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Mensaje por Ramlidé el Dom Ago 30, 2015 3:15 am

Todavía recuerdo mi primer encuentro con la civilización: Acababa de salir de la jungla tras marcharme del asentamiento de mi tribu cuando lo vi, un “enorme” asentamiento humano que me dejó alucinando. Ciertamente, no era más que un pequeño pueblo y es que acostumbrado a una vida tribal, cualquier cosa te impresiona... no os imagináis mi reacción al ver por primera vez una ciudad...

Aquel lugar era un pequeño pueblo de leñadores, su dueño, un comerciante de media talla que se ganaba la vida vendiendo la madera que sus subordinados cortaban. Entré en aquel poblado sin demasiada idea de lo que estaba haciendo, pero era un lugar más o menos iluminado y se veía cálido, era de noche y hacía algo de frío, así que no me quedaban muchas más alternativas. Mis primeros pasos fueron desconfiados, atento a todo lo que ocurría, con cuidado de no toparme con nadie a lo largo de las calles, por suerte, la noche es la mejor aliada para un ladrón y aunque por aquel entonces no era ese mi oficio, pronto le cogería el gustillo.

Mi primer robo no fue limpio precisamente, tampoco exitoso, lo cierto es que mucho he aprendido desde entonces. Fui a la “casa” más grande, la que resultó ser un almacén y aunque estaba oscuro, desde la ventana se podía ver una luz proveniente de una lámpara de aceite -”¿Qué demonios era esa magia?”- me preguntaba yo. Dicha luz alumbraba parte de la gran cantidad de leña apilada, lista para ser usada, yo de ingenuo creí que no había nadie allí dentro y sin tener demasiado claro por donde entrar, de una pedrada rompí el cristal de la ventana y entré como Pedro por su casa.

No me dio tiempo a dar muchos pasos antes de que uno de los matones del mandamás me echase un grito: “¡Eh tu! ¡Rata de alcantarilla! ¡Cuando te pille te voy a destripar!”, yo no fui capaz de entender nada de nada, pero estoy seguro que me dijo algo parecido a eso. Como no pudo haber sido de otra manera, el gorila me acorraló, y me agarró tan fuerte por el cuello que en todo momento tenía la sensación de que me iba a desnucar, no se de cuantos golpes estamos hablando cuando os cuento que me dio una paliza, no digo que hayan sido muchos, digo que tras el primer golpe ya perdí el conocimiento por lo que no se cuantos han sido.

Me desperté a la mañana siguiente, a aproximadamente medio kilómetro del pueblo y aunque me daba miedo volver, ya no tenía más opción, estaba lleno de moratones y seguramente tenía un par de costillas rotas, por no hablar de una ceja partida y un ojo que no era capaz de abrir, en ese momento, creí que me iba a quedar tuerto de por vida. De camino, me encontré con un viejo pellejo, que con una actitud muy amigable, me ayudó; no se si es por que era pastor como yo o por que estaba desesperado, pero confié en él. Hice bien en hacerlo.

En su casa me trató como nadie había hecho nunca y como nadie volvió a hacer jamás, el entrañable viejo me escondió en su casa, me alimentó, me dio abrigo y poco a poco, mis heridas curaron. Pero lo que más valoro, es que me enseñase a hablar el idioma de los humanos y, sobretodo, que me leyese libros de cuentos que tenía en su casa. Por desgracia para mi y, sobretodo, por desgracia para él, antes de que pudiese enseñarme a leer, la palmó. Estaba como al principio, sólo que ahora sabía de las costumbres humanas, sobretodo las que incumbían a ese pueblo.

Cuando el viejo la palmó, no me quedó más remedio que esperar a que fuese de noche, a altas horas de la madrugada, lo saqué de casa de la forma que mis fuerzas me lo permitieron: arrastras. Lo llevé a un rio cercano y lo tiré al agua, el viejo nunca me llegó a hablar de las costumbres humanas con respecto a la muerte, pero en mi tribu, a los muertos se los tiraba al rio, él no iba a ser menos. Sólo me pesó no tener un chamán a mano para hablar con su espíritu y darle las gracias. La verdad es que desde entonces tengo bastante simpatía por los viejos, sobretodo, por los viejos sabios como él.

Mi siguiente paso trataba de venganza, ya sabía que ese era un pueblo de leñadores a cargo del Señor Arturo, un tío adinerado que se aprovechaba de las gentes que allí vivían. Yo no quería ser leñador, tampoco pasar allí el resto de mi vida, el viejo me habló de las ciudades, de  los mares, el desierto, de todas las maravillas que Noreth tenía para sus habitantes, me habló de tierras hechas completamente de hielo... y aun a día de hoy creo que sobre eso en concreto me mintió, pero yo quería ver todo lo demás, me fui de la jungla por algo, no me iba a quedar en el pueblo a intentar malvivir como hacía allí. El hecho de que me quisiera largar, sólo facilitaba mi venganza, tan sólo tenía que planearlo bien, el objetivo, el Señor Arturo y más concretamente, su dinero.

Sabía donde estaba su casa, por lo tanto, sabía donde estaría él durante la noche, lo que no sabía era donde tenía el dinero. Tras una semana vigilando su casa día y noche, con muchísimo cuidado para evitar que nadie me viese, agazapado en las esquinas y debajo de cualquier piedra, me di cuenta que todos los días hacía lo mismo, se pasaba el día fuera y por la noche volvía, por desgracia, tenía a un par de matones con muy mala leche que estaban todo el día tras él vigilándole la espalda, el costado y el frente. Supondría un riesgo muy grande intentar robarle a él, pero valía la pena y aunque sólo pensar en que me podrían coger me hacía temblar las piernas, lo intenté, no se si por heredar un pedazo de estupidez de algún antepasado orco, o por que mis ganas de vengarme eran más grandes que mis ganas de conservar la cabeza sobre mis hombros. El caso es que un día, o más bien, una noche, puse en  marcha un cuidadoso plan:

La primera noche rompí una de las ventanas del almacén, la noche siguiente, rompí otra, a la siguiente, otras dos. Todas las veces lo hice con mucho cuidado, evitando ser visto e incluso oído, tan sólo quería que escuchasen la ventana romperse. ¿Un fantasma? ¿Una maldición? ¿Unos gamberros demasiado hábiles? No se lo que pensaron los centinelas del Señor Arturo, lo que si se, es que no estaban cómodos con esa situación, cada día iba con más confianza, toda su rudeza se equiparaba con su estupidez, me resultaba muy fácil engañarlos y huir sin ningún problema, todo el miedo que les tenía se había ido por completo, al menos, mientras no me cogiesen. ¿Qué buscaba yo con todas estas acciones tan cronometradas? Que aumentasen la vigilancia, cada noche a, más o menos, la misma hora, estaba yo allí rompiendo ventanas, rajando las parades de madera con las palabras: “Tontos del culo” o sencillamente tirándoles piedras a los matones desde la segura oscuridad de la noche.

Todas las noches contaba cuantos guardias estaban vigilando el almacén, al principio era uno, el cabrón que me dio la paliza, luego eran dos, pues uno de los perritos falderos del Señor Arturo se había sumado al club, la noche en la que conté tres, no hice nada, al menos, no en el almacén. Me fui derechito a la casa del Señor Arturo, pues sabía que no había guardias allí. Me llevé un cuchillo de la casa del viejo y un saco.

Allí estaba yo, frente a la casa del ricachón al que le iba a robar las pelas, me conocía la fachada de la casa como la palma de mi mano, tenía un balcón que daba al dormitorio principal y aunque no lo sabía, era mi mejor baza, pues la ventana estaba abierta esa noche y por aquel entonces, yo no le daba a la ganzúa. Escalé la fachada sin mucha dificultad gracias a  una columna sobre la que se asentaba parte del segundo piso. Entré y allí lo vi, durmiendo tranquilamente. No había desarrollado aun el arte de fisgar sin hacer mucho ruido, así que consciente de que estuve a punto de despertarlo un par de veces, o eso creí yo en el momento, decidí despertarlo yo, con filo al cuello, utilizando el viejo método de la coacción. “A ver, joputa, me vas a decir donde tienes guardas las pelas”, debí sonar muy convincente, por que al cagazas casi le da un infarto.

Me indicó muy amablemente donde tenía el dinero y llené el saco casi hasta la mitad, lo cierto es que pesaba bastante y sin tener claro si me llevaba mucho o poco, escapé de allí lo más rápido que pude. Fue un buen golpe, con ese dinero pude viajar a Phonterek y vivir allí sin robar durante bastante tiempo. Elegí un buen destino, la ciudad de los mercaderes... parece que fue el destino.

Para escapar, salté desde el balcón, no fue buena idea pues la leche fue bastante memorable, sin embargo, pude correr y aunque el Señor Arturo empezó a gritar desde el balcón como un poseso, para cuando su séquito de matones llegó en su rescate, yo ya estaba en mi lugar favorito, agazapado, protegido por el abrazo de la oscuridad y la noche. Abandoné en cuanto pude la casa del viejo junto con su ganado, yo ya no podía permanecer más tiempo en aquel lugar, así que me fui sin más, siguiendo el camino de tierra a través de la oscuridad.


Palabras - "Pensamientos"
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¡Nunca te metas con un trasgo! Empty Re: ¡Nunca te metas con un trasgo!

Mensaje por Señorita X el Dom Ago 30, 2015 3:53 am

Comete algunas faltas de ortografía como "arrastras" en lugar de "a rastras". Aun así, ese tipo de cosas se mejoran con la lectura y con la práctica, pero preste atención a esos detalles, aprenderá mucho.

Supongo que la explicación de su miedo a los "tipos duros" se debe a aquella paliza que le dió el guardaespaldas al principio. Me parece plausible. Una historia interesante. Procedo a darle color
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