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Escape y fuga

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Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Mar Sep 01, 2015 7:57 pm

I. Cautiverio

Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente la que hace al hombre libre o esclavo.
(F. Grillparzer)



El olor de humedad y moho se confundía en mi mente con el eco lejano de gotas caídas. El frío de la piedra calaba en los huesos, más allá de la razón misma o la conciencia. El polvo se había acunado en mi nariz, y los parpados pegados no tenían intención de funcionar. Me sentía cansada, agotada. Dolía el cuerpo, se entumían los brazos, ardían los pies, como si las brasas se posaran en las palmas; paralizados estaban los músculos ante la inmovilidad. ¿Cuánto había pasado en aquella recámara oscura habitada por las tinieblas?  No lo sabía… No lo sabía.

Menee la cabeza con lentitud y el dolor vino de repente.

Me propuse levantarme, luego de palpar la cabeza. La sangre se había pintado en la mano al repasar la frente, pero por el tipo de ardor, intuí que era una herida superficial. Las fuerzas me daban para más, aun cuando todo se sentía en la contra, yo estaba lista para levantarme. “Un pie luego del otro”, rechiné entre dientes algo enfurruñada. “¿Tanto había bebido?”, fue el primer pensamiento al apoyar la mano derecha sobre la piedra de adoquina; no entendía cómo había terminado recostada sobre el suelo sin más, con la cabeza en el suelo casi bebiendo del agua malsana que corría por aquel lugar.

Musica:


Debía ser invierno, pues el frío penetraba la ropa, desgarrando mis huesos petrificados. ¡Ah, sí que podía doler! Pero al primer intento de quejarme, protestar contra lo que parecía una broma del destino, un grito profundo, desgarrador, salido del alma como un último clamor desesperado ante el tormento, perturbó mis oídos, rebotó en las paredes, paralizándome por completo. Frío, agudo, silbante, se grabó en la piel antes que en el sentido auditivo.

-Sí…- balbuceó alguien a mis espaldas. Aunque estaba totalmente echada en el piso, boca abajo, como si abandonada sobre la loza me hubiesen dejado para podrirme en aquel lugar, pude oír aquel susurro cavernoso y profundo de despojo vivo, uno tan sucio como yo, pues no olía mejor: -No te muevas… o te irá peor- concluyó.

Menee la cabeza de nuevo y el grito volvió a retumbar en las paredes, seguido de un click. Temblé y sudé, acatando las ordenes de aquel que entre silbidos parecía conocer mejor la situación que yo, pues aquel clamor de auxilio y suplicio penetraba mi alma como si me hablara de un terror mayor al que debiera conceder importancia. Sin embargo, no terminó allí. Los gritos se hicieron seguidos, todos en sincronía con el correr de aquel click continuo, parecido a un reloj bien ajustado y dirigido.

-¿Qué pasa?-susurré, temblándome la voz como el cuerpo sin poder imaginar qué podía pasar a aquel desgraciado que clamaba insistentemente ayuda y lo que podía producir esos sonidos de click.

-Tortura.

La respuesta fue tajante y la palabra brutal. El miedo recorrió la espina dorsal, clavándose en cada nervio como un tornillo en su justa cuenca.

¿Qué había pasado para que yo terminara allí, tirada sobre la loza como una escoria más del mundo? No recordaba nada del día anterior o los que le antecedieron. Solo imágenes alocadas venían a mi mente, sin sentido aparente; recuerdos fugaces de guerras, caras, miradas malvadas, arena, viento y mar de hielos. Volví a abrir los ojos, temblándome todo pues los sonidos continuaban martillando sin cesar en una angustia cada vez más calante. Fijé la mirada a un punto perdido, y tras mucho esperar, las nieblas de oscuridad cedieron, dándome la perspectiva de una puerta de hierro, con barrotes en el centro.

-¿Qué es esto?- susurré con el temor a flor en los labios: -Qué... ¿Qué lugar es éste?

-Una prisión… Una fortaleza de muerte.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Miér Sep 02, 2015 12:28 am

II. Castigo


-¿Prisión?

No me lo creía pero por el horror de aquellas voces salientes de las piedras, clamores intensos de dolor profundo, seguí las palabras, echada como estatua, inmóvil, con la lógica absurda de pretender desaparecer si persistía en ello.

-Sí, y si sabes lo que es bueno…- paró de hablar, los sonidos del artefacto pararon así como los gritos de la víctima torturada. El individuo, quizás otro prisionero, un hombre sin duda, bajó aún más la voz y casi en un silbido profundo de tenue jocosidad continuó: -serás buena chica y permanecerás callada. Siempre callada…

No podía asegurar quién había sido yo antes de despertar en aquella porqueriza, pero fuera lo que fuera algo en mi interior sabía que podía serlo todo, menos una buena chica. Sin embargo, le hice caso y aguardé en inquietante silencio hasta que los pasos de otros se hicieron cercanos, seguidos por el llanto desganado de su víctima.

-Entra ya, bruja inmunda- ordenó alguien, cuya voz soez se mezclaba con algo de lujuria y perversión. Sí, el placer casi se podía palpar en la manera arbitraria como las había pronunciado.

El llanto caído de una dama acompañó el arrojo de su cuerpo dentro de la celda. Ni siquiera se movió, pues cayó como un saco sobre el piso sin chistar o quejarse. ¿Era en la misma mía o en otra? No sabía con certeza, pues no me atrevía a siquiera abrir los ojos o inspeccionar nada de los alrededores. Era cobarde, ¿desde cuándo lo era? No sabía… pero lo era. Si aquello era un sitio de calvario, más me valía retrasar mi turno lo más que se pudiera y, al momento, la única opción era la ofrecida: callar y aguardar.

-Nada que despierta ésta…- acortó otra voz diferente, más rígida que la anterior, pateando un poco mi cabeza en la parte trasera. Me dolió, no por el impacto, sino por la manera como su bota pisó algunos cabellos de mi cabeza, arrancándomelos con el movimiento. Rechiné los dientes, pero continué con la pantomima. Más me valía continuarla.

-Eso parece- rezongó el primero. Sus pisadas se adelantaron, quedando muy cerca de mí. ¡Quería gritar! No podía aguantar esconderme sin más, el sudor corría y yo debía hacer como si ellos no estuvieran allí.

Entonces la risa maniaca de alguien más los distrajo de mí. Conocía ese tono, turbio, profundo, casi aterciopelado pero tosco de aquel que pocos minutos atrás había hablado conmigo.

-¿De qué te ríes, andrajoso?

-De lo imbéciles que son ambos- hostigó el prisionero.

-Já. Ya nos dices imbéciles, ¿acaso quieres otra dosis de rueca, Milk?

-No, ésa es muy elegante para éste- afirmó el otro. Casi podía asegurar con cierta certeza que solo estaban esos dos. O al menos eso me decía la lógica auditiva. Ninguna pisada más se oía alrededor.

-Mejor nos quedamos “alla antiqua”, Doctor:- el otro río divertido y yo en mi mente podía ver la sonrisa maliciosa del que hablaba con sorna: - a punta de vara.

Los gritos del desgraciado repicaron con eco por el lugar. Apreté los puños, pues quería ayudarle sin saber muy bien por qué. No le debía nada a aquel individuo, solo voz en mi memoria.

¡¡Cobarde!! ¡¡Yo era una cobarde!!

-Vamos, idiota.- golpes secos, de mazo sobre carne, sonaban a lo lejos: -Imbécil vejete, ahora verás lo que es bueno…

-Van 27… ¿unas más?- animaba con desinterés el segundo.

-Pú… Púdranse- recalcó el inválido.

-29. ¡Más, Björk! ¡DALE MÁS A ESTE DESGRACIADO!

Entonces, nada pudo evitar que me pusiera en pie con los puños levantados. Me dolía todo y la cabeza giraba. Al frente dos hombres, no muy altos pero armados con espadas y lanza en la espalda, sus armaduras resplandecían como la única luz del lugar, reflejo de las antorchas lejanas, y su tez ceñuda me miraba, como si aquello les divirtiera.

-Ahora vemos por qué eras impertinente, Milk… La gatita había despertado y no querías que la saludáramos.

-Grash nik zu mir Nishktak (gatita tu perra)-grazné, no muy segura de si aquello había sido buena idea.

La cara lívida de ambos hombres levantó mis sospechas.

- Ha… Habla la.. la lengua…- tartamudeó uno de ellos como si aquello no pudiera creerlo, entre horrorizado y espantado.

¿La lengua?

-Krashka (Idiota)- levantó el rostro el llamado Milk. Y, ¡Por fin le veía! Encorvado y frágil, un viejo de tantos años como el tiempo pudiera tener, de ojos claros y mirada divertida, con una media sonrisa que acompañaba sus mejillas sangrentadas: -¡Crush qui nak tark! (¡Te dije callada!)

Ambos se voltearon al abuelo con la cara dominada por el odio y el asco. Sedientos de combate y sangre, ¡lo rematarían!

Música:


Por impulso o con la plena conciencia de querer infligir el mayor dolor posible. Llena de odio, frustración y furia, invoqué una fuerza más allá de mí misma, que surgió en la mente y el corazón y se proyectó contra ellos. Una extraña energía me llenaba, fusionándome con todo lo que me circundaba, sintiendo esas incontenibles ganas de respirar. Y lo hice, con fuerza, de manera profunda y lenta, queriendo aspirar de ellos todo, hasta sus vidas o, mejor… sus almas. Algo en mí debió entenderlo, antes que conocerlo, pues percibía como esa sutil corriente, como una sensación de líneas misteriosas que cruzaba sus cuerpos, conectándolos conmigo, respondían a mis órdenes.

Ambos hombres cayeron como sacos de grano, dejando a sus lados grandes charcos de sangre que emanaba de sus ojos, oídos, nariz y boca. El anciano sonrió entre complacido y sorprendido, mientras en el silencio yo observaba la escena con una extraña sensación de satisfacción.

-Bueno, mejor callados ellos que tú… interesante filosofía de vida aunque no siempre funciona- aventuró Milk, rascándose la cabeza y luego levantándose de la esquina donde se encontraba, caminando hacia mí con determinación.

Estábamos salvados, por el momento. Sin embargo, todo era raro. Sabía que el abuelo estaba débil, golpeado, pero ni la sangre ni los golpes eran evidentes en él.

La debilidad me dominó y otra vez me desplomé, no sin antes sentir el agarré fuerte y firme del viejo, aquel que con mirada inquisitiva parecía confirmar algo que sin duda le divertía.


Última edición por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:52 pm, editado 4 veces
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Dom Sep 13, 2015 6:26 pm

III. Sacrificio


Las palabras del anciano se perdieron en el tiempo. Me temblaron las piernas, el sudor corrió por la espalda y me desplomé sin que si quiera la cara del interlocutor cambiara un poco. Los sonidos eran confusos, unos entre niebla y azufre. Se sentía un vaho insano en aquella prisión, uno capaz de imposibilitar la respiración o la comprensión. Yo no sabía muy bien por qué me había desmayado, o caído de bruces sin más. Solo pude sonreír lacónicamente al ver a los dos soldados desplomarse sin que yo hubiese movido ni un músculo, para luego ser yo la que lo hacía. ¡Nada más ridículo e incomprensible!

Pero aquel al que llamaron Milk sin más pasó de largo sobre todos y luego se dirigió a la figura quejosa que en una esquina habían dejado los perpetradores al momento de ingresar a la celda.

-Lo has hecho bien, Tanie… Muy bien.

-Resistí tanto como pude..ahhh…- hablaba una voz férrea pero destrozada, con muchas dificultades para gesticular o incluso para respirar: -Sabían demasiado… Ay Thork Kang, creo que no era necesario que yo hablara… sólo giraban y giraban esa maldita rueca… Ahhhh…

¿Thork Kang?

-No hables, querida, o empeorarás tu estado, sumando además que te resta energía. Así que calla…- reparó él.

-Deja de manosearme, Thork- balbuceó la chica con cierto repudio mientras tosía.

-No se critica al médico por hacer su trabajo, capitana… Además, sin duda tenía que revisar que todo estuviera en su lugar- explicó distraído, volteando el rostro hacia mí: -Bien, ya despertaste…

-¿Qué pasó?/ Klash ka ne thark?- la cabeza aún dolía.

-Caíste como morsa…- habló Milk, en esa lengua que al parecer distaba de la que los demás hablaban. Para ese entonces yo ya entendía que el llamado Milk no ostentaba ese nombre en realidad.

-¿Morsa?

-Sí… tú sabes… esos animales gordos de colmillos que viven en el mar… Bah- se quejó el viejo: -Ahora no sabes pero ya sabrás…

No pude evitar mirarlo con desconfianza. ¿Quizás estaba drogado? ¿Quizás estaba loco? ¡Era un hecho que estaba loco! Solo había que verle el rostro para descubrirlo.

Retiré los cabellos de mi cara y con las fuerzas que restaban me decidí finalmente a ponerme en pie. Tambalee, sentí un tanto de mareo, como si el piso tomara vida propia y se moviera sin mi consentimiento, pero luego… todo fue mejorando. Por alguna razón podía sentir más precisas las reacciones a mi alrededor, como si con lo que hubiese pasado se despertaran los sentidos.

-Con lo que odio tener que hacerte esto, Tanie querida…-balbuceaba el viejo con las mejillas algo sonrojadas.

Apenas pude contener la risa: la tomaba desde atrás, arqueando su espalda, mientras con la otra contenía su pecho, primero palpándolo y luego apretando. Se veía enclenque aquel abuelo, sin embargo, pronto los sonidos de la espalda de la joven seguidos de sus gritos dieron la razón al llamado Milk.

-Malditos piojos de Sumatra…- río como maníaco el anciano: -Solo te torcieron las vértebras, querida…

-Sólo eso…- repetí con sarcasmo.

La joven volteó y su tez oscura examinó la mía.

-¿Y ésta?- preguntó jadeante, aún sudando por el dolor que aquella maniobra le había dejado grabado en el cuerpo.

-De los nuestros…

Era azabache, del color de la caoba. Jamás había tenido la oportunidad de ver a alguien así: físicamente fornida, atractiva, con esos labios gruesos color carbón pero flameantes de besos carnosos. Desvíe la mirada ante los pensamientos que tenía, notando que no era el momento de ponerme en ello.

-¿Y su nombre?- volvió a arremeter la joven, botando sangre de su boca.

Dudé. En todo ese tiempo no me había preguntada nada sobre mí, más allá del cómo había terminado en aquel calabozo. Pero ahora que ella lo preguntaba no sabía bien qué responder.

-Ehh… Yo… pues… - titubeé.

-Amethist- contestó el anciano. -Y creo haber averiguado el por qué de su nombre: es hechicera y cuando invoca su magia, hace algo raro con las manos y luego los ojos se le vuelven como de demonio… o insecto… Lo que quede mejor a la imaginación.

¿Qué hacía ese anciano? Nunca le dije mi nombre… y a ciencia cierta no tenía ni idea si portaba uno antes de la oscuridad y el cautiverio.

-Amethist… Bien hecho con ésos, mozuela- agregó con una sonrisa la joven, mientras señalaba con la cabeza los cuerpos de los hombres que se desvanecieron. Aún me preguntaba cómo había sucedido ello pero, en medio de todo ello, poco importaban las razones: -Soy Tanie, de Arthias.




-Déjate los formalismos, carboncito- completó el anciano, poniéndose él también en pie: -La buena noticia es que podemos salir de acá: estos idiotas no cerraron las puertas. Pero la mala noticia es que aún no llegan los demás y sin ellos, no haremos mucho…

-¿Los demás?- inquirí con suavidad, pensando que aquellos cuerpos se despertarían de su letargo prontamente.

-No temas, blanquita, esos no se levantarán más: las puertas de la muerte ya cruzaron y de allá solo pocos saben el truco para traerlos de vuelta- sonrió con cierta complicidad y luego, clavando sus ojos rugosos y cansados sobre mí, completó: -No creerás que estamos solos, ¿o si? Nadie está solo en este mundo.

MUSICA:


No sabía muy bien qué creer. Me sorprendía la manera como el anciano intercambiaba de idiomas sin siquiera pensarlo demasiado. Incluso, me preguntaba cómo yo podía entender a Tanie sin aún poder lograr hilvanar en mis labios alguna frase coherente en ese idioma. Pero esos eran detalles insignificantes ante las preocupaciones más grandes: a esas alturas todo podía pasar y, aunque parada en el umbral podía sentir lo que significaba la libertad tras los barrotes, ese viento suave mecer sus cabellos de plata, cierto era que se requería más para poder salir aireados de aquel lugar de sombras. Pronto extrañarían a esos dos soldados... y nada evitaría su venganza.

Pasos se escucharon con rapidez y, por la cara de todos, la situación no pintaba bien: podían ser esos refuerzos como también los aliados de los dos desdichados. Cualquiera que fuera nuestra visita, nosotros estábamos totalmente desprotegidos, sin nada que pudiera brindarnos protección y, para mayor desgracia, con un herido. Tanie no podía moverse, apenas si respiraba; Milk… era un vejete; y yo, yo no sabía hacer nada… no tenía recuerdos de haber hecho algo digno en la vida.

-Si muero- rezó Tanie, cerrando los ojos, sudando copiosamente: -… le contaré todo a Dios, Thork… TODO.

El anciano hizo un dejo de sonrisa con aliento de tristeza; sus ojos grisaseos se llenaron de llanto aunque nada corrió por su piel cansada y marchita. Ella simulaba dormir, pero lo cierto es que aquella figura oscura de labios gruesos y cuerpo curvilíneo moría carcomida por el dolor de la tortura aplicada. ¿Qué le habían hecho para dejarla así, en un estado tan decadente y destrozado? La Rueca había dicho...La Rueca.

-...Todo... Todo- repitió.



Última edición por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:53 pm, editado 6 veces
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Dom Nov 01, 2015 4:42 pm

IV. Danza macabra


Musica:

La respiración de la mujer se hacía cada vez más profunda y fatigosa. Oscura como el ébano, apenas salpicada de manchas escarlata por la ropa rasgada, Tanie cerraba los ojos y meneaba la cabeza de manera insistente, como si en su propio mundo de pesadilla quisiera espantar los fantasmas de sus ancestros deambulándole alrededor.  El anciano tensaba los labios con la mirada serena fija en ella, contradiciendo la palidez de su semblante. ¿Meditaba? Quizás. Yo, postrada sobre el umbral de aquel portón abierto, no dejaba de recabar en los pasos que se aproximaban inexorablemente. ¿Por qué no habían arribado aún? Se oían cercanos, raudos, preciosos. Suspiré con nerviosismo: Nos aplastarían y enjuiciarían, eso era seguro.

Reparé en los cuerpos tirados en la piedra fría de aquel habitáculo inmundo. Un extraño olor expelía su carne hasta hacía poco rozagante de vida. Pero no, ahora tiesos como estatuas habían caído y por el crimen perpetrado nos harían lo mismo como castigo. Esa era una prisión, un lugar de tormento, había dicho el anciano...

¿Cómo demonios había terminado allí y no podía recordar?

-Ayúdame- espetó de repente la voz quebrada de Milk, acurrucándose al lado de la joven, decidiéndose a tomarla de la nuca mientras con la otra mano palpaba su cuello, sus pechos turgentes y seguía bajando.

-No me pidas ayuda, viejo. Manosea a la negra pero no contéis conmigo… -resoplé con asco e indignación, dándole la espalda. Callé mis pensamientos, clavando la atención en el corredor lúgubre bañado de una luz pálida de antorcha, más al poco rato me vi espetando un “Déjala morir en paz”, dando por saneada la treta con mi conciencia.

-No morirá… No aún. Quédate tranquila y ayuda, muchacha de ojos fascinantes.

“¿Cómo dijo?”

Me volteé de inmediato al son de aquel nombre. Algo en mí respondió como si un torrente de recuerdos se estrellara contra un muro que no le daba acceso. Sin saber por qué, una sonrisa de complicidad, pícara y risueña, brotó al tiempo que bajaba la cabeza hacia la mujer; sus dejos de súplica no dejaban más salida que creer.

-¿Sabéis sanar?- añadí despacio, como adivinando lo que el viejo quería.

-Algo así.

Tomó mi mano, y la suya se sintió fría y rugosa, de piel fuerte y curtida, como el cuero firme de las bestias, algo diferente a lo que pudiera pensarse de un anciano como ése. Escondiendo mi sorpresa, seguí de cerca sus facciones: ninguno de los muchos golpes que había recibido se observaba en su rostro demacrado.  “Sí”, pensé, "quizás sea un sanador”.

Dejó el agarre  y sentí el contacto frío y sudoroso de la espalda de la oscura, quién ahora abría los ojos de manera desorbitada, temblándole las entrañas como ese iris ámbar con el que de seguro fascinaba a todo quién la mirara; allí comprendí que debía situarme atrás de la cabeza de la enferma, sorteando el largo de sus muchas trenzas, para que la ayudara a incorporarse, casi sentándola. Gritó de dolor ante el impulso, y aflojé el ímpetu de mi fuerza. El anciano la observaba más ya no la tocaba, solo mirando un punto fijo entre el rostro de la negra y sus propios pensamientos.

¿Qué hacía? La veía, pero al mismo tiempo no. Ojos penetrantes que auscultaban la nada. Milk expelía una energía única y nueva. El ambiente se hizo denso y la densidad del aire se tornó opresiva. Me costó respirar; tan tóxico era aquello que el viejo entre duermevela infligía sobre el alma que yo sostenía. Las luces de las antorchas quedaron sumidas en tinieblas y, como en una pesadilla, la oscuridad se hizo impenetrable.

-Danzan a su alrededor- río el anciano como hablando consigo mismo: -Espíritus fatuos que no saben a quién han encontrado.

Su voz seseante tensó mis músculos y encrespó los pelos de mi nuca. Aquella presencia, su crueldad como maldad, la inexorable forma corpórea del viejo dimitía ante otra cosa que afloraba con su magnificencia del cuerpo senil que lo formaba.

-de…de... ¿pero de qué demonios hablas, vejete?-inquirí tartamudeando ante lo desconocido. El poder de Milk era aterrador.

-De ellos- rugió y su aliento de humo contaminó la celda de una niebla espesa.

No vi nada en un comienzo, más luego, pequeños faroles verdosos, de un resplandor pálido moribundo, saltaban por el cuerpo de la muchacha de ébano, como tirando de su interior al son de un baile aterrador.

-La muerte les guía y los llama… -río el anciano con desprecio: -Pero no más.

Su aliento se tornó aún más oscuro y tenebroso. Con el chasquido de sus dedos, los fuegos palidecieron en gritos atronadores.

-No te atrevas a soltarla, alada.

Su orden me reafirmó los músculos ante la vacilación y aguanté al temor que mi cuerpo experimentaba en favor de lo que fuera que hiciera el viejo. Ignoré el mote con el que me había dado la orden, quizás una de sus bromas estúpidas en medio de su locura. De pronto, me di cuenta que la imagen de ese idiota, compañero de celda, se desvanecía ante la pregunta de la naturaleza de su poder. Tal desplegamiento de energía mágica me era desconocido como… terrorífico.

¿Qué cuánto duró aquello? No lo sé pues aún me debato en sí pasó o no.

De pronto abrí los ojos, y el anciano sonreía como siempre, mientras la negra se movía con mayor comodidad, aun cuando padecía de las mismas heridas que antes sufriera.

-Despierta, blanquita- bromeó Tanie. -Algo se acerca.

-¿Qué le has hecho?- inquirí en esa lengua extraña que se hacía burda y tosca al compararla con los dulces sonidos que salían de la chica de ébano. Me sentí estúpida al reparar en la mirada de la negra. y solté su espalda a tiempo que me ponía torpemente en pie.

-¿Yo? Nada… No sé de qué hablas, Amethist.

Entonces, los señores del lugar hicieron su presencia y yo supe que si todo aquello fue verdad, los fuegos fatuos ya debían estar haciendo su danza macabra entorno nuestro. El olor de carne pútrida asfixiaba los sentidos, pero el resplandor verdoso acompañaba el chasqueo de las llamas sobre las antorchas.

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Dom Nov 01, 2015 10:06 pm

V. Tortura

-¿QUÉ HA PASADO ACÁ, MALNACIDOS HIJOS DEL CAÍDO?

-Pues… como le dijera, capitán…

Apenas si alcanzó a hilvanar palabra cuando la mano metálica de aquel hombre envestido en armadura y porte gallado chocó contra la mejilla de Milk, dejando una estela de sangre entre sus dedos, exactamente donde una sortija resplandecía.

-¡¡NO OS ATREVAIS A HABLARME CON MENTIRAS, VIEJO!! ¿QUIÉN HA SIDO? ¿QUIÉN?- repetía el hombre, con la cara congestionada por la ira que lo embargaba, envenenándole el alma. –¡OS MOLERÉ A GOLPES HASTA VENGAR A MIS HOMBRES, ESCORIA SIKTI!

Se había presentado hacía unos segundos, irrumpiendo con otros cuatro soldados a su cargo. Apenas tuve tiempo de intercambiar miradas con el viejo antes que me tomaran de los brazos y en medio de los gritos del viejo y la negra, nos interrogara sobre aquellos dos cuerpos sin vida que aún se descomponía sobre la loza.

Gruñía, golpeaba las paredes con los puños bien apretados, y volvía a preguntar, colérico, con especial atención en el abuelo y en segunda medida en la negra. A mí, la directa responsable del destino de aquellos dos desgraciados, ni siquiera me había volteado a mirar, si al caso para escupir cerca de mi rostro antes de continuar el interrogatorio. No sabía cuánto aguantaría el viejo antes de confesar mi autoría en aquella matanza. ¡Y aún yo no atinaba a saber cómo lo había logrado! Aquella victoria había durado muy poco y con la llegada de aquellos odiosos hombres se escapaba la diminuta oportunidad de haber corrido por mi vida.

-¿Acaso habéis sido tú, negra inmunda?- zanjeó con una patada en el costillaje de la joven, quien se retorció de dolor, escupió sangre y lanzó una mirada de odio amarillo tras sus ojos acuosos.

Era injusto. Esa mujer había sufrido la tortura en su carne, y sus huesos aún no se reponían del flagelo cometido. Se ensañaba con lo que claramente no podía ser: ¿de qué manera aquella morena podía haber acabado con dos soldados entrenados? Sin embargo, el capitán continuaba impartiendo dolor, primero a ella, luego al viejo, alternando...

-Krash na de thakla! (¡Dejadla en paz!)- finalmente grité con indignación.

Como sucediera en su momento, con cierto talante de horror y espanto, el experimentado guerrero volteó hacia mí con los ojos abiertos de par en par. Su cara de repudio se mezclaba con el asco al tiempo que entre líneas cortadas balbuceaba un “la lengua prohibida”.

Una fuerte sacudida seguida del dolor expandido en la cabeza me dejó desorientada, apenas consiente para saber que yacía sobre la piedra, tirada a la fuerza por los dos que en antes me sujetaban. El dolor era menor a la zozobra por saber qué pasaría. Aunque no lo veía, casi podía sentir las palabras no dichas de Milk, una vez más resoplando por atreverme a abrir la boca. El monólogo pronto fue cortado cuando sentí la suela de su bota sobre mi mejilla, cubriendo uno de mis ojos. El hedor de todo lo que había pisado, asfixiaba mi nariz, pero el peso de su fuerza ejercía presión sobre el dolor que ya había propinado el golpe.

-Dejadme…- apuntaba en esa lengua extraña, que para ellos solo significaba sacrilegio o herejía.

-Todos vosotros son lo mismo. Traidores, enemigos de los limpios y los caminos divinos, entregados a esas prácticas oscuras que adoráis para bien de la depravación y la muerte. Eso es lo que merecéis, polvo, suciedad, ser tratados como los marranos que sois. ¡Mirad! ¡Mirad, amigos!- aclaró el caballero, corriendo su capa y alzando los brazos en aires de victoria: -Mirad como se trata a una sucia Sikti.

Con la cabeza aplastada contra la fría piedra, poco podía ver lo que el hombre realizaba. La aprenhensión al dolor y a sentirme vulnerable me hacía reaccionar como un animal salvaje, pataleando, o tratando de evitar lo que de seguro sería una clase demostrativa para sus subalternos. No fue hasta que sentí el dolor en mi muñeca, cuando reparé en que reparé de lo sometida que estaba entre el suelo y aquellos soldados.

-¡Qué me dejéis en paz!-repetí entre chillidos, aunque la resultante fuera unos fonemas que alentaba a los hombres a impartir su justicia.

-¡Cerdos de Samutra!-espetó el anciano angustiado: -Dejad a esa criatura que nada hizo… ¡Fui yo!… ¡Fui yo!- mintió con desesperación, fijando su mirada aprehensiva en mí.

Pero el capitán estaba claro en lo que quería: La muerte de aquellos soldados se pagaría con la sangre de esos tres presos. A sus ojos eran herejes, pero entre todos era el sonido de mi idioma el que más le hacía explotar su vocación de inquisidor. Apretaba su suela a mi cara, seguro que con el proceso que ejecutaría el mundo sería mejor.  Yo gritaba pero pronto entendí que entre más lo hacía más duro apretaban mi muñeca como la cara.

-El ejercicio es fácil… vamos a enseñarte a hablar- bufó: -Di: so-y u-na pe-ca-do-ra –recalcó, lentamente, ajustando su bota a mi cara con cada sílaba hablada.

Gruñí. No lo haría. Aquel bastardo rebajaba mi dignidad a su nivel de infame.

-¿No harás caso? bien… mal por ti.

El dolor que sentí solo se reflejó en el sonido hueco de su bota estrellándose contra el dedo meñique, rompiendo todo lo que allí había. Grité, Milk maldijo, Tinie trató de levantarse, pero ellos estaban igual de sometidos que yo.

El capitán agarró mis cabellos y me observó con descaro. Sus ojos verdes expelían crueldad como una sed de venganza que superaba mi propio entendimiento de lo que allí sucedía.

-Te lo pondré simple, mujerzuela: no hablas, te rompo un dedo. Tengo muchos dedos para romper. Luego serán tus oídos, deformaré tu cara con el fuego de tus pecados, pero eso sí… te dejaré esos hermosos ojos para que vivas y los demás puedan ver en tu rostro el impacto de tus culpas…

Chasquee los dientes como un animal enjaulado mientras él esbozaba su discurso malogrado. Me sorprendió notar que, en vez de estar aminorada, por dentro mi cuerpo se llenaba de ese odio capaz de impulsarme a seguir luchando.

-Ahora… vamos de nuevo… dilo- finalizó con su bota lista sobre el dedo anular.    
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Miér Nov 04, 2015 1:21 am

VI. Piedra


Cerré los ojos con fuerza, sabiendo que prefería dejar que cumpliera su sentencia a quebrar mi dignidad. No entendía por qué aquel orgullo propio, uno que no representaba algo básico o útil para mi subsistencia, se tornaba sagrado en ese momento tan inconveniente para aflorar. Maldije para sí la terquedad de ese principio desconocido y con resignación esperé a que un dolor más fuerte al sufrido quebrara mis cuerdas vocales como esa obstinación aciegada.

-DEJADLA, BASTAR…- alcanzó a gritar Tanie con voz chillona, acallada de inmediato por el sonido seco de un golpe piel contra piel.  

-¡¡¡NOOOOO!!!

La tierra tembló bajo mis manos. El cuerpo vibró con la fuerza sísmica que levantaba el polvo y dispersaba las astillas. La opresión que sentía en antes, esa resistencia hacia el piso que infligían sobre mí la guardia de aquel comandante feroz impidiéndome levantar cabeza o moverme, dejó de sentirse y, de súbito, en un parpadeo, me sentí liberada. Con premura alcé el rostro, desconcertada, haciendo caso omiso al dolor infligido, y lo que observé me dejó sin aliento: la piedra estaba quebrada tanto en el techo como en una de las paredes, y al fondo de la celda yacían los cuerpos de todos aquellos hombres aplastados por la colisión, como si la pared colateral del lugar se hubiese movido hasta ellos, aplastándolos de paso.

La idea sola era ridícula; haberlo pensado si quiera, también lo era.

Con determinación un hombre arribó del otro lado del lugar en medio del polvo alzado por la tierra y el polvo: de rostro surcado por arrugas y una herida que atravesaba su cara, sus manos grandes y fuertes tomaron a la morena por el rostro, y la acarició como si fuera su flor añorada. Era el rostro curtido de un hombre enorme, musculoso, ataviado con armadura, pero de colores y formas diferentes a los que exhibían los soldados del lugar; uno como pocos había visto en el mundo, de presencia imponente y autoridad incuestionable. Se arrodilló presto al lado de la mujer por la cual estaba arriesgando la vida.

-Nunca más… ¡nunca! Nadie volverá a tocarte, mi morena- le habló él con la ternura que solo un amante infunde sobre su amada. –Lo juro por nosotros, por mi alma, por la muerte a la que juré que se la daría hasta que a uno de los dos nos llevara en su seno.

Me dio envidia. Observar la mirada absorta de él en ella y el cariño con que condujo su brazo de ébano sobre sus hombros para levantarla con sumo cuidado, como si las heridas de ella le dolieran a él por igual, me obnubilaba el juicio como corrompía el alma. Los dedos de ambos amantes se entrecruzaron antes de que él terminara de acomodarla sobre su espalda, asegurando que nada pudiera perturbar la seguridad de Tanie.

Fue así como me vi sintiendo deseos de ser ella y, aun así, también podía intuir que conocía de algún lado ese calor que se despierta con los labios del amor cotidiano. ¿De dónde? No recordaba, pero el sentimiento estaba indeleble en mí, apresándome de celos al verlo reflejado en esa pareja.

-Es bello observar los hechos de amor cuando éste se entrega con total desinterés, ¿no crees?- observó el anciano de la nada mientras yo asentía sin emitir palabra.

Entonces el guerrero volteó su rostro y los ojos de él se clavaron en mí: azules como el fondo profundo de un cielo que imaginaba en sueños, me revisaron de pies a cabeza con desconfianza y furia.  




-Deja a la peliblanca, cariño- habló suave Tanie desde atrás de él, cerca del oído de aquel que parecía habernos liberado del peligro eminente. –Es amiga del viejo…

-Krs…Krashthar! (Gr..Gracias)- atiné a balbucear con estupidez al mismo tiempo que la oscura tez de la negra me observaba con una tenue sonrisa.  El hombre poco caso hizo a lo dicho, revisando mi semblante y apretando los muslos de la joven. No sabía cómo decirle a aquel guerrero que su aparición milagrosa me devolvía la esperanza de tener completos mis dedos…

¡Mis dedos!

Entonces allí volvió el dolor con todo su esplendor. Lo que la adrenalina había adormecido, se despertó con el recuerdo del tacón metálico deshaciendo en miles de pedazos mi carne y huesos. Me palpé la mano y el dedo se sentía gelatinoso, endeble, difícilmente podía moverlo pues no controlaba nada de sus movimientos. Apreté una mano con la otra, pues la presión me liberaba del ardor atenazador por momentos, aunque… ¿cómo podría soportar sin gritar? Me mordí los labios para tratar de no dejar escapar sonidos inconexos o gritos por el ardor, al tiempo que sentía como el sudor corría por la frente por el esfuerzo de la empresa.

-Deberías hacer algo con ella, Thorg Kang… Esa mano se ve mal.

Esa voz apacible y cariñosa que una vez junto a ella había florecido de esos labios, se transformó en una gruesa, brusca e inflexible, una orden que solo podía ser acatada de inmediato; su voz era como la del difunto que ahora yacía bajo los escombros: una habituada a comandar. El viejo, distraído como estaba en la escena conmovedora que había visto, volteó de súbito y me miró con cierto interés y apremio:

-No podemos dejarte esa mano así...-reflexionó en esa lengua vulgar con la que nos comunicábamos: -Vamos a ver… ¡suelta allí!- agregó, golpeando la mano sana para que yo descubriera la herida, y tomándome con fuerza, estiró el dedo quebrado, tanteando cada parte de él.

A cada movimiento, el dolor crecía, quemando, como si dentro algo más me forzará a querer romper en gritos de súplica. ¿Cómo podía ser tan bruto aquel vejete? Sin embargo, aunque se sintió largo, pronto mermó y con dos o tres movimientos sentí la movilidad habitual de mis dedos.

-¡Moviéndose, Thorg!- instó el hombre de estatura colosal y cabellos níveos, ya fuera de la celda destruido, mirando una esquina, donde al parecer los soldados resguardaban cosas.

-Hago lo que puedo- alegó el viejo, meneando su mano en gesto de paciencia.

-¿Quién es?- pregunté por lo bajo, indicando con un gesto al hombre que cargaba en la espalda a su morena.

-Ése es el Gran Capitán Pitrus… aunque algunos le conocen como el Señor de la piedra- contestó con orgullo y bajando la voz, como comentando para sí: -Los otros deben estar cerca…

No pude evitar tornar la mirada y observar a Pitrus de reojo, luego repasé los cuerpos cubiertos de piedra y baldosa, y volví a él con su figura maciza y sus manos callosas cubiertas de polvo. Entonces lo comprendí: sí habían tirado la pared sobre aquellos ingenuos… y el autor  había sido Él, el Señor de la Piedra.


Última edición por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:54 pm, editado 2 veces
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Jue Nov 05, 2015 7:50 pm

VII. Escape


De dos brincos, como una liebre, el viejo arribó al lado del amante de la morena adolorida y con presteza empezó a examinar lo que había allí, en la esquina, apilado en capas y capas de suciedad y cajas.

Viendo su figura encorvada e imbuida en esas telas roídas y sucias que lo cubrían, de un azul descolorido por el polvo y el desgaste,  me pregunté como un abuelo tan enclenque podía haber sobrevivido a un lugar así, donde todo parecía repudiarnos. Suspiré, apretando la mano restaurada, sin poder creer en los poderes que escondía aquel despojo con olor a rancio. Pero en menos de lo que creí, Milk me observaba con sus ojos penetrantes, como estudiando lo que pensaba.

-No te dejes llevar por lo que los ojos ven cuando el instinto te dice lo contrario- aseguró, y extendiendo su brazo, continuó: -Tómalos… porque llevan tu sello y tu fuego.

Entre sus manos apretaba un arco de manufactura perfecta y talle delicado. Resplandecía por entre sus dedos nudosos con una luz pálida y lejana, como si millones de estrellas hubiesen sido engarzadas a él; un carcaj acompañaba su obsequio, cargado con flechas diversas, cuyas plumas sobresalían de diferentes formas y colores.

No pude evitar mirarlo con escepticismo, ¿acaso cómo podía darme eso si poco o nada sabía del arte de la arquería? Bufé por lo bajo y sin decir nada lo acepté, ¿cómo negarme?, aunque no sin antes maldecir el hecho que iba a saltar al frenesí de un escape armada con una herramienta que si mucho podría blandir como garrote.

-Nos vamos ya- ordenó Pitrus desde el otro lado del corredor. Blandía una cimitarra, de la cual no había reparado cuando llegó. La llevaba desenfundada, como si sospechara que pronto tendría que usarla. –Hemos perdido mucho tiempo, venerable. Olaf no ha llegado, así que más nos vale ir haciendo camino. Este lugar es un nido de trampas…

Miré a la morena y se veía sumida en sueños, pero agarrada firmemente del Señor de la Piedra. Algo había hecho el viejo, de eso no me cabía duda. Quizás lo mismo que hiciera conmigo… lo que de nuevo me traía al punto de lo poderoso que era el anciano libidinoso.

-No estás lista aún, Amethist- soltó de improviso Milk, volviendo de aquel rincón lleno de telarañas, ahora con dos armas más entre sus manos. Arqueé una de las cejas, incrédula. Me ofreció un estoque oxidado, de hoja imperfecta y algo doblada, su mango burdamente construido se encontraba destruido en una de sus inclinaciones; la otra, era una daga de hoja rojiza y mango oscuro, como si de carbón estuviera hecha, con un talle rústico que parecían mil bocas abrirse para devorar la mano que la empuñaba.

Milk me miró con cierto escepticismo, como sopesando sus ideas, y luego culminó: -No uses ésta mucho…- aseguró, señalando la daga: -que su voluntad está malograda, sin embargo te pertenece como muchas otras cosas que, cuando llegue el momento, yo sabré otorgar.

Sus palabras resonaron en mi mente como un rompecabezas, mientras guardaba aquellas armas entre mis ropas anchas. Un misterio que no atiné a solucionar con respuesta plausible pero sí a grabar con total diligencia. Ese viejo me conocía, sabía quién era yo y lo que en otra vida lejos de esos barrotes había fungido. Pero era claro que si no me lo había dicho hasta ahora… no me lo diría por el momento. No perdería saliva en preguntar.

Imbuido en un halo de misterio, Milk aparecía ante mis ojos como una figura sin nombre, o con miles de ellos; sin fuerza, pero con magnificencia; sin poder, pero omnipresente y omnisciente. ¿Quién era realmente ese viejo de porte tan maltrecho pero mirada tan vieja como las eras del mundo? ¿Y por qué estaba acá, en esta prisión junto conmigo? ¿Qué eran esos Sikti, Sumatra y otros tantos nombres con los que se habían llamado los soldados o a los prisioneros? ¿Por qué sabía mi lengua con tal claridad como la de esos otros?

-¡Ya… No más… NOS VAMOS!- cortó como un trueno la voz del Señor de la Piedra, levantando de un saltó las piernas de su morena, acomodándola mejor a su ancha espalda.

Así lo dijo y así arrancó, perdiéndose en la oscuridad.

-Andando- sonrió Milk y yo, sin creer lo que estaba haciendo, tomé el arco y les seguí el paso.

Atrás quedaba la celda destruida junto con los cuerpos sin vida de todos esos hombres, los gritos de Tanie recién la trajeran luego de su sesión de tortura, y los golpes propiciados por el destino al verme coartada de la libertad y de la luz de un mundo que me resultaba nuevo. Con la rapidez de las sombras dejábamos el olor a moho y humedad, el resplandor decadente de las antorchas como también esa angustia abrazadora de ser un animal enjaulado con imposibilidad de defensa u ofensa. Adelante estaba todo: la esperanza de un mañana, la oportunidad de una conquista, la ilusión de una vida, todo al alcance de la mano esperando ser tomado, sin obstáculos, sin escrúpulos, sin peligros. Sonreí con prepotencia al burlar el destino, a esos dioses si es que existían, pues había aprendido que podía torcer su mandato a mi favor y salir corriendo porfiada con una sonrisa en el rostro.

Sí, con el crujir de la piedra y el eco de nuestros pasos por compañía… por fin… escapábamos.


Última edición por Amethist el Jue Nov 12, 2015 12:19 am, editado 1 vez
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Miér Nov 11, 2015 7:44 pm

Plic

-Dos mil trescientos doce...

Ploc

-Dos mil trescientos trece...

Plic

-Tres...

-Tres

Ploc

-Cuatro...

-Esto ya empieza a ser penoso...

Plic

-Cinco... ¿Qué quieres decir?

-Que tendríamos que intentar salir de aquí

Ploc

-Seis... No hay salida...

-Mentira, sí que la hay

Plic

-Siete... No merece la pena...

-Eso lo dirás tú, mi intención no...

Ploc

-Ocho...

-¡DEJA DE CONTAR GOTAS Y ESCÚCHAME!

Plic

-Te escucho...

-Digo que deberías intentar salir de aquí, digo yo, ya lo has hechos una vez, no es tan difícil

Ploc

-No merece la pena...

-Oooh, mira al lastimoso caballero en sus días postreros

Plic

-Nunca los ha habido

-Dioses, realmente tienes un problema con las prisiones... ¡Todas te acaban deprimiendo!

Ploc

-Todas pueden representar la última vez que veo la luz del Sol

-¡Pues haz que no sean la última vez!

Plic

-Trece...

-Por todos los diablos, eres intratable

Ploc

-Catorce...

-Ojalá te devoren las ratas

El lugar era frío y húmedo, Darkeray no lo sentía pero sus extremidades aletargadas y agarrotadas eran buena muestra de ello, su túnica de arpillera era de muy mala calidad, la cama una burla para la espalda, la ventana un mero agujero dejado por una piedra, las ratas grandes como gatos y la iluminación tan pobre como la noche más oscura.

Nunca había pensado que iba a terminar en una prisión eterna en la fortaleza de Samrat, pero el destino es caprichoso y su humor es de los más crueles, pues sólo a él se le ocurriría enviar al más pútrido y maldito de los hombres a la prisión de fieles defensores de la luz que le detestaban sólo por existir, sí, definitivamente el destino es sarcástico.

Miró su mano descubierta y odió a sus captores por haberle confiscado la armadura, sus armas y a su fiel corcel Muerte, odió su pasado, sus manos putrefactas, su tronco vacío, sus piernas agujereadas por gusanos, sus pies negros y de falanges expuestas, odió su suerte por haber sido tan orgulloso al ver aquella sortija cuando su linaje se había perdido para siempre, odió entera a Ujesh-Varsha por existir y deseó que dos imperios se matasen por su dominio y la destruyeran en el proceso, odió al Bufón por estar en su mente y ser una molestia

-¡EH ASQUEROSO MUERTO HIJO DE MIL PUTAS! ¡TE OLVIDAS DE QUE TE PUEDO ESCUCHAR!

Odió otra vez al Bufón y deseó su muerte

-¡TÚ SÍ QUE ESTAS MUERTO! ¡CUANDO PUEDA TENER EL CONTROL TE DESTERRARÉ A LOS RECOVECOS MÁS PROFUNDOS DE LA MENTE! ¡LIG'TEK SERÁ EL DUEÑO DE ESTE CUERPO!

-¿Lig'Tek?

-Mierda

-¿Quién?

-No te importa

-¿Quién?

-NO TE IMPORTA

-Vale...

Plic

-Veintidós

-¡ESTO ES UN INFIERNOOOOO!

Y en el silencio de las monótonas gotas en medio de una oscuridad total y en una celda abandonada en medio de los fríos pasillos de piedra, el Caballero se encogió en una esquina mientras trataba de  ignorar el olor a orina que los soldados habían tenido la deferencia de mearle encima e intentó tapar su odiado cuerpo con las telas burdas de la túnica de arpillera

Ploc

-Veintitrés...
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Jue Nov 12, 2015 6:18 pm

VIII. Encierro

Música:


Por alguna razón, entre más nos adentrábamos en las mazmorras, más parecía que nos alejábamos de la idea de salir algún día. Era un mundo al revés; la realidad tergiversada tras el espejo de las dríadas. Si bien las telarañas crecían por doquier, llenándolo todo de visos de niebla pálida y rugosa, en la piel se sentía la tensión del ambiente, la nariz captaba menos oxígeno, un aire enrarecido por la presión y los despojos; las piernas temblaban de a pocos, a pesar de la prisa con la que nos deslizábamos hacia abajo… siempre por escaleras eternas hacia abajo… hacia lo profundo.

No había opción de errar: el camino daba su único destino. No hubo vueltas o bifurcaciones. El debate estaba fuera de tópico, pues el destino dictaba nuestros pasos, cortaba las ansias de encontrar un dejo de opción o decisión. El eco de nuestros pasos hacía mella en los oídos a medida que la sensación de ser conducidos hacia una trampa pesaba más en las piernas que en la cabeza.

-Pitrus- aventuró el abuelo en un suspiro, jadeante, pasando su mano trémula por la frente perlada cuando el miedo a combatir era menor al horror de correr eternamente entre las sombras -¿Viniste por acá?

Un gruñido (si es que eso fue) se escuchó del gran cuerpo del Señor de la Piedra, ofuscado como aprehensivo, mientras su morena se remolinaba apretada contra la chaqueta del capitán, apretándole el cuello, inquieta.

“Plic”

Ploc

Oímos ese replicar ondular seguido de susurros en la oscuridad. La cara del anciano se alzó con interés pero continuó con paso mermado, y yo tras de él le guardaba con fidelidad casi canina.

“Plic Shh…”

-¿Oyeron eso?-susurró Milk una vez más, perdiendo el miedo a levantar de más la cabeza y clavar la mirada donde los demás solo apreciábamos oscuridad. Olfateó el aire enrarecido como un sabueso y, para mi sorpresa, sonrío como niño divertido.

“Plic…shh veint...

-Alguien anda allí- aseveró finalmente el Señor de la Piedra sin aflojar el paso, apretando los mulos de ébano de Tanie, quién también atenta, con el cuerpo tenso como gacela, palpaba el mango de un arma sobre su cinto desgarrado. -…este hedor…

Sí. Aquello era algo conocido: olor a muerte. Contrario a lo que pensara, las náuseas que experimentaba no eran por el apremio a la batalla, o lo que fuera que esperara tras aquel camino de única dirección… era el aroma, uno tóxico como embriagador. Con la mano fuertemente hincada en el arco, cual si fuera garrote, me sorprendí de estar acariciando la daga prohibida, como si de un bebé se tratara, pensando en la paz que cae con la llegada de la Parca.

-No me contestaste, Pitrus… -añadió el viejo con voz recia, cortando el silencio por el que nos habríamos paso.

-No hace falta, venerable- dio por toda respuesta.

Así supe que habíamos errado el paso y nos encontrábamos en territorios desconocidos, perdidos, en la inmensidad de una mazmorra que no parecía tener fin.

-Bien… - se detuvo de pronto el anciano, rumiando entre sus piernas, incómodo, engarrotado: -Me parece que lo prudente es preguntar…

Pitrus rodeó la mirada con hostilidad y fastidio, deteniendo también su andar. “¿Preguntar a quién?”, era la duda que se pintaba en el rostro de todos, excepto en el anciano. Yo quedé cortada de facto y sintiéndome en el lugar donde los ojos no pueden observar, me escondí entre las sombras esperando la querella entre esas dos voluntades tan contradictorias.

Obviamente, el guerrero curtido quería avanzar, azuzado por el mal estado de su mujer como por lo que este sitio parecía despertar en todos: la sensación de una trampa que se cierra. Pero el viejo disfrutaba de todo. Incluso, me pareció que en varias ocasiones hasta se detenía a detallar una columna, un detalle entre la piedra caliza, el aire, las inscripciones, como si grabado en algún punto fuera a encontrar el letrero de salida. ¡Estaba loco! Pero era el único loco que hablaba mi tosco idioma… y eso me unía a él en sagrada comunión como me frustraba.

Ploc

Giré de improviso. Algo hablaba, susurraba con impertinencia, cortando el dulce devenir de la soledad mortuoria con su oscuro tono.

“Plic”

La voz no importó, pues era ese contoneó el que me hablaba. Uno arrullador como conocido, el aroma de un líquido que se descuelga de su fuente y cae en mil pedazos ondulantes sobre el afluente.

-Ish threk drakn (tengo sed)- susurré, cerrando los ojos, sin notar que caminaba, desviándome de los demás. –Ish threk drakn …

Sentí el frescor que deriva del agua y luego, lo vi, como fantasma consumido por su pasado, siguiendo el rastro de sus pensamientos en el suelo con precisión en un aura corrupta, quizás como él, pues traslucía un semblante descolorido, de ojos brillantes de pálida luz, taciturno, lúgubre como el frío que lo envolvía en una celda que marcaba el final del sendero y de nuestra ansiada libertad.

-Curioso paciente el que nos aguarda…- agregó el viejo Milk en esa lengua tan diferente a las demás, a mis espaldas, desconcertadamente fascinado. Ninguno sabía si era una amenaza, aunque la desesperanza monótona de la sombra no daba duda a que era uno más desventurado que todos juntos: -aunque…- y rascándose la cabeza susurró hacia mí lo que parecía ser una elaborada ofensa: -….pésimo trabajo el que hicieron con él. Yo hago mejores.

Pitrus estaba al borde del colapso: si bien la figura oscura que retozaba en medio de la nada lo embargaba de una sensación de repugnancia y consideración, su morena se agitaba de vez en cuando, adolorida y maltrecha por las heridas que cargaba.  

-¿Cómo putas saldremos de acá?- cortó en un silbido Pitrus y el extraño viró levemente hacia el capitán de melena blanca y ojos celeste: -Nada de esto me es familiar. Ya debíamos haber encontrado el rastro de los demás, pero en su lugar…

No podía evitar el asco con que le miraba, aunque el fantasma apenas si atinaba a mirar. Trataba ocultar la repulsión pero el Señor de la Piedra parecía constreñido hasta los tuétanos con el individuo cadavérico que nos devolvía la mirada.

Hasta ese momento todo había sido correr, huir, sin rumbo, en silencio, tratando de evitar los problemas como los encuentros desagradables, pero aquella irrupción de un alma aislada en medio de un callejón sin salida, coronado por barrotes, nos demostraba que nunca habíamos salido de la celda, sino que continuábamos como ratas corriendo tras una rueca bien trabajada.

Milk era el único inmutable. Sereno, con esa cara de infante aventurero que acaba de descubrir el principio de la lógica más básica, se debatía entre hablarle al desconocido, pero por alguna razón no encontraba la manera de irrumpir en aquel habitáculo de muerte.

“Plic”

-A… a.. Aguaa- balbuceé a tropiezos en esa lengua que todos conocían. Tanie volteó sorprendida y como adivinando mi pensamiento completo:

-Y dónde hay agua debe haber un nacimiento o una salida… -dijo, entreviendo sus dientes perlados en una sonrisa que más parecía siniestra que agradecida.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Dom Nov 15, 2015 11:14 pm

Plic

-Ish threk drakn... Ish threk drakn…

-Hay alguien... ¿Una mujer?

-Veinticinco...

-UNA MUJER

-Guardias en su ronda...

-¿Estás seguro?

Y como respondiendo a una provocación, sonaron voces extrañas de dialectos desconocidos, una voz femenina, otra severa y una más... ¿Anciana? Darkeray no estaba seguro, la Orden no tendía a rechazar a nadie que demostrase actitud de odio hacia todo lo considerado “impío”, aquellos hipócritas bajo el auspicio de una palabra divina convertían en destrucción todo a su alrededor, el Caballero sacudió esos sentimientos de odio, el Bufón no iba a ganar el juego mental, odiaba tener que renunciar a sus sentimientos, pero era la mejor manera de evitar el caos, y mentiría si dijera que no se sentía mejor así, fingiendo que al igual que otros no-muertos, sólo era hechizo materializado sobre algo vacío, sin mente, únicamente obedeciendo a su amo incuestionable

-¡Oye Caballero! ¡Deja de ensimismarte y presta atención, que tienes visita!

-¿Qué...?

Y giró levemente la cabeza apartando la vista de la esquina de piedra en la que se refugiaba, miró de soslayo, vio tres figuras, no... Cuatro figuras: una encorvada y de aspecto frágil, una femenina que le miraba y una fuerte de espaldas anchas que cargaba con una cuarta que no podía reconocer.

Habló la voz severa y grave en un dialecto extraño, Darkeray decidió ignorarlos, fueran almas en busca de una salida o guardias planeando su ejecución, simplemente harían lo que tenían que hacer, él simplemente esperaría, se encogió de nuevo sobre su esquina, era confortable, segura, la mejor esquina que el mundo pudiera ofrecer en aquel oscuro abismo para gente como él:

-No son guardias Caballero...

-Entonces son fugitivos...

-¡Qué increíble poder deductivo Caballero, no sé como no he podido llegar a esa conclusión tan evidente!

-Ya...

-¡Es una ironía imbécil!

-Ya...

-No te soporto...

-Ya...

-Bueno... ¡Pues ya que estás tan colaborador, te diré que estos tipos son peligrosos! Tienen trato con los demonios...

-¿Ah sí? Y puedo saber porqué lo crees?

-Ya...

-Está bien, tú mismo...

-Ya...

Y ambos permanecieron en silencio, Darkeray escuchaba las voces detrás de él, pero se sumergió en su pasado, recordó a su madre y a su padre, pensó en Faeldon, añoró su hogar...

-¡Por todos los Señores del Foso! ¡Vale! ¡Te lo diré!

-Como quieras...

-¡Pero prométeme antes que no pensarás en esas mierdas melosas!

-Vale...

-Gracias, pues esos tipos están hablando en una lengua demoníaca o alguna derivada de ella

-¿Y cómo lo puedes saber?

-Te olvidas de tus orígenes caballero... Y sobre todo, de los míos... No seré un demonio, pero sé cuando algo está emparentado con ellos

-¿Quieres decir que los entiendes?

-No, una cosa es saber qué es y otra muy distinta comprenderlo, pero al menos tenemos la certeza de que no son guardias de la Orden, no creo que quisieran tener en sus bocas esa lengua

-No todos los miembros de la Orden ¿Recuerdas?

-Vale vale, CASI todos los miembros de la Orden ¿Mejor?

-Mejor...

-¿Y qué hacemos ahora?

-Nada...

-¿Cómo que nada?

-No son de la Orden, sólo fugitivos en busca de una salida, no nos molestarán

-¡Por ello mismo son nuestra vía de escape!

-¿Para qué? No hay nada mejor para mí ahí fuera, sólo una prisión más grande

-Pero...

-Sólo una prisión más grande

-No te soporto...

-Ya...

Y el Caballero se sumergió en su pasado, recordó a su madre y a su padre, pensó en Faeldon, añoró su hogar, visualizó los rostros de sus amistades del ejército, rememoró a la joven cambiaformas y al arquero encapuchado, se deleitó de nuevo con las ocurrencias de Nikochis...

-¡¡¡NO TE SOPORTO BASTARDO MENTIROSO!!!

-Ya...
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Re: Escape y fuga

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