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Heredera de las llanuras

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Heredera de las llanuras

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jul 20, 2015 8:31 pm

Entre las cuatro capitales humanas de Thonomer, había notorias diferencias. Lo importante para cualquiera que decidiera optar por viajar a una u otra, era no confundir el nombre de la ciudad en sí. Sobre todo si una de estas era Malik-Thalish o Erenmios. Ambas metrópolis, construidas y posteriormente gobernadas por los mhare durante siglos, mantenían una enemistad acérrima, que las mantenía en constantes enfrentamientos bélicos. Cuando entraban en épocas de malaria económica, cada una contaba con una aliada poderosa. La portuaria Malik, contaba con el apoyo económico de Phonterek, pues como moneda de cambio, le ofrecía protección y la libre navegación en la ruta thonomeriana.

La fortaleza inexpugnable de Erenmios, en cambio, contaba con la ayuda de Tirian Le Rain. A esta última le beneficiaba el soporte militar de la primera, así como la seguridad que esta le ofrecía al manejar los caminos más transitados por los mercaderes de todo Thonomer. De esta forma, quedaban formadas las coaliciones. De hecho, así era desde que se sabía. No quedaba nadie vivo que pudiera asegurar la verdadera razón por la que había empezado el enfrentamiento. Había quienes hablaban de rencillas armadas en un comienzo, cuando las cuatro ciudades no eran más que grandes aldeas.

Otros preferían hablar de desencuentros amorosos entre las familias reales, y había incluso quien aseguraba que los carismáticos reyes de cada capital se habían puesto de acuerdo porque el cambio cultural sería más difícil que mantener la guerra. Esos eran minoría, cabe destacar. Posiblemente los círculos herméticos que gobernaban las cuatro joyas de Thonomer, conservaban el conocimiento acerca de lo que había ocurrido. Entre el vulgo la situación era otra, cada quien tenía su opinión y la verdad cambiaba según la voz que la anunciara. No es que les importara realmente. Gobernara quien gobernase, la plebe nunca tendría oportunidad de dejar de serlo.

Asimismo, el mundo de la nobleza estaba lleno de intrigas, argucias y traiciones con las que la gente común no quería tener nada que ver.

Quizás esa era la razón por la cual muchos poblados del sur de las montañas, se mantenían al margen de las trifulcas que caracterizaban a las grandes ciudades del norte. Las verdes praderas que quedaban enmarcadas entre los bosques de Physis al oeste, y de Silvide al norte, no estaban tan habitadas como las tierras del norte. Asimismo, sus poblaciones tenían otras costumbres, que desde el punto de vista de la nobleza thonomeriana, eran claramente menos civilizadas. Pero quienes vivían en las llanuras realmente, rara vez tenían la necesidad de luchar por su territorio. Las tribus nómades y las aldeas habían logrado encontrar un punto medio entre sus actividades, para que ambos tipos de vida resultaran beneficiosos.

Por desgracia, había quienes no entendían sobre la paz y la tranquilidad que ofrecían las llanuras, y se dedicaban a saquear y masacrar todo lo que tenían a su paso. Esa había sido la suerte de la tribu Amnell. Corinne lo sabía muy bien. ¿Cómo no hacerlo, cuando era una de las últimas sobrevivientes? Cuando había perdido a sus padres, a sus amigos, todo lo que había sido… No. No podía pensar en todo eso, era inútil. Ya nada le devolvería la vida a sus seres queridos, lo único que podía hacer, era vivir. Vivir para ella, para portar el pasado con orgullo, y preservar las memorias de su pueblo. Lo que no podía hacer, era quedarse mucho más tiempo en el territorio Amnell.
Ya no era seguro, pero, ¿qué más podía hacer?

Cuando el alba despuntó aquel día, Corinne rodeó con ojo avizor las llanuras que la vieron nacer. Desde el último asalto, no pasaba un día en el que no recorriera los alrededores del territorio en el que había vivido su tribu. Antes, esa había sido una tarea de los hombres y mujeres elegidos por su padre como custodios, pero ya no quedaban sino recuerdos de esas personas. Cada mañana, se levantaba temprano para iniciar el día sirviendo a su pueblo. Esta vez, no obstante, la tarea le tomó más tiempo, pues esa sería la última vez que sus ojos negros vagarían en la tierra que la vio crecer.  En los últimos días los pocos sobrevivientes que quedaban, habían emprendido viaje. Ya quedaban menos de media docena, incluida ella, y ese era su último día allí.

Había convivido con un nudo en la garganta, desde que se había despertado. Estaba a punto de abandonar aquello a los que sus padres le habían llamado hogar. Lo único que la retrasó, fue haberse encontrado con aquel anciano de aspecto tan particular, a la vera del bosque de Silvide. En un principio, pensó que se trataba de un cadáver, que había sido dejado por bandidos o algún ladrón furtivo, que había decidido ir por más. Pero al acercarse y moverlo para verle el rostro, también vio una bolsa llena de monedas. No había sido víctima de un robo. Y prósperamente para el pobre viejo, tampoco lo habían matado, sino que se había caído desmayado. Aún estaba por verse, si ella también salía favorecida del encuentro.

Corinne era curiosa por naturaleza, y había aprendido a rastrear con los mejores maestros de las llanuras. Si había algo que daba por cierto, es que nadie había obligado al anciano a caminar hasta la linde del bosque, así como también estaba segura de que no había sido agredido. Tras una hora de esfuerzo e ingenio, se las había apañado para arrastrarlo hacia su casa. No había podido hacer nada por el lujoso ropaje que llevaba el anciano en ese momento, una túnica gris, bajo una sobretúnica negra de bordes dorados. Tal era así, que el negro se había transformado más bien en un marrón con manchas doradas. Cuando despertara, se dijo, tendría que viajar a la ciudad más próxima para darse un baño.

Por la larga cabellera bien cuidada del anciano, este estaba acostumbrado a mejores tratos que los que ella podía ofrecerle.

De todas maneras, se valió de todas sus fuerzas para dejarlo depositado sobre su cama tras sacudirle la túnica como pudo. Después, le dejó todas las pertenencias a mano, aunque la curiosidad le ganó, y abrió la bolsa que tintineaba cada vez que la movía. ¡Estaba repleta de monedas, y muchas eran de oro! La chica nunca había visto tal cantidad junta. Por un momento se permitió imaginar lo que podría haber hecho si ese dinero hubiese sido de ella. Pero no lo era, por lo que dejó la bolsa junto a la cama tal como la había encontrado. Seguramente el anciano era alguien de importancia, algún embajador, o un miembro de la nobleza que se había perdido cuando su caravana pasaba por el bosque…

Y tirado en una cama que le dejaba la mitad de las piernas afuera, se veía un poco más patético de lo que en realidad fuese. Nunca había visto un hombre tan alto que llegara a esa edad, pues en general los hombres altos aprovechaban su condición física para dedicarse a las armas. Era evidente que el viejo de túnica negra no tenía nada que ver con las armas. Y eso la llevaba otra vez a pensar en qué podía haber estado haciendo por allí… si se hubiera tratado de alguien más joven, hasta hubiese pensado que estaba espiando a la tribu Amnell.

¿Y si era peligroso para ella? Tal vez era alguna clase de persona importante que se ofendería si se veía tirado en la casa de una tribu del sur. Bueno, eso era lo mejor que había podido hacer por él, así que solo tenía que esperar a que no se lo tomara a mal. Para pasar el tiempo hasta que se despertara, recogió unos vegetales y se dispuso a guisar un estofado afuera de la casa. Cocinar era una buena forma de mantener la mente ocupada, porque tenía que juntar desde la leña, hasta los ingredientes, y eso requería foco. Aún estaba por verse si el anciano despertaría o no, y no tenía muchas ganas de pensar en las alternativas.


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Re: Heredera de las llanuras

Mensaje por Nathaniel Winston el Lun Jul 20, 2015 8:34 pm

Poco a poco, la oscuridad fue disipándose como si de una bruma espesa, pesada, se tratase. Inmediatamente supo que algo iba mal, pero no se preocupó, porque sabía que estaba ocurriendo. Ese grueso velo pertenecía a otro mundo, sin embargo, de vez en cuando se las arreglaba para asaltarlo. Era molesto despertarse después de haber sido tocado por la profecía, pues le dejaba una jaqueca que podía durar desde segundos hasta algunas horas. Además, siempre tenía la garganta seca, como si hubiera corrido durante horas. Lo único distinto esta vez, era el lugar donde había despertado.

En general, cuando las visiones se le presentaban, el mundo empezaba a transcurrir de forma distinta para él. Casi siempre sucedía al pestañear. Entonces, todo lo que tenía alrededor se disipaba bajo un nuevo paisaje que supuestamente significaba algo para su vida. De alguna forma que ni siquiera comprendía, sabía que se trataba de eventos que podían ocurrir en el futuro. Que no habían formado parte de su vida pasado. No eran extractos de la memoria que había perdido hacía unos pocos meses. Pero tampoco eran importantes, si no estudiaba con detenimiento cada detalle, pues toda acción posterior a una determinada visión, podía llegar a cambiar el destino completamente.

Sin embargo, había cosas que no cambiaban.

De momento, era mejor no pensar en lo que había visto esta vez. Ni lamentarse de ser él, el elegido por la profecía. Había pasado un tiempo desde la primera vez que se había manifestado a través de su mente, y era inútil preguntarse por qué. Era mejor no inmiscuirse demasiado en los designios de los dioses, sin antes cumplir su voluntad. Siempre teniendo en claro que el destino y los dioses eran la misma cosa, que cada uno era inmanente en la misma naturaleza del otro. Y que él, si recibía una muestra de lo que podía ocurrir en el futuro, era un simple receptor y custodio de la profecía. Hasta que no encontrara a alguna otra persona más preparada para hablarle de sus dotes, así sería.

Se incorporó en la cama lentamente, por si el dolor de cabeza le asaltaba, pero descubrió a buen gusto que eso no ocurrió. Al verse los pies, vio que estos habían quedado fuera de la cama, y que al mover las piernas, le dolían las pantorrillas porque habían estado en contacto con la madera. Nunca había estado en ese lugar. Era una habitación pequeña, aunque pulcra y ordenada. Demasiado ordenada. Y lo más curioso, era la forma de toda la estructura, que se asemejaba a una enorme jaula. Nathan no recordaba haber visto otra casa igual. El tejado era una cúpula blanca, atravesada por varias varas de alguna madera flexible, pero a la vez resistente.

Era un trabajo arquitectónico escueto, muy distinto al que se veía en las grandes ciudades. Pero tampoco pertenecía a los bosques del noroeste de Efrinder, donde había estado antes de… tampoco sabía qué le había pasado. ¿La visión había sido tan fuerte que lo había hecho desmayar? Con una mano perezosa se acarició el rostro, haciendo una leve presión en el puente de la nariz. Aún llevaba puesta la túnica negra, y por lo que pudo ver, alguien le había dejado el bastón, el morral, la mochila, e incluso la bolsita de monedas. Agradeció en silencio haber caído en buenas manos. Si lo que él sospechaba era cierto y se había desmayado a causa de la profecía, cualquier persona habría podido aprovecharse para despojarlo de sus pertenencias.

Tomó todo lo que le pertenecía, y se dispuso a salir. Solo unos pocos pasos le separaban de la salida de la pequeña casa, pues constaba de un único cuarto.

Para su sorpresa, ya era casi mediodía. Lo último que recordaba, era estar recorriendo la linde del bosque de StorGronne, con el sol todavía débil. Había salido justo antes del amanecer de la última posada que había entre el corazón del bosque, y las verdes llanuras sureñas de Geanostrum. Esas en las que se encontraba ahora, si la memoria no le fallaba. Recordaba haberlas cruzado hacía por lo menos dos meses, cuando había viajado hacia el sur, después de pasar semanas como invitado de honor de la reina pirata más temible de la ruta thonomeriana. Sin embargo, aquella vez había pasado más por el oeste, casi en el límite del bosque de Physis.

Si el lejano olor de carne hirviéndose en caldo de vegetales le había hecho gruñir el estómago dentro de la casa, ahora le parecía el aroma más delicioso que había podido oler alguna vez. Alrededor de la vivienda había otras tantas más, hechas del mismo material, muy parecido a la madera de bambú. Todas parecían iglús de tonos marrones. Las había de distinto tamaño, lo que no había era gente. La única persona se encontraba en la intersección de los caminos, donde al parecer había una fogata. Nathan no necesitó acercarse para comprobar que se trataba de una mujer. ¿Sería ella la que lo había llevado hasta allí?

— Buenos días— saludó salvando la distancia que le separaba.

La mujer se puso de pie de inmediato, volviéndose hacia él. En una mano tenía una zanahoria y en la otra un cuchillo. Durante un momento, no dijo nada, sino que se quedó mirándolo. Nathan dejó de caminar, sospechando que la estaba asustando, sin embargo ella sonrió.

— ¿Os habéis despertado ya?— preguntó contenta, y ante la evidencia se sonrojó.

El anciano rio con ganas, señalándole las manos. Sus ojos, sin embargo, vieron una espada colgando en el costado de un cinturón.

— ¿Qué estás cocinando?
— Un caldo de verduras, pensé que tendríais hambre— respondió ella, de pronto apurada en terminar de cortar la zanahoria. — Os encontré inconsciente en el límite del bosque, ¿os habéis perdido?— preguntó agachada.
— Bueno, algo así. En realidad tenía intención de llegar a Tirian Le Rain, sin atravesar el bosque de Physis. A decir verdad… tenía cierto apremio por salir de StorGronne— explicó acercándose. Instantáneamente vio cómo se le tensaban los hombros a la cocinera. No estaba acostumbrada a tratar con extraños, y por la voz, no tendría más de veinte años.
» Nathaniel. Nathaniel Winston— se presentó. — ¿Vives sola?

Ella permaneció en silencio, por lo menos un minuto. Había tocado un tema sensible.

— Soy Corinne, de la tribu Amnell. Nathaniel… ese es un nombre extraño— dijo, como sospechando de que le estuviese mintiendo— De todos modos, aquí estaréis a salvo por hoy— indicó con frialdad. En cualquier otra situación, Nathan hubiera creído que lo estaban echando, pero esta era distinta.
— El tuyo, en cambio, es hermoso Corinne— prefirió obviar la otra parte. — ¿Eres tú quien me ha encontrado?
— Así es.
— ¿Y me has traído sin ayuda?— preguntó de nuevo, para saber si vivía sola. Las demás casas parecían abandonadas. — No es que piense que no eres capaz, es que si bien soy flaco, sigo siendo un tanto pesado para una muchacha tan grácil como tú— le explicó, conciliador. — Además, he visto cosas que no le deseo a nadie en ese bosque, y estamos peligrosamente cerca.
— Lo siento, Nathaniel, no estoy acostumbrada a las visitas de la nobleza— respondió ella, sirviendo la comida en dos cuencos de madera. — El bosque no molesta si no es molestado… hay cosas peores fuera de él.
— ¿De la nobleza?— preguntó él, a punto de soltar una carcajada. — Ay, muchacha, no te dejes amedrentar por mi ropa. No pertenezco a ninguna nobleza, soy un simple viajero— explicó manteniendo la sonrisa.

Definitivamente, la jovencita estaba sola, y no se sentía bien con esa soledad, aunque intentaba disimularlo con una fría indiferencia mal actuada. Tenía miedo de que Nathan representara una amenaza para ella, sin embargo lo había rescatado. ¿Quién sabe qué podría haberle ocurrido, tirado cerca de StorGronne? Después del almuerzo, se dijo, abandonaría el territorio de la tribu Amnell para no molestar más a su joven representante. Todo indicaba que había llegado en un mal momento.


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Re: Heredera de las llanuras

Mensaje por Nathaniel Winston el Mar Jul 21, 2015 5:45 pm

Por la sonrisa que ella le ofreció al pasar junto a él, supo que no la había convencido acerca de ser un simple viajero. ¿Por qué la gente tenía que ser tan prejuiciosa? Le gustaba vestir correctamente, a la antigua, y tenía ciertos ademanes que se correspondían a los que dictaba el protocolo de los círculos más poderosos. Eso no significaba nada. Simplemente tenía buen gusto. Sin embargo, la gente se movía a su alrededor, como si estuvieran ante la presencia de un conde, o algún otro miembro de alguna corte de Thonomer. Por supuesto, en general no le molestaba ese trato, después de todo le abría muchas puertas.

En algunas ocasiones, no obstante, reconocía que cerraba otras. La plebe estaba tan acostumbrada al comportamiento petulante, altivo y grosero de sus nobles, que rara vez pisaban el suelo por el que acababan de pasar estos últimos. A Nathaniel Winston en realidad no le gustaban los títulos de nobleza heredados, para él, el respeto debía ganarse. Y la inteligencia, era un noble camino para ganárselo, por eso disfrutaba más la charla de un campesino que buscaba progresar, que una que pudiera ofrecerle cualquier señor feudal seguro de que la sangre lo era todo. La sangre era solo sangre, y luego estaban las acciones, que determinaban quién era quién.

Cuando Corinne pasó junto a él, llevando los dos cuencos a la casa, le pidió que la siguiera. Una vez adentro, ambos se sentaron en una alfombra de rombos y otras formas rectangulares,  todas amarillas y grises. La joven le tendió una cuchara que él le agradeció inclinando la cabeza. Inmediatamente después probó el caldo. Por un momento se quedó mirándola con los ojos abiertos, hasta que las primeras lágrimas empezaron a caer.

— Estaba caliente— explicó risueño, consciente de que eso la haría reír. Y así fue. — Pero delicioso, nunca había probado algo tan… tan así— le aseguró llevando otra cucharada a la boca. Esta vez sopló.

Corinne parecía muy joven al sonreír. Su cabello castaño oscuro le caía hasta los hombros. Por la tez levemente olivácea, parecía tener procedencia shike o incluso deseh, pero la forma almendrada de sus ojos no le dejaban mentir, era descendiente de cites. Su ropa, sin embargo era inconfundible. Nathan, que había pasado un buen tiempo navegando en las costas cercanas a Malik-Thalish, reconocería la vestimenta mhare por el resto de su vida. Llevaba un vestido rojo, con líneas angulares amarillas y celestes en el cuello. Un lado de la parte de arriba, iba sobre el otro, haciendo que quedara una pequeña u en el cuello.

La parte baja, era un poco menos típica. Pues si bien el vestido llegaba por debajo de las rodillas, en los costados tenía unas aberturas que llegaban casi hasta las caderas. Un fajín anaranjado sobre el vientre, le ayudaba a estilizar la figura, además de permitirle hacer buen uso de dichas aberturas. Pues estaba claro que estas estaban allí para permitirle un buen movimiento. Debajo del fajín, llevaba un cinturón angosto, de tonalidad marrón, que parecía estar hecha de cerdas más que de cuero. Todo en la muchacha representaba la forma de vida de las llanuras. Lo único que parecía fuera de lugar, era la espada corta que colgaba de ese cinturón.

— Así lo hacía mi padre— respondió con una sonrisa mermada. — Veo que estáis de viaje, ¿qué os trae a las llanuras?— inquirió para cambiar el tema.

La había visto en su última visión. Ahora estaba seguro que se trataba de ella pero, ¿qué podía decirle? Si le contaba que la había visto morir de por lo menos diez formas distintas, estaría abusando de su desinteresada acogida. Además, la profecía no era determinante, ni siquiera sabía si terminaría sucediendo. Antes de poder responderle, un estruendo retumbó tan fuerte que el anciano se puso de pie, creyendo que se trataba de algo que había explotado dentro de la casa. Pero si él se había parado rápido, ella lo había hecho aún más. El sonido había provenido de afuera, y la joven lo sabía.

— ¿Qué ha sido eso?— preguntó de camino a la puerta, pero antes se volvió a Nathan. — Voy a ver qué pasa, señor Winston. Esperadme aquí por favor.

Tras hacerle el pedido, abrió la cortina que funcionaba de puerta. Su invitado no le hizo casi, sino que la siguió, pero antes de cruzar el umbral, ella ya estaba de regreso.

— ¡No! ¡bandidos! ¡otra vez bandidos!— gritó fuera de sí. — Deben de haber bajado de las montañas Riban. Espero que los pocos que quedaban ya se hayan marchado, querrán llevarse todo lo que dejaron atrás…

¿De qué hablaba? Los que quedaban tendrían que ser los demás miembros de su tribu, sin embargo Nathan no había visto nada que indicara que vivían otras personas allí, salvo las casas vacías. Si hablaba de bandidos otra vez, entonces ya estaba acostumbrada a tratar con ellos. Probablemente, esa era la razón por la que ya no quedaba nadie.

— Tengo que detenerlos, como sea. He visto a tres hombres, si no vienen más, me las podré apañar sola. Aquí no correréis peligro, milord.

Un poco aturdido por toda la información que ella le había dado la tomó de ambos brazos y la zarandeó con ligereza.

— Espera un momento muchacha. Deja de hablarme como a un señor, ya te he dicho que no lo soy. Además, piensa un poco en frío, hay tres hombres armados afuera y quieres enfrentarlos sola, yo puedo ayudarte pero no he visto a otros miembros de tu tribu. ¿Vale la pena?— le preguntó sosteniendo la mirada.

Ella se había quedado muda, aunque Nathan no supo si se debía por la forma por la que le había hablado, o porque la había tocado. De todas formas no la soltó, sino que adoptó su mejor cara de sabio para generar confianza. Sus cejas se arquearon, expectantes, mientras la miraba desde arriba.

— Estas casas son todo lo que queda de mi tribu, no dejaré que las deshonren unos sucios bandidos— espetó alzando la barbilla, sus ojos marrones brillaban con furia. — Además tu espada es decorativa y no tengo otra, y ellos pueden ser peligrosos.
— Son peligrosos, hija. No tienes ni idea de lo que pueden hacer tres hombres acostumbrados a la barbarie, con una joven como tú— la reprendió. — Si la batalla es necesaria, entonces te acompañaré. No estoy indefenso, y tengo ciertos conocimientos que pueden serte útiles.

Corinne no se opuso, a pesar de que no le había entendido. Tenía una vena muy protectora, además de carismática, pero también respetaba las decisiones ajenas. El anciano la observó con interés, pues no se movía como cualquier muchachita de quince o dieciséis años. Aunque todavía no se había hecho con la espada, sostenía la funda plateada con la mano izquierda. La otra se adelantaba como preparándose para desenvainarla. Tenía práctica con el arma, y no temía usarla, no por nada había decidido enfrentar la amenaza antes que huir. Sin embargo, aún estaba por verse si esa práctica no le hacía cometer un error.

La joven cruzó la abertura de la puerta.

— Si quieres ayudarme, me vendría bien un par de ojos. Pero quédate cerca de mí, Nathaniel. Yo te protegeré.


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Re: Heredera de las llanuras

Mensaje por Nathaniel Winston el Miér Jul 22, 2015 5:11 pm

La posada estaba al límite. Por momentos parecía que si entraba tan solo una persona más, las paredes se caerían por la presión. Sin embargo, continuó recibiendo clientes a cada minuto. No por nada era la más famosa del sur. Por lo que sabía, había otras tantas tabernas a lo largo del camino que dirigía a los bosques de Efrinder, pero había viajeros que preferían dormir temprano en “La Casa Real”, y despertarse más temprano que cualquier otro, para hacer de esa su última estadía en Geanostrum. Es que el trecho que separaba la célebre posada de StorGronne requería más de una tarde a lomos de un buen caballo.

No era la primera vez que pasaba por la ciudad, aunque las anteriores habían sido extraoficialmente. Por lo tanto, no le sorprendió en lo absoluto que el mesón se hubiera llenado incluso a esa hora de la tarde. Como caballero de Bren, tenía una misión de urgencia, a la cual no había declinado solamente porque se la había dado su señor en persona. Y no se la había ordenado, en su estado apenas podía hablar. El marqués le había pedido un favor al que él no había podido rehusarse, después de todo, era su señor. Y siempre había sido mejor que otros, a tal punto que antes de enviar a sus emisarios, esperaba obtener la opinión de estos.

Cuando el marqués le preguntó qué pensaba de su búsqueda, él le había prometido viajar con rapidez. Había cruzado los pasos montañosos, los bosques y las zonas urbanas como si no hubiera un mañana. Ahora que estaba cerca de terminar la búsqueda en cuestión, tenía una sensación rara en el pecho. No sabía que estaba a punto de encontrar, y lo que era peor, no tenía con quién compartir su preocupación. Todavía no entendía por qué su señor había enviado a Aidan con él, aun sabiendo que ambos eran como el agua y el aceite. Reconocía que su compañero de armas era un buen combatiente, pero eso lo llevaba a cometer equivocaciones. Grandes equivocaciones.

Ahora que estaban bebiendo cerveza en un rincón de la atiborrada posada, él quería repasar los planes otra vez, pero su compañero estaba… ocupado en otros asuntos.

— ¿Estás segura querida mía?— preguntaba Aidan, muy inocentemente, a una de las mozas que repartían las bebidas— ¿a tu compañera dices? ¿yo? Debe haber algún error, porque estos ojos han sido hechos solo para admirar tu belleza.

La muchacha lo fulminó con la mirada y se fue arrastrando los pies directamente hasta la barra. Ni siquiera se volvió para atender los pedidos de otros huéspedes. Ni bien se alejó, el joven caballero se giró hacia su compañero.

— ¿Puedes creerlo, Dayan? ¡Me acaba de rechazar!— fingió algo parecido a estar ofendido, pero luego agregó: — Creo que me he enamorado.

Cuando Dayan levantó la vista del mapa, el otro ya estaba mirando a la barra otra vez, como esperando a que la muchacha lo viera para hacer alguna de las suyas.

— ¿Es que nunca te cansas Aidan? Deja a la pobre en paz, y repasemos otra vez el plan.
— Repasar otra vez… otra vez, ¿cuál vez es esta? ¿la vigésima?—preguntó con sorna.
— La vida del marqués puede depender de que encontremos lo que estamos buscando— le riñó, señalando el mapa. — He estado en esa zona hace un año, pero no recuerdo haber visto los yurta emplazados allí, ¿y si no está?
— Pero si ni siquiera has visto la hermosura que rodea a aquella doncella— protestó el más joven—, seguramente pasaste por allí pensando en tu misión, y no viste los yurtas.

Dayan, cansado, golpeó la mesa con ambas manos abiertas. Tal fue el estrépito, que la gente alrededor se cayó por un momento. Como vieron que nadie reaccionaba, volvieron a sus asuntos rápidamente.

— Ya, ya. Repasemos los planes una vez más, pero que sea la última— dijo Aidan, como si estuviera retando a su compañero.

A veces no lo entendía. Ni sabía qué cuestión había llevado a los instructores a convenir en que estaba preparado para representar a Bren junto a los otros caballeros. Era arrebatado, testarudo e inmaduro. Lo único rescatable, era que nunca le faltaría el respeto ni a él ni a otro caballero. Era como si, de alguna manera, supiera que no se merecía el mismo rango de sus camaradas. Por eso se le podían reprochar sus actitudes sin riesgo de transformar la situación en un conflicto serio. En un enfrentamiento de egos. De todos modos a Dayan no le gustaba aprovecharse de la docilidad de su compañero. Si los instructores le habían dado el visto bueno, y el marqués lo consideraba apto para la misión, no tenía razón para ponerlo en dudas.

Solo tenía que armarse de paciencia, y obviar las pullas de Aidan.

— Cuando lleguemos, es posible que sea tarde— comentó señalando una enorme equis negra marcada al límite de Efrinder. — Por lo que he podido averiguar, el camino que conectaba las tierras del sur con Tirian-Le-Rain, ha sido desplazado hacia el oeste de las montañas.
— Es posible, como también lo es que lleguemos a tiempo— marcó Aidan—, no tenemos que preocuparnos. Ya veremos qué hacer cuando estemos allí.
— No podemos perder ni un minuto más, si llegamos y no hay nadie, tendremos que explorar varios kilómetros a la redonda hasta encontrar el asentamiento. Y eso si lo encontramos.
— Pero hablándolo aquí y ahora no lo haremos, ¿verdad?— sus ojos verdes seguían el movimiento de caderas de la última mesera a la que le había hablado. Con ella iban tres.

Dayan ignoró la aparente falta de interés del otro caballero.

— No, no lo haremos— concedió— pero por lo menos estaremos preparados frente a la posibilidad.
— Puedo ir por el este, por la costa— señaló en el mapa, sin mirar. Dayan se preguntó si había sido suerte.
— Si nos separamos y nos encuentran los bárbaros de Riban, difícilmente salgamos ilesos. Ellos siempre se mueven en grupo, y aunque no hacen previsiones, tienen mucha práctica.
— Es cierto, pero siguen siendo bárbaros, y nosotros dos caballeros de Bren— apostó Aidan, sonriendo. Después bajó la mitad de la jarra de cerveza de un trago.
— Aun así, no les daremos la ventaja numérica. Juntos podemos enfrentar un buen grupo, pero si nos rodean de a uno… será más difícil— sentenció. — Saldremos hacia el mediodía, no estamos lejos. Tal vez a un día de a pie, con los caballos llegaremos a media tarde.
— Creo que le preguntaré a Fiora qué opina de todo esto.
— ¿Fiora?— inquirió Dayan frunciendo las cejas.
— El amor de mi vida, Fiora— respondió Aidan, señalando a la joven mesera. — Ay, Dayan, ¿ni siquiera sabes el nombre de la mujer de tu amigo? ¿de tu hermano?

El muchacho se puso de pie apoyando ambas manos en la mesa, mala señal. Había estado bebiendo durante la última hora, después de montar todo el día de camino a la ciudad, y la comida que acababa de comer todavía no había fortalecido su cuerpo. Estaba ligeramente débil, y el alcohol actuó con un poco más de fuerza que lo habitual. Esto no pareció detenerlo de camino a la barra, donde se puso a charlar con el tabernero. Por la mirada de… pocos amigos, que le devolvió este hombre al principio, se trataba de algún familiar de la mesera. Después de unos minutos, sin embargo, ya se reía con las historias que le contaba Aidan.

Mientras su compañero se divertía, Dayan salió de “La Casa Real”. Una vez fuera, dejó que el aire fresco se llevara buena parte de sus preocupaciones. Como no podía explorar debido a la oscuridad que ya reclamaba sus horas diarias, se acercó a su caballo, y se aseguró de que este estuviese cómodo. Tras revisar el enorme recipiente con agua que tenía adelante, le dio una manzana como premio por su buen comportamiento. Se quedó un rato acariciándole el morro, aunque sus pensamientos no estaban puestos en el animal, sino en la tarea que se le había encomendado. Sabía que estaba ante otra noche en la que no podría dormir.

¿Y si estaba marchando hacia su peor fracaso?


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Re: Heredera de las llanuras

Mensaje por Nathaniel Winston el Vie Jul 24, 2015 9:05 pm

La joven se precipitó resoluta como una sombra siguiendo a su dueño. Ella… ella no tenía uno. Estaba acostumbrada a la libertad que ofrecían las verdes llanuras. No por nada eran llamadas “tierras libres” por quienes habitaban el sur de Tirian-Le-Rain, la última de las grandes ciudades de Thonomer. Allí, seguramente, cualquier muchacha habría buscado un soldado o algún miembro de la guardia para que se encargara de los bandidos. Sin saber que, ese mismo hombre podía ser peor que los agresores en determinadas condiciones. Poniendo ambos casos en perspectiva, las diferencias entre ambos estilos de vida, quedaban reducidas por los peligros que entrañaban.

Corinne podía tener experiencia en el combate, pero nunca había demostrado su valía, y eso la estaba consumiendo por dentro. Se notaba en la pose que había tomado para buscar a sus rivales. Su compañero, que la seguía con paso seguro, veía que los de ella no lo eran. Había tomado una posición entre defensiva o agresiva, que él había visto otras veces en algunos mhares. Sin embargo, sus hombros estaban demasiado tensos, y al dar cada zancada con las piernas flexionadas, se notaba que había una lucha en su interior. Posiblemente, su parte racional le pedía que diera media vuelta mientras pudiese, pero su corazón la obligaba a seguir.

Ella siguió.

Nathaniel avanzaba con la frente en alto, sus ojos eran azules pozos profundos donde residía alguna extraña energía. Eso fue lo primero que le mostró al primer bandido. El hombre, el tercero del grupo que estaba metiéndose en una de las casas más grandes, en el lado opuesto del hogar de Corinne, que era la última del este, se volvió al verlos. El susto le duró uno o dos segundos, y fue reemplazado por desconcierto. Evidentemente, no esperaba a nadie. Al echarle una mirada a la joven de la tribu Amnell, sonrió como idiota y llamó a los otros en una lengua que Nathan no entendió, pero cuya pronunciación le recordó al común antiguo.

Otro hombre asomó la cabeza mirando en dirección a Corinne y también empezó a reírse. El anciano, que los veía desde arriba de la cabeza de la joven, arqueó una ceja. Su mano estaba apoyada en el hombro de su compañera, para infundirle valor.

— No son bienvenidos en la tierra de la tribu Amnell— espetó la muchacha, irguiéndose con suficiencia.

Raudamente, el hombre que se había asomado salió hecho una furia. No había ni un ápice de diversión en su risa anterior, y ahora Nathaniel entendió que era solo burla. El otro sí se había reído de verdad, pero ese ya no importaba. Su colega lo adelantó, visiblemente molesto por las palabras de Corinne. Iba vestido con unos pantalones verdes raídos, botas cortas de color marrón como un peto de cuero que llevaba bajo una hombrera metálica. Esa era la única pieza que realmente lo protegería de una espada. Su cabello rubio, desprolijo, estaba sujetado por un fajín también verde musgo, como la camisa. Tenía el rostro sucio, pero era de tez blanca.

En la mano izquierda sujetaba un enorme hacia que levantó para señalar a la joven.

— ¿Quién te has creído?— soltó, casi escupiendo. — ¿Tienes idea de quién tienes adelante?

Al sentir el enojo del que parecía ser el jefe, el único bandido que aún no había salido de la casa también surgió como antes lo había hecho el otro. Nathan le apretó el hombro a la chica para que no le respondiera más.

— Tenemos a dos cadáveres parlanchines adelante… lo que me resulta raro, pues mi nigromancia nunca me había permitido reanimar a tantos muertos juntos— anunció bajando una octava de su voz, aún más profunda de lo que siempre era.
— Nigro… ¡un brujo!— exclamó el hombre que había quedado adelantado por su jefe.

El otro, así como había asomado la cabeza, volvió a meterse en la casa, dejando a sus dos cómplices sin su ayuda. Si el líder dudó en algún momento, pronto lo ocultó tras su furia, y se volvió hacia el otro como advirtiéndole que ni pensara huir sin dar batalla. Incluso Corinne se giró para ver si el anciano decía la verdad. Sin embargo, solo encontró una máscara de fría indiferencia a lo que podría pensar ella. En el fondo. Muy en el fondo, Nathaniel Winston esperaba que la muchacha no se creyera ni una palabra, y no supo si fue así en el momento, pero ella se quedó donde estaba. Se había vuelto otra vez para enfrentar a los bandidos.

— Pensaba darte la oportunidad de correr a cambio de la zorrita nómade, viejo sucio, pero ahora morirás por mentiroso— aseveró.
— No creo que eso sea lo que terminará pasando, pero bien puedes intentarlo— respondió con una sonrisa en su boca. Solo allí, pues sus ojos no demostraban emoción alguna.

Como respuesta, el hombre dio un paso adelante, y Corinne, uno hacia atrás. Nathan hizo de muro, para que la chica no mostrara su miedo. Ya era tarde para correr, se lo había advertido, eran peligrosos. Solo quedaba enfrentarlos, y sobrevivir a la batalla.

— ¿Acaso crees poder resistir ante Batta la Bestia?
— Tu arma es más ligera, maniobrable y letal que su hacha— le confió a Corinne, en voz baja, ignorando premeditadamente a su oponente. — Solo tienes que esquivar su primer ataque, le llevará tiempo preparar el próximo…

La joven asintió, no obstante, no esperó a que el hombre se acercara, sino que ella misma salvó la distancia que le separaba.  Cuando estaba a tres o cuatro pasos, se detuvo, pues su rival ya empuñaba el hacha con ambas manos dispuesto a blandirla contra ella. En vez de lanzar un corte con el filo del hacha, la usó como podría haber usado una lanza… o inclusive una masa. Intentó golpear a la cabeza de Corinne, pero ella ya se había movido hacia la izquierda, por lo que el arma pasó a unos centímetros. Contra todo pronóstico, el bandido también se movió hacia la derecha, cortándole el paso y cualquier estrategia a la chica.

Nathaniel los rodeó, sin quitarle los ojos de encima a su compañera, por esta necesitaba ayuda. Le sorprendió gratamente ver cómo el acostumbrado guerrero no podía alcanzarla a ella, más rápida, joven y menos ligada a experiencias anteriores. Cuando estuvo lo suficientemente cerca del otro bandido, y este estaba por desenfundar su espada, se detuvo. Mostrándole la palma de la mano que no sostenía el bastón, le habló bajando la voz una octava, como habría hecho con una bestia asustada y acorralada a punto de atacar. Los segundos siguientes fueron clave y transcurrieron con la lentitud a la que estaba acostumbrado al desatar su don.

Nathan cerró la mano dejando solo el dedo índice fuera del puño, señalando la frente del enemigo. Inmediatamente, un trueno silencioso hizo temblar la tierra, y un halo de luz salió del dedo del anciano para meterse en la cabeza de su adversario. Naturalmente, supo el momento exacto en el que el pobre desgraciado comprendió que no podía moverse. Seguro de sí mismo, salvó la distancia, tomó la empuñadura del sable deseh que esperaba a un costado del hombre, y con esa arma le atravesó el estómago. La parálisis momentánea no le dejó caer hasta que el viejo mago ya estaba lejos de nuevo.

El efecto secundario de la magia al ser liberada, ese ruido seco y silencioso que perforaba las mentes de los presentes, había hecho que Corinne y su oponente dejaran de pelear. El jefe bandido, había visto lo que acababa de pasar, pero no lo acobardó, sino que tuvo otra secuencia: lo enfureció todavía más. El pobre tonto cometió el primer error, y el último, al hacer girar la enorme hacha en sus manos para situar el filo en posición de ataque. Y lanzó un tajo en dirección al hombro de la joven, para despacharla rápidamente, sin darse cuenta que ella era más rápida que él. De todas formas, el filo pasó rozando el brazo de Corinne, sin terminar de dañarla. Solo le dejó un raspón que no le dolería sino hasta después de la batalla.

Sin esperar a que él reaccionara, ella se había movido un poco hacia el costado. Como era de esperarse, la formidable y gruesa hoja terminó su trayecto clavándose en la tierra. ¿La del fino estoque de Corinne? En el corazón de él. La chica se quedó sujetando su espada durante unos cuantos segundos, mientras las pupilas de él se contraían. Quizás hipnotizada al ver cómo se despedía del mundo, la primera vida que quitaba. A Nathaniel le pareció aún más joven de lo que era,  cuando las lágrimas brotaron de sus ojos oscuros. Sin dudarlo, se le acercó por atrás, y la tomó de los brazos, para ayudarle a sacar el arma. El cadáver había quedado de rodillas, con una expresión de confusión que acompañaría a su asesina hasta el último día de su vida.[/color]


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