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La reina de los condenados. {partida}

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La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Necross Belmont el Jue Jul 09, 2015 10:09 pm

Los días en Shading de a poco se volvían monótonos, el hombre del parche después de estar trabajando para el gobierno durante todo un mes, ya comenzaba a acostumbrarse a la rutina. Su pequeña de a poco hacia amigos, la niña siempre ha sido alguien amigable, así que siempre estaba encontrando nuevas amistades. Pero los niños de la ciudad se mostraban un tanto reacios a jugar con la Divium, ya que esta siempre estaba acompañada de Sif, la loba.

El día comenzaba con Necross despertando a Nadine, ambos desayunando, y al terminar el hombre del parche se iba al cuartel de Shading para cumplir sus labores. Nadine se quedaba en casa, a veces salía a recorrer la ciudad, algunas veces sola, otras con la compañía de Abelia, una amiga del tuerto.

Pero hubo un día en que las cosas cambiaron un tanto, la pequeña Nadine comenzó  a enfermase, y pronto cayo con fiebre. El hombre del parche llamo a uno de los curanderos de la ciudad, este le dio algunas hierbas para hacer infusiones, y le dio un calendario para que la niña no perdiera ninguna dosis. Pero después de seguir las órdenes del curandero al pie de la letra, Nadine no mejoraba.  

Pronto se extendió por la ciudad una terrible enfermedad, niños, hombres, mujeres, e incluso ancianos fueron afectados. Sus extremidades se endurecían hasta quedar ásperas y duras como la roca. No solo su exterior se endurecía, también sus órganos internos, y con el paso del tiempo simplemente caían muertos. Los curanderos no podían hacer nada por los enfermos, no sabían cuando apareció, como quitar los síntomas, ni quien era más propenso a contagiarse.

Como todas los días, antes de que atardeciera, el hombre del parche llego a su casa. Ya no era recibido por la pequeña ya que seguía en cama, ardiendo por la fiebre. Necross subió a su habitación, donde la niña lo recibió con una sonrisa, aun cuando su rostro enrojecido por la fiebre demostraba malestar. -¿Cómo te has sentido hoy bodoque, te tomaste la infusión?- El hombre del parche arropo a la niña, para terminar acariciándole el rostro. -Ja Vater, Abelia vino hoy a cuidarme…- La niña aun intentaba mantener la sonrisa, pero constantemente se quejaba por el dolor. -Ya verás cómo pronto…- Necross acariciaba la mano derecha de la pequeña, pero cuando este toco los dedos de la niña los sintió ásperos, duros…rocosos.

El hombre del parche trago aire para evitar llorar, luego le sonrió a la pequeña y termino de hablar. -Ya verás cómo pronto te mejoraras, y nuevamente estarás en las calles jugando con Sif.- Nadine nuevamente sonrió, esta vez con más ánimo. -Descansa bodoque, te traeré algo para comer.-

Necross bajo las escaleras y camino hasta la cocina, busco frutos secos y algunas bayas, también le llevaría un poco de agua fresca. Pero antes de subir todo, poso ambas manos en la mesa del comedor, y comenzó a sollozar, para terminar llorando desconsoladamente. Se sentía inútil, y los dedos callosos de su niña solo le hacían pensar en lo peor. Secándose las lágrimas y calmando la respiración, el hombre del parche subió y le dejo comida  a Nadine, quien para ese momento ya se había dormido.

Los curanderos no ayudarían, por ello Necross debería buscar una solución por méritos propios. Nadine no se había salvado de Jyurman, habitado con elfos, y cruzado medio continente para morir a causa de una enfermedad, su padre no lo permitiría.  En la biblioteca local encontró información de una ciudad relativamente joven, cuyo gran mérito era una medicina  a base de sangre, capaz de curar hasta los más terribles malestares. En Hemwick el hombre del parche encontraría la solución a sus problemas, una pequeña esperanza en la cual confiar, un método para salvar a su hija.

Durante día y noche el tuerto recorrió los caminos, dejo a su pequeña bajo el cuidado de Abelia, una soldado retirada. La niña intento oponerse al viaje de su padre, quería acompañarlo, pero se sentía débil, y su mano derecha ya había sido afectada por la enfermedad; su pequeña mano había perdido total movilidad. Aquello motivo a que Necross apurara su viaje, no llevo a su ave, la cual servía de montura, pidió un caballo del ejército, uno negro como su cabello.

Una semana duro su viaje, antes de llegar a la ciudad se detenía solo para satisfacer sus necesidades básicas: dormir comer y cagar. No podía perder tiempo, ya que con cada segundo que pasaba condenaba un poco más a su pequeña.  Las puertas de la ciudad le dieron la bienvenida, y el tuerto quedo embobado con su arquitectura. Sus calles eran de piedra lisa, de un color gris oscuro. Sus casas parecían más juntas de lo normal, aquello causaba que los callejones fueran estrechos, permitiendo el paso de unos pocos. Largos faroles estaban dispersos por toda la ciudad, estos se mantenían iluminados con velas de cera. En el centro había un capilla moderadamente grande, tenía un tejado con forma circular, cual cúpula, y estaba rodeado por rejas de acero.

Desde fuera el hombre del parche se deleitó con la bella ciudad, tres guardias en la entrada le preguntaron qué asunto tenía que atender aquí.  Pero la respuesta era la misma en todos los viajeros, “la sangre milagrosa”. Los guardias dejaron entrar a Necross, no sin antes cobrarle un peaje de tres monedas, las que él quisiera pagar, sean de cobre plata u oro, el tuerto les dio tres monedas de plata, su entrada en Hemwick  no tuvo problemas.

Pero antes de perderse el hombre del parche pregunto por la taberna o posada más cercana, los guardias le dijeron que a tres calles de distancia, y a mano derecha, podría encontrar la taberna “el señor de los gigantes”.  Con apuro el tuerto se internó en la ciudad, al encontrar la taberna ato a su caballo fuera de esta, entró, y en la barra pidió una jarra de cerveza. Quizás con el tabernero podría encontrar información sobre la medicina mágica de la ciudad, donde adquirirla y a qué precio. Pensó en que pronto volvería con su pequeña, y que pronto la salvaría de un terrible destino.



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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jul 14, 2015 7:45 pm

Fueron semanas de viaje. Cúmulos de largos días de marcha que hacían que las noches parecieran durar segundos. Nunca era suficiente descanso, y es que el trayecto en sí, era más largo una vez en el camino, que lo que dictaba el sentido común al verlo en el mapa. Por fortuna para Nathaniel Winston, no llevaba un mapa consigo, aunque más de una vez se recriminó no haberlo hecho. El camino lo llevó por distintas y muy disímiles ciudades en las que conoció gente de lo más interesante. Sin embargo, acababa de finalizar una travesía suficientemente larga como para encariñarse con quienes le habían acompañado.

En otras palabras, no se había sentido con la necesidad de quedarse un tiempo en ningún pueblo, por más bella que fuera su arquitectura, o más amable que fuese su gente. Aún su corazón no se recuperaba de los altibajos que había tenido tras pasar un mes completo navegando en el navío insignia de la reina de la Costa Negra, la pirata más temida de la ruta thonomeriana. Tal vez por eso había elegido el camino más largo hacia las tierras del sureste, en vez de cruzar la mayor distancia por altamar. Quizás por eso tal vez, había decidido suspender su viaje a Phonterek. Alguien le había dicho en la laberíntica y oscura Malik-Thalish, que en aquella sureña ciudad de mármol y joyas, había bibliotecas repletas de libros referentes a la magia.

Por alguna extraña razón que ni él mismo podía discernir, presentía que, si un libro de magia podía contener información acerca del hechizo que le impedía conectarse con sus recuerdos, no sería uno expuesto a todo el público. Tampoco es que fuera una idea alocada, hay ciertos conocimientos que solo se comparten en círculos muy herméticos. En Malik había hecho el intento de entrar a la biblioteca de la fortaleza principal, pero le habían explicado que necesitaba el beneplácito del ejército. Sabía cómo ganárselo, no obstante, la idea de cazar criminales para el rey, le parecía que iba contra toda moral. Especialmente con ese rey, cuyo rostro era desconocido inclusive por sus vasallos.

La mejor idea, había sido alejarse de Thonomer. Especialmente de toda la costa oeste, donde los comentarios acerca de un anciano de cabellos de plata, la altura de un noble y el porte de un mozo enérgico pero experimentado, se propagarían con mayor rapidez.

La primera semana había sido la más peligrosa, pues el peculiar anciano se había visto obligado a atravesar una extensa región de Thonomer, donde la única ley era la del señor feudal de turno. Por lo menos, así le habían explicado en las afueras de Tirian Le Rain. Lo cierto es que después de ver hasta qué punto podían llegar a oprimir a un pueblo para mantener el orden y la libertad, Nathan no se sintió más incómodo en las ciudades menores. En algunas, por el contrario de lo que sucedía en los reinos grandes, los campesinos más sencillos tenían un puesto en el concejo deliberante. En esos lugares, era donde él había decidido pasar las noches, para atravesar las villas más despóticas durante las horas de sol.

Esos inaugurales días, contrabata los servicios de carreteros para viajar de ciudad en ciudad. Se aseguraba de no subirse a cualquier carreta tirada por mulas, pero tampoco elegía las carrozas elegidas por los más acaudalados. Y no es que no pudiera afrontar los gastos, sino que prefería pasar desapercibido ante miradas indiscretas. De hecho, había renunciado a sus mantos, camisas y hasta a los pantalones de finas telas cerca de la Aguja de Tirian, cuando compró un morral de camino. Desde entonces, iba vestido con camisas, túnicas y estolas de tonos marrones, que le ayudaban a pasar por cualquier ciudadano. La bolsa de monedas que siempre llevaba sujeta al cinturón, más el morral y el bastón, le daban el aspecto de un mercader viajando tras una oportunidad.

Así había viajado por Thonomer, pues era la forma más fácil de hacerlo. Sin embargo, al llegar a la frontera de Efrinder se vio en la disyuntiva de continuar por Di’wist, la zona más occidental de StorGronne, o hacerlo cruzando Fur’midr. El problema con la primera región, era la oscuridad que reinaba durante el día, ¡no quería ni pensar lo que podía pasar cuando la escasa luz del día diera su fin! Pero según le habían explicado en el último poblado del límite, en Fur’midr solían armarse batallas entre facciones de los nagar y los woes. Al preguntar qué eran los unos y los otros, Nathan había tenido que pedirle al atento campesino que se lo explicaba, que lo olvidara. No quería saber nada con esos seres.

No muchos viajeros cruzaban la frontera, salvo si llegaban en grupo. Hasta los guardianes del límite marchaban con precaución. Uno o dos, acompañaban durante el primer día a las caravanas que necesitaban cruzar, para asegurarse de que sus miembros supieran lo básico acerca de orientación, las formas de los árboles, y la forma correcta de acampar durante las noches. Si bien Nathaniel había estado muy seguro de sí mismo hasta ese momento, sabía que no lograría atravesar el bosque solo. No solo por las criaturas que lo habitaban, sino porque esa no era una tarea grata para él. Aunque había perdido la memoria, tenía la sensación de que el bosque nunca en su vida había sido un lugar que le agradara.

Así fue que tuvo que unirse a una caravana que viajaba al corazón de StorGronne. Si había decidido viajar solo hacía unos días, pronto se vio agradecido de estar entre más de diez personas. No hubiera logrado avanzar solo, además, el líder de la caravana también tenía intereses en la magia que mutaba al bosque, tal como Nathan. El anciano había decidido su curso tras enterarse de que en el centro del bosque se encontraba alguna clase de energía arcana tan poderosa, que con el correr de los años había transformado a flora y fauna por igual. Lo que él quiso desde que se enteró, no fue llegar allí… ni muy cerca tampoco, pero sí pasar algunos días en una de las tantas pequeñas aldeas que había en el interior del Bosque Verde.

Por lo menos, eso creyó hasta llegar a Hemwick.

Nathaniel Winston supo que Hemwick era su destino apenas la vio. ¿Qué hacían esas murallas entre el denso follaje de Fur’midr? ¿Y las torres que se alzaban detrás? No dudó en pagar tres monedas de plata a uno de los dos guardias que vigilaba en la puerta, y en repetir lo mismo que todos los viajeros cuando le preguntaron qué asunto le llevó hasta allí, aunque no tenía idea de qué era la sangre milagrosa. Si bien parecía que custodiaban la entrada a la ciudad como si se tratara de un santuario, el anciano solo los vio recaudando como lo hacían los guardias de Malik-Thalish en la aduana del puerto. Más allá de esa primera experiencia, no había visto muchos vigías por las calles. El único lugar  que guardaban con recelo eran las inmediaciones de la capilla, no obstante, se podía pasar a esta directamente.

Ahora era el segundo día en la ciudad amurallada escondida tras la infinidad de ramas de StorGronne. El primero lo había pasado durmiendo y comiendo como si no lo hubiese hecho en años. La verdad es que durante el viaje había dormido en lapsos de cortas horas en las que no había tenido oportunidad real de descansar. “El señor de los gigantes” era el lugar perfecto para parar por unos días, mientras resolvía sus asuntos y buscaba ayuda. Por la tarde, se dijo, pasearía por las calles más alejadas de las entradas. El día anterior no había tenido la oportunidad, pues solo había visto lo justo y necesario antes de encontrar la posada.

Después de almorzar el delicioso guiso que tenía adelante, tenía toda la tarde para recorrer la ciudad y empezar a buscar información acerca de la magia. Se repetía que en algún lugar tendría que haber estudiosos de la magia, que el bosque les habría llamado como lo había hecho con él. Sin embargo, al ver a los comensales reunidos para el almuerzo, brotaban sus dudas de que alguno estuviera allí por esa razón. Las únicas personas que habían estado la noche anterior, eran quienes atendían a los clientes. Nathaniel dedicó unos minutos en pensar qué podía estar haciendo cada una allí, y por la seguridad que presentaban, sus modismos al momento de hablar y las señas que acompañaban sus conversaciones, estaba bastante seguro de que la mayoría vivía allí. Eran pocos aquellos a los que no llegaba a ver debido a la cantidad de gente entre ellos y él.

Los otros miembros de la caravana habían optado por pasar la noche en otro lugar. Si había una persona que le llamaba la atención, era la mujer que esperaba sentada en un rincón. No sabía a quién, pero Nathan estaba bastante seguro de que esperaba porque miraba a los recién llegados con atención, como si estuviese buscando una señal que le indicara que esa era la persona indicada. Era difícil dejar de observarla entre bocado y bocado, pero podía ser un efecto de la penumbra, que le llamaba para que tratara de ver en detalle el rostro descubierto de la mujer. Sea como fuere, continuó unos cuantos minutos en la insidiosa tarea.

Así fue hasta que se oyó la puerta abrirse una vez más. Y a diferencia de todas las anteriores, esta vez entró un forastero. Un viajero, como él. Bueno, no muy parecido… el hombre, envuelto en una gabardina, tendría por lo menos la mitad de su edad. Pero no pertenecía a Hemwick, era casi una certeza. El anciano mago, vestido con pantalones y un chaleco negro de finísima estampa sobre una camisa blanca de cordeles en el torso y de mangas largas, se dispuso a escuchar lo que el extraño hombre del parche en el ojo y aspecto cansado, pudiera decir acerca de él. No es que tuviera algo mejor que hacer allí dentro, rodeado de lugareños enfrascados en sus conversaciones, y sin oportunidad de hablar con nadie. Para colmo de males, no tenía ni un libro a mano.


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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Miraak el Miér Jul 15, 2015 4:22 am

Camino, creo que llevo caminando más tiempo del que recuerdo y este desierto blanco no termina nunca.

-Heraldo…

Él me llama, lo oigo en el aullido del viento, lo siento en el susurro de la arena deslizándose, lo veo en los ojos de los cadáveres congelados.

-Escucha y recuerda Heraldo…

Sigo caminando, sin embargo ahora subo una colina de hielo y muerte.

-En el bosque donde lo natural y la magia se mezcla, encontraras una ciudad…

Estoy llegando a la cima y ya vislumbro el final. Mis pies se sienten cansados.

-En esa ciudad se rumorea existe una cura secreta…

La cima, el lugar que temo, aquí solo se encuentran las dos cosas que más deseo. El trono y Stiria. El viento azota este lugar con fuerza.

-Ve allí y trame sus secretos…

Doy pasos despacio, hasta llegar al trono de hielo. Contemplo lo que siempre intento olvidar, un trono en la cima, dominando un desierto lleno de hielo y muerte.

-Cumple tu misión y te recompensaré…

También veo a Stiria, dentro de su tumba de hielo. Manteniendo su bello rostro igual que siempre. Como lo hará eternamente ante mis ojos.

-Fállame y serás castigado…

Dos pasos, lentos e inseguros, y me siento en el trono. Una lágrima recorre rápidamente mi rostro, convirtiéndose en hielo antes de llegar a mi barbilla.

-Ve Heraldo.

Lo último que siempre recuerdo son las carcajadas, llenas de locura, desolación y soledad al contemplar mis deseos cumplidos.


Me desperté inquieto y cansado, todavía no me acostumbraba a las visiones, y el residir en una de las agujas menores mas aisladas de la región demoníaca no era de ayuda. Estas “visiones” se venían repitiendo desde que fui nombrado Heraldo. Y esta vez no había sido diferente. No son solo unas simples pesadillas, son un mensaje claro y conciso de lo que la voluntad de nuestro señor desea.
Me había ordenado cumplir su voluntad en el bosque de StorGronne. No tenia ni idea de lo que quería de aquella ciudad que había nombrado, pero, fuera lo que fuera el secreto que se escondía en ella, lo buscaría, lo encontraría y lo cazaría, en nombre de mi señor.

Prepare mi zurrón con lo que necesitaría para el viaje, tome raciones de extrañas formas de la despensa de la aguja y llene el odre de agua contaminada del pozo del sótano, para un humano ingerirla seria probablemente mortal, aunque era inofensiva para un demonio. Tome uno de los mapas que se encontraban allí y trace la ruta a seguir, que, calcule seria de una semana de viaje como máximo. Tome mi bastón y puse rumbo al norte, hacia el paso Sombrío.

Un día de caminos yermos, brumas rojas y encuentros con demonios faltos de cordura y forma, me dejaron en la entrada del paso Sombrío, este cuello de botella formado por dos escarpadas cadenas montañosas creaban una de las pocas entradas del norte. Y también una de las entradas mas peligrosas.

Me aventure en el interior de aquel amplio y tenebroso sendero entre las montañas, esperando que en cualquier momento apareciera el Guardián del paso, una criatura de la que había oído hablar a Stiria, con una mezcla de miedo y respeto en su voz.

-Si alguna vez tomas el paso Sombrío cuídate mucho del Guardián. Esa criatura, solo por su poder y astucia, podría llegar a ser perfectamente general de los ejércitos de uno de los Señores del Foso.

Era lo que me había advertido mientras estudiábamos la geografía y cultura del foso, en una de las menos profundas cámaras de la pirámide dorada. También sabia que el constante contacto con el limite de StorGronne le había mutado en cierta manera, dándole todavía más poder. El que se hubiera encaprichado de aquel lugar, seguía siendo un misterio para muchos.

Mientras oía el eco de mis pasos resonar entre los lejanos picos, note como el lugar se volvía cada vez mas siniestro y oscuro. Había pasado de ser un sendero amplio y iluminado, ha ser un tipo de gruta oscura, húmeda y con olor a muerte en el viciado aire que podía respirar. En aquel momento me di cuenta de cuanta falta me hacia una antorcha, aunque el miedo al calor me dificultaba el siquiera sostenerlas, prefería eso, a esta completa oscuridad en la que me encontraba ahora.

-Tú, demonio, ¿como osas cruzar mis dominios?

Mi cuerpo se detuvo de repente, y mi corazón también. Su voz sonaba como un trío de demonios con la voz ronca. Me encontraba en la guarida de una de las criaturas más peligrosas del foso, en completa oscuridad y para rematar, no había oído ningún ruido de movimiento ni notado su presencia. Decidí probar suerte.

-Soy Miraak, Heraldo del Hielo Eterno, enviado del señor Yigionath. Pido que se me permita cruzar hasta el otro lado para poder cumplir la voluntad de mi señor.

Estuve a punto de exigirle el paso, pero ante una criatura que no veía y del que solo leyendas se hablaban, era mejor tragarse el orgullo y pedir permiso para seguir el camino.

-¿Sabes en que lugar te encuentras? ¿Entiendes que tu señor no tiene poder sobre mí? ¿Comprendes que ahora mismo estas solo ante la muerte?

Después de aquellas preguntas empecé a cuestionarme si había sido buena idea intentar cruzar por aquí o siquiera si saldría con vida de este lugar. Intente responder sin que pareciera que me tenia arrinconado, lo cual era la situación actual.

-Se en que lugar me encuentro, este es el Paso Sombrío, hogar del Guardián. Un paso inexpugnable que ningún ser excepto demonios elegidos a logrado cruzar.

Todavía no estaba muerto, así que entendí que la primera pregunta estaba resuelta. Aunque oía ligeros gemidos provenientes de la oscuridad que me envolvía.

-Mi señor es Yigionath, el primero en cruzar el umbral, harías bien mostrando el respeto que le debes Guardián. Y si, también se que tu poder es como el de los altos generales del foso, probablemente superior.

Esta segunda respuesta no pareció satisfacerlo tanto, pero después de un momento comprobé que la oscuridad estaba disipándose lentamente, y logre vislumbrar los contornos de la criatura. Un ser enorme sin duda.

-Sé que pocos han cruzado tu umbral y he venido aquí abajo por propia iniciativa y sabiendo los riesgos, solo los elegidos logran cruzar, y yo soy uno de esos elegidos.

Esta ultima pregunta hizo que la estancia se iluminara gracias a unos ventanales que se empezaron a abrir alrededor. El guardián estaba ante mi, y tuve que levantar la vista para poder cruzar la mirada con sus tres pares de ojos. Era un ser sacado de pesadillas y hacia honor a su titulo de Guardián.

El Guardian:
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-Bien hecho Miraak, Heraldo del Hielo Eterno. Has pasado mi prueba y demostrado que Stiria no se equivocaba contigo, tienes potencial para llegar alto en lo círculos.

Después de la primera impresión comprobé que nos encontrábamos en un lugar parecido a un templo humano, aunque estaba lleno de huesos y cadáveres.

-Me complace oíros decir eso Guardián, pero dejadme preguntaros algo, ¿donde nos encontramos?

-Estamos en la salida del paso Sombrío, el exterior esta camuflado como un templo de ermitaños, solo unos pocos han conseguido descifrar donde encontrarlo, y los pocos que lo han conseguido yacen muertos y esclavizados a mi voluntad para toda la eternidad.

Di fe de aquello al fijarme mejor en lo que pensé que eran cadáveres, eran almas ancladas al cuerpo del engendro demoníaco. Un destino cruel para los estúpidos que intentaron cruzar el paso.

-Ve Miraak, sigue tu camino y llegaras a la salida del paso, entonces solo tendrás que seguir el sendero que baja la montaña y llegaras a StorGronne.

-Gracias Guardián, que los cuatro pecados estén contigo.

-Y que tu alma siga sufriendo en el infierno por ello.

Empece a caminar todavía notando su mirada en mi espalda, quería salir de allí cuanto antes. No veía el momento de respirar aire fresco de nuevo, y cuando vislumbre el final de la capilla casi corrí para cruzar sus pesadas puertas de madera.

Cruce el umbral y la luz cegó mi vista unos instantes, pero cuando los abrí supe que había merecido la pena. Una gran bocanada de aire, limpió mis pulmones de aquel aire viciado y una preciosa visión del bosque de StorGronne me renovó el animo para continuar un poco mas.
Así que empecé a descender el sendero, dándome cuenta que era ya pasado mediodía y si no me daba prisa dormiría en medio del bosque, cosa que no me atraía. Conseguí llegar a uno de los caminos ocultos de los cazadores woes y lo seguí hasta un camino principal, acampe bajo un gran árbol esa noche.

Después de una larga noche sin pesadillas y ruidos extraños, me desperté renovado, y calcule que, si todo iba bien, llegaría a Hemwick ese mismo día al  mediodía. Y así con la fatiga renovada puse paso ligero hacia la ciudad. Me di cuenta de que la magia se podía casi respirar en este lugar encantado. Y así con la suerte de cara y el ambiente mágico poniéndome de un humor menos frío de lo normal llegue a Hemwick lugar del que oí que tenían una cura milagrosa compuesta de sangre, que era capaz de hasta devolver miembros amputados. Ya conocía el objetivo de mi misión.

Me había unido a una caravana de enfermos por el camino, así que aproveche para mezclarme con ellos y que me llevaran un trozo del trayecto, hasta que nos acercamos a las puertas de la ciudad. Allí me separe de los asquerosos leprosos y me acerque a la entrada con paso ligero. Unos guardias me cerraron el paso.

-Peaje, tres monedas. Si no pagas no pasas. Si no respondes el motivo de viaje no pasas, reglas son reglas.

Pensé un instante en aquello y pague con una moneda de oro marcada, una de plata y una de triste bronce.

-Una para la capilla de los milagros, otra para los valientes guardias y la ultima para los miserables pobres.

Después de preguntarme que me traía hasta Hemwick, y que les contestase lo mismo que todo el mundo, me permitieron la entrada. Aproveche para preguntar los lugares de interés y me dirigí hacia la posada El señor de los gigantes, tarde unos minutos en encontrarla pero conseguí llegar. Entre y me encontré una taberna bastante acogedora, con los típicos paisanos de siempre y algunos personajes mas “únicos” por así decirlo, ya que destacaban de la mayoría, me acerque a la barra apoye mi bastón y me senté en uno de los caballetes que habían.

-!Maestro, hidromel aquí!

Pedí una de las famosas bebidas del exterior, ya que en el foso solo habían bebidas destiladas de sangre y poco mas. Una vez saboreando mi delicioso liquido dorado hice un rápido chequeo de los que me parecían extraños allí, la mujer del fondo a la que casi no era posible ver, y el otro tipo de la barra saboreando una cerveza, también me pareció ver a alguien mas, pero no me importo mucho. Estaba aquí con un solo motivo, y pensaba cumplirlo, costase lo que costase, me dije mientras me terminaba la jarra y pedía otra más.


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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Mayla Erulaëriel el Jue Jul 16, 2015 8:17 am

Al caer el alba, Vrëaunul el viejo sabio se asomó a la puerta del jardín trasero, con una manzana en la mano y un bastón en la otra apoyó la espalda contra el marco de la puerta, en el jardín, la elfa daba un paso enfrente y un paso atrás a la par de la espada bastarda, a veces lanzaba estocadas verticales y horizontales, cortando el aire con ligereza mientras que su abuelo la miraba desde atrás, el pobre desde hacia meses que ya no podía sostenerse totalmente de pie, al fin y al cabo ya tenia los setecientos años cumplidos y la demencia iba y venia como se le daba la gana, sin embargo, seguía ayudando a su querida nieta con el entrenamiento, decía que aunque le costara la vida, lograría que estuviera preparada para salir al mundo, aunque eso era algo exagerado, por que el sabía que solo estaría completamente preparada una vez que estuviera allí afuera.
Mayla, ven adentro... tengo algo que decirte— la llamo mientras que le tiraba la manzana a su nieta.
Mayla con un giro y una estocada horizontal, corto la manzana en dos, agarro los pedazos del suelo y sin rechistar siguió a su abuelo al interior de la pequeña casucha.

¿Que pasa abuelo? Aun no he terminado el entrenamiento de hoy... apenas habia comenzado con la espada despues de terminar con el arco...— comenzaba la elfa.
Pero dejo de hablar en el momento en que vio a su abuelo al lado de un macuto de piel lleno, ella sabia lo que aquello significaba, pero no podía creer que había llegado la hora, no podía creer que, después de tanto tiempo por fin seria capaz de ver con su propios ojos el mundo exterior, conocer cosas nuevas, respirar el aire y aplicar los conocimientos que le había enseñado su abuelo con tanto empeño, hablar la lengua extranjera con alguien más que no fuera el, probar nuevos sabores y conocer gente nueva... pero aún así, se atrevió a preguntar.
¿Que significa esto?...
No me tomes por tonto, tu sabes perfectamente lo que es y que significa— la elfa sonrió, al viejo no se le escapaba nada.
Se te nota en los ojos, además, no puedes engañar a tu abuelo, ahora bien... mañana partirás a primera hora, date un baño y en la cena te daré los detalles de todo— dijo este mientras que daba dos golpes en el suelo con su bastón para apurarla y darse la vuelta para ir hacia la cocina.
¿No necesitas que te ayude?— preguntó, con un tono de emoción en la voz que trataba de ocultar, pero el anciano solo se volvió para sonreírle, como diciendo que no era necesario.

Después de guardar la espada en su habitación, Mayla se bañó tan rápido como pudo a la luz de dos velas ubicadas estrategicamente para dar iluminación al baño, cambió las ropas sucias por su ropa de dormir en cuanto estuvo seca, para entonces, de la cocina se podía oler un rico sabor dulzón, té, frutas, enzaladas, pan caliente y carne seca. Como una niña pequeña se dirigió a la cocina casi coriendo de alegría, al llegar vio la mesa echa con toda la comida puesta en platos y bien organizada con una vela al centro de la misma, pues ya había oscurecido, su abuelo sabia defenderse en la cocina sin su ayuda y le impresionaba mas que lo realizara con todo y bastón —Ven, sientate, todo está listo...— la invito el abuelo.
Vrëaunul se la quedo viendo al cabello unos segundos, aquello significaba que Mayla se había dejado sin secar la cabellera, al sabio no le gustaba el cabello mojado en la mesa, por lo que Mayla, adivinando esto, fue hacia su cuarto rápidamente y lo recogió como pudo con un listón. Volvió a sentarse en la mesa y su abuelo carraspeo.

En cuanto se sentó a su lado dio las gracias a los dioses por los alimentos y comenzó a comer, su abuelo hizo lo mismo, y en cuanto se trago el primer bocado comenzó a hablar —Antes de que vallas a la par del mundo, quiero que visites un lugar, esta mañana oí hablar sobre un rumor muy interesante, se trata de una ciudad cuyo atractivo en estos momentos es una medicina algo extraña, la llaman ”La sangre milagrosa"...— hizo una pausa para llevarse a la boca otra porción de carne y ensalada,  mientras que Mayla comida mientras escuchaba. Por la ventana entró una suave corriente de aire que casi apaga la vela, en el fondo de la habitación la sombra de su abuelo se veía curvada, justo como su experiencia y sabiduría.

Vrëaunul prosiguió después de varios bocados —No se en que consiste eso con detalles, puesto que es un rumor, se dice que puede curar cualquier enfermedad, incluso devolver extremidades perdidas...— Mayla lo interrumpió de repente—¿Entonces eso significa que puede curar tu demencia no? Si se la traigo puede que.
Vrëaunul dio un ligero golpe en la mesa para callar a la insensata —¡No!, piensa un poco antes, dejando de lado el dinero, ¿que se necesitara para adquirir esa tal medicina?, en caso de ser cierto el rumor, claro, imagina por un momento si se tratara de magia negra, además, para nosotros los elfos es un privilegio y orgullo envejecer...— hizo otra pausa para comer. Mayla pensó en ello, no había sido su intención saltar con esas preguntas sin terminar de escuchar primero, pero había pensado por un momento que tal vez así no le darían los ataques y podría encontrar la paz en vez de morir demente y con una mente deteriorada, aunque si lo pensaba mejor, eso ocurriría de todas formas.

Escucha May, en circunstancias normales, no te dejaría ir a un lugar en donde hay tal cosa... pero sera un buen comienzo para la larga aventura que te queda por delante, sabes que siempre puedes regresar a esta casa cuando quieras, yo te estaré esperando con los brazos abiertos— decía este, pero la elfa no era estúpida, ella sabia muy bien que eso no era cierto, el pronto fallecería, en unos doscientos, trecientos años tal vez, eso era muy poco tiempo..."Mentiroso..."pensó.
La conversación se fundió en detalles de la cuidad, el camino y otro par de rumores más, en cuanto terminaron la cena los dos fueron a dormir, aunque la elfa no podía parar de pensar en el viaje, tampoco dejaba de pensar en su abuelo, a quien le debía la vida, no quería dejarlo en ese estado viviendo solo, pero tampoco lo podía llevar con ella, aquella fue una noche larga, llena de lágrimas y pensamientos tristes y felices al mismo tiempo.

A la mañana siguiente, antes de que se despertara su abuelo, salio de la casa y se dirigió al mercado, le pidió a Liërietl la dueña del puesto de frutas donde solía comprar a menudo y a la única que le tenia confianza, que cuidara de su abuelo en su ausencia, esa fue la única vez que entablo conversación seria con aquella elfa, sin embargo ella era como si madre o la mejor amiga que alguna vez pudo llegar a tener dentro de Erinimar.
Cuando regresó a la casa, su abuelo ya la esperaba despierto, este le dijo que no se molestara en preparar el desayuno y que partiera lo mas rápido posible, con algo de melancolía, Mayla se coloco a la cintura la daga y la espada, el carcaj en la espalda y el arco también, reviso que llevara todo lo necesario en el macuto, se coloco la capa, se subio el gorro y con la compañía de su abuelo, se dirigió a las puertas de Erinimar.

Allí, la despedida duro muy poco, menos de lo que a ella le hubiera gustado —Resare para que los dioses te acompañen, mi querida nieta— fueron las ultimas palabras que escucho de su abuelo.

La elfa se adentró en el bosque desde la mañana, todo aquello era nuevo para ella, podía escuchar el sonido de charcos lejanos y de aves canoras con su elegante silvido, también el aire meciendo las ramas y sus pasos en la tierra, aquello le hacia felíz, pero aún tenia el pensamiento desviado a su abuelo, probablemente ese día seria el último en el que lo vería, pero tenia que ser positiva y animarse, debía seguir su legado.
Después de un largo rato de andar llegó a un lago, el ambiente se ponía mas frío a cada que avanzaba, jaló el gorro hacia atrás y se agachó para ver su reflejo en el lago, ahí estaba su cara y su cicatriz, echa por su propio tutor, paso un dedo con delicadeza sobre esta y se puso de píe, aquella sicatriz le recordaba que ahora que estaba fuera, no debía confiar en nadie ni en nada, siguió su camino después de colocarse el gorro y siguió andando, rodeo el lago y se interno de nuevo en el bosque, no paso mucho cuando llegó a la frontera entre el bosque y las montañas.

El aire era frío ahora y frente a ella ahora se encontraban las montañas nevadas, del otro lado estaría Efrinder y más allá la cuidad destinada —Un paso más y estaré fuera de todo lo que conozco...— dijo casi en un susurro —Bueno pies, no me fallen ahora... vamos...— le susurro a sus pies. Ciertamente estaba fascinada, era la primera vez que veía montañas blancas, bueno, antes las había visto en ilustraciones, en libros de su abuelo, y según el, aquello blanco se llamaba nieve, Mayla comenzó a caminar, casi encarrerada hacia las montañas, el aire se iba poniendo mucho mas helado conforme se habría paso hacia estas, pero estaba bien, era la primera vez que sentía tal frío, en poco tiempo, estuvo ya entre las montañas, caminando sobre la nieve dejando huellas claras detrás de ella, aunque el sol casi se estaba poniendo ya, pero aun le quedaban algunas horas, decidió caminar un poco mas y despues buscaría un lugar donde pasar la noche, alguna cueva o algo, además, desde el desayuno no había comido nada más que una fruta durante el camino del bosque.

Por fin cuando el sol estaba a punto de ir a dormir, la elfa encontró una cueva nada profunda, pero lo suficiente como para cubrirse del frío y dormir, aunque antes de hacerlo comió algunos trozos de carne seca, alguna fruta y tomo algo de agua, después de eso calló dormida, aunque cuando despertó temprano al día siguiente no recordaba que era con lo que había soñado, desayunó una manzana, tomo unos tragos de agua y prosiguió la marcha, en el camino le tocoó escalar un risco y pasar por entre dos montañas, descubrió que si hablaba alto mientras estuviera entre ellas el sonido rebotaba en las paredes y parecia como si los cielos repitieran lo que ella decía.

Siguió caminando todavía hasta que casi se puso el sol, aunque para entonces casi salia de las montañas, varias veces tuvo que sacar el mapa que le había dado su abuelo para ver por donde iba, aunque, como era un mapa mundi era difícil ubicarse, en la salida de las montañas se notaba ya roca con musgo y pequeños pedazos de tierra sin nieve, sin embargo al llegar frente al bosque que la separaba de la cuidad se encontró frente a algo que le provoco un escalofrío por toda la espalda, pero esto no la detuvo, se recolocó el gorro y se adentro en el bosque, seguiría todo recto y posiblemente encontraría un cendero que la llevara hasta la cuidad, entonces por la mente de la elfa pasaban preguntas como: ¿Que tipo de cuidad sera?. Los arboles se veían viejos y casi secos, no había ni uno solo que le inspirara confianza y todo estaba demasiado silencioso.

A lo lejos escucho el ruido de caballos, pero también el traqueteo de la madera y pisadas, habían personas serca. Siguió el sonido sin temer a lo que se pudiera encontrar, andó un rato caminando rápido, siguiendo aquel traqueteo y aquellos pasos, siguió siempre en línea recta, aunque el camino se le acabó, lo que seguía frente a ella era un mini acantilado el cual daba a la vista un sendero por el cual pasaban caballos jalando carretas y caravanas, aunque lo que mas le llamo la atención fueron los seres que iban sobre estos, se dío cuenta enseguida, aquella gente no tenía orejas tan puntiagudas como las de ella...

Parecían acabados de entrar en el bosque, así que decidió seguirlos desde donde estaba, por entre los arboles, sin hacer ruido alguno, en el camino tomó algunos tragos de agua y pensó, en que llevaba ya tres días viajando, nunca se lo hubiera imaginado. Entre pensamiento y pensamiento llegaron a las puertas de la cuidad, al ver aquello Mayla quedo anonadada, la estructura de la ciudad era algo que no había visto nunca, todo aquel cercado de metal y aquellos edificios, definitivamente tenia que ver todo aquello de cerca, aunque todas las personas a las que venia siguiendo tardaron un poco en pasar, al final no hubo nadie frente a las puertas, así que bajó del mini acantilado con un derrape, arrastrando piedras sueltas y palos secos consigo llegar hasta el sendero, una vez allí se encamino hasta la entrada y aunque ya había reparado en los guardias, estos le impidieron el paso.

Pague las tres monedas y la dejaremos pasar— Dijeron al unisono.
Mayla se bajó la capucha y dio a ver su rostro, después levantó una pierna para recargar el macuto en ella y sacó la bolsita con el dinero, de ahí extrajo tres monedas de plata y las cedió a los guardias —Diganos... ¿cual es su motivo para entrar a la cuidad? — preguntaron  —Curiosidad sobre su medicina— dijo simplemente después de guardar la bolsa y acomodarse el macuto, entonces se adentró en la cuidad sin decir nada más, las calles no estaban tan pobladas, sin embargo había gente, miro hacia sus cuatro lados antes de avanzar mas una vez que estuvo dentro, y como no supo por donde ir, simplemente siguió recto, siempre recto...

Pronto se topó con una posada-taberna, en su letrero colgado de ganchos ponía "El señor de los gigantes", Mayla no lo pensó dos veces y entró, observó bien a su alrededor, habían muchos seres sin orejas puntiagudas, de echo todos menos ella tenían esas extrañas orejas, había una mujer en el fondo de la sala, vestida con ropas de cuero que había reparado en la elfa, pero no podía versele la cara, pues la luz no llegaba a ella y ademas la tenia cubierta, también había alguien que disfrutaba de su comida a gusto, dos personas mas en la barra y mas clientela, pero lo que mas le llamó la atención fue el ambiente, casi nadie hablaba, en Erinimar, si entrabas a una taberna, la mayoría de los elfos hablaban y tomaban cervezas y esas cosas, siempre habia un bullicio fuerte, pero aquí el ambiente era diferente.

Después de analizar un poco en donde se encontraba simplemente se dirigió a una mesa vacía en el centro de la sala, bueno casi, en realidad estaba un poco mas cerca de la barra, se quitó el macuto de la espalda y lo dejó en el suelo, debajo de la mesa, enseguida se sentó y se relajó un poco, recargando su espalda en la silla de madera.[/color]
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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Necross Belmont el Vie Jul 17, 2015 7:59 pm

-Forastero, ¿Qué te trae a Hemwick?-

Un sujeto de cabellos níveos, una mujer de mirada asesina, y el más peculiar de la clientela, un sujeto con una gran máscara dorada, demasiado ruidoso para el gusto del tuerto. De reojo, el hombre del parche miraba a los sujetos que mas resaltaban, la mayoría de los clientes de la taberna iban vestidos de cuero, pocos eran los que llevaban ropas simples. -La sangre… necesito la medicina que hizo famosa a esta ciudad.- El tabernero logro desconcentrar a Necross, lo había sacado de su reconocimiento. -No esperaba otra cosa, si hay algo que atrae a los forasteros es nuestra milagrosa medicina. Tiene que ir a la capilla amigo mío, allí podrá pedir una audiencia con alguien del clero, y dependiendo de la gravedad de su problema, le concederán una auditoria. –

Necross bebió de su trago, y un dejo de preocupación se dibujó en su rostro. -¿Hay alguna manera de acelerar el proceso? No tengo tiempo que perder…- El tabernero, quien ordenaba algunas botellas bajo la barra, le contesto con cierta alegría al tuerto: - Hay muchas peticiones por día, las auditorias son la única manera de mantener el orden. Pero usted se ve con buena salud, ¿para qué necesita la medicina?-

-No es para mí…-

El tabernero puso ambas manos en la barra, y miro el ojo de Necross.

-La medicina de la gran iglesia es para todos en la ciudad, pero no cruzara sus murallas. Comience a pensar en alguna manera de obtenerla sin que se la requisen los guardias.-

Sin decir más el tabernero camino hasta una puerta a sus espaldas, no regreso, y una joven con una falsa sonrisa lo reemplazo. -¿Cuánto es por la cerveza?- Pregunto el tuerto ya con ganas de irse. -Lo que su corazón esté dispuesto a pagar.- Sin pensarlo mucho, el hombre del parche dejo una moneda de bronce en la mesa, y salió de la taberna. Pero antes de salir del todo se quedó mirando algo, a alguien. Una elfa había llegado en el tiempo que él estuvo hablando, Necross se le quedo viendo, tenía el aspecto de un elfo solar, pero no logro reconocerla.

Pero el hombre del parche no era el único que estaba listo para irse. La misteriosa mujer al fondo de la taberna también se puso de pie, camino hasta la mesa de Nathaniel, y sin invitación se sentó junto a él. -Pareces alguien con habilidad, ¿qué tipo de habilidad? Es una pregunta que ronda mi mente… ¿Qué puedes hacer, anciano?-

En la silenciosa ciudad, el ruido de la campana en la capilla central irrumpió, fueron trece campanazos, al hombre del parche le dolió la cabeza cuando las escucho, estaba demasiado cerca, fuera de sus puertas para ser más específico. -Bienvenido hermano, ¿Cuál es tu petición?- Un hombre vestido completamente de blanco, y con una máscara que cubría sus ojos, recibió a Necross. -Vengo… vengo por la medicina.- El clérigo poso su santa mano sobre el hombro del tuerto, y con una voz melancólica le dijo: - Lo siento hermano, pero la medicina no se entregara hasta pasado mañana. Entenderás que son muchos los que la quieren, y nuestra santa iglesia no da abasto. Aunque en Hemwick se produce más sangre que cerveza, esta última es menos codiciada.-

Decepcionado, el tuerto se retiró, tendría que esperar más tiempo para volver con su pequeña. Sin más que hacer, volvió a la taberna que también servía de posada, una vez dentro del señor de los gigantes, pidió una habitación para alquilar. -¿Cuánto es?- Pregunto el tuerto -Lo que usted quiera pagar.- Le respondió la moza.

Necross desapareció en su habitación, hasta el siguiente día, donde despertó en un callejón, durmiendo sobre basura.

Los guardias habían visto a una elfa merodeando por la ciudad, sin duda no era la primera, ni mucho menos sería la última. Los guardias de Hemwick no le tomaron mucha importancia, pero si se le acercaron, y le comentaron un par de cosas. -Señorita… las noches son peligrosas en Hemwick, ¿acaso no ha escuchado los rumores? Por su seguridad, le pedimos que busque algún lugar donde pasar la noche, por favor.- Los guardias se fueron, pero a la distancia seguían observando a la solar.

Pero en otro lugar de la ciudad, y mientras la noche avanzaba, el extraño de cabellos níveos también recorría sus calles. ¿Su propósito? Solo él lo sabía, pero la noche no sería tranquila, no para él. Ya que en la distancia, mientras la niebla de la noche comenzaba a alzarse, y el frio aumentaba lentamente, Nathaniel vería una criatura desde las sombras. Esta caminaba arrastrando los pies, parecía perdido. De aquel engendro solo se veía su silueta, parecía humano, pero uno de sus brazos era desproporcionado, gigante. Su brazo libre arrastraba lo que parecía ser una espada, su ojo gris se quedó mirando fijamente al peliblanco, después de unos segundo quito la mirada y siguió su camino, perdiéndose en las sombras.  

Para el demonio las cosas serían difíciles, en carne propia viviría los rumores de la ciudad. Para todo forastero, los misterios de Hemwick eran algo atrayente, quizás algo buscaba Miraak, quizás quería adentrarse y descubrir los secretos de la iglesia sanadora, sea lo que fuese, su camino se vería interrumpido.



-Pecador… pecador…-
No habían guardias, cosa extraña, ya que estos patrullaban sin descansar los alrededores de la capilla, pero en aquel momento no había nadie, solo Miraak, quien recorría las frías calles de Hemwick.
Un silbido se escuchó detrás del demonio, el sonido que solo el viento cuando es interrumpido puede crear. Un aura roja ilumino levemente el piso que los mantenía, y detrás del demonio, un ser con una armadura completa, de su mismo tamaño, y con una gran lanza, amenazó con atacarlo. -Pecador…- Repitió, antes de intentar apuñalar a Miraak.[/color]



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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jul 20, 2015 7:54 pm

«Aquí se está gestando algo»

El pensamiento rondó en la mente avezada del anciano, casi como una certeza. Si le hubieran preguntado de qué se trataba ese “algo” que sentía, lo más probable es que no hubiera sido capaz de definirlo. Sin embargo, la impresión estaba grabada a fuego en sus sienes, que latían con fuerza. Los comensales de “El señor de los gigantes” se iban convirtiendo lentamente en un grupo más heterogéneo de lo que había sido en un principio, y él no era ajeno a esa transformación. Se reconocía más cerca del hombre de la gabardina, o de la enigmática mujer que observaba todo con detenimiento desde un rincón, que con el resto. O incluso, del extraño que llegó tras el primero.

Había algo inquietante acerca de ese hombre, que desencajaba completamente con el resto de los presentes. Nathaniel vio cómo antes de revisar el lugar, se sentó en la barra sin mirar a nadie en especial, y cómo recién después de darle un sorbo a su bebida, demostraba un mínimo de interés por el mundo. Parecía muy seguro de sí mismo, pese a que los pocos clientes que hablaban no cortaron sus conversaciones en voz baja para saludarlo, como habrían hecho si fuera un conocido. Eso lo convertía en un extranjero más en aquella tierra. Como él mismo. Entre cucharada y cucharada del sabroso guisado, fue dándose cuenta que el hombre llevaba una máscara puesta, lo que parecía combinar con la túnica oscura que llevaba encima, para crear un aspecto del todo atemorizante.

Después de recaer en ese detalle, perdió totalmente el interés en tal personaje. Lo que fuera a hacer allí, no era asunto suyo, y mejor no llamar su atención. Afortunadamente, el sujeto en cuestión no se interesó en él al revisar el lugar, o por lo menos eso creyó Nathan, que había vuelto a concentrarse en el cuenco que tenía frente así.

Tampoco es que hubiera pasado mucho más que nos pocos segundos cuando una nueva figura se apersonó en el salón principal de la taberna. Tuvo que llevar una mano a los ojos y apretárselos un poco para ver si el efecto de la iluminación del lugar no le estaba jugando una mala pasada. Pero no, se trataba de una elfa. ¿Sería ella la persona a la que estaba esperando la mujer que observaba desde la penumbra? El anciano se volvió ligeramente, pero por lo visto nada había cambiado. Al volverse de nuevo para ver a la recién llegada, constató que esta ya se había ocupado de tomar asiento cerca de donde estaba él.

Le hubiera gustado ver una vez más a la muchacha, la belleza de los elfos es siempre agradable a los ojos, sin embargo surgió algo más interesante. O por lo menos, algo que a él así le pareció. El hombre del parche en el ojo y larga gabardina oscura se puso a conversar con el tabernero. Por primera vez en el día, el anciano mago agradeció el silencio que reinaba en la taberna. Hasta ese momento, le había resultado demasiado lúgubre que hubiese tanta gente y tan pocas ganas de hablar. Generalmente los locales como ese, estaban a rebosar de alegría. Aunque no hubiera nada gracioso, a esa hora ya tendrían que estar lo suficientemente borrachos como para inventar historias.

Ahora que se alcanzaba a oír lo que el tabernero y el desconocido hablaban, la incomodidad de Nathan se había convertido en curiosidad.

Antes había oído acerca de la “sangre milagrosa”, de boca de los viajeros que circulaban por las calles. De hecho, él había entrado a la ciudad con la excusa de que necesitaba un poco, solo porque a los demás les había funcionado. Algunos de quienes habían viajado en la misma caravana que lo había llevado a Hemwick, le había hablado de un remedio que supuestamente curaba todos los males. Naturalmente, Nathaniel Winston había desestimado cualquiera de esas afirmaciones, con la firme creencia en que no podía existir algo de esas características. En general, disentía con la opinión de quienes creían en la cura, no obstante las respetaba, pues solo las personas desesperadas podían creer en los milagros.

El entramado del destino era demasiado complejo como para creer en casualidades y milagros. Nada sucedía por azar. Esta simple aseveración, se veía reflejada en la conversación. Para obtener la medicina, había que ir a la capilla, ¿sería por eso que parecía que todos los guardias que faltaban en las calles, vigilaban ese lugar con recelo? Cavilando en las posibilidades, el anciano que escuchaba atentamente se llevó el vaso con vino a la boca y dio unos cuantos tragos cortos. Era una buena bebida de color un poco más oscuro que la sangre… sangre. ¿Por qué le llamarían así a la medicina? No era un nombre demasiado amistoso, sin embargo, no parecía molestarle a las personas que habían viajado hacia allí por un poco.

¿Sería un brebaje? ¿Alguna clase de elixir?

Tal vez si aprendía un poco más acerca de la dichosa sangre milagrosa, encontraba a alguien que supiera el origen de su falta de memoria… y si la medicina funcionaba… no. Eso no, no podía rebajarse a la fe ciega. Primero lo primero, tenía que aprender más sobre la misteriosa panacea. Y aún más importante, terminar el exquisito guisado del cual ya quedaba poco. Después de todo, él no tenía nada que ver con todo ese asunto. Lo que si le intrigaba, era el motivo que había llevado al extranjero a viajar hasta esa ciudad perdida en medio del bosque. Seguramente quien sufría, era alguien importante para él. O, la otra posibilidad, era que no estuviese allí por la medicina en sí, sino por el dinero que suponía conseguirla.
Aprovechando que Nathan estaba distraído, la mujer del rincón se acercó a su mesa y tomó asiento. Las cejas del viejo mago dibujaron dos arcos perfectos sobre sus ojos azules, no obstante su boca no se entreabrió como señal habitual de sorpresa, sino que se curvó en una grácil sonrisa.

— Pareces alguien con habilidad, ¿qué tipo de habilidad? Es una pregunta que ronda mi mente— explicó, como si hubieran estado hablando durante horas. — ¿Qué puedes hacer, anciano?

El aludido dio un último bocado a la comida, antes de hablar.

— Nathaniel. Nathaniel Winston, muchacha, pero tú puedes llamarme Nathan— le dijo, usando cierto dejo confidencial en la última parte. — Y así como me ves, soy muy bueno escribiendo— respondió después de una breve pausa, acariciando el dorso del morral con forma de libro premeditadamente, de forma que pareciera que lo hacía como un instinto.
— Jamás pregunté tu nombre… hubiese preferido no saberlo— la mujer de ojos grises le hizo un gesto a la moza, y esta, después de unos segundos, le llevó una jarra de cerveza. — ¿Solo puedes escribir? Alguna vez vi a un piromante con tu aspecto… pensé en que podrías ser de más utilidad…— dijo antes de desviar la cabeza para concentrarse en la gente de la taberna, quería obvia la última pregunta del peliblanco.

Parecía que nada lograría quitarle ese gesto severo. Estaba demasiado interesada buscando alguien que le interesara pero, ¿para qué? Estaba claro que tenía los ojos acostumbrados a lo que no podía verse a simple vista.

— Desconocía esa característica de los piromantes, deben ser muy apuestos entonces— aventuró de todas formas, con su voz gruesa y profunda.

La aludida soltó una pequeña risa cantarina con la primera respuesta del peliblanco. Y aunque inmediatamente intentó disimularla, aquella sonrisa se mantuvo en su rostro, rejuveneciéndola de inmediato. Nathan no pudo evitar sonreír junto a ella. Después apoyó las manos con los dedos cruzados sobre la mesa, con la espalda erguida.

— Quizás si me contaras en qué creías que podía ayudarte, hallaríamos una forma. Ciertamente, escribir no es lo único que se me da bien— confesó bajando la voz aproximándose un poco más sobre la mesa— pero eso no es algo que acostumbre decir en las presentaciones.
— ¿Conoces los rumores de esta ciudad?— preguntó ella. — ¿Qué es lo que sabes de Hemwick?— agregó descansando su brazo izquierdo en el respaldo de la silla, aquella pose la hacía parecer despreocupada. — Para que yo le dé más información, tengo que saber más de usted.
— He oído sobre la “sangre milagrosa”, una panacea tan potente que puede eliminar cualquier mal, regenerar miembros, sanar enfermedades, contrarrestar venenos— enumeró mirándola a los ojos, grises y brillantes. — Sinceramente, querida, me parece demasiado bueno para ser verdad. He llegado a la ciudad ayer, y no he visto a nadie saltando de la alegría, sin ir más lejos mira a nuestro alrededor— le pidió abriendo los brazos como si hiciera falta hacer señas para hacerse entender.
» Yo no veo a nadie tan feliz. Además, si existiera una medicina milagrosa, dudo que se la dieran a todo el público, y Hemwick parece recibir a todos en su capilla— explicó mirándola con su mirada de halcón, esa que usaba cuando pretendía encontrar alguna verdad en la profundidad de la otra mirada.

Había algo en la mujer, que le parecía de lo más interesante. Y es que el brillo en sus ojos, era pura inteligencia, quizás era la persona correcta para hablar de todo eso.

— ¿Es suficiente?— preguntó antes de llevarse el vaso con vino a los labios. Esta vez bebió solo un sorbo, para humedecer la garganta, y le sonrió. — Porque aún sigo en desventaja, y me sentiría afortunado si pudiera conocer tu nombre, querida. No es que la gente esté muy abierta a conocer nuevas amistades en "El Señor".

La mujer sonrió, satisfecha con la respuesta del canoso.

— Iré al punto entonces. Necesito gente, mañana por la noche algo terrible pasara en la ciudad. A mí, y a los demás aquí nos han contratado para evitar que… cierta gente, salga de Hemwick…— explicó mirándolo. — ¿Que dices? ¿El gremio de cazadores puede contar contigo?— preguntó entonces.

Pero antes de que Nathaniel Winston respondiera, la mujer se puso de pie.

— Eileen, ha sido un placer Nathaniel— no le llamó Nathan, como le había sugerido, pero por lo menos le obsequió su nombre.

Él estuvo a punto de quejarse, pero Eileen se quitó el guante de cuero de su mano derecha, metió dos dedos en su boca, y silbó. Todas las personas que iban con ropas de cuero, vestidos como cazador, se pusieron de pie y salieron de la taberna. La última en salir fue la misteriosa cazadora, que se volvió una vez más hacia él.

— A dos calles de aquí, en una casa hecha de ladrillos, de dos pisos. Ahí se reúne el gremio. Espero verte—  le dijo, y al terminar de hablar, la mujer de ojos grises se retiró de la taberna.
— El placer ha sido mío, querida— respondió él, mientras ella se abría camino a la puerta.

Líder de un gremio de cazadores. Eso explicaba muchas cosas. Por ejemplo, la cantidad de gente que había estado sentada hasta hacía un momento, sin interaccionar con los demás. O el silencio que reinaba, pues seguramente los que ya estaban allí desde antes, se habían sentido amenazados por la presencia de tantas personas que se dedicaban a observar. O la seriedad que había mostrado Eileen en un primer momento. Nathan se reprendió en silencio por no haberse dado cuenta antes, pero lo cierto es que no había muchos signos que mostraran lo que estaba pasando. Evidentemente, se movían con discreción, por lo tanto, si se habían mostrado en la taberna, estaban ante un caso de urgencia.

El viejo mago se quedó pensando en la breve pero importante conversación que había tenido con la misteriosa cazadora, por lo menos media hora. Después, se puso de pie, tomó el bastón con el brazo izquierdo y el cuenco vacío con la otra mano. Cuando acercó este último a la barra, aprovechó para avisarle a la muchacha que atendía, que se quedaría unos cuantos días más. Pagó en monedas de plata por la habitación. El joven, aunque de pocas palabras, aceptó el nuevo contrato aparentemente satisfecha y guardó las monedas en su delantal. Su cliente la despidió con una cortés inclinación de la cabeza, antes de dirigirse a su temporal hogar.

Una vez en el cuarto, se recostó sobre la cama para leer un libro que había conseguido en el camino a Hemwick. No pudo concentrarse, se durmió en cuestión de minutos.
Y así pasó las horas que faltaban hasta la noche. Se despertó cuando el crepúsculo había cubierto la ciudad bajo su manto violáceo, casi negro. No había mucho ruido en las calles. Tampoco en el interior de la posada. Tras dedicarse unos minutos a la higiene personal y a sus necesidades fisiológicas, recorrió en silencio el camino hasta la salida del local. El aire fresco de las horas nocturnas contrastaba ligeramente con la sensación tibia que se mantenía dentro de “El Señor de Los Gigantes”, tal vez por el fuego que ardía a toda hora en su interior. El mutismo que acompañaba a la oscuridad de la noche, se le antojó un poco apático, sin embargo hizo todo lo posible por colaborar con él cuando inició su marcha.

Estaba decidido a encontrar una respuesta para aunque sea alguna de las tantas preguntas que tenía. Caminó durante unos cuantos minutos sin rumbo, prestando especial atención en cada callejón, en cada rincón oscuro. Detrás de las columnas,  de los arbustos. Observó sombras, adornos y alféizares sin encontrar nada extraño. El único detalle, era que no había nadie, a pesar de que, por lo que tenía entendido, nada impedía a la gente circular. Llegó a pensar que estaba llevando al extremo sus sospechas, sin una base sobre la cual sostener las ideas, más que meras supersticiones y otros pensamientos igual de inservibles.

Tal vez la charla con Eileen, había sembrado parte de esas reflexiones. Ella había dicho algo acerca de evitar que cierta gente saliera de Hemwick. ¿A qué se había referido?... ¿Estaría acaso implicada en algo ilegal? La muchacha de ojos grises había evitado darle detalles de su tarea, y había elegido el mejor momento para retirarse. El mejor para ella, claro. A Nathan le hubiese gustado averiguar un poco más. Por lo menos tenía la certeza de que ella no estaba implicada en la dichosa “sangre milagrosa”, pues de haber sido así, y con la cantidad de gente a la que daba órdenes con silbidos, dudaba que le hubiera permitido seguir en la ciudad.

¿Entonces qué ocultaba? ¿Por qué había sido tan hermética? Para averiguarlo, tendría que dirigirse a la dirección que ella le indicó. Fue allí a donde fue esa misma noche, aunque Eileen le había dicho que se reunirían en la siguiente. Tal vez por eso no encontró a nadie. Por un lado, saber que no había nadie en el cuartel del gremio –si es que eso era- lo tranquilizó, pues aún no estaba muy seguro de que visitarlo fuera la decisión más sabia. El anciano de aspecto noble, se dirigió a la capilla sin dudarlo, sin embargo no entró. Solo quería ver si durante la noche, el terreno que la rodeaba era vigilado tan fieramente como en las horas diurnas. Efectivamente así era, aunque eso no lo sorprendió.

En aquel momento, se sintió un poco vulnerable a los misterios de la noche. Quizás por el frío, que parecía recrudecerse, o por la fina capa de niebla que se había estado alzando durante los minutos anteriores, y que ya estaba adquiriendo una forma más densa.

Cuando iba de camino a la posada de nuevo, Nathaniel vio una sombra en el cruce de una calle próxima. Para su sorpresa, esta se movió, distinta a todas las que había hallado hasta el momento, proyectadas los propios detalles de los edificios. Como no se había vuelto loco del todo, apuró el paso para ver al otro transeúnte, mas cuando todavía no lo alcanzaba, ya sabía que sucedía algo extraño. El hombre, o lo que fuera, se movía con pasos lentos, aletargados como los de un animal envenenado. Parecía un hombre… pero algo le pasaba a su brazo, ¡era enorme! El anciano miró hacia los costados, por si alguien lo estaba viendo, y cuando constató que no era así, apretó el paso de nuevo.

Se detuvo cuando vio que la silueta llevaba una espada, aunque la arrastraba tras los pies.  En cierto momento, la criatura se volvió ligeramente y miró directamente a Nathan. Este último sintió como de repente se quedaba sin aire, ¿de verdad que lo estaba viendo? él apenas alcanzaba a distinguir su forma. Cuando volvió a su marcha pausada, el anciano relajó los músculos tensos por la expectación. Volvió a seguirlo. No pudo hacer otra cosa, sin embargo, el ser ya se había perdido entre la niebla. La persecución había sido corta, insustancial, e ineficaz, y le dejó un sabor amargo en la boca.
Al día siguiente, comprobó recién despertado, que no había podido descansar, a pesar de haber dormido durante toda la noche. Por fortuna, antes de salir la noche anterior, había dormido unas cuantas horas. Ahora que todo había pasado, el recuerdo de lo que había visto hacía unas pocas horas, se manifestaba en su memoria como una historia mucho más vieja. Vaga, prácticamente etérea y a punto de ser olvidada. No obstante, el anciano conocía su mente demasiado bien, y sabía que se llevaría el recuerdo a la tumba. Solo tenía que cerrar los ojos pensando en la forma en que la neblina bailaba alrededor de la criatura, para obtener una imagen bastante certera de la criatura.

Con una ligera jaqueca, se incorporó en la cama y comprobó que todo siguiera estando en su lugar. Efectivamente así era, la bolsa con monedas, la mochila comprada de camino a Hemwick, su bastón, y el morral. Al pararse, se quedó quieto hasta que la sensación de mareo remitió, y entonces eligió la ropa apropiada para la ocasión. Se enfundó en una camisa interior color pardo, bajo otra del mismo color, y sobre esta última se colocó dos estolas cruzadas. Buena parte de los pantalones, del mismo color, quedaron bajo las botas de color marrón oscuro. Este tono, era el mismo de la túnica abierta que se puso encima. Era ropa práctica, a la vez que elegante, una combinación perfecta para el viejo mago.

Esta vez no perdió tiempo en el desayuno… ¡ya había tenido suficiente con el día anterior! Así que después de comer algunas rebanadas de queso con pan a las apuradas, salió a disfrutar del día. Recién despuntaba el alba, y como un espectáculo opuesto al de la noche, encontró transeúntes de todo tipo recorriendo las calles. Él se unió con todo gusto, tratando de no demostrar demasiado interés en la “sangre milagrosa” como para llamar la atención de los guardias, pues no sabía cómo podían tomárselo. Sin embargo, se las arregló para preguntar acerca de la misteriosa medicina cada vez que pudo. El truco estaba en mantenerse en movimiento, por eso cuando veía una multitud reunida en algún lugar, elegía a la persona que creía más conocedora sobre el tema, y luego seguía caminando.

Todos decían cosas similares, que era un verdadero milagro, que Hemwick se haría conocida por todas las tierras conocidas gracias a la benevolencia de su capilla, que era un regalo de la ciudad para todo el que sufriera algún mal. Demasiadas ilusiones y sueños, pero ninguna demostración real de lo que podía hacer el supuesto elixir en cuestión. De todas formas, a Nathan no le molestó gastar unas cuantas horas charlando con la gente, así como los vendedores de los puestos callejeros tampoco eran reacios a hablar con él. Algunos ni siquiera buscaban venderle algo, sino que se contentaban con ser oídos de verdad durante un rato.

La mañana fue amena, porque si bien no había obtenido respuestas, ya estaba preparado para que eso ocurriera. Lo que no esperaba, era no encontrar a ningún miembro de la caravana en la que había llegado. ¿Habrían emprendido su viaje de regreso? Él tenía entendido que pasarían unos cuantos días, sin embargo no halló rastro ni siquiera en la posada que competía con “El Señor de Los Gigantes”. Tampoco encontró a personas vestidas de cuero que se parecieran a los que habían custodiado a Eileen. Eileen… aún debía resolver si iría al punto de reunión o no. Lo tenía casi decidido, pues no encontraba otra manera de hallar respuestas.

La otra posibilidad, era la de entrar a la capilla pero, ¿hallaría respuestas allí?

Si no lo intentaba, se quedaría con la duda, y de esas tenía de a montones. Por lo tanto, se encaminó hacia allí, a donde le habían indicado todos que encontraría respuestas, al centro sagrado de la ciudad. Como pronto comprobó, no era el único interesado en obtener algo de la capilla principal del terreno –la única abierta al público-, ni tampoco era el único interesado en la sangre. Ancianas, mujeres con niños y hombres de toda procedencia se acercaban a pedir un poco de la medicina milagrosa. Todos salían con la misma desilusión, pues los hombres de máscara que atendían las solicitudes de los visitantes, tenían una única respuesta: “La medicina no se entregará hasta mañana”.

A Nathaniel le pareció suficiente con pasar unos pocos minutos entre el gentío, y pronto salió como había entrado. Las únicas preguntas resueltas, eran aquellas que se había hecho sobre los sacerdotes. Y es que no reconocía ningún culto en el que los clérigos portaran máscaras, ¿qué clase de dios querría esa atención para sus creyentes? Definitivamente, algo estaba ocurriendo en la capilla. De repente, la necesidad de Nathan por encontrar pistas acerca de su pasado, se vio mermada por una nueva, relacionada a Hemwick. Tal vez no se habría tomado el asunto tan personalmente, si no hubiese hablado con Eileen antes, pero ahora todo encajaba.

El anciano recorrió las calles para llegar “El Señor de Los Gigantes” con premura. Ya era el mediodía, y la cazadora no le había especificado en qué momento del día se reunirían. Mejor llegar temprano. Así que después de satisfacer sus necesidades funcionales, resolvió ir al encuentro de la mujer de ojos grises. Solo tenía que llegar a la casa de ladrillos, conformada por dos pisos, en la que esperaba encontrar al gremio de cazadores. Eso, y rogar para no estar metiéndose en una trampa.


Última edición por Nathaniel Winston el Sáb Jul 25, 2015 2:50 am, editado 1 vez


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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Miraak el Mar Jul 21, 2015 9:31 pm

Me encontraba disfrutando de mi segunda jarra de hidromiel, pensando en el plan que seguiría a partir de aquel momento, lo primero seria investigar la capilla y principales lugares donde la cura pudiera crearse y/o almacenarse. En eso pensaba cuando note como las puertas de la taberna se abrían una vez más, no preste mucha atención, mi bebida era mucho más interesante que todos los que se encontraban en aquella taberna, hasta que note las orejas picudas de la nueva dirigirse a una de las mesas del centro del lugar.

Una elfa acababa de entrar al lugar y lo único que pude hacer fue seguirla con la mirada, mi jarra de hidromiel se había detenido a mitad de trayecto solo para admirar la esbelta figura de aquella preciosidad, y su bonito trasero he de remarcar. Después de un instante de disfrute visual seguí con mi bebida y la analice más detenidamente, llevaba una espada bastarda, una bonita daga y un arco, una guerrera, adivine mientras miraba las protecciones de cuero que llevaba puestas, no llegué a verle el rostro por desgracia.

Acabe mi segunda jarra y fui a pedir una tercera, cuando note que el otro tipo de la barra estaba conversando con el tabernero, intente escuchar sin que se notase mucho por si decían algo interesante, aunque lo único que llegue a oír fueron las ultimas palabras del tabernero.

-La medicina de la gran iglesia es para todos en la ciudad, pero no cruzara sus murallas. Comience a pensar en alguna manera de obtenerla sin que se la requisen los guardias.

Aquello era algo que ya me esperaba, y tampoco era un gran impedimento para mis planes, al fin y al cabo, yo solo venia buscando el secreto de la cura, no la cura en si misma. El tabernero se fue y en su lugar le reemplazo una joven, el extraño pago y salio de la posada, mientras que la mujer del fondo, a la que pude ver bien el rostro, se levanto y se dirigió hacia la mesa donde un hombre de cabellos níveos disfrutaba de un guiso, se sentó en frente y comenzó a hablar con el. Por la sonrisa que le dedico el hombre sospeche que quizás ya se conocían, aunque no podía dar por sentado tal hecho solo por una sonrisa.

La mujer pidió una cerveza nada mas intercambiar algunas palabras con el extraño, y yo después de que la joven se la hubiese llevado pedí también una tercera jarra de hidromiel, aquella conversación me interesaba, pero desde donde estaba me era imposible escuchar nada, di un trago de mi bebida sin darle mucha importancia a la conversación que mantenían, escuche una pequeña risa proveniente de la mujer que, después de mantener una charla con el extraño, se levanto. Se quito el guante que portaba y dio un silbido al cual respondieron la gran mayoría de los que se encontraban allí levantándose y saliendo de la taberna, antes de salir la mujer le dirigió unas últimas palabras al de cabellos níveos.

-A dos calles de aquí, en una casa hecha de ladrillos, de dos pisos. Ahí se reúne el gremio. Espero verte.

Aquello era interesante, un gremio en medio de una ciudad con secretos bien guardados, las cosas se ponían cada vez más interesantes y mi curiosidad no hacia mas que aumentar. Decidí que ya era hora de ponerse en marcha al ver que el extraño no se movía durante un cuarto de hora, llame a la joven que hacia ahora de tabernera y le dije que me quedaría unos días en la taberna, pague las tres jarras de hidromiel y la habitación con dos monedas de plata y treinta de cobre.

Salí de la taberna y di un vistazo a los alrededores, las calles estaban bastante concurridas, por lo que decidí empezar preguntando a los que mas sabían de los secretos de una ciudad, los mendigos. En cualquier ciudad encontraras mendigos los cuales por un par de monedas de plata te contaran todo lo que sepan, que normalmente es bastante, estos miserables son casi invisibles a la percepción de los que no están tan mal como ellos, haciéndoles más fácil el ver y escuchar cosas que no deberían saber. Ronde por los callejones oscuros de la ciudad donde se encontraban los mas desfavorecido y los tipos que hacían negocios de índole ilícita, preguntando sobre la misteriosa cura y el por qué de tanto secretismo y rumores.

Cuando me quise dar cuenta la noche estaba cayendo sobre Hemwick, las calles se vaciaron más rápido de lo normal, haciendo esto más fácil mi reconocimiento de la capilla. Mientras me dirigía hacia esta me di cuenta de la ausencia de guardias y de gente de la noche, prostitutas, traficantes o el típico borracho del pueblo. Aquello no me dio buena espina y a medida que me acercaba a la capilla mi mente me decía que algo iba mal, deseche aquel pensamiento y llegue hasta los alrededores de la famosa capilla. No había ni un solo guardia patrullando, solo estábamos yo y el silbido del viento frió de aquella noche, hasta que algo interrumpió su sonido.

-Pecador… pecador…

Mientras oía aquello me di cuenta de que una luz roja brillaba levemente tras de mi iluminando el piso, me gire rápidamente para encarar la amenaza y distinguí un ser de mi tamaño equipado con una armadura completa y armado con una gran lanza.

-Pecador…

Fue el único aviso que recibí de aquel ser antes de que intentara apuñalarme, el cual esquive de un salto hacia atrás mientras pasaba mi bastón a mi mano izquierda y con mi derecha empezaba a concentrar la humedad del entorno para formar tres carámbanos de hielo, el plan era sencillo, lanzaría dos de mis carámbanos hacia sus pies intentado que la congelación lo inmovilizara mientras que el tercero lo lanzaría directo a la cabeza, después de eso seguiría ideando el plan acorde a los acontecimientos que siguieran a mi jugada.

-¡Siente mi ira!

Grite mientras dos de los proyectiles que había creado se dirigían a toda velocidad hacia sus pies, golpeando justo en el blanco y fijado al suelo fuera del alcance de su lanza. El tercer proyectil salio disparado hacia la cabeza de aquel ser, chocando con su casco y extendiendo una capa de hielo por todo el mismo. Mi plan consistía ahora en golpear su casco intentando romperlo para poder tener a tiro un punto vital.

Agarre fuertemente el bastón con mis dos manos y me dispuse a correr hacia mi enemigo, cuando de la nada surgió una mujer, aunque no una cualquiera, era la misma elfa que había contemplado en la taberna hacia solo unas horas. Sus intenciones eran desconocidas para mi, y la situación no me daba tiempo a pensar en las posibilidades que la hubieran podido haber traído hasta aquí.

-¿Has venido a luchar también contra mi?

Era lo único que me importaba en aquel momento, un enemigo acorazado era un combate igualado, un acorazado y un tirador que le diese apoyo tornaba todas las estadísticas en mi contra. No espere por una respuesta, así que con el fin de distraer la atención del extraño me acerqué rápidamente a el eh intente golpearle en el estomago con mi bastón, además de con toda la fuerza obtenida en la carrera.


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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Mayla Erulaëriel el Miér Jul 22, 2015 5:35 am


En cuento la joven se sentó y dejó su macuto cerca de su silla, observó todo a su alrededor, no sabía que hacer exactamente, había visto gente comiendo y tomando, pero ¿que debería hacer para tener un baso de agua?, en ese momento de duda una señorita se le acercó, la chica se quedo viendo a mis orejas un momento, para después sonreír — ¿Que le sirvo?— articuló aquella mujer en tono amable, Mayla no pudo reprimir una media sonrisa, pero no podía ser igual de amable como aquella chica lo había sido con ella, pues estaba en una cuidad nueva, no sabia que moraba en cada esquina y no era adivina para saber lo que pasaba en la mente de queda individuo que pasaba, por lo que, sin ningún dejo de emoción en la voz pero con una sonrisa en del rostro, pidió un baso de agua y estofado caliente, antes de que se fuera la moza, Mayla preguntó si podía quedarse un par de noches en aquella posada, la jovén no se lo negó.

Todo en la posada parecía tranquilo, mas de lo que normalmente seria, había varias personas singulares, de reojo la elfa había visto que detrás de ella se encontraba alguien de cabellos blancos, en la barra un hombre con una gabardina y un parche, a su lado alguien con una mascara y al fondo una mujer que escrutaba a todo el que entraba en la taberna posada como buscando algo de ellos, fuera de todos los mencionados, los demás llevaban ropa de cuero, tomaban cerveza o vino y hablaban entrecortadamente, el silencio, algo que se podía apreciar, ya que había bastantes silencios, por ejemplo el del tipo de cabellos blancos, que comía su comida con un deje de interés en su alrededor, el silencio de la persona con la mascara, y el más sepulcral, el de la mujer incognita. El de Mayla era el nuevo silencio, un silencio que revelaba interés y curiosidad.

Por ultimo el silencio del hombre del parche, que se vio interrumpido cuando comenzó a hablar con el tabernero, quien frotaba vasos detrás de la barra, la platica fue breve y sin embargo, perfectamente audible, hablarón sobre el tema que iba de boca en boca en aquellos tiempos, la sangre milagrosa, según el tabernero para conseguirla, había que ir a la capilla y conseguir una auditoría sin embargo, la medicina no saldría del pueblo a ninguna costa, en cuanto Mayla pensaba eso y escuchaba con interés, llego la joven con un cuenco repleto de estofado caliente con una cuchara y un baso lleno hasta el borde de agua pura, lo puso enfrente de la elfa y se fue de nuevo a la barra, esperaba escuchar mas de aquella conversación, sin embargo mientras daba el primer sorbo a mi estofado, el tabernero salio de detrás de la barra y el hombre de la gabardina pagó unas cuantas monedas y salio por donde mismo había entrado, suponiendo que lo hubiera echo por el mismo lugar que todos los demas.

Lo siguiente también fue interesante, una conversación muy reveladora, aunque nada que no supiera ya sobre la sangre milagrosa pero hubo algo nuevo, un gremio de cazadores, sonaba interesante además de que parecía ser que todos conocían los rumores y aquí habían quienes tenían sus sospechas, solo alguien muy desesperado la buscaría, aunque bueno, al principio la elfa la quería para su abuelo, y le costo varios días convencerse de que era algo inutil, sin embargo, Mayla aún quería saber mas de aquello, la intriga de la situación la exasperaba y la emocionaba, por algún motivo, pensaba que habría algo interesante por descubrir, la elfa se sorprendió un poco por el chiflido así que levanto la cabeza mientras que limpiaba la cuchara con la boca y veía salir a la gente que iba vestida de cuero, después de eso el salón quedo casi vacío, solo quedaron algunos pocos tomando cerveza.

Después de aquello solo se limitó a terminar su cuenco de estofado, el vapor recorría la cara de la elfa cara cada vez que acercaba el rostro al cuenco, olía a carne, cuando terminó aquel delicioso manjar, se tomó el baso de agua de un solo trago, tomó mi macuto y se dirigió hacia la barra, al parecer el señor peliblanco se había ido mientras comía —¿Cuanto es por la comida y el hospedaje?— preguntó Mayla a la moza detrás de la barra, quien lo dejó a elección de la elfa, Mayla dejó una moneda de oro en la barra y después de que la joven le indicara su habitación, subió por las escaleras y recorrió el pasillo hasta dar con su cuarto, enseguida entro, la cama era algo baja y el colchón algo inexistente, pero se las arreglaría, en la habitación habían unos cuantos muebles, un escritorio, una silla, un armario, un pequeño banco y el baño.

Mayla dejó su macuto a un lado de su cama y se sentó en ésta, la cama contaba con una cabecera de madera y estaba pegada a la pared junto a la ventana, por lo que en cuanto se sentó en ella, se dejó caer de lado, haciendo que los cabellos le calleran en la cara, estaba cansada y somnolienta, después de tres día de dormir a la intemperie, sobre todo cuando no estaba acostumbrada a tal cosa, ¿pero que pasaba? "Espabila Mayla, ¿eres una elfa o no?" se dijo, tratando de darse animos, pero estaba bastante cansada, rodo sobre la misma para quedar totalmente sobre la cama mirando hacía el techo, después de un largo rato de estar pensando en nada, miro hacia la ventana, estaba cerrada y un par de cortinas blancas la tapaban, a pesar de que parecían ser pasados del medio día, el sol no era muy prometedor y afuera soplaban ligeras ráfagas de aire, esa siempre había sido una buena cualidad, según tenia entendido, los elfos tenían una muy buena audición y visión, por lo que la elfa podía escuchae el choque del viento contra la ventana como si de voces se trataran.

Justo cuando parecía que iba a cerrar los ojos y quedarse dormida, la naturaleza llamó a la puerta, tenia la vegiga llena, por lo que corrió al baño a hacer sus necesidades, sin duda extrañaba su casa en Erinimar y al abuelo, el olor a té que provenía de la cocina siempre después de bañarse y los entrenamientos, pero pensar en ello solo le provocaba nostalgia, así que decidió hacer un poco de fuerza para matar el tiempo, había estado pensando que si planeaba descubrir más sobre aquella tal medicina milagrosa debía salir a las calles y ver y escuchar, si es que el silencio no espantaba tambien todo sonido. En cuanto regresó a la habitación se quitó la capa y la armadura, comenzó con su entrenamiento físico enseguida, mientras pensaba una forma de recorrer el pueblo, a lo mejor podría hacerlo de noche...

Después de sus ejercicios, Mayla decidió descansar, por lo que solo se tiro en la cama y cerro los ojos, no estaba dormida, pues seguía pensando mientras que miraba el techo, aunque hubo un momento en el que se durmió, por unos minutos, los cuales se conviertieron en horas y soñó, soñó con Erinimar y con la vieja elfa del puesto de frutas, sonó con la ultima vez que tuvo un combate con su abuelo, cuando le dejo aquella cicatriz como prueba de su vejez y locura irrefutables, aquella escena parecía decirle que el tiempo no tenia marcha atras, cosa que ella sabia perfectamente.

Cuando por fin abrió los ojos, una oleada de frío le recorrió el cuerpo, por la ventana entraba una luz blanca azulada, la noche había caído sobre la cuidad,  sin pensarlo mucho, la elfa volvió a ponerse sus protecciones, se coloco sus armas y salio  con la capa puesta, al trancar la puerta y recorrer el pasillo, bajó las escaleras y se encontró con la taberna, ahora solo había un par de personas tomando cerveza, casi no se podían poner de pie, el fuego estaba prendido, la elfa cruzo el salón hasta llegar a la puerta, en cuanto salió de "El señor de los gigantes" en seguida quiso volver dentro, sobre las calles de roca, se levantaba una niebla densa, que parecía que iba a subir en cualquier momento, a pesar de todo, Mayla comenzó a caminar sin dirección.

El aire era frío, no pensaba que fuera tan tarde y es que casi no había nadie en las calles, con excepción de los guardias, en cuanto pasó por un par de callejones, y calles principales colindantes con el centro de la ciudad, un par de guardias se le acercaron diciéndole que encontrara un lugar para pasar la noche, eso ya lo había echo, y claro que había escuchado cada uno de los rumores, sin embargo, de que servía la misión si no podía salir a explorar —Lo tendré en mente, gracias por el consejo— les dijo, inexpresiva, con aquellos ojos azules- grises tan fríos como un mismísimo glaciar. Aunque los guardias siguieron observando a la elfa por un rato estos al final desistieron la vigilancia y la dejaron a rienda suelta, Mayla se alegro por ello, ahora podía recorrer mas calles sin que nadie la estuviera vigilando, tanto fue así que se acerco un poco a la capilla, y aunque también habían guardias estos no le dijeron nada.


Al cabo de poco rato decidió volver al Señor de los Gigantes, pero algo se lo impidió, un silbido que le heló la sangre y paralizó por unos segundos, aquel ruido venia de la dirección donde se encontraba la capilla, un escalofrío recorrió el cuerpo de elfa, dio media vuelta y camino en la dirección contraria, apurando un poco el paso y siguiendo el rastro que había dejado aquel silbido para ella, en cuanto llegó a la calle colindante con la de la capilla, lo vió, un ser que parecía humano, pero portaba una armadura y una enorme lanza, clamaba una palabra, aquella llego a los oídos de Mayla como el viento, "pecador" decía... estas se dirigían a alguien que estaba luchando contra aquello, frente a aquel ser se encontraba alguien extraño, con una mascara que hacia juego con su túnica, era la persona de la taberna, la elfa lo escruto con la mirada, estaba peleando contra aquella cosa, le había congelado los pies y lo había cegado "magia" penso en cuanto lo vio, aquel bloque de hielo a los pies de aquel humanoide, ademas, en ese momento el señor de la tunica reparo en la elfa y le dirigió la palabra. Mayla arqueo la ceja, para después volver a clavar la mirada fría en los combatientes.

No, no es mi intención buscar problemas, pero veo que tu tienes unos cuantos aquí
En medio de la respuesta que le daba la elfa, este se abalanzo sobre aquella cosa, intentando pegarle con su bastón, no sabía por que pero tenia que acabar con aquella cosa, tenia que, ayudarlo, en medio de la conmoción y aún un poco asustada hacia lo que podía o no pasar, Mayla corrió por detrás de aquella cosa, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, puso el pie izquierdo en su pantorrilla e intentó escalar hacia sus hombros para agarrar su cabeza, girarla y clavar su daga en el cuello de éste. "No te preocupes mujer, todo saldrá bien" pensó.
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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Necross Belmont el Vie Jul 24, 2015 11:05 pm

De a poco el ojo del tuerto comenzó a recibir la luz del nuevo día, se sentía mareado, con dolor de cabeza, desorientado. Apenas despertó intento ponerse de pie, pero el mundo le daba vueltas ¿Cuánto es que había bebido ayer? Según recuerda solo fue una cerveza, y aquello no era suficiente para embriagarlo; el hombre del parche ha pasado toda su vida bebiendo, una pinta de cerveza no era nada para él. Sentado en la basura intento recordar que había pasado la noche anterior, lo último que recordaba era que se estaba preparando para dormir. Si bien su mente no le daba imágenes claras de la noche anterior, si podía sentir sensaciones, como el frio nocturno, la poca visión que otorga la neblina, y por sobretodo, ira.

Pero antes de que pudiera contestarse sus preguntas, una silueta femenina se marcó contra el sol. -Eres difícil de encontrar, tuerto. ¿Estás bien?- Necross se llevó una mano a la cabeza, y comenzó a masajearse la frente, no le dijo nada a la mujer. -Hey, te estoy hablando.- El hombre del parche seguía en la misma pose. Un tanto desesperada, la mujer dio dos pasos adelante, Necross pudo ver que a su espalda habían dos sujetos, con la misma vestimenta de cuero que llevaban los clientes del “señor de los gigantes”.  El hombre del parche alzo la vista, y reconoció a la mujer, era la misma del día anterior, aquella fémina que tenía un aire de misterio. -Yo te he visto.-

La mujer se llevó una mano a la cintura, mientras ladeaba levemente la cadera a la derecha. -Ayer, en el señor de los gigantes.- Necross asintió, luego volteo rápidamente la cabeza a la izquierda y se hizo tronar el cuello, finalmente se puso de pie, mientras revisaba que no le faltara nada. -¿Qué quieres?- Sherckano estaba entre la basura, fue una suerte que nadie lo robara. Después de que Necross anclara el mandoble a su espalda, comenzó a caminar, con la mujer de ojos grises siguiéndolo. -Necesito de tu ayuda, tuerto. Alguien con un arma así de grande debe ser un hábil espadachín.-  El hombre del parche siguió caminando, con la mano derecha sobre el mango de la espada bastarda en su cinto, así se sentía seguro. -No soy asesino, y no trabajare de soldado. No vine a este pueblo en busca de monedas.-

La mujer se puso en frente de Necross,  y sus escoltas le cerraron los costados, el tuerto estaba rodeado. - No busco ni a un soldado ni a un asesino, solo  a alguien con voluntad y poder para ayudar…- El hombre del parche miro directamente a los ojos de aquella mujer, con aquella mirada se sintió levemente atraído. Necross no podía negar que era una muchacha atractiva, pero más allá de eso, no admitiría nada más; aquello deseos carnales se habían esfumado de su cuerpo hace ya mucho tiempo. Un tanto curioso, el tuerto comentó: -Dime que necesitas, y veré si te ayudo.-

-Solo necesito un poco de tu tiempo. Síguenos, pronto y cuando todos estén reunidos te podre dar más detalles. Por ahora solo diré que a Hemwick un mal terrible ha de llegar.-

-Tienes mi curiosidad, y mi nombre, Necross. ¿Cuál es el tuyo?-

-Eileen.-

Eileen guío al tuerto hasta una casa cercana, y una vez dentro el hombre del parche sintió que la curiosidad por las palabras de la chica aumentaba. El primer piso consistía de una sola habitación, esta tenía seis mesas, de las cuales dos estaban ya llenas, ocupadas por los sujetos vestidos de cuero.  Necross no se sentó, se acercó a una pared, se apoyó y se cruzó de brazos; con su ojo cerrado esperaba a Eileen, quien había subido al segundo piso.  

Después del mediodía, el hombre del parche noto que una figura conocida había cruzado el umbral de la puerta principal. El peliblanco que vio el día anterior en la posada también había sido convocado, algo extraño estaba pasando ciertamente. Cuando el peliblanco hizo contacto visual con el tuerto, este le asintió a modo de saludo, con el rostro serio, pero con una actitud de respeto.

Apenas el caballero de níveos cabellos se sentara, seria acompañado por el hombre del parche; después de todo ellos son los únicos que resaltan en la casa, eran los más extraños. Necross se sentó a un lado del peliblanco, con la vista clavada hacia el frente, hacia las escaleras que daban con el segundo piso, pero sus dedos de acero golpeaban la mesa con cierto desespero, se notaba ansioso.

Finalmente, el tuerto decidió hablar, volteo la cabeza tímidamente, sin mirar el rostro del peliblanco. -He de suponer que no eres ciudadano nativo… no puedo confiar en alguien que no conozco, pero confió mas en ti, que en la gente de este lugar.- Lo último lo comento mirando a una de las mesas que estaba llena con los cazadores. -Soy Necross.- Se presentó, haciendo una especie de reverencia con la mano derecha.

(El dialogo que Nathaniel hizo esta en cursiva)

Prácticamente de inmediato, el desconocido del parche en el ojo tomó asiento junto a él. Pese a su cercanía, no se volvió para mirarlo, sino que se puso a tamborilear sobre la mesa con el guantelete puesto. ¿Era eso un guantelete? El anciano lo miró de refilón. Más que una pieza de armadura, parecía un guante, con la diferencia del ruido que hacía al golpear en la madera. Un guante no podría haber sonado como metal. Como el hombre no hablaba, él tampoco lo hizo, sino que se quedó viendo a la escalera que, casualmente quedaba ante sus ojos.


Cuando su compañero de mesa al fin habló, Nathan se volvió para mirarlo. Esta vez no recibió una mirada, aunque un ligero movimiento de la cabeza le advirtió que le hablaba a él. Si le quedaba algunas dudas acerca de la pertenencia del hombre al grupo de cazadores, con las primeras palabras se disipó.

— En efecto, si estoy en Hemwick es una casualidad— respondió asintiendo. — Y aunque me gustaría afirmar lo contrario, cada minuto que paso en la ciudad me hace preguntarme qué hago aquí. Lamentablemente he perdido mi salida más segura, y ahora tengo que encontrar otra— comentó en alusión a la desaparición de la caravana en la que había llegado.
» Nathaniel. Nathaniel Winston— se presentó, antes de darle un voto de confianza — pero Nathan está bien. He venido por invitación de una mujer con la que hablé ayer por la mañana, en la posada. Te he visto allí, quizás la recuerdes, es una de ojos grises, que estaba sentada en un rincón— explicó señalando la esquina del cuartel, como si hiciera falta ilustrar lo que estaba diciendo. — Pensé que encontraría respuestas aquí…


-Curioso…- Comento el tuerto mientras carraspeaba la garganta. -A mí también me invito Eileen, ella está arriba, en el segundo piso. ¿Te comento también algo sobre la ciudad? Me dijo que algo iba a pasar, y en  los libros que leí sobre Hemwick no había  mención a algún tipo de conflicto, no creo el peligro radique en que alguien quiera la medicina de aquí…- Antes de que Necross siguiera hablando, logro ver que Eileen bajaba las escaleras. Con un gesto de su mano, la mujer de ojos grises saludo  y sonrío al peliblanco.

- He de ir por la gente que falta. Una vez que vuelva les diré lo que realmente sucede en la ciudad, por favor, esperen a aquí mientras volvemos. Chicos…-

La mujer termino de hablar y todos los cazadores se pusieron de pie, ella salió con sujetos detrás, solo Nathaniel y Necross quedaron en la habitación. El hombre del parche se puso de pie, y se sentó en frente del peliblanco. -¿Qué haces en Hemwick, Winston?- Desde un bolsillo interior de su gabardina, el hombre del parche saco una pipa, la cual encendió, fumó y se la ofreció al hombre de cabellos níveos.

Lo poco que dijo Necross tuvo sentido, e hizo efecto en el anciano, que recordaba bastante bien las palabras con las que la cazadora lo había invitado. Sin embargo, lo que más le asombró fue que el hombre había leído sobre Hemwick. Sin dudas, una persona con afinidad por la lectura, era por lo menos interesante. A punto estuvo Nathaniel de responderle, pues a diferencia de su compañero de mesa, a él sí le parecía que la “sangre milagrosa”. Afortunadamente, en aquel momento bajó Eileen, que tal como le había dicho el hombre del parche, había estado en el segundo piso. Prefirió hacer silencio de momento, quizás al fin obtendría algunas respuestas.


Nathaniel Winston inclinó la cabeza en señal de respeto, pero también le devolvió la sonrisa a la mujer de ojos grises. Aún había que esperar un poco más. Podía con ello. Cuando la cazadora salió, seguida por sus hombres, solo quedaron Necross y él. ¿Qué tenían que hacer, que precisaba de todos los cazadores? Si tenían que buscar a algunos más, ¿no bastaba con unos pocos mensajeros? Todo eso le daba mala espina. Tal era así, que mientras el otro hombre le hacía una pregunta, él conectaba con su don. Aquella esencia que residía en lo profundo de su ser, y cuando la necesitaba, le ayudaba en algunos asuntos que requerían magia.

— Mi idea principal era llegar a alguna ciudad importante de StorGronne. Pensé que encontraría algunos conocedores de la magia, pues en el límite, en el sur de Geanostrum, todos hablaban de que este bosque es mágico — comentó haciendo un ademán con la mano, para declinar la oferta. — Por eso decidí integrarme a una caravana que venía hacia aquí. Por el camino me enteré de la…— Necross había usado la palabra medicina —, medicina que cura todos los males.
» Me pareció que encontraría algún mago, o por lo menos alguien con conocimientos de la magia, pero de momento solo he encontrado peregrinos en busca de un milagro
— agregó, intentando no ser descortés. No sabía por qué estaba su interlocutor allí, pero le había oído en la posada. — He ido a la capilla para encontrar respuestas, pero dijeron que no entregan la medicina hasta mañana, y eso me trajo hasta aquí— se señaló con ambas manos abiertas, como si estuviera presentándose en una obra dramática.
» Me explicaré, no sé hasta qué punto, esa medicina existe, ni hasta qué punto puedo confiar en los cazadores de Eileen. Aunque quiero confiar en ella, se maneja con demasiado hermetismo. Pues bien, la reunión de los cazadores era hoy, y la coincidencia con la entrega de la medicina que se hará mañana es llamativa— explicó sincero, mientras sus dedos acariciaban el morral con forma de libro que colgaba en su costado. — He venido para conseguir respuestas, lo que esta gente hará hoy debe ser algo importante. Después de todo, no me han dicho qué clase de cazadores son, y no he visto muchos animales en Hemwick. Si las respuestas que encuentre no me gustan— hizo una pausa, para tomar el bastón que había dejado apoyado entre la mesa y el banco, junto a él — tendré que ver que no cacen a algún inocente.


Necross se quedó mirando fijamente a Nathaniel, mientras el humo del tabaco escapaba por su nariz. -¿Qué hace que un hombre quiera ayudar a quien no conoce?- Finalmente una gran humareda broto de los labios del tuerto. -He venido desde Shading, una región en Ujesh-varsha. Allí encontré un libro que se llamaba “cincuenta años de viaje” escrito por un tal Grakul Cromwell. En el, Grakul relato su paso por Hemwick, y decía que las propiedades de la medicina eran magnificas, también decía que probo la sangre medicinal, y vio cómo su problema de respiración, y cicatrices en el cuerpo comenzaban a desaparecer, hasta su envejecido cuerpo se sentía mas vigorizado. Yo necesito esa medicina, la necesito por…- Nuevamente el hombre del parche aspiro el tabaco de la pipa. -La necesito por ciertas razones.-

Necross desclavo el mandoble a su espalda, y lo dejo reposando sobre sus piernas, para finalmente recostarse en el espaldar de la silla. -¿Qué hace que un hombre quiera ayudar a quien no conoce?- Pregunto nuevamente -Cualquiera sea tu motivo, se nota que eres alguien con algún tipo de poder, o de lo contrario no estarías aquí. Iré al punto, necesito esa medicina con desespero, no es para mí, sino para mi hija. No puedo perder tiempo, así que te pregunto, Winston, ¿podrías ayudar a un padre desesperado a conseguir la sangre milagrosa?- Su rostro serio tenía un aire de melancolía, sus cejas en expresión siempre triste estaban más marcadas de lo normal. Una última exhalación de tabaco hizo que el tuerto pensara de nuevo si era buena idea pedirle ayuda a alguien que no conoce, pero como al peliblanco le comento en un principio, confiaba más en él, que en los cazadores.

Tras dar sus razones, Nathan se dispuso a escuchar las de Necross. Él confió su parte, así que esperaba el mismo trato por parte del hombre, pero en un primer momento no lo recibió. Podía entenderlo, además, no estaba obligado a confiar a un desconocido cuestiones importantes de su vida privada. Al menos le regaló un poco de información. Al fin, después de tres días en Hemwick, sabía de alguien que tenía pruebas de los efectos de la “sangre milagrosa”. Si el tal Grakul Cromwell había escrito acerca de la sangre, tendría que haber pasado un tiempo, ¿hacía cuánto se habría descubierto la medicina?


Cuando Necross se hizo con su espada, el anciano observó con curiosidad lo que este hacía. En ningún momento sintió miedo. Si corría peligro, siempre tenía acceso a su magia para protegerse. Aunque el don no era peligroso como el filo de una daga, podía ser más rápido. Solo había que tener en cuenta los tiempos, y tener buena reacción. En este caso, de todas maneras, no creía tener que usarla, pues nadie se hubiera tomado la molestia de preguntar motivos antes de atacar. Asimismo, el hombre parecía más cansado que enojado, como si estuviera tratando de asimilar una situación para la que no estaba preparado.


Después de una breve reflexión, Necross reveló su verdadera razón. Nathaniel Winston bajó una octava a su voz, para tratar el tema correctamente, y brindar un apoyo que creyó, el desconocido necesitaba.


— ¿Qué hace que un hombre quiera ayudar a quien no conoce?— repitió, y tras una efímera pausa prosiguió. — Me lo he preguntado muchas veces, hijo, y siempre llego a otras preguntas aún más incomprensibles: ¿Qué hace que un hombre quiera hacer mal? ¿Qué hace que un hombre se quede de brazos cruzados, cuando otro sufre?
» Eres la primera persona que me habla de la sangre habiendo leído acerca de ella. No te mentiré, no confío en que exista algo tan milagroso, pero con el corazón… espero estar equivocado
— comentó mostrando las palmas de las manos sobre la mesa. Luego entrelazó los dedos. — He llegado aquí porque el destino me ha guiado, yo no creo en las casualidades. Creo que si nos hemos conocido, ambos tenemos algo que hacer por el otro. Por si te lo preguntas— agregó risueño — no te estoy pidiendo una retribución, de eso se encargará también el destino— después se puso serio.
» Si puedo ayudarte a conseguir un poco de esa panacea milagrosa para ayudar a tu hija, ten por seguro que lo haré— su voz profunda y sincera resonó en toda la sala vacía. — Pero mañana la capilla la entregará, ¿crees que los cazadores harán algo para evitar eso?


Agradecido, el tuerto asintió, su ojo se ilumino como lo hiciera en el pasado, cuando era él la persona que prestaba ayuda. -Gracias Nathaniel, encuéntrame en las afueras de la capilla al atardecer, necesitare que hagas una distracción mientras yo entro. No puedo esperar hasta el día de mañana, con cada segundo que paso aquí condeno más  a mi pequeña, simplemente no puedo esperar. El hombre del parche se puso de pie, anclo el mandoble a su espalda, y camino hasta la puerta. -No le digas a Eileen, algo planea, o algo va a pasar. No sé si nos necesita como carne de cañón, o como guardias. Cuídate, colega.- Sonriente, Necross se despidió por última vez, y cruzó el umbral de la casa.

-//-

Pero si bien el nuevo día para Necross y Nathaniel ya había comenzado, no había sido así para el demonio y la elfa.  El espectro de aura roja se vio sorprendido con el ataque de Miraak, sus pies no se movían, y había recibido de lleno el tercer carámbano de hielo en el rostro. La parte izquierda de su casco estaba congelada, y mientras se intentaba raspar el lado congelado, el espectro noto que su oponente estaba listo para atacarlo de nuevo, y que una nueva voz se había unido al combate, era una enemiga. El espectro golpeo hacia adelante con el filo de la lanza, para detener el avance de Mirrak, mientras al mismo tiempo trataba de liberar sus pies, luego tomo la lanza que llevaba con ambas manos, y golpeo hacia atrás, el golpe la elfa lo recibió de lleno en su estómago, pero gracias a la armadura que Mayla llevaba, no le hizo mucho daño, solo logro desestabilizarla.

El espectro de aura carmesí logro liberar sus piernas del hielo, e hizo girar su lanza para mantener lejos a sus enemigos, ambos eran un peligro para el, quizás mas peligroso  era el sujeto de la máscara, ya que él tenía magia, la elfa solo llevaba armas de filo, ninguna contundente, Mayla no podría penetrar su armadura. El espectro comenzó a rodear a sus oponentes, lanzando leves estocadas para mantener la distancia, la lanza que el caballero portaba le daba ventaja. Viendo que era una batalla que no podría ganar, el espectro comenzó a correr, y en su carrera se quitó el casco. Era humano, tenía el cabello corto, pero sería difícil ver su rostro con detalle, ya que parecía que tenía la piel enrojecida.

Y aunque aquel espectro iba ataviado completamente con piezas de metal, era rápido, se podría decir que incluso más rápido que la elfa. Mayla y Miraak vieron como el espectro apretaba algo en su puño, ese algo se deshizo como si de polvo se tratase. Lentamente el cuerpo del caballero comenzó a deshacerse en el aire, el mismo susurro del viento  que lo trajo se lo llevo. El espectro busco la mirada del demonio, y con ojos furiosos le dijo: -Pecador…- El casco que el espectro abandono en la batalla se deshizo al igual que él.

El espectro desapareció, y en el lugar solo quedo Mayla y Miraak, mas la niebla que ya se había vuelto bastante densa.


Al siguiente día, escoltado por dos cazadores, un hombre alto, de más o menos un metro y ochenta centímetros, fue a buscar a la elfa. Era joven, de cabellos rubio, un tanto oscuro, con un porte gallardo y una sonrisa carismática.  El hombre supo cuál era la habitación de Mayla ya que no habían secretos para el gremio de cazadores.  Aquel sujeto golpeo la puerta de la habitación tres veces, y cuando la elfa abrió respondió, este le sonrió ampliamente. -Buenas días señorita, soy Alfred, del gremio de cazadores. Me han encomendado la tarea de escoltarla a nuestra guarida, por favor, ¿sería tan amable de venir con nosotros?- Y aunque hablaba con respeto, la petición parecía mas una demanda, ya que los acompañantes de Alfred tenían las manos reposando en sus armas, dagas que colgaban de sus cinturas. -Le explicaremos la situación una vez que estemos allá, no se preocupe, le doy mi palabra de caballero que estará en buenas manos.-

La elfa fue escoltada hasta fuera de la posada, donde un carromato  color negro la estaba esperando. -Partiremos cuando nuestro segundo invitado llegue, póngase cómoda, y séanos paciente.-  Dentro de la misma taberna, pero sin acompañantes, Eileen golpeaba la puerta de Miraak, con la misma intención de Alfred, debía llevar a aquella persona al gremio de cazadores. - Quizás me recuerde de la noche anterior, señor. Si me lo permite, quisiera llevarlo al gremio de cazadores, es de suma importancia que nos acompañe, le pido amablemente que me siga.- Que los cazadores aparecieran ¿tendría que ver con la batalla de la noche anterior? Podría ser… Ni Miraak ni Mayla tenían conocimiento de que era el gremio, y en el camino al lugar, dentro del carromato, ninguna de sus preguntas serian contestadas.

Horas antes, en el cuartel de los cazadores, el peliblanco estaba solo, el hombre del parche se había ido hace varios minutos. Aquello Nathaniel podría usarlo para explorar el lugar, aunque era imposible saber si  había alguien en el segundo piso, y para su mala suerte, si lo había.  Un sujeto de gabardina blanca bajo por las escaleras minutos después de que Necross se fue. -Buenos días compañero, ¿usted es Nathaniel, no? Eileen me ha hablado mucho de su persona. Le ruego nos espere un poco más. Mi nombre es Alfred,  también soy parte del gremio de cazadores, Eileen no tardará en llegar, de hecho ahora iré a buscarla.- Alfred se quedó mirando el lugar un momento, como buscando algo. - ¿No había alguien más aquí? ¿Un tipo que llevaba un mandoble?-

Sin volver a preguntar por el asunto, Alfred se fue, dejando nuevamente solo  a Nathaniel. A los pocos minutos la puerta principal se abrió nuevamente, un sujeto de gabardina oscura, gorro de copa, una descomunal ballesta a su espalda,  y extraña sonrisa cruzo el umbral. -Buenas tardes, ¿este es el gremio de cazadores?- Con una mirada más detallada al rostro del sujeto, se podría ver que su sonrisa era falsa, llevaba una máscara. -Mi nombre es Chester, el maravilloso Chester, para servirle.-  


Y así, el lugar comenzó a llenarse de gente, parecía que todos ellos habían sido reclutados por los cazadores, y por alguna razón se habían presentado ¿quizás los cazadores les habían ofrecido dinero? Ya que muchos de ellos parecían mercenarios. Cuando cuatro de las seis mesas se habían llenado (cada una tenía seis sillas) Alfred y Eileen por fin habían llegado. El peliblanco podría notar que junto con ellos, el enmascarado y la elfa que vio en la taberna los habían acompañado. La mujer de ojos grises se acercó a Nathaniel, y como preocupación le pregunto: -¿Dónde está Necross?-

Alfred se puso en frente del grupo, y con las manos en la espalda comenzó a hablar. - Lamentamos el hermetismo con el que se han enfrentado hasta ahora, pero no podíamos darles la información tan rápido, podría ser que decidieran simplemente irse…- En ese momento, Alfred miro a Eileen, haciendo alusión a Necross. - Iré al punto. Desde hace varios años, la ciudad de Hemwick ha sido azotada por una extraña enfermedad, creemos que es por la cercanía con el bosque de StorGronne. Nuestra gente cambia de aspecto, se convierten en terribles criaturas, nuestro trabajo, como cazadores, es evitar que los civiles no alterados sufran bajas.  Nosotros trabajamos para la iglesia de la sanación, y con la sangre milagrosa podemos contrarrestar ciertos efectos de lo que creemos es una maldición.  Creemos que entre hoy y mañana nuevamente los efectos de la plaga aparecerán, las calles de Hemwick se volverán un campo de batalla.  

Eileen tomo la palabra, mientras camina hasta donde Alfred estaba. Pero antes de comenzar a hablar, un sujeto enmascarado, con aspecto de espadachín había llegado. Este estaba algo confundido, Eileen le dijo que tomara asiento. -Los hemos buscado a ustedes porque la gran mayoría son mercenarios, o tienen alguna habilidad especial que nos puede ayudar.- La de ojos grises miro a Miraak y Nathaniel. - Les rogamos nos ayuden, y mañana, al amanecer, serán bien recompensados, incluso podrían obtener la medicina de la iglesia sin coste alguno.-

El cielo se había teñido de un tono rojizo, un tanto oscuro, quizás era por las nubes que cubrían el firmamento. El hombre del parche estaba sentado en la oscuridad que una de las casas de Hemwick le otorgaba, esperando la llegada del peliblanco. Pero Necross sentía que algo estaba mal, la gente estaba apresurada, iban y venían como si del fin del mundo se tratara. El tuerto pensó en que quizás debió quedarse esperando a Eileen, pero la verdad, poco y nada le importaban sus problemas, él tenía cosas más importantes que atender.

Aunque era aún temprano, y faltaba para que el sol se ocultara, pero el cielo cada vez se ponía mas oscuro.[/color]



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Re: La reina de los condenados. {partida}

Mensaje por Nathaniel Winston el Sáb Jul 25, 2015 7:02 am

Tal como había salido de “El Señor de Los Gigantes”, se movió entre las calles de Hemwick para llegar a su destino. A pesar de que la niebla no aparecería hasta, el sol acababa de hallar cobijo en algún lugar profundo tras unas nubes pasajeras, y el frío ya estaba aprovechando la desaparición de su más feroz oponente. Ventajosamente Nathaniel Winston no se quitó la sobretúnica que se había puesto al comenzar el día. Por lo tanto, ahora contaba con la camisa de color marrón claro bajo las dos estolas cruzadas. Con la túnica de color marrón oscuro, y la sobretúnica con capucha, del mismo color. Las botas, tan largas que llegaban a las rodillas, mantenían sus piernas tibias.

Con toda esa ropa, empezaba a sentir el fresco, aunque sospechaba que no se debía al día en sí. La caminata le ayudó a paliar los efectos del temor, y sus viejos huesos se lo agradecieron. Cada paso iba acompañado por un golpeteo del bastón, que retumbaba en las partes que no había nadie, y que en caso contrario, se perdía entre el barullo de las conversaciones ajenas. Los tumultos que hacía unas pocas horas llenaban las calles, se habían convertido en pequeños grupos de transeúntes que seguramente ya marchaban hacia sus hogares para almorzar. Para el anciano, un mero observador, era insólito que todos decidieran ir a sus respectivas casas al mismo tiempo. No obstante, cuando había preguntado a qué se debía que se movieran con cierta preparación, nadie había logrado darle una respuesta en concreto.

Rodeó la cuadra en la que estaba emplazada la casa que funcionaba como cuartel del gremio de cazadores. No tanto para entrar en calor, aunque tampoco le vino mal. Sino que quería comprobar si alguno vigilaba el territorio cercano. No halló ninguno, aunque tampoco se sorprendió. Si se dedicaban a la caza, estarían acostumbrados a pasar desapercibidos. Solo vio un grupo de tres personas, que al pasar junto a él saludaron. Eran una anciana, con una mujer más joven, y una chica. Por supuesto, no iban vestidas con ropajes negros. Tras devolver el saludo con respeto, Nathan se dio cuenta que se trataba de tres vendedoras de un puesto mercantil en el que había estado más temprano.

Como vio que la búsqueda era infructuosa, dobló la última esquina y se encaminó hasta el cuartel. A simple vista, era una casa más, no distinta a cualquier otra de la zona. Era ideal para que las actividades que allí se llevaran a cabo, pasaran desapercibidas. Tras golpear la puerta, esperó unos minutos a que alguien se dignara a abrirla. Entrar de sopetón a un lugar que posiblemente estaba lleno de “cazadores”, no era un buen plan. En realidad, llegó a dudarlo al notar el tiempo que tardaban en recibirlo.

El interior no contrastaba con lo que podía verse afuera de la construcción. El hombre que abrió la puerta se apartó junto a esta, tal como habría hecho el mayordomo de algún castillo thonomeriano, no obstante, no se distinguía del resto de los presentes. Iba vestido completamente de prendas de cuero oscuro, y lucía como alguien acostumbrado a enfrentar el peligro. Estaba claro que Nathaniel era considerado un riesgo por algunos cazadores, por la mirada que le ofrecían mientras cruzaba el umbral de la puerta. Como él no tenía nada que ocultar ni de qué arrepentirse, pasó cuán alto era entre los desconocidos, sin agachar la cabeza.

Lo que pudo ver a simple vista, fue la ausencia de Eileen. Inmediatamente buscó más exhaustivamente, por si la había salteado al mirar de reojo los grupos que estaban sentados alrededor de dos mesas. Nada. No estaba, así que su mirada recorrió las posibles salidas, no obstante de momento encontró solamente una, además de la puerta que acababa de cruzar. Se trataba de la escalera que conectaba la planta baja con el primer piso. Quizás allí había otra reunión, pensó en un principio, pero el número de cazadores reunidos abajo era similar al que había visto en la taberna, así que desestimó la idea.

No reconoció ningún rostro en particular, entre los hombres de Eileen, pues como la primera vez que los había visto, no sabía quiénes eran, no les había prestado suficiente atención.

Seguramente de haber sabido qué hacían en “El Señor de Los Gigantes”, habría estado un poco más atento a los detalles. A quien reconocía, era al hombre de gabardina y parche en el ojo, ¿qué hacía allí? Hubiera jurado que no pertenecía a la compañía de cazadores. Tal vez se había equivocado, no obstante, cuando este le saludó, inclinó la cabeza, agradecido por el gesto. El resto del cuartel no estaba siendo muy considerado con su evidente desventaja. Claro que él no se dejó amedrentar por ese hecho, sino que lo convirtió en una ventaja. Solo tuvo que recordar que ellos eran tan desconocidos para Nathan, como él lo era para ellos.
Con ese pensamiento infundiéndole valor, caminó hasta una tercera mesa, que estaba vacía. Prácticamente de inmediato, el desconocido del parche en el ojo tomó asiento junto a él. Pese a su cercanía, no se volvió para mirarlo, sino que se puso a tamborilear sobre la mesa con el guantelete puesto. ¿Era eso un guantelete? El anciano lo miró de refilón. Más que una pieza de armadura, parecía un guante, con la diferencia del ruido que hacía al golpear en la madera. Un guante no podría haber sonado como metal. Como el hombre no hablaba, él tampoco lo hizo, sino que se quedó viendo a la escalera que, casualmente quedaba ante sus ojos.

Cuando su compañero de mesa al fin habló, Nathan se volvió para mirarlo. Esta vez no recibió una mirada, aunque un ligero movimiento de la cabeza le advirtió que le hablaba a él. Si le quedaba algunas dudas acerca de la pertenencia del hombre al grupo de cazadores, con las primeras palabras se disipó.

— En efecto, si estoy en Hemwick es una casualidad— respondió asintiendo. — Y aunque me gustaría afirmar lo contrario, cada minuto que paso en la ciudad me hace preguntarme qué hago aquí. Lamentablemente he perdido mi salida más segura, y ahora tengo que encontrar otra— comentó en alusión a la desaparición de la caravana en la que había llegado.
» Nathaniel. Nathaniel Winston— se presentó, antes de darle un voto de confianza— pero Nathan está bien. He venido por invitación de una mujer con la que hablé ayer por la mañana, en la posada. Te he visto allí, quizás la recuerdes, es una de ojos grises, que estaba sentada en un rincón— explicó señalando la esquina del cuartel, como si hiciera falta ilustrar lo que estaba diciendo. — Pensé que encontraría respuestas aquí…

Lo poco que dijo Necross tuvo sentido, e hizo efecto en el anciano, que recordaba bastante bien las palabras con las que la cazadora lo había invitado. Sin embargo, lo que más le asombró fue que el hombre había leído sobre Hemwick. Sin dudas, una persona con afinidad por la lectura, era por lo menos interesante. A punto estuvo Nathaniel de responderle, pues a diferencia de su compañero de mesa, a él sí le parecía que la “sangre milagrosa”. Afortunadamente, en aquel momento bajó Eileen, que tal como le había dicho el hombre del parche, había estado en el segundo piso. Prefirió hacer silencio de momento, quizás al fin obtendría algunas respuestas.

Nathaniel Winston inclinó la cabeza en señal de respeto, pero también le devolvió la sonrisa a la mujer de ojos grises. Aún había que esperar un poco más. Podía con ello. Cuando la cazadora salió, seguida por sus hombres, solo quedaron Necross y él. ¿Qué tenían que hacer, que precisaba de todos los cazadores? Si tenían que buscar a algunos más, ¿no bastaba con unos pocos mensajeros? Todo eso le daba mala espina. Tal era así, que mientras el otro hombre le hacía una pregunta, él conectaba con su don. Aquella esencia que residía en lo profundo de su ser, y cuando la necesitaba, le ayudaba en algunos asuntos que requerían magia.

— Mi idea principal era llegar a alguna ciudad importante de StorGronne. Pensé que encontraría algunos conocedores de la magia, pues en el límite, en el sur de Geanostrum, todos hablaban de que este bosque es mágico— comentó haciendo un ademán con la mano, para declinar la oferta. — Por eso decidí integrarme a una caravana que venía hacia aquí. Por el camino me enteré de la…— Necross había usado la palabra medicina—, medicina que cura todos los males.
» Me pareció que encontraría algún mago, o por lo menos alguien con conocimientos de la magia, pero de momento solo he encontrado peregrinos en busca de un milagro
— agregó, intentando no ser descortés. No sabía por qué estaba su interlocutor allí, pero le había oído en la posada. — He ido a la capilla para encontrar respuestas, pero dijeron que no entregan la medicina hasta mañana, y eso me trajo hasta aquí— se señaló con ambas manos abiertas, como si estuviera presentándose en una obra dramática.
» Me explicaré, no sé hasta qué punto, esa medicina existe, ni hasta qué punto puedo confiar en los cazadores de Eileen. Aunque quiero confiar en ella, se maneja con demasiado hermetismo. Pues bien, la reunión de los cazadores era hoy, y la coincidencia con la entrega de la medicina que se hará mañana es llamativa— explicó sincero, mientras sus dedos acariciaban el morral con forma de libro que colgaba en su costado. — He venido para conseguir respuestas, lo que esta gente hará hoy debe ser algo importante. Después de todo, no me han dicho qué clase de cazadores son, y no he visto muchos animales en Hemwick. Si las respuestas que encuentre no me gustan— hizo una pausa, para tomar el bastón que había dejado apoyado entre la mesa y el banco, junto a él— tendré que ver que no cacen a algún inocente.

Tras dar sus razones, Nathan se dispuso a escuchar las de Necross. Él confió su parte, así que esperaba el mismo trato por parte del hombre, pero en un primer momento no lo recibió. Podía entenderlo, además, no estaba obligado a confiar a un desconocido cuestiones importantes de su vida privada. Al menos le regaló un poco de información. Al fin, después de tres días en Hemwick, sabía de alguien que tenía pruebas de los efectos de la “sangre milagrosa”. Si el tal Grakul Cromwell había escrito acerca de la sangre, tendría que haber pasado un tiempo, ¿hacía cuánto se habría descubierto la medicina?

Cuando Necross se hizo con su espada, el anciano observó con curiosidad lo que este hacía. En ningún momento sintió miedo. Si corría peligro, siempre tenía acceso a su magia para protegerse. Aunque el don no era peligroso como el filo de una daga, podía ser más rápido. Solo había que tener en cuenta los tiempos, y tener buena reacción. En este caso, de todas maneras, no creía tener que usarla, pues nadie se hubiera tomado la molestia de preguntar motivos antes de atacar. Asimismo, el hombre parecía más cansado que enojado, como si estuviera tratando de asimilar una situación para la que no estaba preparado.

Después de una breve reflexión, Necross reveló su verdadera razón. Nathaniel Winston bajó una octava a su voz, para tratar el tema correctamente, y brindar un apoyo que creyó, el desconocido necesitaba.

— ¿Qué hace que un hombre quiera ayudar a quien no conoce?— repitió, y tras una efímera pausa prosiguió. — Me lo he preguntado muchas veces, hijo, y siempre llego a otras preguntas aún más incomprensibles: ¿Qué hace que un hombre quiera hacer mal? ¿Qué hace que un hombre se quede de brazos cruzados, cuando otro sufre?
» Eres la primera persona que me habla de la sangre habiendo leído acerca de ella. No te mentiré, no confío en que exista algo tan milagroso, pero con el corazón… espero estar equivocado— comentó mostrando las palmas de las manos sobre la mesa. Luego entrelazó los dedos. — He llegado aquí porque el destino me ha guiado, yo no creo en las casualidades. Creo que si nos hemos conocido, ambos tenemos algo que hacer por el otro. Por si te lo preguntas— agregó risueño— no te estoy pidiendo una retribución, de eso se encargará también el destino— después se puso serio.
» Si puedo ayudarte a conseguir un poco de esa panacea milagrosa para ayudar a tu hija, ten por seguro que lo haré— su voz profunda y sincera resonó en toda la sala vacía. — Pero mañana la capilla la entregará, ¿crees que los cazadores harán algo para evitar eso?

Lo que vino después fue totalmente sorpresivo. Pues si bien Necross se tomó el tiempo necesario para agradecer al viejo mago y hacerle su peculiar pedido, rápidamente se puso de pie y salió por la puerta principal. Antes de que saliera, Nathan asintió para darle la razón al oír la opinión sobre Eileen que tenía el hombre de la gabardina.

— Hasta luego— le dijo en voz baja.
Y se quedó solo, allí, donde antes había estado repleto de cazadores. ¿Qué hacía él allí? Se reprendió por haberse comprometido a ayudar al hombre del parche. Ahora no solo estaba en una disyuntiva con la peculiar líder del gremio, sino que también con el desconocido y misterioso guerrero del mandoble. Después de dejar la mente en blanco, concentrándose en su respiración, volvió a abordar el asunto de Necross. Si era cierto lo de su hija, y no tenía motivos para dudar de su veracidad, estaba necesitando su ayuda urgentemente. Asimismo, si el mal que afectaba a la niña era tal como para hacerle viajar a Hemwick, entonces tenía que ser muy grave.

No sabía dónde vivía el hombre del parche, pero el bosque era un lugar peligroso y demasiado grande. Un sitio en el que nadie querría pasar unos cuantos días. Aunque la ciudad parecía segura y pacífica, el misterio que encerraba todo aquello de la sangre milagrosa, le hacía estremecerse pensando que tal vez, no era el único secreto. Sólo quedaba averiguar si el gremio de cazadores tenía su parte en el asunto. Evidentemente, algo se traían, ¿qué podía llevarles a dejar a sus invitados solos? Con esta idea rondándole en la cabeza, se puso de pie, y tras dar algunas vueltas alrededor de las mesas, decidió acercarse a la escalera que dirigía al piso de arriba.

Ni bien se hubo asomado, sin alcanzar a poner el pie en el primer escalón, se apersonó un hombre vestido de gabardina blanca. Este bajó raudo como un muchachito, aunque no lo era. Cuando se acercó a Nathan, el anciano pudo ver que tenía casi la misma altura que él, un detalle que no encontraba todos los días. El desconocido de cabello castaño y desprolijo, se presentó cortésmente, tal vez preguntándose por qué el invitado de Eileen se veía tan confundido. Es que este último tenía cada vez más preguntas. De todas formas, la que más le importaba en aquel momento era: ¿qué hacía él metido allí?

Después de ejecutar una reverencia muy a la antigua usanza, él también se presentó.

— Nathaniel Winston, efectivamente, caballero— comentó con el rostro convertido en una máscara de severidad.

Ante la pregunta del tal Alfred, eligió quedarse callado. Después de todo, parecía que se la había hecho a sí mismo, más que al anciano. Nathan lo vio salir y recobró el interés por conocer el piso de arriba, pero se obligó a esperar allí. Quizás algunos de los hombres, sino todos, volverían en un parpadeo. Como no tenía nada mejor que hacer, volvió a sentarse donde había estado antes, charlando con Necross. Ni bien terminaba de tomar asiento, la puerta se abrió. Quien entró esta vez, no fue uno de los que se habían marchado. Se trataba de un sujeto de sombrero de copa y gabardina oscura.

Nathaniel Winston lo miró frunciendo el ceño, preguntándose si era el único tonto que se había perdido alguna oferta en gabardinas de algún puesto mercantil. El hombre, naturalmente, malinterpretó el gesto, y se presentó como “el maravilloso Chester”. Al oír aquello, Nathan alzó la mirada y lo señaló con el mentón, con muy poco interés.

— Mago Winston— fue lo único que respondió, como si la primera palabra fuera un rango. Nadie con un poco de aprecio por sí mismo, y respeto al prójimo, se proclamaría “maravilloso”.

El viejo mago intentó hacer memoria para recordar si se había conocido aunque sea algún rey con el epíteto, pero no rememoró a nadie. Decidió ignorar por completo la presencia del sujeto. Pronto la puerta se abrió otra vez. Y otra. En cuestión de minutos, el cuartel fue llenándose otra vez como había estado antes. Algunos vestían como el día anterior, esos eran los que habían salido con Eileen hacía un buen rato. Pero a otros no los había visto, por ejemplo, el tal Chester. Alfred y la cazadora fueron los últimos en llegar, seguidos por dos sujetos bastante singulares que Nathan reconoció: la bella elfa y el hombre de la máscara dorada. ¿Ellos eran los que faltaban? Por las dudas los saludó con una inclinación cordial de la cabeza.

Cuando Eileen se acercó al anciano, este la miró fingiendo normalidad. Lo cierto es que estaba cansado de tantas vueltas.

— Se ha marchado, querida— respondió. — Si me preguntas, no creo que hubiese podido servirte ni aunque se hubiera quedado. Se veía un poco preocupado por razones personales que prefirió no compartir.

Antes de que se le diera la ansiada oportunidad de preguntarle por qué tanto misterio, Alfred tomó la palabra, llamando la atención de todos los presentes. Asintió con cierta rigidez cuando pidió disculpas por el secretismo, y prestó atención a lo siguiente. Por lo que Necross había dicho acerca de la sangre, esta era real, existía y había tenido efecto curando a Grakul Cromwell. Si esto era así, la extraña enfermedad de la que hablaba Alfred, era tan fuerte que no podía atenuarse ni siquiera teniendo en su poder la medicina. ¿Tal era el poder del bosque de StorGronne? El viejo mago había escuchado muchos comentarios, pero no había visto más que sombras, ni oído más que aullidos de camino hacia la ciudad de Hemwick.

Le preocupó saber que la gente respondía a la enfermedad cambiando de aspecto, pues él había sido testigo de una de esas transformaciones. Pero le inquietaba más saber que los que cuidaban a “los civiles” eran cazadores. No se los imaginaba de otra manera que no fuera usando sus múltiples armas contra los convertidos… que casualmente, no eran más que los inocentes que decían proteger, ya transformados por la recóndita enfermedad. Estaba tan perdido en sus propias cavilaciones, que no vio al recién llegado hasta que ya había tomado asiento. Otra máscara más. No alcanzó a examinarlo mucho, Eileen acababa de empezar a hablar.

Le asintió cuando ella lo miró, y agachó la mirada al oír su ofrecimiento. La medicina de la iglesia sin coste alguno… de inmediato sintió que se le cerraba la garganta y se le humedecían los ojos. ¿Sería esa la única forma que encontraría para restaurar sus recuerdos? ¿Tendría efectos sobre la magia que se los había robado? Cuando la cazadora terminó su breve discurso, se rodeó de sus hombres, seguramente para impartir órdenes o resolver los asuntos que quedaban antes de que la ciudad se convirtiera en “un campo de batalla”. Salió tal como había llegado, pero ahora tenía la sensación de conocer la verdad… aunque aún su mente no la entendía.

Volvió a la posada donde estaba durmiendo –o intentando dormir- por las noches, y una vez allí pidió una comida rápida. Les instó a que se apresuraran, y pagó con una moneda de plata por el servicio. Todavía tenía algunas horas hasta que la tarde se enturbiara, y las aprovechó para dormir lo que no había podido a la madrugada. A pesar de tener muchas cuestiones ocupando su intelecto, no tardó en adormecerse cuando su cabeza, cansada, reposó sobre la almohada. No supo cuántas horas durmió, pero por el espectáculo que le mostraba la ventana, habían sido unas cuantas. Tenía la garganta ardiente y la boca seca. No les prestó atención, sino que se preparó para acudir al encuentro de Necross.

Una camisa blanca, y unos pantalones negros debajo de la túnica del mismo color, le acompañarían. Ya en el salón principal de “El Señor de Los Gigantes” hizo que le llenaran un odre de agua y, tras beber el mismo líquido en un vaso, salió. Estaba atardeciendo, y esperaba no llegar tarde. Tal vez en la capilla encontraría alguna nueva pista sobre la enfermedad de la que habían hablado Alfred y Eileen.


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