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Corderos con piel de oro

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Corderos con piel de oro

Mensaje por Sibbald Kaba el Dom Sep 20, 2015 7:38 pm

.-Corderos con piel de oro-.



Plap, plap, plap...

Las pezuñas de Priya martilleaban sobre el barro con ritmo cansado. La lluvia había estado azotándoles a su paso por la planicie con la pasión de un acreedor, y sus ánimos estaban literalmente a la altura del lodo. Debían de faltar unas horas para el anochecer, pero el sol había desaparecido del cielo hacía ya mucho.

-Ya casi hemos llegado, aguanta... -quiso animar a la camella acariciándole el cuello. El animal dejó escapar un berrido como respuesta.

No hay nada peor para el viajero que una lluvia inoportuna. Los arboles en la linde del camino no eran lo bastante numerosos ni voluminosos para ofrecerles cobijo, y todo lo que tenían delante era un largo camino cubierto de barro.

Bumeri no quedaba ya muy lejos. Aunque no entraba en sus planes detenerse en aquella pequeña ciudad, la persistente tormenta lo había cambiado todo, y si uno de los dos caía enfermo a mitad de camino las cosas podrían ponerse muy feas. Además, el turismo siempre era una soplo de aire de fresco, y unos días de descanso les podrían venir bien, pensó Sib.

¡...!

Su montura se sobresaltó de repente, apoyando el cuerpo sobre sus cuartos traseros como para defenderse de un depredador y agitando la cabeza de un lado a otro, aterrorizada . Sib sujetó fuertemente las riendas con una mano para evitar que el animal se desbocara, la otra asegurando los amarres de la mercancía.

El fugaz resplandor de los relámpagos dio paso al canto de los cañones.

-¡Tranquila Priya!, ¡cht, cht, cht! -el sonido de la lengua de su amo lanzando chasquidos parecía funcionar como una nana tranquilizadora, un pequeño truco que había aprendido desde que la compró en su tierra natal.

La tímida compañera de Sib se relajó, y poco a poco puso las patas en el suelo, suspirando aún temblorosa. Desde las alturas el mercader había podido ver la entrada a la ciudad no muy lejos, por fin iban a poder descansar y calentarse un poco. Sin embargo, no fue alivio lo que asomó en el rostro del comerciante, sino sorpresa y curiosidad. Algo más había llamado su atención. Frente a los pequeños muros de Bumeri había una enorme masa oscura, esparcida por todo el llano que rodeaba la entrada, como una numerosa manada de lobos acechando un rebaño.

Al acercarse pudo distinguir de que se trataba, y la sorpresa fue incluso mayor. Debía de haber unas veinte o treinta caravanas de viajeros allí acampadas a la intemperie; varias lonas levantadas para guarecer a los caballos de la lluvia, tiendas de tela cerradas a cal y canto junto a cada carro e incluso algunos carromatos de mayor tamaño donde podían dormir grupos enteros, y bajo techo. Un medio de transporte que no todos podían permitirse... La pregunta era: ¿Que diablos hacían todos ahí fuera?

Si el tiempo hubiera sido más propicio se habría detenido a conversar con alguno de aquellos viajeros para intentar obtener información, pero dadas las circunstancias era más sensato buscar cobijo en alguna posada. La curiosidad siempre podía esperar.

Ya frente al enorme portón, el mercader golpeó tres veces con una de las enormes aldabas de hierro. Pasados unos pocos segundos un tablón de madera se deslizó y un hombre de mediana edad se asomó por el hueco. Solo sus ojos y su nariz, de la que colgaba un abundante mostacho, quedaban visibles.

-¿Quien sois y que os trae a Bumeri? -quiso saber el guardia en tono mordaz. La crudeza de la pregunta dejó a Sib sin palabras durante unos segundos, era la primera vez que en una ciudad tan pequeña le habían interrogado antes de darle paso. A pesar de ello, adoptó su máscara de mercader y le respondió en tono afable.

-Buenas tardes, soy un mercader ambulante, la tormenta me ha sorprendido camino a Phonterek y busco un lugar donde pasar la noche y llenar el estómago -una justificación sincera y sencilla. Resaltar tu intención de gastar dinero dentro de la ciudad no suele ser suficiente, pero es un punto a favor para todos los visitantes.

El guardia entrecerró lo ojos un momento, pensativo. Su mirada se perdió varias veces tras la espalda del comerciante, como si estuviera buscando algo sospechoso. Finalmente suspiró y cerró el tablón. Tras una serie de ruidos de metal deslizándose sobre metal al otro lado de la puerta, esta finalmente se abrió. Los guardias que esperaban al otro lado, completamente empapados, no parecían muy contentos de verle.

-Puedes pasar -dijo uno de ellos. El mismo que le había recibido hacía unos segundos- si sigues todo recto llegarás a un cruce, a la vuelta de la esquina a mano izquierda encontrarás la Sirena Despechada, es una buena posada -había algo en la actitud y la mirada de aquellos hombres. No era odio, ni desprecio, pero no había que ser muy avispado para notar en sus rostros que no lo querían allí.

El joven les agradeció educadamente por las indicaciones y le dio un toquecito a Priya con el pie para que reanudara la marcha. Los cuatro hombres se quedaron mirándolo brévemente antes de cerrar el portón y resguardarse en el puesto de guardia.

Aquella amigable bienvenida tenía algo que ver con las caravanas acampadas en las afueras, de eso estaba seguro. Algo no olía bien en aquella humilde ciudad...

Pero ese era un tema para más tarde, el calor de la chimenea y la carne cocida le esperaban...

...




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Re: Corderos con piel de oro

Mensaje por Sibbald Kaba el Vie Sep 25, 2015 11:58 am

...

Es normal en un mercader observar todos los rincones de la ciudad en su primera visita, no solo por curiosidad sino porque no es difícil adivinar los lugares más concurridos y donde más oportunidades de negocio pueden presentarse. Pero cuando el clima es tan poco cooperante no hay tiempo para pararse a observar.

Apenas había luz en las calles, y la poca visibilidad era gracias al resplandor de alguna vela ocasional tras las ventanas. Pronto llegaron a una intersección en el camino y Sibbald vislumbró una luz intensa a su izquierda, saliendo de los ventanales de un edificio. Forzando un poco la vista distinguió una figura en la oscuridad, un metro por encima del haz de luz... parecía una especie de pez con brazos... Debía de ser el cartel de la posada.

En los establos un hombre cubierto con una gruesa manta les recibió con un movimiento de barbilla, estaba acurrucado contra la pared y llevaba una pica de hierro. Tras dejar a Priya a su cuidado y aflojar tres kulls de cobre, el mercader se dirigió a la entrada de la posada.



Nada más entrar le recibió la calidez de la chimenea y el aroma de los guisos. El mesonero, un hombre calvo y aplastado se le quedó mirando unos segundos pero acabó recibiéndolo con una sonrisa.

Aquella noche el ambiente parecía bueno. En la barra había un par de hombres con pinta de artesanos discutiendo sobre el trabajo con unas cervezas en la mano, en las mesas más cercanas a la chimenea varios grupos de aldeanos y viajeros chismorreando tranquilamente mientras chocaban sus jarras, y en el centro un bardo de pelo oscuro tocando el tambor con vivacidad. Ocasionalmente la gente se giraba hacia él y aplaudía para animarle a continuar, cosa que parecía tener efecto, pues el joven se sonrojaba y seguía tocando con más espíritu.

“El ambiente de las posadas es casi tan embriagador como un vaso de whisky” le había dicho un tabernero en una ocasión, y no le faltaba razón. Apenas había puesto un pie en el local y ya sentía la irrefrenable sensación de sonreír.

Aunque había más mesas libres cerca de la chimenea, el muchacho se encontró más a gusto tomando asiento en un pequeño rincón libre cerca de la ventana.

Durante varios minutos, el golpeteo de las gotas contra el cristal dejaron a Sib embobado mirando la lluvia en el exterior. Todavía andaba dándole vueltas al asunto de los guardias y las caravanas…

-Si, es una ventana muy bonita.

Aquella voz le sacó de su ensimismamiento. El mercader se giró lentamente y vio a una joven de unos veinte años, de cabello rubio recogido en una cola y sonrisa bravucona. Llevaba un delantal algo sucio y estropeado que la delataba.

-No suelen venir clientes tan misteriosos a menudo -dijo tontamente antes de inclinarse para intentar ver detrás de la máscara- no serás un hechicero o algo así, ¿verdad?

Obviamente la pregunta no iba en serio, la camarera solo intentaba gastar una broma sobre el estrafalario atuendo de su cliente. Y lo cierto es, tenía que reconocerlo, que no era la primera vez que le confundían con un adepto de las artes esotéricas…

-Tal vez si sigues mirándome así lo descubras tu misma... - dijo con el tono más frío y terrorífico que pudo poner. Se le quedó mirando fijamente a los ojos, los suyos ocultos tras la máscara y una sonrisa sardónica dibujándose en su rostro.

Por unos segundos la chica puso cara de horror, llevándose una mano a la boca como si hubiese cometido un grave error. Pero con la misma facilidad apartó la mano y se puso a reír de forma bastante sonora.

-Ohh, me intriga, pero creo que no me la jugaré mientras sigas sobrio -una buena excusa para cortar la cómica conversación y volver a su trabajo de camarera, el posadero le había lanzado una mirada no muy amigable que parecía decir “Deja de hacer el vago”. La chica adoptó entonces una expresión más seria y profesional- así que, ¿qué va a ser forastero? El cocinero acaba de preparar un buena olla de estofado de ternera, aunque también tenemos algo de perca fresca.

-Un plato de estofado por favor -la camarera asintió pero pareció decepcionada por un momento, aunque soltó una risita cómplice con la siguiente petición de su cliente- y una jarra de vino para acompañar.

Tras ordenar al cocinero el pedido del comerciante con un grito, la joven se despidió inclinando la cabeza y se fue a despachar al grupo junto a la chimenea.



Al cabo de un rato regresó con lo que parecían ser… dos jarras de vino y dos platos humeantes en una bandeja de madera. Le sirvió su plato y, sujetando el otro plato con una mano, señaló con la mirada la silla justo al otro lado de la mesa.

-Oh, por favor -accedió más que encantado. Qué mejor forma de recuperarse de la soledad del viaje que con una agradable charla.

-La gente está cenando, así que no creo que tenga trabajo por un rato -era cierto, el alboroto previo parecía haber paliado en cuanto la gente comenzó a llenarse el buche- puedo aprovechar y comer algo yo también.

La joven dejó su plato y tomó asiento justo delante del Sib, y durante unos minutos se quedó mirándole dubitativamente, como si esperara que ocurriera algo extraordinario. Sibbald no iba a hacer ademán de probar el plato mientras ella le estuviese observando de aquella manera.

-Tendrás que quitarte “todo eso” para comer, ¿no? -dijo con una sonrisa gatuna. Se refería a la máscara y la bufanda, y parecía completamente decidida a cumplir lo que se había propuesto.

Con un suspiro de resignación, el mercader comenzó a desprenderse de todo lo que ocultaba su rostro, incluido el sombrero. Iba a tener que hacerlo para comer, obviamente, pero no quería hacer de ello un espectáculo. La joven esgrimió una sonrisa triunfal, asintiendo satisfecha.

Ambos comenzaron entonces a cenar tranquilamente.

-¿Y bien? -preguntó Sib, a lo que la chica levantó la vista, confusa- ¿te parezco un malvado brujo?

Ella dio un sorbo de su jarra y le dijo con sorna:

-Si lo eres debes de ser uno de los más patéticos, no me siento para nada embrujada…-apartó la mirada aburrida.

-Tengo entendido que los demonios son inmunes a la magia de los brujos -contraatacó bebiendo de su propia jarra.

La muchacha abrió los ojos como platos en un gesto de sorpresa, pero se recompuso e hinchó las mejillas.

-Que tengas la desfachatez de decirle algo así a una doncella, y a una que acabas de conocer… -le reprochó mientras se llevaba un trozo de patata a la boca y mirándole por el rabillo de ojo. Y decía eso a pesar de haber llamado hechicero a alguien que también acababa de conocer... Ambos se rieron a causa del agradable intercambio, como si fueran conocidos de toda la vida- no debes de tratar con la gente muy a menudo, ¿verdad?

A Sibbald se le escapó una sonrisa. Era una chica más astuta de lo que parecía. Con ese pequeño contraataque básicamente había lanzado el anzuelo para que le contara a que se dedicaba.

-Sí y no, trato con mucha gente pero no continuamente como tu. Soy mercader ambulante -confesó, y en el momento que lo hizo la expresión de la chica cambió completamente, una expresión de preocupada sorpresa que a Sib se le quedó grabada. La camarera se volvió disimuladamente como para asegurarse de que nadie le hubiera oído- ¿Ocurre algo?

-No, es solo que… -parecía no saber cómo continuar- ¿te... han dejado entrar?

Los engranajes empezaron a girar una vez más. Sibbald no supo qué decir durante unos instantes, su mente acelerada intentando dar sentido a lo que acababa de oír. ¿Por el simple hecho de ser mercader?, ¿esa era la causa de la calurosa bienvenida?. Si era cierto, solo había una explicación al otro misterio.

Ella guardó silencio, parecía entender las tribulaciones que debían estar  corriendo a toda velocidad por la mente de su cliente. Sin responder a su pregunta, el joven le dio un sorbo al vino para humedecerse la garganta, que se le había secado de golpe y porrazo.

-Las caravanas que hay acampadas a las afueras -la miró a los ojos, temeroso de la respuesta a la pregunta que iba a hacerle- ¿son todas mercantes? -tragó saliva.

La chica, que parecía haberse recuperado de la sorpresa, asintió en silencio.

Si a él le habían permitido entrar de milagro, todas aquellas caravanas comerciales debían de haber recibido una negativa contundente.

Un mercader debe ser capaz de sopesar ganancias y pérdidas en todas y cada una de sus acciones. Y si a pesar de haberles prohibido la entrada ellos seguían allí acampados, solo podía significar que las posibles ganancias por permanecer allí debían ser enormes.

-Come, o se quedará frío -le sugirió. La camarera ahora sonreía, como si se hubiera quitado un peso de encima- tranquilo mercader, te lo contaré. Después de todo no es ningún secreto.

...




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Re: Corderos con piel de oro

Mensaje por Sibbald Kaba el Miér Sep 30, 2015 4:50 pm

...

El bardo de rizos castaños seguía aporreando su tambor mientras entonaba una canción, bastante animada. Varios hombres ya se habían levantado, cerveza en mano, a bailar tórpemente a su alrededor y a hacer palmas. Con la borrachera que llevaban encima era increíble que no se desplomara ninguno.

La música y los constantes berridos eufóricos silenciaban completamente la conversación bajo la ventana.

-Bumeri se encuentra actualmente en medio de un bloqueo comercial -prosiguió la camarera, mientras se llevaba un trozo de humeante carne asada a la boca.

Esa era la conclusión a la que Sib había llegado hacía rato, pero antes de interrumpirla para que fuera al grano prefirió dejar que siguiera explicándose a su ritmo. Bebió de su jarra de vino y asintió, dándole pie para que continuara.

-¿Has oído hablar de Uphermar? -inquirió sin mirarle a los ojos.

-Creo haber escuchado ese nombre una vez, en una taberna de Malik-Thalish -se rascó la cabeza intentando recordar aquel día, hacía casi un año desde aquel negocio- está hacia el norte, ¿no?.

-Sí, en el extremo más al norte de la península -explicó- Es un asentamiento selenita que recibe cada año a un grupo de clérigos en peregrinación desde Phonterek.

-Ya veo... ¿y de qué clase de grupo estamos hablando? -preguntó masajeándose la perilla y mirando a la chica con avariciosa curiosidad.

-Unos mil quinientos seguidores de la luna blanca.

¡...!

El muchacho se atragantó con un trozo de patata y se puso a toser bruscamente, a lo que la chica rápidamente se levantó para darle unas palmadas en la espalda. Los demás comensales dirigieron sus risas hacia la pareja durante unos segundos, pero perdieron el interés enseguida.

-Tienes que estar de broma... -ya recompuesto, Sib hizo el plato a un lado y se centró en el vino. La camarera le dedicó una sonrisa cansada, su frente húmeda por el susto.

-Esta peregrinación es el mayor sustento económico de la ciudad. Llegan a mediados de otoño y se quedan un par de días antes de retomar su camino, aunque apenas necesitan provisiones -los clérigos en peregrinación suelen reducir sus necesidades al mínimo durante el viaje, por lo que el gasto económico tenía que venir de otra fuente- Pero antes de marcharse se aseguran de abastecerse de ropa de abrigo, para todos y cada uno de ellos. Gastan casi toda la fortuna que traen de sus arcas en las prendas de lana que tejen nuestro artesanos, y no son para nada tacaños…

Los dueños de las posadas estaban obligados a ofrecer servicios mínimos gratuitos a los rebaños de monjes en peregrinación, incluso permitiéndoles dormir en los almacenes y los establos con algunas mantas. Pero para hacerse con ropajes cálidos para el camino tenían que pagar como cualquier otro viajero, los astroicos lo sabían.

Sibbald se encontró a sí mismo intentando enlazar aquella información con todo lo que había visto hasta el momento, tanto que se quedó embobado mirando de nuevo por la ventana.

La camarera carraspeó para bajarlo de las nubes:

-Si la sigues mirando tan fijamente le harás un agujero, mercader -comentó de forma jocosa- Me molesta que los hombres se me queden mirando durante largo rato, pero tu lo estás llevando al otro extremo. Siento que estoy hablando con un trozo de madera.

-¿Me lo echas en cara? -preguntó indignado, con un deje de teatralidad- Si te mirara con la intensidad que me pide el cuerpo podría llenarte la ropa de agujeros y al final te enfadarías conmigo igualmente…

Parecía muy acostumbrada a los excesivos piropos de los clientes, así que aceptó el cumplido con una sonrisa coqueta y le guiñó el ojo, un poco más complacida.

-No está mal, aunque se puede mejorar -parecía una maestra dándole una lección a un alumno torpe, henchida de orgullo. Seguramente habría oído galanterías mucho mejores que esa.

-Cuando encuentre uno que te deje sin palabras más vale que me invites a un buen trago -le devolvió el guiño.

-¡Oh, estaré esperando ansiosa! -se carcajeó entre dientes, dedicándole una mirada de superioridad que clamaba “Es imposible que algo así ocurra, mocoso”.

Durante unos minutos se pincharon mutuamente, riendo mientras bebían, pero pronto el ambiente volvió a ennegrecerse.

-Este año la senda de peregrinación se ha desviado hacia el este -dijo sin una pizca de miedo en su voz, pero con una extraña luz en sus ojos. La joven se agarró con las dos manos a la jarra de vino, su mirada perdida en el contenido- No se sabe si de forma permanente…

Sibbald cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, comenzando a entender el problema.

-Por lo que el ingreso económico anual se desvía con ella...

Ella asintió.

-La única forma de mantenerse a flote sería venderle las prendas a los mercaderes que hay acampados fuera -era la única solución lógica, solo los mercaderes están dispuestos a comprar bienes a semejante escala- El problema es…  que sois unos desgraciados muy, muy astutos -había un deje de hostilidad en su voz, pero no parecía hablarle directamente a Sib.

Hizo una pausa para beber y continuó:

-Ellos quieren comprar la lana en crudo, no quieren adquirirla como prendas o retales -y ahí estaba la fuente del dilema. Sibbald entendió en unos instantes el motivo de las miradas de aquellos guardias.

-Las pieles sin tratar aportan más beneficio que su equivalente en forma textil. Podemos comprarlas a un precio reducido y comerciar con ellas en otro lugar a precios más altos -explicó desde la experiencia- Jamás aceptarán la ruta que les conduzca a una pérdida de dinero.

Si los mercaderes se hacían con el mercado de lana de Bumeri y compraban la piel en bruto, al final sería la ciudad la que tendría serias pérdidas. No solo eso, el golpe económico a largo plazo sería devastador: Los artesanos, al no poder hacer suficientes ingresos, no podrían comprar las enormes partidas de lana que los ganaderos preparan todos los años, lo que daría más oportunidades a los avariciosos mercaderes para seguir comprando según sus propios deseos.

Además, si la senda de peregrinación se desviaba permanentemente los ganaderos no verían negocio en Bumeri y optarían por vendérsela a los comerciantes, que regresarían todos los años si veían el posible negocio que se les presentaba. Los artesanos textiles no tendrían materia prima con la que trabajar y también abandonarían la ciudad, llevándola irremediablemente a la bancarrota.

Y por ello los altos cargos habían declarado el bloqueo comercial… todo tenía sentido.

-¿Y en que ha quedado la situación? -quiso saber. Lo cierto es que le preocupaba el futuro de aquella pequeña población.

-La Asamblea lleva debatiendo desde ayer, en un par de días deberían tomar una decisión. Pero se está llevando en el más absoluto secreto… -se frotó la nariz, preocupada- Mi padre no lo aparenta, pero está aterrado por lo que podría pasar -su mirada apuntaba al pequeño posadero que la había regañado previamente.

Sibbald agachó la cabeza, sintiendo algo de empatía por ellos, y sin saber muy bien qué decir frente a aquella situación. La posada era como una cadena que los mantenía atados a un barco que se hundía.

...

-Mercader, ¿como te llamas? -el chico alzó la vista, sorprendido. Logró componer una sonrisa e hizo el gesto de quitarse el sombrero, aunque este descansaba colgado de la silla.

-Sibbald Kaba -pronunció, como tantas veces en el pasado- Kaba para los negocios, Sib para lo que gustes.

-Ohh, veo que lo tienes muy ensayado -dedujo conteniendo una risita. Se envaró sobre la silla y se aclaró la garganta- Nadia Rybrand -dijo con fingida voz de doncella, imitando una reverencia al levantarse el delantal- Es un placer señor Kaba, espero que disfrute de su estancia en Bumeri.

Toda la tensión y el ambiente lúgubre habían desaparecido de un plumazo. El despliegue de la chica había sido tan preciso que cualquiera la confundiría con una princesa si no fuera por su aspecto.

-Muy bien chica de pueblo, ¿quién te ha enseñado eso? -bromeó, sin esperar que se lo tomara en serio.

-Un buen pupilo no revela nunca a su maestro -dijo casi exclamando, con un puño apretado contra el pecho.

-¿Eso no era para los trucos de magia...?

-Aquí también se aplica -sentenció poniendo morritos.

La noche transcurrió tranquilamente entre risas y canciones. Ninguno de los dos volvió a mencionar el tema de la lana.

...




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Re: Corderos con piel de oro

Mensaje por Sibbald Kaba el Mar Oct 20, 2015 10:56 am

La velada transcurrió sutilmente mientras el mercader le hablaba de las últimas ciudades que había visitado y la camarera le comentaba los trapos sucios más jugosos de sus parroquianos más comunes. Aún con la frivolidad de la conversación, la mente de Sibb volvía una y otra vez al problema económico de Bumeri.

Poco después el comerciante le pagó al posadero doce monedas de plata para dos noches de estancia y les dio a él y a su hija las buenas noches. La joven le siguió con la mirada hasta que desapareció escaleras arriba, una pizca de recelo reflejado en sus ojos.



Al día siguiente Sibbald se tomó el lujo de dormir hasta tarde, algo poco común en él, pero comprensible dado que había trasnochado y que había pasado la tarde anterior deambulando bajo la lluvia.
La sombra que proyectaba el ventanal en el suelo de la habitación era pequeña, por lo que el sol ya debía estar alto. Debía de ser casi mediodía.

Abrió la puerta y se encontró con un cubo de madera con agua a sus pies. “Cosa del posadero”, dedujo, siempre era agradable comprobar que los posaderos se tomaban esas pequeñas molestias por el bienestar de sus clientes. El hombre seguramente se había levantado temprano para sacar esa agua del pozo.

Se tomó unos instantes para asearse y ajustarse bien su atuendo, acicalando concienzudamente las plumas de su sombrero y sacudiendo el polvo de su túnica, y salió con su bolsa colgada del hombro.

Nadia y su padre estaban atendiendo a los clientes cuando le vieron bajar. La que se le acercó fue la muchacha.

-Buenos días Sibb, ¿vas a querer algo de desayuno? -le inquirió jovialmente.

-No, creo que esperaré a la comida, pero gracias. Voy a dar un paseo por la ciudad, guardadme un plato de eso que huele tan bien -el joven se había puesto de puntillas para discernir el sabroso aroma que salía ondeando de la cocina.

-Oh, como gustéis, no se meta en líos señor -hizo una reverencia, fingida por su puesto, y volvió a sus quehaceres.



Nadie sería capaz de decir que aquella pequeña ciudad estaba atravesando una crisis económica. Los ciudadanos seguían desempeñando sus trabajos con normalidad y sus rostros no traicionaban ningún signo de temor o preocupación. ¿Tan de fiar era esa supuesta Asamblea?, ¿podría solucionar este embrollo y conseguir que Bumeri saliera airosa?

Sin quererlo, Sibbald se puso a caminar por la ciudad sin prestar atención hacía dónde se dirigía, perdido en sus pensamientos, tratando de imaginar las posibles soluciones. Sin éxito.

Terminó en una plaza abarrotada de gente en un ambiente festivo, la mayoría sentada alrededor de mesas comiendo y bebiendo de forma animada. En el centro de la plaza había un grupo de artistas danzando y varios juglares entonando una melodía al unísono. Los espectadores los vitoreaban y silbaban, muchos de ellos con las mejillas rojas de embriaguez.

El grupo estaba conformado por varios humanos de rasgos y vestimentas propias de los shike bailando con pañuelos de colores, y una divium de melena negra y alas a juego que danzaba con la gracilidad de una paloma sobre la fuente con un aro de plata. Sus movimientos eran exóticos y muy sugerentes, y su escasa vestimenta no ayudaba a despegar los ojos de su esbelta figura.

Sibbald se dio un par de palmadas en la mejilla para sacarse del trance y giró la cabeza varias veces, percatándose de que los guardias en las distintas entradas de la plaza también reían y disfrutaban del espectáculo sin preocuparse, de modo que no debía tratarse de ningún grupo de artistas callejeros.

-Intentan mantener sosegado a su rebaño -dijo una voz a su izquierda. El mercader se volvió y se encontró con un joven de facciones delicadas y melena corta castaña sentado solo en una mesa, sosteniendo una jarra de vino en alto. Por su apariencia debía tener aproximadamente su edad. Iba vestido con una ropa de viaje de tela marrón y una capa verde algo ajada retraída sobre sus hombros. Además, llevaba una crespina de color crema que no podía contener toda su melena castaña, y mucho menos el par de orejas picudas que sobresalían a ambos lados de su cabeza.

El elfo no le miraba directamente, pero Sibb tenía la impresión de que sus palabras iban dirigidas a él.

Al no obtener respuesta del enmascarado, el joven sacó algo de su bolsillo y lo colocó disimuladamente sobre la mesa, sonriendo ámpliamente. Era una pieza de bronce, pero no una moneda, era cuadrada y el doble de grande que un kull. Sibb la tomó sin decir nada, con total normalidad y la observó detenidamente; llevaba grabada la cabeza de un jabalí de perfil en una de sus caras y un nombre rodeado de hojas de laurel en la otra.

Doncia”, ponía claramente sobre la superficie metálica.

El mercader dejó la pieza de nuevo sobre la mesa y produjo otra de su propio bolsillo, dejándola de igual modo al alcance del chico; la suya era también más grande que un kull, pero era redonda y con un hueco en medio. A lo largo de una de las caras planas había una serpiente grabada y en la otra, también un nombre.

El extraño repitió el ritual de Sibb, analizó la pieza, y se la devolvió.

-Saraley, ¿eh? -dijo, repitiendo el nombre grabado en el trozo de bronce. Sus ojos azules finalmente se posaron sobre Sibb, su mano bien extendida para un buen apretón y sus labios curvados en una sonrisa zorruna- Mi nombre es Thaldel Drellesfela; Thal para las doncellas hermosas, Drell para los negocios, “bastardo” para los maridos. Siempre es un gusto encontrarse a un hermano de profesión.

La mano del elfo quedó tendida en el aire, esperando a ser estrechada.
...




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Re: Corderos con piel de oro

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