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La reina de la costa negra

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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jun 23, 2015 9:16 pm

Habiendo perdido absolutamente todos los recuerdos acerca de sí mismo, no eran pocas las veces que el conocimiento ajeno a su persona, le sorprendía. En algunas ocasiones, se había encontrado recordando mapas completos, al momento de viajar, como cuando había apostado la mitad del precio de su viaje en carro hacia Malik-Thalish, porque creía conocer un atajo. En aquella ocasión, se había sorprendido casi tanto como el cochero, aunque no se lo había demostrado. De alguna forma, era consciente de que su pérdida de memoria no tenía nada natural, pues era capaz de recordar todo, excepto quién era y lo que había hecho.

De la misma manera en que los mapas aparecían en su cabeza al momento de viajar por sitios en donde ya había estado, también podía reconocer nombres importantes al momento de oírlos. De momento, nunca había sentido una emoción tan real como la que lo había asaltado al momento de escuchar el nombre de Askh’path. Los arcanos monarcas eran una raza divina, que ostentaban una casta ligeramente menor a la del panteón que adoraban la mayoría de culturas humanas. En la actualidad, apenas se guardaban registros en las bibliotecas heréticas más fieramente guardadas en los templos y los palacios más importantes.

Nathaniel Winston sabía que los arcanos monarcas eran reales. Habían gobernado en el norte durante cientos de años, y actualmente algunos de sus descendientes habían abandonado sus tierras ancestrales. Sin embargo, ninguno admitía su procedencia, pues corrían riesgos innecesarios. Los que creían que se trataba de un mito, podían hacer cualquier cosa para desprestigiarlos, y aquellos que conocían la verdad, eran aún más peligrosos. A menudo, los cazadores de fortuna, confundían lo relativo a la divinidad, con la riqueza. Tampoco es que fuera una sorpresa, teniendo en cuenta la vida que llevaban algunos sacerdotes.

Los monarcas arcanos no tenían un culto en específico, pues eran descendientes directos de los dioses creadores, pero no habían heredado ese don. En cambio, sí habían heredado otras características… si lo que Drefan había dicho, era verdad, entonces… No. No podía ser. No dudaba del deseh, pues sus ojos eran sinceros, pero, ¿qué razón tendría la reina de la Costa Negra para mentir de esa manera? Tal vez tampoco mentía. En ese caso, la única opción que tenía Nathan, era callar los detalles que conocía acerca de los monarcas arcanos. Por fortuna para él, las preguntas que su amigo le hacía, se vieron interrumpidas por la voz de un tercero.

— Señor.

Era una voz grave, profunda y autoritaria, hecho que contrastaba con la única palabra que había pronunciado. Cuando Nathan se volvió para ver de quién se trataba, se encontró con el acompañante de Bêlit. No era el hombre más alto, ni el más fornido, pero sí que se veía más seguro de sí mismo, que el resto de los hunta. Era completamente calvo, y debajo de los ojos tenía unos tatuajes blancos que hacían juego con las líneas también blancas, grabadas en los hombros y el pecho. La tinta parecía brillar bajo la luz de la luna.

El hombre inclinó levemente la cabeza al ver a Nathan, luego se acercó a Drefan.

— Mi nombre es R’Borag, mano derecha de tu señora. Me tomé la libertad de limpiar tu armadura— comentó tendiéndosela, entre los pliegues de la malla se veía el filo de la espada.
— No soy tu señor— aclaró Drefan, sin embargo aceptó sus pertenencias— pero te lo agradezco R’Borag.
— La señora Bêlit te ha elegido, señor. Te servimos a ti al igual que a ella.

Tras un momento haciendo memoria, Nathan supo dónde lo había visto antes. R’Borag era el segundo hombre que acompañaba a la reina del Tentación, cuando Drefan le había disparado desde el barco de Timo. Era el que había sobrevivido, pues el otro había recibido el letal disparo.

— Te recuerdo de la refriega de hace unos días. Luchaste bien R’Borag.
— Es bueno que no hayamos cruzado nuestras espadas— agregó Drefan, colocándose la cota de mallas recubierta de escamas.

El hunta dejó entrever un destello blanco al sonreír.

— Eres hábil con la espada. Tal es la reputación de las razas del sur— comentó el hunta.
— Tranquilo, R’Borag. Eres el segundo al mando de Bêlit, y respeto tu posición como tus proezas en el combate. No tienes por qué temer que eso cambie.

Empezaban a entenderse, Nathan vio lo complacido que el negro se veía cuando el deseh le tendió la mano. No dudó en saludarlo de la misma manera.

— Debes sentirte honrado, señor. La señora Bêlit es una poderosa diosa— “los monarcas arcanos”— muchos la respetan y temen. En mi tiempo en el Tentación, no ha tomado otro hombre.

Ahora el complacido era Drefan. Su anciano amigo dudaba que eso pudiera ser cierto.

— Hazme un favor, R’Borag, si debes llamarme señor, hazlo sólo en presencia de Bêlit. Somos guerreros, iguales. Llámame Drefan. Él es Nathan, es un poco terco, pero tiene un buen corazón.
— ¿Yo soy el terco?— preguntó el anciano, exagerando su gesto de sorpresa. — Ni hablemos de ti— le increpó señalándole acusatoriamente— así que hablemos de otra cosa. R’Borag, ¿crees que puedes conseguirme una espada?

El hunta se apoyó en la borda, despreocupadamente, como estaba Drefan.

— Dalo por hecho, mañana te mostraré todas las armas para que elijas la que más te guste.
— Espera, espera un momento. ¿Para qué querría una espada un mago?
— ¿Para qué? ¿es en serio, hijo?— preguntó notablemente consternado— un buen florete me hará parecer aún más gallardo de lo que soy— explicó naturalmente.

Tanto Drefan como R’Borag se quedaron mirándolo con extrañeza, sin saber si se trataba de una broma o si el viejo se había vuelto loco. Al cabo de un rato ambos prorrumpieron en carcajadas. Nathan sonrió hasta que ambos se tranquilizaron, y entonces cambió el semblante. Miró al hunta con una mirada de halcón que su amigo deseh, empezaba a conocer muy bien. Era una mirada atemporal, cargada de autoridad y una amenaza a quien se atreviera a mentirle. De la misma forma, Drefan sabía que aquellos que decían la verdad, se ganaban un amigo.

— Eres la mano derecha de la pirata más temida de la ruta thonomeriana, y por lo que he oído, es de igual forma conocida en los alrededores. ¿Cómo podemos confiar en ti o en tu señora?— preguntó el anciano, con voz solemne y profunda.
— Estás vivo porque mi señora así lo demandó— respondió R’Borag, manteniéndole la mirada.
— Pude no haberlo estado, porque tu señora asaltó el barco en el que viajaba. Asesinaron a toda la tripulación— señaló Nathan, sin dejar traslucir ninguna emoción.
— Pero no fue así, sigues vivo. Mi señora decidió perdonarte la vida, pregúntate por qué y recuérdalo al momento de hablarle— eso era una clara advertencia. — No hacemos nada que no hayan hecho con nuestro pueblo antes. ¿De dónde crees que salen todas las cosas que comercian en Malik-Thalish, en Phonterek? ¿Te crees que es fruto del esfuerzo de sus reyes? Todo lo que pasa por el mar de Thonomer, fue saqueado salvajemente de pueblos pacíficos. Han destruido aldeas completas, han violado y asesinado poblaciones enteras antes de sentirse satisfechos, anciano. ¿Te crees que los mercaderes no lo saben? ¡No les importa! Porque los gobiernos les pagan más de lo que merecen, por guardar silencio y fingir ignorancia. Prefieren no hacer nada por los que sufren, porque así se ganan el oro.

Nathan lo oyó muy seriamente, pues el hombre se veía muy seguro de lo que estaba diciendo. No podía culparlo. La bondad y la maldad absolutas no existen. Al menos, no en la mayoría de las personas. Incluso los más bondadosos albergan pensamientos malignos, e incluso los más perversos poseen alguna virtud. Un adversario no es alguien que realiza actos ofensivos porque sí, siempre tienen alguna razón para justificarse. Los gatos comen ratones, y no son malvados por eso. El gato sabe que no lo es, pero seguramente los ratones no opinan lo mismo. Todos los asesinos piensan que era necesario matar a la víctima.

Tal vez en este caso, hasta tenía razón.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Jun 24, 2015 2:18 am

— Descuida Nathan, sé que tu gente está ciega. Tendrás tiempo para conocernos— agregó R’Borag más tranquilo, casi sonriente. — Drefan el deseh, es lo que me habían dicho mis hombres. Nunca he conocido un deseh… ¿son todos tan malos con el arco?

Era evidente que el negro no quería un ambiente conflictivo en el barco de su señora, pues al hacer esta broma le guiñó un ojo al anciano.

— ¡Ja! Cuéntame la historia de esta nave. Conquistas pasadas, batallas, lo que sea. Cómo llegaste a servir en ella. No puedo creer, si las historias son ciertas, que hayan sobrevivido todo este tiempo sin ser molestados por la autoridad. Seguramente habrán encontrado patrullas alguna vez…
— Mi señora conoce estas aguas, al igual que las provincias cercanas. Es cauta cuando es tácticamente necesario, y brutal el resto del tiempo.
— ¿Cómo puede ser que tenga tanta experiencia, R’Borag? Por lo que he visto, se ve bastante joven.

El negro volvió a sonreír, aunque los bordes de sus ojos no se arrugaron en ningún momento.

— No hagas preguntas cuyas respuestas no quieres oír, amigo— fue todo lo que dijo al respecto. — Vine a servirla años atrás. La mitad de los hombres tripulaban el Obsidiana, un navío de carga maderero a las afueras de Abombi. Yo era el capitán. Los viejos bosques de Jyurman son hogar de muchos parajes valiosos, preciados para hombres ricos de Thonomer y Yagorjakaff. Bêlit vino a nosotros entonces.
» Huíamos, éramos seguidos por bandidos locales. Estaban en meras balsas, y nuestro número era superior, pero usaban múltiples botes y flechas encendidas para mantenernos a la defensiva. Estábamos atrapados por los drow. Bêlit apareció en la tercera noche, sola en un navío nativo, ofreciendo ayuda. Su oferta era… persuasiva.

— ¿Qué ayuda podía ofrecer una mujer sola?— preguntó Drefan.
— Perspectiva. Estábamos cegados y atados por el valor de nuestra carga. Poníamos eso sobre la vida de la tripulación. Botamos la carga y huimos, con Bêlit a bordo del Obsidiana.
— ¿Y entonces?— el deseh se veía muy entusiasmado con la historia.
— Ella conocía a los bandidos. Sabía dónde vivían. Al día siguiente, nos llevó allí. Quemamos su aldea y las matamos a todas. Había pocos hombres, casi todos esclavos. La plata y el oro que robamos eran equivalentes a la paga de tres temporadas. Después de eso, ¿íbamos a volver a cargar madera?
» Bêlit nos guió victoria tras victoria. Somos, todos nosotros, tan ricos como los nobles de cualquier ciudad, y eso habiendo ayudado en los pueblos de los que provenimos. Sin embargo, nunca la abandonaríamos. Ella nos liberó. Nos dio vida.
» Pronto se sentirán del mismo modo. Viajar en el Tentación te da otra perspectiva. Ahora, Drefan. Mi señor… ¿a dónde?

— ¿A qué te refieres?
— Nuestro próximo destino. Mi señora duerme, y yo soy tu lugarteniente, al igual que el de ella. ¿Nuestro destino?

Aunque había preguntado a qué se refería, la mente de Drefan estaba enfocada en un lugar ahora lejano, al que se había prometido volver cuando contara con recursos suficientes. Jamás pensó que sería tan pronto. La historia de R’Borag, resonó en los oídos del deseh durante un rato bastante largo. Es que era una historia de libertad, de venganza, de liberación de las cadenas de aquellos que imponían su voluntad a otros. Era la oportunidad perfecta para volver allí, de donde había tenido que huir como un criminal. Justo él, quien había blandido su espada solo para defender la integridad de una joven atacada por quienes debían administrar justicia.

Definitivamente, tenía muy en claro el próximo destino, y si R’Gorab se lo pedía, pues él debía comunicárselo.

— Al noroeste. Hacia Malik, la ciudad-puerto de Thonomer.
— Como desees, mi señor— asintió el hunta, por lo visto muy satisfecho con la decisión. Tras ejecutar una reverencia, y saludar a Nathan, se alejó rumbo al timón.

Nathaniel Winston esperó a que R’Gorab se fuera, pensando en lo que había demostrado hasta el momento. Era inevitable no sentir cierto respeto por la mano derecha de la reina de la Costa Negra. El negro era tan fiero en la batalla, como sincero en su discurso. Si había algo que Nathan pudo aprender de la conversación, fue precisamente eso: R’Gorab era confiable, cualquier pregunta que le hiciera, sería respondida por la verdad. Solo restaba ver si se comportaba igual, al momento de responder acerca de su señora. Bêlit seguía siendo el tema de fondo, el más importante, ese que daba origen a todos los demás.

¿Una mujer sola, navegando en las tierras de los drow? Ya de por sí, era una proeza, pero además, esa mujer se las había arreglado para salvar a toda una tripulación de guerreros incautos. Nathan se preguntó si se trataba de carisma, o si había algún otro secreto detrás de su gracia. Si era descendiente de los monarcas arcanos, estaba claro que había algo más. No podía juzgarla con la misma vara que hubiera aplicado en otra muchacha. De hecho, dudaba que alguna otra hubiera logrado labrarse la reputación de la reina de la Costa Negra.

— Cada vez que oigo más de Bêlit, me siento más lejos de comprender su naturaleza— declaró finalmente, con sus ojos puestos en las estrellas que se veían sobre la cabeza de Drefan. Este le daba la espalda.
— Tampoco lo hago yo. Tal vez no es necesario comprenderla, estos hombres le deben lealtad porque los ha liberado, es suficiente para mí. Es difícil creer en una lealtad tan fuerte, ¿verdad?— tanteó.
— Es difícil creer en la existencia de una mujer como Bêlit. Lo único seguro, amigo mío, es que es peligrosa. Me has dicho que tiene tu alma, ¿tú se la has dado?— esperaba sinceramente no saber nada de hechicería, pero tenía que saberlo.
— Nadie podría hacerse con mi alma sin mi consentimiento, Nathan. No he conocido mujer más inteligente y pasional que Bêlit. Acompáñanos durante algunos días, y también tú podrás verla como lo hago yo.

Dudaba que, en aquel momento, alguien viese a la reina de la Costa Negra, como lo hacía su amigo, pero por respeto prefirió callárselo. Por respeto, y un poco de autoconservación.

Con el tiempo, la historia se extendería a lo largo de las costas de Thonomer, Jyurman y Yagorjakaff. Se correría la voz, pues la diablesa Bêlit había encontrado su igual, un hombre de acero cuya ira era equiparable a la de ella. Aldeas resistirían y otras arderían. Navíos thonomerianos serían capturados. Sus supervivientes maldecerían a Bêlit con su último aliento. Y también a Drefan, el guerrero moreno de ojos azules. Ellos lo recordarían. El odio y la amargura que engendraran, darían como fruto, maldiciones escarlatas en los años venideros pero, ¿cómo explicárselo?


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Jun 24, 2015 6:39 pm

En aquellos primeros días, el deseh vivió bien. Ebrio de pasión por Bêlit, y rico en oro, gracias a sus frecuentes saqueos. Estaba tan feliz, que incluso había logrado contagiar un poco de su felicidad a Nathan. Al principio, no todos los hombres mostraron el entusiasmo de R’Gorab con la decisión de la señora del navío. Sin embargo, Drefan no era un líder despótico, ni intentaba cambiar las costumbres de la tripulación, por el contrario, se mostraba ávido por aprender todo lo que ellos pudieran enseñarle. De esa forma, fue granjeándose el respeto de sus supuestos súbditos. Él detestaba pensar en ellos de esa forma, así que no dudaba en echarles una mano, especialmente cuando se trataba de una batalla.

Nathaniel había sido testigo de las primeras batallas. La reina, sospechando la reticencia del anciano, lo había invitado a ver cada saqueo junto a ella, así que no había tenido otra opción. Ella lo trataba con cortesía, incluso frente a sus hombres, y su interés por él no se limitaba a saber qué cosas podía lograr mediante la magia. En ningún momento le hizo preguntas al respecto, muy por el contrario, se había interesado en sus detalles personales. Tampoco se ofendió cuando él le comentó que había perdido la memoria, aunque sí se mostró muy desilusionada. Nathan descubrió que la compañía de la reina no era desagradable, y que no tenía intenciones egoístas.

Lo único que le inquietaba, era la manera en que la veía Drefan. Cuando el deseh estaba cerca de ella, parecía volverse un muchacho dócil, sin experiencia. En realidad, eso no era un problema, si se tenía en cuenta que él tenía el mismo efecto en ella. Si la reina de la Costa Negra parecía una mujer inteligente y podía caer en la frialdad cuando algún tema no le interesaba, en presencia de Drefan sus ojos se convertían en los de una joven enamorada. Era muy extraño ver eso, y se condecía con lo que el deseh había dicho acerca de los monarcas arcanos. Posiblemente, no era una mujer más, sus ojos eran atemporales, incluso ancestrales.

Una noche como cualquier otra, aprovechando que los tripulantes se retiraron a descansar temprano tras un largo día de luchas, Drefan y Nathan se acercaron al Hombre Pájaro. Hablaron un poco de la vida en el mar, antes de dedicarse a temas menos cotidianos. Entre el viejo chamán y sus visitantes, había una tetera marrón, que desprendía el brilloso reflejo del fuego sobre el que reposaba.

— Los destinos te favorecen, deseh.
— ¿Pero…?— preguntó el aludido, con los ojos entrecerrados.
— El hilo de la vida no es siempre recto. Se retuerce, se anuda en sí mismo, y puede romperse con facilidad— explicó sombrío— sólo porque te lo diga hoy, no significa que sucederá mañana.

Tras tomarse un instante para pensarlo, Drefan habló.

— ¿Malik?
— ¡Dah! ¡Valor, deseh! Tal es la verdad de todos los seres vivos. Bebe, puedo sentir la emoción en tu interior, la tristeza, el pesar, la ira… la pócima lo sacará todo— indicó el Hombre Pájaro, tendiéndole un cuenco recién servido, sobre el que bailaba el vapor emanado de un líquido entre verdoso y marrón. — Y bebe tú también, Nathan.
— ¿Eh? ¿yo? No quiero ver lo que solo le incumbe a él.
— Ah, pero no es así. No es así, mago Winston. Él te necesita para ver lo que debe ver, porque no es la pócima la que se lo mostrará, sino lo que tienes aquí— explicó, posando un dedo regordete en la sien de Nathan.

El deseh se quedó mirando el contenido del cuenco.

— Espera un momento, Hombre Pájaro. No entiendo por qué debo hacer esto, si ya soy feliz.

El viejo se abalanzó sobre la tetera, y tomó la cabeza del joven guerrero con ambas manos. Una fina capa de sudor, comenzaba a aparecer en la piel de este, producto del brebaje.

— Y si eres feliz, ¿por qué buscarme? Soy un chamán… sólo hay una razón, muéstrame.

La última palabra, funcionó como un disparador para lo que sea que afectó a Drefan. Nathan, que también había bebido a señal del otro anciano, fue testigo una vez más de la visión de su amigo. El mundo empezó a girar alrededor del anciano, que ya un poco acostumbrado a las inoportunas sombras del destino, se dejó guiar por el torrente de sensaciones que brotaba de su corazón. Si el Hombre Pájaro tenía razón respecto a él, tal vez con práctica lograría controlarlas, de momento, solo podía esperar que aquello funcionara. Y funcionó.

Al abrir los ojos, se encontró con una vorágine de paisajes que jamás había visto, acercándose a él como si estuviera cayendo del cielo. Cuando esa sensación mermó, se encontró de pie en el desierto. Por lo que pudo ver, no estaba en el cuerpo de Drefan, sino en el suyo propio, aunque seguramente era un detalle menor, pues no estaba allí físicamente.  No se veía nada en especial, ni en lo más lejano del horizonte. Giró completamente varias veces, antes de encontrar un punto negro que bajaba de una lejana duna de arena. Aunque quiso moverse en su encuentro, no logró hacerlo. De cintura para arriba, era libre, pero sus piernas parecían enraizadas en la arena amarilla y caliente.

Esperó lo que pareció una eternidad, hasta que la silueta se le hizo reconocible. Se trataba de un hombre enfundado en un uniforme militar típico de Malik-Thalish, aunque raído y descolorido. Sus pies, pesados, iban dejando un rastro un poco más grueso que el de la espada que llevaba casi colgando en una mano. Aunque cubría casi la totalidad de sus facciones con un kafiyyeh rojo, Nathan supo casi al instante, que se trataba de Drefan. Justo en el momento en que lo comprendió, el desierto empezó a transformarse en algo más. Las dunas doradas se descoloraron y crecieron altísimas. Algunas, incluso, penetraron entre las nubes grises que amenazaban con un temporal.

En un abrir y cerrar de ojos, se encontró entrecerrando los ojos para ver a través de la densa nevada. Era un paisaje tan hermoso como fatal, que le hizo preguntarse si su vida corría peligro real, pues el frío sí que lo era. Afortunadamente, no tuvo que esperar mucho para ver aquello para lo que había sido llevado allí. El sonido de una respiración agitada, le provocó una corriente de temor que lo paralizó, y al segundo siguiente, tenía a dos personas pasando corriendo junto a él. Iban vestidas como las tribus del norte, con orondas pieles marrones a modo de abrigo e incluso de botas. Era una pareja, y el hombre corría frente a ella. Una mano sujetaba la de la mujer, instándola a seguir pese al cansancio.

No tuvo que verlos, para saber de quién se trataba. Cuando parpadeó la próxima vez, perdió la conexión con su cuerpo. Esta visión fue la más corta, aunque no menos impresionante, pues se trataba de unos pies maltrechos, con grilletes, parados en un suelo de roca. ¿Serían del deseh? Y si era así, ¿era su pasado… o su futuro? Algo le decía que a Drefan le esperaban días aciagos, lo único que lo reconfortó, fue haber visto a la reina de la Costa Negra acompañándolo. Al momento de pensar esto, su visión se volvió de una tonalidad rojiza. Lo siguiente que vio fue la espalda de su amigo, sangrando por las marcas dejadas por su amante, en una escena de pasión a la que Nathan no le prestó mucha atención.

Lo principal, fue la mirada indescifrable que le dio Bêlit. ¿Realmente podía verlo?

Cuando abrió los ojos, se encontró en la cubierta del Tentación. A diferencia de las veces anteriores, en esta ocasión el tiempo había transcurrido, pues el sol comenzaba a aparecer en el horizonte. A su lado, el guerrero deseh miraba al vacío, tal vez demasiado atento a lo que ocurría en su interior. En su mente, el sonido de los remos en el agua, como tambores de guerra en la noche, se unía a llantos que clamaban piedad y al rugido de las batallas. Tal era la canción de Bêlit.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Jun 24, 2015 11:09 pm

Según había escuchado en su estadía en Malik-Thalish, el Mar de Thonomer era, por muchas razones, el mejor de todo Noreth. Con cada día que pasaba navegándolo, Nathaniel Winston iba dándose cuenta de cuán certeros habían sido los comentarios de los marineros hospedados en el “Timón Patituerto”. Las aguas cristalinas del mar que bañaba las costas de las ciudades más importantes, sólo se entintaban oscuras conforme uno se iba adentrando mar adentro. Mirar hacia el agua durante el día, era en realidad, echarle un vistazo a las insondables profundidades del mar. Algo que Nathan no se atrevía ni a imaginar. Después de su dura experiencia, no se animaba a acercarse al borde.

Drefan el deseh, un peregrino del sur, había empezado a sentirse como en casa en aquellas aguas norteñas. No importaba el implacable sol al que su dura piel estaba acostumbrada, ni tampoco tener que respirar el aire salado. Tan fácil como se las arregló para ganarse el cariño de la reputación del Tentación del Destino, también se las arregló allí en el Tentación. Pero no era por una vela rota y el rápido arreglo que pudiera darle, por lo que se le apreciaba, sino por su fuerte espalda y su buen espíritu. No dudaba en ponerse al frente de cualquier reparación, o de un saqueo. Aprendía rápido. Era una buena vida.

Y lo mejor de todo, era su reina Bêlit. Todo esfuerzo que pudiera hacer, era un detalle insignificante comparado con todo lo que ella le ofrecía. La diablesa del Mar de Thonomer, había encontrado a su lobo estepario.

Cuando llegaron a la frontera de Malik-Thalish, era de noche. El crepúsculo había caído parsimonioso, cubriendo de violeta todo lo que el sol ya no alcanzaría hasta la mañana siguiente. Era un día especial para los que viajaban en el Tentación, y el cielo parecía dispuesto a acompañarlos. Las estrellas iluminaban la cubierta siempre limpia, y brindaba a sus testigos, suficiente luz para permanecer hasta altas horas de la noche. En la popa, se habían reunido cuatro personas para planificar los próximos movimientos. Es que el día final estaba a punto de empezar, y se acababa el tiempo antes de llegar a destino.

— Eres valiente, Drefan— había dicho R’Gorab, el hombretón que observaba a su señor desde el suelo, donde estaba sentado con las piernas cruzadas.

Nathan, que estaba junto al guerrero negro, le lanzó una mirada fulminante.

— ¿Valiente? Hay solo un paso desde la valentía a la temeridad… y otro a la estupidez— sentenció, ofendido.

Nadie lo contradijo, sino que se limitaron a sonreír. Habían aprendido a ignorar al anciano cuando se ponía pesimista.

— Conozco pocos hombres dispuestos a volver a la guarida del león.
— El león nunca me tuvo en sus fauces, R’Gorab— declaró Drefan, el guerrero.

El deseh estaba muy plácido en el trono que habían dispuesto junto al de Bêlit, que hasta hacía unos días había sido el único en la cubierta. A diferencia de ese asiento, el de Drefan era de una madera más oscura, y sus detalles eran lineales, muy distintos a las alas labradas en el respaldo del trono de la reina. La mano de ella acariciaba el dorso de la de él, aunque sus ojos atendían atentos a su hombre de confianza. Como era costumbre, apenas llevaba prendas encima, y su piel blanca como la leche se veía similar a la superficie de una estatua de marfil, tan rodeada de noche. Se había mostrado demasiado confiada desde el principio, y eso incomodaba a Nathan de una forma que no podía ni describir.

— No lo dudo, pero regresas igual a tentar al destino. Aunque tu plan podría funcionar, ¿los soldados de Malik actuarán como lo has predicho?

R’Gorab era un hombre de buen corazón, sin lugar a dudas.

— Thonomer es una tierra de leyes, jueces y cortes. Se deben a los procedimientos, incluso en Malik.
— Arriesgas mucho, amor mío— comentó Bêlit, volviéndose a él.
— ¡Es lo que he estado diciendo desde un principio!
— Pero Thonomer rebosa de oro— agregó la reina, elevando el índice como si eso fuera más importante.

Nathan y R’Gorab se miraron, y al cabo de un rato, este habló.

— Entonces permíteme repasar el plan una última vez. Arribaremos allí para el mediodía, y aún hay mucho para hacer. Y los botes de seguridad de la vieja Malik-Thalish nos identificarán antes de llegar a puerto. Debemos estar listos.
— ¿Han oído de ti en  la ciudad, Bêlit?— preguntó Nathan, demostrando el poco respeto que le despertaba el rango de la mujer.

Ella sonrió, desperezándose lánguidamente sobre el asidero de su trono.

— Soy infame en todas las ciudades-puerto de la costa occidental, mago Winston. Abordamos las aguas cercanas a Malik sólo una vez, y casi fue el fin para nosotros. Pero fue… un intercambio memorable.
— Ellos la recordarán, señor— intercedió el guardián— pero, ¿en cuanto a mí, y a los hombres? No, hay incontables navíos con hombres de los reinos sureños, y los soldados de Malik no están acostumbrados a lidiar con nuestra raza. Seremos anónimos.
— Yo soy el problema, Drefan. Soy yo quien debe disfrazarse. Tú estarás en cadenas. R’Gorab llevará el Tentación a puerto, reclamando una recompensa por tu cabeza. Yo estaré muerta… ésa es la historia que se le contará a los soldados, pero en verdad, estaré oculta en la bodega, aguardando la noche.
— ¿Estarás a salvo en la bodega?— preguntó Drefan, visiblemente preocupado.
— Es mi nave, amor mío, ¿y me preguntas eso? No permitas que nuestra pasión te haga olvidar quién soy, mi amor, o de lo que soy capaz. No es necesario que me protejas como a una niña— declaró risueña, antes de acercarse y susurrarle. — Dame tu confianza, y permite que te satisfaga con los resultados.

A Nathan no le parecía buena idea. Nada de eso.

— ¿Y qué te dice que no revisarán el barco, reina Bêlit?— le preguntó.
— ¿A mí? Nada, mago Winston, como dije, no deben preocuparse por mí. Conozco mi barco, y sino, tenemos tu magia para ayudarnos— replicó jocosa.
— Señor, pregunto una vez más… ¿estás de acuerdo en pasar como prisionero y ser entregado a tus enemigos? No tendrán misericordia— preguntó R’Gorab, de rodillas ante sus señores.
— Seré arrestado, sí, luego hallado culpable y sentenciado a una ejecución pública, sin duda. Pero esto tomarán tres días o más. No romperán el protocolo. De hecho, se deleitarán con él— confió el deseh— me lo restregarán por la cara como a un perro, y mientras eso sucede…
— Estaremos saqueando Malik, deseh. ¿Qué más harían piratas como nosotros, a salvo en el puerto más rico del mundo?

Bêlit se recostó en el costado de su amante.

— E iremos a por ti, Drefan. Yo iré por ti. Thonomer no podría reunir un ejército suficientemente grande para separarnos— declaró acariciándole el ángulo masculino del mentón.
» ¿Confías en mi?


Última edición por Nathaniel Winston el Lun Jul 13, 2015 9:25 pm, editado 2 veces


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Jun 25, 2015 3:21 am

El puerto de Malik-Thalish estaba muy concurrido aquella mañana. Las gaviotas volaban nerviosas, muy atentas en su trayecto, pues sabían que en cualquier momento podía aparecer una vela adelante. Sin lugar a dudas, era el puerto más importante de los reinos humanos, y según algunos marineros –entre los que se encontraban los hombres del capitán R’Borag–, de todo el mundo. Ningún viajero que hubiera llegado por primera vez, lo habría afirmado. Los muelles eran tan sencillos como cualquier otro, y cuando se rompían tablas o se caían mercaderías, nadie corría a repararlas o recolectarlas.

El olor a pescado impregnaba el aire, obligando a los que recién llegaban a arrugar sus narices como si con eso pudieran deshacerse del tufillo. Era el mediodía, y los botes de pescadores habían llegado hacía algunas horas. Afortunadamente unas densas nubes se habían planteado bloquear al sol, y por el momento lo lograban sin mucho esfuerzo. Caso contrario, el olor hubiera sido insoportable. Además de los botes repletos de pescado, que suministraban los múltiples puestos de mercado del puerto, había muchos otros atiborrados de productos artesanales de todo tipo, color y forma.

Nathan hubiera disfrutado de la vista que ofrecían las decenas de embarcaciones provenientes de todos los rincones de Noreth, aunque no había pasado mucho tiempo desde que había estado por allí. Tenía ganas de visitar a Kathy, la dueña de la posada “El Timón Patituerto”, y de contarle sobre todo lo que había vivido en altamar. Lo mejor de esa perspectiva, era la parte en la que abandonaba el barco de una buena vez. Desde que uno de los hombres de Bêlit lo había llevado a las profundidades del mar hasta ahogarlo, sentía que cada segundo podía producirse un evento peligroso que lo arrojaría por la borda.

Ni hablar durante las tormentas. Por otro lado, tenía asuntos más urgentes en los que pensar. La guardia de la ciudad había reconocido el Tentación hacía unos minutos, y desde entonces habían partido tres embarcaciones ligeras. Todo el plan era una locura, pero lamentablemente él no tenía voz ni voto. ¿Y si los soldados no se creían la historia de la muerte de Bêlit? Aún si lo hicieran, era mucha casualidad que el barco continuara navegando bajo el mismo nombre. Y que llevara al deseh a bordo, terminaba de completar la lista de posibles problemas.

Por amor a su reina pirata, el deseh se había sometido a su treta, aun cuando en sus entrañas sentía cierto recelo.  Como el tiempo iría a revelar, Drefan aceptaba sus planes porque la amaba más que por conveniencia. Él había elegido el destino, pero ahora que estaba allí, sentía su mundo temblar. De Bêlit era la mente que dirigía los asaltos, los hombres lo seguían porque él la amaba a ella. Drefan se contentaba con estar a su lado. Con navegar y luchar, sin importar los detalles. Pero esta misión, en este ardid… aquí estaba solo, y sentía la ausencia quemando en su interior.

— Aquí vienen— anunció R’Borag, posando una mano amistosamente en el hombro de Drefan— es hora, señor.
— Estoy listo.

Suspiró por las suaves caricias de su amada, por sentir la firmeza de su amor, por su devoción. Pero no obtuvo nada de eso. Un golpe bien a la nuca ejecutado por parte de uno de los tripulantes, lo dejó inconsciente. A Nathan le dieron ganas de parar todo aquello y zarandear a Bêlit hasta que pensara con claridad lo que estaba permitiendo. No hizo nada, simplemente se quedó quieto observando la escena.

— También nosotros— comentó R’Gorab, mucho después de que su señor ya no pudiese oírlo.

Para entonces, los barcos militares de Malik ya habían rodeado al Tentación. Nathaniel Winston los observó con expresión inmutable, como si no los considerara dignos de la inspección. En parte era verdad, pues empezaba a sentirse a gusto con la ideología que imperaba en el barco de Bêlit.

— ¡Identifícate! ¡Y elige tus próximas palabras con cuidado, pirata— señaló el oficial a cargo, escupiendo el apelativo— pues este navío es tan conocido para nosotros como su dueña!

La nave en la que se encontraba el hombre, armado con una lanza, había quedado a la misma altura y al alcance del navío negro. Su expresión era de auténtica certeza debajo de un casco que protegía su nariz y ambos lados de la cara, además de la parte superior del cráneo. La barba rubia, aunque descoloreada por los cuarenta y tantos años de su portador, se movía haciendo más dramático todo lo que este último podía decir. Nathan permaneció donde estaba para no interferir con el plan. En todo momento luchó contra su voluntad, que le dictaba interceder a favor de su amigo deseh. Por otra parte, sabía que de momento, era mejor dejar fluir el tiempo.

— Soy R’Gorab, y éste es el Tentación. Hablas de la reina pirata Bêlit, pero Bêlit está muerta. Por los Dioses, no miento. Reclamé esta nave como naufragio, su casco quedó casi destruido tras chocar con piedras en las aguas del sur; el nombre tiene cierto… valor.
— ¿Y cuál es tu propósito para visitar Malik-Thalish?
— Busco recompensa por este hombre— declaró R’Gorab, tomando de los cabellos a su señor. La nariz de este chorreaba sangre, y tenía los ojos entrecerrados por el golpe. — Es Drefan, un deseh del sur, consorte de Bêlit y, según recuerdo, un asesino entus tierras. Déjanos atracar, deseo hacer negocios contigo.

Al capitán de Malik le pareció bien, siempre y cuando R’Gorab le asegurara que no iba a levantar armas en contra de sus hombres. El negro juró por sus Dioses que no lo haría, y entonces el otro hombre dictó algunas disposiciones generales a un escriba. En cuestión de minutos, un halcón alzó el vuelo en dirección a la ciudad, con quién sabe qué cosa escrita. Fue entonces que el capitán aceptó el atraque del Tentación. Por lo que Nathan pudo ver, estaba satisfecho con los acontecimientos. Demasiado satisfecho, hasta le hacía dudar si no sería una trampa para capturarlos a todos, pero ya en el ruedo, poco podía hacer.

— Interprete su papel, señor. Ya hemos ido demasiado lejos.
— ¿Bêlit…?— preguntó Drefan, preocupado.
— No te preocupes por ella, pronto se reunirán otra vez— le aseguró R’Gorab.

El Tentación estaba atracando cuando sus tripulantes vieron un numeroso grupo de soldados acercándose en el muelle.

— ¡Drefan el deseh!— quien gritaba, era el hombre que se encontraba en el centro. De pelo castaño, solo se le veía un mechón en la frente, bajo la cofia de cuero teñido de azul que le protegía la cabeza. Sus bigotes finos no hacían más que sumar cinismo a su expresión.
— Sí, Drefan el deseh— señaló otro soldado. — Aunque se le ve peor que la última vez.

El primero se agachó para quedar a la altura de Drefan, que lo miraba sin miedo pese a los nudos que le privaban de mover manos y pies.

— Mataste a nuestros camaradas, sin mencionar a un magistrado y a media corte, ¿pensabas que te ibas a salir con la tuya?— preguntó irónico. — No en Malik, deseh. ¡Leigas!
— ¿Señor?
— Llévatelo. Enciérrenlo. Y si le pasa algo en el camino… bueno, lo entenderé.

Cuando R’Gorab se acercó al mandamás, los hombres que tenía alrededor se pusieron en posición de batalla. Esto no lo amedrentó.

— ¿Y mi recompensa? Lo entregué completo y con buena salud. No quiero ver mi botín reducido después de que lo hayan… dañado. Denme mi dinero. Lo que hagan después con él, no deseo saberlo.
— Enviaré un mensajero con tu recompensa. No será lo que esperas, pero es lo que obtendrás. Te quiero fuera del puerto para el atardecer—declaró el hombre, que no era ni más alto, ni más fornido, y posiblemente tampoco más fuerte que R’Gorab. Sin embargo, se sentía muy capaz, rodeado por sus hombres. — Ah, y cambia el nombre de tu barco.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Jun 25, 2015 4:24 am

El deseh trató de recordar sus pasos mientras fue agredido a través de la ciudad. Memorizó todas las marcas que sus doloridos ojos encontraron, contó las esquinas e intentó ordenarlas según los colores y las estatuas que veía. Era mucho más fácil eso que recordar cada nombre. Además, no sabía leer el idioma en el que estaban escritas. Según sabía, Malik-Thalish había sido un emplazamiento mhare antes que la fortaleza marítima en la que se había convertido con el correr del tiempo, y las recurrentes visitas de otras etnias.  Trató de contar los pasos que daban sus captores con él a la rastra, pero pronto se rindió. Además, eso no le servía de nada.

No por nada Malik era conocida como “la vieja”. La actual edificación había sido construida sobre las ruinas de otra aún más antigua, erigidas a su vez sobre las ruinas de otra ciudad. Nathan había preguntado acerca de esas ciudades a Kathy, su amiga lugareña, pero no había obtenido nada que saciara su curiosidad. Según le había contado la mujer, nadie sabía quién había construido la primera ciudad que se emplazó en esa costa. No se guardaban registro, y ni los más viejos y leídos eran capaces de situar la civilización que les precedió. Las calles de Malik eran laberínticas, y contaban con una distribución antiquísima.

El destino más funesto, había reclamado la presencia de Drefan en una fortaleza bien custodiada casi en lo más alto del monte en el que se encontraba la ciudad. Durante todo el camino, los pobladores se habían encargado de arrojarle frutas y verduras en mal estado, de insultarle, e incluso algunos se animaron a tirarle alguna patada. Los soldados que lo escoltaban no se preocuparon por velar la seguridad del deseh. Después de semanas en el mar, de semanas de sentirse libre, feliz y amado… sentía que su mundo se acababa. Su mente, de todas formas, solo podía pensar en Bêlit. Por ella, todo valía la pena.

Una vez dentro de la laberíntica fortaleza, fue arrastrado entre altas columnas, y paseado entre muchos pasillos antes de ser dirigido a las catacumbas.

— ¡Abran paso! ¡abran paso!— gritaba Leigas, como si alguien se hubiera atrevido a cortarle el camino.

En la entrada de las catacumbas, casi inmediatos a la escalera que conectaba el lugar con la planta baja, esperaban dos hileras de soldados con uniformes distintos a los que había en la superficie. Estos hombres llevaban cotas de escama parecidas a las de los otros, pero sus pantalones, cinturones e incluso sus cofias, eran de color marrón. Drefan vio a cada uno armado con una espada en el lado derecho, aunque todos se sentían más cómodos sosteniendo sus alabardas paradas cuan altas eras, hasta casi tocar el techo. La altura de las catacumbas era perceptiblemente inferior a la del resto del edificio, y al respirar, no se sentía el olor a frutos y flores.

El lugar estaba impregnado por el olor a humedad, e incluso, si Drefan se concentraba en inspirar profundamente, alcanzaba a percibir el olor que caracterizaba a la sangre. Tampoco es que pudiera darse ese lujo, pues durante el trayecto, le habían fisurado alguna costilla, y le dificultaba tomar mucho aire a la vez.

— Lo tenemos, muchachos, este es el deseh que destripó la mitad de este juzgado semanas atrás. Ahora no es tan rudo, ¿eh?

Las risas inflamaron la cólera de Drefan, aunque de poco le servía, desarmado y atado de manos como estaba. Esos mismos hombres eran los que no habían podido defender al corrupto juez y sus secuaces, ni siquiera formándose en sus ridículas posiciones militares. Con el cuerpo maltrecho y dolorido, Nathan prefirió concentrarse en el día en el que había escapado de allí humillándolos, pues su presente era patético. ¿Cómo había llegado a eso? Solo esperaba que el plan de Bêlit hubiese funcionado, aún si lo usó como carnada para quedarse con el botín sin tenerlo en cuenta.

Los dos hombres que sujetaban al deseh por debajo de los brazos, obligándolo a moverse un paso a la vez, no dudaron en empujarlo contra el frío piso de piedra de una celda. El golpe fue seco, al borde de la fatalidad, y la parte superior de la espalda se resintió.

— Nos vemos por la mañana, escoria.

Drefan permaneció tirado en el suelo varios minutos después de que el chirrido de la puerta le anunciara que había quedado solo. Comprobó si tenía movilidad muy de a poco, y se tomó al menos media hora para tomar valor e intentar ponerse de pie. Hacerlo, le exigió todas sus fuerzas, pero no tenía otro objetivo, y disponía de todo el tiempo del mundo… hasta que el alba llegara. Había errado en sus cálculos, le había fallado a su amada Bêlit, y eso era peor que todo lo que le habían hecho. Allí, parado en el centro de la oscura celda apenas ventilada por una pequeña ventana a lo alto, no logró recordar la última vez que se sintió solo.

Las horas pasaron lentas, aunque inapelables. Así era el correr del tiempo en la prisión.

Como el prisionero ya se les había escapado una vez, las autoridades le dispensaron un juicio apropiado. Un juez visitó a Drefan en su propia celda a media tarde, como asegurándose de que no se le escapara por el camino. Y acortando terriblemente los procedimientos habituales que se seguían en la ciudad militar. El juez no lo escuchó, y él no intentó hablarle tampoco, así que fue hallado culpable en cuestión de minutos. Aunque le dolía hasta respirar, se encargó de que el magistrado y sus guardias no se dieran cuenta. Si iba a morir a manos de esos desgraciados, no iba a darles el gusto de verlo suplicar.

Vería la horca con el primer rayo de sol. Así lo había dispuesto el juez, pero no debía preocuparse por los testigos, pues se asegurarían de que toda la ciudad se enterara de la ejecución.

Cuando los hombres se fueron y quedó solo, se sentó debajo de la ventana para contemplar su destino. Por toda Malik-Thalish se propagaría la noticia de que el asesino de jueces, y violador de jóvenes meseras, sería llevado a la horca. Una gran multitud estaría presente para observar su muerte. Por primera vez en su vida, Drefan el deseh desesperó. No contó con tan rápida progresión de eventos, normalmente todo eso llevaba al menos tres días. ¿Habrían oído la noticia Bêlit y R’Gorab? ¿Apresurarían su accionar también, para adaptarse a los cambios de planes? ¿Lo liberarían por la mañana?

¿O ya lo habían abandonado?

Por lo menos, la celda era tan fría que alimentaba todos sus dolores físicos. Esos eran preferibles a los otros. Además, recrear el trayecto que habían tomado los soldados al llevarlo hasta allí, le ayudaron a pasar el tiempo. Según había comprobado, se habían encargado de llevarlo por algunas calles que hacían el camino más largo, intencionalmente. Sabían que la plebe era propensa a quitarse sus frustraciones con los pobres desgraciados que eran tomados prisioneros por la guardia. Bueno, no todos asesinaban a media corte oficial, al juez y a varios de sus guardias pero, ¿de qué servían todos ellos cuando ningún condenado recibía justicia?


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Jun 26, 2015 3:44 am

Las nubes permanecieron entre el sol y la ciudad de Malik-Thalish durante toda la tarde. Era una práctica metáfora del humor que reinaba en la cubierta del Tentación, la nave insignia de la infame diablesa del Mar de Thonomer. Ella no se había mostrado, porque ese había sido el plan desde un principio, sin embargo solo con ver a sus hombres de confianza, cualquier desconocido podría haber previsto que algo iba mal. Las charlas que solían acompañar al trabajo cotidiano, aquel día no se presentaron, y las miradas alegres de los hunta, fueron reemplazadas por ceños fruncidos o cejas arqueadas.

Algo marchaba mal, podía palparse en el aire, aunque nada indicara que fuera así. R’Borag había partido al rato de la reunión con el capitán de la guardia de la ciudad. Primero, se había asegurado de que nadie lo seguía. Se había llevado varios hombres con la intención de saquear los barcos cercanos. Como tenía por costumbre, solo pondría manos a la obra en las embarcaciones que contaban con el permiso oficial de la aduana, pues eran las que, según él, transportaban los recursos robados de las ciudades menos favorecidas por la distribución geográfica. Los demás marineros, se ganaban la vida pescando o transportando maderas y minerales extraídos a buena ley.

A las barcazas que no contaban con el pase real, se le cobraba casi la mitad de la carga como tributo, pero como ese era el mayor puerto de Thonomer, seguía siendo rentable. Aquellos que llegaban bajo esa modalidad para vender sus mercancías en la vieja Malik, no tenían nada que temer de la tripulación del Tentación. Por supuesto, esta tripulación nunca arruinaría su funesta  reputación haciendo correr la voz de su benevolencia. A la reina Bêlit le convenía que la temieran ricos y pobres por igual, de hecho, estos últimos eran los que hacían que las noticias viajaran con mayor rapidez. A menudo, los que más tenían, se movían en círculos cerrados, para que sus negocios no se viesen afectados por externalidades.

Como R’Gorab no estaba, y el Hombre Pájaro se encontraba en la bodega, junto a su señora, no había quien se prestara a una charla, ni siquiera para que el día pasara más rápido. Los pocos que quedaban a bordo respondían con un sí o no, a cada pregunta que Nathan les hacía, por lo que decidió dejarlos, pasado el mediodía. El anciano estaba más preocupado por el destino de Drefan, que cualquier otro tripulante, pero reconocía que hacer silencio no era precisamente la mejor forma de dejar pasar el tiempo. Sus compañeros no pensaban lo mismo, no obstante él no se veía capaz de culparlos, cada uno lidiaba con sus problemas de la manera que creía mejor.

Ahora, el anciano descansaba sus huesos fatigosos en un taburete alto que alguien había dispuesto para los convidados que desearan recibir las atenciones de la dueña del local. Antes de llegar al “Timón Patituerto”, se había tomado su tiempo caminando entre las estrechas calles del centro de la ciudad, que era la más antigua. Nathaniel Winston ya había estado allí antes la última vez que visitó Malik, por lo que pudo apreciar la vista que los enormes edificios de diseño sobrio le ofrecían, sin preocuparse de perderse. El recorrido le sirvió, principalmente para olvidarse del tufo a pescado que se había apoderado de la parte baja de la ciudad. Pero también, para informarse acerca de su milicia, y del lugar donde llevaban a los prisioneros.

El paseo lo había agotado, lo que presentaba una imperdible oportunidad de probar un buen plato de guiso de liebre, como solo el cocinero de esa posada sabía hacerlo. Desde que había llegado, Kathy, la esposa del cocinero y dueña del lugar, había aprovechado cada momento libre para conversar con Nathan. Al principio, lo había hecho por cordialidad, pues ese día estaba muy concurrido, pero al cabo de unos pocos minutos, se vio irremediablemente atraída por la historia que le contaba el anciano entre bocado y bocado. Y eso que no le había contado las partes realmente importantes, sino que se había limitado a hablarle de los paisajes, las diferencias de etnias, los lenguajes y la vida en el mar.

Por supuesto, le había contado que acababa de volver a Malik, sobre un barco que había sido pirata, amoldándose muy convenientemente a la historia que había planeado R’Borag, no obstante, prefirió cambiar el nombre de la embarcación.

— Pero al final, ¿solo has regresado para refregarme en la cara tus idílicos días en las paradisíacas islas  del este?— preguntó apoyando ambas manos en la madera que la separaba de su comensal favorito. A Nathan le pareció que tenía la voz incluso más rasposa que antes.
— Ya quisieras, ¿verdad? Que viniera para hacerte el día más fácil, con mis inmejorables modismos y mi locuaz dialéctica, para después marcharme y dejarte en paz— comentó risueño. —  Por desgracia para ti,  tengo algunos días libres y necesitaré una habitación. ¿Tienes una libre?

La mujer, de unos cincuenta años bastante bien llevados, tenía ciertos dotes artísticos que no dudaba en usar para atender a sus clientes. Ante Nathan, tampoco ocultaba su gusto por el dramatismo, y así se lo demostró una vez más cuando lo oyó. Llevándose una mano a la cara en gesto cansino, negó rotundamente al oír la pregunta del anciano, aunque no pudo evitar una sonrisa genuina.

— Creo que puedo hacerte un poco de lugar— concedió finalmente— pero solo si me esperas hasta la noche.

Claro que esperaría. Si bien era cierto que el Tentación debía partir antes del ocaso, y que posiblemente una buena comitiva militar intentaría escoltarlo hacia la frontera marítima más lejana, R’Borag tenía planeado pedir que se extendiera el tiempo aunque sea por un día más. Ya se le ocurriría luego cómo permanecer el tiempo que hiciera falta hasta que lograran todos sus objetivos en la ciudad. Los objetivos… Cada vez que Nathaniel pensaba en la locura que se estaba cometiendo, le daban ganas de salir a buscar a su amigo. Drefan el deseh era tan tozudo como temerario, pero no era de mala naturaleza.

Durante los primeros días en el barco insignia de Bêlit, Nathan se había propuesto abandonarlos ni bien pisara tierra firme. ¡Cuánta agua había pasado por ese río! Ahora que estaba a salvo de cualquier peligro, empezaba a extrañar la vida en altamar. Ya tendría tiempo para pensar una decisión. Y aunque sabía que lo más sensato era emprender un nuevo viaje, lejos de las locuras de Drefan y su reina, también tenía la certeza en el corazón, de que los extrañaría terriblemente. La cuestión, era su edad. No podía saber cuánto tiempo tenía por desperdiciar, y todavía no estaba ni cerca de conocer la verdad que se escondía detrás de su pérdida de memoria.
En ese dilema estaba pensando, cuando un grito lo dejó pasmado.

— ¡Pero mira quién se ha dignado a aparecer!— había dicho a Kathy, demasiado acostumbrada a hablar sobre el ruido del tumulto.

No se dio cuenta que tenía a Nathan a escasos centímetros. El anciano la miró primero a ella, y luego a la joven a la que había hecho referencia. La reconocía, era una de sus hijas, y generalmente pasaba el día ayudándola en los quehaceres que competían a la atención de los comensales. Al visitante le había parecido extraño no verla antes, pero previó la posibilidad de que estuviera descansando. A veces ella se quedaba hasta la madrugada para cuidar el negocio familiar. Esta vez, por lo visto, no había estado ausente por esa razón. Nathan fulminó a Kathy con la mirada antes de mirar a la hija de nuevo. Acto seguido, se llevó  un dedo a la sien y lo giró, provocando una sonrisa genuina en la muchacha.

Al llegar junto a él, la moza hizo una breve reverencia.

— Lord Winston.
— ¡Otra más! Que no soy ningún lord, muchacha. Llámame Nathan— la reprendió exagerando su expresión. Ella le sonrió otra vez, antes de volverse hacia su madre.
— ¿Y bien? ¿Con qué excusa has venido esta vez?— inquirió Kathy. — ¿Y qué haces allí? ponte un delantal y ayúdame.

Obediente, la joven dio la vuelta por la barra, tomando la prenda que estaba colgada a un costado de su madre. Se lo puso encima del vestido gris, simple pero inmaculado, que llevaba sobre sus marcadas curvas femeninas. Era una joven muy bonita, y seguro se quedaba con miradas de admiración de muchos de los hombres que frecuentaban el lugar. Nathan volvió a cargar la cuchara mientras ellas se arreglaban.

— No sabes lo que ha ocurrido, madre— empezó a decir, pero fue rápidamente cortada.
— No, la verdad es que no lo sé porque he estado toda la mañana tra-ba-jan-do— comentó Kathy, tendiéndole un cuenco vacío que hacía dos minutos había acercado otra de las meseras.
— Kathy, querida, deja a la pobre muchacha continuar. A ver, ¿qué es eso que te ha mantenido tan ocupada? Seguramente es algo muy importante, que incumbe a todo el Timón— intercedió Nathan.
— Bueno… no, pero…— al instante comprendió lo que el anciano estaba haciendo— es decir, sí. Mañana tendremos más clientela desde temprano, incluso es posible que tengamos visita inusual hoy mismo, cuando caiga el sol.

La idea le borró el ceño fruncido a la dueña de la posada.

— ¿Y eso por qué?— preguntó, interesada.
— Han capturado al asesino del Juez Thurow, ¿puedes creerlo? Y los vocales oficiales andan diciendo que lo ejecutarán mañana mismo, ¡sin juicio! Parece que era el amante de la capitana del Tentación.

De inmediato, el bocado del guisado de liebre, se hizo el más difícil de tragar. Fue el último. El mundo se puso a girar alrededor de Nathan, a tal punto que Kathy le preguntó si le ocurría algo. Es que, en un intento por ponerse de pie, el anciano quedó agachado sobre la barra, con los brazos en posición de estar empujando. Este negó con la cabeza, incapaz de disimular la fuerte impresión que le había provocado la noticia. Cuando se puso de pie, distribuyó una buena parte de su peso en el largo bastón que siempre le acompañaba. Madre e hija lo miraban con no poca curiosidad, aunque ninguna volvió a preguntarle qué sucedía.

Nathaniel sospechaba que Kathy había conectado rápidamente su historia con lo que la muchacha acababa de decir, pero no tenía tiempo ni ganas para explicarlo.

— ¿Sabes, querida? Creo que finalmente no necesitaré la habitación— explicó con los ojos puestos en la puerta. Para ser media tarde, había mucha gente allí dentro.

Tras pagar con una moneda de plata por los servicios prestados, salió de la posada tan rápido como pudo.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Jun 26, 2015 9:00 pm

Durante el camino hacia el puerto, no gozó de ese entusiasmo que lo había embargado temprano, cuando subía por las calles más cuidadas y transitadas de la ciudad. No. No tenía tiempo para sonreír tras observar a los niños correr, o para asombrarse del nivel de detalles que los constructores habían dejado entallados en cada muro. Seguramente lo hubiera disfrutado otra vez, si su mente no hubiese estado enfocada tan lejos de esa parte de la vieja Malik. Si lo que había oído en la posada era cierto, había sido prácticamente un partícipe de la condena a muerte de un hombre. Y no de cualquier hombre, de un amigo.

Tal era su prisa por llegar a los muelles, que no se dio cuenta que llevaba el largo cetro de nogal blanco en posición vertical. No fueron pocas las veces que le pegó a otros transeúntes, aunque se volvió a pedir disculpas cada vez. Aunque había memorizado las alamedas y las vías más importantes, tuvo algunos problemas para situarse, pero se lo adjudicó al apuro más que a su capacidad para ubicarse. La gente que deambulaba por el centro de la ciudad lo miraba con la misma expresión que hubiese tenido de ver un oso suelto… o un pobre. Era exasperante porque, como habitaban por allí, creían que tenían más derecho que una persona que corría desesperada.

Por fortuna, eso solo sucedía en la parte alta, y conforme los enormes edificios de altas paredes oscuras y angulosas iban abriendo paso a otras construcciones menos imponentes, también cambiaba la actitud de las personas. A menudo, quienes se ven más desfavorecidos por su situación social, son quienes más interesados se muestran en ayudar al prójimo. Nathan había pensado varias veces en esa paradoja, y le resultaba fascinante el comportamiento, por lo menos, de los humanos. Sabía que ciertas costumbres eran raciales, y no se repetían en otras especies, aunque vivieran en sociedades similares a las que podían verse en Thonomer.

Cuando llegó al muelle, le faltaba el aliento, le dolían las piernas y sentía el corazón a punto de fallarle. Golpeaba contra el pecho como intentando escapar de aquel cuerpo que, de repente, ya no lo apreciaba como venía haciéndolo. Favorablemente, el desagradable olor a pescado había mermado con el correr de las horas. Seguía estando allí, pero por lo menos era respirable. Las nubes se veían preciosas en el horizonte, pues el color oscuro que le daban al cielo, contrastaba terminantemente con el anaranjado rojizo del sol ocultándose, pero a su vez parecía una continuación del mar. O bien, el mar era un espejo del paisaje celestial.

Le hubiera gustado tener un momento para apreciar aquel bello espectáculo.

Afortunadamente, el puerto estaba descongestionado. Nadie le prestó atención a aquel anciano de aspecto noble, que había llegado hecho una tromba, y que luego había caminado sin un rumbo fijo durante unos cuantos minutos. Tal vez lo más juicioso hubiera sido tomarse un barco que lo llevara lejos o, mejor aún, contratar un cochero que lo llevara a otra ciudad por tierra. Sí, la idea se le cruzó por la cabeza una vez, pero él la desechó sin pensarlo. Lo que tenía que hacer, era peligroso para él mismo, pero se debía a la verdad y a la justicia. No podía abandonar a un amigo, ni dejar que los culpables continuaran con su vida. La piedad para los culpables, no es más que una doble condena a la víctima.

Cuando abordó el Tentación, vio la cubierta vacía, salvo por un tripulante que ni se dignó a mirarlo. Nathaniel Winston se anunció con los golpes secos de su bastón sobre la borda, cada unos cuantos pasos. Primero revisó el castillo de popa, que continuaba vacío como lo había estado por la mañana, consecuencia de la historia que R’Gorab había creado para explicar su presencia en Malik’Thalish. Conforme fue internándose en el barco, aprovechando la escotilla del castillo de popa, el sonido de una conversación fue creciendo. A primera vista, el barco estaba vacío, pero el anciano sabía dónde encontrar a la tripulación.

Lo que no sabía, es que en realidad no había tripulación. Había llegado a la bodega en cuestión de segundos, para encontrar a la reina de la Costa Negra sentada sobre una caja, al frente de dos hombres. Uno de ellos era su segundo al mando.

— ¿Dónde se han ido todos? ¿Qué es esto?— gritó Nathan. Su profunda voz estaba impresa de tal autoridad y desafío, que hizo retumbar la bodega y se propagó por los corredores que la conectaban con otros ambientes.

Aunque los hombres se volvieron a mirarlo, con expresión indescifrable, la reina solo hizo silencio. Ella no alzó la mirada.

— Bêlit, ¿dónde están tus hombres? ¡Mañana ejecutarán a Drefan!— inquirió.
— Están fuera, saqueando la ciudad, de acuerdo a lo planeado— respondió la mujer, con un tono tan frío que a punto estuvo de helar el corazón de Nathan.
— ¡De acuerdo a lo planeado! ¡¿así que ese era el plan, usar al deseh como un muñeco sin valor para hacerte con el oro de otros?!— la increpó, con el rostro contraído y rojo debido a su cólera.

Inmediatamente, R’Gorab se interpuso entre el anciano y su señora. No tenía la altura de Nathan, pero era por lo menos tres veces más fornido, además de que tenía  unos cuarenta años menos. O treinta y cinco. El anciano había aprendido a apreciar al enorme hunta, pues siempre lo había tratado con respeto, y tendía a pensar antes de actuar, marcando una diferencia con el resto de la tripulación. De todas formas, accedió a la fuente de su poder sin dudarlo, y alzó una palma abierta hacia él casi al mismo tiempo. También inmediatamente, el hombre que había permanecido sentado desenfundó su cimitarra.

Era un momento tenso. Si utilizaba su poder para inmovilizar a R’Gorab, tendría que lidiar con el otro con su bastón. Podía meterse en la mente del espadachín con cierta facilidad, para mostrarle sus mayores miedos, pero no estaba seguro si funcionaría. Los hombres de Bêlit tenían una voluntad fuera de lo común. Además, ¿cómo haría para lidiar luego con la reina? Ya se le ocurriría algo luego…

Cuando la magia empezaba a inundar su brazo, vio una mano pequeña y delicada acomodarse sobre el brazo de R’Gorab. El contraste entre la pálida y suave piel inmaculada, y la gruesa tez tan oscura como áspera, era casi hipnotizante. La reina de la Costa Negra rodeó a su hombre de confianza muy segura de sí misma. Vestía las mismas prendas de cuentas y escasa tela que tanto le gustaban, usando sus generosas formas femeninas como su principal arma. En esta ocasión, no obstante, portaba algo en la mano. Nathan reconoció el brillo de una daga cuando esta reflejó la luz de un farol.

Bêlit se acercó con su característico vaivén, casi ofídica, hasta donde estaba el anciano. Tenía esa mirada atemporal que a Nathaniel, tanto le recordaba a las estatuas dedicadas a Matre. Cuando sus ojos adoptaban ese cariz, parecía trascender cualquier asunto humano. Posiblemente lo hacía, pues ella era descendiente de los arcanos monarcas, no era una simple mortal más. En cierto momento, tras mantener la mirada durante cerca de un minuto, extendió la mano libre para tomar la que Nathan mantenía extendida frente a R’Gorab. Acto seguido, le otorgó la daga por el puño y le cerró los dedos alrededor de este. La empuñadura estaba fría, aunque solo la mitad era de plata, y la otra estaba cubierta de cuero.

El filo era de acero. Posiblemente, más frío aún. A Bêlit no le importó, pues se situó justo frente a la letal punta, aun apretando la mano del mago con las ambas suyas.

— Has querido hacer esto desde el primer día, Mago Winston— anunció acusatoria, aunque nerviosa. — Ahora tienes la oportunidad, si quieres matarme, hazlo. Así por lo menos, ya no sufriré por haber puesto a mi amado en las fauces de un león. Si tienes un plan para rescatarlo, mátame ahora.
» R’Borag, Ty’rren, obedecerán al mago Winston hasta que Drefan esté a salvo
— ordenó sin quitar la mirada de Nathan.

El viejo no había visto hasta aquel momento, lo cansada que se veía. Lo infinitamente vulnerable y frágil que se veía. Los iris verde estaban rodeados de un color rojizo. La estaba pasando realmente mal.

— Bêlit, por favor, piensa lo que estás haciendo— pidió R’Borag, genuinamente asustado por la posibilidad de verse sin su señora. Apoyó su enorme mano sobre el hombro de la mujer.
— No soy yo quien tiene el poder de decisión— dijo ella, resuelta. — Mago Winston, si quieres matarme, este es el momento. Me he equivocado, y este es el castigo que merezco, lo sé. Pero hay otra posibilidad. Puedes dejarme vivir hoy, mi vida dependerá de tu decisión mañana, pero hoy… hoy puedo liberar a mi tonto deseh— expresó con voz inestable. A punto de quebrarse.

Nathaniel la miró unos pocos segundos. ¡Cuán cerca estaba de terminar con aquella reina pirata! Pero algo en ella lo conmovía profundamente. De repente, se sentía miserable, allí parado con la decisión de quitar una vida, pesando sobre sus hombros. Bajó el brazo lentamente, mientras en el rostro de R’Borag empezaba a verse cierto alivio. No podría haberla matado, eso no era él. No era un asesino. Sí había tenido que tomar algunas decisiones drásticas, pero mientras pudiera deshacerse de la muerte como una opción, lo haría.

— No puedo hacerlo— dijo finalmente, ofreciéndole la daga a la reina de nuevo.

Ella negó con la cabeza, y después la inclinó, risueña.

— La necesitarás, Nathan. Si queremos rescatar a Drefan, la necesitarás— explicó enigmática, volviendo hacia donde había estado sentada. — Tenemos un plan para ayudarlo, si hubiera sabido que él se equivocaría con las fechas, no le hubiera permitido hacer esto. No me importa si me crees— aclaró, al ver que se estaba explicando— solo acércate y escucha con atención, pues eres el único que tuvo el coraje de enfrentarme por mi deseh, y nadie más que tú merece un lugar en todo esto.

Aunque aún le temblaba levemente la voz, Nathan vio por primera vez a la mujer de la cual se había enamorado su amigo. Bêlit era la mujer más valiente e indomable que había conocido.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Jun 27, 2015 5:10 am

Fue una larga noche. La más larga en la joven vida del deseh. También era la primera en prisión, aunque había sido buscado en no pocas ciudades. Y es que su trabajo lo había llevado a cometer acciones que el común de la gente veía como inmorales. Era un nómade, y como tal, había tenido que aprender a valerse con lo que tenía a mano. Se había negado a llevar más pertenencias que su espada y su sentido del mundo. De esa forma no vivía, sobrevivía. Y quien sobrevive, aprende. A la fuerza, a golpes, a ritmo del dolor. Pero aprende, y era más de lo que podía soñar la mayoría. Tampoco es que todos persiguieran esa meta. Bien sabía él, que no siempre había sido así.

Bien sabía él que no debió dejar que eso cambiara. El suelo de piedra gris, era tan frío como la noche. Tal era así, que lograba mantener la humedad del resto de las catacumbas fuera. Alguien debió pasar largas horas pensando en la mejor manera de construir aquel lugar, para hacer que los prisioneros se sintieran al borde de la locura. Afortunadamente, ese mismo frío que lo mantuvo despierto, era el que mantenía los dolores en el límite. Estaba cansado, y muy herido. Y eso que los guardias no habían lo habían visitado extraoficialmente. Tenía por seguro que tenían la intención de mostrarlo medianamente sano, para que la gente no sospechara de la gente que debía cuidar que todo saliera bien.

No pudo decir si fue un sueño lo que vino a él, o si había algo más ocupando su mente. Recordó las palabras del Hombre Pájaro acerca del destino.

Al abrir los ojos, sus pupilas, se constriñeron instintivamente, pues ya no se encontraba en la oscura celda. Se dio cuenta que estaba recostado de la última posición que había probado para evitar lo mejor posible sentir los dolores. Especialmente el de la costilla. Cuando quería tomar mucho aire, sentía un tirón tan fuerte que le obligaba a parar, especialmente cuando quedaba boca arriba. Pero así de costado, como había quedado, encontró una buena forma de evitar ese dolor, solo tenía que cuidarse de no dejar el brazo sobre el torso para que no generara peso. Seguía haciendo frío, aunque ahora le parecía que había una explicación más razonable.

Todo era blanco a su alrededor. Blanco, y gris. Tal vez si caminaba algunos minutos, encontraría otro color, pues pese a que la nieve caía ininterrumpidamente, lograba ver una forma alargada y desigual adelante. Por lo que parecía se trataba de árboles, de un bosque que lindaba con la llanura desolada y helada en la que se encontraba. Si había creído que nunca había estado tan solo, era capaz de reprenderse por el error. Lo peor era la extraña sensación que lo embargó desde el primer momento. Era un algo, quizás un leve susurro o algo que trascendía a los sentidos, pero estaba allí haciéndole saber que no estaba solo.

Se puso de pie como pudo, hundiendo los pies en la espesa capa de nieve que tapaba el suelo. Nunca había estado allí, así que no se trataba de un recuerdo. Entonces, ¿qué era? Se abrazó el torso desnudo para buscar la dirección en la que sentía la presencia. Fue inútil.

— ¿Quién anda ahí?— preguntó con voz tembleque.

Sus caprichos habían cambiado siempre, de momento a momento. Drefan era un guerrero, podía ser impulsivo, sí, pero también se tomaba sus tiempos para reflexionar. No era un idiota, y por eso cuando conseguía anteponerse a las adversidades que iban apareciendo en su vida, se sentía orgulloso. En sus reflexiones sobre la vida que había llevado hasta ese momento, siempre concluía en que había sido bendecido. Tal vez no tenía el mejor pasado, y era una persona difícil de entender, pero eran detalles que no opacaban su buena voluntad. Ahora que estaba abandonado en aquel limbo, se preguntó si su suerte no estaría cambiando.

¿Eran los hados los que habían llenado su mente con esas imágenes de una tierra tan lejana, o era solamente su desesperación al estar solo en esa celda de piedra? No sabía si prefería que fuera lo primero, o volver a cerrar los ojos y despertar rodeado por los muros de las catacumbas. ¿Serían benévolos aquellos dioses que lo usaban como un peón en su juego macabro? Tal vez alguno lo escucharía. Le habló a los suyos, y también a otros, pero no encontró respuesta alguna. Se encontraba solo. Solo, con esa sensación de estar siendo observado. No había explicación lógica para aquello, sin embargo, agradeció tener algo en lo que pensar, pues sabía que su tiempo estaba terminando.

Si volvía a la prisión, sería ejecutado. Quizás morir de frío era una mejor opción.

— ¿He muerto?— preguntó en voz alta. — ¿Qué es este lugar?

La única pregunta que requería respuesta, era una que no llevó a su boca. ¿Estaba perdiendo la cabeza?

Cualquiera fuera la naturaleza de aquello que le estaba pasando, no iba a hacer nada quedándose allí parado. Al dar el primer paso, sintió un sonido seco que provino de la nieve. Era similar al que hace una rama al ser pisada. No le dio mucha importancia, de hecho, apenas lo oyó. Emprendió un camino hacia el horizonte, inclusive sabiendo que con cada paso, este se movía con él. Tal vez nunca llegaría a los árboles. O sino, ya estaba allí. Se sentía tan solo… que pensó en Bêlit. Por consiguiente, también recayó en que su destino era cada vez más cruel. ¿Acaso la reina pirata y él no estaban destinados a ser uno?

— Soy un tonto. Un estúpido.

Al decirlo en voz alta, adquirió una comprensión real de sus palabras. Había puesto su vida en las manos de criminales. De asesinos. De extraños. Peor aún, había aceptado dirigirlos en sus batallas, y matar para llevar el oro a su Bêlit. Su Bêlit. No. Estaba siendo injusto con ella. En ningún momento le pidió que hiciera nada de aquello, le ofreció su amor, le dijo que lo quería, y él se sintió poca cosa. Después de todo, ella era una reina. Había puesto su corazón en las manos de esa reina, que hacía lo que deseaba sin responder a nadie más que a ella misma.  Pero entonces, ¿qué les unía? ¿Cómo podía pensar tanto en ella, hasta el punto de querer volver a sus brazos, cuando estaba a un rato de ser ejecutado?

El sonido del resquebrajamiento, lo acompañó durante largos minutos. Tal vez horas. Él se centró en el camino, más que en su dolor, y se llenó de Bêlit para no sentirse tan solo. Y pensar que se había sentido en casa, cada vez que la poseyó en su enorme cama. No, no solo la poseyó, la amó. Malditos fueran todos los Dioses por hacerle aquello, ¿qué culpa tenía él por profesarle tal amor a su reina pirata? En estas cavilaciones estaba tan perdido, que no le prestó ni la menor atención al sonido del suelo quejándose tras cada paso. Tampoco se dio cuenta que ya no caminaba sobre nieve, sino que se trataba de hielo.

El deseh era joven, pero tenía la madurez suficiente para saber cuán fugar podía ser una pasión. Y tenía la certeza de que esa pasión, no tenía nada de fugaz. Ese fue su último pensamiento cuando la fina capa de hielo que lo separaba del agua, hizo el crujido por el esfuerzo de sostener todo el peso de sus músculos. Inmediatamente se convirtió en un sinfín de fragmentos incapaces de sostenerlo, y enseguida se vio abrazado por la gélida oscuridad acuática. Su último pensamiento fue para su reina.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Jun 27, 2015 8:56 pm

Un fuerte sonido lo rescató de esa profundidad infinita, haciéndole volver en sí. De repente se vio otra vez encerrado entre las cuatro paredes de piedra, donde había sido tirado como un costal de papas tras haber sido arrastrado a lo largo de la ciudad. Instintivamente se quiso poner de pie apenas despertó, y eso le provocó un fuerte dolor en el costado. Tenía ambos pies encadenados por los grilletes que le obligaban a permanecer cerca de la pared. No así los brazos, tal era la confianza que se tenían los guardias de Malik-Thalish. Nadie sería tan idiota de provocarlos con las piernas encadenadas y una golpiza que no les dejaba respirar.

— ¡Eh, deseh!— se abrió la trampilla de la puerta.

Era el carcelero que, cada cierto tiempo se aseguraba de recordarle el dolor que sienten los ahorcados, entre otros detalles innecesarios. Drefan sabía que su tiempo se agotaba, pero si algo le salvaba… lo que fuera, recordaría el rostro grasoso, peludo y desalineado de ese desgraciado. Antes de dormirse, había pensado en todas las formas posibles que tenía de matarlo. Lamentablemente, era consciente de que eso solo le valdría otra golpiza. Su ejecución sería pública, y nada lo cambiaría, por más que intentara incitarlos a terminar con él allí mismo. Acostado como estaba, se inclinó como pudo para mirarlo a los ojos.

— Tienes visita— anunció el hombre.

Cuando abrió la puerta, la luz asaltó los ojos cansados y adoloridos del deseh con sorpresa, pues no había tenido contacto con ella desde que estaba allí.

— Y ha pagado muy bien… realmente me impresionas, escoria— espetó antes de cambiar la voz. — Tienes diez minutos, milady.
— Déjanos— apenas un susurro.

La figura pasó el umbral sin dignarse a mirar al panzón carcelero. Estaba completamente cubierta por una larga capa con capucha, haciendo que fuese imposible reconocer de quién se trataba. ¿Acaso algún enemigo se había enterado de su mala fortuna? Tal vez era la única forma que habían encontrado para humillarlo todavía más pero… ¿había pagado por estar allí? Cuando la puerta se cerró tras de la misteriosa silueta, Drefan aún mantenía los brazos sobre el rostro. Poco a poco fue bajando las manos, con las que se ayudó para llegar hasta la pared. Se quedó sentado un largo rato, preguntándose quién estaría riendo bajo la capucha.

— ¿Y bien? ¿Te quedarás allí los diez minutos?— preguntó finalmente. [color=#999999]— ¿Quién eres? ¡Habla!
— Amado…— fue lo único que oyó.

Fue lo único que podría haber despertado su interés en saber de quién se trataba realmente. Alzó la mirada, dejando que la luz de la antorcha dejada por el carcelero paseara por sus facciones hinchadas, cubiertas de sangre seca.

— ¿Bêlit?
— Drefan, mi amor— respondió quitándose la capa y tirándola a un lado.

En ese momento, nada podría haberle hecho olvidar de los dolores. O por lo menos, eso había creído hasta verla allí de pie frente a él. Llevaba un vestido entre rojo y violeta, muy ceñido a sus generosas curvas que tantos suspiros arrancaban al deseh. Drefan se arrodilló inmediatamente cuando ella se abalanzó sobre él. El abrazo fue tierno, Bêlit lo tomó entre sus brazos con cariño, espantando los fantasmas y las dudas que había tenido hasta hacía unos momentos. Se reprendió por culparla de sus males, y bebió del aroma de su cabello, para llenarse de ella. La mano de la reina le acariciaba la cabeza sin miramientos, a pesar de que tenía sangre seca y restos de las frutas que le habían tirado de camino a la prisión.

Sin soltarlo, ella le habló.

— Escucha, cometiste un error en cuanto al juicio y al tiempo, pero R’Gorab anticipó la posibilidad. Tenemos un plan de contingencia— le anunció en voz baja. — Serás llevado a la horca al amanecer… pero Drefan, mi amor, no morirás. Intervendremos.

Él se separó para mirarla a los ojos.

— ¿Cómo?
— No tengo tiempo para detallarlo, pero esto es lo que debes hacer: mantén tu coraje, tu corazón, tu espíritu. No permitas que te dobleguen, tú eres más de los que ellos soñaron con ser. Necesitarás cada onza de fuerza por la mañana— le explicó preocupada por el rostro magullado de su amado. — Haz eso por mí, y huiremos de todo esto.
— Temo no volver a verte. Este edificio es una fortaleza repleta de soldados. ¿Cómo lograste entrar?— preguntó como una reprimenda por no pensar en ella misma. — ¿Y por qué te arriesgaste?
— Drefan… eres un completo tonto por no pensar que no arrancaría esta montaña de piedra y acero para encontrarte de nuevo. Ahora toma esas dudas y entiérralas. La melancolía no nos volverá a unir— le dijo, más tierna de lo que él creía que ella podía ser.

Pero había algo más, un brillo en los ojos de ella, que Drafan conocía muy bien. Le acariciaba la cara dolorida como queriendo ahuyentar los recuerdos de los golpes, y sus labios carnosos, tan hermosos, lo incitaron a ceder.

— Sólo tu fuerza y tu deseo pueden unirnos ahora— terminó, arrecostándolo en el suelo.
— Bêlit…

Ella chistó.

— Nos quedan pocos minutos, amado— le susurró, buscando el cordón de los pantalones.

A Drefan ya no le importaba el dolor que sentía en el torso, de hecho apenas lo sintió. Ella era suya. ¡Era suya! Había llegado en el momento justo en el que estuvo a punto de rendirse, para mostrarle que aún había vida afuera de esa celda. Cuando ella los unió una vez más, bajo la lumbre de la antorcha, le hubiese gustado haber podido hacer algo más. Quitarle el vestido y maravillarse con las maravillosas formas femeninas y delicadas. No habría imaginado que su noche terminaría así, ni en el mejor de los sueños.

El destino. ¡Cuánta razón tenía el Hombre Pájaro cuando hablaba del destino!, pensó el deseh para sí. Los Dioses estarían en algún lugar, esperando para volver a burlarse de él, pero ya no le importaba. No en ese momento. Y si tenía que soportar tantos males para recibir semejante recompensa, volvería a repetir cada paso, cada decisión. Pues tenía a su reina con él. Con cada arremetida, se unían un poco más, y con ello nacía la esperanza. Y una promesa de pronta libertad. Para un aguerrido muchacho del sur como él, esa era la pócima correcta para darle fuerzas a su corazón.


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Re: La reina de la costa negra

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