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La reina de la costa negra

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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 18, 2015 10:45 pm

Mientras las primeras flechas surcaban el cielo, las voces de los tripulantes fueron acallándose hasta que lo único que se oyó fue algún graznido esporádico de las gaviotas, sobre el estrépito de las olas en su constante ir y venir. En aquel momento, lo único que quedaba en el océano, era el barco enemigo y él. Los mhare le habían enseñado los tres principios básicos de la maestría con el arco y la flecha. En aquella ocasión, como pocas, el deseh escuchó con atención. Y así fue como aprendió, mudando la característica arrogancia de un joven guerrero por el pragmatismo de quien reconoce que siempre hay algo por aprender.

¿Quién podría haber dicho en aquel momento, que nunca iba a darle uso a una nueva habilidad?

Se agachó a recoger una flecha del carcaj que yacía en la cubierta, recordando las palabras de quien fuera su instructor. “Primero, se requiere de toda la fuerza para usar toda la capacidad de tensión del arco”. Drefan, criado en los páramos del sur y expuesto a los peligros propios del desierto desde su niñez, ya había adquirido esa fortaleza durante su adolescencia. Podía tensar el arco hasta doblarlo, y si antes de utilizarlo probaba hasta donde llegaba la cuerda, era solo para no romperlo. Afortunadamente, pese a que los marineros del Destino no estaban acostumbrados a la refriega, conservaban buenas armas.

“Segundo, mantener un rango de disparo estable”.  Alzó el arco por sexta vez para apuntar a una velocidad inusitada. El deseh comprobó en el rostro de sus compañeros de viaje, que no comprendían por qué disparaba una y otra vez. Quizás creían que estaba desaprovechando las flechas, y ni siquiera se tomaba el tiempo necesario para apuntar. No era así. “No aguardes a ver si tu flecha dio en el blanco— le habían dicho— tan pronto como sueltes una, prepara otra inmediatamente. El arquero que hace una pausa para observar, sólo disparará una flecha, mientras que el arquero sabio disparará tres”.

El Tentación casi había alcanzado al Destino, aunque sus hombres aún no se sentían a una distancia segura para empezar a disparar. Ni bien el barco del capitán Timo desplegó su única vela, el navío insignia de la reina pirata extendió tres velas triangulares sujetas entre el bauprés y el altísimo palo del centro de la cubierta. A estos se le sumó una más grande, que cubrió la tela desgarrada y desgastada que había visto a lo lejos. Era cuestión de poco tiempo que ya no pudieran huir. De momento, Drefan se contentó al ver como la última flecha que había lanzado, se clavó directamente entre el hombro y el cuello de uno de los piratas.

Sonrió al ver el cuerpo cayendo fallecido. “Tercero, mantener la calma. Disparar con rapidez, pero con control”. Esa era la regla que más le había costado asimilar, pues su temperamento le había impedido tranquilizarse las primeras veces. El estilo de combate del deseh, requería una gran dosis de ira, y hacerlo de forma distinta, suponía un obstáculo. Por fortuna para la tripulación del Destino, quien iba a bordo era un Drefan joven, pero más maduro que aquel muchacho que tomó un arco por primera vez, hacía ya unos seis años. Lo malo de poder ver al enemigo cayendo abatido, era precisamente que hacía unos minutos, no hubiera podido hacerlo.

— ¡Arqueros! ¡respondan!

El capitán Timo estuvo a punto de llamar la atención del deseh, cuando las primeras flechas se clavaron en la popa, peligrosamente cerca del guerrero. Nathan interceptó la mano del hombre a tiempo, y le pidió que no lo hiciera. En vez de eso, lo llevó a unos pasos de distancia de su compañero más joven y le comentó:

— No lo distraigas. Si los Dioses lo permiten, las flechas enemigas no lo alcanzarán.

Timo lo miró serio durante un instante, y ante la mirada solemne del anciano, asintió aún con cierta duda. Acto seguido, bajó la escalera de la popa corriendo.

— Desaten la vela y sosténganla ustedes, dejen poca soga— ordenó. — Tiren todas sus pertenencias, luego ya veremos como recuperarlas.

Nathan esperó a que el hombre se alejara, para volver junto a Drefan. El deseh manejó el arco como un veterano, enviando proyectil tras proyectil hacia el tentación. Sus maestros, si es que había tenido, estarían muy orgullosos. Pero a pesar de la seguridad con que sus flechas atravesaban la distancia, los remos enemigos continuaban cerrando la distancia entre ambos navíos. Era una embarcación tan peculiar como su capitana. Drefan disparó tantas flechas como pudo hasta que solo le quedó una. Y entonces, la delgada figura de la pirata Bêlit se hizo visible, deslumbrando a los ojos de Drefan. Este cargó el arco una última vez.

— Te veo, diablesa…— murmuró.

Por primera vez, el brazo del guerrero tembló. Su silencioso observador, atribuyó el problema con la fatiga y la tensión de la batalla. Después de todo, el deseh estaba apuntando el negro corazón de la pirata, latiendo bajo aquella piel marfileña, con la última flecha que le quedaba. Descargó el arma agachando la cabeza, y el proyectil giró dibujando un arco que salvó la distancia entre ambos navíos. La punta se incrustó en el cuello negro de uno de los dos gigantones que la protegían. Su señora se giró asombrada por la potencia que mostró la flecha hasta el final. Nathan la vio, antes de fijarse en su acompañante con una duda rondándole por la cabeza.

«¿Había errado, el arquero, o había dado en su objetivo?»

— ¡Bien hecho, deseh! ¡Casi atinas!—el capitán Timo, que había vuelto a la popa, se acercó sonriente.

Ojala Nathan hubiese podido contagiarse de su alegría, pero no era fácil engañarlo. Principalmente, porque él era quien escogía no dejarse engañar.

— Ya casi nos alcanzan, capitán. Y se quedó sin flechas. ¡Ordena a tus hombres a deshacerse de todo lo que haga pes…!

Drefan se agachó al ver a los arqueros disparando la primera tanda, y sus acompañantes lo hicieron al ver su expresión de urgencia. Algunas flechas pasaron por encima de ellos, e incluso una alcanzó mortalmente el pecho de un marinero. El rostro de Timo había adquirido la expresión más sombría que había hecho hasta entonces.

— Hemos arrojado al mar todo lo que hemos podido… nunca perderemos a esos malditos.
— Entonces ordénales que tomen las armas— gruñó el deseh, agachándose otra vez.

Ya era tarde. Al volverse, encontró a Nathan arrodillado junto a un cuerpo. La sangre manaba de este como una catarata. No era necesario acercarse para ver de quién se trataba. El buen capitán del Destino yacía con los ojos blancos mirando hacia el cielo gris. Aún tenía la flecha que lo había matado, atravesada en la garganta. El peculiar anciano le sostenía la mano con fuerza, como negándose a darle el permiso que necesitaba para iniciar su último viaje. No había querido moverle la cabeza para no hacer de sus últimos segundos, un martirio aún peor. Drefan le dio un instante para prepararse.

— Prepárate, amigo mío. Aún falta lo peor.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Mayo 19, 2015 4:16 am

— Has mantenido la posición, como todo buen guerrero. Me esforzaré por hacer lo mismo, mi amigo. Por tu memoria.

Las palabras sonaron graves, no solo por la voz contundente y cavernosa que utilizó el deseh, sino también por la situación. Era la primera vez en días, que Nathan lo vio triste. Casi derrotado. Casi. Después de unos cuantos segundos en cuclillas, junto al cadáver de quien había sido capitán del Destino de Grandeza, se puso de pie. En sus ojos solo había resolución. Era obvio que ya había decidido cuáles serían los próximos movimientos, aunque en opinión de su silencioso compañero, no había muchas opciones. Todo se había reducido a matar o morir.

— Arriba, hombres, de pie. Es inútil doblar la espalda… ¡Nos abordarán antes que recorramos unos cientos de metros!— exclamó alzando la espada.

Ante él, había al menos cuatro cuerpos de marineros que habían sido alcanzados por los proyectiles enemigos. Eran una demostración de lo que les esperaba. Eso lo sabía tanto él, como el anciano que lo custodiaba cuán alto era, abrazado a un largo bastón de madera rojiza. Nathan que tenía los pantalones manchados con la sangre de su amigo el capitán, se mostró tan implacable como el guerrero que arengaba a los demás tripulantes. A diferencia de este, no necesitaba palabras. Los hombres podían ver su ferocidad en la forma con la que esperaba a que Drefan terminara de hablar. No quedaba ni un ápice del viejo risueño que habían visto con antelación.

Él aprovechó eso para transmitirles tranquilidad, aunque en el fondo de su alma, lamentaba profundamente lo que estaba a punto de ocurrir. No le importaba su vida tanto como la de todos ellos, pues pese a no recordar quién había sido, ya había vivido lo suficiente. En cambio ellos… pocos llegaban a la mitad de edad de Nathan. Lo único que podía hacer, era mostrarse fuerte por ellos, y ayudar a su compañero en todo lo posible.

— Tomen su acero… ¡y por Huan, démosle a estos perros una buena pelea!— incitó Drefan, y los marineros gritaron entusiasmados. — ¡Si hemos de morir en sus manos, llevémoslos con nosotros!

Ya no quedaba tiempo. Ahora que el casco del Tentación, llegaba a la mitad de la eslora del Destino, su timonel había decidido acercarse a este último para embestirlo. El deseh se ubicó en el borde de la cubierta, como desafiando al enemigo a venir por él. Ahora que los navíos estaban muy cerca uno de otro, los hombres de la reina no disparaban, sino que esperaban el acercamiento para el abordaje. Nathan deseó tener una espada para defenderse, aún desconociendo cómo hacer uso de ese tipo de armas. Lo suyo, claramente, era la magia. El problema recaía en su imposibilidad de invocar hechizos poderosos.

Drefan se volvió un segundo para asegurarse de que el anciano seguía junto a él.

— No te separes de mí, Nathan. Veas lo que veas, lucha a mi lado— le pidió.

«No pensaba hacer otra cosa, hijo»

— Quietos, amigos míos— ordenó el deseh, mientras los primeros ganchos se clavaban en la borda.

Esos segundos fueron críticos. El mago flexionó las piernas por la sensación de estar a punto de caer por la borda, aunque sabía que los ganchos no eran para eso. En la cubierta del navío insignia de la reina de la Costa Negra, vio una cantidad considerable de hombretones preparados para matar. Todos tenían la piel más negra que Nathan recordaba haber visto, y bajo esta, músculos inflados por quién sabe qué actividad. Hasta el más pequeño le llevaba al menos una cabeza a los hombres de Timo. Por lo demás, contaban con armas de todo tipo. Incluso se veían algunas lanzas erguidas, con las puntas afiladas apuntando al cielo.

— Quietos…— la voz de Drefan era lo único que se escuchaba por sobre el oleaje.

La cubierta crujió aventuradamente cuando se inclinó por la presión que la media docena de ganchos ejercía, y en cuestión de segundos, las bordas chocaron. Con eso, el Destino se perdió. El navío mercante no tuvo defensa ante los refuerzos de acero que tenía cada borde del Tentación. Y al igual que la madera… la tripulación de la pequeña embarcación estaba perdida. Con espaldas fuertes y corazones valientes, habían sacado la nave delante de las peores tormentas que a Belthalas, señor del mar, le había parecido correcto poner en su camino. Pero cuerdas, cubos y velas no son lo mismo que espadas y lanzas.

Con el bastón sujeto a modo de pica, Nathan no perdió detalle de los movimientos del enemigo. Desde el centro del barco, podía ver hacia ambos lados, sin temor a que alguien le atacase por la espalda, pues allí estaba el deseh vigilando la cubierta. El muchacho había elegido una posición estratégica para el resto de la tripulación, pero peligrosa para él mismo. Era el único de cara a la mayor parte de los piratas gigantes, y de momento, se había valido de su espada y las piernas para mantenerlos a raya. Aquellos enemigos que lograban abordar, lo hacían sujetándose a las cuerdas que mantenían el mástil.

— Arriba— indicó Nathan, mirando hacia atrás, y pegándole en el pecho con el bastón al último hombre que amenazaba a su compañero.

Drefan se giró justo a tiempo, dibujando una línea imaginaria en diagonal con la hoja de su espada. La punta del arma se clavó debajo de las costillas, en el centro del torso del hombretón. En un movimiento ágil, su asesino se movió hacia un costado para hacerle lugar al cuerpo. Recuperando su promesa al capitán Timo, el deseh luchó y vengó a cada uno de aquellos nobles marineros. Al agacharse para retirar la espada del cadáver, miró a Nathan, que se aproximaba a toda velocidad hacia él. La madera trababa la hoja del arma, de tal forma que había perdido segundos esenciales. El anciano ni siquiera lo miró, cuando pasó junto a él, sino que se limitó a situarse a su espalda.

Un pirata, que había quedado agarrado a la borda, se había acercado de forma peligrosa. Un error que le hubiera costado caro. Nathan ni siquiera intentó bloquear el hachazo con su bastón, pues sabía que no tenía oportunidad. Además… le gustaba mucho ese bastón. En cambio, alzó la mano derecha hacia el enemigo, invocando su poder. De su dedo índice brotó una fina línea de luz que fue a posarse en el centro de la frente del hombre. Incluso antes de que ese halo se engrosara, el enemigo quedó paralizado. Tras asegurarse de que el hechizo había tenido efecto, buscó con la mirada por si había más peligro. El barco enemigo estaba muy cerca, y algunos de los hombres que habían quedado en la borda, lo miraban desde arriba con una mezcla de asombro y temor.

Aprovechando el espectáculo que acababa de brindar, empuñó el bastón dispuesto a empujar a su víctima al mar. Antes de que lograra hacer nada, el deseh se adelantó. Ante Nathan, una cabeza quedó separada completamente de un tronco. El corte limpio, no solo cercenó el cuerpo del pirata, sino que además sirvió como amenaza para sus compañeros. Como una pregunta sin respuesta. El hombre había tenido un final sin dolor, ¿lo tendrían también ellos?


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Mayo 20, 2015 12:46 am

Para un mero observador, el combate en el Destino pudo parecer corto y sangriento, pero para el deseh, el tiempo se había detenido. Los guerreros nacidos y criados en las tierras del sur, especialmente en el Reino de Akhdar, tenían un nombre para esto: La calma de la batalla. Drefan era un portador de las antiguas costumbres, cuando el enemigo lo superaba en número, simplemente aislaba esa parte de su mente que se encargaba de hacerlo un dador de muerte, sobreponiéndola por sobre todo lo demás. La espada parecía una extensión de los huesos del brazo, y se movía como tal.

Nathan no conocía las costumbres del mítico reino del sur, pero sí que reconocía la magia fluir por los puños de su compañero. El joven guerrero se entregaba a la batalla como un ave a los designios del viento. Pasaba a formar parte de algo más importante, que lo separaba de lo que era, para hacerle trascender por un instante, y así, unirse a la naturaleza de una forma hermosa, pero al mismo tiempo peligrosa. Cuando dos guerreros abordaron el Destino, Nathan vio como el deseh los recibía ansioso de sangre. Poco quedaba del muchacho que brindaba por oír más anécdotas de los marineros, y reía hasta largas horas de la noche compartiendo largas charlas con Timo.

Lo que hacía con la espada, era lo más parecido a una danza, que el anciano hubiera visto en cualquier otro guerrero. Fluía en cada movimiento, esquivando los ataques cada vez más fieros a causa de la impaciencia y el temor. Los piratas caminaban a su alrededor esperando el momento para aprovechar cualquier brecha en su defensa, pero él seguía moviéndose, complicándoles el plan. Cuando el que tenía a la izquierda por fin se decidió a atacarle, Drefan le pegó un codazo en el pecho que lo arrojó hacia atrás, y aprovechando el envión, cortó verticalmente la cara del otro. A punto estuvo de cortarle la cabeza por la mitad, sin embargo, su enemigo lo esquivó a tiempo, y solo el tabique de la nariz sintió el corte de la afiladísima hoja del deseh.

Fue suficiente para que este soltara la hoja. Posiblemente creyó que el tajo fue más profundo.

Sin dudas, el asalto al Destino no había salido como Bêlit hubiera deseado. Drefan le había matado por lo menos seis hombres, y estaba a punto de acabar con otro. El hombre que había sido empujado, se le acercaba dispuesto a clavarle la lanza por la espalda. Cuando Drefan se volvió para enfrentarlo, Nathan se posicionó de nuevo detrás suyo, con la mala suerte que, de camino, el otro hombre se agarró del bastón. A punto estuvo el anciano de perder su arma. Sin embargo, fue lo suficientemente fuerte para quedarse con esta. Lamentablemente para él, la intención de su enemigo no era quedarse con el bastón.

En el momento que Nathan se dio cuenta que el hombre solo tiraba de la madera con un brazo, este ya le estaba lanzando un puñetazo con la otra mano. El golpe le hundió la nariz y lo hizo caer hacia atrás. En un desesperado intento de reunir suficiente magia para paralizarlo, se dio cuenta de que aún la fuente de su poder no se había recuperado. A partir de ese momento, todo sucedió con la velocidad vertiginosa que caracteriza a los momentos críticos. El golpe casi le provocó la pérdida de la conciencia, más luchó en contra del negro abismo que reclamaba su percepción. Entre el dolor y el desconcierto, vio como el hombre recogía su espada y se acercaba para rematarlo.

En una arremetida desesperada, Nathan pateó al enemigo, que alzaba la espalda a punto de dibujar el movimiento ascendiente con el que pretendía matarlo. Su patada dio justo en la rodilla del pirata, que perdió el equilibrio a punto de caerse por la borda. En un último intento por terminar con Nathan, el hombre lo agarró de la pierna mientras caía al mar, arrastrando al anciano con él. El primer contacto con el agua fue tan duro, que provocó una descarga de dolor en todo su cuerpo. Hacerle frente a un enemigo en tierra firme, amparado por su magia y con un guerrero amigo cubriéndole la espalda era una cosa, pero combatir a un hombre sumergido, y que encima lo doblaba en peso, era otra muy distinta.

Para colmo de males, Nathan no sabía nadar. Si bien hasta el momento, no había sentido miedo ni siquiera al ver el inmenso mar desde la borda del Destino, ahora que esa inmensidad lo abrazaba con fuerza ineludible, comprendió por primera vez el peligro que representaba el mar. Igualmente, ese era el menor de sus problemas. El pirata, no había perdido tiempo para alcanzarlo, situándose por encima de él, y mientras ambos eran empujados hacia las profundidades, intentaba estrangularlo. El anciano sentía la garganta ardiendo más por el agua que le había entrado al intentar respirar, que por la presión que su enemigo le aplicaba con sus enormes manos.

Por mucho que intentaba liberarse, solo lograba hacer más brutal y rápido su triste final. No tardó más que unos pocos segundos en comenzar a perder sus fuerzas, ni siquiera le dolía la cabeza donde se había pegado cuando… ya no lo recordaba. Se había pegado pero, no. Era inútil, ya no lograba mantener pensamientos coherentes.

Cuando la oscuridad lo reclamó, una nueva fuerza en escena lo tiró hacia arriba. No logró ver de qué se trataba.

Sin miedos. Sin dudas. La mismísima idea de perder no era solo inconcebible, sino que dicho pensamiento ni siquiera intentaba surgir en la mente del guerrero. Emergió con la misma gracia con la que se había inmerso en el mar. Esta vez, sin embargo, traía alguien con él, así que se aseguró de salir lo suficientemente cerca del Tentación, como para que sus tripulantes no alcanzaran a verlo. Antes de tirarse al agua, había cortado dos de los ganchos que unían el barco mercante del capitán Timo, con el navío insignia de la reina de la Costa Negra. Lo había hecho adrede, aunque había disimulado la idea, actuando como si las cuerdas le estorbaran.

Ahora que tenía que abordar el Tentación, tenía una ruta de fácil acceso a la cubierta. Pero primero, se tomó unos cuantos minutos en pasar una cuerda por debajo de los brazos del anciano, y hacer el nudo más fuerte que pudo. De momento, lo dejó colgando junto al barco, y él se encaramó usando la cuerda que había quedado libre. Aunque el anciano se había desmayado, su corazón todavía latía. Lo menos que podía hacer, era intentar salvarlo. Esta idea le sacó una amarga sonrisa, pues no estaba seguro de tener la capacidad de lograr ese final ni siquiera para él mismo. Lo único que sabía, era que moriría intentándolo.

— ¡Muere!

Al asomarse a la borda, uno de los hombres de Bêlit arremetió contra él. Cualquier guerrero hubiera necesitado las dos manos para sujetar el enorme hacha que este empuñaba con una. Esto, tal vez se debía a que de un brazo solo le quedaba la mitad. Este detalle le permitió al deseh esquivar el ataque soltando una mano de la borda. Afortunadamente, una era suficiente. Además, durante la maniobra se hizo con la espada que llevaba envainada en un costado. Aprovechando que el hacha había quedado trabada en la madera, se levantó con fuerza, tomando impulso con ambas piernas para pegar un rodillazo en el pecho del gigante.

Los hombres de la reina le rodearon prontamente.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 25, 2015 4:25 am

Ahora que la continuidad de la batalla dependía exclusivamente de ellos, el guerrero pudo tomarse el tiempo necesario para estudiarlos. Había visto hombres semejantes, en sus pocos frecuentes viajes al sur de Reino de Akhdar. Pese a ser un guerrero de cuna, siempre le había interesado más la vida civilizada, y lo cierto es que poco había de aquello en las tierras más australes de Noreth. Los hunta se habían establecido en las ‘Dunas de La Paz’ hacía mucho, mucho tiempo, e impedían al resto de humanos adentrarse en su territorio. Tal vez el nombre puede prestarse a confusiones, la paz es el objetivo de vivir alejados, pero no es el medio por el cual van a negociar la vida de los intrusos.

Drefan no se había cruzado con muchos hunta fuera de casa, pero los pocos que había conocido, eran honorables. A tal punto, que pensó que jamás vería alguno en un barco pirata. A decir verdad, era difícil imaginárselos en cualquier tipo de embarcación. Su procedencia estaba tan ligada a la tierra… en el hogar del guerrero, había quienes creían que sus vecinos del sur fueron los primeros en ser criados por los dioses, y que esa era la razón de su pigmentación. Esta teoría era avalada por unos pocos, pues la gran mayoría prefería evitar pensar en lo que podía existir en Woestyn Ölüm. Si las historias acerca de los hombres negros eran ciertas, de todas formas resultaba ser el menor de los peligros de la Tierra Muerta.

El último tripulante del Destino de Grandeza, se plantó fieramente ante sus enemigos. Seguían siendo ligeramente más altos que él, pero no tenían sus músculos tan hinchados. Más bien, tenían miembros largos, que les permitían correr y moverse con ligereza. Eran guerreros, sí. Pero no eran del tipo que sirviera para enfrentar a un enemigo por mucho tiempo. Estaban acostumbrados a arremeter con toda su fuerza, y saquear los restos. Era evidente que no acostumbraban a tener resistencia, pues se dedicaban a asaltar barcos mercantes. Generalmente, la ruta marítima que une Malik y Thonomer, es de lo más tranquila.

Por fortuna para Drefan, él no acostumbraba a navegarlas.

Otra vez se encontraba entre dos enemigos. Cuando el primero se acercó empuñando un sable, él se movió en un veloz torbellino de músculos y acero. Su espada interceptó un corte que, iluso, llegó a creer que llegaría a penetrar en su pecho. Para nada satisfecha con una simple defensa, giró frente al enemigo de su  portador confundiéndolo, antes de clavársele bajo la forma de una estocada perfecta, justo debajo de un hombro. Una vez medido el nivel de combate del enemigo, el guerrero se permitió finalizar con su transformación. Magullado, adolorido, cansado como estaba, hizo que ambos hombres se juntaran antes de empujarlos.

Su calma se había convertido en una suerte de locura, observada por ojos atónitos de otros guerreros, que por lo visto creían que dos hombres eran suficientes para detenerlo. Con el empujón dirigió un codazo, que no tenía como objetivo derribarlos, sino darle el tiempo suficiente para hacer lo que tenía que hacer. Y eso lo hizo prontamente. Una vez más, poco quedaba de Drefan. Ni siquiera el cansancio lograba disminuir su implacable concentración. Era una niebla roja de ira, con el irresistible impulso de matar a todos a su alrededor. Su espada atravesó ambos hombres a la vez, y tras retirarse del combate inmediato, una flecha pasó silbando junto a su nariz.

Con ojos llamantes, llamó a su vieja amiga para bailar una vez más. Esta vez, más cercano a ella que otras veces. Y es que si él era un bailarín excelso, la muerte lo era aún más.

El barco era considerablemente más largo que la pequeña embarcación del difunto capitán Timo, y por lo visto el número de tripulantes lo triplicaba. Posiblemente, se debía a que necesitaba de muchos remeros. A quien danzaba con la muerte, no le importaba ningún detalle. Su vida había pasado a ser cuestión de la voluntad del destino. No podía luchar con miedo a morir, porque eso sería todo menos luchar. Lo único que esperaba, era que, llegado el momento, alguno de esos negros se sintiera proclive a salvar a Nathan. Tal vez, al verlo tan entrado en años no lo lastimarían. Incluso podían ayudarle, después de todo, el viejo Nathan lucía como todo un noble.

No podía darse el lujo de seguir divagando. Se entregó a su tarea, con la convicción de que hacía lo correcto, ¿qué más podía faltarle? Cortó gargantas, destrozó costillares a patadas, rompió cráneos, cercenó miembros, sacó entrañas. Ensució la cubierta con una horrenda siega de sesos y sangre. Aquella batalla era digna de ser inmortalizada en canciones… tal fue la proeza del deseh aquella mañana. Si un enemigo le lanzaba un corte, él lo bloqueaba con su espada. Si alguno osaba acercarse con un hacha, él lo obligaba a alejarse a las patadas. Aquellos que creían encontrarse en superioridad al empuñar lanzas, descubrieron con rapidez que la danza incluía movimientos que le ayudaban a esquivarlas.

Pero detrás de toda esa imagen del guerrero inalcanzable, había un simple humano, y eso no tardó en revelarse. Una vez que la primera patada enemiga logró alcanzarlo en un muslo, las fallas comenzaron a repetirse con alarmante prisa. Cuando acabó con un enorme hombretón que casi lo doblaba en musculatura, se dio cuenta que no podría continuar por mucho más. Para entonces, tomaba la espada de forma tal que la hoja se dirigía hacia atrás. Esa era la mejor manera de defenderse en un combate cuerpo a cuerpo en el cual lo superaban en fuerza. Apoyó la espalda en el mástil, consciente de que las piernas estaban tan cansadas que no soportarían mucha más presión.

— ¿Quién más?— preguntó, sorprendiéndose de lo cavernosa que sonaba su voz. — ¿O la cobardía reclama ahora sus corazones?

Pese a todo su esfuerzo, aún seguían superándolo numéricamente.

— No puedes matarnos a todos— respondió finalmente uno de sus enemigos, riéndose como si no hubiera un mañana.
— Pero sabes tan bien como yo que moriré intentándolo. Así que prepárate…

En el momento que tres hombres estaban a punto de abalanzarse para probar su suerte, se oyó un grito que posiblemente viajó unos cuantos kilómetros sobre la marea.

— ¡Alto todos!— dijo Belit, bajando de la popa. — ¡Idiotas!

De cerca era aún más esbelta de lo que había vislumbrado a la distancia. O de lo que pudo ver en sus pesadillas. Con la piel marmórea, tan nívea como tersa, era más de lo que podría haber imaginado en sus sueños más tórridos. Sus labios, carnosos, eran tan sugestivos como minutos atrás lo había sido la oportunidad de derramar la sangre de quienes habían matado a su tripulación. Casi podía olvidarlo todo por esa boca. Casi. Ella, que se había puesto una falda sobre las cuentas y monedas, se le acercó sin temor alguno, y al quedar a su lado lo miró de cerca. Él seguía sacándole casi una cabeza.

— ¿Quién eres?— le preguntó. — Por los antiguos dioses, nunca he visto a nadie como tú.
— Soy de las tierras del sur.
— He surcado las aguas desde Yagorjakaff hasta las tierras del sur. No eres un deseh ordinario, no estás suavizado por luces de ciudad y caminos de mármol. Eres fiero y duro como un lobo— él tenía los nudillos blancos por la fuerza que ejercía en la empuñadura. — Así que dime, extraño, ¿de dónde vienen los hombres como tú?
— Para mi gente, Akhdar es la única reina del sur. Mi nombre es Drefan, soy deseh— el solo pronunciar el nombre de su tierra natal, causó que su corazón saltara de anhelo. Akhdar, una honesta tierra que recompensaba a los hombres que lograban domarla.

Para alguien como Bêlit, Akhdar era una tierra de mito y fábulas de niños. Ella le sonrió, prendida en su mirada como si no existiera otra cosa. Posó la mano en la hoja de la espada con suavidad y habló.

— Yo soy Bêlit— le dijo. — Y quiero que me hagas tu reina.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 25, 2015 5:24 am

La garganta. Ardía. Cuando quiso hablar, se dio cuenta que la batalla lo había cansado de todas las formas posibles. También supo que su boca no se le había secado mientras danzaba con la muerte. Las palabras de la reina de la Costa Negra lo habían tomado por sorpresa. No solo las palabras, o su voz, que probablemente hubiera calmado a cualquier bestia del Prado de Fuego. Sino lo que estas habían provocado a pesar de la brevedad. Los tripulantes habían reído a carcajadas al escuchar a su reina, cuan directa podía ser. Incluso alguno que otro, herido, no perdió la oportunidad de reír por primera vez en el día. Era bastante aterrador, sí. Pero también hipnotizante.

Todo en la mujer resultaba sugestivo. Algo en el interior del guerrero luchaba con su resolución, para soltar la espada allí mismo, y llevarla a algún lugar donde pudiera quitarse las ganas que su figura le provocaba. Ella se había dado cuenta que la mano del deseh aún sujetaba el filo con el que había matado a un incontable número de sus hombres. No le molestaba en absoluto, pues era parte de su encanto. Esa fuerza, ese brío, ese atrevimiento… apoyó ambas manos en el torso desnudo de él, por primera vez tranquila. Cuando lo había visto quitarse la cota, una parte de ella se había escandalizado ante la demostración de estupidez. La otra parte, había deseado arrojarse sobre él desde primer momento.

Tras juntar saliva a duras penas, el deseh tragó, presa de los ojos de la mujer.

— Tengo un amigo allí— señaló sin mirarla. — Lo amarré antes de subir, tal vez aún vive, estaba inconsciente.
— ¿Lo dejaste amarrado sin vaciarle de agua los pulmones?— preguntó con ojos acusadores.

Él no respondió, sino que se limitó a sostener la mirada tanto como pudo. Puso todas sus fuerzas en hacerlo, pues ahora que ella se lo había preguntado, se sentía un estúpido por no haber ayudado a Nathan antes.

«Tampoco es que hubieses podido».

— Llévenlo adentro y encárguense de que reciba las… atenciones de nuestro sanador— decretó ella, por lo visto, divirtiéndose. — Entonces contéstame, deseh, ¿me tomarás?

Sus ojos recorrieron a los hombres bañados en sangre de Bêlit. Segundos atrás, eran sus enemigos mortales. Se preguntó cómo debía llamarlos ahora. No quedaba furia en sus rostros. Ni malicia, ni perfidia. Según pudo comprobar sorprendido, ni siquiera quedaba una pizca de celos en los rostros sonrientes de los hunta. ¿En verdad era Bêlit una diosa para ellos? ¿Una mujer tan elevada en belleza y cólera, como para no transitar la tierra si se privaban de su compañía? Al asomarse por la borda, vio que el Destino era evidencia suficiente del poder que ella tenía para dirigir a esos guerreros. Habían atacado por sorpresa, y asegurado una victoria rápida. Prácticamente sin dolor, para los hombres que ahora flotaban junto a despojos de madera.

Por lo pronto, pudo ver al capitán Timo con una espada clavada en el tórax. Junto a él, en el mismo trozo de barco, yacía un marinero de espaldas, con una flecha atravesándolo por completo.  Posiblemente clavándolo a la madera de lo que había sido la proa. Bamboleándose en las aguas escarlatas, sumergiéndose mientras el agua lavaba el destruido casco, los cuerpo de Timo y sus leales marineros estaban ahora consignados a las profundidades. La muerte no le era extraña al deseh, y a su parecer no había nada tras el frío gris que esta dejaba. Arder con vida y amor, era su firme creencia. La filosofía que lo mantuvo con vida hasta ese momento.

Se dio un momento para ver a quienes hasta hacía unas horas, habían sido sus compañeros, antes de volver a anclar la mirada en los orbes verde de la reina. El baño de sangre que acababa de ver había sido extremo, y aquella terrible belleza frente a él, aquella delgada figura de piel blanca como la leche contrastando con su cuerpo magullado y bañado en sudor, había despertado algo profundo en su alma de salvaje. Cuando la tomó por los hombros, lo hizo con tal premura que todos los hombres volvieron a adoptar poses de alarma. Drefan ni los vio, sino que acercó su rostro al de ella decidido.

— Navegaré contigo— declaró.

Cuando se dio cuenta que ella no estaba acostumbrada al tacto, la soltó, aunque no le pidió disculpas. La reina le dedicó una sonrisa que podría haber derretido al más bravo de los hombres, y dio media vuelta. Aparentemente satisfecha con la decisión del deseh, se perdió en el castillo de popa. Los hombres empezaron a pasar junto a él para lanzarse al agua, en busca de lo que pudieran salvar de los restos del Destino. Nadie le habló, aunque por lo visto tampoco tenían muchos cruces de palabras entre ellos. Estaban muy ocupados con su tarea. En cuestión de pocos minutos, empezaron a abordar nuevamente, cargando tres o cuatro armas cada uno.

Drefan vio cómo cargaban barriles, aunque lo único que le importaba fue cómo trataron a Nathan. Por fortuna, lo cargaron entre dos, asegurándose que la enclenque figura del anciano no sufriera ningún golpe en el traslado. Al deseh le sorprendió ver eso. Mientras observaba el color mortuorio que había tomado la piel de su amigo, alguien se le acercó. Se trataba de un viejo hunta de cabello largo, tan blanco como el de Nathan. A un costado de su cinturón, tenía un cuerno grueso cerrado. Seguramente llevaba algo para beber allí, pero no era para cualquier ocasión ordinaria, pues estaba rodeado de bolsitas de varios colores y tamaños. El peculiar anciano llevaba vendas en los pies, parte de las piernas, y el torso.

También cortaba con unos pantalones cortos, de color gris, como una capa que le cubría la mitad superior del cuerpo. El viejo se le acercó con una sonrisa de sana diversión en sus labios. Sin mediar palabras, le pidió que se sentara a un costado, junto a él. Allí se encargó de tratar cada corte, cada rasguño, e incluso cada morado como si se tratara de algo que podía ser peligroso. Le cosió algunas cisuras menores que consideró mejor. Solo cuando estuvo seguro que su paciente no corría riesgo, se animó a entablar conversación.

— ¿Eran amigos tuyos?
— ¿Mmm?— hizo una pausa, y al buscar la cara del viejo, se encontró con que este tenía un ojo blanco. — No los conocí mucho, pero era querido por ellos. Cuando los problemas me seguían, ahí estaban. Fracasé en devolverles el favor.

El anciano le pegó en el brazo.

— No cargues con la culpa. Luchaste como un demonio. Y el mar es un lugar inmisericorde, tus amigos tuvieron una buena muerte.
— Murieron porque tu señora lo ordenó— discrepó Drefan.
— Perdóname, deseh— le pidió, riendo— pero también debo apuntar que estás con vida porque mi señora lo ordenó. Vivimos y morimos de acuerdo a sus caprichos— señaló acercándose dramáticamente.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Mayo 25, 2015 5:23 pm

En ese momento, pero en otra etapa de su vida, habría discutido con el viejo por lo que acababa de decirlo. La diferencia entre quien habría permitido que la ira se inflamara en su interior, y quien ahora hablaba con el viejo curandero, era ni más ni menos que experiencia. Conjuntamente, la batalla lo había dejado agotado, y sabía que una discusión inconducente era un gasto de energía innecesario. Además, ¿qué podría haberle dicho? Probablemente tenía razón, ahora mismo se sentía como si no pudiera mantenerse en pie. No veía que clase de milagro lo hubiera llevado a acabar con toda la tripulación.

Como si fuera poco, contrariamente a todos sus esfuerzos por acabar con la tripulación del Tentación, esta solo había perdido un número reducido de hombres. Había perdido una buena cantidad de guerreros, sí, pero no los suficientes para hacer mella entre las fuerzas de la reina. Los hombres tiraban de cuerdas, movían las nuevas provisiones y llevaban los artículos de valor a la bodega, o lo que hubiese debajo de la escotilla. Drefan observaba como se movía la tripulación, aunque su mente estaba puesta en el viejo que lo observaba con una sonrisa feliz. Se preguntó por qué estaba tan contento al hablar con el asesino de muchos de sus compañeros.

No se lo preguntó.

— Su reputación la precede, sí. ¿Y tú cómo terminaste aquí?— inquirió finalmente. — ¿Eres algún tipo de hombre santo?
— Soy un chamán— dijo asintiendo, aunque solo podía considerarse santo por los paganos. — Deseh: estuve en tus tierras, una vez, cuando era muy joven.

Drefan lo miró, sorprendido. Al fin encontraba a alguien que conocía por qué tenía ese hueco en el pecho.

— ¿Sí?— preguntó, como pidiéndole que continuara.
— Oh, sí, sí. La tuya es una tierra de viejas tradiciones. Tus dioses son fieros pero veleidosos como tu gente. La hallo hermosa, aunque lamentablemente, veo difícil que mis viejos huesos pudiesen soportar otro de sus inviernos. Las noches en las tierras del sur pueden ser tan gélidas como las del norte.

Mientras le hablaba, terminaba de coser la herida más notoria que tenía el deseh, debajo del hombro izquierdo.

— Eres fuerte y joven. Tus heridas sanarán rápidamente. Y sí, la reina Bêlit es infame en estas aguas. Pero no temas…

Drefan no lo miró, más su tono se tiñó de advertencia.

— No temo mujer alguna.
— A su brutalidad. No temas a su brutalidad, deseh— terminó el viejo, divertido.

Al chamán del Tentación le quedaban pocos dientes, lo que le confería una sonrisa más bobalicona que sabia. No obstante a esta máscara de socarronería y buen humor, estaba claro que había un hombre sabio y respetable. Acababa de probar su temperamento, y él había caído como un chiquillo ofendido. Lo atribuyó al cansancio, no obstante, se propuso hacer un esfuerzo por controlar sus impulsos. Ahora que era parte de la tripulación del Tentación, no le venía mal hacer algunos amigos, y el viejo le daba la oportunidad perfecta. ¿Quién mejor que un curandero mítico, un chamán, para entablar una amistad? Seguramente, era uno de los hombres más respetables a bordo.

El anciano hunta no parecía ofendido.

— Es una diosa— declaró, mirándole con ceremonia— una fuerza de la naturaleza. Teme lo que te volverás a su lado. Teme el futuro que ambos compartirán, muchacho.

Drefan se puso de pie, de un salto. Favorablemente, no terminó cayéndose como llegó a pensar hacía unos minutos. Aún estaba la cuestión de si decidía quedarse… por otro lado, estaba Nathan. Acababan de pasar por su lado, cargando a su amigo mago. Durante la batalla, el anciano desmemoriado le había salvado la vida, al advertirle que un enemigo estaba a punto de atacarle a traición, por la espalda. Lo mínimo que podía hacer para honrar semejante acto, era permanecer a bordo del Tentación. Aunque solo fuera para asegurarse de que su amigo estaba bien. El deseh se vio sonriendo solo. No tenía ningún lugar al que ir, y mientras estuvieran en altamar, tampoco tenía una ruta de escape.

— ¿Qué significa eso? Habla claro, chamán.
— No hay nada claro en lo que concierne al destino. Es una red de siempre… cambiantes hilos. Son pocos quienes pueden hallar ayuda en las profecías, y yo no soy uno de ellos. Tu amigo lo es.

¿Amigo? ¿Nathan?

— ¿De qué estás hablando? Nathan es un hombre mágico, pero no dijo nada  sobre predecir el futuro— comentó un confundido Drefan.
— Ah, pero eso no significa nada, muchacho. Nadie puede leer lo que tú llamas futuro, eso solo le compete a los dioses. Lo que tu amigo hace, es ver una pequeñísima parte de uno de sus hilos— hizo una pausa que aprovechó para ponerse de pie y observar a su interlocutor de cerca.
» Tú has sido tocado por la profecía. Eso es grave. Muy grave.

Tras la charla, el viejo chamán comenzó a caminar a paso lento hacia el castillo de popa, por donde habían desaparecido los hunta que llevaban a Nathan.

— Otra vez con acertijos, ¿qué significa eso, por qué es grave? ¿qué me pasará?— preguntó siguiéndolo.
— Oh, no, no. No es grave para ti, en cuestión de días las pesadillas desaparecerán. Es grave para él, porque no sabe ni quién es, y yo no sé cómo ayudarle— declaró amistoso, tras esto apoyó una mano en el brazo más sano del deseh. — Sanaré su cuerpo, y le pediré a mis antepasados que intercedan para ayudarle a sanar la mente— agregó en tono tranquilizador que no tuvo mucho efecto en Drefan.
» Te has embarcado en un viaje que cambiará tu destino para siempre. Ahora sé buen muchacho y espera aquí, no estás en condiciones de presenciar el rito.

Drefan entendió inmediatamente que en realidad, no es que no estuviese en condiciones, sino que el viejo no lo creía preparado para presenciar lo que tenía que hacerse. Aunque le hubiese gustado hacerlo de todas formas, sabía que el chamán tenía razón.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Mayo 29, 2015 2:12 am

El casco negro como la noche cortaba el oleaje tal como hacen las espadas al alcanzar la carne en una estocada. Por fortuna, en la navegación no mediaba sangre. A bordo, había quienes habían visto suficiente para toda una vida. La mayoría de esos, en realidad, esperaban no verla por lo menos en una semana, pues su forma de vida los llevaba a depender de asuntos no poco relacionados al líquido de la vida. En la ruta thonomeriana, no escaseaban los barcos mercantes, por lo tanto, al Tentación no le faltaba trabajo. Aunque era una de las rutas comerciales más vigiladas por las naciones humanas, no dejaba de ser una de las más atacadas por piratas.

La tripulación llevaba la batalla en las venas. La oportunidad de hacerse con mercancía valiosa, los excitaba, pero no tenía punto de comparación con el hecho de poder servir a la Reina de la Costa Negra. La enigmática mujer conocida como Bêlit, era temida por los navegantes de aquella región. Aquellos que no lo hacían, debían rezarle a sus dioses para no encontrársela en uno de sus viajes, porque casi con toda seguridad, pasaba a ser el último. Aquellos que sobrevivían, no lo hacían por poseer un excelso estilo de batalla, ni por ser el más valiente de los marineros. A la reina pirata le convenía que así fuese, pues le permitía alimentar el mito que giraba en torno a su barco.

Nunca había permitido sobrevivientes por otra razón, hasta aquel día. Y es que a pedido de Drefan, el deseh, Bêlit había decidido salvarle la vida al enclenque anciano que había sobrevivido toda la batalla que se había gestado en la cubierta de su embarcación, colgado a un costado, como una red llena de pescado. Tras una breve charla con el chamán del barco, la reina había decidido que el viejo podía llegar a ser una mercancía bastante valiosa. Y como le intrigaba lo que su curador le contó acerca de la profecía, resolvió dejarlo en sus manos. De todo esto, el anciano de cabello cano y ropajes costosos no estaba al tanto, pues no se había despertado desde el asalto al Destino de Grandeza.

Habían pasado tres días desde entonces, y la oscilación lenta y pasmosa que hasta aquel momento había resultado como una cuna para Nathan, fue la misma que fue sacándolo de a poco del estado de ensoñación. Supo de inmediato que no se encontraba a bordo del barco con el que había navegado sobre el Thonomer durante una semana. Y de forma rauda, el recuerdo de la batalla lo asaltó, con cruentos detalles que de haber podido, los hubiera olvidado con todo gusto. Lamentablemente no podía cambiar esos recuerdos por aquellos que le habían robado. Con un dejo de esperanza, intentó hallar algún recuerdo de quien había sido antes, pero solo halló vacío.

— Los males del espíritu son los peores.

Estupefacto por la voz que rompió el silencio, se incorporó en la cama como pudo. El mareo lo tomó por sorpresa, pero no tanto como el anciano de piel negra que se acercó cuando vio que lo estaba buscando. Tenía una sonrisa desdentada, y tantas arrugas como años. De momento no parecía peligroso, aunque tampoco necesitaba serlo para dominarlo en aquellas condiciones.

— Pensé que estaba solo— dijo Nathan, sorprendiéndose por la candencia de su voz. Evidentemente no había nadie más en la habitación.

El viejo asintió, las luces de las velas creaban un claroscuro extraño en los surcos de su rostro.
— Has dormido durante dos noches tres días. Mis antepasados me dijeron que hoy volverías a nuestro mundo— respondió no con poco orgullo.
— ¿Dónde estoy? ¿quién eres?
— Lo importante no es quien soy yo, sino quién eres tú— replicó enigmático, el viejo hunta. — ¿Lo recuerdas?

Nathan lo miró entre ofuscado, somnoliento y curioso durante unos segundos. En general era pacífico, y no dudaba en sonreír a los desconocidos, pero si había algo que le molestaba era hallarse confundido o fuera de su propio control.

— Soy Nathaniel Winston— afirmó finalmente, devolviéndole la sonrisa. — ¿Ahora puedes decirme dónde es que estoy?— preguntó simulando estar ofendido —si es que he despertado de verdad… y si es que sigo vivo.

El viejo se rio de buena gana antes de responderle.

— Está en el Tentación, el reino de mi señora, Bêlit— dijo, con un atisbo de sonrisa que no logró dominar, incluso intentándolo.
— ¡¿En dónde?!
— El Tentación, el r…
— ¡Cáspita! ¿El barco de Bêlit?— preguntó agarrándose la cabeza. — Pero si esto no parece una jaula.
— Es que no lo es, Nathan. Estás en un camarote que la señora prepar{o para ti— explicó pacientemente.
— No puede ser, yo no conozco a tu señora anciano…— replicó Nathan, señalándolo con un dedo admonitorio.

El viejo chamán hizo una seña con ambas manos, indicándole que no le importaba lo que pudiera decirle.

— Oh, sí, sí. Eso ya lo sé, mañana la conocerás, si es que puedes mantenerte en pie.

Ofendido por la dureza de esas palabras, el mago se apeó de la cama. El viejo rió.

— Veo que sí puedes, Nathan, entonces mi medicina te ha servido— comentó amistosamente— pero no puedes ver a la señora hasta mañana.
— Necesito respuestas, espera, aún no me has dicho quién eres.
— Me llaman Hombre Pájaro, y soy el chamán de la tripulación del Tentación— se presentó inclinando la cabeza cortésmente.

Solo cuando el viejo se dijo chamán, fue que Nathan se dio cuenta que no hablaba el común normalmente. Seguramente lo había aprendido en edad adulta. Por el color de su piel, no era de extrañar que su lengua materna fuese una tribal.

— Hombre Pájaro, muy bien, hay dos asuntos que tenemos que hablar— exigió el anciano con sobrado dramatismo. — Primero, quiero hablar cuanto antes con tu señora, y segundo, tengo hambre.
— Puedo ayudarte con eso último, pero me temo que tendrás que esperar hasta mañana si quieres que Bêlit te reciba.
— ¿Y eso por qué?
— Porque está ocupada y pidió que no fuese molestada— respondió el chamán, señalándole el pasillo a su interlocutor.
— ¿Y qué está haciendo que no puede ser molestada?

El Hombre Pájaro rio por lo bajo.

— Está reunida con el nuevo señor del barco, Drefan el Deseh— explicó, como si fuera lo más normal del mundo.

En ese mismo instante Nathan se quedó parado sin saber muy bien ni qué hacer ni qué decir. Cuando pensó que tenía las palabras correctas, abrió la boca, pero volvió a cerrarla al instante. Era inútil, no podía llegar a imaginarse en qué diablos se había metido, pero estaba bastante seguro de que el chamán no era quién para sacarle esas dudas.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Mayo 30, 2015 9:35 pm

Fuera de Jyurman, en el límite de los altísimos acantilados que separaban el noroeste del bosque más famoso, del mar, avanzaba un barco a trompicones. Ese barco nunca se detenía, ni siquiera cuando la luna estaba en su apogeo, pues era suficiente para iluminar el camino. Por esta razón, entre sus tripulantes se contaban siempre por lo menos cuatro timoneles. Las disputas por el rango quedaban acalladas por la máxima autoridad, que en este caso nunca era uno de ellos. A la señora del Tentación no le gustaba ser considerada capitana, pero no necesitaba ser llamada así para ser respetada. Su palabra era ley, y su tripulación era lo suficientemente inteligente para respetarla.

Aunque todos la respetaban con su vida, había un grupo muy reducido a los cuales consideraba por sobre los demás. Eran de los primeros que se habían unido a la tripulación, y gozaban de cierto privilegio. Uno de estos, era el de anteponerse entre el enemigo y su señora, en los casos donde el asalto no salía como se había planeado. Tal había sido el caso de la última vez. Aunque el humor de los hombres no denotaba dolor, Drefan sabía que uno de los caídos, había sido la mano derecha de la reina de la Costa Negra desde que esta se proclamó como tal. Era ese al que había atravesado con una flecha, cuando erró el disparo que pretendía dar en Bêlit.

El deseh había evocado ese recuerdo varias veces, pero aún no era capaz de dilucidar si realmente había sido un error, o había algo más. Ahora que estaba en el balcón del castillo de popa, observando cómo las olas salpicaban la luz de luna, sus pensamientos hallaron un momento propicio para recordárselo. A él le hubiera gustado pensar en otra cosa. Se concentró en las escamas de madera que habían sido primorosamente talladas en la baranda, para pensar en otra cosa. En algo bello. El Tentación era un barco antiguo, y como tal, los maestros carpinteros que habían trabajado sobre él, lo habían dotado de cierto misticismo.

De esta forma, no era extraño que los faroles que iluminaban ambos lados del castillo de popa, parecieran abrazados por colas de dragones, o que los balaustres de cada ventana tuvieran pequeños reptiles esculpidos con maestría.

— ¿Pensativo, mi rey?

La voz de Bêlit no lo tomó por sorpresa, pues ella había enviado a su nueva mano derecha a que lo llevara hasta su camarote hacía por lo menos media hora. Desde entonces, el deseh había estado solo, con el olor de los sahumerios y la luz de los faroles alimentados por aceite. No se volvió para mirarla. Dudaba mantenerse cuerdo si lo hacía.

— No soy un rey. Los reyes son hombres augustos de gran riqueza, con ejércitos a su disposición y el respeto de una nación a sus espaldas.
— Ah… pero yo puedo ver eso en tu futuro, Drefan. Tendrás todo eso en su momento, pero puedes hacer tu voluntad conmigo ahora, si quieres— comentó con voz cantarina, como lo hubiera dicho cualquier muchacha sin experiencia ni idea del peligro que presentaba un hombre como él.
— ¿Un rey a su reina?— le preguntó cuando ella caminó hasta él.

Y entonces la vio. Para la ocasión, la mujer se había calzado en una falda de lino blanco que se transparentaba debido al juego de luces que provocaban los faroles. Esta llegaba hasta los talones, sin embargo tenía un tajo que le daba libertad de movimiento, y dejaba entrever una pierna tan larga como esbelta. Llevaba el vientre descubierto, y un top ligero que hacía juego con la falda, además de las cuentas que normalmente usaba como corona. Drefan pensó que jamás hubiera podido concebir un ser tan hermoso, ni siquiera en sus sueños. Le costaba imaginar que un ser de belleza tan etérea se dirigiera a él.

Ella no le devolvió la mirada, sino que observaba las olas que antes había estado viendo él.

— Soy hija de reyes. Los arcanos monarcas de Askh’path. Los cielos áridos y las aguas turquesas de dicha región están en mi sangre, al igual que el temerario espíritu de lucha de un pueblo que desciende de guerreros— comentó con un aire de misticismo, antes de sonreír. — Veo lo mismo en ti, amor mío.

Enroscó su brazo en el de él, y con la otra mano tomó la de Drefan.

— Yo no desciendo de reyes. Mi pueblo es ordinario, pero guerrero. Las tierras altas están en mi sangre. No posé mi mirada en el océano hasta mi adolescencia.
— El mismo océano que une nuestras tierras, será testigo de nuestra unión— comentó ella, tirando de su brazo para que la mirara a los ojos.

Las pequeñas y delicadas manos de la misteriosa mujer se posaron en los músculos endurecidos de Drefan, como si lo necesitara para tentarlo. El deseh había pasado los últimos días huyendo de Bêlit por una sencilla razón: si conocía más de ella, si probaba el sabor de sus labios carnosos, nada le aseguraba que pudiese mantener la cordura. ¿Y si luego debía abandonar el Tentación? Nada le garantizaba que pudiera lograrlo, pero si no se acercaba a ella tal vez… solo tal vez, podía guardar sus fuerzas para la ocasión. Había mantenido su pasión a raya como cualquier guerrero debía aprender si quería sobrevivir a los vicios que rodeaban su vida.

El plan había bastado para engañarse a sí mismo, pero mientras ella se movía ante él con llamas negras en sus ojos y su blanco cuerpo prácticamente desnudo de frente, la pasión de Drefan barrió todo lo demás. Jamás había visto mujer igual. Se comportaba como una señora, como una reina indolente, capaz de tomar decisiones que ponían en riesgo a toda su tripulación, y arruinaban la vida de decenas de familia. Sus ojos de esmeralda eran fríos, los acababa de ver cuando miraba el mágico espectáculo de la luna reflejada por las olas. Sin embargo, cuando lo miraba a él, podía ver algo más. Ese muro invernal que protegía su interior desde los huecos oculares, se derretía para mostrarle que detrás, había algo totalmente distinto.

Viéndola allí, con una sonrisa tierna y aniñada, que le daba la apariencia de una muchacha traviesa, sintió cómo su cuerpo se inflamaba. No fue sólo su hambre por Bêlit lo que causó el abandono, sino el pensamiento de la búsqueda misma, el navegar por el espléndido reino azul de los mares del norte, con aquella reina de piel suave y tersa, para amar y reír, para vagar y saquear. El deseh sintió una liviandad en su pecho, un tirón en sus manos, al imaginar tal libertad de tierras y leyes. Vivir como pirata en un veloz navío, con hombres ideales para comandar. ¿A dónde podrían ir?

¿A los confines del mundo? ¿A los confines del mar? ¿Tales cosas existían? El brillo en los ojos de ella, le prometieron eternidad. Y mientras las estrellas brillaban sobre sus cabezas, la luz plateada hizo resplandecer la piel de Bêlit como marfil. La urgencia por crear y por destruir son una y lo mismo, algo que el deseh aún está por experimentar. Pero a bordo del Tentación, con su dama caminando hacia la cama, tuvo un atisbo de su futuro con la reina de la Costa Negra.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Mayo 31, 2015 12:12 am

Bêlit se removió inquieta como si instintivamente supiera que estaba en terreno peligroso. Abrió los ojos con asombro al ver su cara, oscura por la pasión, grabada con lujuria. Con propósito. Con algo más que simple deseo. Su mirada hizo que le retumbara el corazón en el pecho. Hizo que se le secara la boca. Convirtió su cuerpo en una piscina de caliente líquido. Su mirada quemaba sobre ella, llamas hambrientas que enviaban chispas de electricidad a su piel en cada lugar donde se posaba. Se aproximó velozmente, sus dedos le rodearon el brazo, profiriendo un gruñido gutural, que le envió escalofríos a lo largo de la columna vertebral.

La subió de un tirón para poder fundir su boca con la de ella, una de sus manos en la parte de atrás de la cabeza sosteniéndola inmóvil para poder besarla. No un beso, una fiera posesión. El calor se extendió por ella como lava fundida, floreció y explotó en llamas volcánicas. La arrastró más cerca, la incrustó contra él, con una fuerza enorme, queriendo sentir la piel contra la piel, queriendo sentir su cuerpo impreso contra el calor del de él. El aire se le escapó de los pulmones hacia los de él. Su beso era hambriento, salvaje, la devoraba, tomando más que pidiendo, como si su hambre no conociera límites.

La encerró entre sus brazos, tan fuerte que pudo sentir cada uno de sus músculos, cada latido de su corazón, cada aliento que tomaba. Saboreó la lujuria. Saboreó el deseo. Saboreó el fiero orgullo y algo más. Dolor. Sabía lo que era la angustia que te calaba hasta los huesos y la reconocía en él. Sabía lo que estaba haciendo aunque ni él mismo lo supiera. Su boca era terciopelo caliente, su lengua batiéndose a duelo con la de ella, una danza de respiraciones y húmedo calor. No le daba oportunidad de respirar, de hacer nada excepto aceptar la tormenta de fuego que había en él. Dejar que la bañara para que ella también se prendiera fuego, que la arrastrar hacia el vórtice de un torbellino, un tornado de puro deseo.

Bêlit le devolvió el beso, igual de salvaje, permitiendo que la codiciosa lujuria se apoderara de ella, para igualar el feroz infierno que ardía en él. Se entregó, le rodeó el cuello con los brazos, sosteniéndolo contra ella. Le robó el aliento del cuerpo usándolo como su propio aire. Deslizó los dientes por su barbilla, su garganta, dándole pequeños mordiscos ávidos como si fuera a devorarla viva. Bêlit bloqueada por el aluvión de sensaciones, le hundió profundamente las uñas en los brazos cuando arqueó el cuerpo. Esperando. Anhelando. Queriendo más. Su boca, caliente e insistente en sus demandas, siguió bajando, para cerrársele sobre el pecho y chupar fuertemente.

Ella gritó, incapaz de contener las llamas que le recorrían el cuerpo. Arremetió contra su boca, los dedos encontrando su cabello, cerrándose en dos puños, arrastrándolo más cerca. No lo quería gentil ni considerado, lo quería exactamente de la forma que era, salvaje, indomable, conducido más allá de su control, en llamas con urgente necesidad y apetito voraz. Por ella. Por su cuerpo. ¿Lo quería? Su boca le quitó la cordura y la reemplazó por sentimientos. Abruptamente levantó la cabeza, los ojos brillantes, y empujó los almohadones y mantas para colocarlas debajo de sus caderas. Podía ver su cuerpo, duro y perfecto, cada músculo definido y esculpido en piedra.

El rostro grabado con hambre oscura. Cuando dirigió la mirada hacia abajo, al triángulo de pequeños rizos negros, el corazón le empezó a latir salvajemente. Había una orden silenciosa en su mirada. Una demanda. Una ola de calor la barrió. Sintió que el cuerpo se le volvía líquido en su más profundo centro. Muy despacio obedeció esa orden silenciosa, moviendo las piernas, abriéndolas para él. Sentir el aire en su resbalosa y húmeda entrada la inflamó aún más. Los dedos de él se envolvieron alrededor de un tobillo. Le dobló la pierna por la rodilla. Había una sensación de pertenencia en sentir su mano sobre la pierna.

Sus manos fueron hacia los muslos, agarrándolos, abriéndolos más, poniendo la rodilla en la cama, tan baja como cualquier cama en las tierras del sur, entre sus piernas. Ni una vez levantó la mirada hacia su cara. Parecía fascinado con su brillante cuerpo. Esperó, apenas atreviéndose a respirar, el corazón golpeando fuertemente con anticipación. Quería rogarle, llorar por la oscura pasión que la dominaba con tal intensidad. No había una pulgada de su cuerpo que no anhelara su toque. Él se humedeció el labio inferior con la lengua y ella se retorció de placer. No la había tocado, pero la fuerza en su mirada lo había hecho.

Los pulgares le mordieron los muslos mientras le acuñaba los hombros entre sus piernas, abriéndola completamente a él. Sabía lo que le estaba haciendo. Reclamándola. Marcándola. Haciéndola suya para que nadie más pudiera hacerlo. Sopló calor en su hirviente charca de fuego. Ella gritó, se hubiera apartado de un salto pero la sostenía quieta, sin piedad, para su invasión. Su lengua la apuñaló profundamente, un arma de perverso placer, envolviendo, lamiendo, acariciando mientras ella gritaba atravesada por un salvaje, interminable orgasmo.

— Más— gruñó él, despiadado. — Quiero más.

Hundió el dedo profundamente en su interior, presionando intensamente mientras ella empujaba contra su palma, su cuerpo aferrándose alrededor de él, apretando en la agonía de la pasión. Él se llevó el dedo a la boca, luego se alzó por encima de ella, asegurando el cuerpo con los brazos. Agachó la cabeza, inclinándose hacia delante para amamantarse de su pecho. Ella sintió el cuerpo a punto de explotar. Se aferró a sus brazos, tratando de sostenerse ya que el mundo parecía girar fuera de control. Él yació sobre ella, las caderas acunando las suyas, la cabeza de su pene contra la húmeda y vibrante entrada.

Trató de tomarlo en su interior, pero la mantuvo quieta, esperando, incrementando su deseo, la sensación de urgencia los consumía a ambos. Luego arremetió con fuerza, se enterró profundamente, impulsándose dentro de su vaina de terciopelo de tal forma que sus pliegues se separaron como los suaves pétalos de una flor y se abrió a él. Acometió contra sus caderas, urgiéndola a tomar todo, cada pulgada, fundiéndolos en un frenesí de furia y oscura pasión. Le susurró en la Antigua Lengua del sur, admitiendo que la necesitaba, pero las palabras iban cargadas de un profundo dolor.

La llevó más y más alto, llevándolos a ambos al límite, una salvaje y tumultuosa cabalgata. Rechinaron los dientes contra la ola de sensaciones que amenazaba con separarlos de la cordura, contra la tensión que barría su cuerpo y la inevitable explosión que empezó en la punta de los pies y estalló hacia arriba. Una marejada recorrió a Bêlit, llevándola cada vez más alto hasta que no hubo adonde ir y se derrumbó en caída libre, implosionando, fragmentándose. Hasta que no hubo ni una sola parte de ella que no fuera consumida por un ardiente placer. Se derramaba por su piel y detrás de sus párpados. Llamas le recorrían el estómago y ardían en su más profundo centro.

El cuerpo se estremecía con temblores, una marea de sensaciones que seguían y seguían. Si se movía, si él se movía, el efecto ondeante comenzaba nuevamente. Drefan yació sobre ella, su corazón descansando sobre el de ella, respirando profundamente, luchando para recuperar el control. La mayor parte de la furia consumida entre sus brazos. Bêlit. Sólo Bêlit podía haberle llevado hacia la locura, y devolverlo. Solo Bêlit podía mirarlo con el corazón en los ojos. No importaba cuan estrechamente se aferrara a ella, no lo rechazaba. No le decía basta. Había preguntas en sus ojos, pero no las formulaba. Ni siquiera lo hizo cuando él e apartó.

Simplemente lo abrazó, haciéndole espacio, su cabeza descansando sobre la suave almohada que eran sus pechos.

— Necesitas dormir, amor mío. Estás exhausto.

No dijo nada, solo se tendió cerca de ella, aspirando la esencia combinada de ambos, escuchando la interminable lucha de las olas. Lo encontraba reconfortante. El barco había cobrado vida, los hombres bromeaban en la cubierta, el chamán contaba sus historias para Nathan. Drefan permaneció despierto largo rato después de que Bêlit se durmiera. ¿Cuándo se había convertido ella en algo tan condenadamente esencial incluso hasta para respirar? ¿Cómo se las había arreglado para invadir su vida y envolverse alrededor de su corazón en tan poco tiempo? No podía imaginarse una vida sin ella. Era tan cálida, suave y perfecta. Decidió que quería que esa fuera su vida.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jun 22, 2015 1:19 am

Después de una noche maravillosa en la cubierta del Tentación, la mayoría de los hombres se había perdido tras las dos enormes escotillas de hierro que utilizaban como puertas a sus camarotes. Nathan nunca había leído ni oído acerca de un barco como el Tentación. Y eso que durante su estadía en Mali-Thalish, había sido testigo de las historias más increíbles de los marineros que visitaban la posada donde se había hospedado. Simplemente resultaba asombroso saber que, en algún momento del desarrollo de las sociedades, los maestros constructores habían tenido tiempo y ganas para elaborar semejante maravilla.

Los remos que había visto durante el asalto al barco del Capitán Timo, no eran lo que impulsaba la embarcación, pues hubiera hecho que maniobrarla fuese imposible. Eran las múltiples velas que los hombres desplegaban, coordinándolas con el movimiento de las olas y del viento. Los remeros solo se dedicaban a remar, cuando necesitaban un empujón, que no estaba de más durante los asaltos sorpresa o cuando debían escapar rápidamente de algún perseguidor. Por lo que había podido averiguar, eso último solo había ocurrido dos veces, y la ley no había estado relacionada. Al menos no la ley avalada por las naciones en cuyas aguas ocurría la piratería.

Aguas.  ¡Qué cómodo se había sentido mirando el agua fluir bajo el Destino de Grandeza! Pobre Timo, su falta de visión, ahora que todo había pasado, resultaba casi cómica, entre todo lo trágica que había sido. La sensación de Nathan, de que el agua lo mecía cuando dormía, ahora le resultaba aún más patética que el infausto destino de su amigo capitán. Desde que había despertado tras el… incidente con quien hubiera sido un compañero de tripulación, en las profundidades del mar de Thonomer, se sentía incapaz de mirar el movimiento de las olas. No solo de mirar. El vaivén de la navegación estaba presente cada segundo de su vida.

El chamán le había advertido que eso podía pasarle, y le había recomendado mantenerse alejado de la borda. Nathan no lo creía posible, por lo que en primer momento se animó a desoírlo, sin embargo con un simple vistazo al color turquesa del agua, supo que algo había cambiado dentro de él. Tal vez, algo que no descubriría jamás. Además, ya había ocurrido, el miedo estaba allí y no se iría por más tiempo que gastara en analizarlo. Lo único que podía hacer, era mantenerse a buen recaudo más cerca del centro que de la borda, y dedicarse a pensar en otras cosas. Cosas más bellas, como por ejemplo, observar el movimiento de las estrellas en la cúpula nocturna.

En eso estaba cuando percibió movimiento a su espalda. Si había algo útil en la sensación de estar a punto de morir ahogado, era que le obligaba a estar alerta a cualquier cambio en el aire, o sonido de madera. Incluso estando en un barco. Ahora que veía a Drefan el deseh aventurarse por una de las escalerillas de la popa, se sintió agradecido.

— Ya veo. Ya veo, como ahora eres el amo de la tripulación, ya no saludas a este pobre viejo—dijo en voz lo suficientemente alta como para que su amigo lo escuchase, no así los marineros que estaban debajo de la cubierta. O por lo menos, esperando ese resultado.

El joven, pero fornido guerrero, se dio vuelta como si hubiera oído un insulto. Gracias a la luz tenue de las estrellas, Nathan pudo ver que llevaba los labios apretados y el ceño fruncido, lo que le pareció un detalle sin importancia. Tras pasar unos cuantos días junto a Drefan, el anciano había aprendido a reconocer los estados de ánimo de este, y sabía que así como se enojaba fácilmente, de la misma forma se le pasaba. De hecho, eso fue lo que ocurrió en los próximos segundos. Por lo visto, el deseh no lo había visto al salir a la cubierta. Una mala señal, pues en el mejor de los casos, significaba que andaba despistado… pero también podía ser una expresión de su confianza en los hombres de Bêlit.

Y si confiaba en los hombres de Bêlit, entonces tenía que creer en ella.

— ¿Qué haces allí parado? ¡Ven a besarme los pies!— ordenó risueño, aunque fue él quien se acercó.

Tras tomarlo por los brazos con fuerza, el deseh dejó que la alegría lo contagiara.

— Pareces como nuevo. Si obviáramos los… ¿setenta? ¿ochenta años? hasta podríamos decir que eres un hombre nuevo, amigo mío.
— Y pese a mi apariencia siempre gallarda, y a mis talentos masculinos… soy el mismo de antes, hijo— declaró con una sonrisa social, que no se manifestó en su mirada. — Se ha hablado mucho de ti esta noche… hubo rumores que en un principio no creí.
— Veo que no pierdes el tiempo, Nathan— comentó el guerrero, que pese a su juventud no tenía ni un ápice de tonto. — Sinceramente, esperaba tener a alguien con quien charlar todo esto, y como pensé que no te recuperarías de forma tan rápida… bueno, pensé en ti, pero ahora que te tengo ante mí, amigo mío, no siento lo mismo. No creas que no celebro tu recuperación— agregó mostrando las palmas de las manos— pero me pones los pelos de punta— agregó, señalándolo con un dedo casi admonitorio.

El anciano asintió, serio.

— Muchacho, ¿sabes dónde estamos?— preguntó finalmente, con un atisbo de sonrisa. Cuando Drefan estaba a punto de responder, le hizo una seña con la mano, para que guardara silencio. — No pretendo juzgar tus acciones, aunque no las entienda, lo digo porque no creo que hayas pasado más tiempo entre estos hombres negros, que el que pasaste con la tripulación del Capitán Timo. Conmigo. ¿Y soy yo quien te provoca nervios?— preguntó, casi divertido, antes de ponerse serio nuevamente.
» No, hijo. Lo que sientes es culpa. No, no estoy diciendo que debas sentirla, sino que cualquiera en tu lugar, lo haría. Como sabes que en los ojos de otras personas, puedes encontrar acusaciones, tu mente busca alguna forma de defenderte, incluso antes de que eso pase. ¿Sabes en lo que te has metido?

Drefan caminó hacia la borda, donde por un buen rato, se dedicó a mirar el movimiento de las olas. O tal vez el reflejo de la luna proyectado como muchas líneas blancas en el color negro del agua noctívaga. Solo de pensar en esas posibilidades, el anciano sintió cómo un escalofrío se apoderó de todo su cuerpo. Cuando el guerrero se volvió hacia su compañero de travesía, Nathan vio cuán distinto estaba desde la última vez, antes de la batalla del “Destino de Grandeza”. Aún no comprendía qué había cambiado, si había ganado algo en la batalla, o si por el contrario, lo había perdido. Incluso antes de responder, se estaba tomando su tiempo, cosa que antes no hacía antes de que su mano llegara a la empuñadura de la espada que siempre tenía a su alcance.

— No lo sé, Nathan. Esto parece mejor de lo que pude imaginar alguna vez, sin embargo, tengo la sensación de que nunca he deseado nada de esto. Es decir, estos hombres mataron a toda la tripulación de Timo, eso lo sé pero es la ley de la vida. Solo los más fuertes sobreviven. Pero aun así, esto es demasiado. Bêlit… todos tratan a Bêlit como una diosa, cuando la ven aparecer, todos dejan lo que están haciendo para mostrarle su respeto, sin embargo no la he visto nunca aprovecharse de eso.
» Tampoco es que le conviniera que viera eso si quisiera contarme entre su tripulación, pero, ¿para qué me necesitaría? Ella me dijo que ve un futuro de grandeza en mí, que reinaré a su lado.

— No la conoces, hijo— arriesgó el anciano.
— Así es, y sin embargo, nunca me he sentido como lo hago cuando está cerca de mí. Es como si no pudiera pensar con claridad. He yacido con muchas mujeres, a algunas las he querido aunque no he tenido la suerte de que ellas sintieran lo mismo por mi. Nunca lo he lamentado… hasta hoy. Bêlit es demasiado, empiezo a creer que no tengo otra elección que quedarme a su lado. Escúchame, amigo mío, ¡si ya hablo como una mocosa de alta cuna!

Y lo hacía, pero no se merecía la verdad. Hay verdades que no las merece nadie, por lo que Nathan prefirió guardar un silencio hasta que Drefan se tranquilizara.

— ¿Es peligrosa para ti?
— Es la mujer más peligrosa que he conocido— respondió, sincero. — Ya tiene mi alma. ¿Y si es una diosa realmente? Me hoy me ha dicho algo... no puedo recordar, ¿cómo era? algo acerca de los “arcanos monarcas de Askh’path”.
— ¡¿Los qué?! ¡¿Los monarcas de Askh’path?! ¡Cáspita, muchacho! Hubieras empezado por ahí, entonces realmente no tienes salida.[/color]


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