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La reina de la costa negra

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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Dom Jun 28, 2015 8:43 pm

El movimiento inducido por las olas era lento, sin mucha fuerza. Como si se movieran por inercia, más que por alguna necesidad secreta de la naturaleza. Menos mal. No estaba de humor para aguantar ese insoportable vaivén que caracterizaba la vida en altamar. Cuando pisó el puerto de Malik-Thalish, se sintió agradecido de tener tierra firme bajo sus pies. Incluso se había sentido mareado, pues había sido mucho tiempo embarcado. En realidad, no era del todo cierto, ya que de vez en cuando, mientras los hombres de Bêlit asaltaban algún puerto avalado por las naciones de Thonomer, aprovechaba para estirar las piernas.

Estar otra vez allí, era distinto. No era su ciudad, posiblemente no había pasado mucho tiempo recorriendo sus calles antes de perder la memoria, y sin embargo, era el lugar en el que había vuelto a nacer. Si todo salía bien, los altos muros de la ciudad fortaleza también serían los testigos del inicio de su viaje. La vieja Malik tenía algo que trascendía a sus oscuras callejas, la mirada hosca de la milicia o las rudas leyes que imponía el gobierno de facto. Esas eran cuestiones temporales. Triviales. La ciudad no había nacido una vez. Posiblemente, tampoco la última había sido la definitiva. Estaba condenada a perdurar más allá de las decisiones de sus habitantes.

Era casi poético. Especialmente, cuando se pensaba desde el puerto. La vista hacia las murallas era exquisita. La luz selénica que lograba hacerse paso entre las nubes cada vez más dispersas, dibujaba sombras en las almenaras, las torres e incluso los soldados que vigilaban durante la noche. Nathan había estado un largo rato mirando el espectáculo, aunque lo usaba como excusa para vigilar las múltiples escalinatas que unían a los muelles con el resto de la ciudad. La reina se había marchado hacía cerca de dos horas, acompañada tan solo por su sombra. Ahora que ella había disipado las dudas acerca de sus intenciones, el anciano temía por su seguridad.

Y no era el único. R’Gorab, mano derecha de Bêlit, esperaba pacientemente a que ella volviera. Se había sentado con la espalda apoyada en unas cajas, pues había decidido dejarle el mejor lugar a Nathaniel. La base del palo mayor.

— Eso que aún no has conocido Phonterek— comentó el negro.

Nathan esperó unos segundos antes de responder.

— ¿Y tú cómo sabes eso?— preguntó.
— Porque este agujero del demonio te parece un buen lugar para vivir— respondió R’Gorab, antes de desprender una carcajada que tranquilizó al viejo mago.
— No es un mal lugar, una vez que aceptas que debes pedir permiso para respirar una vez por semana— dijo Nathan, sonriente. — Además, es un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar una búsqueda.

Vaya que lo era. Todo el tiempo que había pasado en el mar, primero en el “Destino de Grandeza” y después en el Tentación, había sido una experiencia inolvidable. De eso no tenía dudas. Pero no lo estaba llevando a ningún lado. Lo que él necesitaba, no lo encontraría saqueando barcos o puertos, aunque ahora comprendía que ese punto de vista tenía sus razones. Aunque los piratas se habían ganado su respeto, sobre todo tras mostrarse preocupados por Drefan, Nathan sabía que esa no era vida para él. Además, aún tenía que encontrarse, que no era tarea fácil.

Al pensar en esto, su mano acarició inconscientemente el compartimento de cuero duro con forma de libro que llevaba colgando en un costado. El cuaderno que había dentro, tenía todas las hojas en blanco. Era una de las pocas cosas que le habían pertenecido, y que había mantenido consigo tras la pérdida de memoria. Según le había contado la joven con quien había despertado aquel día, una de las tres mujeres que lo llevó hasta ella, se lo había dejado. ¿Tendría alguna aliada, en algún lugar de Noreth? Si ese era el caso, debía encontrarla inmediatamente. No sabía cuánto tiempo le quedaba de vida. Era viejo, eso era indiscutible. Por otro lado… no sentía los achaques propios de la ancianidad, incluso después de haber corrido por toda la ciudad.

Bueno correr, lo que se dice correr… tal vez no fue eso lo que hizo, pero era lo más parecido que podía hacer con su cuerpo entrado en años.

— ¿Crees que puede haber familia esperándote, Nathan?— preguntó R’Gorab, como leyéndole el pensamiento.
— Es una posibilidad, amigo mío— respondió. No creyó necesario decirle que era una muy menor.
— Pareces muy seguro— apostó sarcásticamente el negro.
— Oye, R’Gorab…
— Dime, Nathan.
— Sobre lo que pasó en la bodega— empezó el anciano, recobrando su mirada seria habitual.
— Lo que pasó en la bodega fue una demostración de lealtad a mi señor. Antes le servía a Bêlit, pero ahora que el deseh es su consorte, le sirvo con la misma lealtad, Nathan— explicó con paciencia— y sé que no obraste con maldad, solo estabas preocupado por él. Te estoy muy agradecido.

Eso explicaba por qué el recio pirata se había acercado a él tras el enfrentamiento.

— Aun así, quería que sepas que no iba a lastimarte.

R’Gorab rió con vigor, como era habitual en él. No le importaba que la risa se escuchara en todo el muelle.

— Reconozco la mirada de alguien capaz de lastimar— dijo mostrándole sus dos hileras de dientes blancos— y solo puedo estar agradecido con mi señora Bêlit por haberte detenido.

No iba a engañarlo tan fácilmente.

— Aunque estoy en desacuerdo con su ofrecimiento, y hablando de eso, es mi deber como su protector advertirte. Si piensas cobrarte una vida con tu magia, por el error de cálculo en los planes, he sido yo quien se ha equivocado y lo asumo, mago Winston. Si intentas usar tu magia en la reina Bêlit, serás perseguido por su tripulación— lo daba por hecho. Señaló las murallas de Malik. — Toda esa piedra, no será capaz de defender tu huesudo culo.
— Eso es injusto, R’Gorab, tú no sabes las proporciones de mi anatomía— respondió con el ceño fruncido, justo antes de reír con él.

Era justo. De todas formas, sabía que el guerrero se lo decía porque eso no iba a ocurrir. Había pasado entre la tripulación el tiempo suficiente para conocerlos. No eran el tipo de hombres dispuestos a revelar los planes, salvo que tuvieran otros tantos. R’Gorab era fiero en la batalla, pero su fuerza no residía en la forma que blandía el hacha, sino en la rotundidad de sus estrategias. Era mucho más que el segundo al mando de la reina de la Costa Negra. El hombre era el espíritu de su tripulación.

Pasaron algunos minutos en silencio, cuando finalmente se acercó Ty’rren. A Nathan le puso los pelos de punta. De todos los hombres a disposición de Bêlit, ese era el más misterioso. Y según sospechaba el anciano, el más peligroso. Se movía entre las sombras, aprovechando su color de piel para pasar desapercibido. Se dejaba ver, solo cuando quería, y en más de una ocasión aprovechaba su elemento para asustar a Nathan, e incluso a  Drefan. Según había dicho R’Gorab en alguna ocasión, solo quería mostrar que podía ser muy útil. De todas formas, a Nathaniel Winston no le parecía la mejor manera. El negro, de cuerpo nervudo y ágil, disfrutaba caminando entre los demás, sin que estos supieran que estaba por ahí.

Tras susurrarle algo en voz baja a su superior, Ty’rren volvió a fundirse con las sombras, desapareciendo de la vista de los presentes. Nathan se preguntó si había estado todo el tiempo por ahí. Por fortuna, R’Gorab no tardó en explicarse.

— Es un tanto… exótico, pero tiene su provecho— explicó, disculpándolo ante el anciano de cabellera blanca. — Los hombres han visto a mi señora acercándose, Ty’rren irá para escoltarla ahora mismo. En menos de media hora, tendremos noticias del deseh— agregó risueño.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jun 29, 2015 12:08 am

Malik-Thalish, Thonomer. Los ángulos formados por los largos edificios, recibían la luz de la mañana, ofreciendo un espectáculo prácticamente irrepetible. Los primeros rayos del alba tenían un color precioso, más violáceo que el resto de los días. Los trabajadores de los muelles eran los más beneficiados por el paisaje, pues no había nada entre ellos y el cielo cárdeno. Las clases más altas, sin embargo, no se veían completamente excluidas de las gracias naturales. Especialmente, aquellos que vivían en los edificios más altos. Las laberínticas calles de la vieja Malik, recibían la luz del sol durante unos pocos minutos al día.

Para un deseh del sur, la reluciente ciudad de Malik-Thalish era una maravilla digna de ser contemplada durante largas horas. Era un gran ejemplo de las obras del hombre, aunque lamentablemente, le daba a este una oportunidad para desarrollar su arrogancia. En el pasado, el deseh había creído que los habitantes de la ciudad-puerto más grande Thonomer eran orgullosos, pero no había tardado en descubrir la verdad. De todas formas, y pese a la fealdad que caracterizaba a los más beneficiados, las torres parecían atravesar las nubes. Si hubieran contado con tejados en punta, los viajeros hubieran podido creer que se trataba de lanzas puestas allí para atravesar las nubes.

Las terrazas bañadas por el sol, parecían danzar en las alturas.

Su gente, feliz y tranquila bajo la cálida luz, no se veía muy dispuesta a terminar con esa burbuja en la que vivían. Nunca sabrían lo que era la vida en el calor del sur de Thonomer. La idea nunca cruzaría sus mentes. Especialmente en las mentes de quienes vivían en la altura, pues tenían un mundo aparte para ellos, lejos de la inmundicia de los callejones y los puertos. La forma en la que las castas más poderosas mantenían su status quo mediante la formación militar de sus varones, generación tras generación, les aseguraba a su vez, que aquellos desgraciados que se arrastraban por la superficie, nunca disfrutarían de la vida como ellos.

Allí arriba, donde los procesos cotidianos diferían tanto con el resto del mundo, un hombre podía sentirse libre. De hecho, vivía libre. Y en efecto, con esa libertad, vivían felices con su lugar en la sociedad thonomeriana. Estaban cómodos en sus adineradas estructuras sociales, pues incluso los impuestos les eran favorables. Aquellos que lograban hacerse un lugar en el ejército de Malik-Thalish, le aseguraban un futuro de ostentaciones a sus familias. Ningún miembro de los cuerpos militares de la ciudad estaba obligado a contribuir con impuestos. Eso era una cuestión de la plebe. Después de todo, era más bien una contraprestación por poder vivir bajo el justo régimen.

Tal vez, de vez en cuando, pensaban en el precio de esa vida. En las fuerzas que mantenían al elemento criminal a raya, que protegía los puertos de los invasores. En las falanges de soldados que patrullaban los muros exteriores. Pero, ¿qué había de la fortaleza? Nadie quería hablar de aquel titánico edificio en el que incluso las catacumbas estaban en las alturas. Ni siquiera se les pasaba por la cabeza mirar a las pequeñas ventanas con rejas que daban al muelle. ¿Qué era aquella torre para aquellos afortunados que vivían en la opulencia, y que no estaban obligados a prestar su servicio en el ejército?

¿Pensarían en ella en algún momento? Tal vez era solo un punto de referencia  para ubicar qué lado de la ciudad o qué edificio se encontraba en tal o cual lado. O quizás no era más que una molestia, porque durante largas horas del día sus muros tapaban el sol. Por toda esa supuesta libertad de la que gozaban, por todo ese dar por sentado algo tan precioso, tan querido por los corazones de cualquier mujer u hombre que tuvieron que luchar por ello… ¿pensarían en los condenados encerrados dentro? En aquellos que tal vez nunca volverían a ser libres. Tal era la suerte de no pocos desafortunados.

Para el deseh, los placeres de la noche anterior se desvanecieron con rapidez cuando los guardias llegaron para llevárselo. No se resistió, ¿qué podía hacer solo y desarmado allí dentro? Solo pudo recordar en la mirada de su reina. Bêlit, que había llegado como una diosa para asegurarse de mantenerlo con valor, había sido forzada a partir casi inmediatamente después de brindarle placer. Afortunadamente el carcelero le había dado un poco más de tiempo del que le había ofrecido en un comienzo. Cuando ella partió, descubrió que se encontraba solo una vez más, en ese pozo de desesperación que era la celda.

Ahora que estaba lejos de la torre, podía escuchar las voces de la multitud. Los guardias fueron llamados en gran número para organizar a la muchedumbre. No los veía, pero fue como escuchar a la mitad de Malik-Thalish, que había despertado temprano solo para ver al deseh colgando. Los soldados lo habían llevado caminando desde la fortaleza hasta allí. Según sospechaba, una plaza o un mercado. Seguramente era la plataforma que había visto dos meses atrás, cuando había escapado montado en el negro corcel del capitán. ¡Cuánto tiempo! Si parecía todo una vida… y al mismo tiempo, nada. Deseaba tener más días, para gastarlos en Bêlit.

¿Dónde estaría la tripulación del Tentación?

Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, el sol le dio directo en la cara. Era un hermoso día. Vaya que sí, y si tenía que morir, no encontraría uno mejor, sin embargo los planes del destino eran otros. Su reina se lo había asegurado, y él le creyó. Oyó a los soldados arengando a la multitud disimuladamente, mientras ejecutaban las órdenes de mantenerlos a raya. Algunos de los allí reunidos aprovecharon para lanzarle trozos de pescado podrido, entre otros menesteres, pero prontamente se les pidió que dejaran de hacerlo. Nadie hizo mucho caso hasta que uno de los oficiales anunció que se les aplicaría un correctivo.

Oyó vagamente el rugido de la muchedumbre. No le importó lo que decían los soldados, ni el patético comportamiento de la muchedumbre. Se esforzó para oír la única voz que le importaba. Pero Drefan el deseh, sólo escuchó el silencio.

— ¡Contemplad a Drefan, el deseh!— anunció el capitán, señalándolo con ambos brazos como si se tratara de un acto callejero.

El joven guerrero condenado, nunca había sentido desesperación similar a la que sentía en ese instante. Por desgracia, descubrió, esa desesperanza dio paso a un sentimiento mucho más extraño. Uno que hacía mucho, mucho tiempo, no sentía. Miedo. La gente lo miraba con los ojos bien abiertos a aquel pobre desgraciado que había decidido terminar con su vida matando al juez Thurow. Para algunos, lo único que había hecho mal, era haber vuelto a la ciudad. El juez estaba bien muerto, pero no lo admitirían en público. Menos teniendo a los soldados tan cerca.

Drefan buscó en las primeras filas de los allí reunidos, algún rostro conocido, sin embargo, el único que reconoció fue el del capitán de la guardia. El hombre estaba a unos pocos pasos, disfrutando del entretenimiento que ofrecía un hombre condenado a la horca. Como una ironía de los Dioses, la caminata le había calentado los músculos, restándole dolor a su torso magullado. Frunció el ceño como pudo para enfrentar al capitán. Tenía un ojo tan hinchado que no podía abrirlo, pero se aseguró de aparentar seguridad e integridad cuando habló.

— Hoy voy a morir— declaró, mientras otro soldado le ponía la soga al cuello.

El hombre de mayor rango no se dignó a responderle. Quien le ajustaba la soga en el cuello, sin embargo, cedió a su sed de sangre.

— Así es, escoria. Bajaría la palanca yo mismo, de tener la oportunidad.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jun 29, 2015 5:47 am

En ese momento luchó por controlar el remolino de emociones. La chanza de uno de sus ejecutores, despertó la fría ira asesina que solía utilizar en la batalla. Tenía gracia. Esa sensación, esa ira implacable le había acompañado en cada acercamiento a la muerte. El espectro de la muerte, no le es desconocido a un guerrero, pero cuando el deseh tenía contacto con ella… entonces él era el amo de su destino. Entonces, solía tener su espada en la mano, sus pies libres y si sentía dolor, era producto de un buen combate en condiciones justas. Nada difería con su situación actual, y por si fuera poco, moriría como una sucia rata, sin derecho a defenderse.

El capitán, impecablemente vestido con su uniforme, que consistía en una cota de escamas, guanteletes y pantalones de cuero y una cofia azul, alzó un brazo hacia él. Miraba a la gente reunida.

— Atención, ciudadanos de Malik-Thalish. Por mi autoridad y la de la corte suprema, decreto que este deseh convicto sea colgado del cuello— esperó hasta que todos los que consideró necesarios, se mostraran asombrados— hasta morir.
» Sobre él pesan los crímenes de robo, asalto, saqueo y asesinato. ¿Alguien desea hablar por él?


Ya sin esperanzas, lamentó la falta de una muerte con honor. Una muerte en el campo de batalla, tras el choque de espadas, el brazo adolorido y la tranquilidad de haberlo dejado todo con dignidad. Hubiera preferido sucumbir ante un adversario más digno en el combate. No de una forma tan patética. Pero eso no era lo que más le molestaba, para su súbita sorpresa. Lo único que le importaba, era la pérdida de Bêlit. Su salvaje y afectuosa amante Bêlit. Cerró los ojos para encarar a su vieja compañera, oyendo solo el silencio que producía tanta expectación. Eran los últimos segundos de una buena vida.

O a punto estuvieron de serlo, hasta que la voz que tanto había esperado, controló la situación.

— Yo deseo hablar— le escuchó decir, y esa simple frase desató el fuego en su pecho.

No quiso abrir los ojos, no fuera que la estuviera oyendo como un escape a la realidad.

— ¿Vos?— preguntó el capitán, evidentemente extrañado por lo que veía. — ¿Por qué una dama como vos estaría entre esta turba? Aún más, ¿por qué os preocuparíais por el bienestar de este… animal?
— Hablaré por ese hombre. Y aunque esté condenado, me pregunto si consideraría una alternativa— explicó la mujer. — Las ejecuciones son tan— hizo una pausa bien meditada antes de terminar— espantosas.

Entonces abrió los ojos. A unos metros de él vio un movimiento extraño, el brazo del capitán golpeando el pecho de uno de sus hombres. Una clara señal de que no quería que interfiriera en la conversación. Drefan lo entendió, ¿qué otra cosa podía hacer? La multitud se había abierto alrededor de la dama que acaparaba la atención del oficial de más alto rango.  Con un vestido rosado de finísima costura, Bêlit parecía una verdadera señora alguna alta casa de Malik. Una de esas que el gentío, evidentemente, no había visto en su vida. La mayoría la miraba con expresión de asombro, y alguno que otro con sensaciones menores puras.

— Aguarden un momento, señores. Dejen hablar a la dama— pidió en voz alta el capitán. — Adelante, señora mía, ¿qué proponéis?
— Propongo un duelo de campeones— respondió ella, como si nada. — Esta gente vino a ver un espectáculo, no treinta segundos de un hombre ahogándose al final de una cuerda— explicó luego, con una expresión de falsa humildad que pronto cambió por una sonrisa segura.

Drefan podía ver cómo ella se tomaba las manos, asegurándose de apretarse los redondos pechos con los brazos. Era mucho escote para el gusto del deseh. En realidad, hubiera querido verla sin ese costoso vestido, sin la diadema de oro y los enormes aros del mismo precioso metal. Sobre todo, sin esa cinta púrpura con la que ocultaba la longitud de su cabellera azabache. Pero le parecía mucho escote para que vieran los demás. Atado de pies y manos como estaba, con una soga al cuello, no pudo hacer más que sonreír al saber lo afortunado que era. Si el plan no funcionaba, por lo menos se iría con una visión del paraíso.

Su reina no lo miró en ningún momento.

— Soy una mujer adinerada, y no pido disculpas por mis ideas acerca del entretenimiento. Apostaré cien piezas de oro como garantía. El deseh luchará por su libertad contra un campeón de su selección— declaró, casi sin aguantar la sonrisa al ver a su tonto deseh haciendo lo propio con la cara magullada. — Ciertamente, el hombre que elijan será fuerte, bravo y valeroso… superior a este “animal”.
» Se los ruego. Dennos algo de acción, oficial.


La dama se acercó a la plataforma, aun teniéndose las manos. Si bien no se veían los hombros debido a una fina capa rosada que incluía el diseño del vestido, esa posición ofrecía una generosa vista a sus pechos. El capitán no pudo hacer otra cosa que agacharse, clavando una rodilla en la madera. Drefan ya no estaba seguro de que ese fuera un plan, y toda la gracia que le había provocado la actuación de su reina, ahora amenazaba con transformarse en ira. Cuando pusiera sus manos en el cuello de ese desgraciado, le haría pagar cada segundo que sus ojos se hubieran posado en el cuerpo de ella. Respecto a Bêlit… ya se ocuparía de imponerle un justo castigo cuando estuvieran en altamar.

— No os conozco— declaró el capitán.
— Malik-Thalish es una ciudad enorme, y los círculos en los que me muevo no son convencionales… más bien son discretos.
— Me gustaría ver ese lado de la ciudad— dijo el hombre, cuyos finos labios formaron una línea asquerosa bajo los bigotes. — Especialmente en la compañía de una joven doncella. Una que… no pide disculpas.

La reina sonrió como una muchacha tonta.

— Por supuesto, oficial— se comprometió.
— Pues entonces, tendréis vuestro duelo, mi querida— todo arreglado.

Al principio, el hombre que acompañaba al capitán no estaba muy contento con todo aquello, pero tras una breve charla que el deseh no pudo oír, quedó satisfecho. Ambos hombres se volvieron a mirarlo, y el segundo al mando se le acercó para quitarle la soga del cuello. Después, le abrió las esposas que le apretaban las muñecas desde que lo habían sacado de la celda. Para sorpresa de Drefan, eso fue todo.

— Voy a dejarte las cadenas de los pies, basura. Si intentas huir, te atraparemos, y entonces rogarás por una muerte rápida— le dijo al oído. La multitud se había exaltado tras la noticia.

Lo que el deseh no sabía, es que no era el duelo en sí, lo que había agitado los ánimos de la gente, sino el nombre que sonaba como el adversario. Tampoco lo hubiera reconocido de haberlo oído, pues no conocía a los campeones de la guardia de Malik-Thalish. Además, no le importaba. Había rogado a los Dioses la oportunidad de luchar por su libertad, y como buen guerrero, conocía las mejores estrategias para cada tipo de oponente. Era lo mejor que Bêlit había podido hacer por él, y le estaría eternamente agradecido. Bueno, quizás su nueva fe inquebrantable estuvo a punto de mermar cuando vio a su adversario…

Supo de quién se trataba, incluso antes de que se lo presentaran. A decir verdad, cualquiera habría podido imaginarlo solo con echar un vistazo entre la gente. No es que el hombre se ocultara entre el resto — de hecho, ni siquiera hubiera podido aun intentándolo—, sino que quedaba en evidencia de quién se trataba cuando la plebe abría paso asustada. Drefan, que había viajado las últimas semanas en el Tentación, estaba bastante seguro de que ninguno de los hunta al servicio de su reina alcanzaba las proporciones de aquella masa de músculos. Y sin embargo, era su única posibilidad de vivir otro día.

— He conocido a ese bastardo de abajo durante treinta años, y nunca ha perdido un combate del que se sepa— comentó orgulloso, el capitán. — En cuanto a esa pequeña mujerzuela tuya… la que pagó por visitarte anoche… en quince minutos la tendré a ella y a su oro, deseh.

Pobre capitán, no eligió bien las palabras.[/color]


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jun 29, 2015 8:49 pm

La multitud vitoreó excitada cuando vio el primer chorro de sangre. Todos pedían por más, y claro, total no eran ellos quienes iban a recibir la paliza. Como todo tenía que salir bien, algunos de los hombres de Bêlit habían ido hasta allí a presenciar el combate. Nathaniel Winston sabía que era parte del plan, pero no pudo evitar preguntarse si no estaban disfrutando de verdad con el triste espectáculo. Un hombre luchando por su vida, con los pies encadenados y el cuerpo resentido por una tunda anterior, luchando contra su enorme adversario. El enemigo estaba tan seguro de sí mismo, que también luchaba con el torso desnudo. Claro, lo importante no era portar una armadura, cuando el deseh estaba peleando a mano desnuda.

Estaba muy seguro de sí mismo, porque tenía un enorme mazo de madera con pinches en el extremo, y aun le quedaba una espada en la espalda, sujeta en una correa que le atravesaba desde el hombro derecho hasta el costado del otro lado. Afortunadamente, el primer golpe en asestar había sido con el puño cerrado, pues si hubiera alcanzado al deseh con el arma, este ya estaría terminado. Eso se debía, seguramente, a que Drefan estaba más atento al arma que podía derribarlo de un solo golpe, que a la mano libre. De todas formas, no repetiría el error nuevamente. Ahora intentaría mantenerse lejos del alcance hasta encontrar un punto débil en el rival. Su amigo lo conocía demasiado bien. Si había alguien capaz de aprender en un combate, ese era Drefan.

El plan de R’Gorab estaba dando resultados positivos gracias a la valentía de la reina pirata. Si Bêlit no hubiese accedido a visitarlo en la prisión la noche anterior, el joven hubiese pasado la peor noche de su vida. Después, ella había decidido ponerse al mando del grupo que había llegado para rescatarlo de la horca. En efecto, ella lo salvó de esa terrible muerte y de su propia desesperación. Nathan se preguntó si alguien alguna vez, habría tomado decisiones parecidas por él. Lo que acababa de hacer la mujer, era digno de ser recordado en canciones en todas las tabernas de Thonomer. El solo hecho de pensarlo, le dio una buena idea a Nathan. Ya tenía algo para hacer cuando aquello terminara.

Todo lo que el deseh debía hacer, mientras la tripulación del Tentación tomaba su posición, tomando como ventaja la distracción, era sobrevivir.

Tampoco es que fuese tarea fácil, pero si alguien podía lograrlo, ese era Drefan. Para el muchacho, no suponía un gran problema. La balanza se inclinaría a su favor, aunque el sonido de los eslabones entrechocando constantemente fuese un recordatorio de las cadenas que le impedían moverse con libertad. Si bien para el deseh no era un problema infranqueable, tampoco era una situación normal. Y sin su querida espada, sobrevivir iba a ser todo un reto… un enorme y doloroso reto. Cuando el oponente empezó a acercarse otra vez, él saltó hacia atrás, logrando que su cuerpo no recibiera en increíble mazazo.

Desde que tenía seis años, Drefan se había visto obligado a combatir oponentes más grandes. Desde entonces hasta su edad adulta, en cada una de esas situaciones había habido un factor común: la velocidad. Esa era su única ventaja contra aquel campeón de Malik-Thalish. Cuando esquivó un golpe que iba con intención de separarle la cabeza del cuerpo, aprovechó que el arma quedó clavada en el suelo para rodear al enorme guerrero y golpearle la columna. A último momento, el hombre se giró, salvando su espina dorsal, sin embargo sintió el golpe en la costilla. Por lo menos ahora estaban en igualdad de condiciones.

Con el torso repleto de horribles cicatrices, el campeón parecía un amasijo de carne y músculos separados y vueltos a pegar. Era un espectáculo grotesco que a Nathan le producía una mezcla rara entre asco y temor. Un solo golpe de ese hombre, podía acabar con la vida de cualquier persona normal. Estaba entretenido viendo al hombre alzar su brazo armado sobre la multitud, desde lejos, cuando se dio cuenta que el capitán de la guardia y su segundo al mando se habían adentrado entre ese gentío. Preocupado, el anciano se puso a buscar con la mirada lo que ellos mismos estaban buscando. No tardó en encontrar a Bêlit, que se había puesto la capucha de su capa rosada, y se la iba sujetando para que no se saliera.

En cuestión de segundos, la alcanzó. No mediaron palabras, sino que el anciano se limitó a posar su mano en un hombro de ella. Los perseguidores estaban cada vez más cerca, y con un asentimiento ella se lo hizo saber. Acto seguido, el alto anciano vestido con una túnica carmesí con detalles dorados se volvió hacia el combate con tal mala suerte que su bastón le pegó directamente en la sien a uno de los oficiales. Cuando el otro se dio cuenta, Nathan ya se había perdido entre el gentío de nuevo para cumplir su parte del plan. Eso lo había hecho solo para divertirse, ¿y por qué no? quitarse las ganas.

De ser un combate igualado, podría haber esquivado los ataques durante horas, aguardando el momento perfecto para atacar. Pero esta vez no pudo hacerlo así. Fue demasiado consciente cuando su oponente lo hizo trastabillar, y la fuerza de las cadenas lo obligó a caer sentado. Ésta era la parte del plan de R’Gorab que se desarrollaba de acuerdo a lo pensado. Una tradición en Thonomer era aquella: el choque de campeones, una arcana pero aún respetada manera de resolver disputas, que últimamente no era la más elegida. Los crímenes de Drefan eran graves, y de no haber sido por los encantos de Bêlit, ya hubiera estado muerto, colgado de la horca.

Hubiesen dejado su cuerpo ahí durante tres días, para que fuera observado por los jóvenes rebeldes, desafiantes del gobierno. También, obviamente, para darle un festín a los carroñeros. En eso pensó el deseh al caer otra vez, de espaldas. Inmediatamente giró para quedar boca abajo, esperando el momento del golpe final y pensando qué pasaría después. Bajarían su cadáver y lo despojarían de su ropa, para tirarlo fuera de la ciudad, apilado con los cadáveres de forajidos y ladrones. Cuando su enemigo alzó ambos brazos blandiendo el mazo, Drefan dio un salto hacia atrás, ayudándose más con los brazos que con las piernas. Habría un pozo, una miserable tumba donde su apestoso cuerpo sería echado.

Lanzarían una palada de cal sobre él, y ése ería el fin de Drefan el deseh.

Pero Bêlit era encantadora, y esto daba fuerzas al muchacho. Se puso de pie, más lento que antes, pero aún dispuesto a defender su vida. Después, corrió como pudo hacia su adversario, que a su vez se acercaba a zancadas hacia él. Entonces luchó. Luchó como un demonio, con el único pensamiento de sentir la marfileña piel de su dulce Bêlit. De sentir el cuerpo pequeño pero bien proporcionado de su amada sobre el suyo. Con esa idea jugó su papel en el combate. A último momento antes del choque, se deslizó sobre el suelo sobre su trasero y se llevó por delante al titánico hombretón.

Evidentemente, eso no era lo esperado, pues el hombre cayó de bruces unos metros más allá. Otro salto de fe, gustosamente tomado por amor a su reina pirata. Antes de que el enemigo se incorporara, el deseh saltó sobre su espalda, cayendo con fuerza y aplastándole el torso contra el suelo de piedra. Era lo mínimo que podía hacer también, en honor a la camaradería que tenía con su tripulación de guerreros, por el formidable R’Gorab… y por el vivaz anciano que llevaba por nombre Nathaniel Winston. ¡Nathan! ¿Qué hacía allí su viejo amigo? Se veía distinto al día anterior. Había un dejo de seguridad que antes no estaba en su rostro elegante.

Nathan se había acercado todo lo posible al joven guerrero para cumplir con su parte. Ahora lo tenía tomado de la muñeca.

— ¿Sorprendido de verme, amigo mío?— le preguntó risueño. — Tu reina te espera, y tus hombres están todos en posición para actuar— le dijo luego, ofreciéndole una daga por la empuñadura. — Date la vuelta, yo iré por Bêlit, te veo más tarde— susurró el anciano. Drefan sonrió, aún sorprendido y se volvió para enfrentar a su monumental enemigo una vez más.

La felicidad no le duró todo lo que hubiera deseado. Pues el campeón desempuñaba la espada que llevaba en la funda de su espalda. Como pronto descubrió el deseh, no era una espada cualquiera… era la suya. Fue en ese momento cuando el deseh supo que mataría a aquel campeón, y sería cuestión de segundos, antes que de minutos. Todo terminaría. Era demasiado pronto para Bêlit y los hombres del Tentación, pero tendrían que adaptarse. Lo que acababa de hacer esa miserable bestia de guerra era imperdonable. ¡Se estaba burlando de él con su propia espada!

La siguiente parte del plan era un misterio para Drefan. Tal vez algún robo en grande en pleno centro de la ciudad, o en el mismísimo puerto. Era difícil ponerse en la cabeza de R’Gorab, pues el hunta era impredecible en sus estrategias. Pero seguramente era eso último. Los embarcaderos, a pesar de las apariencias, rebosaban de riquezas, tanto en moneda como en mercancía. Una nave en el puerto, con una tripulación cansada o ausente, debía ser un blanco irresistible para una tripulación pirata como la del Tentación. Eso pensaba Drefan, mientras empuñaba la daga con ambas manos, dirigiéndola al centro del pecho de su adversario.

No tuvo en cuenta que el hombre ya se había recuperado, y este aprovechó ese error tomando  un brazo del deseh como si se tratara de una cuerda o un palo. Tenía una mano enorme, y con un apretón, lo obligó a soltar el filo. ¿Qué había dicho Bêlit? “Thonomer rebosa de oro”. Él había sonreído. Fue lo último que pensó, antes que la empuñadura de su propia espada le diera de lleno detrás de la cabeza. “Thonomer rebosa de oro”. Conquistado como estaba por la pasión del salvaje campeón, sangraría con gusto con tal que ella pudiera tener ese oro. Solo tenía que mantener los ojos abiertos y juntar fuerza para no dormirse. Si se dormía, estaba acabado.

Pero qué bien se sentiría cerrar los párpados… por lo menos unos segundos.


Última edición por Nathaniel Winston el Sáb Jul 11, 2015 8:30 am, editado 1 vez


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jun 30, 2015 6:56 pm

Si hubiera querido recordar cuándo había sido la última vez que pisó la vieja Malik-Thalish, no habría podido.  Afortunadamente, lo que menos quería en aquel momento era conmemorar un dato tan trivial.  Thonomer era básicamente una red de poblados pequeños apostados por todo el territorio, con inmensas llanuras y mesetas de por medio. Entre esos poblados, a su vez, había urbes un poco más grandes con cientos de habitantes, unidas por caminos que en general terminaban en alguna de las cuatro metrópolis que funcionaban como ciudades capitales de todo el territorio humano.

Cada ciudad capital, a su vez, se había especializado de forma distinta a las otras. Phonterek era la cúspide del comercio. En sus calles deambulaban mercaderes de todas las razas, edades y procedencias. A los gobernantes de aquella cima comercial no les importaba en lo más mínimo derrochar recursos en un ejército, porque estaba hermanada con Malik-Thalish en la interminable guerra civil que esta mantenía con Erenmios. De esta forma, Phonterek se aseguraba la protección de la vieja ciudad portuaria, a cambio de algunos favores comerciales y provisiones que enviaba constantemente a Malik. Erenmios, por su parte, contaba con el apoyo económico de Tirian-Le-Rain.

Le hubiese gustado estar en alguna de las capitales comerciales. No allí.

No porque desconociera las enmarañadas calles de la ciudad portuaria más importante de la región, sino porque sus persecutores las conocían mucho mejor. El plan que había elaborado con R’Gorab, contemplaba la posibilidad de que los hombres se cansaran de perseguirla, casi instantáneamente. Entonces, seguramente, intentarían cobrarse la vida de Drefan como castigo por el incumplimiento del pago. Entonces, la sucia plebe que antes había clamado por la sangre del deseh, se pondría a su favor para que terminara el combate con el campeón. Si esto último no ocurría, los tripulantes del Tentación tomarían el lugar de los lugareños y combatirían a la guardia.

Drefan… el joven guerrero se había ganado un lugar en su corazón, en el mismo momento en que lo vio. La emoción se arremolinaba en su vientre y se dispersaba por el resto del cuerpo cada vez que pensaba en él. Como descendiente de los arcanos monarcas, conocía sus dotes tan bien como sus debilidades, pero aún no podía catalogar las emociones en uno u otro grupo. Su gente podía parecer humana a simple vista, pero su sangre era distinta a la de cualquier otra especie. Sus sentidos eran ligeramente más agudos, contaban con complexiones idílicas y una fuerza y destreza superiores a las de los humanos.

Además, eran más longevos que sus primos no-divinos. Mucho más.

Si todo salía bien, y Drefan sobrevivía como debía hacerlo, tendría que hablarle de todo eso… algún día. De momento, ella tenía que hacer su parte, y seguir escapando de sus perseguidores. El cansancio no era un problema, como tampoco lo era la posibilidad de un enfrentamiento directo, pues tanto el capitán como su segundo oficial eran simples humanos. No obstante, no podía arriesgarse a que la vieran enfrentándolos, y a esa hora de la mañana las calles estaban llenas de mercaderes, niños, paseantes… no. Si la veían matar a dos de los soldados de más alta jerarquía, sin duda buscarían a otros para que la cazaran.

A menudo, los oprimidos se sienten amenazados cuando un atisbo de libertad aparece en su ventana. Por lo tanto, continuó corriendo entre los mismos pasillos, buscando el lugar propicio para sellar el destino de los soldados. Subió escalinatas, internándose en pleno centro, y bajó otras para perderse entre los callejones más marginales. Lo hizo varias veces, y siempre tuvo cuidado de esquivar las cuadrillas de patrullaje, pues estas solían recorrer solo las calles más importantes y transitadas. Cuando por fin se decidió dónde parar, esperó a que los dos hombres que la perseguían casi agotados, la vieran.

Se había asegurado de no obligarlos a correr, sino que mantuvieran un paso rápido, un ligero trote que no los cansaría del todo.

— Querida, ¿a dónde vas?— había preguntado hacía menos de un minuto el capitán.

Solo el hecho de recordar la forma ridícula en la que un mechón de castaño se escapaba de la cofia, en el centro de la frente. O la manera en la que la había mirado desde la plataforma, sintiéndose poderoso por tener una dama presuntamente perteneciente a la altura de Malik, pidiéndole un favor… a cambio de otro. O cómo se movían sus bigotillos ridículos cada vez que sus labios finos y crueles, acostumbrados a reírse de los demás, esbozaban un gesto de arrogancia. Uno muy natural. Encima de todo, aún no se había dado cuenta de que ella no corría por miedo al campeón, a la multitud o a la furia del deseh.

El otro hombre, en cambio, en ningún momento había bajado la guardia. Incluso había intentado avisarle al capitán que no era buena idea darle un duelo a Drefan. ¿La habría reconocido? Ella tenía la certeza de que no, pues si hubiera sido el caso, seguramente lo habría gritado a los cuatro vientos. Lo que sí sospechaba el oficial, es que aquella dama refinada que se había presentado entre el vulgo para hablar a favor del deseh, era la misma que lo había visitado la noche anterior. Eso, a su vez, era extraño. Pues sabían que el condenado a muerte, había sido el consorte de la reina pirata más buscada de Malik.

Por lo visto, el rumor que habían instalado R’Gorab y sus mejores hombres, había dado sus frutos.

— En el nombre de mis padres— murmuró la mujer, una vez en la penumbra del callejón.

Lo había elegido, porque había visto muchos tablones, cajas, e incluso bolsas tiradas por allí, pero no había imaginado lo bien dispuesto que estaba todo para ocultarse. Así lo hizo. Lo siguiente que hizo fue esperar, agachada, oculta tras una enorme pila de maderas amojosadas. El olor a humedad era semejante al que había sentido al visitar las catacumbas de la fortaleza central, donde habían aprisionado a su amado Drefan. Dejó que sus oídos ubicaran los pasos de los hombres, y salió de su escondite cuando estos la hubieron pasado. Lo único que presentaba un problema, era el segundo oficial.

La mujer sacó una daga de una funda oculta dentro de la capa rosada de su vestido antes de acercarse sin hacer ruido. La hoja de acero se hundió en la espalda del soldado, justo sobre la altura de la cintura, donde se desangraría con menor rapidez. A su vez, esa zona le haría perder la fuerza de las piernas, y así fue. El hombre se cayó, haciendo un ruido seco. No podía juntar aire suficiente para hablar, pues la puñalada en el riñón, también afectaba los pulmones. Tendría una muerte lenta, dolorosa. Mucho menos piadosa que la horca que habían preparado para el deseh.

Cuando oyó el casco golpeando contra el piso, el capitán dio media vuelta.

— ¿Quién…— preguntó con los ojos prácticamente desorbitados.

Entonces la vio, con el vestido salpicado de sangre, aunque no tanto como el brazo que sostenía la daga.

— ¿Quién eres?— preguntó, desenvainando la espada.
— Soy Bêlit, reina de la Costa Negra. Tu reina— respondió ella, con sus hermosos ojos verdes atrapando su mirada. Se encontró incapaz de quitar los ojos de aquella diosa del engaño. — Y amante del guerrero deseh que desataste allí en la plaza. Es mi consorte, y gracias a ti, ahora Malik-Thalish es nuestra.

Antes de arremeter contra él, bebió de la desesperación que mostraron sus ojos. Cuando el rostro del capitán se tiñó de ira, supo que era el momento. ¡Qué patético se veía esa ira, comparada con la de su valiente Drefan, el deseh! Corrió hacia él para que creyera que tenía alguna oportunidad. En efecto, el hombre blandió su espada de mano y media, iniciando un barrido vertical a la altura del vientre de ella. No tuvo en cuenta que Bêlit se había detenido a último momento, y que reanudó su acercamiento cuando la espada había reunido la suficiente fuerza como para no detenerse. Estaba acabado. Lo supo. Ella se lo hizo saber, justo antes de atravesarle el cuello con su daga ya teñida de rojo.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Jul 02, 2015 3:26 am

La oscuridad lo abrazó como una madre, repentinamente preocupada por su bienestar. Se sentía clemente, como si tuviera la necesidad de hacerle sentir que no estaba solo. Que si cedía un poco más, el dolor desaparecería, y esa batalla quedaría en el pasado, donde claramente tenía que estar. De hecho, el tirón que había sentido en el costado como producto del golpe del día anterior, empezaba a remitir conforme se abandonaba a esa sensación. El suelo ya no parecía tan duro como antes, y los gritos de la multitud que le rodeaba eran cada vez menores. Todo se había puesto de acuerdo para que el final no fuese tan terrible pero, de alguna forma, una parte de su mente no le permitía descansar.

¿Qué sucedía?

A través de la niebla de dolor y confusión, Drefan oyó una voz lejana que intentaba hablarle. No solo hablarle, advertirle algo. En primera instancia, le resultó imperdonable que no le dejara reposar un rato para reponerse. Al cabo de unos segundos, comprendió lo que intentaban hacerle entender: si se abandonaba al descanso, ya no abriría los ojos nunca más. Sin hacerle caso a la razón, a la lógica, decidió escucharla para recibir una nueva descarga de dolor. Tenía una contusión en la cabeza que no le permitía concentrarse, le punzaba el pecho cuando intentaba tomar aire, y tenía la piel de la espalda desprendida.

Aun así, rodó una vez en el suelo e hizo fuerza para ponerse de pie. Inmediatamente, algo cedió en su rodilla. La corriente de sufrimiento borró todo lo demás, a partir de un crujido terrible que oyó junto a él. Cuando alzó la vista, vio al campeón de Malik-Thalish sonriente. El titánico adversario tenía una pierna flexionada sobre la suya, estaba posando como si fuera el vencedor. Ya le mostraría que no estaba derrotado. En el momento en que el enemigo retiró su pie, Drefan creyó que aún podía andar sobre esa pierna, la sentía. Sin embargo, su ventaja en velocidad se había reducido a la nada misma.

Tenía la espada al lado, solo tenía que hacerse con ella sin llamar la atención de su oponente. Tampoco es que el otro se lo hiciera muy difícil. Los campeones del rey, como aquel, eran sólo mascotas de la corte. Guerreros ya retirados que, de un modo u otro, se aferraban a sus pasados. En ese caso en particular, a una temible apariencia y a una fuerza increíble. Pero era viejo, estaba desgastado, y como todos los campeones que el deseh había conocido… era esclavo de la tentación De haber estado en su buen lugar, Drefan lo habría matado hacía ya diez segundos. El grandulón estaba demasiado entretenido con el vitoreo y el asombro del público.

Ese era el momento propicio para invertir los papeles.

La mano del deseh encontró el pomo de la espada y lo presionó con fuerza. A punto estuvo de alzar el filo para atravesar a su oponente, cuando un estruendo resonó desde lejos. Pocas veces había oído algo parecido, era como encontrarse junto a un cañón a punto de disparar, o a una montaña abriéndose en dos debido a un terremoto. Sin embargo, el suelo no vibró. Lo único que tenía de parecido era el estrépito en sí, y el posterior silbido que acompañó los gritos sorprendidos de la muchedumbre. Drefan no tuvo que pensarlo demasiado para  hacer la conexión entre el plan de R’Gorab, y la explosión… pues estaba bastante seguro que provenía de los muelles.

Como si hubieran estado leyéndole los pensamientos, una anciana gritó:

— ¡Allí!— dijo, señalando al puerto.
— ¿Qué es eso?— preguntó un hombre.
— ¡Viene de los puertos!— aseguró algún otro.

De un segundo a otro, el espectáculo de sangre y golpes a muerte que había ocupado la atención de toda la muchedumbre, pasó a segundo plano. A veces resultan incomprensibles los gustos del populacho por el dolor y la violencia, siempre y cuando estos no les afectan directamente. La explosión, sin embargo, era distinta a lo que acostumbraban a ver en aquella enorme fortaleza en la que a la mayoría le gustaba sentirse protegidos. El deseh, ajeno a toda la parafernalia que conllevaba el estallido, a la confusión que creaba en quienes le rodeaban, a los pasos desesperados de los que preferían correr en dirección contraria, como si la ciudad fuera a convertirse en una zona de guerra… se puso de pie.

La pierna derecha bailó cuando sintió todo el peso del cuerpo. Drefan se obligó a mantenerse quieto durante unos segundos críticos en los que comprobó si podría moverse. Seguramente después de salir de allí, porque esa era su única opción, pasaría un buen tiempo descansando para que su cuerpo sanara. Los años venideros no eran problema, porque el dolor remitiría con los ungüentos y los rituales del Hombre Pájaro. Aún era joven, y los huesos soldarían para bien o mal. Lo único que esperaba de la vida, era no morir tirado en una cama, viejo y desdentado. Él tenía que morir en combate, y esa certeza le infundió el valor que necesitaba para terminar con lo que debía hacer.

Con los nudillos blancos por la presión con la que sujetaba la daga, dio el primer paso. No, no pudo hacerlo, si lo enfrentaba directamente, no podía contar con su velocidad habitual. Tampoco con su resistencia. Giró el arma y la tomó del filo.

— Eh, tú— le habló a su oponente, que aún miraba la gruesa columna de humo negro que se veía sobre los edificios. Se había alejado unos cuantos pasos, confiado en las heridas del deseh.

El corpulento campeón de Malik-Thalish se volvió sorprendido.

— Eres lento.

Fue la sentencia de muerte. En algún punto, el campeón la entendió como tal y Drefan… Drefan solo demostró por qué era mejor que cualquiera de sus anteriores rivales. ¿Qué otra cosa podía hacer? En aquel momento más que en ningún otro, la muerte era su fiel compañera. Si hasta acababa de permitirse sentirla durante unos segundos. El mundo era distinto después de semejante experiencia. El hombre del ejército no hizo ni un ademán cuando el filo casi resplandeciente de la daga surcó la distancia que le separaba de su ejecutor.  La hoja de no más de veinte centímetros se clavó justo sobre la nariz. El silbido hizo que todos los presentes sintieran la piel erizándose bajo sus ropajes.

Cayó de rodillas. El torso a punto de caer hacia atrás, encontraba en su propia pose un impedimento. La sangre manaba alrededor de donde se había clavado la hoja, y caía como una cascada horrenda para bañarle el pecho y el abdomen marcados por viejas cicatrices. Drefan caminó con un pie firme, arrastrando el otro como pudo. Algunos aún se tapaban la boca espantados, o sorprendidos, ¿quién sabe? La cuestión es que allí estaba el joven guerrero. Acababa de burlar la muerte, y con ello, había demostrado ser inocente de las acusaciones. Todos sabían que no lo era pero, ¿a quién le importaba? Ese hombre era mejor que cualquier soldado de Malik-Thalish.

— Todos ustedes son testigos— dijo en voz alta, mientras se agachaba a recoger su espada. Permitió que su mano disfrutara del tacto. — Dejaré este lugar como un hombre libre, de acuerdo a las reglas del duelo…

Acto seguido, alzó la espada con ambas manos. Descargó un último corte justo a la altura del cuello del enorme cadáver que tenía delante. La cabeza de este salió disparada, mas el deseh no le prestó atención.

— Dejaré este lugar porque he vencido a lo mejor que su ciudad tenía para ofrecer.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jul 07, 2015 5:17 am

Durante un rato que se le antojó interminable, el silencio se impuso en el tumulto heterogéneo de curiosos y soldados. Él se quedó muy quieto. Tal es así que después de unos cuantos segundos se dio cuenta de que no estaba respirando. Tras juntar todo el valor que necesitaba miró hacia la derecha. Nadie parecía haberse percatado. Contento por esta revelación, se atrevió también a echar un vistazo al otro lado. Lo mismo. Dejó escapar una sonrisa de triunfo, pues la edad no le había impedido actuar en el momento correcto. Si hubiera esperado un poco más, podría haber sido demasiado tarde para tener éxito.

Si por el contrario, hubiese actuado antes, seguramente alguien habría podido percatarse de su intervención. Aún peor… de su magia.

La planificación de R’Gorab no había tenido el éxito que este esperaba, pero él había contemplado esa posibilidad. El hunta era un buen estratega, sin embargo tenía demasiada confianza en sus planes, y era poco dado a pensar en otras formas de lograr sus objetivos. Nathaniel no podía acusarlo de nada, pues gracias a quien era mano derecha de la reina de la Costa Negra, su amigo Drefan estaba a punto de escapar. Sin embargo, no cualquiera podía desarrollar las estrategias de R’Gorab, pues había que tener cierto ingenio e iniciativa propia para ejecutarlos correctamente. Por ejemplo en aquel momento, hubiera estado trabajando sobre un vacío en el plan.

Nathan había seguido a Bêlit cuanto había podido. Bueno, a ella la había perdido de vista casi al comienzo, no obstante sí pudo seguir a los guardias que la seguían. Inclusive al oficial al que le había pegado con el bastón, pues este no lo había visto. Los había perseguido durante unos cuantos minutos, aprovechando que ellos estaban demasiado ocupados con su propia persecución. Como es natural, llegó un momento en el que la distancia se hizo superior a la que podía alcanzar. Sus huesos, ofendidos ante el denuedo, se negaron a continuar a ese paso. Simplemente no podían, y le obligaron a parar.

Lo único que pudo hacer, fue resignarse y esperar que la reina pirata se las apañara sola. Algo le decía que ese no era problema, después de todo, no era una simple muchacha humana.

Después de permitirse un muy corto descanso, volvió por el mismo camino que le había llevado hacia la parte alta de Malik. Favorablemente, no se encontraba más cerca del centro que del límite con los barrios bajos, y llegó a la zona de las ejecuciones públicas sin dificultad. El bastón, además, le ayudaba a mantener el peso sin cansarse en demasía. El anciano era alto, y aunque su complexión no era la de un hombre pasado de peso, tenía huesos largos, y por lo tanto también pesados. Su enorme y enigmático cetro de nogal, por lo menos le servía para eso, aunque no podía evitar preguntarse si alguna vez había tenido otra utilidad.

Una vez entre el gentío que se había reunido para ver la muerte del deseh, se acercó propiciamente a un grupo de transeúntes de apariencia distinguida. Era evidente que no pertenecían a esa parte de la ciudad, como sucedía con él mismo. Para la ocasión, Nathan había elegido una túnica carmesí, con ribetes dorados cerca del cuello y las mangas, sobre unos pantalones del mismo color. Sus botas de un marrón rojizo, hacían juego con la empuñadura de un ostentoso florete, su reciente adquisición. Ahora que acababa de usar su don para ayudar al guerrero, los dedos de la mano derecha tamborileaban inquietos en la empuñadura.

R’Gorab le había obsequiado la finísima espada de acero hacía unas pocas horas, y él ya se había acostumbrado al ligero peso en su costado.

Ahora que estaba seguro de que nadie lo había visto intercediendo por su amigo, se abrió paso entre los husmeadores, pidiendo permiso y empujándolos con el bastón. A nadie pareció molestarle, aunque Nathan lo atribuyó a que todos tenían los ojos puestos en Drefan. El deseh había quedado cubierto de sangre tras el enfrentamiento, y ahora miraba con un frío glacial a la multitud, que si no escapaba, era por miedo a que él los siguiera. El anciano se le acercó por detrás muy lentamente, para que él no se asustara ni creyera que se trataba de un enemigo. Cuando supo que ya lo había visto, recorrió los pocos metros que faltaban.

Cuando lo alcanzó, una segunda explosión volvió a llamar la atención del gentío, e inmediatamente la siguió otra.

— ¿Te debo recordar, deseh?— le preguntó afable— los susurros en la oscuridad, el batido de alas negras, los ojos rojos y las uñas como garras… la risa burlona del destino.

Drefan se volvió ligeramente para desafiarlo con la mirada. Aún se veía la ira que se había apoderado de su alma. Nathan lo había visto enojado antes, pero nunca de esa manera. La profundidad de su mirada no parecía natural, y si había un brillo era… ¿oscuro? Parecía magia. Fuera como fuese, de un segundo a otro, esa ira desapareció y cuando volvió a mirarlo a los ojos, ya no pudo verla.

— Basta— dijo Drefan— ¿no es suficiente que haya sobrevivido a un infierno?— cuestionó en voz baja, sin emoción. — ¿También debes recordarme esas horribles visiones tuyas?
— ¿Mías, hijo? No… no eran mías— respondió risueño, señalando las tres columnas de humo negro que ascendían desde los muelles.
— ¿De qué hablas?

Nathaniel abrió los brazos, especialmente el izquierdo, señalándole con la palma de la mano el lugar donde debía estar la tripulación del Tentación en aquel momento, y al mismo tiempo, instándolo a que le acompañase. Él también emprendió la marcha muy lentamente, para no forzar a su amigo más joven.

— No es mi destino el que está ligado a la reina de la Costa Negra, muchacho— le dijo tranquilamente. La gente había empezado a dispersarse, obligada por guardias enfurecidos que no sabían muy bien cómo actuar. Era evidente que faltaba el capitán.
» Según el Hombre Pájaro, la profecía me ha elegido. Si me preguntas de qué hablaba, te diré que fumó mucho de esa pipa hedionda que siempre lleva, o que tomó más de su… brebaje mágico, del que puede soportar— explicó, tratando de que lo primero pasara desapercibido. Desconocía todo ese tema acerca de la profecía. — Por lo que tengo entendido, he sido el instrumento que el destino ha elegido para mostrarte lo que te depara junto a Bêlit. Hasta ahí llega mi intervención, lo que has visto— hizo una pausa—, es decir lo que hemos visto, está más relacionado a ti que a mí.

Se quedaron un rato cerca de la plaza, en un costado desde donde podían ver el descenso que hacía la gente que intentaba llegar al puerto. La inmensa mayoría pretendía hacer lo contrario: escapar lo más lejos posible. A Drefan no le molestaba en absoluto el bullicio, pese a su cuerpo completamente adolorido, y al posible dolor de cabeza que debía de tener tras los golpes de su rival. Nathan no se sentía cómodo rodeado de tantos desconocidos desesperados, era peligroso, y más aún si algún loco se acercaba a increpar al deseh por la muerte del juez, del campeón o de los guardias. Los soldados, por suerte, estaban demasiado ocupados en ordenar al tumulto.

El par esperó a que se fueran los guardias. Nathan estaba bastante seguro de que los buscarían entre los primeros que corrieron a los muelles.

— No la has encontrado, ¿verdad?— preguntó Drefan.
— No. No la he encontrado.
— ¿Crees que esté bien?— el tono fue receloso, casi asustadizo. Muy impropio del joven.

Nathan le pasó un brazo sobre los hombros y le dio un afectuoso abrazo.

— Es Bêlit, hijo— señaló amablemente. — No creo que necesite de alguien que no puede seguirle el paso, para estar bien.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jul 07, 2015 11:04 pm

Mi querido lector, si parece que fuera ayer que empecé a hablarte del guerrero que empezó siendo nadie y terminó inmortalizado en canciones. ¿Lo recuerdas? Habiendo regresado a la ciudad de Malik-Thalish para llevar acabo un robo, Drefan se rindió voluntariamente a las autoridades portuarias como distracción. Pero esa parte del plan muy pronto salió mal cuando la enfurecida multitud demandó una ejecución pública, sin el beneficio de un juicio. El deseh pasó una larga y solitaria noche en prisión, hambriento y encadenado, contemplando no sólo su inminente muerte, sino también su estupidez al aceptar realizar esto junto con piratas.

Pero Bêlit arribó en sus horas de mayor necesidad, expulsando sus miedos. Ella le prometió que, al amanecer, no enfrentaría la horca solo. Sois testigo de que ella cumplió con su palabra pero, ¿podrán terminar juntos tan desiguales amantes?

En aquel momento, la protegida  y siempre bien guardada ciudad portuaria de Malik-Thalish  era todo menos eso. El descontrol reinaba en las calles siempre serenas. Nadie se hubiera animado a rebelarse tan públicamente ante el orden público que el ejército había impuesto en la ciudad. Puede ser esa la razón por la que los soldados demostraron la incertidumbre de una milicia de pueblo. Pese a llevar años hostigando a los ciudadanos para que respetasen las normas atribuidas desde las más altas esferas, ahora quedaba claro que la ciudad no estaba preparada para ser retada. Un único hombre había sido capaz de desestabilizar el orden, y se palpaba la verdad en el tenso aire.

El apestoso humo oscuro se extendió pesadamente por el aire. Las densas columnas se retorcían contra el viento, asemejándose a horribles y deformes tentáculos que amenazaban con aplastar las antiguas murallas. Para sorpresa de más de uno, eso negro que avanzaba con ferocidad sobre los edificios, no los golpeaba, sino que se deshacía mezclándose con el aire y dotándolo de consistencia.  Resultaba cada vez más difícil respirar, pues el tufillo de la madera que se quemaba sobre el agua inundaba las calles cada vez más lejanas. Y eso no era todo. También estaban el olor del miedo, del pánico… del terror. Y esos en una ciudad acostumbrada a la seguridad, eran irrespirables.

Para muchos de los ciudadanos privilegiados, no era más que una pequeña muestra de la guerra que los soldados solían llevar a las puertas de Erenmios. O a los poblados cercanos a esa lejana ciudad. Era solo una muestra, sí, pero seguramente nunca la olvidarían.

Tampoco olvidarían los rostros sin vida de los dos soldados, con los que se tropezaron aquellos que para evitar el gentío se metieron en cierto callejón. ¡Con razón no habían encontrado al capitán de la guardia supervisando el duelo de los campeones! Cuando alguien avisó a la guardia que el oficial de mayor rango en aquel momento, había sido asesinado, el comentario se propagó como una plaga a cada rincón. El capitán tenía a su cargo la toma de decisiones porque los comandantes estaban todos en misiones fuera de la ciudad. Su teniente, para colmo de males, yacía muy cerca, sobre un charco formado por su propia sangre.

Ni la ciudad, ni sus habitantes, eligieron marchar a la guerra esa mañana, como tantas veces lo habían hecho en el pasado. Pero la guerra llegó, no sin ser anunciada. Fue, de algún modo perverso, invitada a sus vidas cuando Drefan el deseh fue arrestado y encadenado. Y cuando su amante Bêlit, la temida Reina de la Costa Negra, acudió a su rescate. Ahora que la multitud corría despavorida, y que algunas explosiones en el centro de la ciudad sucedieron a las del puerto, los soldados tenían en claro lo que estaba ocurriendo. Al menos le habían dado tiempo suficiente para romper las cadenas de los grilletes que antes le imposibilitaban dar pasos largos.

— Démonos prisa. Bêlit y R’Gorab han soltado la trampa. ¡Mientras hablamos, las bodegas del Tentación se llenan con tesoros!— explicó Nathan, más preocupado por los cascos de unos caballos cada vez más cercanos, que por la posibilidad de que el barco partiera. — No querrás que abandonen la ciudad sin ti.
— ¿Qué abandonen? ¿Es que piensas quedarte aquí? Todos te han visto conmigo— respondió Drefan, dando unos pasos al costado.

Nathaniel le hizo una seña con la mano, como indicándole que no tenía importancia.

— Deja eso hijo, creo que en este momento necesitas un amigo, pero una vez en los muelles tendrás a tu tripulación para ayudarte. Esta no es vida para un pobre viejo desmemoriado. Necesito encontrar mi verdad, y no la veré entre el humo— comentó señalando la nube oscura que había formado sobre la ciudad.
» He llegado al Tentación porque el destino lo quiso… pobre Timo, el suyo fue menos propicio. Desde entonces no fue lo mismo para mi, no puedo asomarme a la borda y apenas soporto los movimientos del barco cuando el agua se pone brava. Creo que no volveré a navegar por un buen tiempo— prefirió no decirle que no quería pisar un navío nunca más.
» Ahora tenemos que movernos, llegar con tus hombres. ¿Puedes caminar?
— Me ofendes, Nathan— respondió el deseh, con picardía. Sus ojos se veían tristes al ver la muchedumbre correr. — Tanta destrucción… tanto caos… ¿para un simple robo?

El anciano señaló una de las escaleras que dirigían a la zona baja de la ciudad. Quizás con un poco… con mucha suerte, lograban llegar allí antes que los soldados.

— ¿Para un simple robo? Yo no te veo colgando de una soga con el cuerpo tieso. Además, así es Bêlit. Aprovechará cada ocasión para hacerse más rica. Tú los has visto, no matan niños, intentan no quitar vidas por placer pero… no son como tú, la tripulación solo vive por el oro, no hay honor en lo que hacen— explicó pacientemente, mientras caminaban a las escaleras de piedra.
» Has matado a un juez y varios guardias, recuerdo que le robaste el caballo al capitán para escapar. Desde tu comprensión hacías un bien en la ciudad, no solo te liberabas, sino que le dabas una lección a quienes intentaron encarcelarte por defender a una muchacha indefensa. No creo que las familias de los soldados que mataste puedan entenderlo así, y es entonces que llego a la conclusión de que la bondad y la maldad absolutas no existen. No creo que Bêlit sea mala, aunque admito que no la entiendo, seguramente ella encontrará su razón para robar tanto oro. Según R’Gorab, lo hacen para redistribuir las riquezas entre los pueblos de donde provienen, que son saqueados día tras día por los ejércitos de Thonomer. Posiblemente haya algo noble en ello, no así en las muertes que causan directa o indirectamente. Puede que tú lo entiendas mejor que yo, solo recuerda que todos los asesinos piensan que era necesario que mataran a su víctima— le dijo, mientras los primeros gritos clamaban por ellos.
» Y que siempre serás libre de elegir otro camino— terminó tranquilo, pese a que todos se habían quedado quietos ante el pedido de la milicia.
— Huan. Que así sea— dijo con una triste sonrisa.

Los músculos desnudos del pecho, los hombros y los brazos, empezaron a tensarse otra vez. Nathan se preguntó de dónde sacaba energías para continuar luchando. Porque tenía la certeza de que en aquellos momentos Drefan no buscaba palabras, sino fuerzas. La voz de alto provocó que ambos se quedaran quietos, aunque no se volvieron hasta que los caballos pararon la marcha a unos pocos pasos. La gente se debatía entre mirar horrorizada al deseh que acababa de matar al campeón de la ciudad, o a quienes debían velar por su seguridad. Lo único certero en aquella situación, era el peligro que todos corrían.

Tal vez por eso el silencio.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Jul 08, 2015 5:15 pm

— ¡Tú! ¡No te muevas!

La orden estaba clara, iba dirigida al deseh que acababa de burlarse de la justicia de una de las ciudades más temidas de Thonomer. Sin embargo, los transeúntes se animaban a moverse menos que él. Por lo menos parecía que más de uno respiraba con cuidado, como si sintieran que estaban actuando en falso al robar el aire que debía respirar la guardia. Nathaniel podía ver claramente cómo detrás del fino velo de la hipocresía en el que había creído en su visita anterior a Malik, solo había miseria y un miedo paralizante respecto a quienes velaban por la seguridad, la defensa de la soberanía y la justicia.

El hombre que había hablado era el último del trío. El que iba a la derecha. Y tal como sucedía con el capitán, no llevaba casco, aunque este a diferencia del detestable primer oficial de la guardia, tampoco llevaba cofia. El único vello que exhibía era el de un bigote más ancho que su predecesor. Por lo demás, llevaba el rostro cubierto de surcos que no se condecían con los de ninguna cicatriz. Se notaba que los músculos faciales se habían acostumbrado a dibujar un rostro de autoridad, hasta que se transformó en su cara permanente. Era raro ver que no iba al medio, sin embargo se notaba que él era el mandamás allí.

Nathaniel Winston lo observó cuán alto era. Con las cejas arqueadas como las de un búho. Los extremos quedaban ocultos bajo la cascada blanca que tenía por cabellera. Bajo la luz del sol, parecía casi plateada. Sus ojos distaban de la sabiduría de los búhos. Se asemejaban más a los letales orbes que tenían los halcones. No se dejaba amedrentar por el grupo de soldados, y principalmente, estaba preparado para combatirlos. Algo de lo que había dudado antes. Ahora estaba seguro de que la guardia de Malik no merecía otro trato. Eran asesinos, sanguinarios e inescrupulosos como cualquier orden militar corrupta.

Golpeó el bastón contra el suelo de tal manera que el sonido seco se atrevió a romper el silencio. Su amigo, sin embargo, decidió tomar el asunto como personal.

— Nathan, ponte detrás de mí. Quédate cerca— le pidió, anteponiendo el brazo libre entre el anciano y los tres o cuatro meses que le separaban de los soldados. En la otra mano sujetaba la espada, casi vertical, ante su propio pecho.
— Con algo de tu magia, amigo mío, ¿podremos sobrevivir a esto?
— Cuenta con ello hijo, el destino quiso que estuviera aquí por algo— respondió solemne.
— Te protegeré mientras haces lo tuyo.

Y así fue. Mientras el deseh se hizo cargo de la situación, su compañero se centró en lo que ocurría en su interior. Hacía un buen tiempo que no utilizaba el don. En realidad, lo tocaba cada día. Solo tenía que estirar su esencia, todo lo que él era, y tocar la fuente de su poder. ¿Dónde estaba esa fuente? Era parte de él, tal como podía serlo su corazón, de hecho, si se concentraba en los latidos cuando estaba en contacto con el don, podía sentir cómo la magia recorría sus extremidades. De momento,  era capaz de canalizar ese poder con las manos, aunque lo que más le gustaba, era cuando podía extenderlo sin moverse.

Drefan bajó el arma cuando vio que no estaba en un peligro inmediato.

— ¿Qué es esto?— preguntó mirando al oficial de mayor rango— ¿además de mentirosos, también cobardes?
— Luchaste bien, deseh… eso te lo concedo— respondió el hombre, con voz tan cavernosa como rasposa. — Es una pena que tal habilidad venga acompañada de tamaña estupidez, pues parece que creíste que te dejaríamos ir. Morirás.
» Morirás como un perro esta vez, sin segundas oportunidades. Lanzaremos tu cadáver desnudo a una fosa común y nadie sabrá nunca qué pasó contigo. Ni siquiera la puta que se ha atrevido a desafiarnos.


De inmediato el aire se intensificó más, si es que era posible. El humo había cargado la ciudad de tal manera que costaba respirar. Nathan vio los músculos de Drefan tensándose. Supuso que en sus ojos acababa de aparecer esa ira asesina que tan bien utilizaba cuando la necesitaba. Esa que le permitía luchar a pesar de los dolores.

— ¿Qué has hecho con ella?— gritó el muchacho.
— No es lo que he hecho yo, escoria… sino nuestro capitán— explicó el calvo, sonriendo por primera vez. El anciano, que de momento permanecía impasible, sintió sus fuerzas flaquear cuando el soldado continuó diciendo: — Fue visto por última vez llevando a la perra por los pelos, a uno de los más apartados callejones de Malik.

De inmediato, la molestia del joven se hizo evidente en el entorno. El caballo de brillante pelaje marrón se encabritó, casi haciendo caer al hombre. Era el que más cerca estaba del deseh.

— ¡Mentiroso! ¡Cobarde! Baja del caballo y lucha como un hombre, o juro por Huan que tu escuadrón entero sufrirá bajo mi espada— los hombres se miraron.
— Quietos. No cedáis ante sus crudas y obvias amenazas— ordenó. — Aguantaremos a que un oficial venga…— dijo ya menos seguro.
— Que así sea— musitó Drefan, agachando la cabeza.

Era el momento apropiado para actuar, porque si esperaba a que los hombres comenzaran el duelo, cabía la posibilidad de que no viesen a qué se enfrentaban. O a qué se suponía que estaban enfrentando. Nathaniel alzó el brazo derecho en dirección al primer oficial, usando como canal para desatar el poder que había estado reuniendo. De un momento a otro, su don atrajo la magia que lo rodeaba, y surgió del dedo índice en forma de rayo. En realidad, más se asemejaba a un halo de luz que cruzó el humo y el aire y alcanzó la frente de su objetivo. Casi al instante, este cayó hacia el costado, paralizado por el frío toque de la magia.

Los otros dos hombres se quedaron mudos y quietos como su oficial, como si la magia los hubiese afectado a ellos por igual. El mago los observaba asqueado, como si estuviera frente a tres montículos de basura. Para él, eso eran. Si le hubiese quedado alguna duda, habría quedado resuelta cuando faltaron a su palabra. Todos sonreían, no estaban cumpliendo órdenes, como solían decir para explicar por qué actuaban temerariamente. Lo disfrutaban. Habían estado tan ansiosos como el día anterior al verlo allí, y no veían la hora de terminar con la vida de Drefan. No eran más que unos pobres desgraciados que acababan de sellar su destino.

El deseh se acercó arrastrando un pie. Disimulando sus dolencias como pudo, con la furia brillando en sus ojos claros, y en el filo de su espada. Ese filo clamaba por sangre, ¿también lo haría la mirada? Nathan solo le veía la espalda llena de raspones, cortes y cardenales. Huellas de su estadía en la prisión de Malik-Thalish, así como también, del combate que acababa de librar contra el campeón de la ciudad. Que estuviera caminando a otro inminente enfrentamiento, era una injusticia de las que solo se cometen cuando el reino cree que tiene más poder que su pueblo. Claro que, si eso sucede, la culpa recae más en la gente que en los gobernantes.

La caída fue tan violenta, que el anciano que la produjo, pensó que si el efecto de su magia desaparecía, el oficial no podría moverse debido al golpe.[/color]


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Jul 09, 2015 8:28 pm

La escolta del soldado caído se quedó quieta inclusive cuando Drefan se acercó peligrosamente a su oficial al mando. El deseh tenía una espada anhelante de sangre, pero el anciano de aspecto tan noble como despótico, tenía algo peor. Su mirada azul había tomado una profundidad oscura, atemporal. Lo que no sabían es que él no se lo había propuesto, sino que surgía naturalmente. Jamás habían visto tanta autoridad emanar de un par de ojos, como ocurría en aquel momento. Los iris celeste se asemejaban a dos cielos repletos de diminutas estrellas violetas, producto de la magia. Antes no estaban allí.

El guerrero no descargó el corte final hasta que su oponente recuperó los movimientos. Lo primero fueron los músculos del rostro. Estos le permitieron hablar.

— ¿Cómo…— murmuró confundido, con los ojos apenas recuperando la conciencia. — ¿Cómo se atreven? ¡Y ustedes! ¡¿Qué hacen ahí parados?! ¡Ataquen!— ordenó.

Pero los soldados se encontraron con Nathan acercándose desafiante, rezumando poder. Si obedecían a su superior, tendrían que enfrentar quién sabe qué cosa. El anciano no tenía ni los conocimientos necesarios para enfrentarlos a ambos, ni el control de su magia. Apenas estaba aprendiendo a controlarlo. Es cierto que con cada vez que utilizaba su don para canalizar la magia, la sentía más cercana y personal. Con más fuerza, como si su cuerpo, su mente y su alma se estuvieran acostumbrando a la esencia después de un tiempo sin poder hacerlo. Esa comunión entre hombre e infinito, mantenía en su lugar a los enemigos.

El mago señaló a Drefan y su rival con el bastón, mas su mirada estaba clavada en los otros.

— Esto es entre ellos, ustedes deben cumplir órdenes y lo comprendo. Si osan empuñar sus espadas contra el deseh, los consideraré mis enemigos— les advirtió.

La voz del anciano tenía un cariz profundo y potente cuando les habló. El soldado de mayor rango no lo comprendió.

— Soy un soldado de Malik-Thalish, ¡exijo respeto!— exclamó.

Menos de cinco segundos después, Drefan lo había tomado de la cabeza con la mano izquierda. La otra descendió a toda prisa, empuñando la espada que se clavó entre el hombro y el cuello del enemigo. Él buscando respeto a los gritos, sólo halló muerte. Ahora sus hombres tendrían que decidirse entre correr o enfrentar al deseh. Nathan estaba convencido de que hubieran elegido lo primero, si otros dos soldados no hubieran aparecido abriéndose paso entre los pocos fisgones que quedaban por allí tentando su suerte. Al joven guerrero de las tierras del sur no pareció importarle. Tampoco a su compañero de túnica escarlata.

Quien habló fue Drefan.

— Nathan, ¿cuánto tiempo queda?— preguntó en voz bastante baja, sin mirarlo. Estaba apretando la mandíbula.
— Tenemos algunos minutos, muchacho. El Tentación partirá pronto— respondió, a punto de ponerse a su lado. El brazo del deseh no se lo permitió.
— Retrocede.

El guerrero del sur no hubiera disfrutado de matar a un caballo, pero no hubiera dudado en hacerlo si los jinetes no se hubiesen apeado antes. Un guerrero a pie no es contrincante para un soldado montado, y las tácticas más elementales sostienen que se debe desmontar al enemigo tan pronto como sea posible. Cualquier combatiente con un mínimo de experiencia hubiera tenido que buscar la manera de incitarlos a bajarse, incluso obligarlos, aunque los pobres animales sufrieran el precio. Todos desmontaron solos, ante la mirada incrédula de Drefan, y la satisfacción de Nathan. Esta última bien oculta tras una máscara de seriedad.

Aunque el joven no lo sospechaba, los soldados prefirieron bajarse de sus monturas por miedo a correr la misma suerte que su teniente. Nathaniel lo sabía, pero no lo dijo. También sabía que los dos soldados estuvieron a punto de rendirse ante la espada del deseh, y que solo tomaron coraje de nuevo cuando los otros dos llegaron. El anciano lo había visto en las miradas. Había sido testigo primero del desasosiego al verse superados, y del temor por un futuro incierto. En Malik-Thalish las reglas las ponía el rey, y los soldados eran emisarios de su voluntad. No tenían idea de cómo proceder sabiendo la triste verdad: no eran adversarios dignos del guerrero y su mago.

Pero esa tribulación, esa desesperación, se había transformado en esperanza de forma vertiginosa cuando llegaron los refuerzos.

Si el mago Winston –como le llamaba Bêlit- había pensado en cada detalle para armar una estrategia, Drefan en aquel momento era su contrapuesto.  El deseh no pensaba en estrategias. No era un soldado. Él era un guerrero del sur, con la ferocidad de las dunas doradas, reflejadas tanto en su carácter como en su habilidad en el combate. Para él, Malik-Thalish se había reducido a los edificios que le rodeaban, si había algo del otro lado, no lo sabía. No le importaba. Ya no veía al gentío que observaba la escena, principalmente porque la mayoría se había percatado de que estaba por desatarse una tormenta de sangre y metal. Pero también porque los consideraba tan enemigos como la milicia.

La batalla fue corta. Por lo menos para él. En un abrir y cerrar de ojos estaba frente a tres de los hombres, blandiendo la espada por lo bajo, cercenando piernas completas. Los gritos de los soldados, todos ellos con cierta experiencia ganada en el campo de batalla de la interminable guerra entre Malik y Erenmios, fueron aterradores. El combate apenas había empezado, y más de la mitad de los enemigos ya estaban terminados. Pero a él no le importó, aprovechando el movimiento de la hoja, la fuerza que le había dado, dibujó una curva en el aire. El impacto cercenó la cabeza completa del último hombre al que había cortado a la altura de las rodillas.

Los otros dos cayeron entre lamentos, un poco agradecidos de seguir con vida. La pasión del guerrero por Bêlit lo empujó aún más. Los soldados de la vieja Malik-Thalish no eran rivales para un guerrero como él. Y ellos lo sabían.

— Asesino— le llamó una voz— baja tu espada.

Cuando Drefan se volvió, vio a un hombre detrás de Nathan. El soldado tenía una espada mal sostenida, pues el anciano le llevaba por lo menos una cabeza. Sin embargo, el filo le amenazaba el cuello.

— No lo repetiré, ¡baja tu espada!
— No— respondió, moviendo los pies para ponerse de costado, sin embargo sus ojos no dejaron de interceptar la mirada enemiga.
— ¡Lo mataré!— aseguró el soldado.
— ¿Y que es él para mi, soldado? ¿no acabas de llamarme asesino?— preguntó serio. Nathaniel vio la seguridad en su mirada. — Mátalo. No me importa— le aseguró apuntándole con la espada roja.
» Pero cuando él caiga, clavaré este acero a través de tu miserable y cobarde corazón.

Era una fría promesa de muerte. Y provenía del guerrero más hábil que el soldado había visto nunca. En ese instante, posiblemente, se le cruzaron muchas ideas para hacer una vez matara al anciano, sin embargo pronto aflojó la presión que su arma hacía en el cuello de este. Fue entonces cuando el deseh alzó el brazo que empuñaba su espada. El dedo índice y el del centro de un lado del pomo, el meñique y el anular del otro. Sin cavilar usó el brazo para catapultarla. El filo atravesó el aire como una flecha, y terminó su recorrido en el cuello de quien había tomado a Nathan prisionero. Antes de soltar la espada, Drefan gritó el nombre de su amigo, y este no necesitó más para moverse, aprovechando la duda de su captor.


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Re: La reina de la costa negra

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