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Escape y fuga

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Jue Mayo 12, 2016 6:00 pm

XIV. Volar

Año 535 d. G. A. – Fortaleza de Samrat

“Sea Luminaris nombrado diez veces diez el más grande entre todos los siete del panteón divino. Hoy, oh loado misericordioso, en un año redondo, bajo la hora póstuma del solsticio de invierno, a casi la mitad de los años que durara las guerras contra los Grandes Dracos, nuestra primera gran querella, estamos cerrando bajo la gran estatua de nuestro patrono la ahora bautizada Mazmorra del Santoral.

Han sido incontables las vidas de hombres, mujeres y niños sacrificadas bajo la roca maciza que cubre nuestro templo, el primero en su tipo, pues me atreveré a decir, aún a guisa de ser alcanzado por la furia de la divina providencia, que ninguna de las sedes de la Orden cuenta con tan elaborado mapa de celdas  y túneles, todos tallados a la sombra de la magia más oscura, para que con las vidas de los indeseados, resucitara el polvo, el barro y la mugre por el clamor de la tortura impartida durante más de 400 años. Es esta sangre, tomada de corruptos y herejes, y vertida en honor al más grande de los grandes, la que le da movilidad a 30 pisos bajo la estatua central, todos capaces de moldearse, entre vericuetos y trampas, como un gran laberinto móvil.

¡Es, y perdonadme o magnífico juez de los cielos, mi gran obra de arte!

Con la última piedra que sella las mazmorras, y la coronación de la estatua, traída de Tirian Le- Rain, culmina el trabajo de muchos antes que yo y cierra mi ciclo en este mundo. Ahora, cansado y arrugado, me siento dichoso, aunque bien sabe Luminaris que mi dicha no alcanza a caer en la tentación de la vanidad, y en oficio sagrado entregaré mis vestiduras a la noble Inquisidora que me sucederá como cabeza de la causa.  Esta es, la segunda prueba de nuestro compromiso con la fe para que sea vista por las nuevas generaciones de militantes divinos. Los dioses premiarán a nuestras familias y naciones por extirpar de la tierra a los indeseados y corruptos, y hacer con sus vidas algo más valioso y puro.

[…] Así cierro estas líneas con el recuento de lo que para mí es esta construcción. Felizmente siento que puedo entregarme al descanso de los justos, pues sé muy bien que nada en este mundo será capaz de poner un pie sobre el tesoro de Sumatra y las verdades que tras la última cámara se encuentran. ¡Oh Luminaris el siempre grande y misericordioso! ¡Purifica a través de esta obra nuestras fallas! Sea esta mi última petición y palabra a nombre de todos los que trabajamos para la gloria de nuestro Señor”

Erenest Wasser
Alto Sacerdote, arquitecto y miembro militante de Nubibus Ferreum.    

[Tomado del Rollo XXI- Tomo CLXVI, cuyo original reposa en la capital del reino divium en las nubes]


--//--


-¿Qué has hecho con Mungus y Myote, mujer?- interrogó el viejo, haciendo caso omiso a los gritos desesperados que por doquier se levantaban. En su rostro parecía leerse el completo desinterés como si, de pronto, el bienestar de los suyos hubiera sido solo una estratagema para llegar hasta ese punto del viaje. Más allá de aquellas puertas de seguro no los necesitaría.

-Lo que se hace con las visitas inesperadas, querido- cantó en medio de un pequeña risa la inquisidora con cierto tono frío, bufón: -Darles la correcta bienvenida y hacerles sentir como en casa.

-¡POR KHARZÚN SAL DE MI JODIDA CABEZA NIÑO BONITO O TE MOLERÉ A GOLPES DE UNA BUENA VEZ!- gritó el enano, balanceando a un lado y otro su hacha, con los ojos inyectados de sangre pero perdidos en el vacío del lugar. En su movimiento errático, poco consiente de seguir rodeado de los suyos, Olaf ignoraba por completo cuan cerca había estado de bajar la cabeza de su incondicional amigo Pitrus, también perdido en lo que parecía un trance.

-¡Me siento como en casa!- aplaudió el viejo con una media sonrisa: -…pero una en la que estuve hace mucho tiempo cuando el sol recién estrenaba sus rayos…

Música:


La tentaba.

Milk con esa mirada aguileña, fija en la presa que se le presentaba expuesta, casi sumisa, sabía muy bien que todo era parte de un teatro montado desde hacía milenios sino eras. Ella era vieja, tan vieja como el tiempo que ambos habían perseguido esa contienda, y él lo era más, quizás…

No pasó por alto ese pequeño fragor en los ojos celestes de la joven religiosa, pulcramente ataviada hasta los pies por finas sedas de un blanco intenso.  Un ángel puro y casto lleno de mentiras y engaños. Ella no era lo que aparentaba ser, y él tampoco. Ambos sabían eso de antemano en un juego que no era nuevo para el uno ni para el otro. Viejo y tozudo como era, con los ojos pesados por unos parpados llenos de piel colgante, el porfiado anciano sonrió, sin importarle tampoco cómo en medio de ellos las llamas verdes se reagrupaban, una tras otra, emergiendo desde atrás de la compañía de prisioneros en fuga, entre las paredes y las piedras, del barro y la mugre. Millones sino trillones de esos suaves fuegos de verde pálido iban en suave movimiento cadente hacía él. Espíritus fatuos que emergían de las sombras ante el llamado de su amo.

-Eres un hereje, viejo decrépito- increpó la sacerdotisa, acomodándose la cofia con parsimonia estudiada, obviando el espectáculo de gritos, desesperación y brillos verdosos. Confiaba en la eficacia de sus subalternos, sometiendo mentalmente a los intrusos para luego sesgarles la vida sin mancharse las manos: -Uno que nunca ganó el derecho de vivir todos los años que os he dejado vivir.

-LOS MATARÉ A TODOS… ¡AAH!- gritó Pitrus, haciendo temblar el piso bajo los pies de todos. La artimaña logró desestabilizar a más de uno, sin embargo, era obvio que el grupo estaba rodeado, entre las sombras, todos controlados, juzgados, ante los ojos de la magia divina que imbuía el lugar.

-¡Ah! ¿Cómo es que una mujer tan piadosa es capaz de desear tanto mal a un inocente servidor? ¡Te has divertido conmigo, bruja rastrera! Hieres mis sentimientos… Me haces sentir… usado- burló Milk, imitando el gesto de ella y arreglándose la capucha maltrecha como si quisiera verla mejor: -Por los viejos tiempos, deberías agradecer mi visita y no ir matando por ahí a los míos…

-¿Inocente?- preguntó con ironía, elevando una ceja al mismo tiempo que uno de sus brazos. Unos dedos delgados, esbeltos, de un brillo intenso, se asomaron tras los ropajes y, casi de inmediato, el viejo se cubrió el rostro como el vampiro ante los rayos del sol. –Querido… Hermano… Eres muchas cosas, menos inocente.

--//--

OFF:
Perdón el cambio a primera persona, pero es que el personaje siempre lo he narrado así, y como poco sabe de lo que pasó en esos momentos, por eso me decidí por la mezcla de tiempos. Espero no sea muy chocante.

No oía, olía, veía o entendía. Se sentía como estar en las nubes, en otra realidad, una donde el aire enrarecido de las profundidades cavernosas de las celdas parecía lejano, intangible, mientras el viento que respiraba me llenaba a borbotones los pulmones hasta expandirlos más de lo que creí que fuera posible. Levitaba mejor que la pluma más ligera, y sin embargo, podía cambiar de dirección, sentir las corrientes del viento pasar sobre mí sin siquiera desviarme de mi objetivo… Si es que tenía uno.  Era una con el entorno. Me abrazaba y seducía de la misma manera que lo hicieran los recuerdos, vacíos, en un horizonte que no tenía fin.

-¿Quién eres guardiana del oeste?- recitó una voz, o una idea, llenándolo todo de verde y perturbando la visión a su paso.

La sorpresa me hizo caer de súbito, entre el dolor del arribo y el asco explosivo que se daba en todos mis sentidos, al estar tan cerca del cadáver del caballero.

-Ataca…- rezaba en mi interior una voz ajena, dulzona: -Eres culpable y él es un adefesio que nunca debió pisar este mundo. Mátalo.

“No…”

Pero era demasiado tarde. Mi mano firme, en una posición que poco podía reconocer haber aprendido otrora, empuñaba con determinación la flecha mientras la otra agarraba el arco por el mango, sintiéndose orgánico y cómodo, como nunca lo había portado.

-Mátalo.

La mirada del caballero estaba clavada en la mía. En el alma, sentía apresadas las lágrimas que mis ojos no podían expulsar, ausentes, sin vida, adueñados por algo ajeno a mi voluntad.  El caballero me devolvía con intensidad la mirada, gélida, distante. ¿Estaría también controlado?

-Mátalo.

“No…”

El brazo tensó más la flecha y mi mirada se clavó en el corazón del cadáver viviente que al frente mío seguía cada movimiento.

“Mátame o te mataré… corre…corre…”.

No le guardaba cariño, ni siquiera se había dado el tiempo para que naciera algún tipo de compromiso, su vida, en sí, no representaba nada para mí. Sin embargo, a pesar del asco, el olor o el frío, algo en él despertaba mi curiosidad, quizás a través de las palabras de Milk. Él lo había llamado reanimado un trabajo defectuoso comparado con su obra y sin tapujos me había mirado. Le debía al anciano más de lo que podía llegar a entender de mí misma, pero al mirar al caballero no podía dejar de evitar pensar que esa mirada era la mía.  

La flecha salió expelida de mis dedos, y aunque el caballero decidiera moverse o no, mi puntería había sido errada.

Luces verdes lo rodeaban a él, como a mí. Las reconocí de inmediato, obra del viejo, en el momento que trataba de salvar a Tanie del dolor o de la muerte. Pero esta vez eran muchos, demasiados, algunos posándose en mi mano, el hombro, los ojos, los labios, liberándome momentáneamente de ese control ajeno a mis sentidos.

-Id… Id…- repuse al caer de rodillas frente a él, cansada, agolpándose el sudor en mi frente tensa. No tenía los medios para instarlo a pelear pero a sus espaldas pude ver sus ojos, esa mirada inquisitiva y despiadada de quién, de seguro, había puesto en sumisión mi voluntad. -¡¡MATA!!- grité desesperada al ver cómo salía de las sombras.

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Amethist

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Jue Jun 09, 2016 4:03 pm

<<(…) alquimistas de renombre como Lydia Fireohr y especialmente Sazed Teriusan, éste último en su obra “Entorno racionalista: "Análisis de la composición metafísica del mundo” conciben el mundo en sus cuatro esferas existenciales: la materia, la esencia, la espacialidad y el encuadramiento alébico o del aleb, siendo este último el que más discordancia presenta en su definición concisa, algunas voces del ámbito ujesh-varshiano abogan incluso por la llamada teoría colectivista, la cual se fundamenta en que el encuadramiento alébico, mediante el cual el “eimí” en cuestión, es situado dentro del colectivo del aleb global según la escala de Girghelhem, es errónea, y toda existencia queda así pues reducida al aleb y su única esfera propia, por encima de las otras  que propone la teoría compositiva, que pasarían a llamarse instancias, las cuales componen en sí mismas el aleb.

La diferencia real y semilla del debate del cual servidor prefiere no participar es el punto de fragmentación alebiana, siendo el ámbito más colectivista el que aboga por un abanico más amplio y el compositivista el que decide fragmentar el aleb a su escala más simple, dependiendo de la escuela o incluso el gremio de alquimistas, todo ello forma parte de un aleb colectivo, un mosaico compuesto de piezas más pequeñas si se prefiere el símil, con cada una de las teselas siendo un fragmento alebiano en sí mismo, mientras que en otros ámbitos son los fragmentos pertenecientes a un elemento de la naturaleza, como la tierra, el agua o el éter (aunque ello ha presentado debates con la escuela elementalista y la intrusión del estudio alquímico) o incluso que son fragmentos alebianos independientes unos de los otros y cuya denominación colectiva para mayor comodidad es aleb, sin llegar a ser un colectivo de la suma de sus partes.

Sin embargo y a pesar de las diferentes tonadas que se debaten por ser la dueña del concierto, todas las posturas, en mayor o menor medida, abrazan sin tapujos el principio de incorruptibilidad del aleb, puro y neutral, y que aunque guarde relación con la magia más perniciosa, con el despojo más nauseabundo, con el ser más bajo y vejatorio, éste no deja de estar compuesto de un aleb puro e incorruptible.

Esta aparente puesta en de acuerdo por parte de las escuelas y eruditos de la alquimia ha derivado en elucubraciones en otras ramas del conocimiento, especialmente la filosofía y la teología, las cuales apoyándose en este concepto de incorruptibilidad y pureza, defienden que todo ser es por tanto igual, y el concepto de clase, las diferencias y los prejuicios son del todo infundados, el ladrón no es por tanto un ser menos respetable que el mercader, ambos comparten una composición similar, y ambos tienden, en su papel como integradores del aleb, a actuar en favor de éste para mantener un mundo equilibrado, siendo la mano invisible alebiana, que algunos filósofos entremezclan con la idea del destino o el determinismo, la que los guía (…)>>


Ryel Matthorn
Sumus: Sobre el origen de las cosas y su composición


-------------------X------------------

Los últimos rayos del Sol agonizaban en las cortinas de la biblioteca mientras intentaba desesperadamente seguir su recorrido para lograr unos leves minutos más de luz natural antes de recurrir a las velas. El día estaba llegando a su fin, y como siempre la tarde se me había pasado demasiado deprisa entre las chanzas del truhán Sotomonte en una de sus múltiples desdichas y el diario del Caballero de la Pluma Gris, Percival, concretamente en su participación en la batalla de Piedrafría. Siempre había disfrutado con los viajes de aquellos valerosos hombres, dueños de su destino, con una espada, su caballo y rumbo a la aventura, dejando atrás apellidos tan grandes como el Imperio o una riqueza más boyante que la de alguno de los califas de Akdhar. En mi alocada mente fantasiosa me veía vagando por los caminos con Faeldon, quizá llevaría al hombro un águila o un cóndor, y sería el Caballero del Vuelo Azul, el digno heredero de Percival en desfacer entuertos.

La larga sombra de una de las encinas del jardín comenzó a inundar la estancia, pronto sería de noche, con un poco de suerte la cena sería algo más que el venado cazado hace dos días por mi padre, le gustaba pensar que se equiparaba en entretenimientos y ocio con los Duques de Parlym, incluso con el propio emperador si se le dejase, pero la triste verdad era tan simple como que ese terrazgo había costado lágrimas y mucha, muchísima lengua desgastada en botas ajenas, y sangre, sobre todo sangre, demasiada sangre, las Santas Cruzadas para la expansión del Imperio siempre recompensan a quienes estén dispuestos a pagar en sangre u oro, pero preferiblemente oro.

Noté el estómago gruñir con ansia ante la perspectiva de verse saciado, y debo reconocer que aunque algunos filósofos hablen maravillas de las verduras y las frutas como alimentos para el alma; la carne y sobre todo el pescado hacen de mi un joven mucho más feliz. Recogí lentamente y sin prisa alguno de los libros dispersos en imposibles torres que a duras penas aguantaban en pie, de vez en cuando tenía que ordenar los libros de la biblioteca familiar, eso, o acabar perdido en una marea de libros mientras buscaba uno concreto.

La puerta de la biblioteca se abrió, y entró un hombre de marcadas entradas en su pelo que anunciaban la inminente calvicie, rostro redondo, mirada avinagrada, cuerpo de militar descuidado por años de dulces, sí, mi padre no era alguien idóneo para las segundas nupcias, aunque lo más adecuado si apreciabas tu cabeza era no comentárselo:

-Buenas tardes padre, es un placer veros -saludé con un tono serio y rematadamente formal-

-Hijo... -pronunció prácticamente escupiendo cada sílaba- Veo que hoy también te has escaqueado de tus prácticas de esgrima

Se adentró un poco más en la sala y comenzó a recorrer con la mirada los estantes, parecía buscar algo, o al menos fingir que buscaba algo

-En absoluto padre, he cumplido con mi entrenamiento diario y he optado por consumir mi tiempo libre en la buena lectura

Se giró hacia mí y entrecerró los ojos

-¿Leyendo al insolente Sotomonte? -comentó despectivo- ¿Eso es para ti buena lectura?

Abrí los ojos sorprendido de que descubriese mis actuales entretenimientos literarios, pero pronto me recuperé al notar que aún colgaba de mi mano el segundo volumen de las aventuras de Sotomonte

-Quería acercarme a las vivencias de estos hombres de pobre linaje -respondí sacudiendo el libro en el aire y dándole un tono despectivo a mi voz- Después de leer las memorias del General de Campos me apetecía algo más frugal y simple

Su mirada continuó transmitiendo repulsión pero una leve y casi inapreciable media sonrisa asomó en sus labios, le encantaba que usara este tipo de trato con la gente de baja alcurnia.

-¿General de Campos? -dijo mientras se acercaba a una de las estanterías dándome la espalda- ¿Ese incompetente? Podrías aprender mucho más de tu abuelo Kerl, gracias a él los atrincherados en Zhakesh pudieron aguantar el asedio de la Revuelta Negra

-Lo tendré presente padre

Saqué de mi chaleco una diminuta tablilla de cera, servía para pequeñas anotaciones sin recurrir al engorro y la lentitud del papel y la tinta, aunque naturalmente luego todo lo apuntado en la cera tenía que pasarse a un soporte más duradero.
Mi padre dejó de prestarme atención y continuó afanándose con las estanterías, esa sección concretamente almacenaba los códices y tratados de economía, había unos cuantos que me había leído, pero no era precisamente un ámbito de mi interés.

-Oye -dijo mi padre devolviéndome levemente su atención pero sin dejar de mirar a la estantería- ¿Sabes donde ha guardado ese inútil de Merry el libro de cuentas?

Mi boca deseó por un instante soltar una imprecación y exigirle que retirase el insulto, Merry era un mayordomo insuperablemente eficaz y eficiente, no tenía ningún derecho a hablar así de él, y menos aún cuando él era el único que atendía a los hijos que otros descuidaban en su búsqueda de fama para el apellido. Pero fui cobarde y me callé

-Padre -respondí al fin- el libro de cuentas fue retirado de aquí hace ya tiempo ¿Recordáis cuando el conde de Keingherst casi supo de nuestros contactos comerciales?

Siempre me gustaba recordarle aquel error suyo, porque había sido suyo, por empeñarse en enseñarle la biblioteca al conde y aún encima por dejarlo solo mientras ordenaba que prepararan la cena

-Desde entonces -proseguí- está guardado bajo llave en la sala de trofeos

Mi padre se dio la vuelta ante el recordatorio y se acercó en dos pasos hasta tenerme prácticamente a dos centímetros de su rostro, un manotazo cayó desde el lado izquierdo sin darme tiempo a reaccionar, el rostro comenzó a arder

-Gracias -susurró antes de alejarse en dirección a la puerta-

-¿Puedo, y sin ánimo de ofenderos padre, preguntar para que lo queréis? -pregunté sin levantar la mirada del suelo-

No se molestó en darse la vuelta

-Antes de que anochezca nos visitarán unos ilustres invitados representantes de la Orden de Sumatra, necesitan pruebas y explicaciones acerca de los escasos impuestos de fe. Espero verte allí para cuando lleguen, debes aprender a tratar con este tipo de invitados

Y sin más se fue, dejándome a solas en mis pensamientos, la Orden del Único venía a nuestra mansión, atraídos muy seguramente por el robarnos unos cuantos celemines de trigo escudándose en que los últimos meses nos habíamos visto obligados a reducir el dinero “donado” en forma de impuesto al culto, eran malos tiempos para los que habitaban el extrarradio de la capital del Imperio, Sacralis, las revueltas eran cada vez más virulentas y sangrientas, aún recordaba con escalofríos las descripciones que hacían antiguos sirvientes de familiares lejanos cuando llegaban a nuestras puertas a avisarnos que tal primo o tal tío había sido asesinado por los rebeldes.

Con un poco de suerte el emperador sabría hacer frente a la situación, no es que me desagraden los campesinos, pero alguien tendrá que trabajar las tierras, y somos los nobles quienes poseemos el conocimiento necesario para administrarlas correctamente y defenderlos en caso de guerra, así nuestra sociedad se basa en el mutuo beneficio y servicio, aunque desde luego nunca participaría de algunos entretenimientos escabrosos que tiene mi padre con sus campesinos avasallados.

Continué ordenando un poco la biblioteca mientras me detenía para releer por encima alguno de los tomos que versaban sobre la Orden, para refrescar algunos conceptos sobre todo, descartando los escritos más fanáticos, como los de Erenest Wasser por ejemplo, para ser uno de los más reconocidos arquitectos de la historia, resulta agobiante el como intenta adoctrinar al lector en el culto a Luminaris.

Así pues llegó la noche y Merry se pasó a notificarme la llegada de los representantes de la Orden. Como siempre, iba impecable, con el chaleco que portaba los colores de la familia sin ningún hilo colgando, y con las ceñidas calzas blancas libres de manchas, aún seguía intentando averiguar como conseguía mantenerse así de limpio a pesar de sus tareas. El único elemento discordante en su perfecto uniforme era su rostro, concretamente una horrenda quemadura que se había llevado por delante la piel de la mejilla izquierda, dejando al descubierto los dientes y parte del músculo. No era una visión agradable, pero ya estaba acostumbrado.

Hubiera querido decir que me tomé mi tiempo para bajar al Gran Salón, pero realmente tenía mucho interés en ver a aquellos recién llegados, había historias realmente turbias acerca de ellos, y para una mente ansiosa de misterios como la mía, era como adornar un pastel ya de por sí perfecto. Así que casi al instante detuve mi quehaceres y me dirigí a paso ligero hacia el Salón. Merry me seguía de cerca intentando mantener el ritmo, lo tenía bastante difícil, yo iba casi al trote, él intentaba caminar más rápido sin abandonar la postura recta y circunspecta

-Señorito -dijo al final entre respiraciones profundas- No vayáis tan rápido, debéis mantener la compostura

Escuché como Merry corría un poco para alcanzarme y noté como su mano se posaba en mi hombro, obligándome a detenerme

-Y... -añadió entre jadeos-  Mostrar indiferencia cuando llegue gente tan ilustre, es la única manera de haceros valer y demostrar que no teméis a los que se creen que están por encima de vos

Como siempre, dando consejos y lecciones

-Tranquilo Merry -le contesté con una sonrisa- En esta parte de la mansión no suelen recibirse a los invitados, toda la dignidad bien la puedo fingir en cuanto llegue allí

-No lo entendéis señorito -retiró la mano de mi hombro y se la colocó en la espalda junto a la otra- Si adquirís esos malos hábitos ahora, luego será difícil corregiros, a vuestra edad es excusable, pero para un noble maduro, el correr por los pasillos es una deshonra por su infantilidad.

Puse los ojos blancos haciéndole ver mi opinión

-Muy bien... -suspiré- Seamos dignos entonces

Me enderecé y renové el paso, esta vez a un ritmo normal, Merry pareció agradecido con el gesto, no hubiera sido la primera vez que nuestros debates acerca de la etiqueta y el protocolo nos hubieran hecho llegar tarde a la cita, pero por aquella vez, prefería darle al anciano mayordomo un respiro.

Recorrimos el resto del camino en un digno y elegante andar, y finalmente llegamos a las puertas del Salón, dentro se escuchaba a mi padre refunfuñar sobre sus arcas y los impuestos, hubiera preferido no molestarlo, pero él había ordenado que estuviese presente, así que llamé y esperé a su permiso para entrar; no fue el recibimiento más caluroso, una mera sacudida de cabeza que le recordaba que me había hecho venir y una indicación con una mano del asiento que debía ocupar. El resto del tiempo fue silencio mientras a Merry se le ordenó ir a por algo de beber para los invitados.

No pasó mucho tiempo (algo que agradecí infinitamente), antes de que un criado irrumpiese en la sala anunciando la llegada de los invitados. Mi padre asintió y los hizo pasar, cerró el libro de cuentas y se recostó en la silla, esperando.

Por la puerta comenzaron a entrar soldados, las armaduras eran las reglamentarias de la Orden, plateadas y de diseño elegante, y sus largos tabardos blancos estampados con diversos símbolos no hacían más que confirmar su servidumbre, pero... ¿Por qué tantos? ¿Para qué enviar casi a veinte hombres a la mansión de nuestra familia? La respuesta no se hizo esperar demasiado, todos comenzaron a posicionarse alrededor de la mesa, en las paredes de la sala, un círculo de guerreros armados hasta los dientes que nos miraban con fría marcialidad. Mi padre no dijo nada pero por las gotas de sudor que perlaban su frente imaginé que no era algo que estuviese previsto.

Finalmente y tras un breve desfile de soldados, los “invitados” entraron en la sala, o quizá debería decir el invitado, pues el segundo, una mujer, o al menos eso parecía por su físico, portaba grilletes en manos, tobillos y cuello, y vestía con retales de cuero que cubrían de forma aleatoria su cuerpo, únicamente las partes más pudorosas parecían haber sido cubiertas a conciencia, llevaba unas extrañas sandalias compuestas de incontables hilos de cuero que conformaban una especie de caña y cobertura para el pie, además, unas extrañas protuberancias asomaban por encima de sus hombros, por un momento creí que eran adornos, pero no, realmente nacían en la espalda de aquella mujer, tenían el aspecto de unas ramas de árbol, pero, carbonizadas, y sin embargo, donde la mirada más se me detenía era en su rostro, o mejor dicho, la máscara que lo cubría, una especie de superficie metálica lisa y pulida en la que surgían numerosas grietas.

Todas las cadenas que colgaban pesadamente de sus grilletes estaban unidas, por algún extraño motivo, a la armadura del primero, la cual a diferencia de la de los soldados, mostraba colores dorados y rojizos, y era infinitamente más ostentosa, muy probablemente no tenía función defensiva, era demasiado ornamental. El hombre que la portaba era aparentemente joven, de pelo castaño y rostro afilado, y sin embargo de él manaba un aura que me decía mucho más, incitaba a mi yo más primitivo a alejarse lo antes posible, probablemente eran sus ojos los que lograban el efecto, parecían poder arrancar los secretos más profundos del alma de los hombres.

-Bienvenidos sean a mi hogar los representantes de Luminaris -dijo mi padre al fin rompiendo el incómodo silencio-

Aquel ser con forma de hombre lo miró a los ojos, mi padre parecía estar al borde de un ataque al corazón

-¿Lord? -preguntó con una voz dulce como la miel-

-Ser, en realidad -contestó mi padre- Ser Elend

-Ya veo

Se adelantó hacia la mesa y se sentó, la mujer permaneció en pie

--dijo secamente-

Merry surgió de la nada y se lo sirvió, sin embargo el hombre simplemente observó la taza, parecía concentrado, o quizá distraído, la mujer permanecía impasible y quieta como una estatua. Alargó la mano y bebió apenas un leve sorbo.

-Ser Elend -susurró levemente-

-Decidme -respondió mi padre-

-¿Creéis en el Único?

-¿Disculpad? -mi padre parecía pillado por sorpresa.

-¿Creéis en el Único? -repitió, esta vez con un leve tono de molestia en su voz-

Miré a mi padre, preocupado, era una pregunta difícil para cualquiera del Imperio, mentir era pecado, no creer en el Único también, en el ámbito criminal muchas veces era empleado por los inquisidores para lograr un ajusticiamiento arbitrario; ahora mismo mi padre compartía el filo de la navaja con los ladrones y herejes.

-Creo -contestó al fin mi padre- No puedo decir fervientemente, hay duda en mí, pero creo

Era una buena respuesta, ambigua pero lo suficientemente satisfactoria, la duda era causa de penitencia o confesión, pero no de muerte.

-Ya veo- dijo el inquisidor antes de tomarse otro sorbo de té

Notaba como mis manos temblaban mientras jugueteaba nervioso con ellas por debajo de la mesa, aquello estaba siendo insoportable, mi atención bailaba entre los soldados que nos podían asesinar a una orden, la mujer sin rostro y el inquisidor, éste no parecía estar muy de acuerdo, ni siquiera contento con la contestación de mi padre, pero al menos no parecía meditar una condena fulminante, y aún así notaba que en cualquier momento acabaríamos todos los de la casa degollados en el cadalso

-Y decidme... Ser Elend -prosiguió el inquisidor- ¿Cómo un hombre que cree en el Único no le dona a sus servidores el dinero que les es necesario para mantener la fe?

El tanteo se había terminado, el inquisidor había mostrado su primera carta, ahora comenzaba la partida, y mi padre tenía una muy mala mano

-Las revueltas han sido duras -recordó muy acertadamente mi padre- Algunas alianzas comerciales que poseíamos en el este han caído, una parte de la cosecha se ha donado sin beneficio alguno al ejército que combate valerosamente a los rebeldes -se detuvo unos segundos, mi padre la llamaba “pausa de efecto”- Por ello nos hemos visto obligados en esta familia a limitar las donaciones al Único -el inquisidor frunció el ceño- Con el único fin de reintegrar lo debido en tiempos económicos mejores

Aquel último detalle era nuevo, seguramente un añadido espontáneo forzado por el inquisidor que estaba al otro lado de la mesa.

-Ya veo -susurró el inquisidor, esta vez no tomó té-

Se hizo un largo silencio, muy incómodo, demasiado incómodo, insoportablemente incómodo, y a la vez tan tenso que, sin haberme dado cuenta, había dejado de  respirar durante segundos. Finalmente el inquisidor se levantó

-Pagaréis en hombres para la Orden como penitencia por vuestro impago -proclamó- Y dentro de tres lunas donaréis la mitad de vuestros beneficios comerciales acumulados hasta el momento, por vuestra fe débil y vuestra duda -y se dio la vuelta, en dirección a la puerta por la que había en entrado-

-¡Pe-pe-pero! -tartamudeó mi padre poniéndose en pie-

La mujer enmascarada se adelantó hacia la mesa, en su máscara se reflejaba el sudoroso rostro de mi padre, entonces, comenzó a recitar lo que parecía ser un juramento.

Aspecto mujer:

-Así queda formalizado este juramento, por el único dios, el todopoderoso Luminaris, omnipresente y omnisapiente, creador del mundo y de todas las cosas...

Mi padre se miraba a sí mismo en la máscara de aquella mujer, sus ojos reflejaban un pavor que pocas veces le había visto demostrar, su máscara de falsa valentía y bravuconería no había durado ante aquellos monstruos de la Orden

-Y que muestre su ira -prosiguió la mujer- a aquellos que incumplan con lo que hoy ha sido atestiguado por su presencia -una leve y solemne pausa- Que su paz esté con nosotros.

-Y con nuestro espíritu -contestaron al unísono todos los soldados allí presentes-

Todas las miradas se dirigieron a mi padre, deseaba decir algo, añadir algo, negociar algo, lo que fuera, si hubiera estado en su mano, pero no lo estaba, simplemente dejó caer en la mirada hacia la mesa y simplemente susurró:

-Y con nuestro espiritu

Aquello fue demasiado para mí, no me preocupaba mi padre, quiero decir, no era alguien con el que tuviera tantos buenos recuerdos, pero es que aquel trato era demasiado injusto con nosotros, necesitábamos beneficios no sólo para mantenernos, si no para poder comprar semilla para los campesinos de nuestro terrazgo, para cubrir los costes de mantenimiento de los barcos que transportaban nuestros productos, para pagar las aduanas y enviar el cargamento lejos de la península ¡No podíamos quedarnos en la miseria! ¡Sería prácticamente firmar nuestra ruina!

-¡No podéis hacernos eso! -grité

Me sorprendí a mi mismo en pie y con la rabia ardiendo ansiosa en mi pecho, me sentía capaz de abatir a todo un ejército

-¡No podéis hacernos eso! -repetí a gritos- ¡Necesitamos esos ingresos! ¡¿Queréis más dinero?! ¡Pues no nos dejéis en la ruina!

El inquisidor se dio la vuelta y me miró con aquellos ojos penetrantes, parecía calmado pero pude ver la llama de la ira chispear tras aquella máscara fría, por primera vez desde que me levanté miré a mi alrededor, todos los soldados se habían llevado la mano a los pomos de sus espadas, la mujer me miraba, pues mi rostro era el que ahora se reflejaba en su máscara, mi padre me observaba con la preocupación pintada en su rostro. La llama de mi ira se apagó tan rápido como se había encendido.

-Quiero decir... -tartamudeé nervioso, ahora no había vuelta atrás- No podremos generar más dinero si no podemos mantener lo que tenemos, sería más beneficioso a largo plazo que nos permitierais por esta vez el haber donado menos

Se hizo una vez más aquel insoportable silencio, todo pareció congelarse por varios segundos, mis ojos intentaban mantener la mirada de aquel inquisidor, pero no fui capaz, había demasiadas cosas de las que preocuparse en esa sala como para mantener la vista en una de ellas. Y aquellos ojos...

-Ya veo -dijo al fin el inquisidor

Silencio. El ser de ojos de hielo miró a mi padre

-Ser Elend...

-¿Sí?

-Pagaréis en hombres para la Orden como penitencia por vuestro impago -proclamó- Y dentro de dos lunas donaréis la mitad de vuestros beneficios comerciales acumulados hasta el momento, por vuestra fe débil y vuestra duda... Y... -añadió- Ante la falta de respeto de vuestro hijo, que ha demostrado muy claramente haber sido contagiado por vuestra duda hacia Luminaris, servirá en la próxima Santa Cruzada destinada a poner fin a las revueltas como penitencia.

Aquel golpe me obligó a sentarme en la silla, una leve sonrisa apareció en los labios del inquisidor. Mi padre cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia abajo

-Así queda formalizado este juramento -comenzó a recitar de nuevo la mujer- por el único dios, el todopoderoso Luminaris, omnipresente y omnisapiente, creador del mundo y de todas las cosas, y que muestre su ira a aquellos que incumplan con lo que hoy ha sido atestiguado por su presencia -una leve y solemne pausa- Que su paz esté con nosotros.

-Y con nuestro espíritu -contestaron al unísono todos los soldados allí presentes-

-Y con nuestro espíritu -contestó mi padre-

-Y con nuestro espíritu -contesté, cabizbajo-

Y tan rápido como habían venido, todos se marcharon del Gran Salón, dejándome en compañía de mi padre y de Merry, que había aparecido supuestamente para recoger la taza de té, pero se quedó, acompañándonos en el silencio

-¿Merry? -susurró mi padre levantando la cabeza y con los ojos aún cerrados

-¿Sí amo Elend? -preguntó Merry con su característica formalidad, aunque esta vez se le notaba la voz estrangulada-

-Prepara todo lo necesario para que mi hijo parta en dos días hacia Sacralis -mi padre inspiró profundamente- y habla con Merkor, dile que prepare unas sesiones de entrenamiento intensivas para mi hijo

-Padre... Yo... -susurré en un lastimero intento de frase-

-Vete Merry -ordenó el destrozado Ser Elend-

El anciano mayordomo se inclinó y abandonó la sala. Por un momento creí que mi padre y yo permaneceríamos en silencio durante horas, pero no, una sonora bofetada me reavivó el ardor en el rostro

-¿Qué has hecho? -susurró mi padre, no parecía enfadado, sólo cansado, o decepcionado-

-Yo...

Una segunda bofetada me golpeó la otra mejilla

-¿Qué has hecho? -repitió-

-Intentaba ayudar -susurré en un tono lastimero

Otra bofetada cayó, esta vez en el lado izquierdo

-Y mira lo que has hecho... -contestó entre susurros-

-Yo...

Bofetada en el lado derecho

-¿Qué vas a hacer ahora? -quiso saber mi padre- ¿Combatir? ¿Tú? ¿Una rata de biblioteca?

-Padre... Yo...

Bofetada en el lado derecho

-¡Sólo quería proteger a esta familia! -grité con lágrimas en los ojos-

Bofetada en el lado izquierdo

-Querías... -repitió- Querías proteger a esta familia de un inquisidor, y nada menos que del Inquisidor Gilderoy d'Troye, el que ha recibido el Indicantur, por el cual ha de convertirse en Gran Maestre

-Padre yo no...

No sabía eso, no lo sabía, ¿Cómo lo iba a saber? Quería justificarme, pero mi padre me interrumpió

-Querías que no se respetase el juramento hecho ante la Testimonium, ante un demonio ligado a un inquisidor para ser guardador de los contratos hechos en su presencia, so pena de muerte...

¿Un demonio ligado? ¿Guardador de contratos? Por los dioses que estúpido había sido

-¿Querías eso hijo? -quiso saber mi padre-

Podría haber intentado mentir, pero era inútil, me sentía como el niño que ha descubierto que su perro puede morir por un espadazo, tras haberlo intentado

-Sí...  Padre... -suspiré- Quería eso

Mi padre me hizo levantar los ojos del suelo y me miró directamente, analizándome, buscando en el interior de mis ojos algo

-Querer no es lo mismo que hacer -afirmó- un niño quiere, un pobre quiere, un moribundo quiere, una mujer quiere, pero un hombre... Un hombre hace -declaró con la mayor de las convicciones- Y un hombre saldrá de esta casa para hacerse un nombre en el ejército

Me sorprendí de escuchar aquellas palabras, en los ojos de mi padre no había lagrimas, un noble no debía llorar, un hombre no lloraba, y sin embargo ambas perlas mostraban un brillo acuoso, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, orgullo. Mi padre me puso una mano sobre el hombro y me lo apretó con fuerza

-Ve hijo mío -ordenó recuperando aquel tono autoritario de Ser Elend- Ve a prepararte para tu partida.

-Sí... Padre

-------------------X--------------------

El Caballero notó como la cabeza le palpitaba, sentía dolor, la vista se le nublaba. En el suelo goteaba sangre ¿Era su sangre? No estaba seguro. Intentó incorporarse, pero las piernas le flaqueaban, se mareaba, a su alrededor ocurría algo, había mucho ruido, mucha confusión, algunas palabras sueltas le llegaban con la suficiente claridad “Cabeza” “Golpes” “Los mataré”

¿Qué estaba pasando? ¿De donde salían aquellos destellos verdes? ¿Dónde estaba? Al fondo de lo que parecían ser unas rayas negras en su visión, probablemente unas rejas, había algo blanco como la nieve, a su alrededor había siluetas que se movían violentamente. Intentó una vez más incorporarse, podría decirse que con éxito, al menos no cayó al suelo.

Intentó hacer memoria, había escapado, mejor dicho habían escapado, él y unos cuantos, unos aliados improbables, se habían separado, los habían amenazado seres de niebla, habían rezado, y luego... ¡Amethist! ¿Qué le había pasado? ¿Donde estaba aquella joven?

Darkeray sacudió la cabeza y se dio un par de bofetadas, necesitaba volver a la realidad, aquella muchacha se había quedado sola, tenía que ayudarla. Poco a poco su visión se fue enfocando y comenzó a reconocer a los allí presentes, sus compañeros de huida ¿Cómo? ¿Cuando los habían capturado? ¿Donde estaba Amethist?

El Caballero se dio la vuelta intentando buscarla con la mirada, pero ella ya lo había encontrado, y le apuntaba con su arco ¿Qué había hecho? ¿Le había hecho daño y acaso no se acordaba? ¿La había amenazado? Darkeray estaba casi seguro de que no, entonces ¿Que ocurría? El Caballero la atravesó con su mirada y escrutó aquellos ojos, en ellos había miedo, había firmeza, había agresividad, había tristeza, había demasiado en aquellos ojos, demasiado, y lo que más reinaba en la tormenta de sentimientos era el caos.

La cuerda del arco crujió amenazando con liberar la afilada saeta, los ojos de la joven se clavaron en el corazón de Darkeray. “¿Quiere matarme?” se preguntó

La duda fue respondida por un rápido y afilado vuelo que cortó el aire cerca de su cabeza, pudo sentir como cada pluma se rozaba con el aire y como la punta giraba, ansiosa de clavarse en un ser vivo y poner fin a su vida. Pero pasó de largo, la flecha se estrelló contra la pared de la celda y cayó al suelo, astillada y deshecha por el impacto.

¿Había fallado? Podría haberlo atravesado de punta a punta si hubiese querido, no llevaba su armadura al fin y al cabo, no hubiera sido difícil. Darkeray se preguntó que había hecho mal y cómo había llegado a eso, había estado a punto de recibir una flecha y ni se había molestado en protegerse, estaba confundido, su instinto era claro, pero su mente no, por una vez el sobrevivir no merecía la pena si con ello mataba a una inocente joven. ¿Qué podía hacer? Sentía al militar en su mente ansioso de avanzar, inmovilizar a la joven y partirle una muñeca para evitar otros ataques, sentía al Bufón tirando de su ansia asesina para acuchillarla mil veces y disfrutar de su sangre esparcida, sentía sus escasos minutos en compañía de aquella joven que no lo discriminaba a pesar de su miedo hacia él, esos momentos de casi cooperación y confianza mutua, algo tan escaso en su existencia, tan... Reducido, a unas pocas personas de todo Noreth. Recordó al arquero de negros ropajes, a la medium, a la joven cambiaformas... Su cuerpo no respondía.

Se giró para ver los restos de aquella flecha culpable, odiosa, incitadora de semejante confusión, si pudiera hacerse, sería la flecha la responsable de todo y aquella joven de níveos cabellos la inocente víctima.

Entonces lo vio, en la bruma, en la niebla, en vaporosas ondas mucho más definidas que la de aquellos caballeros fantasmales, aquellos ojos penetrantes, aquella armadura ostentosa, aquel instinto de supervivencia que surgía de su presencia:

-Gilderoy d'Troye... -susurró el caballero-

Darkeray escuchó un golpe a sus espaldas, se giró, vio a Amethist de rodillas, derrotada, cansada, sudorosa

-Id... Id... -susurró apenas la joven-

-Amethist... -contestó el caballero en el mismo tono bajo-

Lo supo en aquel mismo momento, aquel ser retorcido le estaba haciendo daño, la estaba ¿Controlando? ¿Era posible? Aquel hombre había sometido a su voluntad a un demonio, no le debía de resultar mucho más difícil manipular las mentes según el criterio de su maquiavélica religión de “piedad y bien”

-¡¡MATA!! -vociferó Amethist con el último oxígeno que reposaba en sus pulmones-

Darkeray sintió la presencia de aquel poderoso servidor de Luminaris en su espalda, seguía siendo bruma, leves humos de la misma pasaban por encima de sus hombros, expandiéndose sin límites por la celda, pero ahora era más sólido, cada vez se hacía más presente, no sabía muy bien como explicarlo, faltaba la materia para considerarlo allí presente.

Leves susurros y palabras de una voz desconocida comenzaron a asomar en su mente, una voz dulzona, amable, casi sensual dirían algunos, pero sus mensajes eran de odio, de muerte “Mátala” decían, “Es una pecadora” manifestaban otros, “¡Purga sus pecados como soldado de la Orden!” gritaban otros. Darkeray creyó ver rostros de antiguos pecadores que el había ejecutado en las Santas Cruzadas hacía siglos, lo miraban alegres, en paz, habían sido purgados de pecado y eran ¿Felices?

El Caballero sacudió la cabeza y apartó esas ideas, pero no tardaron en volver, sintió la presencia de aquellas palabras con más fuerza, deseó apartarlas, expulsarlas, quería que se callaran... Y así lo hicieron, seguían allí,  pero lejanas, amortiguadas, Darkeray no entendía que ocurría, las palabras le rodeaban, sentía su presencia, pero no se acercaban, pues una extraña escarcha crecía en ellas al hacerlo.

Darkeray entonces lo comprendió, era su frío, su propia aura de muerte y tristeza alejaba aquellas dulces palabras con frío y desesperación. Sin embargo, su descubrimiento lo compartió aquel inquisidor, las palabras se hicieron fuertes, golpeaban sin miedo al frío, su mente podría haber estado protegida pobremente, pero aquel ser era infinitamente más poderoso, el Caballero tuvo que esforzarse para intentar mantener aquel torrente contenido.

Era inútil, su fuerza se estaba agotando, se sentía agotado, la magia que poseía le concedía la vida, si la cedía en su defensa su cuerpo se hacía pesado, moría. Pensó rápidamente en que podía hacer, halló la respuesta.

Desenvainó su espada y se acercó a la arrodillada Amethist, la iba a matar, era una pecadora, pensó el caballero. Levantó el metal con las dos manos con la intención de hundirlo en la carne. Al instante las palabras se debilitaron, creyeron estar controlándolo, habían cumplido su misión. Darkeray lo notó, y actuó rápido, soltó una mano de la espada y se arrodilló en un segundo, entonces, abrazó a la joven, notó como su cuerpo reaccionaba al frío, el vaho salía con cada respiración suya, la piel comenzó a ponerse azul, los labios también, no era mortal, pronto se recuperaría, pero con ello había logrado darle una protección temporal a las palabras de aquella criatura de Luminaris.

-Mata... -le susurró Darkeray al oído mientras le acercaba a la mano la espada que hacía unos segundos colgaba encima de su cabeza-

Aquello le pareció casi gracioso: Estaba emulando las palabras de Amethist, y le estaba dando la misma espada que ella le había prestado hacía poco tiempo. Un acto de confianza, tan similar al que ella había manifestado hacia él frente a los soldados nebulosos

De pronto, una afilada lanza lo atravesó, pudo detenerla a tiempo con sus manos y evitar que ensartase a la joven también, ardía, era como fuego traído del mismísimo infierno, en la punta de la lanza estaban grabados numerosos símbolos religiosos, algunos los conocía, especialmente el Sol amarillo, representaba a Luminaris.

Giró la cabeza a duras penas, había sido el inquisidor, su rostro dibujaba una sonrisa cruel, sádica. Su cuerpo se estaba haciendo cada vez más pesado, algunas de sus extremidades ya no respondían, estaban purgándolo de la magia que lo mantenía, pudo percibir como el fuego de aquella lanza la consumía como combustible, la vista se le volvió a nublar, los sonidos se amortiguaron de nuevo, sintió como su peso se combaba hacia un lado, cayó al suelo, con la lanza aún alojada en su pecho. Después de tantos siglos, quizá estuviera por vez primera a punto de morir, sentía miedo y paz, alegría y tristeza, seguridad e incertidumbre, dejó a los párpados cerrarse por su propio peso

-Mata... -le repitió a Amethist mientras el mismo calor de la lanza se convertía en algo lejano-
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Vie Jul 01, 2016 8:44 pm

XV. La Cámara del Sagrario


Lo que sus ojos muertos no ven, lo siente con el advenimiento de la oscuridad. No sabe de qué color luce el amanecer, las estrellas o los árboles. El viento le acaricia su tez grisácea y solo con su suspiro tiene la certeza de que el alba está a punto de despuntar. No sabe qué es la luz o la gradación de la intensidad, pero entiende de sombras, de caricias, de rastros en las tinieblas que lo rodean. Los pájaros le sirven de guía, como también la tierra misma. Animales y plantas parecen pintarle el mejor sendero, un camino seguro. Para él todo son sensaciones, ondas reflexivas en eterna resonancia, ecos lejanos de una vida que se alimenta cada segundo de las leyes imperecederas de los dioses. De mente eidética, pero corto de palabras, él se considera solo un lector del mapa del mundo.  

Desde niño le llamaron el "chico con suerte", aun cuando al verlo huían por las cuencas vacías que marcaban su rostro pálido; pero ahora, siendo mano derecha de uno de los generales de los Sikti Paktim, aquellos apodos de la infancia se veían opacados por un nombre de pila que nada tiene que ver con su linaje, con la claridad que lo rodea, con la mirada aguda con la que lee el universo. Tuvo maestros de gran virtuosismo y se hizo querer entre la corte de dos de los descendiente más renombrados de Firen Reyú, emperador de Dírimar en la Tierra Muerta, un oasis de civilización en medio del desierto. Su historia es la misma de muchos: hijo de los heraldos de la Madre Muerte, criado entre nobles y entrenado en la perfección de su arte, fue convocado a Ujesh Varsha para responder a la llamada del gran Thong Khang, líder de los Sikti.  

Ése es Na´le Yusuf Al´Thorak, amo de las sombras y jefe de exploradores de las fuerzas de la secta en la Tierra Muerta, un hombre simple, de gustos medidos y vida apacible. Junto con sus bienes terrenales (una modesta propiedad cerca a Eblumia), heredó la responsabilidad de continuar la fe y sabiduría de su familia, estudiando las lecturas de los antiguos, especializándose en los caminos de la muerte y respetando, como es propio de los suyos, a aquellos nacidos bajo el estigma de la magia profana y la necromancia. Como ocultista, Yusuf no tiene igual, venerado casi como un maestro entre maestros solo su nombre corresponde a la fama que le sigue: su mirada es tan omnipresente como la de un mismo Dios. Por supuesto, para él es sólo cuestión de perfección entre su magia y su vocación de rastreador.  

Sin embargo, y pese a todos los artilugios que ostenta, nada había preparado a aquel hombre para la conspiración que se tejía en el mismo corazón del desierto de Xerxes. Desde hacía meses conocía los detalles de la misión, así como a cada uno de los que participaría. Se instruyó, como siempre, sumergiéndose en su propia memoria, atajando todo lo conocido sobre la críptica Cámara del Sagrario; incluso pidió la ayuda de un lector e inspeccionó con rigor las arcas de sabiduría que se esconden en la biblioteca de los hijos de la Muerte; sin embargo, al final de las jornadas, una y otra vez volvía a la misma conclusión: ambiguas y confusas, quizás todas las descripciones y crónicas sugeridas sobre aquel mítico lugar eran una farsa.  

Advirtió a sus compañeros de los riesgos, de la ignorancia que había entorno a la tarea que se les estaba presentando, pero como suele suceder con aquellos capaces de prever el futuro, nunca fue tomado con seriedad, y al final el amo de las sombras fue el único de los 7 convocados que abiertamente se negó a hacer parte de la incursión a la temida fortaleza.  

A pesar de ello, no todo lo que se decide es, ni toda locura es insana. Poco pudo hacer el explorador por evitar el llamado del destino, así como la fuerza con la que  éste golpea a su puerta para que sea hecho el legado que ha de construirse; nadie escapa a sus propios demonios.  

Y así fue. Un mes antes de partir los 7, con la seguridad de haber desertado dando argumentos contundentes, le conmovió descubrir que el viejo Milk había desaparecido. Movido por la perdida del sabio, dejó las Ruinas de Phoolendu para adelantar su propia búsqueda. Siguió los rastros que dejara sus pasos, leyó en las plantas las rasgaduras de sus vestiduras en el camino por la región de Valashia, adivinó entre las marcas de lobos las estelas de verdad a las puertas de un castillo en Arthias, para luego con resignación darse cuenta que todo le conducía a la odiosa Samrat. Fue allí donde terminó encarando su destino de rodillas entre gritos infernales, llamado por las voces del pasado que le hostigaban a matar a uno de sus compañeros, bajo la sombra de las grandes puertas de la cámara a la que tanto había temido buscar.

--//--

-Querido... Hermano... Eres muchas cosas menos inocente.

El resplandor cayó sobre ellos como un martillo de luz intensa. Los fuegos fatuos que hasta ese momento bailaban sobre el cuerpo del anciano, rodeándole de un pálido escudo verde y sorteando la ola de magia divina que provenía de todos los guardianes ocultos tras las rocas donde se establecía la trampa de la Orden, desaparecieron ante el despliegue implacable de la inquisidora. Milk se arrebujó sobre sus prendas, cubriéndose el rostro, mientras la fuerza del impacto parecía desvanecerlo de a pocos. Orgullosa y victoriosa, una vez más se demostraba a sí misma cómo la penitencia era su manera de ayudar a construir un mundo mejor: una piedad que solo podía venir a través del camino de la purificación por medio de la muerte o la martirización.  

Una leve sonrisa, casi una mueca desdibujada, asomó en el rostro inexpresivo de la mujer religiosa. Y no era para menos, en ese momento se sintió vencedora; con ello había bastado para sacarse por fin un problema mayúsculo, ahora más personal y doméstico. Luego de varias cacerías y juegos de escape, se había desecho del gusano que le había podrido una de sus manzanas favoritas; muerto él solo restaba hacerse cargo de sus seguidores y, para mayor gloria de su credo, lo tenía servido en el rostro de esos intrusos, gritando de dolor e impotencia mientras sus hombres les arrancaban la cordura y el buen juicio.  Por fin desaparecerían del mapa los Sikti Paktim junto con su estirpe de niños pobres y bandoleros danzantes.

-Pe...Perra miserable... ¡A ÉL NO LE TOCARÁS NI UN PELO!...

Recia, fuerte, llena de orgullo y petulancia, cubierta por esos residuos de polvo y niebla luminosa que dejara el ataque de la inquisidora, y aunque se tambaleaba como la hoja ante el invierno, su tez oscura y ceño fruncido encararon con resolución a la poderosa hechicera de mantos impolutos. Era Tinie, la amante de Pitrus, apenas en pie luego de la tortura que durante días había sufrido como parte del plan para entrar en aquel lugar. De todos, exceptuando el cadáver que habían encontrado pudriéndose en una celda, ella era la única de los Sikti que estaba libre del control mental de los caballeros de la Orden.

En un principio, la idea no había sido del agrado de nadie, pero prescindían de la información interna y solo la negra cumplía con los requisitos de la tarea. No eran muchos los guerreros dotados con magia divina que hicieran parte de la tradición Sikti y, por suerte, no sólo Tanie ofrecía esa ventaja, sino que era una guerrera Rom, del pueblo gitano, y solo por serlo ya tenía un espacio reservado en las celdas de la Fortaleza.  

Ante el grito, la inquisidora fijó su desprecio en la mujer decadente de tez canela. Tanie vaciló pero seguía enraizada a la tierra como una planta, con la mano apuntando hacia Milk y los dedos extendidos, creando un campo luminoso alrededor del anciano.

-Tú- espetó la religiosa: -No, no, no, las criaturas condenadas deberían tener un mejor comportamiento. La rueca no quita lo negra, pero algún día te quitará lo impertinente.

La gestualidad maternal que acompañó sus palabras, distaba mucho de estar ajenas a la dureza y rigidez de su pensamiento. El viejo, agazapado ante el ataque, levantó su cabeza con la misma inocencia traviesa con la que solía escudar su poder. De entre sus ropajes dejó salir de nuevo los fuegos fatuos, y éstos parecieron reproducirse aún más rápido que en el momento en que fueron convocados. La primera golpiza la había dado la religiosa ahora era justo un contraataque, aunque el coro de horror que se tejía alrededor de ellos dejaba ver que Tanie y Milk estaban completamente solos.

--//--

OFF:

A partir del post anterior y creo que en adelante combinaré la primera con la tercera persona, la primera para las partes del personaje y la segunda para narrar lo que sucede alrededor de éste pero que, por los sucesos que está viviendo, no presta atención.

El tiempo, a veces lánguido y otras terriblemente veloz, nos castigaba sin piedad.  Exangüe, incapaz de siquiera dar un paso más, el peso de mi propia batalla interna me hacía caer de rodillas ante la sombra del caballero, vestido en harapos, esgrimiendo el estoque oxidado que le diera como única defensa. No podía hablar y, si la vida se extinguiera en ese segundo, sabía que tampoco tendría ánimos para caer aún más. Estaba vencida.    

Pero los ojos no me engañaban y con angustia veía como una silueta reluciente surgía de entre la niebla brillosa. Trataba de suplicar que se volteara y viera la amenaza que entre las sombras se proyectaba, rastrera, sonriente por la posibilidad de atacar a traición, mientras las voces continuaban alrededor, instándome a matar al caballero sin piedad. Aún así, los fuegos verdes habían cumplido su tarea. Posados sobre mis hombros, cabeza, incluso piernas, sentía como de a pocos los músculos volvían a quedar bajo el control de mi propio ser.  

"Ataca. Por favor, atácalo", repetía una y otra vez mientras la sombra se aproximaba, devorándonos de a pocos.  El caballero desenvainó y yo supe en ese segundo que ya no habría más batallas: me mataría pues todo parecía que él estaba bajo el mismo embrujo que yo tuviera. Suspiré con resignación y el sabor amargo de la derrota desgonzó mi alma hasta lo profundo. Sin embargo, y sin saber muy bien de dónde me venía las ganas de imponerme, alcé la frente y lo miré sin temor. Si aquel era mi fin, yo no tendría miedo; y si la Parca venía de las manos del caballero, yo lo abrazaría en un intento fallido por buscar lo único que realmente quería en este mundo: tranquilidad. Sus pupilas fijas, inertes, no me reflejaron ningún rastro de conciencia, ni temor, ni siquiera lástima. Y allí acepté la realidad de mi existencia: no tenía rumbo, ni propósito, no tenía pasado, ni tampoco futuro, pero si la muerte desenfundaba su espada para caer como mortaja, yo igual la recibiría con la conciencia en paz. Aquello era lo único que podía esgrimir como escudo ante la implacable realidad de ser rebana por el aliado que hasta hacía poco había tratado de protegerme y yo casi hiero sin más. Ojo por ojo..., y así llegamos a esto.

Más lo que sucedió luego, en cuestión de segundos, apenas si pudieron asimilarlo los sentidos. Aquel ser pútrido cayó sobre mí, envolviéndome en sus brazos corroídos. Estremeció como la caída de la primera nevada, calando hasta los huesos. Helaba el alma, sino el corazón. La piel, que tan tensa y alerta había estado hasta ese momento, percibió con extremo cuidado cada bocanada de hielo que expelía aquel cuerpo. Su olor dio paso al dolor. Su abrazo hería y al mismo tiempo me liberaba de la custodia de las voces. Y sólo ahí, a centímetros de su rostro, carcomida por el terror de un frío capaz de petrificar hasta la sangre, lo supe. Había sido obvio desde el comienzo, pero por la oscuridad, la putridez de las mazmorras, el aire malsano de la roca, o mi misma ignorancia, había evitado la obviedad...  

Estaba muerto... Él, estaba muerto.

-Mata...- susurró tan cerca que cada sílaba de su aliento se sintió como astilla en mi oreja. Los dedos callosos acariciaron mis manos, cerniéndolos sobre el mango del estoque vencido que yo le diera. Pero yo no respondía. Con la mirada atónita clavada en mi descubrimiento, no repara en analizar que mi rigidez respondía a la acción del caballero y no a la del enemigo.  

Le oí, más nada podía. Incluso él mismo en su voz parecía transportado a otro lugar, la inconsciencia de una realidad que quizás culminaría para ambos. Yo estaba absorta en algo que estaba más allá de mí, de él o los demás; mi mente viajaba a tiempos antes del tiempo, a un lugar donde casi podía ser parte de una escena sobre la que no tenía acción alguna y, sin embargo éramos sus principales protagonistas...

-Mata...

--//--

El camino de roca y barro se dispersó por un horizonte de agua y hielo. Los icebergs navegan según la corriente, la luz de un sol pálido se reflectaba en ellos, haciendo aparecer millones de colores al final del mundo, en ese punto donde el cielo y el mar son uno;  y yo, en la punta de uno especialmente notado, observa aquel espectáculo al lado de  a una mujer alada oriunda de aquellos lugares. Sus ropajes eran gruesos, de confección burda si cabe la expresión, pero su rostro curtido por algunas arrugas observaba al mar con la esperanza tallada en un rostro de porcelana. Sus ojos lila eran intensos y su cara llena de cierta seriedad hostil, que de ninguna manera le restaba encanto a su belleza salvaje. Un divium, el primero que viera en la vida, y no parecía percatarse de mi presencia.

Ella tenía la mirada clavada en el mar; todo se dilucidará como el hielo que observa ante las ideas que en su cabeza esconde. Verla me enternece. Sus manos acarician el vientre bajo con total cuidado. Y es que, a pesar de lo gruesas que son sus vestiduras, cuando se explayan las caricias se alcanza a ver el contorno de unos cuántos meses de embarazo. Me es imposible saber en qué pensaba aquella criatura, pero su figura esbelta, casi sacada de una estatua de mármol, tiene el aire de llevar una conversación interna con ese ser que lleva en sus entrañas.

De pronto, las lágrimas se agolparon en mis ojos sin saber muy bien por qué aquella imagen ha despertado en mí el anhelo apremiante del calor de hogar.  

Fue así, como en la primera ilusión, la silueta de ella se evaporó en una niebla verduzca dando paso a una espesa oscuridad. No me sentía sola, pues al cerrar los ojos casi podía seguir la respiración de alguien más siguiéndome los talones. Pero no atisbé a nadie hasta que algo más rompió con el silencio:  

-¡Despierta Gandul!

El grito autoritario como militante me ensordeció.  

De entre la imagen nublosa reconocí a un hombre recogido en sí mismo, atado a un poste mientras el que acababa de llegar le lanzaba un cubo de agua. Por su reacción recordé el frío del cadaver, pues así me sentí con su abrazo sorpresivo. De seguro estaba tan helada como él. Una patada en sus huesos y luego más palabras de humillación. Lo torturaban, y aquello solo podía ser el inicio de una sucesión de hechos cada vez más dolorosos, sino decadentes.  El prisionero se puso en pie y al ver su rostro poco pude reconocer en él los ojos fríos del cadáver que hacía poco había protegido con su cuerpo, el mío. Darkeray estaba allí, siendo enjuiciado, testeando la muerte como antesala a lo que luego sería su destino.

Aterrada de la crueldad y el sufrimiento cerré los ojos ante las atrocidades que aquella visión desvelaba. ¿Cómo había terminado allí? ¿Qué podía sentir placer de mostrarme aquellas imágenes tan desgarradoras?

Entonces de nuevo la oscuridad lo consumió todo y ante mí aparecieron dos. Todo estaba lleno de humo y niebla, exceptuando un portal de luces desde donde dos parecían hablar. No había figuras, no había forma, sólo la corriente de luz que llegaba desde el otro lado junto con sus voces.

-¿Eres tú?

-Supongo.

La primera voz hacía temblar el piso bajo sus pies, pero la segunda aunque áspera y débil, supe de inmediato de quién se trataba. Sentí la lengua seca, muerta, casi pegada al paladar al sospechar que del otro lado estaba yo.

-Se es o no se es, criatura alada.

-Supongo que soy- repuso, indecisa.

-Y si eres, ¿qué haces acá?

-No lo sé.

-¿No?

-NO. ¡HE DICHO QUE NO LO SÉ! ¡No lo sé!- contesté iracunda del otro lado de la luz.

El silencio se hizo, pesado y rígido, pero de nuevo la otra voz con condescendencia pero haciendo tronar la nada arremetió.

-Y si no lo sabes, ¿cómo esperas ser?

-Necesito salir de aquí- sentenció luego de otro silencio que pareció interminable.

-Sí- contestó con fuerza imperiosa aquel que interrogaba entre las penumbras. –Salir es el primer pasó… pero, ¿para qué?

-Para matar- sentenció un tercero de tono agudo, ruín y rastrero.

Entonces la tierra volvió a temblar con furia y caí de rodillas ante el estruendo. Aun así el portal seguía intacto, trayendo desde el otro lado la charla.  

-No tú…- explotó la mole portentosa, pues su furia se traducía en el movimiento de la tierra: -…¡de ti no quiero nada, escoria sumisa!  

-Deja de hacer preguntas. No PODEMOS saberlo todo.

-Sí sabes alada.

Al oír dos veces aquel mote de inmediato imaginé del otro lado a ese ángel níveo de los hielos, pero la voz que llegaba de aquel recuerdo era tan parecida a la mía que por poco tuve ganas de enloquecer en medio de la ilusión. ¿Quiénes hablaban? Podía ser un engaño, una farsa, más algo en el corazón me decía que todo ello era más de lo que podía adivinar.

-¡QUIERO PELEAR! ¡PELEAR!

--//--

Música:


Al abrir los ojos el caballero yacía a mi lado, cayendo hacia el suelo por el influjo de un ataque previsto de antemano pero que, por la posición en la que estábamos, su propio cuerpo no me dejaba ver de qué se trataba. El temor volvía, pero no ese que carcomido por el miedo impide la acción, sino aquel que impulsa a los caídos para dar un último empuje contra la marea. Ya no le temía al frío, como tampoco a su presencia. Impregnada de la fuerza de aquellas palabras, ese "quiero pelear" que me hacían entender que dejarse caer no era la manera de sobrevivir, sino de ser cobarde, solté la hoja que me entregara el herido y, apretando su cuerpo contra el mío, impedí que cayera totalmente al suelo.

-No...- le dije tiritando, con los labios torpes, apenas reconociendo que por fin tenía movilidad para reaccionar. Con una media sonrisa le escruté su mirada vacía, cada vez más débil y lejana, apretándome de sus ropajes pero al final, cediendo irreversiblemente al peso: -No... Dü könntest nöch nicht sterben... nöch wieder (No puedes morir aún... No de nuevo).

Una rápida inspección y cerré los ojos con la certeza que aquel ser no resistiría. Su cuerpo, todo él, parecía desintegrarse develando cómo por sus heridas era carcomido sin piedad. Tomé de inmediato su mano, y obviando el asco, el temor, el frío, la apreté mientras de atrás una mirada inclemente nos observaba con victoria, sacando el arma de la carne pútrida del caído, dispuesto a arremeter una segunda vez, pero ya la definitiva.

Estábamos condenados.

Más nada estaba dicho en aquella batalla: quizás es en medio de la desesperación que los ánimos renacen y ese instinto primitivo de seguir lo consume todo como una llama eterna, tan antigua como la existencia de la tierra.
 
Los fuegos de Milk estaban esparcidos por todos lados, abriendo brechas, llenando el aire de su fuerza, metiéndose en nuestra piel, en nuestros deseos, en la mente que los enemigos controlaban. Y no sólo yo lo sentí a medida que veía las visiones, sino otros también, recuperando más pronto que nunca su fuerza como su determinación. Difícil sería explicar lo que inculcaba aquella magia, el repentino impulso de pelear, pero a nuestro alrededor los aceros se cruzaban, así como los gritos de furia. Reconocía la ferocidad del enano, la brutalidad intempestiva del señor de la piedra, incluso la débil Tanie lo envolvía todo en un escudo de luz impoluto. Sí, ahora, con el arribo de ese verde mortuorio, llegaban los sonidos de la verdadera contienda.  

Y es que, cuando la luz abunda, así mismo la sombra se proyecta. Yo no podía ver, no detrás de ese ser que con sadismo nos seguía la pista, devorándonos con sus ojos inyectados de crueldad, pero de atrás de el Gran Maestre un relámpago le golpeó, con tal fuerza que voló hacía una de las esquinas del lugar. De inmediato una tonelada de piedras cayeron sobre él, sepultándole. Miré, y la imagen me estremeció: Pitrus con sus manos sobre la cabeza parecía controlar las rocas a su conveniencia, pero de todos los rincones, agujeros, ventanales, surgían caballeros de armaduras relucientes y armados de su fe y su credo, dispuestos a destrozarnos. Eran miles... millares.  

-Mírame

Absorta como quién ante el impulso de la gravedad se bota a la inercia del desastre, ignoré el llamado.

-Mírame- y unos dedos rozaron mi tez para fijarme en un hombre vendado hasta la nariz: -Sientes el agua?... Siéntela... Dónde está?

"Está en él...", reparé en el cuerpo del caballero, con nervios, como un animal vuelto presa de su propia angustia: "está en todos", advertí en mi mente observando alrededor; "está en todo".

-Bien... lo haces bien. En él. Debes curarlo. En todos.. Es normal, nos compone; pero esta no es tu batalla, si al caso la de él...- continuó como si entendiera mis pensamientos, posando su mirada en el caballero. -Dónde más... ¿Dónde sientes más agua?

Cerré los ojos y sentí las vibraciones, como una leve tonada que desde arriba se volvía un coro de ondas chocantes. Era mucha, demasiada, exactamente encima de nosotros. Con un dedo indecisa apunté hacía el techo y al abrirlos una sonrisa se dibujó en quién me hablaba.  

-Bien...- miró al caballero y como abstraído pareció recitar: -…"y aunque guarde relación con la magia más perniciosa, con el despojo más nauseabundo, con el ser más bajo y vejatorio, éste no deja de estar compuesto de un aleb puro e incorruptible". Ese Matthorn sabía lo que decía.  Ahora, cúralo...

Se puso en pie de un salto y de inmediato se desintegró dentro de las sombras de las que él era el amo y señor.
 
Sorprendida, volví el rostro hacia el caballero. ¿Cómo iba a curar a ese cadáver? Apenas si tenía memoria de haber visto cómo dos soldados sangraban por la nariz antes de caer en los brazos de la muerte, más no sabía nada de sanación.  

-Krash kar nash... da...ue....que... Qué.... ¿Qué hago? - inquirí desesperada. El vaho frío otra vez me envolvía, pero esta vez dándome el recuerdo de ese ángel en un paraíso de hielo.  

Cómo iba a curarlo? Ni siquiera sabía quién era él, qué era. Tampoco tenía idea de lo que era yo y fue en ese momento que me armé de valor y corrí un poco la tela que cubría su cuerpo pútrido. No habían gusanos ya, como tampoco nada: como si hubiese sido purgado por el fuego sólo cenizas yacían alrededor de una carne que parecía quemada. Sin embargo, para mi horror, la herida se propagaba, creciendo irremediablemente. Todo aquello viviente que pudiera tener aquella mole podrida, escapaba de él como las ratas al barco que naufraga.

Cerré los ojos y me acerqué a su rostro, posando mi mano sobre la herida, como si con ello pudiera evitar que se expandiera. Ilusa era, pero una ilusa que se negaba a perder la esperanza. El frío de nuevo caló hasta la médula, trasportándolo a mis manos, mis múslos, mi ser entero.  

"Si tan solo pudiera detener ese fuego divino... si tan solo fuera más fuerte y supiera más... no te mueras... no lo hagas, por favor... no te vayas sin ver el sol una vez más...", oraba y, mientras lo hacía, el frío del caballero en mi cuerpo obró el milagro: frío que helaba y que sin saberlo para mí era el hogar. Hielo que podía crear en un pasado distante con el pensamiento, que transformaba a mi voluntad y que en otra vida seguía mis designios. Ése mismo hielo se agarró a las quemaduras que la lanza hiciera, apresándole, evitando que se expandiera. Penetró carne, como alma: el frío nos envolvió a ambos mientras a nuestro alrededor el mundo colapsaba ante el tronar de las grandes puertas de la Cámara Sagrada.  

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Mar Jul 12, 2016 11:25 pm

"(…) habiendo sido correctamente purificado el cuerpo mediante las abluciones del triclinio cadavera, se procederá a la elaboración del féretro que contendrá el cuerpo, el cual deberá cumplir con ciertas condiciones:

  • Ser concebido en piedra granítica o volcánica y elaborado por la mano de dos canteros y su aprendiz, todos ellos fieles seguidores de la fe del Único y sin ningún atisbo de duda, de no ser posible, se le concederá la bendición a conversos, penitentes y en última instancia, a confesados

  • Las herramientas para desempeñar la labor serán forjadas a la luz del sol de mediodía e integrarán en su aleación oro y plata. De no ser posible, se emplearán herramientas comunes bendecidas a mediodía mediante libaciones de agua bendita y aceite de fusel.

  • La elaboración del féretro se iniciará al día siguiente de la purificación del cuerpo y sólo será trabajado en horas diurnas, siendo cubierto y protegido en las nocturnas y apartado de los rayos de las lunas. En caso de ser periodo santo o proscrito, se detendrá el trabajo y se esperará a que llegue a su fin, si el periodo es mayor a tres días el féretro será destruido y recomenzado.

  • Las medidas serán de tres varas de alto por una vara y siete pulgadas de ancho, con una profundidad no superior a las siete pulgadas.

  • Una vez finalizado, el féretro reposará un día entero a la luz del sol mientras es guardado por miembros de la Orden, se recomienda la presencia de al menos un inquisidor.

  • Al día siguiente se procederá al grabado de símbolos de Luminaris por toda la superficie, tanto exterior como interior, empleando las mismas herramientas que dieron forma al féretro.

El cuerpo herético mientras tanto reposará sumergido en alcohol y cal, recibiendo al menos dos misas diarias y manteniéndose una vigilancia a tiempo completo compuesta por siete miembros de la Orden. El cuerpo no debe asomar a la superficie del líquido en forma alguna.

Habiendo cumplido todas las condiciones anteriores, se procederá al enterramiento del cuerpo, el cual será desmembrado con herramientas de plata grabadas en oro con símbolos de Luminaris. La disposición del cuerpo será la común a la de un fallecido en el seno de la fe al Único excepto por la cabeza, la cual será decapitada y su mandíbula retirada, depositándose entre los pies del cuerpo.

Finalmente, se realizará una misa de enterramiento oficiada por un inquisidor o en su defecto un Benedictus. La fosa que ha de contener el féretro tendrá una profundidad de siete varas y la ceremonia se celebrará a mediodía. La tierra que se use para sepultar el cuerpo será bendecida mediante cenizas y brasas candentes, y una vez enterrado, se guardará la tumba durante al menos dos noches.

Será entonces y sólo de esta manera, que Luminaris y su poder habrán destruido y asegurado el no retorno de esas pérfidas criaturas sacrílegas"


Autor desconocido
“Sobre los Sikti y los nigromantes y como combatirlos”



--------------------X---------------------


La vorágine de mil voces tartamudeó y finalmente se calló mientras me envolvía una infinita oscuridad, no sentía frío, no sentía calor, ni siquiera mis propias extremidades parecían manifestar su peso en aquel lugar, de alguna manera me encontraba en un lugar apreciado y conocido, como si aquella negrura en alguna ocasión me hubiese visitado o yo a ella, dos viejos amigos que se reunían tras tanto tiempo, sin recordar sus rostros, sin recordar sus voces, sin recordar las conversaciones que en alguna ocasión tuvieron, simplemente se reunían, y la amistad les permitía reconocerse mutuamente.

Mi caída se aceleró, una piedra descendiendo a una velocidad de vértigo a algún destino incierto, por debajo de mí se materializó un extraño cubo, el cual se hacía a cada segundo más grande, crecía... No, no, no era eso, se acercaba, reducía la distancia que nos separaba, finalmente lo alcancé, cerré los ojos para recibir el golpe que me aplastaría como una maza, pero no, lo atravesé, como una mala caja de madera, hueca, débil, podrida. Su interior me recibió con la misma oscuridad del exterior

-Bueno, supongo que esto se acabó -exclamó una voz rasposa y anciana-

-Por fin -comentó otra en tono lastimero-

-Quizá sea mejor así -murmuró una voz anciana y estrangulada-

-¡Pues a mi no he hace gracia! Joder... -gritó furibunda una cuarta voz extremadamente aguda-

-A mi tampoco -se sumó una última de tono altivo-

Una luz inundó la estancia, allí estaban otra vez, los recordaba vagamente, sabía quienes eran, los cinco sentados en acolchados sillones, los cinco con máscaras de madera, como las tribus de Mashamba Milele, el búho negro de voz anciana, el asno de tono lastimero, el otro búho negro ensangrentado y de voz estrangulada, la hiena de timbre agudo y el águila de voz altiva. La misma estancia extraña, el mismo aspecto que aquella vez, ¿Regresaban para atormentarme una vez más?

-¿Qué hago aquí? -susurré asustado-

-Se acabó estúpido, al final lo has conseguido -le reprochó la hiena- Con un poco de suerte será largo y doloroso

Hubiese querido decir que no entendía a que se refería, pero algo en mi interior algo instintivo, casi animal, me susurraba la única verdad que tenía que ser cierta:

-¿Muerto? -me aventuré-

--contestó el búho negro- O bueno, casi, tardará un poco, por aquí abajo todo llega más despacio

No sabía que añadir, estaba... ¿Feliz? ¿Era eso? Lo había conseguido, tanto tiempo buscándolo, y al final allí estaba, como el oasis en medio del desierto, como una posada en medio de una tormenta... Pensé en el mundo que dejaba, recordé caras de aliados y conocidos, incluso de enemigos, pues ellos también me conforman de alguna manera... Todo eso se iba para no volver, en mi viaje de ida, o más bien de regreso, al lugar al que pertenecía, un lugar de silencio, vacío, sin dioses, sin Más Allá, simplemente negrura, algunos buscaban desesperadamente ese otro lado, otros se querían quedar un poco más creando pactos con demonios o dioses desconocidos, yo no haría eso, sabía que volvería a la nada, pero a la nada pertenecía, y era lo más placentero que recordaba, el no ser nada, el no pensar nada, el olvidar todo, mis problemas, mi identidad, mis complejos... Todo...

-Bueno... -comentó el búho ensangrentado mientras sacaba de su bolsillo aquel extraño artilugio que emitía sonidos a cada segundo- Creo que ya viene, preparaos...

Y como a una orden el suelo y las paredes de la estancia se resquebrajaron, grietas cada vez más grandes crecieron por todo y devoraban con ansia los espacios libres de roturas, la habitación se descompuso, los pedazos se dispersaron flotando en el espacio negro, vagando sin rumbo, dejando a los que estaban dentro del habitáculo, errando en el mar de oscuridad, aquellos enmascarados, sentados en sus sillones, flotaban en posiciones imposibles según la gravedad.

-¿¡Qué ocurre!? -grité un poco asustado, aquello era nuevo para mí ¿Cómo era posible?-

-Muerte cerebral -susurró el águila, estaba desanimada-

-Tú relájate, pronto terminará -comentó alegre el asno-

Lo intentaba, pero era demasiado extraño, era como estar bajo el agua, pero sin la resistencia que ésta ofrecía al moverse uno, intenté desviar mi atención hacia los recuerdos, viéndolos por última vez, despidiéndome más bien. Me sentí un poco culpable por abandonar a aquellos hombres y mujeres en la fortaleza, pensé en Amethist, pero quise creerme que había hecho lo posible, que la había protegido con toda mi existencia, que la había dejado con una última oportunidad, que le había dado el arma, que era una chica fuerte, que sabría protegerse... No me bastaron esas excusas, pero no quise reconocerlo, sólo tenía prisa por escapar de aquello, de irme para siempre y olvidar aquella conciencia que me remordía, aquellos recuerdos que me pesaban, aquel pasado que me envenenaba... Estaba muy cerca, no tardaría mucho.

-Joder... ¿Cómo hemos llegado a esto? -se lamentó la hiena- Se suponía que esto iba a ser distinto, ¡Tú! -gritó mientras me señalaba- ¡Tú tienes la culpa! ¿¡Por qué no dejaste de comportarte como una niña!? -se echó a llorar-

-Tranquilízate -dijo el águila con un nudo en la garganta- Así ha sido, y así se ha de aceptar, a mi tampoco me gusta, pero no podemos hacer nada, mejor será aceptarlo, y llevarlo con orgullo

-¡A mí no me des tu condescendencia! -gritó la hiena, antes de impulsarse desde su sillón hacia el águila y golpearla, ambos se enzarzaron en una pelea, los demás los ignoraron-

Braceé en un intento de acercarme a aquellos dos para intentar separarlos, lo único que conseguí fue dar un giro sin sentido en el sitio, probé a estirarme a impulsarme en un salto, nada funcionaba, me desplazaba a la deriva, el rumbo no era mi designio ni mi elección

-Déjalos-sentenció el búho negro- Necesitan liberar tensiones

-¿Y ahora qué? -pregunté, era retórico, realmente no sentía ganas de nada, sólo esperar-

-No sé, es mi primera vez –contestó el búho negro mirándome-

-Es rápido -interrumpió el búho ensangrentado- Llega y desaparece, sin más, transitorio.

-¿Y entonces? -preguntó  el búho negro- Dime como...

Una extraña luz surgió en la oscuridad e interrumpió al enmascarado

-¿Pero qué? -preguntó extrañado el asno-

Una figura alada se alzaba sobre unos icebergs descomunales, aquellos que se formaban y rompían en los mares del norte, su figura era femenina, sus ropajes ondeaban al viento de una leve ventisca y según la visión se acercaba a su rostro, se apreciaron cada vez más rasgos que revelaban una personalidad fuerte y pendenciera, aquella mujer denotó su embarazo con una leve caricia al feto ¿Quién era aquella mujer? Su rostro me era conocido, pero no sabía donde lo había visto, mis recuerdos eran cada vez más difusos, la muerte se acercaba, empezaba a olvidar mi propia identidad ¿Qué estaba haciendo allí?

La imagen desapareció, y la negrura lo envolvió todo, estaba solo en la oscuridad ¿No había nadie antes cierto? No estaba seguro, ¿Cómo había llegado allí? Tampoco me acordaba ¿Mi nombre era...? ¿Lirkray? No... ¿Huli? No no no, quizá Bedlam... Nada, mi mente callaba la respuesta, llegado un momento dejé de ver mi propio cuerpo ¿Había tenido cuerpo? Estaba seguro de que no, no sabía que era un cuerpo ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué estaba haciendo? No lo sabía, pero era agradable

Un suelo se materializó de la nada, mis piernas lo golpearon al caer de golpe en él, eran restos de aquella estancia, empezaba a recordar ¿Qué estaba pasando? Las paredes simplemente volvieron a estar allí ¿Cuándo habían aparecido? El agua comenzó a inundar la estancia, más y más, era turbia, y gélida, negra, como el agua fecal de un alcantarillado pero sin su olor y sus ratas, en algún momento el líquido dejó de estar en la estancia y se concentraba en una especie de caja de cristal, yo estaba dentro, el agua chapoteaba furiosa, y yo me ahogaba, nunca me había ahogado, yo no respiraba, pero así estaba sucediendo, noté como mis pulmones ardían, los ojos me picaban e intentaba mantenerlos abiertos, golpee el cristal pero mis manos no respondían, boqueé en los últimos milímetros de aire que quedaban.

A través del cristal vi a los enmascarados, mojados, o quizá parecían estar mojados, el asno pateaba todo, furibundo, la hiena y el águila reían, los búhos simplemente me miraban a través del cristal y se despedían con la mano. La luz se apagó, los sonidos se amortiguaron, la vista se me nubló, la oscuridad me llevó...


------------------X------------------


Abrió los ojos, recibiendo la escasa luz de la estancia, una densa niebla le impedía distinguir lo que había, aún creía notar el frío del agua fluyendo por su cuerpo, o quizá realmente estuviera allí, había regresado a su cadáver, lo suponía, lo sabía, notó la escarcha en su pecho, donde había estado aquella herida, ahora no había nada, un inmenso agujero chamuscado y en el que aún podía olerse la piel quemada, estaba “vivo”, una vez más, ¿Por qué? ¿Por qué había regresado? ¿Tan difícil resultaría abrazar la muerte?

Cabeceó levemente intentando orientarse, la cabeza le dolía, sus ojos seguían sin delimitar lo que ocurría alrededor, escuchaba sonidos amortiguados, piedras moviéndose, metal, no estaba seguro. Darkeray sintió un presión en el pecho, unas manos, adivinó entre la niebla el brillo plateado de unos cabellos, Amethist, era ella, en aquel momento el Caballero lo supo de alguna manera: Ella lo había llamado del limbo, ella lo había despegado de su meta. Quiso retorcerse en un llanto, había estado tan cerca... Tan tan cerca, y se lo habían quitado, ella había acudido en su ayuda, quiso auxiliarlo a pesar de que no conociera sus deseos verdaderos, no podía culparla por ello, no en una situación tan desesperada, cuando un aliado más es vital en la batalla.

Darkeray cerró los ojos unos segundos, respiró hondo, como siempre no hubo pulmones que se hincharan ni sensación de ardor al expulsar el aire, solo un amago de lo que una vez podía hacer como otro ser humano cualquiera. “Ojalá pudiera quedarme aquí tumbado para siempre... Pero no puedo”

Y se apoyó en sus antebrazos intentando incorporarse, había llegado el momento, una vez más, de luchar, aunque no fuera lo deseado, aunque la tumba lo llamase con su dulce canto, aunque no fuera lo que él se esperaba de sí mismo ; tenía que levantarse, la Orden del Único y su Gran Maestre llamaban a las puertas del desafío, esta vez con sendos arietes.
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Dom Jul 31, 2016 8:38 pm

XVI. Despertar


Un mes antes


-Estamos reunidos todos, amigos, enemigos, viejos conocidos, aliados de siempre, para atender al llamado que el destino nos ha impuesto: hacer historia- comenzó con voz tronadora una figura en harapos, toda ella mítica, encorvada hacia adelante, escuálida a pesar de lo holgadas que eran sus prendas blanquecinas. Sin embargo, era su potencia la que no daba lugar a dudas de quién era: Thonk Khang, el maestro de maestros, el más longevo entre los seres vivientes de aquella era, el líder de los Sikti Paktim.

Yusuf en ese momento sintió cómo el torrente de adrenalina viajaba por su sangre mhare y élfica, estremeciéndole el alma. La labia del líder ejercía un poder más allá del sentido o el ser, originando una conexión con cada uno de los que se daba cita allí, haciendo tácita la fuerte presencia del lazo sagrado que los reunía entorno a un propósito que trasciende la vida misma. Se irguió con orgullo, sacó el pecho y alzó la frente como le enseñaran; un acto no de vanidad sino de convicción; en aquellas palabras salía a relucir la razón por la cual había escogido la vida que llevaba, su destino. Y no era el único, a su lado el intrépido Señor de la Roca y su doncella; Olaf, el general en jefe de las grandes salas de los kazunires; woes, que a pesar de sus formas amenazadoras era imposible no reconocer su trascendencia más allá de la roca cavernosa donde se encontraban. Eran líderes mercantes entre sus clanes, llegados desde el mismo corazón de StonGronne. En un refilón reconoció a Arlín el centauro, Orneth, el viejo chamán de los minotauros de Erínimar, e incluso, le sorprendió notar las alas esplendidas de un ser también oculto en capas: el heredero de la estirpe de los Altos sacerdotes de Nubibus, Ordrak Waldruin, el último Wasser.

Demasiadas figuras legendarias se daban cita aquella noche de primavera en el propio corazón de las Ruinas Pholeendu. Un Yusuf humilde, en ese entonces poco convencido de avanzar hacia la oscuridad a ciegas, no tuvo manera de obviar la fuerza de lo que allí se tramaba: de pronto era la vuelta a la batalla, cuando los tambores del ejercito de Dírimar, allá por los años primeros cuando era apenas un jovencillo temeroso, tuvo que encarar los terrores frente al asedio de una de las estancias de los poderosos Minali.  

-No pretendemos acabar con su leyenda al primer intento, pero sí desentramar los nudos tensos que ha tejido entorno a la verdad. Hoy no somos cambiaformas, woes, enanos, o humanos, no somos guerreros, sanadores, hechiceros o cocineros, ni siquiera hay diferente entre las almas jóvenes y los que ya sobrepasamos los años del mismo mundo. Hoy no somos heraldos de la Madre Muerte, Tumularios, o descendientes perdidos de la antigua Xerxes; tampoco somos Sikti Paktim, o heraldos de la magia de la noche salpicados de algunos bendecidos de la luz. No, hoy nada de eso tiene el peso para opacar la verdad de nuestra existencia: somos seres vivientes en un mundo amenazado, con el derecho a sobrevivir el embiste de la mayor amenaza que alguna vez haya enfrentado, el peso de los monstruos que se escondieron por la ignorancia tras muchos pergaminos de historia.

--//--


Frente a la Cámara del Sagrario


“Monstruos escondidos tras pergaminos de historia”, repitió en ese momento Yusuf, recordando las palabras del maestro. No podía dejar de lado la soberbia que le caracterizaba, esa seguridad que tan pocos amigos le habían dejado. Sin ver, podía sentir la situación frente a él: cercado como una rata entre gatos, la luz de los caballeros le imposibilitaba encontrar la sombra que le permitiera escabullirse.

La situación tampoco era alentadora para los demás. Mientras Pietrus seguía arremetiendo contra el edificio, haciendo que las rocas cayeran de vez en cuando sobre enemigos y amigos, Olaf hacía tronar la tierra, sacudiéndola con las descargas que su martillo soltaba. Pero por más que sus habilidades eran esplendidas, los soldados de la Orden arribaban, cada vez en mayo número.

Se pasó la mano por la nariz, ajustó un poco las vendas que cubrían la mitad de su rostro y apretó con ambas manos la única arma que portaba, su gran amor y dueña de su devoción: la miserable vara de Guayacán.

-Llegó tu hora, hereje.

-Sí, si- espetó con desdén, sin dignarse a mostrar su propio temor. Jaque mate.

Pero como una saeta, certera y precisa, de atrás de los soldados, una espada viajera se clavó sobre el primer caballero de la Orden, exactamente en el punto donde casco y armadura deja sin protección. Una sonrisa porfiada del grisáceo amo de las sombras y allí se desvaneció su figura para apostarse detrás de uno de ellos y pasando la vara por delante del enemigo, le dio el abrazo de la muerte hasta asfixiarlo entre su vara y su pecho.

-Tú… soquete… marinero de agua dulce- se alzó Anturión con un tono juvenil, aunque cansado, abriéndose paso hasta el explorador, dando espadazos a diestra y siniestra con un dominio feroz basado más en la rapidez que en la fuerza bruta. -No hables tanto con la comida, Yusuf. Sólo come callado, pero come- y se alejó de nuevo, entre risas.

No sabía si lo hacía adrede o sólo era parte de su propia extroversión, pero el espadachín era odioso a los ojos del invidente. Luego de un giro, amague, evitar la hoja, y hacer tropezar al adversario, un golpe lateral con su vara sobre la cabeza de otro joven caballero de cabellos tan rubios como el astro rey le permitió vencer al último de sus atacantes al tiempo que ponía los ojos en blanco. La juventud tenía su manera de sacar de casillas a los veteranos, pensó un Yusuf maduro, consiente de los años corridos en su sangre mitad élfica. Volvió el rostro hacia el cadáver y la doncella del agua, y ella lo observaba, escondida entre las piedras mientras el otro, plantaba frente a lo que fuera que se les acercara. Los aliados inesperados resultaban ser la fuerza bruta que les había hecho falta para lograr el tiempo que necesitaban.

Sólo requería de la señal que el mismo Milk daría para cerrar ese capítulo con éxito. Y fue en ese segundo, ad portas de sentir que todo terminaría, cuando sintió miedo, uno mortal, latente. Las puertas de la cámara se abrieron de golpe mientras la mujer de ropajes blancos, apostada a una de las orillas del corredor, observaba con una cara imposible de descifrar.

--//--


Fue cuestión de segundos para que Tanie cayera rendida ante la fuerza arrolladora de la inquisidora. Sus heridas se abrieron de nuevo, pues la tortura de la rueca había hecho lo suyo, abriéndola desde adentro, aunque afuera poco se viera. Su grito estremeció al viejo, que acurrucado trató de acercarse a la mujer sin mucho éxito: ella estaba en la mira de la magia divina de la sacerdotisa y no cedería hasta destruirla.

-Juegas con fuego, Maara- sentenció el anciano, al tiempo que de nuevo las luces verdosas florecían de todos lados, minorando la intensidad luminosa que brotaba de las manos de la dama impoluta. Le costaba seguir con la mirada lo que hacía la magia de la mujer blanquecina, pero no quería rendirse al poder de la palabra sobre la fuerza bruta. A fin de cuentas, ella era solo una herramienta del mal, más no el mal en sí mismo: –He venido a ti para que veas la verdad… para que entiendas que has levantado las manos contra los enemigos incorrectos. Que tus medios y los nuestros no distan mucho… Entiende, mujer…Que Eresser….

-¡Callad!- susurró con media sonrisa, sin ceder, masacrando con su magia a la morena, haciendo lo que más se le daba hacer: torturar.

“Lo intenté”, se dijo Milk, al tiempo que levantaba las manos y de su boca emanaba un humo misterioso. Las luces verdes se volvieron densas y de entre ellas los cantos sagrados que otrora persiguiera a los fugitivos, se alzaron de nuevo en tono cadencioso, cada vez más presente, emergiendo del vapor que surgía del aliento del viejo.  pero esta vez en contra de sus señores.

La magia de la sacerdotisa paró de repente al ver cómo los seres de niebla que servían para su defensa iban de a pocos apoderándose de la batalla, mermando las energías de los suyos, robándole la victoria. Pero no alcanzó a reaccionar o tomar represalias cuando una fuerza descomunal la hizo volar por los aires. Tanto Myote como su cónyuge se alzaron una vez más, llamados por la magia que expelía las luces verdes.

Las puertas de la Cámara eran gigantescas, al menos 10 veces la altura de un hombre adulto. Se abrieron con la fuerza de la magia, moviéndose con dificultad, como si pesaran mucho más de lo que ya era visible. ¿Cómo era posible que pudieran abrir esos grandes portones sin la magia? Ninguno de los que en ese momento observaba quiso reflexionar al respecto, sospechando la respuesta: las almas torturadas que yacían en el lugar. Desde dentro la oscuridad era espesa, apenas un vaho podrido corrió, llenándolo todo de ese aroma característico a descomposición y encierro. Todo se hizo silencio, por par segundos, para luego continuar en caos.

--//--


Lo vi levantarse y sin más arremeter contra todo. El caballero, tambaleante, pero con ese aire cansino que siempre porta, se puso en pie para dar la cara en la batalla. No sabría decir si era un impulso a ayudar o solo a defenderse, pero allí estaba en su mirada gélida la resolución del combatiente.

Quisiera haber dicho que aquella fuerza de valentía también corría por mis venas, pero no. Me temblaban las piernas, los brazos apenas si me habían brindado su ayuda para tomar el arco y todo lo que me diera Milk al salir de la celda, arrastrándome entre las rocas, huyendo de todo el conflicto de luces, espadas y magia en vigor a mi alrededor.

Era locura y frenesí. El aire parecía ponerse grueso y cada vez más denso hasta el punto de pensar que las rocas de la montaña caerían sobre nosotros. Observaba todo desde mi improvisado escondite, viendo como apenas se acercaba algún soldado, era atacado desde diversos frentes, bien por el caballero, bien por los demás que acompañaban al anciano. Me sentí inútil, un estorbo que sólo podía ser carga para los demás.  De pronto, las puertas sonaron a mi espalda. Imaginé desde siempre que aquella sería la salida, la meta a la que estábamos aspirando, pero con solo un vistazo me retracté de la idea. No se veía nada, ni una luz o un alma. Por el rabillo del ojo pude seguir los movimientos de Milk, siempre avanzando, perdiéndose en lo profundo.

Del otro lado, el joven de las vendas se desplazaba de manera extraordinaria: desvaneciéndose entre las sombras y reapareciendo para golpear con su vara. El enano y Pietrus no daban cuartel, el uno movilizando las rocas y el otro lanzando esos rayos capaces de pulverizar a sus enemigos; mientras el canto de los fantasmas de antes se elevaba con ecos por doquier, agotando a los demás soldados. Tanie era la única que estaba echada en el piso, rendida, con una respiración forzada que apenas le permitía percatarse del caos que se generaba a su lado.

De todo el escenario, eran los fantasmas los que más me llenaban de terror, peleando ahora de nuestro lado, como si toda aquella energía de luces verdes que el anciano había vertido en el aire hubiese servido para levantar aquellas almas y cambiarles el corazón como su fidelidad.  Nigromantes, así los había llamado Pietrus, y sólo hasta ese momento podía entender lo que escondía aquella magia: lo veía en el caballero como en el espectáculo que ofrecían aquellos espíritus de niebla. La magia de los muertos.

La sangre de los heridos salpicaba el piso de piedra. Los gritos de ellos, sus golpes, solo alentaba mi espíritu a alzar la voz junto con ellos. Gritaba de vez en cuando, alentaba, traté de lanzar las flechas sin mucho éxito, y al final todo se resumía en el cansancio, en ver cómo todos esperaban y resistían, mientras al interior del lugar Milk no daba muestras de aparecer de nuevo.

-¡Matadlos a todos!- de pronto gritó el Gran Maestre con desprecio desde el fondo de las rocas que Pietrus le había arrojado. Ante su llamado, la sacerdotisa también salió de la inconsciencia propia del impacto, mirando con horror las evidencias: la intromisión en la recámara, los despojos de los caballeros muertos, las defensas tornadas en su contra, ¡todo era inadmisible! Recorrió con la mirada y sopeso a cada alma que allí se encontraba, tratando de buscar el quiebre en aquella maniobra tan mal elaborada que tenían sus enemigos. Porque era precisamente eso lo que más la molestaba: la falta de plan, tacto o elaboración en lo que a sus ojos sólo había sido una fuga minúscula de descarriados herejes. Era eso: polizones, simples hormigas que arrastrándose como serpientes se habían atrevido a demasiado. Suerte, todo se resumía a suerte.  

De pronto la sentí en mi mente. Clara, dulce pero cruel, una voz que me alentaba a ir en contra de los que me habían ayudado para que contara las verdades que sabía sobre cada uno de los que luchaban a mi lado. Rechiné los dientes y los apreté con todas mis fuerzas, renuente. Mordí mi lengua en el proceso, pues por más persistente que era aquella voz, evité responder a sus demandas. Su lacayo había usado el mismo truco y aunque en ese momento había caído en su poder, ya por segunda vez mi mente le había resistido. Sin embargo, el dolor en el cuerpo recayó con fuerza, carcomiéndome las articulaciones. Creí morir, para luego abrir los ojos y encontrarme con que el panorama seguía igual. Todos resistían, pero las energías se agotaban.

-¡Matad a la muchacha, Gran Maestre!- ordenó la inquisidora, aún sin ponerse en pie, pescando con la mirada al siguiente que entraría en su juego mental. El hombre de armadura luminosa resurgió de entre las piedras, acercándoseme con el rostro inexpresivo, apretando entre sus puños una lanza dorada –Y tú, basta de la farsa… ¡Atacad!

Lo que sucedió me dejó helada. Al principio no supe la orden a quién iba, pero luego, al ver cómo las rocas se movieron y apresaron al espadachín de barba, el joven Anturión, tuve que restregarme los ojos para verlo mejor: Pietrus lo había atacado, encerrándolo en una prisión de roca.

Musica:


-NO TÚ…. ¡¡¡NO PUEDES SER DE ENTRE TODOS TÚ!!!!

El grito de Tanie confirmó lo que parecía una equivocación producto del cansancio. El sabor de la traición cayó como un yugo para todos, pero en especial para el enano, tan cerca de quién había sido su compañero de armas y ahora su enemigo próximo. Pietrus los había traicionado.

-Eras tú…- susurró peligroso el khazuka, como si la noticia de un traidor no fuera nueva, más si el rostro que se le presentaba. Alzó su martillo, más en posición defensiva que ofensiva. –Eras tú.

No pude oírles más, ni siquiera seguir los gritos de angustia y frustración de la morena mientras el peso de la verdad parecía aplastarla más que la magia de la inquisidora. La mirada macabra del maestre se posaba sobre mí, y una vez más la sensación de ser presa fácil, materia frágil e inútil, se hizo evidente. Me arrastré, torpe, tratando de terciar en mi favor con palabras que poco o nada tenían sentido. Busqué como pude que alguien acudiera en mi ayuda, pero nada ni nadie parecía atender detrás de las piedras donde me encontraba. Grité con el alma y si los dioses existen quizás les desperté de su sueño eterno.

Pero ante la angustia de mi temor, el mundo seguía su curso. De pronto los hechos hacían que la balanza girara en nuestra contra, y ninguno tenía los ánimos para encarar la verdad que se presentaba. Peleando hasta la extenuación, cada uno sabía que aquella proeza no duraría más. Yo, concentrada en lo luminosa que se veía aquella lanza, cerré los ojos y me entregué a lo inevitable. Ya nada podría salvarme…

Entonces, la tierra tembló con temeridad. El Maestre se tambaleó, yo, aun en el suelo, aproveché para abrir la distancia entre ambos, un pequeño descuido en el que me arrastré lejos de su alcance con los ojos clavados en la razón por la cual el mundo parecía colapsar.  El impacto surgió desde lo profundo de la recámara, como si una enorme mole de roca se hubiese desprendido.

-La señal- susurró Yusuf a mis espaldas con una sonrisa surcándole el rostro plagado de sudor. El descubrimiento no parecía sorprenderlo como sí el cansancio notado de todos. Corrió hacia las rocas que apresaban a Anturión, sin siquiera voltear a ayudarme consciente de que otro estaba en camino de ello, y mientras se alejaba cantó con todas sus fuerzas: –UN POCO MÁS… ¡¡Adelante!! ¡¡Espadas arriba y defendeos un poco más, así sea con los dientes. Un poco más!!
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Amethist

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Lun Ago 08, 2016 1:53 am

Luminaris nuestro que habitas los cielos,
idolatrado sea tu nombre,
establece por nosotros tu reino
hágase tu voluntad así en la tierra como en los cielos,
danos hoy la luz de cada día,
y condena nuestras ofensas,
para que nosotros podamos castigar a los que te ofendan
no nos dejes caer en la herejía
y protégenos del Mal.

Amén


Rezo a Lumaris, Canto IV
Misal de diario de la Orden de Sumatra – VV.AA.



-------------------X-------------------


El enorme Sol rojo brillaba sobre mi cabeza, mi pelo ardía y cocía el cerebro que había debajo, un par de gotas de sudor discurrieron por mi nariz antes de caer al suelo de tierra batida, en su rostro se dibujó una media sonrisa, se estaba regodeando, había dejado caer la punta de la espada y la arrastraba, trazando el círculo de nuestro recorrido, así estábamos, tanteándonos mutuamente, como dos animales a punto de saltarse a la yugular. Su corpulenta apariencia ocultaba una velocidad decente, y su aspecto desaliñado y descuidado, tanto en la barba como en el rizo pelo negro, ocultaba una astucia digna de un ladrón experimentado:

-Bueno muchacho -declaró con su voz partida- En algún momento tendrás que atacar

Era una treta, no tenía que ser yo el que iniciara el ataque, y menos teniendo en cuenta que me doblaba en altura y fuerza, tenía que aprovechar esta calma para tomar aire, y alargarla cuanto pudiera para recuperar fuerzas.

-Vaya -suspiré lo más sarcástico que pude- No sabía que me tuvieras miedo, al fin y al cabo soy un muchachito

Seguimos girando, el trazo de la espada en el suelo cerró al fin un círculo completo, él no contestó, pero pude percibir un pequeño gesto no deseado, ese temblor en el labio tan típico, le había herido en el orgullo, solo tenía que...

-¡Da todo lo que tengas renacuajo! -gritó antes de abalanzarse sobre mí con la espada en alto-

El grito me sorprendió, pero estaba preparado para el resto, le gustaban mucho los tajos descendentes, con esa claymore era lo más normal, mi ropera en cambio era más ligera, aunque también frágil, cruzar espadas sería casi asegurar la rotura de mi arma.

Corrí hacia él, la espada detrás silbando al viento, como había imaginado, su espada descendió desde la derecha al lado contrario, corrí hacia su derecha desprotegida, dispuesto a herir su costillar, él giró sobre su pierna izquierda en un tajo ascendente, vi como el filo de aquella claymore se acercaba, estaba perdido, noté el duro golpe de la madera en mi cadera y salí despedido hacia atrás, desequilibrado, las placas consiguieron amortiguar el golpe un poco, pero mis piernas dejaron de responder por un momento mientras el dolor ardía con ansia en mi muslo y por debajo de él. Había perdido.

-A ver muchacho, ¿Te pones en pie o no? -preguntó bravucón-

-No Merkor no, creo que me has roto algo... Otra vez -protesté mientras me liberaba de los quijotes y apostaba el tamaño del hematoma-

El hombre se acercó con la claymore reposando en su hombro, para ser una espada de madera, dolía como un demonio, se inclinó hacia mi pierna y echó un vistazo rápido:

-Bah, eso no ha sido nada -aseguró sacudiendo una mano- Peores golpes recibí yo en mi formación, con unos trapos calientes estarás como nuevo para mañana

Merkor se alejó hacia uno de los criados y le entregó la espada. Aquel hombre siempre respondía igual, fuera una herida, un esguince o una fractura, la clave era algo caliente y quizá una cataplasma, con eso solucionaba todos los males del mundo.

-Como sigas así, un día de estos no habrá un mañana para entrenar -rezongué mientras me ponía en pie, hoy iba a necesitar un bastón para apoyar la pierna izquierda-

Merkor ignoró mi comentario y se recostó en una de las sillas del patio, lentamente empezó a liberarse de las piezas de metal que lo cubrían, yo por mi parte también me senté para deshacerme de la armadura, pero al menos a una mesa de distancia de él, era mi manera de manifestar el enfado hacia el entrenamiento:

-Bueno... -suspiró Merkor rompiendo el silencio- Ya que tienes fuerzas para protestar muchacho... Dime, ¿Qué crees que te ha fallado para acabar así? Porque como comprenderás en un combate real te hubieran cortado como a un filete.

Como siempre, el cuestionario de costumbre, siempre había que repasar los errores de la batalla a posteriori, sigo sin encontrarle el sentido, después de todo en una batalla si te equivocas mueres, no hay una segunda oportunidad.

-Pues... -dije mientras contemplaba el rastro de nuestra batalla dibujado en la tierra- ¿Que no me he cubierto de tu golpe?

Merkor me dirigió una de sus miradas, alguien que no lo conociera diría que sólo emanaba parsimonia, sin embargo esa ceja peluda levantada revelaba que el fondo estaba ofendido, furioso incluso, al fin y al cabo mi respuesta había sido muy vaga, la verdad es que no tenía ganas de repasar errores, sólo de volver a mi habitación:

-Muchacho... -dijo con un tono serio- Has usado de nuevo esa misma táctica de atacar al flanco desprotegido del contrincante, y no te lo voy a negar -alzó las manos en gesto de rendición- Al principio te funcionaba muy bien, pero ahora sólo me ha hecho falta aprovechar la inercia de un tajo descendente para golpearte desde abajo

-Bah -susurré- Eso es porque hemos combatido mil veces y ya me conoces, para alguien desconocido la táctica funcionará

Mi entrenador suspiró y se levantó de su mesa, se acercó a uno de los árboles del patio, un roble si no me fallaba la vista, y arrancó dos ramas, una la clavó en el medio del patio, la otra me la tendió:

-Muy bien, vamos a hacer una cosa, tú vas a tirar este palo e intentar tumbar ese otro

-¿A qué viene esto Merkor?

-Tú hazlo y a callar

Rezongué un poco y me puse de pie en frente del palo enhiesto, Merkor ocupó mi asiento, quise decirle algo pero teniendo en cuenta como era él, de poco iba a valer, así que respiré hondo y arrojé el palo con la mejor puntería que pude, fallé miserablemente.

-Recógelo, y vuelve a probar -dijo desde la mesa-

-Oye Merkor, en serio, ¿Adónde quieres llegar con esto?

Merkor no dijo nada, se limitó a apoyar su codo sobre la mesa y a dejar caer la cabeza sobre la mano, cuando se ponía así quería decir que no habría más respuestas hasta que hiciese lo que había dicho.

Recogí el palo e hice un par de intentos más, penosos todos, Merkor mandó a uno de los criados a por vino, ante la perspectiva de tener que esperar toda la tarde a que yo lo consiguiera, odio cuando hace eso, parece que no me toma en serio y que sólo soy un niño al que tiene que cuidar de vez en cuando, a veces desearía que mi padre hubiese escogido a otro para entrenarme en el combate, pero es lo que tiene haber sido amigos en el ejército, yo te rasco la espalda y tu me la rascas a mí, yo te doy trabajo, tu me entrenas al hijo...

Pasaron al menos otros cinco minutos hasta que finalmente conseguí tumbar el palo, tanto me había costado que incluso lo celebré con un leve salto, mala idea pues mi pierna se quejó de nuevo. Me giré hacia Merkor esperando su correspondiente comentario, pero se había dormido sobre su brazo, lo más probable era que estuviera fingiendo, nadie se duerme tan rápido, lo hacía para incordiarme, decidí seguir su juego pero a mi manera, me acerqué sigilosamente a la mesa

-¡Merkor! -grité en su oreja- ¡Despierta!

No parecía reaccionar, al menos hasta que un puñetazo voló hacia mi cara sin darme tiempo a esquivarlo, caí al suelo mientras él se levantaba en un salto

-¿Qué? ¿¡Qué!? -gritó alterado mirando a todos los lados y con la mano en el pomo de su espada, la real-

Me incorporé a duras penas y le dirigí una mirada cargada de odio, él reparó por primera vez en mí y dijo:

-Ah, eras tú muchacho, me has asustado, creí que podría ser un intruso, tengo muy mal despertar, ya sabes...

Me planteé seriamente si decía la verdad o si sólo era una excusa barata para librarse de un castigo, si hubiera tenido pruebas lo habría acusado, pero no las tenía

-He conseguido tirar esa condenada rama -declaré antes de señalarla, él la miró con el mismo interés que un erudito reflexiona sobre un texto cifrado, como si en aquella rama estuviesen todas las respuestas del mundo-

-Muy bien, pues explícame una cosa... ¿Cómo es que el mismo brazo, en las mismas condiciones y sin ningún cambio en el peso del palo para lanzar ni en el palo a tirar, ha podido fallar tantas veces antes de acertar?

-Depende de la puntería, de la suerte, del viento, de la fuerza con que lo arroje... El brazo será el mismo, pero todo lo demás puede ir cambiando

-Pues entonces -y me señaló directamente mientras guiñaba un ojo- Acabas de descubrir porque no puedes repetir un ataque con la esperanza de que siempre acierte, hay mucho que puede cambiar entre un contrincante y otro, ya sea la espada que usa, su destreza a la hora de atacar con ella, lo que conoce sobre ti... Demasiadas cosas como para dejarlo todo a una sola carta, ¿Lo entiendes ahora muchacho?

-Entiendo que podrías haber ejemplificado eso con otras cosas o habérmelo dicho directamente

-Muchacho... -advirtió malhumorado mientras se cruzaba de brazos-

-Sí sí, lo he entendido

-Muy bien, entonces ahora vamos a...

Una tercera voz asomó a nuestra conversación:

-Esperad bravos guerreros, ¿No deseáis reponer fuerzas primero?

Merkor y yo nos giramos al unísono, junto a las mesas había aparecido Merry, como si fuese un fantasma, llevaba una bandeja en la que reposaban dos jarras, dos copas y un pequeño plato con lo que parecía ser cecina

-¡Merry! ¡Maldita sea! -vociferó Merkor- ¡Tienes que dejar de hacer eso! ¡Un día de éstos te clavaré una espada creyendo que eres un asesino!

Merry sonrió y depositó el contenido de la bandeja en una de las mesas:

-Espero que no Merkor, necesito estar vivo para cumplir con mis obligaciones

Nos acercamos a la mesa y cogimos cada uno su copa, una de las jarras, blanca, tenía vino tinto, la otra, azul turquesa, agua, yo elegí el agua, y Merkor, por supuesto, el vino

-Merkor -dijo Merry con la jarra blanca en la mano- Quizá deberías rebajar el vino con agua, no sería adecuado que el alcohol te hiciese fallar con la espada y que dejaras al pobre señorito maltrecho

-Me temo que eso ya lo ha hecho Merry -comenté mientras enseñaba el hematoma que se empezaba a formar en mi pierna-

Merry lo examinó detenidamente y suspiró divertido sacudiendo la cabeza:

-Por los dioses Merkor, cualquier día el señorito acabará en el tejado de la casa con uno de tus golpes

-Bah, con eso se curte, dentro de poco ni le hará falta armadura, su cuerpo entero estará duro como la madera, y oye, ¿Cómo que rebajarme el vino? ¡Te exijo que me llenes la copa! -y la señaló con ansia-

-Merkor... Te recuerdo que como le vuelvas a fracturar algo al señorito su padre montará en cólera, ¿De verdad te merece la pena correr el riesgo?

Mi entrenador abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor, y aunque apretó la copa con furia, finalmente la dejó en la mesa, se metió un pedazo de cecina en la boca y se cruzó de brazos:

-Vale vale, muy bien, rebájamelo con esa asquerosa agua

-Sabia decisión Merkor -dijo Merry antes de ponerse mezclar líquidos-

Así estuvimos unos escasos minutos, comiendo y bebiendo en silencio, tanto Merry como yo sabíamos que cuando Merkor se ponía así era mejor darle un tiempo para calmarse, era eso o que te contestara de mala manera. Fue Merry el que se atrevió a romper la quietud:

-Bueno, y decidme, ¿Qué tal va el entrenamiento?

-Horrible -declaró secamente Merkor-

-Veamos, -dije yo con la intención de ser más generoso en detalles- Hemos estado realizando los ejercicios con armadura y luego hemos intentado hacer un combate, y bueno, el resultado ya ves cuál ha sido

-No os preocupéis señorito, es normal que ocurra, con el tiempo adquiriréis la práctica y el conocimiento necesarios, ¿Verdad Merkor?

El aludido cogió su copa y dio un largo sorbo antes de contestar:

-Como siga así lo veo muy difícil, ni siquiera se centra en el entrenamiento, hay veces en las que me cita a uno de sus autores raros que supuestamente son maestros de la esgrima y el combate

-¡Es verdad! ¡Son auténticos maestros, algunos se han retirado es cierto, pero los hay que aún forman a los nobles más poderosos del momento en combate!

-Mira muchacho -contestó malhumorado Merkor- He estado en suficientes batallas como para saber que muchos de esos nobles formados por esos espadachines legendarios sólo se dedican a ladrar desde la tienda de mando, dejando que sean los hijos de campesinos sin idea de empuñar una espada los que se maten con otros que son igual de ignorantes en el combate armado

-¡Yo no haría eso! ¡Yo lucharía junto a ellos! -protesté, noté como mi cara ardía por la ira-

-Me temo que no podríais hacer eso señorito -se inmiscuyó Merry- Vuestros hombres necesitarán a alguien que los dirija, y vos tenéis que cumplir ese papel, si os matan en cuanto empiece la batalla sólo dejaréis a un puñado de soldados descabezados y vendidos a su suerte

-Eso es una tontería Merry -comentó Merkor- En medio de una batalla sólo sigues hacia delante con la esperanza de sobrevivir y respirar al día siguiente, lo que digan los jefes sólo sirve al principio, cuando se despliega al ejército, porque en cuanto se cruzan las espadas todo se convierte en un caos.

Los tres nos cernimos entonces en el silencio, dejando morir la discusión, yo me sentía ofendido, Merkor por muy veterano que fuese sólo había visto y luchado en batallas en las que cuentan los números y la táctica, yo prefería los duelos de tú a tú, de uno contra uno, la elegancia y el silencio de dos combatientes hábiles medidos en destreza y astucia. Aparté esos pensamientos de mi mente, no quería saber nada de la guerra ni de las luchas, yo nunca participaría en ello, nunca, suficientes filósofos e historiadores había leído ya como para saber que la guerra no hacía nada a largo plazo salvo traer miseria y destrucción para todos, y eso lo tenía que dejar claro:

-Da igual de todos modos -susurré- Mi intención es formarme como médico, puede que incluso llegue a curar algún mal para el que no haya remedio alguno, sería algo mejor que matar, si puedo evitarlo, el ejército nunca me verá entre sus filas

Noté como Merry y Merkor me clavaban su mirada, se estarían planteando el recordarme que como hijo de un noble era lo que se esperaba de mí, pero no dijeron nada, por respeto o porque ya habíamos tenido esa conversación muchas veces antes:

-Todo se verá señorito, todo se verá -declaró Merry antes de ponerse a recoger nuestras copas y el plato de cecina vacío- Os dejo pues para que podáis proseguir, Merkor, por favor, trata bien al señorito

-Sí sí Merry, tranquilo, -contestó con parsimonia Merkor mientras se levantaba y llamaba con gestos a los criados para que le pusiesen la armadura de nuevo- Al fin y al cabo me has privado del alcohol, ¿Qué es lo peor que le podría pasar ahora al aspirante a médico?

Merry se limitó a asentir y a desaparecer por una de las puertas que daba al patio, dejándonos a solas. Llamé a los criados para que me pusieran también la armadura, Merkor al parecer no había terminado por hoy, y así me lo hizo saber cuando me hizo ir al centro del patio:

-Bien muchacho, ya que te has dado cuenta del error que supone el tener sólo una carta en la mano, vamos a enseñarte el resto de la baraja, empezaremos por la posición de los pies, luego de las manos, y por último la práctica con espada, ¿Entendido?

-Entendido... -susurré-

El corpulento entrenador me miró fijamente y colocó sus pies, el de atrás en paralelo a mí, el otro me miraba con su punta, imité la posición lo mejor que pude, intentando mantener la espalda recta, siempre recta decía él, pues ayudaba a no desequilibrarse al cambiar el peso de lado bruscamente.

-El pie izquierdo un poco más hacia delante, pero mantén la pierna flexionada, nada de estirada, ahora lo que tienes que hacer...

“Allá vamos otra vez” pensé aburrido mientras mi mente vagaba hacia alguno de los autores que harían mis delicias al acabar el entrenamiento


------------------X------------------


Casi en un suspiro la estancia se llenó de soldados, una marea de humanos armados hasta los dientes deseando partir en dos a todos los presentes, el Caballero se deslizaba, estoque en mano, por entre los chirridos y golpes metálicos de su alrededor, un paso adelante, un amago a la derecha ahora una parada, y cerrar con una estocada, el filo atraviesa el bazo, y otro soldado cae, pero aquello no se acaba, ahora son dos, uno porta una lanza, el otro una espada, la ventaja del número y la distancia es para ellos.

Darkeray se movía en círculo, evitando estar en línea recta con el lancero, dio dos pasos atrás, creó más distancia, de pronto el lancero cargó, harto de seguir con el juego, Darkeray entonces se acercó en dos pasos, a tres palmos de su oponente, ahora era él quien no tenía margen de maniobra para su asta, su compañero intervino para ayudarlo, lanzando un torpe tajo hacia la derecha, el Caballero se agachó y dejó pasar silbando el filo, la espada, una bastarda, se encontró con el yelmo del lancero, y ambos en su nerviosismo se gritaron por su mutua incompetencia.

Darkeray no esperó ni un segundo y clavó el estoque en la rodilla del lancero, cayó entre alaridos de dolor, el Caballero alargó la mano para recuperar la lanza, pero la madera de la empuñadura ardió en su mano, los símbolos brillaron en un áureo recordatorio de su existencia, el brazo entonces dejó de responder en un leve hormigueo. Un rayo pasó a su lado y desintegró a un miembro de la Orden ajeno a su lucha.

El espadachín se dio cuenta de su oportunidad, y cargó para atravesar el pecho del Caballero, pero el filo pasó limpiamente por el agujero de la lanza del Maestre, Darkeray entonces sacudió su brazo durmiente y atrapó el brazo del soldado, y sin dejar tiempo para reaccionar a su oponente, dejó caer el pomo de su estoque sobre el codo, rompiendo la articulación en el acto. El soldado lanzó un aullido que se unió al coro de gritos de la estancia, Darkeray cogió el estoque por el filo y golpeó con la empuñadura el yelmo de su rival, éste se abombó e hizo caer inconsciente al soldado.

El lancero le agarró una pierna desde el suelo y tiró, arrastrando a su altura al Caballero, quien intentó patalear golpeando la desprotegida cara del contrincante, el hombre no cedía y vociferaba a sus compañeros para que rematasen a quien tenía preso. Una vara de madera cayó entonces sobre su pecho y lo hundió sin apenas notar la armadura, un hombre de rostro vendado asintió levemente hacia el Caballero y se internó en una sombra para reaparecer en otro combate.

Darkeray se pudo en pie de un salto y cargó contra otro soldado, éste portaba un hacha de dos manos, y junto a tres compañeros, acosaba a Pietrus contra una pared, el Caballero dio un grito rabioso y atravesó de punta a punta al soldado, la clave había sido ir por el lateral, donde los cinturones y cinchas dejaban un margen entre las piezas de acero. El incrédulo guerrero dejó caer su hacha y miró con espanto la punta ensangrentada que asomaba por su axila, tosió sangre, y se desplomó. Pietrus no le dedicó ni una mirada y se concentró en sus oponentes.

Miró a su alrededor, el panorama era desolador, al menos una docena de cadáveres se desperramaban por toda la estancia, algunos aún se retorcían en agónicos estertores o se arrastraban en busca de ayuda, uno de ellos se agarraba desesperado sus propios intestinos, asomados por una larga y torpe abertura en su cintura. El suelo se regaba en sangre y salpicaba pequeñas gotas carmesís con cada movimiento de la batalla, algunos soldados incluso habían optado por arrojar aquel líquido para cegar al contrincante.

Una niebla fantasmal envolvía el lugar con un ambiente tétrico y casi onírico, irreal, pequeñas y ligeras brumas acompañaban el movimiento de las armas, como si fuesen etéreos testigos de la matanza; los vaporosos soldados que una vez aterrorizaron a los prófugos acosaban sin cuartel a los miembros de la Orden, regalándose con su sangre y sus gritos de terror. Nunca antes en un lugar tan poderoso para los llamados servidores de Luminaris, la bautizada como Fortaleza de Samrat, se habían encontrado contra semejante oposición, guerreros y herejes oponiéndose a la luz con su oscuridad y su magia perniciosa.

A la mente del Caballero acudieron las imágenes de pasadas batallas: los glaciares del norte, las llanuras del este, Keybak, Phonterek... El mismo caos, la misma Muerte complacida, los mismos gritos, las mismas sensaciones, el mismo cansancio, el mismo sudor, el mismo ardor en los corazones de los combatientes, hombres y puede que mujeres luchando por una causa en la que quizá no creían pero por la que tenían que sobrevivir, porque así se esperaba que cumplieran, porque debían proteger a familiares a cientos de kilómetros de distancia, porque aquel iba a ser el último servicio como mercenario antes de retirarse, porque aquella mujer o aquel hombre estaba aguardando su regreso, porque así quizá... Conseguirían el honor y la salvación de su familia. Puede que porque aquellos eran seres despreciables que debían morir a sus manos... Darkeray sacudió la cabeza y apartó los tentáculos del Bufón.

Un martillo lo estampó contra la pared que tenía de frente, sus huesos y carne expuestas, sin armadura, se quejaron bajo el peso del metal. En cuanto la presión desapareció, su cuerpo se deslizó hacia el suelo, podía notar la presión de las costillas bajo la piel, que deseaban asomar al exterior. Su oponente se acercó cauteloso, el Caballero esperó, dejó ir su influjo un par de metros más allá, algo respondió, el mazo se alzó inclemente sobre su cabeza, y entonces cayó al suelo, un líquido caliente bañó la espalda del Caballero, mientras el incrédulo soldado, contemplaba a su compañero retirar la espada que lo había atravesado, pero en sus ojos no existía la Humanidad, sólo un vacío de Muerte, sólo un títere para la magia que revivía y alzaba a los muertos una vez más. Darkeray hizo un gesto y su aliado cayó al suelo como un muñeco de trapo, se había prometido no volver a usar aquello, no desde lo ocurrido en Thonomer, pero como decían algunos intelectuales de sus viejos libros “En la Guerra y el Amor todo vale”

El sonido de la piedra resquebrajándose atrajo la atención de los presentes

-¡Matadlos a todos! -gritó una voz desde el interior de las rocas, el Gran Maestre aún vivía, y en su tono ardía el fuego purgador de Luminaris-

Darkeray apretó los dientes e intentó incorporarse, su postura era algo extraña, demasiado inclinada hacia un lado, quizá la columna se le hubiese partido. Corrió hacia otro soldado que entraba en el calabozo y lo ensartó sin que le diese tiempo a reaccionar, giró sobre sí mismo para atravesar la pierna de otro, un espadachín desconocido pero de aspecto atractivo aprovechó para rajarlo mientras caía, no dijo nada al Caballero, y prosiguió en su constante danza, o más bien espasmo, con la espada.

La batalla prosiguió, los gritos y los choques de metal dejaron de ser ensordecedores para ser lo más común de la estancia, la sangre continuaba su recorrido por el suelo, invadiendo ya el pasillo de la mazmorra, los menos diestros en el combate resbalaban, pagando con su vida el descuido.

-¡Matad a la muchacha, Gran Maestre! -gritó la inquisidora desde el suelo, manchados sus níveos ropajes y salpicada por la sangre de sus propios hombres- Y tú, basta de la farsa… ¡Atacad!

El Caballero recordó entonces a la joven Amethist, en aquella algarabía de muerte se había olvidado de quien la había devuelto al mundo. La buscó con la mirada, allí estaba, en el suelo, incapaz de moverse o quizá muerta, la duda hizo que casi perdiera el equilibrio por un momento, pero no, estaba viva, y con viva incredulidad reaccionó al ver como el joven atractivo era aplastado por las rocas del que hacía un momento era su aliado.

La revelación golpeó con fuerza, un traidor, un desleal, un felón, un amigo que había dejado de serlo. El enano que había irrumpido a través de las paredes con los antropomorfos se acercó dispuesto a subsanar el error cometido, la confianza depositada. Unas cuantas rocas se arrancaron de la pared y volaron hacia el enano, que las destruyó con un rayo y se cubrió de la arenisca que se dispersó hacia los lados. Entre la calima el Caballero distinguió los brillos de las armas entrechocándose, el enano agitaba su martillo con la ligereza de una vara y apartaba de su camino a los soldados que se interponían, descargando golpes sobre el humano, que ofrecía el escudo, el cual detenía cada embestida restallando con tañidos de campana. Las piedras y arena que flotaban en el aire volaban con cada golpe, era el viento producido por los choques lo que las empujaba.

Por el rabillo del ojo el Caballero detectó a otros dos soldados que se le acercaban, dio un brusco giro para defenderse, su columna cedió al empuje repentino y lo dejó colgando inclinado a la derecha, maldijo por lo bajo e intentó enderezarse, el hueso se quejó pero algo pudo conseguir. Uno de los soldados había cambiado la espada por un mangual, el cual resonaba con cada vuelta de la cadena, el otro portaba una espada y escudo. Darkeray se agachó y cogió una espada bastarda del suelo.

El espadachín se lanzó a por él, el otro esperó, al mínimo despiste intentaría hundirle la esfera de acero en el cuerpo, el Caballero respiró hondo y avanzó despacio hacia sus contrincantes, detuvo un tajo lateral de su oponente, el metal de los filos generó chispas en su choque, su rival aprovechó el retroceso de ambos para embestir con el escudo, Darkeray recibió el golpe en el pecho, la columna aguantó en un precario equilibrio, el soldado entonces lanzó una estocada, el Caballero giró sobre sí mismo y se apartó para cargar al lado contrario, el escudo lo detuvo, aquel endemoniado escudo lo estaba complicando todo, Darkeray intentó otro lance en el otro lateral, el escudo lo detuvo una vez más, el Caballero retrocedió un par de pasos, el del mangual seguía observándolos sin intervenir, el espadachín respiraba pesadamente y sudaba.

El Caballero avanzó dos pasos e hizo un molinete con la espada bastarda, dejando caer el filo con fuerza, el soldado alzó el escudo, el tañido del metal resonó con fuerza, Darkeray no esperó un segundo y lanzó el estoque hacia la pierna, ahora la gruesa pared de metal no la cubría. El soldado se dio cuenta y bajó el escudo como una guillotina, la hoja del estoque se dobló bajo el peso pero cumplió su función, el hombre cayó arrodillado sobre su pierna izquierda. Desde el suelo, desesperado, lanzó tajos al azar para alejar a su oponente, el del mangual dio dos rápidos pasos para proteger a su compañero, Darkeray, con la ventaja de la altura de su parte, detuvo uno de los golpes con el estoque torcido e hizo descender la espada bastarda, el yelmo cedió, del cráneo asomaron palpitantes restos de cerebro.

El mangual voló hacia él, Darkeray soltó la espada bastarda, atascada en el cráneo, y se apartó de la trayectoria, cargó hacia su oponente antes de que le diese tiempo de recoger la cadena, el hombre, viéndose indefenso, giró sobre si mismo para intentar golpear con el mangual desde el lateral, Darkeray vio la cadena alzar el vuelo y buscó el punto exacto para detenerse, los hierros lo envolvieron, pero no la maza, que usando su cuerpo como punto de anclaje, golpeó al que lo empuñaba, hundiéndose en un costado y rompiendo las costillas a su paso

-Las leyes de la física... -susurró Darkeray con una leve sonrisa-

Sin embargo la celebración fue corta, un brillo áureo asomó por entre la calima, acercándose a la figura caída de Amethist. El Caballero hinchó lo que quedaba de sus pulmones y gritó con una voz estrangulada:

-¡Gilderoy! ¡Pérfido bastardo!

El hermoso y tranquilo rostro del Maestre lo miró con un leve brillo de extrañeza en los ojos, no lo reconocía. De pronto el suelo tembló, sacudiendo a los presentes, propiciando mortales desequilibrios y caídas para alguno de los menos diestros soldados de la estancia, un ruido casi tan grande como el temblor sonó, algo enorme y pesado acababa de moverse. El líder de la Orden se tambaleó, y la joven Amethist se arrastró, intentando alejarse del que posiblemente quería nombrarse como su asesino.

-UN POCO MÁS… -gritó el hombre de rostro vendado- ¡¡Adelante!! ¡¡Espadas arriba y defendeos un poco más, así sea con los dientes!! ¡¡Un poco más!!

“De acuerdo” pensó el Caballero. Buscó a Amethist con la mirada, en cuanto la tuvo localizada clavó el estoque en un cadáver cercano e hizo fuerza para enderezar el filo, al menos un poco, pues levemente torcido se mantuvo, bastante suerte había tenido al no quebrarlo.

Cerró distancias con el que iba a ser su rival, aunque ello le costara de nuevo la vida. Arrancó una bracamante de un cadáver y la arrojó cerca de Amethist, al menos tendría algo con lo que defenderse si él fracasaba. El Gran Maestre lo siguió con la mirada mientras él se interponía en su objetivo, la joven de cabellos plateados:

-Gilderoy d'Troye... -susurró Darkeray una vez más-

El Gran Maestre dejó asomar una media sonrisa, sus dientes eran blancos como la nieve, costaba creer que aquel monstruo de la Fe compartiera casi la misma edad con el Caballero. Los dos vivos tras tantos siglos, uno por medio de la luz, el otro por el de la oscuridad:

-Vos... -dijo el Maestre con un leve tono divertido- Creía que habíais desertado... ¿Cómo está vuestro padre?

-Sádico hideputa -susurró furibundo Darkeray-

El Gran Maestre sonrió, Darkeray escuchó la voz amortiguada del Bufón pidiendo la sangre de aquel hombre, de aquel... Engendro adornado de plateados y dorados. El Caballero respiró hondo, aquello podría liberar al Bufón, darle el control de su cuerpo, hacer que la sed de sangre lo poseyera, necesitaba mantener el control, no podía repetir ni una vez más lo que ocurrió en Thonomer, no podía demostrar que los seres como él eran monstruos crueles.

El Caballero dio un par de tímidos pasos, después inició la carrera, el Maestre lo esperó en posición defensiva, Darkeray bajó la espada y tanteó a su rival con un corte hacia arriba, la lanza detuvo el filo, el mango de madera no mostraba ninguna incisión

-Magia... -susurró Darkeray-

Se alejó varios pasos hacia atrás, el Gran Maestre por su parte comenzó a trazar un círculo hacia la derecha, intentaba acercarse a la joven. Darkeray dio dos pasos a la derecha y cortó el recorrido, lanzó otro tajo a la derecha, el Gran Maestre tuvo que apartarse y alejarse para ganar distancia para su lanza. El Caballero no lo dejó descansar, avanzó hacia él por la derecha, el Maestre cargó, lanza en ristre, Darkeray lo evitó con un molinete y atacó al costado, el estoque rebotó sin llegar a tocar el metal de la armadura, una vez más la magia jugaba en su contra. Su rival sonrió y lanzó una patada que lanzó a Darkeray hacia atrás, la columna esta vez cedió, y su torso quedó una vez más inclinado hacia la derecha

-Estáis ridículo joven Vipernest -comentó divertido el Gran Maestre-

Darkeray apretó los dientes y evitó responder, intentó recolocar la columna, el líder de la Orden lo observaba entretenido, estaba jugando, nada más. El Caballero consiguió volver a estar enhiesto, pero no atacó, miró al hombre de armadura dorada directamente a los ojos, él sólo le devolvía aquella mirada de hielo, tras la cual se ocultaba la crueldad y la maldad avivada por el fanatismo. El Caballero dejó ir una vez más su influjo y se acercó lentamente al Maestre, éste se colocó de nuevo en posición defensiva y esperó a que se acercara para embestirlo, Darkeray se apartó de un salto y pisó el mango de la lanza, su pie descalzo ardió al contacto de la lanza, la pierna comenzó a hormiguear, pero había logrado que la punta se clavase en el suelo, sin perder un segundo lanzó una estocada al rostro del Gran Maestre, rezando por primera vez desde hacía tiempo a los dioses, deseando ver el rostro ensangrentado y ensartado de aquel hombre.

Una blanca luz iluminó por un momento la visión del Caballero, cuando ésta se desvaneció, reveló su fuente, la mano del Gran Maestre, atravesada por el estoque y ensangrentada, su fuerza, o más bien la de la magia que pulsaba desde ella, impedía que el estoque llegase al rostro del Maestre por unos centímetros. Darkeray ordenó atacar al soldado que había revivido hacía unos instantes, el cadáver atacó torpemente con su espada, el Maestre, desprevenido, sólo pudo reaccionar soltando la lanza y alzando la otra mano mientras miraba a su inesperado atacante, el cadáver se deshizo en cenizas.

El estoque que empujaba Darkeray con todas sus fuerzas ganó unos milímetros al disminuir la concentración del Maestre, quien al notar el avance del filo, se giró. Una cicatriz aún sangrante surcaba la mejilla derecha. Su máscara de frialdad se resquebrajó para dejar asomar una rabia y dolor inconmensurables, avivados ambos por la vergüenza de haber resultado herido. Un nuevo impulso de aquella luz empujó hacia atrás al Caballero y quemó levemente su piel, el interés del hechizo había sido alejarlo, no herirlo.

El Gran Maestre recuperó el equilibrio y su lanza del suelo, Darkeray se incorporó y echó una leve mirada hacia atrás para constatar que Amethist seguía allí, si no sana, por lo menos salva

-De acuerdo joven Vipernest -dijo el Gran Maestre, recuperando la atención del Caballero- Seréis purgado, como todos los herejes aquí presentes

Darkeray apretó la empuñadura del estoque y lo alzó de nuevo, se colocó en posición, un pie en paralelo al contrincante, el otro adelantado, con la rodilla flexionada, mirando al oponente.

-Os espero -susurró Darkeray-
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Re: Escape y fuga

Mensaje por Amethist el Miér Ago 31, 2016 1:28 pm

XVII. Fuga


Meses antes

Sentado en una de las grandes bancas de la Gran Sala, con la cabeza canosa entre las piernas y las manos entrecruzadas en pose de penitencia, esperaba por el momento que tanto había anhelado. No podía creer que el camino había sido tan largo, como fangoso. A pesar de haber sido siempre un soldado consumado, él nunca había perdido el horizonte de sus principios. Sin embargo, el penetrar cada uno de los estamentos de sus enemigos le había hecho preguntarse muchas veces si su mundo ideológico era realmente correcto y único. El camino había sido largo, estaba seguro… pero tan largo que sólo podía tener un fin: su muerte.

-¿Qué te consume la mente, viejo amigo?

La voz de Thong Khan inundó la estancia. En ese tono casi paternal ya no quedaba rasgo alguno de la fuerza y el convencimiento que en antes había demostrado cuando todos los generales y comandantes de las fuerzas Sikti se reunían por primera vez ante él. Ahora volvía a ser ese mismo viejo, medio bizco, decrépito, algo cómico, que siempre había compartido aventuras con él.

-El plan, Gran Khan. Demasiado ambicioso como para ser hecho en esta vida…

Pietrus se encontraba en la sala mayor, en el corazón bombeante de la herejía pagana del enemigo. Las ruinas del desierto, el hogar de los grandes Sikti, la cuna donde dicen que reposa la diosa entre diosas, la Madre Muerte, siempre le habían resultado sobrecogedoras. Una apología a lo que en sí había sido su camino hacia allí: había matado aliados, llamándolos enemigos; perdonado a enemigos, simulando que le eran queridos; había sonreído, mentido, e incluso… había amado a los que algún día debería condenar. Sí, el guerrero geomante no mentía, el Plan, ese itinerario real del que él apenas si era un eslabón, era también muy ambicioso.

-El plan…-repitió por inercia el abuelo, rascándose la barba: -El plan no está dado por nosotros, Pietrus, sino por la misma fuerza del destino. Si no pudiera hacerse, no lo estaríamos planteando. Si no pudiera concretarse, nunca hubiésemos tenido las piezas del rompecabezas que nos llevará a lograrlo. Está escrito en nuestras manos- y las levantó con los dedos extendidos mostrando las palmas: -Está escrito en las estrellas.

-¿Piezas? ¿De qué piezas puedes hablar? He seguido cada una de tus órdenes y saben los nuestros que he sido el más leal y fiel en tus pasos, por muy extraños que estos fueran. Pero no puedo ser ciego ante el peligro que tiñe la misión… Viejo amigo, seguir tu mente, siempre ha sido el mayor reto de mi vida.

Milk rió enternecido. Aunque Pietrus podría considerarse un humano también mayor a sus pares, viejo en experiencias y consumido por ellas, también era cierto que tras los ojos celestes del viejo de túnicas roídas se escondía una mirada de siglos y siglos de vida.

-Siempre me han gustado los acertijos, o hablar con ellos, Pietrus. Es una manía ahora que soy todo un senil- advirtió con un guiño que el mismo señor de la roca correspondió con una sonrisa: -Pero lo cierto es que las piezas siempre han estado bajo tus narices.

Sin advertir en qué momento se habían dispuesto a pasear, Pietrus se descubrió a si mismo caminando con el viejo Sikti por columnas diferentes, dentro de los dominios de las ruinas Pholenduu. Tallada en la roca, en columnas de mármol traído en épocas distantes, se leían leyendas, mitos, referencias a monstruos y otros males, como también a héroes y ciudades valerosas consumidas por las arenas, la maleza o las mareas.

-Si habéis de participar en esto, tienes que saber que el primero de los traidores de la Orden fue su mayor defensor hasta el último momento: el divium Wasser, el arquitecto, nombrado por los elfos así por ser uno de los grandes sacerdotes hidromantes de su época, fue la primera pieza de este plan. ¿Sabías que su apellido real era Waldruin? Un gruñón con buen corazón...- interpeló perdiéndose de a pocos en su propia retahíla de ideas, y volviendo al presente, continuó: -Mirad bien, Pietrus… Mirad su letra, su tañe, su arte. Este mismo poder inunda el lugar al que iremos: la Fortaleza de Samrat.

Pero el señor de la roca no entendía nada. Mirando a un lado y al otro sólo podía maravillarse del trabajo más no de las palabras de Thong Khan. Miró con el ceño fruncido todo ese arte mural como si le oliera mal y luego, al ver que el abuelo Sikti no entendía sus señales de incomprensión, carraspeó, sacándolos del silencio.

-Perdona a este viejo, que de tantos años ha perdido el poder de tener empatía frente a los que no han vivido tan largo como él- se excusó con humildad: -Mira acá… Mira. Este texto lo reconocería cualquier miembro de la Orden…

Pietrus comenzó a leer:

-Sea Luminaris nombrado diez veces diez el más grande…

-…entre todos los siete del panteón divino- interrumpió la lectura, Milk.

El señor de la roca, con los ojos abiertos de par en par, no podía creer que en aquella columna, a lo largo del ancho corredor entre cada una de esas piezas de mármol, se encontrara el último testamento del Arquitecto de la Orden del Antiguo Imperio.

-Un gran amigo- explicó el viejo, ajustándose las túnicas al rostro: -un soñador como su legado, correcto, gentil, un ser de luz dotado de discernimiento, que vio en el camino de la orden el peligro que albergaba para las tierras libres de Noreth. Pocos saben que antes de ser religioso, Erenest fue el primero en incursionar en el foso demoniaco, alado imbécil en ese entonces, fue el primero en ser salvado por uno de los legendarios legarium.

-Esos no existen- cortó Pietrus, frunciendo el ceño, pero sin atreverse a pestañar.

-¿Qué no existen dices? ¡Por mis barbas, joven geomante, que veréis uno, así sea antes de que la parca os tome por el cuello!  

Ambos hombres rieron, como lo habían hecho una y otra vez a lo largo de más de 30 años de existencia compartida sin saber que aquello era la primera profecía.
 
--//--


Ante la Cámara del Sagrario


Si había gritado con todo su desprecio fue por lo que la mente del felón entre sus enemigos pudo obsequiarle para hacerla resoplar de miedo. Lo había visto claro como si fuera el reflejo de su túnica blanquecina en el fondo de un estanque de aguas cristalinas; su más oscura pesadilla estaba en camino de volverse realidad.

-¡¡Sir Troye!! ¡¡Mayor Terrish!! Matad ya a esa hereje… ¡YA!

Se puso en pie con esfuerzo, llevándose la mano hacia un costado. No recordaba la última vez que sus hechizos y rezos habían sido repelidos, y todo por culpa de esa sucia negra de las arenas. Sin embargo, la inquisidora estaba lejos de sentirse vencida o siquiera sorprendida. Tenía en la mira la tez pálida e inocente de ese demonio en forma humana: a simple vista una niña antes que mujer, pero tras esa inocencia fingida, ella sabía que escondía la encarnación de una antigua amenaza. Le costaba creerlo pero allí, en ese rostro de porcelana impregnado de temor, estaba la llave para traer de nuevo a este mundo una de las fuerzas más letales de todo Noreth: los drow de Jyurman.

-¡¡MATADLA YA!!

Entonces, sin más, la tierra tembló. Y no lo hizo una vez, sino varias, removiendo las entrañas de la montaña, haciendo que todos los presentes se tambalearan. Las rocas de los techos cedieron por la presión y algunas se arrancaron de su aparente fijeza, cayendo sobre los caballeros que aún se mantenían en pie. Cuerpos aplastados, mutilados, llenaron el lugar junto con los gritos de las víctimas. Olaf dio algunos tumbos para evitar ser aplastado por aquel desprendimiento de arena y tierra. Anturión y Yusuf, batallando mano a mano contra los caballeros y las rocas, tenían la tarea de intentar desprenderse de la celda de roca que mantenía al espadachín aún apresado. Por su parte, el caballero mortuorio empuñaba sus armas oxidadas como si fueran las hojas respetadas de antaño sin importarle alrededor, con estabilidad entrenada, dando cara a sus temores, quizás por convicción o venganza, sino algo más. Y, finalmente, en el centro de la cámara prohibida unos grandes ojos refulgían de vez en cuando sin llegar a salir del lugar. Las sombras se agolpaban confusas dentro de ella, y sólo las luces verdosas que lo dominaban todo fuera de la gran sala seguían refulgentes, impávidas, ante el tronar de la roca.

Pietrus, dándole la espalda a su adversario kazuka, decidió obedecer las demandas de la Suma Inquisidora. Él más que nadie sabía lo que estaba en juego con dejar caminando aquella amenaza revestida de ingenuidad e inocencia. La joven de mirada grisácea y cabellos nieve debía morir, y eso lo había tenido claro desde el primer momento que la vio. Nunca imaginó que entre todos los cuentos dichos por el Gran Khan aquel resultara cierto: que la magia de antaño fuera capaz de cruzar las barreras del tiempo y el espacio, la materia y la realidad, para adentrarse en los submundos de los dioses y desprender de sus manos los seres que eran el premio de la Madre Muerte. Ver la cara de aquella niña cuando entrara en las celdas para rescatar a la morena, fue la muestra de que aquel enemigo, los Sikti Paktim, eran de temer, mucho más que los seres demoniacos o la fuerza de los espíritus malignos.

Estaba decidido a cobrarse la vida de aquella joven. Sin embargo, justo en el instante que alzaba sus brazos para dejar que las piedras cayeran sobre ella, los ojos ambarinos de Tanie se le clavaron en el alma. Aquella mirada desencantada no podía obviar el hecho de que aún con el dolor físico, el alma destrozada y el peso de la traición, su corazón de gitana aún lo amaba. Pietrus apretó los párpados, confundido; la mulata era sin duda su mayor debilidad, su pecado. Y aquel fue el gran error del guerrero. Olaf, carcomido por la venganza misma, sumada a la injuria de que le diera la espalda como si él, el grande de los señores kazunieres, fuera un mal menor, lanzó su martillo, volando con poder encendido de truenos, estrellándose contra la espalda del soldado geomante.

El impacto lo obligó a caer de rodillas frente a Tanie, la mujer que, desde el inicio de sus pasos por los senderos de la mentira lo acompañó como una sombra protectora. Los ojos aguados de ella discurrían de perdón, casi sin preguntas, llenos de esa infinita compasión que siempre le había reconocido. No había un porqué o si quiera un asomo de duda. Sólo era tristeza, si es que aquello solo eso fuera.

Se sintió miserable. A pesar de la fidelidad perpetua que se profesaron, una adoración que había sido así desde el primer momento que yació con ella, aún tenía la obligación de cumplir con sus votos de Minali y seguir las órdenes de la Inquisidora. Se puso en pie con esfuerzo notado, tembloroso por el impacto propiciado por el enano y, alzando nuevamente los brazos, se dispuso a desprender las rocas que yacían al borde de desprenderse. Trato de alejar su mente de su morena y la vista se le fue hacia el cadáver parlamente que habían encontrado en otra de las celdas de la mazmorra. Sí, se dijo a sí mismo, si de paso sentenciaba la muerte de aquel ser que en su esencia corrompía la vida misma con su aire frío, se sentiría agradecido con el Dios de todas las cosas por la suerte que corría. Pero antes de siquiera intentarlo, Tanie lo envolvió entre sus brazos impregnados de ese calor que solo desprende el amor. Las últimas energías de la morena, quedaron clavadas en su mirada agotada. Una sonrisa decaída se asomó por sus labios gruesos y en un susurro un “te amo” sirvió de hechizo para dejar el nombre de ambos impreso en la roca con el estallido de sus cuerpos calcinados.

Todo fue luz y luego como el ave fénix la magia resurgió de las cenizas.

--//--


…como el correr del río,
se oyó el canto de la desesperación,
el fuego ardió,
el bosque pereció…

Su voz tronaba en mi mente. Recia y firme, militante como una marcha al cadalso, no paraba de rezarse, taladrando algo a lo que no le descubría el sentido, tallando cada palabra en mi subconsciente. Al abrir los ojos, ignorando su llamado, concentré mis energías en la visión confusa que me ofrecía el mundo. Sabía que aquel caballero de magia poderosa venía tras de mí, su armadura brillaba como el sol y la lanza entre sus manos dejaba al descubierto inscripciones varias que sólo eran muestra de su poder. A unos pasos Darkeray, el caballero del frío, me ofrecía protección, aguantando estoicamente como los soldados de tiempos pasados. Las rocas se tambaleaban de vez en cuando, la tierra tronaba a mis pies, y sobre la cabeza las grietas desprendían algunas gotas de agua que, conforme el tiempo corría, se volvían cada vez más constantes.

Y la sangre de miles,
fue el pago por el derecho a la vida…

De pronto el agua calló sobre mí, no en toneladas como bien sentía que discurría en miles de kilómetros sobre nosotros, sino a penas como una lluvia veraniega, refrescante. Cerré los ojos, pues los gritos de batalla alrededor estaban lejos de cesar, y es que no me importaban, pues desde lo lejos el sonido del correr y fluir del elemento se volvía tronador a mis oídos, embriagante, apenas discurrido por esa voz rezandera a la que parecía responder otras voces lejanas, un canto de miles de millones, traídas de un mundo más allá del mar.

porque es a través de la muerte,
que el misterio de la existencia
encuentra su sentido más profundo,
su realidad más clara,
su significado más sublime…

Al abrir los ojos, la cara se me desencajó. Millones de elfos de teses oscuras marchaban, montados unos en arañas enormes y otros a pie, armados como ninguno, guardados por gigantes y bestias, todos con el semblante seguro de saber que la vida se les iría en busca de un bien preciado. Era un ejército esplendido andando sobre un valle de muerte. Los cadáveres y la sangre se veían en la tierra donde en antes el pasto creció; el fuego aparecía en pequeños parches, como si todo el bosque hubiese sido quemado hasta en las raíces. A lo lejos una luz que viajaba hacia el cielo los iba recibiendo, mientras éstos con resignación se entregaban al destino más allá de aquel camino iluminado.

Lloré sin saber por qué lo hacía. La tristeza de un destino adivinado me embebió al observar aquellos rostros oscuros, de ojos encendidos, todos condenados, mutilados. De pronto, en medio de ese mundo gris, la mano de Milk me aferró desde atrás, dejando un “aún no” en la estela del canto, trayéndome de vuelta a otro campo de batalla, lejos de ese bosque y sus legiones moribundas de elfos desesperanzados.

-Tengo hambre…- escuché más allá de las rocas.

Meneé la cabeza y en ese momento los observé, uno frente a otro, dispuestos a matarse. Eran dos sombras, que reconocí de inmediato, aun en medio de la piedra que caía y el humo que se levantaba. Era él, el caballero envuelto en sus harapos, armado con lo que encontrara, pero bien posicionado. Del otro lado el religioso, con su armadura dorada, resplandeciente, esgrimiendo esa lanza de la cual su enemigo ya había probado estocada. Mi respuesta fue instintiva, un grito que apenas podía creer que aquella fuera la primera palabra que dijera de corrido:

-¡CABALLERO!

Extendí la mano, llamándole a mi lado. Tenía la sospecha de lo que vendría, y de pronto, más allá de la crueldad y potencia del enemigo, se me hizo imperioso que aquel guerrero volviera a mi lado como si en mí estuviera el deber de mantenerle vivo. La tierra de nuevo tembló y los cimientos de la roca cedieron en todas las direcciones. El corredor se llenó de luz y las figuras verdosas que en antes llenaban todo el lugar, tomaron mayor brillo, encegueciéndonos a todos. Agazapada como estaba, y aun bañada por el agua que no dejaba de correr, no pasó desapercibido el refulgor con el que Tanie se despedía de este mundo.

-¡GRASH KHA (Venid a mí), CABALLERO!- grité de nuevo, y una vez más, restregándome los ojos, tratando con las manos de quitar la humareda de polvo y tierra, mientras el agua se colaba con mayor aplomo tras las grietas, inundando todo hasta los pies. Anduve unos pasos, sintiendo la ropa pesada, hasta que la lanza salió de la nada, interceptada por un arma que no supe de dónde venía. -GRASH KHA!!- insistí, de nuevo, gritando con todas las fuerzas que me quedaban. ¿Dónde estaba?

Moviendo los brazos frenéticos hacia la nada, mientras desde atrás una fuerza gigantesca hacía estremecer las piedras, fue el preludio a una muerte por ahogamiento. El agua se coló por todos lados y apenas como atrapé entre mis dedos una mano que, de inmediato, reconocí como la de él, la fuerza del agua nos arrastró, junto con todos los que estábamos allí, inundando el reciento, ahogándonos por la fuerza con la que el estanque superior se vaciaba en dirección interna hacia las mazmorras.

Con los ojos entreabiertos, tratando de mantenerme a flote, vi la fuente de aquella inundación. Desde la Cámara sagrada una figura colosal, de escamas oscuras y aliento verdoso; emergió haciendo ceder las columnas por su gigantesco cuerpo y con un rugido profundo que terminó de hacer ceder las paredes y los techos de piedra, amenazando con dejar caer el peso de la montaña sobre nosotros, dejándonos indefensos ante la fuerza del estanque central, un gran pozo hídrico que se alzaba por kilómetros sobre nosotros.

La piedra finalmente había cedido. Quebrada, casi explotando por la presión del líquido vital, el agua corrió libre, tempestuosa, llevándose a aliados y enemigos por igual, lavando las mazmorras pútridas de la Orden, sumergiéndonos entre su caudal poderoso.

Yo… Yo apenas podía respirar, colándose por la nariz y la boca, no daba tregua, ni siquiera para pedir ayuda. Al sentir las superficies ásperas de la roca, traté de asirme a lo que fuera, pero resultó imposible. No era lo suficientemente fuerte como para hacer contrapeso a la corriente. Me impedía ver… sólo oía agua, agua y más agua.

Nos hunde, nos envuelve. No respiro… no… no puedo…  yo… yo…

--//--


El mundo se detuvo. La nada, una sin color o luz pero definida en un algo que es imposible de nombrar, estaba allí, cerrándonos el paso, manteniéndonos cautivos. Se podría decir que estaba sola, pero no. Echada sobre un mundo ausente, supe con el primer movimiento de los músculos que me hacían compañía. Y es que, agarrada casi con fiereza, enterrando las uñas en la carne por todo lo acontecido, estaba mi mano apretando la del caballero. Sin embargo, me fue difícil saber en un primer momento que era él. Yo, cobarde como me reconocía ya, no había sido capaz de alzar la cara para ver de quién yacía a mi lado hasta estar segura de querer darle la cara.

Cualquiera que lo conociera sabría que no hay dos como él. Su carne, su piel, diferente a la de cualquiera, podría ser un rasgo distintivo que, con solo tocarle, se le reconoce. Dura y añeja, su carne podría caerse a pedazos si tan solo se le imprimiera más fuerza. Era un leproso entre los leprosos, un maldito de los dioses, entre todos los demonios de Ghadrakha. Así era a mis ojos el prisionero de la fortaleza.

Sin embargo, su condición no resultaba una sorpresa, adivinada de facto en medio de la contienda contra los hombres de la Orden. Un no-muerto, un reanimado. Su estado deplorable solo podía despertar la compasión, y en otros el asco. Sin embargo, allí, saliendo ambos del letargo de la inconsciencia, tratando de adivinar el lugar y la compañía, reparé en que el frío mortuorio que expelía, ya no surtía el mismo efecto, dejándolo desahuciado de un compañero más fiel que sus gusanos. Y es que, para mi sorpresa, el hombre podrido que varias veces me obligó a voltear el rostro para no arquear de nauseas, no estaba allí. Sano, en el apogeo de una fuerza experimentada que surca entre los 40 y los 55 años humanos, los ojos del caballero lo repasaban todo, quizás aún sin darse cuenta que él ya no era el mismo de antes.

Esa mano que yo apretaba, nunca hubiese podido ayudar a adivinar de quién pertenecía. Callosa en las palmas, de piel firme en todo su ancho, pude atribuirla a cualquiera menos al leproso de las mazmorras.  Sin embargo, al alzar la mirada, aquel rostro renacido guardaba la impronta del ser que me había protegido.

-¿Estáis bien?- le dije en una lengua que no era la de siempre, pero tampoco alguna conocida. Un idioma universal, uno sin palabras ni verbos.

Lo miré extrañada. ¿Qué se podía adivinar del ser que me devolvía la mirada? Nada.

-No creo que estemos muertos…- aclaré, como si de alguna manera se necesitara la confirmación para que aquello fuera verdad. De inmediato reparé en que aún sostenía su mano, y la solté sin más: -Lo siento… ¿dónde estamos? ¿Qué pasó?

Apenas si lo oí responder, porque en ese segundo que lo hiciera de nuevo la fuerza de una corriente ajena me tomó de los trajes, y casi como un puño en el estómago, me trajo de vuelta a la realidad, respirando en medio de una noche estrellada, mientras a la distancia, se veía el humo desatado en una montaña distante, con forma de castillo, golpeada por el mar. Al frente, Milk me observaba, rascándose la barba, quizás pescando sus propios piojos.

-Kush ne thak? (¿Qué pasó?)

-Lo que debía pasar….-respondió de tajo, distraído.

-Y… ¿el caballero?

-También le pasó lo que debía pasar…

Aquella indiferencia sólo daba pie a más preguntas, como si en vez de apaciguar la curiosidad le sirviera de fuego para quemar. Miré a todos lados, el mar a la izquierda, se veía tormentoso, asustándome con el recuerdo de esa sensación de ahogamiento; a la derecha una amplia llanura se extendía, mientras nosotros en medio de un camino, teníamos la montaña en forma de castillo hacia el sur y un sendero plano hacia el norte.

Callé, sabiendo que no todas las dudas me serían respuestas. El viejo ladeaba de vez en cuando la cabeza y luego volvía a ensimismarse, esperando.

-¿Qué debo hacer?- finalmente pregunté luego de varios minutos de silencio.

-Huir. Sigue el camino y llega a Valashia. En el camino obtendrás respuestas.

-¿Puedo quedarme contigo?

No buscaba ser suplicante, pero al mirar de nuevo alrededor, la tierra de pronto parecía tragarme.

-Tendrás que vértelas sola, niña de ojos de amatista, aprender del mundo, de sus encantos y sus engaños. Conocer la libertad pues su cara contraria, la esclavitud, ya te dejó su impronta. Y luego, quizás, cuando paso a paso te arrastres por la tierra, nos volveremos a encontrar.

-Y… ¿cómo cuándo será eso?- inquirí aún en esa lengua vulgar ante las palabras enigmáticas del anciano, con la cabeza gacha y la obediencia tallada en el rostro. Aquel viejo, aunque en apariencia débil sino cómica, con ese nombre ridículo que había esgrimido desde el comienzo, a puño y cabeza se había ganado mi respeto, así como mi gratitud.

-Cuando te hagas las preguntas correctas, Amethist. Pero ahora, eres libre para trasgredir tus opciones, impulsarte en el horizonte y… quién sabe… quizás hacerte con el mundo, pues a fin de cuentas, aún sigue siendo tierra de nadie.

Hablamos un tanto más, apenas lo necesario. Al final, dio media vuelta y se fue en dirección contraria hacia la que me había señalado. En mis manos aún reposaban el arco, el carcaj y la daga, así como una bolsa, que luego descubriría llena de kulls de bronce. El estoque endeble que terminara en manos del caballero, ya no se encontraba allí. En vez de eso era otro, con una hoja tan oxidada como la anterior, pero unas inscripciones en su mango que me resultaron conocidas, sino peculiares. Sin duda, y aunque los ojos parecían no engañarme, aquellas eran de nuevo las armas que me diera en la fortaleza. Respiré profundo mientras observaba su figura encorvada y me sentí sola, como si fuera el único habitante del mundo.

Acomodé las armas, dejando de últimas la daga. Una dulce tonada vibró en el subconsciente diciendo "Tengo hambre", y aunque inquietante, supe que tenía razón.

“Sí, yo también tengo hambre”, asentí, sin despegar la mirada de la sombra del viejo desdibujándose en el horizonte oscuro plagado de estrellas.
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Amethist

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Re: Escape y fuga

Mensaje por Darkeray el Mar Sep 27, 2016 12:02 am

Cascos de luz, armadura de fuego,
crin de Sol, armas de alba,
raudo marchar,
ellos ajustician, y yo me echo a temblar,
los cascos se aproximan.

Cerrad puertas, rezad,
yo escondo a mi mujer,
los niños al armario,
en la leva no los quiero ver.

Se acercan, los soldados de la Fe.
Que teman los pecadores,
y los que no lo son,
también.

Anónimo
Cantiga popular Ujesh-Varsha



------------------X------------------


La pequeña llama de la vela flameó suavemente ante las caricias del viento, aquel que se colaba entre las grietas de los sillares primigenios de la fortaleza, amenazando por unos leves segundos con apagarse. El anciano que se acurrucaba bajo su luz gruñó por un instante, temeroso de tener que quedarse a oscuras otra vez, sin embargo, la llama se sobrepuso. Con un leve asentimiento prosiguió en su tarea, la mesa del scriptorium crujió levemente mientras se revolvía una vez más, intentando aliviar el dolor de espalda que hacía horas había empezado a acusar en sus desgastados huesos.

La estancia observaba la labor con solemnidad, testigo silencioso y discreto de los horrores que allí dentro se traducían a una lengua humana, aquella que permitía asomarse al Abismo desde la seguridad de una balconada o una cuerda bien amarrada, y no desde la prolijidad y riesgo para la cordura que era el dialecto primigenio grabado en aquellas páginas antediluvianas, desgastadas y manchadas por el tiempo, destrozadas por el agua del mar y los dientes de una extraña criatura de los fondos húmedos y abisales.

El anciano depositó la pluma en el tintero y miró a su derecha, el pequeño ventanuco de su habitación dejaba entrar un tímido haz de luz anaranjado, por hoy había terminado, se frotó los ojos, cada vez le escocían más, las ojeras y la palidez habrían aumentado con toda seguridad, y su mente amenazaba con grietas y fracturas más y más largas y anchas. Faltaba ya muy poco, y sin embargo aquel último trecho podría matarlo si seguía traduciendo aquel códice de pesadilla.

No quiso pensar más en ello. Se acercó al viejo armario y lo abrió, extrajo una tina y una toalla, recogió el ánfora de agua que habían dejado en la puerta y se lavó manos y cara, luego se fue al jergón, deseoso de dar un breve descanso a sus huesos, pero en cuanto cerró los ojos lo acosaron de nuevo aquellas pesadillas, unos seres retorcidos e innombrables, deformes y monstruosos, inalcanzables para la capacidad descriptiva de las razas mortales hacían crecer sus largas extremidades por la superficie de su visión, como si fueran perniciosas raíces, consumiendo la luz y la pureza, la cordura misma. El anciano gimió en su cama, podía notar un peso en el pecho, una desazón inconsolable, un miedo primario, animalesco, de presa frente a su depredador.

El anciano se despertó entre sudores, se incorporó al instante y exploró la estancia, seguro de que encontraría alguna criatura observándolo en una esquina, pero no, todo estaba a oscuras, serían altas horas de la noche. Encendió una vela y se acercó al escritorio, el códice seguía allí, impasible, inocente casi, y sin embargo aquel anciano sólo podía sentir repulsión hacia cada una de las páginas que lo componían, deseoso de dejar caer la vela sobre la cubierta y que se consumiese todo el tomo. Una voz suave susurró a su espalda:

-¿Problemas para dormir Erasmo?

El anciano abrió los ojos como platos y se dio la vuelta asustado, la inquisidora Maara, sentada, lo observaba con un cariño casi maternal, sus ropajes estaban tan blancos como siempre, parecían iluminar la estancia, ¿Había estado allí todo el tiempo?

-Me temo que sí excelentísima inquisidora -contestó pesumbroso el anciano-

La dama se incorporó y se acercó a él en unos pocos pasos, livianos como el mismo viento, le puso una mano en el hombro, y casi al instante todos los males comenzaron a desaparecer, cualquier mínimo rastro de preocupación dejó de tener importancia:

-Gritabais en sueños... -le susurró Maara- Parecíais sufrir mucho, ¿Qué os ocurre Erasmo? -frunció el ceño- Hay algo en vuestro espíritu que se resiste a mi magia.

-Excelentísima inquisidora -comenzó a decir el anciano-

-Erasmo, -le interrumpió- Podéis llamarme Maara...

-Maara... -susurró- Estoy tan cerca de poner punto final a esta traducción endemoniada -señaló el códice con un gesto de la mano- Y sin embargo no estoy seguro de que pueda lograrlo sin caer en la locura... O algo peor...

La inquisidora retiró la mano del hombro y se fue hacia la ventana, parecía mirar las estrellas, trazando viejas constelaciones, quizá nuevas:

-¿A qué os referís? -preguntó mientras se llevaba las manos a la espalda-

El anciano vaciló por un momento, mentir era pecado, pero las consecuencias por manifestar lo que tenía en mente también, prefirió ser sincero, demasiado se hablaba de las extraordinarias capacidades de aquella mujer como para tomarlas como falsas:

-Este códice... -susurró el anciano- Este códice no se parece a nada de lo que en mi vasta experiencia haya conocido. Los textos profanos que han pasado por mis manos, en su mayoría, son meras justificaciones del culto pagano en cuestión, argumentos y teorías de sus orígenes, quizá la descripción de algún mito, en algunos casos incluso se ofrece una interesante reflexión de algún tema filosófico...

La mujer se giró hacia el anciano y le dedicó una mirada hastiada antes de volver a su vigilia estelar:

-Id al punto, Erasmo

El anciano inspiró hondo, notaba el sudor manar en su frente arrugada, sentía el pecho pesado, le costaba respirar:

-Este códice -se acercó al escritorio una vez más y comenzó a pasar páginas del libro al azar- Este códice no es un mero escrito de algún hereje indefinido, su naturaleza es inquietante, casi me atrevo a decir que no es de este mundo...

La inquisidora se apartó de la ventana y se acercó a él mientras decía:

-Los demonios ciertamente no son de este mundo...

-¡No hablo de eso Maara! -interrumpió Erasmo antes de arrepentirse por ello- Quiero decir... Alude a algo que... ¡Que ni siquiera puedo describir con palabras! -cerró el libro y se fue hacia su cama para sentarse- Me hace temer que los demonios no son más que una mera mota de oscuridad en comparación con lo que puede existir más allá.

La dama abrió el libro y ojeó las gráficas iluminaciones que lo decoraban, nunca había visto seres de aquel aspecto tan amorfo y desconocido, nunca, ni siquiera entre los primeros demonios que se atrevieron a cruzar las puertas del Foso, su mente rellenó los huecos con sus propios miedos, dándoles el aspecto más hórrido que podía concebir, negó con la cabeza y cerró los ojos mientras murmuraba unos rezos. Al cabo preguntó:

-Erasmo... ¿Podréis acabar la tarea?

El anciano se levantó de la cama y se paseó unos minutos, reflexionando su respuesta, luego se acercó a la ventana para mirar a las estrellas:

-Inquisidora Maara... Realmente no lo sé... Querría consolaros diciendo que sí... Pero me temo que este pobre viejo no sobrevivirá plenamente cuerdo al viaje... Ni siquiera podría aseguraros que llegue al destino... -el escribano tomó aire y dejó escapar un suspiro- A veces olvido las vistas tan bellas que ofrece esta fortaleza... Me hacen recordar que la obra de Luminaris es bella, y me devuelven aunque sea por segundos, la esperanza...

La inquisidora se unió al anciano y susurró:

-Y sin embargo la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo...

-Y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido -siguió el escribano- Veo que las enseñanzas de mi tatarabuelo os fueron provechosas...

La inquisidora esbozó una leve sonrisa y le cogió la mano al anciano:

-Así es... Erasmo, así es...

Ambos se quedaron un tiempo allí, observando el cielo nocturno, en silencio, dejando que los fríos vientos del norte empujaran las neblinas de la montaña en su errático viaje. El anciano veía en aquellas formas vaporosas a las criaturas, se sentía débil y pequeño, una hormiga recorriendo Mashamba Milele, y cada vez que una nube le sugería un horror de otro mundo, reflexionaba sobre lo que había más allá de las estrellas, lejos, en otros lugares de aquel cielo negro, observándoles con atención o ignorándolos como seres menores. El Gran Sol rojo comenzó a bañar en un violeta el tejido de la noche:

-Esforzaos cuanto podáis sabio Erasmo -dijo la mujer rompiendo el silencio- La Orden os necesita, ese tomo puede ser de vital importancia para saber de peligros peores que los demonios

-No creo estar preparado Maara -contestó el anciano sin apartar la mirada del alba- De verdad que no lo creo, temo por nosotros, por aquello que no podemos ver en nuestra propia ignorancia. ¿Quién sabe los secretos que el mundo nos evita para no acabar horrorizados? ¿Qué revelaciones perniciosas podrían desencadenar este libro? Recordad lo que le ocurrió a Merfeiller...

La inquisidora no pareció reaccionar a las palabras del anciano, simplemente se giró hacia él y rebuscó en su larga y nívea túnica, por un momento se marcó el busto y un escultural cuerpo que celosamente guardaban las telas, el anciano ignoró todo aquello, la vida ascética lo había insensibilizado para siempre. Un pequeño frasco de cristal apareció en la mano de la mujer, lo hizo bailar un par de segundos entre sus manos,el líquido de su interior acompañó perezoso el movimiento, luego la dama le devolvió la mirada:

-Entonces -susurró casi con tristeza- Sabéis lo que debéis hacer... Nadie puede saber de este libro, ni siquiera vos mismo, Erasmo...

El anciano extendió la mano para recoger el frasco, cicuta, era el precio a pagar por saber demasiado, un castigo para aquellos que en la Orden dedicaban su vida a saberes prohibidos, jamás se rebelarían contra la Orden, era una obligación, un deber, un contrato por explorar lo que nadie debería saber.

-Muy bien... -susurró el anciano con una leve sonrisa- Designaré a mi sustituto y finalizaré mis asuntos, espero estar listo para el paso en dos días, tres como mucho -la miró por un segundo- Sin embargo, el libro deberá transportarse al monasterio, donde están la mayoría de mis alumnos.

La inquisidora asintió con solemnidad:

-Muy bien, viajaréis escoltado hasta allí, y una vez cumpláis con la entrega, consumaréis el voto

Y se alejó en dirección a la puerta, en sus ojos flameaba un ápice de tristeza, quizá fuera una ilusión:

-Un placer haberos conocido Erasmo, -dijo la inquisidora en un tono neutro- Saludad a vuestra familia de mi parte.

Acto seguido, abandonó la estancia sin dar tiempo a más conversación, el anciano la conocía, era su modo de huir de los sentimientos, lo único que la atenazaba al mundo humano, el rastro de imperfección que había perdurado a cientos de años de vida, y él se creía viejo y cascarrabias, por un momento pensó en sí mismo como un mero quejumbroso que poco conocía de la vida.

Se acercó a la cama y se tumbó una vez más, necesitaba recuperar el sueño perdido, luego hablaría con uno de sus antiguos aprendices, cualquiera en realidad se interesaría por algo que había abandonado su agotado tutor, pobres inocentes, una vida de conocimientos para acabar muertos, ellos lo tenían aceptado, eran jóvenes, para ello faltaba mucho tiempo, y sin embargo que rápido se le habían pasado a él los años, evocó otra bucólica existencia, quizá en el campo como un simple agricultor, hubiera tenido un ganado, si todo salía bien, o puede que un médico, la idea de curar gente y recibir su gratitud sonaba bien.

El anciano cerró los ojos y dejó escapar una lágrima, al final había vivido su vida, y de eso no tenía queja, y ante la perspectiva de seguir traduciendo aquel libro, las Parca se presentaba como una vieja y apacible conocida, una que regresaba para jugar otra partida de ajedrez y reír a las orillas de una playa. Aquellos horribles sueños acudieron una vez más, y sin embargo sólo le observaron, sin hacer nada, conscientes de que ya no necesitaban perturbarlo, al fin y al cabo, se habían cobrado la vida de aquel hombre, solo faltaba esperar, pues su decisión y su muerte ya era un hecho en el tejido de la historia, una guillotina presta a caer implacable.


-------------------X------------------


El mundo regresó a su mente primero con sonidos, siguieron los olores, y por último, visiones, el Caballero se encontraba tumbado en el suelo, estaba anocheciendo, el cielo ondeaba en colores anaranjados. La cabeza le estallaba, ¿Qué demonios había pasado? Recordaba estar combatiendo contra el Maestre, a la joven Amethist gritándole, grandes destellos verdosos, una explosión que borró del mapa al traidor de sus libertadores... Y luego nada, sólo sueños, alucinaciones tal vez, la imagen de una anciana de cabellos níveos y rostro fuerte lo asaltaba, aquella mujer le sonaba de algo, la había visto en alguna parte, y sin embargo su mente no quería dar más de sí, se limitaba a recordarle el dolor de cabeza.

Darkeray se apoyó en los antebrazos e intentó incorporarse, por lo menos parecía estar entero, y por algún extraño motivo la columna parecía haberse recuperado, podría haberse sorprendido, pero hacía unas escasas... ¿Horas? Lo habían rescatado de la muerte, ya nada parecía ser peculiar. Sus piernas lo sostuvieron, a lo lejos humeaba la fortaleza... Estaba fuera, lo había conseguido, era libre,  no entendía cómo, pero así era, las tierras de Ujesh-Varsha le tendían el camino para huir, y la posibilidad resultaba tremendamente atractiva ¿Pero donde estaba Amethist? ¿Y el resto? ¿Lo habrían conseguido?

Miró a su alrededor en busca de cualquier indicio de ellos, nada, él y su soledad haciéndole compañía, tenía que encontrarlos, necesitaba confirmar como mínimo, si estaban muertos, su conciencia no le dejaría en paz si los abandonaba sin más.

Decidido, echó a andar hacia la fortaleza, que seguía escupiendo un denso humo negro y verdoso; al Caballero le consoló que, por lo menos, la Orden había sufrido serios daños en uno de sus centros neurálgicos, eso les daría tiempo para huir mientras se recuperaban, él tendría que volver a Ciudad Esmeralda, allí le esperaba Muerte, depositario de sus posesiones, a partir de ahí trazaría un plan, quizá se escondería en Physis durante unos días como ya había hecho varias veces, pero no parecía sensato, estaba demasiado cerca de la frontera con Ujesh Varsha, ¿Tendría entonces que irse hasta los glaciares? ¿O bastaría con llegar a los Montes Keybak? Allí quizá se encontraría con Ruisu o con Huli, si aún estaban allí...

En la lejanía apareció una pequeña cabaña, una posada de paso con toda seguridad, donde descansar los pies y conseguir caballos de refresco, hipótesis que cobraba aún más fuerza si se tenía en cuenta la distancia que aún lo separaba de la fortaleza. No parecía haber nadie, ni voces ni luces, Darkeray se acercó con cautela y echó un vistazo por la ventana, la imagen que se ofreció fue dantesca, pues cadáveres sanguinolentos se repartían por todo el suelo y las mesas, algunos sólo eran un saco de carne sin extremidades; el Caballero respiró hondo y escrutó cualquier pista del atacante, si seguía allí no quería encontrarse con él.

En la penumbra sólo se adivinaban más cadáveres, incluso había el de un perro, la posada casi parecía pertenecer a la Orden con la cantidad de fallecidos que portaban la armadura reglamentaria. El Caballero siguió escrutando la estancia por todas las ventanas, todo parecía indicar que el autor de la masacre se había ido, así que se atrevió a entrar, no fue demasiado difícil, la puerta estaba colgaba de una de las bisagras, los arañazos eran de dentro a fuera, quizá el perro había intentado huir, pero los zarpazos eran de oso, o incluso de algo más grande. Ahora el responsable se perfilaba como una criatura animalesca.

Darkeray dio un par de temerosos pasos al interior, el olor a sangre y a podredumbre lo alcanzó, definitivamente aquella matanza tenía la marca de una animal salvaje, no de un frío asesino. Un leve movimiento en la escalera lo hizo ponerse en tensión, uno de los cadáveres se movía, el Caballero echó mano del estoque oxidado y se acercó con cautela, el responsable de su sobresalto era un soldado que aún respiraba costosamente, una enorme y torpe abertura atravesaba su pecho, revelando unos destrozados pulmones, era casi un milagro que aún no hubiese muerto, lo más probable era que la magia estuviese actuando en aquel moribundo:

-Monstruo... -susurró entre toses que expulsaban sangre- El códice...

-Reservad fuerzas -dijo Darkeray- Os harán falta para manteneros vivos

El soldado abrió los párpados, sus ojos brillaban un horror inconmensurable, no pareció sorprenderse de que un cadáver le estuviese hablando:

-Ma... Matad...Me... Por favor...

El Caballero cerró los ojos por un momento, no podía hacer nada por aquel hombre, y aunque pudiera, pertenecía al enemigo, no merecía su ayuda, no después de todo lo que le habían hecho, si hubiese estado en condiciones, seguramente lo atacaría con rabia. Respiró hondo, por su cabeza bailaron imágenes de campesinos y artesanos de leva, arrancados de su hogar para luchar por una Fe en la que ni siquiera creían, quizá aquel soldado que tenía delante fuera igual, un hombre cualquiera que buscó una mejor vida en el servicio militar, él mismo había hecho lo mismo hacía tantos años, no luchaba por el Imperio, o eso creía, y aún así cumplió... Quizá aquel hombre fuese otra víctima...

Se impulsó hacia arriba para levantarse, fuera o no lo fuera, se apiadaría de él, así que buscó una daga, pero lo único que apareció fue un cuchillo de caza, suficiente. Introdujo la mano por la herida del soldado y presionó el corazón, poco a poco dejó de respirar, perdiendo el color que aún conservaba. Darkeray observó como se apagaba aquel hombre en silencio, nunca se acostumbraba a la cercanía del asesinato, la batalla y su fervor era mucho menos dolorosa. Cuando el hombre exhaló su último aliento extrajo el brazo, un barniz rojo cubría por completo su mano.

Se incorporó y revisó el lugar, necesitaba algo con lo que limpiarse la sangre, un tabardo rasgado de un cuerpo al azar cumplió de sobra. Ahora sólo necesitaba ropa que pudiese ocultar su aspecto, no podía moverse por el continente revelando su aspecto. Inspeccionó atentamente los cadáveres, todos iban con armaduras, y la mayoría estaban destrozadas o ensangrentadas, llamaría demasiado la atención, tampoco le gustaba la idea de vestirse con las ropas de la Orden.

Finalmente lo encontró, un monje que estaba en una esquina y que portaba una toga parda que apenas había sufrido daños. Por la posición del resto de cadáveres, había estado rodeado de soldados, lo más probable es que lo estuvieran protegiendo de lo que fuese que atacó a los presentes. Darkeray tiró del atuendo, revelando fragmentos de un cuerpo anciano y cadavérico, en su boca las moscas se alimentaban del vómito, sus párpados estaban abiertos, las pupilas, dilatadas:

-Envenenado... -susurró el Caballero-

Le cerró los ojos y lo desvistió por completo, un libro cayó al suelo desde lo pliegues de la ropa con un estruendo. Darkeray se sobresaltó por un momento, luego soltó una leve carcajada, ahora le asustaban los libros. Se agachó para recogerlo y leer el título: “Códice C'thashs-lhug: Traducción por Erasmo de Thonomer”

El Caballero hizo memoria e intentó situar al autor o a la obra, ninguna le sonaba ni lo más mínimo, también habían pasado varios siglos, su biblioteca estaba muy desactualizada, ¿Sería ese el libro al que se refería el soldado? Miró por un momento a las escaleras, y decidió guardarse el tomo, le echaría un vistazo después, cuando no estuviese en un punto que recibiría la visita de la Orden. Consiguió un pequeño saco de cuero, guardó el libro, el estoque y su ropa de prisionero, la quemaría después en alguna parte, dejar rastros de donde había estado no era para nada sensato, con su suerte, incluso lo acusarían de la masacre.

Preparado para salir, se remangó la túnica de monje y partió una lanza para convertirla en un cayado, a partir de ahora sería un eremita en peregrinación a Ciudad Esmeralda por curación, quizá esta vez funcionara, y no como en el Ardent, pero lo primero era lo primero:

-Busquemos a la señorita Amethist -se susurró-


-------------------X------------------


La fortaleza, se recortaba en el horizonte, más y más con cada paso que daba, su búsqueda de Amethist le estaba resultando muy incómoda, pues muy pocas veces el liberto vuelve hacia sus captores. El humo continuaba saliendo del la montaña, parecía un volcán a punto de escupir los peores males sobre aquellos que se atreviesen a estar cerca, en cada bocanada se recortaban siluetas brillantes, las estrellas parecían competir para no ser ahogadas por la densa capa que intentaba cubrirlas. Aquel espectáculo le recordaba demasiado a los edificios que ardían en un asedio, tantos inocentes que sólo querían seguir con sus vidas bajo cualquier dominio, calcinados sin miramientos en sus propios edificios.

Darkeray sacudió la cabeza e intentó desviar la atención de aquel monolito de la Orden, sólo se le ocurrió reflexionar sobre lo ocurrido, algo en él había cambiado, estaba seguro, pero no sabía especificar el qué, por un lado había visto el rasgo más turbio de una religión a la que había secundado, al menos indirectamente, ni siquiera cuando se descubrió quién era pareció importarles. Les había servido Remint Dur da Lack en bandeja hacía unos cuantos siglos, hacía negociado la neutralidad de Dhistao, masacrado a rebeldes en los desiertos de Akdhar, y muchas otras cosas horribles más, todo por complacerles... ¿Y para qué? Para ser sólo un monstruo al que destruir, como todos los demás, para ser ignorado y sin ningún tipo de consideración hacia su familia, aquellas promesas de protección... De privilegios, concesiones... ¿Donde estaban ahora? Sólo quedaba una vieja mansión abandonada, un apellido vacío y un no-muerto sin ganas de vivir...

La rabia hirvió por un momento en su pecho antes de que la cortase, no podía ponerse así, no porque no quisiese, tenía que ser realista, ahora lo único que debía preocuparle era no dar alas al Bufón, el cual por cierto permanecía callado, demasiado callado, podía notar su presencia, seguía ahí, diciendo cosas inaudibles de vez en cuando, por algún motivo desconocido había sido silenciado, quizá los poderes de la Orden habían hecho algún bien, o puede que realmente estuviese aprendiendo a controlarlo, pero le parecía muy improbable, estaba muy lejos de conseguirlo, aunque agradecía el descanso, si hubiese seguido creciendo en fuerza como en el Ardent... No podía, no quería imaginárselo, con un descontrol en Thonomer había tenido suficiente.

Cambió su dirección, rodearía la ubicación de la fortaleza por el oeste y se acercaría poco a poco, sondeando bien el lugar, Amethist tenía que estar en alguna parte... Aquella mujer no podía haber fallecido sin más, una parte de él le decía que su huida instantánea tenía algo que ver con ella, y si necesitaba ayuda él tenía que estar allí.

Darkeray no entendía aún porqué se preocupaba tanto por ella, era fuerte, lo había demostrado a lo largo de toda la fuga, no era una niña, de hecho a su lado, el Caballero se sentía como un ratón asustado, si por él hubiera sido, habrían aceptado la condena e incluso la muerte. No en vano había prácticamente renunciado a escapar hasta que aparecieron aquellos hombres y mujeres, había dado por perdida la batalla contra los caballeros de niebla sin apenas luchar, creyó dar valientemente su vida para proteger a Amethist, dejándola a merced de un fanático loco... No, Amethist no era débil, débil era él por no saber mirar hacia adelante y luchar por sobrevivir... Pero hacía tanto tiempo que había dejado de intentar engañarse... Vagaría eternamente como un cadáver en pena, condenado a ver a cualquiera que apreciase levemente a morir, a ver a su antiguo hogar destruido, a su país caer...

Se detuvo unos segundos, el pecho le pesaba como una piedra, no quería pensar en eso, enfrentarse a sus problemas era demasiado duro, por eso los había evitado siempre, era mejor ser una hierba que se dejaba acunar por el viento, y no una férrea montaña inamovible, era la mejor manera de no romperse: Adaptarse y agachar la cabeza. La religión, el honor, incluso los propios ideales, solo son creaciones finitas de una generación, algo que está ahí para darte un motivo por el que seguir hacia adelante y quizá morir... El Caballero reanudó su andar, pronto vendrían los caballeros de la Orden.

Pasó al menos una hora recorriendo a oscuras aquellos terrenos, el mar y sus brumas comenzaban a enfriar el lugar, y los animales nocturnos hacía tiempo que se habían desperezado. Unos pasos lejanos interrumpieron el sonido de unos grillos, alguien se acercaba. Darkeray se envaró, no veía nada, hacía tiempo que había dejado de ver con claridad, casi se quiso culpar por su propia estupidez, ¿Cómo iba a encontrar a alguien si ni siquiera sabía por donde iba?

Escrutó en las tinieblas algún escondite, había un pequeño montículo cerca, podría mirar desde lejos. Se levantó la toga de monje y corrió lo más en silencio que pudo, la pendiente lo recibió imponente, el Caballero arrojó el saco entre las raíces de un árbol cercano y comenzó a subirla, los pasos parecían estar más cerca, no estaba seguro, pero para cuando llegó a la cima, confirmó que efectivamente, así era.

Una piedra caballera en su perfecto equilibro le ofreció un buen escondite desde el que observar, así que se apoyó en ella y guardó silencio, unos leves brillos blancos delataron la posición del caminante, por un momento Darkeray creyó que era la inquisidora de lechosos ropajes, pero pronto se corrigió y la reconoció, Amethist se alejaba de la fortaleza en dirección a un destino desconocido para él, parecía estar bien, su arco colgaba a sus espaldas por la cuerda.

El Caballero se asomó y dio un par de pasos, descendiendo por la pendiente, pero se detuvo al recordar lo sucedido tras el Ardent: Lo seguirían hasta donde fuese, y quien estuviese con él estaría condenado. Aquella joven se merecía algo mejor que volver a la prisión por su culpa. Cerró los ojos y se dejó caer sobre sus posaderas,  la muchacha se alejó más y más, volviéndose un leve movimiento en la penumbra, los grillos pronto reanudaron su canto.

Aguardó unos minutos más en silencio, las estrellas le ofrecían compañía en aquel solitario y perdido montículo. Cuando consideró que Amethist estaría lo suficientemente lejos, se incorporó y recogió sus cosas, aquella mujer estaría bien, estaba convencido, después de todo lo había revivido, había sido el blanco del Gran Maestre, lo cual era peligroso, sí, pero también revelaba un miedo hacia ella.

Amethist... En alguna lengua que vagamente recordaba significaba amatista... Y ella encajaba muy bien en esa descripción, una joya misteriosa y de gran valor, aunque ahora quizá estuviese en bruto, esperando a ser pulida para dar lo mejor de sí. Darkeray respiró hondo, aquella mujer había trastocado muchas cosas en él, ni siquiera estaba seguro de cuales, sería cuestión de descubrirlas poco a poco, era todo muy confuso, casi juraría sentir algo por aquella mujer pero lo descartó al instante como imposible.

Echó una mirada por encima de su hombro, el saco dejaba asomar la retorcida punta del oxidado estoque, meditó un momento sobre él antes de decidir sacarlo, junto a la túnica de arpillera. Subió a la cima del montículo una vez más. Allí clavo el estoque, se torcía levemente a la izquierda, en su filo atravesó los retales que lo habían vestido en los calabozos. Contempló aquel extraño estandarte por largos minutos, luego susurró:

-Aquí os dejo Darkeray, vuestro encierro físico y espiritual se ha terminado, no volveréis a ver Ujesh-Varsha durante largo tiempo, y vuestra muerte permitirá la búsqueda de un sentido a quien os deja atrás, pues los largos siglos de errar han de enderezar su sendero.

Y echándose el saco al hombro de nuevo, descendió por la ladera contraria del montículo y puso rumbo al este, tenía que llegar a Ciudad Esmeralda y recuperar a Muerte, esconderse un tiempo, y a partir de ahí... Decidir lo que hacer, necesitaba algo más que la autocompasión y el desplazamiento errático, y deseó que el peregrinaje que iba a realizar durante varias semanas le diese tiempo para pensar en ese destino, el que marcaría lo que hacer a partir de ahora... Pronto amanecería, y la luz despertaría a sus perseguidores, quizá la fortaleza semiderruida ralentizaría los preparativos, pero acabarían por iniciar la cacería, y para entonces él tenía que estar lejos, muy lejos.

Miró al horizonte, y echó a andar, apoyándose en el cayado, un nuevo viaje daba comienzo...
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