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Cuentos de Noreth
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Lux Aeterna.

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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Fïrinne el Sáb Ago 08, 2015 11:58 am


El cuchillo se deslizaba con suavidad, desglosando la piel en línea recta entre la nuca y el final de la columna, exactamente entre la mitad de la espalda y recorriéndola desde arriba hacia abajo. Marcando la primera incisión apenas donde el cuello cabelludo nacía, bajó, sin afilar su arma, impartiendo ese dolor que solo con las hojas oxidadas y poco filosas se podía otorgar. La primera capa se desprendió con relativa suavidad, dejando en el aire los primeros gritos de angustia ante un condenado bien atado de pies y manos, las últimas al árbol cercano.  No veía el rostro de su torturadora, pero esos espasmos de risas divertidas le advertían de su presencia macabra y del placer que desarrollaba con la tarea.

Era delicada y sistemática, cuidadosa pero sobretodo precisa. Tanto leer, tanto memorizar, tantos actos impíos grabados en su mente longeva, le servían para perfeccionar su técnica, dejando la  carne tierna en un corte de no más de 15 centímetros de longitud, expuesta, viva en su rojo más puro, apenas bañada por las primeras moscas, que gozosas se posaban sobre las heridas, saboreando como ella del dolor del incauto.

No le importaba si aquel humano, quien luego sabría se llamaba Mikolash, contestaba o no las preguntas de Necross; mucho menos se inmutó por el asco con que la vendada se retiraba. Al final solo importaba el trabajo: uno oscuro que despertaba en ella la inquietud de la conciencia por esa creencia estúpida en que quizás aquel dolor podría ser devuelto, como el deseo por seguir infligiéndolo pues bien sabía que aquella criatura había nacido para experimentar el dolor de la existencia misma. “Todos nacimos para eso, así que disfrútalo”, pensaba la oscura de ojos rojizos vibrantes.

Necross se retiró, dejándola sola con el bandido. Por las preguntas y todo lo que sucedía alrededor de la tarea encomendada dedujo que aquella escoria los había atacado. ¡Ya sabía ella que eran un par de perdedores esos dos! Pero estaba dicho que nada podía esperarse de un par de humanos en edad de reproducción. “Si se les estirilizara serían más productivos”, reflexionó en medio de un gran alarido de Mikolash. Claro era que las maneras de Jyurman eran crueles pero solían dar resultado: en sus largos años de vida nunca se había topado con humanos tan insignificantes; la vendada tenía trucos bajo la manga, igual que el tuerto, y ambos despertaban la curiosidad de la oscura, sin embargo al final Necross ya había recibido el precio por su simpleza (uno que ahora los arrastraba a ambos a compartir ese camino), y Elinor no dejaba de ser una virgen buscona, una puberta sin macho a quién una buena ablación le quitaría lo insulsa como lo rebelde. Sonrió pensando en una realidad alterna donde su cuchillo despellejaba más que simplemente una espalda…

Al final el bandido cedió, entregándose a la inconsciencia del sufrimiento mismo. Fïrinne le soltó y con su fuerza, lo arrastró hasta el lugar donde las voces del tuerto y la vendada sobre salían. No podía ocultar su sonrisa, como tampoco esa cara de satisfacción que venía de la mano de su tarea. Lo entregó a Necross, rasgando la camisa de su víctima y, como sucediera con todos los torturadores luego de completar su tarea, se retiró de allí.

Por alguna razón en el aire se sentía la opresión de magia maligna, una que le resultaba familiar como también amenazadora. Pero ella de supersticiones y brujas poco sabía, por lo que simplemente encontró el árbol más cercano y allí se escabulló entre las ramas, esperando a que Necross y Elinor terminaran su tarea y avanzaran.

--//--

Pronto volvió la llamada esperada. La voz de Necross invocando a la oscura retumbó en el claro a punto que ella arribara con cara de malgenio y el humor descompensado luego de la excitación. Miró a Mikolash y no hubo duda que éste la reconocía ahora como la artífice de su dolor en la espalda. La piel nacería… pero tardaría demasiado en ello. Una sonrisa maligna se dibujó en la drow al pensar en ello, como si en cierto modo la ironía de todo la divirtiera.

-Como viajare con ustedes, ¿podrían liberarme?-advirtió el bandido con temor.

- No. Seré bondadoso pero no idiota. Estarás amarrado hasta que lleguemos a Arthias. Disfruta de la compañía.- respondió firme Necross, quién parecía disfrutar también de lo que entre líneas le decía. El humano torturado viajaría con ella y lo que en antes era una sonrisa pasó a ser una carcajada de la oscura.

El bandido apenas si contuvo la respiración ante lo que aquello significaba. Fïrinne tomó sus cosas y las acomodó de nuevo en la montura, le dio la espalda y en ese momento el desventurado Mikolash salió a perderse entre los bosques, buscando escapar de aquellos seres que tantos males le habían causado. Pero Fïrinne apenas soltó del cinto su látigo cuando el caballo arrancó en la dirección del secuestrado, y de un golpe el cuero rozó al humano, sin herirle. La puntería no era cosa de la drow, pero atrapar presas sí que lo era. No se desanimó y tirando hacia delante, volvió a tomar un extremo del látigo, lanzándolo con fuerza sobre el infortunado.

¡Mío!

El cuero se enredó en la nuca del desventurado y por la acción de la oscura y su montura, éste terminó en el suelo cayendo.

-Eres nuestro prisionero, escoria. ¡Arriba! A menos que quieras caminar- vociferó Fïrinne, clavando su mirada rojiza en la temerosa del humano.

-Pero tengo las manos vendadas…- refutó éste.

-Es tu problema, no mío.

Era el orgullo o la vida. El humano, hijo de un destino desarmado en el que había atracado en los caminos a cambio del pan y los medios para subsistir sin más, no dudó ni un segundo: apenas lanzándose de barriga sobre el lomo del caballo, aferrándose apenas de los dedos a los pelos del equino.

Fïrinne esbozó una media sonrisa, pues había logrado lo que quería: lo llevaría como un bulto, una cosa sin alma ni dignidad. Dio media vuelta y observando le horizonte desde donde Necross y Elinor aguardaban, apeó el caballo y rauda arrancó el camino hacia el renombrado Arthias.

--//--

El campo cambió de color, un verde más suave y menos intenso cubrió la nueva llanura de vientos cálidos y noches heladas. Los bosques se volvieron pastales y la vegetación bajó de tamaño, llegando de a pocos el viento caliente del sur este, donde nacía las primeras dunas del desierto de Xerxes, uno de los lugares más místicos, lleno de leyendas e historias locales, que había roto la barrera geográfica para ser contadas por otras razas en otras regiones del continente. Fïrinne las conocía, pues varios libros en las bibliotecas de la tierra muerta hacían alusión a lo que había despertado la ira de los dioses y el ocaso de toda una ciudad… humana para variar.

Se respiraba tranquilidad en el camino, por el que viajaban lo menos posible, dado que ahora más que nunca era claro que estaban siendo perseguidos por algo o alguien que poco los quería en Arthias. Nadie había hablado de ello, pero las conclusiones eran más que obvias… Además estaba esa otra presencia opresiva, de encantamiento mágico sin par, a quién la oscura había sentido. En sus conjeturas cabía la posibilidad que la ciega también lo hubiese notado: sin saber muy bien cómo funcionaba su poder, la humana era capaz de detectar más de lo que la simple vista revelaba.

Entonces, al tercer día de viaje, luego de parar apenas para abastecerse y suplir de fuerzas sus noches con el dulce encuentro con Morfeo, sin mayores tropiezos que la indigestión de la elfa por algún animalillo mal habido, más debido a sus propias maneras de caza (acostumbradas al frío intenso de Jyurman) que a algún otro mal augurio, llegaron a una pequeña elevación, de la que desde lo alto asomaba un santuario de columnas firmes sobre una pequeña vereda a sus faldas.

-No me gusta este lugar- balbuceó Fïrinne al notar las primeras estatuas de formas diversas, todas ellas de un blanco impoluto como si de perlas se tratarán.

-A mí tampoco- respondió Mikolash, ya sentado a su espalda luego de pasar los dos primeros días sin comida y trasportado como el bulto que era. Por orden de Necross la elfa tuvo que darle un mejor trato y acostumbrarse al roce inapropiado sobre sus nalgas forradas en cuero. “¡No es suficientemente grueso estos pantalones para que no me de asco este insecto”, repetía cada cuánto.

-¿Dónde estamos?- preguntó golpeando.

El bandido asintió.

-Se trata de la iglesia de los Minali, hombres de fe que han entregado sus votos a los 9 dioses, musas de las artes y las letras… pura estupidez, pero se les puede robar fácilmente- aclaró con orgullo el infame, como si en el pasado se hubiese aventurado a saquear aquellos cadáveres fungidos en oraciones y hábitos.

-Lo que me faltaba… -resopló Fïrinne, cubriéndose de nuevo el rostro entre la braga y el encaje en los ojos. Hacía calor, pero más le valía que su identidad no fuera descubierta en un lugar lleno de santos.

A lado y lado del camino, casitas de barro, algunas talladas con madera otras mejor elaboradas en piedra, se alzaban con un sinfín de rostros diversos. Cambiaformas, antropomorfos incluso, hacían parte del lugar al igual que humanos con sus familias y uno que otro enano sonriente y rollizo. No fue raro ver que el título de herrería se leyera sobre la cabeza de uno de estos enanos de rostro curtido y ya sin varios dedos.

“Más le vale a ese estúpido Necross saber bien el camino, no sea que hayamos errado desde hace mucho la ruta”, pensó para sí la oscura al divisar que incluso en el pájaro desarrollado, los otros dos también tenían cara de desconciertos y sorpresa.

-Conviene que cayes todo lo que sabes, humano… pues no quiero suponer lo que harán estas gentes si se enteran de las fechorías que has cometido contra ellos en el pasado. Calla y nosotros callaremos; cúbrenos el rastro y verás como el esfuerzo será recompensado- advirtió Fïrinne, olfateando que aquel humano podía traicionarles en cualquier momento. Sus heridas habían sanado lentamente pero ya podía vivir con el dolor que le ocasionaba, por su parte era evidente que Mikolash tenía delitos con aquel poblado y eso le daba a  ella el poder de la manipulación por adelantado. –Estas condenado a guardarnos el paso y nosotros a manteneros vivo mientras seas de utilidad.

Aquel poblado lleno de luz y simpleza se abría paso hacia el sol, desde donde se alzaba el templo. El destino parecía dirigirlos a aquel lugar de columnas imponentes y atmosfera mística.

--//--

-Enhorabuena, extranjeros, y bienvenidos al hogar de los Minali, los hijos de los 9.

Se trataba de un hombre barbudo, de ojos celestes y manos cuarteadas por el sol y los años. Era un anciano cubierto de cabellos plateados pero sin barba, rasurada perfectamente como si de ello dependiera su vida. Le seguían hombres de todo tipo, ninguno barbado, pero todos con ese brillo de curiosidad pintado en su rostro ante los desconocidos. Fïrinne no podía ni siquiera bufar de la situación, pues el ambiente opresivo de aquel templo le quitaba las ganas de hacer uso del sarcasmo o su malgenio.

Lleno de estatuas, cada una representando diferentes formas de las artes, todas se coronaban en una de enormes proporciones que difícilmente podía explicarse qué forma encarnaba. No era humana, pero tampoco respondía a cualquier figura humanoide. Tampoco era animal, pero sí que parecía viva y latente coronando el trono desde donde el anciano los interrogaba.

Fïrinne calló, repasando con ojos tensos a sus lados todo el tiempo. No eran muchos los que los rodeaban, y todos llevaban túnicas sencillas, de un blanco perfecto. Pero había algo, una fuerza opresiva que le impedía razonar con propiedad, generándole miedo como aprehensión. Quería huir de allí pero al mismo tiempo le parecía que sus compañeros se sentían a gusto entre aquellas gentes.

Los Minali hombres de fe y sabiduría, sin embargo, nada en aquel lugar parecía dar luz ni sabiduría más allá de la blancura de los pisos y trajes que portaban como el decorado de aquel monumento, tan curioso como poco había visto en su vida la oscura… con gráficos y escritos parecidos a los que ella descubriera en la Tierra Muerta.

“Vamos tras la pista correcta”, asintió al ver que sobre la cabecera del anciano patriarca, antes de alzarse la forma viviente que con tentáculos cubría todo el lugar, se leía en aquella grafía antigua el nombre de “Legión”.



Última edición por Fïrinne el Sáb Sep 05, 2015 7:04 pm, editado 1 vez
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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Jue Sep 03, 2015 1:02 pm

-Enhorabuena, extranjeros, y bienvenidos al hogar de los Minali, los hijos de los 9- anunció el anciano que los recibió al llegar a aquel alto en el camino hacia Arthias- El hermano Trehdo os ayudará en lo que le sea posible mientras dure vuestra estancia con vosotros.

-Será un placer para mí hacerles de guía, tanto física como espiritual, prior- se adelantó al hablar uno de los hombres que los observaban. Por su tono de voz y aura, Elinor dedujo que se trataba de alguien maduro, tal vez de la edad de Necross, pero, a diferencia del tuerto, Trehdo emanaba paz, al igual que todo el templo.

“Hermano Trehdo”:

Habían llegado tras tres días de buena marcha, sin apenas detenerse, conscientes de la amenaza que se cernía sobre ellos. Elinor estaba segura de que el hombre cuya presencia había sentido en el bosque y aquel que había contratado a Mikolash, eran la misma persona y, del mismo modo, sabía que no cesaría en su intento por frenar su avance hacia Arthias.

Fue el propio Mikolash, tras sufrir la horrible tortura de Fïrinne, el que les informó del método por el cual había sido contratado- Un sujeto encapuchado nos entregó el pergamino. Ni siquiera sé si los tipos que mataron trabajaban para él, a mí solo me ofrecieron las monedas- acabó por confesar. Desde aquel momento, y sin consultar a Elinor, Necross decidió que el hombre los acompañaría. El único consuelo que le había quedado a la chica era saber que a Mikolash le desagradaba tanto la idea como a ella misma.

En esos tres días, prácticamente no había hablado con nadie. Le abrumaba la presencia, que los días no conseguían alejar, del hombre que había sentido, y, en no menor grado, le desagradaba el placer y la frialdad que Fïrinne y Necross, respectivamente, mostraron ante la tortura de Mikolash. Elinor no podría negar que aquello había dado resultado, pero, como siempre le había dicho Heimwolf, la importancia del objetivo no justifica la maldad de los métodos.

-Habéis tenido suerte- comentó el hermano Trehdo dirigiéndose a ella, obligando a Elinor a prestar atención a lo que ocurría alrededor.

-¿Cómo decís, hermano Trehdo?- dijo la chica ciega, que no había seguido con atención las palabras del minali.

-Decía que, como estos días apenas tenemos visitantes, podrá disponer de una celda individual- se explicó Trehdo. Elinor no podía evitar sentir una extraña fascinación por él pues, si ya de por si el templo tenía un aura totalmente limpia, que te aliviaba con su frescor todo el polvo y sudor del camino, la de Trehdo era, si cabe, aún más confortable. Estar cerca del sacerdote era como la primera nevada de invierno, cuando, tras un año sin verla, tocas y moldeas la nieve, sintiendo que cuanto importa en ese momento es el mundano arte que tus manos crean, como si el resto de problemas pasaran a un segundo plano.

-Estará bien poder dormir sola- tras percibir brevemente las auras de Necross y Fïrinne, añadió- No es que el camino no haya resultado agradable, pero…- “¿pero que?”, se preguntó a si misma, dándose cuenta de que, por salir de un problema, había acabado en otro mayor- …al fin podré conciliar el sueño lejos de los ronquidos de Fïrinne- improvisó, acompañando su frase con una carcajada que, para su sorpresa, el hermano Trehdo compartió.

-Se bien lo que decís, mi señora- dijo Trehdo con una sonrisa que Elinor no pude ver pero que, por su tono de voz, intuyó- Compartí celda con el hermano Fralin durante años. El mayor roncador desde las Daulin hasta Erinimar, no os quepa duda.

-Hermano cura, ¿puedes dejar ya de ligar con la ciega y llevarnos a los demás a nuestras celdas? Tenemos sueño, joder- interrumpió Mikolash. Desde que habían llegado al hogar de los Minali, Fïrinne, por no levantar sospechas, le había dejado libertad para actuar, lo que, por últimas, había terminado por sacar una faceta insolente en el arquero que, hasta el momento, los malos tratos de la oscura habían mantenido oculta.

-Dispensadme, maese Mikolash- dijo Trehdo, ignorando los malos modos del arquero- Acompáñenme. Pasad buena noche, señora- se despidió de Elinor mientras se alejaba con el resto del grupo.

La decoración de la celda era completamente austera, sin adorno de ningún tipo. Tan solo contaba con una mesa, una par de sillas de madera, y una cama a la que acababan de ponerle heno limpio. Realmente era todo lo que Elinor necesitaba pues, su propia habitación, la que tenía en la granja de Heimwolf, era exactamente igual, salvo que aquella contaba con un armario ropero. No existe necesidad alguna de decoración cuando no tienes modo alguno de apreciarla.

La chica se descalzó, recorriendo con sus manos y pies cada pequeño detalle del lugar. Disfrutó descubriendo una pequeña inscripción, tallada a cuchillo, en la pata de la cama, preguntándose su significado. Sus pies se toparon con una tabla suelta en el suelo de madera, bajo la cual tan solo había polvo y tierra. A ojos extraños podría parecer absurdo que gozara con tales nimiedades pero, tras semanas alejada del aura de su casa, el templo era el primer sitio en el que se sentía en paz.

¿Sería aquel el lugar al que sus pasos debían encaminarle? Por lo que sabía, los Minali no aceptaban miembros mujeres pero, tal vez, estuviesen hermanados con alguna sociedad homóloga para ellas. “Pero los nueve no son nada para mí”, reflexionó. Era cierto, por más que el lugar fuese todo lo que habría deseado, tan solo sería un sitio más en el que engañarse a si misma. El único dios al que alguna vez había rezado era Falme, el Dios Enterrado, quien, ocultándose de los horrores que sus hermanos habían creado sobre la faz de Noreth, se había refugiado bajo tierra, perdiendo la vista tras siglos de oscuridad. Heimwolf siempre decía que, desde su lugar de eterno reposo, Falme los protegía, pues, ¿quién si no un dios ciego les brindaría una forma de ver a quienes han perdido la vista?

Sin embargo, que aquel lugar no fuese sitio para ella no significaba que no les diera lo que estaban buscando. El hermano Trehdo parecía alguien agradable que se preocupaba por los demás, además, la forma en que había dicho que no tenían muchos visitantes parecía ocultar algo más entre las meras palabras. Si, estaba decidido, debía hablar con él en privado, era la única forma de salir de dudas. No podía dejar escapar la oportunidad, pues Necross querría que partieran en cuanto saliera el sol.

-//-

Tumbada en su cama, despierta y concentrada en las auras de cuantos pasaban ante su puerta, Elinor trataba de adivinar el mejor momento para abordar al hermano Trehdo. No sabía los códigos que seguirían los Minali pero, por la ausencia de mujeres, intuía que no verían con buenos ojos las relaciones íntimas, por lo cual debía asegurarse de que nadie la viese cuando pidiera al hombre que entrara en su celda. “Siempre puedo decir que buscaba confesión… seguro que Fïrinne se lo cree”, pensó irónicamente.

-Hermano Trehdo- llamó, entreabriendo la puerta de madera. Le había costado mucho tiempo encontrar el momento adecuado pues el minali siempre iba acompañado de sus hermanos de orden. Incluso, en una ocasión, había pasado en compañía de Mikolash- Me gustaría preguntarle algo, si tiene un momento- susurró.

-Por supuesto, mi señora- dijo, entrando tranquilamente en la habitación- No debes temer. Los Minali tenemos formas de descubrir la mentira entre nosotros, así que mis hermanos no dudarán sobre que los hechos aquí ocurridos no son afrenta alguna hacia nuestra honra.

-¿Cómo estáis tan seguro de que mis intenciones no son indebidas?- preguntó Elinor, poco acostumbrada a resultar tan fácil de intuir. Según Heimwolf, se debía a que, normalmente, eran los ojos los que delataban los verdaderos propósitos de las personas.

-Seguro que habéis notado la magia que parece fluir por todo este lugar- dijo Trehdo- Aunque nosotros no la llamamos así. De hecho, no tenemos nombre alguno para ella, porque no lo necesitamos. Simplemente, es algo que está dentro de todas las cosas que hay aquí, incluidos los visitantes. Si tuviera que ponerle un nombre, lo llamaría “vida”. Ella nos permite averiguar la verdad, la mentira, la pureza, la impureza, y, además, las pasiones y temores. Y se que no hay pasión indebida en ti, Elinor- era la primera vez que el sacerdote la llamaba por su nombre y, al hacerlo, todas sus dudas se disiparon. Podía confiar en aquel hombre… ciegamente.

-Tenéis razón, hermano Trehdo. No he dejado de sentir eso que llamáis “vida” desde que entré aquí. Realmente es una percepción embriagadora, puedo comprender porqué habéis decidido dedicar vuestras vidas a guardar este lugar- reconoció la chica- Pero intuyo que vuestras preocupaciones y deberes van más allá de lo que ocurra entre estas cuatro paredes.

-¿A que os referís?

-Cuando me mostrasteis mi celda, hace unas horas, dijisteis que no había muchos visitantes en estos días- aclaró Elinor- Creo que sabéis o, al menos, intuís qué es lo que ahuyenta a las gentes de estas tierras.

-No nos gusta hablar de él- “él”, ¿sería el mismo “él” que tanto había abrumado a Elinor?- Lo máximo que podemos hacer es dar cobijo a quienes pasan por el templo de camino hacia lugares menos peligrosos- Elinor pudo sentir como el hermano Trehdo agachaba la cabeza, abatido. Su habitual pureza y aquel níveo resplandor que hacía sentir se enturbiaba y ensombrecía al hablar de aquello. Sin embargo, y por más que el minali despertara en ella el mayor de los respetos, debía obligarle a continuar, a contarle cuanto sabía.

-Por favor, hermano Trehdo, debo saber más.

-Saber más no siempre es lo mejor, pero tengo la impresión de que si no es por mí acabaréis por obtener la información de otras fuentes, tal vez malintencionadas- Trehdo dio un largo suspiro y, seguidamente, comenzó a relatar.

Lo llaman Ywak, el Duque Muerto o, simplemente, el Nigromante. Nadie sabe cómo ni de donde vino, pero todos sabemos cuando. Fue tras el despertar de Arthias, cuando el, supuestamente, abandonado castillo comenzó a tener de nuevo actividad. Los más necios aseguran que Ywak surgió del propio bastión, que despertó junto con él, pero casi nadie creemos eso.

La mayoría de nosotros, incluidos los Minali, creemos que él ansía apoderarse de eso que ha despertado en el castillo. No sabemos porqué no entra en aquel lugar por sus propios medios, sin embargo, si tenemos seguro que no le molestan del todo las interferencias extrañas. Más bien parece como si las buscara.

El prior cree que sus ataques hacia los visitantes no son al azar. Él opina que estas emboscadas están meticulosamente pensadas para poner a prueba a quienes viajan hacia Arthias, como vosotros cuatro. No dice más, pero sus palabras parecen dar a entender que este Nigromante necesita de alguien en concreto, una especie de mano derecha, capaz de superar todo lo que él envíe contra él. Esta mano derecha será a quien encomiende la tarea de adentrarse en Arthias, Elinor.


-Es por eso que temo que vayáis en su búsqueda, mi señora- terminó Trehdo- Que, en vuestro afán de poner fin a sus actos maliciosos, acabéis siendo vosotros mismos quienes los cometáis en su nombre.

-Sois un buen hombre, Trehdo- dijo la chica, tomando la mano del minali- Pero, hace tiempo, otro buen hombre, al igual que tu, me dijo que, “para que el mal triunfe, tan solo es necesario que las buenas personas se queden sin actuar”. No os preocup…- un aura se pudo sentir en la habitación, sucia y desagradable- Unas largas orejas nos han escuchado, hermano Trehdo. ¡Fïrinne!

-¿Cómo es que puedes tener una voz tan encantadora y luego tal timbre de rana, jovencita?- inquirió con desgano la elfa, abriendo lentamente la puerta del lugar, fingiendo que, hasta el momento, no se había percatado de que estaba junto a la celda de Elinor- ¿Me llamabas?

-¿Nunca te dijeron que escuchar a escondidas está feo?- reprochó Elinor a la oscura.

-Nunca, mujerzuela- contestó Fïrinne- Nunca había escuchado tal cosa. Por lo demás, ¿qué necesitas de mí? ¿A qué me llamaste?- preguntó mientras entraba en la estancia.

-Creo, Fïrinne, que eres tu quien debería decirnos el interés que mostrabas en nuestra conversación- intervino Trehdo, aunque su tono de voz, carente de emociones, no acompañaba en absoluto a la exigencia de sus palabras.

-Tan solo husmeaba- sugirió Elinor.

-No juzgues si no deseas ser juzgada, Elinor, es una de las muchas enseñanzas de los nueve- dijo el sacerdote, haciéndole sentir cierto malestar a la chica- Siento un miedo en Fïrinne, uno que también siento en ti. ¿Acaso os habéis encontrado también con ese Nigromante?

-Eso- la elfa se mostró dubitativa, como si reflexionara su respuesta- Eso es asunto mío, humano, y tú... ¿para qué me llamabas? ¿Para preguntar lo obvio? Te creí más inteligente, muchacha- Fïrinne chasqueó los dientes, sin embargo, al cabo de unos segundos de silencio, añadió -Pero ya entrados en detalles... Arthias es nuestro destino, todo lo que puedas decir humano, nos serviría de mucho- Elinor percibió como su compañera se cruzaba de brazos, con el cuerpo alineado hacia Trehdo. Parecía realmente interesada en lo que el minali tuviera que decir.

-De Arthias solo puedo deciros que, por lo que alcanzo a saber, Ywak pone a prueba a cualquiera que viaje allí. No os dejará pasar si no como sirvientes suyos.

-Entonces…- meditó Elinor unos instantes- no hay más opción. Debemos enfrentarlo.

-Creo que… pensamos igual, ciega- chasqueó de nuevo los dientes Fïrinne, como si mostrarse de acuerdo con Elinor fuese humillante para ella.

-Temo que no haya palabras que puedan disuadiros, en cuyo caso ¿Sabéis por donde empezar a buscarlo?- dijo Trehdo, claramente preocupado por lo que pudiera pasarle a sus visitantes.

-El conocimiento no es nuestro fuerte- se burló Fïrinne- Solo conocemos a una persona que estuvo allí...- un carraspeo interrumpió lo que, de seguro, sería mucho más interesante que las habituales bravatas de la elfa.

-Trehdo, por favor. Debéis haber escuchado cientos de relatos de los viajeros. ¿Tenéis idea de donde encontrar a ese hombre?- rogó, sincera, Elinor.

-Se una forma de que lo encontréis vosotras mismas... pero entraña sus riesgos- un escalofrío cruzó la espalda de la chica al escuchar el tono lúgubre del sacerdote, sin embargo, parecía que Fïrinne no compartía su mal augurio, pues la escuchó soltar una pequeña carcajada, a la espera de que Trehdo continuase explicando- Veréis, los Minali, al entrar en la orden, debemos dejar atrás todas nuestras posesiones. Esto incluye a nuestros seres queridos. Por eso nuestro hogar se asienta en este emplazamiento místico. Aquí se encuentra la Sala de las Memorias Futuras, una estancia que permite conocer el estado de aquellos que están presentes en tus recuerdos. Nosotros lo utilizamos para saber que es de nuestras familias, sin embargo, creo que, si trabajáis en equipo, a vuestro grupo puede ayudarle a conocer la ubicación del Duque Muerto.

-¿Y cuales son esos riesgos de los que hablabais?- preguntó, preocupada, Elinor. Desafiante, Fïrinne tan solo mantuvo silencio, como si a ella no pudiera afectarle lo que dijera Trehdo.

-El riesgo es que, al participar, quedaremos unidos mentalmente. Ese vínculo será tan fuerte como lo sea nuestra concentración en la persona que buscamos. No puedes cambiar de idea en la Sala de las Memorias Futuras, si, mientras te fijas en Ywak, decides averiguar que ha sido de tu padre, tu hermano o de un amigo, tu conexión con el resto del grupo se perderá.

-¿Y eso que significa?- las palabras de Trehdo habían asustado realmente a Elinor pues ella sabía bien que había una persona a la que deseaba encontrar mucho más que al Duque Muerto. Intentar aprovechar la generosidad de los Minali para intentar buscar a Heimwolf podría acarrear terribles consecuencias para todos.

-Hay veces que solo es un desmayo- explicó Trehdo- pero, normalmente, es necesario que pasen semanas para recuperar la consciencia. En situaciones límite, hace falta algo más, pero, si fuera necesario, cruzaríamos ese puente cuando llegásemos a él.

-//-

La Sala de las Memorias Futuras era una estancia ubicada en la planta superior del templo, en el lugar que, habitualmente, iría destinado a una pajarera o un gallinero. No había más que esa sala en toda la planta y, a pesar de estar formada por las mismas paredes austeras del resto del templo, allí se tenía la sensación de encontrarse en un elevado mirador en la cima de una montaña.

No era solo lo que se veía, si no que, las propias auras, esas que, en teoría, no podían mentir, engañaban del mismo modo los sentidos- ¿Cómo es posible?- preguntó Elinor, girándose hacia Trehdo. Necross, Mikolash y Fïrinne también habían entrado antes que ella y se imaginaba que estarían igual de impresionados.

-La Sala de las Memorias Futuras es una estancia viva, Elinor- explicó el sacerdote- Y, como ser vivo, tiene sus preferencias. Ahora, por lo visto, le apetece estar en… diría que son las Cordilleras Daulin, si. Seguramente estemos cerca de alguna elevada ciudad divium.

-¿Esta cosa se mueve?- consultó Mikolash, que parecía aterrado ante la idea.

-No en un sentido físico, Mikolash- aclaró Trehdo- Pero su alma viaja por todo Noreth, por eso nos permite ver lo que ocurre en otros lugares. El proceso que vamos a llevar a cabo os sería imposible de realizar sin un guía minali, pues, realmente, vamos a doblegar la voluntad de la sala para que nos muestre lo que deseamos ver. ¿Estáis preparados para comenzar?- todos asintieron- Bien, sentaos formando un círculo, que quedemos todos bien juntos.

En cuanto se hubieron ubicado, Trehdo les pidió que se tomaran de las manos. Elinor, que aun estaba aturdida por las auras tan extrañas que sentía en la sala, se vio brevemente anclada a la realidad al tomar contacto con la fresca y pura mano de Trehdo y, por otro lado, la caótica y ardiente de Fïrinne.

Se dio cuenta de que el proceso había comenzado porque, bruscamente, el fresco aire de montaña se envició. La sala estaba viajando, y lo hacía bajo tierra. Miles de auras la atravesaban, sin darle tiempo alguno a percibirlas correctamente y, tan súbitamente como había iniciado, se detuvo. Sin embargo, prontamente se dio cuenta de que aquello no era el final del viaje, si no una primera parada. Trehdo había obligado a la Sala a volver a su espacio físico. Se encontraban en el propio templo.

-Ahora no perdáis la concentración- dijo el minali- Fijáos en el recuerdo o sensación más fuerte que guardéis sobre quien buscamos- la Sala de las Memorias Futuras comenzó a viajar de nuevo pero, esta vez, su trayecto era distinto, como si dudara de hacia donde ir. Hizo una breve parada en una estancia, un pasillo alargado. Por un momento, Elinor sintió algo muy extraño. Le picaban los ojos y, con un brusco movimiento de cabeza, se quitó la cinta que los mantenía cubiertos.

Con esfuerzo, por la falta de práctica, los abrió. ¿Sería aquello verdad? Podía sentirse, no solo sentirse, verse de pie, en aquel corredor. Cuatro figuras se encontraban junto a ella. Le costó minutos darse cuenta de quienes eran, pero allí estaban. Necross, alto, con barba escasa y, para su sorpresa, sin rasgo alguno que justificara su apodo de “tuerto”. Fïrinne, con una figura casi tan imponente como la del hombre, pero de piel mucho más oscura, casi del mismo tono que las paredes de la sala, haciendo contraste con su cabello. Y, junto a ellos, como si fueran la antítesis el uno del otro, Mikolash y Trehdo: uno sucio, el otro pulcro, uno sin afeitar y mal peinado, el otro elegantemente vestido.

Vio como el minali se acercaba a ellos, uno por uno, susurrándole unas palabras al oído. Finalmente, al llegar a ella, pudo ver todos los rasgos de su cara. Quería tocarlo, quería averiguar si era cierto que podía ver, que por fin una imagen acompañaba a las auras, al tacto que siempre habían sido su única guía- Elinor- dijo el hombre, como en un eco lejano- Esto no está bien, muchacha. Tú eres quien más contacto y deseo tienes de encontrar a Ywak. No dejes que la Sala de las Memorias Futuras te aleje de tus objetivos, éste no es el lugar que buscáis. Debes concentrarte- pero, ¿Cómo hacerlo?

¿Acaso no lo entendía? Era la primera vez desde que tenía memoria que alguien daba luz a su eterna oscuridad. Luz, oscuridad, dos conceptos que, hasta ese mismo instante, le eran totalmente abstractos- No puedo, Trehdo.

-¿Te vas a quedar ahí parada?- dijo una voz de hombre, pero no era la de Trehdo, ni la de Necross o Mikolash. Era Heimwolf, un recuerdo del pasado, un recuerdo que, en ese momento, era lo único que podía alejarla del maravilloso presente que sentía.

Debía localizar a Ywak, debía hacerlo por Heimwolf, por todos… le costó muchísimo esfuerzo. Cerró los ojos, sus manos, que se encontraban en dos lugares a la vez, tanto en la Sala de las Memorias Futuras como en aquel corredor, se dirigieron hacia la cinta, que caía sobre su cuello, y volvió a cubrir con ella su rostro. No era momento para fantasías, no podía quedarse en aquel lugar. Poco a poco, como si le costar abandonar el sitio, la Sala comenzó a viajar de nuevo.

Dejó de sentir aquel picor en los ojos, volvía a ser ciega… ¿por qué la Sala solo le permitía ver en aquel sitio? No era momento para averiguarlo- ¿Qué ha sido de ellos, Dorf?- una voz fría comenzó a llegarles, acompañada de un aura que Elinor reconoció al instante. Finalmente, la Sala los había conducido hasta Ywak.

-Han hecho una parada en el Templo Minali- el que hablaba con el Duque Muerto tenía una voz grave y ronca. Elinor lo percibió con claridad, como si se encontrase junto a ella, y se dio cuenta de que tenía la constitución de un guerrero ¿sería el guardaespaldas de Ywak?

-No es una buena noticia, pero… podríamos usar eso en nuestro beneficio- dijo Ywak.

-¿En que estáis pensando, mi señor?

-Cosas mías, Dorf. Tú sal fuera y monta guardia. Si ves que alguien se acerca a Arthias envía a los Kius.

-Como deseéis- “debemos seguirle a él”, pensó Elinor y, obediente, la Sala se centró en el hombre llamado Dorf. Desde allí, vieron como salía de una especie de torreón, oculto entre las rocas y, a lo lejos, miraba con atención hacia una lejana edificación. Arthias.

-Hora de regresar- dijo Trehdo, que, como Elinor, sabía que, con lo que habían visto y sentido sería suficiente como para encontrar al Duque Muerto.

El regreso fue sumamente brusco y Elinor juraría que un extraño fogonazo había tronado en el centro de la sala, haciéndoles unir sus manos. Se dio cuenta de que, en su cuerpo real, su cinta seguía sobre su cuello, lo que la llevó a colocarla sobre sus ojos de inmediato. Se sentía mareada, muy mareada. No podía borrar de su mente las formas, las luces, los colores, y eso hacía que le doliera todo el cuerpo, como si algo extraño, algo que no debía estar allí, hubiese entrado en ella. Gritó, no pudo contenerlo, por mucho que odiase descubrir esa debilidad ante alguien como Fïrinne, no podía aguantarlo.

-Elinor- dijo Trehdo, tomándola por los hombros, ayudándola a ponerse en pie- Ya ha pasado, muchacha. Hay otros que necesitan de ti- al calmarse, Elinor se dio cuenta de que, de los cinco que habían estado en el suelo para el místico ritual, uno no se había levantado de él. Necross se había desvanecido- Es realmente malo, Elinor. Y solo hay una forma de revertir un proceso así. Iré con vosotros. Esto ha iniciado con Ywak, y con él debe terminar.


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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Fïrinne el Sáb Sep 05, 2015 7:54 pm


La ciega estaba embelesada entre las palabras del hombre santo que los atendía y el aura que expelía aquel habitáculo de dioses. Por su parte, Necross parecía abstraído. Imbuido en sus propios pensamientos, el hombre del parche poco decía y consentía. Al parecer estaba tan inquieto como perplejo por la presencia de un templo que él no recordaba haber visto la primera vez que estuvieran allí. La geografía cambia, pensó para sí la oscura como posible respuesta, pero cierto era que el lugar también la desconcertaba. Mikolash, el humano andrajoso, era el único que medianamente parecía complacido con la llegada, más altanero y osado que de costumbre, hablaba a la par que los otros dos. Pero Fïrinne solo concentraba su mirada en aquella escultura que se alzaba a espaldas del Anciano Patriarca.  El silencio creció entre todos y como llamada a romperlo espetó:

-Por mí pueden llevarse a la ciega donde quieran-. Cubrió mejor su rostro para que nadie se percatara de su tez grisácea y ojos de fuego, rebulló la capa cobijándose mejor y prosiguió: -pero en mi caso, deseo saber más de eso- terminó, fingiendo desinterés y señalando sin ganas la escultura.

Un caballero en túnicas luminosas y de porte igual a los demás se adelantó y con una leve inclinación indicó un camino que de seguro conduciría a las respuestas que buscaba. Rebulló de nuevo la capa, apretó el morral y continuó. Al pasar por el lado de Mikolash vociferó varias amenazas en caso de traición, y asintió en una rápida mirada a Necross y Elinor, a quienes dejaba detrás con los monjes y su patriarca. Eran tiempos extraños, y más cuando se trata de un lugar plagado de hombres de fe, los cuales despertaban comezón en la elfa incrédula.

No hablaron por el camino, quizás la energía hostil de la drow superaba las premisas de su guía. Tampoco hubo el menor intento por lograr conversación alguna, siendo la única compañía el eco de sus pasos sobre las blanquecinas baldosas. El corredor se extendía cada vez más, con compuertas alineadas una tras otra, sin mostrar un fin. Luego de un tiempo, Fïrinne solo pudo hacer una mueca entre asco y sarcasmo: para cualquiera resultaría imposible guiarse una vez más hasta aquel lugar. Entre recovecos y vueltas a un lado y otro, ya había perdido su orientación. Sin embargo, bien sabía que la carta mejor jugada era su memoria… con tiempo y paso firme podría encontrar de nuevo el sendero hacia el lugar donde estaba siendo guiada.

-¿Ya casi llegamos?- inquirió algo molesta por la tardanza.

-Así es, señora- respondió con aprehensión el caballero. –La sala de conocimiento es quizás una de las más importantes de todo el templo: allí reposa todo lo que sabemos sobre los misterios del mundo.

Una risita burlona brotó de la oscura, la cual fue obviada por el monje. A todas luces era evidente que su compañera era una no creyente, una ingenua proveniente de un mundo también oscuro en verdades y aciertos, así que por todo lo que representaba calló y prosiguió el camino.

Pronto divisaron un portón en medio de un jardín subterráneo. Algo extraño para el mundo común más no para los bendecidos con los poderes de la magia. Las puertas de aquella entrada eran enormes, de madera perfectamente trabajada y lustrada, con un marco de hierro simple pero robusto, apenas lo indicado para convertir aquel lugar en un sitio de refugio y resistencia en caso de ataque al lugar. Sí, sin duda aquellos monjes tenían en alto estima lo que allí guarecían.

Aunque no estaba dada a la ovación ni al reconocimiento de lo que pudiera ser bueno y noble en el mundo, la drow de cabellos cenizos asintió al sentirse perpleja: las plantas de aquel jardín subían hasta el techo del cual se desprendía una luz tenue, simulando la del sol. Por las puertas también florecían diversas plantas, dándole un aspecto vivo. Animales no habían, tampoco ningún tipo de criatura en movimiento, lo que hacía que el silencio envolviera todo. Ingenioso, hermoso, pero inquietante.

-Hemos llegado señora- advirtió el guía: -Atrás de estas puertas están las respuestas. Esperaré por vos hasta que tengáis a bien terminar. Yo os llevaré al lugar de reposo. No tengo permitido ingresar, pero sé bien que si el Patriarca ha recomendado traeros acá, es por algo. Adelante.

“Lugar de reposo”, repitió Fïrinne para sí algo molesta, arrugando los parpados como pensando y maldiciendo: “algo me huele extraño acá… No encaja”. La masa amorfa compuesta por millones de cuerpos en forma circular volvió a su memoria en cada vívido detalle.

Avanzó sin temor aunque con sospechas de lo que encontraría al otro lado. Miró de vuelta al guía y levantó la mano para correr la puerta, más ésta se abrió de súbito con un fuerte Crash, dejando escapar una corriente de viento que pronto la envolvió, obligándola a avanzar.

Dos o tres pasos y los portones se cerraron de nuevo. Estaba encerrada, prisionera en un hueco bajo tierra. Sin embargo, entre las tinieblas luces empezaron a aparecer, pequeños destellos fluorescentes que salpicaban la cúpula de aquel lugar.

-¿Quién eres y qué buscas?- preguntó una voz profunda y rugosa, como si la vida corriera desde hace millones de años tras ella.

-No te importa y quiero respuestas- alegó altanera con una de las manos cerrando el mango de una de las espadas. Estaba cansada del viaje, y de estúpida no había querido reposar un poco antes de inquirir en aquel lugar, pero le podía más las dudas sobre esa escultura y la grafía de la estatua.

El silencio se hizo entre ambos, obligándola a ceder.

-Quiero saber de dónde son esos caracteres que yacen bajo la escultura del Prior- balbuceó con cierto odio por ceder ante aquella figura.

-Los entiendes…- respondió aquella voz meditativa de ultratumba: -Interesante.

La luz inundó de nuevo aquel sitio, y lo que otrora parecía una caverna de fauces temibles, se tornó luz intensa por el reflejo de las paredes blancas de tono maculado. Fïrinne se llevó las manos a los ojos, obnubilada por el resplandor, pero al acostumbrarse pronto a aquella intensidad quedó estupefacta. Era la sala más grandiosa jamás contemplada por la oscura y al fondo, reposando sobre un montón de verdes plantas y troncos, se erguía un colosal dragón que con ojos verdosos e intensos la observaba.

-¡Qué demoni…!- alcanzó a gritar, sacando ambas espadas gemelas de su funda.

-¿En serio crees que una simple mosca es capaz de desafiarme?- río la bestia, estudiándola.

El silencio nuevamente se hizo entre ambos y la oscura no sabía si atacar o echar a correr. Si desandaba los pasos sería una cobarde y nada en su vida le había enseñado que esa era la mejor solución para un problema como aquel: esa era una gran bestia pero si cazar era lo que quería, no le daría la ventaja de tomarla por la espalda.

Atacarla... Era una estrategia suicida.

-Sí elfa…- rompió el silencio la criatura entrecerrando su mirada: -Entiendes que la mejor opción es dialogar. Guarda tus armas y mira lo que te rodea.

“Me lees la mente gusano pútrido”.

“Así es, pecadora”.  

-PERO… ¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO? ¿CÓMO DIANTRES ME LEES LA MENTE? ¿CÓMO?

La bestia de nuevo río y aburrida dirigió su mirada cadenciosa alrededor.

-Si fuiste capaz de leer la escultura tienes capacidad de entender lo que yace sobre estas baldosas. Tienes mi aprobación y bendición elfa, lee y aprende. Toma un poco de futuro a través de las verdades del pasado.

Por primera vez la elfa enfocó en las baldosas y todas ellas estaban cubiertas de letras y grafía antigua. Exactamente la misma que había logrado descifrar en la Tierra Muerta. Quería preguntar quién era aquella criatura y su relación con los monjes Minali y los 9… los 9… ¿los 9 qué? ¿Por qué hijos de los 9?

-Te recomiendo las de la izquierda… Tomaos tu tiempo.

Entonces el dragón se levantó y dando media vuelta se internó en su guarida no sin antes dejar el eco de sus pasos al andar.

-Y saluda a mi hermano. Pronto llegará el día de encontrarnos.

“¡Genial! Me vio cara de recadera esta sucia salamandra” , pensó, clavando los ojos en lo que la escritura evidenciaba. Solo hasta ese momento notó lo nerviosa que se encontraba y dejándose caer sobre el piso continuó con su lectura.

Leyenda:


LEGION


Valakia, tierra de conflicto, de estirpe, de sangre. Por su suelo corre la historia de cuatro lugares, no diferentes entre ellos, pero ingenuos y crueles en sus raíces paganas. De dioses foráneos y talantes mezquinos, luchaban entre sí por la supremacía de uno sobre los otros tres. La muerte sacudió sus campos y secó los ríos; el Tarangini estrechó su afluente y masacró a las crías. Azotados por la guerra y la mala suerte, los humanos acudieron al joven Nuculais, uno entre muchos, en busca de fuerzas capaces de hacer temblar a los poderosos y derrotar ciudades.

El joven Nigromante apenas si era versado en el arte de los muertos, pero estaba seguro de poder despertar la esencia de uno capaz de ganar para la naciente Xerxes la guerra de los cuatro. Parte suerte, parte obstinación, lo logró, trayendo del más allá una entidad ni viva ni muerta, no orgánica pero tampoco inorgánica, capaz de aniquilar todo lo que la mente del joven hechicero evocaba. La Legión, le llamaron, y sin saberlo, uno de los primeros demonios del Caos arribó a la tierra surgida del Gran Árbol.

Ni inteligentes ni empáticos, los humanos son los únicos capaces de asesinar a sus iguales. Y así fue como Nuculais, un humano nacido en tierra fértil, atrajo para sí la calamidad e hizo uso de ella y sus poderes colosales sin saber que con ello destruía el mundo que pretendía proteger. La fuerza del demonio atada al cuerpo del joven no fue suficiente para hacer retroceder a los invasores. Por sí mismo, y gracias a los dotes del demonio, consiguió acabar con la gran mayoría, pero entre más combatía más volvían; pese a su pronóstico de rendición, las demás ciudades se aliaron y Xerxes pronto se vio nuevamente sitiada por el hambre, la guerra y la ruina.

El Nigromante imploró por más poder, uno capaz de acabar con la guerra de raíz. Necesitaba expeler el mal de sus tierras y la Legión, aquella entidad hambrienta y sellada en su alma, le habló por primera vez, con conciencia y sapiencia planteó su petición y demanda: el sacrificio de sangre inocente. El hambre de poder hizo su trabajo, y el demonio el resto: la Legión pidió la entrega voluntaria de cada habitante de Xerxes, una firma con sangre que todos debían acatar. Así lo pidió el demonio y así lo hizo la humanidad, y frente al gran Palacio de la ciudadela, niños, mujeres y hombres marcaron con sangre el suelo que los vio perecer ipso facto.

Un halo negro los rodeó, un vapor  que  atrapaba sus cuerpos haciendo que los ojos lloraran sangre, su piel madurara en años y sus uñas crecieran con rapidez. Los más jóvenes llegaron a su edad adulta, los más viejos se hicieron polvo, pero Nuculais, que era el contenedor demoniaco, mutó una vez más.

Su corazón se abrió y de él la vida de todos los ciudadanos quedaron prendidos, una masa amorfa de carne y sangre, un círculo de vida latente hecho de muchas otras ingenuas y descuidadas. Así fue creciendo, consumiéndolo todo; así nació en Noreth La Legión de Xerxes.
 


“¡Es una bestia! ¡Lo que adoran estos monjes es una bestia!”, se repitió Fïrinne.

-Haz leído suficiente, elfa.

-No aún… no… necesito un poco más…

CONTINUACION:

Entonces la luz de la sabiduría descendió en la humanidad. Si el joven nigromante cayó en la trampa de los demonios, otros más viejos pero también hábiles aprendieron del camino de las estrellas, el mundo entre mundos, la estancia entre la vida y la muerte, un lugar de polvo y nubes donde las almas buenas, malas, vivas y muertas, reposan encadenadas al influjo de la marea de los tiempos.

Eneomanos, oriundo de la tierra de Valakia, un mago de portales, aprendió la clave para abrir aquel lugar de acceso divino… un sitio de reposo, un lugar de penitencia… un mundo entre mundos… uno de vapor y estrellas donde la muerte toma fuerza y la vida se desvanece en la nada creadora...


Para conocer la continuación de esta historia leer:
http://www.cuentosdenoreth.net/t5240-evento-leyenda-el-visitante-en-el-sombrero-de-seda-la-historia-de-eneomanos


El viento surcó los cabellos de la elfa y así como la obligó a entrar una vez más la expulsó. El aire caliente se hizo denso, dejando en sus surcos las palabras del dragón: “No olvides mi recado, escriba”.

-Vaya. ¿Qué viste mujer? ¿Qué sucedió allí dentro?

Fïrinne temerosa llevó sus manos a la braga y todas las telas que solían cubrirla. No quería ser detectada y menos a quién sabe cuántos metros por debajo de los demás. No es que le importara la vida de Necross o Elinor, pero sabía que los necesitaba… más después de lo leído.

-Llévame donde mis compañeros, monje- espetó la oscura y al ver que éste en su emoción se disponía a hablar de nuevo, levantó su voz con un: -¡DE INMEDIATO!

Al llegar a la recámara de Elinor oyó voces al interior. Despachó a su guía, quién pretendía aún saber lo que adentro de la sala de conocimiento había, pero de Fïrinne solo logró un gruñido y ser espantado. Entonces se recostó sobre la puerta y, pegando la mejilla, escuchó la conversación hasta que fue descubierta.

--//--

La Sala de las Memorias Futuras era sobrecogedora. Fïrinne acostumbrada a aguardar y callar siguió a sus compañeros sin comentar palabra alguna de lo que los Minali escondían en el subsuelo. Un dragón… pero no cualquier bestia, pues ésta contaba con el discernimiento, la inteligencia y el conocimiento de uno de los grandes señores de los tiempos antiguos antes del Gran Árbol.

¿Sería todo ello una trampa?

Los pelos de la nuca se le erizaron de solo imaginarse digerida por aquella bestia de ojos centellantes de verde floral.

-Ahora no perdáis la concentración. Fijáos en el recuerdo o sensación más fuerte que guardéis sobre quien buscamos.

Era el Nigromante pero su mente se fue hacia Ondine. La había visto la última vez en batalla, dando a luz una pequeña que ella tomó en brazos y huyó, alejándola de su progenitora. No sólo era una asesina, sino que también había sido desleal. “Jamás debí haberme ido de su lado”, gruñó con los ojos cerrados y las manos apretadas por la impotencia.

-No puedo, Trehdo-. La voz de Elinor sonaba desesperada, como un alma en dolor y sufrimiento.

Entonces Fïrinne lo vio: un mar de vapor y luz tenue. Piedras emergían y en medio de un lugar de cielo estrellado, el cabello blanquecino y alas impolutas de una criatura diminuta brillaba, rompiendo con su llanto el silencio sepulcral del lugar.

-Necross… Nadine… ¡¡NECROSSS!!- gritaba con desesperación, tomada de las piernas, sin mostrar el rostro, balanceándose con desesperación.

Al otro lado, de espaldas a la figura, Necross también observaba la escena sobrecogido y atormentado.

“Esto no es lo que busco... por ahora”, se dijo y al tiempo otras voces inundaron su cabeza. Eran dos hombres, uno tatuado, cubierto por una capa oscura, de olor peculiar: el mismo que reconociera en el polvo de todos aquellos cuerpos manipulados.

-Cosas mías, Dorf. Tú sal fuera y monta guardia. Si ves que alguien se acerca a Arthias envía a los Kius.

-Como deseéis- contestó otra voz.

-Hora de regresar- dijo Trehdo y de pronto sus cuerpos aterrizaron a los parajes conocidos en lo alto del templo Minali.

Fïrinne miró a la ciega, y aunque sudaba se encontraba bien y hablaba con el monje. Eso se le daba bien. Al parecer todos habían atendido la misma visión, si es que así se le podía mencionar a ello.

-Nos vamos ya de acá- ordenó, mirando a la ciega sin haber notado que Necross no daba respuesta alguna de estar consiente.

“Toma un poco de futuro a través de las verdades del pasado”, había dicho el dragón y por dos segundos Fïrinne tuvo la sensación que ese lugar de vapor y estrellas donde su ama lloraba y la cárcel de la Legión eran el mismo. Paso a paso iba caminando por un sendero que solo los insensatos seguirían.

Todos se reunieron entorno del tuerto y sin más le trataron de reanimar sin éxito alguno.

“¡Maldita sea!... Y ahora a ti te da por dormir, maldito Necross…”, refunfuñó la oscura impotente ante el escenario que se presentaba. “¡Maldita sea!”

-Y ahora, ¿qué hacemos humana? preguntó, sintiéndose impotente.
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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Jue Sep 10, 2015 1:33 pm

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué no ha despertado?- tras reponerse, Elinor tan solo podía fijarse en que, a diferencia del resto, el cuerpo de Necross permanecía en el suelo, como si durmiera plácidamente.
 
-Su mente se separó de la Sala de las Memorias Futuras- explicó Trehdo, agobiado por la situación- Temo que, por mucho que nuestras voluntades insistieran en ello, la suya se empecinó en permanecer en aquel corredor.
 
-¿Eso que significa?- preguntó la chica. Las auras le indicaron que el minali se había arrodillado junto a Necross, sin responder aun. Ante el silencio del sacerdote, Elinor percibió como ella también acaparaba la atención de alguien.
 
-¿Qué hacemos?- preguntó, ansiosa, Fïrinne, al tiempo que Elinor se volvía hacia ella.
 
-Debemos confiar en Trehdo- dijo, tratando de calmar a la elfa- Él sabrá qué hacer para que Necross despierte.
 
-No confío, mujerzuela. Míralo. No tiene idea ni siquiera de lo que esconde bajo esas faldas- si la situación hubiese sido otra, a Elinor incluso le hubiese divertido la respuesta de Fïrinne, que tan bien reflejaba el hecho de que estaba asustada. “Pero, ¿de qué?”
 
-Yo no escucharía a la ojona- se le escapó por lo bajo a Mikolash.
 
-A callar estúpido- espetó Fïrinne. Negó con la cabeza y aseguró- No ... No se quedará acá- tras sus palabras, Trehdo finalizó su examen y se puso en pie, suspirando. Elinor, que también se había encogido junto al hombre, lo imitó, situándose a su lado.
 
-Su nexo era demasiado intenso. Su mente sigue donde la Sala le obligó a estar, junto al Nigromante- sentenció el minali, quien, al cabo de un instante, dirigió su mirada a Fïrinne- ¿En verdad queréis llevarlo con vos? Este problema tiene dos posibles soluciones. Una es que los hermanos intentemos devolver su consciencia a su propio ser. La otra es que arrastremos su cuerpo al lugar donde ha quedado anclada su alma.
 
Un mal aura pareció establecerse en la Sala, trayendo consigo el silencio. Elinor meditó sobre las palabras que Trehdo y Fïrinne habían dicho. La elfa no aceptaría dejar a Necross con los Minali, pero, pese a ello, debía intentar aportar algo de sentido común a su obsesión, y el sacerdote le había dado una idea con su propuesta.
 
-Creo que deberíamos intentar ambas cosas a la vez- dijo y, al percibir la confusión en sus compañeros, procedió a explicarse- Nosotros podemos viajar hacia el lugar que vislumbramos. Si lográsemos detener al enemigo podríamos llevar allí a Necross sin riesgos. Mientras tanto, los Minali podrían intentar ayudarle desde el templo.
 
-No estoy convencida- rechazó Fïrinne, comenzando a recoger su equipaje y dirigiendo una rencorosa mirada a Trehdo- Hagan lo que quieran acá en su templo. Nosotros nos largamos. Tú –chilló, mirando a Mikolash- eres libre de hacer lo que quieras y tú–repitió, esta vez hacia Elinor- Tenemos asuntos pendientes- para sorpresa de todos, como un obediente animal de carga, Mikolash tomó por la camisa a Necross, echándoselo sobre el hombro y situándose al lado de la elfa- Bien- añadió ésta, sonriendo, dirigiéndose de nuevo hacia Elinor-A halar este bulto humano. ¿Qué decides humana?
 
-No voy a cargar con vuestras muertes sobre mi consciencia- aseguró, decidida, la chica- Gracias por toda la ayuda, hermano Trehdo. Algún día espero poder devolvérosla- comenzó a caminar hacia donde estaban Fïrinne y Mikolash con el cuerpo de Necross, pero las palabras del sacerdote la hicieron detenerse.
 
-Puede que ese día sea hoy- dijo, extendiendo los brazos a continuación, como si, de algún modo, se encontrara recibiendo una agradable brisa. Sin dejar de estar en tan curiosa posición, volvió a hablar- La Sala me ha mostrado que mi destino, al menos por ahora, va de la mano del vuestro. La magia de los nueve no es tan poderosa fuera de estas paredes, pero será suficiente como para auxiliaros.
 
-A trabajar entonces- expetó Fïrinne, algo estupefacta ante la actitud de Trehdo- Vamos, princesita y monje: vosotros dos iréis en el ave desarrollada de este mugroso. Este estúpido ya ama ser pareja conmigo cabalgando- terminó, soltando una prolongada carcajada.
 
-¿Y Necross?- se preocupó Elinor- ¿Donde viajará más seguro?
 
-Si me permitís- intervino Trehdo- Los Minali tenemos un par de burros. No son animales rápidos, pero son buenos para la monta. Podríamos atarlo a nuestro caballo para que porte a Necross.
 
-Eh... hermano Trehdo- algo avergonzada por el error del sacerdote, Elinor se rascó la nuca al hablar- Creo que nuestra montura tiene poca familiaridad con los caballos.
 
-Con la carga- sentenció Fïrinne, dando a entender que el burro solo los haría ir más lentos, y que el animal al que Necross denominaba “chocobo” sería capaz de llevarlos a los tres.
 
-Bien- se resignó Trehdo ante el desprecio de la elfa- Si insistís en que podrá soportarlo, iremos los tres en ese "ave" que mencionáis. Por los nueve que jamás vi un ave tan descomunal, será digna de montar.
 
-//-
 
El camino desde el Templo de los Minali no era de aquellos que dan pie a la esperanza. Sin saber si Necross despertaría, aquel leve tono de aventura con el que habían iniciado la ruta hacia Arthias días atrás se había perdido, quedando solo la oscuridad que rodea a una misión donde la derrota y al muerte se convierten en sinónimos. Además, había algo en el ambiente, algo que no hacía falta ver con los ojos ni percibir mediante las auras para sentirlo muy hondo, arañando el alma. Estaban siendo acechados.
 
Música:

 
No era solo que sintieran como si tras cada piedra o cada arbusto del desértico camino se escondiera un enemigo, era que el propio lugar se hacía hostil hacia ellos. Al momento de dejar atrás el hogar de los sacerdotes el frío se había adueñado de sus cuerpos, no dejándoles ir. Una rápida consulta a Trehdo le confirmó a Elinor que, a pesar de no ser hora, se había hecho de noche.
 
La tensión que sentía al montar, aferrándose con una mano al sacerdote y con otra al cuerpo de Necross, le ayudaba a concentrarse, permitiéndola sentir con más claridad que de costumbre todo cuanto la rodeaba. Sin embargo, en ese momento, hubiera preferido mantenerse en el olvido absoluto en el que se veía envuelta al viajar sobre cualquier tipo de animal.
 
Ni siquiera el aura de Trehdo, antes dotada de una gran calma de la que sentía que podía beber, ayudaba en lo más mínimo. Era incluso peor, porque, si para los demás el caos era algo habitual en sus vidas, para el sacerdote era completamente inusual, y su propio cuerpo lo traicionaba, haciéndolo temblar de pavor.
 
-Estamos muy cerca del castillo- informó el hombre, girando la cabeza levemente hacia Elinor- Vamos a necesitar ese don que los nueve os otorgaron para, desde allí, localizar a Ywak.
 
-Será difícil hacerlo sin referencias- se lamentó la chica. Un quejido le informó que Trehdo no había entendido a que quería referirse- Es algo que solía decir mi mentor, hermano Trehdo. Simplemente, tendré que concentrarme desde aquí, o será como si me despertara en un desierto en el que jamás hubiese estado nadie antes.
 
El sacerdote alzó la mano, bajándola muy despacio, dándoles una señal a Fïrinne y Mikolash, que viajaban tras ellos, de que redujeran el paso- Confío en que un ritmo menor os ayude a percibir mayor terreno- dijo, sin recuperar ni por un instante la calidez que había mostrado en el templo. El faro de luz del grupo había sido el primero en ser tapado por la oscuridad.
 
Elinor procuró olvidar la poderosa, y ahora turbia, aura de Trehdo, que rodeaba cuanto había a su alrededor, y se fijó en lo que había más allá. Comenzó a establecer lugares reconocibles por su aura- No pueden ser cualquier cosa, Elí- solía decir Heimwolf- Debe ser algo que perteneciese a ese lugar antes de que tu llegases, y que vaya a seguir en él años después de que te marches- recordando las lecciones de su maestro, canalizó a través de ella el aura de un gigantesco peñasco, un árbol que había mudado sus ramas miles de veces, la entrada a una caverna excavada por animales y, por último, haciendo un gran esfuerzo, retrocedió horas atrás para establecer un último punto de rastreo en el Templo Minali. Esto último había sido agotador, pues, aunque, gracias a Trehdo, aun arrastraban consigo gran parte del aura de aquel lugar, la oscuridad ambiente había bloqueado esta.
 
Confiando en no molestar al sacerdote, apoyó su mejilla sobre la espalda del hombre, como había hecho días atrás al montar junto a Necross, pero esta vez no era solo el miedo lo que le llevaba a hacerlo. Estaba fatigada, e iba a necesitar reponer fuerzas si quería utilizar los puntos de rastreo para identificar el escondite de Ywak. En algún momento, debió quedarse dormida, o eso pensó que había ocurrido, pues unas auras que, claramente, no estaban presentes en su entorno comenzaron a parecer muy cercanas.
 
-Nos habéis hecho llamar- decía una voz, una que más que hablar graznaba. Su aura era más parecida al animal sobre el que Elinor y Trehdo montaban que a la de cualquier humano o elfo- Los Kius estamos listos para atacar.
 
“kius”:
 
-Adelante- respondió otra presencia. Ésta era inconfundible, se trataba de Ywak. La especie de mujer-pájaro a la que había ordenado atacar se giró, volviéndose ante decenas de seres similares. La mente de Elinor se convirtió en un completo caos y, acto seguido, se encontraba en el aire, percibiendo un objetivo frente a ella, uno al que deseaba despedazar.
 
-¡Nos atacan!- gritó, despertando tras Trehdo. Unas veinte figuras, algo menores a un divium, pero aterradoras, se dirigían hacia ellos, volando desde la cima de un pequeño monte.
 
-¡Arre!- ordenó Trehdo torpemente al Chocobo, quien, obedeciendo sin tacto alguno, aceleró de un modo tan brusco que hizo caer a Necross y a Elinor de su lomo. Sujeto a las riendas, Trehdo se perdió en el horizonte, perseguido por unos cinco “kius”.
 
Más música:
 
Trató de levantarse rápidamente, alzando consigo el cuerpo de Necross, pero, al tantearlo con la mano, descubrió que su aura se alejaba, como había hecho la de Trehdo, solo que en esta ocasión lo hacía colgando de las garras de uno de sus enemigos. Tuvo que girar por el suelo varias veces, y golpear con su bastón otras pocas, hasta que el caballo de Fïrinne llegó a su altura. En seguida supo que Mikolash también había sido apresado.
 
Apenas hizo falta que dijeran palabra alguna, tomando la mano de la elfa, Elinor subió tras ella, preparada para perseguir a las criaturas que había hecho rehenes a sus compañeros. Pero, para convertirse en cazadoras, iban a tener que evitar ser presas. Haciendo de tripas corazón, y confiando en que la adrenalina le hiciera olvidar su miedo a los caballos y el pudor que sentía a la hora de percibir dentro de ella un aura ajena, se llevó a los labios la cerbatana que había tomado días atrás.
 
-Vas a tener que indicarme hacia donde disparar- le comunicó a Fïrinne, mientras sentía el viento agitar fuertemente su pelo hacia atrás.
 


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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Fïrinne el Jue Sep 17, 2015 12:20 pm


No había duda que entre ambas mujeres la comprensión parecía ser una finalidad evasiva. Una de ellas porque su mirada estaba apagada para darse cuenta que el mundo giraba más allá de su propia manera de mirarlo; y la otra porque no tenía nada más que ver sino sus metas, y a costa de lo que fuera, incluso el sacrificio, hacerlas realidad. Tozudas e inflexibles, debían aunar fuerzas y, por lo visto, a costa de su propia voluntad. A fin de cuentas, su meta era la misma.

-Vamos a ver qué sabes hacer, ciega- respondió furiosa la oscura, con esa aura combativa y pesada que la envuelve ad portas de la guerra.

Apeó el caballo, golpeó con sus botas a la bestia, chasqueó los dientes y se abalanzó en dirección al cuerpo más cercano: Necross. El tuerto volaba a unos metros de ellas, asido a las patas de una de las criaturas.

¿Qué demonios eran esas bestias? La elfa no lo sabía, y se reconocía ignorante al ver que, en todos sus largos años por el mundo entre guerras, jamás en su vida había visto tales criaturas.

–Ahora de guerrera pasaré a cayado…- bromeó con acidez, al darse cuenta que su compañía poco o nada sabía del enemigo que enfrentaba y de la nueva función de lazarillo que quedaba implícita en aquella situación. Sin embargo, antes que incomodarla le daba cierto aire de suficiencia y burla, sin dejar de fastidiarla el hecho de realizar una tarea tan vana: -Llevan al tuerto esas aves mugrosas... Maldita la hora en que decidió dormirse. Aférrate bonita, que me acercaré lo más que pueda...- explicó, instando más a la persecución.

-¿Qué pretendes hacer?

-¿Yo? Nada- burló maliciosa la oscura: -Pero tú no eres manca, así que piensa en la jugada: yo te llevo y tú sirve para algo.

-No pienso saltar sobre una de esas cosas- refutó aireada Elinor, recostada sobre la espalda de la elfa, pero manteniendo la distancia pues tanto le desagradaba.

“Ya sabía yo que era una inútil”, pensó Fïrinne. Sin embargo, en el fondo de su ser analizaba las acciones de su carga: tenía poderes extraños, como los vistos en muchos de sus pares en la selva del norte. Muy útiles en caso de querer ser un asesino o un informante. Por sus largos estudios como también los años de servicio en Jyurman entrenando las tropas, la oscura entendía el poder que corría por las venas de Elinor, lo que de alguna manera no mermaba su interés por saber qué podía hacer aquella niña y cómo lograría salir por sí sola de los problemas. Por el otro lado, no le remordía la conciencia el lanzarla como carne de cañón y estudiar la mejor manera de atacar a esas aves de rapiña. Vertebradas con patas membranosas y alas a su par, aquella plaga parecía débil… sólo mortal por sus uñas y dientes filosos como cuchillas. Sí, cuando Fïrinne se sinceraba con ella misma sabía que en el fondo solo esperaba la oportunidad de ver en acción a la ciega.

Musica:



Apeó de nuevo, ganando distancia sobre el adversario. Dos aves las seguían, el rastro del sacerdote se había perdido y sólo restaba tener éxito con el “rescate” del guía. El sonido vacilante del viento en velocidad se cortó con uno frío y penetrante, instantáneo y directo: la ciega había hecho su primera jugada.

“Así se hace, maldita”, aplaudió la oscura con los ojos inyectados de éxtasis. “Sin miedo”.

Sin embargo, el orgullo le duró poco.  El proyectil revotó en una de las alas de la bestia, produciendo ésta un sonido chirriante al tiempo que sus hermanas apretaban el vuelo a sus espaldas. “¡Qué asco de puntería!”.

-Oh, a la mierda- se quejó con resignación la joven y poniéndose en pie sobre el lomo del caballo, se lanzó junto a su bastón sobre el lomo del ave.

Aquello despertaba de nuevo su labor de inteligencia: la chica parecía tener una flexibilidad y equilibrio superior a la media de una raza que a los ojos rojizos de la oscura era decadente y viral. Hasta ese momento había considerado a los humanos como cerdos: de procreación fácil y prolífica con pocos dotes, más allá de su hambre voraz. Evidentemente su estupidez seguía haciendo mella, pero… para una humana estaba bastante bien. Apeó de nuevo y apretó los dientes expectante.

Entonces con furia, la chica comenzó a golpear la cabeza del animal, gritando:

-¡Baja!  Estoy harta de montar sobre pájaros. Baja de una vez, ser inmundo-. Pero aquello no servía de nada por lo que volvió a tomar un dardo de su cerbatana y con furia lo clavó en la nuca de la bestia. -¡CON SUAVIDAD HIJO DE PUTA! Nos estrellamos…

-Nada mal, bastarda- gritó Fïrinne, carcajeándose, al tiempo que sacaba una de sus espadas y, abanicándola con fuerza, cortó el gaznate de una de las persecutoras cuando ésta estiraba sus brazos para raptarla. –Y, ¡¡levanta las patas, ciega!!- volvió a gritar al darse cuenta que por poco una de las botas de la chica se clava en su ojo: su plan era obligar al caballo a situarse debajo de la chica para que ésta cayera en la montura sin mayores contratiempos; pero el ave descendía sin remedio y los troncos y obstáculos en el camino imposibilitaban la realización de la idea.

De pronto el golpe seco de Elinor cayendo sobre la montura alivió a ambas guerreras al tiempo que otro ruido, aún más basto y profundo, resonaba como eco sobre la maleza. Fïrinne giró al encuentro de la segunda ave persecutora. Tomando el látigo por la mano y lanzándola a la garganta, la apretó, arrastrándola por el camino hasta despedazarla, dando gritos de dolor.

-Nada mal bastarda… Nada mal- repicaba con una sonrisa Fïrinne, rememorando los movimientos de la ciega y obviando su asco.

Frenó en seco ante un bulto de pieles mientras ella con rapidez sacó una de sus gemelas, dispuesta a decapitar a la criatura que aún estaba atada a su látigo.

-Espero que no se haya muerto el primero de la lista- espetó con una sonrisa en dirección a Necross.

-Tiene la cara algo arañada, poco más- respondió la chica de cabellos revueltos, arqueándose de vez en cuando para tomar aire. Dio la vuelta al cuerpo del tuerto y luego volteó a ver el del ser alado: -Esta vez lo haremos a mi manera. Me da igual que sea una bestia, no lo torturarás.

La oscura se encogió de brazos, guardando su espada y resignada a las decisiones estúpidas de su compañera. Sin embargo sus pensamientos quedaron cortados al oír a lo lejos quejidos familiares.

-Tendrá que ser después- continuó: -Vamos por Mikolash.

Asintió la oscura y, tomando las riendas del caballo, lo amarró a uno de los árboles cercanos, tratando de ocultarlo fuera del camino. El animal la miraba con cierto reproche y ella poco o nada de atención le prestaba, acariciando rápidamente su pelaje.

-Nada de cobardías, bestia estúpida- balbuceó cerca del rostro del animal: -Esto se pondrá difícil y no me gustaría que salieras huyendo de acá-.

Hablaba algo duro, en parte para que la ciega deliberadamente oyera. Tomó con fuerza el mango de su látigo y luego, agitándolo con fuerza luego clavó su mirada en las ramas altas de un viejo roble. Lo lanzó a los cielos, enroscándose en una de las ramas. Trepó con la ligereza propia de su raza, sumado el entrenamiento en milicia que en toda su vida había tenido. Ella era un soldado raso, una mujer que podía decirse a sí misma que sabía sobrevivir y sobrellevar las vicisitudes del mundo, lejos de las reglas de cordura que éste había impartido a sus criaturas vivas. Sin sentimientos ni arrepentimientos, llegó a lo más alto sin perder oportunidad de quejarse: “Estoy pesada”, “Esta comida humana es un asco”, “Mi culo estorba”, y entre otros murmullos.

Sin embargo, apenas escondió su cabeza entre el follaje, oyó el aleteo de un nuevo enemigo.

-Cuidado, ciega- susurró al darse cuenta de la impavidez de ésta.

Pero Elinor ya se había percatado de los movimientos del ave y con total dominio de su destreza, lanzó el bastón, girando contra uno, dando en la cabeza de su contrincante. De lejos, el otro kiu apenas si acababa de reaccionar cuando con cerbatana en mano, la joven acertó en su pecho, dejándolo fuera de combate. Algo atontado, el enemigo cayó sin miramientos rematado por Elinor de un puñetazo en el rostro según volaba hacia ella.

–¿Alguno más viene?- inquirió presumida y victoriosa.

Pero aquello solo despertó en Fïrinne una amplia sonrisa de complicidad al ver que aquella mocosa, poco a poco, iba mostrando que no era tan inútil después de todo. La encontraba de corazón noble, uno que confiere respeto por la vida antes que rapidez por desencadenar la muerte –incluso en sus enemigos- y eso perturba a la elfa. Pocos conocía en el mundo que fueran así, tan abnegados y puros. “¡Asfixiante!”, espetó como conclusión.

-Nada mal para una criada, mocosa- asintió la de tez marchita al tiempo que concentraba sus oídos en más enemigos: -Pero no es hora de relajarnos: vienen más… y entre ellos, mi nene-. La sonrisa burlona despertó entre sus labios al oír los gritos de Mikolash.

-Pero… son demasiados- balbuceó Elinor, luego de tomarse un rato como si pudiera ver a kilómetros de distancia:

Más música:



-Odio hacer esto pero vamos a tener que usar a Necross de cebo.

“A mí no me molesta en lo absoluto”, pensó para sí Fïrinne, al tiempo que observaba desde las alturas como la chica arrastraba al tuerto, forcejeando con él, ocultándolo tras los matorrales. Luego, a su manera y con cierto esfuerzo, subió a uno de los árboles vecinos, aguardando en la oscuridad:

-Cuando des la señal, atacamos a la vez- explicó la chica.

-Yo no doy señales- refunfuñó la drow, dejando pasar a una de las aves, saltando sin más, delatando la posición de ambas guerreras. Sacó una de las gemelas, la izquierda, y preparando el golpe desde arriba y en media luna, atravesó al kiu. Sin embargo el ruido de alas llegaba de todos lados, por lo que al tornar sus ojos, clavó su mira en el primer ser que las amenazaba: otra criatura que sin miramientos iba a por la ciega. Rápida y certera, como pocos humanos fueran, la elfa lanzó su espada pero fallando en el intento. –Maldición, estoy vieja- chasqueó, tomando la segunda espada y bailándola de mano a mano.

Sin embargo, extasiada con la lucha, poco se percató que Elinor saltó tarde y a cada movimiento de la oscura, la ciega se sintió entorpecida por la improvisación de aquel ataque. Tuvo que evadir la espada fallida, quedando en el suelo a pocos metros de su compañera.

-Se te ha caído esto- dijo, entregando la espada: -la próxima vez apunta mejor.

Fïrinne río. Aquella mocosa tenía un sentido del humor interesante: de haberle dado se hubiese librado del “mal menor”, quedando libre para salirse con la suya sin tanto heroísmo. Tomó la espada y observó como la chica se lanzaba sin más contra el último kiu, acabando de luchar por los aires, con el bastón dando golpes a diestro y siniestro. “¡Está loca!”, fue la conclusión de la oscura. “¡Más loca que yo!”.

Entonces un nuevo batido de alas seguido de gritos e injurias sirvió para que Fïrinne saliera de su letargo. Respetaba a la chica, pero eso no le quitaba la mala leche que sentía cuando la tenía cerca. Y ahora la tenía demasiado cerca.

-Suerte con ése, bastarda- entonó con sarcasmo al verla volar y pelear contra el ave y, apretando el mango del látigo, lo surcó una, dos, tres veces antes de lanzarlo a las patas de aquella criatura. Haló de ella, desestabilizándola, haciendo que soltará al torturado humano.

Mikolash corrió como poseído por los demonios y Fïrinne lo observó con desprecio, a tiempo que seguía de cerca los movimientos del ave, errática, cayendo una y otra vez sobre el humano mientras corría y gritaba. Sacó ambas espadas y apenas éste corrió por su lado, se agachó. La sincronía de la elfa era perfecta: con la derecha, cortó las piernas de la criatura, y con la izquierda, clavada en tierra, se impulsó para evitar el impacto de la caída. La tomó por los cabellos, aun chillando la criatura de dolor, y la observó con desprecio.

Un golpe seco y fuerte se escuchó a pocos metros entre los ramales.

-Dü häst dëinë Rëisë verzëgërt, äbër tröztdëm gëwinnën wïr üns bäld wërdën wïr bëi Ihnën sëin (Has retrasado nuestro viaje, pero a pesar de ello ganaremos, pues pronto estaremos ante su presencia)- cantó en su lengua, sintiendo de nuevo esa presencia malsana y maligna a su alrededor: una magia que ella también conocía y sentía cercana. Entonces pasó lentamente la espada por el cuello de la criatura, observando lo oscura que era su sangre y el silencio en el que se sumió su muerte.

-Pensé que me abandonarían a estas cosas- reprochó Mikolash.

-Ojalá me dejaran hacerlo. Muévete idiota… ¡Escondámonos!- ordenó al sentir la presencia de más aves en camino.

No tan lejos de ellos, la valiente auromante forcejeaba en su batalla, obligando al ave a descender. Poco a poco, la ciega tomaba mayor control y confianza en la manera como podía atacar a aquellas criaturas voladoras. Había montado a caballo y ahora se veía obligada a refinar sus destrezas en el vuelo. Sin duda alguna, Elinor estaba mejorando al paso de cada batalla. Sin embargo, en medio del errático forcejeo, ambos, enemigo y humana, se estrellaron contra el tronco de uno de los árboles que se alzaba en la maleza, cayendo de no menos de unos cuatro metros de altura. Aquel ruido seco retumbó por todos los alrededores hasta llegar a los oídos de la oscura cuando ajusticiaba al kiu. Pero volviendo al campo de batalla, quedaron aturdidos. Sin embargo ella, rápidamente con la conciencia de todo lo que sucedía a su alrededor, se arrastró hacia los arbustos donde Necross había quedado escondido. Estaba golpeada, algo maltrecha pero aun con las fuerzas suficientes para llegar al punto de encuentro. Al verla, el caballo de Fïrinne rechinó de contento, tumbándose ella a su lado.

Por su parte, la oscura y Mikolash aguardaban tras los arbustos a que las aves inspeccionaran el lugar. Lo que otrora parecía un bosque tropical, poco a poco se había oscurecido con un aire opresivo que infectaba todo alrededor. Mikolash disminuyó el paso, al tiempo que Fïrinne también lo hacía. Una voz maligna condensaba el aire, volviéndolo pesado y malsano, como si en su cantar con el viento dictara las órdenes de un amo.

“Está acá”, razonó la de ojos brillosos, instando al humano a volver donde la chica y el tuerto. Al llegar se miran sin más como si con aquel silencio se diera por sentado el éxito de la empresa.

-Larguémonos- ordenó: -El camino apunta hacia el este, así que sigamos la misma dirección pero fuera de los senderos. Siento que de alguna manera estas criaturas los patrullan, además, ¿dónde demonios está el monje?

El humano se dispuso a acomodar el cuerpo de Necross en el caballo y luego ayudó a la ciega a ponerse en pie. Sólo hasta ese momento, la elfa caía en cuenta de la ausencia de Trehdo.

-Intuyo que perdió el control del chocobo- explicó Elinor con algo de esfuerzo, apoyándose en el bastón y, al alejarse el arquero, completó: - No sé si habrá sobrevivido.

-Un estorbo menos, que además nos ha robado una mascota. ¡Grandioso!- concluyó al oscura y, mirando a ambas direcciones: -No es prudente cabalgar, así que… -y soltando el caballo le entregaría las riendas a Mikolash: -Tú encárgate de dirigirlo y... no te hagas el estúpido tratando de huir: si no son esas bestias que te cazan de nuevo seré yo la que te termine de despellejar.

-Y Tú- dijo volteando a mira a Elinor con media sonrisa: -Cuida de ese golpe y mantén ese radar bien alerta. Al parecer eres de las bendecidas con el poder de la energía... trata de sentir al enemigo como también al monje. Jugaremos a escondernos antes que atacar pues algo me resulta curioso de la manera como combaten estas criaturas. Nada de estupideces- recalcó al tiempo que con destreza se perdió en la arbolada, trepando entre el verde de las ramas con sigilo. Por primera vez en todo ese viaje, Fïrinne depositaba confianza en aquella inválida pues en medio de la batalla se había ganado su respeto. "Sí que estoy vieja. Patético", se reconoció al cruzar esa idea por su mente.

Abajo, entre los árboles a orillas del camino, Mikolash, observó con interés cómo la oscura se perdía de vista; volteó el rostro hacia la chica vendada y con cierta astucia inició tema de conversación:

-Finalmente solos, cariño. Lástima que sea en medio de este nido de arpías.

Se aproximó hacia ella con cierto andar galante pero torpe, pues también se encontraba herido, denotando signos de arañazos en los brazos como en su pierna izquierda.

Pero Elinor poco o nada amedrentada cantó un –Adelante-, al tiempo que balanceaba sus brazos como un boxeador que provoca a su oponente. –Debí dejar que te mataran.

A penas unos cuantos metros adelante, Fïrinne avanzaba hacia el este, notando como la energía oscura quedaba a sus espaldas.

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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Dom Sep 20, 2015 6:18 pm

No era habitual que, desde el trágico día en que Heimwolf perdió la vida, Elinor se sintiera realmente satisfecha con algo, y menos aun con algo hecho por ella misma. Solían ser las palabras de su mentor lo que convertían una victoria en algo que celebrar. Sin embargo, tal vez por el golpe que se había dado en la cabeza, el pequeño triunfo que Fïrinne y ella habían tenido sobre los Kius había logrado satisfacer a la ciega. Debía imaginarse que poco duraría aquella sensación.

La presencia de la elfa había dejado de sentirse por completo cuando, aprovechando, cual sabandija, la oportunidad, Mikolash decidió rebelarse contra ellos. Sin duda alguna, y siendo sinceros, el momento era inmejorable. Trehdo había desaparecido, Fïrinne se había marchado para hacer de exploradora del grupo, Necross seguía sin despertar y ella, Elinor, estaba herida y extenuada por la batalla contra los aterradores pájaros antropomorfos. Había subestimado la inteligencia del arquero, y ahora era posible que lo pagara caro. Sin embargo, algo tenía muy decidido: no iba a mostrarse débil ante él, no podría decir, pasara lo que pasase, que había conseguido someterla. Si quería abusar de ella iba a tener que ser de su cuerpo sin vida.

-Adelante- soltó, desafiante, al conocer las intenciones de su enemigo. Mantuvo los puños en alto, indicándole con ellos que se acercaba, que estaba preparada- Debí dejar que te mataran.



Según Mikolash se acercaba, Elinor le propinó un golpe en la nariz, rompiéndosela. Aun así, el cansancio de ella, unido a las heridas que el hombre tenía en las rodillas, producidas por el viaje que le habían dado los Kius, jugaron a favor de él. El puñetazo le hizo tropezar, movimiento que, impetuosamente, supo convertir en embestida, cayendo con su peso superior sobre la chica, que, en su lamentable estado, no fue capaz de esquivarlo ni de evitar ser apresada.

-Te gusta jugar fuerte, eh, cieguita- baboseó, con su despreciable modo de hablar- A mi también- se incorporó brevemente, para lograr espacio para su brazo, y Elinor pudo sentir como los nudillos del hombre le golpeaban en la boca. No era momento para preocuparse por perder unos pocos dientes, pues era mucho más lo que estaba en juego.

-Me gusta ablandar a las chicas duras- siguió relatando el arquero, al tiempo que su mano descendía nuevamente, dejando sin aire a Elinor al golpearla en pleno estómago- Cuando acabo con ellas ya no parecen tan duras. Ya lo verás, acabarás por darme las gracias.

“Si, al menos, se cayara”, pensó ella, tratando de imponerse ante el dolor. Tenía las piernas atrapadas por el peso de Mikolash y su brazo izquierdo estaba inmovilizado por él. “Tengo que hacer algo ya mismo”, se dijo, tratando de alcanzar su cayado. Una patada de Mikolash lo alejó, pero fue todo lo que ella necesitó. Lanzó su pie contra el de él, torciéndole el tobillo. El hombre cayó de nuevo con todo su peso sobre la chica, pero ella ya estaba preparada para ello. Esta vez no le recibió sin actuar, dejándose aplastar, si no que, aprovechando la inercia con la que Mikolash se dejaba caer, le propinó un fuerte cabezazo, chocando frente con frente. Aturdido, el asesino rodó por el suelo, dejando libre el torso de Elinor.

Pero la chica no iba a huir, no rodaría hasta unos arbustos, esperando ser perseguida. Se giró levemente, dándole la espalda a Mikolash y, apuntando con cuidado, lanzó un codazo contra el rostro ya ensangrentado del hombre. No todo salió como esperaba, pues él ignoró el dolor que debía sentir y, nuevamente, consiguió rehacerse, colocándose a horcajadas sobre ella. Sus dos manos comenzaron a apretarla el cuello.

-¿Sabes?- preguntó, retomando su discurso- Me he cansado de jugar. Me conformo con matarte. Después le cortaré el cuello a tu amigo, por si despierta, y me marcharé en el caballo de la zorra gris- apenas le escuchaba. El aire había dejado de llegar a sus pulmones, y estaba dejando de pensar con claridad- Tendré años para buscarla y acabar con su vida, en caso de que el nigromante no lo haga por mi. Tan fuertes que sois y, después de todo, yo he ganado- estaba demasiado concentrado en su charla, en hacerla ser consciente de sus planes, para humillarla, y no se dio cuenta de que Elinor había logrado deslizar su mano hasta la parte trasera de su cintura, extrayendo su cuchillo de su funda.

Lo clavó en el hombro de Mikolash, obligándole a aflojar su presa. Rápidamente lo sacó, poniéndolo en el cuello del hombre. Un buen golpe en el costado fue todo lo que necesitó para quitársele de encima. Mikolash rodó, alejándose de ella, pero no fue lo suficientemente rápido. Ahora era Elinor quien se encontraba sobre el mercenario. Pensó seriamente en matarlo, pero no, no por un hombre así, no era a esa clase de gente a los que se refería Heimwolf. Él no valía la pena como para hacerla romper su código.

-No voy a matarte- aseguró, apreciando como el alivio llegaba a la cara de él. Fue entonces cuando supo porque no había podido vencerla, pese a encontrarse en superioridad de condiciones. No había sido una cuestión de suerte, tampoco de habilidad- Te ha faltado voluntad- dijo, acercando de nuevo el cuchillo al cuello del mercenario, observando como el miedo aparecía en su mirada- Sabías que, pasase lo que pasase, no iba a acabar con tu vida- arrojó el cuchillo lejos, dejándose llevar por un impulso animal, nada más que por la ira que sentía hacia la sucia rata que era Mikolash.

Al tiempo que el cuchillo volaba, aprovechando la sorpresa del hombre, se apresuró a poner las manos sobre el rostro de él. Buscaba sus ojos- Te gusta jugar fuerte, eh, cieguita- se burló, repitiendo las palabras que había usado él al iniciar su ataque. El hombre, en desventaja, se revolvió cuanto pudo, logrando aferrarse y apartar uno de los brazos de la chica, sin embargo, su pulgar izquierdo había encontrado la zona blanda de su cara, comenzando a hundirse en ella- Te ha faltado voluntad, Mikolash- repitió, mientras cargaba todo su peso sobre el brazo- Pensabas que no perderías nada, que te dejaría ir tranquilamente si perdías- continuó relatando, recordando cada una de las palabras que él había dicho, burlándose, mientras se encontraba sobre ella golpeándola- Bien- terminó, poniéndose en pie, observándose el pulgar ensangrentado- Te equivocabas. Has perdido algo, hideputa. Te dejo el otro ojo por si algún día te apetece intentarlo de nuevo.

Sin poder controlarse, lanzó un escupitajo sobre el hombre, para culminar lanzándole una patada a su malogrado rostro, dejándolo como un peso muerto sobre la hierba. Gritó, sin importarle que pudiera haber más enemigos cerca, gritó como no lo había hecho al asustarse en el Templo Minali, cuando, por primera vez en su vida, supo cuanto le había sido negado al privarle del don de la vista. Gritó de pura vergüenza, tratando de borrar de ella esa parte animal que, hasta ese día, jamás se había dejado mostrar. ¿Sería capaz de controlarla de ahora en adelante?

Al cabo de unos minutos, más calmada, pero igualmente asustada de si misma, buscó algo de cuerda entre las alforjas del caballo de Fïrinne. Ató fuertemente a Mikolash y, con gran esfuerzo, lo subió junto a Necross a lomos del animal. Buscó su cuchillo, su cayado y la cerbatana, que estaban dispersados por la zona, y, antes de comenzar la marcha, clavó uno de los dardos somníferos en la espalda del mercenario. No quería más sorpresas de camino a Arthias.

En el suelo, cogió las riendas del caballo, y comenzó a caminar delante de él, haciendo que la siguiera. Puede que hubiera superado parte de su miedo a montar, pero no lo suficiente como para guiar ella a su montura. Siguió el rumbo señalado por Fïrinne, sin apenas sentir aura alguna a su alrededor. Estaba demasiado herida y agotada como para hacerlo, pero, aún así, sabía que su mayor impedimento era su estado mental. Necesitaba de concentración para ser una auromante eficaz, aunque, por el momento, se conformaba con se capaz de evitar tropezar con los obstáculos del camino.

Caminó cerca de una hora, con el cuerpo dolorido, sintiendo, por algún motivo, que ese dolor era parte de una penitencia que debía pasar. Así siguió hasta que una presencia conocida, quieta, expectante, apareció ante ella. Se trataba del chocobo, el animal de Necross y, a sus pies, inmóvil, pero vivo, el Hermano Trehdo sangraba inconsciente sobre un matorral.

Fue una fortuna que el chocobo hubiese decidido detenerse en aquel lugar pues, de no hacerlo, la chica hubiese pasado por alto que, desde allí, nacía un sendero ascendente que serpenteaba por entre los árboles. A pesar de su aturdimiento, tuvo la corazonada de que era el mismo sendero que antes había percibido desde lo alto, cuando la Sala de las Memorias Futuras la había puesto en el papel de Dorf, el guardaespaldas de Ywak.

Las heridas de Trehdo parecían ser meramente superficiales y, temiendo no encontrar a Fïrinne si continuaba por el sendero descubierto, decidió descansar allí. Bajó a Necross y a Mikolash, y unirlos al inconsciente sacerdote. Parecía algo sacado de comedia, los tres inconscientes, cada uno por motivos tan distintos. Agotada, sucumbió ante el sueño entre el caballo y el chocobo, deseando que, con el descanso, también acudiese a ella algo de orden y paz en su mente.


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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Oct 06, 2015 2:41 am

El verdor del camino era algo que hacia feliz al hombre sin parche, mas de una vez inflo su pecho, llenando sus pulmones del maravilloso aire que el camino le entregaba. pensaba en que si Nadine estuviera con él, la escena seria perfecta. Pero lamentablemente tendría que conformarse con su compañía, y es que la compañía no era desagradable, pero el hombre sin parche siempre ha preferido la soledad, o estar con la gente que honestamente quiere. Sin importar lo que pensara, a veces se distraía mirando el verdor de los pastizales, y estaba de tan buen humor, que le acariciaba el cráneo a algodón, mientras le sonreía a Fïrinne, y aunque ella no hacia lo mismo, Necross mantenía la sonrisa en su rostro.


Pero algo había cambiado en los caminos, y en su anterior aventura por Arthias, ya hace ocho años, el hombre sin parche no noto un santuario que se escondía en el camino. Necross, atento a las palabras de Mikolash, comenzó a mirar a los alrededores, en efecto, jamás había visto este lugar. Sorprendente para él fue ver la diversidad de razas que ahí habitaban, todos trabajando en comunidad, sin importar su especie, aquello alegro aun mas el corazón del tuerto.


Aun iban bien encaminados, ya que esa era la ruta para llegar a Arthias, pero la iglesia de los nueve era algo nuevo allí, y Necross sentía curiosidad sobre ello. Pronto fueron recibidos por un amable anciano, y mientras avanzaban, el hombre sin parche vio algo que le helo los huesos. Una escultura que representaba perfectamente a una criatura que las leyendas de Valashia cuentan desde que se tiene memoria, el hombre sin parche no podía asegurarlo, pero le pareció ver a la Legión, y aquello le causo un gran temor, uno que arruino su buen humor.


Aun así, después de tres días durmiendo en la intemperie, las camas que el hermano Trehdo ofrecía sonaban perfectas, pero antes de siquiera verlas, Necross se separo del grupo y comenzó a explorar las afueras de la iglesia, necesitaba a un herrero.


-Buen día.- Dijo el hombre sin parche, al entrar a una casa que tenia un letrero con un yunque y un mazo dibujado. -Buen día hermano, ¿Qué necesitas? - Un enano extrañamente amable lo recibió. Necross le dijo al herrero que necesitaba reparar sus armas, limpiaras y pulir el filo. Antes de separarse del grupo, el hombre sin parche había comentado que debían irse al día siguiente, que ya habían perdido mucho tiempo, y a Elinor junto a Fïrinne, les dijo que dejarían a Mikolash en el camino, o se volvería una carga que él no estaba dispuesto a llevar.


Después de terminar sus asuntos con el herrero, el hombre sin parche se encontró con Fïrinne, quien al parecer tenia información, una muy valiosa información. -¿Hay alguien que nos quiere poner a prueba? Es segunda vez que tengo que ir a ese castillo, y espero que ahora no este infestado de monstruos, ni que... terminemos en otro lugar.- Un escalofrío subió por la espina de Necross al recordar el corredor infinito, cuando desde el castillo de Arthias termino en ese distante lugar. El hombre sin parche había llegado junto a la drow a la habitación que les serviría para encontrar al llamado duque muerto. Pero antes de llegar, antes de entrar, Necross hizo detener a las dos féminas, necesitaba contarles una pequeña historia. - Hace ya años, yo entre en el castillo de Arthias con un grupo de mercenarios, dentro había un nigromante que estaba haciendo experimentos con los habitantes de una aldea cercana. Fue una aventura terrible, pero fue allí donde conocí a Ondine.- Al mencionar a su querida Ondine, el hombre sin parche miro a Fïrinne. - El nigromante nos envió a una dimensión alterna, no estoy seguro como lo hizo, pero terminamos en un lugar llamado el corredor infinito, es un lugar muy distinto a Noreth, es... es sorprendentemente aterrador. Junto a un buen amigo, y Ondine, logramos derrotar a nigromante y escapar de allí, pero ahora temo que este Duque de los muertos o como se llame, intente abrir el corredor nuevamente. Hay criaturas de grandes poderes allí dentro, e Isaac, el nigromante que derrotamos, nos menciono que alguien quería obtener dicha fuerza, estoy muy seguro que ese alguien es el enemigo al que nos enfrentamos ahora. Por favor... actúen con cautela.


Una vez que el hombre sin parche termino de hablar, los tres procedieron a entrar en la habitación.


Necross escucho cada palabra que el hermano Trehdo decía, le parecía fascinante el poder de aquella habitación, pero le asustaba que dicho poder pudiera venir de artes que quizás ellos no comprenden del todo. Se tomaron de las manos, y el monje comenzó con su labor. -Ahora no perdáis la concentración. Fijáos en el recuerdo o sensación más fuerte que guardéis sobre quien buscamos.- Pero había un problema, a Necross no le habían dado las indicaciones que al resto si, e inconscientemente, su mente inmediatamente dibujo el rostro de su querida de ojos lilas.


Y en efecto, la vio, sentada, con la cabeza entre las rodillas, en un lugar donde el cielo siempre era de color violáceo, donde las leyes de la física no siempre eran las mismas, donde antaño pasaron un momento terrible, donde ella casi pierde la vida, y donde él casi la pierde. Allí, Necross vio a Ondine, y ella grito su nombre, y el de su hija. El hombre sin parche cayo de rodillas sin saber si lo que veía era cierto, si la sala solo le mostraba lo que quería ver, o si ella realmente estaba viva. -¡Ondine!- Grito mientras un nudo se hacia en su garganta. -¡¡Ondine!!- Grito porque después de ocho años, volvía a verla. -¡¡Ondine!!- Grito porque han sido muchas las noches en que ha llorado su partida. - Ondine...por favor...- Grito, pero ella no podía escucharlo.


Desesperadamente intento acercarse, pero había una pared invisible que no lo dejaba moverse, el hombre sin parche entonces comenzó a golpear dicha pared, pero mientras mas lo hacia, mas se desesperaba, mas fuerte gritaba, y mas  triste quedaba. - Ondine...- De pie, apoyando el cuerpo y la cara sobre el cristal, con su brazo derecho golpeando el muro levemente, el hombre sin parche lloraba el estar tan cerca de su mujer, pero a la vez tan lejos.  


Su imagen lentamente se fue desvaneciendo, mientras Necross seguía gritando su nombre. Copiosas lagrimas corrían por su rostro, el dolor, la pena y tristeza que ella parecía sentir fue compartida con el hombre sin parche. Pronto el mundo se volvió negro, y Necross se vio rodeado de oscuridad, la conciencia del hombre sin parche había desaparecido, dejando un cascaron vacío en el mundo real.  


Solo hubo oscuridad en la mente de Necross, su voz ya no estaba. Dracul, al notar que su otra mitad había desaparecido, comenzó a buscar al tuerto dentro de su conciencia, pero solo había oscuridad, una oscuridad aterradora. Todo parecía una pesadilla, y lo único que quería el engendro era que terminara. Una tristeza abrumadora invadió el cuerpo de Dracul, su mano y su garra comenzaron a temblar, las rodillas le tiritaban, y por su espina un escalofrío sepulcral pasaba sin querer irse. Pero aquel temor lo sintió Necross, y cuando esa conciencia desapareció, todo aquel sentimiento fue transmitido a Dracul.


Elinor dormía escondida en el bosque, pero había una criatura que lentamente se acercaba a ella. Un experimento perfeccionado que nació la primera vez que el tuerto entro en el castillo de Arthias, una abominación de la naturaleza.


Muchos son los seres que intentan ser dioses, muchas son las abominaciones que nacen de sus retorcidas mentes. La vida y la muerte, son conceptos tan efímeros para algunos, que en sus mentes aquellas palabras no tienen significado.


Spoiler:



El Podrido, como lo llamo su creador, es un ser que vive para lamentarse, son cientos de conciencias activas y vivas, todas pensando al mismo tiempo, pero que actúan como una colmena. Aun así, los seres que conforman  al Podrido viven lamentando su existencia, pero no pueden hacer nada para morir en paz, ya que no son mas que una mera marioneta.




https://www.youtube.com/watch?v=uCjlcO3fL3w


Aquella criatura estaba hecha de muchos seres humanos, y cada uno con su particular aura, aquello podría crear un caos en Elinor, pero apenas ella sintió que la criatura se acercaba, el hombre sin parche se había puesto de pie. No dijo nada, tenia la espalda curvada hacia adelante, y los brazos caídos, comenzó a mirar de izquierda a derecha, de arriba abajo erráticamente. No dijo ninguna palabra, mas si comenzó a gritar, y en sus gritos se escucho una voz de ultratumba, una voz demoniaca, casi se podía sentir su tristeza. Un aura violácea comenzó a rodear el cuerpo de Necross, y desde su brazo izquierdo pequeñas chispas de electricidad comenzaron a aparecer. Aquel brazo comenzó a tener grandes espasmos, y de un momento a otro se transformo en una garra deforme, su cuerpo se hizo mas grande, su rostro se sello con un casco de metal, que nació desde su garra.


Dracul había despertado, pero era tanta la tristeza dentro de su corazón, que no estaba realmente consciente, el engendro siguió gritando, lo hizo de tal manera que levanto su garra y atravesó las nubes con un fuerte rayo eléctrico, el estruendo que causo fue lo único que acallo sus gritos. Sherckano, el mandoble, estaba clavado en el piso, y cuando Dracul lo tomo con su garra, este también muto, era un arma deforme, para un ser deforme. El engendro comenzó a correr con espada en mano, perdiéndose entre los arboles y la noche que ya llegaba.


Sin la conciencia principal de Necross controlando el cuerpo, la de Dracul se hizo presente, y tomo el mando. Pero aquella conciencia estaba abrumada, y de por si, la mente del engendro era inestable. Ahora, con todo la tristeza que habitaba y llenaba el cuerpo, los ojos grises de Dracul se posaron sobre la criatura con un único propósito, acallar las miles de voces que esta tenia, y descargar toda su furia con el podrido.



El engendro ya había visto a la criatura compuesta de cuerpos, esta hizo chocar su gran hacha con el mandoble de Dracul, el sonido que causaban las armas al chocar, hacían eco por todo el bosque. El engendro tomo su mandoble con ambas manos, y con una furia asesina comenzó a golpear a su enemigo, quien para ese momento solo podía defenderse. El podrido con su mano libre golpeo al engendro, mandándolo a volar varios metros, hasta que el cuerpo metálico de Dracul choco contra un árbol. El engendro tenia raspones por todo el cuerpo, pero eso no importaba, no cuando su furia era mas grande. Dracul al ponerse de pie nuevamente comenzó a gritar, mientras mas electricidad pasaba por su garra, y un aura violácea tomaba su cuerpo, lo infestaba. Una vez mas el engendro corrió hacia su enemigo, quien ahora se defendió del primer golpe, y comenzó su ofensiva con golpes de su hacha, clavándola en el piso, en un intento por destrozar el cuerpo de Dracul.  


El podrido era rápido, pero también el engendro, quien rodo cada uno de sus ataques, y en cuanto vio una apertura, lanzo un ataque con su mandoble, el cual hizo un corte en el estomago del podrido, pero este ni siquiera se inmuto, y continuo con su ataque. El podrido nuevamente intento aplastar a Dracul con su hacha inmensa, pero el engendro intercepto el ataque, defendiéndose con su mandoble, la cual era sostenida desde el mango con su mano derecha, y la parte plana con la garra izquierda.  Pero la fuerza de la abominación era mucho mas grande que la del engendro, y pronto este ultimo se vio sobrepasado, sus piernas comenzaron a flexionarse, mientras todo el peso que ejercía el Podrido hacia que el mandoble se acercara a su rostro.

Cuando solo sentía furia, el engendro no pensaba claramente, y por aquello podría morir.



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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Dom Oct 11, 2015 10:59 am

Elinor se vio pronto atrapada por un profundo sueño. Se sentía arropada y abrigada entre el caballo y el chocobo, y eso, en parte, la trasladó a su infancia. No tendría más de ocho años, Heimwolf y ella viajaban hacia Arthias. ¿Cuándo había ocurrido aquello?

-¿Te he hablado alguna vez del Duque Muerto, Elí?- preguntaba su tutor, con un tono de alegría en la voz. Habían hecho un alto en el camino para descansar, y el lugar escogido para ello había sido una cueva poco profunda.

-Apenas hablas de otra cosa, Heimwolf- contestó la pequeña, acurrucada junto al fuego que habían encendido.

-Tienes razón- reconoció él, riendo- Cuando alguien ha entrado tan profundo en tu mente, no es fácil sacarlo de ahí, ¿sabes?

-¿Por eso estamos aquí?- la niña, ya entrada en calor, se levantó, alejándose del fuego, acercándose a su maestro. Quería poder leer su cara cuando la contestara.

-Sabes que si. Tengo que detenerlo.

-¿Te refieres a…?- se sentía asustada. Había percibido dureza y severidad en Heimwolf en ocasiones, pero jamás del modo en que lo sentía ahora.

-Así es, pequeña, pero eso también lo sabes, ¿cierto?- su maestro se agachó para ponerse a su altura, poniendo ambas manos los hombros de ella- Te dejaste llevar al luchar con Mikolash, pero no lo mataste- el hombre se tuvo que poner en pie para mantener las manos donde las tenía. Ya no hablaba a una Elinor niña, hablaba a la Elinor que dormía entre el caballo y el chocobo- Pero Ywak es distinto, chica. ¿No crees que pueda haber llegado el momento que siempre temiste?

-Es un monstruo- dijo ella como toda respuesta.

-Así es, y también es humano- el hombre pasó una de sus manos bajo la venda de Elinor. Apenas se había dado cuenta, pero estaba llorando. Llorando de terror- Todos hemos tenido que enfrentarnos a esto alguna vez, Elí. Lo difícil no es decidir no arrebatar una vida, lo difícil es arrebatarla y no caer en la tentación de creer que es lo más fácil. No puede ser tu forma de vida, pero no debes temerla tampoco.

-¿Qué diferencia habrá entre Ywak y yo?- la chica se dio la vuelta, alejándose de su maestro- Tu tenías tu forma de hacer las cosas y yo tengo la mía, Heimwolf. Encontraré la manera de hacerlo sin acabar con él.

-Si eso fuera verdad, Elí, ¿para que estarías buscándome?- ella se giró hacia su voz, pero, de repente, ya no era Heimwolf quien estaba allí. Una abominación, formada por miles de auras, el caos más intenso que ella hubiera sentido jamás. Otra forma monstruosa lo enfrentaba. Era la peor pesadilla que uno pudiera soñar, solo que, esta vez, era real.

Elinor despertó, poniéndose en pie horrorizada al comprobar que, efectivamente, los dos monstruos eran muy reales y estaban allí, a los pies de Arthias, luchando junto a ellos. El hacha del monstruo de mil auras había chocado con la espada del otro. Había sido una suerte, pues, sin aquel estruendo, ella seguiría dormida, indefensa ante el peligro. ¿Indefensa? No era la única, Trehdo y Necross seguían allí acostados, y, por mucho que lo despreciara, también Mikolash.

Se puso en movimiento en seguida. Caminó unos pocos pasos hasta el lugar donde estaban tumbados los hombres pero, para su sorpresa, no había ni rastro de Necross- ¡¿Dónde está Necross, maldito desgraciado?!- gritó a Mikolash, quien, tras despertar atado y rodeado de monstruos gimoteaba como una niña pequeña.

-¡Sácame de aquí, pedazo de puta!- un crujido estalló a su lado cuando uno de los seres chocó contra un árbol, prácticamente arrancándolo. No era el ser de mil auras, si no el otro y, por un momento, Elinor creyó percibir algo familiar en él. Bajo ella, Mikolash seguía horrorizado, increpándola para que lo liberara- Zorra, zorra y mil veces zorra.

-¡Te queda un ojo, Mikolash! ¡Cierra la boca si quieres conservarlo!- no se dejó llevar por el pánico y, en lugar de acceder a sus demandas, lo agarró por las piernas, arrastrándolo por el suelo. Había pensado alejar del peligro primer a Trehdo pero, por fortuna, el chocobo había actuado antes que ella. Había cogido su túnica con el pico y se lo llevó tras una roca. Cuando Elinor llegó con el cuerpo de Mikolash, comprobó que el caballo de Fïrinne había seguido al otro animal hacia el mismo refugio- Bien, lo último que necesito es que la elfa se ponga de uñas porque he perdido a su caballo.

Por un momento pensó en aguardar allí hasta que uno de los monstruos venciera o, con suerte, se mataran el uno al otro en su fatal lucha, pero, por mucho que lo deseara, no podía hacerlo. Necross estaba por algún lugar de aquel bosque. Debía haber despertado tras su caída en la Sala de las Memorias Futuras y seguramente andaba desorientado, puede que buscando a Fïrinne, sin saber nada de los dos seres que batallaban en el bosque.

-Voy a necesitar esto- dijo, más para si misma que para Mikolash al coger la espada corta que este llevaba. Algo su bastón y su cuchillo de caza no servirían de mucho contra las dos monstruosidades.

“Música”:

Salió de su escondite, caminando deprisa pero agachada, esperando, así, evitar que algo la golpeara en la cabeza. Trató de esforzarse al máximo, debía encontrar a Necross, sabía que, si aun estaba cerca, podría localizarle. No por nada había rastreado con tanto detalle su aura antes. Las mil auras de uno de los monstruos y la única del otro eran lo único que captaba.

-¡¡¡Necross!!!- gritó, desesperada, pasando a métodos más tradicionales, pero seguía sin haber señal. ¿Cuánto tiempo hacía que habían aparecido las dos criaturas? ¿Y si lo habían devorado? Era lo último que deseaba hacer pero, sin más opciones, corrió hacia el sitio donde los monstruos luchaban brutalmente.

El monstruo de mil auras se encontraba sobre el otro, cargando todo su peso sobre la espada de él. Estaba muy cerca de matarlo, pese a los grandes esfuerzos que un-aura hacía. Le repugnaban, eran caos puro, le provocaban un intenso dolor de cabeza. No era capaz de entender la esencia de ellos. Le daban miedo.

-Eres la chica sin miedo, Elí- había dicho Heimwolf, pero él no estaba ahí para sentir a esos seres. “No, no fue eso lo que quiso decir”, y entonces, recordó- Tu puedes percibir la verdad de cualquier ser, Elí, y, además, eres valiente. La gente valiente solo teme aquello que no puede comprender y tu tienes la capacidad como para comprender todo. Por eso, aunque no te lo parezca, eres la chica sin miedo, Elí.

Se dejó llevar, olvidando el dolor de cabeza y el caos. Mezcló su esencia con la de las criaturas, entendiéndolas, buscando a Necross. Mil-auras era la presencia más fuerte y, horrorizada, se dio cuenta de que su naturaleza caótica se debía a que estaba formado por cientos de cadáveres putrefactos.

Por otra parte, su rival, un-aura, era distinto, caótico, si, pero no falto de sentimiento. Se podía sentir un orden dentro del caos, no era un monstruo, solo un tipo muy grande y deforme. Su instinto de lucha parecía nacer de su rabia y, a su vez, esta provenía de un vacío interno.

De pie, quieta, como si fuera un árbol más, dejó que su esencia llenara ese vacío, inspeccionándolo. Era cálido, aun había allí un gran recuerdo de lo que fuera que lo hubiese ocupado. Sintió tristeza, no sabía bien porqué, parecía que lo que allí hubiera vivía dominado por una gran pena. Le resultaba familiar, ¿era similar a su propio sentir desde que murió Heimwolf? No, era otra cosa, ya lo había sentido antes y no en ella misma.

-¡¡¡NECROSS!!!- la verdad era abrumadora, pero sabía que era cierta. Un-aura era Necross, no importaba mucho el cómo ni el porqué en aquel momento. Le aterrorizaba enfrentarse a mil-auras, el dolor que sentía lejos de él ya era intenso y no podía imaginar como se sentiría cerca, pero el mandoble de Necross o de lo que fuera ahora mismo, estaba peligrosamente cerca de decapitarle.

Corrió hacia ellos, empuñando fuertemente la espada de Mikolash. Cuando estaba a unos pocos pasos de mil-auras dio un gran salto, tratando de alcanzar lo que, intuía, era su cabeza. Le iba a estallar la cabeza, tan solo era caos puro, pero, aun así, hizo lo que tenía que hacer. Hundió la hoja y, sin detenerse ahí, comenzó a moverla bajo su pútrido cráneo. No podía resistir más, tenía que soltar de inmediato, o caería desmayada y, así, no le serviría de ayuda a nadie- ¡Necross! Si sigues ahí, necesito tu ayuda- gritó, al tiempo que saltaba hacia atrás, alejándose de mil-auras. La espada de Mikolash había quedado incrustada en él, y Elinor se vio con sus huesos contra el suelo- Vaya día de mierda, Elí- se dijo, recordando todas las veces que se había visto ya ensangrentada y en el suelo. A tientas, buscó en su cinturón el cuchillo. Si iba a morir no iba a ser desarmada.


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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Oct 26, 2015 12:28 am

El hacha del podrido lentamente se acercaba al rostro furioso del engendro, este no podía hacer más que simplemente intentar resistir la fuerza de su enemigo, pero esta era abrumadora. Dracul sabía que no podría resistir por siempre. Pero inesperadamente para él, la ayuda de un rostro familiar para su otra mitad llego justo a tiempo. La puñalada de Elinor causo que El Podrido detuviera su ataque contra el engendro, se alejó un par de metros, mientras torpemente intentaba retirar la espada que en su cabeza había quedado incrustada. La chica había pedido que Necross volviera, pero el engendro no se iría por lo pronto, antes de que El Podrido volviera al combate, Dracul se puso en frente de Elinor, no la ayudo a levantarse pero se le quedo mirando fijamente.

El engendro toco su pecho con la mano derecha dos veces. -Nu… nu mai Necross. Eu sunt, Dracul.- Comento el engendro, con una voz profunda y algo distorsionada. -Encantada…- Comento Elinor, con cierta ironía en sus palabras, mezcladas también con nerviosismo. Antes de que la muchacha pensara siquiera en levantarse, el engendro apretó el mango de su mandoble, volteo su rostro, y comenzó a correr hacia su enemigo, quien aún tenía la espada clavada en la cabeza.  

El Podrido movía su cabeza erráticamente, pero cuando vio a Dracul corriendo hacia él, dejo de importarle el arma, y con su gran hacha hizo un corte horizontal. El engendro rodo hacia adelante para evitar el ataque, y al ver que su enemigo había dejado su defensa abierta con el ataque del hacha, Dracul dio un corte en diagonal mientras se ponía de pie. El podrido chillo de dolor, o más bien, gritaron los cientos de cuerpos que lo formaban.  El Podrido dio un golpe con su mano libre al piso, intentando aplastar al engendro, pero este logro esquivarlo haciéndose a un lado. Dracul cambio de lado su mandoble, dejando su garra libre, y con esta  golpeó la zona donde anteriormente había cortado.

El engendro metió su garra dentro del cuerpo de su enemigo, y antes de que este pudiera reaccionar o atacar de vuelta, Dracul de un solo tirón logro sacarle parte de las entrañas.  Nuevamente El Podrido chillo de dolor, aunque esta vez sí logro golpear a Dracul, quien retrocedió varios pasos.  La abominación hecha de cuerpos intento volver a la pelea, atacando nuevamente al engendro con su hacha, pero este rechazo el ataque, golpeando el arma del Podrido con su mandoble. Dracul nuevamente había abierto la defensa de su oponente, y una vez más, clavo su garra dentro del cuerpo del Podrido. Con la mano libre, El Podrido golpeo al engendro, quien recibió el golpe de lleno, mas esta vez no salió volando, solo volteo el rostro, y alejo un tanto su torso del enemigo por el impacto, sin quitar por ningún segundo la garra de su interior.

Dracul inmediatamente volteo el rostro hacia su oponente, quien solo pudo ver furia en los ojos grisáceos del engendro. Dracul invoco los poderes eléctricos que recorren su cuerpo, e hizo que El Podrido explotara internamente. Muchos pedazos de su cuerpo salieron disparados, el brazo que no portaba el hacha cayó al piso, y desde su interior comenzó a salir su relleno, carne descompuesta que le daba la forma al Podrido.

Sin perder tiempo, Dracul continuo atacando, un ataque de su mandoble lo hizo perder balance, pero aprovecho aquel impulso para golpear nuevamente con su garra a su  oponente.  El podrido dejo caer su hacha, la vida artificial que se le había otorgado lentamente lo abandonaba; y aunque Dracul sabía que su oponente ya no seguiría luchando, continuo con sus ataques, casi parecía que quería desquitar toda su furia con lo que quedaba de su enemigo.

Dracul golpeo lo que quedaba del podrido hasta cansarse, fue en aquel momento que sintió que perdía el control del cuerpo, Necross lentamente comenzaba a despertar. Pero la furia en el corazón del engendro no desaparecía, al contrario, aumentaba con los segundos que pasaban. Dracul detuvo sus ataque, y se tambaleo un poco, retrocedió tres pasos, y su cuerpo lentamente perdía masa muscular. Lentamente su cabello paso de gris a negro, el color de sus ojos tomo otra tonalidad, y en menos de un pestañeo Necross volvía a estar en el mundo consiente.

-¿Dónde…? ¿Qué paso aquí?-

El hombre sin parche miro a su alrededor confundido, no sabía dónde estaba, ni que era la masa amorfa y apestosa a sus pies. -¡Elinor!- Necross vio a la muchacha a la distancia, y rápidamente se acercó a ella. Mientras avanzaba corto un trozo de tela de sus ropajes, y con el se tapó el ojo derecho, sabía que Dracul había despertado y no quería que volviera a suceder (sus ropajes aparecieron en su cuerpo al momento que la mutación termino, gracias al colgante que lleva).  - Elinor… ¿Qué sucedió? ¿Dónde estamos, donde esta Fïrinne?- Pero antes de que la muchacha respondiera, Necross la tomo de la mano sin ninguna delicadeza, y comenzó a caminar, a alejarse del enemigo que Dracul había derrotado. -Debemos salir de aquí… ¿Dónde están los demás? Tenemos que reunirnos.- El hombre del parche apenas se podía las piernas, el cansancio de la batalla anterior lentamente llenaba su cuerpo.



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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Vie Oct 30, 2015 1:30 pm

Elinor pudo sentir como el rayo hacía estallar desde dentro a Mil-almas. Los cuerpos que lo componían se esparcieron por todo el bosque, llenándolo de sangre y vísceras. El olor a carne chamuscada era insoportable y la chica a duras penas era capaz de mantenerse consciente, pues, además del dolor y el cansancio, sentía como sus sentidos eran bloqueados por todo el caos generado en el estallido. De no haber sido por el regreso a la normalidad de Necross y su ayuda para ponerse en pie, seguramente habría acabado desmayándose en aquel bosque, expuesta al ataque de una nueva criatura.

-Necross- lo recibió la chica, quejándose de dolor al ser levantada- ¿Qué era esa cosa? Ese…- trató de recordar el nombre que se había dado a si mismo Un-alma- Dracul.

-Es...- comenzó a decir Necross, lanzando una leve risa, mientras, apoyados el uno en el otro, trataban de no ceder al agotamiento- creo que te contaré una pequeña historia, pero reunámonos con los demás primero.

-De acuerdo- coincidió Elinor, encaminándose hacia el lugar donde había dejado a Trehdo y a Mikolash- Fïrinne fue a asegurar el terreno- le explicó-, la estaba esperando ¿Crees que pudo haberse encontrado con el monstruo que nos atacó? Y- se detuvo al hablar, mordiéndose el labio, avergonzada, dudando si contarle o no lo ocurrido recientemente- hay algo que debes saber sobre Mikolash- se escuchó decir, poco convencida aún de compartir la desagradable experiencia.

-No, y si lo hizo ella debe estar bien- aseguró Necross, refiriéndose a Fïrinne- Hierba mala nunca muere- el hombre comenzó a deslizarse del brazo de Elinor, dejándose caer sobre el suelo, exhalando un gran quejido de dolor- ¿Qué pasa con Mikolash?

Elinor no trató de imitarlo pues, tal y como se encontraba, estaba segura de que, de sentarse, no sería capaz de ponerse nuevamente en pie- Él trató de…- no se vio capaz de articular con palabras las intenciones del villano- Tuve que luchar contra él otra vez- cuando uno sabe de que se habla no son necesarias las explicaciones y, consciente de que Necross había entendido a que se refería, la chica se dio la vuelta, dándole la espalda. No quería que él viese su cara- Si va a acompañarnos deberá ir atado. Es todo- terminó, tratando de no mostrar emoción alguna.

-¿Qué te hizo? ¿Intentó asaltarte? ¿Intentó violarte?- preguntó Necross, haciendo gala de una gran falta de delicadeza.

-No lo hará más- lo cortó, segura, Elinor- Y ahora vamos, no quiero dejar a Trehdo con esa rata más tiempo- girándose hacia el hombre, tratando de mostrar una sonrisa, añadió- Tranquilo, tu pájaro los está cuidando.

Necross se puso en pie nuevamente, siguiéndola. Su aura se mostraba más caótica que de costumbre, como si algo lo tuviera agitado. No era por la reciente aparición de ese Dracul, no, era algo que acababa de cruzarse por su mente- Elinor- comenzó a decir antes de que llegaran con los demás- ¿Qué sabes de los dragones?- la chica no solía darle importancia al lenguaje corporal de los demás, pues apenas era capaz de percibirlo, pero en aquella ocasión fue demasiado evidente que Necross evitaba mirar hacia ella.

-¿Dragones? Se que existen o que, al menos, existieron. ¿Tiene algo que ver con todo esto?

-Existen. Yo los he visto. Yo…- Necross suspiró de dolor, aunque no parecía ser el tipo de dolor que producen las heridas y los moratones- yo morí a manos a manos de un dragón.

-Eso es…- “¿imposible?”. Era lo que, instintivamente, trataba de decir, pero ¿acaso no viajaba a Arthias con la intención de comunicarse, una vez más, con Heimwolf? ¿Y si existía la posibilidad de que no fuese solo una vez más? Era una idea difícil de rechazar así como así, pero no podía olvidarse del presente, de Necross- Moriste aquí, ¿verdad?- creyó deducir, asociando, por primera vez, todo lo que Fïrinne y el hombre del parche habían dicho saber sobre Arthias.

-No. No se dónde exactamente fue. Nos vendaron al llegar- cabizbajo, como si creyera que Elinor fuese capaz de leer las expresiones de su rostro, Necross le relató a la chica como murió- Nos adentramos en una fortaleza, un ejército de muchísimos hombres, luchamos contra uno, luego otro…- dijo, como si temiera pronunciar de nuevo la palabra “dragón”- y el tercero… el tercero me mató. Esa criatura que viste hace poco es la representación de toda mi furia, decepción y tristeza. Dracul es el ser que se apoderó de mi cuerpo cuando mi alma lo abandonó… pero mi hija, la pequeña Nadine, me hizo regresar.

Elinor recordó la voz del monstruo llamado Dracul. Su voz, su aura… furia, decepción y tristeza. Las sensaciones que emanaban de él eran todo cuando Necross había descrito- Es increíble, Necross, no me hacía una idea. Pero, entonces, ¿qué fue lo que ocurrió en este lugar? Y…- se detuvo, tratando de reunir el valor para descubrir, como Necross acababa de hacer, sus miedos ante otra persona- ¿crees que pueda volver a hacerse? Con otra persona, quiero decir. Traerlo a la vida.

-Si, pero no sería como lo conocías ¿Has escuchado de los nigromantes? Ellos tienen el poder de traer de vuelta a los muertos, pero no es como me pasó a mi- la chica dio un respingo al escuchar la palabra “nigromantes”. ¿Sería que Necross no recordaba el motivo de que Trehdo los acompañara a Arthias?- Yo tenía un ser- continuó el hombre-, un vástago de los dioses dentro del cuerpo. Su consciencia se vio corrompida por mi tristeza y de ello nació Dracul. Traer de vuelta a los muertes tiene un precio terrible, es mejor dejarlos descansar- de no haber estado ahogada en su propia aura, notando como esta cambiaba, volviéndose fría y gélida, Elinor habría notado que Necross sufría un cambio similar. Ambos sabían que era mejor que los muertos se quedaran en el lugar al que viajaban, pero ninguno de los dos quería afrontar la crueldad de una vida alejada de aquellos que habían perdido.

-Tienes razón- acabó por decir Elinor. Sentía como si la hubiesen arrojado encima un peso imposible de cargar, pero, incluso de aquel modo, era la alumna de Heimwolf. No podía rendirse sin haber descubierto la verdad, sin llegar hasta el final. Ladeó la cabeza, tratando de escuchar en la lejanía pero el cansancio no mantenía afinados sus sentidos- Mejor volvamos ya con Trehdo y Mikolash- concluyó.

-Elinor, Necross, benditos sean los nueve- dijo Trehdo cuando los vio aparecer, sin embargo, su entusiasmo pareció evaporarse rápidamente- Pero, ¿y la dama Fïrinne?

-Hermano Trehdo- saludó Elinor. Se acercó brevemente a Mikolash, quien aun estaba en el suelo, asegurándose de que seguía bien atado. El mercenario trató de escupirla pero él también estaba herido y agotado, además, aun no se había acostumbrado a ver el mundo a través de uno solo de sus ojos, y fue fácil para la chica evadir  el salivazo- Me alegra que hayáis despertado- dijo, volviéndose nuevamente hacia Trehdo- Fïrinne decidió adelantarse para asegurarse de que no había más trampas esperándonos.

-Elinor, ¿contra que nos enfrentamos?- preguntó Necross, acercándose a ella.

-¿No recuerdas la Sala de las Memorias Futuras? Supongo que no- dijo Elinor, deduciendo que Necross no habría sido capaz de mantener ningún recuerdo de lo ocurrido allí- Es un nigromante. Por lo que pudimos ver, no cesará de atacarnos mientras tratemos de adentrarnos en Arthias. Mientras estabas desmayado nos encaminábamos hacia el lugar que la Sala nos mostró como su guarida.

-Un nigromante- comenzó a decir Necross- Hace varios años yo entré al castillo de Arthias persiguiendo a un nigromante, pero este dijo que tenía un maestro… me pregunto ¿Será el maestro de Isaac nuestro enemigo? Si es así, solo peligros nos esperan- concluyó, respondiéndose a si mismo antes de que su conversación fuese interrumpida.

-Mojigatos hijos de las mil putas, váis a conseguir que nos maten- gritó Mikolash, desde el suelo- Vamos ya hacia la cueva del capullo ese y cortémosle la maldita cabeza.

-¡Cállate!- le ordenó Elinor, sin ninguna gana de escuchar sus lloriqueos, sin embargo, Trehdo intervino poniéndole la mano en el hombro a la chica, tratando de hacerle ver las cosas de otro modo.

-Escuchad con la mente- dijo el sacerdote- ¿No véis que es verdad lo que, de tan mal modo, nos dice Mikolash? Aquí somos presas a merced de Ywak. Debemos ir en su busca antes de que intente atacar de nuevo.

-Mikolash tiene razón, no podemos perder más tiempo- intervino Necross- Fïrinne está allí, sola y luchando. No dejaré que uno de los míos caiga en batalla- Elinor pudo percibir como lanzaba una brusca mirada hacia el lugar donde estaba el mercenario- Mikolash, tu no eres de los míos. Vámonos, dejen a Mikolash aquí.

-¡No puedes! ¡Desatadme!- gritó Mikolash, enloquecido, al comprobar como ninguno hacía el menor intento por ponerse de su parte. Fue Elinor la única que, antes de perderlo de vista, se volvió hacia él.

-Tu espada debe seguir un poco más adelante- le dijo- Para cuando consigas llegar a ela y liberarte ya estaremos lejos. Sabes lo que pasará si vuelvo a encontrarme contigo…- lo amenazó, haciendo una uve con sus dedos y llevándola sobre la venda que cubría sus propios ojos. Tan solo tuvo que imaginar la reacción de Mikolash para disfrutar de ello. No tuvo necesidad alguna de verlo.

-//-

Con los sentidos de Elinor atrofiados por el agotamiento y los recuerdos de Necross borrados tras su mala experiencia en la Sala de las Memorias Futuras, Trehdo tuvo que llevar a cabo la función de guía. La chica montaba tras él en el caballo de Fïrinne y, a cada paso que daban hacia el escondite de Ywak, más preocupada se sentía por el destino de la elfa oscura.

-Deberíamos seguir a pie- dijo Trehdo cuando llegaron a un lugar donde los árboles estaban mucho más juntos. Incluso en su actual estado, Elinor pudo sentir como el aura del ambiente cambiaba bruscamente- A este lugar lo llaman el Bosque Fúnebre. Si no ando equivocado, la cueva en la que se esconde Ywak debería estar aquí, dentro de la espesura.

-¿Por qué lo llaman Bosque Fúnebre?- preguntó Elinor mientras desmontaba del caballo y lo ataba a un árbol cercano.

-Según Los Nueve todos tenemos espíritus guardianes. Se trata de gente que nos amó en el pasado y que han encontrado la muerte pero que, incluso en ella, nos siguen protegiendo, invisibles. Ahí dentro no son tan invisibles.

-Por eso es por lo que dejamos aquí a los animales- dedujo Elinor, sin saber si deseaba que la magia del bosque fuese real o tan solo un cuento de viajeros.

-Ellos también verían a sus guardianes- explicó Trehdo- Pero no comprenderían sus buenas intenciones.

-¿Es ese el único peligro ahí dentro? ¿Malinterpretar a los espíritus guardianes?- preguntó ella, que presentía que había algo más que Trehdo no quería contarles.

-Los Nueve también nos enseñan que hay gente que nos deseó tanto mal en vida que también se ha quedado a nuestro lado al morir- acabó por decir el sacerdote- Es de ellos de quienes hay que cuidarse en el Bosque Fúnebre.

“Música”:

Se adentraron en la espesura, con Elinor delante para que tratara de avisarles de cualquier cosa que tuviese un aura real y no fuse solo un fantasma, por que, ¿cómo iban a tener aura los espectros?

-Elinor- la llamó un susurro a sus espaldas. Se giró hacia Trehdo, para darse cuenta de que estaba completamente sola. No podía ser, iba justo tras ella- Elinor- escuchó nuevamente. Era una voz de mujer, estaba segura. Estaba segura de no haber oído jamás esa voz pero, de algún modo, le resultaba familiar, como si hubiera soñado con ella antes.

-¿Quién eres?- gritó, dejándose llevar por el pánico. Había creído que la auromancia le daría ventaja en el Bosque Fúnebre si este trataba de engañarles mostrándoles a aquellos que les deseaban mal, pero parecía que los espíritus eran capaces de superar la barrera de la visión.

-Sabes quién soy- dijo la susurrante voz, cada vez más cercana- Has pensado en mí cada día de tu vida. A veces con amor, preguntándote si te estoy buscando, a veces con odio, sin saber si fui yo la que te dejó ciega.

No podía ser, nunca la había conocido, ¿por qué estaría allí?- ¿Madre?

-Has crecido mucho, Elí- sintió como el aura del espectro se materializaba delante de ella. Tenía más o menos su altura, y, de algún modo, su esencia era el equilibrio perfecto entre orden y caos, entre frío y calor. Era como si se sintiera a ella misma fuera de su cuerpo.

-Me abandonaste- recriminó la chica al espectro, pero, pese al sentimiento, no podía evitar acercarse paso a paso a ella.

-Te arrebataron de mí. Fui yo quien, ansiosa por hallar una cura para ti, provoqué las heridas de tu rostro, pero jamás deseé que te alejaran de mi por eso- estaba a tan solo unos pasos cuando volvió a dirigirse a ella- Elí- la llamó.

-No me llames así- la chica se detuvo y, situándose en una posición defensiva, cogió su cayado con ambas manos, situándolo entre el espectro y ella- Heimwolf nunca supo que nombre me pusisteis, él fue quien me llamó Elinor. Tú no tienes derecho a llamarme Elí.

-¡Chica idiota!- gritó el fantasma, abalanzándose sobre ella pero, antes de que lograra hacer impacto, otra esencia se interpuso entre ambos, una bien conocida para Elinor.

-Elí- la llamó- No te alejes del camino, te llevará directo a la cueva de Ywak- sintió como la esencia de Heimwolf mantenía apartada a esa otra que había dicho ser la esencia de su madre- Ten mucho cuidado, pequeña.

De inmediato, ambas auras desaparecieron y, tras ella, pudo sentir nuevamente a Trehdo y a Necross- ¿Te encuentras bien?- preguntó el sacerdote.

-Ahora si- contestó ella. Su mente era un completo caos pero sentir nuevamente tan cerca de Heimwolf la hacía recordar su hogar y, eso, era toda la estabilidad que necesitaba para que su auromancia volviese a funcionar- No nos apartemos del camino.


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Elinor Von Heimwolf

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