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El jazz que amansa a los perros.

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El jazz que amansa a los perros.

Mensaje por Ron el Lun Mayo 11, 2015 3:19 am

¿Ese olor era lo que realmente captaba mi olfato? Una fina mezcla entre estiércol y hembra en celo atraía completamente mi instinto más fiero: el sexual.

Alzando mi hocico al cielo, tratando de encontrar la fuente de tan extravagante aroma, anduve y anduve, sin tener en cuenta mi alrededor, hasta llegar a la más horrenda criatura que había visto en los últimos años: Una hembra de orco, ataviada con dos cascos como sostén y una cota de malla a modo de falda, que no prevenía de observar sus genitales. Su color de piel era algo que oscilaba entre marrón y verde, su esencia corporal era cuanto menos vomitiva y sus facciones tampoco disipaban la subida de los fluidos estomacales por la garganta. Montaba en una carreta cargada de productos que apenas conseguía distinguir con mi olfato, pues su pútrido perfume eclipsaba todo lo demás, como si se tratase de un tipo de morfina especial para mi sensible sentido. Al frente de aquel vehículo tiraban dos animales un tanto extraños, musculosos, de unos dos metros y provistos de cuernos gruesos y largos, que pareciesen pesar una tonelada por la inclinación de la cabeza de aquellas bestias. Sin duda alguna, mi interés en aquella fémina se difuminó tan rápido como se esparció al aire la ventosidad que dejó escapar, con un sonido que competía en fiereza con el rugido de un león, dejando mis oídos un tanto aturdidos.

La escena no era especialmente agradable, aun menos observando como aquella orca confundía la cera que acababa de sacarse de sus orejas con oro mientras en las mías un sonoro pitido aun me mostraba lo resentidas que se hallaban tras aquel estruendo. Pero no todo era negro, y no lo decía por el color que acababa de dejar en el camino, sino porque aquel sendero que estaba siguiendo era el que acababa en Phonterek.

Aquella ciudad estaba llena de gente acomodada y las damiselas olían a perfumes sumamente agradables, entre flores y cosas indescriptibles con palabras desde el punto de olfato de un cánido…
Otro trueno interrumpió mis pensamientos, mientras que la onda de choque pareció hacer botar el trasero de aquella troglodita al menos un par de veces sobre su asiento.

Esta vez no pude contenerme y un cúmulo de carne, babas y ácidos estomacales cayó al suelo. Si quería salir vivo de ahí, tenía que alejarme rápidamente. El viento iba en la dirección contraria a la ciudad, por lo que si adelantaba a aquella individua sin que me comiese vivo, seguramente podía deshacerme de esa pestilencia. ¿Me confundiría con un trozo de comida errante?

Era un riesgo que debía correr. Sin más demora crucé a su lado como un rayo, mientras que a los diez metros pude oír el sonido de otro trueno acompañado por una tromba de agua. Sin duda, esta vez los gases le trajeron premio pesado. ¿Le importaría si acaso? ¿Sería ese su olor a estiércol? ¿Era la cota de mallas una medida preventiva de fácil limpiado de sus heces? Lo dudaba, pues era una orca. Aquella medida habría sido demasiado inteligente incluso para ella… E higiénica.

Horas más tarde me encontraba entrando por las puertas de Phonterek, una ciudad maravillosa, sin duda. La esencia de miles de damiselas refinadas entraban por mi nariz y atoraban mi cerebro, dejando solo escapar las ganas de aferrarme a las piernas de cada una de ellas mientras ejercía un sensual baile de caderas típico de los perros. Algo muy erótico para cualquiera que tuviese el honor de visualizarlo. Pensaba meter el hocico entre cada par de piernas que pudiera. O no, pues debía tener cuidado con la guardia. Mi armadura delataba que no me trataba de un perro corriente, quizás, cuanto menos, un perro educado o entrenado. Debía ser cauteloso y buscar a alguien que pudiese servirme de tapadera, un “amo temporal”.


Última edición por Ron el Sáb Mayo 16, 2015 7:30 pm, editado 2 veces


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Re: El jazz que amansa a los perros.

Mensaje por Jazz el Lun Mayo 11, 2015 4:23 am

Sentado en una cornisa me hallaba cantando una canción, plena esta en dulces fechorías que cometían las palabras en los corazones de aquellas doncellas encandiladas con mi son. Acariciaba las cuerdas de mi laúd, obnubilado en mi propio mundo de sonidos mientras todo aquél espectáculo de mozas formaban un corro torno a mi. Me explayé siendo obsceno en algunas partes de canciones, lancé una pícara mirada de cuando en cuando a la rubia y pelirroja que me miraban de soslayo en el fondo. Dioses, que diversión más grata era el entretenimiento de aquellas nobles mozas, mientras mi mente solo pensaba en el oro del irritado panzón que me miraba con un profundo odio por mi talento.

-A penas un bardo de tres al cuarto- espetó, haciéndome yo el ofendido por tales palabras.

-Muy buen señor, si tal desazón le causan mis palabras, le invito a que se vaya con viento fresco y no vuelva a posar sus obviamente embrutecidas orejas en mi dulce descanso de buena mañana. - se enfureció, como era obvio. A esos pichasflojas, acostumbrados a que les besasen el culo por cada pedo que se tiraban, no les gustaba nada que alguien fuese tan elocuentemente groseros con sus personas.

- ¡Voto a bríos de que usted será castigado, bribón! Burdo bardo es lo que es, maleducado con las buenas gentes entre las cuales me hallo - espetó, ya enrojecido por la sangre que se le había subido a la cabeza - ¿Qué es eso de predicar con obscenidades a plena luz del día? ¿No tienen vergüenza los vagabundos zarrapastrosos de tu calaña? Luminaris castigará con su justo pensar a tan pobres almas como la vuestra - culminó, intentando batallar contra mi obvia superioridad dialéctica.

- ¿Burro bardo me ha llamado? Tal vez burdo, pero ese acento tan marcado de pomposo acomodado no me ha dejado descifrar la verborrea ininteligible que tal podrida lengua me halla podido soltar -sonreí con petulancia, sacando una nota de mi laúd y con ella acompañando las risas bajas de las doncellas que se divertían con la humillación- Por suerte yo no sirvo a Luminaris, sino a mi musical señor Mordekaiser - hice una pequeña reverencia con la cabeza al pronunciar su nombre - él que me ha dotado con sus dones para que predique con lujuria y pasión por los cuatro costados de este mundo. Todo vale para una canción, señor de bolsa abultada; no veo a estas señoritas ofenderse, más bien se ofende su triste pene, al pensar que nunca en sus mejores momentos podrá encandilar a estas damas con más promesa que la del oro rebosante entre sus dedos ¿Es así? - amplié la sonrisa, esgrimiéndola con arrogancia. Me puse en pié, cayendo deliberadamente del borde para ponerme frente al gordo cabrón, objetivo de mis ''sutiles'' ataques. Ciertamente, con tanta mención del oro casi se me escapan las intenciones.

- ¡Os estrangularía aquí mismo si no fuese un hombre civilizado y temiese enturbiar las mentes de estas muchachas con tal horrendo espectáculo - a pesar de todo avanzó unos pasos, quedándose frente a mi sin que yo abandonase en ningún momento esa sonrisa arrogante que tanto enfurecía a los de su clase. - ¡Jamás he visto a tal imbécil esgrimir palabras de forma tan estúpida hacia mi persona! ¡No me imagino del vientre de que furcia debe usted haber salido! - tomé estoico aquél insulto, pues en mis adentros ya me reía pues su pesada bolsa ahora descansaba en el fondo del morral que me había ajenciado. Con el provecho de su enfurecimiento, conseguí librarle de tan pesada carga sin que siquiera se enterase de lo que pasaba. No era sino una humilde diversión, pues tenía en claro por las humildes damas del prostíbulo, que aquél hijo de la gran puta era famoso por golpear a aquellas que le satisfacían. Galante caballero, si se tiene a don dinero para pagar por el placer....

- Me voy, no soporto más el hedor de vuestro aliento y la saña con la que os habéis enzarzado con mi buena madre, en paz descanse - una pequeña mentira para ganarme miradas de compasión por parte de aquellas damas (Creo que una de ellas, la pelirroja, se había percatado de lo que había hecho, pues sonreía con cierta picardía y diversión). Una vez empecé camino, aligeré paso para librarme de escuchar los berridos de ''Al ladrón'' que seguramente escucharía. Encontré a un mendigo tirado en la calle, seguramente de mala baba y que gastaría el oro en alcohol, pero le dejé la bolsa de todas formas, pues me inculpaba y yo en realidad apenas quería un par de monedas para comprar comida y licor (Bardo bueno es el que bebe para buscar su inspiración... y vicioso, todo hay que decirlo).

Ahí estaban, escuché al fondo de la calle los gritos indignados que había estado esperando. Siquiera me dio tiempo a ver la reacción del mendigo ante el descubrimiento del oro, pues puse pies en polvorosa y corrí con una sonrisa de profunda diversión en los labios, libre de las ataduras mundanas que regían a aquellos tristes nobles. A pesar de que me había molestado en no aligerar demasiado (Pues deseaba que él me alcanzase) tuve incluso que detenerme un par de segundos para que le diese tiempo a alcanzarme. Sudoroso, corría en pos mía con el rostro acalorado, evidentemente falto de aliento por su escasa costumbre en aquellos ''grandes esfuerzos físicos''. Disimulé, sentándome en el suelo con total pereza, mientras de mi laúd sacaba un par de notas. Estaba de suerte, sin duda, conocía a uno de los guardas y, por su sonrisa cómplice, estaba seguro de que él me reconocía a mi.

- ¡Este és...! - vociferó el gordo, tomando el aire a trompicones - ¡Estoy seguro de que este vil pendenciero es el responsable del robo de mi dinero! - apuntó su dedo morcillón hacia mi persona, ante cuya acusación yo solo puse la mejor de mis caras de estupefacción.

- ¿Yo? ¿Ladrón? - dije, fingiendo incredulidad - ¿No le basta con insultarme ante aquellas señoritas que ahora pretende desprestigiarme ante la honrada guardia de esta ciudad? - pasé a la indignación, con ligeros toques de enfurecimiento. Me alcé, posando cariñosamente el laúd en la pared en la que había apoyado mi espalda con anterioridad, extendiendo los brazos como señal de total libertad para que me registrasen - ¡Pues busquen el oro de este ''buen señor! - puse hasta la última gota de veneno en las dos últimas palabras - estoy seguro de que tal pedante pomposo, falsamente entendido de música, portaba una bolsa especialmente pesada y abultada; no será difícil de encontrar - antes de cachearme, Kirk (El guardia que había reconocido) le susurró algo a su compañero, tras lo cual este asintió y prosiguieron con lo que debían. Lo hicieron concienzudamente, incluso echaron mano de la pequeña bolsa donde guardaba ''mi'' dinero y mostraron su contenido al gordo cabrón, que parecía profundamente contrariado.

-¡La habrá escondido o la habrá tirado por ahí! - gritó enfurecido, estando plenamente seguro (Y acertando) en que yo era el perpetrador del crimen. Aunque por fuera yo mostraba un actitud de inmensa indignación, en mis adentros solo podía reírme descontroladamente. No podía sino deleitarme con la enorme variedad de gestos que podía realizar aquella enrojecida y regordeta cara era capaz de articular en apenas unos segundos.

- ¿Escondido en tan poco tiempo? - dijo Kirk.

- ¿Robarle y arriesgarse a ser apresado por tirarlo luego? - secundó el otro guardia, el cual me era vagamente conocido.

- Lo siento, señor, pero me temo que este no es el hombre al que buscamos - aventuró Kirk, desviando las atenciones de mi - tal vez otra persona se aventuró en el grupillo de oyentes y aprovechó un descuido suyo para robarle, pero no veo como el bardo lo podría haber hecho a la vista de todos - concluyó, astútamente. - Me quedaré con él para conocer mejor su versión, acompañe usted a Yanik para que pueda ayudarle en la búsqueda de otros sospechosos-

El compañero de Kirk se lo llevó, siendo que el acaudalado gordinflón no cabía en la confusión que le embargaba. Una vez me aseguré de que ya no me miraba, esgrimí una sonrisa de profunda diversión que Kirk secundó con cierta malicia. Desde hacía tiempo venía haciendo este tipo de cosas en la ciudad, con separaciones en su frecuencia para que no sospechasen de mi. Ciertamente, era escasa la recompensa que reclamaba por ello, pero la satisfacción que me producía el hacer estallar en rabia y consternación a aquellos ricachones acomodados servían para mil canciones satíricas.

- Bien, Jazz ¿Donde está el oro? - obviamente Kirk solo me apoyaba por el oro; él tenía un alma mucho más avariciosa que la mía, pero era un gran compañero de juergas y siempre me pagaba las copas gracias a las ganancias que yo le creaba.

- Se lo dejé al mendigo que te has cruzado viniendo hacia aquí - contesté, indiferente, encogiéndome de hombros ante la cara de molestia que mostró Kirk al contárselo.

- Agh... siempre igual, no puedes dejarlo en un rincón como todo el mundo. La última vez lo dejaste en la cesta de flores de una niña que las vendía - replicó - estoy seguro de que se quedó con algunas -

- ¿Y qué más dá? Sigues teniendo muchas ganancias y la pobre niña también tiene que llevarse el pan a la boca - le sonreí afablemente, con una de esas sonrisas que desarman todas las antipatías que pueda ganarse uno, reluciente como el sol de la mañana. - Venga ve a buscarlo y nos vamos a la taberna a tomar algo - le dije, sentándome junto a mi laúd y tomándolo para entonar una canción animada, una balada a los gordos incautos que dejaban sus bolsas a buen recaudo de un bardo picarón. Kirk marchó y ahí me quedé yo, con una sonrisa en el rostro y unas monedas más en el bolsillo interior de mi pantalón.
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Re: El jazz que amansa a los perros.

Mensaje por Ron el Mar Mayo 12, 2015 8:37 pm

El aroma se intensificaba y una melodía acompañaba a tan suculento manjar olfativo. Un grupo de féminas se agolpaban a mi frente, distraídas por la sonata de un bardo. Sin pensarlo demasiado, dejándome llevar por el instinto, aproveché la situación para olisquear aquí y allá entre las piernas de las susodichas. La mayoría hacía gestos con la mano, como si tratase de espantar a una mosca, cada vez que indagaba demasiado en ellas. Había un menú tan variado… Algún que otro plato de sangre menstrual, diversos postres de algún que otro genital humedecido, quizás por la melodiosa canción de fondo o el aspecto del bardo… Estaba disfrutando encarecidamente, hasta que una discusión hizo presencia.

Un tipo gordinflón, cargado de dinero, acusaba de mala manera al bardo y éste, con picardía, le hacía la puñeta, ridiculizándole ante todo espectador. Los dedos de aquél con sobrepeso me daban hambre… Era como ver las tripas de una vaca agitándose como si se tratasen de anguilas… Me apetecía morderlos, pero debía controlarme por el momento.

En uno de los puntos de la conversación aquel músico con una destreza impresionante y valiéndose de la distracción que había creado, echó mano al botín que cargaba aquella mole de grasa. ¿Se habrían percatado los demás? Ya me había costado a mí, aún con mi vista canina y la percepción de los gestos que tenía. Aquel discípulo de Mordekaiser, astutamente, sirviéndose de los insultos que el rechoncho le brindaba, marchó prestamente, y tras él a una distancia prudente fui yo en mis cuatro patas. La bolsa acabó junto a un mendigo con fuerte olor a alcohol antes de que nadie más le siguiese el rastro.

Era divertido como se estaba burlando de la burguesía de aquella ciudadela, correteando frente al hipopótamo y parándose a ratos para que le alcanzase, tras que un grito alertase a la guardia del robo. Era como presenciar una persecución extravagante: un cerdo sudoroso dando caza a un zorro.

El espectáculo no acababa ahí, pues aquel bardo resultó tener contactos dentro de la guardia de la ciudad, librándose de cualquier castigo y dejando a aquella ballena estupefacta.

Tenía cosas que aprender de aquel individuo: tanta picardía me vendría bien si alguna vez necesitaba usar mi parla humana.
Uno de los guardias salió en búsqueda del dinero, el otro, acompañó lejos al gordinflón. El bardo, por su parte, se acomodó en el suelo, haciendo uso de su laúd y melódica voz para entonar una divertida balada, un gesto burlesco más hacia aquel al que acababa de tomar el pelo. ¿Debía ayudar al guardia a encontrar el oro y tratar de ganarme el favor de ambos, pues se reunirían más tarde según su conversación, o quedarme escuchando al cantautor? La última me pareció la medida más segura, pues esos trotadores de mundo no solían permanecer mucho tiempo en las ciudades y nada me aseguraba que no fuese a emprender su viaje de un momento a otro.

Me acerqué, jadeando suavemente, con la plenitud de mi lengua colgando, tratando de adoptar una imagen simpática. Mis orejas completamente empinadas enfocaban la fuente de aquel embelesador manjar auditivo y mi rabo se agitaba lentamente en el aire. ¿Sería suficiente eso para llamar su atención? Me apenaba la idea de estropear su obra con mis aullidos, pero mi instinto me incitaba a aullar al compás y así lo hice, sentado frente a su persona. ¿Conseguiría que me invitase a ir con él para poder aprender más de su astucia humana de trotamundos o me confundiría con un perro de la guardia por mi armadura?


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