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Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Miér Ene 27, 2016 11:01 pm

Siempre que necesitaba planearse un atraco, o simplemente para hablar sobre el bienestar del campamento y su gente, el hombre del parche, el carnicero, la dama de hierro, el bandido, y la demonesa, se reunían en la carpa más grande del lugar, para así planear lo que harían. Pero desde hace mucho Lux se había perdido del campamento, según ella, necesitaba buscar ciertas respuestas a preguntas que nunca le hicieron. Por ello, esta vez solo estaba Necross, Mary Ann, Vince, y Legato.

-Esta vez tendremos que mover un pequeño pelotón hacia las Nalini, pues nos informaron que la caravana ira a Naresh.- Mary Ann  estaba de pie en medio de todos, frente a la mesa con el mapa de Valashia, su mano apuntaba a la parte del mapa que marcaba el triunvirato de las Nalini. -¿Por qué no nos dijeron antes de devolvernos?- Legato estaba sentado sobre una silla, con su brazo reposando en el espaldar, y su pierna derecha cruzada con la izquierda. -Porque necesitamos planear esto como equipo, si es un destacamento importante, no podemos tomarnos el trabajo a la ligera.- El hombre del parche estaba al lado de Mary Ann, de brazos cruzados, y con una mirada regañona, la cual era directamente para Legato.  -El único problema que veo es el salir del bosque, si un vigía de Maletta ve un grupo de soldados desconocidos saliendo de sus tierras, le informara de inmediato a sus superiores.- Vince, quien estaba al lado opuesto de Mary Ann, cerca de Legato, también estaba de brazos cruzados, pero con la mano diestra se tocaba la barba.

-Pueden usar el carromato que robaron la semana pasada, y hacerse pasar por mercaderes.-

Los cuatro alas negras miraron a la entrada de la tienda, donde Nadine, con los brazos en su espalda, y una sonrisa alegre, se balanceaba de adelante hacia a atrás con sus pies. -Nadine tiene razón… si ven a un grupo de mercaderes saliendo del bosque, lo único que pensaran es que se separaron del camino…- Dijo la dama de hierro, sonriente, al tiempo que miraba al hombre del parche, quien tenía una gran sonrisa en el rostro, y miraba a su pequeña hija. -Bien, ya sabemos cómo saldremos de aquí, ¿pero que sabemos del trabajo? Nadine, ven aquí.- La niña se acercó al grupo, y su padre la tomo en brazos. Luego Mary Ann comenzó a hablar de lo que sabía.

- A una de las escoltas que mandamos detrás de ustedes, porque si, están locos si creen que enviaríamos al líder de nuestro grupo con solo un ladrón, le llego el dato de que un grupo de hombres, recolectores de impuestos, comenzaría a cobrar en una semana. Es un grupo pequeño, pero está bien armado. Los impuestos van directamente a un tal lord Waltz, un conde que hace ya años vive en Naresh, por ello debemos…- Apenas Necross escucho quien era el conde, dio un golpe en la mesa. -¿¡Waltz!? ¿Estas segura de que es él?- Todos quedaron sorprendidos por el actuar de Necross, sorprendidos, y un tanto asustados. -Si… eso fue lo que nos dijo Yusuff, si quieres puedes ir a hablar con él cuando terminemos. En fin, la caravana pasara por el camino que une las Nalini, y los pueblos cercanos con Naresh. Tenemos que ocultarnos en el bosque hasta que ellos aparezcan, y atacarlos por sorpresa.- El grupo estuvo de acuerdo con el plan de Mary Ann, y entonces la reunión termino, cabe destacar que era la primera reunión en la cual Nadine participaba.

Al terminar la reunión, el hombre del parche dejo en el piso a su pequeña, y le dijo que fuera a jugar, ya que él debía buscar al soldado Yusuff, quien había escuchado sobre lord Waltz. El hombre del parche se llevó al recluta a la sala de reuniones, donde comenzó a preguntarle quien le había dado el dato. -Era un hombre alto, de cabello corto, sin nada de barba… me dijo que era un amigo tuyo, y que debíamos aprovechar el ataque para humillar a lord Waltz. Si me preguntas, parecía uno más de la orden de Sumatra. Tenía un aire imperial en su aspecto…-

El hombre del parche se quedó pensando, había alguien que los conocía, y sabia de los alas negras, y aquello era peligroso. Pero así mismo, Necross conoce  solo un par de personas que quieren vengarse de lord Waltz, y aquello lo dejo más tranquilo.  El hombre del parche camino hasta la entrada de la tienda, y a todo pulmón gritó -¡Que el grupo de asalto se prepare para partir, el resto que repare el carromato! ¡Nos vamos en cinco horas!-

-//-

Era un humilde carromato el que recorría los caminos, con un granjero joven, de cabellos purpura, y su esposa, una campesina guapa y pelirroja. Y aunque el carromato se veía viejo y gastado, era bastante grande, incluso los caminantes al verlo pensaron en que un pequeño grupo de gente cabía en él, y  así mismo, se preguntaban porque el resto de los campesinos, los que caminaban detrás del vehículo, no se subían.

El carromato se detuvo en varias oportunidades, una fue en los caminos, donde un grupo de comerciantes amigables intentaron hacer un trueque. Los granjeros del viejo carromato les vendieron bellísimas estatuas hechas de oro, y un par de joyas a un precio muy bajo, los comerciantes se sorprendieron al ver a gente tan pobre con tales objetos, pero no despreciaron la oferta. Se detuvieron nuevamente en una villa de pescadores, donde esta vez vendieron lujosas ropas e incluso algunas armas, y tal como llegaron, se fueron. Pero que dos sujetos de apariencia tan pobre tuvieran tantas cosas en su poder, despertó la atención de los guardias de la villa, los cuales no dudaron en interrogarlos.

-¡Hey! ¿De dónde sacaron las armas y los ropajes?- Le pregunto el guardia a uno de los sujetos que caminaba detrás del carromato. eh, pregúntale a mi prima paisano, que son ellos los que manejan el negocio, nosotros solo nos dedicamos al trabajo pesado.- El guardia, quien estaba a caballo, se adelantó al grupo de caminantes hasta llegar al carromato. -¡Deténganse de inmediato!- La pelirroja le dijo a su esposo que detuviera a los caballos, y cuando el carromato se detuvo, el granjero de cabellos purpuras se bajó para hablar con el guardia. -¿Qué te pasa amigo? ¿No ves que tenemos apuro?- El guardia desenvaino su espada, y la pelirroja dio tres golpes suaves en el carromato. -¿Quiénes son ustedes, y como demonios es que consiguieron tales armas? Los granjeros de por aquí no andan vendiendo finas ropas, ni mucho menos armas con buen filo.- El sujeto de cabello purpura rio suavemente, y reposo su brazo sobre uno de los caballos que tiraba del vehículo. - Oye ma’h, creo es hora de revelar nuestro secreto. Vera mi amigo, nosotros somos carroñeros, y en nuestro camino aquí, por el paso en las montañas, encontramos una caravana. Alguien la ataco, y bueno, como no había nadie vivo nos quedamos con sus cosas.-

Lo que decía el de cabellos purpura tenía sentido, por ello, el guardia envaino su arma, y escupió al piso. -Me dan asco, no tienen respeto por los muertos. Lárguense de aquí antes de que los envié a las prisiones de Naresh.- El guardia tenía la intención de irse, pero la pelirroja lo detuvo. -Oye guapo, pareces ser un joven en busca de amor.- La mujer le guiño un ojo, y el guardia puso toda su atención en ella. -Lamentablemente las putas se quedaron en Drakenfang, pero mira…- La pelirroja metió su mano entre su pecho, y de allí saco un collar de plata. -Si esto se lo regalas a una  señorita la tendrás en la palma de tu mano.- El hombre arqueó una ceja, y preguntó: -¿Es esto un soborno?- A lo que la pelirroja respondió: -Es un regalo, uno que te costara una moneda de plata. ¿Es un buen regalo, no crees?- El guardia miro al cielo solo con los ojos, se mordió el labio superior, y finalmente se metió la mano al bolsillo. La pelirroja recibió la moneda y le entrego el colgante al guardia, y antes de irse, le guiño una vez más el ojo.

-//-


Eran quince los reclutas que iban hacia Naresh, cinco dentro del carromato, y los otros diez caminando, Necross iba dentro también, pues no quería ser reconocido. Legato y Mary Ann iban al frente, disfrazados de campesinos ambos. Cuando el carromato llego al paso por el cual llegaría el objetivo, se dirigió al bosque. El hombre del parche fue el primero en bajar. -¿Era necesario tanto teatro?- Pregunto mientras hacía gestos con las manos, los reclutas dentro del carromato debían tomar posiciones (pues ya estaban armados), y el resto cambiar sus ropajes. -Oh vamos, conseguimos varias monedas, e incluso creo me gane el cariño del guardia que nos interrogo.-

Mary Ann sobre la camisa que traía, ajusto su pechera de metal, mientras los reclutas deseaban y soñaban con ver un poco más de piel. El hombre del parche se acercó al primer soldado que interrogo el guardia en el camino, le golpeo suavemente las costillas con su codo y comentó: -¿Con que es tu prima?- Todo el grupo comenzó a reír, ya que era bien sabido que aquel soldado tenia sentimientos por la dama de hierro. -Ya, dejen a Erick en paz. ¡A tomar posiciones! ¡Escondan el carromato!-   Los alas negras se aceleraron, y cada uno espero escondido, algunos detrás de los árboles, otros camuflados entre los arbustos, el hombre del parche era quien estaba más cerca del camino, vestía botas de cuero, guanteletes de acero, una pechera del mismo material, y sobre esta, su gabardina oscura.


Las horas pasaron, y la madrugada se tornó fría. Con paciencia los alas negras esperaron el paso de los soldados recolectores… pero nadie llego. -¿Dónde demonios están?- El grupo de recolectores nunca apareció, lo cual hizo pensar a Necross que la información entregada era falsa, pero si el sujeto que se las dio, era quien él creía que era, aquello no podía ser una opción, algo había fallado. El tuero alzo su dedo índice y lo hizo girar en el aire, de inmediato varios soldados se separaron y se internaron en el bosque, incluso un par cruzo el camino y comenzó a explorar.

Más pronto que tarde, el soldado Erk llego con noticias.  -¡Necross! ¡Los soldados están bebiendo dentro del bosque!- El tuerto de inmediato se volteó, furioso. -Legato, adelántate y búscalos, mira bien que están haciendo. El resto conmigo, ¡sigan a Erk pero manténganse ocultos!- Legato se adelantó, mientras la cuadrilla de a poco se internaba en el bosque, siguiendo al recluta Erk. Y al adentrarse en el bosque comenzaron a escuchar música, gritos de jolgorio, y guitarras de fiesta.  Aun escondidos detrás de los árboles, con sus voces camufladas entre el bullicio, Legato regreso, e informo al grupo de lo que pasaba. -No sé cuántos soldados son, pero hay mujeres y niños entre ellos, al parecer son gitanos.- La dama de hierro se acercó al tuerto, preguntando que harían, si el plan seguía siendo el mismo. -El plan sigue siendo el mismo, ¡pero no matamos inocentes! Ataquen a los gitanos solo como método de defensa, ¡no quiero saber que alguno de ustedes se quiso aprovechar de las mujeres!-

-¡Nos atacan!-

Se escuchó desde el bullicio, uno de los soldados tomo a una de las gitanas de la camisa, ebrio como estaba, la acuso de engañarlos para luego robarles. Otro gitano acudió en su ayuda de inmediato, pero el soldado de un solo golpe se lo saco de encima. -¡Maten a todos! ¡Que no se atrevan a tocar el oro de nuestro señor Waltz!- Y así se armó una gran pelea, todos contra todos, ya que nadie sabía quién era enemigo de quien.

El hombre del parche con mandoble en mano evitaba y atacaba a cualquier soldado que se cruzaba en su camino, hasta que se detuvo de súbito. Necross se quedó en medio de la pelea de pie, congelado, su mirada había alcanzado a alguien en quien no dejaba de pensar. Por medio segundo vio a la tal Amethist, vestida como uno de los gitanos. Uno de los soldados recolectores se acercó al tuerto con la intensión de atacarlo, Necross se hizo a un lado, y golpeo al sujeto en la cara con su puño izquierdo, haciendo que el soldado enemigo quedara fuera de combate. Sabiendo que la chica de cabellos blancos estaba con los gitanos (era obvio, pues la peliblanca estaba vestida como ellos), gritó a todo pulmón: -¡No ataquen a los gitanos! ¡Desde ahora están con nosotros!- Y así de fácil, los alas negras que luchaban con los gitanos los dejaron tranquilos, para concentrar sus fuerzas en contra de los soldados recolectores.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Jue Ene 28, 2016 2:34 pm

VI. Ojos oscuros

La mañana esperada llegó con el canto de ruiseñores y el viento arreció, mucho más que los días anteriores.

Aramea:



-Será un día de sorpresas- aventuró Aramea mientras cambiaba el pañal de May.

-¿Cómo lo sabes?

Mi lengua se desenvolvía cada vez mejor. Fuera la práctica, el trabajo de adivina de futuros, o simplemente las clases intensivas con la Trianera, finalmente hilvanaba las palabras en la lengua común de manera fluida, con un poco de acento foráneo que todos perdonaban. Nunca más volví a pronunciar esa otra lengua brusca, brutal, de sonidos guturales que parecía a todos espantar.

-Lo he oído aquí y allá- continuó la gitana: -Varios andan inquietos… Soldados son soldados, y por lo general todos ellos son mañosos. Cuídate mucho de sus manos largas y prepárate para hacerte la ciega, sorda y muda en muchas cosas.

Callé y el silencio se hizo entre ambas, apenas interrumpido por las risas y los mimos de May y su madre.

-No termino de entender lo que quieres decir… - advertí, poniéndome en pie y tomando varios de los ropajes que ya habían sido usados.

-Es tu primer destacamento, paya blanca. Estos soldados… no son ordinarios- alzó a la niña y con ojos chispeantes de esa tonalidad oscura similar a los pozos profundos, continuó: - Son fuertes, dicen que los entrenan en la fortaleza al sur de la región. Hay algo en esas gentes que te dice que temas de sus tratos: como si fueran a despedazarte si algo llega a salir mal o fuera de su control.

-Pero eso ridículo… ¿cómo vamos a robarles si les tenemos tanto miedo? ¿Cómo es que ha funcionado en el pasado?

-Por que nosotras nos hacemos las ciegas…-asintió bajo, en susurros casi inaudibles.

Alcé las cejas con desconcierto y con los ojos muy bien abiertos imaginé que algo más se acercaba a los labios de Aramea. Una revelación, quizás un secreto… pero no.

-¿Cómo ciegas? ¿Nos vendamos?- aventuré a sabiendas que era lo más idiota jamás salido de mis labios.

-Inteligente- emitió la voz de siempre, de ultratumba, odiosa.

“Volviste”.

-No seas imbécil. Siempre terminas mostrando esa inteligencia de paya idiota. ¡Si te tocan una teta, haz como si nunca hubiese pasado! Si pasan una mano por debajo de la falda… ¡nada! Hazme caso. Parte de tener la tranquilidad que tenemos en nuestro modo de vida es por eso. Y por cierto, los de la orden de Sumatra lo encuentran totalmente descarriado. Dicen, y creo no errar en el cómo lo dicen- carraspeó y, simulando la voz mezquina y grave, continuó: -“Son gentes perdidas, que tarde o temprano los demonios sabrán cautivar con aros y guitarras. Demasiado simples”. Simples… ¿Puedes creerlo? ¡SIMPLES NOS LLAMAN! Un gitano jamás será un esclavo, como ellos de su dios y su ley. ¡Ellos son los simples! ¡Y para ya May de joderme la vida!

La niña se detuvo. Tiraba con fuerza de los cabellos oscuros de su madre, tanto y tan fuerte que parecía que algunos quedaban ondulados y entrelazados entre sus dedos diminutos. Pero con el grito la niña no lloró, solo observó a su madre seria, recia, orgullosa, como si el que se atreviera a gritarla la hubiese irritado más que acongojado. “Al fin al cabo, hija de gitanos”, pensé para sí.

Trianera:



-Me alegra que instruyas a nuestra gitana peliblanca, Aramea- acotó una voz desde atrás de todo en dirección a la puerta del carromato. Asomada apenas con los ojos apacibles y las tantas arrugas que le formaban el rostro, apareció la Trianera, vestida de plumas y cascabeles, tranzados sus cabellos, como si fuera su día de cumpleaños. –Yo venía exclusivamente a explicar lo mismo… así que paya blanca: ¡hoy te quedas callada!

-¿Y los gitanos? ¿Ellos también se quedan sin hacer nada?

No era que creyera que necesitaba protección, pero la gitanería había crecido y ahora no sólo se trataba de unos cuantos carromatos con 2 o 3 familias. Había niños por veintena y muchos más entre hombres y mujeres trabajando en ese pillaje. Los más pequeños eran un blanco fácil, sobre todo las niñas que hasta ahora comenzaban a ser mujeres.  

-Todo lo contrario. Ellos estarán mirando de más… y es por eso que se necesita un elemento tranquilizador y optimista en todo esto- advirtió Aramea, entregando a May a los brazos de la Trianera. Inmediatamente empezó a llorar pero la anciana poca importancia le dio.

-Qué excitante suena todo…

-Así es. Los gitanos normalmente tenemos mucho que odiar y vengar con los payos, en especial si se trata de guardias prepotentes para los que somos simples sabandijas. En su mente una hormiga no tiene nada que pelearle a la bota que la pisa, el problema es que cuando un gitano está entre los suyos… son muchas hormigas, todas hambrientas de venganza.

Apreté las ropas contra mi pecho y me dirigí a la puerta. Hice una mueca a May, quién en vez de reír supo seguir llorando más y salí de allí, hablando claro:

-Si todo lo que decís es cierto… más nos vale no oler a hormiga.

-Y matarlos a todos cuando sea el momento… tengo hambre.

Y fue decirlo para que Pedrito y Aramea salieran, el primero de la parte trasera del carromato, todo embardunado con las botas llenas de lodo y una bolsa, cuyo contenido se movia. Aramea lo observó con asco:

-¡A bañarnos! Deja esa mierda ahí que hoy debes oler a payo malcriado….

El chico sacó la lengua mientras dejaba en el piso la bolsa, de la cual salieron varias ranas en libertad. Esa mañana era el día de baño, el primero desde mi estadía. Cierto eran las palabras de Aramea, el día despertaba desde la mañana con sorpresas.

--//--

Música:



Según los últimos en llegar a la gitanería, los García de las Púaz, los caballos de aquel destacamento habían bebido en el Tarangini a no más de 3 noches, lo que hacía que, a las horas de la tarde, llegarían al carnaval de la gitanería.  Las fogatas ahumaban ya, las guitarras se afinaban en las escaleras de los carromatos y los violines templaban sus notas de melancolía. Los niños corrían con sus mejores ropas, de un lado para otro, obviando lo limpias que estaban por anda descarriados entre el barro que tanto les gustaba. Las abuelas daban consejo a los hijos, y estos afilaban sus navajas o sus garras, se miraban en los espejuelos para que la barba se viera recta, las líneas de los ojos bien definidas, los aros correctos. Pero lo interesante estaba en ver a los gitanos, los hombres guardianes de la gitanería. La mayoría se encargaban del fuego, de tender los ropajes, de dar la comida a los caballos, de descuartizar, sazonar, destripar la cena. Eran las labores de las mujeres pero sólo por aquella vez, cuando se daba la gran vendimia de los impuestos, los hombres se hacían cargo de sus hogares mientras sus damas se adornaban con lo mejor de sus chucherías, tomaban miel y limón para aclarar la voz, depilaban sus axilas y sus barbas, o simplemente se inundaban en perfumes y esencias para la prosperidad y la rapidez.

En el fondo, me divertía observar cómo la vida de aquellas gentes se alteraba con la llegada del oro. Se decía que ese año sería difícil para los campesinos de la región, en especial aquellos que trabajaban para el noble señor que residía en Naresh, pues la suma a pagar se había triplicado a culpa de los gastos que los mismos Señores nobles debían invertir en la Orden Religiosa que los protegía. Pobres gentes. Luego de un invierno cruel la primavera les recibía con impuestos triplicados y leyes de Prima Nocte, donde las damiselas próximas a desposarse debían ser entregadas al guardia de mayor rango del condado como prenda de obediencia a las leyes.

Aramea tenía razón: los gitanos eran dueños de sus maneras y su propio juicio. Pena daban los demás que a precio de creencias se dejaban esclavizar de ellas.

La cotidianidad del paisaje cedió a la puesta del sol y, como lo habían predicho los García de las Púaz, el sonido recio de cascos y ruedas, junto con ese tintineo de las armaduras de los soldados, se alzó en una nube de humo que ascendía por la loma hacía nuestro encuentro.

La fiesta se encendió de repente, las mujeres salieron de sus hogares y escondieron dentro a los pequeños. No fue la excepción de Aramea, quién tomando a Pedro por los cabellos, ya todo embarrado de nuevo, lo dejó a puerta cerrada con May para que hiciera de hombre responsable” con la hermana.

-¡Hermanos! ¡Todos somos iguales a los ojos de Dios, y éste ha querido que hayáis llegado a nosotros otro año para que alivianemos vuestras cargas!- saludó recio el líder de los gitanos de Shading, un hombre viejo pero aún con la fuerza y el poder para dominar a toda su parentela: -¡Dejad vuestras cabalgaduras!¡Comed con nosotros! ¡Bebed a la salud de nuestras mujeres y las vuestras! Dejaros tentar por las predicciones de la buena vida…

Y fue decirlo para que en tropel todas las damas arrancaran a bailar al son de un fandango movido y brioso. Gritos, jolgorios, comida, bebida, palmas, panderos. Ésa era la alegría gitana que se prendía poco a poco en los soldados. Trataron de evitarlo, por supuesto, pero no tenían la voluntad para ello: las pieles morenas de las gitanas, sus ojos oscuros llenos de intensiones fingidas, las mentiras que salían de boca de los gitanos; palabras de fraternidad, camadería ficticia…

Aramea también se dirigió al grupo de soldados y yo fui a su lado. Aunque poco me despegué de ella, también algo alejada de toda la acción, como si ambas hubiésemos hecho un pacto de no dejarnos ver tanto de aquellos extraños, no sintiéndome del todo cómoda con la manera como todo aquello se desenvolvía. Demasiada bebida, demasiada libertad para comportarse, una palmada acá, otra allá y pronto… tristemente muy pronto… las cosas se fueron de control.

-Tú perra miserable… querías hacerte a mis pertenencias, cochina mujerzuela- gritó uno de los hombres de las Nalini, escupiendo sobre una de las gitanas. Su marido pronto llegó y de un puñetazo y dos patadas lo dejó en el suelo gritando ¡NOS ATACAN!

El caos se hizo y yo tomé a Aramea por instinto y la insté a que nos alejáramos.

-No… No Paya… tenemos que ayudar a los nuestros.

-Si… ayúdalos y dególlalos a todos-. La voz resonaba fuerte, exasperante y cruel como pocas veces la había sentido.

“¿Por qué ahora? ¿Por qué ahora tú vienes a molestarme?”

Corrí junto con Aramea de vuelta a la pelea. Pronto ella se hizo a una pata de una silla y, golpeando con fuerzas, arreciaba sus golpes a todo lo que tuviera armadura. Yo tomé uno de  los cuchillos cercanos, de esos para cortar las legumbres del asado que ahora yacía en el camino, desperdigado. Era consciente de la daga, pero temía usarla. Había matado en la fortaleza con ella, cortado manos, matado a Pedro Jacinto… además, sospechaba que la voz que oía provenía de ella que siempre quería sangre sobre su hoja.

-No eres tan bruta, después de todo.

En ese momento llegaron desde atrás. Me levantaron como si fuera una pluma, y las costillas me ardieron bajo aquel abrazo fatigado.

-Putas todas… ¡putas! Ya agarré a la mía…

El aliento que llegaba era viciado, al borde de hacerme retorcer las tripas. Menos mal no había comido nada… No era bueno a la hora de bailar.

Las fuerzas me llegaron del fondo del alma. Una ira profunda de animal arrinconado que de pronto encuentra que puede ser león. Rasguñé sus brazos y me soltó con furia. Solté el cuchillo en la caída pero de un solo movimiento saqué la daga. El barril de agua, donde estaba apostada la que se utilizaba para los animales, yacía a un lado del soldado. Era barbudo, de ojos penetrantes y furiosos.

-Puta- repetí con desprecio: -una puta…

Alcé el brazo como si estuviera danzando, solo que el agua se levantó igual que si fuera el mío y obedeciendo mi pensamiento se dirigió a mi mano. Apreté entre mis dedos el líquido y fue solo sentirlo para que de pronto congelara como el hielo mismo. Y no era solo que se sintiera, pues al abrir los ojos y mirar, una estaca de vidrio, frío como las nieves, pero puntudo como una aguja perfectamente pulida, aguardaba a ser arrojada. Lo hice, con tal mala suerte que quedó ensartada dentro de la madera del carromato.

-Qué pésimo se te da hacer esas cosas…

“Yo sé”. Madera de héroe no tenía.

-Perra miserable…- arreció el soldado, desenvainando la espada.

Pero fuera casualidad, o simple destino, quiso que un flecha llegará de algún lugar del bosque y mientras el hombre emitía su grito de dolor, mandé la daga sobre sus muslos, cayendo de rodillas ante mí…

-¿Querías una puta?- pregunté con la maldad chispeante en los ojos.

-¡Bruja!- alcanzó a responder en un zumbido por la sangre que ya emanaba de su boca.

-Pues la encontraste- sentencié, pasando la daga por su cuello. Inmediatamente la hoja resplandeció y esas letras, grafía misteriosa, se materializó por breves momentos.

La voz se calló y el cuerpo se relajó después de la tensión acumulada que resurgía de la nada cuando la voz se pronunciaba. “Te has callado de nuevo”, pensé agradecida: “Vete a dormir y déjame tranquila”.

Alcé la mirada y un hombre, un tuerto, observaba desde la otra orilla. Me quedé estática, como si de un fantasma se tratara. Era Él, con una espada enorme y la cara congestionada y sudorosa por la pelea, pero el mismo hombre de gabardina que había visto en Naresh hacia días. Sentí el estómago revuelto, la angustia que no se compara con aquella que se generaba en la batalla que nos rodeaba. No sabía qué hacer… correr hacia el carromato, buscar a Aramea, y ¿dónde estaba la Trianera?

-¡No ataquen a los gitanos! ¡Desde ahora están con nosotros!-gritó con voz de mando.

Abrí los ojos con sorpresa ante esas palabras y, como cayendo en cuenta de lo ridículo que era toda la escena, lo imbécil que me veía allí apostada como un árbol más, le asentí con una sonrisa a medias.

No seguiría usando la daga, y la guardé rápido mientras observaba los golpes y los soldados que caían ante mucho más que los gitanos. Corrí tan rápido como me lo permitían los vestidos hacia el carromato cercano y, entrando en él como si se tratara del mío propio, revolví todo hasta encontrar lo que buscaba. Salí de nuevo con el sudor bañando mi frente y tensé la flecha en un arco de construcción escueta. Ésta voló hacia la nada… una segunda hizo el mismo recorrido.

-No se te da esto, Amethist… No se te da.

Volví a tensar y a apuntar.

“Tienes que mirar lo que quieres para poder acertar”, recordó aquella voz en la fortaleza.

Abrí los ojos, miré a uno de los soldados, dispuesto a atacar por la espalda a otro hombre, uno de listón en la frente y cabellos morados. El brazo calculó la tensión, el viento amainó y la oscuridad jugaba en mi contra, sin embargo una confianza conocida estaba allí, en cada músculo, en la respiración, en sentir cerca la tensión de la cuerda y la madera de la flecha. Lancé y atiné en el cráneo del atacante traicionero, al tiempo que el joven que peleaba terminaba con su pelea. Se volteó y vio el cadáver del soldado. Al alzar la mirada, lo reconocí también a él.

“Esto es lo que hacen las putas, imbécil”, pensé para sí con una media sonrisa en el rostro y, de inmediato corrí, sin perder tiempo, en búsqueda de Aramea y los niños.


--//--


El caos había pasado. Algunos de los hombres de las Nalini huyeron, otros fueron muertos allí. El carromato que los acompañaba, con todo el oro de los impuestos, estaba allí para ellos.

La Trianera fue la primera en pararse sobre él y mirando a los desconocidos como a sus hermanos de sangre se dirigió a todos con voz temblorosa pero recia:

-Hemos ganado el oro de los impuestos, y como no ha sido solo nuestra causa hemos de repartirlo con estos luchadores de los bosques. Pero no hablaremos de ello esta noche, son 2 días hacia Naresh lo que nos pone a salvo por el momento. La arma estará instaurada en no menos de 3 lo que nos da tiempo suficiente para volar de estos territorios a otros mejores. Hoy es día de festejo, de baile, ¡festejad con nosotros, bandidos de los bosques! Hoy hemos sido hermanos y como tales comeréis de nuestra mesa.

Se alzaron los humos, las luces de los fuegos se hicieron más fuertes, las guitarras se recogieron de los escombros, los carromatos que fueron alcanzados por los fuegos, se desalojaron de los niños, pero se dejaron perder, pues un gitano nunca será esclavo de sus pertenencias. Además estaba el oro de por medio: dinero había para tener otros mejores.

Como dispuesto por una mano invisible, los gitanos hicieron un círculo enorme, dejando en la cabecera a la Trianera, quién invitó a su lado a los guerreros de los bosques. Aramea y yo nos acomodamos en medio de un grupo de gitanos, los Vega Cuevas, quienes insistían que el tuerto era el de las tierras de Shading. Las guitarras, los violines se afinaron, las primeras pruebas de carne de cordero y cerveza arribaron de las manos de las mujeres, matronas de la gitanería. Las más jóvenes fueron al centro del gran círculo y empezaron a bailar, ansiosas por hacerse de parejos, en especial los extraños recién llegados.

Fuera por lo reciente del ataque de los soldados, o por la gratitud, los hombres no estaban con ánimos violentos. Bailaban y bebían a la par en clara muestra de alegría.

Era agradable estar allí, ser parte de todo ello, de ese pueblo sin tierra. Me hablaban, reían, Aramea bromeaba con lo mucho que haría con el oro y luego bebíamos, aunque de vez en cuando miraba hacia la Trianera y a su lado, la mirada del tuerto me atenazaba el alma, obligándome a sostenerla a pesar que mucho quería bajarla.

“¿Quién es él?... ¿Quién?”

-Lindo el greñudo sin ojo, ¿no?

-Pues lindo no es la palabra…-le respondí a Aramea con una sonrisa.

-Cierto, pero no negarás que mira demasiado para tener un solo ojo.

-Sus ojos oscuros… misteriosos-reparé, mirándole de nuevo.

Musica:


Y fue en ese momento que ella, la anciana entre todos, calló los panderos, las guitarras, los cascabeles, para cantar. Comenzó un violín solitario y luego ella, seductora, soberbia, con el orgullo en el semblante y la fuerza en la garganta, sabia entre todos, pues ella era conocedora de las artes de los gitanos y allí, esa noche, lo estaba demostrando.
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Vie Ene 29, 2016 1:38 am

Los gitanos quedaron confundidos con el repentino cambio de corazones, ahora sus “enemigos” los estaban ayudando contra los soldados de Naresh. Al comienzo no confiaban en los alas negras, como era de esperarse, pero al ver como estos realmente los estaban ayudando, decidieron luchar como uno. La dama de hierro, con lanza y espada en mano, no dejaba que nadie se le acercara, y el que lo lograba, sentía el filo de su espada corta. El hombre del parche tenía menos problemas, pues si bien su mandoble no era capaz de atravesar la armadura de sus enemigos, el golpe causado por el arma siempre dejaba secuelas internas, lo que terminaba matando a sus oponentes de cualquier manera.

Pero en la batalla, el que mas problemas tenia era Legato, pues no era muy diestro en el combate cuerpo a cuerpo. Un par de veces logro cortar la garganta de los soldados desprevenidos, pero cuanto estos se le lanzaban de frente, el bandido necesitaba el apoyo de sus compañeros para sobrevivir, pues sus dagas poco servían contra las armaduras enemigas. Y estuvo a punto de recibir una estocada en la espalda, pues el bandido estaba distraído con un soldado frente a él. Otro de los recolectores intento matarlo sin ser visto, pero Legato fue salvado por la peliblanca, y por ello, el bandido le dio una sonrisa de agradecimiento, un tanto arrogante,  aunque por dentro estaba aterrado, pues los asedios no eran lo suyo.  

Poco duro la pelea, pues  los recolectores se vieron sobrepasados en número, y en su escape, solo se llevaron sus vidas, ya que dejaron los carromatos y el oro de Waltz ahí mismo donde estaba. Al ver que los soldados escapaban, el hombre del parche detuvo a sus hombres, los quería dejar huir. -¡¡Díganle a Waltz que Lucard Wasser es quien se ha llevado su oro!! ¡Y que pronto iré por él!- Necross clavo a Sherckano en el suelo, tenía el mango de su arma  afirmado con la mano diestra, y el brazo izquierdo abierto y extendido. Una sonrisa de complicidad estaba firmemente marcada en su rostro. El tuerto envaino el mandoble, y nuevamente se puso a gritar órdenes. -¡Alas Negras! ¡Que el grupo de Mary Ann ayude a apagar el fuego! ¡El resto atienda a los heridos!-

Y los alas negras ayudaron a apagar el fuego de algunos carromatos con lo primero que encontraban, tierra, mantas húmedas, incluso el agua que los gitanos bebían, ya que todo era útil. Y al terminar con el fuego y los heridos, los alas negras que estaban en buena condición deshonraron a los muertos, pues les quitaron las armas, armaduras, y uno que otro saco de monedas. En eso, una de las mujeres gitanas comenzó a gritar, parada sobre el carromato que llevaba el precioso botín, pues era el momento preciso para celebrar. Los alas negras se miraron entre sí, y luego, todos los carroñeros miraron al hombre del parche. Este se sintió el centro de atención, y con su ojo, sin mover la cabeza, miro a todos sus camaradas, luego asintió tímidamente.

El grito de los alas negras al saber que tendrían festejo se escuchó como el estruendo de una gran victoria, como si una gran batalla se hubiese llevado a cabo. Pero aun así, cuando ya entre todos eran amigos, el hombre del parche se acercó  a Mary Ann y le dijo que mantuviera los ojos abiertos, pues ellos seguían siendo gitanos, y la reputación de ladrones los precedía.

Los alas negras creían que tendrían un festejo, como alivio a todo lo que han pasado, pues son pocas las veces que tienen una oportunidad de un relajo tan grato, pero no. La razón por la cual Necross lo permitió, es porque quería saber más de la peliblanca parecida a Ondine, pues ella, cuando sus ojos se encontraron en medio de la pelea, pareció reconocerlo. Pero el tuerto no habló ni se acercó, solo se sentó en el piso, acepto una jarra de hidromiel, la cual le hizo sentir asco,  y se quedó mirando a la peliblanca. Pero fue tal el disgusto en su lengua, que le quito de las manos la jarra de cerveza que uno de los alas negras tenia, y se la cambio por la hidromiel que él bebía.

Los bailes y cantos se detuvieron cuando la más vieja de las gitanas se puso de pie, el violín que acompaño su voz hizo llorar a más de uno, solo de emoción, pues la veterana cantaba muy bien. Y el silencio acompaño a su canto, pues solo su voz y el violín irrumpían en la noche, el hombre del parche dejo de mirar a la peliblanca para concentrarse en la gitana, disfrutando del canto. Luego mas instrumentos se le unieron, y Necross cerro el ojo, moviendo la cabeza al compás de la música, pues la disfrutaba.  Y cuando abrió el ojo, el tuerto noto a su bandido estrella, de la mano con una de las gitanas, ambos caminando al centro de todos, donde comenzaron a bailar junto a la melodía de la anciana. Y así, de a poco, el centro de la reunión se fue llenado de gente, los alas negras no tenían problemas en bailar con las gitanas, y más de un varón quiso bailar con Mary Ann, pero esta se hacia la difícil, ya que en parte, le gustaba ser el centro de atención.

Una muchacha de pelo negro y piel morena intento sacar a bailar a Necross, pero este con un gesto de su cabeza se negó, pero la chica volvió y lo tomo de la mano, para forzarlo a levantarse, ni siquiera logro moverlo. El hombre del parche le sonrió, y volvió a negar con la cabeza.

Y desde la distancia, la peliblanca observaba al tuerto. Arrugó el ceño mientras otra, una joven que bien sabía insistir, tiraba del hombre para sacarlo a bailar. -Tienes toda la noche para hacer lo que Carola, paya. Al menos una ronda deberá bailar contigo.- Le susurro Aramea al observar a la gitana peliblanca malhumorada. Pero ella no reaccionó al comentario, y siguió mirando de soslayo hacia donde estaba el humano de gabardina.

Este, con una perpetua sonrisa de satisfacción, volvió a mirar a la peliblanca, y cuando sus ojos se encontraron, el hombre del parche sonrió un poco más. En eso decidió dejar su malgenio y soledad a un lado, se puso de pie, y camino hasta la chica de ojos grises. Al llegar a ella, pidió un espacio para tomar asiento, y quedo entre Amethist y otro gitano. Necross la miro, y se quedó unos segundos en silencio. -Amethist, ¿No? Tu nombre lo sé por Legato… creo que conoces al de cabello purpura. Soy Necross.-  

-¿Me recordáis? Nos vimos en esa taberna... vuestro amigo fue maleducado- advirtió mirando al campo de baile donde los cabellos morados de él relucían. Sintió el golpe en las costillas que Aramea le arremetió y como obligada continuó: -Ba... ¿Baila- Necross río por el comentario sobre Legato. -Es joven y prepotente, te pido disculpas. Y Claro que te recuerdo, pero no sabía que me habías visto en aquella taberna.- Ante la pregunta sobre el baile, el hombre el parche bebió de su cerveza, y negó con la cabeza. -No realmente, ellos son los que  disfrutan de bailar.- Y apunto con su mano izquierda al centro de la fiesta, donde la pelirroja, Mary Ann, se encontraba muy entretenida bailando con un gitano.

La peliblanca Arrugó el ceño, como si la respuesta la contrariara. Lo miró, como si poco le importara el silencio que se tejiera entre ambos y luego se levantó, impetuosa: -No sería una gitana si al menos no logro que lo intente-. Y dando una palmada al cielo, dio una vuelta completa meneando las caderas y estiró la mano hacia el tuerto, como siempre hacía cuando iba a sacar a bailar a uno de los gitanos: -Le prometo que no dolerá.- y sonrió con cierta malicia mientras el tinte de sus ojos se bañaban de un fulgor lila al brillo de las lunas. -Vamos.- Reparó más suave, acariciando en un rápido repaso la mano que pretendía, pero sin obligar.


El tuerto tomo aquella mano, la apretó despacio, y la acerco a su cuerpo, sin levantarse de su lugar. -Después de todo lo que ha pasado, solo quiero una noche tranquila…- Y dudo un segundo, pero sin liberar  la mano. -…Y saber más de quien eres. ¿Me reconoces de algún lado, Amethist?- Y aquellas palabras impregnaron su rostro de cierta congoja, pues aun con licor en el cuerpo, ella seguía pareciéndose a alguien quien él quería tanto. -Ven, siéntate conmigo.- La invitó, con una voz tranquila y suave, como pocas veces se le escuchaba.

Mientras él se rehusaba a bailar, ella lo oyó sin decir palabra. No gustaba del baile y ella estaba en medio de un grupo que veía en ese tipo de actividades una muestra de lealtad. Cerró los ojos cuando él concentraba su mirada en el rostro de ella, como si la estudiara. -Si no queréis, no os obligaré, señor.- Contestó resignada y mirando al gitano que tenía al lado del tuerto y a Aramea y su cara picaresca, cerró un poco los dedos de la mano que él apresaba y bajando la voz agregó: -¿Os gusta caminar? –  El hombre del parche no dijo nada, mas solo asintió con alegría, pero antes de dejarse llevar por la peliblanca, Mary Ann lo detuvo -¡Necross, Necross! Tenemos que demostrarle a nuestros amigos que no solo somos bandidos, ¡comienza a cantar!- La pelirroja estaba llena de ánimos, casi parecía una adolecente en su primera fiesta. El tuerto rio suavemente, y se acercó nuevamente al círculo de gente, donde de pie, comenzó a cantar, pidiendo con las manos que cesaran los instrumentos.

Spoiler:

- A recruiting sergeant came our way From an inn near town at the close of day. He said my Johnny you're a fine young man. Would you like to march along behind a military band, With a scarlet coat and a fine cocked hat, And a musket at your shoulder, The shilling he took and he kissed the book, Oh poor Johnny what'll happen to ya?

The recruiting sergeant marched away From the Inn near town at the break of day, Johnny came too with half a ring He was off to be a soldier to go fighting for the King In a far off war in a far off land To face the foreign soldier, But how will you fare when there's lead in the air, Oh poor Johnny what'll happen to ya?

Well the sun rose high on a barren land Where the thin red line made a military stand, There was sling shot, chain shot, grape shot too, Swords and bayonets thrusting through, Poor Johnny fell but the day was won And the King is grateful to ya But your soldiering's done and they're sending you home, Oh poor Johnny what'll happen to ya?

They said he was a hero and not to grieve For the two ruined legs and the empty sleeve They took him home and they set him down With a military pension and a medal from the crown. But you haven't an arm, you haven't a leg, The enemy nearly slew ya, You'll have to go out on the streets to beg, Oh poor Johnny what'll happen to ya?

A recruiting sergeant came our way From the inn near town at the close of day He said my Johnny you're a fine young man Would you like to march along behind a military band, With a scarlet coat and a fine cocked hat , And a musket at your shoulder, The shilling he took and he kissed the book, Oh poor Johnny what will happen to ya?



Comenzó solo, pero mientras seguía los versos el resto de los alas negras comenzaron a unírsele, para detenerse y dejarlo solo nuevamente, ellos le acompañaban con los coros. Todos los alas negras estaban de pie, ayudándose con las manos para darle más dramatismo a la canción, todos, cantaban con el pecho inflado, y orgullo en sus corazones. En especial el tuerto, quien se veía más relajado, mas heroico incluso, pues algunos versos de aquella canción le llegaban directo al corazón. Después de la canción, el hombre del parche volvió a tomar la mano de Amethist, y sonriente una vez más, le dijo: -Guíame.- y luego hizo una leve reverencia.

Ella lo observó maravillada pero con el rostro serio, frío. No podía creer que cantara, más un cobarde bailarín, y al oír las voces de los demás se entusiasmó como si los escenarios y tierras de las que hablaran, las luchas y la sangre de las guerras dadas ella también las hubiera vivido. Los gitanos se callaron atentos, con sonrisas y expectación. Nadie en aquel lugar volvería a juzgar a aquellos hombres y mujeres venidos de lejanas tierras, pues habían alimentado la imaginación de la raza de los caminantes. Pero luego de la tonada, él retomó la idea de caminar sin percatarse que pronto la joven quedó envuelta en un tumulto de gente porque todos los gitanos querían saber más sobre el tuerto y sus aventuras. Aramea alcanzó por un brazo a la peliblanca y con interés le preguntó:  -¿Y bien? Ni siquiera un beso fuiste capaz de lograr… ¡no! ¡Peor! Ni siquiera un baile…  -Déjame- contestó la joven, recogiendo su faldón y dirigiéndose hacia fuera del gran circulo de festejos. Tenía suficiente de la gente, del tumulto, de los gritos y de los jolgorios. No quería música, no quería palabras… ahora solo añoraba la soledad y el monótono sonido de sus pasos.

Pronto el tuerto quedo rodeado de gente, niños, adultos, mujeres y ancianas que querían saber mas sobre sus batallas, pero este no quería hablar con ellos. Necross se disculpó, y dejo que el resto de los alas negras contaran las historias que habían vivido, aunque claro, nunca hablaron de como el grupo se inició, ni que Necross era el ser buscado en Shading. Lo único que su ojo alcanzo a ver en la distancia, fue un vestido alejarse del grupo de gente, el hombre del parche sabía que era Amethist, y no tardo en seguirla. -¡Hey! ¡Peliblanca!- Se habrá escuchado desde el bullicio, y antes de perderla de vista del todo, Necross se hizo a su lado. -Ya… ya podemos caminar.- Dijo sonriente, manteniéndose un paso detrás de ella.

Lo oyó y se río por lo bajo: -Ya veo... así que cantaís pero no bailáis. Os da miedo.

-Es más fácil cantar que bailar- Comento el tuerto, siguiendo el camino, y siempre con la mirada al frente.

-Yo creo que son la misma cosa... una al lado de la otra- asegura, dándose la vuelta y extendiendo la mano de nuevo, como antes: -Baila conmigo, tuerto... y entonces hablaremos.-

Necross bajo los brazos con resignación, y así mismo suspiro. Se acercó a ella intentando imitar el baile de salón, pues es el único que conocía. –Al menos podrías decirme si realmente tu nombre es Amethist.- Comentó expectante.

Ella le apretó la mano, con más fuerza de la esperada en alguien tan menudo y frágil, luego guio la mano de Necross a la cintura y la de ella sobre el hombro de él. No lo miraba, siempre rígida y seria como si pudiera ver más allá de las estrellas. -¿Mi nombre es lo que te tiene tan insistente?- suspiró, al ver que él estaba rígido. -Es más fácil de lo que crees, vamos, arrójame fuera de tus brazos... y hazlo con fuerza- retó, con una media sonrisa.


Entonces el tuerto, obediente, intento seguir las direcciones de ella, aunque realmente no lo hizo, solo se quedó estático y avergonzado, pues el baile no era lo suyo. –Estoy… en medio del bosque bailando contigo, cuando yo no soy un hombre de bailes. Lo mínimo que puedes entregar es tu nombre, ¿no crees?- Sonrió, pues intentaba mover los pies y acomodarse a ella, para empujarla, e intentar seguir la orden. Miro sus pies un par de veces, y luego a Amethist, y finalmente le hizo caso, con un movimiento le dio impulso, esperando que la peliblanca no cayera al piso.

-Solo hazlo- respondió. Ella dio un par de vueltas, con el impulso de su empuje, y lo hizo como si volara. Mientras las daba, el brazo del que se sujetaba firmemente le sirvió de ancla para girar y girar. Cualquiera se marearía pero ella, con esa repentina ráfaga de aire en la cara quedó fascinada, girando: -Ahhh...Me gusta... – gritó, como un niño y al parar los pelos le quedaron desperdigados por el rostro mientras reía: -Soy Amethist... y con esto he cumplido mi palabra... Necross.- Se retiró los cabellos, con cierta elegancia, pero sin mirarlo y luego siguió caminando: -Me contaron la historia de un tuerto... uno que se quedó sin tierra, sin familia y sin rey... me pregunto si serás el mismo.-

Necross solo se le quedo mirando, ella giraba y jugueteaba, él disfrutaba de verla. Y es que un sentimiento de nostalgia invadió su cuerpo, pues ella le hacía recordar momentos agradables. Incluso se unió a su risa cuando ella termino de girar, quería ayudarla a peinarse el cabello, pero no se atrevió a estirar el brazo. Ella siguió caminando, él la siguió, siempre un paso detrás. Y casi se detiene cuando escucho lo último que la peliblanca dijo. –Pues si… yo y los alas negras somos los hijos bastardos de Shading.- Dijo, sin perder la sonrisa. –Pero hay algo en lo que te equivocas, pues familia aún tengo. Y ellos, aquellos que me acompañaron en la canción, son mi familia.- Comentó mientras inflaba el pecho, lleno de orgullo. -¿Y tú? ¿Siempre has sido gitana?- El hombre del parche quería saber más de ella, y ahora es cuando podría conocerla en profundidad.

-Interesante historia la que escondéis tras esa gabardina- reparó y con un suspiro se quedó mirando lejos, sin parar de caminar. ¿Cómo contar su estadía en la fortaleza? ¿Cómo explicar que quizás había sido ramera y no lo recordaba? El tiempo pasó y al final la respuesta se dio en sus labios sin siquiera ordenarla: -No he sido gitana, pero en mi corazón anhelo la libertad que tienen y la envidio por eso... Me aprecian como uno, me estiman aún más... pero nunca podré ser parte de su tradición o su raza- jugueteó con las manos y luego desvió el paso, para seguir por unos abetos hacia un claro: -La casualidad me trajo acá cuando más lo necesitaba... pero mi camino está en otro lado.

-¿Y dónde está tu camino entonces?- Preguntó el tuerto, acelerando los pies, para mantenerse siempre un paso detrás de ella. Ella se volteó de repente, pero dando los pasos hacia atrás: -En tu tierra, idiota. Valashia... Algún día cruzaré el Tarangini y entonces sé que sabré dónde yace mi camino...-

Necross se quedó congelado, pues aquella palabra, “idiota” le sonó igual a como lo decía Ondine. El hombre del parche se le adelanto hasta ponerse frente a ella, y con una mirada de melancolía le preguntó: -¿Realmente no me reconoces? ¿Tienes idea de quién soy?- Ella dudo, y en su mirada se sembró la duda. Lo miraba pero rápidamente bajó la cabeza, como escondiéndose de esa frase. No quería hablar del pasado, uno que no sabía. -No...- mintió y su voz resonó insegura. -¿Debería conoceros?- De pronto fue como si se corrigiera, y meneó la cabeza. ¿Para qué preguntar cosas de las que no se quiere oír respuesta?: -¿De qué viven todos? ¿A dónde iréis luego de estar acá?- la seriedad de su semblante apenas si se trastocó por una leve sonrisa que escondía su turbación.

Y con cierta tristeza Necross sonrió también, ignoro las preguntas que la peliblanca hizo y  supuso que simplemente ella se parecía mucho a Ondine, pero que solo era eso, que el estar  nuevamente con la dama de ojos lilas seguía siendo imposible. –¿Y cómo planeas llegar a Valashia, y cruzar el Tarangini? ¿Iras con los gitanos?- Dijo antes de ponerse a su lado nuevamente.  -No lo sé-  y la peliblanca levantó los brazos con cierta gracia: -Los gitanos no pagan por lo que se supone debe ser libre para todos, y eso incluye el paso por el río. Pero los barqueros cobran y yo no puedo embarcarme sola en una empresa así... aún con el dinero, no conozco la región- y lo miró de soslayo, rectificando: -o mejor, no la recuerdo muy bien, pero sé que cuando llegué podré encontrar el camino que necesito.-


-Pues si pasas por Shading, no le digas a nadie que me conoces.- Y el tuerto río fuertemente por su broma. –Si necesitas ayuda en tu aventura, yo soy un conocedor de los caminos de Valashia. Incluso cruce el mar de arena y sobreviví…- Volvía y se preguntaba, ¿Por qué demonios quería ayudar a la peliblanca? Pero la respuesta era obvia incluso para él, pues ella le recordaba a Ondine. –Pero claro, nada en esta vida es gratis, y si de mis servicios requieres, una pequeña cuota has de pagar.- Ella sonrió socarrona, porfiada, deteniendo la caminata: -Eso se presuponía de todo, ¿no tuerto?- asintió con cierta sensualidad salpicada en la mirada: -Es obvio que a quién me ayude le pagaré, y muy bien. Es no solo el honor de un gitano, sino el mío propio...- y río bajo, mientras decaía suavemente su voz, acercándose a él. Era alto para ella, bastante. Sin embargo estiró uno de sus brazos y le rozó la mejilla, que acaricio suave, antes de aferrase a su nuca, empinándose. -Podré pagar lo que sea justo...- agregó, mirándolo, y de un movimiento rápido le beso los labios, suave, ligero, sin presión, como un viento que acaricia apenas mientras dejaba en el oído del tuerto la palabra -Piénsatelo.-

El rostro de Necross quedo sonriente, confundió, con una ceja alzada, pero sonriente al fin. –¿Pensarlo? Si yo te propuse acompañarte. Ahora, ¿Cómo pagara señorita?- Comento mientras con un aire de valor que le llego de pronto, la tomo de la cintura, y acerco los rostros, juntando las narices. –Pues esto sigue siendo trabajo.- Necross la libero y se alejó, disfrutando del momento, y de la compañía. Ella sonrió con el roce y al bajarla lo miró con cierta picardía mientras sacaba de su manto rojo una pequeña bolsa que había estado enganchada en el pantalón de Necross: -Con tu dinero, claro...- agregó, lanzándosela a su dueño. -Sé que es un trabajo...No temáis que tengo con qué apañarme estos gastos-  agregó caminando de nuevo. -¿Aceptáis? –

Antes de recibir el saco, el hombre del parche comenzó a buscar en sus bolsillos, incrédulo de lo que Amethist había hecho. –Bien… sabes defenderte. ¿Cuándo quieres partir?- Dijo aun manteniendo la sorpresa, pues ciertamente no creía que ella tuviera dedos tan rápidos.  -Mañana, al alba-. Poco a poco habían caminado hacia el último carromato y allí la voz de un bebé resonaba por todo el lugar. Ella subió, abrió la puerta y Pedrito salió, con las manos en la cabeza, desesperado: -No puedo con ella... Es demasiado para mí-. La peliblanca sonrió y removió los cabellos del niño mientras entraba y tomaba el bebé en sus brazos. -Mañana, Necross- le dijo mientras la bebé removía su pecho, buscando de comer. El niño miró al tuerto, entre fascinado y celoso. Pero la segunda pudo más y de un portazo le cerró en la cara.

-¡Mañana al amanecer!-  Gritó Necross hacia el otro lado de la puerta. A punto de irse, y con la cabeza llena de pensamientos. -¿Acaso es mamá?- Dijo en voz alta, antes de volver con sus soldados. -¡Atención alas negras! ¡La fiesta acaba ahora! Tenemos mucho que hacer antes de volver, ¡comiencen a acarrear las cosas!- De la nada, la voz del tuerto detuvo la música y los bailes. Los alas negras suspiraron y se quejaron, pero al final, con resignación comenzaron a trabajar. El hombre del parche se acercó a la gitana anciana, con quien hablaría de cómo se repartirían el botín.

Y por la terquedad del tuerto los alas negras deberían trabajar hasta el amanecer antes de partir, y muchos de ellos estaban ebrios, otros… en situaciones más personales con algunas gitanas. -¿Dónde demonios esta Mary Ann?- Le pregunto el hombre del parche a uno de sus soldados, pero nadie sabía dónde estaba la dama de hierro, pues ella yacía escondida en uno de los carromatos, en un apasionado encuentro con uno de los gitanos.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Feb 05, 2016 7:50 pm

VII. Presagios


La noche se mostraba iluminada, plagada de estrellas, y las tres lunas centellaban como faroles estupendos sobre la bóveda celeste. El viento amainaba de a pocos, revolviendo aún los cabellos de las gitanas que seguían sus bailes en el gran círculo construido por los músicos. Los humos de las fogatas se elevaban dando formas, como si de nubes se trataran. Los cantos y los gritos de alegría eran el telón de fondo de la fiesta por el botín, por el éxito y por la amistad encontrada en medio de la necesidad.

La Trianera estaba allí, como una estatua de épocas remotas controlando el horizonte. Lo observó llegar y, alzando una ceja, pareció encontrar interesante el brío juvenil con el que el hombre del parche llamaba al orden a sus camaradas. Los ojos oscuros de la anciana sondeaban ideas que para el humano poco o nada tenían de importantes, lo urgente era saber la distribución del botín. Pero así suele operar la vida, pues aunque de poca monta era para él las cavilaciones de ella, estaba escrito en el destino que a partir de ese momento los hilos de la fortuna tejerían sus pasos tanto para los gitanos como para las alas negras.

Cruzada de brazos, con aire matriarcal, acostumbrada a hacer su santa voluntad desde decenios y decenios cuando el más viejo entre los suyos diera el último adiós en medio del sarao, la Trianera lo recibió con una mueca graciosa.

-¿Habéis disfrutado de la noche?- El humano hizo amague de responder, pero ella perceptiva atajó de pronto: -Obvio que ha sido buena. Sígueme… negocios son negocios. Además, hay otro “asuntillo” por tratar- volteó a mirarlo con esa media sonrisa que escondía más de una intención. Él asintió, y aunque preguntó de qué se trataría aquello, el silencio de la gitana solo le dejó de opción seguirle el paso.

Magia de carromato:


Lo guió hacia uno de los carromatos, el más destartalado de los alrededores, el más pintoresco, aquel cuyas maderas se veían más carcomidas y cuya forma dejaba entrever espacios secretos que por dentro debían esconder más de un truco de embustero. Pero, sin duda alguna, lo que más llamaba la atención del hogar de la Trianera era todos los objetos que colgaban de los techos, paredes y la escalerilla exterior. Algunos parecían ser muñecos vudú, que más de uno consideraba eran utilizados en hechizos místicos para matar a los enemigos de los gitanos; otros tenían forma de envases de vidrio, quizás los utilizaba para sus posiciones o como catalizadores en la preparación de los ungüentos; estaban también las mandalas que al girar tomaban formas diferentes, y los faroles sin vela, que eran encendidos por luces misteriosas de color verdusco. La madera crujió con cada paso en la escalera, la puerta de entrada se abrió sin siquiera ella tocarla, como si por dentro alguien los estuviera esperando, y fue entonces cuando ante la mirada del guerrero el mundo de la anciana se hizo evidente.

Astrolabios, lupas, duendes, hadas, pequeños seres que caminaban desenfrenados dentro de tarros de vidrio, extractos de hierbas, olores diversos, algunos agradables otros… no tanto; luces de faroles, cortinillas rojas con vistos dorados en las ventanas, las cuales imposibilitaban a los de afuera observar lo que sucedía dentro del carromato. Ollas, tazones, tijeras, vendas ensangrentadas, otras limpias; ranas, insectos, un perro encadenado que miraba con cara de aburrido; y baúles, baúles por doquier.

-Está un poco desbaratado. Lo mío no es ordenar- río entre dientes mientras consentía al can: -Vamos, vamos, sígueme.

Aunque por fuera el carromato se veía de proporciones normales, dentro parecía expandirse de manera insospechada. Luego de atravesar la puerta y todos los objetos más increíbles, se alzaba ante ellos una gran cortina que, detrás de ella, escondía una recámara en penumbras, apenas con una ventanilla, que de seguro daba hacia la persona que lo conducía. Los aromas se intensificaban en aquel lugar, bien por la ausencia de ventilación, o bien por la cortina que parecía evitar que todo lo que sucedía allí se repartiera por el resto del recinto. Hacía calor, a pesar de lo fresco de la noche, y todo se coronaba por una mesa, par lámparas de cera y al fondo una estatua de una esfinge, cuyas alas parecían tan reales como si de pronto fuera a levantarse y salir volando.  

La anciana se sentó y, con la mano apuntando hacia la silla frente a ella, invitó a Necross a seguirle.

-Hemos peleado juntos y ninguno de los vuestros o los nuestros ha salido lamentándolo. Enhorabuena por vuestra llegada y ayuda, sin embargo, espero que no nos saquemos los ojos ahora que tenemos que ajustar las cuentas de nuestras ganancias- comenzó, con voz temblorosa pero enérgica. –Tengo 18 familias de no menos de 7 hijos cada una. Y a todas debo entregar qué comer. Además están las pérdidas materiales de los míos y… el hecho de que fuimos los primeros en llegar. Por todo esto pido la mitad…

La verdad es que la gitana solo contaba con 10 familias, y los chiquillos de todas podían contarse con los dedos de las manos, más eran épocas de escasez y cualquier arroz de más era ganancia. Las mentiras dichas para ello eran lo de menos en un mundo sin moral y mucha libertad.

-Me parece justo- contestó, manteniendo un momento de silencio, pues pensó en decirle la locación del campamento, pero al final le ganó la cordura -mitad y mitad, que así sea.

La anciana río, mostrando su boca desdentada. Posó su mano en la mesa y sobre ésta la barbilla: -Pero si yo aún no termino… la mitad es por los míos y sus pérdidas, y el 20% restante es por lo que habéis comido, bebido y por lo que habéis disfrutado de los míos-. dijo, sonriendo y  pensando en la peliroja y en él.

Pero el efecto de aquellas palabras fue automático. Serio, sin rastro de aquella jovialidad que le había caracterizado hasta ese momento, Necross recalcó seco y cortante: -La mitad.

-No muchacho. Sabes que no es justo…somos más, necesitamos más.

-…y usted, anciana, debería saber que tengo un ejército a mi espalda. Si no es la mitad, volveremos, los buscaremos, y nos llevaremos todo- explicó estoico, con una de sus manos reposando en su pierna, y el cuerpo un tanto hacia adelante, sobre la mesa.

La Trianera se quedó pensativa y luego volvió con sus argumentos: -No veo un ejército con nosotros sino una partida de no más de 20 cabezas de bandidos. ¿Queréis acaso que la vida os cobre el ser tan avaro, tuerto? Además, ni un solo infante va con vosotros, en cambio acá lo que hay son niños cada año.

-La única razón para que no los atacáramos era que la peliblanca está entre ustedes. Si no la hubiese visto, no estaríamos con este debate. La mitad, mi señora, y se pueden quedar con el carromato de “Lord Waltz”.

-¡Ah! Pero es por la peliblanca que también entra ese 20%... – se incorporó la anciana y, mirándolo a los ojos por un segundo, empezó a jugar con una mano de cartas: -bien dije que en esa cifra entra todo lo que habéis disfrutado de los míos… Pero, he de confesar que me asalta la curiosidad, ¿por qué ella?

-No es de su incumbencia- espetó.

-Te equivocas. Esa chica ha sido desde que llegó nuestra principal incumbencia. Si esto hubiese sido desde el comienzo una negociación hace mucho estarías fuera, pero veo que el tiempo os ha vuelto duro, inflexible e incluso ciego para reconocer donde están los aliados o los enemigos.

La Trianera tomó su trenza y la dispuso a un lado, jugando entre los dedos con las puntas de su cabello, mientras se tomaba el tiempo de escoger las palabras y continuar:

-… He esperado por ti y sé que se irá contigo- advirtió tranquila, como si aquella fuera una verdad que desde hace mucho tiempo conocía. Pero después su voz mudó a una seria, tiesa, como si los espíritus del más allá la dominaran, haciendo del ambiente más pesado y de la oscuridad un recinto especial de las sombras. Siguió con las cartas, repartiéndolas en la mesa, y con tono grave continuó: -Y os daré un regalo extra: escucha la voz de quienes tenemos el poder de ver el futuro, para bien o para mal. Los días de mi gente están contados. Nunca vuelvas a desandar los pasos que des hasta el hogar. Un viejo enemigo te seguirá la pista, hasta el fin del mundo si le es preciso. Aún no es la hora… aún no se canta el tiempo de la venganza. El sol se alza sobre los terrenos de Valashia, entre las tierras de tus ancestros y tus hijos- y cerrando los ojos, tan fuerte que pareciera que algo le doliera, terminó gritando: -¡No la dejes, Necross Belmont, o te pesará en el alma! Mantenla a tu lado por que la desgracia ha pisado tus talones y está a punto de alcanzarte.

La Trianera se levantó abruptamente, tirando la silla. Su rostro desencajado, salpicado de sudor y lágrimas, era secado con cierto frenesí con el manto que hasta hacía poco tenía en la cabeza. Dando la espalda al líder de las alas negras, trémula y disminuida, la gitana concluyó:

-Lárgate con tu mitad.

-Que sea más el 10%... pues yo también debo mantener a mi gente.

Lo escupió el tuerto al salir, con cierta deferencia, luego de quedar petrificado por las palabras de la hechicera.

--//--


Baile de la victoria:



Afuera la algarabía continuaba. Los gitanos observaban con curiosidad todo lo que se llevaban los bandidos, mientras esperaban las indicaciones de la Trianera. Siguieron con desconfianza la salida de Necross del viejo carromato y luego la anciana asomó, dejando las instrucciones de lo discutido con uno de los que allí apostado cerca de la puertilla vigilaba. Con solo un movimiento de la cabeza de éste, las gitanas volvieron a cantar en coro, incluso las más abuelas, y meneando sus cuerpos continuaron danzando hasta que las lunas comenzaron a descender para dar paso a los rayos del sol.

Cuando la anciana volvió a entrar a sus aposentos de oloroso incienso y rancio pan, cruzó la cortina y en lugar de la esfinge reposaba un divium, de mirada risueña y mentón fuerte, algo distraído, jugando con la mano de cartas.

-Ya cantan los tuyos de nuevo…- advirtió éste, meneando la mano en el aire al son del ritmo cadente de la música.

-Es nuestra manera de ser libres en un mundo con cadenas- contestó la gitana, también aburrida, tomando el asiento, aún tibio, que dejara el tuerto. –Los límites en los mapas se delinean más rápido de lo que nuestros carromatos pueden huir, y nuestro mundo salvaje cada vez se vuelve más civilizado. Pronto seremos una especie en extinción, animales acorralados por el progreso de los intelectuales reyes del mundo… -río con desgano, mientras daba una bocanada a un puro que en antes sacó de su vestido para fumar.

-Es la ley de la vida… aunque si cumples tu parte del trato, yo cumpliré la mía.

-Lo he hecho. Al pie de la letra he recitado cada una de las palabras… el mensaje está enviado.

-Bien- aplaudió el divium, meneando sus alas con renovados ánimos: -¿Sabes que siempre me pareciste muy bella, Trianera? Incluso todos estos años que he visto como caen sobre tus hombros, pesando cada vez más y con mayores responsabilidades, he aprendido a darle más valor a tus canas que a las curvas de antaño…

-Eso lo dices porque te tocó quedarte a vigilar- bufó de nuevo la anciana entre bocanadas de humo: -Sé que estoy vieja y que mi tiempo ya ha trascurrido, sólo espero que se conserve la parte del trato que planteamos hace más de 50 años.

-Los tuyos están condenados- contestó frío el alado, volviendo con las cartas: -Nada puede hacerse por un pueblo que, como bien dices, va en camino de la extinción. Estorban a los poderosos y también a los pobres que están bajo el mandato de los nobles. Estáis en esa línea divisoria entre el ciudadano y el proscrito, no sois campesino pero tampoco mendigo, y es por eso que tarde o temprano os desaparecerán. Sin embargo, los míos tienen interés en el arte y la sangre que acá, de padres a hijos, se ha ido fortaleciendo. No podré protegerte más, Katherina- entonó bajo, tomando la mano de la gitana: -mi hermosa y siempre firme Katherina, pero sí está en mí un poder mayor, o un destino con el que pueda decidir, con él protegeré a todo el legado que dejaras a tu paso.

Le besó con ternura una de las manos y luego, por una de las aberturas del tractor salió envuelto en capas, perdiéndose en la noche.
   
--//--


Dentro del carromato de Aramea, yo acariciaba a la pequeña May, quién hambrienta, había bebido gran parte del biberón con leche de cabra que la madre le dejara siempre en una esquina llena de tiestos para los momentos en que no estuviera cerca de la niña.

Me sentía contenta, extrañamente inquieta, pero sin lugar a dudas con buen ánimo. Acariciaba los cabellos de la niña, luego jugueteaba con ella, soplaba fuerte sobre su barriga, luego le consentía el mentón, acariciaba uno de los pies, delicados y oscuros como cacao, y volvía a soplar mientras la chiquilla reía. Estaba sentada en el medio del carromato sobre una piel de oso que resultaba abrigadora en las noches invernales. Pedrito se recostó en mis piernas, mientras movía las manos como si fueran caballos imaginarios, que a la par el uno del otro, andaban de arriba hacia abajo por mis muslos. Era raro sentir la cercanía de aquellos dos infantes, llenarme de su compañía sabiendo que en poco tiempo debería dejarlos. De pronto ya no quería irme, detener las intenciones de fuga y quedarme para siempre en un lugar que me resultaba agradable, lo más cercano a una familia; pero el recuerdo de ese beso fugaz y las palabras de Milk pesaban más que la tranquilidad que venía con la vida que añoraba.

-¿Sabes cantar?- inquirió el niño, virando su mirada con cierto interés.

-Me sé vuestras canciones…-reparé.

-Pero una que sea de tu pueblo, de tu gitanería. Yo ya me sé todas las de acá. Son aburridas.

-¡Ah! Lo que quieres es una historia

-Sí, eso, eso. Canta una historia.

Me quedé pensando.

Amethist canta:


No sabía historias y la verdad es que no recordaba que se me diera bien contarlas. Pero como me había sucedido más de una vez, el cuerpo fue más rápido que la cabeza y sonidos de arpa en mi mente llegaron acompañando una voz trémula que en mi imaginación estaba acompañada de muchas más, en letras foráneas, jamás antes por mí pronunciadas. Cantaba y a cada palabra podía ver de lo que aquella tonada hablaba, una joven doncella, joven, hermosa, entregando su virtud a aquel que ella había encontrado digna de ella, un soldado de lejanas tierras, quién luego de tomarla la abandonó pues tenía otra esposa lejos de allí y un trabajo al que no podría dejar, y menos por la pobre muchacha enamorada… No era la mejor moraleja para unos niños, pero la tonada cumplió su cometido.

La bebita dormitó en profundo sueño mientras de lejos se reanudaban los gritos de los gitanos y sus bailes; Pedrito roncó, acomodándose sobre la piel totalmente, dejando mis piernas libres. Me puse en pie y dejé a May en el canasto, sintiendo los calambres de una posición incómoda sostenida por mucho tiempo.  En ese momento ingresó Aramea, despeinada, con la falda descolocada y algo de sudor sobre sus labios, corridos de tonos por el jolgorio de la revuelta.

-¿Te vas?- preguntó de inmediato al verme.

Asentí, mirando a los niños.

-Es un día de sorpresas, dijiste, y tenías razón.

La joven gitana, orgullosa y resulta, avanzó hacia mí, y tomándome de los hombros, juntó nuestras cabezas. Podía sentir el tufo a trago y la mezcla que hacía con el sudor de su piel, tirante por el baile y quién sabe qué más andanzas.

-Nunca te dije gracias- comenzó, quise repicar pero con un dedo me tapó los labios: -Déjame hablar: me salvaste de una vida ruin con un hombre que no valía la pena; me hiciste ver que tenía el valor para salir adelante y para darlo todo, y aún más, por mis hijos. Siempre te recordaremos, paya-gitana. Siempre.

Acarició mi mejilla y luego me besó en los labios, lo que no dejó de ser una sorpresa. Se sintió tibio, íntimo, pero de una intención que no supe descifrar. Me incomodé y sé que Aramea lo sintió pues de inmediato sonrió como si nada hubiese pasado y se alejó para quitarse sus ropas de gala y ponerse las fachas de siempre. Yo debía hacer lo mismo, pero preferí esperar, haciendo un morral con las cosas que ya había traído desde el primer día que llegara.

-Es ese tuerto, ¿cierto?- interrumpió de nuevo ella.

-... me llevará donde necesito.- contesté, titubeando, no viendo la razón para ocultar mis intenciones.

-Podrías quedarte con nosotros. Sabes que tarde o temprano los nuestros cruzarán el río.

No contesté, ocupada en el bolso y en tomar los pantalones y las camisas que otrora había usado, antes de llegar a ese lugar. Aramea se acomodó frente a mí y continuó, ayudándome a abrochar lo que restaba de la camisa; las tonalidades claras de los vestidos y doradas de los adornos, pasaban a ser de un miserable color oscuro en cafés y verdes que pasaban desapercibidos dentro del paisaje que pronto me rodearía.

-Pero no harás caso…-continuó la gitana: -Llévate a Jutta. Aunque me la diste para pagar la ofensa de la muerte de Pedro, a mi no me servirá, además, cuesta alimentarla. De seguro el tuerto te dará para ambas… le interesas, de algún modo le interesas.  

Quise repicar y dejarle la yegua, a fin de cuentas se trataba de un gesto que en su momento nació con total desinterés y buena intención, pero bien sabía que si quería seguirle el paso a esos bandidos, más me valía andar sobre una montura, y ojalá propia. El recuerdo del navajero y Moritz rectificaba aquel buen juicio de Aramea.

-Gracias- asentí con una sonrisa, tomando una hogaza de pan y un poco de queso, y ella correspondió, abriendo la puerta del carromato. -Gracias por todo, Aramea.

-Buen viaje, Amethist.

Con el bolso, y las armas que me acompañaron desde la fortaleza, monté en Jutta y me alejé en dirección hacia donde la música seguía sonando. No volteé atrás, pues sabía que si lo hacía el alma me dolería y titubearía en mis intenciones: de alguna manera aquel carromato era lo más cercano que había tenido al llamado calor de hogar.

Los rayos del sol se asomaban en el horizonte cuando divisé su parche entre los suyos, en medio de algunos sonidos de guitarras mal tocadas y gentes durmiendo o peleando por el abuso del licor. Pero los bandidos, todos con cara de castigo, cargaban del carro de la guardia  a otro bastante desaliñado que de seguro les pertenecía, una parte de las ganancias del robo.

-Heme acá, Necross- le saludé desde el lomo de la yegua, inclinándome un tanto hacia delante al estar cerca de dónde se encontraba: -Espero que aún esté en pie la propuesta.

-Seguirá en pie mientras tengas como pagar- apuntó alzando la cabeza con media sonrisa: -apenas se carguen las cosas nos vamos. Esperó ya estés lista…

-Nací lista…- refunfuñé por lo bajo al tiempo, creyendo que no oía, al sentir ese aire paternal con el que se dirigía a mí. Al voltear el rostro, y con una punzada de nerviosismo, me dirigí al carromato de la Trianera. Si aquellas fueran mis últimas palabras en aquel lugar debían ser sin duda para ella.

-Te vas…- saludó ella.

Asentí. –Tarde o temprano iba a ser… ¿no?

-Más temprano que tarde, tristemente. ¡El tuerto es un avaro!- gritó de repente la vieja, y bajando la voz: -Toma-, anotó, llevándose la mano dentro del faldón y depositando su contenido dentro de mis botas: -No pierdas los viejos hábitos. Te irá bien…

-Cuidaras de todos, ¿cierto?- pregunté pues el semblante de la anciana encerraba algo lastimero, misterioso, más de lo que solía mostrar.

-Tanto como se pueda, Amethist. No hago milagros.

-Debería quedarme…-apunté entre pensamientos; quizás irme así, con solo la corazonada de la buena fe del tuerto, era un completo error.

-Tu lugar no es con nosotros. No eres una de los nuestros, así te vistamos y te pintemos, así hables y te muevas como una gitana, no tienes la sangre y el orgullo de nuestra descendencia- espetó con cierta furia: -Lárgate paya y no mires atrás, ni siquiera para tomar impulso.

Sus palabras fueron como agujas que se clavaron en lo más hondo de mi alma. En sueños, aunque fuera una ilusión, había albergado la esperanza de haber encontrado mi lugar, uno al que no pertenecía por sangre pero sí por creencia y temperamento. Pero bien me había equivocado: el destino de aquellos gitanos corría muy lejos del mío, y aunque lo había olvidado con el paso de los días, las palabras de ella me restregaba lo forastera que seguía siendo, a pesar de todo.

-¡¡Oye, Peliblanca!! ¡NOS VAMOS!

-¡Cuidad de Aramea y  los niños al menos, Trianera!

El grito se perdió dando la vuelta a Jutta y avanzando. Si contestó o no fue algo que nunca supe; el viento se llevaría la respuesta así como los días que pasé entre cantos y saraos en aquella gitanería.
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Feb 15, 2016 12:12 am

El hombre del parche salió del carromato serio y estoico, pero apenas la puerta del vehículo se cerró, Necross suspiro pesadamente, pues las palabras de la anciana lo habían asustado, aún más el aire pesado y un tanto lúgubre que se sentía dentro del carromato. Y como las negociaciones habían terminado, el tuerto volvió a supervisar a sus hombres, pues más de uno se escapaba para seguir festejando y bebiendo.

Una vez mas el hombre del parche grito el nombre de Mary Ann, pero nadie sabía dónde estaba la dama de  hierro. -¡Al primero que la encuentre le daré una moneda de plata!- Comento, con cierto enojo. Pero antes de que los alas negras comenzaran a moverse y buscar a la dama de hierro, un pequeño niño gitano jalo la gabardina del tuerto. -Señor….- Comenzó el niño, entre nervios y miedo. -Vi a la señora de pelo rojo entrar al carromato de Iván.- Necross alzo la ceja, y dijo: -Guíame.- El niño, un tanto intimidado por el porte del tuerto, dudo medio segundo, pero Necross lo empujo suavemente hacia adelante,  y el niño comenzó a caminar.  

A los pocos minutos llegaron cerca del carromato, y el hombre del parche vio a la dama de hierro cuando justamente salía del vehículo, un tanto despeinada, pero con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Necross metió la mano en su bolsillo, y de el saco una moneda de plata, la cual se la entregó al niño, para terminar agradeciéndole la ayuda prestada. La pelirroja se asustó al ver a Necross, mas este no le pidió explicación, o regañó de alguna manera, no. El hombre del parche solo la  hizo caminar con él, ya que había ciertos temas que debían hablar.

-¿Cómo te vas?-

La dama de hierro caminaba a un lado del hombre del parche, quien cargaba una caja hacia el destartalado carromato de las alas negras. -Pues eso. La peliblanca necesita que la ayude, y claro, nos va a pagar. Este es un trabajo más. - Mary Ann con los dedos arreglaba su desordenado cabello, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. -Tú y yo sabemos que eso no es verdad, la peliblanca se parece a Ondine y por eso quieres marcharte con ella. ¿Pero es que acaso no estás pensando en Nadine? ¿Qué pasara con tu hija Necross si algo te pasa?-  

El hombre del parche se detuvo, y serio, le respondió a la pelirroja. -No, esta vez te equivocas. No me voy con ella porque se parece a Ondine, sino porque siento que puedo encontrar respuesta sobre mi querida de ojos lilas, acompañando a Amethist. Esa chica… hay algo extraño en ella, no sabría explicar que es, pero esconde mucho más de lo que aparenta.- La dama de hierro regreso sus pasos hasta el hombre del parche, y puso su mano sobre el hombro de este. -Necross… Ondine está muerta, Fïrinne te lo dijo… Créeme que me duele el decirlo así, pero ya no hay nada que puedas hacer por ella, ya no hay respuestas, ya no hay nada más. Déjala ir.- El tuerto asintió de mala gana, antes de responderle a la pelirroja. -Aun así acompañare a la peliblanca, ya le di mi palabra. Cuida de Nadine, por favor, tu estas a cargo. Mary Ann asintió, siendo que aquellas palabras siempre las escuchaba, cada vez que el tuerto salía del campamento. -Pero escúchame bien, tu estas a cargo. Si algo me llega a pasar, los alas negras responderán solo ante ti…-  La dama de hierro dejo de caminar, pue quedo helada por las palabras del tuerto. Este nunca había dicho aquello, y la verdad, era bien sabido por todos los alas negras que si algo le pasaba a Necross, Mary Ann tomaría su lugar.

Cuando llego el alba, los alas negras ya estaban casi listos para volver a la espesura de su bosque, y descansar en su campamento. El hombre del parche gritaba sus órdenes, pues quería dejar pronto ese lugar, antes de arrepentirse. Y fue en ese momento que vio a la peliblanca, sobre un caballo, acercarse para hablarle. Pero luego de intercambiar un par de palabras ella se fue, mientras el tuerto daba sus últimas órdenes. Cuando los alas negras tenían todo listo, la dama de hierro se acercó a Necross, junto con un caballo, el cual le entrego a su líder, y antes de que este dijera algo, Mary Ann dio la orden de retirarse.

Y tal como llegaron se fueron, en silencio, y ocultándose entre los árboles, los alas negras desaparecieron del campamento gitano, dejando atrás a su líder.  El hombre del parche le grito a Amethist que ya debían irse, se subió al caballo, y junto a la peliblanca, marcho hasta el camino principal. Y el camino fue silencioso, el caballo del tuerto iba más adelante que el de Amethist. De vez en cuando, Necross se volteaba para mirar y apurar a la peliblanca.

Como el cansancio de la noche se acumulaba en el cuerpo del tuerto, su ojo visible tenia notorias ojeras, a veces cerraba el ojo y descansaba la mente un segundo, y de inmediato los recuerdos de la noche que paso venían a su mente, pues pensaba que había hecho amistad con los gitanos, y aquel vinculo podía ser muy beneficioso para su empresa.

-Peliblanca, nos detendremos en el siguiente pueblo, antes de salir del terreno de las Nalini, estoy cansado y necesito dormir.- Demandó, antes de subir la capucha y cubrir su rostro. Aquella capucha era especial, pues no se lograba ver nada de la cara del tuerto, solo una oscuridad infinita. Y el pueblo más cercano era uno por el cual, el tuerto ya había pasado, una pequeña villa pesquera.

Pero antes de llegar, y ya cuando los caballos caminaban a la par, el hombre del parche de reojo miraba a la peliblanca, y aunque ella no lo vería, se notaba que Necross tenía interés. Y debajo de la capucha que todo lo ocultaba, el tuerto tenía una gran sonrisa dibujada en el rostro, pues la compañía de Amethist, le hacía recordar los días que paso con Ondine, y aquello, alegraba el alma torturada de Necross.

Y por parte del tuerto, el juego de miradas siguió por mucho tiempo, pues a veces se hacia el idiota y miraba hacia atrás, solo para admirar una vez más a la peliblanca, o fingía que se distraía con el paisaje, cuando en realidad estaba mirando a Amethist. Y aunque así pareciera, la peliblanca no había despertado ningún sentimiento en el corazón del tuerto, pues este, aunque estuviera embobado con su apariencia, era devoto a la memoria de su querida de ojos lilas. La peliblanca solo era el catalizador para los recuerdos del tuerto.

Más tarde que pronto llegaron a la villa de pescadores, donde un guardia que bostezaba, ni siquiera se molestó en acercarse al par, simplemente los dejo pasar, y mientras pasaban, les advirtió con pereza en sus palabras, que no hicieran destrozos. -Ven, debe existir una posada por aquí.- Comento el tuerto, bajando su capucha, y sonriéndole de lado a lado a la peliblanca, pues estaba contento, contento como pocas veces. Pero apenas el hombre del parche bajo de su caballo, el guardia en la entrada de la villa comenzó a gritar…

-¡¡Bandidos!!-

Y el corazón de Necross salto con miedo, pues creía que lo habían descubierto, pero no fue así. Sin saber que pasaba, el tuerto solo escuchaba el sonido del galope de varios caballos, y los gritos de sus jinetes, quienes aparte de las groserías, gritaban que se robarían todo lo que encontraran. Eran alrededor de veinte bandidos, quienes sin preguntar o pedir permiso, se adueñaron de la plaza principal de la villa. Y allí, el que parecía ser el líder del grupo, un pelirrojo con aspecto de hombre de las cavernas, bajó de su caballo.

Spoiler:

-Bien, saben cómo funciona esto. Ustedes nos dan lo más valioso que tengan, y nosotros no los matamos.- Dijo el pelirrojo, estirando un látigo de cuero en sus manos. Uno de los guardias al parecer lo reconoció, y en un grito desesperado anunció… -¡Es Samovar!- Y por supuesto, el resto de los guardias, quienes no eran mas de seis personas, se asustaron de inmediato. Mas el hombre del parche le restó importancia, pues nunca había escuchado aquel nombre. Valerosos y devotos a su causa, los guardias empuñaron sus armas y comenzaron a luchar, aun sabiendo que no tendrían oportunidad. -Supongo que puedes pelear, pero si te quieres ocultar no te juzgare. Mas no puedo quedarme tranquilo en este momento, no dejare que estos bandidos se lleven lo poco y nada que esta gente tiene.- Necross desenvaino su mandoble, y antes de correr al lado de los guardias que sobrepasados en número luchaban, se volteo a la peliblanca. - Sé que yo también soy un bandido, no comentes la ironía.- Rio, antes de entrar en la pelea.

Uno de los guardias, con una lanza intentaba alejar a tres bandidos, quienes con hachas en mano, se reían del pobre diablo, pues en cualquier momento este moriría. Aquel guardia se sorprendió cuando el corte de un mandoble hizo caer a uno de los bandidos, y sin desaprovechar el momento, se lanzó sobre uno de sus enemigos, pues un tuerto estaba luchando con el tercero. Samovar de inmediato tomo atención a lo que pasaba, pues aquel tuerto no estaba ataviado con la misma ropa que el resto de los guardias, y aunque más de un golpe le había llegado, no parecía herido, es más, aquel tuerto ya había matado a dos de sus bandidos.

Y antes de que el hombre del parche continuara luchando con los bandidos, el pelirrojo se le paro en frente, y con la mirada lo desafío a un combate individual. Un círculo se hizo entre los bandidos y los guardias, pues todos habían dejado de luchar, para ver aquella pelea. Samovar lanzo su látigo al piso, y las dos hachas que de su cintura colgaban. El pelirrojo levanto los puños, y con su mirada le hizo entender al tuerto que solo lucharían a puño limpio. Necross clavo su mandoble en el piso, y dejo la anima negra colgada del mango de Sherckano, y al igual que Samovar, alzo los puños.

Ambos se impulsaron hacia adelante, levantando polvo con aquel movimiento. Samovar lanzo un gancho derecho, el cual Necross supo esquivar, e instantáneamente, el hombre del parche contrataco con un golpe de abajo hacia arriba con su brazo derecho, el cual por poco golpea al pelirrojo. Ambos dieron un salto hacia atrás, separando la distancia. -Veo que eres un rival admirable, tuerto. ¿Cuál es tu nombre?- Samovar atrapó desprevenido al hombre del parche, y por ello, se lanzó hacia adelante y le dio dos fuertes puñetazos en las costillas. Necross retrocedió dos pasos, y Samovar intento continuar con sus ataques, pero el hombre del parche se defendió poniendo el brazo izquierdo delante del derecho, cuando los puños del pelirrojo golpearon el metal escondido en la gabardina, retrocedió, dándole tiempo a Necross para recuperarse. -Soy… Lucard. ¿Y tú?- Samovar se adelantó nuevamente para intentar golpear a Necross, pero este logro esquivarlo, y con su brazo izquierdo golpeo el rostro del pelirrojo, quien por la fuerza del golpe, quedo un tanto desorientado. -Escuchaste al guardia… Samovar.- Comento el pelirrojo, mientras sacudía la cabeza para reaccionar.

El pelirrojo, así como el hombre del parche, dieron dos pasos hacia adelante, y comenzaron a golpearse sin cuartel. Pero Samovar era mucho más grande y fuerte que Necross, además de tener más resistencia física, y con un buen puñetazo en la mejilla izquierda, dejo fuera de combate al tuerto. Necross cayo hacia un lado, su visión comenzaba a ponerse borrosa, pero antes de perder el conocimiento, miro una última vez al bandido pelirrojo.  

La visión del tuerto de a poco se oscurecía, pero logro escuchar a Samovar gritar, antes de quedar inconsciente: -Dejen a este pueblo de mierda con su pobreza, ¡encontraremos más riquezas adelante! ¡Vámonos!-  Sin lograr aguantar más, el hombre del parche se dejó llevar por la inconciencia, mientras escuchaba el galope de los caballos alejarse, y el grito de los pobladores, quienes con euforia celebraban.


Última edición por Necross Belmont el Miér Oct 12, 2016 3:56 pm, editado 1 vez



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Feb 26, 2016 7:36 pm

VIII. Nuevos caminos


Jutta arrancó con aliento perezoso, casi decaído. Parecía que arrastraba las pezuñas, siguiendo  la cabalgadura del tuerto, sumida en la misma tristeza que me embargaba, una nostalgia inexplicable. La congoja parecía crecer poco a poco con cada tramo andado lejos de aquello que llamé días atrás “hogar”. Lo más difícil era reconocer que iba a la deriva en dirección hacia un lugar indefinido en medio de una tierra desconocida. Ésta era de nuevo inmensa a mis ojos, sin dueño, sin horizonte demarcado… un océano que amenazaba con volverme a tragar viva. Era una vez más tierra de nadie.

Los bosques del Tarangini:


Los recuerdos de los niños de la gitanería y sus juegos de barro y magia, las trampas de los gitanos con su manera de tañer las guitarras, y las danzas descaradas de sus coloridas mujeres, inundaban mi pensamiento, ya tiempo acostumbrado a sus ruidos, sus atrevimientos y su camadería de libertad sin reglas ni juicio. Todo ello quedaba atrás, en el pasado de un pueblo que nació para vivir el día a día. Debía decir adiós, dejarlos pasar como unas sombras más en una vida vacía y me resultaba contradictorio, pues por un lado se mezclaba la amargura de abandonar un sitio que había aprendido a hacer mío, y por el otro tenía que caminar al futuro y el viento parecía guiarnos en esa dirección. Un mañana que quizás fuera mejor que el anterior, o quizás peor, pero igual al que había que llegar.

Esa era la realidad de mi destino, y así lo aceptaba una vez más, con resignación, con miserable estoicismo.

Pero secretamente, en lo profundo del alma donde ni siquiera la mente controla, ni hay quién razone, estaba una esperanza anidada en un beso robado y el aliento a hidromiel barata y cierto tufo de humo. Era él, quien delante de mí iba como una sombra erguida, cuya espalda era lo único que se distinguía envuelto en una capa y gabardina, marcando la senda que debíamos seguir. Apenas la luz se colaba por las ramas para traslucir su figura opaca tras aquellas prendas usadas, desgastadas, las mismas que le viera en Naresh cuando su mirada y la mía se cruzaran en medio del caos de una taberna de borrachos. Mucho había pasado tras los pasos dejados en la fortaleza y ahora su figura se aparecía de nuevo ante mí, como una sombra torturante y silenciosa de recuerdos lejanos, fantasmas antiguos, aquellos que podía reconocer en sus ojos pero no traerlos de vuelta a la realidad. Él, entre todos los conocidos era él quién me conduciría a ese nuevo mañana que yo perseguía.

Los caminos se hacían espesos, difíciles de trasgredir. El viento amainó, la brisa se mezclaba con el calor y los mosquitos empezaron a abrazar al despuntar del día, siguiendo la dirección del sol. Y mientras avanzamos, nada dijo él y nada dije yo, pues nada había que decir.

Pero es en el silencio, tras la suposición y la duda, que uno se hace las preguntas correctas. Y yo sólo tenía una carcomiéndome las entrañas, pues casi que la respuesta se repetía automática contra mi voluntad. ¿Confiaba en el tuerto? Por supuesto que no. Si algo sabía era que la gente nació vil y cruel en el mundo. La bondad y la generosidad tienen un precio -por lo general alto-, a menos que la traición fuera más ostentosa que el negocio. Todas y cada una de las personas que había conocido en mis andanzas desde Naresh hasta allí habían testificado ese punto: es más fácil traicionar que ayudar. Necross no era la excepción, aun cuando expelía un aire de héroe más que de bandido. Saber qué buscaba con nuestro trato era lo que más me intrigaba en medio de nuestros pasos por el bosque. Cierto era que me ayudaría, de hecho ofreció sus servicios antes que yo siquiera lo propusiera, pero nunca había estipulado el precio de la empresa.

¿Cuál sería el precio por el desinterés de esa ayuda?

Al correr de las horas, Jutta pareció sentirse reanimada. El aire salado del mar lejano llegaba más cálido e incluso espeso por la densidad del bosque y la altura de los árboles; la brisa se hacía menos copiosa, y la geografía mucho más selvática. Más que camino aquello era un barrial lleno de trampas, donde las patas de la yegua se hundían hasta la mitad y, con esfuerzo, volvían a resurgir. No era fácil, pero igual las bestias lo lograron. A mí la entrepierna me carcomía. No había montado tantas horas seguidas desde que viniera de Naresh, ya semanas atrás, aunque aquello parecía una eternidad, en la persecución que hiciera siguiendo las pistas de Estupefacto Relumbrón.

De vez en cuando agachaba la cabeza, secaba mi sudor de la frente, y entre movimiento o suspiro, sentía que la maleza miraba. No podía decidirme de dónde provenía esa sensación intermitente de ser observada, pero estaba allí, en el ambiente. Quizás fueran bestias que, creyéndonos presas, nos acechaban; quizás fueran ladrones del camino… Aquello me daba el impulso para no dejarme llevar por el ardor de mis muslos y continuar hacia delante, siempre adelante, apeando a Jutta para que siguiera el paso gallardo de Necross, quién no paraba de llamarme cada vez que nos rezagábamos.

El tiempo pasó en un suspiro y al acercarse el sol a su medio punto, arribamos a una villa, de casas andrajosas, así como sus ciudadanos. El aire marítimo se mezclaba con un extraño olor a pescado y mugre. A lo lejos podía observar el Tarangini y a nuestras espaldas los bosques que cercaban las Nalini. Sentí el corazón estremecerse de alegría pues íbamos por el camino correcto. Con el sonido del agua correr a la distancia la esperanza creció; pronto estaría en Valashia… pero aún ignoraba las pistas para alcanzar al viejo Milk o para pagar los favores del tuerto.

-Lo puedes matar- contestó la voz de siempre, acallada desde el día anterior por la matanza de los hombres del Lord: -Siempre es una solución matar…

“No me interesa”, le respondí, sabiendo que prefería fungir primero de puta antes que de asesina, si es que tuviera que elegir entre lo uno y lo otro. Y aquel pensamiento me llenó de congoja por un pasado que ignoraba y que hacía mucho tiempo había dejado de martirizarme pero, cuyo vacío, punzaba el alma.

-Prefieres ser ramera… vaya si existen las coincidencias.

La crueldad de la voz misteriosa que parecía surgir de las profundidades cavernosas de mi alma apenas si acalló las palabras de Necross, cuando pasamos por el lado de la guardia que dormitaba desvergonzada, sin reparar en nosotros, aconsejando un buen comportamiento. No pude evitar sonreír de medio lado, con el cansancio de una noche sin sueño pero con la ironía implantada en el rostro por aquellas palabras. “Y se lo dice a uno de los bandidos más buscado de Shading”, me dije mientras Jutta continuaba al lado del tuerto.

-Ven, debe existir una posada por aquí- alcanzó a decir Necross, bajándose la capucha que hasta ese momento cubría totalmente su rostro. Una sonrisa jovial, alegre surcó su rostro y lo observé por un instante, como si de pronto pudiera ver en él a un hombre unos años atrás, más joven, quizás más idiota y arrojado, tras esa cara desaliñada. Al final devolví la sonrisa, con una gota de vergüenza, ¡estúpida e ingenua vergüenza!, pues aún estaba en mi memoria el recuerdo de ese beso que le di.

Pero luego, sin dar tregua a descanso o acopio de más fuerzas, el grito de SAMOVAR lo llenó todo, como una ola que crecía conforme el agua corriente del Tarangini. Volteé y allí venía el dueño del nombre, grande, corpulento, de cabellos encendidos y látigo en mano, un forajido junto con sus secuaces dispuesto a hacerse de un botín mal habido. Jutta relinchó nerviosa, elevándose como pocas veces lo hiciera; temí caerme de su lomo por la sorpresa. Acaricié su crin mientras veía con cara de espanto como Necross bajaba de su cabalgadura para hacerle frente a los villanos.

“Esta no es mi pelea, no es mi problema”, me dije y como si la yegua entendiera mi pensamiento dio unos pasos atrás mientras observaba con angustia al tuerto.

Pero éste, medio estúpido como ninguno, sólo sonrió, sacando su gran arma y dejando una broma antes de arrancar a la contienda, la cual sólo para él resultó divertida.

-Sé que yo también soy un bandido, no comentes la ironía.

-No pensaba comentarla- respondí por lo bajo, refunfuñando de paso, dando la vuelta a la cabalgadura en busca de algún lugar, alguna casucha, donde pudiera guarecerme de aquellos bandidos.

En ese momento la vergüenza, el pudor, la incomodidad de ese beso robado, se habían ido al fondo del abismo más profundo del mundo. Sólo quedaba la supervivencia.

No muy lejos encontré un habitáculo pobre, más que los demás, de madera, escondido tras algunos árboles, mostrando dejos de estar abandonado. Estaba algo aislado de las demás, pero claramente hacía parte de la villa, como si allí sólo pudiera vivir alguien que fuera paria del lugar. Algo tan horrible o vergonzoso que no valía la pena que viviera junto a los demás. Desmonté con presteza, aunque en el intento casi me caigo, temblándome los muslos de tantas horas montada sobre la yegua. Acaricié el lomo de Jutta y, tomándola de las riendas, la encaminé hacia dentro de la casa.

Una parte de mí sintió miedo con solo asomar la cabeza por el portal y sentir un vaho gélido salir desde las penumbras; pero, por otra parte, sabía que era preferible lanzarse adentro de una buena vez y sin miramientos, antes que estar expuesta a las injurias de unos bandidos harapientos y bestiales. Refunfuñé por tener tan mala suerte en ese punto del viaje cuando solo se me apetecía descansar, e ingresé a aquel lugar, apretando las riendas de la yegua.

La cabaña abandonada:


Al comienzo solo resonaron las tablas del piso al son del paso del caballo, inseguro, casi al borde de romperlas. Se trataba de un lugar lleno de telarañas y olor a podredumbre y miseria. Una mesa consumida por las polillas coronaba el lugar, dejando ver al fondo una cocina, y quizás pasando un corredor a la izquierda una habitación. Me decidí por inspeccionar la cocina y quizás ver si había comida; afuera llegaban los gritos de la gente aterrorizada junto con el canto de las espadas chocar y el metal cantar. La casa estaba alejada; confié en que nadie vendría a tan desvencijado lugar.

-No te angusties, Jutta… No temas.

-Debería temer- contestó una voz a mis espaldas: -Todas las cosas vivas deben temer a la oscuridad de la muerte.

Al voltearme no vi nada. Escéptica revisé por todos lados, pero la tranquilidad de la yegua, tanta como pudiera tener en un lugar como ese y bajo las circunstancias que estábamos, me decía que la voz no había tenido lugar.

“Es mi mente. Calma Amethist… Calma”

Al ingresar a la cocina un olor a hierbas y especias con ese aroma penetrante, casi a punto de ser detectado por las papilas gustativas que por la nariz, me hizo taparme de inmediato la cara. Tenía ese dejo metálico, agrio, propio de la sangre. La yegua relinchó con fuerza y del impulso solté las riendas, dejando que se devolviera hacia la puerta… Temí perderla pero el terror inundaba cada parte de mi ser. ¿Qué demonios era eso?

Colgado de los pulgares de lo que antes debió ser la instalación en madera de una lámpara de velas, se encontraba un bebé, con la cabeza desfigurada, los ojos salidos, uno de ellos colgando apenas por un hilo de nervio. Las piernas torcidas y malformadas, los brazos apenas estirados, llenos de arrugas y rasguños, los primeros porque se trataba de un recién nacido, los segundos por que parecía que algo se había dedicado a arrancarle la piel de a pocos, por tiras.

Los latidos de mi corazón se descontrolaron, aterrada viendo la escena, tapándome la boca, la nariz pero apreciando lo horrido y macabro de aquel hallazgo con cierta fascinación mórbida y torcida.

-Nunca imaginé verte tan pronto… El maestro se alegrará.

Volteé de inmediato pero la figura revelada era oscura como tétrica; una mujer, no alta, no baja, de mirada nublada y perfil aguileño. Tenía una tez oscura y unos grandes cuernos que salían de su frente. Sus patas eran como las de Jutta, dos pero peludas y terminadas en pezuñas. Me observaba con curiosidad, si es que lo hacía, pues tuve la impresión que era ciega, aunque claramente sabía dónde estaba y sentía mi presencia como si realmente me siguiera. Se encontraba desnuda, con pechos aplastados que contrastaban con el largo de su cabello liso, cenizo; y su cara inexpresiva de facciones femeninas no hacía juego con la voz masculina, imperativa que tenía, como tampoco con sus manos, untadas de sangre y carne.


-Qué…

-¿Quién soy?- interrumpió: -Uno más… uno de tantos. Uno de los liberados, igual que tú.

La miré con desconcierto, sin saber si esas palabras deberían ser dadas como respuesta o seguir interrogando. Tenía claro que la prioridad era salir de allí pero ya la criatura obstruía el camino.

-No te preocupes- volvió a decir, esta vez con simulada comprensión pero no dejando de lado la crueldad con la que se chupaba sus dedos coronados por uñas afiladas: -Jamás tocaría a la dueña de ese arco… el maestro me lo cobraría caro.

De nuevo el maestro…

-Sí, nuestro maestro.

-Veo que no reconoces a los tuyos… mal por ti- y su sonrisa siniestra, llena de malas intenciones, llenó el recinto de una energía malsana y apestosa: -Yo tengo hambre, siempre tengo hambre, es mi naturaleza, es mi don.

Se lanzó con rapidez hacia delante, pero yo pude adivinar su intención, dando algunos pasos hacia atrás. Sin embargo, no había sido veloz y sus garras rasgaron mis vestidos, apenas lastimando las telas más no mi piel.

-¡Habéis dicho que el maestro no querría lastimarme!- chillé, llevándome las manos atrás para descargar el arco. No me consideraba una experta con esa arma, pero le tenía más fe –sino confianza- que con la daga.

-Cierto… cierto- advirtió la criatura, esforzándose por controlarse, clavando su mirada depredadora en mi con renovado interés: -Es difícil no evitar querer probar. Te vez joven… inocente… tan apetitosa y estúpida. Como un cervatillo en jaula de lobos…

Chirrié los dientes con indignación. Aún los nervios no me dominaban, pero me fastidiaba la manera cómo aquella malformación entendía mi existencia: débil, inocente, sumisa... ¡¡Al demonio!! Yo no era nada de eso. Tomé el arco y abrí las piernas en posición de combate, apenas para resistir cualquier embiste, siguiendo la posición que viera en la fortaleza al caballero de cabellos de nieve, cuya energía parecía respirarse en la putridez que seguía a la bestia que enfrentaba. Descargué un primer ataque, horizontal, como si en vez de arco tuviera un garrote. La mujer cabra rió con esa voz masculina sin vida que tanto terror parecía generar en mí.

-¿Me enfrentarás? ¡Qué ternura!- advirtió siseando y sin más mandó sus manos de nuevo, rasgándome las piernas y el brazo con el sostenía el arco. La posición se perdió y del dolor solté mi única protección: -Ilusa criatura… sabes tan bien… tan bien. No me importa, serás devorada y luego enfrentaré mi destino con el maestro… sabes tan bien.- repetía, chupándose los dedos.

-¡Maldito demonio!-espeté con furia al tiempo que la bestia reía.

-¡Ah! Sí… eso… Llámame por mi nombre… Llámame por lo que soy…

Abrió los brazos y el aire se enrareció completamente. Ardía mi piel, exactamente donde la sangre emergía por los cortes propinados; la cara también, porque algo en el aquel lugar me impedía respirar. ¿Qué iba a hacer?

-Úsame

-NO- grité, tomando de nuevo el arco y lanzándome frenética sobre la cabra demoniaca.

-Úsame.

La bestia río y adivinando cada movimiento, movía sus piernas con gracia, casi saltando, evitando mis ataques. Estaba cansada y la sangre emanaba apenas trataba de propinar un nuevo embiste con el arco. Era veloz, invencible…

-Úsame.

Unas nuevas zarpas rasgaron la camisa, y está vez el pecho sangró. Me acurruqué con el ánimo de evitar el segundo ataque del demonio, pero su intención ya no era rasgar… ¡Me tomó por los cabellos con una sola de sus manos y tiró de mí, haciéndome deslizar por el suelo como si yo no le pesara, como si fuera del peso de un bebé!

-Ahh… qué rica… que dulce- seguía balbuceando con éxtasis al chuparse las garras: -Tú… una como yo, pero en traje diferente. Una como yo… que puedo devorar a voluntad.

No moriría ahí. Me rehusaba a darme por vencida a pesar de que las fuerzas, el cansancio, el ardor y el temor tornaban en contra todas mis opciones. La daga seguía gritando esa palabra una y otra vez… “úsame, úsame”.

La tomé y la energía que antes me obnubilaba pareció tornarse a mi favor. El olor a sangre me pareció delicioso y la sospecha de su sabor, exquisito. Sentí que la confianza volvía, así como las ganas de matar a la criatura. Sabía que era justo matarla, que había injuriado a otros, que aquella era su guarida y yo su presa, pero no podía mentirme a lo que realmente quería: solo buscaba su sangre, ver como la luz se esfumaba de esa mirada siniestra e indeseable.

Forcejeé de nuevo, y quizás fuera por mis renovados alientos o porque ya daba la pelea por finalizada, me solté con facilidad y me puse en pie apenas en un brinco.

-Estúpida criatura- espeté suave, siniestra, irreconocible por la crueldad con la que expulsaba cada palabra: -Morirás.

Fue rápido, fue súbito. Lo único que recuerdo es haber estado allí y luego desaparecer en la inconsciencia. Al despertar solo era la voz del tuerto y la daga a mi lado, uno instando a que volviera y el otro a que durmiera para siempre.
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Miér Mar 23, 2016 5:54 am

Lentamente el hombre del parche abrió su único ojo libre, su visión se veía nublada, pero aun así lograba distinguir donde estaba pero para su infortunio no tenía idea de donde se encontraba. -Vaya espectáculo el que armaste allí. ¿Estás bien, tuerto?-  Necross, quien estaba recostado sobre un sofá, lentamente se incorporó, miro a su alrededor, y como estaba aún desorientado, busco a quien le hablaba. -No creo que un hombre como tu haya caído tan fácil con un simple golpe. Se debe a algo más, ¿o me equivoco?- El tuerto encontró con la mirada a quien le hablaba, un tipo anciano, pero no decrepito; lo reconoció, ya que aquel sujeto fue quien ayudo al tuerto a llegar a Naresh.

-El mal dormir me paso la cuenta…- Respondió el tuerto, mientras se sobaba la cabeza, y miraba en busca de algo. -Amigo, ¿me recuerdas?- El hombre del parche asintió, mientras con algo de pereza se ponía de pie. -Si, su nombre era Lucio, nos ayudó a llegar a las Nalini. ¿Dónde está la peliblanca?- El anciano negó con la cabeza, pues no tenía idea de quien hablaba el tuerto.  El hombre del parche al conocer la negativa respuesta, se puso de inmediato de pie e intento cruzar el umbral de la puerta, pero Lucio no se lo permitió, pues creía que Necross necesitaba descansar. Sin faltar al respeto, el hombre del parche logro salir de la casa, pues el tuerto podrá ser muchas cosas, pero sabe respetar a quienes se lo merecen.

Una vez, fuera, y con cierto desespero, el tuerto comenzó a preguntar a los pobladores sobre Amethist. Pero la gente del lugar estaba más preocupada de apagar los fuegos causados por los bandidos y asistir a los heridos. Pero  más de una persona alabo al tuerto por la pelea a puño limpio que tuvo, algunos se rieron de él por perder, y  otros lo insultaron por ser arriesgarse gratuitamente. Pero finalmente, el mismo guardia que los dejo entrar a la ciudad le comento al tuerto que vio a la peliblanca yendo a la casona más alejada del lugar. Necross corrió entre los habitantes del pueblo, mientras corría los veía sufrir, veía como algunos yacían muertos, otros heridos, las casas quemadas, niños y mujeres llorando. ¿Era él distinto a Samovar? La respuesta fue sencilla, el hombre del parche no le robaba a quien no tenía ni para comer.

Al acercarse a la casona el olor a sangre llego de inmediato, aquello causo que Necross acelerara el paso, pues temía por la seguridad de la peliblanca, después de todo, parte de su contrato consistía en protegerla, algo que nunca habían acordado, pero que el tuerto tomo personalmente. Tímidamente entro en la casa, siguiendo el olor a sangre, se sentía fresca. La casona parecía abandonada hace mucho, quizás la peliblanca busco refugio, solo para terminar peleando contra alguno de los bandidos de Samovar. Pero si fue así, y ella termino luchando, ¿Dónde estaba? ¿Acaso ella perdió el combate? -¿¡Amethist!?- Grito el tuerto con cierto desespero, si ella estaba allí tendría que responder el llamado, o quizás después de la presunta pelea volvió al pueblo, o quizás, quizás perdió el combate y su cuerpo muerto aparecería en algún lado de la casa.

Al entrar en la cocina una escena macabra lo dejo sin aliento, el cadáver de un bebé anclado en la pared, y el cuerpo inconsciente de Amethist en el piso. De inmediato el hombre del parche se acercó a ella, gritando su nombre, pensando que si seguía viva ella respondería, idiota fue su pensamiento pues la mujer estaba inconsciente.  Aunque ella seguía dormida, sin responder, el hombre del parche se arrodillo a su lado, la levanto y sintió su pulso, seguía con vida, pero estaba sangrando. Con presteza Necross levanto el cuerpo de Amethist, y sin mucho cuidado comenzó a correr hacia la casa de Lucio, pues no se le ocurrió otro lugar donde ir.

Los habitantes del pueblo vieron correr a un hombre con una mujer en sus brazos, y en aquel momento, el hombre del parche tuvo recuerdos de momentos pasados. En su carrera, recordó cuando cargo a Ondine por los fríos glaciares, y es que la escena en si era la misma, y ella, Amethist, se parecía mucho a la dama de ojos lilas.

Fueron tres los golpes a la puerta que sintió Lucio, aunque realmente parecían patadas, el anciano se apresuró a abrir, y apenas lo hizo el tuerto de un rápido movimiento entro en la casa, se acercó a una cama poco cómoda, y dejo allí a Amethist, para finamente demandarle al anciano que le trajera unas vendas y un poco de agua fresca, todo para recuperar las heridas de la peliblanca. Con la ayuda de Lucio, y sin vergüenza alguna, el tuerto  le quito la camisa, y con un trozo de tela húmedo comenzó a limpiar la sangre, cuando la sangre dejo de brotar en demasía, con un paño seco comenzó a apretar un poco las heridas, entre sueños la fémina se quejaba del dolor. Finalmente con un tercer trozo de tela, el hombre del parche comenzó a vendar el busto de Amethist, la zona donde estaba herida quedo completamente cubierta, y aunque claro, toco un tanto de su pecho, no se excito en ningún momento, pues estaba concentrado en su tarea.

Nuevamente, el tener a la fémina a torso desnudo le trajo recuerdos a Necross, recuerdos que esta vez sí lo excitaron, pues pensó en el busto de su querida Ondine -Esas si eran tetas.- Pensó para sus adentros, sonriendo mientras terminaba de atar la tela que rodeaba el cuerpo de la peliblanca. Aunque no era un curandero, ni tenia vastos conocimientos de medicina, Necross quedo satisfecho con su trabajo, pues no era primera vez que debía cerrar una herida. Cuando el tuerto termino con la mujer, el anciano se le acerco y le invito a tomar asiento cerca de una mesa cercana y pequeña, donde dos personas podían estar. Lucio saco dos vasos de madera, pequeños, y una botella de agua miel, la cual quiso compartir con el tuerto.

El anciano pregunto por el destino  final de la pareja, Necross enseguida aclaro que no tenían ningún tipo de relación, más allá de él ser un guía por Valashia. -No puedes engañar a un viejo lobo de mar, hay algo dentro de ti que te hace acompañarla. Algo más allá de ser un simple guía.- Necross no dijo nada, solo se dedicó a beber de un trago el contenido de su vaso, para luego hacer una cara de desprecio, y finalmente pedir más. -Ese tal Samovar… ¿sabe algo de él?- Pregunto el tuerto, el anciano se llevó las manos al mentón, intentando recordar una historia que escucho sobre el pelirrojo.

El anciano, entre sorbo y sorbo, comenzó a relatar la historia de un niño huérfano, abandonado en la falda de las cordilleras Dualin, criado por gente de las montañas. El niño creció junto a la fauna de Dualin hasta convertirse en una bestia, pero de bestia solo tenía la fuerza, porque también decían que era extremadamente inteligente, pues él solo logro armar una gran compañía de ladrones, y junto a ellos han estado atormentando toda la región de Ujesh-Varsha. -Es terrible la verdad, primero los bandidos de Samovar, y ahora corre el rumor que un grupo de mercenarios que se hacen llamar “alas negras”, están saqueando las caravanas. Ya no hay nada sagrado en este mundo…- El anciano sospecho que el líder de los alas negra y Samovar estaban unidos, pues lo ataques de ambos comenzaron casi al mismo tiempo. -No sé, he oído que los alas negras solo asaltan las caravanas de los grandes señores de Valashia, pero no que ataquen caravanas comerciantes, o saqueen pueblos.-

-¡Bah! Ladrones son ladrones, no importa a quienes roben.- Espeto con enojo el anciano, mientras Necross solo sonría, asintiendo y dándole la razón de paso.

A los pocos momentos, una mujer, igual de vieja que Lucio entro en la casa, traía una canasta llena de flores, algunos ingredientes, y un poco de fruta. El anciano pescador de inmediato se puso de pie y saludo con un beso en la mejilla a la canosa mujer. Ella, con un poco de curiosidad miro al tuerto, Lucio de inmediato estiro su brazo derecho, presentando al hombre. - . Él llego junto a una chica hace poco… Samovar se apareció por aquí, y este hombre lo enfrento a puño limpio, él es… es…- El tuerto se puso de pie, y con una leve reverencia saludo a la anciana. -Necross, Necross Belmont.- Lucio abrió sus ojos de par en par, pues aquel nombre lo conocía.


Más la anciana, (cuyo nombre era Molly) devolvió el gesto de Necross, dejando su canasta llena sobre la mesa donde antes el hombre y el anciano bebían. Mientras la pareja de ancianos conversaba, el hombre del parche se acercó a la cama donde descansaba la peliblanca.  -Ame, hey…- El tuerto comenzó a mover levemente el hombro de la mujer, despertándola lentamente, con un cariño casi paternal, pues acostumbraba despertar así a su pequeña hija. -Señor Belmont, ¿su amiga se siente bien? ¿Se quedaran a comer?- Pregunto la anciana, mientras el tuerto miraba al anciano, a Lucio. -Si no le es problema, si.- Necross sabía que el anciano había reconocido al tuerto, pero Lucio no parecía asustado por su presencia. Quizás el luchar por el pueblo le hizo entender que Necross no era del todo malvado.

El hombre del parche vio que la peliblanca despertó, y en vez de agobiarla con preguntas de que le sucedió, le dijo dónde estaban, y que pronto comerían algo gracias a la pareja de ancianos. El tuerto entonces hizo que la peliblanca lo siguiera, le invito a tomar asiento cerca del sofá, y se sentó junto a ella. -Terminamos de comer y volveremos a los caminos. ¿Te sientes en condiciones para continuar?- Preguntó, pero antes de obtener respuesta alguna, una conversación en otra habitación los interrumpió.

-El tiempo ya llego, y ahora debo irme. Adiós querida Molly. Nuestros cofres están vacíos, y nuestra barca yace en la costa. Adiós  mi querida Molly… Cuando la luz del cielo se vaya, y una lagrima corra por tu mejilla,   y cuando llegue la luz de la mañana, será la última vez que vea el sol.- Desde el lugar donde estaba Necross y Amethist, se podía ver a Lucio abrazando fuertemente a Molly, mientras ella se aferraba con fuerza de sus ropajes. Una vez que la comida estaba lista, la anciana Molly invito al tuerto y la peliblanca a pasar a la mesa. Durante el tiempo en que la comida era preparada, el hombre del parche pudo notar que en aquella casa vivian, o por lo menos vivieron niños, se dio cuenta por la habitación extra de la casa, y algunos juguetes tallados en madera que juntaban polvo sobre una estantería.

Una vez que todos estaban sentados y comiendo, el tuerto le pregunto al anciano adonde debía ir, y se disculpó por escuchar la conversación. -No se preocupe amigo. Con mi tripulación viajaremos a los glaciares de Yagorjakaff, iremos a cazar animales para luego volver con sus pieles. Estoy casi ansioso, y aunque la edad ya no me acompañe, no dejare que el hielo me venza. El señor tiene muchas criaturas, grandes y pequeñas ¡Y yo voy a clavar un arpón en la más grande de todas!- Necross pregunto por cómo sería el viaje mas no por las condiciones ni el clima, pues él vivió allí durante una temporada. -Nos vamos a una región alejada de las ciudades y asentamientos, donde los demás marineros no se atreven a llegar. Donde el viento es como una barra blanca de luz, y nosotros marineros podemos pasar más de seis meses en la noche. Donde el hielo rápidamente te atrapa, y lo único tibio, es una botella de ginebra. El anciano se veía emocionado, más su mujer entristecida, ella no quiera dejarlo ir.

El hombre del parche pregunto cuando se irían, el anciano respondió que sería al día siguiente. Entonces Necross pidió aprovecharse un poco más de la  hospitalidad del anciano, y pregunto si podían acercarlos a Valashia, pues lo mejor según él era seguir en barco. -Oh… veras, mi tripulación es muy supersticiosa, y creen que una mujer en el barco es de mala suerte. Durante todos mis años en el mar descubrí que aquello no es más que una tontería, pero ellos son muy tercos. Lo siento.- De inmediato el tuerto salto con una idea, se notaba cierta malicia en su rostro. -¡Pero ella puede ir escondida! Puede esconderse en algún lado, mírela, es chiquita.- El rostro de Necross demostraba que por dentro estaba muerto de risa. Pero la verdad necesitaba viajar en barco, pues es menos probable que lo reconozcan, además que creía que el anciano ya sabía quién era, y si no se había asustado, o amenazado con entregarlo a las autoridades, no habría problema.

El tuerto entre risas torpemente contenidas le pregunto a Amethist que pensaba de su plan.

El día continúo su curso, y aunque a Lucio no le agrado mucho la idea del tuerto, termino aceptando su propuesta. El hombre del parche le pidió a la peliblanca que lo acompañara fuera de la casa, pues además de querer dejar a los ancianos estar juntos, necesitaba hablar con ella. Cuando ambos cruzaron la puerta, y salieron de la casa, levemente se pudo escuchar la conversación de la pareja. -…Ella nos protegerá al frente y atrás, en ella iremos a cazar el gran azul. Y mi amor, cuando la luna este en el cielo, reza que vuelva con vida, a ti nuevamente.- Necross cerró la puerta, con una sonrisa melancólica en su rostro.

El hombre del parche llevo a la peliblanca a la casona donde la encontró inconsciente, pues necesitaba hacerle unas preguntas. El atardecer lentamente tomaba los cielos, y el bullicio en el pueblo había desaparecido, pues la gente ya estaba en sus casas. Al llegar al viejo portal de la casona, el tuerto se detuvo, y encaró a la peliblanca. -Vi el daño que causaron los bandidos, fue algo brutal, sí, pero no al nivel de lo que paso aquí. Hay algo que no me has dicho Amethist, y si vamos a viajar juntos, necesito que seas honesta.- Necross tenía un aire de padre regañón pero comprensivo, era muy notorio que dejo de ser el idiota busca-aventuras que alguna vez fue.

Necross se adentró más en la casa, mirando con detenimiento el piso, las paredes, los muebles. Miraba cada detalle con cautela, pues intentaba descubrir por sus propios medios que había sucedido. En la cocina, donde encontró a Amethist, comenzó a hablar. -Solo eran dos, creo que el enemigo era más grande que tú, se movieron mucho, y aunque ambos son agiles, él era más rápido que tú.- El hombre del parche se quedó callado, pues algo que descubrió lo asusto un poco. -No era humano… las marcas sobre el polvo en el piso son distintas, están tus huellas, las mías… y otras, ¿Qué paso exactamente aquí, peliblanca?- Los años podrán haber pasado por su cuerpo, pero Necross seguía siendo un buen rastreador.

Necross se acercó a la peliblanca, con una real expresión de preocupación en su rostro, esperando una respuesta.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Mar 25, 2016 5:46 pm

IX. De cuestiones y peleas

No era yo. Desde el momento que empuñé la daga, otra fuerza, indescriptible, poderosa, casi arrolladora, impidió que controlara emociones como acciones. Casi con voluntad propia, mi  cuerpo demandaba la sangre de la criatura, pero no sólo por verla morir, sino por hacerla sufrir antes de que todo acabara. Iba más allá de la supervivencia o la piedad, era el goce por el dolor ajeno, una droga que ansiaba mi alma más que cualquier otra cosa en el mundo. La consciencia de tener una respiración propia, unas manos, unos pies, todo cayó sobre el influjo de esa hambre secante, tan intensa, que fue en medio de ello que lo perdí todo y sólo las sombras quedaron para recordarlo en medio de la agonía.

--//--

Esa sonrisa jamás la borraría. En un rostro inocente demandaría ternura, conmovería a la misma paz, de no ser por aquella mirada y la curvatura de los labios: una señal macabra de que esa pequeña rubia no era nada de lo que se escondía tras sus vestidos blancos y su cuerpo de infante.

Al despertar, esa sonrisa seguía ahí, grabada en la mente, indeleble como la sangre y el sufrimiento que vi, casi palpé, en la fortaleza de la Orden. Un escalofrío recorrió mi piel con el recuerdo y los ojos viajaron sobre las vigas vencidas del techo que rodeaban el lugar donde yacía. No las reconocí. No sabía dónde estaba. Angustiada, traté de ponerme en pie, pero aquello fue una torpeza y de inmediato volví a la cama. Una cama… Fue un leve suspiro y entonces, pude descansar, porque otra vez volvía a ser yo, en otro lugar, pero yo.

Luego estuvo él: estaba sentado junto a mí, incrustándome su dedo en el hombro como si de un chiquillo me tratara. Al incorporarme las repuestas de dónde estaba, quiénes nos rodeaban y lo que había sucedido, no se hicieron esperar. Entre monólogos que se cruzaban entre las paredes, de amor, fidelidad, cuidado y cariño, sentí que la atmosfera del lugar se tornaba lastimera, decaída: el amargo sabor de las despedidas. Estaba Agobiada, claramente cansada, pero haciendo acopio de la energía que me quedaba, asentí a su pregunta: entre más rápido nos fuéramos mejor, quizás así dejaría de ver tantos rostros, tantas incongruencias, tanto dolor.

-Pasadme eso, Necross- comenté bajo, apuntando hacia un palo, que de seguro serviría para abrir surcos en la tierra pero se veía perfecto como bastón. Sin algo así no podría ponerme en pie y el hombro del tuerto, aunque firme, no me apetecía tomarlo. Peiné torpemente mi melena, enredada, llena aun de manchas rojizas, y aunque no podía verme, sabía que lucía unos ojos surcados por las ojeras y la palidez de la pérdida de sangre y la duermevela. Hice acopio de toda mi fuerza y me puse en pie: -Muchas gracias a vosotros dos- reparé, al notar a la dama y el abuelo, que con curiosidad también me miraban. Ojos sabios, ojos que escrutan con mil preguntas. Aquellos ojos me recordaron unos puros, unos grises llenos de canas y arrugas tan parecidas a las de aquel par. -Muchas gracias por todo.

-Ahora entiendo porque el tuerto la quiere- respondió la anciana, dirigiéndose a mi y tomándome por los hombros. Su sonrisa era cálida, apacible. Me ofreció repentinamente su mano y luego, con el cariño que se puede tener por un hijo, la encerró entre la mía: -No muchos tienen la humildad para agradecer, mi niña. Ahora traeré la comida, que luego de tanta pena reconfortará nuestros corazones.

¿Qué se hacía ante esas circunstancias? Incomoda, apenas sonreí, soltándome de la señora y yendo a una de las sillas de la mesa. ¿Dónde me encontraba? A dónde sea que la vista paseaba se veía polvo y muebles viejos, roídos por el tiempo y las termitas. Incluso el techo tenía la plaga, seguramente porque estaban cerca del río, y donde el agua fluye, también viven toda clase de alimañas. Muñecos decoraban una de las esquinas del lugar y, tras un pasillo, se alcanzaba a vislumbrar los engranajes de una puerta que se mantenía abierta por un carrito de madera. ¿Quiénes eran esas personas? Entre más observaba, sentía que las explicaciones del tuerto habían sido muy escuetas.

Finalmente la comida arribó. El olor era desagradable pero el sabor insuperable. Al comienzo tuve ganas de ni siquiera probar bocado. No era para menos: entre aquella agua turbia de color verde pantano, se encontraban diferentes formas, que más simulaban pedazos de carne podrida a algun tipo de hortaliza. No sabía por qué, pero en ese momento, frente a ese plato humeante de olor rancio, casi pestilente, supe que no tenía en buen agrado el apreciar la carne de otras bestias. Había cazado con los gitanos, incluso había despellejado y cocinado para ellos, pero jamás había probado de esa comida. ¡Extraño era que solo hasta ese momento, oliendo aquellos pedazos extraños y flotantes, hubiese dado con tal deducción!

Sin embargo, mi rostro debió delatarse por sí solo, porque al levantar el rostro, la mirada del guerrero estaba clavada en la mía, mientras yo cuchareaba aquel menjurje. Me demoré un buen tiempo en reunir el valor para probar aquella pócima, pero luego del primer bocado, toda entró, en medio de la discusión que el tuerto entablaba con el viejo.

-¡Pero ella puede ir escondida! Puede esconderse en algún lado, mírela, es chiquita.

-Chiquita tu abuela, tuerto- espeté susurrando, medio enfurruñada ante lo estúpida que era la idea propuesta. Sin embargo, por lo que explicaba el viejo Lucio, no había muchas opciones de donde escoger.  

-¡Respetando la mesa!- interpeló Molly con energía. Aunque dulce y cariñosa, en ese momento sus cejas pobladas se estreñían a tal punto que bien parecía que si alguno osaba con hacer algo más, terminaría golpeado por la matrona. –Jamás he visto, ¿acaso creen que en la mesa se puede aceptar tal comportamiento? Tú- dijo señalando con su dedo huesudo: -Deja a la chica comer al menos para luego salir con esas palabras, ¡y tú!- apuntó ahora a mí: -cuidado con esas palabras, una niña tan linda debería tener una mejor boca. ¡Una más y te la lavo con jabón!

No sé quién de los dos tenía una cara más asombrada, si él o yo. En el momento resultó molesto el impase pero al mencionar lo del jabón, fue imposible contener las ganas de reír. Y lo hice, oh sí que lo hice, regando de paso parte del contenido de la sopa sobre la mesa.

-Lo siento, señora Molly- reparé con cierta vergüenza, aunque aún con risa: -Lamento las molestias.

La abuela hablaba en serio pero quizás fuera la reacción de la pareja o simplemente que aquel día le sentaba de maravillas la compañía para levantar su humor, sonrió haciendo un ademán para que continuara la charla.

-Si no hay más opción, pues me esconderé donde sea- retomé: -Aunque no sé si sea mejor que lleve pantalones y me corte el pelo…

-¡Ni pensarlo!- contestó Lucio, alzando cómicamente los brazos: -Ni pintándote un bigote dejaran de notar a esas dos…

El anciano observó mi pecho, Necross pareció seguirlo con una mueca de gracia que pronto explotaría en carcajada pero otra vez fue Molly la que calmó la situación:

-Pero, ¿cómo se te ocurre ser tan inmoral, Lucio? Menos mal te haces a la mar… tú niña: lo mejor es que te escondas, ya vez como son los hombres, ¡unos marranos! ¡Todos!

Necross y Lucio se lanzaron una mirada de complicidad, pero Molly, hacendosa aunque aún enfurecida, recogió la mesa, dejando a su paso susurros, incoherencias que solo ella podría entender.

El tiempo corrió, yaciendo en la cama, sentada viendo tras la ventana, siempre con las imágenes grabadas de lo que había pasado. Veía los árboles, el viento mecer las ramas, pero siempre mi mente volvía al mismo punto de partida. Por más que me esforzaba no lograba hilvanar claramente la sucesión de hechos de lo que había pasado en la cabaña, pues luego de tomar la daga, todo había desaparecido. Y al recodarla, me angustié. La busqué a un lado, y al otro de la cama, repasé con desesperación y nerviosismo cada rincón de aquel lugar, tratando de adivinar dónde estaban mis cosas. A lo lejos vislumbré el arco y el carcaj, al igual que el estoque oxidado que Milk me ofreciera en la Fortaleza, pero no había rastro de la daga. Mis manos temblaron, también los pies, me sudó la frente, tratando de pensar porqué además de todo, me resultaba tan enfermizo la perdida de aquel artilugio. Entonces me llevé la mano a la cintura y al lado izquierdo, como siempre la llevara, estaba resguardada en su funda, asegurada al cinto de mis pantalones. Suspiré con fuerza y la tomé en mis manos. Su hoja oscura y el mango de metal nada decían de lo que yo podía intuir era un objeto poderoso.

Entonces llegó él, y ayudándome a poner en pie, salimos del lugar, con el pretexto de intercambiar algunas palabras. Mientras caminábamos, aferrándome fuerte al palo de surco, le explicaba que estaba bien, que todo saldría bien, y aunque el plan de esconderme no me hacía ninguna gracia, si era la única manera de cruzar el Tarangini, pues lo aceptaba.

Más paso a paso nos adentrábamos en lugares que me resultaron conocidos, hasta que la vi. Era la cabaña donde me resguardé de los bandidos. Al comienzo paré en seco, pero al ver la respuesta de Necross y no con ánimos de querer más preguntas de las que ya de seguro me haría, seguí caminando.  

-Vi el daño que causaron los bandidos, fue algo brutal, sí, pero no al nivel de lo que paso aquí. Hay algo que no me has dicho Amethist, y si vamos a viajar juntos, necesito que seas honesta- comenzó y yo sospeché lo que vendría después. Haciendo gala de sus conocimientos, empezó a descifrar lo que yo recordaba. Sus palabras me trajeron el recuerdo de la bestia, su hambre, su voz indefinida.

-No… No sé muy bien qué pasó acá…- tartamudeé con los ojos abiertos, asustada.

-¿Cómo no sabes? Estabas aquí, luchaste con alguien, ¿no?- espetó él, volteándose de repente.

Pero yo no le oía. Ensimismada, daba pasos errados como tratando de recrear lo que había sucedido. Recordaba a la criatura, sus ojos encendidos, su piel escamosa, los cuernos que le coronaban… Las piernas me temblaban a casa paso, como si un temor oculto creciera conforme avanzaba por el corredor que llevaba a la cocina y, frente a un gran charco de sangre, recordé que otrora había estado arriba un bebé:

-Había alguien acá… parecía elfo, pero la piel era azul, escamosa, su mirada alargada irradiaba luz pero su voz… no sé si era femenina o masculina, ni siquiera si era mortal. Era horrible, cruel- respiré y como salido de las piedras recordaba ese soliloquio que había sido nuestra conversación antes de la batalla: -Un demonio… Dijo que era un demonio.

Y fue decirlo para quebrarme por dentro. Las lágrimas salieron y aunque odiaba que me miraran así, hecha carne blanda de masa que no resiste nada, le di la espalda y metí la cara entre las manos. Me guardaba información, pero, ¿quién en su sano juicio no lo haría? Aún allí, con mis sollozos y los pasos del tuerto, podía sentir como através de las paredes salía la voz de aquella bestia diciendo “Tú… una como yo, pero en traje diferente. Una como yo… que puedo devorar a voluntad”.

¿Qué era yo? ¿Un demonio? Entonces volvieron los momentos repentinos de rostros desconocidos, mujeres de piel oscura, flechas surcando los cielos y alas que se meneaban en contra del viento.

-Hey. Levanta. Llorando no conseguirás nada. Dime, ¿qué más pasó?

Aquello de pronto, me enfureció:

-No lloro porque quiero, idiota- su tono comprensivo me resultaba molesto, exasperante. Sequé las lágrimas con las mangas y continué: -Tenia garras- advertí, pasando la mano sobre mi pecho aún vendado tras la camisa: -Pero… no lo entiendo… no entiendo.

Necross tenía un poder para obviar el dolor y sumirse en la habitación y su pensamiento, como un detective que trata de sacar cualquier conjetura de la escena y entre dientes siguió con sus cuestionamientos, pero yo ya no le oía. Tal vez todo ello no había sido verdad sino producto del estrés por los bandidos y el desespero de Jutta.

-El bebé… la sangre, aquí… Dijo que no tocaría a quién llevara el arco que tengo- y diciendo eso culminé riendo a carcajadas: todo debía ser una ficción: -Necross, yo creo que nada de lo que vi es real.

-Pero tus heridas eran reales, y los bandidos de Samovar no pudieron causarlas, no así. Necesito saber más detalles antes de continuar, ¿porque te perseguiría un demonio?- el tuerto se acercó y con tono serio continuó -Déjame ver ese arco.

Lo entregué reticente. Una parte de mí sabía que era un arma de valor, y si estaba en mis manos, en las de una gitana, el tuerto supondría que lo había tomado de su verdadero dueño.

-¡No lo robé, si es eso lo que piensas! Solo me fue entregado para defenderme. Aprendí con el tiempo… pero aún no soy muy buena.

-Mithril…- aclaró Necross, observando el talle y los arabescos: -¿Sabes que tienes algo muy precioso en tus manos? Mira, hasta incrustaciones elfi…

De repente soltó el arma y me tomó por los hombros. Era otro, su ojo encrispado de nerviosismo me carcomía.

-¿De dónde demonios sacaste esto? ¿Te suena el nombre de Ondine Wasser? ¿Se lo robaste a ella?

-No… no…- el cambio del tuerto automáticamente convirtió mi voz en tremula: -Yo no robo. No recuerdo haberlo hecho en la vida, solo hasta que conocí los gitanos. Lo juro… lo juro, Necross… Me fue entregado.

Me liberó, alejándose impotente, y dándome la espalda espetó:

-¿Quién te lo entregó?

-El hombre al que busco… un viejo.

Me sentí mal. De pronto los recuerdos de la fortaleza, las angustias, el terror, volvieron con la sola mención de Milk. ¿Por qué me trataba así Necross? ¿Qué le había hecho para que de pronto explotara y desconfiara? Entonces, lo que antes era nerviosismo se transformó en indignación:

-Deja de hacerme recordar. El trato era simple: llévame a Valashia y te pagaré por ello- tomé el arco y secando las lágrimas que quedaban continué: -mi vida pasada y lo que suceda después de todo esto, no te incumbe.

-Quizás no, pero tú no sabes de quién era ese arco. Yo sí. No sé qué tengas que ver con ella, o porqué te le pareces tanto, pero si vamos a Valashia, necesito los detalles, pues así podremos estar listos para cualquier cosa. No sé porqué tengo el presentimiento de que ese demonio volverá- comentó exasperado con los puños fuertemente apretados.

-El arco viene de Samrat. ¿Contento? ¡DE SAMRAT! La fortaleza de los templarios, donde tanto el viejo como yo y otros muchos estábamos encarcelados.

-Sumatra… Este viejo del que hablas, ¿dónde puedo encontrarlo?

-Valashia- repuse seca.

-¿Dónde en Valashia, mujer?- preguntó de nuevo Necross, con desespero. Pero para ese punto yo ya había perdido el dominio de la sensatez y la paciencia:

-¡NO LO SÉ!- exploté, con las pupilas dilatadas, encrespadas de furia ácida: -Y NO PERMITIRÉ MÁS PREGUNTAS, DÉJAME TRANQUILA. ¡DÉJAME EN PAZ! Agradezco tu ayuda pero no hablaré más de un endemoniado arco y las desgracias que empieza a traerme-. Con ímpetu puse el arco en mi espalda, ajustado al carcaj. De la furia sentí que las piernas me funcionaban perfecto y con fuerza encaré al tuerto, empujando su pecho para que me diera paso: -Sé el guía pero no creas ni por un momento que eres el jefe de mis acciones o tienes derecho a cuestionarme porqué si. Pues no es así ¡NO ES ASI!

Él se hizo a un lado y yo pasé rauda, sumida en mi propia energía de enojo e ira. Por un tiempo sentí sus pasos detrás de los míos, pero luego desaparecieron, quizás surgió el camino hacia el hogar de Lucio o quizás hacia el pueblo mismo, el caso es que pronto dejó de estar detrás de mí. Yo, en cambio, me encaminé hacia el bosque. El agua se sentía cerca de allí, corría rauda, ágil y su sonido llenaba toda aquella orilla entre los árboles y la corriente.

-Que haga lo que se le de la gana- refunfuñé iracunda, reuniendo unas ramas para hacer una fogata: -Pero a mí… ¡A MÍ QUE NO ME ESTORBE!


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:21 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Miér Abr 06, 2016 1:57 pm

-Niña consentida, ni siquiera sabe luchar bien…-

El hombre del parche se encontraba en la taberna del pueblo, pues hace muy poco había discutido con Amethist. La peliblanca tenía cierta conexión con la dama de ojos lilas, pero cual era aquella conexión era desconocida para él. Para pensar, y omitir lo ocurrido, Necross no encontró mejor alternativa que comenzar a beber. -Para la siguiente ocasión pediré un pago por adelantado.- Entre dientes decía Necross, mientras sentado sobre un banquillo, y apoyado en la barra, se bebía una jarra de cerveza. Una Divium paso detrás de él, la cual al caminar cerca del tuerto, lo paso a llevar con la guitarra que colgaba de su espalda. La mujer no se disculpó y Necross  tampoco se molestó en hablarle, pero al ver sus alas, cabello negro y trenzado, un sentimiento de fastidio lleno su cuerpo.

Spoiler:

La mujer alada camino por medio de la medianamente grande taberna hasta llegar a una especie de tarima donde solo había un banquillo solitario.


La guitarra en su espalda paso a descansar sobre su regazo, pues ella ya se encontraba sentada sobre el solitario banquillo. Sus dedos aparentemente lisos comenzaron a deslizarse sobre las cuerdas del instrumento y a tocar las debidas notas para armar una armoniosa melodía. De inmediato los comensales de la taberna comenzaron a golpear sus jarras y mesas al tono de la canción, incluso algunos con golpes al piso seguían el ritmo. La algarabía en el local se hizo inmensa, pues todos disfrutaban de la hasta ese momento tranquila melodía.

Ella conto hasta cuatro, y sus dedos agíleles recorrieron toda la extensión del mástil de la guitarra.

La melodía se volvió mucho más rápida, y los clientes del lugar comenzaron  mover sus perezosos hombros de un lado a otro, disfrutando de la buena música que sonaba. Necross intento ver de reojo, pero su parche se lo imposibilitaba, cuando volteo el rostro a la fémina, ella estaba de pie, tocando rápida y maravillosamente las cuerdas de la guitarra. Se movía al ritmo de la música, con toda la feminidad que solo una Divium puede provocar, sus caderas iban de aquí a allá, así también su trenzado cabello. Parte de su acto era guiñar y sonreír a los ebrios que alcanzaba con su mirada, mientras sus dedos continuaban tocando la guitarra con fervor, con la maestría que solo Mordekaiser le puede entregar a  sus acólitos. Luego la tonada volvió más calmada, tranquila, todos sonreían mientras la muchacha se enderezaba, recta, pues antes estaba arqueada tocando. Siguió con sus suaves tonadas hasta que su mirada de águila y sus dedos rápidos le ordenaron al instrumento continuar.  Nuevamente sus dedos agiles comenzaron con una tonada más rápida, y en aquel momento las voces de los ebrios comenzaron con alabanzas para la Divium de ojos rojos.

Entonces entre rasgueo y rasgueo, los ebrios clientes, entre bebidas y aplausos, con sus voces seguían la melodía, y se animaban para seguir bebiendo. Hablando entre ellos, vitoreando y silbando a medida que la melodía avanzaba hasta que en un movimiento único y seco la fémina termino con su canción; Entonces entre aplausos, silbidos, y brindis, la mujer se retiró, con el mismo silencio con el cual se presentó. Pero antes de desaparecer se quedó de pie ante la puerta que daba al exterior, y en ese momento el dueño de la taberna se le acerco, le entrego un saco que parecía contener monedas, su paga, antes de despedirse de ella.

Necross pidió una cerveza más, antes de pagar y salir de la taberna.


El hombre del parche pasó el resto de la tarde cerca de rio, mirando sus aguas en aquel momento tranquilas, veía a los botes alejarse, algunos pescaban allí mismo, otros se perdían en la distancia, buscando mejores lugares donde irse de pesca. Necross siguió allí, lanzándole rocas al agua y haciéndolas rebotar sobre la superficie. El atardecer llego pronto, y rápidamente el cielo amenazaba con oscurecerse, pero aun así, el hombre del parche se quedó sentado en el pasto, mirando las corrientes del agua moverse lentamente. Y entonces, con la calma del atardecer, Necross se debatió si trato de buena manera a la peliblanca, quizás no fue la mejor idea interrogarla tan pronto. -No, no hice nada malo.- El hombre del parche ya estaba viejo, y si no aguantaba berrinches de su hija, menos los iba a aguantar de una mujer adulta.

Ya con la noche tiñendo los cielos, Necross decidió volver a la casa de Lucio, y cuando estuvo frente al anciano le pregunto si podía pasar allí la noche. La respuesta de Lucio fue positiva, pero antes de dejar de hablar con el tuerto le pregunto por la peliblanca. -No sé dónde está,  y si no aparece mañana me devolveré a…- Necross se quedó en silencio, y Lucio respeto aquel silencio. Necross, cuando se hizo más de noche, se echó sobre el mismo sofá de donde había despertado de su inconciencia, solo unas horas atrás. Dormir no le tomo trabajo al hombre del parche, pues su cuerpo aún estaba cansado, sin contar que estaba herido, además, aun después de todo lo que paso, seguía gustándole la compañía de la peliblanca, pero lamentablemente ella no estaba.

El sentir el primer rayo del alba causo que el tuerto despertara, pero realmente lo que le despertó fueron sus propios ronquidos, ya que durmió en una muy mala posición. Sin levantarse, o hacer movimiento alguno, con su ojo libre  el tuerto inspecciono el lugar donde estaba, intentando recordar que era lo que hacia allí. Se saboreó la boca un par de veces, en un intento por humedecer sus secos y dañados labios, antes de sentarse y apoyar la espalda en el sofá, para finalmente rascarse la cabeza con pereza. Y para su sorpresa, al levantar la cabeza por sobre el espaldar del sofá, Necross vio a Molly y Lucio, fundidos en un caluroso abrazo, que quizás sería el último que el anciano tendría en mucho tiempo.

Con el corazón conmovido, el hombre del parche no quiso interrumpir el momento, y volvió a su posición en el sofá, pero Lucio ya lo había visto, así que el abrazo entre los ancianos se dio por terminado. Lucio beso en los labios tiernamente a su esposa, y luego camino hasta el sofá donde reposaba su huésped, golpeo el espaldar, y le dijo al tuerto que  debían salir. Una vez en el antiguo y maltrecho puerto, Necross se sorprendió de ver a la peliblanca, y sin pedir perdón ni decir nada sobre la noche anterior le comento que debía prepararse. -Gracias por hacer esto, sé que es una situación difícil.- Quizás no se disculparía por lo que pasó la noche anterior, pero si agradecería que la peliblanca se ponga en una situación incómoda, pues sabe apreciar lo que debe ser apreciado. Entonces, escondidos detrás del barco, el hombre del parche invito a la peliblanca a pasar a una caja grande, café y de madera, que para matar el chiste estaba húmeda, nuevamente Necross le agradeció a la peliblanca por aceptar viajar así.

La caja de madera húmeda y olorosa, fue levantada con especial cuidado –por petición del tuerto- y fue dejada en la bodega del barco con el resto de las provisiones. Antes de abandonar la bodega, el tuerto le hizo un agujero medianamente grande a la caja, pues sabía que Amethist necesitaba respirar. La muchacha  no estaría incomoda del todo, pues podría estirar las piernas hasta cierto límite, ya que la caja era grande. Después de hacer el agujero, el hombre del parche se disculpó con la peliblanca, y le dijo que volvería pronto, pues debía revisar algunos asuntos.

Pero la verdad Necross no tenía asuntos pendientes. Cuando se apareció en la cubierta se dio cuenta que Lucio estaba casi listo para zarpar, lo único que le faltaba era despedirse una vez más de su querida Molly. Y es por ello que el tuerto abandono a la peliblanca, pues le enternecía el corazón ver a los ancianos quererse tanto. Los únicos momentos de paz y tranquilidad que Necross tenía actualmente sucedían cuando le leía historias a Nadine, o cuando esta se las relataba. Pero por alguna razón ver a Molly y Lucio, más la presencia de la peliblanca que tanto se parecía a Ondine, le hacían añorar aquello que no tenía, una familia, y una vida en paz.


Los ancianos siguieron fundidos en un abrazo, y Necross decidió volver con Amethist.

La caja que llevaba a Amethist estaba sobre otras, cuyo interior estaba repleto de carne, quesos, entre otras provisiones. Necross al estar junto a aquella caja con olor a humedad, abrió la tapa, cerciorándose anteriormente de que nadie lo viera, pues no quería despertar las supersticiones de los marineros. -Si ayer te acose con tantas preguntas es porque realmente me preocupaste. Vi como luchabas, y pareciera que lo haces bien, por eso me extraño verte derrotada en combate.- La mujer podría estar sentada en la caja, pues la tapa que la escondía ya había sido retirada, y en caso de que alguien se acercase, Amethist podría de inmediato esconderse nuevamente. Necross le entrego un poco de fruta, y su bota de agua a la peliblanca, antes de continuar hablando. -Si bien admito que sabes pelear, no tienes la técnica, pues solo sabes lanzar espadazos y si hieres a alguien lo das por muerto. Quizás, si te interesa, puedo enseñarte lo que se de esgrima. Aunque debo advertirte, mi estilo es un tanto salvaje.-

El hombre del parche se quedó sentado al lado de la caja, apoyando las nalgas en una de las tantas cajas que llevaba provisiones, se quedó conversando con la peliblanca por varios minutos. Por qué lo hacía le era extraño, pues Necross no es de esas personas que simplemente se pone a hablar con cualquiera, pero de nuevo, la respuesta es que Amethist le recordaba a Ondine, y con la dama de ojos lilas, el tuerto podía hablar por horas y horas. -Necesito preguntarte de nuevo por el arco Ame, necesito más información sobre quien te lo dio. Pues estoy seguro que ese arco era de…- Un espontaneo nudo se formó en la garganta del tuerto, lo que le impidió hablar por un momento. -…de alguien muy importante para mi.-  El barco hace poco había comenzado a moverse, ya estaban lejos del puerto.

Pero no habría respuesta para la pregunta de Necross, pues antes de que Amethist pudiera siquiera pensar en que decir, un grito de dolor se escuchó en la pequeña aldea pesquera. Luego se fueron uniendo más, y de inmediato el tuerto se puso de pie y subió a cubierta. En la aldea el fuego comenzó a devorar las casas rápidamente, soldados con lujosas armaduras comenzaron a golpear y  arrestar a la gente. Lucio ordeno volver, pero el hombre del parche le dijo que no resolvería nada, que también se lo llevarían a él, el anciano con enojo le comento que no podía dejar que se llevaran a su familia, y estaba seguro que si esos soldados estaban allí, era por culpa del tuerto. -Tal vez sí, pero te prometo, por Nadine, mi hija, que buscare a esos desgraciados y liberare a Molly.- Necross, quien tenía a Lucio agarrado de los hombros, libero al anciano, y se volteo para hablarle al resto de la tripulación. -Soy Necross Belmont, forajido y actualmente buscado por la milicia de Shading; Fundador y líder de las alas negras, mercenarios y ladrones. Y les prometo, que no descansare hasta liberar a sus familias, pero ahora debemos continuar, pues a ellos no les servirá de nada que también estén atrapados.- El hombre del parche intentaba tranquilizar a los marineros, pero estos, al ver que sus amigos, esposas, hijos e hijas eran atrapados, no podían hacer más que llorar.

Aun así decidieron continuar, pues Lucio encontró razón en las palabras de Necross.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Miér Abr 13, 2016 12:38 am

X. El cantar del agua

-¿Quién has dicho que fue?

Su voz aterciopelada, melosa, poco escondió el odio visceral que despertaba. Una vieja herida, el orgullo mancillado, se abría paso hacia fuera haciéndole explotar con aquel insensato que había llegado.

-Puede que el soldado haya oído mal, mi Lord. Pero lo que es importante es que se ha notificado no sólo a los puestos de avanzada, a los alguaciles y jefes de pueblos para que se hagan cargo de la búsqueda, sino que se ha reportado este altercado a la misma nobleza de Naresh. Trataremos de aunar esfuerzos entre todas las partes para que nuestras tierras sean más seguras: ya es hora de atender de una vez por todas a esos gitanos parásitos.

-¡NO!- explotó el conde Anthony Waltz, mientras mandaba su mano hacia atrás para peinar su cabello y calmar los ánimos, sin embargo la estrategia poco le funcionaba: -No habéis entendido mi pregunta, general, ¿quién dijisteis que lo hizo?

Pero el hombre seguía ignorando la furia de su superior. Continuaba dando tretas y escaramuzas para explicar su plan de contingencia. No era la primera vez que los impuestos terminaban en manos malhechoras, pero desde que él, el muy condecorado General Prinz, estaba a cargo de las fuerzas militares de Naresh, jamás se había escatimado recursos en traer a la justicia a los desgraciados. Las celdas de la fortaleza de Samrat y las cárceles de las Nalini daban testimonio de su pasión y entrega a la profesión, y si no estaban allí era porque la horca había terminado con las vidas inútiles de los ladrones. Admitía que muchos de sus presos eran familias, mujeres, abuelos y niños, pero en su favor siempre había mostrado pruebas de que aquellos seres sin tierra y sin honor ayudaban a los verdaderos criminales en sus tretas, y por ello merecían ser castigados en igualdad de condiciones. Y eran sin tierra y sin honor por que todos parecían provenir del mismo estamento social: los gitanos. Desde que fuera nombrado Alto General de Naresh su cruzada había estado atada al destino de las gitanerías.

-Es así, mi Lord- continuó Prinz: -como ya tengo una primera avanzada tomando el camino hacia el norte hasta la ribera del río, para hacerse con todos aquellos carromatos y sus huestes. Sin embargo, siento que no es suficiente el hacer el barrido y apresar a todo aquel que encontremos sospechoso. Ya parecen curtidos esos mugrosos, por lo que quiero apelar a su noble posición para que sea considerada la tortura como método para encontrar el paradero de los que están detrás de este robo… Sé que en sus manos este tema podrá ser aprobado a la brevedad- confirmó con ojos suspicaces.

-¿PERO ES QUE NO ME HA ENTENDIDO, GENERAL, O ES DEMASIDO PEDIR QUE ME ENTIENDA? LE HE PREGUNTADO POR EL MALNACIDO TUERTO QUE DE SEGURO ESTÁ DETRÁS DE TODO ESTO-. Su furia jamás había sido vista de esa manera. Lord Waltz con el rostro maltrecho y las venas brotándole en la sien, manoteaba en dirección al general sumido entre el desespero y la furia: -¿CÓMO SE LLAMA? ¿CÓMO?

-Lucard Wasser… Sí, eso dijo uno de los sobrevivientes. El mensaje estaba dirigido a usted mi Lord…- y tomando con nerviosismo algunos papales del escritorio, empezó a leer con voz trémula: -“entonces, como si fuera un militar adiestrando a sus hombres, con el puño en alto mientras nos retirábamos, el hombre del parche empezó a gritarnos: Díganle a Waltz que Lucard Wasser es quien se ha llevado su oro!! ¡Y que pronto iré por él!"

Fue oír el testimonio para que Waltz sonriera con locura: esas palabras las cobraría caro y así no diera con el viejo enemigo o con su alada ramera, saldaría parte de la deuda con las vidas de esos infelices. “Cuando el río suena… piedras lleva”, recordó con sorna.

--//--

A paso firme avancé hacia la arbolada. Abstraída y al mismo tiempo enfadada, sin saber muy bien el porqué. Quizás era la impertinencia del tuerto, ¿quién se creía para ser tan preguntón? Quizás era la impotencia por no saber todas las respuestas. Me sabía mal el sentirme tan indefensa, tan ignorante. En alguna parte del corazón, algún punto entre este y los órganos que le rodeaban, sospechaba que nunca fui tan miserable como lo era en ese momento. Y me enfurecían las entrañas, carcomía el ego sin saber exactamente porqué. El afluente del río guiaba mis pasos sin quererlo, uno a uno, constante, apretando con fuerza la rienda de Jutta, quién me seguía dócil, en pasos trémulos, como si entendiera la exaltación que me embargaba.  

-No entiendo por qué simplemente no deja de preguntar… -repicaba para mí: -Siempre. Una y otra vez. Vuelve y revuelve a lo mismo… ¿es que acaso… cuántas veces debo decirle que no lo sé para que entienda?- indagué de nuevo, apretando el puño, volteando hacia la yegua. Pero ella solo se digno a devolver la mirada y seguir a su paso, ignorando.

-Sí, quizás es que el tuerto es como tú… me ignora…- concluí, con una media sonrisa.

No sabía muy bien hacia dónde caminaba, pero sí lo que dejaba a mis espaldas. Desde la estadía con los gitanos se me había hecho más fácil ubicarme en los nuevos lugares, entender las locaciones, volver a encontrar el lugar para retornar a casa. Sólo que ahora no tenía casa…

Pronto el rumor de la corriente se hizo más fuerte, lo que parecía una zona vegetativa escasa, se tornó tupida, llena de raíces que emergían por doquier y árboles tan altos, que su sombra hacía imposible ver el cielo. La noche se hacía entre ellos, con un fresco aroma a naturaleza selvática. El musgo hacía rebotar mis pasos con dulzura, como un tapete majestuoso digno de las grandes salas de los Señores Reyes; la brisa que se filtraba por las ramas no sólo jugaba con los cabellos, enloqueciéndolos un poco, levantándolos con pequeños visos, sino que de cuando en cuando, hacía que el bosque hablara en susurros extraños, acompañado por las criaturas que lo habitaban. Aquello era magia. No de esa artificial que viene adherida a los hechiceros diestros, sino más noble y sublime: la expresión de lo insignificantes que somos en este mundo.

Estaba encantada. Atraída hasta las entrañas, olvidé el malgenio, la impotencia, el temor o el enojo. En el fondo podía reconocer que el corazón se me aceleraba con aquel viejo amargado, más mayor de lo que revelaba su porte, pero lo cierto es que mis sentimientos por él eran un espacio indefinido. Había sentido por otros antes que él lo mismo… un vacío entre la felicidad y la nostalgia que no podía definir. De seguro buscaba la sombra de alguno que en otro tiempo debió verse como él. Anturión, Necross, ambos tenían ese aire bandolero, a medio camino entre la temeridad y la estupidez, que los hacía similares. Sus cabellos, su mirada… ese rastro de ojos celestes que parecía clavárseme en el alma como si con solo verlos despertara el sueño de felicidad resguardado en vidas pasadas.

Quería llorar y sin embargo las lágrimas las sentía secas, sin vida. Alargué las manos y empecé a tocar las hojas, abriendo caminos por los cuales Jutta y yo pudiéramos atravesar. Pronto el sendero que dibujamos empezó a dejar su propio rastro, en ramas cortadas a las malas con ese viejo estoque que poco o nada había usado. Los arbustos de bayas salvajes se avistaban a la sombra de los árboles, junto a hongos y otras hierbas. Con los gitanos había aprendido a reconocerlas y a recolectar las correctas. Las había venosas y otras con efectos nefastos, pero en los pocos días junto a la Trianera y los demás de la gitanería, había asimilado mucho más que los días anteriores llenos de oscuridad y temor en la Fortaleza y rumbo a Naresh. Sin decidirme por un rumbo o el futuro, paré en cada arbusto, y empecé a recolectar lo que pudiera, dejándolo caer al carcaj. Algunas bayas se quebraban al tocar el fondo o rozar las flechas, lo que volvería un desastre todo el interior, pero poco importó con la imaginación puesta en la comida.  

Entonces, luego de caminar entre la maleza, relució el Tarangini como nunca lo hubiese imaginado. Ancho, colmado de agua sin una orilla visible, con aguas tempestivas, furiosas,  corría hacia el oeste raudo, violento, con una fuerza incalculable, haciendo imposible pasar a través de él a nado o si quiera en un barco. Serían unos 40 minutos de caminata, quizás la hora, si es que se pudiera caminar sobre el agua y a salvo de la fuerza magnánima. Su majestuosidad y la presencia soberbia de aquel caudal fluvial callaron de repente todo pensamiento o rastro del pasado. Mi cabeza era una con aquel ruido tormentoso que corría, golpeaba, como si con ese fluir constante hubiese borrado toda duda o turbación. Sólo fluía y se iba hacia lo profundo del no retorno. La fuerza con la que se expresaba el río se tradujo en mí de una manera que poco podría describir: era ímpetu, valor, la sensación de que ese fluir violento yacía en mí y se avivaría con sólo el golpe de mi puño sobre el mundo… porque yo podía golpear y matar al mundo, si ése era mi agrado.

Respiré profundo y solté las riendas de la yegua. Esta automáticamente se hecho sobre la hierba, dejando un principio claro: no se movería más. Me quité la chaqueta y la dejé sobre la tierra, a un lado del animal; encima cayeron los frutos recogidos junto con las flechas y miré a Jutta con suspicacia. Para mi sorpresa, ella estaba más interesada en los pastos verdosos a su lado, que en los múltiples colores de las bayas. “Buena chica”, le dije en ese silencio que nos servía de espacio mutuo, pues siempre su mirada me dejaba claro lo mucho que comprendía.

No sabía bien porqué o de cuándo me llegaron esas ganas enormes de salir corriendo y disparar a todo y a nada. Eran incontrolables y se sentían más fuertes conforme llegaba a mis oídos el caudal de agua, la fuerza y el ímpetu de su propio devenir. Desenfundé el estoque y lo clavé a la chaqueta: si el viento crecía o Jutta se movía, la espada evitaría que el contenido de la tela se moviera demasiado. Tomé las flechas y una a una las dispuse en el carcaj, el cual colgué de nuevo a mi espalda. Solté el amarré del arco y al tomarlo, esas ganas irresistibles se volvieron frenéticas.

-Vuelvo pronto Jutta… cuida la comida.

Tomé el arco y una flecha, los apreté a tal punto que los dedos se tornaron rosa. En el fondo me preguntaba si aquel arrebato era lógico. Pero nada importaba: los sonidos del bosque, el fluir del Tarangini, la tranquilidad de Jutta y la magia que todo lo envolvía, me quitó las dudas y en par pasos, me perdí entre la espesura de aquel bosque virgen.

Al comienzo sólo lanzaba las flechas dónde cayeran, y así me animaba a decir que tenía buena puntería. Luego, me proponía los objetivos, y aunque al comienzo no les atinaba, poco a poco me iba acercando. Al final, sólo desesperé y lancé lejos la flecha que disponía a lanzar junto con el arco. Era un fiasco, y uno bastante grande.

Me toqué la frente, y me pasé la mano por los cabellos, desesperada, y ahí fue donde recordé las palabras de Anturión, era su voz gruesa, la manera gallarda y bromista en que lo había dicho, volvió a robarme una sonrisa confusa con solo el recuerdo:

Uy, qué puntería tan pobre la que tienes, cosita. Tienes que mirar lo que quieres para poder acertar…  

“Mirar lo que quieres…”, repetí, balbuceándolo como un mantra. Me puse en pie, tomé el arco y la flecha de nuevo y salí corriendo. “Mirar”, ése había sido el truco en aquella ocasión. Una serpiente zigzagueaba sobre un tronco y sin detenerme le apunté. Tenía deseos de detenerme y pensar, pero algo en mí se resistía a permitirlo. Sólo apunté y la cuerda cantó. Nada sucedió. Una mariposa sobre una flor. “Dale a la flor”, pensé. “Mira y atina”, “mira y atina”. Seguía corriendo desenfrenada, apuntando, si es que eso hacía pero pretendiendo darle a la flor…

Nunca supe si atiné o no, sólo lo hice y lo seguí haciendo hasta que las fuerzas se me fueron y las flechas se acabaron.

--//--

Cuando regresé a la casa del pescador, encontré a Necross y al viejo hablando. Apenas si notó mi presencia y en mi interior sabía que, en la lógica del tuerto, podía ser posible que ni siquiera sintiera culpa de nada. Al fin y al cabo era un líder entre los suyos, y si algo podía tener en común con todos los demás era su soberbia e incapacidad para reconocer errores. Difícil me resultaba prejuzgar a alguien así. Nada dije mientras obedecí sus mandatos, y nada tampoco cuando me azaraba para que tuviera las cosas listas. A veces me daban unas ganas locas de bofetearlo, para que entendiera su lugar, pero luego reparaba en que me trataba como un hijo, quizás el más bobo de ellos, pues conmigo explicaba hasta 3 veces la estrategia que ya habíamos elaborado.

-Haré lo que acordamos, Necross- repetí, varias veces, aunque en su rostro se notaba la falta de confianza.

No me importó. Como tampoco el momento en que me mostró la caja de madera, apestada a un aroma que poco podía reconocer, un dejo de moho con alimentos fermentados y esa mezcla a aire marino y salado tan propio de los mares. Me metí en ella y sentí como la tapa se cerraba tras de ello. Cerré los ojos y esperé, más nada más sentí luego de aquello, y en menos de lo que pensara, me zarandeaba de un lado a otro, golpeándome los nudillos, las pantorrillas, la espalda, a medida que la caja se movía en camino al barco. “Pagaré menos por todos estos daños y prejuicios. Creo que llegaré a Valashia sin nalgas”, pensé mientras maldecía por lo bajo toda la idea y barajando las opciones de salir de allí y perderme de aquella travesía absurda.

Pero no tenía más opciones y el tuerto y sus planes eran lo único con lo que podía contar para llegar a mi destino. Cerré los ojos y me sumí en un sueño intranquilo…

Corría en el bosque y al siguiente segundo no. Las paredes eran de cristal y en medio estaba yo, sin sentir frío o ahogamiento. Una voz dulce acompañaba mi estadía mientras el agua parecía fluir en el interior aunque hacia afuera estaba cristalizada, como si simulara una capa protectora. De pronto, volví a sentir el viento, las piernas correr, la fuerza de mis brazos al apuntar y lanzar, para luego estar atrapada en aquella crisálida de hielo. Entre cada interludio, veía rostros, oía voces, sentía el sufrimiento de algo que no podía reconocer. Entonces los vi. Unos ojos rojos, intensos, despiadados. Aquella mirada había sido la primera que tuviera memoria y sin embargo, sólo un retazo de algo más que no podía aún adivinar. “Corre”, decía una voz cantarina, risueña, “Corre”. Volvía a la maleza de aquel bosque encantado. Miraba, apuntaba, pero nunca me quedaba para saber si atinaba o no. La barrera de hielo me detenía de nuevo y, antes de que entrara en pánico, retornaban las voces, los cantos de guerra, tambores de una batalla próxima.

“¿Qué demonios pasa?”, me preguntaba en mi propio sueño.

Ojos bipolares, lágrimas surcadas, ogros enormes, la sensación de levitar para luego caer. Nada de aquella pesadilla tenía sentido, y sin embargo, era la muestra de vida más significativa que había tenido hasta el momento.

Debí moverme con violencia entre trance y trance, cuando de pronto abrí los ojos, más no al mundo de la caja en un barco que cruzaba el mítico Tarangini, sino al sueño mismo donde me encontraba, mirándome a mí misma.

- Escapaste, pero no por mucho.

La voz era fría, sutil pero cruel. Al voltearme otra miraba también mi presencia dentro de la crisálida, forcejeando por salir de ella.

-¿Te conozco?

Diminuta, vestida de blanco impoluto, parecía una sombra luminosa que a través de su luz fue dando paso a una figura: su rostro perfecto, su belleza infantil, pequeña, frágil, de cabellos dorados y labios delgados, toda ella exhalaba pureza, de no ser por esa mirada desafiante, viciada, que la delataba.

-Ya nos encontraremos.


-//-

Desperté tan fuerte que golpee la tapa con la frente. Maldecí a los demonios, al mundo, a la vida, y cuando estaba a punto de empezar a patear con todas las fuerzas que tenía la caja de madera, abrieron la tapa. Un Necross sonriente, diferente al hombre amargado de días anteriores, se presentaba ante mí, un pequeño dejo de lo que fuera ese valiente guerrero al que había besado días atrás en la gitanería.

A todo lo que dijo asentí. Con agrado comí a su lado lo que trajo, sin arriesgarme a salir del lugar. Había dado mi palabra de aceptar las condiciones de ese viaje, y aunque las incomodidades eran muchas, las toleraba con orgullo y la frente en alto. Sin embargo, la comida tenía un extraño sabor mientras pasaba de su rostro a los recuerdos, haciéndome sentir lejana, abstraída de lo que el tuerto hablaba.

Entonces, él mencionó el arco de nuevo y antes de que yo pudiera dar detalles, se puso en pie y salió a cubierta, dejando la orden de que me quedara allí. Arriba el estruendo era tremendo, los gritos, la desesperación. Pero una vez más demostré mi obediencia y me recogí allí. No quería ser descubierta y la mejor manera era hacerme de nuevo en esa caja mugrienta. Suspiré amargada; aunque no era de suficiente ayuda, siempre podría tratar de ser útil, al menos más que empacada en un cajón. Pero, aunque odiaba la idea, sólo restaba volver a esa caja y esperar a las nuevas órdenes.

Me acomodé, cerré la tapa y de nuevo sentí esa fuerza invisible: la crisálida que me apresaba hasta casi ahogarme en voces, recuerdos, rostros sin nombre.

-¿QUÉ QUIERES DE MÍ?-grité a la nada de esa capa fría, helada, que me cubría.

-Déjame ser uno contigo…

-¿Qué quieres decir con eso?

-Déjame cantar para ti…

El canto del agua:


Mi corazón se conmovió. Era una melodía sin palabras, cadente, vibrante, como el arroyo que nace de un par de gotas de la montaña y corre por la ladera buscando el mar; en el interior yo conocía la tonada pero el dónde la había oído escapaba a mi conocimiento. Me transportó a parajes de hielo y frío, montañas de olvido en un lugar donde yo estaba por encima de todo y al mismo tiempo de nada.  La paz surgía de aquellas gotas de música que, como el agua, fluían de una a otra conduciéndome a parajes desconocidos. ¿Qué era yo? Esa tonada. Un barco sin rumbo, no, un río a la deriva, hasta que cada paso me conducía a ese canto, el mar, una música tranquila que algún día abrazaría la libertad.

Suspiré. Quizás para cualquiera que me viera, dormía, pero lo cierto es que en ese momento, sin que fuera consciente de ello, aunque sintiendo en cada uno de mis músculos y huesos el esfuerzo, la vibración de la acción, yo era el capitán de ese barco. Sobre el Tarangini íbamos flotando, pero las olas me mostraban su actuar, su voluntad…

Pues yo era el fluido vital, y en mi esencia le obedezco como el elemento me sigue a mí. Podía haber perdido todo, mi pasado, mi identidad, mi ser, pero ahora volvía un pedazo de mí mientras estaba en aquella caja podrida: el canto del agua.  


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:22 pm, editado 1 vez
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El Sendero de un Guerrero

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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