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Mensaje por Gerarld Amattore el Jue Oct 01, 2015 12:59 am

Surcando los cielos,  de camino a un pequeño poblado costero, tenía que entregar una carta de parte de mi capitán a un antiguo amigo retirado que ahí se encontraba, no sabía muy bien sus razones, podía intuirlas, pero no estaba entre mis deberes saber de qué trataba.

Iba sobrevolando justo encima del inicio del mar, dejando que la carretera de espuma guiara mi camino, y escuchando cual música, cada ola que impactaba en la arena, o en las rocas, según el tramo que recorría. Me parecía bonito, pacífico, y hasta hipnótico…. Demasiado hipnótico, pues llevaba tiempo sin descansar y el ultimo poblado ni baje a reposar y ya me entra el hambre.
Me fije bien en la zona, según el mapa, no estoy tan lejos, justo acababa de cruzar una playa bastante fea, pues tenía más rocas que arena, y no parecía ser muy fácil de llegar por tierra. Aumente la altura, tenía que ver a lo lejos, tierra adentro había un camino que entraba a un bosque supongo que más allá habría un poblado, siguiendo por mi trayectoria de vuelo desaparecía la playa, y se convertía en acantilados, sobrevolé, la zona esta vez por encima de la tierra, empecé a llegar a una zona bastante verde, en la que se veían animales de pastoreo, por lo visto había llegado a un cumulo de granjas, podía contar 3, bastante separadas. Y más allá más camino, si había granjas aquí, estaba cerca del poblado. Faltaba poco para llegar, pero no quería seguir sin comer, tenía mucha hambre.

Comencé a analizar la situación, entrar robar comida, largarme, fácil cometido. Me acerque a la puerta más cercana que tenía, la granja que sería víctima del robo. Era modesta, tirando a pobre, tenían un par de cerdos, unas cuantas hortalizas bien valladas, y muchas cabras.
Una vez cerca vio a una pequeña niña, o suponía que era niña, por el pelo largo, y la cara fina, pero bien podía ser un niño, a esa edad poca diferencia tienen.

La muchacha, que a ojo, le echaba unos 11 años estaba afuera acariciando un cachorro de alguna de las cabras hasta que cayó en su presencia.   Se le quedo mirando, estupefacta, y después de un breve momento, entro corriendo a la casa gritando animada
-Mama! Mama! Un ángel, ha venido un ángel- la niña víctima de su ignorancia no era consciente de su especie.
Intente tener una posición de hombros  relajada, para no imponer ni atemorizar a la pobre granjera al salir, pero tenía mi arma cerca de mi mano, por si hacía falta un desenfundado rápido.

Sorpresa la que me lleve, al ver salir una mujer, hecha y derecha, con una belleza exótica, extraña, era alta, y tenía carne, pero el trabajo en el campo la esculpió de forma que la carne no sobresalía, por ningún lado, un par de atributos pectorales algo caídos, pero bien formados. La piel tostada por el sol, pero aun así brillante, y una sonrisa cautivadora, posiblemente cultivada por estar tanto tiempo con su hija. Era una bella mujer, que en sus días de juventud bien podía haber sido la causante de muchos problemas entre varios hombres.

-Buenas tardes- dijo aquella mujer, simulando simpatía, pero demostraba cierta inquietud pues, sutilmente,  escondía a su hija detrás de ella con su brazo. – ¿Que se le ofrece?-
Con esa pregunta volví a la realidad, ¿que se me ofrece? Pues la verdad, ahora mismo las ganas de atracar a una anciana granjera ya no eran tan fuertes, sobre todo porque no podría hacerle semejante mal, a una belleza cultivada como aquella mujer.
Así que apelé a la diplomacia.

-¡Buen día mi damisela! – Salude de forma alegre -Verá, resulta que he caído agotado de tanto volar durante mi largo viaje. Mis alas ya no dan más de sí, mis piernas están cansadas, mi cuerpo me pesa, y me preguntaba si podría gozar de la hospitalidad del campo.-

Mientras hablaba, mis gestos eran simples, pero continuos, mostraba bien mis brazos, mi cuerpo en general, y cuidaba no ocultar en ningún momento mis manos o brazos, debía demostrar que no tenía nada que ocultar. Para que no sacara prejuicios negativos sobre mí.
La mujer me miraba, silenciosa pero afable, estaba pensando cómo manejar el asunto, lo cual me demostraba que bien no era una mal educada, pero tampoco era una tonta.

-Entiendo que es una proposición un tanto extraña la que le voy a hacer, pero podría usted, darme alimento y bebida, y a cambio podría instruir un poco a su adorable hija- La madre se quedó confusa, eso le sorprendió, y no tenía ni la más mínima idea de que le estaba hablando.

-mi hija ya me tiene a mí y a mi marido para instruirle- me dijo con desconfianza, había perdido puntos con esa frase, tenía que arreglarlo.

-me explico, cuando llegue me llamo de ángel, si bien me alaga que alguien aun en la pureza me llame así, ambos sabemos que no soy ningún ángel, soy una persona instruida, y pensé que podría hablarle a su hija un poco de cultura general, sobre mi especie, y sobre otras razas si cabe, no hace daño a nadie, y siempre está bien saber un poco de todo-

La mujer, intrigada con esa oferta, no sabía que responder, no se fiaba de mí, pero no le parecía mala idea, solo faltaba el golpe de gracia apelando a su sentido de cortesía, que yo bien sabía que tenía.
-Se lo suplico mi señora, solo busco algo de ayuda y no espero ayuda gratuita de nadie, al menos no en estos tiempos que corren, pero le ofrezco algo a cambio, por favor ayude a este pobre viajero-

La mujer  me miraba  a los ojos, ojos azules como el mar de invierno, pero con una mirada afable, con las cejas levantadas para demostrar simpatía.
-De acuerdo, mi marido no se encuentra, pero estará al llegar- dijo mientras se echaba a un lado dejando ver el interior de la casa e indicándome que debía de pasar por delante de ella.

-no toque nada por favor, siéntese en aquella mesa de ahí enfrente, voy a traerle lo que nos sobro del almuerzo-

La casa por dentro era muy espaciosa, no gozaba de riqueza y se notaba en la falta de muebles, tenía lo indispensable y necesario, pero eso también le confería a la casa un aspecto mucho más amplio. Aun que si estaba bastante decorado, tenía una decoración marina, había incluso un ancla gastado y viejo en una pared, suponía que tenía un significado más allá del decorativo, pues era un ancla normal tirando a feo.
Tenían una chimenea, apagada en esos momentos, pero con carbón usado, posiblemente de la noche anterior. Lo más destacable de la casa era el suelo, pues en su mayoría estaba cubierto por piel, seguramente para proteger a la niña cuando era más cría del frio, o de astillas.

-Cuéntame, viajero- Dijo la madre mientras iba a la cocina, que estaba pegada a la sala y solo separada por un murito a media altura. La cocina era simple, un cazo grande encima del fuego, y un par de despensas a cada lado, además de una ancha tabla de madera encima del pequeño muro, para cortar y servir. Tenía una gran ventana detrás de la cacerola para airear los gases, estaba bien preparada.
-Cómo te llamas, y que vienes a hacer aquí, que asuntos te traen-

-Pues soy mensajero, y mi nombre es Cristopher, mi mensaje es en realidad muy importante, sirvo a un país algo lejano de aquí, un país gobernado por gente de mi especie y me dirijo al sur, muy al sur, para entregar un mensaje a otro reino-

-Así que un mensajero, ¿y hay que ser instruido para ser mensajero? –
era inteligente, además de bella, veía sus curvas, desde la mesa mientras terminaba de calentar lo que tuviera en el cazo que por el olor, era pescado.

-Claro que si mi señora, no soy cualquier mensajero, soy un mensajero diplomático, lo que vendría a ser más o menos como un mensajero real, si hubiera rey en mis tierras.-

La señora no consiguió motivos para desconfiar, me sirvió la comida silenciosa, con mirada directa, analizando, no era demasiado buena siendo sutil.

-Siento que aun la incomodo, y lo lamento, si se siente más a gusto, quédese conmigo mientras le hablo a su hija, pensaba comenzar en cuanto acabara de comer.-
La mujer me sonrió, y asintió, por lo visto le gusto que le ofreciera eso, aunque seguramente tampoco hubiera dejado que le diera clases sin su presencia.

Comí, lo que era una sopa de pescado con los ingredientes que aquí se podían conseguir en la huerta, bastante buena y quede satisfecho. Y acto seguido le di mi atención a la pequeña niña, comencé a hablarle de mi pueblo, de mi raza, y de mis orígenes, claro exagerando todo para bien, e inventándome cosas por el camino, era una historia elocuente y hablaba maravillas de los Divium, hasta la madre me miraba entretenida, tenía toda su atención, y así debía ser.
Contando alguna que otra historia divertida que me sabía, algún mito y alguna leyenda, fui variando el tema a otras razas, comenzando con los elfos, esos altos estirados.

La niña se divertía, la mujer se relajaba y sonreía, y yo de vez en cuando la miraba con una sonrisa alegre, una mirada cada vez más frecuente y con ojos cada vez más picaros.
Eran miradas sutiles, de esas que te imaginas que estará pensando algo atrevido, pero luego no podrías asegurarlo pues la sonrisa te lleva a pensar otra cosa.

Noté como la mujer en más de una ocasión, me miraba más que solo a los ojos. En eso pasó el tiempo, y tocaron a la puerta…. Mala suerte, fin del partido, seguro era el marido.
-Ese debe ser mi esposo- dijo la chica levantándose, y arreglando algunos dobleces de la ropa, estaba algo extraña, nerviosa, e incluso diría que avergonzada, seguro se había olvidado de que llegaría su marido.

Abrió la puerta, y entro un mastodonte enorme, de espalda ancha y peluda, brazos también anchos, barba frondosa y mirada dura. Estaba claro que ese hombre era marinero. Llego con un saco de pescados y saludo a su esposa con un abrazo, me miro y se sorprendió, miro a su esposa, y esta le susurro algo.

-ahora vengo señor Cristopher, vamos a dejar el pescado detrás- salió con su marido, supongo que a explicarle las cosas. Mientras la hija me miraba con cara animada, quería que siguiera contándole cosas, pero opte por enseñarle un juego de manos, dando palmadas, y la entretuve con eso. –Cuando yo no esté, juega con tu madre, enséñale el juego y así tendréis cosas que hacer para pasar el rato-

Al rato llego el marido, solo.
-Hola, disculpe señor mensajero real- miro con cara normal, pero tengo un brazo cerca de mi arma por si acaso. –Dígame caballero-

-Muchas gracias por sus lecciones a mi hija, pero creo que ya ha gozado de bastante hospitalidad, ¿no le parece?-
 Por lo visto, mentir en lo de mensajero me salió mejor de lo esperado, el hombre se piensa que soy importante y hasta está intentando parecer educado para echarme, es el momento de irse por lo visto.

-Por supuesto, muchísimas gracias por su hospitalidad- acaricie la cabeza a la joven y me levanté.

-¿Podría despedirme de su señora esposa?- Lo mire, normal, pero no había amabilidad en mis palabras, esta vez no – Esta aun guardando el pescado me temo, no quisiera que la molestara más-

Y sin más palabras, me marche… o hice que me marchaba, luego volví volando y me pose en el tejado, para espiar un poco.
No tenía ni que hacer un esfuerzo para escuchar lo que decían, el hombre le gritaba un par de barbaridades y le decía que había visto por la ventana que se le perdían los ojos y más cosas, el hombre por lo visto era bastante celoso.

Yo tenía que irme, y no podía perder el tiempo, así que alce el vuelo y me fui a cumplir mi misión de mensajero.



Un par de días después, ya con la misión completaba, me encontraba en mi camino de regreso,  pensaba pasar por la casa de la flor madura que me encontré antes.  Llegue a los alrededores, era temprano por la mañana, y me quede observando, no podía entrar con aquel hombre ahí, y se le veía trabajando por fuera de la casa.

Espere, espere un par de horas, y finalmente se fue, era mi oportunidad.
Me acerque volando, suavemente me pose en frente de su casa y toque la puerta con un par de golpecitos. Escuche dentro un par de pasos, y luego la puerta se abrió…

Me quedé estupefacto, la bella mujer había sido mancillada, tenía un leve moratón, ya azulado en la mejilla. Al reconocerme su tonalidad se puso un poco rojiza, lo suficiente como para que se notara a través de su tostada tez.
La mujer rápidamente intento cerrarme la puerta, yo rápidamente bloqueé con el brazo y entre con cierta rudeza.

-Pero mi bella dama, ¿qué te han hecho? – Dije una vez dentro y acariciando la mejilla. -Ha sido ese malnacido de tu marido!- dije con indignación mientras ella volteaba la cara para ocultarla.

-Deberías marcharte- me dijo tristemente, pero firme.  Note que no estaba la hija por ningún lado, ¿estaría en otro sitio? ¿Durmiendo?

-Cuéntame primero bien, que es lo que aquí ha ocurrido- La mujer en principio se resistía a hablar, pero un silencio acompañado de un par de caricias suaves para demostrar empatía la ablandaron.

Tuvimos una breve charla en los taburetes de su comedor, donde me confeso que su marido pensó que la había engañado conmigo, pero que por mucho que le jurará eso, ella nunca lo haría, ella lo respetaba, pero él no la creyó, y por primera vez había sido víctima de su irá, no sabía que él, podría llegar a esos extremos. Intente consolarla, un poco, pero estuve más tiempo diciendo que eso era muy impropio de un hombre, intente hacerla ver que su marido se había equivocado, y que debía disculparse como mínimo.
La mujer seguía defendiendo a su marido, pero lo hacía con una niebla de dudas en su conciencia, y yo avivaba esas dudas.

-Mire señora, si usted me lo pide, yo puedo hablar con ciertas personas en mi región, y enviarle ayuda. En mis tierras estas cosas no se hacen, a la mujer se le respeta mucho, somos conscientes de que una mujer es algo preciado, y no me cabe en el entendimiento que un hombre, agreda a una mujer tan bella como es usted, ese… patán, no es consciente de la suerte que tiene por tener a semejante mujer junto a él, no solo hermosa, si no que fiel y además trabajadora- Mientras hablaba la mujer mes escuchaba atenta, yo sostenía sus manos con firmeza, pero también con cariño.  Ahí me di cuenta, que casualmente nuestros ojos estaban a la misma altura, pues nuestras miradas se sostuvieron durante unos segundos, completamente en silencio, hasta que ella se giró.

-Tienes que irte, en serio, yo… estoy bien- me dijo mientras zafaba sus manos de las mías y se daba la vuelta.
Aproveche y la abrace por detrás, rodeando su cuerpo con mis brazos, apretando sutilmente su cuerpo contra mi pecho.
-No tienes por qué aguantar esta situación sola, yo puedo ayudarte- y la rodee también con mis alas, envolviéndonos como un capullo, notaba como su corazón se agitaba, estaba al caer, sus defensas estaban bajas, ella estaba confundida, debía de confundirla aún más.

Así que abrí un poco mis alas, le di la vuelta suavemente con los brazos, y la puse mirándome de frente, aun dentro de las alas, y rápidamente, antes de que pudiera reaccionar, le di un beso. La mujer en un principio no reacciono, se dejó, hasta que callo en la realidad y se despegó.

Acto seguido lo que sentí fue dolor, un calor provenía de mi mejilla. Me había la volteado la cara, la libere de dentro de mis alas, y ella se echó un poco para atrás, tenía la cara un poco sonrojada, pero de sus ojos asomaban un par de lágrimas.
-¿No lo deseas?- pregunto casi susurrando – Te han pegado, por pensar que hiciste algo que no hiciste, te han maltratado, han mancillado tu honor, por algo que te gustaría hacer, pero fuiste buena, fuiste leal, y te pago con esa moneda- la pobre estaba tan confundida en estos momentos que hasta me costaba intuir en que estaría pensando.
-Te ofrezco hacerle pagar, no te merece, eres muy hermosa podrías tener a cualquiera, eres inteligente y fuerte, no lo necesitas- seguí hablando con un tono de voz  vez más alto y más firme.

-Ven conmigo, véngate de lo que te hizo, pídeme ayuda y traeré ante ti la guardia de mi ciudad para aprender a ese villano, que osó poner su mano sobre ti-

-No puedo, no lo entiendes – me gritó.

-Sí que puedes- le dije con un tono un poco por encima de lo normal.
Fui a por ella, pase rápida pero a la vez suavemente, el brazo por detrás de su cuello, por dentro de su cabellera, le sujete la cabeza, mientras acercaba mi cara a la suya mi otro brazo la agarraba por la cintura y la pegaba a mi cuerpo.
Y la bese, la bese como probablemente su marido nunca la beso, un beso apasionado y duradero, ella se resistió lo mismo que tarda una taza en caer de la mesa, y su resistencia, como la taza se hizo añicos al tocar el suelo. Cerró sus ojos, cerré los míos, y el beso se prolongó en el tiempo.

Mientras mis manos acariciaban su suave piel, bajando de la cintura suavemente hasta la altura de la cadera, mientras mis labios se encontraban con los suyos, aquella mujer, perdía cada vez más la lucha interna que en su cabeza se orquestaba.
Intento pararme un par de veces más, en la última, bastante convincente, pero me reúse a escucharla y comencé a besarla por el cuello, la pobre mujer, ya no podía hacer nada. Y callo víctima de sus deseos, víctima de su confusión, víctima de su vergüenza, víctima de mis besos.
La siguiente hora fue bastante apasionada. La mujer ya sin defensas se dejó tomar, y yo no pensaba desperdiciar la ocasión, bajo la promesa de una ayuda que luego nunca llegaría, bajo el nombre, que en realidad nunca existió, e incluso las palabras que no eran del todo reales. Después de todo, era una simple mujer, una simple madre, y una simple granjera, yo era lo más emocionante que su vida cotidiana veía en mucho tiempo, y que verá en mucho tiempo más.

Al final, entre sabanas y sudores, la mujer callo extasiada y rendida, en la cama donde por la noche con su conyugue compartía. Yo me vestía lentamente, mientras ella desnuda miraba con una mezcla de tristeza y confusión, una vez todo acaba, vez las cosas más claras, y ella se sentía mal al respecto.
-¿Quieres que traiga la ayuda que te prometí?- Mentí una vez más – No te mereces como te trata ese hombre-
Sin embargo la mujer miraba a otro lado avergonzada. –Y que haría? A dónde iría?, puedes llevarme contigo Cristopher?- me pregunto…. Y mi silencio fue respuesta suficiente.

-Mejor no digas nada, tengo una hija que cuidar, debo pensar en ella, más que en mi misma-

-Entiendo, pasare por aquí en el futuro, para ver cómo le van las cosas mi bella flor, si para ese entonces necesitáis ayuda, os la volveré a ofrecer-

Y con esas palabras y un beso en la mejilla, me despedí. Me fui rápidamente, y sigilosamente, no me viera el marido por ahí, pero estaba bastante seguro de que si el marido no era completamente idiota, se daría cuenta de lo sucedido, la mujer no tenía pinta de poder disimular bien, y tampoco tenía los ánimos de hacerlo, ni si quiera se vistió después de que me despidiera de ella.
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El Ascenso del Fenix

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Mensaje por Mister Orange el Jue Oct 01, 2015 9:09 pm

Interesante, aprobada, asi de simple. Aunque, extrañamente, no veo en su firma el link de su ficha, recuerde agregarla.
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