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Por unas monedas

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Por unas monedas

Mensaje por Mayla Erulaëriel el Mar Ago 04, 2015 10:41 pm


El golpe que le asestó aquel hombre en la cabeza con la planta del pie fue tremendamente doloroso, la sangre corría de su cuero cabelludo, de su nariz y de la comisura de su labio inferior, tenía el pie contra la cabeza de la elfa, quien estaba tirada en el suelo mientras agarraba la bota de este, no veía como quitárselo de encima, a cada segundo el corpulento hombre presionaba más contra el suelo, Mayla soltó un grito desgarrador, sentía que le iba a partir el cráneo, mientras que aquel humano, robusto y hediondo se carcajeaba y escupía sobre ella, de no ser porque necesitaba dinero en ese momento no estaría haciendo aquello tan humillante, y también, si hubiera escuchado atentamente a aquel buen hombre, tal vez tampoco estuviera pasando por aquella situación, pero lo echo, echo estaba y no podía cambiar eso.

- ¿Disculpe, sabe usted donde queda el próximo pueblo? -
-Ah, sí claro, sigue el sendero, lo encontraras a la vuelta… ten un buen día-

Le dijo el buen hombre, quien siguió su camino sin esperar más preguntas por parte de la encapuchada, la cual se dio media vuelta y siguió las indicaciones sin decir gracias, no tenía ganas de hablar, llevaba ya dos días sin agua ni comida y solo tenía una moneda de plata en el bolsillo, en el último pueblo la posada le había salido bastante cara y también las comidas, sin mencionar que se le olvido llenar el odre de agua en el último rio por el que pasó hacía ya dos días.
Como lo indicó aquel hombre, después de varios minutos de caminar bajo el sol con el sonido de las cigarras de fondo, que por cierto no ayudaban nada a olvidar el calor, se avistaba la cuidad, no era diferente de las que había pasado antes, tres años fuera de Erinimar le habían enseñado que a donde fuera que fuese, la gente es gente y el polvo, polvo, eso no iba a cambiar en ningún lado.

La elfa no podía pensar con claridad, apostaba a que su cara se estaba poniendo roja por la presión que ponía su enemigo sobre el costado de su cabeza, mientras que ella trataba de quitarse el pie de aquel gordo de encima, se sentía desesperada y pataleaba tratando de hacer algo. Como música de fondo se escuchaban los fuertes gritos enardecidos de la multitud en las gradas, gritos de apoyo hacia el grandullón e insultos hacia la elfa que estaba llena de barro hasta los huesos, de tierra y quien al fin y al cabo solo estaba haciendo aquello porque necesitaba dinero para continuar con su viaje, un viaje más pesado de lo que había imaginado, teniendo que trabajar para ganar dinero, no sabía lo pesado que podía ser eso, además el hecho de ser fémina lo cambiaba todo, el mundo estaba regido por leyes de hombres machistas, que solo pensaban en defender sus ideales… ¿y dónde estaban los derechos de las hembras? ¿Solo servimos para sacar y cuidar a sus crías? Eso no era justo…

Mayla entro a la cuidad, moría de hambre y el estómago le rugía muy vergonzosamente además, el calor del sol hacia que se sentirá peor con respecto a su sed, se adentró en las calles esquivando a la gente que pasaba y a los vendedores a lo largo de la calle, de echo, a ella era a quien más le ofrecían en los puestos de comida,  pues iba con la cara pálida y decaída. Después de caminar un poco subió la vista para ver algún cartel de posada mediocre que le ofreciera un poco de comer y una habitación con cama por una moneda de plata, ¨El tercer ojo del cuervo¨ decía en el letrero y con letras más pequeñas abajo ¨Posada-taberna¨ no se veía tan destartalada cuando se paró frente a las puertas de la primera sala, adentro estaba algo vacío, solo uno que otro borracho tirado, del techo colgaba un ventilador que daba algunas ráfagas leves de aire para contrarrestar el calor, entrar a aquel sitio fue muy relajante, tanto que Mayla enseguida se sacó la capa y al sentarse la dejo en la barra junto con el macuto, pero este último luego pasó al piso.

En la barra se encontraba el tabernero, puliendo el cristal de los vasos con un trapo blanco, no parecía tan mayor desde lejos, sin embargo cuando Mayla termino de acomodarse le dirigió una sonrisa, una sonrisa que hizo que se le marcaran las arrugas de la cara y se le vieran los años de experiencia de humano, aunque bueno si aquel tabernero tuviera cincuenta o cuarenta años eso solo sería comparado con un día en la vida de un elfo.
El tabernero se acercó al lugar de la elfa mientras que seguía sacándole brillo a algo que ya estaba limpio desde hacía unas cuantas horas.

- ¡Vaya que esplendido!, no acostumbramos a ver elfos en Faircoast ¿qué le trae por aquí? -
Mayla por un momento no dijo nada, no le interesaba saber el nombre de la cuidad.
- Bueno, dígame, buen hombre, ¿Cuánto seria por una comida? -

El tabernero la vio enarcando la ceja pues esta había evitado la pregunta, y él pensaba que los elfos eran las personas más respetuosas sobre el planeta, sin embargo no dejó de sonreír.
- Diez monedas de cobre por un estofado pero si le agrego carne y cerveza sería una de plata, claro eso sin contar la cerveza - le dijo de manera gentil.

Mayla podía costearse eso con la única moneda de plata que le quedaba, pero no lo quería gastar todo, si se quedaba en la quiebra definitivamente no tendría ni para una comida en la cuidad. Así que con la voz áspera y la garganta seca pidió al tabernero que le sirviera un buen estofado sin carne y un vaso de agua, era lo mínimo que podía pedir para que le quedara dinero para unas cuantas comidas más. Entonces, cuando el cocinero más tarde le traía la jarra con agua se dignó a hablar.

- Dígame, ¿hay algún buen trabajo que de una suma considerada por estos lugares? -
Preguntó sin más cuando en seguida se llevó la jarra a la boca y le dio un buen trago. El agua refrescó su garganta seca y al bajar por su tráquea se sintió exquisitamente bien. Aquel tabernero la miró casi con malicia, intentando ver a que trabajo se refería... era una mujer claro, pero se detuvo a mirarla por otro segundo, fue entonces cuando aquel hombre de robusta pansa y barba poblada se fijó en sus armas, el arco y el carcaj, aunque no alcanzo a ver su espada y su daga, en ese momento cuando intento determinar lo que estaba viendo no dijo ninguna palabra.

Por el aire comenzaba a distribuirse el olor a estofado y a caldo caliente, en cuanto el tabernero le llevó el cuenco a la barra y le dio una cuchara, Mayla comenzó a engullir aquel delicioso guiso, la primera cucharada le supo a gloria y la segunda al festín de los más grandes reyes, la elfa estaba muy enfrascada en su comida mientras que el tabernero por fin hablo de nuevo.

- Veo que tienes armas y supongo que estas acostumbrada a pelear…-
Dijo con voz áspera e hizo una pausa, mientras que Mayla seguía tomando más de aquella sopa.
- Hoy en unas horas se celebrara un torneo y por ganar se ofrece una cantidad de cien monedas de oro… -
Decía el tabernero mientras que iba de vuelta frente a la elfa y se ponía a limpiar y sacarle brillo a otro de los vasos con el mismo trapo blanco. Al escuchar la cantidad la elfa casi escupe el guiso…
- Pero ya sabrá usted ¿no? -
- Yo no sé nada, acabo de llegar, buen hombre… - dijo en cuanto recobro la postura.
- Bueno en ese caso ni se moleste, mejor busque otra cosa en la que trabajar… estas cosas de los torneos son matanzas puras, la sangre destila de entre las murallas del coliseo y los pies de la población se llenan de sangre y suciedad, yo no recomendaría un lugar así para un elfo. - la voz del tabernero había pasado de amable a casi hostil y muy preocupado.
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Mayla Erulaëriel

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