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Los Cuervos de Zheroker

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Los Cuervos de Zheroker

Mensaje por Sáharä Ahnjë el Miér Mayo 27, 2015 11:55 pm

La leyenda.

“Dicen que cuando el pueblo Hunta, nuestra gente emigró del sur buscando tierras propias para asentar su ciudad, un oso, grande y pardo los guío hasta al norte, a las tierras que hoy llamamos Zheroker.

El camino desde las llanuras no fue fácil, y la presencia del oso no fue de ninguna manera una casualidad. Como tampoco fue casualidad que los hábiles cazadores no descargaran sus arcos contra una bestia tan feroz de la que por supuesto sabíamos se puede hacer ropa con su piel y el precioso aceite con sus vísceras.

Los Hunta, no eran un pueblo desterrado, más bien eran nómadas. Viajaban de la montaña a la llanura, de las estepas al mar, de Norte a Sur y de Este a Oeste. Cazaban y sin anticiparlo, nuestra gente se volvió maestra del arco y la flecha. Dominamos el fino arte del acecho tanto en bosque como pastizal y no hubo ni hay criatura en Noreth que no fuera abatida por nuestro arte.

Nuestro pueblo viajo siempre en caravanas a pie. Y con el fruto de nuestro esfuerzo, cazamos para grandes señores. Pronto conseguimos como paga también caballos; y aprendimos a dominar a esas fieles y nobles criaturas para que tiraran nuestros carros y carretas, para que cargaran nuestras presas y llevaran a nuestros ancianos. Y el clan creció.

No es raro encontrar herencia Hunta en todo Noreth, pues en todo Noreth estuvimos. Compartimos con aquellos que nos abrieron sus ciudades nuestra cultura y nuestras pieles; nuestra música y lengua y nuestra madera tallada. Compartimos también con aquellos que nos repudiaron nuestra sangre y nuestras flechas; nuestras lanzas, nuestro sudor y repartimos muerte tanto como muertos hubo entre nosotros.
Guardamos nuestros secretos. El secreto de la caza, y de la fabricación de arcos potentes y atesoramos todo lo que aprendimos en nuestros viajes.

Pero los días de nomadismo estaban contados por las estrellas y los dioses depararon con mucha anticipación que nuestra vida errante y dispersa llegaría a su fin con el rugido del oso. y llego así el día, que cazando en las llanuras al sur del pantano de swash, los cazadores que seguían la sombra de una presa escurridiza vieron levantarse de la tierra, como quien nace de esta, la potente y majestuosa figura de un enorme oso de pelaje pardo. El cual, erguido en sus patas traseras era tan grande como dos cazadores uno en los hombros del otro.

Los cazadores no pudieron sino dar un paso atrás y seguramente más de uno ahogó un grito de terror ante tal espectacular criatura. Pero eso no fue lo extraño, pues ante tal aparición, lo que era de esperarse, conociendo el temple y la vocación Hunta es que los cazadores, aun temerosos, hubieran levantado sus arcos y los hubieran descargado contra el oso, abatiéndolo al instante y sin embargo, aquella silueta era tan majestuosa que lejos de pensar de atacar, los cazadores, sumisos por vez primera rindieron sus arcos sin darse cuenta y como hechizados admiraron la poderosa figura del oso.

Tan pronto el oso se percató del acto de los cazadores, plató las patas delanteras en el suelo y caminó lenta y seguramente hacía ellos; sus pasos, no sonaban en el suelo seco, sus pesadas huellas no se marcaban en la tierra y la hierba no se movía a su paso. Como si fuera un espíritu, el oso se movía como si atravesara la vegetación. A pesar de su andar tosco de apariencia, su cuerpo parecía fluir suavemente hacía los cazadores y su cuerpo parecía ocultarse, desaparecer y desvanecerse para luego reaparecer a cada paso.

Y se acercó a los cazadores, y el oso vio sus armas, y con un gesto de incredulidad las comparó con sus propias garras y de repente, sin previo aviso, desapareció. El oso echó a correr en dirección al norte; por las estepas. Y su cuerpo se fundía con la hierba y el pasto, y los matorrales bajos lo ocultaban se camuflaba y reaparecía. Y los cazadores, encantados de aquella criatura le siguieron. No para cazarlo o dispararle, sino embelesados, admirados por tan maravillosa criatura. Por vez primera, no era la sed de caza ni la gloria lo que los motivaba a seguir al oso, era más; era como la visión de un ser que te atrapa; como una canción que permanece en la mente, como música.

Los cazadores corrieron por las llanuras, y otros se fueron uniendo y los demás los seguían. Corrieron al norte, corrieron por el pantano y corrieron por el bosque. Subieron colinas y descendieron entre piedras desnudas y grises. Siguieron de cerca al oso y el oso no dejaba que se acercaran, pero cuando los cazadores debían descansar los esperaba. Siguieron al oso durante cinco noches hasta que la luna fue roja en el cielo nocturno. Y esa noche el oso se detuvo.

Los cazadores rodearon al enorme oso, y con un gesto, el oso les mostro el lugar. Los Huntas no pudoieron sino quedar maravillados ante el paisaje que los rodeaba; tanta fuerza, tanta concentración pusieron en el aquel ser maravilloso que no se percataron del hermoso lugar en el que se encontraban. El oso, los había guiado y los hunta entendieron que era allí a donde pertenecían, que era hora de extender sus raíces en la tierra y asentarse en aquel lugar. Y el oso desapareció.”


Como siempre lo hacían, los huntas establecieron su campamento en ese lugar, dibujando tres círculos paralelos, con las mujeres, niños y ancianos en el círculo interno para protección. No todas las mujeres ocupaban el círculo interno, por supuesto, en la sociedad hunta, las mujeres no sólo cazaban, sino que muchas veces se encargaban de enseñar a los más jóvenes el uso del arco, además de las tareas como lavar y tejer prendas así como tallar las astas de las flechas.

Treinta días permanecieron los huntas en ese lugar sin señales del oso, sin embargo, y a pesar de sus instintos nómadas, no se movieron. La mayoría, salía a cazar a los alrededores y regresaba con alguna presa al caer la noche. Pero esa noche, los cazadores regresaron con las manos vacías. Y el oso volvió. Pero no volvió solo. Esa vez los huntas miraron con terror y admiración al oeste. Por las amplias y doradas llanuras bañadas de luna, vieron llegar como sombras espectrales a los osos. Cientos de siluetas bañadas por la tenue luna se movían como olas silentes de poderosa y devastación. No hacían ruido, y sus pasos no sonaban y sus pieles se perdían en el dorado de los campos. Sus cuerpos grandes y fornidos se mecían con cadencia suave a cada paso de su carrera. Los huntas por vez primera, tuvieron mucho miedo. Como quien ve a los espíritus de todo cuanto a asesinado; como si tu Dios viniera a hacerte justicia.

Pero no fue eso lo que paso. Los osos, compartieron el campamento con el clan humano y los hombres de ellos aprendieron a conocer la tierra.

Aprendieron a recolectar los frutos y hongos que podían comer y a distinguir aquellos que debían evitar o con los que podían enfermar. Aprendieron en que ríos y en qué temporada pescar y así mismo aprendieron qué deben guardar provisiones pues la temporada helada destruye las plantas y nada crece por meses hasta la primavera. Los huntas, amantes del camino y las estaciones, amantes del viento y la libertad aprendieron a amar la tierra y cuidarla como propia.

Los hunta vivieron con los osos muchos años, y los osos dejaron el cuidado de sus tierras a estos hombres, y un día, como entre las sombras vinieron, entre las sombras desaparecieron.
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Sáharä Ahnjë

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Re: Los Cuervos de Zheroker

Mensaje por Sáharä Ahnjë el Jue Mayo 28, 2015 4:44 pm

La época de gloria quedó atrás. Los días de las gestas heroicas y románticas historias se marcharon con el soplo del viento. Es el anochecer del tiempo y el crudo despertar de los días presentes nos arroja violentamente en ésta, la siguiente edad de Noreth.
Ahora, la época oscura y los días de pesar prevalecen, gobiernan sobre nuestras cabezas; el daño está hecho.

Lo que fue, ya no es. Lo que fue no será.


-//-

La mañana se coló por las ventanas del humilde castillo de piedra desnuda. Frío y cristalino el cielo desechó las nubes para presentar en su totalidad al astro rey las tierras del norte; pero en estos páramos, y en estas latitudes su brillante potencia poco calor brinda a los corazones de los hombres que furtivamente se reunieron en aquella oscura habitación.


Afirmación.

-La información es correcta, el enemigo estará fuera del muro Este antes del anochecer de mañana. -Dijo con voz grave Árastoo, líder de las “Alas del Negras,” y que estaba sentado a la derecha del regente de la ciudad, su padre.

-¿Cuántos son?- preguntó el hombre ocupaba la cabecera de la tosca mesa; el regente.

-Mil, quizás mil quinientos. –Respondió serena, pero gravemente Árastoo para luego guardar silencio súbitamente y llevarse las manos a la barbilla.

-¿Cuántos hombres tenemos?- Volvió a decir pesadamente Shapur, el regente; levantando la mirada a los demás asistentes que ocupaban sus lugares a lo largo de la mesa.

-Tengo 100 espadas listas para luchar, más las que se sumen en la leva. Dijo Sanaz, notablemente nervioso pues sus manos temblaban y sudaba como puerco en las brasas.

-Yo tengo 70 jinetes, señor y lanzas y hachas para armarlos, pero puedo disponer de otros 50 caballos, aunque no sé si eso sirva pues los hombres reclutados en la leva no sabrán moverse sobre una montura… Señor.- Dijo Gulbadan, señor encargado de los jinetes de la ciudad, en su adiestramiento en el cuidado de los caballos del regente y del ejército.

-Yo tengo otro centenar de arqueros señor; ahora mismo ya patrullan la muralla del este y supervisan el avance de la construcción de la palizada.- Habló Zaleh, capitán del cuerpo de arquería, pero fue interrumpido por un movimiento de mano de Shapur, el regente.

-Doscientos setenta hombres… -Dijo Shapur lamentándose con serenidad. ¿Cuántos de ellos fueron en realidad entrenados? ¿Cien? ¿Doscientos?

-Doscientos, mi señor.- Respondió Gulbadan con severidad. De los tres capitanes era él el que permanecía menos afectado por la inminente batalla y el único que parecía no sentir vergüenza de contar con tan pocos hombres para defender la ciudad.

-¿Qué hay de los refuerzos, vendrán a ayudarnos desde Zheroker, de Ciudad Cemnterio quizás?- Dijo Shapur con un dejo de esperanza.

-No señor.- Respondió Zaleh. –Ambas ciudades tienen sus tropas comprometidas y no pueden mandar refuerzos.-

-Doscientos soldados. –repitió Shapur el regente, casi con sarcasmo. –Doscientos soldados contra un ejército de 1,500 ratas. –Finalizó para luego quedarse callado y pensar un poco.
A sus más de cuarenta años, Shapur había vivido más que la mayoría de sus contemporáneos, había sido y era aún un fiero guerrero pero era un aún mejor líder. Su padre, Shapán había sido consejero del clan de la escama azul y gran estratega, Shapur había aprendido de él el arte de la guerra y éste lo había transmitido sabiamente a sus hijos y a su gente, pero desde que se instalaran en estas tierras hace más de 20 años Shapur nunca había enfrentado un ataque tan terrible con tan pocos hombres.

Ya antes había combatido ratas y vencido, pero sabía bien de lo que esos seres rastreros eran capaces de hacer y los encontraba como adversarios formidables. Eran inteligentes, rápidos y numerosos, pero lo peor, es que eran totalmente sanguinarios. Un oponente que no dudará en usar a sus propios caídos como escudo. Y Shapur lo sabía. Había aprendido de ellos.

El regente dejó sus cavilaciones de lado y retomó la palabra. –Al menos viene contra corriente. Si esas cosas hubieran venido en la dirección del río, ¡¿Quién sabe que venenos nos estarían haciendo tragar esas cosas?! –Todos dieron un trago amargo luego de estas palabras y hasta el mismo Sanaz, capitán de la infantería sintió sus intestinos dar un vuelco. Luego el regente siguió.
-¿Cómo van los trabajos en el muro y la palizada? -Preguntó ahora un poco más sereno.
Sanaz tomó la palabra, dando un fuerte trago de saliva antes de hablar. Toda la ciudad está trabajando en el muro, la fosa y la palizada, mujeres, hombres y viejos sin importar el oficio. Los carpinteros y albañiles hacen el mayor trabajo pero dirigen bien a los demás, todos saben lo precipitado de la situación. Se están enterrando estacas en de toda la muralla Este desde 6 metros delante de ésta y una estructura firme justo bajo el muro en el foso. El muro está también siendo reforzado…

-Bien.- Interrumpió Shapur con cierto sentimiento de orgullo pues su pueblo estaba unido en este tiempo, aunque fueran días malos. Luego continuó. -¿Qué hay del mago?

-No es un mago. –Corrigió Arastoo. – Es un alquimista, y según él, nos informará de su avance tan pronto nos sepa si podrá ayudarnos o no.

Súbitamente, la voz de Arash el sacerdote se escuchó con la fuerza de los nervios y el disgusto. Exigiendo con fuerza al regente. –¡Basta ya de palabrería! ¡¿Qué están locos?! ¡¿No ven que tenemos las garras de las ratas en el pescuezo?¡ ¡Todo eso que dicen está bien, pero no han hablado nada de lo que van a hacer! ¿Entonces hay un plan o no?-

Todos en la mesa se sobresaltaron, incluso Atafee “el calmado” consejero que en su mente, tenía claro cuáles eran los pasos a seguir en esta situación, y sin duda, lo sabían todos menos el clérigo que, colérico había levantado la voz.

Atafee, que era el más cercano a Arash el sacerdote se levantó de su asiento y poniendo la mano firme en el hombro de éste, le obligó a sentarse y estar calmado; luego, Shapur tomó la palabra y en voz alta, trazó el plan que ya todos imaginaban. Para que quedara claro.

Luego de unas horas, la reunión terminó y uno a uno fueron abandonando el salón, al final Shapur hizo quedar a su hijo hasta el final y en voz baja y acercándose a él le preguntó: -¿De esos doscientos soldados entrenados, dime hijo, cuántos son de “nuestra” gente?-

-Casi todos. –respondió pesadamente Arastoo; y ambos, padre e hijo sintieron una fuerte punzada en el corazón.
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