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Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Jue Mayo 28, 2015 12:25 am

-No creo que pueda hacerlo sola, Heimwolf. Es demasiado pronto- recordaba haber dicho la chica dos días atrás.
-Bobadas- le había contestado su maestro, con una risa en el rostro que ella no había podido detectar- Ya eres capaz de recorrer la ciudad entera sin siquiera tropezar con alguien.
-Hescod me la conozco de memoria, pero no sabría llegar a Dalkia, de hecho, no sabría llegar sin tu ayuda a ningún sitio en el que no hubiese estado antes- Elinor se frotó los ojos al decir esto, como hacía cada vez que dudaba de si misma. Se había convertido en una costumbre el asegurarse de que la cinta que tapaba su vergüenza se encontraba en su lugar cada vez que algo la aterraba.
-Pues vas a tener que lograr ir a Dalkia solita, Elí. Los hombres del corregidor no van a descansar durante tantos días, van a seguir azotando a la gente de los barrios pobres, así que no puedo ausentarme de Hescod, y necesitamos que vayas a vender esas hierbas que cogimos del bosque a Rina antes de que llegue el invierno, o tendremos que empezar a comernos las paredes de la casa- las palabras de Heimwolf estaban llenas de cariño y, tal y como Elinor, que tan bien lo conocía, pudo notar, él también temía por ella.
-Déjame quedarme contigo, Heimwolf, te ayudaré a luchar contra esos malditos, puedo hacerlo- la chica cogió por los hombros al hombre que para ella era padre y mentor, suplicándole que no la mandase lejos de él.
-¿Puedes luchar contra los hombres del corregidor y no puedes llegar a Dalkia?- Heimwolf adquirió un tono de sorna pero, adivinó Elí, también intentaba hacer que ella se percatara de algo…
-Si lucho contra ellos…- comenzó a decir, mientras recobraba la compostura.
-…yo estaré contigo. Y es por eso que quiero que vayas a Dalkia, pequeña. Se que es un viaje difícil. Ni siquiera aunque pudieses ver, no es un buen camino para una chica de dieciséis años, pero a ti lo que te asusta no es el camino, Elinor.
-A mi lo que me asusta es…- ya lo sabía, claro. Su maestro había hecho que ella lo adivinase, porque eso es lo que hace un buen maestro, no camina por ti, si no que te muestra como seguir tú el camino- Lo que me asusta es no tenerte cerca, saber que no voy a poder contar con tu ayuda.
-Eso es Elí, y es por eso que eres la “chica sin miedo”. Algún día te darás cuenta de que no necesitas tenerme cerca para contar conmigo, pequeña, porque aquellos a los que amamos siempre viajan con nosotros. Incluso el día que nos dejan para siempre.
-No lo entiendo, Heimwolf- dijo la muchacha, aún más dudosa y confusa que antes, y se recolocó de nuevo la cinta de los ojos.
-Claro que no, eres demasiado joven. Ahora ve a preparar tus cosas; Rina te espera para dentro de tres días- el maestro le dio una palmada en la cintura a la chica, encaminándola hacia su cuarto, pero esta se quedó de piedra, sin poder moverse.
-¿No tendré que ir a caballo?
-¿Por qué clase de maestro de la caridad me tomas?-ahora Heimwolf bromeaba por completo, intentando que su aprendiza se relajara- Irás a pie.
Incluso para un ciego era evidente lo aliviada que se sintió Elí por saber que no tendría que ir a caballo hasta Dalkia.

-//-

Tal y como había vaticinado el maestro, el camino a Dalkia no fue sencillo, no solo por las dificultades a las que la chica estaba acostumbrada, si no porque resultó estar casi vacío de caminantes, siendo carromatos y jinetes quienes lo recorrían en su mayoría, levantando una humareda que atontaba los sentidos aurománticos de la chica. Elinor había podido seguirlo sin problemas, pero la duda la invadía cada vez que llegaba a una bifurcación ¿Hacia donde debía continuar? En esas situaciones, recordaba las lecciones de Heimwolf: “Aquellos que tienen el don de la vista tienden a ser impacientes, pues la luz va desapareciendo para ellos a medida que transcurre el día, Elinor; nosotros, los ciegos, debemos tomar la paciencia por arma, y esperar hasta que las circunstancias sean propicias para nuestros propósitos”. Y, siguiendo las lecciones de su maestro, aquello hacía la chica cada vez que dudaba por donde continuar; se apoyaba en su bastón y, como si se tratase de una extraña danza, arrastraba uno de sus pies por la arena del camino, esperando hasta que detectase a alguien que pudiese ayudarla. Temía cada vez que hacía aquello, claro, pues no podía saber si la guía de aquellas personas era bienintencionada, pero, se dijo a si misma, alguien que no supiese leer y no conociese el camino, estaría en su misma situación, incluso pudiendo ver.
Tras muchas dudas, paradas, y habiendo pasado dos noches acampando a un lado del camino, en zonas que se encargó de rastrear palmo a palmo, asegurándose de que estar realmente sola, preguntó por enésima vez cual era el camino a Dalkia.
-¡Ay! Pobrecita niña mía, tan sola y… con tu problema- dijo una mujer, anciana, presumió Elinor, por su forma de hablar, a la que había solicitado su guía- Estás solo a media hora de Dalkia, pero date prisa, se está echando la noche encima.
-Si, chavalita- dijo, desde una distancia mayor, una voz de hombre- Mejor será que te des prisa, que los dalkianos, cuando llega la noche, a todos los vemos como enemigos.
-Y no nos gustan nada los “planta-cebollas” de Shading- añadió una tercera voz, también de hombre, que se encontraba junto al otro.
-Gracias por vuestra ayuda, buena mujer- Elinor dudó un instante, antes de añadir- Y también os agradezco el consejo, mis señores- y, sin dar tiempo a que ninguno respondiera, aceleró el paso hacia la ciudad.

Si Elinor hubiese podido, aunque fuera durante un segundo, ver lo que sucedía a su alrededor, se hubiese dado cuenta de que, tras partir, la anciana a la que había preguntado, había movido los labios, sin pronunciar palabra, dirigiendo su mirada hacia los dos hombres, dos soldados Dalkianos. “Alejaos de ella”, decía, completamente muda, aquella mujer. Sin embargo, y aquello Elinor si lo pudo percibir, los dos hombres, sin pensárselo, comenzaron a seguir a la chica ciega.

-//-

Elinor caminaba cada vez más rápido, tanto, que comenzó a perder el ritmo que tantos años le había costado adquirir con su bastón. Normalmente, la chica no caminaba de un modo inconsciente, si no teniendo siempre muy en cuenta el compás que llevaba, plantando y girando sobre el suelo su cayado según la velocidad a la que caminaba. Pero Heimwolf aún no le había enseñado como podía sentir lo que sucedía a su alrededor si necesitaba caminar realmente rápido, y correr era algo con lo que, de momento, ni soñaba. “Date cuatro años más, Elí, y verás como eres capaz de ir tan rápido que te parecerá que vuelas sobre la ciudad”, solía decir el maestro, pero aún no había llegado ese momento, y Elinor había chocado con algunas personas por intentar acelerar el ritmo. Había memorizado la voz y la pisada de sus dos perseguidores, y sabía que la seguían muy de cerca; también había detectado cierto tintineo metálico que acompañaba a sus pisadas, por lo que pocas dudas le quedaban al respecto de si sus perseguidores iban armados.

De repente, un hedor la azotó como si de un bofetón se tratase, una mezcla de orines, sangre derramada, animales y sudor humano, sobretodo sudor humano, pero jamás un olor desagradable fue tan bien recibido. Elinor sabía, solo por aquel hedor y por el bullicio que lo había conseguido, estaba en una ciudad, y no podía ser otra que Dalkia. La chica respiró hondo, sin detenerse, pero aminorando el paso, recobrando la calma. Ahora estaba en su ambiente, era una ciudad, no sería su ciudad, pero si una ciudad, y tan solo tenía que mantenerse alerta para dejar atrás a los dos hombres, perdiéndose entre la gente, que, por suerte, no era una gran multitud, pues eso la hubiese aterrorizado incluso más que los dos hombres que la perseguían. Su bastón comenzó a arrastrarse presto y certero por las adoquinadas calles, y detectó aquellos caminos más estrechos, introduciéndose en ellos. Así estuvo durante casi una hora, hasta que, por más que caminó y buscó, dejó de sentir a sus espaldas aquellos pasos, aquellas voces y, sobre todo, el atemorizador tintineo característico de los hombres armados.

-//-

Con la calma de no sentirse perseguida, Elinor pudo indagar tranquila por las calles de Dalkia. La ciudad parecía fuertemente protegida, y la presencia marcial se hacía muy presente. Los muros eran robustos, de piedra, y las casas estaban dispuestas en zonas interiores, dejando amplias calles al exterior, por las que pudiesen transitar, sin problemas, los ejércitos de la ciudad. La zona en la que se encontraba La Tranca Torcida, la primera posada que encontró la chica, era un lugar oscuro, de la zona interna de la ciudad, uno de los pocos lugares mal protegidos de Dalkia.
Allí, un joven, que ella intuyó que sería más o menos de su edad, la recibió educadamente. Por unos pocos kulls, el chico le sirvió una sopa caliente, un mendrugo de pan duro y, cuando terminó de comer, la tomó de la mano para guiarla hasta su habitación. Elinor se sentía cómoda con la ayuda del joven, pero se sintió mucho más tranquila cuando pudo despedirse de él y cerrar la puerta de la habitación desde dentro.
Una vez se quedó a solas, la chica intentó llevar a cabo una de las prácticas que siempre le aconsejaba Heimwolf.
Cuando llegues a un nuevo lugar, Elinor- solía decir el maestro-, y puedas permitirte tomarte tu tiempo, procura no utilizar tus manos para conocerlo; relájate, respira hondo, y deja que las auras te indiquen como es el sitio en el que estás.
Al recordar estas palabras, Elinor, quien, hasta el momento, pocas ocasiones había tenido de alejarse de su maestro, empezó a comprender a que se refería este cuando, antes de partir de Hescod, le había dicho que “aquellos a los que amamos siempre viajan con nosotros”. Sonriendo por sentir a su maestro cerca, comenzó a concentrarse, analizando el lugar donde se encontraba.
Empezó concentrándose en lo más cercano, el suelo sobre el que se encontraba. Era de madera, suave, algo desgastada, evidencia del paso de cientos de huéspedes antes que ella. Dejó su mochila junto a la puerta, y se descalzó, quitándose las sandalias; quería sentir el roce de la madera en sus pies desnudos. La diferencia fue abismal, ahora, el más mínimo roce le transmitía las auras de todo cuanto la rodeaba. Tenía ante si una cama, pequeña, de paja, y junto a ella había un mueble pequeño, seguramente una mesita de noche. Al fondo de la habitación las auras estaban más turbias, y Elinor supo que aquello era debido a la presencia de una ventana entreabierta, por la que entraba una suave corriente de aire. La chica sonrió de nuevo. Lo había conseguido, Heimwolf no estaba a su lado, no físicamente, pero lo sentía a través de sus enseñanzas, y había logrado analizar toda aquella estancia. Contenta, se dejó caer sobre la cama.

-//-

A poco de caer la noche, un ruido de voces despertó a Elinor. En la planta de abajo, dos hombres, cuyas voces reconoció enseguida, a pesar de estar aún medio dormida, amedrentaban al chico de la posada para que les indicara donde estaba “el bomboncito ciego”. Se escuchó un golpe, el chocar de la cabeza del muchacho contra el mostrador tras el cual ejercía su trabajo, y, a los pocos segundos, la puerta de la habitación de Elí fue derribada.
La chica, que en cuanto escuchó los primero ruidos había cogido su cayado y el cuchillo que siempre llevaba, se colocó en posición de defensa, esperando a que los dos hombres, los mismos que la habían perseguido por el camino, tomaran la iniciativa. Esperaba que atacasen bruscamente, permitiéndose valerse de la penumbra en la que, intuía, se encontraba la habitación para obtener ventaja, pero aquellos desgraciados se tomaron su tiempo, esperando a que sus ojos se adaptasen a la falta de luz. Elinor pudo sentir como uno de ellos desenvainaba una espada, mientras que, de las manos del otro, llegaba el característico ruido de la cadena de un mangual.
-Así que la cieguita quiere jugar, eh- dijo el espadachín.
-Creía que iba a ser una presa fácil, de las que te gustan a ti, Arvio, pero parece peleona… de las mías- dijo el hombre del mangual, mientras se acercaba lentamente. El pulso de Elinor se aceleró, y apenas era capaz de recordar la disposición de la habitación, mucho menos saber donde se encontraban sus atacantes.
-¿Tienes un papi, cieguita, o algún hermano? ¿Algún hombre te ha explicado ya lo que va a pasar ahora?- le preguntó directamente el hombre de la espada, al que su compañero se había referido como Arvio- Creo que no, Bishu, mírala como tiembla. Tenemos a todo un caramelito en dulce para estrenarla nosotros. Esta pueblerina shadingana va a arrepentirse del día que vino a Dalkia.

Chica, ¿Te vas a quedar ahí parada?”. Aquellas palabras de Heimwolf acudieron a la mente de la chica, que, hasta el momento, tan solo se había aferrado con fuerza a sus “armas”, las cuales, claramente, no habían impuesto el más mínimo temor sobre sus asaltantes.

-//-

-Chica- la voz del maestro le resultaron distantes, desde donde se encontraba, tirada en el suelo- ¿Te vas a quedar ahí parada? La gente sufre.
Tenía catorce años, y Heimwolf, por primera vez, la había llevado consigo a otro pequeño pueblo de Ujesh-Varsha. Allí se habían enfrentado a un grupo de saqueadores y, uno de ellos, había golpeado fuertemente a Elinor en la cabeza, haciéndola caer al suelo. Heimwolf acababa de encargarse del hombre que la había golpeado.
-No esperaba que fuese tan duro, Heimwolf- dijo Elinor, tratando de incorporarse.
-Pues será mucho más duro, Elí, pero yo confío en ti. Esta gente no confía en ti, ni tiene porqué hacerlo, pero te necesita, así que, lo repetiré una vez más ¿Te vas a quedar ahí parada?- sin dudarlo, Elinor se levantó, con algo de ayuda de su maestro, quién, apretando cariñosamente el brazo de la chica, añadió- Yo estaré contigo.

-//-

Yo estaré contigo… pero ahora no estaba con ella, ahora estaba sola. “Aquellos a los que amamos siempre viajan con nosotros”, había dicho Heimwolf dos días atrás, y, unas horas antes, ella creyó entender el significado de esas palabras ¿Pero y si lo había malinterpretado?... “¿Te vas a quedar ahí parada?”… Por supuesto que no, no iba a quedarse ahí parada, por mucho miedo que tuviese, por muchas dudas que se apoderaran de ella, debía actuar, no podía permitir que esos dos hombres la usaran como si fuese su juguete, no la habían educado para ser así de débil, no le habían enseñado a bajar los brazos cuando se presentaba una lucha.
Respirando hondo, Elinor comenzó a sentir las auras a su alrededor. Poco a poco, al mismo ritmo lento al que esos hombres se acercaban, ella comenzaba a verlo todo con claridad. Ahora recordaba todo, ahora sabía como estaba distribuida la habitación, y también, ahora sabía donde estaban situados sus atacantes. Los estaba rastreando, los conocía, había escuchando durante media tarde sus pisadas, el tintineo de sus ropas, sus voces, y ahora también conocía cuales eran sus armas.
Bishu, el del mangual, fue el primero en atacar. Lanzó aquella pesada bola metálica directo contra su rostro, pero Elinor lo estaba esperando, ya no era una cieguita asustada, era una auromante, era la aprendiza de Heimwolf. Se agachó, evitando el ataque, y dejó que la cadena del arma enemiga se atase en torno a su bastón; tras aquello, giró, dándole la espalda a su enemigo, para, a continuación, lanzar el bastón hacia delante, obligando a Bishu a trastabillar hacia ella, apartándose a tiempo, acabando el soldado en el suelo, y su arma, tras que él la soltara del mango, acabó volando por aquella ventana entreabierta, perdiéndose en la noche de Dalkia. La chica, sin bajar la guardia, se emocionó al darse cuenta de que había llevado a cabo, con gran maestría, una de las técnicas que su maestro había intentado enseñarle, el desarme auromántico.
Pero la alegría le duró poco a la chica, ya que se encontró con la punta de la espada de Arvio amenazando con clavarse en su abdomen. El hombre la hizo retroceder, hasta que acabó apoyándose en una de las paredes de la estancia; en ese momento, el desgraciado se acercó a ella y, de un tajo con la misma espada, le rajó las vestiduras.
-Aún no estás lo suficientemente desnuda- dijo el hombre, tirando de la cinta que la chica llevaba en los ojos. En aquel momento, Elinor comenzó a llorar. No solo por la desgracia que se le venía encima, si no porque fuese un despreciable como aquel el que pudiese contemplar lo que para ella era más privado, más personal, aquello que solo le mostraría a alguien digno de su tota confianza, sus abrasados ojos. Fruto de la furia, atacó sin ningún tipo de técnica al hombre, golpeándole, como lo haría un bárbaro, con su cayado en la cabeza, sin recordar que la espada de él aún se apoyaba sobre su torso.
-Hideputa seas- dijo el hombre, al descubrir que sangraba por la cabeza, y rajó horizontalmente a la chica. Elinor cayó al suelo, y Arvio retrocedió unos pasos, llevándose una mano a su golpeada cabeza, sin dejar de aferrar con la otra mano la espada. Elinor estaba mareada, perdía muchísima sangre, e iba a necesitar ayuda pronto si quería salir de allí con vida. Aún en el suelo, agachada, pudo escuchar las palabras de Heimwolf otra vez, “¿Te vas a quedar ahí parada?”… sintió como Bishu se ponía en pie, y como sacaba una daga.
-Vamos a acabar con la diversión ya, y después mataremos a esta idiota- notó como el tintineo de sus ropas se repetía con mayor rapidez, y una terrible idea cruzó su mente… esos hombres estaban preparándose para, de una vez por todas, violentarla. “Chica ¿Te vas a quedar ahí parada?”… no era suficiente… “Chica”… no podía hacerlo… “¡ELINOR!, ¡¿NO VAS A HACER NADA?!”… no recordaba que Heimwolf le hubiese dicho esas palabras, pero, en ese momento, sentía a su maestro a su lado, observándola, apremiándola a que hiciese honor a ese apodo cariñoso con el que la llamaba cuando era demasiado temeraria, “chica sin miedo”.
La muchacha comenzó a incorporarse, ignorando la sangre que había perdido, y, mientras se ponía en pie, golpeó con el puño cerrado la pared contra la que se encontraba. La golpeó una y otra vez, y, con cada golpe, con cada pequeña aura que emitía, su rastreo auromántico se hacía más efectivo. Ahora tenía total conocimiento sobre donde y como se encontraban sus enemigos, por primera vez, herida y a medio incorporar, los podía ver, mejor de lo que los podría haber visto cualquiera a plena luz del día. Se terminó de incorporar, y vio que, ante su determinación, los hombres cogían sus armas con más fuerza.
-¿Os da miedo una ciega desarmada? Si eso es todo lo hombres que sois, no creo que me vayáis a descubrir nada nuevo esta noche- el insulto surgió efecto, y ambos hombres se lanzaron a atacar a Elinor. Era su oportunidad, solo iba a tener una… fijó todos sus sentidos en el aura de aquellos dos hombres, en el rumbo de sus armas, y se lanzó hacia la espada de Arvio, intentando cruzar su aura con la daga de Bishu, buscando noquear a ambos enemigos a la vez, jugándose su vida y su honra a una sola carta.


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¿Te vas a quedar ahí parada? Empty Re: ¿Te vas a quedar ahí parada?

Mensaje por Miss Style el Jue Mayo 28, 2015 9:07 pm

¡Magnífico! ¡Hjira Aprobado!

¿Te vas a quedar ahí parada? Edna_reflection

Ahora mi turno:

La suerte estaba echada y, aunque los dos humanos estaban ataviados con metal y cuero se creían victoriosos, solo restaba el desenlace de los hechos.

La vieja anciana, dalkiana respetable quien tenía su granja a las afueras de la ciudad, olfateó los problemas, siguiendo también el camino de la chica vendada pero a una distancia generosa, pues sus fuerzas no eran tantas. Alertó al corregidor, quién conocedor de la situación dificil que se respiraba entre los ciudadanos contra los forasteros, alentó el paso hacia la Tranca Torcida. Saludó al posadero como también a quienes atendían y en breve obtuvo la llave de repuesto de la habitación de la chica que obedecía a las características mencionadas por la anciana. Estaba cansado de tener que apagar los humos de sus subalternos, y por el bien de ellos iba el que no hubiese una calamidad dentro de esas cuatro paredes.

Golpeó y no obtuvo respuesta. Una vez más lo hizo, y luego otra, hasta que sus gritos colmaron la madera del corredor, llegando incluso al recibidor. Entonces, usó la llave.

¡Cúal no es su sorpresa cuando ve a la chica en medio de ambos hombres inconsientes, golpeada eso sí, pero victoriosa!

"¿Cómo demonios?", alcanzó a balbucear al tiempo que otros ingresaban y auxiliaban las heridas de la chica.

Nadie supo cómo logró vencer a aquellos soldados, pero lo cierto era que desde ese día se habla en las calles que circundan la Tranca Torcida de una ciega que tiene pactos con los demonios y se acuesta con soldados para alimentar su apetito y poder.

... Nada más lejos de la realidad.
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