, y a todos los que trabajaban en el Timón Patituerto. Era gente maravillosa, pero no era su gente. Asimismo estaba cansado de ver ciertas injusticias cometidas por los soldados en nombre del orden. Por eso ahora se encontraba en el muelle, frente a una coca a punto de zarpar en un viaje comercial. Junto a Nathan, estaba un hombre alto y moreno, vestido con ropas humildes.

— ¿Y bien, milord? ¿Qué os parece?— preguntaba ansioso, con una peculiar forma de mover los labios bajo la tupida barba negra. Era una forma demasiado tranquila de hablar, bastante distinta a la que usaban los originarios de Malik.

Nathan llevó la mano al mentón, simulando estar en una especie de sabia y pensativa meditación.  Tras un minuto en la misma pose, observando cada detalle del barco, sonrió a su acompañante.

— Es un buen barco el que tenéis, capitán Timo— comentó suponiendo que eso lo alabaría. En realidad no le importaba mucho el barco, pues apenas sabía cómo distinguir a uno de otro. Había elegido al capitán porque lo veía menos pretencioso y más receptivo que la mayoría.
— Gracias, podréis tomar una habitación en el castillo de popa para vuestra comodidad— respondió el hombre, haciendo una leve inclinación.
— Eso no será necesario, capitán. Como verás, viajo con poco equipaje— abrió los brazos para que viera que, aparte de la túnica marrón de varias capas que traía puesta, una mochila de cuero, el cinturón con un libro y una bolsa, y el bastón, no llevaba nada más. — Me arreglaré con poco. Lo único que quiero es llegar a Phonterek de una pieza— agregó posando una mano en la espalda del hombre para que lo guiara a la embarcación. En sus labios se había formado una sonrisa sincera.
»Bueno, eso, y que evites hablarme como a un gran señor. Después de todo, tú eres el capitán. Por cierto, mi nombre es Nathaniel. Nathaniel Winston, pero puedes llamarme Nathan.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 04, 2015 6:19 pm

Malik-Thalish, la capital de los mares. Tenebrosamente alta y despiadada  como una fortaleza negra contra las aguas azul cobalto del Mar Thonomer. Una ciudad de generales, de estrategias, gobernada por un rey elegido por sus conocimientos de la guerra, y por las costumbres heredadas de quienes antes gobernaron. Una ciudad donde grandes edificios militares adornan las cimas en la parte alta. Mirando hacia abajo, los mugrientos hogares que circundan los muelles. Bazares infestados de crimen donde la abstracta corrupción de las clases privilegiadas se traduce en un cuchillo hundido en las costillas de un moribundo, en un oscuro callejón.

Drefan el deseh, no parecía notar esa división.

Su brioso corcel negro como el humor del jinete, contrastaba fieramente con la luz diurna. Todo apuntaba a indicar que era una criatura más apta para la noche. O para abrir paso a los oficiales en una de las tantas ceremonias protocolares que se daban en el centro de la ciudad. Pese a las características del caballo, propias de un corcel de guerra, sus ojos observaban atónitos todo lo que tenía por delante, pues él no estaba controlándose como su instinto le exigía. El sonido de los cascos se asemejaba al de una típica tormenta de verano en las costas del Thonomer. Quizás si hubiese podido ver la confianza de su jinete, no habría temido tanto.

La sonrisa de Drefan chocaba con la situación. Al menos cuatro jinetes lo perseguían, espada en mano, dispuestos a acabar con él en cuanto le dieran alcance. La carrera levantaba polvo, aunque las calles estaban hechas de piedra. Entre el sonido y el demonio de tierra que se acercaba cada vez más al muelle, aquellos que se encontraban en el camino abrían paso en cuanto se percataban de lo precaria de su situación. Sabían que solo un loco intentaría escaparse de una persecución en la que parecía ser la ciudad más armamentista de todas las humanas. El jinete mantenía una sonrisa irónica que no iba acompañada por los ojos. Los iris azules estaban concentrados en el posible camino que podía hacer su portador.

El deseh, extranjero en esas tierras, estaba ocupado corriendo por su vida.

El plan estaba más que claro para sus persecutores, por eso instaban a sus monturas para que no perdieran el paso. Sin embargo, la bestia que montaba el deseh, era prácticamente inigualable y le había servido para llegar hasta el muelle. Los marineros que cargaban los barcos del malecón, dejaron lo que estaban haciendo para sostenerse a lo que tenían cerca. Las firmes pisadas del caballo negro hacían que toda la estructura temblara. La piel sudorosa del animal brillaba bajo el alto sol rojo, enmarcado entre las nubes que se habían formado durante la madrugada. De momento, el forastero había actuado solo, pero ahora que lo veían dirigirse con tanta seguridad al barco igual de foráneo, empezaban a dudar que se tratara solo de él.

Por desgracia para Drefan, el alboroto había llegado hasta el barco que había elegido para escapar. En realidad no había visto la embarcación antes, pero ahora que la veía tan cerca, le parecía perfecta para el escape. Una vez en altamar, sería inalcanzable para los que le seguían. Estaba cada vez más cerca, y podía oír los gritos que llegaban desde el agua.

— ¿Qué demo…?— el hombre que observaba como los marineros izaban la vela, se volvió para ver qué estaba sucediendo. Al percatarse del jinete que sorteaba los obstáculos del muelle con facilidad en dirección a su barco, se volvió ligeramente para gritar a sus hombre: — ¡Por el amor de Matre! ¡vamos, señores! ¡partamos ahora mismo!

Lo único que faltaba, era desamarrar el barco, y él mismo cortó la cuerda. Afortunadamente el viento de la mañana golpeaba en la vela, haciendo rechinar la madera, que se adentraba en el mar. El jinete empezó a gritar para que lo esperaran, y como vio que el caballo ya no le resultaba útil, se bajó con ahínco. Esa era su única posibilidad de escape, pues las demás embarcaciones cercanas no parecían dispuestas a partir pronto. Si se quedaba, seguramente acabaría con los cuatro soldados que le seguían, sin embargo pronto llegarían muchos más. Tenía que hacer un esfuerzo, lo que fuese. Mientras corría, divisó los postes que servían para el amarre, asomando por encima del agua.

Sin dudarlo saltó al primero, y aprovechando el impulso, puso la pierna en el próximo. Luego al siguiente.

— ¡Ahora! ¡Sáquennos de aquí!— gritaba el capitán.

Ya era tarde. Al pisar el último poste, el extraño desenfundó una espada de una mano, y tras tomar envión dio un increíble salto que le permitió salvar los tres metros que le separaban de la borda del barco. Cayó de rodillas, pero no soltó el arma en ningún momento. Desde esa posición, se giró para ver si había perdido a sus perseguidores. Por lo visto, estaba temporalmente a salvo, así que se puso de pie tranquilamente.

— Muévanse ya, ¡vamos a aguas abiertas!— ordenó echando un vistazo a todos, pero a nadie en especial.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Mayo 05, 2015 2:07 am

«Al menos los soldados de Malik no son buenos con el arco».

Nathan observaba al deseh no con poco asombro. Había dejado al capitán para que impartiera las órdenes necesarias a sus hombres, y mientras había aprovechado para saludar a algunos de los marineros que se encontraban en la popa. No confiaba mucho en el agua, y le pareció importante hacer algunas amistades por si llegaba a darse el peor de los casos. Además, le esperaba un viaje largo, que le serviría para aprender un poco sobre la vida en el mar. No pensaba quedarse mucho tiempo encerrado, y tener alguien con quien charlar no estaba de más. Siempre había algo que aprender, sobre todo teniendo en cuenta que los barcos mercantes surcaban rutas marítimas muy variadas.

Tras el bullicio que había generado el desconocido invasor, reinó el silencio durante unos segundos. Un momento propicio, que le sirvió para observarlo. Se trataba de un hombre alto. Casi tan alto como Nathan, pero mucho más joven. De tez morena, tenía una complexión más fornida que la mayoría de deseh. También tenía el cabello tan largo como el anciano que lo observaba desde una distancia prudencial. En el caso del extraño, era completamente negro. Pese a estas características, cualquier persona que lo hubiese visto, lo hubiera reconocido como deseh. Tenía cejas anchas y labios finos como cualquier otro de su gente.

A diferencia de los demás, cabe destacar, portaba dos esferas azules en los orbes oculares. Algunos de los hombres de Timo, eran provenientes del desierto, pero ninguno se asemejaba al bandido. El capitán Timo, que normalmente ofrecía un aspecto fiero, parecía desgarbado en comparación con este. Llevaba unos pantalones marrones y botas largas del mismo color, pero un tanto más oscuras. Por lo demás, tenía una cota de mallas negra que dejaba los musculosos brazos al descubierto, y al mismo tiempo le protegía el torso. Una capa roja que llegaba casi hasta el suelo, le confería apariencia casi noble.

Cuando el capitán del “Destino de Grandeza”, al fin reaccionó, comprobó que sus hombres lo miraban pasmados.

— ¡Ignoren esa orden! ¡regresaremos!— gritó sin quitar un ojo de encima a la espada del deseh. — ¿Quién demonios te invitó a bordo?
— No, no. Tenemos que partir ahora mismo a aguas abiertas— le contradijo el hombre, volviéndose para quitarse la capa de encima. Su voz era tranquila, como si ya lo hubiese decidido solo.

El capitán le puso una mano en el hombro para que le mirara a los ojos.

— ¡Vamos a Phonterek!— gruñó.
— Entonces yo también. Apresúrense— respondió el deseh de mala gana.
— ¿Tienes plata para pagar el pasaje, deseh?

El desconocido le dedicó una sonrisa irónica, haciendo tintinear las monedas que llevaba en una bolsa.
— Yo pago en metal— le dijo, anteponiendo la espada entre ambos. — Y te prometo que, si no pones distancia entre nosotros y esos perros del muelle, bañaré este barco con tu sangre y la de tu tripulación.

Momento tenso en el que pareció que hasta las gaviotas dejaban de graznar. Nathan, que había permanecido junto a la baranda de la popa, decidió bajar lentamente desde la escalerilla de la derecha, a la cual el desconocido le daba la espalda. Si podía evitar el derramamiento de sangre, tenía que intentarlo. Aunque todo indicaba que estaba por meterse en un enorme problema, algo en su interior, una chispa, lo instaba a continuar. Esa chispa… la sentía consumiéndole su interior, o quizás alimentando sus fuerzas. Sabía que se trataba de su poder, y era muy consciente de que eran pocos los que lo comprendían.

No le agradaba hacer demostraciones en público, menos aun sabiendo que los marineros en general, eran personas valientes en ciertas ocasiones, pero muy temerosos en cuanto a la magia y todo lo que no podían explicar. Eran demasiado supersticiosos, quizás hasta el punto en el que, si utilizaba magia para salvarles la vida, terminaban amotinándose para tirarlo de la borda. Viéndolo así, podía llegar a dudar, pero en lo profundo de su ser, sabía que salvarlos a todos era lo correcto, y no tenía dudas respecto a hacerlo.

Por fortuna, no fue necesario. Tras meditarlo durante segundos que parecieron una eternidad, el capitán volvió a hablar.

— Eh… ya oyeron al espadachín, hombres. Abandonemos el puerto. ¡Ahora!

Inmediatamente el desconocido le quitó la espada del cuello.

— Tienes mi agradecimiento, maestro timonel. Y, lamento decirlo, también la reciente adquisición de nuevos enemigos… el ejército de Malik-Thalish.
— ¿Debo elegir entre tu desafiante espada, o sus arcos si te ayudo en tu huida?— preguntó un dudoso capitán, con los ojos colgados en el muelle.

Nathan se acercó a ambos, y ejecutó una leve reverencia ante el desconocido.

— Creo que hay más opciones, capitán— dijo risueño, y tras hacer una pausa para que ambos hombres lo mirasen, agregó una explicación acompañada de gestos de las manos. — Podéis elegir las más amistosas costas de Phonterek tal como tenías planeado, entonces nuestro nuevo amigo tendrá su escape, y nosotros llegaremos a las más dulces costas mercantes de Thonomer. Me han dicho que la antigua Malik, no tiene nada que hacer ante Phonterek, y que resplandece junto a las aguas más puras de todo Noreth.

Primero, el desconocido miró a Nathan, con ceño fruncido y una mirada muy parecida a la de cualquier estatua de generales de las muchas que decoraban Malik-Thalish. Después observó al capitán, que analizaba la propuesta del anciano bastante más relajado. Finalmente miró al anciano de nuevo, ya sin un ápice de su mal genio. Le palmeó el brazo con tal fuerza que casi lo derribó, mientras lanzaba una potente carcajada. Tras un segundo, el capitán lo acompañó, satisfecho con la nueva perspectiva.


Última edición por Nathaniel Winston el Lun Jul 13, 2015 9:26 pm, editado 1 vez


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Mayo 05, 2015 5:16 am

Pasado el momento más tenso del día –favorablemente-, los marineros continuaron con sus quehaceres sin que mediara de por medio orden alguna de su capitán. Por lo que Nathan veía, los tripulantes eran hombres leales, que respetaban a su capitán, pero que a su vez no lo veían como una figura superior a la que había que respetar con recelo y aprensión. No estaba mal para un barco mercante, aunque podría haber traído problemas en uno militar. Tal como el prominente anciano lo veía, él no era el único que se había dado cuenta, pues el foráneo guerrero acababa de poner a prueba la valía del capitán.

Por lo visto, había quedado satisfecho con el proceder de Timo. Nathan, sin embargo, no pudo comprobar si se debía a que en cierto momento le había hecho frente, o por el contrario, si le había agradado ver que tras la amenaza de su espada, había terminado cediendo. Esta situación no le molestaba. Había algo en el guerrero que resultaba tranquilizador para el distinguido viajero de cabellera cana. No así para los marineros… que tras las risas de su capitán y del deseh, aprovechaban sus quehaceres para echar una mirada.


— Soy Nathan, estoy viajando hacia Phonterek en busca de ciertos libros que según me contaron, encontraré en su extensísima biblioteca pública— se presentó en voz alta, para que aquellos que aún no sabían su nombre también se enteraran. Mientras, ofrecía un tema para romper el silencio.
— Mi nombre es Drefan. Soy deseh— aún espada en mano. Su voz era calma, pero firme como la resolución de sus ojos azules. Miraba hacia el muelle, donde se había reunido una multitud que observaba el barco, aún estupefacta por lo que acababa de presenciar.

El capitán se sumó a su nuevo pasajero.

— Yo soy Timo, capitán del Destino de Grandeza y mercader licenciado de la Ruta Thonomeriana. Ya que voy a ser forzado a renunciar al libre acceso a los puertos de Malik, ¿me dirás que hiciste en esa maldita ciudad, que hizo enojar a los guardias?

Drefan asintió, enfundando la espada para tranquilidad de los hombres que terminaban temporalmente sus tareas.

— No tengo nada que ocultar. Vine a Argos buscando trabajo, pero con la paz que últimamente reina en abundancia, el trabajo ha resultado escaso— empezó mirando uno a uno a los hombres de Timo. — Aunque admito que soy un hombre de educación humilde, muy propenso a malentender las manías de las gentes de ciudad, y puede que algo más que unos pocos tragos de cerveza me hayan besado los labios. Seguro que ustedes, amigos, conocen el lugar: El hueso en la garganta, esa posada que hay bajando por el viejo camino al embarcadero… donde las gemelas pelirrojas trabajan de meseras.

Los tripulantes no tardaron en mostrarse conocedores en la materia, instando a Drefan a continuar con el relato. Nathan lo observaba maravillado por la magistral clase de carisma que estaba presenciando.

— Pues bien, como ya dije… solo soy un hombre. Así, con mi cabeza aletargada por la cerveza y el corazón anhelando batallas, tuve la mala suerte de ser testigo de cómo un miembro de la guardia del rey maltrataba a una de las muchachas. Lo vieran al muy imbécil arrimándola contra un rincón mientras sus amigos reían— comentó sin un asomo de la sonrisa afable con la que había estado hablando.
— Si estás aquí, es porque ya ha pasado, Drefan. Continúa, no nos dejes con la duda— le pidió Nathan, exagerando en las expectativas que tenía acerca de la historia.

El deseh recordó que estaba de buen humor y continuó.

— Éste caballero, todo encanto, se había enamorado profundamente de la moza, para su infortunio. Y cuando el capitán le pidió que la dejara en paz, lo cortó por la mitad, justo en el gran salón de la taberna a la vista de todos.
— Pero Drefan— interrumpió Timo— no cometes ningún crimen al atestiguar eso. Y está claro que no fuiste el único.
— Ningún crimen, así es. Pero todos los demás huyeron, ¡y yo fui el único idiota que se quedó a terminar de beber!

Los hombres prorrumpieron en carcajadas que viajaron sobre las intranquilas aguas del Thonomer. Incluso Nathan rio de buena gana. Había que admitir que sabía cómo contar historias.

— Más soldados aparecieron, y yo, siendo el único testigo, fui tomado por culpable. El malnacido fue ejecutado, y yo pasé la noche tras los barrotes— comentó apoyándose en la barandilla de la cubierta. — Llegó el amanecer y yo estaba furioso. De no estar enfermo como un perro por la golpiza que me dieron, me habría abierto camino fuera de ese agujero infernal. En vez de eso, dejé que me guiaran a la corte. Aparentemente… pues parece que aparentemente es como viven las gentes de ciudad, ¡pues es contrario a la ley asesinar a un capitán de la guardia!...— dijo perdiendo el hilo de la conversación— en mis tierras, tú mismo vengas el honor de tu mujer… pero mejor termino mi relato.
» Supusieron que era amigo del joven soldado, y sus insistentes preguntas y demandas de información comenzaban a crisparme los nervios. Para colmo de males, el juez empezó con un sermón sobre mi deber hacia el Estado y la sociedad… ¡cuando yo apenas había llegado a Malik-Thalish el día anterior! Prácticamente babeaba al ver mi espada tan cerca y no tenerla en mi cinturón, pero me contuve por el momento.

— He aquí un hombre más fuerte que yo— comentó Timo a las risotadas.
— No entiendo ese invento de la corte ¿cómo puede decidir gente que nunca me ha visto en mi vida, si yo hice o no hice algo?— preguntó más serio. Nathan tenía la misma opinión, aunque también entendía que era mejor que decidiera una mayoría, y no una única persona, porque esta podía aprovechar su poder.
» El juez ordenó que se me devolviera al calabozo para alegría de la dichosa corte. Claramente, estaba en una sala de lunáticos. Así que yo, ah, recuperé mi espada… y abrí el cráneo del juez en dos como si fuera un melón. ¿El caballo que me trajo hasta aquí? Era el del capitán.

Para sorpresa de Nathan, el capitán rio junto a todos sus hombres. Él no estaba muy seguro de que tuviese alguna gracia, aunque entendía la desesperación que seguramente habría sentido el deseh al verse injustamente encarcelado bajo un sistema que no entendía. Lo observó sin juzgarlo. Aunque joven, el guerrero gozaba la extraña virtud del carisma, y la tripulación del Destino, habiéndolo conocido tan sólo unos minutos, ya lo quería como un camarada más.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Mayo 10, 2015 4:22 am

El resto del día fue considerablemente más tranquilo que lo que hubiera podido imaginarse en un comienzo. Para el asombro del capitán Timo y de Nathaniel Winston, no los había perseguido ningún barco de los cientos que componían la flota oficial de Malik. Después del mediodía, cuando todos habían saciado su hambre, la mayor autoridad en la embarcación se había reunido con el anciano en la proa, desde donde se pusieron a hacer conjeturas de sus posibilidades de ser aprehendidos  llegando a destino. Terminaron decidiendo por unanimidad, que no sucedería nada grave. Si nadie había ido tras el Destino, entonces no consideraban al deseh como peligroso.

Al escaparse con tantos testigos, Drefan había logrado que todo el ejército quedara como inepto, lo que sumado al orgullo natural de los mahre y cite de la ciudad fortaleza, resultaba en un peligro inminente según Timo. En menos de un día, el capitán había aprendido a apreciar la presencia de Nathan, en quien había encontrado un oído que escuchara todo lo que un viejo perro de mar –como a él le gustaba llamarse a sí mismo- tenía para decir. El galante anciano no tenía problemas en escuchar, especialmente cuando quien le hablaba era coherente y no tendía a las exageraciones como la mayoría de marineros.

Una semana en Malik, le había enseñado a creerse la mitad de lo que le contaban los tripulantes de los barcos que arribaban en sus muelles. Era la primera vez que pisaba un barco. Por lo menos desde que había despertado sin memoria de su vida anterior. Por la tranquilidad con la que su cuerpo y su mente habían respondido al suceso, estaba bastante seguro de que no era la primera vez real. El olor a pescado constante, el viento despeinándolo, y el vaivén sin fin del suelo, eran bien acogidos. Además, durante la tarde, cuando la tripulación había desarrollado sus quehaceres, él se había sentido uno más.

Cuando quedó el último marino sobre la borda, y su reflejo ya no se distinguía en el agua contagiada de noche, el capitán y Nathan lo saludaron desde la punta de la proa, donde compartían una botella de vino. Habían quedado solos, y las voces de ambos parecían gritos en la inmensidad del mar que los rodeaba. Pese a que no había mucho viento, la vela tendía a inflarse de a ratos, pero esto estaba lejos de preocupar a Timo, por lo que el anciano que lo acompañaba tampoco le dio importancia. Aunque no se había formado ni una sola nube, y las estrellas brillaban con fuerza en el cielo de un violeta oscuro, el agua no tenía intención de aclararse.

Era el único detalle que molestaba, aunque no hubo tiempo para cavilar las razones ni preguntárselo a Timo. Antes de que lo hiciera, Drefan salió de una escotilla. Al verlo, Nathan pensó que si algún día un escultor precisara un modelo para hacer la estatua de algún dios belicoso, se lo recomendaría. Por el momento, pese al difícil comienzo, el deseh no había causado ninguna molestia a la tripulación, e incluso había sido bien acogido por buena parte de esta.

— Hola Nathan— dijo sentándose al lado de este, que quedó en el centro de la proa— tienes mi gratitud, Timo, por la bebida y la hospitalidad. Has sido más generoso de lo que yo hubiera sido en tu posición— admitió sin culpa, mientras tomaba la botella.
— Somos marinos pacíficos, deseh, y no siento afecto alguno hacia las corruptas cortes de Malik. Eres bienvenido… aunque si confío en mi presentimiento, remarás junto a mis hombres.
— Mi presentimiento es que necesitarás mi espada, no mis habilidades navegando. Así como Nathan ofrecerá su magia para ayudarte— declaró solemne, sin dudar ni un momento, ni mirar al mago.

El anciano sonrió complacido ante tal deducción. Por el contrario, el capitán lo miró como si se tratase de un cadáver que acababa de reanimarse.

— Tengo ciertos dones— concedió, en voz baja— que están a disposición de nuestro buen capitán y su tripulación— inmediatamente alzó un enjuto dedo índice, casi admonitorio— sin embargo, descarto cualquier problema. Esta noche está demasiado tranquila.
— Esto te juro— agregó el deseh— mientras esté a bordo del Destino, tú y tus hombres están bajo mi protección.

El capitán se llevó la botella a la boca, dubitativo, y se tomó un tiempo en el cual sus acompañantes lo observaron con atención. Finalmente hizo un gesto de negación con la cabeza, que acompañó con una sonrisa.

— Muy bien. No sé por qué Matre me los ha enviado, pero se lo agradezco. ¿Ven hacia allí? Está Shem. Ricas praderas, hermosos pastizales.
— Yo no siento nada— dijo Nathan, escrutando la oscuridad en dirección a donde había señalado el capitán.
— La posición de las estrellas me lo dice. Siento el aroma de las flores y los hatos de ovejas. Hago este viaje cincuenta veces por temporada.

El deseh miró serio al mismo punto que Nathan.

— Prefiero viajar por tierra.
— Por la mañana veremos el río Enlil y los castillos negros de Yalika. Los evitaré— declaró—los hechiceros que practican las artes oscuras en sus playas se enojan con facilidad.

El semblante de Drefan se oscureció, pero quien preguntó fue el anciano.

— ¿Artes oscuras?
— Sacrificios humanos. Mujeres desnudas amarradas y destripadas como pescado. Ellos adoran al dios serpiente— informó entre el miedo y el asco.
— Ya veo— musitó Nathan, más para sí mismo que para el otro. La piel se le había erizado bajo la túnica, y no era una noche fresca.

Al capitán no pareció importarle.

— Para ser sincero— declaró— estoy contento de tenerlos abordo. El mar thonomer es a menudo un lugar poco agradable. ¿Han oído hablar de Bêlit?

Nathan solo contrajo el labio, haciendo una mueca un tanto chistosa con la que se declaraba ignorante en el tema. Drefan, por su parte, desvió la mirada.

— Mis viajes se han limitado a las regiones del sur— la mirada no era lo único que desvió.
— Bêlit no es un dónde… es un quién.
— ¿Una mujer?— arriesgó Nathan.
— En efecto lo es, mago. En efecto lo es— replicó con una sonrisa triste, que pronto fue acompañada por un gesto sombrío — Ella capitanea el Tentación…  y es la reina de la Costa Negra.


Última edición por Nathaniel Winston el Sáb Jul 11, 2015 8:31 am, editado 1 vez


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Mayo 10, 2015 11:24 pm

«La reina de la Costa Negra»

Había algo en esa frase. ¿Un símbolo quizás? No, no podía ser, no había símbolo posible, ni siquiera se trataba de una metáfora. Quizás era un detalle ligado a la Costa Negra. Nathan no recordaba haber oído nada de ese lugar, pero tampoco es que se encontrara apto para hablar de recuerdos en aquel momento. Aunque su mente se negaba a dejarle acceder a los detalles de su vida anterior, en algunas ocasiones sentía que estaba frente a algo que había formado parte de la misma. Con los ojos cerrados para evitar cualquier estímulo externo, se propuso analizarlo. No estaba muy convencido de que la Costa Negra hubiese desencadenado ese sentimiento en su interior.

Pronto descubrió, para su sorpresa, una posibilidad en la que no había recaído aún: lo que había reaccionado en su interior, no era su parte humana. Era el don. La magia con la cual lo habían dotado los dioses, acababa de manifestarse por primera vez respecto a palabras. Anteriormente, había sentido algo similar, cuando se cruzó con el alto sacerdote de Belthalas en el centro de Malik-Thalish, el quinto día de su estadía en la ciudad. Belthalas era un dios menor en la mayoría de reinos humanos, pero en la ciudad portuaria, como se creía que era el protector de los mares, era más adorado que el propio Retham.

Nathan supo en aquella ocasión, que no se trataba de nada relacionado con la deidad en sí, sino con la magia de quien lo representaba entre los mortales. De la misma manera, ahora su magia le advertía otra presencia, ¿pero de quién?

Tan asombrado estaba por las nuevas perspectivas acerca de lo que era capaz, que no se dio cuenta que, aunque el mar continuaba meciendo la embarcación, las olas ya no producían ningún sonido. La madera tampoco crujía con cada leve embate. Al abrir los ojos, el  mundo había adquirido una tonalidad rojiza que no se asemejaba a ningún momento del día. Ni siquiera el ocaso de un día de otoño. Tampoco era nada que hubiese visto, o de lo que hubiera leído. Al volverse para ver si sus acompañantes seguían allí, comprobó que efectivamente, había dos siluetas donde antes habían estado ellos. Aunque estaban a menos de dos metros de él, no lograba verlos en detalle. Más bien parecían las sombras de los que hasta hacía un rato habían sido hombres.

El anciano estiró una mano hacia quien creía, tenía que ser el deseh, y al ver que lo atravesaba la retiró como si se tratara de agua fría. Espantado por el cambio repentino, reculó ayudándose con ambas manos hasta que la espalda sintió la madera

«Así que por fin te has vuelto loco, Nathan».

Se puso de pie tambaleante, dispuesto a bajar de la proa a toda velocidad, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. La borda estaba repleta de hombres, como lo había estado unas horas antes. El cielo, de un tono un poco más oscuro que el de la sangre, aún exhibía las estrellas en la misma posición. Al ver semejante espectáculo, el anciano se obligó a tranquilizarse, con una idea rondándole en la cabeza: lo que estuviere por venir, no necesitaba su aprobación. Si los dioses habían decidido que presenciara ese momento, entonces evidentemente habría un motivo, aunque él estuviese en desacuerdo con ser un instrumento de la voluntad divina.

A medida que su respiración iba acompasándose, lo que había sido un muy leve zumbido fue tomando fuerza dentro de su mente. En cuestión de segundos, oyó la voz del maestro timonel, describiendo a Bêlit como un mal, una plaga en aguas abiertas. Pero una segunda voz la describía algo distinta:

“Óyeme sobre una fiera hija de Shem, delgada pero con la figura de una diosa. Óyeme sobre su piel del color de la leche, y sobre su cabello negro como ébano líquido”. De pronto la vio. ¿Cómo había podido pasársele por alto? Del otro lado del barco, sentada en un trono de madera que parecía ser parte de la popa, veía la figura de una mujer que sobresaltaba por sobre todas las siluetas oscuras de la borda. Nathan no tuvo que acercarse para comprobar que se condecía con las palabras que acababa de oír, sin embargo, se sentía plenamente atraído hacia la figura curvilínea y desnuda de la mujer. Al parpadear, muy a su pesar, se encontró a mitad de camino de ella.

“Óyeme sobre una violencia implacable, sobre una mujer que desconoce la piedad y la empatía. Óyeme sobre aquella que dirige a su tripulación con inerrable certeza de que no hay nada que ella ordene, que no sea obedecido al instante”. De inmediato, todos los rostros sombríos se volvieron hacia Nathan. No. Nathan no, de alguna manera, estaba viendo todo desde el cuerpo de alguien más, aunque no podía agachar la mirada para comprobarlo. Había algo en ella que lo obligaba a mirarla. “Óyeme sobre el camino de dolor y miseria que su piratería ha dejado. Sobre las naves destruidas, y familias hechas pedazos”.

En un nuevo abrir y cerrar de ojos, se encuentra cara a cara con ella. Alguien le acababa de advertir sobre ella, ¿qué cosa era? No lo sabía. Quizás le habían dicho lo sublime que se veía, sentada en su trono como la reina que era. Su cuerpo desnudo parecía ser lo único que quedaba de una civilización anterior. Se veía como una diosa pagana, venerada por generaciones. Su piel marmórea relucía en contraste con la luz roja que la rodeaba. Drefan lo sabía naturalmente, aunque no podía quitar sus iris de los orbes negros que ella tenía por pupilas. Había fuego en esos círculos de ónice. Fuego y pasión.

«Drefan», entonces Nathan lo comprendió. Por eso se sentía ajeno a su cuerpo.

Drefan oyó todo lo que tenían para decirle, pero lo único que su entendimiento discernió, fue sobre una mujer no distinta a las diosas aladas de la guerra que se veneraban en el Sur. Las terribles dadoras de dolor y placer con las que él siempre había soñado. De la comisura de sus carnosos labios, caía una gota de sangre dispuesta a desprenderse con premura de la piel suave y tersa, para caer a la madera.

«Bêlit ha conquistado el corazón de Drefan sin que él lo sepa…»

Cuando abrió los ojos nuevamente, el rostro de Timo aún era la máscara de preocupación que había visto antes de cerrarlos. ¿Cuánto tiempo acababa de pasar?

— Bêlit es un mal, una plaga en aguas abiertas— declaraba en voz baja. Gracias a este detalle, Nathan supo lo que acababa de ocurrir.

Por rostro impávido y sudoroso del deseh, el tercero en la proa, era evidente que el anciano no había sido el único en tener la visión. No obstante, como Drefan no mencionó el episodio, él decidió callárselo también. Aún no conocía lo suficiente al muchacho, pero en aquel momento, admiraba la voluntad de su espíritu. Él, por su parte, aún tenía que reflexionar sobre su don, y si era posible afectar a los demás. Por lo que sabía, bien podía haber sido él quien le demostró la visión al hábil guerrero. Si eso era lo que había pasado, por el momento haría bien en guardar silencio, y si luego veía que, de alguna forma le había hecho mal, aún quedaban varios días para llegar a Phonterek.

Esa noche, cuando los demás se perdieron en el interior del barco, él se quedó a meditar sobre los posibles alcances de su poder.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Mayo 13, 2015 2:18 am

La mañana estaba más calurosa que la anterior. Mucho más. Era como si una densa nube de humedad se hubiera posado sobre el barco, y lo persiguiera por donde fuese. El Destino podía parecer modesta en comparación con los otros barcos que navegaban cercanos a la costa de Ka’il, pero no tenía nada que envidiarles en cuanto a velocidad. Su tripulación, había llegado junto con el sol, cuando aún se podía estar sin sentir el sudor como una segunda piel. Y el agua estaba calma como un estanque. Ahora era imposible ver el reflejo, debido a las olas que acompañaban el lugar por el que pasaban los barcos.

Pese a no destacarse por su tamaño, la ciudad de Ka’il, funcionaba perfectamente como un nexo entre varias civilizaciones. Según el capitán Timo, ese era el punto más lejano al que llegaban algunos comerciantes del Bosque de Jyurman, donde los cite conservaban algunas costumbres tribales muy parecidas a las de los elfos.  Era un panorama atractivo, pues los edificios de la pequeña ciudad no tenían el atractivo que había visto en el este, pero el muelle estaba mucho más cuidado e infinitamente más vigilado que la misma zona de las ciudades Thonomer Norte. Los soldados vestían uniformes distintos unos de otros, lo que indicaba que, pese a hacer el mismo trabajo, en realidad respondían a distintos intereses.

Por lo que algunos tripulantes del Destino le habían explicado, el puerto de Ka’il era explotado comercialmente por nobles de Phonterek, las castas más importantes de Mirrizbak, y los representantes de la matriarca drow. Eso explicaba la existencia de barcos tan distintos unos de otros. Por ejemplo, los cargueros de los elfos negros, parecían veleros en comparación con el Destino, y eso que este último era uno de los barcos más pequeños. Llevaban velas distintas a cualquiera que Nathan hubiese visto antes. Estaban compuestas por varios tramos separados por madera, y en cada uno de esos tramos había tela. Todas las embarcaciones drow eran idénticas, lo que describía a la perfección el nivel de organización de su gente.

Todo lo contrario a los enormes galeones enanos.

Al principio, todo eso estaba muy bien como pasatiempo, pero ahora que llevaban horas atracados en el muelle, los marineros querían dejarlo lo más pronto posible. Y no eran los únicos. Nathaniel, que hasta ese momento había estado charlando con ellos, empezaba a impacientarse por la demora. Como vio que los tripulantes le tenían demasiado respeto a su capitán como para considerar preguntarle por qué no estaban navegando de camino a Phonterek, decidió bajar del barco él mismo. Lo más difícil fue bajar por la angosta tabla que habían tendido entre la borda y el muelle, porque, una vez abajo, no necesitó inventar ningún pretexto para averiguar la causa de su prolongado arribo.

Timo conversaba con unos hombres de aspecto salvaje, muy similar al que presentaba Drefan, aunque en el caso de este, era acompañado por cierta elegancia que los demás carecían.

— Nathan, si no interpreto mal estas noticias— dijo sin quitar la mirada del segundo de los tres hombres vestidos con jilbabs blancos— estos hombres han perdido tres botes de carga hace días a manos de piratas.

El anciano asintió quedamente, tal como hubiese hecho si le hablaran de algo que no podía importarle menos. Inmediatamente saludó a los desconocidos, y buscó a Drefan con la mirada. El deseh, que estaba al lado derecho del capitán, se veía más serio que cuando había amenazado con bañar la borda del Destino con la sangre de sus tripulantes. Incluso entonces, Nathan sabía que lo decía porque confiaba en que fuesen lo suficientemente inteligentes como para no volver atrás. Posiblemente, entonces ya sabía que el capitán no tenía motivos para volver en una buena temporada por el puerto de Malik-Thalish.

Este caso era distinto.

— Tiene que ser el Tentación— murmuró Drefan.
— ¡¿Tiene que ser?! ¿Tiene que ser, dices?... que Sheyr se apiade de nosotros, Bêlit está en estas aguas… yo mismo te lo aseguro— gritó uno de los desconocidos.

El calor que hacía allí era insoportable. A tal punto que Nathan se vio obligado a despojarse de las estolas cruzadas que acostumbraba a vestir sobre la camisa interior. En esta ocasión iba vestido de marrón claro. Era difícil incluso concentrarse, ¿cómo hacían los hombres que vivían en esa ciudad para sobrevivir? Por lo que pudo ver, no le daban mucha importancia. Drefan tampoco, aunque en su caso podía deberse a que estaba de torso desnudo. En el caso del capitán Timo, era distinto. Después de oír a su interlocutor quejándose a viva voz, se llevó una mano a la cara y la arrastró hacia abajo en un gesto cansado.

— Maldita sea— dijo luego, más para sí mismo, confiando en que Drefan continuara la charla con los desconocidos.
— ¿Qué pasa?— le preguntó el deseh, ignorando a los demás.
— Este es mi estilo de vida, deseh. Me veo obligado a buscar comercio al norte de aquí para evitar a Bêlit— explicó alternando la vista entre Drefan y Nathan. — Pero no me atrevo a mostrar la cara, o mi navío, a menos de veinte millas de Malik.

Los salvajes se alejaron discutiendo algo sobre unos jarrones que debían tener preparados para la tarde. Ni siquiera saludaron, lo que fue propicio para el silencio que se creó entre los que quedaban. Al final, Drefan se llevó una mano a la frente para crear algo de sombra y ver mejor mar adentro.

— Tienes razón, Timo. Tu situación es culpa mía.
— ¿Eh? yo no…— empezó, pero fue interrumpido.
— Lo es, y estás en lo correcto al recordármelo. Te he dado mi amistad y mi espada, pero eso no es suficiente— dijo tajante el deseh. — Tienes mi vida: te la ofrezco libremente— agregó señalando al Destino— llévame en la dirección de esa reina de la Costa Negra, y te juro por mi vida que nunca más temerás navegar por estas aguas.
— Drefan, por el amor de los dioses, no te pediría eso ni a ti, ni a Nathan, ni a mi tripulación. Nosotros ya veníamos hacia aquí antes de que te metieras en mi navío. Somos comerciantes, hombres trabajadores, no soldados ni mercenarios.

Nathan decidió guardar silencio. Por un lado, entendía a Drefan, que se sentía irrefrenablemente atraído por la pirata. Sabía en su corazón, cuán peligrosa era, y que había que detenerla. Pero la idea de arriesgar su vida por él, no le atraía. No sabía de qué recursos podía valerse Bêlit. Por lo que había visto en su visión, era una mujer para nada parecida a ninguna otra. ¿Y si se trataba de una hechicera? Por un momento sintió el escalofrío corriéndole por la espina dorsal hasta la base del cráneo.

— Me siento honrado por tu juramento, amigo, en verdad. Llévame al sur, a tus tierras. Evitaremos las patrullas de Malik y comerciaremos con las tierras deseh. Por favor.

Drefan se detuvo ofendido.

— ¿Me pides que huya?
— No te pediría nada así— mintió. — Te llevaré a donde desees, y te ofreczo mi agradecimiento y mi amistad. Pero no puedo ir a la guerra contra Bêlit por ti.
— En mis años de guerrero, aunque limitados en número, he aprendido una importante verdad— comentó Dredan, con una sonrisa entre triste e irónica.

Nathan no le dejó terminar, pues sabía lo que estaba a punto de decir. También sabía que lamentablemente, era la verdad. Posó una mano amistosamente en el hombro de Timo.

— Pese a que es admirable tu deseo de preservar las vidas de tus hombres, capitán, con frecuencia la misma intención de un hombre de evitar una batalla, se convierte en la forma más eficaz para encontrar una.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Mayo 14, 2015 4:19 am

— ¡Navío! ¡Al noroeste!

El vigía apostado en el nido señalaba un punto lejano con casi la mitad del cuerpo fuera del nido. Por un lado, era una buena noticia, pues significaba que el pobre hombre seguía vivo. Nathan se preguntaba cómo podían sobrevivir con semejante calor, los marineros que subían a lo más alto del único palo. Aunque se turnaban para cambiar cada dos o tres horas, era el típico día en el que debido la humedad, si alguna nube escondía la enorme figura del sol, no hacía más que acrecentar el calor que este producía. Por otro lado, el noreste no era ninguna ruta comercial. Por lo menos, ninguna que hubiesen mencionado antes.

Nathan frunció el ceño tanto como pudo, tratando de distinguir algo más que largas olas, allí donde había señalado el vigía. Desde hacía por lo menos cuatro horas, que el barco había entrado en una región salvaje del mar. Nadie podía explicarlo, pues el cielo no parecía pronto a una tormenta. Al anciano que viajaba como miembro temporal de la tripulación, no le había importado el oleaje hasta el momento. Ahora que necesitaba comprobar por él mismo de qué clase de barco se trataba, empezaba a entender los improperios que lanzaban los marineros al ver su labor dificultada por los embates constantes del agua.

El capitán Timo fue el primero en divisar el navío.

— Nave mercante, no muy distinta del Destino. Mismo astillero estoy seg…— su expresión cambió a tal punto que a Nathan le pareció estar ante otra persona. — Algo va mal.

Como no sabía a qué se refería, el anciano se volteó a ver por él mismo. Ahora alcanzaba a ver una vela negra, tan raída que podría haber pertenecido a cualquier embarcación abandonada, flotando a la deriva. Había otra posibilidad…

— ¿Es quien yo creo que es?— preguntó Nathan.
— Bêlit— gruñó Drefan, que miraba la embarcación con gesto desesperanzador.

El peculiar anciano de cabellera cana estuvo a punto de responderle, cuando oyó la voz del capitán.

— No lo sabes…
— Bêlit— repitió el guerrero, observando la forma sobrenatural en la que la embarcación de madera negra y escudos en los costados, se había posado a una distancia relativamente corta.

Algo iba mal. Algo iba tremendamente mal, ¿cómo podía ser un barco como aquel tan rápido? La vela estaba arañada como las espaldas de los soldados que, un día después de su regreso, festejaban en antros de ambiente poco familiar. Además, pese a ser el tipo de navío que necesitaba de un buen número de tripulantes, no se veía ningún hombre. De hecho, no se veía nada a bordo, lo que podía representar una seria amenaza, pues todo indicaba que se trataba de una trampa. Si Drefan lo interpretó del mismo modo que Nathan, este no se enteró, pues sin dar aviso, se lanzó al mar con la espada en mano. Timo le pidió que volviera a gritos, pero el deseh no parecía oírlo.
Nathan se hubiera sumado al capitán, pero pronto descubrió que era incapaz de articular una sílaba. Cuando iba a posar la mano sobre la garganta, en un acto reflejo, se dio cuenta de que tampoco podía moverse. Conforme pasaban los segundos, los gritos de los marineros fueron transformándose en susurros apenas audibles. De la misma forma que perdió el oído de manera vertiginosa, también fue oscureciendo el mundo que tenía ante él. El proceso fue rápido, pero terminante. Tuvo que reducirse a la mismísima nada, antes de recobrar el mínimo de integridad física.

Como sabía que el esfuerzo no daba frutos, permaneció con los ojos cerrados hasta que recobró la conciencia cognitiva completamente. El sabor salubre del agua de mar le impregnaba la lengua, aunque estaba bastante seguro de tener la boca cerrada. Además, sentía el sonido de las olas rompiendo constantemente en sus oídos, lo cual era imposible… Pese a estas incomodidades, que al abrir los ojos, el mundo no fuese el mismo. O peor aún, que él no fuese quien los había cerrado, pues tenía una leve sospecha de lo que le estaba ocurriendo. La peor parte era la de sentirse completamente desprotegido.

Cuando abrió los ojos, vio brazos morenos y gruesos trepados en la madera negra del barco que antes tenía a casi media milla de distancia. Desde lejos, llegaban los gritos de Timo y su tripulación, que le llamaban. En realidad, no lo llamaban a Nathan, sino a su anfitrión: a Drefan. Tendría que hacer algo pronto para averiguar cómo detener esas visiones, si no quería terminar más loco de lo que ya estaba. Por lo pronto, descubrió que podía aislar las sensaciones a voluntad. Si quería, podía elegir sentir los labios moverse cuando Drefan hablaba, o no hacerlo y limitarse a oírlo. Así supo cuando el guerrero hablo.

— Bêlit— había susurrado completamente embelesado, antes de repetir el nombre una y otra vez. — ¡Bêlit!

Nathan solo comprendió la razón de la desesperación contenida en esos gritos, cuando centró su atención en lo que tenía por delante. Era un espectáculo horrendo, digno solo de una profunda pesadilla o una escena de guerra. Ante los pies del deseh, yacían los cadáveres mutilados y descuartizados de los tripulantes del Destino. Algunos habían caído sin saber qué los había matado, otros presentaban signos de haber opuesto resistencia. Todos habían muerto. Drefan se movía entre los cadáveres, buscando uno especialmente. Se desenvolvía con una calma inusitada, parecida a la que el mar mostraba los días en los que iba a desatarse una tormenta.

Después de unos minutos encontró a quién buscaba. El capitán Timo yacía al final de la popa, con los ojos blancos centrados en el cielo. Alguien se había encargado de abrirle el estómago, permitiendo que los intestinos escaparan para llegar hasta el suelo. Si hubiera estado en su cuerpo, Nathan posiblemente hubiese devuelto la comida del mediodía allí mismo. Antes de reparar en el hecho de que, su cuerpo podía ser uno más de los tantos que había por allí, el barco desapareció. De pronto, estaba flotando en el agua, cerca del Destino. Por fortuna, continuaba siendo huésped de Drefan.

Cada vez estaba más seguro de que estaba en un sueño. El único impedimento para comprobarlo fue que, justo cuando Drefan empezó a nadar hacia el barco, una figura emergió delante suyo. El rostro, pálido como la muerte observaba al deseh con ojos de fuego. Los cabellos, finos como hilos de ébano, flotaban cual tentáculos en torno a la cabeza. De repente, toda la ira que el guerrero había acumulado, se esfumó. Ella sonrió  con malicia y se abalanzó hacia él, capturándole los labios con los suyos. Nathan cerró sus sentidos astrales para controlarse, pues la excitación y el deseo de su anfitrión amenazaban con atraparlo.

La mujer no tardó en abalanzarse otra vez sobre Drefan, esta vez, obligándole a sumergirse. Su víctima solo recobró el sentido cuando su instinto le indicó que estaba a punto de perder el conocimiento… pero ya era tarde.


Última edición por Nathaniel Winston el Lun Mayo 18, 2015 5:00 pm, editado 1 vez


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Mayo 17, 2015 7:49 pm

Nathan despertó con la boca caliente y los labios resecos. Supo desde primer momento que no había tenido fiebre, sino algo mucho más mortal: una visión. Su cuerpo exigía un poco de agua, pero él tenía la mente puesta en otro asunto más apremiante. El corazón, desbocado, parecía tener la intención de salirse del pecho. Salió del catre que había elegido para descansar durante las noches, con la extraña sensación de estar a punto de luchar por su vida. Sus viejos huesos no se quejaron cuando corrió hacia la habitación del capitán en el castillo de popa. Como no lo encontró allí, aprovechó la otra puerta del camarote para salir directamente a la borda.

En ese preciso momento, Drefan salía de una escotilla cercana a la proa, tomándose la cabeza con la mano libre. Susurró alguna lisura que su observador atribuyó al dolor de cabeza que debía sentir tras lo que acababa de visualizar. Nathan no podía estar seguro de que el deseh tuviese las mismas visiones que él, pues no se lo había preguntado, ni pensaba hacerlo. Simplemente, la posibilidad estaba presente y debía tenerla en cuenta. Además, el joven guerrero se veía inusualmente nervioso. Era de fuerte temperamento, pero esto era distinto. Se veía aturdido, no tanto enojado como molesto.

El anciano se quedó observándolo durante unos cuantos segundos antes de acercarse. Y cuando lo hizo, se aseguró de que Drefan lo viera sin que lo tomase como un peligro. No era buena idea asustar una bestia distraída.

— Por Huan— citó el muchacho al verlo. Su mirada era muy parecida a la de un tigre acorralado.
— ¿Estás bien, hijo?

Drefan sonrió sin humor.

— Eso aún no lo sé— murmuró sujetándose a la borda, desde donde miró hacia estribor.

El sol no estaba con ánimos de asomarse tras las nubes, no obstante, era evidente que la madrugada había pasado. El cielo nocturno había estado completamente limpio, a tal punto que antes de dormir, los marineros se habían quedado a contar algunas historias bajo las estrellas. Ahora que ya había amanecido, todavía no se había apeado nadie de sus catres, lo que era extraño, pues Nathan no había visto al capitán en su camarote. El anciano pensó en preguntarle al deseh cuándo iba a estar seguro, sin embargo a último momento decidió que la pregunta era muy obvia. En menos de dos minutos, había recorrido toda la cubierta mirando todo lo lejos que podía con la niebla matutina.

El anciano, que esperaba el momento oportuno para hablarle, se quedó abrazado a su largo bastón rojizo. Lo tomó con más fuerza al ver que Drefan había anclado su mirada en algún punto lejano de babor. Primero, el joven se llevó una mano a la frente, como queriendo aumentar la visibilidad. Después, se llevó esa misma mano a la barbilla. Todo indicaba que había visto algo, sin embargo Nathan no pudo ver nada. Repentinamente sin palabras, su compañero de viaje señaló a donde miraba. Al pasar los segundos, por fin él también pudo avistar aquello que mantenía intranquilo a Drefan.

Un barco negro, de procedencia nórdica apareció como un fantasma entre la densa niebla. Nathan había visto algunos parecidos en el puerto de Malik-Thalish. Si bien algunos eran creados en la ciudad, la mayoría era creada en Yagorjakaff, las tierras del norte del mar Thonomer. El anciano no era un entendido en asuntos navales, pero no necesitaba serlo para reconocer el casco de una embarcación que ya había visto. Habría reconocido ese barco en el mismísimo infierno. Las velas raídas habían sido de color negro, aunque actualmente eran de un gris gastado por el paso del tiempo.

El barco negro se acercaba al Destino desde estribor, y en dirección contraria. Por la expresión ansiosa de Drefan, su anciano compañero descubrió que el muchacho había perdido el control de sus pensamientos. Tenía un brazo doblado a la altura del pecho, como si estuviese sosteniendo un escudo invisible para protegerse de la inminente amenaza. Nathan salvó la distancia que le separaba del guerrero, y le posó una mano en el hombro. A punto estuvo de pedirle que reaccionara, cuando la vio por primera vez. En la popa de la embarcación pirata, había una mujer de espalda, gritando órdenes a su tripulación.

La figura exuberante de la reina de la Costa Negra, era incluso más bella en la realidad, que como lo había visto.

— Óyeme sobre una fiera hija de Shem, delgada pero con la figura de una diosa. Óyeme sobre su piel del color de la leche, y sobre su cabello negro como ébano líquido— murmuró asombrado.

Al oír las palabras, Drefan se giró, aún ensimismado, para mirarlo a los ojos.

— Fuiste tú— acusó. En sus ojos, Nathan vio el fuego de la ira inflamarse rápidamente.
— Nada de eso, muchacho. Nada de eso. De alguna forma que no comprendemos aún, hemos sido elegidos para presenciar este día. Sea cual fuese nuestro destino, teníamos que llegar hasta este momento.

El anciano no supo si sus palabras habían tenido el efecto que había esperado en su compañero, no obstante, este último logró controlar su furia. Cuando se volvió para ver de nuevo a la mujer, Nathan aprovechó para hacerlo también. La cabellera negra, caía en largas ondas hasta la mitad de la espalda, sobre una tez tan blanca como el amor de Matre. Ninguna cicatriz mancillaba la piel tersa de la reina. Su cuerpo no iba tapado por ropa alguna. Por lo menos, ninguna que el ilusionista pudiera reconocer como tal. En el hombro izquierdo llevaba una prenda armada de monedas y cuentas, unidas por alguna clase de cuerda fina que llegaba al otro hombro. Lo mismo ocurría con lo que parecía una pequeña falda de monedas, cuyo objetivo a primera vista no era proteger, sino enaltecer a su portadora.

Al darse cuenta de que los hombres la miraban, quedó tan sorprendida de ver a Drefan, como este de verla a ella. Tenía los senos cubiertos por la prenda de cuentas.

«Entonces no fue ella quien mandó esas visiones».

Tras unos segundos en los que los ojos acerados del deseh quedaron prendidos en la mirada musgosa de ella, Nathan lo sacudió.

— ¡A las armas!— gritó inmediatamente el guerrero, desenfundando la espada. — ¡Todos a las armas!

En cuestión de segundos, aparecieron algunos marineros a medio vestir, seguramente asustados por los gritos de Drefan. El anciano buscó a Timo, que fue uno de los últimos en salir de la escotilla de la cubierta. El capitán asintió a modo de saludo, y desenvainó un sable que hasta ahora, Nathan nunca había visto. Por las melladuras de la hoja, estaba claro que el arma había visto tiempos mejores. Aunque por el momento, el anciano no vio a los tripulantes del navío de Bêlit, para él estaba claro que cualquier batalla podía resultar letal para el Destino. Sus tripulantes apenas tenían noción del uso de la espada. Eran comerciantes, no soldados.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 18, 2015 6:25 pm

— ¿Qué hacen todos aquí?— vociferó a viva voz el capitán del Destino. — Todos a sus posiciones, dejaremos detrás a los piratas. ¡Vamos, muévanse!

De momento, los gritos de Timo contrarrestaron el efecto que provocaba tener una embarcación pirata tan cerca. Los hombres recorrieron la cubierta para ocupar sus lugares, como si en ello se les fuera la vida. El único puesto que quedó libre, fue el del nido del palo en el que la vela se inflamaba cuando el viento la azotaba. Nadie se atrevió a subir hacia allí con un barco repleto de enemigos que podían empezar a disparar flechas en cualquier momento. Los que no encontraron una posición libre en los remos, se pusieron a trabajar en otros quehaceres de menos importancia. Algunos, incluso, aprovecharon el desorden para volver bajo la cubierta.

Nathan observó a cada uno sin juzgar.

El anciano había compartido buenos ratos con los marineros al servicio de Timo, y sabía que se trataba de buenos hombres. Pero ninguno estaba preparado para plantarles cara a los piratas. Eran marineros pacíficos, que aprovechaban las rutas comerciales del Mar de Thonomer y los ríos aledaños, para transportar mercancías de una ciudad a otra. Lo único que tenían para defenderse, era a la más nueva adquisición del Destino: el deseh. Drefan no le había quitado el ojo al navío insignia de la reina de la Costa Negra, desde que este había aparecido cerca del barco donde viajaban.

Lo que aún debía determinarse, era la causa. Si el guerrero solo había quedado encantado por la apariencia de Bêlit, entonces tenían un problema. También cabía la posibilidad de que simplemente se hubiera quedado junto a la borda para prevenir un cada vez menos hipotético ataque. A Nathan le hubiese gustado averiguarlo, pero sintió que tenía que hacer algo antes. No le costó nada dejar de mirar hacia donde estaba el más nuevo tripulante del Destino para centrarse en el capitán, sin embargo, algo le ocurrió incluso antes de poder mover un pie en dirección a él. Supo lo que le ocurría, incluso antes de que el mundo adquiriera tono rojizo.

Esta vez no abrió los ojos, sino que se centró en la apertura de su mente. De su comprensión. Lo primero que vio, fue un pie, tan blanquecino como la luna. Al pisar un charco de sangre, produjo un chasquido que se oyó más fuerte de lo que era debido al silencio que reinaba en la cubierta. Al alzar la vista, se encontró con dos piernas largas y esbeltas que precedían las caderas dignas de una bailarina cortesana. Esta vez, pudo ver detalles de la mujer en los que antes no había reparado. En principio, se trataba de una muchacha más joven de lo que se apreciaba a primera vista. Tenía los ojos delineados, lo que la dotaba de una mirada peligrosa, casi indomable.

Llevaba un colgante de monedas y cuentas, parecido tanto a los dos triángulos que cubrían sus pechos, como al que llevaba en el hombro derecho. Además, tenía más cuentas atadas en la mano como un brazalete.

— Bêlit— era la voz de Drefan

La aludida sorteó los cadáveres mutilados y brutalmente cercenados que cubrían la cubierta.

— ¿Me crees vencida, deseh? ¡Mis pulmones aún inhalan aire! Mi corazón todavía late, y mantengo el control de mi nave. Soy totalmente inconquistable— gruñó buscándolo con la mirada.
» Tendrás que esforzarte más.

— ¡Échenle ganas, hombres!— el grito del capitán Timo devolvió a Nathan a la realidad.

Estaba de pie, a mitad de la cubierta, donde había estado antes de tener la visión. Resultaba evidente que, cuando entraba en estado de ensoñación, el tiempo se detenía. Por lo menos, si lo asaltaba en un momento crítico, no lo convertía en una presa fácil, aunque si la visión en sí lograba alterarlo, podía quedar tan paralizado como si el tiempo transcurriese normalmente. Mientras no aprendiera a controlar la profecía, era factible que esta lo controlase a él, pero no podía hacer nada para evitarlo. Mucho menos ahora, que el Destino intentaba huir de la embarcación pirata gobernada por la reina de la Costa Negra.

Timo posó una mano sobre el hombro de Nathan al pasar junto a él.

— Deseh— llamó a Drefan, como vio que no respondía lo llamó por su nombre. — ¡Drefan!
— Los hemos dejado atrás. Están a milla y media, pero se acercan con rapidez. Te prometí mi espada, Timo, y predigo que la tendrás antes del mediodía.

El capitán se llevó una mano a la frente, aunque el sol no se destacaba en la cúpula gris.

— Más pronto según parece. Tienen arqueros— señaló Nathan, con los nudillos blancos debido a la fuerza con la que se agarraba al bastón. — Mi magia no es suficiente para afectarlos desde esta distancia, y aún si estuvieran cerca, solo podría encargarme de dos a la vez antes de cada descanso.
— Dame un arco— pidió el guerrero, resoluto.
— ¡Alguien consígame un arco!— ordenó el capitán a viva voz.

Casi de forma inmediata se acercó un mhare con el arma y un puñado de flechas.

— Estamos cerca de la costa, ¿crees que la alcanzaremos si Drefan nos compra algo de tiempo?
— No es mi idea de un arma para hombres, pero los mhare me enseñaron suficientemente sus secretos— comentó el deseh, desoyendo a su compañero. — Que los dioses me ayuden para ensartar a algunos de sus hombres… o todo esto será en vano, amigos míos.
— ¿Debo ordenar a los hombres que se dirijan a la costa? Tal vez podamos perderlos a pie en la jungla, estamos cerca de Uzuri.
— Se nos agotó el tiempo— cortó el guerrero, tensando el arco para probar la presión que debía hacer. Una vez satisfecho, cargó una flecha. — Y no voy a morir con una flecha en la espalda. Mantén el curso, Timo.

Disparó. Fue solo la primera de docenas de flechas que cortaron el aire fresco del océano aquella mañana. Entonces recordó la sensación de victoria que había sentido al dominar el arco por primera vez. Había decidido aprender a usarlo hacía unos pocos años, solo después de ver los distintos usos que le daban los habitantes de una isla del norte de Malik-Thalish, a mitad de camino de Yagorjakaff. Como había dicho, no era su arma favorita, pero eso no significaba que ignorase el peligro que representaba en las manos correctas. De hecho, ese era el problema, pues sus manos no estaban acostumbradas.


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Nathaniel Winston

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Re: La reina de la costa negra

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