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Escape y fuga

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Mar Nov 17, 2015 1:34 pm

IX. Sombra


Discutieron largo rato, antes de percatarse de lo impertinente que era la idea de seguir el curso del agua. Al parecer, el Señor de la Piedra conocía ese lugar: una prisión al servicio de la bondad, aunque claro, aquella palabra sonó con un dejo de sarcasmo que difícilmente pasó inadvertida. Solo bastaba ver a la morena, su cuerpo constreñido y respiración fatigosa, para darse cuenta de los alcances de su bondad…

Pitrus parecía estar convencido que aquellos niveles donde nos encontrábamos, según él casi los más profundos de la montaña, o los que también llamaba una y otra vez Mazmorra del Santoral, no era más que una serie de celdas con la facultad de redistribuirse de lugar, un gran laberinto capaz de cambiar cada camino a voluntad. Y fue allí donde resurgió el tema del agua en el relato: una estatua corona la prisión, que como puerta de acceso infranqueable, se encuentra sobre nosotros rodeada de agua. Sólo los elegidos pueden cruzar el afluente y… si cometíamos el error de abrirnos camino por la roca en la dirección de las gotas, podíamos terminar labrando nuestro propio ataúd de agua y sangre.

Era un hecho que en el rostro curtido del Señor de la Piedra se reflejaba constantemente la impotencia, llamando a todos los demonios por su suerte, como también a otros tantos que se suponían “ya debían estar aquí”.

Yo atendía por partes aquellas explicaciones, sintiendo como el frío de esa compañía ausente nos consumía de a pocos, encrespándome los nervios. Callado, ensimismado, rumiando pensamientos que de vez en cuando se traslucían tras el movimiento de sus labios carcomidos por la putrefacción, la sombra solitaria daba más pena que miedo.  Y fue allí que entendí que nunca me permitiría estar así, consumida por la pena y la desesperanza, más aún si el aliento de la conciencia y de la fuerza me alimentaba para levantarme una vez más y luchar por la libertad…

Libertad… una palabra tan simple pero poderosa que encierra el misterio de un significado relativo. Afuera no esperaba nada y sin embargo en mi corazón anhelaba creer que lo que aguardaba era eso: libertad. Sin embargo, a pesar del tumulto de pensamientos y la frustración de no poder lograr el cometido de huir, yo a ese fantasma sepulcral no podía juzgarle: en aquellos ojos resplandecientes de odio y fuerza, se traslucía la desolación de un alma que habita una esencia diferente. Me pregunté si por eso mismo el viejo me había apodado así, Amethist… un nombre tan ajeno como la misma facultad que él parecía percibir en mi mirada.

-… Y está el tema además de qué haremos con esa “cosa”-finalizó desesperado Pitrus, apuntando a la oscuridad silbante mientras su morena le acariciaba la espalda para tranquilizarle.

-La cosa- repitió el anciano, rascándose la barbilla- La cosa ni se inmuta con nuestra presencia y me pregunto por qué…

-Krish na drakcthal’kum (deberíamos estar huyendo y no dialogando)-reprendí.

-K’nath ish ka (Paciencia)- dio por toda respuesta, dando unos pasos hacia el cuerpo envuelto en telas roídas.

Los ojos de Milk se clavaron en la oscuridad de aquella esquina, avanzando con precisión, pausado, pero firme. Olfateaba como sabueso y de vez en cuando sus orejas se movían con interés en lo que traía el aire enrarecido. El cansancio y el sudor de la carrera ya eran historia y ante mí se alzaba una figura decrépita y senil, sí, pero capaz de infundir con sus barbas y cabellos cenizos el respeto que los grandes hombres merecen.

Yo fui tras de él, casi que de manera involuntaria, pues me sentía ligada al destino de aquel abuelo, no por gratitud sino por algo más poderoso que ello: convicción.

Se detuvo a unos centímetros, rebujó su propia capa azulada, y a aquella distancia, lo que antes eran murmullos ahora se oían con la claridad de una estampida de incoherencias.

¡Si el horror de la muerte tuviera una forma, sería la de aquella figura consumida! Me aterró la correspondencia del olor a la visión: su carne consumida por pedazos, los huesos que de vez en cuando se avistaban sobre unos músculos devorados por pequeños seres que de los diferentes agujeros asomaban; el perfume de una criatura despojada de vida. Quise vomitar, pero algo ajeno a mí me mantenía en compostura: el viejo Milk.

-Han pasado varios años desde que no veía a… a alguien como usted… - comentó con dejos de ingenuidad, que más lo dejaba como escolar que como erudito: -¿Qué hace por estos lados, joven desventurado?

Le hablaba como un abuelo al nieto, con una cercanía que incluso a mí me pareció poco prudente. Sin embargo la sombra se encogió sobre sí misma luego de lanzar una mirada de soslayo. Su pelo níveo apenas si reveló la presencia de un cuerpo mutilado.

Pero Milk estaba lejos de aceptar el silencio como respuesta y con ese hábito de rascarse la cabeza, un tanto abatido, volvió a repuntar:

-Vaya… ha de ser que no me entiende-. Y sin más, haciendo muecas, primero señalándose a él mismo y luego al humano en harapos, continuó: -Yo… Milk… Yo, Milk… Usted, ¿Quién?... Usted, ¿quién es?

Sonreí, pero con agobio: a pesar de lo infantil de la maniobra era posible que funcionara, sin embargo, si aquella figura no sabía el idioma (como yo) solo revelaba lo difícil que sería lograr la respuesta que buscábamos. Requeríamos de una dirección… un camino. Pitrus parecía también darse cuenta de la pérdida de tiempo, como de la desesperación que generaba la presencia de aquel fantasma. Bajó a su compañera, y alejándola de nosotros, la acompañó entre dulces susurros de amor eterno, apartados del aire malsano que generaba el intruso.

Sin embargo, no reaccionó. Encogido un poco más parecía no percatarse de los intentos desesperados del viejo Milk por comunicarse.

Pero el anciano vio oportunidad en lo que yo desesperanza y dando una palmada al aire festejó:

-Me entiendes… ¡Qué bien! Hace mucho no veía a un… reanimado- acotó, al tiempo que me pregunté que quiso decir con eso. Lo olfateaba con interés, y por qué no, con deleite, acercándose un poco más –No a uno como usted, quiero decir- finalizó, rascándose la barbilla sin quitar por un segundo la mirada de la sombra.

-Déjenme en paz, vuestras mercedes… Por favor…

Finalmente hablaba... en susurros, pero lo hacía. Era un idioma fluido, galante, pero el tono no dejaba de ser profundo, cavernoso, escalofriante. Aquella era la victoria del viejo, pues aunque aún no lograba la ansiada respuesta , sí era cierto que esa sombra no solo estaba más viva que todos nosotros juntos… también podía comunicarse y revelar sus verdades.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Lun Nov 23, 2015 4:15 pm

Y en la penumbra de aquella sala la joven retrocedió, conmocionada por escuchar su horrible voz. Darkeray querría haberse sorprendido de la situación, pero... ¿Para qué? ¿Por qué? Si esa era la reacción normal, la que todos o casi todos tenían, ¿Un cadáver andante sin malas intenciones? ¿Dónde se han dado semejantes fenómenos? Hablaban las malas lenguas de un titiritero que empleaba cadáveres para sus espectáculos, cadáveres que eran la princesa prometida, el príncipe azul, el dios que desciende a poner orden, la madre cariñosa que cuida a sus hijos y el padre responsable que ofrece sabio consejo, pero eso, en su mundo, es fantasía, y fuera de él un crimen, decían las malas lenguas que el titiritero fue asesinado por sus propios títeres, pero eran historias de chismosos

-No hay paz en este lugar, joven, usted lo sabe. Ni tampoco se consigue paz a punta de rumiar el pasado -dijo cariñoso aquel anciano devolviendo a la realidad al Caballero-

-Oye, escucha un poco Caballero, quizá se te contagie algo de su sabiduría

-Dicen del pasado que es una carga, mas en mi caso es lo único que me proporciona el consuelo y la cordura, dejadme y marchaos, pronto vendrán a buscarme para otra tortura...

-Ooooooh, por favoooor -se burló el Bufón- soy un pobre hombre encarceladoooo, mirad mundo lo desdichado que sooooy, venid y coonsoladmeeee

¿Ser consolado? Estaría bien, el consuelo siempre es de agradecer, pero ¿Cómo consuelas a alguien que no tiene nada a lo que aferrarse? ¿Una familia? Enterrada ¿Amigos? Muertos ¿Conocidos? Bajo tierra ¿Nuevas amistades? Imposibles. Y aún así el recuerdo era té para su mente, azucarado, delicioso, un momento breve de calor y dulzura para él, pero después aguardaba el frío, el sabor amargo, la boca pastosa, y la necesidad de otro sorbo... Té que no debería probar, pero es que la tentación es tan grande...

-Nadie dice que es carga...

Darkeray ignoró los comentarios, y reparando en lo tensa que estaba aquella joven, añadió en un susurro:

-No temáis bella señorita, pues no os he de procurar daño... -y añadió para sus adentros- Creedme, de verdad que no, sólo espero que los guardias que se jactan de servir a un Dios justo actúen igual

-Ahora entiendo: con ella sí, pero conmigo no...

Había algo extraño en su actitud, parecía sabio, pero a veces también ignorante, maduro pero a ratos infantil, anciano, pero con actitud joven, era un hombre extraño, muy extraño, Darkeray se preguntaba el porqué se molestaría tanto en mantener una conversación con él. ¿Tan desesperados estaban? Sin duda, aquel anciano estaba siendo muy insistente

-Mejor, así comprendes lo que es para mí tener que escucharte a diario

-Sin embargo -continuó- la pregunta que me he guardado todo este tiempo es simple -se rascó la cabeza como meditando lo que iba a decir- ¿Por dónde lo llevan cuando han de torturarle?

-¡Eh! ¡Quiere nuestra ayuda! ¿No lo ves Caballero? ¡Ya tenemos una vía de escape!

Darkeray torció levemente sus labios, frunció por un momento el ceño y meditó un segundo:

-Lo desconozco, mis ojos son cegados con vendas y mis piernas partidas para que no intente huir

-¿¡Quéeeee!? ¡MENTIROSO! ¡NO TE PONEN UNA VENDA!

¿Mentiras? Sí mentiras... Las mentiras son odiosas, detestables, condenables, inmorales, corruptas, abominables, aborrecibles, despreciables.... Y aun así había mentido ¿Por qué? No lo sabía exactamente, quería dar una respuesta a su moralidad martilleante, pero su mente no quiso justificarse, simplemente mintió y arrojó basura por la boca

-Ya veo- asintió el anciano rascándose la barbilla- Esto nos deja en el mismo punto, ¡con su merced dialogando de lo lindo!

-¡No entiendo como puede tener tanta paciencia para soportar tus evasivas! ¡¿QUIERES HACER EL FAVOR DE COLABORAR UN POCO?!

-Estas impregnado de esta esencia tan única... tan especial... Que si me exijo un poco, podría quitaros todo el problema que traéis... la carga de una existencia decadente por otra con propósito

¿Especial?¿Él? Definitivamente aquel anciano estaba muy desesperado, Darkeray deseó otra vez que se marchara y que le dejara volver a sumirse en la paz de la oscuridad mientras esperaba la próxima tortura

-¡PRESTA ATENCIÓN Y DEJA DE LAMENTARTE!

-No hay nada imposible para quién de la muerte se alimenta

-¡ESO ES LO QUE SIEMPRE LE DIGO A ESTE MENTECATO! ¿¡NO LO VES CABALLERO!? ¡ALGO QUE HACER CON TU EXISTENCIA EN VEZ DE LAMENTARTE! ¡DI ALGO!

Y vio como la sombra perfilada de una mano se recortaba en la pared y se acercaba a él, Darkeray se dio la vuelta sobresaltado, miró cara a cara al anciano que pretendía tocarle las piernas y se incorporó bruscamente, pero un leve crujido sonó y sus piernas no respondieron al repentino esfuerzo, su cuerpo se desplomó con un gran estruendo, la escena quedó paralizada, el hombre fornido le miraba con repugnancia, la joven con miedo y el anciano congelado en el movimiento.

-Demonios... ¿¡Cómo es posible que me haya tocado semejante idiota!? ¿¡CÓMO!?
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Miér Nov 25, 2015 8:50 pm

X. Decisiones

Encogía el corazón con solo oírle respirar, pero cuando hablaba su aliento parecía transformar el aire en hielo y éste a su vez en un sentimiento que calcinaba el alma, robando la esperanza. Sin saber en qué momento sucedió, las piernas me empezaron a temblar, y aunque había retrocedido de aquel cadáver, con la impresión grabada de múltiples huecos rondados por gusanos sobre un rostro pútrido, lo cierto era que el efecto de desolación y temor no pasaba aunque corriera en dirección contraria. Lo llenaba todo… nos ahogaba en el horror.

Sin embargo Milk parecía inmune a ello: en su ser emancipado, más allá del bien y del mal, demostraba en carne propia porqué los seniles son vistos como seres poderosos, enajenados del mundo y sus pecados. Era un niño con la sapiencia de un erudito, un glotón de información que ronda la torta, comiendo la costra, pues lo de adentro es lo que persigue para devorar en último lugar. Y era claro que aquel ser oscuro le atraía, pero ¿valía tanto como para perder el tiempo así?

Me abracé y me froté los brazos. No tenía respuesta para esa interrogante y mientras el anciano seguía hablando yo más me convencía de dar media vuelta y salir por mis propios medios de esa ratonera.

-No temáis bella señorita, pues no os he de procurar daño...

Me estremecí con sentir su tez mortuoria sobre mí. Pero un algo en mi ego, un no sé cómo y no sé por qué, me obligó a sostenerle la mirada, llena de ese vaho terrorífico que desde el primer momento lo envolvía. Sin embargo, a pesar de haber sido una sombra sumisa y cadenciosa, impregnada de terror y letargo, se despuntó en sus ojos encendidos una súplica secreta.

Milk aprovechó la jugada y continué su ataque retórico, sin mayores logros. Pitrus seguía hablando a Tanie por lo bajo, como si de juramentos de amor pasaran a tratar los temas delicados del porvenir. Aquella jugada nos retrasaba y, sin saber muy bien qué generaba la ansiedad, de las sombras parecía resurgir los fantasmas de viejos enemigos, soldados que vendrían a despojarnos de toda fuerza de voluntad… como de seguro era la historia que escondía ese ser.

“Vámonos”, rogué en silencio al destino para que moviera las vanas intenciones de Milk en la huida. Observé a Pitrus, un tanto suplicante, pero si algo se había hecho evidente en ese momento era el respeto que tenía por aquel al que llamaba “venerable”.

Al voltearme no supe con exactitud qué pasó, pero el cuerpo del ser se levantó de repente, espantado, horrorizado, pero al tiempo que tomaba impulso, cayó desplomado sobre la roca fría llena de huesos. Sólo allí, viéndolo incorporarse, caí en cuenta de lo que esa sombra era: una figura humana, de cuerpo alto, músculos quebrados pero notados, propios del entrenamiento de quién se hace para guerrero. Tuve la certeza de que esas manos, si odiaban a sus captores y lo que representaban, serían aliadas poderosas… Quizás era lo mismo que el anciano de cara cómica perseguía.

El olor malsano se elevó. Apenas si alcancé a taparme la nariz por el hedor que despidió. Pero Milk seguía firme, intacto, con esa aura pesada que había notado en antes, cuando las luces verdes rondaban la morena.

-Ten presente- pronunció el anciano erguido, imponente, exhalando humo por su boca como si fuego invocara de sí: -que las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente la que hace del hombre libre o esclavo. ¿Te levantarás, caballero? O, ¿perecerás en vuestra propia cárcel de ideas y pesares sin honor, sin opciones, sin propósitos, lleno de dudas y carcomido por los años?

No lo dejó responder, como si la respuesta fuera irrelevante; solo sonrió con esa sencillez que le caracterizaba: volvía a ser el mismo viejo verde que en antes pretendía manosear a Tanie. Con un dejo de su mano se despidió, buscando a Pitrus.

-¡Ya llegaron!- aseguró, rascándose la barbilla a tiempo que una de las paredes cedía hecha polvo.


¡PAFF!

Música:


La humorada se levantó. Pitrus protegió con su basto cuerpo a Tanie, algo tomado por sorpresa; yo me cubrí los ojos y rehuí de las piedras, pues algunos trozos grandes habían salido disparados por los aires. “El enemigo”, pensé para sí, segura de que tras aquella cortina de niebla polvosa se encontraría una legión de guardias dispuestos a hacernos pagar la osadía. Apreté el arco como garrote, ¿qué más podía hacer? Rechinaban los dientes como un gato acorralado: no estaba dispuesta a entregarme tan fácilmente. En el fondo acallaba la voz de la conciencia que me reprochaba una y otra vez el no haber salido huyendo de ese lugar.

Solo el anciano permanecía en pie, distraído, pero sin borrar una sonrisa paternal que se obligaba a no abandonar su rostro lleno de arrugas.

Entonces, el humo cedió y detrás de aquella distracción emergió un martillo radiante, de dimensiones colosales para quién lo portaba. Expulsaba energía, tan calcinante que sentía como el frío propio del cadáver se pulverizaba con esa otra materia más viva y fulminante: inscripciones brillaban de él, de intensidad casi estelar, el viejo arte de las runas de las montañas Daulin de la que muchos solían hablar.

Unos ojos curtidos, que recordaban los de Pitrus, repasaron nuestros rostros con desconfianza y fiereza. Su barba enloquecida, de un rojizo cenizo que recordaba las huestes nómadas que habitaban los glaciares, cortaba con su tamaño y estatura: una panza pronunciada y su capacidad para alzar tras de sí un escudo mucho más pesado que su brillante arma. Con ceremonia hizo una inclinación, al reparar en el viejo.

-Olaf-exhaló Milk con agrado: -Tarde como siempre.


-Pitrus, malnacido, moco de troll, tenías que hacerte el guerrero solitario. ¡Ha buena hora te hiciste el payaso! Te dije que esperaras por las barbas de mis antepasados, ¡TE DIJE! Pero no, él se siente siempre al mando y lo abandona todo al son de los gemidos de su concubina. Por supuesto, ¿cómo no iba a salir todo un caos? ¿Cómo no? ¿Ah? Y luego apareció esa pequeña, maldita hija….- reclamó aireado el enano, mirando a su agresor.

-Ya.. Ya…- advirtió el anciano con una mano, calmando los ánimos del hijo de la roca, mientras Pitrus alzaba los puños para darle una reprimenda al pequeño barbudo al son de la palabra “concubina”: -No exalte sus barbas, general.  

-No hay salida de este lado.

Esa voz, como ninguna, sonó áspera, lejana, misteriosa, pero abrumadora; un gruñido en la oscuridad que nos envolvía. Pelos se alcanzaban a ver en el fondo de las sombras, todos alocados, todos con una mezcla repugnante de humedad y animal. Proyectaba una altura apabullante y en mi interior tuve la premonición nefasta de sentirme rodeada no de aliados, sino de enemigos peligrosos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo cerca que estaba del cadáver por el que no lograba vencer el terror que expelía: la necesidad de sobrevivir era más fuerte que el frío que albergaba la muerte.  

-Tampoco de éste-respondió otra voz, igual de salvaje pero aguda y brillante, tras nuestras espaldas.

Al voltearme… Mente y alma enmudecieron pues aquello era una bestia parlante, feroz, con ojos de pantera y manos humanas, garras de león, y piernas de gacela. Su pelaje la haría confundir con una especie de gato, pero….

-Kaar.. Kar. nach...nachk es? (¿Qué es eso?)- balbuceé, tartamudeando de nervios, inclinándome hacia atrás y estrellándose con el caballero del frío. Mis dedos se entumieron y el miedo retornó a mis piernas con la fuerza que antes no se había notado.

-Habla la lengua demoníaca…- aseguró el macho entre ellos, y sin meditar demasiado, se dirigió como fiera tras la presa sobre mí, corriendo como animal con manos y pies en la tierra, al tiempo que mandaba una de sus garras tras mi garganta.

-¡Munkus… Myote!-gritó el anciano, alzando sus manos: -Así no tratamos a los invitados.

Munkus y Myote:



Ambos hijos de leopardo y humano, o alguna especie de conjuro mal logrado, de los llamados antropomorfos de seguro o por artificio de magos,  miraron a Milk como si de su amo se tratara y éste sin borrar su risa bonachona, prosiguió:

-Tenemos que largarnos de este moridero. General Olaf, capitán Pitrus, Tanie… ¡Están cerca!-. El anciano olfateó el aire como el sabueso que parecía ser y arrugó el rostro con preocupación: -Está muy cerca… Esa cerda está muy cerca.    

Exhalé con fuerza, pues de su rapidez no vi sus intenciones sino cuando el dolor de la sangre emergió, dejando un rasguño en mi cuello y la debilidad recorriendo mis músculos.

Aún seguía a salvo.


Última edición por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:55 pm, editado 2 veces
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Lun Nov 30, 2015 9:50 pm

-Ten presente que las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente la que hace del hombre libre o esclavo. ¿Te levantarás, caballero? O, ¿perecerás en vuestra propia cárcel de ideas y pesares sin honor, sin opciones, sin propósitos, lleno de dudas y carcomido por los años?

Cada frase, cada palabra, cada... Letra de aquel breve discurso se clavó como un millón de agujas en el cuerpo del Caballero, que escuchó como un niño reprendido su desvergüenza, y recordó a su padre y los correctivos orientados a hacerle luchar por su linaje, y pensó en levantarse y estrangular a aquel anciano con sus propias manos, y luego culpa, culpa por sus pensamientos hacia un hombre sabio que le ofrecía consejo, y miedo, miedo hacia la perspectiva de volver a perder el control.

-¡Sí! ¡Una lástima! -comentó sarcásticamente el Bufón atendiendo a sus pensamientos-.

Quiso contestarle al anciano, pero no salió nada de su boca apestosa, afortunadamente, el anciano no pareció interesarle lo que pudiera decir, hizo un leve gesto de despedida y dirigiéndose al corpulento de anchos hombros exclamó:

-¡Ya llegaron!

-¿Qué demonios dice este viejo?

Y una pared estalló en miles de pedazos levantando polvo y haciendo temblar el suelo, todos se encogieron y protegieron de la pétrea lluvia, Darkeray permaneció inmóvil sin dejar de mirar al agujero que ahora decoraba la gruesa y antediluviana pared de la mazmorra, notó como las pequeñas piedras se clavaban o impactaban en su cuerpo.

El polvo de roca fue posándose poco a poco y unas figuras comenzaron a perfilarse en el agujero, el Caballero se levantó y se puso en guardia, si iba a ser torturado por mantener conversación con aquellos fugitivos, no lo haría sin antes luchar. De pronto se detuvo, analizó sus sentimientos

-¿Qué? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué estoy dispuesto a presentar batalla?

-Se denomina instinto de supervivencia idiota

-Se me han partido las piernas y no ha habido tal instinto

-Pues llámalo como quieras, quizá ese anciano ha conseguido algo más que hacer que tengas una conversación

¿El anciano? Sí, podía ser... No, no, ¿Un breve discurso sobre la esclavitud y ya se encontraba luchando? ¿Tan fácil de persuadir era? No no, estaba seguro, su pensamiento era claro y sus ideas fijas. Miró entonces a la joven y la vio encogida cubriéndose de los escombros ¿Amor? ¿Protección paternal? No no, bueno... ¿Sí? Quizá no, no estaba seguro, su mente era un caos de emociones opuestas y encontradas.

-Olaf -declaró el anciano interrumpiendo los pensamientos de Darkeray, los retomaría más adelante, ahora debía prestar atención a los recién llegados y permanecer alerta- Tarde como siempre

El Caballero relajó un poco sus hombros y la posición, eran aliados, o por lo menos, no eran enemigos, siguió su conversación, atento, intentando establecer lazos entre los presentes, el anciano parecía el líder, o por lo menos, alguien con mucha voz en la toma de decisiones y respetado, aquellos dos corpulentos guerreros debían ser el músculo, la mujer cargada en brazos no sabía situarla, y mucho menos a aquellos dos antropomorfos de talla imponente y aspecto salvaje, ¿Cómo habían conseguido reclutar a seres tan inestables? Siempre causaban problemas y eran poco disciplinados

-Te recuerdo Caballero que tú eres, a todos los efectos, un antropomorfo.

-Soy un humano

-Eso sería hace mucho, ahora eres una criatura de aspecto humano, como mucho

-Gracias por tus sabios consejos engendro

-Un placer, bastardo apest...

La joven de cabellos plateados trastabilló al alejarse de aquellos antropomorfos y chocó con Darkeray

-Kaar.. Kar. nach...nachk es? -tartamudeó visiblemente nerviosa, asustada, y seguramente repugnada al notar que se había acercado mucho a él, notó sus manos temblar-

El Caballero quiso decir algo para tranquilizar a la joven y recordarle que no le haría daño, pero lo reconsideró al pensar que se lo iba a decir un cadáver putrefacto que podía andar como los vivos, así que simplemente continuó medianamente en guardia, y no tardó en hacerle falta, pues aquellos antropomorfos, conmocionados por escuchar la lengua demoníaca en los labios de aquella joven, se adelantaron rápidamente, tan rápido que Darkeray sólo pudo dar un paso al frente y colocarse a un lado de la joven para poder apartarla, afortunadamente, el anciano interrumpió la hostilidad y simplemente los hizo retroceder, definitivamente, era alguien muy respetado.

Miró por un momento a la muchacha y se aseguro de que la herida de la que manaba un hilillo de sangre apenas era un rasguño, y entonces, la joven de pelos plateados le miró y se apartó de su lado, comprensible.

-Ish ka na davra (No puede ser...)- balbuceó otra vez con ese nerviosismo

En sus ojos brillaban la sorpresa a la vez que el temor, los sentimientos de repugnancia hacia sí mismo regresaron de las profundidades de su mente, y sintió arrepentimiento por corromper la vista de una hermosa joven con su presencia.

-Lamento no poder entenderos -susurró levemente, y volvió a mirar hacia los presentes, juraría haber visto frustración en el rostro de la muchacha, pero no estaba seguro, así que desvió su atención especialmente a los antropomorfos a los que seguía con una mirada severa e intimidante mientras intentaba enterrar aquellos pensamientos de repugnancia hacia su existencia.

-Tenemos que largarnos de este moridero. General Olaf, capitán Pitrus, Tanie… ¡Están cerca! -levantó la nariz y olisqueó el aire como un buen rastreador- Está muy cerca… Esa cerda está muy cerca.

-¿Esa cerda? ¿Será una de sus captores?

-La dama de ropajes níveos... -susurró Darkeray más alto de lo que hubiese querido-

-Aaaaah, ¡Esa cerda! ¡Esa maldita cerda hija de una serpiente del desierto!

-¿De qué la conocerá este anciano?

-Ándate con ojo Caballero, este viejo es más de lo que parece

-¿No eras el que quería que le hiciese caso en sus consejos?

-Un aliado es un enemigo que aún no te ha apuñalado por la espalda

-Una perspectiva interesante la tuya...

-ANDANDO- gritó el anciano interrumpiendo la conversación mental y desandando el camino por el que habían llegado-

Y al unísono todo cobró vida, las bestias corrieron detrás de él y lo adelantaron, el resto hizo lo mismo y empezaron a correr detrás del grupo, la joven fue la única que permaneció en su sitio mirando hacia el pasillo, el arco que portaba temblaba de la fuerza con la que lo apretaba entre sus dedos.

De pronto miró a Darkeray directamente, su mirada era serena a la vez que seria, parecía estar muy resuelta, y entonces hizo aquel gesto que al Caballero le resultó confuso, una mano temblorosa extendida y tendida para poder ser  agarrada por otra.

-Ven -dijo la joven con un tono silbante-

Darkeray miró una vez más a aquella bella mano tendida para él, podría haberse ruborizado en un pasado ya muy lejano, ahora los sentimientos resonaban huecos. Levantó la mirada y miró fijamente a la muchacha, sus ojos grisáceos brillaban en una máscara de decisión, pero a través de los agujeros de la misma relampagueaban el miedo y la lucha interior... Tenía que proteger a aquella muchacha, sentía la necesidad de hacerlo, pero aquella joven siempre le vería como a un monstruo putrefacto, de modo que retirando su mirada de los ojos de aquella dama y bajándola al suelo, simplemente susurró:

-Id vos delante os lo ruego, yo os seguiré cerrando la marcha

La muchacha de pelos plateados asintió firme y retiró su mano, otra vez parecía estar frustrada, pero una vez más, el Caballero no estaba seguro. La dama entonces comenzó a correr, siguiendo el ruido de los pasos del grupo, comprobando en leves miradas hacia atrás si él la estaba siguiendo por los pasillos de piedra.

De pronto, el ruido de pasos cesó y el silenció invadió los oídos, los pasillos que él recordaba al ir a la sala de torturas habían desaparecido, ahora nuevas paredes eran las sustentadoras de los pasillos, y la oscuridad disipada por antorchas ahora era inexistente gracias a unas ventanas por las que entraban haces de clara luz, Darkeray mantuvo el paso mientras examinaba el nuevo entorno, mas de pronto un brazo femenino que portaba un arco  le cortó el paso  y le hizo detenerse, la joven de cabellos plateados le miraba interrogante, deseando obtener alguna indicación de por qué camino continuar
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Sáb Dic 05, 2015 4:51 pm

XI. Compañía


-Ven.

Con la mano extendida, temblando y sudando por ese terror que aquella figura mortuoria podía infundir, yo estaba más sorprendida que él al sentir la resolución con la que aquel silbido se escurría entre mis labios. Le invitaba a unirse a una causa que estaba más condenada al fracaso que al éxito, sin embargo, esas manos… los dejos de cayos y heridas de otros tiempos, aquella figura resuelta capaz de amedrentar a cualquier adversario, se imponían sobre el mal olor o la podredumbre de sus carnes.

“Sí, acompáñanos sea el destino el que sea”, me repetí en ese silencio incómodo que terció entre la propuesta y la respuesta. El instinto no podía fallarme; por alguna razón ciega confiaba en mi olfato como bien había visto que hacía el anciano. Sin embargo, sus palabras, cargadas de esa nota cadenciosa de noble estepa con la que ya anteriormente se había expresado, dejaron ver una vez más su desencanto. El corazón, ese músculo vital que hace todo posible, tan difícil de entender pero tan simple de observar, en aquel individuo parecía un libro abierto: su frustración y desesperanza era del mismo tamaño que la mía.

Música:


Asentí a sus palabras y arranqué a correr tras los demás, con el arco apretado entre mis dedos, casi cortando la circulación. Su presencia harapienta se pegó a mi espalda, siguiendo la velocidad de mi carrera, llenando nuestro avance de ese frío congelante, embargándolo todo de pesadez. Aun así, sus pasos rugían como los cuernos de la batalla y al frente las bestias y los demás desafiaban temerariamente a nuestros adversarios con ese estruendo feroz que, como migas de pan sobre la estepa, pintaba el camino de rastros que debíamos seguir. Yo iba al frente, guiando el sendero, leyendo la piedra, avistando los sonidos que se transmitían entre las celdas.

Y fue en ese correr, mientras las piernas dejaron de temblar por el miedo injustificado para dar paso a la resolución, que entendí por qué su compañía me había resultado indispensable: era un guerrero, uno de verdad. Contradictoriamente, al recordarlo recostado sobre la loza, vencido y humillado, no pude notar más allá que la lastima y el temor que despertaba su propia condición; pero cuando aquel antropomorfo se lanzó dispuesto a tomar mi vida en sus manos, él se presentó temerario con aire resuelto y voluntad dispuesta a hacerle frente al peligro que no era suyo sino mío. El brillo de su mirada mortuoria denotó el fragor de quién ha nacido para pelear, para luchar. Y me otorgó seguridad, la certeza de estar protegida, y con esa compañía me dio la fuerza para quizás… tal vez…

Apreté el paso y corrí más rápido. Bajábamos de nuevo, desandando el camino, uno que yo sentía conocer pero repetirse infinitamente tras los pasos de los demás a la distancia incalculada, borrándose en lo profundo.

Y de nuevo me perdí en suposiciones. La inexperiencia que sentía en mí, en las manos de él sería más certera, más precisa, más contundente y mortal. Yo apenas podía tomar el arco como garrote improvisado… aquella idea solo despertaba el sarcasmo. Oía su respiración más cerca, y los ruidos de los demás lejanos. Apreté de nuevo la carrera hasta donde me daban las piernas, sin atreverme a hablar... solo era correr y no morir. Correr... correr...

El recuerdo de los soldados en la celda, sus rostros inexpresivos, bañados en sangre que salía por sus cuerpos, invadió la mente en medio de la treta. La manera como perecieron sin más me sobresaltó… haciendo un alto ante lo que no pude reconocer. El silencio era infinito, amenazador. Nada más se escuchaba a parte de esa respiración gélida que me seguía.

Lo observé con angustia, pues sin saber en qué momento, el rastro de Milk había desaparecido. ¿Por dónde debíamos seguir? ¿Por qué no se escuchaban los demás? ¿Qué íbamos a hacer? ¿Esperar? ¿Proseguir?

Él pareció entender mi indecisión, pues adelantándose a penas unos pasos hacia una de las ventanas, asomó y aguardó inexpresivo. Con un gesto me invitó a su lado y yo torcí los labios, conociendo que cada vez que me acercaba a su figura alta y andrajosa había algo más que me hacía helar los huesos. “Acá vais de nuevo”, me dije, sabiendo que esa tranquilidad que volvía cuando él se alejaba, se tornaba miedo y oscuridad al acercarme a su cuerpo pútrido. Respiré hondo y me adelanté….

El viento, como la marea golpea la costa, azotó mi rostro, ahogándome en esa frescura que solo esa esencia puede tener. Sentí la libertad en el dulce contoneo de mis cabellos. Pero aquella ventisca no era ordinaria, pues el calor que ascendía junto con ella parecía proceder de los mismos infiernos. Abrasaba.  

Más música:


Fue más incredulidad que asombro la congestión que mi cara presentó ante lo que se alzaba tras el borde de piedra. Estábamos en la ladera de una montaña, sumida en nubes, como si en vez de bajar, hubiésemos subido metros y metros hasta casi la corona. Por primera vez tuve conciencia de la forma del lugar donde me encontraba: se alzaba como un castillo incrustado en la roca, obra majestuosa y rústica, tétrica.Si estiraba la mano podría tomar las nubes que parecían ascender hacia nosotros como niebla… pero la prudencia me detuvo de hacerlo o quizás la compañía.

Él también pareció notar que algo no iba bien, y como advertidos por el rápido e inusual asenso del vapor, nos retiramos de aquel ventanal con parsimonia, paso tras paso. Él estaba desarmado y a mí Milk me había dado armas como para equipar a toda una familia de conejos. El humo penetró la ventana y poco a poco empezó a llenar el lugar, desapareciendo las paredes, los colores, sumiéndolo todo en aquel gris infinito salido de la nada.

“Esto es un laberinto”, recordé cuando Pitrus daba explicación sobre el diseño volátil de aquel lugar. Sin embargo, toda aquella descripción calzaba a la planta baja, las mazmorras, pero al observar por la ventana era evidente que ya habíamos abandonado la "Cámara del Santoral",  ¿o no?

Sentí escalofríos de sentir palpitar la duda por la procedencia de ese nombre... Acaso, ¿los prisioneros eran santos? Ridículo.

Refunfuñé para mis adentros y tomé con fuerza el arco, abriendo las piernas como si estuviera lista para golpear lo que fuera. Pero, una vez más, reparé en que aquel adefesio humano poco tenía para defenderse.

¡Demonios y mil demonios más! Ahora era el momento de la verdad… ¿me traicionaría? ¿Pelearía?

No tuve que pensarlo demasiado: llevándome la mano al cinto desenfundé el estoque, uno tan oxidado que sabía poca ayuda podía dar más allá de ser un punzón infeccioso, y lo ofrecí entregándole el mango. También tomé la daga, pero fuera magia o encantamiento del viejo, ésta no quiso salir de su funda, como si su propia voluntad se erigiera sobre la mía. Ridículo. ¿Para qué demonios quería un arma que no sabía usar? Volvía a refunfuñar, pero el tiempo no daba para más pues entre las sombras figuras vaporosas surgían y, como espíritus de guerreros olvidados, entonaban sus cantos de muerte.




Quería golpear a la ironía por existir: como si uno solo no fuera suficiente otros tantos muertos venían a hacernos compañía en la realidad o irrealidad de una batalla que se daba en un campo sin sentido. El destino se burlaba de nosotros y yo… solo pude sonreírle a él, a tiempo que en un ejercicio de acto reflejo evité a duras penas una hoja que surgía sorpresiva del vaho: un mechón de mi cabello plateado voló tras el ventanal por el que casi toqué la libertad.

La batalla venía a nosotros una vez más.  


Última edición por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:55 pm, editado 1 vez
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Sáb Ene 16, 2016 1:05 am

Tendido en un gesto de supervivencia allí estaba el punzante metal oxidado, no era sólo un arma, si no la representación de la confianza de aquella joven a la vez que su desesperación y miedo ante lo que estaba a punto de suceder.

El Caballero respondió a la llamada y tomó aquel estoque, la neblina flotaba a su alrededor y vivas formas las usaron para tomar aspecto, guerreros de épocas pasadas o fantasmas convocados a la batalla, valientes y armados, sedientos de sangre de unos fugitivos indeseables. Darkeray respondió con el instinto que seguía su cuerpo: Pies en L, separación, apoyar el peso y estar presto tanto a avanzar como a retroceder, atravesar, no cortar... Instrucciones de su maestro resonaban en su cabeza para mover aquel estoque de la mejor manera posible. Y entonces cánticos sonaron en aquellos labios nebulosos.

-Me suena mucho esa lengua... Pero no recuerdo de dónde... Su pronunciación es muy marcada y nasal, es antigua, muy antigua.

Cánticos en una lengua antigua, tan anciana como la tierra de Noreth misma y a la que evocaba en cada sílaba pronunciada, cánticos de voz grave y profunda como los monjes rezando entre las solitarias paredes de un monasterio. Darkeray por algún motivo se sintió maravillado ante aquello, pero su compañera fue más decidida, y dio el primer paso en la ofensiva, el Caballero se mantuvo cerca, espalda contra espalda, debían permanecer a la vista todos los enemigos, sin faltar ninguno.

Y entonces un silbido, un arma contundente cortando con su caída al propio aire,  y de pronto un golpe seco, y luego risas, risas de burla, risas de prepotencia, risas ególatras, pero entonces otros silbido, y una daga que se había negado a actuar atacó, cortando más aire y niebla, y de nuevo risas, risas de burla, prepotencia, ególatras.

Darkeray se dio la vuelta, vio a la joven intentando atacar con su arco, pero su destreza había desaparecido tan rápido como había atacado con aquella daga de comportamiento caprichoso, y golpes y ataques llovieron sobre ella.

El Caballero dio un paso hacia adelante, toque, toque, cubrirse, toque, paso atrás, toque, salto a la derecha y estocada profunda. Pero la niebla rió una vez más mientras los ataques la disipaban un poco. Darkeray sintió la impotencia arder en sus entrañas, habría muerto él mil veces y aceptado su destino en aquellos muros de piedra fríos como los corazones de gran parte del mundo de Noreth, pero no era él, era una joven, una joven en plena flor de su vida, una juventud llena de posibilidades y sueños por cumplir, ¿Una juventud condenada a morir en aquellos ruinosos pasillos? No si podía evitarlo. Estocada, estocada, corte, golpe, tajo, estocada, golpe. Darkeray sacudía la espada desesperado olvidándose de la posición y de la futilidad de usar un estoque para los tajos.

-Pa..ta...nash...

Un arco irrumpió en la batalla apartando a las figuras mientras una mano le atenazaba el hombro al Caballero. Darkeray se dio la vuelta alarmado ante la posibilidad de un ataque a traición.

-PA... RAPA -gritaba desesperada la joven de níveos cabellos- PA...RAPA -repitió tartamudeando-

-¿Qué intentáis decirme señorita?

-Ihh... iuriii...ruiiriii... -insistía la joven señalando sus oídos-

-¿Escuchar? ¿Decís los cánticos?

De pronto su cara recibió un puñetazo poderoso y sólido como el mármol, un soldado nebuloso había atacado. Darkeray perdió el equilibrio y retrocedió hasta el centro del círculo formado por los soldados, consiguió no caerse, miró a su agresor, y vio como con una fusta intentaba golpear las manos de su aliada para obligarla a soltar el arco.

Mas el rostro de la joven era burlesco y descarado, reidor del descuido del Caballero, dejó caer su arco y se agachó como si todo el miedo la hubiese envuelto en un segundo:

-Iiiru ...Ti riu.. Liriiooo iiiccc...Rui... Pluc.. Lrio

Y como al son de la flauta de un encantador de serpientes el soldado de la fusta detuvo su ataque y retrocedió, los soldados permanecían expectantes observando a la joven que seguía balbuceando lo que parecía ser una burla de los rezos, tanto en pronunciación como en recitación.

-¡El cántico! ¡Es el cántico! -dijo de pronto Darkeray incorporándose-

-Es un cántico sacro y antiguo, y lo repiten una y otra vez

-Si es pronunciado su ataque se detiene -contestó en alto Darkeray sin percatarse de que se dirigía al aire-

-Y si se reza con ellos...

-¡Nos dejarán por considerarnos fieles!

Darkeray corrió al lado de la joven y la abrazó presa de la emoción.

-Ejem... Caballero...

-Lo sé, no ha sido decoroso

Y la liberó de sus brazos

-¡Habéis dado con la clave señorita! Si queremos vecer a este enemigo, debemos unirnos a su rezo

Darkeray se dirigió de nuevo al centro del círculo, se sentó apoyado en sus rodillas, y tras unos minutos escuchando, comenzó a recitar una y otra vez:

Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus


Y en una leve pausa miró a la joven y la invitó en un gesto a unirse a la oración, retomando la suya propia al momento
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Miér Feb 03, 2016 5:48 pm

XII. Intercambio


Las risas nos envolvieron. Eran funestas, burlonas, erizaban los pelos de la nuca pero irritaban como si fueran diez veces peor que la más elaborada ofensa. El frenesí de la discordia o de la misma furia cegadora me nubló el pensamiento a tal punto que empecé a batir cuanto humo se levantaba entre aquel ventanal y mi ser. Poco reparé en lo ridículo de todo: empuñando el arco con ambas manos, con las piernas abiertas, aunque en una posición poco estable, lo tomaba como un bate y embestía a las sombras sin ningún resultado aparente. Etéreas, como fantasmas sin alma, se arremolinaban y condensaban de nuevo para tomar formas humanoides y avanzar hacia nosotros. A mi espalda el caballero se movía con mayor destreza. Apenas por encima del hombro podía observar sus movimientos, más estudiados, precisos, contundentes. Y aunque desaparecían también para él como si un viento las limpiara de nuestros ojos… las sombras volvían a aparecen envueltas en niebla y risas, con mejor forma y mejor condensadas.

Quizás era juego de nuestra imaginación; alguna trampa bien lograda de un lugar que producía pesadillas, una ilusión… una ficción…

¡Pero eran reales! Entre más atinado era el golpe más fuerte embestían sobre nosotros.

Primero, con mis movimientos torpes y débiles, venía de vuelta apenas risas y burlas, pero conforme fuera alcanzando más de esas formas, ellas devolvían en dolor y fuerza. En la cara sentí primero algo como un roce frío, un viento que seguía el movimiento rápido de una mano invisible que buscaba golpear con furia; luego fue un aliento pútrido de risa, mientras movía frenética, casi enfermiza, el arco en todas las direcciones. No supe si en aquel momento golpee a uno de esos espejismos o al caballero que detrás mío continuaba defendiéndose. Sólo respiraba con fuerza, con ira por las burlas y con nervios por sentirme tan inepta, pero sin bajar, sin flaquear. Despúes empecé a sentir los golpes: uno en las costillas, otro en los muslos, como si un palo de madera se quebrara entre los músculos buscando llegar al hueso. Grité, triné los dientes y volvía a embestir con la locura poco estudiada.

Música:



Fue en esos breves instantes, entre el grito y la vuelta a la carga, que oí sus cantos en lengua muerta como un basso ostinato perpetuo que sostenía la ironía de sus afrentas. Era sutil, oscuro, entonado con respeto casi sumisión, una actitud contraria a la broma de sus risas malvadas, de inflexiones elegantes, dialecto celestial; unas palabras que incomodaron mi alma, aún sin entender, mientras la daga a mi lado parecía querer zafarse de su funda y embestirlos a todos por tener el atrevimiento de entonar aquella abominación en su presencia. Las ganas de matar se apoderaron de mí, obnubilando el buen juicio, si es que aún quedaba alguno; era una gran sed que necesitaba ser saciada, un hambre voraz de eternidad ya inaguantable, apetito profundo por matar y reír para recordarlo.

Sin embargo, me contuve… Las palabras de Milk en la celda, aquellas que esbozara cuando me hiciera entrega de la daga más como un peligro eminente que como la advertencia que fuera, re aparecieron en mis recuerdos.

Quantus tremor est futurus…
“Cuanto terror habrá en el futuro”

Atrás podía sentir la presencia de ese otro ser, frío, de aliento mortuorio y olores podridos, a ojos desprevenidos más muerto que vivo. Él también se estaba encontrando con la impotencia del desespero… ¿Qué opciones podíamos tener contra enemigos capaces de desvanecerse y volver a aparecer?

-Canta- sentenció una voz desconocida, diferente, oscura y tétrica como ninguna, pero fuerte y contundente como para que supiera que ella tenía prioridad sobre las otras.

¡¡Enloquecía!!

Quando iudex est venturus…
“cuando retorne el juez de todos”

Volví a arreciar de golpes todo, maldiciendo para mis adentros el por qué no sabía utilizar como se debía ese arco. Pero la lucha era la única respuesta para todo. ¿Cantar? Maldita la hora de perder el juicio, poco más y me diría bailar... Sin embargo, cierto era que ahora ese canto, uno casi celestial, místico como si las estrellas de los sabios impregnaran las palabras, se elevaba sobre nosotros con mayor insistencia. Aun así, la única respuesta era la practicada… pelear.

-¡CANTA!

“¿QUÉ DEMONIOS CANTO?”, me grité, desesperada al oír aquella voz dentro mío pero sin presencia en la realidad fuera, en la materia. En el interior moría de miedo por aquello que se presentaba incomprensible, formas nefastas inmortales que tarde o temprano nos vencerían. Por fuera, chasqueaba los dientes, luego de escupir sangre al ser alcanzada por una de las sombras. Las risas crecieron aún más… entonando más fuerte:

Cuncta stricte discussurus
“A exigir estrictamente nuestra cuentas”

Entonces comencé, o al menos traté. Resultaba difícil de cantarlo, lengua tal nunca había salido de mis labios jamás. O eso creía recodar. El caballero me observaba, primero como se miraría a un loco en medio de la calle y luego con interés. Me elevó por los aires de la emoción de notar algo que yo no reparaba, presa del pánico a quedarnos eternamente peleando con fantasmas.

-¡Habéis dado con la clave señorita!- dijo el caballero, mirándome con renovado semblante. Yo no había reparado en que entre cada palabra escuchada y cada golpe que arremetía había tratado de entablar las palabras de aquella canción con poco atino. Lo había parado a él, y había tratado de cantar. Le habían golpeado por ello, pues el descuido aunaba los alientos de los ataques del enemigo. Pero en ese momento, la esperanza se dibujaba en el rostro del muerto y yo… no supe si aquello lo hacía ver mejor o más aterrador. Él entonó los versos, como lo hiciera un maestro con su alumno, acurrucándonos en el centro de aquel lugar, desde dónde ya la ventana ni siquiera podía verse tras la espesa niebla que nos rodeaba. Yo no pude evitar observarle con cierta burla. Y no era para menos: ¡Otro que quería cantar! Sin embargo, el cambio fue inmediato: las sombras retrocedieron como si de pronto se hubiese dado la contraseña para ser uno de ellos.

-¡CANTA YA!

Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus

Al comienzo la pronunciación fue torpe, pero vez tras vez, intento que iba y otro que venía, dicho con mayor empeño, con espíritu y fuerza en cada palabra, la niebla se dispersó sin dejar que las voces siguieran, dejando solo las nuestras.

-Lo… lo… -tartamudeé.

“Lo logramos”, pensé aunque las palabras no salían y es que fue solo empezar a hilvanarlo cuando el caballero ya no estaba y su sonrisa de victoria, los ojos encendidos bañados de luz fantasmagórica, se desvaneció junto con las paredes que nos rodeaban.

-¡Por las barbas de mis padre, que si no tuviera la vista como de águila te hubiese partido en dos!

Me agarró del hombro y con la fuerza de sus músculos tensos, mientras tenía el martillo en la otra mano, me dio tres espaldarazos y meneó de un solo movimiento su hacha, desvaneciendo todo lo que se tejía alrededor.

-¿Viste a Pitrus? Hace un segundo estaba acá…- continuó bramando el enano, mientras con la mirada iracunda parecía traspasar el humo que se alzaba entre él y el lugar al que quería avanzar: -Se fueron por ahí. Yo vi al viejo Milk… No podemos desorientarnos. Esta mierda no me deja ver bien…

De pronto de la espesura de la niebla varios puños se alzaron, derribándolo. Corrí hasta él, pero también recibí mi buena dosis, rodeada de burlas.

-Maldito Pitrus… esto es su culpa… todo por una morena… ¡una negra morronga y hechicera!

Yo lo observé, tocándome el estómago con fuerza para evitar gritar de dolor. Ardía, pues los ataques de las voces que se alzaban alrededor eran mucho más fuertes que los que dieran con el caballero; éstos estaban mejor dirigidos.

-¿Dónde te habías metido tú? Pensé que venías detrás pero en cambio me pareció que había un par de ojos refulgentes. Ese nuevo compañero tuyo, si que está bien feo- bromeó el kazuka, riéndo de paso de su propia broma mientras tomaba de nuevo el martillo, limpiándose el rostro: -Pues sepan estos grandísimos mocos de troll que acá hay un hijo de la roca dispuesto a molerles los dientes.

Tenía la habilidad para ignorar que hablaba solo. Mandó de nuevo su martillo, con tal fuerza que era evidente que un golpe de aquella herramienta y derrotaría a una bandada de trolls si se le atravesara. Pero aquello fue solo lo primero, pues no alcancé a sorprenderme de su fuerza cuando el mismo martillo desprendió chispas y rayos.

-¡KHAR'OK!- gritó el kazuka, orgulloso, profundo, y las inscripciones en el arma se encendieron… su cara porfiada mutó al terror cuando la niebla se condensó más y el contraataque no se hizo esperar.

Olaf salió expelido por los aires y yo obtuve un gran moretón en las piernas. Parecía que atacaban allí a propósito: como si creyeran que ambos éramos de la misma especie o del mismo tamaño.

Su quejido se oyó en el fondo y yo, apenas meneando la cabeza, tratando de lidiar con el cansancio y el dolor de las piernas, me puse en pie, buscando el arco al tanteo con una de las manos y la otra fuertemente asida a una de las piernas.

-Así no… A… asi… no- alcancé a responderle pero el piso bajo mis pies se hizo inestable, diferente. La piedra mutó a loza y de la loza al fango. ¿Qué demonios pasaba? El aire se volvió más limpio, la noche se sintió con mayor precisión en mis cabellos y la luna, una de las tres, se pintó sobre un firmamento desierto de nubes, aunque en antes había un techo que había marcado nuestro cautiverio.

Una mano se extendió ante mí, grande, marcada por el mugre y el lodo. La mirada de quién estaba detrás era risueña, maleva, de guerrero mañoso y porfiado, quien detrás de una capa roída sonreía con altanería:



-Ahora nos llueven bellezas, Yusuf…

Pero nadie respondió y de inmediato retiró su intención al tratar de evadir los ataques o evitar que me dieran.

-No me digas quién eres, cosita- reparó, amagando uno de los puños de la niebla de un movimiento veloz y mirando a todos lados perplejo. Le sorprendía no ver a su compañero: -Eres una linda princesa a la que el viejo acaba de liberar… - añadió, haciendo unas volteretas antes de lanzar par dagas a la nada: -… siempre se queda con las bonitas. ¡Y eso que está bien feo el condenado!

El dolor en el estómago me impedía ponerme en pie, pero yo no podía quitarle los ojos de encima. Era su pelo, esa tonalidad oscura; quizás fuera esos ojos traviesos de pícaro timador; o tal vez la gabardina roída y la capa medio gastada que le daba un aire de viajero eterno, uno perdido en la memoria de los tiempos. Yo a él lo recordaba… o si no era él, era uno parecido. Pero por esos dos segundos corridos en aquel lugar de viento cálido y noche apacible, yo creí ver en él el recuerdo de un ser que me alegró el corazón, haciéndome olvidar de los golpes o el peligro.

-Por poco y babeas…

Aquella voz cada vez me resultaba más irritante, como insulsa. Sin embargo, había cumplido su cometido: estábamos en medio de la batalla y cuando reparé en ello, temí haber perdido el arco en aquella brujería que nos intercambiaba de lugar como de aliados.

¿Quién era ese hombre?... ¿Confiaría? Por supuesto, no sólo me lo decía el reconocerle de algún lado distante, sino esas dagas que volaban de sus manos para irse a clavar en la lejanía sin atinar a ninguna de las formas de humo.

-¡Maldito humo de mierda!- refunfuñó y, al ver mi cara de sorpresa, continuó con su tono galante: -Soy Anturión, lindura… pero puedes decirme Anti, y por el jaleo que antecedió tu llegada creo que haces parte de los muchos que estamos tratando de salir de esta pocilga…

¿Pocilga? Aquel lugar era mucho más que eso… aterrador, nefasto había resultado despertar dentro de él. Y fue pensar en ello cuando encontré el arco, caído a un lado de donde posaba mi mano. Lo apreté como si fuera una tabla de salvación, un regalo preciado, y luego, enterrándolo en la tierra, me puse en pie con su ayuda. Si algo había aprendido con el caballero muerto era la relación entre ese canto casi dicho en susurros por las sombras y la victoria sobre ellas. Así que en balbuceos ahogados, apenas apagados por mis chasqueos en los dientes por el dolor, entonaba la oración pensando en lo que estaría pasando con los demás.

Anturión debió notar el cambio por que de inmediato se hizo a mi lado.

-Interesante… con que eres hechicera… me acabas de hechizar el corazón blanquita…

¿BLANQUITA? ¡Hasta ahí llegó mi concentración para dar con la letra del canto! De una bofetada lo frené en seco y luego, tomando el arco con la izquierda, y una flecha del carcaj con la diestra, me dispuse a dispararle.

-BLAN… BLANQUITA… NO…. NIIIUU- contesté gritándole, indignada. De nada sirvió pues en ese momento ambos tuvimos que voltear para atacar, aunque él sobándose la cara.

Ahí lancé la flecha y… como bien sabía, erré no solo en el lanzamiento sino en la intención. La flecha dibujó una línea descendente que terminó en medio de los pies de una sombra, la cual explotó en mayores risas.

-Uy, qué puntería tan pobre la que tienes, cosita. Tienes que mirar lo que quieres para poder acertar…

Casualmente en ese momento lo miré y me sonrojé de inmediato.

Entonces, una voz ascendió desde lo profundo de la tierra, o quizás del cielo, rodeándonos, llenándonos con esa fuerza que solo había reconocido en uno.

-¡Estoy harto de tus juegos! ¡Para! ¡PARA YA!

Entonces la niebla retrocedió, las paredes volvieron, el aire se hizo sepulcral, una vez más estábamos coartados de la libertad dentro de las celdas que tan bien conocíamos. Algunas gotas de agua se oían desde el fondo y al frente una puerta enorme de metal oscuro, como el carbón, se levantaba frente a todos. Miré a un lado y el caballero estaba allí, con Pitrus, Tanie y el enano, éste último lleno de moretones; al otro lado, Anturión observaba grave junto con otro que no supe distinguir, vestido de harapos y capa, y sus ojos yacían ocultos tras una venda. Milk en el centro extendía su mano y de ella parecían volver esas luces verdosas que en antes había desplegado en la celda para salvar a Tanie.  


Pero no era un reencuentro para festejar, frente a todos estaba una figura blanca, envuelta en túnicas impolutas, de rostro angelical, pintado todo de blanco hasta los labios, inexpresivo, incluso brutalmente frío, nos observaba fija, atenta, aplastando bajo su zapato la cabeza de uno de los cambiaformas, ya cadáveres ambos postrados a sus pies.

-Bien, bien, bien…- cantó con emoción infantil, una voz de seda entre niña y vieja, y a cada palabra movía su zapato, deformando la cabeza sobre la que se afirmaba: -qué feliz reunión. Tanto tiempo…

-Tanto tiempo…- contestó Milk serio con el ceño fruncido, cerrando el puño y con él, sumiéndonos en la oscuridad de nuevo.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Lun Feb 08, 2016 4:04 pm

"No está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la Muerte puede morir." H.P. Lovecraft
.............................................................................................................

Un cántico pronunciado por mil almas belicosas y devotas...

Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
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Un viento furioso se arremolinó en la estancia, la niebla espesa danzaba en formas imposibles y un fuerte silbido agujereaba ávido los tímpanos de cualquier ser con capacidad auditiva, los seres de niebla, los guerreros pretéritos de aquella Fe longeva, se desvanecían en el torrente, viéndose acompañados en su cántico furioso y de intensidad creciente. Darkeray sentía a sus ojos suplicar para que los párpados se cerrasen y detuviesen aquel aluvión incesante de polvo y tierra, y finalmente, tuvo que ceder, la oscuridad lo envolvió todo mientras la vorágine seguía furiosa a su alrededor, el tiempo se detuvo, y la consciencia voló lejos para no regresar.

Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus

El Caballero se sintió ligero, como el propio Céfiro desplazándose por el ancho mundo, podía ver las brillantes paredes de la Ciudad Esmeralda, el complejo mosaico que conformaban las llamadas Islas Desconocidas, el vergel de los Bosques de Physis, el color pajizo de Mashamba Milele, las cálidas arenas de la Tierra Muerta... Y de pronto nada, un gran peso se disgregó en el maltrecho cuerpo del cadáver, notó como era uno con la roca, con el fuego, con algo vivo y extraño, y sintió la caída, más, más, más y más rápido, un objeto veloz y en combustión descendiendo sobre las caprichosas dunas.

Entonces atravesó arena, entonces tierra, entonces piedra, entonces agua y luego frío, silencio otra vez, oscuridad plena, y luego lo vio todo: los ciclópeos sillares levantados por manos antediluvianas, grabados en lenguas olvidadas, formas y criaturas insólitas desconocidas para el más sabio y para la Historia misma de Noreth, seres de inteligencia inhumana, acólitos de Dioses inmemoriales, cuyo origen era cuestionable, y todos ellos dormían a su alrededor, silenciosos, petrificados, más antiguos que el elfo más anciano y el árbol más arraigado, ellos le observaban, dormidos pero vigilantes, somnolientos pero despiertos, inofensivos y poderosos, el Caballero vio luchas, vio humanos antiguos, vio una gran criatura en los fondos abisales del océano, vio un cielo sin Sol y lunas eternas...

-URG'PLEK ISH THRAK NIM THUL PACOM, R'LYEH R'LYEH -repetía una y otra vez una conocida voz aguda con extrema devoción-

Y cuando la cordura y frialdad del veterano guerrero y del frío estratega dio sus últimos coletazos, jurando temblorosa que se rompería en mil pedazos, la pesadilla terminó, notó un fuerte tirón, una mano que quemaba, un rostro envuelto en blancas telas y de severa mirada.

-No... -gimió lastimosamente el Caballero-

Y golpeó con dureza el frío suelo de piedra y de penetrante y apestoso olor, había vuelto, fuera donde fuera, había vuelto, no recordaba nada, sólo imágenes y símbolos escalofriantes repitiéndose en su cabeza.

-¡Eh! ¡¿Qué haces tú aquí?! ¡¿Qué has hecho con Munkus?!

Darkeray notó una zarpa aprisionándole el cuello, amenazando con romperlo, el cráneo crujía quejumbroso, el golpe hacía desencajado alguna de las placas óseas, la voz de aquel antropomorfo sonaba lejana, ininteligible, amortiguada por un ruido infernal y un zumbido incesante.

-¡¡¡RESPONDE!!! ¿¡DONDE ESTÁ MUNKUS!?

El Caballero intentó articular alguna palabra, pero su mente estaba confusa, su vista se nublaba y parpadeaban símbolos extraños, no sentía nada y el Bufón se había callado. A su alrededor notaba el frío y la brisa de los guerreros nebulosos, arremolinándose a su alredor con intenciones aviesas

-Re... Zar... -susurró débilmente-

-¿¡QUÉ DEMONIOS DICES!? -preguntó furibundo el antropomorfo sacudiéndolo-

Pero el cadáver frío no se inmutó y se zarandeó sin respuesta... ¿Inconsciente? ¿Dormido? ¿Muerto? Myote no se molestó en comprobarlo, arrojó el cuerpo lejos de su vista y se dispuso a encarar a sus adversarios, el Caballero escuchó mientras se desvanecía, sin poder hacer nada, como un rugido furioso se abalanzaba sobre unos cánticos, ruidos metálicos, un líquido derramándose, y después... Después no hubo Darkeray, y su mente se apagó en silencio...
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Vie Feb 26, 2016 7:20 pm

XIII. Juicio


Año 1 d. G. A.

Esta es la crónica de Idrun Gurg, soldado religioso del templo de Luminaris en Tirian Le Rain, al final de la Gran Guerra, luego de la caída del norte; sobreviviente y misionero de la nueva y recién fundada Orden de Sumatra, acólito de nuestro dios, aquel que con su poder pido guíe mis líneas para que el pensamiento y el dolor no empañe mi testimonio [...]

Hemos regresado muy pocos. Destrozados, mutilados, locos o enfermos, pero hemos regresado a casa. Apenas si reconocemos el mundo ahora que lo vemos con los ojos libres del influjo de los grandes dragones. Una parte de mi corazón se siente acongojado, pues nuestra carga es la muestra del pecado que hemos cometido; nuestras manos están llenas de un rojo tan penetrante que casi asfixia. El trofeo impuro, la ofrenda para los dioses es pesada y juega con nuestras mentes, con la conciencia. Tres carromatos la guardan, y eso que sólo son las partes de uno, pues 40 más llegarán de cada uno de los reinos libres con las partes restantes de los demás. Ahora el trofeo de todos reposará en nuestro hogar, bajo nuestras oraciones, tal cual dictaran las estrellas en la creación del firmamento [...]

Pero la perdida es grande. Eso lo veo en los pocos que hemos regresado, los elegidos como nos llaman las viudas por las calles. En secreto todos sabemos que si lo logramos fue porque no era nuestro momento, por que traíamos la parte de nuestro impuro juramento, uno tan negro como la sangre de a quienes asesinamos a traición. Pues aunque no matamos, ¡oh sí que ayudamos a la perdición de aquellos gigantes!

Quizás fuere verdad lo que decían los elfos en medio del campo de batalla: que estaba mal, que era inmoral, antiético, impermisible, imperdonable, ir en contra de las criaturas que la misma tierra creó para la instrucción nuestra. Matábamos nuestras raíces, a nuestros maestros. Tal vez, con todo esto, nos hayamos condenado al fuego eterno de los infiernos…

[...]Ahora todo está hecho. He releído las órdenes una y otra vez y no hay vuelta atrás en ello: crearemos la recámara del Sagrario en la parte baja de la montaña, la más profunda, la más desconocida. Nunca nadie pisará los restos de este horror. Será el cementerio, será la protección. Y sé que obro bien, pues aunque me flaquea la cordura para realizar tan macabro sacrilegio, veo en los ojos de la Inquisidora, su mirada segura, su tez más blanca que la nieve, sus ropajes bañados en sangre hereje, hostil, pero aun así de esa pureza blanquecina de su casta, la convicción de que todo esto es lo correcto.  

[...] Ella juró devolvernos a nuestra patria y cumplió. Yo prometí matarlos y traerlos al hogar de mi dios, y también cumpliré porque esa su gloria y suya es la victoria de este día, el más triste de mi vida.


[Pergamino escrito en la torre estelar de Sam’rat, bajo la mañana del 1 día del 7mo mes del año en curso]


--//--

Las puertas que se alzaban a la espalda de ella eran enormes como siniestras. Quizás de bronce, trabajadas en algún metal que al verse de frente simulaba el negro pero de lado tomaba tonos tornasolados. Una obra digna de admirar, sino fuera por las incrustaciones de rostros malformados y formas demoniacas que salían de ellas como si tomaran realidad dispuestas a arrebatar la cordura de quienes las miraban. Parecía que hubiesen sido creadas para dar terror en quién se aventurara por aquellos pasillos, y en mí lo habían conseguido. De no ser por esa sensación hostil de estar completamente rodeados y vigilados por millones de ojos que difícilmente podíamos ver, hubiese dado unos cuantos pasos atrás y desandado a toda prisa el camino que nos había llevado a aquel lugar, abandonándolos a su suerte.

-Son pocos, muy pocos, los que se arriesgan a venir- comentó la mujer de mirada rígida y vestidos blancos, suavizando la fuerza sobre la cabeza del antropomorfo: - nunca imaginé ver que además por segunda vez se os da por meterte en mi casa… viejo.

Sonrió y aquellos labios pálidos en vez de suavizar sus facciones, las endurecieron de una manera siniestra. Lo último lo dijo con ironía, como si en sus palabras se escondiera un mensaje secreto que sólo Milk podía entender.  Yo sólo pude sentir escalofrío mientras las luces verdosas del viejo se recogieron y apagaron hasta desvanecerse completamente al bajar su mano.

-Nos encanta vuestra hospitalidad- contestó el anciano con nobleza y cierto encanto, recogiendo sus manos tras la túnica roída. –Además, parecéis empecinada en invitarnos… difícil rehusarse; tenemos nuestros modales, Maara.

La mujer no dejó de sonreír como de apretar con su pie los cabellos del antropomorfo.

-Vieja bruja- susurró la negra a Pitrus. Aquello pretendía ser un secreto pero la acústica del recinto permitió que todos lo oyéramos a la perfección. Las risas no se hicieron esperar, en especial las del enano que resonaron como cuernos de batalla en medio del silencio, pero todo se contradecía con la postura de sus cuerpos, los músculos tensos y listos para la batalla. Y es que así se sentía: a la espera de que todo se fuera al demonio y comenzara la guerra entre unos y otros. ¿Por qué? Sólo los dioses podrían saberlo.

-¿Bruja dices, hereje? Hasta vuestra piel podrida y oscura os delata de la impureza que el corazón guarda- aseguró con tranquilidad la mujer, sin moverse, y sin quitar la sonrisa: -No, no, no, no-chirrió de manera maternal, sacando de sus túnicas una mano impoluta con un dedo que meneó de manera pedagógica: -No os confundáis, hija de la maldad, zorra del pecado, que lo cierto es que yo soy la santa y vos sois la bruja. Todos… - y allí aplastó con fuerza la cabeza haciendo que los huesos de Myothe se constriñeran a tal punto que cedieron, como si el peso de la dama fuera superior a lo visible, explotando el cráneo: -Todos sois escoria a los ojos de mi dios, nuestro dios, Luminaris…

Fue que lo mencionara y sentí un fuerte dolor de cabeza… Todo se nubló y sólo quedaba rezagos de una conversación que se daba pasiva mientras en mi cabeza otra voz se apoderaba y tomaba más fuerza.

-¿Quién eres?- inquirió la voz.

No contesté, haciendo acopio de toda mi terquedad.

-¿Quién eres pecadora?- insistió.

-Am… no, no.

-No preguntaré más, última oportunidad… ¿quién eres?

Me lo pensé pero algo en su tono me llenó de horror y con cierta resignación contesté:

-Amethist…

-¿Qué haces acá?

-Yo….

-¡Contesta!

-¡No!

-¿Qué haces acá? ¡Responde la pregunta!

-¡NO!

Entonces el golpe lo sentí en la cara. Fuerte, enérgico, como si con solo ello me hubiese aturdido para siempre… Más no era así. La sorpresa fue ver que el anciano y la mujer seguían discutiendo mientras yo yacía de rodillas, asombrada de que fuera mi propia mano la que estaba ensangrentada, con mi propia sangre…¡¡Yo misma me había golpeado la cara!!

-Sois como moscas en la telaraña, viejo- oí a la mujer, de nuevo clara y firme: -Y os comeremos vivos...

Su voz se apagó y de nuevo esa otra reapareció con la misma parquedad, casi con desgano:

-¿Qué haces acá?

-No sé… -chillé, tratando de tomarme la cabeza pero me resultaba imposible moverme: -¡No lo sé!

-¡Mentira! Eres una bruja… una hechicera… un demonio… ¿Qué buscas en la Cámara del Sagrario?

-¡NO LO SÉ!

Lloraba. Sabía que lo hacía aunque mis ojos no escurrían nada. Ya no eran míos; mi aliento tampoco me pertenecía. Un golpe de la cabeza contra el suelo de piedra me dejó sumida en el ardor, pero pensando, consiente de la tortura de mi propio cuerpo a manos de mí misma. Levanté la cabeza, no siendo ya mi voluntad... la sangre ya no era mía. Nada era mío.

-¡Mentirosa!- repitió la voz con desdén y luego, como si llegara el final del tiempo habló pausado, arrastrando cada palabra dentro de mi cabeza: -Amethist, si es que así te llamas, se te acusa de uso de la magia bajo la influencia de las fuerzas demoniacas y oscuras, abriendo un portal demoniaco que acabó con uno de los castillos de las región de Arthias. De hechicería, porque tu arte no estudiado ha dado fuerza al mal; esto se prueba por que llevas las marcas del demonio, la belleza e inocencia en un ser encontrado en medio de la ruina. Finalmente, acompañada de uno de los líderes del temido grupo de los Sikti Paktim, has defendido y atacado a la guardia de la luz para apoyar la causa de la perdición, y por todo ello se te encuentra culpable… culpable de ser un enemigo de Dios y del Estado que defiende Luminaris.

Apenas dueña de lo que sucedía con mi cuerpo y mi cabeza, siendo sometida por esa otra voz que oía, alcé la mirada y en una esquina, con cara inflexible, porte noble y vestido con armadura reluciente, un caballero, quizás un elfo, extendía su mano hacia todos.

-Tu sentencia es la muerte… a manos de uno de los tuyos, para que al final aprendas la lección del camino de los dioses: solo los nuestros nos devuelven con amor el precio de nuestros actos.

¡¡Aquella era una filosofía retorcida!! Traté de moverme, de volver a ser la dueña de mi carne, de mi sangre, de músculos y cerebro, apelando a toda la fuerza que tenía para romper aquel conjuro. Estaba encogida, de rodillas como una penitente, casi besando el piso sobre el que se inclinaba mi espalda mirando a lo lejos con ira. Lo único que logré de mis esfuerzos fue apretar el arco, con tanta rabia, tanta frustración, que los dedos se tornaron rojos.

-De pie- indicó la voz y así lo hice: -Lucha y muere por tus pecados y que Luminaris los perdone en el más allá.

Con el arco en la mano y la otra en el carcaj volteé y allí estaba el caballero de mirada centellante como el frío que lo impregnaba desde el momento que lo conocí.  

OFF:

Bueno, tu turno si o si tiene que tener dos cosas que no puedes dejar abiertas, al menos ya no:
1- qué pasa en el trascurso que Darkeray se desploma y su reencuentro ante las grandes puertas de la cámara del Sagrario;
2- cómo murieron los antropomorfos pero tú no.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Sáb Feb 27, 2016 1:12 am

"Luminaris:

1. m. y f. Dios central y único del culto del mismo nombre y el cual se considera creador del propio mundo de Noreth. Sus atributos oscilan entre la luz, el Sol, la nieve sin mota u otros objetos naturales o artificiales generalmente asociados a la pureza, la claridad o la limpieza y que varían según la zona. Sus seguidores se encuentran en cualquier escalafón de la sociedad siendo especialmente destacable la Orden de Sumatra o Samutra, que actúa como principal valedor, defensor y difusor del culto, siendo así razonable que la región de Ujesh-Varsha, principal baluarte de la Orden, sea también el lugar con más presencia y preponderancia en su práctica.

2. f. Imprecación vulgar empleada en contextos chabacanos para generalmente maldecir o desear el mal físico a alguien. Su origen se debe a las prácticas angustiosas a las que eran sometidos los herejes del culto de Luminaris en las primeras etapas del mismo a través de expertos torturadores y/o Inquisidores. Actualmente muy en desuso debido a la eliminación de aquellas moralmente deplorables prácticas en el culto a Luminaris."


Effenberg y Talbot
Encyclopaedia Maxima Mundi, Tomo VIII

...................................................................................

-¡Morid! ¡Maldita sea! ¡Morid! -gritaba el antropomorfo mientras sus garras se afanaban en la niebla de su alrededor-

Las figuras vaporosas prosiguieron su avance, los garrotes, las alabardas, los mandobles, las picas, las espadas, los venablos y los manguales resonaban con ansias asesinas mientras armaduras, jubones y cotas de malla adornados en blanco con tabardos ajados en mil batallas y ensangrentado en otras mil más ondeaban en un viento irreal. La piedra de las paredes permanecía ajena a la batalla en su estrechez, humedad y frialdad, como siempre había sido, con más o menos raíces abriéndose paso entre sus oquedades.

El antropomorfo continuaba en su frenesí, la respiración era agitada, los músculos ardían como el fuego, y aquella batalla no parecía tener fin, el agónico círculo se iba cerrando sobre ella, ignorando al apestoso cuerpo llegado de la nada, estaban cerca, cada vez más cerca, notaba como los metales cortaban y agujereaban sin poder hacer nada para alejarlos; notó la sangre discurriendo por debajo de los escasos ropajes, sus patas fallaban y la vista se le nublaba por momentos: Estaba muriendo, muriendo en aquel agujero infecto por un enemigo imbatible. El dolor físico era grande, pero el que recibió su orgullo aún peor. El círculo se cerró hasta sus límites, las armas se entrechocaban entre sí mientras atosigaban el cuerpo desplomado del antropomorfo, pequeños ríos de sangre comenzaron a discurrir por las hendiduras de las grandes piedras que componían el suelo.

Finalmente, tan misteriosamente como había aparecido, la marabunta armada se esfumó por entre las grietas de las paredes y ventanas, dejando en el silencio de los goteos a ambos cadáveres; un pequeño grupo de ratas surgido de la nada comenzó a darse un banquete con los restos mortales del antropomorfo; alguna se sintió tentada de acudir al otro cadáver, pero su descomposición y olor anunciaban enfermedad y mala digestión hasta para su cuerpo adaptado a las inmundicias.

Lentos minutos transcurrieron en aquel pasillo, uno de tantos de la ciclópea e impenetrable fortaleza  situada en las alturas, los crujidos ansiosos de la carne magra del antropomorfo entre los dientes de los rátidos crecieron según se iban sumando congéneres al banquete; y de pronto viento, luego ruido, y de nuevo viento, un viento fuerte como en la peor de las tormentas, las ratas huyeron despavoridas y asustadas, conocedoras del terror que se avecinaba, mas algunas quedaron paralizadas en su sitio, congeladas e inertes como el hielo de las montañas.

Y de la penumbra surgieron unos ropajes blancos como el alabastro, imponentes, grandiosos, sólo equiparables a la persona que los portaba:

-¡Esto es inadmisible! ¡No no no no no! Estas alimañas no pueden estar en un lugar sagrado -gritó furibunda mientras hacía explotar a las ratas inmovilizadas- ¡Ser Meinik responderá de esto!

Se acercó con paso seguro y escrutó con mirada atenta el pasillo, su rostro dibujó una media sonrisa:

-Vaya vaya, parece que alguien no fue del todo astuto

Se acercó al cuerpo del antropomorfo y gesticuló algo extraño con los dedos de la mano diestra, al instante un bulto surgió en el pecho del cadáver animalesco, el cual se reveló, una vez cedió la piel, el músculo y la ropa, como una oronda rata negra, mejor alimentada que el comerciante más rico o el tabernero más seboso.

-Vaya vaya -repitió- ¿Conque atacando al corazón? ¿Eh? Eres una rata lista, un punto caliente, carnoso y que tardaría mucho en ser alcanzado por tus hermanas que devoraban el músculo -hizo un gesto y la rata se acercó a ella flotando a un metro del suelo- Todo para tí, sin que nadie más le pusiera los dientes encima -excogitaba mientras se paseaba por la estancia- y sin embargo, aquí estás, sin escapatoria, ¿Sabes por qué te ha pasado? -preguntó como si realmente esperase una respuesta de la estatua viviente que tenía delante-  Porque has sido demasiado inteligente, y a veces eso te causa problemas, saber demasiado, preguntar de más, hacer observaciones inoportunas... En ocasiones es bueno ser una buena ovejita, o... Bueno, una buena ratita, ¿Entiendes a lo que me refiero? -un goteo lejano le respondió- Pues por eso, ahora debes morir

La mujer chasqueó los dedos y de la cabeza de la rata fue arrancado un diminuto cerebro, ridículo en comparación con el resto del cuerpo. Ambos cayeron con un ruido sordo al suelo. La mujer miraba absorta como el cuerpo alimentado y gordo se retorcía en leves estertores mientras la sangre brotaba como una fuente. Transcurrieron unos lentos minutos

-Bueno bueno bueno -dijo saliendo de su ensimismamiento- Ahora que ya hemos acabado con ratas pequeñas, ratas gordas y una especialmente grande -miró al antropomorfo- ¡Vamos a reunirte con tus compañeros! -y desvió la mirada hacia el nauseabundo Darkeray, cubriéndose la nariz con un pañuelo, como la condesa más acendrada- Seguro que están todos preocupados por su infecto, impío, repulsivo y sacrílego cadáver no-muerto -añadió casi sin tomar aire mientras gesticulaba con sus dedos-

Una simple burbuja blanquecina envolvió el cadáver del Caballero y lo levantó del suelo para acto seguido explotar como un pompa de jabón, desapareciendo de la vista.

-Y ahora solo falta... -comenzó a decir antes de ser interrumpida por un gran estruendo- ¿¡Quién osa profanar el hierático silencio de este lugar sagrado!? -preguntó a la oscuridad con un leve tinte de temor en su voz-

La respuesta no se hizo esperar, la algazara creció en intensidad y parecía acercarse cada vez más,  cánticos y voces en lenguas prohibidas y apóstatas se alzaban por igual, sonaban como el hierro siendo golpeado por el martillo del herrero, como las cadenas de un presidiario siendo arrastradas en su camino al cadalso, como el flagelo de espino azotando al más inocente de los culpables.

-¿¡Mayor Terrish!? ¿¡Qué ha hecho!? -preguntó con la voz severa pero quebrada a una de las figuras armadas y vestidas con los aceros y las telas de la Orden-.

Sin embargo, no hubo respuesta, y no fue hasta que las figuras se acercaron lo suficiente que la mujer nacarada descubrió la verdad y dio un respingo: Las cuencas oculares estaban vacías, la boca desencajada y suspendida en el aire, el rostro destrozado por heridas indescriptibles y ajenas a este mundo. Pero no fue ese espectáculo sanguinolento el que arrancó a la fría mente de su entereza, si no las pavorosas criaturas que avanzaban en cáfila por el angosto pasaje, seres de formas imposibles y aspecto tan contranatura, que ni el guerrero más aguerrido, ni el asesino más ponzoñoso, ni el mago más sabedor, hubieran podido mantener acallado su corazón y su miedo frente a aquellas criaturas, tal era su horror.

La dama retrocedió un paso, luego dos, a continuación tres, y finalmente se recogió el vestido y corrió, corrió para no ser atrapada por aquellas zarpas retorcidas, corrió para alejarse de su miedo, corrió para negarse a aceptar lo que había ocurrido, corrió hasta que se sintió segura y pudo proyectar un portal para regresar con sus prisioneros, pero no sin antes detenerse en la Sala Común, un enorme habitáculo de blancas paredes y forma circular poblado con decenas de puertas en todas las direcciones y que había contemplado durante siglos de existencia los reencuentros y reuniones de cientos si no miles de miembros de la Orden en su día a día, el techo era alto y decorado con frescos que mostraban a los antiguos profetas que habían llegado al Éxtasis, comunicándose con Luminaris y actuando según sus designios directos y no bajo la interpretación humana y débil de las reglas escritas por los mismos humanos débiles de mente y espíritu, a la dama nunca le había gustado como habían pintado su nariz, pero jamás le dieron el permiso para corregir el error.

Sin perder el tiempo en sus elucubraciones, convocó a Ser Meinik, veterano de mil batallas, canoso, de rostro ancho y mentón fuerte, con un ojo blanquecino desde hacía años por una horrible cicatriz que cruzaba sus mejillas:

-Ser Meinik, querido -dijo sin dirigirle la mirada, con un tono meloso y suave como la seda que hizo que al caballero le recorriera un escalofrío- He visto en los pasillos del ala suroeste unas alimañas roedoras en absoluto agradables, y querría que me explicara el porqué.

-Usted lamente excelentísima señora -balbuceó el  veterano de mil batallas, canoso, de rostro ancho y mentón fuerte, con un ojo blanquecino desde hacía años por una horrible cicatriz que cruzaba sus mejillas- Ha debido de tratarse de un severo error por parte de nuestros exterminadores, a pesar de que la última batida ha dado en 21 buenos fardos llenos hasta arriba, mas no temáis, serán azotados por ello.

-De momento olvidadlo, nuestra preferencia y atención han de centrarse en los prisioneros, de no haber sido por los Naguales Acelajados hubieran llegado a la Cámara del Sagrario, debemos averiguar a que han venido esos despreciables Sikti Paktim. Y además... Descubrir qué es lo que quiere ese... Viejo -añadió arrastrando con odio las últimas palabras-

-Sí excelentísima señora, así se hará

-Una cosa más...

-A sus órdenes excelentísima señora -aseguró en el tono más firme y seguro posible-

-Id al despacho del Gran Maestre, y comunicadle un mensaje, única y exclusivamente a él... Aseguraos de no olvidarlo por el camino -advirtió con un tono que cortaría el diamante-

-Os doy mi palabra excelentísima señora -asintió enérgicamente-

-Así lo espero querido... Así lo espero -y le dirigió una mirada severa y penetrante que podría haber atravesado las pupilas, los nervios, los músculos y el hueso para ver el alma de Ser Meinik- Decidle que ha habido una brecha en el Pórtico, han invadido las estancias inferiores y se dirigen hacia las mazmorras, el número no está claro, pero parece ser un grupo de al menos media docena

-¿¡Una brecha!? ¿¡Nos invaden los demonios!? -gritó aterrado Ser Meinik-

El eco de su griterío fruto del terror rebotó en los techos altos de la Sala Común, las conversaciones disminuyeron hasta callarse, brindis fueron interrumpidos, las copas quedaron suspendidas o apoyadas en manos y mesas, recorridos hacia otras salas y alas de la fortaleza se detuvieron, un silencio pesado cayó en la sala como un fatídico rayo.

-Creo haber especificado muy claramente que debía ser entregado exclusivamente al Gran Maestre, Ser Meinik -susurró ponzoñosa la dama nacarada, el rostro del caballero pudo competir con el encalado de las paredes-

-¡Lo lamento excelentísima y piadosa señora! -se disculpó tembloroso- ¡Ha sido mi necedad y sobrecogimiento los que han hablado!

-Ciertamente querido... Ciertamente... -susurró dulce la dama- ¡Don Bishwell! -llamó en voz bien alta y clara-

De entre la silenciosa marea de ojos surgió un hombre que rozaba la treintena, bermejo, de ojos marrones como la madera y una barba lampiña, de constitución fuerte, pero ni de lejos comparable a la rociedumbre de su homólogo en vestiduras, en cuya frente habían empezado a surgir gotas de sudor.

-A sus órdenes excelentísima señora -dijo al fin el nuevo interlocutor, intranquilo pero con la serenidad del guerrero aún triunfal en la mente-

-Mi más sincera enhorabuena, acaba de ser ascendido, a partir de hoy se dirigirán a vos como Ser Bishwell -declaró lo suficientemente alto como para que toda la sala fuese partícipe de la noticia, Don Meinik parecía querer decir algo, pero sus temblorosos labios no articulaban palabra-

-Es un honor excelentísima señora, cumpliré lo mejor que pueda con mi cargo -contestó firme el
recién nombrado Ser Bishwell-

-No tengo ninguna duda de ello querido -comentó la dama aparentemente complacida- Y aquí tenéis vuestro primer mandato: Llevad a  Don Meinik a las celdas correccionales, permanecerá allí dos semanas, recibiendo alimento 4 veces a la semana, nunca por la mañana, pues ayunará mientras permanezca allí y yo no especifique lo contrario -Don Meinik miró al suelo y cerró los ojos, parecía querer llorar, pero se contuvo- Recibirá limpieza corporal dos días a la semana y Luminaris mediante recibirá azotes todos los días con látigo de cuero...

-¡No por favor! ¡Os lo ruego excelentísima y piadosa señora! ¡Qué muestre clemencia vuestra voluntad con este negligente! -clamó Don Meinik mientras se arrodillaba y le besaba las vestiduras a la dama con una insistencia doblemente espoleada por el miedo-

-En caso de sangrar o mostrar resistencia -prosiguió mecánica sin ni siquiera desviar la mirada de Ser Bishwell- Aplicársele la vara de hierro. Rezando en cualquiera de los dos casos a Luminaris, rogando por su perdón y lamentándose por su incompetencia.

Don Meinik desistió en sus ruegos y comprendió el cómo se agravaría la pena de continuar, así que se arrancó una insignia de su armadura y se la cedió sumiso a su sucesor en el cargo, el cual la aceptó sin ceremonias ni agradecimientos.

-Vuestro segundo mandato querido...-dijo la dama fingiendo no darse cuenta de la entrega- Será transmitir el mensaje que un indeseable ha tenido a bien comunicar sin ninguna discreción, a nuestro ilustre Gran Maestre, y que él obre según la voluntad que reclame Luminaris

-Así se hará excelentísima señora -respondió firme el caballero-

-Mientras tanto -prosiguió- yo iré a visitar a nuestros prisioneros, de tener que comunicárseme algo, allí se me hallará.

Y dedicando una mirada a todos los presentes que clamaba "¿Qué estáis mirando? ¿No tenéis nada que hacer?", se encaminó a la puerta que llevaba a los calabozos, deteniéndose a unos escasos centímetros del umbral.

-¡Ser Bishwell!-llamó-

-¿Qué desea su excelentísima señora? -preguntó desde la distancia el aludido-

-De haber benefactor que muestre compasión y debilidad de espíritu hacia el penitente -declaró bien alto y claro, advirtiendo a los presentes- aplíquesele la misma condena, empleando para ambos y hasta el fin de la penitencia el flagelo de espinos

-Así se hará excelentísima señora -apuntaló Ser Bishwell cuadrándose-.

La dama abandonó la estancia y se dispuso a tratar con sus "invitados". El bullicio en la Sala Común se reanudó con la mayor de las normalidades.
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