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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Bifurcación hacia el cielo y el averno

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Bifurcación hacia el cielo y el averno

Mensaje por Guardián de los Textos el Vie Jul 17, 2015 12:58 pm

Bifurcación hacia el cielo y el averno

Por Zahka
Editada y adaptada por Libro parlante

Zona donde la leyenda tiene lugar: Bosque de Silvide

Lugar donde se cuenta y gente que la conoce: Apenas nadie conoce ya la leyenda, aunque algún anciano loco la cuenta aún por las ciudades que rodean el Bosque de Silvide.


Hay ciertas noches que pueden verse seres intangibles, vagando entre lamentos, deseosos de contar su historia a cualquiera que desee escucharla, pues lo único que buscan es descansar por fin en paz, una vez libradas de tan pesada carga. Muchas veces no hay nadie allí para hacerlo, y son las rocas y los árboles los silenciosos oyentes. Cada espíritu tiene su historia, pero todas hablan de los reinos de Dúmithan y Lörian, y de su triste caída en el olvido.

Los dos reinos, Dúmithan y Lörian, dividían en dos partes el actual bosque de Silvide. Dúmithan se extendía por la Gran Depresión y una pequeña zona de la Llanura Verde, en la que se hallaba la ciudad subterránea de enanos ingenieros, arquitectos y militares. Por otro lado, Lörian acaparaba el resto del territorio, donde se encontraba la ciudad de elfos, fieles siervos de Luminaris y estudiosos de la magia. Ambas ciudades recibían el nombre de su reino, siendo la capital de los mismos. A los alrededores del río Monzor, pequeñas poblaciones de humanos habitaban sin importarles el reino al que pertenecieran.

La enemistad de elfos y enanos era palpable y los únicos tratos que tenían eran de interés económico, razón por la que se construyó el actual Puente Viejo. Colgando por encima de la depresión, fue una majestuosa obra de ingeniería por parte de los enanos, que aseguraba tanto la lejanía de sus vecinos de las minas que con tanto recelo guardaban, como el paso de los mercantes entre ambas ciudades sin necesidad de interminables viajes.

Mientras que Lörian no se distinguía demasiado del resto de fortalezas, Dúmithan se trataba de una ciudad majestuosa alejada de los límites de su época. Los conocimientos de los enanos habían dado lugar no solo una espectacular y gloriosa obra de arte a los ojos de quienes tuvieran la fortuna de recorrer sus calles, sino también a una estructura militar de la que era tan difícil entrar como salir, pues solo disponía de una entrada. Desde el exterior su localización era casi imposible: de no ser por una pequeña construcción no muy gloriosa, un cuadrado con puertas, de treinta metros de lado y apenas tres de altura, nadie hubiera sabido de su existencia. En el interior de aquellas puertas, unos enormes peldaños bajaban hasta hallarse ante la maquinaria que permitía pisar y dejar el suelo de la metrópolis enana.

En Dúmithan todo el poder lo poseía el rey, con su ejército perfectamente entrenado y una población correctamente educada. En Lörian, al monarca lo limitaban las cortes: un grupo de magos de alto poder que le aconsejarían y administrarían sus decisiones. Pero la última palabra siempre la tenía el gran mago, aquel que había sido capaz de comunicarse con Luminaris en una ocasión, ese que había obtenido un poder sin igual de entre todos los estudiosos; o eso creían todos. Lo cierto es que su avaricia era palpable para aquellos con dos dedos de frente y el favor de aquel dios no le pertenecía desde hacía tiempo. A escondidas del resto, manipulaba a la ciudad con su falsa imagen para beneficio propio: continuar sus investigaciones sobre cómo obtener el control total y definitivo de la nigromancia. Sus ansias por manipular la vida era algo que le perdía; tanto que, por jugar con cadáveres, acabó contrayendo una grave enfermedad.

No había magia que pudiera con ella, no había rezos que la deshicieran ni tampoco remedios mundanos. El gran mago, conocido también como Adrollïto, estaba condenado a morir. Ghadrakha, el señor del caos, se había beneficiado de su profanidad y avaricia. Él mismo había planeado aquello y Typhus se había encargado de llevarlo a cabo con el apoyo de su señor. No tardaría Adollïto en saberlo y de convertirse a su culto, volviéndose un componente activo en aquella astucia. Aún a sabiendas de que perdería parte de su inteligencia con el paso del tiempo, también sabía que podría llegar a convertirse en lo que deseaba por la magia profana y el poder que obtuviera de aquello.

Tan pronto se dieron cuenta, la enfermedad que antes afectaba al desaparecido gran mago se esparció con rapidez entre todo ser vivo de la zona. Uno a uno todos se infectaban, sintiendo los primeros síntomas leves pero molestos, que con el tiempo, a lo largo de un mes, se agravaban y degeneraban el cuerpo. Los únicos que parecían no sufrir de aquello eran los bien enterrados enanos, por su falta de contacto con el exterior, o al menos así fue en principio, hasta que los mineros volvieron a casa y los animales recorrieron su ciudadela.

La desesperación de muchos les llevo a convertirse al culto del demonio, otros, por su parte, prefirieron resistir aquella tortura y reunirse con sus dioses. Sin embargo, todo se descontroló cuando aquella epidemia se convirtió en la fructífera semilla de un ejército de aquellos seres de maldad y pestilencia, uno que amenazaba con extenderse más allá de las fronteras de ambos reinos, cuya desesperación iba en aumento.

No serían capaces de combatir contra aquellos endemoniados por separado, no conseguían pararles los pies de ninguna de las maneras y, venciendo las fronteras entre ambas razas, decidieron pactar como hermanos de guerra.

A pesar de que la mayoría de la población, tanto humana como de estas dos razas, se hallaba infectada y por lo tanto no tardarían en sucumbir por su propia cuenta, decidieron usar las fuerzas de las que disponían para un acto desesperado, que si bien pudiera no salvarles a ellos, tal vez si ayudase al resto de Noreth.

Una reunión por parte de todos en el lugar más seguro de Silvide, Dúmithan, en cuyo interior se esforzaban con toda su maquinaria para mantener a raya a los convertidos, dio lugar a una de las tácticas militares más complejas de su era. Valiéndose de la rapidez de los elfos y el ingenio de los otros, todos los ya condenados se sacrificarían en tender una trampa a sus enemigos. Desde cada esquina de los territorios, se encargaron de atraer a los seguidores de Ghadrakha hasta la fortaleza subterránea. Allí serían llevados al interior mediante astucia e ingenio, pues el intelecto de aquellos era sumamente reducido, tanto o más de lo normal en los de su raza, pues su señor se había encargado de volverles bestias y poco más, a cambio de tanto poder. Una vez dentro, todos librarían una batalla constante de la que, salieran victoriosos o no sus participantes enanos, élficos y humanos, Noreth siempre saldría ganadora.

En el exterior, los puros y sanos elfos siervos de Luminaris, ayudados en sus rezos por los humanos, acudieron a su dios, suplicando ayuda para sellar la zona. Aquella divinidad hechizó los alrededores de la estructura que servía de puerta a la ciudad; nadie sería capaz de volar en su cercanía ni en su interior y la única maquinaria que servía para entrar y salir permanecería atascada para el resto de la eternidad, a menos que alguien lo suficientemente poderoso consiguiese liberarla del encantamiento.

En honor al sacrificio de sus hermanos y vecinos, las tres razas cooperaron en la construcción de una torre. Y usando aquella base cuadrada, la levantaron hasta lo más alto, tanto como fueron capaces. En su fachada, dos guerreros señalándose con sus armas simbolizaban las diferencias entre aquellas razas, su desagrado mutuo. Pero bajo aquello, dos puertas se alzaban como símbolo de su unión y entrada a lo que les llevó a ver más allá de sus prejuicios. Entrada a la lucha encarnizada, codo con codo, de esos hermanos de distinta mentalidad, tamaño y forma, contra los seres que les amenazaron de extinción.

Sobre la base, la inmensa cantidad de escaleras que guiaban hasta las nubes, eran un gesto noble por parte de los constructores. Una vía de escape para los espíritus de los que cayeran en aquella batalla, un camino para reunirse con sus dioses por no poder volar debido al encantamiento de Luminaris. Una manera de darles las gracias por su sacrificio y tenderles la mano para que descansasen sus almas atormentadas.

Bautizada como la Torre Ancestra, aquel monumento necesitaría de una llave para poder penetrar sus puertas una vez cerradas; una llave que, cuentan, permanece en paradero desconocido.

La ciudad de los elfos fue destruida durante la guerra, los poblados habían sido arrasados y la fortaleza subterránea ya no era habitable. Pocos fueron los supervivientes de aquella tragedia, que acordaron fundar una nueva ciudad entre todos, conservando la fraternidad que habían obtenido tras dicho suceso. Fráianez la nombraron, juntando todos los idiomas de los habitantes pero con un significado claro para quienes viviesen en ella: Fraternidad y unidad, sin prejuicios ni maldad.

Los animales que se habían visto afectado por la enfermedad del señor del caos morirían temprano, dejando aún pequeños brotes de aquella por el resto de Noreth, pero nada tan importante como lo fue en ese momento. Por otro lado, Fráianez, acogiendo a quienes quisieran vivir allí, terminaría por olvidar parte de su lema y significado, acabando con el tiempo en ser una ciudad de humanos más. Lo que ocurre hoy día en el interior de la torre se desconoce, pero se cree que la lucha continúa y que se espera que alguien consiga entrar para acabarla de una vez por todas. Y los espíritus de los caídos en el bosque aún vagan como almas en pena, buscando paz, pidiendo ayuda a los que divisan…
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Guardián de los Textos

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