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Lux Aeterna.

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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Fïrinne el Miér Dic 23, 2015 7:06 pm


-¿Cómo es que sabéis tanto?

Fïrinne elucubraba sobre lo extraño que era aquel personaje en medio de aquel lugar, inexplorado, misterioso y con certeza peligroso. La seguridad con la que aclaraba cada uno de los detalles, los intríngulis que revelaba, no eran propios de un humano común, ni siquiera de un longevo, quizás el más sabio de los solares envidiaría la información que aquel vejete parecía guardar tras su fachada de mortal desechable.

-Te lo piensas… haces bien- rió para contestar a la ligera: -Sé lo que debe saberse, escriba.

La elfa abrió sus ojos de par en par. Alterada. Indignada.

“Escriba”, aquel apodo solo pocos lo conocían. Así la llamaron en otro tiempo, en otros lugares, en medio de campos de batalla eternos, donde los días eran tan largos como la vida misma. Ella escribía, ¡cómo gustaba de hacerlo!, pero no describía los sucesos, sino que los recreaba con el don de la palabra en grafía. Era su poder: traer a la vida los hechos, los sentimientos, el conocimiento, la cotidianidad, con la fidelidad de quién fuera maestro en un arte como el del papel y la pluma. Para alguien como ella, claramente dotada para las artes bélicas, sorprendió siempre que en los tiempos de óseo se dedicara a escribir, y lo hizo bien, tan bien, que pronto se ganó entre sus pares el seudónimo que ahora un desconocido invocaba. Le valió el pan que comió, la ama que cuidó y el calor de su piel y de su cama todos los años que cuidó de ella y su hija alada.

Desenfundó la espada con esfuerzo, torciendo la lengua mientras lo hacía por el dolor en el hombro.

-¿QUÉ SOIS?-gritó la oscura con el odio contorsionado en sus iris rojizos: -¿CÓMO ES QUE UN SIMPLE SABE TANTO… DEMONIO SOIS… SÍ… LENGUA TRAICIONERA… ¿QUÉ SOOIS SERPIENTE?-

El abuelo volteó sorprendido ante el arranque de ira de la elfa. Observó el porte, la altura, como si examinara a su contrincante con una sonrisa divertida en el rostro. La sorpresa pronto se tornó en risa, pero una potente, en voz ronca y gruesa, expeliendo un extraño olor a azufre de sus dientes amarillos, junto con humo nebuloso.

-Piénsatelo bien-. Su parsimonia desesperaba. -Yo de ti bajaría esas ganas de buscar pelea y pararía mejor las orejas a lo que circunda este mundo: hay mucho más que elfos, humanos, animales transformados o demonios encubiertos… La vida no es tan simple y la de una elfa es solo una brizna entre la playa cundida de arena. Ahora mira… solo mira y respóndete tú misma.

Con el rostro arrugado y las cejas fruncidas, poco a poco, las palabras del abuelo calmaron los ánimos de la drow. No es que aquella palabrería la convenciera, más fue que a lo lejos ciertamente se oía unos ruidos de roedor. Desvió la mirada hacia la dirección que apuntaba el senil y, poco a poco, descendió el brazo cargado de ira por otro ausente, débil y desolado.

-Es ella…- susurró, conmovida.

Había hecho un camino largo para encontrarla y ahí estaba, vagando con las uñas carcomidas, comiéndoselas de manera enfermiza, con los ojos llorosos y la mirada perdida en el infinito deformado de aquel lugar. Las alas inclinadas, cayentes como un vestido de plumas blancas, incorruptas, que solo a ella le pertenecían, cubrían su desnudez mientras caminaba dando tumbos en un camino sin fin.

Suspiró con fuerza la elfa, ahogando un llanto que se enredaba en su garganta, al reconocer el lila de su mirada, los cabellos níveos tan lisos como jamás los viera y las alas de blanco impoluto sobre su espalda.

Era ella… finalmente la había encontrado.

-Sí… La guardiana de Jyurman- confirmó el viejo. -Está atada al corredor, como nosotros. Su alma conoció este sitio en el pasado y pese a que los demonios la custodian, regresó acá, pues las reglas divinas prevalecen sobre la de los señores del Foso- su voz resonaba poderosa, intensa, con cierto aire cínico como si le fastidiara contar lo que sabía. –Los caminos de los dioses son extraños, los de las Nagas imprevistos, incluso para alguien como yo. Ella está atada al corredor… pero no por mucho… no por mucho… Ella es un buen reto. Su alma ha sido traída por las diosas a nuestra causa y ahora, atada quedará a ella.

Se voltió Fïrinne apenas para sentir como el escalofrío ascendía por la espalda ante sus palabras finales. La energía que emanaba era gruesa, pesada, fría. Alrededor, como si de pronto lo notara, infinidad de luces verdosas se alzaban entre ellos, rodeándolo a él.

-¿Qué sois?- volvió a preguntar desconcertada. Sin saber por qué algo en el viejo ya no denotaba la misma sumisión e inocencia de antes. Su rostro estaba concentrado en ella, su ama, pero su aura pesada parecía invocar más. –No dejaré que la ates a más… se ganó hace mucho su derecho a tener una vida y su libertad.

¿De qué demonios hablaba? Fïrinne se sorprendió de sus palabras trémulas como de las cosas que decía. No era que hubiese pensado mucho en qué haría Ondine cuando volviera: quizás vengarían juntas los campos idílicos del hogar profanado, aunque también sabía que en el corazón de la divium había un lugar especial para esa familia que tenía junto al mañoso… ¿Estaba abogando por esa opción más que por la venganza? La ironía de la vida le resultó divertida, aunque la sonrisa nunca se vio consumida por el miedo que crecía exponencialmente a medida que pasaban los minutos.

-¿Crees que es ella?- preguntó el anciano con desdén sin interrumpir su mirada fija en la alada, quién parecía no percatarse de ellos, gritando una y otra vez los nombres que estaban más cercanos a su corazón. –Es un remedo… una ilusión, como mucho de lo que habita en el corredor. Un lindo reto.

-¿Reto? ¿De qué mierda me habláis?

No alcanzó a terminar su frase decadente cuando él se apostó a su espalda. Su velocidad excedía por mucho el límite de la visión y aquello la aterró por breve segundos. Su aliento azufrado le llenó los pulmones, pero no tosió, nerviosa por la energía opresiva que generaba. El cuerpo tembló y la voz se le cortó antes de poder siquiera maldecir.

-MÍRALA ELFA… MÍRALA  

Ordenaba con autoridad. Ella rodeó los ojos y buscó los de su ama: aguados de ese morado conocido, aquella mirada que tan bien había aprendido a leer, desolada… derrotada. Le dolió reconocer en la desnudez pálida de su piel los colores de los golpes: viejas heridas de batallas. Sin embargo, alcanzaba a oírla, con firmeza, entre su llanto desganado, una y otra vez, los nombres de él y de la pequeña.

Le dolió el alma como la memoria; en esa piel estaba tallada la culpa de su falta. Si hubiese sido más astuta, más entrenada, más diestra en su arte, nada de aquello hubiese sido escrito en los muslos, brazos o espalda de su ama. Esos golpes, las heridas, eran la muestra de su verdadero fracaso.  

-Ahora- susurró el viejo, sujetando el hombro de la elfa: -Mírala bien.

Se estremeció, más no de dolor como sí al volver la mirada. Un rostro deformado le hacía ahora la requisa. Los ojos siniestros, de un rojo corrupto lleno de venas hinchadas por una ira secreta; la nariz ausente, abierta, maltrecha; la mirada perdida, maligna como lejana, fija en un punto etéreo más allá de aquel lugar de nebulosa. Las alas membranosas nacían de su espalda, llena de yagas y pus. Eran carne, pero podrida, putrefacta, cundida de gusanos que hacían de ella su hogar. Parecía divagar, con ese toque vulgar en la manera como se agarraba los pechos, se tocaba los muslos, y subía de nuevo, haciendo chasquear la lengua. Tomaba los gusanos, y uno a uno, los chupaba, dando origen al ruido que en un primer momento la elfa había sentido.

Quitó la mirada al instante y bajó la cabeza, sumisa, reconociendo que nada entendía de todo ello.

-Ella es lo que buscas: un ser demoniaco, corrupto, poseído hasta la médula por los señores oscuros a los que sirve y teme. Atada a esta realidad para ser consciente de su esencia real y noble, pero ignorando que su alma ya no le pertenece. Es impura… y devolverle la pureza… costará. Es sólo una esclava más de las huestes de Lluughaa, qué ironía.

Le dio asco la manera como el viejo explicaba, con desdén, como si se tratará de nadie. Y es que si era objetiva, su ama no era nada contra el poder que se desplegaba tras los harapos del viejo. Sumisa y consiente de que nada ganaría encarando de malas maneras al desconocido se paró firme pero obediente.

-¿Qué puedo hacer?

Fïrinne ya lo había pensado. Si el viejo estaba allí era por su ama. Se había tomado demasiados riesgos como para desfallecer al primer requiebro. Además, la energía que expelía era peligrosa: su piel oscura, erizada como tensa, le advertía de lo desconocida que era la batalla que brindaría el viejo. Porque si algo tenía seguro Fïrinne, es que ese humo azufrado y esa aura siniestra solo estaba siendo desplegada para contrarrestar la de la alada demoniaca.

- La muerte abre el camino para que podamos salir… Ese es el precio, elfa.

Guardó su espada, resignada, sin saber muy bien cómo interpretar las palabras del anciano.  

- Queréis que abra la salida- agregó dudosa, dando la espalda:  - Pues, sólo tengo un precio para ello: ¡sacad a mi ama!

El viejo río y sus ojos relampaguearon con crueldad.

-Vete mortal… -ordenó y la tierra se agrietó bajo sus pies. –Lárgate de mi presencia.

Ando a correr, dejándola atrás, sumida en gritos histéricos y rugidos infernales, mientras los cielos se ensombrecían en un mundo irreal, bajo una lluvia que para la oscura tenía rezagos de sabor a hogar.

--//--

Cuando vio la mole de metal, Fïrinne sintió que el cielo le sonreía. “Acá está el perro que sacrificaremos para salir de esta pocilga”, canturreaba su espíritu guerrero. Rio un par de minutos antes, observando la triste actuación del tuerto y luego alzó su espada, lanzándose intempestivamente al ruedo, sin detenerse siquiera a medir las consecuencias de ello.  

Como siempre sucede con la ignorancia, pronto la oscura se bajó de aquel sueño de gloria. Sus heridas, aquellas huellas dejadas con las arpías voladoras y luego con los lobos, empezaron a sangrar con solo la primera estocada de aquella mole metálica. Ella era ágil pero la figura lo era más. Maldijo, como ninguna, y se abalanzó sobre aquella olla habladora tanto como pudo, hasta que la conciencia y el buen juicio le hicieron entender que aquella posibilidad era imposible.

Miró varias veces a Necross, primero con fastidio, y luego con admiración por ese pulso firme que poseía el hombre, sin dudar, con elegancia, pero en la medida justa. Ella podía notar la perfección en un arte adiestrado. Ella era burda, siempre había hecho gala de ese bajo mundo de graznidos y estiércol que la había rodeado en la esclavitud, pero había ascendido, se había pulido, y ahora, podía reconocer el estudio, la medida justa, la proporción no ostentosa, entre quién empuña una espada, y hace maromas con ella. Más de una vez se sorprendió sonriendo a medias, entre los golpes y los gritos de dolor, por haber sido tan ciega de no haber notado la maestría de quién, a todas luces, era el dueño real del corazón de su ama. Los demonios podrían haberla malogrado pero la esencia de ella aún gritaba los nombres de ellos con cariño y… fueran los demonios mismos testigos… con amor.

“Chica sin miedo”, recordó la oscura, “ahora sí que nos vendría un poco de esa estupidez temeraria”. Chasqueó y se lanzó de nuevo, no logrando demasiado con ello.  

Cuando todo parecía dicho, los músculos quebrados, los huesos asomando sus heridas, la carne ultrajada por el esfuerzo, se levantó sabiendo que era la última vez, al son del cantar de las armas del enemigo. Ambos lo hicieron, entendiendo que no vencerían aquella criatura sin aunar fuerzas. En ese momento, la orden del viejo hizo eco en su pensamiento y Fïrinne recordó el pasado y el presente, lo que llegó a sus oídos, y lo que fue vivido.

“El hombre del lobo”… y los gruñidos del canino la hicieron descender la mirada hacia ese ser espectral de mirada fría pero semblante noble. “Ahora sí es el hombre del lobo, Ondine”. Aseguró y con una sonrisa maligna, se lanzó al ataque.

Era aquella una danza perfecta y ella una sumisa bélica. Siguió las órdenes, cada una de aquellas que el tuerto acuñó, aun cuando en el camino de cumplirlas la carne terminó cediendo de los huesos y la sangre perfilaba un nuevo rumbo para los hechos.

Música:


--//--

-Protégete mientras regreso. Buscaré una manera de salir de aquí. Vamos, Foxhound.

Lo vio alejarse, mientras las manos le temblaban con el estoque que otrora fuera de su ama. La figura demoniaca de Ondine atormentaba su pensamiento, reconociendo que nada podía hacer para evitar las malas decisiones que de ahí en adelante pudiera tomar el tuerto. Más de una vez, en medio de la contienda, quiso gritarle al humano que dejara su empresa, pues era probable que aquel vejete no lograra su cometido. Ahora, con el tronar de la tierra y la oscuridad reinante, sentía que todo ese esfuerzo, el amor de aquel y la vida de ella, habían sido inútiles.

Suspiró con desgano, siendo testigo de cómo el destino mostraba un curso diferente.

-Yo solo... quería verla una vez más-reconoció con voz vacilante la drow, recostada en el piso, agonizante. -Porque si fallé una vez, no quería dos. Todo ha sido en vano... al menos para ella.

Con desesperanza, dirigió una mirada al humano, cuya gabardina roída parecía echa estragos por las polillas. Lo acompañó con quizás la primera sonrisa sincera que brotaba de sus labios. Y es que ella era así, imprevisible. Tomó el estoque por la empuñadura y la apretó con decisión:

-Vivid, tuerto de mierda, y siempre recuerda donde está tu lealtad...

El movimiento fue rápido. Levantó el estoque y debajo de su pecho izquierdo lo enterró con todo lo que podía caer de su cuerpo, ahogando un quejido lastimero.

-¿¡Qué hiciste!? ¿¡Por qué demonios no esperaste Fïrinne!?- gritó el hombre del lobo, sin entender lo sucedido. El suelo a los pies de él temblaba, y a su espalda un haz de luz se creó de la nada, destellos de colores violáceos serpenteaban el aire. Pero él, testarudo como muchos, olvidando que ella estaba herida, exigió una respuesta, zarandeándola por los hombros.

-Huye- jadeó entre titubeos: -se...se...cier..cierra.

Apretando los parpados pero sosteniendo con firmeza el mango de la hoja que le cercenaba la vida, repitió “Huye... “ al ver que la puerta se abría y al otro lado la imagen de la ciega se pintaba en el horizonte.

-Fïrinne… ¿por qué?-. El hombre del parche bajó una rodilla al piso, y como alguna vez lo hiciera Nadine con Sif, Necross se abrazó de Foxhound. –No puedo dejarte aquí, tú no conoces este lugar. ¡No sabes lo que le pasa a los que mueren aquí!

La oscura lo observó, y en su mirada desolada encontró la fuerza para trazarse un nuevo camino, uno mejor aunque fuera en las peores condiciones.

Sonrió irónica pues el pensamiento era vulgar, como siempre, y cerró sus parpados al mundo, uno irreal, uno que se presentaba como eterna pesadilla según los designios divinos y la maldición de aquel lugar, pero con la esperanza secreta de reunirse con sus propios muertos en el más allá.

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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Elinor Von Heimwolf el Miér Dic 23, 2015 8:43 pm

¡Menos mal, este sitio se va a venir abajo! ―dijo la chica mientras, con dificultad, corría hacia Necross, sintiendo los temblores del Castillo de Arthias.

Elinor... ¿Estas bien? ¿Sucedió algo? ―preguntó el hombre al incorporarse.

Parece que la tierra se fuera a tragar el castillo, Necross. ¿Viste a Fïrinne? ¡Hay que salir de aquí cuanto antes! ―expresó ella de forma apresurada.

Esa vieja estúpida ya no esta ―fue la respuesta del hombre. Una sacudida del estómago de Elinor, que poco tenía que ver con las que sufría el castillo, le indicó lo que quería decir Necross con “ya no está”. Era la primera aliada que perdía tras lo de Heimwolf―. ¿Te puedes mover? Tienes razón, debemos salir de aquí ―la apresuró el hombre.

Apoyándose el uno en el otro, recorrieron los temblorosos y traicioneros pasillos del Castillo, dejando atrás a Fïrinne. También dejaban atrás cosas terribles, como a Ywak o su alter ego, Trehdo, y el recuerdo de Mikolash o las atrocidades que habían visto al conocerse, pero de ninguna de ellas se acordarían en el futuro. Si lo harían de la malhablada y siempre enfurruñada elfa. En el exterior del Castillo, hablaron sobre su sacrificio y, antes de dejarla atrás para siempre, Elinor dejó que las auras la guiasen hasta unas flores cercanas. Supuso que a Fïrinne no le hubiese gustado en vida, pero necesitaba dejar una muestra de respeto allí, en las ruinas que ahora quedaban de lo que fue Arthias, toda una lápida de toneladas de peso, una lápida digna de tan gran guerrera como había sido la oscura. Arrojó el ramo hacia las rocas, dejando que sus aura aun fresca fuese un signo de vida entre tanta muerte como ahí quedaba.

“Música”:

Necross la acercó hasta el pueblo más cercano, donde pudo pagar una carreta que viajaba hacia Hescod, su hogar. Antes de despedirse, abrazó y besó en la mejilla a aquel hombre al que ahora tanto admiraba por su valor inquebrantable en batalla y su corazón bondadoso. Puede que discrepasen sus ideas en ciertos aspectos, pero lo sentía como un amigo cercano y, si su intuición no le fallaba, volvería a encontrarse con él. Tal vez también se encontrase de nuevo con Fïrinne. Su experiencia con Heimwolf le había dejado claro que, en Noreth, los muertos no se van del todo mientras sean recordados.

Sonriendo de forma algo estúpida, aprendiendo la lección que su difunto maestro le había querido transmitir desde el más allá, recordó con alegría los buenos momentos vividos junto a todos ellos, amigos y enemigos. Y ahora, ¿qué sería de ella? Se preguntó mientras la carreta se dirigía hacia su casa. ¿Qué haría ahora que ya no necesitaba buscar fuera de si misma a Heimwolf? Arrebujándose entre los sacos que también transportaba su chófer, tuvo clara la respuesta.

Iría allí donde alguien sufriese y nadie pudiese tenderle la mano. No sería una heroína, ya había aprendido de Fïrinne que eso no siempre era lo que se debía ser. Sería algo más. Con su propio estilo, pero siguiendo lo que había sentido en la elfa, sería una vigilante incesante, una guardiana sigilosa, protectora de Ujesh-Varsha y de todo Noreth. La “chica sin miedo”.


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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Necross Belmont el Vie Dic 25, 2015 2:24 am

El hombre del parche estaba paralizado por la sorpresa, el castillo abandonado, la gran fortaleza que resguardaba Arthias, estaba completamente destruido. Necross se quedó mirando las ruinas, pensando en batallas antiguas, compañeros caídos, el dolor físico y mental que muchas veces sufrió en el castillo, ahora este no era más que escombros. Pensó en que quizás era mejor así, ya que recordó las palabras que la escriba le dijo en el corredor. -La vi... la vi... y no está... ya no está. Si, era lo mejor, olvidar el pasado y seguir adelante, dejar de buscar a alguien que probablemente este muerta. ¿Pero podría hacerlo? Después de todo solo su recuerdo mantuvo al tuerto con vida por tanto tiempo, y es ese mismo recuerdo fue  lo necesario para revivir su decrepito cuerpo.  Pero vivir a costa del pasado lo mato anteriormente, entonces, el hombre del parche decidió seguir avanzando por fin, dejar atrás todo lo que siempre busco, dejar atrás a Ondine.

Por varios minutos, la chica sin miedo y el hombre del parche se quedaron conversando, la aventura había acabado, y necesitaban descansar un poco. Elinor, en un acto que el tuerto no se esperó, dejo flores sobre los escombros, un acto que ella pensaba serviría para conmemorar la memoria de Fïrinne, pero Necross sabía que a ella no le hubiese gustado aquello. El hombre del parche miro a la nada, y en un susurro dijo: -Gracias…- Después de todo, la drow se había sacrificado para que Necross escapara del corredor; y este no olvidaría jamás aquello.

Con un beso y un abrazo la muchacha se despidió del tuerto, este le dedico una sonrisa, y sin decir mucho de despidió de ella.  Necross se quedó mirando cómo se alejaba la carreta que transportaba a Elinor hasta que esta desapareció en el camino, en algún momento alzo la mano derecha y la agito a modo de despedida, y aunque sabía que ella no lo vería, el hombre del parche supo que ella lo sentiría.

Pero Necross no se quedó ahí para ver una última vez a Elinor, o para verificar que su viaje no tuviera problemas, no. El hombre del parche se quedó de pie, sosteniendo las correas de su montura, con el sol sobre su cabeza, y el camino a sus pies, ya que no sabía qué hacer. Se quedó mirando a la nada, aun pensando en Fïrinne, después de todo, aunque no lo quisiera admitir, ella era una persona importante en su vida y su muerte era algo que le dolía.  -Luchaste contra demonios y sobreviviste al malgenio de Ondine… ¿Cómo puede ser que alguien como tu haya muerto? No volveré a perder a un amigo, no mientras pueda impedirlo.- El hombre del parche subió a algodón, su montura, y lo hizo caminar, debía volver con su pequeña.  

Durante el camino lo único que se escuchaba eran las pisadas tranquilas de Algodón, y el sonido metálico que hacían las armas de Necross al moverse.  En la mente de tuerto no había nada, solo se mantenía mirando hacia adelante, con un sentimiento de pena y decepción en el cuerpo, no solo había perdido a una aliada, sino que también perdió la ilusión de que Ondine podía ser salvada.  

Dos días y medio le tomo al tuerto regresar a Shading, en el camino le compro a un vendedor ambulante un parche de cuero, ya que no quería que Nadine le viera el ojo gris. Dos guardias en el pórtico de Shading le impidieron el paso, pero de inmediato lo reconocieron, ya que uno de los guardias tenía un primo que entrenaba con Necross. -Necross, bienvenido de vuelta.- El hombre del parche asintió a modo de agradecimiento.  Las grandes puertas se abrieron y le permitieron el paso a Necross, quien golpeo suavemente los costados de Algodón y avanzo hasta que las puertas se cerraron a su espalda.  El hombre del parche dejo a su montura en un establo cercano a su casa, y luego camino hasta su hogar, donde pensó para sí mismo que lo mejor era pasar unos días junto a Nadine, antes retomar sus tareas en el cuartel de Shading.

Apenas Necross cruzo el umbral de la puerta la niña corrió a sus brazos. -¡¡Vater!!- Grito la niña antes de que el tuerto la alzara. -Bodoque, te extrañe, ¿Cómo estás?-  En sus palabras se notaba cierta pena, pero aun así, el hombre del parche comenzó  a acariciar la cabeza de la pequeña, con un cariño que pocas veces demostraba. Abelia, una amiga de Necross lo saludo apenas este entro, el hombre del parche le había pedido que cuidara a Nadine mientras este estaba fuera. - Abelia, gracias por todo. Ya puedes ir a descansar.- La rubia se fue, no sin antes besar la mejilla de la pequeña Divium. -¡Vater, cuéntame de tus viajes!- Comento la niña con emoción, mientras su padre la dejaba en el piso. El hombre del parche procedió entonces a quitarse la armadura, y dejar sus armas en el suelo, antes de responderle a su pequeña. -Mas tarde bodoque, necesito descansar los pies. Ven, huele.- Sentado, el hombre del parche se quitó la bota derecha, luego estiro el pie, ofreciéndoselo a Nadine para que oliera. La niña de inmediato se negó y salió corriendo para salvarse, dejando a Necross riendo, sintiéndose contento de estar en casa nuevamente.



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Re: Lux Aeterna.

Mensaje por Amethist el Lun Dic 28, 2015 11:54 pm



EPÍLOGO

-¿Eres tú?

-Supongo.

Su voz era áspera, débil, irreconocible. Sintió la lengua seca, muerta, casi pegada al paladar invisible.

-Se es o no se es, criatura alada…

Lo pensó.

-Supongo que soy-repuso, indecisa.

-Y si eres, ¿qué haces acá?

-No lo sé.

-¿No?

Era persistente y esa insistencia la encrespaba al borde de querer bofetear la nada.

-NO. ¡HE DICHO QUE NO LO SÉ! ¡No lo sé!

El silencio se hizo, pesado y rígido; una muralla infranqueable que retaba la tranquilidad del lugar.

-Y si no lo sabes, ¿cómo esperas ser?

Volvió a cavilar, taciturna.

-Necesito salir de aquí- sentenció esta vez con voz más ecuánime, un reflejo quedó de otra reflexión en curso.

-Sí- asintió la voz que con fuerza imperiosa la interrogaba entre la penumbra. –Salir es el primer pasó… pero, ¿para qué?

-Para matar- contestó mezquina, roñosa, como una bestia hambrienta de carne y sangre.

Chasqueó la sombra con asco y con furia y desdén contestó, dando un paso hacia delante. Era alta, tanto como si con su cabeza rozara los cielos, de color negro brillante, y ojos amarillos encendidos, lejanos:

-No tú…- bufó la mole portentosa: -…¡de ti no quiero nada, escoria sumisa!

Sintió que se recogía en sí misma. Removió las manos con insegurirdad, se relamió los dedos y apretando los parpados se forzó a concentrarse. Entonces, su dominio de sí regresó y otra voz cantarina como ingenua, fue la que contestó:

-Deja de hacer preguntas. No PODEMOS saberlo todo.

“Podemos”.  Aquella palabra parecía haber denotado demasiado en el pensamiento del coloso de escamas. El dragón, con la cabeza atenta a la chica que interrogaba, arqueó la mirada como si cavilara sus opciones. La divium parecía un péndulo que iba y devenía entre la esencia demoniaca que la dominaba y su realidad corpórea autentica original.
 
-¡Sí sabes, alada!- azuzó la mole, dando un paso al frente, haciendo tronar el vacío con su presencia.

Ella levantó de inmediato la mirada y el terror se dibujó en su semblante, dejando de lado la manía de los dedos.

“Sí, mírame bien”, entredecía el dragón, esperando su respuesta, clavando su reptilios iris en la doncella de alas blancas.

-¡QUIERO PELEAR! ¡PELEAR!

No era una idea positiva ni negativa. En silencio, la alada reconoció que lo único que quería era levantar las manos por su propia voluntad: no porque fuera correcto o heroico, sino porque ella lo podía decidir por sí misma. Si algo anhelaba era su libre albedrío… de vuelta. Eso si es que alguna vez lo había tenido.

Una carcajada brotó de la oscuridad. La luz lo colmó todo, encegueciéndole los ojos como el juicio. Hasta ahí la chica dejó de sentir que el alma y el cuerpo iban por caminos diferentes; que  eran dos y no uno; que el frío y el calor eran estados contrarios y no iguales.

-Buena duda la que planteas- sentenció el legarium- Recuérdala siempre, pues por ella te dejaré pelear… pelear por y para mi causa.

--//--  
 
Música:


Los pasos de la mole legendaria se confundían con el caos de destrucción que azolaba el camino. El polvo se alzaba a su paso, el cielo había perdido su encanto, y entorno a él luces verdes de pálido calor, danzaban sin cesar, adorándole. A cada paso, resonaban sus pies como truenos y quebraba la tierra bajo ellos, dejando huellas devastadoras en un mundo que era ajeno a la criatura que lo transitaba.  

La escriba, cuyo cuerpo rígido coronaba la senda sobre la que transitaba el legarium, apenas era un punto minúsculo al que se tenía visión por las muchas líneas de colores y luces con las cuales se esbozaba el portón a la realidad de Noreth. Se encontraba encorvada y retraída, con el peso inclinado sobre el estoque que le había cercenado la vida. Su expresión facial denotaba descanso, estar gozando del sueño eterno, sin embargo,  al reconocer a la elfa, la criatura legendaria sintió pena del destino de esa alma férrea. Bien sabía el longevo que Fïrinne nunca reposaría en paz mientras su cuerpo continuara en el corredor.

-Has sido idiota, elfa- le habló el dragón: -Morir acá no ha sido una decisión sensata.

Tenía el cuerpo reposado, con la barriga tocando el suelo, plácido, mientras observaba con cierta condescendencia a la oscura. Un silencio ganado por un alma que había resultado sorpresivamente útil.

Entonces, de sus patas traseras, como si desde siempre se hubiese refugiado allí, surgió una figura femenina de cabellos níveos y ojos grisáceos. Parecía pequeña, enclenque, incluso su andar resultaba torpe, pero la determinación con la que propinaba sus pasos daba muestras del carácter recio que la formaba.

Ella miró el cadáver y sacó el estoque del pecho de la elfa, reparando en el rostro: sus orejas, su tez oscura, sus rasgos severos. "Toda una novedad", pensó para sí.

-¿Quién es?- preguntó con inocencia en una lengua que hacia siglos el dragón no oía.

-Es una vieja desconocida… Una que merecía futuro y ahora un trato mejor.

-¿Está muerta?

-Mírala- asintió- y respóndete tú misma.

-Yo también lo estaba- aseguró la peliblanca con congoja. -¿Puedo quedarme con esto?

Bailó el estoque sobre la nada, dando cortes al aire que producían haces de luz. Los ojos de la chica brillaron como los de un infante, con visos lila que se perdían en el iris grisáceo de su mirada asombrada. En ella también se leía la súplica por la petición de quedarse con algo que no era de ella.

-Que lo decida la muerta…- se decidió el dragón y con un soplido de su aliento azufrado, una de las luces verdes se posó sobre el cadáver, haciendo que abriera los ojos.

La drow se movió y la chica retrocedió con cierto espanto.

-O… ¿Ondine?- balbuceó Fïrinne, ausente aún, mecánica en sus palabras pero extasiada en su mente por ver el rostro que se le presentaba.

Sorprendida, la chica de cabellos níveos miró a todos lados, ignorante de saber qué papel jugaba en aquella pregunta desconcertante.

-Queremos tu estoque, elfa- continuó el dragón en lengua común: -Ella lo quiere. ¿Hay algo más que le pertenezca?

Fue sólo un corto ademán de su rostro oscuro y rígido para que la joven corriera jovial hacia la elfa y revolviera el morral que había estado señalando. De ahí parecía que nada le interesaba, removiendo todo, hasta que una corona, de talle delicado y líneas perfectas en brillante plateado, centelló a un lado, en un bolsillo escondido.

-Me gusta…- dijo la chica, casi en tono infantil. -¿También puedo quedármelo?

La elfa miró desconcertada al no entender palabra alguna de lo que la réplica de su ama decía. Tampoco podía comprender, en el letargo que se encontraba, dónde habían quedado las alas, el lila de su mirada, el ceño fruncido, los años avistados en su rostro de porcelana.

-Es tuyo, más no serán para ti ahora- respondió el dragón y con una exhalación lo llenó todo de humo, haciendo que la chica tosiera con ganas sin notar que tanto estoque como tiara ya no estaban en sus manos. –Lo importante ahora es salir.

Se puso en pie y miró de nuevo a la elfa. Él sabía que no había en aquel cuerpo mortal la fortaleza para si quiera expresar un pensamiento y por su estado no estaba en condiciones de reanimar a un ser más. La oscura debía morir, y ello era inevitable, aun cuando él era el que reanimaba su carne oscura e inmóvil. El poder del corredor era temible, y los de los legariums era, como todo en el mundo real, limitado.

La elfa alzó la cabeza y encaró al portentoso animal de escamas oscuras:

-Tu … Tu hermano… pronto… verse.

El dragón cerró los ojos, cadencioso, pesado. Leía la mente de la oscura como un libro y le abrumó lo que allí encontró. Una sonrisa casi ausente, pequeño gesto entre sus colmillos enormes, se observó florecer al darse cuenta de que la mente de la oscura aún guardaba secretos para él.

-Ahora, te lo debo. ¡Maldita sabandija! Me dejas en deuda- finalizó.

La figura colosal se llenó de humo, reconociéndose la sombra de una cabeza que se acercaba cerca de la elfa. “Duerme bien”, pareció entonar en una lengua que a la peliblanca le pareció conocido, y luego, como por arte de magia, el cuerpo de la drow pasó los límites de los portales.

La chica de menudo porte no pudo ver nada, más allá de las palabras dichas por el dragón y la sombra que se acercó a su lado. Todo estaba lleno de humo, niebla tóxica, que para ella se respiraba tan fácil como el aire puro del amanecer. Sin embargo, al aclarar el panorama y adelgazarse el ambiente, al frente del portal esperaba no la criatura de dimensiones colosales que la había guiado hasta allí, sino un anciano, de sonrisa retorcida y rostro cómico.

-¿Estás lista?

-¿Para qué?- inquirió la chica.

Él la miró con ternura, como si de una nieta se tratara.

-Pues… ¡para pelear!

Él le tendió la mano mientras un paso lo acercaba al portal que los llevaría a la realidad. Ella sonrió al tiempo que sacaba de su bolsillo una daga de colores oscuros y letras rojas, intensas, donde su nombre se traslucía en la hoja maldita.

-Siempre.


FIN
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El Sendero de un Guerrero

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