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Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Miér Dic 30, 2015 12:25 am

El hombre del parche sabía que reunir gente para los alas negras sería difícil, pero el tenia paciencia. Además que tener poca gente bajo su control ayudaba a que no se volviera loco. En algún lugar de Noreth,  escondidos en lo más profundo de algún bosque, los alas negras habían formado un campamento. Cada miembro del grupo tenía una tienda propia, la más grande era usada para pensar en nuevas formas de hacer dinero y sobrevivir además de servir como sala de reuniones. El método más común era asaltar alguna caravana perdida en los caminos, y buscar todos los objetos preciados para luego revenderlos, los alas negras aun no tenían notoriedad, y sus servicios como mercenarios no eran muy solicitados.  

-Necross… tenemos problemas.-

Entre los alas negras, estaba Legato, un miembro nuevo que hacía de contacto en las ciudades, él debía buscar contactos para venderles los objetos robados. -Nuestro contacto en las Nalini se rehúsa a comprarnos, creo que descubrió quien eres.- Por supuesto, los nuevos miembros conocían la historia entre Shading y el tuerto, y al parecer el contacto que tenía Legato era un fiel seguidor del rey Strife.  -¿Estás seguro? ¿Qué fue lo que te dijo?- El hombre del parche estaba en la tienda principal del campamento, sentado frente a una mesa, mirando un mapa de Ujesh-Varsha. -Solo dijo que no haría tratos con traidores.- El hombre del parche se llevó ambas manos a la cara, y agradeció al ladrón por la información.

Legato era un ladrón hábil, el cual Necross encontró hace un par de meses, el hombre del parche le ofreció unirse a él y los alas negras, el bandido, quien no tenía donde ir, acepto gustoso.  Y aunque su pasado era un completo misterio, se llevaba bien con el resto del grupo, ya que tenía cierta carisma que hacía que cualquiera quisiera hablarle.  Nadine, la pequeña hija de Necross, estaba jugando junto a la loba Sif cerca de la tienda, al ver  a su padre con rostro acongojado, se acercó a hablarle. La niña se acercó a la mesa, cerca de las rodillas de su padre, y de puntas intento ver el mapa que tanto miraba Necross. La pequeña Divium, con palabras cargadas de inocencia, preguntó por los problemas de su padre. -No pasa nada bodoque, solo que creo perderemos la fuente de ingresos.- La niña le sonrió a Necross, antes de volver a hablar: -¡Estará todo bien!- El hombre del parche rio fuertemente por el optimismo de la niña, quien estaba fuera nuevamente, correteando pájaros con Sif.  

Un par de minutos después, Mary Ann entro en la tienda. -Legato me dijo lo que sucedió. ¿Estás bien?- El hombre del parche se encogió de hombros sin dar una respuesta clara. -No es el fin del mundo, pero tardaremos en encontrar otro comprador. Además que en Naresh los objetos que les vendíamos los vendíamos bien… quizás debería ir a hablar con ellos...- la pelirroja abrió los ojos sorprendida por las palabras de Necross, pues este se había ausentado solo una vez desde que comenzaron los alas negras. -Puedo jurarles que no soy Necross Belmont, si es que a mí me tiene odio aquel sujeto. O amenazarlo… lo que salga más conveniente.- La mujer rio, y le comento al tuerto que no los amenazara, pero que su presencia en Naresh podría ser útil, quizás hasta se consigan otro comprador. -Partiré mañana, junto a Legato.- Comento antes de ponerse de pie y caminar hasta una fogata en medio del campamento, donde cada tarde los alas negras, sagradamente, se reunían alrededor del fuego para comer antes de dormir.  

La noche llego y el fuego se apagó, cada miembro del equipo se fue a su respectiva tienda para pasar la noche.  La tienda de Mary Ann estaba cerca de la de Necross, y estas al mismo tiempo cerca de las de Lux y Vince, pero aquellas tiendas estaban vacías, ya que ellos se encontraban en una misión. La tienda de Necross era un poco más grande que las demás, ya que este dormía con Nadine, mientras Sif resguardaba la entrada.  A veces lo centinelas le lanzaban trozos de carne seca a la loba, y se quedaban por unos segundos acariciándole la cabeza.

-¿Sabes que mañana he de partir, no?- Necross estaba acostado sobre un saco para dormir, con su pequeña descansando sobre su pecho. -Si Vater… cuídate.- Y aunque la niña era joven, no era estúpida, sabía todo lo que ocurría, y lo que su padre debía hacer para traer las monedas al campamento.  Nadine se abrazó con fuerza del torso de Necross, quien hizo lo mismo, le beso la cabeza, y le ordeno que se durmiera.

A la mañana siguiente, apenas amaneció, el hombre del parche se dispuso a marchar. -¿¡Qué!? ¿¡Pero porque no me dijiste ayer!?- Legato tomo la orden de Necross de mala manera, ya que no estaba listo para volver a las Nalini, estaba cansado. -Solo serán unos días de viaje, iremos a hablar con tu contacto y volveremos.- El ladrón  suspiro con pesadez, y asintió sin ganas, para finalizar comentando: -Pero no lleves al pájaro ese, no quiero pasar vergüenzas allá.- Mary Ann se burló del tuerto cuando este hizo mala cara por su montura. Y de mala gana se subió a uno de los caballos que había robado de las caravanas.

Necross beso a su hija, se despidió de Sif, y subió al caballo, para partir junto a Legato hacia el Triunvirato estatal de las Nalini.

Legato:



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Miér Dic 30, 2015 8:58 pm

I. Tierra de nadie

Al mirar el cielo, no pude creer la belleza perfecta de las estrellas y las luces pálidas, decadentes, de las lunas. El viento mecía de nuevo mis cabellos de manera armoniosa, tranquila. Una bocanada de aire bastó para que su pureza refrescara los pulmones como enalteciera mi corazón. Soy libre y la alegría que ese pensamiento generaba, impulsó mi avance resuelto hacía un horizonte nuevo.

-Tendrás que vértelas sola, Amethist, aprender del mundo, de sus encantos y sus engaños. Conocer la libertad pues su cara contraria, la esclavitud, ya te dejó su impronta. Y luego, quizás, cuando paso a paso te arrastres por la tierra, nos volveremos a encontrar.

-Y ¿cómo cuándo será eso?- inquirí aún en esa lengua vulgar ante las palabras enigmáticas de Milk, con la cabeza gacha y la obediencia tallada en el rostro. Aquel viejo, a puño y cabeza, se había ganado mi respeto, así como mi gratitud.

-Cuando te hagas las preguntas correctas, niña. Pero ahora, eres libre para trasgredir tus opciones, impulsarte en el horizonte y… quién sabe… quizás hacerte con el mundo, pues a fin de cuentas, aún sigue siendo tierra de nadie.

Nunca había entendido por qué el anciano me resultaba tan familiar. Desde el primer momento que le vi supe que confiaría, a pesar de las aprensiones o el buen juicio. Me había defendido, había peleado a mi lado, y al final, ya solo quedaban los recuerdos de todo lo sacrificado y todo lo dado. Gracias a su ayuda había comprendido el poder de no estar solo, pues fueron gracias a muchas manos que yo podía pisar el suelo por el que caminaba.

Para mí, la libertad en ese momento tenía un sabor bastante dulce.

Nunca reparé en lo desgarbada y harapienta que estaba. Mis ropajes sucios dejaban escapar los extraños olores que mi cuerpo decadente exudaba por las batallas, el sudor, las corridas entre muros y celdas, como las extrañas compañías. Algunas heridas se atisbaban en mis brazos, rasguños diversos que en el momento no emitían ningún dolor. Mi concentración estaba en la hierba fresca y la manera como se contoneaba al son de la brisa; en el sonido cantarín de las criaturas que pueblan esa parte del mundo; en la noche tupida de estrellas; el oleaje cadencioso del mar que corría a mi diestra, y en el estupor abrazante que me otorgaba el sentirme con vida.  

Sacaba de vez en cuando la bolsa de cuero, apenas de tamaño justo, no muy grande, tampoco muy pequeña, con circunferencias doradas, plateadas, cobrizas y otros tantos de diversos colores y tamaños. Me distraía el sonido acuático que entonaban entre mis manos al caer de nuevo, una y otra vez, sobre la bolsa.

-Ten estas monedas- había advertido el viejo antes de partir con todos sus secuaces: -Te ayudará pues el mundo funciona solo con ese tipo de llaves maestras. ¡Increíble como cada vez la humanidad se complica la vida más de lo que ya es!- agregó.

Sí, una vez más el viejo tenía razón. “Para que hacerlo fácil, si difícil también se puede”, reí, con el sarcasmo cruzado en la cara aún sucia, asintiendo a ese pensamiento.

¿Cuánto había andado? No lo sabía. El corazón me impulsaba a seguir, aún a guisa de no haber probado bocado quién sabe en cuánto tiempo, arrastrándome cerca del acantilado hacia el este, como había recomendado Milk. Proseguía una marcha que no resultaba tortuosa, sino ejemplificante, pues desde lo alto podía observar como a la distancia se iba perdiendo la punta de la montaña maldita, la fortaleza de la Orden, los malos recuerdos, los sinsabores, y aquella figura nívea de ideas macabras y voces infernales quedaba en el pasado. Hacia adelante se pintaba un futuro incierto de esperanzas fugaces.

-Linda criaturita, ¿no crees Moritz? Y tan solita por estas tierras…

Volteé de manera instantánea, pues la sorpresa de aquellas palabras, dichas a traición, despertaron unos reflejos que poco sabía que tenía. Huraña como siempre, pero con cierta pizca de curiosidad malsana, me quedé estudiándolos, sus rostros maltrechos como el mío, sucios igual, con ese brillo en la mirada que saltaba en curiosidad. Su tufo a alcohol y malos vicios alcanzaba mi nariz, fastidiada con los problemas que se avecinaban.

“No quiero problemas, largaos”, quería decirles, pero bien sabía que apenas balbuceaba la lengua que conocía, todos retrocedían espantados.

-¿Cómo te llamas, dulzura?- interrogó una segunda voz, taciturna y con parsimonia.

Los hombres, ocultos en el velo de oscuridad que proveen los pequeños arbustos del lugar, poco se reconocían a pesar de que me esforzaba por atravesarlos con la mirada. Uno era bajo, ancho, de rostro rojizo y bromista. Se rascaba cada minuto la entrepierna, como si le escociera, de seguro por lo poco que gustaba de montar aquella cabalgadura que traía. Vestía simple, apenas un poncho parecía protegerlo del frío. El otro, de sombrero ancho y barba perfilada, ocultaba el rostro fumando, apenas para alzarlo de vez en cuando y mirarme directo, con ojos verdosos llenos de intenciones.

El silencio reinó.

-Eres tímida y haces bien en desconfiar. No se puede ir hablando por ahí con extraños. Pero, no te preocupes, en mi caso ya ni se me para- río el gordo: -Nada te pasará. Soy Moritz.

-Amethist- respondí, finalmente, rápida, atragantándome las palabras con cierta voz trémula que condené.

-Y, ¿hacia dónde vas?- agregó el del sombrero, ahora con una media sonrisa.

Nuevamente silencio. Dentro dudaba de seguir el juego, aunque también era cierto que nada podía perder en contar mi objetivo, incluso todo lo tenía para ganar.

-Valashia- acoté.

Era el único rumbo que claramente tenía trazado en la mente, gracias a las palabras dichas por los demás en la Fortaleza. Al parecer, aquella región estaba libre de la Orden y a mí me convenía llegar a un lugar así.

-Esta muy lejos. Nosotros vamos a Naresh pues el gordo tiene … cosillas.

-¿Sabes montar, dulzura?- arguyó el gordo con tono condescendiente.

-No.

Música:


El del sombrero resopló abullonándose entre el abrigo, pero Moritz, para sorpresa de todos, arrancó a reír con ganas.

-¿Cómo es que existen niñas que no saben montar? ¡Si hasta montan a los hombres y con gracia! ¡Increíble! Hacerlo con un caballo exige menos técnica y acrobacia. Ven, ven, dulzura- apuró bajándose de su montura: -Pásame a Jutta, Juaco.  

El del sombrero desamarró de la parte trasera de su silla de montar las riendas de un tercer caballo que marchaba junto a él y, entregándoselas al gordo dijo entre labios: “¡Estúpido! Par de pechos y saltas a salvarlos como sea”. Moritz rio entre dientes, cómplice, y se adelantó despreocupado.

Yo, por el contrario, estaba plantada en el punto donde quedé, como una estatua. No me animé a dar un paso atrás, como tampoco adelantarme, viendo como se acercaban humano y montura.

-Mátales..- cantó a lo lejos, una voz misteriosa, odiosa, al compás del viento.

-Sube un pie acá, mujer- ordenó, cruzando las manos para impulsarme: -y cuando estés arriba sostente bien de la rienda.

Lo hice tal cual, trastabillé, sentí que el trasero me pesaba más de la cuenta, y me dejé caer sobre el animal, el cual pareció ni percatarse de que yo estaba allí. Tomé la rienda y en par instrucciones, entendí lo esencial. Moritz también montó su caballo; a pesar de su cuerpo ancho y robusto, lo hizo con soltura.

-Jutta…Linda Jutta… tú dejar caer a mi y yo matar a tu para parrilla. Linda Jutta… Linda…

Le canturreaba nerviosa, sabiendo que si me caía había pocas probabilidades de volverme a parar por largos días. Era un animal alto, ¡demasiado!, cuyo color pasaba a segundo plano por la oscuridad nocturna. Brillaba su pelaje, eso sí, y era grandiosa, de patas fuertes y cola trenzada. No sabía de animales, pero aquel se me presentó terrorífico como soberbio.

-Listo. Ahora Jutta tiene jinete y una bonita- guiñó Moritz hacia el del sombrero, que parecía molesto. Chasqueó y siguiendo la orden, las bestias arrancaron con paso brioso en dirección hacia el este.

Al principio fue difícil encontrar el sitio exacto para evitar el impacto en mi entrepierna cada vez que saltaba sobre Jutta, pero luego fue comprender el mecanismo, su ritmo de caminata y el mío para evitar la caída sobre su lomo. Pronto el dolor, que casi imperceptible, y eso que al comienzo temí quedar estéril con lo fuerte de la sacudida. Ahí pude dejar de concentrarme en la montura y más en el paisaje. Y era cierto. ¡Milk tenía razón! De pronto la tierra se me presentaba sin dueño, toda para mí, toda a la espera de que yo me hiciera a ella.

A sal y mar, tierra y polvo en lomo de caballo me sabía la libertad.


Última edición por Amethist el Vie Ene 08, 2016 5:53 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Jue Dic 31, 2015 6:20 am

Lo primero que necesitaban para dejar el campamento era una pequeña escolta, ya que ellos debían desactivar momentáneamente las trampas que protegían los alrededores del bosque. Pero claro, Legato no necesitaba aquella ayuda, con su habilidad y destreza podía burlar cada trampa que los alas negras habían puesto. Una vez fuera del bosque, el hombre del parche y el bandido se despidieron de las escoltas, y avanzaron hasta el camino principal.

Lo único que se escuchaba sobre el camino era el galope de los caballos, y una que otra ve cantora, que en sobre los arbustos le daba la bienvenida al nuevo día. El hombre del parche, quien llevaba una gabardina oscura, siento una corriente de viento golpear su rostro, dejándolo despeinado, y con el recuerdo de una canción en la cabeza; canción que no cantaría, por supuesto. -Si ahora estas fuera, ¿Mary Ann queda a cargo?- El bandido buscaba alguna manera de hacer conversación, aunque sabía que el tuerto no era muy hablador.

Necross rio fuertemente mientras hacia la cabeza hacia atrás. ¿Qué te hace pensar que yo estoy a cargo? Los alas negras le responden a ella, yo solo les di el nombre.- Una sonrisa tenue se dibujó en el rostro de Legato, quien compartió la momentánea alegría del tuerto. Pasado el mediodía, sobre el camino, una pequeña caravana de mercaderes apareció en el horizonte, Necross y Legato compartieron una mirada, pues ellos sabían sobre la ruta de la caravana, y lo que pasaría cuando pasaran cerca del bosque negro, como lo llamaba Necross. El hombre del parche saludo con un gesto de su cabeza a un sujeto que iba sobre un carromato, quien se iba rascando el cuello, y poco le importo el saludo del tuerto. -Apuremos el paso, Necross.- El hombre del parche asintió,  y ambos hicieron correr a los caballos.

Aún faltaban varias horas para el atardecer, y el par decidió hacer que los caballos bebieran del Tarangini, el gran rio que cruzaba todo Ujesh-Varsha. Pero un aullido interrumpió el tranquilo sonido que hacían las aguas al pasar. -Lobos, debemos estar en su territorio, tenemos que irnos.- Advirtió el bandido, queriendo evitar cualquier tipo de problema. -No, alto. Si fueran lobos se escucharía más de un aullido, y en caso de que nos quieran atacar, el sonido del aullido sería distinto… esto parece, un llamado.- Legato, sin entender de que hablaba el tuerto, lo miro con curiosidad, ya que este se movía de lado a lado, buscando algo. -¡Pero con un demonio!- Exclamo con enojo el hombre del parche, quien estaba en medio del camino, mirando hacia atrás. El bandido se acercó al tuerto, para saber que lo había hecho enojar, y en la distancia vio a un perro correr en su dirección.

Necross se puso de cuclillas y estiro los brazos hacia adelante, y espero así hasta que Sif, la loba, se lanzó sobre él. El hombre del parche se quedó en el piso jugueteando con el animal por unos segundos, le acaricio la cabeza y le tiro de los cabellos, mientras la loba le lamia el rostro. Legato se cruzó de brazos, antes de volver con los caballos. -Supongo que hace mucho no venias conmigo en una aventura. ¡Vamos, Sif!- Necross, quien con una rodilla en el piso le rascaba con cariño el cuello a la loba, se puso de pie y  guio a Sif a la orilla del río, para que bebiera de el.

El bandido y el tuerto, nuevamente sobre los caballos, retomaron su camino. - ¿Sif podrá seguirnos el paso?- Le pregunto Legato a Necross, mientras miraba al lobo, quien caminaba en medio de ambos. -Por supuesto que sí. Aun cuando corrimos nos logró alcanzar. Estoy seguro que de no haberla visto aquí, la hubiésemos encontrado en Naresh.-  Durante el atardecer, el bandido noto que el tuerto estaba perdido mirando las aguas del río, y el mismo atardecer que lentamente desaparecía. Legato le pregunto a Necross si estaba bien, el tuerto bajo la cabeza, antes de hablar. -Lo siento, pero es que, mira…- El hombre del parche apunto hacia el atardecer, pero Legato no entendía que es lo que apuntaba. -…Siento que luchamos por esto, que es por ello que seguimos vivos.- Legato ladeo la cabeza, pensando que entendía a Necross. -¿Por el atardecer?- El hombre del parche rio levemente, y negó con la cabeza.

-No, por ver las maravillas del día, una vez más.-

El ladrón y el hombre del parche decidieron esperar hasta el siguiente día para continuar, ya que la noche había llegado, y los caminos se podrían poner peligrosos. Se alejaron del camino principal por seguridad, ya que las aguas del río pueden atraer a todo tipo de depredadores. Antes de dormir sobre los sacos, el bandido miro al tuerto por un momento y sintió envidia, ya que este estaba usando a Sif como almohada, y se veía muy cómodo.

A la mañana siguiente, el primero en despertar fue Legato, quien se sentó sobre su saco, miro al tuerto, y lo maldijo internamente. El bandido tenía el cabello completamente despeinado, la bandana le cubría un ojo, y de su boca corría un pequeño hilo de saliva. El hombre del parche despertó pocos segundos después, se sentó sobre el saco como lo hizo Legato, estiro los brazos, y la sonrisa en su rostro le hizo entender al bandido que había tenido un muy buen dormir. -¿Te dijeron alguna vez que roncabas, Necross? ¡Por tu culpa no logre dormir en toda la noche!- El hombre del parche comenzó  a reír muy fuerte, tan fuerte que cayó de espaldas. - Lo siento amigo, no fue intencional.- Entre risas Necross intento disculparse, pero su rostro burlón solo lograba que Legato se enojara más.

Por petición del bandido, después de alistarse, ambos regresaron a las orillas del río, donde el tuerto se acercó a la orilla con la intención de mojarse la cara, pero no sintió el rápido y poderoso empujón que Legato le proporciono.  Necross cayó de cara al agua mojando parte de su gabardina, cuando salió del agua tenía el rostro lleno de furia. -Lo siento amigo no fue intencional. Pero no podemos reunirnos con el comprador, mientras tu hueles a perro.-  El hombre del parche con presteza se puso de pie, en un intento por agarrar la capa de Legato, quien se asustó y subió al caballo, para luego escapar del tuerto.

El par encontró una pequeña aldea cerca del camino, una que aparentemente, se mantenía viva gracias a la pesca, ya que en su pequeña extensión había un par de puertos. Ambos se adentraron en la aldea, donde Legato no perdió oportunidad alguna para ver el trasero de las jóvenes mozuelas que recorrían el lugar. -Por favor… ¿puedes ser disimular un poco?- El bandido rio y abrió los brazos, en un gesto totalmente egocéntrico. - Los dioses me dieron los ojos para ver las bellezas que crearon en el mundo, no los deshonrare ocultando mi mirada.-

Al hombre del parche le llamo la atención una barcaza estacionada en un pequeño puerto, y le pregunto a una muchacha que pasaba que hacían con ella. -oh, ese es el barco del viejo Lucio, el suele llevar gente y lo que pescamos a Naresh.- Necross agradeció la información de la mujer y se despidió de ella, mientras Legato se quedaba mirando cómo la chica se alejaba. Necross se bajó del caballo y se acercó a la casa aledaña al barco, en la que supuestamente viviría Lucio. Golpeo tres veces y espero un par de minutos, momentos después un hombre de mediana edad, más pequeño que Necross, abrió la puerta. -Mi señor, ¿cuánto me cobraría si le pido que me lleve a Naresh? El hombre dio un paso atrás y pestañeo varias veces, sorprendido por la petición tan directa del tuerto, incluso se asustó un poco al ver el tamaño de su mandoble, pero la sonrisa tenue en el rostro de Necross lo tranquilizo.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Sáb Ene 02, 2016 1:21 am


II.Travesía

-No confió- susurró Juaco a tiempo que se levantaba un poco el sombrero y miraba de reojo.

-¡Pero yo sí y por mi Chata que nunca me han fallado los ojos como el olfato!

Moritz había roto con su declaración el silencio que había reinado desde que conociera a aquellos dos. La tierra se abría paso entre la maleza, de vegetación baja y algo estéril, como un camino pintado en gravilla deteriorada en tiempos pasados, aquellos antiguos que nadie recuerda ya. Hablaban ambos amigos de vez en cuando, en susurros o a veces a gritos, pero yo les ignoraba, incluso cuando las preguntas me iban dirigidas. ¡No sabía la lengua lo suficientemente bien para que me tomaran en serio! Y siendo unos completos desconocidos, la única carta que tenía para amedrentar eran las armas que portaba –y que ellos supusieran que las sabía usar.

En mi silencio, en el deleite del viento despeinando los cabellos mientras Jutta cortaba con su carrera la distancia entre nosotros y el objetivo, me debatía si tomar la ayuda de ambos hombres había sido buena idea. A mi favor jugaba el desconocimiento que ellos tenían de mis artes, y en mi contra el confesarme que poco o nada tenía de artista.

Meneé la cabeza aburrida, tratando de dejar de lado aquellas ideas, atenta al paisaje y los cambios que presentaba con calmada deferencia. Con minucia lo que antes eran pequeños arbustos y una tierra estéril se volvieron robles altos y fuertes con pastales y musgo; los pinos se alzaron en mayor número hasta hacer competencia en altura y soberbia con sus pares. Los pájaros migrantes dejaron de ser las únicas aves cantoras y poco a poco pequeños especímenes de colores variopintos se hicieron a la nueva geografía de la región. Las moscas zumbaron con mayor interés y las mariposas se lucieron con los últimos rayos de sol. Pronto me percaté que el aire salado del camino se había quedado atrás y el ascenso de pastales alrededor indicaban la cercanía a mejores recursos y por ende, población. No supe muy bien por qué aquellos nuevos aires me otorgaron mayor seguridad, como si el verde de los prados me revitalizara el pensamiento, tanto tiempo sumergido en la oscuridad de la fortaleza, ahora un mero recuerdo del pasado.

Con un gesto de su mano, el gordo contuvo el trote de las bestias al llegar a un claro. El sol ya se había puesto y yo bostezaba de cansancio, como también de hambre.

-Descansaremos acá- expresó Moritz con una sonrisa. –Ya ha sido un largo trayecto y no podemos aventurarnos a cruzar los Campos del Sol en penumbras. Hay más de un ladrón escondido entre los higos y el maíz.

Se bajó de su montura con la misma facilidad con la que se había subido. Así también el llamado “Juaco” hizo lo suyo, tomando ambas riendas y amarrando los caballos a uno de los árboles cercanos.

Yo me pensé dos veces el cómo descender de Jutta. A lo largo del camino había sido una bestia dócil, que poco había hecho para desbocarse o propinarme sobresaltos. Incluso al final sentí que el miedo cedió a la excitación de cabalgar y sentirme con el espíritu dispuesto al disfrute de montar aquel animal. Pero ahora volvía la aprehensión al no saber muy bien como descender. Pasé un pie sobre su lomo y el dolor en la entrepierna me hizo recordar los toqueteos de Moritz: ahora entendía a qué se debía que manoseara siempre las bolas.  Yo no tenía de eso, claro está, pero igual me escocía la entrepierna por el roce del caballo. Suspiré con desgane y me lancé al suelo, apenas apretando los dientes para disimular el escosor de una torpe caída. No lo hice con mucho éxito, ya que ambos hombres me observaban con una sonrisa.

Mientras yo me lo pensaba ttatando de encontrar mi sitio frente aquella compañía, el del sombrero ya se encontraba apilando madera mientras el otro sacaba varios trastos de las alforjas de los animales.

-Pásame las riendas, lindura- advirtió Juaco: -No vaya a ser que por tu novatada nos dejes hasta sin caballo.

-Debes tener hambre…- agregó el otro: -Toma este pedazo de cecina, será un “algo” mientras nos hacemos a una buena peta.

-¿Pe…ta?- balbuceé dando un primer mordisco a aquella carne dura como el cuero.

-Es una sopa propia de la zona. Una delicia. Se nota que no eres de estos lados, mujercita. De hecho, me inquieta tu edad, ¿no serás por casualidad una fugitiva de casa que busca mejores oportunidades fuera del rejo paterno?

Apenas alcé la ceja izquierda, como recriminando lo estúpido del comentario, y seguí mordisqueando aquel tocino, que para mi paladar, resultaba todo un manjar.

El silencio incómodo dio paso a un intercambio de anécdotas entre ambos hombres, mientras la fogata se avivaba. De vez en cuando paseaban la mirada en dirección a mí, pero la retiraban casi tan pronto cuando yo la levantaba. Aún me debatía si era bueno confiar o no, aunque en el fondo mi estómago se inclinaba por guardar la esperanza. Las lunas dispuestas en el firmamento parecían acolitar las historias de ambos bandidos, que se reían y carcajeaban de los negocios que tenían en cada una de las tres ciudades que hacían parte de las Nalini. Oyéndoles, aprendí de ellos y sus bares y tiendas de alquiler, también de la región, de las ciudades que hacían parte del triunvirato, como también de un largo río que divide el dominio de la Orden y las familias "paganas y herejes" del norte. Una clara mención a los Sikti como Milk.

-No pareces de Valashia- acotó Juaco con media sonrisa luego de hablar sobre el desierto y sus misterios: -Eres demasiado blanquita para el sol tostador de ese lugar, y además esos cabellos tan extraños que tienes: digo, no es que sean canas pero es que sí que se le parecen.

-De seguro debe venir de otra región. He oído que la gente de Geanostrum es tan albina como esta niña… Amethist, ¿no?

Asentí, sin validar o desmentir nada de lo dicho. Quizás tenían razón.

-Bueno, si eres buena y nos ayudas a llevar a Jutta, puede que te demos un empleo para que puedas pagarte el viaje al norte.

-No necesito- respondí seca, ya olfateando el caldero.

-… pero sí que requieres de un baño- comentó entre dientes Juaco: -y con urgencia.

No es que aquellos hombres olieran mejor. Incluso sus ponchos y abrigos eran de animales y casi en ellos aún perduraba el humor rancio de sus antiguos dueños. Pero lo cierto es que ninguno sabía que había estado en una celda, que me había paseado por aquellos calabozos con un ser podrido, que había resultado varias veces besando el piso húmedo de las celdas, y que quizás había más que agua en aquel lugar pestilente. Un frío me recorrió la espalda al recordar la oscuridad como también los trucos que oculta la Fortaleza de Samrat. Si por mí fuera, nunca más volvería a aquel sitio… aunque me costara la vida en ello.

-Estamos listo… Toma.

Juaco extendía una mano con una totuma llena de un líquido amarillo y en el centro unas hojas. Arrugué el rostro y lo recibí con cierto escepticismo.  No era realmente muy aromática y su olor resultaba en cierto punto desagradable. El del sombrero alzó la mirada y con una sonrisa completó su petición:

-Ni se te ocurra no comerla, que bastante me ha tomado hacerla.

Mortiz sonrió mientras sorbía su porción con apetito. La disfrutaba y lo demostraba regándosela por toda la cara. En mi caso, apenas si la tocaba con la lengua y me estremecía por su sabor rancio. Era agria en un primer momento con un dejo dulzón que parecía más producto de la fermentación que de los ingredientes mismos que tenía. En últimas, se trataba de un menjurje siniestro, el cual debía beber o de lo contrario no vería la opción de llegar a Naresh y solucionar al menos parte de mis problemas.

Y es que eso era lo que tenía mi mente ocupada: sabía bien que mi camino estaba lejos de ese triunvirato y del control de la orden, pero lo cierto es que no tenía ni la menor idea de que hacerlo implicara un viaje tan largo. El mundo se presentaba demasiado ancho y grande para mi gusto. La idea de obtener los favores de aquellos dos hombres, aunque generosos, me revolvía las tripas de la desconfianza, lo que no sabía cómo llevar. ¿Mejor les dejaba y marchaba por mis propios medios? ¿o era preferible  seguir y enfrentar los retos que se presentaran por el camino junto a aquellos dos con Jutta y la deuda por su ayuda?

En medio de la comida, encontré que podía beber aquella pócima mientras la ignoraba imbuida en otros temas. Lo mismo pasaba con los otros dos, quienes entre chistes y chanzas habían terminado de comer y continuaban avistando las chispas del fuego creciente.

- Deberías dormir, peliblanca. El camino de mañana es arduo, una jornada más, y luego tendremos que vérnoslas para cruzar la muralla de la ciudad. Algo me dice que no querrás pasar por la puerta principal la inspección de los guardias…-advirtió Moritz risueño.  

Levanté la mirada del cuenco y me quedé pensativa. ¿Acaso era tan obvio que era fugitiva? ¿Por qué me decía esas palabras ahora?

Asentí, como quién le resta importancia a lo dicho, aunque fuera todo lo contrario. Apuré la peta y devolví el cuenco vacío, con algunos recados. Al rincón derecho de la fogata, Juaco se apostó en un árbol y, luego de abullonarse dentro de sus trapos, bajó el sombrero, tapándose el rostro, empezando a roncar casi de súbito.

-Toma este pedazo de chocolate y anda a dormir, Amethist- ofreció el gordo, aferrándose al mango que se perfilaba sobre el cinto y acomodándose más recto y solemne. –Yo haré turno primero y luego Juaco. Lo hemos hecho así durante todo el viaje y nos ha funcionado en más de 10 años de trabajo conjunto.

Sentí el orgullo tras aquellas palabras y asentí.

Tomé la barra de color oscuro y al primer mordisco me pareció delicioso. También acaté las indicaciones con obediencia, aunque la cabeza nadaba en dudas que solo parecían opacadas por el sabor pacificador del cacao. Quité el arco y el carcaj de mi espalda, acomodé dentro de este último el estoque con su funda, retirándolo del cinto, y luego, abrazándome a todo, me eché sobre el prado recostada de medio lado, dando la espalda al gordo. Me dormí llena de conjeturas y sueños intranquilos, aunque de vez en cuando aparecía en la duermevela el lejano sabor de unos labios impregnados de cacao y tabaco.

La noche se sucedió al día y al despuntar el alba, Moritz y Juaco estaban ya dispuestos para continuar el rumbo. La hoguera estaba deshecha y Jutta esperaba apacible. Naresh era la meta. 


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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Ene 03, 2016 3:06 pm

Fueron cinco las monedas de plata que el tuerto necesito para convencer al viejo Lucio, quien en un principio no estaba dispuesto a ayudar, pero se vio convencido por la labia de Legato. El tuerto y el ladrón tuvieron que esperar una hora antes de partir, ya que el anciano pescador necesitaba arreglar unos asuntos. Necross y Legato estaban ya sobre la barcaza, el bandido mirando hacia el pueblo, a cualquier persona que pasaba, y el hombre del parche al agua, perdiéndose en las olas. Legato camino hasta el lado de Necross, poso su mano sobre el hombro derecho del tuerto,  y lo sacudió con alegría. -Fue una buena decisión, ¿pero era necesario pagarle tanto al anciano?- Necross en ningún momento quito la vista del agua cristalina. -No lo sé, pero la madera carcomida, los muebles viejos, y la ropa roída del anciano me obligaron a hacerlo. Creo que Nadine me ha influenciado mucho.-

El anciano subió al navío y le pregunto al par si estaban listos, el hombre del parche le dijo que solo necesitaba subir a los caballos. Con los animales arriba del navío, el anciano estaba listo para zarpar. Un par de horas duro el viaje, el cual fue aburrido para el bandido, ya que no lograba hacer mucha conversación con el tuerto, y mucho menos con el anciano. Aún faltaban varias horas para el atardecer, pero los grandes puertos de Naresh ya se veían en la distancia. -He pasado ya mucho en el bosque, con gusto pasaría la noche en una cómoda cama.- El bandido miro al tuerto, mientras el barco se preparaba para detenerse. -No solo eso, si se te aloca la entrepierna, hay un burdel muy bueno que podemos visitar.- Necross rio, un tanto fastidiado. -Con la cama será suficiente.- Dijo risueño.

Con el primer paso fuera del navío, el hombre del parche inhalo profundamente, para luego exhalar con más fuerza, dejando una sonrisa placentera en su rostro. Legato le pago al anciano, y luego bajo con las riendas de los caballos. En ese momento un guardia de la ciudad se le acercó al par, intento hablar, pero Sif comenzó a ladrarle. Después de que Necross calmo al lobo, el guardia continuó: -No pueden entrar con los caballos a la ciudad, deben dejarlos en custodia, y por supuesto, eso no les saldrá gratis.- El tuerto y el bandido hablaron con el guardia por un par de minutos, y este les explico con más detalles la situación.  El guardia les cobro tres monedas de bronce, y les pregunto sus nombres. -Lucard Wasser, y él es… ehh… Muggs, a secas.-  El guardia anoto los nombres, y se fue con los caballos, no sin antes advertirle al tuerto que controlara al perro. -Muggs… supongo que debo recordar el nombre.- Necross mantuvo una sonrisa de complicidad en su rostro.  

El hombre del parche, quien nunca antes había estado en aquella ciudad, se maravillaba mirando los hermosos edificios que Naresh presumía.  - Hey hey, pareces turista. Vamos, que tenemos que reunirnos con el comprador.- Ambos apuraron el paso, y se internaron en el bajo mundo de Naresh. Y es que aunque la urbe ostentaba belleza, y sus ciudadanos limpieza, era notable que entre los buenos ciudadanos vivían otros, unos más astutos, más depravados, incluso más ricos que los condes y condesas.  El hombre del parche saco dos trozos de carne seca de su bolsillo, uno se lo entrego a Sif, y el otro se lo iba comiendo él, mientras caminaba detrás de Legato.

Legato guio a Necross al barrio menos acomodado de la ciudad, y sin duda las cosas contrarrestaban mucho con la plaza principal. Los vagabundos eran más comunes, ya que muchos eran los que poco tenían, las mujerzuelas sin vergüenza ofrecían sus servicios, y algunos inescrupulosos ofrecían cosas que el tuerto prefirió ignorar. El hombre del parche y el bandido se detuvieron frente a una modesta casa, la que según el ladrón, era el centro de operaciones del comprador, pero que ni siquiera se acercaba a como era su verdadero hogar. Legato golpeo la puerta tres veces y un sujeto grande, de cabellos largos y oscuros como la noche le dio la bienvenida. El bandido entro, y el tuerto intento hacer lo mismo, pero el portero lo detuvo. -¿Y este quién es?- Necross miro al sujeto con cierto fastidio. -Viene conmigo, no te preocupes.- El portero se hizo a un lado, y el hombre del parche, junto a su loba, entraron sin problemas.

El bandido camino junto al tuerto hasta una pequeña habitación, donde había un hombre sentado frente a un mesón, escribiendo algo en un trozo de papel. -Faendal, mi señor. He regresado una vez más, por el asunto de nuestro contrato.- Faendal, el comprador, no se molestó en levantar la mirada, continuó con lo que hacía, siguió firmando papeles. -Legato, te lo dije antes y te lo diré ahora, no hago tratos con traidores. Ve y dile a tu jefe que nuestra sociedad se terminó.- El hombre del parche dio dos pasos adelante, poso fuertemente las manos sobre el mesón, y le hablo al ex comprador. -¿Por qué no me lo dices tu mismo?-

Faendal dio un pequeño salto, se había asustado. - Tu eres… ¿tú eres Necross, el líder de los Blackwings?- El hombre del parche arqueo una ceja con confusión, y agregó: -¿Necross? No tengo idea de quién demonios es ese tipo. Mi nombre es Lucard, y no, no somos los alas negras, nuestra organización no tiene nombre.- Necross de a poco acercaba su rostro al comprador, quien intentaba hacerse hacia atrás, ya que cada vez se asustaba más. Faendal estuvo a punto de gritar, ya que quería llamar a sus guardias, pero el tuerto lo detuvo golpeando la mesa, y haciendo que los papeles apilados sobre esta se cayeran. -No me hizo ninguna gracia que de la noche a la mañana nuestra sociedad se terminara, y que me confundieras con otro sujeto. Un insulto más grave aún es que me llames traidor, cuando fuiste tú el que nos traiciono. ¿No crees que hay que pensar mejor en todo este asunto?- El hombre del parche llevo la mano derecha la pomo de su bastarda.

Faendal se puso de pie, e intento acercarse a la puerta, pero Legato le bloqueo el paso. -Mi jefe se ha tomado muchas molestias para venir hasta aquí. ¿Acaso no piensa, mi señor, que por lo menos puede escuchar su petición?- Faendal con nerviosismo en sus palabras les dijo que como todo había sido un error de su parte, no habría necesidad de cancelar la sociedad, y que gustoso volvería a trabajar con ellos.  El hombre del parche entonces alzo la mano derecha, para que con un apretón de manos sellaran el acuerdo, el comprador respondió el gesto, y Necross sonrió, Faendal lo imito. -No me hagas regresar.-- Dijo el tuerto, aun manteniendo la sonrisa, pero con las palabras impregnadas de seriedad.

Ambos salieron del edificio, y mientras la puerta se cerraba, se escuchó un sonoro “¿¡Dónde mierda estabas!?” El hombre del parche comenzó a reír, mientras le daba la espalda a Legato y  estiraba los brazos, con una notable pereza. Pero el bandido miro con curiosidad al tuerto, ya que ahí se veía infantil, inmaduro, pero hace unos momentos sintió miedo y nerviosismo. -Bien, ¿Dónde puedo tomarme una cerveza?- Preguntó Necross mientras se sobaba el cuello. El bandido apunto con la cabeza a la distancia, antes de comenzar a caminar con el tuerto a su espalda. Pocas fueron las calles que recorrieron antes de llegar al “señor de las cenizas” como se llamaba la taberna.

Necross se quedó fuera viendo el nombre, ya que él conocía una leyenda sobre un señor de las cenizas, quizás el dueño del lugar también la conocía. ¿Qué estas mirando? ¡Vamos!- La taberna era un tanto pequeña y de poca clientela, pero para ambientar tenían un grupo de músicos, mientras se abrían paso por la gente, el hombre del parche alcanzo a escuchar la conversación que dos sujetos, notablemente ebrios, mantenían. -Pareciera que están matando a un gato, por mis paso en Thonomer escuche a una Divium de cabellos oscuros tocar la guitarra, y esa sí que era música. Dijo el primero, mientras el segundo interrumpía el sorbo a su bebida para acotar su opinión. -Si, recuerdo oír historias sobre una Divium de ojos rojos que iba por el mundo tocando su música. Ahhh… si tan solo pudiera pasar una noche con una Divium.- Los hombres brindaron y rieron, mientras Necross se paraba a un lado de Legato.

-Ve a pedir cerveza, te espero en la mesa de allá.- El hombre del parche apunto con el rostro a la mesa más alejada del lugar, pero el bandido lo miro con cierta sorpresa y fastidio por la petición tan autoritaria. -Sigo siendo tu jefe Legato. ¡Apresúrate!- Ordeno el tuerto, mientras el ladrón suspiraba y rodeaba los ojos.


Última edición por Necross Belmont el Miér Oct 12, 2016 2:48 pm, editado 1 vez



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Sáb Ene 23, 2016 7:53 pm

III. Naresh

Avanzada la mañana, con el sol sobre el cenit, cubriendo el rastro de las nubes a lo largo y ancho del horizonte, llegamos finalmente al lugar que daba origen al camino. Unos grandes portones de madera con esculturas labradas y engarzadas con piedras diversas, daban la bienvenida a los forasteros y locales que acudían a la tercera de las Nalini, Naresh. El aroma a mar impregnaba parte del camino, pero se alzaba sobre ella era el bullicio mismo de la civilización, con carromatos, animales de todo tipo, criaturas formidables y otras útiles. Sin duda era aquella ciudad un punto comercial importante, puesto que la fila para ingresar por aquellas puertas era casi tan larga como el camino que acabábamos de recorrer.

-Krash na’tak ra- balbuceé impresionada por cuánto alcanzaban a ver mis ojos, extasiados con la primera urbe que veía desde que recordara.

-Vaya… conque hablas otra lengua- advirtió Juaco: -Ya decía yo que parecías retrasada pero por la mirada siempre supuse que tu intelecto era más despierto que el de cualquiera.

Nos quedamos mirando, como estudiando lo que esas palabras evocaban y lo que entredecían. Aquellos hombres, aunque seguían siendo desconocidos del camino, me habían ayudado y había demostrado su lealtad y buenas intenciones. Yo no tenía por qué dudar más… no más.

-¡Ya deja de liar!- apuntó Mortiz, pasándose la mano por la barbilla con dejos de barba recién nacida. –Que el tema ahora es un poco más peliagudo.

Alcé las cejas, como preguntando por ello. Jutta parecía alegrarse de ver otros caballos y otras criaturas, pues meneaba la cola para un lado y otro, moviendo la cabeza llena de curiosidad. Acaricié su lomo, aun sabiendo que se encontraba tranquila, y por la manera como se tensaban sus músculos o giraba el cuello, entendí que detrás de las orejas era el punto donde más gustaba que la acariciaran. Así lo hice, mientras la fila avanzaba muy lentamente sobre un calor abrazador.

-Definitivamente lo primero que haremos al llegar será que te duches, mujer- volvió a comentar Juaco, al tiempo que otro carromato hacía presencia tras nosotros.

-Allí estabas Gordo pútrido- rugió una voz profunda y tronadora.

-¡Janek!- rio Moritz, bajándose de la montura en dirección hacia el hombre del carromato. –Tarde como siempre, rata pestilente.

“Bonita forma en que se tratan esos dos”, pensé mientras seguía con atención la escena. Se abrazaron con camadería y luego se entretuvieron discutiendo, mientras varios salían del carromato. Juaco tomó a Jutta de la rienda que asomaba sobre su cabeza, y tiró de ella, guiándonos hacia las personas que allí aguardaban.

-Hace mucho no te veía galán.

La voz era femenina, socarrona, sensual en cierto punto. Asomó primero su cabello negro de bucles definidos, y luego sus brillantes ojos pardos tras las cortinas que cubrían el vehículo.

-Dimitrea, hermosa, radiante como siempre- contestó Juaco con un guiño a una morena de ojos gitanescos: - ¿extrañabas a tu mejor cliente, no?

Ella torció en una sonrisa y me lanzó una mirada de soslayo. Juaco aclaró la garganta y luego prosiguió como si el momento fuera incómodo:

-Trabajará con vosotras, pues necesita dinero.

-Ya somos muchas, el dinero no alcanzará para tanto.

-No es mi tema. Háblalo con el jefe cuando sea. Por ahora, ya sabes lo que toca.

Chasqueó aburrida y bajó del carromato con parsimonia, como una reina. Se veía estupenda, alta, voluptuosa, llena de alhajas en los brazos y en las piernas, cubierta de sedas y listones en su cabeza. Caminaba con una seguridad a prueba de cualquier trastabillo y su porte galante la hacía ver más alta de lo que seguramente era.

-Bájate- me ordenó sin mirar, tomando de la rienda a Jutta.

Para ese entonces ya sabía cómo bajarme sin golpear mis plantas de los pies, los dolores en los muslos ya no me eran tan penantes y había aprendido varias palabras en lo que había escuchado a aquellos hombres. El idioma común, por lo que parecía, no me resultaba tan complejo aunque siempre acudían a mi palabras de esa otra lengua a la que todos en la orden temían.

-Ho..Ho... Hola- dije a la mujer, esbozando una torpe sonrisa, aunque en el interior moría de ira por mi propio tartamudeo.

Esta apenas levantó el rostro y sus ojos se posaron con desdén y al minuto siguió caminando de nuevo al carromato sin emitir palabra alguna. Me trataba como a un insecto.

- Encontrarás ropa dentro, en el cofre rojo. Toma algo de allí y roséate de paso un poco del agua de colonia. ¡Apestas!

Su desprecio estaba impregnado en cada palabra, cada gesto. Me dio la espalda y se retiró en dirección a Juaco, con Jutta a su espalda. Entré en aquel carro, sin pensarme dos veces si no sería mejor dar media vuelta y buscar otra opción. Aquellos eran los únicos aliados que podía encontrar a la redonda, de resto… era un mundo lleno de desconocidos.

Tomé del cofre un pantalón de lino café, y una blusa… Todas eran de colores llamativos y por alguna razón eso me disgustaba. Al final me decidí por una roja, color cerezo, tenía mangas largas y entallaba la figura, lo que no hacía el pantalón. Tenía un escote ligeramente largo, en forma de V, que hacía juntar los pechos… aunque en ello yo no era nada notada.

Suspiré al verme en el espejo cuando una chica, de baja estatura, ojos asustadizos y labios cuarteados me devolvió la mirada. Tomé el frasco de colonia y me di el retoque a tiempo que la chica volvía.

-Bien. Veamos. Al parecer no eres muy llamativa. Quizás te sobrevaloré, no creo que seas tan amenazante como al principio pensé. Soy Dimitrea, la gitana, y trabajamos para el gordo. Esperaremos unos momentos, hasta que las demás carretas lleguen, luego será entrar. Si revisan este lugar, escóndete acá-. Corrió un tapete y levantó una pequeña escotilla, la cual abrió una puerta escurridiza que guardaba algunas cajas en un compartimento secreto: -Tú al parecer tienes problemas por lo que mejor te ocultas y todos estaremos bien, ¿entendido?

Asentí, obediente con cierta satisfacción pintada en el rostro. Había tenido razón, después de todo: aquellos hombres iban a ayudarme y había corrido con mucha suerte en haberlos encontrado por el camino. Me sentí aliviada y segura, casi con la misma estrella con la cual encontré a Milk en las celdas de la fortaleza. Me dejé caer sobre un gran número de sacos, mirando a Dimitrea cómo iba de un lado a otro, sacando mis ropajes con cara desagradable, luego intercambiando algunos sacos por otros. También entró Juaco por un momento, alzó los sacos que dejó la gitana y los sacó del carromato, mientras los ruidos de voces y saludos crecían alrededor.

Recogí las piernas entorno a mis brazos y la cabeza se descolgó sobre ellos, dejando a un lado mis armas. Era un momento que tenía para descansar y decidí aprovecharlo en ello.

Pronto la carreta se puso en marcha, conmigo sola dentro de ella. Nos detuvimos al poco tiempo de andar, y las órdenes a lo lejos resonaban en voces férreas llenas de ímpetu.

-¿Qué traéis acá?

- Somos el circo de l’Atre. Nos ha contratado Lord Waltz para amenizar el casamiento de su hija.

-¿Ah si?- rieron los guardias: -Y, ¿cómo cuántas personas hacen parte de este circo de putas?

-Son 15 bailarinas y los tres caballeros que veís.

-Bien- dijo otra voz: -parece que los papeles están en regla.

-Igual quiero mirar dentro, no sea que tengáis regalos de más para el Lord.

Afuera, Moritz carraspeó fuerte y yo entendí de inmediato que era hora de hacerme a la fuga dentro de la puertilla secreta. Corrí el tapete y, como pude, me adentré entre los bultos secretos que allí estaban guarecidos. Forcejeé con mi trasero que parecía no querer ceder para caber dentro del agujero, pero al final, con los pies maltrecho, un saco duro entre las costillas y aguantando la respiración, logré acomodar el tapete para que cayera al cerrar la puerta secreta.

Los nervios crecieron en mi estómago al sonido de las pisadas de hombres entrando, arrojando cosas, arañando de vez en cuando. Dimitrea también ingresó en el carromato y, contrario a ese aire férreo casi hostil que mostrara cuando la conocí, les habló con dulzura, incluso sin pudor.

-Todo está en orden- sentenció finalmente el guarda con un grito y luego bajo agregó: -Me debes una.

-Así es, cariñito de azúcar, y si vas a esta dirección te daré la paga y una bebida. Cortesía de la casa, claro.

Se besaron y aunque tuve sospechas de lo que pudiera haber significado ese beso, como un punto final de negociación de cuerpos, decidí hacer oídos sordos a esa idea, y preferí pensar que, quizás, la gitana conocía a aquel guarda que nos ayudaba.

Pronto el carromato comenzó a andar. Me di de tropezones antes de salir de aquel escondite y al lograrlo estaba en pie Dimitrea, arreglándose la blusa mientras me miraba por el espejo con el cual se escrutaba las sedas del cabello.

-No tardaremos en llegar.

Asentí y por acto reflejo tomé las armas y el estoque, poniendo el último en el cinto al otro lado de la daga. Curiosamente, solo a ella había sido imposible para mí dejarla apartada. Sin ella me sentía insegura, un objetivo fácil de atacar.

El carromato frenó y Naresh se presentó ante mí como una maravilla del mundo. Descendí torpemente del carruaje y allí esperaban Moritz con el otro caballero, de piel tostada y tantos aretes como le pudieran caber en las orejas.

-Bienvenida a la tercera ciudad del Triunvirato: el puerto de Naresh.




Con calles adoquinadas, casas perfectamente construidas, ciudadanos organizados entre pasos peatonales y aquellos donde transitaban las bestias, el orden y el decoro de aquella urbe me dejó perpleja.

-Esta es la parte fea de la ciudad, cercana al puerto. Es lo normal, es acá donde viven muchos de los marineros y trabajadores honrados, subyugados por los ricos señores- completó el gordo, tomándome del hombro: -Ahora, belleza, ¿te parece si entramos a la casa y discutimos la opción de trabajo?

Obnubilada por lo enorme que era la ciudad, acepté. Me dejé guiar hasta la casa del gordo, de enormes proporciones, casi una calle se iba en cuartos y más cuartos de colores. Se veía alegre, a pesar que alrededor los hombres y las mujeres se veían cansados, como esclavos.

Juaco pasó con Dimitrea y se perdieron en el interior. El otro hombre empezó a descargar los bultos mientras que de las otras carretas bajan mujeres, algunas jóvenes, otras ya no tanto, ataviadas de colores, pero con la mirada apagada, taciturna.

-Deja las armas acá y ven a tomarte algo con nosotros, Amethist. Ya la peor parte del viaje pasó, no necesitarás más de ellas- y guiñó con alegría, ingresando al habitáculo.

Lo seguí, como un borrego. Haciendo caso a sus indicaciones, dejé el carcaj y el arco en la entrada, apostados al lado de una lámpara de colores rojizos, y continué por habitaciones llenas de muebles, sillas, mesas, alcohol.

-¿Qué… qué hacer usted acá?- pregunté, cuando al cruzar uno de los portones una mujer cruzó despreocupada hacia otro cuarto, completamente desnuda.

-¿Acaso no es evidente? Son mis putas, belleza, y la cuestión es así: me debes el alquiler de Jutta, la ropa, la entrada en carruaje como princesa, dos comidas y por supuesto, la hospitalidad y protección. Eso sería pagable con 3 meses de trabajo, más o menos. Luego podemos empezar a establecer tu paga, un precio de acuerdo a la concurrencia de clientes, ¿me entiendes?

Negué con la cabeza, entre furiosa y horrorizada por haber caído en tan sucia trampa. Aquello era una locura.

-Nëin… Däs könnte ïch Überhäupt nïcht mächën! (No, eso no lo haré de ninguna manera!)- refuté y al momento me frené sorprendida por la lengua, una totalmente nueva, que brotaba de mis labios.

-… Ya decía que eras especial. Mi ojo nunca falla- sonrió con malicia el Gordo, acercándose, queriendo agarrar mis cabellos: -has estado con los elfos… de hecho, no me sorprendería que este rostro bonito de blancura impoluta fuera el de una mezcla entre humano y elfo. Me gusta. Te venderé muy bien…

¿Elfico? ¿Trabajar de prostituta? No… ¡No! Primero muerta. O muertos todos. Los mataría…

-Sí, mátalos- contestó esa voz odiosa, lejana dentro de mi consciencia.

Moritz avanzaba. Estiró su mano con la firme intención de tocarme y yo me corrí hacia atrás espantada, levanté los brazos para defenderme y en ese momento, él comenzó a proferir gritos de horror mientras la sangre salía por su nariz.

Juaco llegó en par zancadas, como también el otro individuo que había cargado los bultos. Me sentí rodeada, indefensa. Ellos se acercaron, armados como estaban, y sucedió lo mismo: gritos y sangre.

-¡¡Deja… Dejadme en paz!!- grité entre la furia, la ira y la confusión.

Pero Moritz, a pesar de la sangre, seguía extendiendo su brazo para tocarme. Sus dedos gordos, su cara rechoncha, su mirada lasciva se materializaban vivamente en mi mente a pesar de que en ese momento él parecía más víctima que víctimario. Acto reflejo tomé esa mano que extendía y al segundo la solté, al notar cómo tomaba un color azulado, gélido.

-De..dejad…me en paz- repetí, fría, seca, dando media vuelta, tomando mis cosas y huyendo del lugar, por la misma calle que había llegado.

Sentía el temblor en mis piernas, las manos descontroladas, apretando fuerte mis armas, una voz que me gritaba “Estúpida” a cada segundo que avanzaba, sin saber muy bien hacía donde me dirigía.

Entonces, lo vi a lo lejos. Un letrero no muy notado pero con la indicación que requería “Taberna”. Un lugar público. Paré la carrera, traté de calmar mi propio nerviosismo, y con cierto aplomo, entré al “Señor de la Ceniza”.

Apenas corrí la puerta, se me cayeron las armas. Rápida, aunque torpe, las recogí. Agradecí a los cielos que las flechas no habían salido del carcaj, de lo contrario aquello hubiese resultado más bochornoso.

El ruido de la música y el lugar, me devolvieron algo de aplomo. Repase rápidamente el lugar, los rostros y marché a la barra aun apretando fuerte todo mi pobre equipaje. Sentada allí, repase las botellas, las etiquetas, el licor que por montones ofrecían en el lugar, pero yo no podía entender o decidir nada. Mi mente seguía fija en la sangre, los gritos, la carne fría de esa mano que dejé calles más abajo. Me estremecí al reconocerme culpable. De seguro había sido yo… ¿pero cómo?

Quería llorar pero las lágrimas no salían, aún marchitas por la indignación y la rabia de todo el engaño.

-¿Vas a ordenar algo, niña?

¿Una puta yo? De ninguna manera. Imbécil había sido en confiar en aquellas ratas. Bien lo había intuido pero… imbécil como ninguno, estúpida.

-Hey, tú, peliblanca, ¿beberás algo o no?

"¡Estúpida!"

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Ene 25, 2016 4:48 pm

Una de las mozuelas que atendía a los clientes se acercó al tuerto y le pregunto que se serviría, este le respondió que ya envió a un amigo por cerveza. Y antes de que la muchacha se retirara, Necross comento: -Señorita, ¿Por qué el nombre de la taberna?- La muchacha, de cabellos amarillentos, joven, y un tanto delgada, sonrió con amabilidad, mientras la bandeja de madera en sus manos paso a quedar abrazada entre sus brazos, cerca de su pecho.

-Pues… es el nombre de un cuento que el dueño de la taberna escucho cuando niño. En ella narra la historia de un hombre que libero un pueblo desconocido de la maldad del mundo. Un guerrero piromante bautizado como el señor de las llamas, porque en eso se convertían sus enemigos. Pero fue tanto el mal que  destruyo, que este término apoderándose de su alma y matándolo. Se dice en el mismo cuento que algún día el piromante renacerá, a causa de todo el mal del mundo. Pero no volverá como un héroe, si no como un villano, como el señor de las cenizas. Es curioso de hecho, si lo piensas, la moraleja de la historia es: O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en un villano… ¿no cree?- Necross asintió y agradeció el relato de la muchacha, sintió que aquella moraleja era directamente pensada para él. Del interior de su gabardina saco un pequeño libro, de un bolsillo secreto, y anoto que debía buscar la historia del señor de las cenizas, y leer por sí mismo la historia.  

Por su lado, el bandido estaba caminando hacia la barra para pedir dos jarras de cerveza. Pero en aquel momento toda su concentración se fue hacia la nueva fémina que hace poco había entrado en la taberna. Legato camino hacia ella, mientras se arreglaba la capa, y hacia su cabello hacia atrás. La vio afligida, así que carraspeo la garganta y le habló. -Señorita, ¿Qué tipo de pena puede causar que un rostro tan hermoso se vea tan afligido?- El bandido le sonrió amablemente a la peliblanca. -Eh cantinero, dele una cerveza a mi amiga. Yo pago.- Legato pensó para sí mismo que si Necross lo veía gastando el dinero lo iba a regañar, pero con una mujer tan hermosa en frente, poco le importaba. Ella volteo para mirar al bandido, en ese momento, Legato pudo ver los ojos fríos y orgullosos de la peliblanca. Y al momento de escuchar que el bandido le quería invitar una cerveza, la fémina alzo la mano, deteniendo al cantinero. -Yo… sola… yo… pa… pago.-

Legato sonrió nuevamente, e inclino el cuerpo, en señal de reverencia, sin tomar en cuenta el tartamudeo de la muchacha. -Permítame este lujo señorita. Un poco de camaradería nunca hace mal.- Con un gesto, el bandido una vez más pidió la cerveza para Amethist. La peliblanca arrugo el rostro y se cruzó de brazos, en una actitud que hacia entender que poco le importaban las palabras del bandido. Legato se sentó en la silla frente a la barra, y la cual estaba más cerca de la chica. Ella rodeo los ojos y se quedó mirando al frente, ignorando al bandido. Pero este, terco como nadie, no se rendiría tan fácil. -Lamento si te incomoda mi presencia, pero es que las ganas de saber tu nombre me están carcomiendo por dentro. Soy Legato, es un placer.- El cantinero, quien limpiaba una jarra de cerveza con un pañuelo, miro hacia el cielo y suspiro, cansado de los casanovas que cada día intentaban ligar a las chicas que llegaban a su local.

Ella apoyó el brazo sobre la barra y cruzándose de piernas, dejo que la cabeza cayera sobre su mano. Con el rojo encendido de su camisa –la que le dio Dimitrea- se sintió disfrazada de prostituta, y eso la hacía refunfuñar en sus entrañas. Se pensó un tiempo y luego tajante respondió -Amethist.- al tiempo que toma la cerveza y bebe media jarra de un solo tirón. -Amethist…- Repitió en un susurro el bandido, pensó para sí mismo que era un nombre extravagante, pero por como ella estaba vestida, era un nombre adecuado. Después de todo, usualmente las prostitutas nunca usan su nombre real. Con una sonrisa altanera, Legato se le quedo mirando un par de segundos, embobado por la belleza de la peliblanca. -Y dime…- Imitando el gesto que anterior de ella, Legato apoyo su brazo en la mesa, y dejo su cabeza reposar en su puño cerrado. -¿Cuántas monedas tendría que pagar para… conocerte profundamente?- El bandido tenia media sonrisa, mostraba un poco los dientes, mientras su ceja derecha se alzaba. Al parecer el bandido estaba confundido, porque después de la pregunta, ella abrió los ojos enfurecida, el bandido estuvo a punto de disculparse, pero justo en ese momento un tipo robusto entró en la escena.

-Perra endemoniada…mira…mira mi mano ¡está congelada! Ahora me las pagaras.-

El gordo con una actitud violenta se acercó a la peliblanca, pero el bandido se puso en medio, antes de que se acercara demasiado. -Mi buen hombre, cualquier problema con la dama estoy seguro que se puede arreglar.- Legato abrió un poco su capa, y le mostró al gordo la daga que traía. -Aléjate de mi niño bonito, esa maldita tiene cuentas que pagar.- El gordo, Moritz, empujo a Legato, y este le respondió el gesto, lo que causo que Moritz golpeara a uno de los ebrios que iba pasando. El ebrio miro a su alrededor, y golpeo en el rostro al primer tipo que encontró, hubo un momentáneo silencio, el cual termino cuando un estallido de gritos inundo la taberna, todos los comensales comenzaron a pelear.

Legato tomo a Moritz de la camisa, y de un puñetazo lo hizo caer al suelo, luego se hizo sobre él, y continuó golpeándolo. El tabernero, desesperado, intento calmar al público, con las manos alzadas salió de la barra y se puso en medio de todos, gritando, rogando,  que alguien llamara a la guardia de la ciudad. Desde su asiento el tuerto vio como un hombre le rompía una botella de ron en la cabeza al tabernero, y como otro, con un trozo de silla en mano, se acercaba para golpearlo. Necross se puso de pie, y tomo el mandoble con una mano, sin desenvainarlo. El hombre soltó el trozo de madera y se alejó lentamente, mientras el hombre del parche, con una ceja alzada, volvía a su asiento.

Pero no alcanzo a sentarse.

A la distancia el tuerto vio a una mujer de cabello claros, se veía nerviosa, casi asustada. Necross quedo boquiabierto, ya que su semblante  era la viva imagen de Ondine. Con presteza se lanzó hacia adelante, empujando fuera de su camino a todo ebrio que se cruzara. Parecía hipnotizado, ignoraba todo puñetazo en las costillas o empujón que le daban, incluso un ebrio desequilibrado se le puso en frente, y con los puños en alto lo desafío a pelear. Necross lo tomo de la camisa, lo acerco a su rostro, y le gritó: -¡Aléjate de mí!- Al sujeto reacciono de inmediato al escuchar la voz de ultratumba del tuerto. Este siguió su camino hasta que llego donde Legato, pero ya no había señales de la muchacha. -¡¡ONDINE!!- Gritó a todo pulmón, aunque lamentablemente, nadie respondió.

Necross levanto a Legato del piso, quien parecía no aburrirse golpeando a Moritz. -¡Había una chica aquí, una de pelo blanco! ¿¡Dónde está!?- Uno de los clientes grito que la guardia ya venía, por ende era hora de salir lo más rápido posible de la taberna. -Necross… ¡tenemos que irnos ya!- Pero el tuerto ya no entendía razones, incluso apretó más la camisa de Legato, lo que le causo un poco de asfixia. -¡¡Dime dónde demonios se fue!!-  El bandido sostuvo el brazo de Necross en un intento por liberarse, pero no logro si quiera moverlo. -Necross… por favor, no nos puede atrapar la guardia, recuerda quien eres.- El bandido tenía razón, ya que si al tuerto lo atrapaban lo enviarían a Shading, lejos de sus amigos, y lejos de su hija.

El bandido junto al hombre del parche salieron de la taberna y corrieron lo más rápido que podían, mientras Necross silbaba con los dedos metidos en su boca, Sif apareció de la nada, y corrió junto a ellos. Con varias cuadras de distancia, ambos, Necross y Legato, se detuvieron  descansar. Estaban sentados en un callejón, apoyando la espalda en la pared de una casa cualquiera. -¿Qué te sucedió allá atrás, Necross?- El hombre del parche suspiro con la cabeza agachada, y antes de responderle al ladrón llamo a Sif para acariciarle la cabeza. -La chica de la que te hable, sé que intentaste ligártela… no los vi, pero sé que no puedes evitar acercarte a cualquier cara bonita. ¿Qué sabes de ella?- Legato sonrió de medio lado, aceptando que no podía resistirse a las jóvenes mozuelas. -No mucho en realidad… la confundí con una puta, y casi me mata con la mirada. Se llama Amethist.-

Necross comenzó a armar la figura de la muchacha en su mente; era una humana, de ojos grises, era imposible que ella fuese Ondine. Pero aun así, su rostro era extremadamente parecido al de la Divium, solo que más joven. ¿Podría ser simplemente una coincidencia?   -Necross… se hace tarde, debemos buscar donde quedarnos antes de que empiece el toque de queda.- El hombre del parche concentro la mirada en el bandido, y le asintió. Los dos humanos y la loba se pusieron de pie, y buscaron una posada donde pasar la noche, pues a la mañana siguiente volverían al campamento de los alas negras.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Lun Ene 25, 2016 9:03 pm

IV. De riñas y putas


Absorta como estaba en pensamientos de traición y engaños, sólo venía una y otra vez a la mente la inquietud de cómo saldría de allí. Apenas si sabía por dónde había entrado a aquella condenada ciudad (la puerta oeste, había aclarado vagamente Mortiz), y había caminado siempre al este desde que saliera de la fortaleza (una mera indicación dada por Milk antes de perderse en el horizonte). Pero había corrido de manera loca luego de aquel incidente y ahora, en aquella taberna maloliente y llena de borrachos mirones, no tenía idea por qué rumbo tomar o hacia dónde quedaba la muy sonada Valashia.

Además, quedaba el misterio que parecía seguirme una y otra vez los pasos sin que encontrara una respuesta satisfactoria para ello. ¿Qué había pasado en aquel burdel? En mi mente recreaba la escena y, como pasará en la mazmorra de la Orden de Sumatra, no podía explicar lo sucedido. De súbito se originaban ataques a cuerpos que me agredían. Primero habían sido los soldados disecados y luego la mano del gordo traficante de mujeres, todos los que de alguna manera buscaban llegar a mi sufrían de maneras misteriosas. Cualquiera diría mágicas, pero esa explicación poco me satisfacía… aquellas artes se estudian y yo no recordaba haber leído libro alguno, menos tener la disciplina del estudio.

-Son las ganas de matar.

"Me dices demasiada porquería... voz horrible", protesté, y luego con cierta sumisión agregué: “¿Quién eres?”, sintiéndome estúpida por seguirle el juego.

-La razón por la que estás tan intranquila-dio por respuesta.

Ignoré esa voz invasora. Sus consejos nefastos tenían el poder de erizarme los pelos de la nuca. Más lo cierto era que las esperanzas de salir de Naresh se esfumaron de súbito con la traición de Moritz, haciendo que las palabras del tabernero se perdieran.

Eso hasta que solo la palabrería melosa de otro hombre, uno alto, de voz profunda, seductora, ojos altivos y atrevidos, con sonrisa porfiada, se hicieran campo en mis oídos. Lo observé y presté atención, aunque sus intenciones fueron claras desde la primera sílaba que expulsara de sus labios. Lo miré con asco, con la ironía pintada en el rostro, pero nada parecía desalentarlo de sus intereses… y vaya que estaban en un lugar equivocado, pues al verse cortado de intenciones los develó con la alegoría propia del canalla.

“¿Conocerme profundamente?”, refunfuñé para mis adentros, mirándolo con el enojo encendido en los ojos como en las mejillas, “ya le daré razones para que me recuerde a profundidad…Maldito idiota”.

-Mátalo… mátalos.

“Deja”.

-Mátalo… conmigo.

-Perra endemoniada…mira…mira mi mano ¡está congelada!- gritaron a nuestras espaldas y el vigor de la media cerveza bebida se esfumó de mi cuerpo al reconocer aquel grito: -Ahora me las pagaras, puta.

Allí estaba el gordo Moritz, exhibiendo una carne oscura llena de gangrena mientras a pasos agigantados se acercaba hacia nosotros. Ahí estaba otro por el que mi figura había pasado como puta… Entonces tuve turbación, ¿acaso lo sería? ¿Será que aquello que no recordaba era una carrera de seducción y fortuna tras la fachada de un cuerpo al servicio del mejor postor?

Musica:


No alcancé ni a sentir el escalofrío pesado de aquella conclusión, cuando aquel hombre de cabellos grisáceos estaba dándose de tumbos con el gordo. Pronto la taberna se volvió en un hervidero de testosterona, donde puños y gritos, improperios y más golpes se aunaban en coro percutido de madera golpeada y puños atizados en piel seca y curtida.

El caos se alzó alrededor y pronto me vi frente a Juaco, quién en vez de defender a su jefe o apoyar a los demás que le acompañaban, estaba con la mirada fija en mí y una sonrisa perversa que le cruzaba el rostro:

-Sabía que nos darías problemas, blanquita.

-Por favor, parad la pelea… ¡Parad!- arremetía el tabernero, en medio de la angustia, a espaldas de ambos. Yo poco le prestaba atención, tomando desde atrás la punta del arco.

-Utilízame…- volvió la voz, pero la ignoré, sintiendo una extraña sensación de tomar la daga en vez del arco.

Pero el fiel sirviente de Moritz adivinó la jugada y pronto me tomó por el cuello, alzándome del taburete con facilidad. Para ese momento el dueño del “Señor de la Ceniza” gritaba a todo pulmón que llamaran a la guardia, pero mi mente solo se concentraba en los ojos verdosos del humano y sus intenciones de tocarme antes de matarme.

Lo impensable pasó en ese momento, un castillo de naipes que cae irreversiblemente: el sonido de vidrios quebrados antecedió el desplome del tabernero, quien aterrizó sobre Juaco, haciendo que me soltará de súbito, cayendo yo de bruces a los pies del hombre que hacía no menos de cinco minutos me había dicho puta, y el cual no paraba de arremeter contra el gordo que también me había confundido con una ramera.

“Ha de ser cosa de estas ropas de Dimitrea”, pensé, recogiendo el arco, retrocediendo antes que Juaco cayera en cuenta de lo que pasaba, mientras otro hombre se acercaba de costado, blandiendo un madero. Me llevé la mano a la garganta y me escurrí entre la multitud pensando: “Estuvo cerca”.

Fue ahí cuando lo vi, alzando una ceja, firme, recio, con un arma enorme y un porte salvaje y dejado. Parecía un viajero de gabardina algo sucia y botas manchadas de lodo, un hombre entrado en años pero en la flor de su fuerza… de lo contrario sería incapaz de alzar esa enorme espada. Era un figura de sombras… un recuerdo de un pasado perdido.

-Lárgate de allí…-azoró la voz.

Y obedecí, para bien o para mal seguí el consejo de aquel rumor  insistente y altanero. Con el miedo impregnado en mi mirada, la indecisión en el semblante y la confusión por lo que mi mente parecía atisbar sin recordar, corrí con el arco entre las manos, entre el bullicio de esas gentes.

Los golpes iban y venían. Me zarandeaban entre mares de chusma, algunos apestados, otros malolientes, pero todos machos, a fin de cuentas, tratando de demostrar su hombría con la ayuda de un mazo, el valor del trago y los puños. Los repudie, no solo por su comportamiento bestial sino por su falta de higiene: el aire enrarecido del bar se mezclaba con el sudor y los orines de más de uno.

La libertad la sentí al traspasar finalmente la puerta y respirar la primera bocanada del aire de la ciudad. El atardecer caía y yo no tenía idea de qué iba a hacer. Aquel era el ala del puerto, y desde lejos sonaban los cuernos de los barcos, atracando o haciéndose a la mar. Cualquier pocilga donde llegara sería un problema con aquellas fachas. Así que deambulé por la plaza hasta que fue quedando vacía, preguntando aquí y allá en tartamudeos silbantes cómo llegar a Valashia. Solo una dama me acogió, me alimentó y entre sus cajas de tomates y coles me dejó pecnotar.

La noche se hizo día, el día dio paso a la tarde, y nunca dejé de pensar en ese rostro, en esos ojos, en el porte de una sombra que me había parecido ver más de una vez en el semblante de muchos, pero nunca tan viva como en ésa que me mirara una vez en la taberna del "Señor de la Ceniza".


OFF:

De cómo la daga habló de más y Amethist conocío al navajero que la embaucaría para salir de la ciudad, esto y mucho más, puede ser leído en la historia: Por unos skulls.
http://www.cuentosdenoreth.net/t6259-por-unos-kulls

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Ene 26, 2016 8:05 pm

-…quiero que hagas latir mi corazón por primera vez.  –

Necross despertó de su sueño de un salto, estaba sudando, y el aire apenas le llegaba  a los pulmones, por lo que debía respirar por la boca. El tuerto y el bandido decidieron pasar la noche en la posada más barata que encontraron, pues al Naresh ser una ciudad “turística” habían muchas posadas. Cada uno dormía en una habitación individual, Necross despertó en medio de la madrugada, en una oscuridad absoluta, sentado en su cama, sin camisa, y con el cuerpo completamente sudado.   En sus sueños, el hombre sin parche recordó la última noche que paso con Ondine, quizás fue por ver a la chica en la taberna hace unas horas, la tal “Amethist”.  Necross se llevó la mano derecha a la cara, y peino sus cabellos hacia atrás, antes de volver a recostarse para intentar dormir un poco más.

Pero no lograba conciliar el sueño.

El hombre sin parche se quedó abrazado de su almohada rellena con plumas de gallina, con los ojos apretados a la fuerza; intentando apagar el cerebro, pero repetidamente la imagen de Ondine, su rostro alegre y sonriente, se aparecían en su memoria. Cuando solo faltaron un par de horas para que amaneciera el tuerto logro dormir. Momentos después escucho el llamado a la puerta, primero un tímido golpe, luego fueron aumentando. -¿Necross? ¿Estas despierto?  Ya amaneció.- Estaba despierto sí, pero el hombre sin parche no se quería levantar. Sin tener otra opción más que levantarse (pues el mismo obligo a Legato a despertar temprano) se sentó en el borde de la cama, y lenta, muy lentamente comenzó a vestirse.

Pero la pena en su corazón aún se mantenía activa, una pena que hace mucho se había obligado a olvidar. Ya vestido y armado, se sentó nuevamente en el borde de la cama, y por última vez peino sus cabellos hacia atrás, al tiempo que susurraba… -Ondine…-

El hombre del parche salió de la habitación, y vio a Legato apoyado sobre la pared contraria a su habitación, de brazos cruzados, la cabeza baja, y los ojos cerrados. Cuando el bandido escucho la puerta cerrar reacciono, y al ver a su jefe, comentó: -¿Qué paso? Usualmente eres el primero en despertar.- Necross negó con la cabeza, y solo comento que tuvo una mala noche. -Es el colmo… nos quedamos a pasar la noche porque extrañabas la comodidad de una cama, y ahora me sales con que no pudiste dormir… ¡Y lo peor de todo es que no me dejaste salir!- El tuerto río suavemente, y con un gesto de su cabeza le hizo entender a Legato que debían continuar.

Y sin apuro salieron de la posada, caminaron hasta la puerta sur, y pidieron sus caballos en la custodia, sin olvidar sus nombres falsos, por supuesto. Sin problemas se alejaron de Naresh, esperando no encontrar algunos en las demás ciudades vecinas, pues el tuerto solo quería un viaje tranquilo. Gracias a los hermosos caminos que las Nalini ofrecían, el hombre del parche pudo distraer su mente, apagarla, y concentrarse en el paisaje. -Espero no hayan problemas con nuestro comprador, aunque después del susto que le diste no creo se atreva a desobedecer.- Sin decir nada Necross asintió, y ni siquiera se molestó en levantar la cabeza, pues su mirada estaba concentrada en Sif, quien caminaba al lado de su caballo.

Poco tiempo duro el viaje del campamento a Naresh, pero eso fue debido a que evitaron en barco gran parte del recorrido. Ahora el regreso sería un poco más largo, ya que solo se devolverían a caballo. Ocasionalmente se detenían para que los caballos descansaran, y sus entrepiernas no sufrieran tanto, y para que la loba también lograra cierto reposo. -Deberías acompañarme más seguido a estas juntas de negocios, todo sería más fácil si los intimidas, ¿no crees?- Necross río fuertemente por las tonterías de Legato. -Si he de ir a… “las juntas de negocios” contigo, no debería pagarte.- A media boca y con desgano Legato río, no le había gustado el chiste del tuerto. Después de varios minutos de descanso, y con el atardecer amenazando con llegar, el hombre del parche y el bandido siguieron su camino.

Después de unas horas se detuvieron nuevamente, cuando la noche infesto los cielos. Por seguridad se alejaron del camino principal para acampar lejos de cualquier mirada curiosa, ladrón, o criatura. Esta vez el tuerto apenas se recostó en el saco de dormir, y acomodo su cabeza sobre el lomo de Sif, cayo rendido ante el sueño, quizás fue el cansancio acumulado por no dormir la noche anterior, quizás simplemente ya se había acostumbrado a dormir en el piso, sea cual fuese la razón, Necross en menos de un parpadeo ya estaba roncando.

Al igual como sucedió en la primera noche, Legato no consiguió tener un buen descanso, pues los ronquidos de Necross lo mantuvieron despierto. La primera luz de la mañana los hizo despertar, entonces con el alba sobre sus cabezas, guardaron sus cosas, y continuaron su camino.

Con varias horas ya de viaje, el dúo se había acercado a los territorios de Valashia, pues ellos debían llegar hasta Maletta, evitando todo paso por Shading, no podían ser vistos. ¿Y por qué en Maletta? Pues porque allí, en lo que ellos llamaban el bosque negros, se encontraban escondidos los alas negras. Al llegar a la entrada del bosque negro, el hombre del parche y el bandido hicieron un extraño y peculiar silbido, se asemejaba al canto de un ave, y con ello, le informaban  a sus compañeros que habían llegado, y que no los atacaran. Y necesitaban silbar cada cierto tiempo, para que las trampas por las cuales pasaran no se activaran, para que los exploradores no los envenenaran con sus flechas, y para que los soldados camuflados no los mataran.

Necross y Legato después de internarse en el bosque y su espesura, llegaron sin problemas al campamento de los alas negras, el cual era difícil de distinguir si no hasta que ya se estaba muy cerca. El primero en aparecerse fue Legato, tirando de las riendas de los caballos, y luego Necross, quien llevaba a Sif en brazos. La pequeña Divium apenas escucho que su padre habría regresado corrió por todo el lugar buscándolo, y cuando finalmente lo vio, se lanzó a sus brazos, desequilibrándolo, y causando que el tuerto cayera al piso, junto a la loba y su hija. -¡Vater, Vater! ¡Te llevas a Sif y no a mí!- Nadine cambio en menos de un segundo su cara de alegría a una de enojo. -Oh Bodoque… yo no la lleve, ella me siguió.- La niña se bajó del pecho del tuerto para que este se pusiera de pie, y cuando lo hizo, Necross la tomo en brazos, y le beso la frente.

Necross con su niña en brazos camino hasta la gran carpa en medio del campamento, la sala de reuniones, con Mary Ann siguiéndolo. -¿Y cómo les fue con nuestro amigo contrabandista?- El hombre del parche abrazo a su pequeña con fuerza, antes de responderle a la dama de hierro. -Nos fue bien, espero nuestro amigo no vuelva a traicionarnos. Porque soy capaz de enviar a todos los alas negras a Naresh y destruir su casa.- Mary Ann sonrió, y se acercó al tuerto, le acaricio la cabeza a Nadine, quien tenía el rostro escondido en el cuello de su padre, y comentó: -Nos llegó la noticia de que en una semana pasara la caravana de algún conde importante, no nos dijeron el nombre, pero al parecer podemos sacar buen provecho de ella.- Mary Ann se retiró, y Necross miro el mapa de Valashia en la mesa, pensando en cómo emboscar  la caravana.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Miér Ene 27, 2016 11:53 am

V. Paya gitana



Desde mi llegada a los parajes del norte, rodeados de bosques y más bosques, a orillas del Tarangini y en la frontera con la llamada Valashia, tierra que a lo lejos se veía oscura pintada de nubarrones con dejos grisáceos y erosionados, en medio de una vegetación que variaba según el lugar del horizonte al que se dirigiera la mirada, en aquella planicie de barro y carromatos parqueados por doquier, llenos de ungüentos para la juventud eterna o el reuma, posiciones de amor, bolas de vidrio lectoras del futuro; allí, junto a gentes, humanos la mayoría, de tez oscura, ojos negruzcos, pícaros, procedencias diversas, familias de sangre y muerte; fue allí donde la vida me cambió.

No sólo era el aire puro y fresco, aquellas ventiscas sanas que venían del mar e impulsaban el gran río del que todos bebíamos, nada comparable con la sofocación masiva de la ciudad o la putridez de la fortaleza y sus habitantes; tampoco lo era el ser un paraíso aún perdido del tiempo y el espacio, donde todo era menos tóxico y más optimista. No se debió a esa diferencia tangible en la ausencia de reglas, como lo hubiera en otros sitios, llenos de impuestos, trabajos, horarios, destino o creencias; con ellos todo se reducía a la libertad y la lealtad a una comunidad que se creía orgullosa y elegida para abrazar su destino como quisiera, sin un poder más allá del impuesto por sí mismos…

No, no fue solo ese sueño de libertad lo que me atrapó de aquellas gentes…

Música:



Fue la música, oh sí, sí, esos ritmos de guitarra y pandero, violín y movimiento violento, el baile impetuoso de sus cuerpos, los juegos de cartas y sedas, los colores de sus ropajes, lo pictórico de sus rostros, la complejidad de su arte del engaño y la alegría en sus rostros, como si nunca hubiesen tocado la desgracia o la tristeza. Aquello, todo en su conjunto, me calzó a la perfección, y si tuviera que decir cuáles fueron mis días más gloriosos, de seguro estuvieron allí, entre carromatos, caballos, panderos, rimas y fandangos.

Sin embargo, al comienzo fueron miradas furtivas, desconfiadas, malas jugadas en las que las últimas monedas doradas que no se llevó el navajero, se fueron en jugarretas. Tuve que labrarme un lugar de respeto a pulso, golpes, bebidas y apuestas, aprendiendo sus maneras, su arte. Guardé la daga solo para los casos de necesidad, aunque no la volvía esgrimir desde las dos primeras noches, cuando los machos del lugar se crecían de ganas y llegaban a las puertas del último carromato, alejado de los demás, donde los extraños podíamos pernoctar, un hueco de madera relleno de paja, y allí acudían a cobrarse la visita con el incauto de turno. Desde la primera noche pelee por mi estadía y me supe extranjera, desconocida, una indeseada, una paya sin derechos o deberes en sus tierras.

Por ello maté en defensa de mi nombre, y sin saberlo, con esa muerte mi lugar quedó instaurado entre ellos. Aunque se reconocían como los padres de la trampa y el juego, pues sabían engañar los sentidos, distraer la mente del incauto, todo para hacerse con lo que fuera de valor para ellos y los suyos, yo supe hacerme un hueco en sus vidas cerradas, y todo por una de las leyes más simples que los regía: desde el momento en que uno de ellos era vencido, el vencedor tomaba su puesto dentro de la camada.

Y yo tomé ese lugar, tanto para los demás como para la familia del muerto dentro del carromato de la mujer de aquel hombre. Nada allí fue fácil: sus hijos, un chico y una bebé, lloraban gran parte del día, haciendo que su llanto se oyera por todo el valle, alertando a todos los animales de alrededor de nuestra presencia. Cazar no fue para nosotros una opción, y sin el hombre dueño de aquel tiesto de madera, las opciones de sobrevivir se reducían a lo que hubiera en el camino, por los senderos donde se movieran los demás gitanos. Entonces tocó aprender a timar, luego de que la mujer entendiera el favor que le había hecho al librarla de un holgazán. los trucos de las cartas, la labia del futuro, repetir las palabras para que mi tartamudeo dejara de ser notorio, moverme al son de la música, cantar la trova del camino, sondear la mirada de la víctima y conocer muy bien las reglas de la comunidad a la que debía ahora mi lealtad.

Al final, aunque fuera mucho lo que se tuviera que aprender, yo salía ganando. Tenía un lugar, comida, gente que me respetaba y me cuidaba, pues al ser parte de ellos los hombres no sólo se alejaron de sus pretensiones, sino que sus navajas se convirtieron en la única defensa que nosotras teníamos al momento de los fardones y zarandeos de la guitarra y los violines. Al hablar, al engañar, claro, me pensaba las palabras pues el idioma me venía poco a poco, a pesar de los comentarios de la mujer que me instruía y su asombro por la rapidez como le entendía, “quizás sea que eras gitana antes de llegar a nosotros. Es una pena que no te acuerdes de nada”, murmuraba la más vieja del lugar cada vez que me oía cantar. Lo curioso era ver el efecto en los clientes de la gitanería: los barones y nobles de las Nalini acudían de vez en cuando por aquellos senderos, acompañados de sus hombres y soldados, y en medio de música y bailes se divertían de las historias de los pobres y los ricos, como si con su limosna pudieran tocar la humanidad detrás de su riqueza mal habida. Mi lenguaje era claro, apenas bañado por un ligero acento, una elegancia que más de uno supo alabar como ilustrada antes que torpe.

Así sobrevivimos, aunque los niños nunca se callaron. Durante los bailes el mundo se perdía y todo se volvía movimiento, coordinación frenética entre las piernas, las caderas, las manos y la voz. Las cintas de colores simulaban el fuego, que para la mujer, Aramea, eran de los tonos del sol, encendidos; mientras que para mí las vestiduras siempre fueron blancas, ennegrecidas por el lodo pero apenas salpicada de mil aros y collares de color dorado. Sobre todo una tela roja cortaba el monocromo con atrevido carmesí.

-Como una reina- terminaba de recalcar la abuela entre todos, la curandera, la hechicera, la Trianera, como la apodaban. Siempre se acercaba, tocaba mis cabellos, colgaba listones y cascabeles cuando estaba a punto de comenzar una función, abstraída siempre, como si tuviera contactos con el más allá: –Una reina de fango entre gitanos.

Los días se me hicieron cortos; las noches se pasaban lento, siempre en lubrucaciones extrañas de rostros conocidos cuyos nombres se escapaban; la daga calló, como si luego de aquel cadáver hubiese quedado en silencio para siempre, dejándome en paz; el frío empezó a mecer más los árboles y los rumores de los recolectores de impuestos, los soldados al servicio de los nobles del Triunvirato, empezaron a emerger al final de la semana como la promesa de botín para todos. Ya habían corrido algunos días desde que llegará, apenas la semana, días más, días menos, cuando empezaron a arribar carromatos y más carromatos, tirados por mulas, cargados de otros humanos, cambiaformas, alados, enanos de barbas más largas que ellos, y criaturas de fábula, que nunca sospeché existieran. Eso sí, pareciera que los elfos se negaran al poder de estar entre tales gentes desposeídas pues ni uno asomó por el lugar.

Eran todos ellos hermanos procedentes de otras gitanerías, que arribaban al llamado del oro de los impuestos. Los había de Narda, otros de más allá de las ciudades de Valashia, hay quién dijo que procedía de Shading, y todos contaron sus noticias, los chismes de lejanas tierras, a través de música y danza. Oí sobre un mulero estafador, sobre proscritos enanos llegados de la cordillera, más allá de la región misma, escuché sobre la presencia de ninfas en la desembocadura del Tarangini y de crímenes y ladrones, como se podía suponer entre una familia de ampones libres. Incluso, con voz recia y cortadas sus cuerdas vocales a cada nuevo impulso gritado a todo pulmón, uno de los gitanos de Shading cantó sobre un tuerto, un fugitivo de su hogar, que por defender a los suyos, las crías de ellos, terminó siendo despojado de su tierra, de su gente y de su rey.

¿Cuándo volveré a oír su risa noble?
¿Cuándo volveré a ver su paso gentil?
Solo sé que al viento va,
que lo lleva maniatado,
que amarrado a la montura
se lo lleva lejos de la capital…

OFF:

Por si acaso no das con la canción de dónde sale esto:
¡Te dije que algún día sería útil!

Mi historia también fue contada, y por la misma Trianera. Habló de la muerte de Pedro Jacinto de los Cerros, esposo de Aramea y padre de Pedrito y May, a manos de la paya gitana, una mujer de ojos grises y fríos, una extranjera ignorante en las maneras de los hombres libres, pero que con el primer sarao sus iris se tornaron lila al son de los fandangos. Un alma liberada.

Hubo aplausos para la vieja, hubo comida, hubo más baile y la noche sucedió al día en que aquellas caravanas empezarían a arribar. El trabajo y las ganancias estaba a punto de comenzar y con ello mi daga regresó de su sueño con pregones de hambre y muerte.
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Amethist

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El Sendero de un Guerrero

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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