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Lía

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Lía

Mensaje por Shaylah Ninmehel el Lun Mayo 04, 2015 10:20 pm

Y pensé que sería sencillo correr, pero mis piernas están rotas. Todos están solos. Todos saben que me están cazando. Me cuesta respirar. Me cuesta respirar, pero me iré esta noche. Y no estaré en mi hogar por la mañana.
Era el dolor que ascendía por la columna vertebral. Electrizaba todo mi cuerpo como una marea rabiosa, inquieta, como si quisiera escupir algún secreto que había vagado por las profundidades marítimas durante siglos. Una botella con mensaje, un suspiro; una escama de sirena. Un hueso de algún Capitán náufrago sin historia; aferrado a la incertidumbre de no saber si murió con el agua abrazada en sus pulmones o consiguió aterrizar en arena divina, sobrevivir solo o no. Por ello me encontraba cegada, mirando hacia un cielo infinito. Sí, era sereno y azul. Un manto esperanzador que me obligó a esbozar una sonrisa a pesar de que mis labios estuvieran secos y agrietados. Completamente rotos como mis ropajes. Pude oír a lo lejos los bramidos de aves rapaces que parecían desilusionados por encontrar carnada en el estado en el que me encontraba. Sí, si yo fuera un cazador estaría aburrido de encontrarme a mi misma. Débil, a penas sin poder respirar, maltratada y en mis últimas. Cualquier momento la Muerte me cubriría con una dulce sábana de seda negra, alzándome o enterrándome. No importaba dónde me llevaran a parar. La cuestión era, simplemente, que al menos no volvería a mi hogar. Esta bien, estaba bien.

De repente unas lágrimas ascendieron hacia la cuenca de mis ojos. Podía sentir el cosquilleo por cómo se resbalaban desde el lagrimal hasta mi sien, desapareciendo entre el tobogán de los huesos de mis orejas. Me reía melancólica, triste y decepcionada por mi mera existencia. No sabía si el llanto era por la desesperación de ser incapaz de hacer nada más, de levantarme y luchar por un nuevo amanecer ahora que el golpe más duro había pasado o de la alegría de saber que por fin descansaría en paz. Los párpados cayeron unos instantes y me vi envuelta de nubes blancas. Ellas se reían, jugaban a frotarse contra mi piel como pequeños felinos. Jugaban hasta fundirse y derretirse por mis poros. Me vestían con un traje blanco precioso. Me sentí una ninfa; una Diosa. Y yo iba saltando por el cielo sin necesidad de llevar alas. Y alcanzaba a llegar a unas escaleras de caracol hechas de marfil. Las saltaba de dos en dos con los pies descalzos, pálidos y femeninos. Saltaba, saltaba, hasta llegar a una sala llena de libros. Yo sería la bibliotecaria de ése museo de palabras.

Nuevamente había perdido el conocimiento.


Grité de puro dolor. Mis cuerdas vocales temblaron frenéticas al instante que unas manos fuertes y anchan se clavaban en mi piel con fingida suavidad. Quise moverme, salir corriendo de aquél desconocido que pareció estremecerse al oírme. Mis ojos cansados buscaron aquellos verdes, suplicando una piedad que desde el principio había estado a mi vera. Pestañear dolía tanto como aquellas heridas abiertas y ligeramente inflamadas, infectadas. Lo que impedía que mi cerebro mandara órdenes correctas era la pérdida de mis cuernos.
Fue incapaz de subirme a su yegua blanca por los quejidos de agonía que me robaba al intentar alzarme. Se dedicó a rodearme con sus prominentes brazos para que yo al desnudo apoyara mi cabeza en su hombro, hundiendo, escondiéndome, el rostro en su cuello. Jadeé durante el viaje, con el frío mordiéndome cada centímetro del ser, muriéndome de miedo por no saber quién era aquél humano que tantas molestias se estaba tomando conmigo para que llegara a ser algo bueno. Quizá eran los recuerdos de los orcos los que me impedían ver mi positividad. Eran las manos sudorosas de aquellos seres los que me agarraban de cada extremidad, hiriéndome y robándome mis características demoníacas, opacando aquellas manos que, por el contrario, trataban de cubrir cuanto más pudieran mi piel para que no cogiera frío, regalándome una intimidad de la que el bosque sería testigo para los restos. Y caminaba deprisa para llegar antes a esa cabaña de madera, pequeña y acogedora. Humo salía por la chimenea mientras que por la pequeña ventana yo alcanza a ver una luz inestable. Como la de una hoguera.

Me tumbé encima de un manto de pieles de animal. El tacto era suave y cálido. Rápidamente me acomodé, observando cómo las brasas chispeaban a escasos metros de mí. Opiné que yo debería ser como aquella llama que consumía por sobrevivir. No me importaba que me usaran si yo salía beneficiada. Miré a ese hombre de cabellos oscuros como la noche. El silencio aun reinaba entre ambos. Pero yo podía oler su nerviosismo, no estaba seguro de nada. A mis fosas nasales no llegaba ni si quiera indicios de líquido preseminal. Él no estaba excitado de verme en cueros. Aunque claro, yo era incapaz de adivinar en qué condiciones me encontraba.

Pasaron las estrellas, jugueteando y bailando en el ancho firmamento oscuro. Mientras tanto, mi cuerpo empezaba a tomar consciencia a cada cuenco de sopa que él me tendía. Me daba lástima ser incapaz de mantener las manos sin temblar. Me odiaba por obligarle a cenar sin pronunciar palabra a estar en una esquina de la habitación. No me sentía tan apresada. Él se encargaba de dejarme espacio, el que quisiera. Se encargaba de sonreírme amablemente, sin romper el silencio que yo misma hilaba ante la duda de la situación en la que me encontraba. Yo me levanté finalmente de mi asiento. Mi rostro era el poema de la curiosidad y el miedo. Aun así, podía leerse en mi iris la intención de descubrir sus intenciones. Y, cuando mis labios se entreabrieron, sedientos de palabras, fue él quien adivinó mi inquietud, calmándola con una frase que en mi vida olvidaría. Completamente fuera de contexto.

- Siento si la sopa quedó demasiado salada.

Fui incapaz de decir nada, apretando mis labios para evitar vanamente una sonrisa tierna.
-Créeme que está en su punto.
-Tendré que curarle las heridas, sino quiere seguir un sufrimiento absurdo.

No dijimos nada más durante horas. Yo asentí como una mascota obediente. Jamás me imaginé que aquella noche hubiera estado aferrando mis dientes y mis uñas sobre las mantas. Me estremecía y gritaba ensordecedora del dolor cuando su diestra cosía las heridas de mis omoplatos. Él nunca preguntó qué había estado allí para ser arrancado. Y mucho menos el por qué ya no tenía mis alas. No hubo diálogo que expresara la falta de mi cola del mismo modo que siempre quedó en la duda las cicatrices de la cabeza que yo me molestaba en ocultar pero que él, leyéndome, trató de curar. Pero sí que su zurda acariciaba mi baja espalda con cariño. Sus dedos surcaban mis costillas y la curvatura de mi cadera. Trataba de amasarme, tranquilizar una fiera que desde nunca yo había poseído. En ése momento yo no era capaz de imaginar qué tan agradecida estaría de que me hubiese encontrado. No me imaginaba la dulzura que me vertía sobre la piel ardiente por la hoguera que observaba fijamente cada movimiento nuestro.


Finalmente los vendajes cubrían mis senos. Me había olvidado por unos instantes del olor a tierra y vegetación que se habían incrustado en mis poros cuando había estado por horas abandonada en el Foso Negro. Ahora era el agua de jazmín quien me perfumaba cuando aquél humano se había dedicado a frotar con parsimonia mi suciedad con un trapo. Me lavaba como si fuera un jarrón exótico y caro, como si me tuviera un aprecio. Podía notarle tranquilo, completamente en paz cuando yo peinaba con mis dedos mi cabello mojado. ¿Por qué él apostaba tanto por mi presencia?

Pronto salió el Sol cuando yo advertía que mi esencia no era la mía, sino la suya. Ya no quedaba rastro de un pasado. No físicamente. Era incapaz de advertir ni una sola fragancia, ni si quiera la propia. Yo olía a él. Estaba envuelta de su esencia sin ni si quiera haber sido capaz de ver el moreno que escondía debajo de sus prendas polvorientas, de cazador.  Él se estiró a mi lado cuando por fin me había dejado una de sus camisas. Me iba ancha y parecía un vestido. Me pregunté si yo seguiría entre esas cuatro paredes la noche siguiente. Si él me diría su nombre y si él acabaría por preguntarme el mío. Me pregunte cuánto tiempo seguiría abrazada a su aroma. Porque yo, casi sin querer, acabé adaptándome a él. Porque yo, casi en el fondo, entendí que no quería estar en ningún otro lugar. Y volví a llorar, lúcida de comprender que era la felicidad en estado líquido la que rodaba por mis pómulos. Era la magia quien me ataba a temblar entre sus brazos, debajo de aquellas gruesas mantas, enredando mis piernas con las de él. Y yo quería que me liara para siempre, que jamás me abandonara. Que sería capaz de ir descubriéndole de a poco. Que él sería mi motivo para respirar o que, mi pasado, había sido el destino cruel que me había puesto a prueba para ser definitivamente libre a su vera.
Adiviné días después que el sexo no era solo sexo. Y que, hacer el amor, era mucho más sencillo y placentero.

Lía con tus brazos un nudo de dos lazos que me ate a tu pecho, amor. Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda en mi corazón.
Shaylah Ninmehel
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Re: Lía

Mensaje por Miss Style el Lun Mayo 04, 2015 11:46 pm

¡Excelente, Hjira! Ahora sí es oficial, seáis bienvenida demonia!
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