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La reina de la costa negra

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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Jue Jul 09, 2015 10:32 pm

Nathaniel Winston se hizo a un lado con un movimiento sumamente elegante, propio de cualquier miembro de la alta nobleza. Especialmente de aquella que existía en otras naciones, más civilizadas y desarrolladas que la primitiva Malik. Desafortunadamente, el chorro de sangre que salió cuando la hoja atravesó el cuello del muy desgraciado soldado, alcanzó al anciano en un costado. Él sintió inmediatamente cómo el líquido tibio y espeso provocaba que la tela de la fina túnica se le pegara al brazo. Si se hubiera tratado de la sangre de un caballo, o alguno de los transeúntes, seguramente se habría sentido mal, incluso un poco culpable. Pero como era la sangre de un soldado que acababa de usarlo como escudo, no le importó.

Drefan se volvió enfurecido hacia el soldado que había quedado vivo, y unos cuantos más que acababan de llegar.

— ¿Quién sigue?— les gritó, con las venas marcadas en el cuello y la frente— ¿alguno tiene el coraje para combatir al deseh que danza con la muerte?

¿Quién se animaría a enfrentarlo? Jamás habían visto algo así. Probablemente nunca volverían a hacerlo. Si tenían un mínimo de inteligencia, se quitarían esos uniformes ni bien pudieran, para pasar el resto de sus vidas como míseros desertores. Nathan lo comprendía, y le parecía un destino digno de quienes se habían atrevido a creerse más importantes que el resto de los mortales. Drefan, por su parte, permanecía con las piernas separadas y los brazos apenas separados del torso. Músculos inflamados por la ira. Su amigo no pudo dilucidar si los invitaba a combatir contra él en serio, o si su plan había sido que escaparan desde el comienzo.

— ¡Vengan aquí! ¡A morir como perros!

El mago se le acercó acompañando cada paso con el largo bastón de cedro blanco, que en realidad era rojizo. Él no tenía nada que temer del joven deseh.

— ¿Perdemos al Tentación?— preguntó Drefan, aun mirando hacia otro lado mientras los últimos husmeadores desaparecían en las esquinas más próximas.
— El plan, muchacho, es que el Tentación salga a la bahía y se defienda con flechas incendiarias desde allí, mientras aguarda por cualquier rezagado— explicó posándole una mano en el hombro. — Debemos apurarnos. La situación por allí debe ser… complicada.

El joven guerrero esperó un largo rato antes de responder. Primero caminó hacia el cadáver de su último oponente, y se agachó para retirar la espada. Nathan vio que la sangre que caía desprendida con lentitud, conforme la retiraba del cuello, tenía pequeños fragmentos sólidos en su interior. Eran esquirlas minúsculas de hueso. El sonido que hizo la hoja, permanecería en la memoria del anciano durante las largas noches en las que el sueño se le escapara. Era como si la carne recientemente despojada de vida, se negara a entregar el instrumento de su trascendencia. El soldado pasó a ser un número más en las cifras de caídos en la batalla. No recibiría ningún honor, como tampoco lo harían sus compañeros muertos.

Después de limpiar la hoja con la capa del muerto, Drefan se incorporó.

— Eso es cierto— murmuró abstraído, seguramente sufriendo el efecto posterior a una descarga de adrenalina.

Aunque se notaba cansado, no dudó en enfundar su espada y tomar las riendas de uno de los caballos que habían quedado sin jinete. Le acarició el morro, suavemente, y le quitó el instrumento de cuero que usaban para dominarlo.

— ¿Puedes montar?— preguntó sin mirar a Nathan.
— No puedo.

El guerrero sí, y se sobrepuso sobre el lomo del corcel marrón oscuro con facilidad. Sin dudarlo, tendió una mano a su amigo. Esta vez, lo miró a los ojos, como queriendo que viese su intención de no ocultarle nada. El anciano le agradeció en silencio, por respeto a su joven orgullo. No hizo falta que el muchacho hablara, no obstante eso hizo, aun tendiéndole la mano.

— No era en serio lo que le dije a ese soldado sobre ti, Nathan. Eres mi amigo.

Nathaniel se tomó del brazo de su amigo para montar. Por fortuna era alto, pues sin el apoyo de la silla recién quitada, era prácticamente imposible subir. El deseh acarició el costado del caballo, sin embargo no le dio la orden hasta oír a su amigo. Por supuesto, este último no hizo esperar un “lo comprendo”. De verdad lo hacía. Cuando Drefan le pidió al soldado que matara a Nathan, lo hizo concienzudamente, justo un momento antes de advertirle que después se enfrentaría a la furia de su espada. Sabía que ningún hombre en esa situación, que apreciara su propia vida, hubiera elegido una u otra opción sin pensarla sabiamente.

Por segunda vez en menos de dos meses, el deseh cabalgó por las calles de Malik-Thalish. Pero esta cabalgata no podía ser más distinta a la anterior. Pues esta vez, marchaba con pasión y propósito. No era por motivos egoístas, ni para escapar de la injusticia de la laberíntica ciudad portuaria. En esta ocasión, cabalgaba para reunirse con su amada Bêlit, y con su tripulación de leales seguidores. Con aquellos que habiendo podido marcharse la noche anterior, como dictaba la ley, habían preferido buscar una excusa para ayudarla. Aquellos que habían enfrentado a una ciudad completa para liberarlo. Y no lo habían liberado solamente de una muerte segura, sino también de muchas de sus dudas.

Cabalgó por su futuro.

Las calles estaban vacías. Solo se oían los cascos del presto caballo que se precipitaba sobre la piedra como si no hubiera un mañana. Si el sonido seco que producían los constantes golpeteos no hubiese existido, Nathan hubiera creído que se deslizaban sin tocar el suelo. Tal era la habilidad del jinete. Tal la costumbre del animal. Lo que sí se oía de vez en cuando eran las ventanas cerrándose por aquí y por allá, especialmente en la zona cercana al centro. Cuanto más se acercaban a la parte baja, más denso era el aire debido al humo, y la gente no se animaba a encerrarse con esa maldición oscura en el interior de sus hogares.

Cabalgó por su futuro, sí. Pero, ¿era ese sufuturo? Drefan no podía evitar recaer en las preguntas que se habían agolpado en los últimos dos días. Estaba atravesando Malik-Thalish tras asesinar a varios soldados. Sí, ellos se habían buscado la muerte al intentar retenerlo pese a que se había ganado su libertad pero, él ya había sido condenado una vez. Y se había escapado, todavía no entendía cómo había aceptado hacer aquello. La peor parte, era la que dependía de él, pues no recordaba que Bêlit le hubiese obligado a hacer algo que él no quería. La violencia nunca le había sido extraña a Drefan, sin embargo nunca la había buscado tan descaradamente.

El roce del viento en la cara no le despejaba las dudas, aunque no por eso dejara de intentarlo con más ahínco. ¿Sería la vida en una nave pirata, con Bêlit a su lado, poco más que un intercambio de muertes y pérdidas? De repente todo su mundo se vino abajo, y como una burla del destino, parte de su alma reclamaba la cercanía de su reina. Sintió cierto miedo ante la idea de una vida sin ella, sin embargo no podía decidir si una vida a su lado sería mejor. Estaba atrapado en problemas morales. Él había sido testigo y víctima de la brutalidad de la que eran capaces los hombres del Tentación.[/color]


Última edición por Nathaniel Winston el Sáb Jul 11, 2015 8:29 am, editado 1 vez


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Jul 10, 2015 12:44 am

Aunque tenía que ir concentrado en el camino, para que el caballo no siguiera pisando firmemente, acercándose al puerto, su mente en realidad divagaba sin control. Recordaba haber presenciado la brutalidad de Bêlit. Sin ir más lejos, al cerrar los ojos podía ver el rostro pálido del capitán Timo, rodeado de los miembros cercenados de los tripulantes del Destino de Grandeza. Sin ir más lejos, lo había visto casi cada minuto durante la noche anterior, encerrado y tirado en una fría celda de la titánica fortaleza de Malik-Thalish. Aún podía oír los gemidos y lamentos de los marineros que lo habían adoptado como uno más.

Él les había llevado a la muerte.

Y después de dirigirlos a los fríos brazos de la muerte, dejó sus cuerpos blancos, fríos, exánimes, a la deriva. El mar había sido más noble que él, al aceptarlos en su seno. Recordaba también esa noche… encadenado, suportando las burlas de los soldados que se creían justos al retenerlo allí. Y la mañana. Hacía unas pocas horas, cuando caminaba hacia la horca custodiado por un buen número de soldados. Fue entonces, cabalgando hacia el muelle como estaba, que se dio cuenta de la verdad. Esta, como toda verdad, nació como una chispa dentro de su pecho, y se propagó rápidamente por todo su cuerpo.

Era simple: él era un hombre libre. Nada lo ataba al Tentación. No tenía deudas pendientes con nadie. Era tan libre como la última vez que montó a caballo en aquella emocionante persecución a través de las calles. En cambio en aquel momento, se acordó, no había podido evitar reírse, aún con los guardias tras él. ¡Qué bien se había sentido robarle el corcel más rápido de la ciudad al capitán! Al deseh le hubiera gustado ver a tan brioso animal en aquel momento, no obstante, se sentía muy a gusto sobre su montura actual. Lamentablemente tendría que abandonarla como había hecho con el otro caballo la vez anterior. ¿Podría volver a sentirse así?

¿Por qué ahora no cabalgaba como lo había hecho entonces, hacia un futuro incierto? Nathan lo había dejado ir temerariamente todo lo que pudo, pero se estaba volviendo peligroso. El anciano iba agarrado a los músculos de su joven amigo, cada vez más fuerte debido a la velocidad con la que iban.

— Drefan.

El deseh dejó pasar un momento antes de responder. Nathaniel no pudo estudiar si lo había hecho deliberadamente, aunque le pareció que no. Que era el tiempo que había necesitado su amigo para volver en sí.

— ¿Qué pasa?— preguntó el guerrero.
— Ella te eligió, hijo— le dijo, sin premura.

Fue entonces que el guerrero se incorporó, indicándole al animal que aflojara el paso. Y menos mal, porque la piel de este ya estaba cubierta de una fina capa de sudor.

— No desesperes. La reina gobierna con terrible violencia, pero ésa es la ley que domina las tierras sin leyes. Tú sabes eso mejor que nadie.
— Amigo mío, estoy bien— comentó Drefan. Por el tono, ni él se lo creyó.

Nathan no lo hizo.

— Estás en profundo conflicto. Y te repito: no desesperes, hijo. Hay otro camino, uno entre el caos y la desolación— le anunció, mientras llegaban a una de las puertas principales que conectaban la parte fortificada de Malik, con aquella lindante.

En el lado izquierdo se veían las columnas de humo, algunas grises y otras negras. No había ninguna blanca, lo que significaba que el fuego aún estaba en su zénit, o que por lo menos no tenía mucha intención de apagarse. A la derecha, habían quedado las decenas de tiendas que a diario eran atendidas por mercaderes de todas las procedencias. Las lonas y telas, algunas rasgadas, yacían sobre cajas abiertas y mesas repletas de frutas, pescado, carnes rojas y elementos de decoración artesanales. El olor que desprendían los puestos, contra toda lógica, era nauseabundo. La mezcla de todos los aromas, con el tufillo del humo y el aroma de la sangre, era irrespirable.

— ¿Qué camino?— preguntó Drefan, quitándolo del trance.
— ¿El camino? Oh, es un sendero por el que, después de muchas noches pensando, he llegado a comprender. Según el Hombre Pájaro, cada vez que vio caer a Bêlit, la vio caminar una vez más— explicó el mago, enigmático.
» Temes la violencia de una vida a bordo de un navío pirata. Temes la inmoralidad. Aunque no dudas en asesinar cuando te ves obligado a hacerlo, y siempre minimizas el hecho de que tienes una razón, no estás de acuerdo con lo que has visto hacer en el Tentación. Temes las represalias, has tenido una probada más que suficiente hoy mismo. Y por sobre todo lo demás, temes a tu propia muerte— aseguró Nathan, que había visto al guerrero dar cada paso desde que se había precipitado sobre el navío insignia del Capitán Timo.
» Drefan, una vida al lado de Bêlit te ofrecerá todas esas cosas, ten la seguridad de ello— advirtió.
— ¿Y?— preguntó su amigo tras un rato.
— Y que hay otro camino.

Le dio un momento para pensarlo, él mismo lo necesitó. Estaba a punto de darle un consejo que acompañaría al joven muchacho toda su vida, y quería darle uno que valiera la pena. Lo tenía pensado desde la madrugada, cuando, sin poder dormir, se había puesto a meditar los pasos a seguir si el plan de R’Gorab fallaba. Sus pensamientos en ese entonces, habían oscilado varias veces entre lo que quería pensar, y lo que su mente inconsciente le decía que era necesario. Solo tenía que encontrar la forma correcta de expresárselo, tal como había visto en las visiones que compartía con Drefan.

El deseh ahora miraba el camino con precaución, sin embargo su corazón latía desbocado.

— ¿Sugieres que la cambie? ¿Qué la dome?
— No puedes cambiarla. Ella es Bêlit. Una mujer criada en un mundo violento, lleno de conflictos, y no sólo ha perseverado… ha prosperado— indicó Nathan, afable. — No puedes cambiarla, y el tonto que lo intente no sobrevivirá.
» Tampoco intentes domarla, hijo, no es un animal aunque a veces parezca no tener corazón. Contigo ha demostrado que lo tiene. Pero puedes hacer una cosa, Drefan
— explicó mientras recorrían los últimos metros. — Puedes hallar el camino hacia su corazón, y puedes entenderla. Y, así, tal vez ella también a ti.

Nathaniel comprendía la incertidumbre del deseh. Él mismo había dudado de la reina pirata cada día, desde que la había conocido. Sin embargo, también había visto su mirada cuando lo veía a él. Para comprenderla, había que ser consciente de que se trataba de una descendiente de los arcanos monarcas. Era distinta a cualquier otra mujer. Y a pesar de que a veces, esa distinción solo la ayudaba a ganar enemigos, también tenía características positivas. Sin ir más lejos, la devoción que había demostrado por Drefan desde el principio. El joven no lo sabía, pero muy pocas personas eran escogidas por los arcanos monarcas.

Desde el momento en el que Bêlit había puesto sus ojos en él, su destino había sido sellado.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Jul 11, 2015 8:29 am

Al llegar a la ancha escalera de piedra que conectaba la ciudad con el puerto, cualquiera podría haber comprendido la razón de que las calles lindantes estuvieran vacías. ¡Si parecía que toda la ciudad se había reunido sobre las plataformas de madera! A lo largo y ancho de los muelles había grupos de personas agitando palos a modo de armas, enfrentándose cuadrillas organizadas y dirigidas por tenientes del ejército. Parecía en partes, una batalla campal, y en otras, una protesta a punto de convertirse en algo más. Por lo que podía apreciarse a simple vista, la revuelta iniciada por R’Gorab había tenido efectos inesperados.

Los tablones de madera crujieron bajo el peso del dúo de compañeros recién llegados. Drefan fue el primero en bajar las escaleras, prácticamente sin ponerse a analizar lo que tenía adelante. El anciano de aspecto noble que le acompañaba, se tomó unos segundos más. Muy cerca de la entrada había dos hombres tirados sobre charcos de sangre. A su alrededor, se habían apostado ocho soldados de élite, armados cada uno con una espada de mano y media. Además, tenían capa azul y yelmos de metal como cualquiera de los otros. La diferencia entre estos y la milicia normal, eran los pesados escudos que sostenían por delante. Además, iban vestido con mallas de escamas negras.

Las espadas de dos de ellos, estaban cubiertas de sangre, como también lo estaban varios de los escudos. Sangre fresca.

Nathaniel bajó las escaleras sin quitarle los ojos de encima a los hombres que agitaban furiosos sus brazos desnudos en dirección a las huestes. Le hubiera gustado poder ayudarles, pero algo más urgente le apremiaba. Drefan se había detenido a unos pasos, frente al navío de madera negra que permanecía atracado en el muelle.

— Es el Tentación. Aún en puerto.
— Algo va mal— comentó Nathaniel, mirándolo por sobre los hombros del deseh. — Mira cuán profundo está en el agua. La bodega se ha llenado con el botín. No debería estar aquí... ya debería estar en la bahía— agregó señalando con el bastón la línea en la que el agua y la madera parecían confluir.
» Sólo hay una explicación.
— Bêlit— murmuró abstraído.
— Ella no debe estar en el Tentación, muchacho.
— ¿Entonces dónde?— preguntó Drefan, rodeando el barco.

A la izquierda encontró varios de los hombres de Bêlit –y suyos- vigilando el puente de tablones que permitía la entrada al Tentación. Ellos lo vieron inmediatamente, sin embargo no bajaron las lanzas, no por él sino porque en cualquier momento alguien podía intentar hacerse con el control del barco. La nave insignia de la reina de la Costa Negra, era la que había llevado la muerte a la ciudad, sin embargo permanecía altiva y amenazadora como siempre. Nadie había logrado entrado, de momento. Las puntas de las lanzas de sus custodios, eran buena prueba de que se había intentado.

— ¿Dónde está?— preguntó en voz alta, caminando tan rápido como su pierna le dejaba, a donde estaban los lanceros. Estos no lo oyeron.
— Podría estar en cualquier lugar— aventuró Nathan.
— No, está cerca. Puedo sentirlo— respondió alcanzando a sus marineros.

Ellos tampoco lo sabían. Cuando Nathan llegó junto a Drefan, este ya empezaba a correr. ¿A dónde?  El anciano no lo sabía, pero tenía fe en que su amigo sabía lo que estaba haciendo.

— Ve al Tentación, Nathan. Sigue el plan. Vayan a la bahía— ordenó.

Pero Nathaniel Winston no era ni su servidor ni su soldado. El anciano comprendía que su joven amigo solo buscaba protegerlo, y que en el vértigo de sus emociones, no se había dado cuenta con quien estaba hablando. El deseh era impulsivo y terco, pero cuidaba a los suyos salvo que no los considerara como tal. Esa era la conclusión a la que había llegado el viejo mago hacía unos días. Cuanto más tiempo compartía con el guerrero, más seguro estaba de que esa era la verdad. De momento, se aseguró de que sus órdenes se cumplieran, aunque no fuera al pie de la letra, pues él no pensaba volver al mar.

Se le acercó confidencialmente a uno de los lanceros.

— ¿R’Gorab está a bordo?— preguntó, y cuando el hombre asintió, él también lo hizo. — Entonces búscalo y cuéntale sobre la orden del deseh, muchacho.

El hunta miró a su compañero para buscar alguna clase de muda ayuda que su interlocutor no supo darle. Cuando volvió la cabeza al anciano de nuevo, intentó sin mucho éxito encontrar un pretexto.

— El señor dio la orden de que tú nos dirijas— le dijo.
— Y eso estoy haciendo muchacho, busca a R’Gorab y dile que parta de inmediato. Tu señor buscará a tu señora y los alcanzarán— cortó con un gesto frío.
— Pero…
— Es una orden. Ya me encargaré yo de mi desobediencia, sé cómo lidiar con ello, ¿sabes tú cómo hacerlo?— espetó volviéndose al muelle para perderse entre el gentío.

Drefan se movía esquivando conflictos con naturalidad, como si se hubiera pasado media vida haciéndolo. Su mente estaba calma. Sospechosamente tranquila. No sentía temor, pero tampoco esperanza. Carecía de certezas. Lo único que tenía en claro, era esa extraña sensación en el pecho. Podía sentir la presencia de Bêlit. Era una emoción que volvería a tener muchas más veces con los años, una que claramente no comprendía ni podía explicar. Pero era muy real. Una conexión. Por primera vez en la vida, tenía alguien por quien valía la pena luchar. Por quien habría dado su vida.

Fue pensando en esto, que encontró su verdad. Parte de él, ya lo sabía desde la primera vez que la vio. Ahora no le importó que el fuego se hubiera tornado incontrolable en un barco muy cercano a donde él estaba. Tenía una conexión con Bêlit, y con ella se desvanecía el conflicto que tanto tiempo había reinado en su alma. No había dudas. Ya no más. Sólo la necesidad de hallarla. Había algo en su mente que le indicaba que estaba cerca, pero se le escapaba el qué. Eso hasta que la vio, tras dar varias vueltas entre la multitud. La vio del otro lado de uno de los muelles, rodeada por la guardia de Malik.

La necesidad no era solo de hallarla, sino también de tenerla. De salvarla…

Tal era así que no vio a los guardias que se le cruzaron en el camino, ni el agua que le separaba desde ese muelle hacia el otro lado. Con un ligero movimiento de muñeca, cortó la cabeza de uno. Ante el otro frenó a último momento y, después de esquivar un barrido torpe de la espada enemiga, lo pateó en el pecho con tanta fuerza que lo arrojó al agua. Sin dudarlo se subió a una caja, y saltó sobre otras que flotaban más abajo. Seguramente si hubiera tardado más de lo debido, se habría hundido junto a las finas tablas que quebraba a su paso, pero no era ese el caso. El deseh saltaba como un lobo estepario, sorteando los obstáculos como lo haría un animal. Llegó al otro lado con la misma facilidad.

Al sentir “tierra firme” bajo los pies, se permitió unos segundos para estabilizar el equilibrio.

— ¡No!

¡La vio! Y los vio a ellos. Y no le gustó lo que vio. Rodeados por las lonas de una tienda destruida, había tres soldados, cercando a una mujer que valía mucho más que cualquiera de ellos. ¡No tenían ni idea! ¡Ni idea! El que empuñaba el cuchillo que estaba a punto de clavarse en la suave piel de la reina, se quedó mudo al ver al enorme guerrero acercándose a una velocidad vertiginosa. A Drefan ya no le importaba su pierna. Eso era lo de menos.

— ¡Drefan!— clamó la mujer, sorprendida. ¿Era sangre lo que había en su rostro?
— ¿Drefan? ¿el convicto? ¿no debería estar muer…?— sí, era sangre.

La pregunta quedó en el aire, cancelada por la necesidad del deseh de liberarla. La espada atravesó el torso del enemigo como si se tratara de papel, incluso con todo y cota de malla. El hombre que tenía agarrada a Bêlit del cabello, dejando expuesto su cuello, la soltó para hacerse con su espada. Desafortunadamente para él, el destino había decidido que hasta allí llegaba su mísera vida. Antes incluso de dar el primer paso hacia el guerrero enemigo, sintió el grito horripilado de su otro compañero. Inmediatamente concibió algo mucho peor, una sensación que nunca había tenido. Una dolorosa punzada en el pecho.


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Re: La reina de la costa negra

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Jul 11, 2015 8:38 am

Lo último que vio, fue a su compañero. Al hombre con el que había compartido tantos días, tantas anécdotas, tantas cervezas. A unos pocos metros, había un anciano de pie, sosteniendo un bastón casi tan largo como él. Pero no logró verlo, sus ojos ya se estaban apagando. Nathan había regresado justo a tiempo, y había usado su magia en el soldado. Le había mostrado aquello que sus defensas mentales guardaban en lo más profundo, su mayor miedo. Naturalmente, este quiso enfrentarlo a punta de espada, sin darse cuenta que adelante solo tenía a su compañero. A su amigo. Su sufrimiento al comprender lo que acababa de hacer, duró apenas un segundo o dos.

Fue el tiempo que tardó su rival más joven en atravesarle el cuello.

Drefan el deseh mató a muchos hombres aquel día. Honestamente, algunos lo merecían más que otros. Pero no lamentó ni una sola muerte, porque cada una, cada tajo de su espada, cada litro de sangre derramada al viento, sólo era un obstáculo menos que lo separaba de su gran amor. Cuando todo terminó, el guerrero quedó mirando a su última víctima con una máscara de indiferencia total a lo que acababa de ocurrir. Nathan observó cómo la reina de la Costa Negra se ponía en pie, con su vestido rosado irreconocible bajo las capas de negro humo, sangre y tierra. La mujer buscó a Drefan y lo abrazó. Él no soltó la espada, sino que recibió a su amada con el brazo libre.

Ambos cerraron los ojos y descansaron sus cuerpos cansados en la fortaleza del otro.

— Estás viva. Yo… yo pensé…
— Drefan, ¿dudaste de mí?— preguntó ella, separándose unos centímetros para verlo a los ojos. — ¿Cuándo aprenderás?

El beso duró bastante. Era evidente que los jóvenes necesitaban saber que su otra mitad estaba bien de una manera que Nathaniel Winston no comprendía. El anciano se aclaró la garganta aproximadamente al minuto.

— Ya habrá tiempo para eso más tarde, ¿no? El Tentación los espera en la bahía— comentó risueño.

Drefan lo miró con el ceño fruncido durante unos segundos, y entonces explotó en una sonora carcajada que desencajaba completamente con la muerte que había sembrado a su alrededor. Nathan le acompañó de buena gana, y en breve se sumó también Bêlit. La reina pirata continuaba abrazada a su joven amado con ahínco, como si no estuviera segura de que eso estuviera ocurriendo. Aparentemente la había pasado bastante mal antes de su llegada, aunque no quería admitirlo. No estaba acostumbrada a ser tratada con desprecio ni violencia. Después de todo, era descendiente de los arcanos monarcas, y reinaba en el mar.

— ¿No vendrás con nosotros Nathan?— le preguntó seria.
— Me temo que no, reina Bêlit. Hasta aquí es donde llegan mis viejos huesos, no creo que puedan soportar otra de estas… aventuras— aseveró arqueando las cejas como un viejo búho.

Ella sonrió. Drefan tomó su lugar.

— Ha sido un honor luchar a tu lado, amigo mío— anunció formalmente, antes de separarse de la pirata. Entonces, se le acercó para tenderle la mano.

Nathaniel Winston lo miró a los ojos, después observó la mano, y finalmente volvió a centrarse en la mirada de su amigo. Se le acercó ignorando el saludo y lo abrazó con fuerza.

— Eres un buen muchacho, hijo. Espero que pienses un poco más tus próximas decisiones— confesó.
— Sobre lo que hablamos…
— Lo que hablamos, hablado ya está— le dijo poniendo un paso de distancia. — Confío en que sabrás qué es lo mejor para ti. Ambos lo harán— agregó mirando a Bêlit, e indicándole que se acercara.

La mujer, aún temerosa por lo que habían hablado la noche anterior, se acercó con cierto recelo, sin embargo el anciano la rodeó con un brazo protector rápidamente.

— Hemos tenido nuestras diferencias, reina Bêlit— expresó con amabilidad— pero es indudable el amor que sientes por Drefan. Lo dejo en buenas manos.
— Es una pena que no puedas venir, planeo pasar un tiempo fuera de la escena. Desapareceremos hasta que se calmen las aguas, mago Winston.
— Es lo mejor, sin dudas— convino el anciano. — Sin embargo no me tienta la idea de navegar ni un minuto más. Soy un hombre viejo, lo sé, lo sé, vas a protestar y hablar de lo buen mozo que aún se me ve— agregó solemnemente, pidiéndole que se detuviera aunque… la verdad que ella lo miraba con un mohín.
» Los últimos días en altamar se me hicieron insoportables. A partir del… incidente del navío del Capitán Timo, he ido desarrollando cierta aversión al agua.

Ella le sonrió y asintió una sola vez. De inmediato buscó la mano de Drefan, quien entrelazó los dedos gruesos con los de ella, más finos y esbeltos.

— Has servido al Tentación como cualquiera de nuestros hombres, mago Winston— dijo Bêlit, ya sin un atisbo de la sonrisa que había mostrado hacía un momento. — Y has luchado junto a mi amado deseh por su libertad y su vida, déjame recompensarte. El Tentación está lleno de riquezas, puedes ser tan rico como quieras, mezclarte en la nobleza de las mejores ciudades.
— No puedo aceptar nada de eso, el destino no deja cosas al azar, no hice más que lo que debía hacerse, querida.
— Entonces, por lo menos acepta un obsequio de mi parte— le pidió, buscando dentro del fajín morado que llevaba en la cintura.

Antes que le mostrara de qué se trataba, Nathan supo que era un anillo. Había visto las manos de la reina llenas de anillas, cadenillas y eslabones, pero nunca le había visto una pieza igual a esa. Era un anillo de acero ennegrecido y pulido perfectamente, sin inscripción. De la argolla salían por lo menos seis tentáculos negros, que cuidaban celosamente una piedra verde con forma oval. No era un único tono verdoso, sino la combinación de muchos. De todos. Si había que buscarle un parecido, sin dudas recordaría a los iris musgosos de la reina de la Costa Negra. Esos colores, no estaban quietos, como demandaba la naturaleza, sino que se revolvían intensamente dentro de la piedra. Era como un ópalo, pero ¿transparente?

— Brilla porque estoy cerca, tal es el llamado de mi sangre— dijo la mujer con simpleza—, si algún día nos necesitas, sostenlo y piensa en mí. Vendremos a ti. Pero ten cuidado, no me reconoce solo a mí, sino también a cualquiera que lleve la sangre de los arcanos monarcas. Ellos también lo reconocerán— agregó enigmática, como un aviso que no debía pasar por alto.

Él no le respondió, ¿qué podía decirle? Solo asintió en señal de agradecimiento.

Unos pocos minutos después, Nathaniel Winston se encontró de pie en el primer peldaño de las escaleras de entrada al puerto. Aunque el fuego y el humo resultaban molestos, aún se podía distinguir perfectamente la forma de la vela principal del Tentación cayendo con fuerza, para ser atada desde abajo por los fieles seguidores de la reina Bêlit y el valiente Drefan el deseh. En breve, y haciendo gala de una organización mayor incluso a la de los navíos oficiales de Malik-Thalish, soltaron amarras y partieron en dirección al horizonte. Solo cuando el navío insignia de la reina de la Costa Negra era un minúsculo triángulo negro entre el azul del mar y el del cielo, dejó esa zona.

La guardia estaba demasiado ocupada conteniendo el alboroto como para ocuparse de él. Y menos mal, porque no habría podido hacerles frente… si eran más de dos. Estaba cansado, el estómago le rujía y las piernas protestaban tras cada paso. Pero nada de eso importaba, porque conocía el lugar ideal para pasar unos días de descanso. Un lugar donde podría contarle a los bardos, la verdad acerca de lo que había ocurrido aquel día en el que una pirata y un deseh, hicieron temblar Malik hasta los cimientos.

Fin


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Nathaniel Winston

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Re: La reina de la costa negra

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