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Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Sáb Mayo 07, 2016 10:01 pm

El barco rápidamente se alejaba del puerto, mientras los tripulantes de la “santa maría” miraban horrorizados como sus familias eran apresadas. No tenían otra opción más que darles la espalda, o quizás eso creían, pues el tuerto los manipulo de cierta manera, era cierto que la tripulación no sería una amenaza para aquellos soldados, pero también era cierto que el hombre del parche estaba siendo buscado, y no se podía permitir se atrapado, no cuando aún no termina el trabajo actual. Necross rápidamente bajo al almacén de las provisiones, y una vez allí noto la caja donde reposaba la peliblanca, cerrada. -Ondi…- Carraspeo la garganta, antes de continuar. -Tenemos problemas Amethist. Acaban de atacar el pueblo, y creo fueron los mismos hombres que protegían el oro que robamos, o por lo menos es la misma guardia.- El hombre del parche se acercó a la caja para abrirla, pues necesitaba hablar frente a frente con la peliblanca.

Pero al acercarse a la caja, y mirar de cerca a la peliblanca, el tuerto se dio cuenta que esta estaba con los ojos abiertos, moviendo los dedos de lado a lado, en una especie de trance. Necross intento despertarla, pero sus intenciones se vieron interrumpidas por una voz extraña. - Yo no la tocaría si fuera usted.- Desde la oscuridad de la bodega. Pues esta estaba pobremente iluminada, una silueta se dibujaba, sin que el tuerto lograra ver de quien se trataba. -¿Por qué no? ¿La conoces?- El hombre del parche se alejó de la caja que custodiaba a Amethist, quien descansaba igual a como lo haría un vampiro. -Tanto como tú.- Comento la sombra, haciendo una mueca que nadie vería.

-¿Quién eres?- Precavido, el hombre del parche puso su mano diestra sobre el pomo de la espada bastarda, atento a cualquier movimiento. El desconocido se encogió de hombros, un movimiento que logro ver el tuerto. -¿Acaso importa? Ya te ayude una vez, pero puedo prometer que no habrá una tercera.- Necross se quedó mirando fijamente al extraño. Aquel sujeto era más bajo que él, su rostro era imposible de ver ya que traía una capucha, y su cuerpo estaba cubierto en telas oscuras, aun así, el hombre del parche noto que el sujeto tenia alas, por ende era de raza divium. -¿Me ayudaste? Ni siquiera sé quién eres.- Por las palabras de Necross se podía notar que de a poco iba perdiendo la paciencia.

-Claro que si.- El desconocido bufo con petulancia y cierta frialdad. -¿O acaso olvidaste las palabras de la trianera?- Para darle fuera a su argumento, el desconocido transformo su figura en la estatua de esfinge en el carro de la matrona gitana, para luego retomar su apariencia. -Las Nalini se han movilizado antes de lo esperado y a eso debes mi presencia de nuevo. Llévala al desierto y déjala allí para que cumpla su destino. Ya tu pago se ha dado por adelantado...-

El hombre del parche ladeo la cabeza con notoria confusión, pues no entendía que quería decir exactamente aquel sujeto. -¿Pago? ¿Me vas a pagar tú? Y si es así, ¿Cuánto pagaras? Más importante aún, ¿si te interesa la peliblanca porque no vienes con nosotros?- Las primeras preguntas Necross las hizo esperando desesperar al desconocido, más la ultima la lanzo con toda la seriedad que le permitía el momento, pues era notorio que aquel sujeto algún tipo de relación tenía con la peliblanca. -Tu pago fue quedarte con lo último que quedó de mi familia, Necross Belmont.- Solemne, aunque cortante, el divium retiró su capa. Un par de ojos centellantes lila junto a una cabellera corta blanquecina le devolvieron la mirada al tuerto. Esa misma mirada reflexiva que a veces soltaba su hija en medio de los juegos: -Pero esa chica pertenece a los Sikti y su suerte, por ahora, está atada a ellos.- Advirtió, apuntando hacia la caja donde Amethist reposaba.

El hombre del parche quedo boquiabierto, no lograba formar palabra alguna, y se tuvo que obligar a hablar. -Tu… tus ojos…- Necross quito la mano de su espada, y se acercó medio paso para ver un poco más de cerca al desconocido. -¿Qué sabes de ella? ¿Cuál es la relación entre ustedes? ¡Responde demonios!— El rostro de Necross nunca había mostrado tanta confusión como en aquel momento. El Divium se parecía a Ondine, quería algo con Amethist, quien también se parecía a la dama alada. Habían muchas preguntas que se agolpaban en la mente del tuerto, preguntas que quizás nunca serian respondidas.

El Divium sonrió con nostalgia y cierto dolor. -Compartimos familia, Señor Belmont y por ende tristezas. En nombre de esas dos le instaré una vez más a que no haga omisión de mi suplica y las siga: Lleve a esa humana a las ruinas sagradas del desierto, tan cerca como pueda, y déjela allí. Y evite a toda costa esa daga... – Reparo el alado, señalando las armas de la peliblanca. -Su maldad ahora es más peligrosa de lo que fuera antes, pues ahora su amo también ha despertado.-  Sin entender de que hablaba, el hombre del parche se vio silenciado. -Sé que tiene preguntas, lo entiendo bien, pero por ahora sólo piense en su hija y salir vivo de todo.- reitero el Divium, acercándose a Necross. -Su trabajo, como el mío, no termina hasta que mi hermana regrese... toda ella.-

-¿Tu hermana…?- El tuerto inhalo mucho aire, y dio un suspiro lleno de nerviosismo. -¿Ella es… Ella es Ondine?- Pero el divium permaneció impávido, callado. Con el tronar de sus dedos, el agua se alzó y entró por uno de los ventanales, y volvió a salir sin dejar rastro del alado. Sólo quedó una pluma inmaculada en medio de un charco de agua al tiempo que la tapa de la caja se abría de inmediato, seguido de un golpe seco. -¡Ah!- Recalco Amethist, rascándose la cabeza. -¡Haces mucho ruido y no dejas dormir!-

-No fui yo, fue el viento que soplaba…- El hombre del parche le daba la espalda a la peliblanca, perdido en un mar de pensamientos, mirando fijamente la única pluma que dejo el de ojos lilas. -Claro, el viento.- Refunfuño la peliblanca. Pero al reparar en la actitud del tuerto se repuso pensativa. -¿Pasa algo?- El hombre del parche suspiro una última vez con pesadez, antes de voltear hacia la peliblanca, y con seriedad le respondió. - Atacaron el pueblo Ame, los mismos soldados que interceptamos en el bosque.- Me están siguiendo, el camino delante de nosotros cada vez se vuelve más peligroso.- El tuerto puso ambas manos sobre la caja donde reposaba Amethist, quedando muy cerca de ella. -No es a ti…- comentó la peliblanca, mordiéndose el labio inferior. - Estuve en la Fortaleza... te lo dije. Me buscan de nuevo para llevarme- Acotó con un suspiro y el ceño fruncido: -¡Pero sobre mi cadáver volveré a ese lugar inmundo! ¿Irás a ayudar a la gente del pueblo? ¿Quieren los pescadores volver?-

-Los convencí de no volver, a veces puedo ser carismático.- El tuerto dejo salir una solitaria sonrisa, pues ni él se creía lo que decía. -Escóndete, alguien viene.- Desde afuera el tuerto pudo escuchar los pasos de alguien que se acercaba. Desde el borde de la entrada se apareció Lucio, para informarle a la pareja que pronto llegarían a Dalkia, sorprendido pues nunca antes habían navegado con tanta velocidad. -¡El dios de las aguas hoy está con nosotros!- El hombre del parche le asintió al anciano, y este último se retiró. -Ame, iré a ver como están las cosas arriba.- Comento el tuerto cuando ella salió nuevamente del escondite. -Pronto llegaremos a Dalkia, no es mi primera opción pues allí tendremos que ser más cuidadosos. Ya que si mal no recuerdo, Dalkia firmó una alianza con la gente de la fortaleza. No nos quedaremos ni un segundo de más…- El tono de voz de Necross se notaba apagado, desinteresado, pues no tenía expresión alguna.


-¡Así lo haremos!- Contestó ella de inmediato, como si fuera un llamado de ánimo hacia él. Arrojó una sonrisa y tomó la caja, tapándose. Desde el interior, antes de que él se marchara gritó: -¡TRATA QUE ME BAJEN CON MÁS DELICADEZA O LLEGARÉ SIN NALGAS A DALKIA!- El hombre del parche rio con alegría, antes de contestarle: -¡No es que tengas tampoco!-

-//-

A las pocas horas después de la conversación, el barco arribo en el puerto de Dalkia, Necross bajo una vez más a la bodega, pues Ame debía salir caminando del barco, ya que pensaba que si la veían salir de una caja levantaría demasiadas sospechas. El tuerto espero hasta que el barco se detuvo por completo, y allí recién hizo que la peliblanca subiera a cubierta, a la cual se llevó de la mano. Pero en el momento en que los tripulantes de la santa maría vieron a la peliblanca, el ambiente se llenó de gritos, pues por sus supersticiones les hacían creer que por ella sus familias habían sufrido, que era culpa de Amethist todo lo que paso. -¡Todos sabemos que las mujeres en los barcos traen mala suerte!- Los insultos cada vez se volvían mas fuertes, incluso algunos de los tripulantes se acercaron con violentas intenciones. -¡Deténganse ahí demonios!-  En medio segundo Necross se puso delante de Amethist, con el mandoble desenvainado y atento a cualquier movimiento de los marineros. -Sus estúpidas supersticiones no son más que eso, ¡una estupidez! Lo que paso en el pueblo es culpa mía,  a mí me están buscando.  ¡Yo soy Necross Belmont, fugitivo de Shading! ¡Cualquiera que se acerque a ella se las verá conmigo!- La vena en la frente de Necross estaba enrojecida e hinchada, pues su enojo era más que notorio. Los marineros se quedaron en silencio, y abrieron paso para que el tuerto y la peliblanca pasaran y bajaran del barco, cabe destacar que Necross aun llevaba a Amethist de la mano.

Una vez fuera del barco, y ya con el mediodía sobre las cabezas, el hombre del parche llamo a Lucio para hablar antes de despedirse. -Lamento el sobresaltarme allí, aun buscare a tu gente amigo. Cuando vuelvas de tu viaje encontraras a tu querida Molly sana y salva.- El anciano capitán le tendió a mano al tuerto, pero no dijo nada, ya que el recuerdo de su esposa capturada aun lo hería. La santa maría emprendió nuevamente su camino, dejando al tuerto y a la peliblanca en la ciudad de Dalkia.

El puerto de la ciudad se veía sumamente pobre, las estructuras estaban construidas de madera, una que parecía ser más vieja que el mismo tiempo. En el piso, y cubiertos con sucias telas, los limosneros le pedían dinero a cualquiera que pasaba, pero aquellos transeúntes eran igual de pobres, por lo que no podían ayudarlos. Al momento en que Necross y Amethist comenzaron  a adentrarse por el único callejón que daba al resto de la ciudad, un niño sucio, de unos siete años y al que le faltaban dos dientes, se acercó a la pareja para rogar por una moneda. El hombre del parche lo miro con frialdad y se le acerco con hostilidad y rapidez, el niño asustado retrocedió de inmediato, cayo de pompas, y no logro alejarse a tiempo ante de que Necross lo levantara de la camisa, desde la espalda, como quien levanta un trapo sucio.

-Dalkianos… niño, no lograras hacerme caer ante tu inocencia fingida, yo hacía lo mismo con los turistas estúpidos. Si quieres dinero, busca un trabajo, deja de mendigar. El hombre del parche libero al niño de sus garras metálicas, y este cayó al piso nuevamente, golpeándose el trasero. Y antes de que el tuerto se alejara más, le lanzo dos monedas de plata.

El clima de la ciudad pronto cambio, y el cielo despejado se llenó de nubes, para luego dejar que las aguas cayeran, la lluvia era tenue, pero pronto se volvería más fuerte. El hombre del parche subió su capucha, y evito las miradas que parecían reconocer su ascendencia Shadeshiana. A medida que se alejaban del puerto se volvía más notoria la separación social, pues mientras se alejaban del puerto las calles de tierra se convertían en calles de roca, las casas desarmadas y corroídas por la vejez se volvían grandes casonas, bellas y llenas de detalles, la gente sucia y empobrecida se convertía en galantes caballeros, y preciosas damiselas. Al poco tiempo la pareja llego a la plaza principal de la ciudad, un lugar hermoso, con una gran fuente de agua en medio, y árboles en toda su extensión. También allí se encontraba la atracción principal de la ciudad: la horca. Los seres no humanoides eran colgados, así también los prisioneros de guerra, la gente solía reunirse para ver el espectáculo, así también la reina regente, la cual observaba todo desde su palacio, el cual estaba detrás de la horca y la plaza.

Definitivamente Dalkia no era un lugar adecuado para los turistas y viajeros, a menos de que estos muestren la hermosura de los humanos, diviums, o elfos, pues estos eran siempre bienvenidos. El hombre del parche se quedó mirando la horca, inmerso en pensamientos, pues quizás algún día él deba encontrar su destino allí. Un grupo de soldados en entrenamiento paso por la plaza, cada miembro del pelotón se quedó mirando por medio segundo a la peliblanca, algunos le sonreían, otros más valientes le guiñaban el ojo, pero ninguno se atrevió a gritarle algo, pues el capitán del escuadrón iba justo detrás. -Sin duda pasarías desapercibida entre esta gente. Vamos, busquemos donde pasar la lluvia antes de que me resfrié.-

Posadas habían en el sector acaudalado de la ciudad, pero el hombre del parche le comento a la peliblanca que era mejor volver a los barrios pobres, por lo menos allí las miradas serian menos. Pasaron un par de horas buscando algún lugar donde quedarse, pues los Dalkianos los ignoraban cuando se les acercaban con preguntas, algunos con miedo, otros con desdén. Pero finalmente de tanto caminar, el par dio con una posada, “el dragón durmiente”. El entrar en el lugar no causó sorpresa entre los clientes, estos no se molestaron en ver quien era la pobre alma que se les unía a beber. Una inspección simple de los lugareños hacia entender que la gran mayoría eran antiguos soldados, pues habían varios con vendas en la cabeza, a otros les faltaban algunas extremidades, lo más popular eran las pérdidas de brazos y piernas.

-Tenemos habitaciones y comida, yo cocino. No hay mucho más que decir.- el dueño de la posada, detrás de una barra de madera, le hablo al tuerto apenas este se acercó. El hombre del parche pidió dos platos de comida, y una habitación para dejar secando las ropas. El posadero no tardo mucho con la comida, dos platos de papas horneadas y  un poco de carne rostizada, más dos jarras de cerveza. Necross invito a Amethist a sentarse en una mesa un tanto alejada, dos lugares  a la derecha había un sujeto con una venda cubriéndole totalmente el lado izquierdo de la cabeza, sumido en sus penas y estas ahogándolas en alcohol. El hombre del parche comió en silencio, pues sabía que las paredes tenían oídos.

Después de comer el tuerto dejo un par de monedas en la barra, y subió a la habitación, antes de entrar le advirtió a Amethist que se desnudaría completamente, pues sus ropajes aun estaban húmedos y aquello le molestaba. -Después de vivir entre demasiados hombres y mujeres, el pudor no es algo que me afecte. Espero no te moleste, pero no tengo más dinero como para pagar otra habitación.- Lo primero que hizo fue quitarse las armas, el mandoble al caer al piso hizo un gran estruendo. Al quedar completamente desnudo, el tuerto se ató la gabardina alrededor de la cintura, y dejo el resto de su ropa secando sobre una silla, pensó en que quizás el dueño de la posada tendría toallas para secarse, pero le daba pereza ir a pedirlas. Sin pensar de mas, Necross se lanzó sobre un pequeño sofá, se estiro sobre el, y cerró los ojos, pensando en que pasaría mas adelante.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Mayo 20, 2016 11:07 pm

XI. Noche cerrada


Al quedar sola, de nuevo cubierta con ese olor a humedad y madera podrida, en medio de sal y especias, pescados y otros víveres traídos más allá de las orillas mismas, encontré curioso el que me tomara el tiempo de haberlo hecho reír. Necross Belmont había subido a popa muerto de la risa, haciendo alarde a unas inexistentes nalgas que ya ardían de tanto estar bajo el suplicio del frío o la madera.

Cerré los ojos, y el ataúd de madera que fungía de escondite desapareció de mi mente. No podía evitar que, cada vez que lo hacía, la mente volvía a esa extraña tonada de agua y sal, como si mis venas extrañaran esa sensación de poder flotar, sino volar, sobre las olas en un eterno vaivén. Sin embargo, cuando estaba cerca de lograr ese punto imaginado, un sueño entre el mismo sueño, entonces caía en cuenta que los ruidos crecían en cubierta, pisadas fuertes y férreas, alaridos de machos y jóvenes, las voces recias de los marinos trinaban en mis oídos con sus órdenes flotantes en el aire, aún a sabiendas que ya no habría vuelta atrás para ninguno de nosotros. El Tarangini quedaría en el pasado, así como los gitanos, la fortaleza y cualquier sombra de una vida anterior a la que me esperaba en Valashia.

Sólo hasta ese momento reparé en que alcanzaba la meta que me había sido impuesta desde el momento en que pisara el fango fuera de las mazmorras de Samrat, y aun así, ¡no sabía a dónde ir! ¿Qué le diría a Necross? Mandarlo al demonio podía ser una opción, pero a conciencia sabía que no era la mejor de todas las ideas que se me podían ocurrir.

Quizás era por eso que me tomaba el tiempo de sacarle una sonrisa… el interés nos obliga a actuar aún en contra de nuestra naturaleza o voluntad; posiblemente fuera el recuerdo molesto de un beso que nunca debió ser, aún indeleble en la superficie de mis labios; quizás era la sospecha de que me ayudaban por algo más que simplemente dinero, una condescendencia que parecía ser producto de la pena o la curiosidad más allá de mí. De nuevo cerré los ojos, reconociéndome que a los de él debía parecer un infante inseguro y desprotegido, sino algo peor, una mujer con mente de niño, pues lo cierto era que ni siquiera yo misma podía prever mi objetivo o mis propios pasos. Entonces recordé al caballero, ¿qué sería de esa alma perdida y podrida en un mundo aún más tóxico que la muerte misma? De seguro sus pasos lo llevarían lejos de aquellas cadenas de tortura donde le encontramos, pero sabrían los dioses si sería mucho más lejos de lo que yo había podido llegar… o si no estaría cerca de allí. Apenas me plantee aquella duda epistemológica cuando sentí el fuerte tirón del atranco.

“Seguiré sus pasos… mientras sean de utilidad”, concluí al tiempo que los de él volvían a oírse tras la madera de las escaleras que descendían a la bodega. Aclaró en pocas palabras lo que debía hacerse y, como me lo propuse, lo seguí saliendo a la luz. De inmediato tuve que cubrirme para no sentir que enceguecía con los rayos penetrantes del sol y, aunque él tiraba de mi brazo para avanzar y salir pronto al puerto, no podía dejar de sentir las miradas penetrantes, las injurias y los chasquidos y vociferaciones de los hombres que con asombro seguían nuestros pasos. Las culpas, recriminaciones obtusas, calumnias sobre mi presencia en aquel navío sirvieron para explicar cualquier tipo de desventura sufrida durante el trayecto. Necross intervino cuando el cerco parecía cerrarse con el único propósito de lincharme. Quizás fuera por la presencia del tuerto y esa capacidad de inyectarme valor aún a pesar de las circunstancias desiguales, o simplemente porque una tanda de marineros enclenques distaba mucho de ser una suficiente amenaza para mí, los nervios no me alcanzaron. Con el rostro altivo y la mirada siempre fija en quién me hablaba o me increpaba, nunca dejé que ninguno de aquellos simples me viera con desdén o debilidad. ¡Suficiente tenía con la que ya sentía el bandido hacía mí!

-Sus estúpidas supersticiones no son más que eso, ¡una estupidez! Lo que paso en el pueblo es culpa mía,  a mí me están buscando.  ¡Yo soy Necross Belmont, fugitivo de Shading! ¡Cualquiera que se acerque a ella se las verá conmigo!- gritó finalmente, haciendo que todos se alejaran por temor o asombro, y nosotros no retiramos rápidamente de cubierta, bajando del navío.

Unas palabras entre Lucio y el bandido de Shading me permitieron entender lo que había sucedido en la aldea, o al menos a captar un poco más del sinsabor y enojo de la tripulación hacia la suerte que habían corrido sus familias. Me sentí miserable, pero callé ese remordimiento como otros tantos que empezaban a crecer con el simple ejercicio de la lógica… ¿Y La Trianera? ¿Aramea y los niños? ¿Estarían bien? Un vacío profundo se asentó en el pecho, parte por la culpa y la otra por la incertidumbre de esas vidas que también habían corrido peligro al meterse conmigo. Algo podíamos compartir ese hombre de melena oscura y yo: los infortunios que acompañaban a aquellas almas que con inocencia nos tendían la mano.

Entonces el estómago me crujió, y no fue la primera vez que lo hiciera, mientras más avanzábamos por callejuelas y barriales, dejando atrás el agua y las barcas, más parecía percatarme del hambre que tenía. Poco presté atención al cambio gradual que sufría la ciudadela a medida que avanzábamos, dejando ver más riquezas donde en antes solo había miseria. El agua empezó a caer de los cielos y las gotas de lluvia empezaron pronto a escurrir por nuestros cabellos, rezagos de lo mojados que también iban ya nuestras vestimentas. La mano de Necross se cerraba cada vez más apremiante, a cada paso, casi marchando, incluso pasando por la plaza donde las miradas de más de uno resbalaron contra la indiferencia seca de quién sólo espera hincar el diente sobre una comida caliente.

-Sin duda pasarías desapercibida entre esta gente- comentó.

-¿A quién le interesa eso cuando hay hambre de por medio?- refunfuñé, visiblemente fastidiada entre la humedad, las ganas de comer y el anhelo de un lugar para descansar.

Sin embargo, no sólo se trataba de eso, aunque lo ignoraba y sólo dejaba que él guiara; lo cierto es que estaba cansada, con las piernas aún entumidas de tantas horas aguardando dentro de la caja de madera, y con la sensación de que pronto tendría que encarar la triste verdad de todo ese esfuerzo: Dalkia, Shading o cualquier otro lugar que yaciera en la tierra de Valashia no traía nada a mi mente, ningún recuerdo, ningún objetivo, nada…

-Tienes razón- asentí: -busquemos un lugar donde refugiarnos de la lluvia.

Pero apenas si empezábamos a probar de la maldición que habíamos acunado desde el barco y nos perseguía sin darnos cuartel. Por orden de Necross, dimos media vuelta, adentrándonos de nuevo en los callejones sucios y maltrechos de los barrios empobrecidos, pero en cada lugar donde parábamos, a cada palabra que salía del tuerto, la respuesta siempre se cernía sobre el rechazo. Parecía que ahora cargábamos con una nube negra a nuestras cuestas, el cuervo de los malos augurios o como bien rezara la Trianera, la paja estorbando en el único ojo del pobre. Las mejores respuestas que logramos yendo de posada en posada, de cantina en cantina, por hostales y prostíbulos, fueron cuando los dueños negaban las peticiones con total fastidio. Y todo era gracias a él, pues apenas si reparaban en mí.

-Parece que te estiman demasiado en este lugar, ¿no? –bromee con cierta maldad, una sorna que se me daba bastante bien cuando él sabía fallar una y otra vez.

Su cara de fastidio fue el premio al sarcasmo, aunque también el punto de cierre de nuestro paseo bajo la lluvia y la mala suerte que nos seguía los pasos. Entramos a un establecimiento, cuya fachada tallada de piedra y ladrillo exhibía un letrero donde se leía “El dragón durmiente”.

El dragón durmiente:


Al ingresar, el vaho de humo y tabaco, sumado a un calor propio de las chimeneas de la cocina y los lugareños que estaban dentro del establecimiento, nos dio la bienvenida. Era lo que necesitábamos en ese momento, al menos contra la humedad de nuestras ropas y el frío de la noche que entraba.

Las miradas de todos los que allí se encontraban tomando, jugando, discutiendo, o simplemente sentados en la barra disfrutando de sus pensamientos, poco o nada siguieron nuestros movimientos o los signos de cansancio del rostro con el que nos presentábamos. Sin embargo, y a pesar de la decoración, el ambiente campestre, las vigas de madera, los cuadros de cacería o el olor a comida ahumada, el lugar era deprimente: hombres mutilados, torturados, soldados en su mayoría llegados de unas guerras de las que no habría victoria o derrota suficiente para justificar el dolor o las perdidas. Esa era la triste historia de aquellos al servicio de otros tantos, la mayoría sin el rango de visión para darse cuenta que eran títeres a merced de un poder que no les daría compensación alguna por su tormento; sacrificios vacíos. En sus caras taciturnas y decadentes se leía el sinsabor de la perdida así como el abandono. Pero todo quedaba nublado tras los tragos, la música y el juego.

Necross se presentó al que parecía el dueño del local y éste, de manera sorprendente, aceptó la solicitud, lo que tomé como el fin de nuestras calamidades, pues era el primer rayo de esperanza desde que llegáramos a Dalkia. Un par de palmadas al aire me sirvieron para expresar un “Al fin” que me salía desde el profundo del alma cansada.

-Tenemos habitaciones y comida, yo cocino. No hay mucho más que decir.

“Cierto, no hay más que decir”, pensé para mis adentros, estrechando las manos al seguir con la nariz el olor de los fogones, pero rápidamente volví a la tarea en busca de un puesto para los dos. Al encontrarlo, ni más me senté, cuando reparé en que una banda de músicos trovadores acompañaba la noche con tonadas diestras, apenas para acompañar el aire funerario del lugar. ¡Cómo extrañé en ese momento a la gitanería y sus cantos y trinos de libertad! Aunque juraría ante la Trianera que aquello no era música, bien podía apreciar al guitarrista y la flautista…

La comida no se hizo esperar y apenas saboreé el primer bocado, nada me detuvo de continuar sin pausas hasta finalizar el codillo de cerdo que tenía entre dientes. Jugoso, delicioso, apenas con un poco de grasa corriendo sobre la costra endurecida, bañado en especias con una salsa que de seguro era hecha con base en verduras y más condimentos, le dieron un toque estupendo. La cerveza remató la comida, digna de reyes, luego de varios días de sopas y otro tipo de alimentación, quizás más saludable, pero menos interesante.

-Wäs häst dü dä? (¿Qué traes ahí?)- oí y con la mirada inquirí los rostros cercanos para ver quién hablaba. Aunque Necross poco parecía dado a la conversación, se notaba que también estaba disfrutando de su comida. Yo por mi parte, levanté un poco el rostro, meneando de a pocos la cabeza con el son de la música, aunque poniendo atención a lo que se escuchaba.

-Ës ïst ëin Gëshënk vöm Süd! (Un regalo del sur)- respondió una segunda voz, más aguda pero fría que la anterior.

-Ünd wärrüm häst dü däs mït dïr hingëbrächt? (¿Por qué lo traes consigo?)

-Eïnë Übarrashüng! (¡Es sorpresa!)- expresó con frialdad, casi desprecio.

La conversación poco o nada me interesaba, sin embargo, lo que me hizo saltar el corazón y darle un vuelco mientras comía, era el hecho de que pudiera seguir el paso a esa lengua, la cual no era la primera vez que oía, pero sí me era incomprensible el explicar por qué la entendía. La pareja siguió hablando aún más bajo y pronto Necross se puso en pie, dejando el plato vacío y la jarra apenas con un poco de espuma en el fondo, mientras me instaba a seguirle. Sólo había alcanzado para una habitación y, haciendo la salvedad de que quería dejar secar sus ropas, entramos al lugar: yo en dirección al baño y él… él hizo lo propio.

Al volver, una sombra en el sofá y unas prendas desperdigadas por todos lados me dieron a entender que el tuerto ya estaba en su quinto sueño. Retiré las botas, la camisa y los pantalones, todo empapado por la lluvia del día, además de impregnados con ese olor a pescado y mar propio de las cajas del embarque. Las botas y mis accesorios, así como las armas, los dejé en una esquina, al lado de la cama, pero la ropa quedó igual de desperdigada a la del tuerto, como si ambos estuviéramos destinados a tener un desorden de hogar, una marranera por domicilio doméstico. La daga fue la única que nunca abandono mi lecho, ajustada al cinto, junto a la ropa interior.

-Debe ser difícil ser el líder de una pandilla de ladrones…- comenté, recostada en la cama, mirando hacia el techo, más para sopesar si dormía que para saber su opinión sobre aquella estúpida idea.


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:24 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Jue Mayo 26, 2016 3:44 pm

El sofá era incomodo, la gabardina estaba húmeda, y la noche cada vez se hacía más fría. Si bien Necross estaba profundamente dormido, la incomodidad pronto llego a su cuerpo, y es que tontamente se quedó dormido con la gabardina entre sus piernas aun húmeda, no a propósito claro; El hombre del parche no supo jamás en que momento de la noche se durmió.  Pero poco a poco los movimientos sobre el sofá se hicieron más recurrentes, quizás el tuerto tenía un mal sueño. Pero no eran pesadillas las que sufría Necross, el hombre del parche comenzó a sentir incomodidad por el frio del ambiente, por su ropa húmeda, y la dureza del sofá.

Y como lo único que podía hacer Necross para aliviar su malestar era quitarse la gabardina, la cual lanzo al piso sin preocupación, hasta que recordó a su compañera de habitación, y el sonido acuoso que hizo la gabardina al tocar el piso asusto al tuerto, pues no quería despertar a Amethist.  Entonces intentando mantener el ruido al mínimo, el hombre del parche se puso de pie, y comenzó a buscar entre los muebles de la habitación algo con que cubrirse del frio. Pero con la oscuridad de la noche era casi imposible ver más allá de la palma de la mano, el tuerto solo podía ver sus muslos blancos en medio de la oscuridad. Y el silencio de la noche se vio interrumpido por las palmas del tuerto tanteando la madera de los muebles, y un grito ahogado que hizo cuando golpeo una de sus rodillas con el borde de una pequeña silla. -Malditos sean todos los dioses que conozco. Y los que no también.- Maldijo en un susurro, mientras se sobaba la piel golpeada.

Eventualmente Necross encontró una cobija, una piel de algún animal que se sentía caliente. El hombre del parche una vez más regreso su camino hasta el sofá, para golpearse nuevamente  antes de recostarte, y por supuesto, maldecir de paso. Y mientras él maldecía, el movimiento en la cama de dos plazas se hacía más evidente,  y recortada en la oscuridad la silueta de una mujer estirando los brazos y restregándose los ojos se alcanzaba a ver.  -Bonita hora para masturbarse.- Dijo Amethist, con una voz notablemente molesta.  -¿Qué? Si quisiera sexo hubiese ido a buscar a alguien afuera. Esta parte de la ciudad es conocida por sus mujerzuelas.- El hombre del parche por fin se recostó en el sofá, se estiro, y termino escondido con la piel de animal.

-Eres muy ruidoso... estarías mejor con una de ésas, así te aguantan los ruidos-  El refunfuño de Amethist se podía escuchar al tiempo que se encogía hasta quedar en posición fetal. -Ellas pagan para hacerme creer que aguantan. Tu no estas pagando, así que de malas.- El habla del tuerto se notaba divertido, pues aunque estaba cansado, le entretenía fastidiar a la peliblanca. - ¿Ellas pagan?... ¿¡Qué clase de putas hay acá acaso!?- Recalco burlona, ya claramente despierta. Necross pudo notar desde la incomodidad de su sofá como ella se incorporaba, parecía también que se protegía el pecho con la fina seda de la sabana, quizás por si el tuerto lograba verla. -Te pagaré- dice seria: - cuando llegué a mi destino lo haré... Ahora, dime, ¿qué crees que pasó en la cabaña donde me encontraron los aldeanos? ¿Qué crees que había allí?-


Pero la actitud de Necross demostraba cierto desinterés, pues se notaba en su voz. -No se… Necesito más detalles de lo que viste, Ame.- Necross no podía verla, no claramente ya que estaba muy oscuro. Por ello supuso que ella tampoco podría verlo, como ambos estaban privados de una visión total, en medio de la conversación se pudo escuchar la fricción de una mano contra una cobija. Era Necross, quien tenía su mano izquierda en la entrepierna, rascando con cuidado,  buscando relajación como todo homb¬re lo hace. - -Tenía ojos amarillos, como los de un reptil, con la piel de escamas, quizás morada, pero cambiaba a tonalidad cobriza por momento... Los gitanos hablaban que más allá de la tierra de los elfos hay un lugar de muerte, un agujero donde solo la maldad ronda... ¿Crees que realmente existan los demonios?-. Se podía escuchar como ella recogía las piernas, parecía abraza a ellas, también que miraba a la ventana. -Si existen... creo que eso es lo que estaba allí.-


-Claro que existen, de hecho entre los alas negras hay una demonesa. He escuchado las historias, de que son seres malignos y despreciables, pero también he oído historias de humanos malignos y despreciables. Lo que quiero decir, es que no todos son iguales. Pero supongo que aquel ser que encontraste es un demonio, no conozco raza que se asemeje a eso que dijiste.-  El hombre del parche en algún momento se olio  los dedos con los que se rascaba, y al no encontrarlos con olor a sudor ni entrepierna, continuó tranquilamente con su tarea. –He oído también de que son muy poderosos… aún no sé cómo sobreviviste a uno.-

-Tal vez no soy tan débil como crees que soy.- Chistó con una media sonrisa socarrona: -Pero lo cierto es que éste era vil, pues cuando llegué recuerdo claramente cómo degustaba de la sangre de ese bebé, como si estuviera en medio de un ritual... – se sentía estremecer, y como la voz se le cortaba: -La verdad, Necross... es que no tengo idea a donde debo ir- Y eso último le suena liberado, como si hacía mucho estuviera rondando el cómo decirlo. -No dije que fueras débil, solo que no sabes pelear.-  Y el tono de Necross de súbito cambio de risueño a irritado –¿Cómo que no sabes? ¿Estamos caminando sin rumbo?-  El hombre del parche se incorporó, buscaba la silueta de Amethist en la oscuridad.

-Dije Valashia, tuerto- Repite ella, cansina: -Pero dentro de mis planes nunca tuve claro el punto... y ahora que me encuentro acá sólo sé que es un lugar muy grande...- Agrega con desgano, rascándose la cabeza, aunque se le asoma una sonrisa como si hubiese hecho una diablura.  -Estamos en Valashia, y yo no seré tu niñero por mucho tiempo. Si no tienes un lugar en mente para mañana volveré con los alas negras. Le prometí a Lucio que liberaría a su gente…- Necross, con notable enojo, volvió a recostarse, escondido en la cobija.  Ella vio la sombra de él al recostarse y calló por un tiempo. -¿Alguna vez has tenido la impresión que estás perdido de ti mismo? ¿Que la persona que eres es la sombra de algo más... algo que en vez de guiarte, te hace perder más?- Susurró, no estando segura de que él oyera, más como para ella misma, tapándose el rostro con el pelo hacia un lado, aunque sin dejar de buscar el cielo a través de las ventanas.  -Todo el tiempo Ame, todo el tiempo me siento así.- Con una voz un poco más comprensiva, más calmada, amable, el hombre del parche le respondió a la peliblanca, como si fuera su hija con quien hablaba. –Entiéndeme, hay muchas cosas en juego últimamente. Te ayudare en todo lo que este en mi poder para que te encuentres, pero hay un límite en las cosas que puedo hacer.-

-Es comprensible, Necross... Sé que prometiste ayudar a los aldeanos. En mi corazón aún tengo la mirada de la Trianera antes de partir, y sé que esos ojos escondían algo: el miedo... Pues el día que nos conocimos en la gitanería esos soldados fueron amenazados y bien saben los gitanos que ante la fuerza de los nobles de Naresh no tienen manera de resistir...- Se rasca de nuevo la cabeza y luego, despliega las piernas cansada de la posición continúa: -¿Cómo es que alguien bandido es tan pésimo bailarín?-

-Porque dah, no soy bailarín.- Necross volvió a acomodarse en el sofá, cubriéndose más con la cobija. -Ya duérmete, mañana será un largo día.- El mal que podría caer sobre los gitanos era directamente culpa del tuerto, él lo sabía, fue un error revelar su nombre ante los soldados de Waltz. Aquello solo fue una victoria momentánea, y aquel pensamiento podría mantener a Necross despierto toda la noche. Ella se acostó también y dio varias vueltas en la cama. El tiempo pasó, quizás poco o quizás mucho, al menos para ella, y volvió a incorporarse pero esta vez tomó la sabana y toscamente se envolvió en ella, al ver a Necross susurró algo, para sí, y luego se sentó sobre él. Se acomodó ágil, sobre un lado de su cadera y desde arriba lo miro, mientras hablaba, como recitando: -Aun no entiendo...  ¿por qué no puedo dormir? ¿Por qué cuando te veo sonrío?, ¿Porque cuando me hablas de manera cortante no me enojo… ¿Qué tienes? ¿Cuál es tu magia? ¿Qué me has hecho? … ¿Qué es lo que me haces sentir?-


Amethist  atrapo a Necross con la guardia baja, pues este no se dio cuenta, ni vio venir el momento en que ella se le subió encima, mucho menos pudo hacer algo para detenerla, pues estaba mucho más que sorprendido. Instintivamente las manos del tuerto subieron hasta la cintura de la  peliblanca y allí se quedaron, pues la sentía conocida, como si aquella piel ya hubiese sido tocada por él. -¿De qué hablas? ¿Amethist? Bájate y  ve a dormir…- Ella se le quedo mirando, en lo que parecieron ser horas en vez de segundos, sin saber si lamentar todo el impulso o seguir sin más. En ambos casos no tenía qué perder: -¿Qué te pasó?- Dejó escapar suave, acariciando el parche pero negándose a dar explicaciones o disculparse. -¿Qué me paso? ¿¡Qué demonios te pasa a ti mujer!? ¡Qué te bajes!- Y esas manos en la cintura se movieron hasta quedar debajo de las costillas, donde con un poco de presión de la mano izquierda, la mano carnosa, el hombre del parche le hizo cosquillas a la peliblanca hasta hacerla desesperar.

Ella lo miró, entre atraída e indecisa, pero al sentir la presión en sus cosquillas de inmediato rompió en carcajadas. -Tú... Idiota... suéltame...suel…ta...- Pero se detuvo de repente. Apretó sus piernas, lo suficiente para con el impulso golpear los genitales del tuerto, y de inmediato suponer lo que eso significaba... -Lo... lo siento- Dijo, pero era una extraña mezcla entre reír, lamentar, volver a reír y querer carcajear.  Y cuando la peliblanca termino de reír, el hombre del parche la tomo de la cintura nuevamente, pero esta vez para levantarla y quitársela de encima. –Ya vete a dormir, aun debes pensar donde iremos.- Para el momento en que ella estaba de pie, Necross le había dado la espalda, para terminar tapándose hasta el mentón con la cobija. Ella se alejó, cubriéndose con la cobija se retiró riéndose, acomodándose sobre la cama: -Duérmete, tuerto- dijo aun entre risas, pero ella se quedó allí, sentada y con la mirada perdida.

La noche se hizo corta, por lo menos así fue para Necross, ya que con la cobija sobre su cuerpo logro minimizar el frio que sentía, permitiéndole una buena noche de descanso. Y aunque se le hizo difícil dormirse después de que tuvo a la peliblanca encima-pues no es de piedra y como toda persona sexualmente activa tuvo una erección al sentir su sexo contra el de ella-no le fue imposible. Pero al despertar noto la cama vacía, ni Amethist ni sus ropas o armas estaban en la habitación. El hombre del parche se sentó en la cama, se rasco la cabeza y el torso, y procedió  a vestirse, con suerte la peliblanca estaría aun en la posada.

Y suerte tuvo, pues encontró a la peliblanca hablando con unos sujetos, una sonrisa cariñosa se dibujó en el rostro de Necross cuando la vio hablando, contenta. Pero su sonrisa pronto se transformó en un gesto terrorífico, pues su cara se deformo al punto de parecer acongojado. La peliblanca hablaba en lo que parecía ser elfico con su compañía, y el tuerto poco entendía ya que de aquel idioma solo conocía algunas palabras. Pero las palabras que le hicieron ir hacia Amethist con presteza para regañarla las había entendido bien.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Dom Mayo 29, 2016 11:29 am

XII. Huida a ritmo de flautín


-Duérmete, tuerto.

Lo dije divertida, aún con cierto tono de risa y ganas de bromas. Esa era yo, o al menos así parecía recordarme de los días pasados con los gitanos y sus saraos. En el cuerpo sentía aún el picor almendrado de piel que se atrae y se repele, pues en cada segundo del insólito abordaje había discutido con las fuerzas del hacer y el deshacer. Al final lo había hecho, más por instinto que por convencimiento, y aunque en su rostro leí la confusión, por la fuerza de su agarre tampoco me sentí negada. Mi piel reconoció sus manos, aunque yo poco podía adivinar porqué la sensación era tan familiar. Y es que en ese segundo que lo miré, antes de hablarle, antes de todo, me pareció que dejaba de ser yo para tomar la forma de una sombra pasada, un alguien carcomido de hielo y frío pero imbuido de un amor que se respiraba sin tiempo, eterno.  

Quise correr y perderme en bosques de árboles frondosos como hiciera recién llegara a los primeros carromatos de la región. Pero ahora la alborada cercana a Naresh se encontraba a 2 días de camino, más allá de las vertiginosas corrientes del Taringini, la naturaleza era diferente, el clima tan podrido como las ganas de ayudar que tenía la gente, y en el fondo, desde que arribamos a aquella urbe de diferencias sociales tan marcadas, el trato que había merecido el tuerto como las miradas que le lanzaban, dando a entender que era un forastero, o peor, un indeseado, me habían llenado de una extraña sensación de inseguridad.

“Necesito largarme de acá”, pensé, apretando la sábana a mi cuerpo como si con ello pudiera salir volando del lugar.

-Con tal de que te alejes de ese mugroso, lo que sea- contestó aquella voz melindrosa, chillona: -Es tóxico.

Arrugué el ceño, pues sus palabras más que curiosas me parecieron ajenas, como si no fuera la misma.

Aunque estaba desnuda, apenas cubierta por la cobija, el cinto con la daga era lo único que aún vestía. No era casualidad. Ya había descubierto desde la fortaleza que era inseparable de mí, imposible de desligarme de ella como si de un tumor incubado se tratara. Pero jamás había sentido que algo la reprimiera. Habían pasado días sin que su voz retumbará en mi mente y ahora, como si por fin despertara de la duermevela, volvía a acosarme.

“Ahora apareces”, increpé.

-Dudo que extrañaras mi presencia.

Exasperada la encontré, sino quejosa.

Los pantalones que aún no aparecían, quedaron postergados mientras vestía la camisa. Las botas junto a las armas no eran problema, pero entre la ropa desperdigada en el suelo y la oscuridad cerrada de la noche, resultaba difícil identificarlos. La respiración de Necross se oía acompasada, relajada; al fin parecía que encontraba el sueño que buscaba.

“¿Dónde los dejé?” me dije, tanteando con la mano las telas, esa textura propia entre cuero y poliéster, pues parecía que el sentido del tacto me funcionaría mejor que el de la vista.

-A tu espalda, cerca del sofá, estúpida alada- azaró la voz con tono chillón.

“¿Alada me llamó?” Volví a arrugar el ceño, pero más profundo; efectivamente allí estaban los pantalones, dónde la voz señalaba.

Los tomé y pronta terminé de vestirme, asegurando al cinto tanto el estoque oxidado como la daga. Tomé el carcaj sin apuro y antes de colgar el arco, me detuve a mirarlo. En el resaltaba unas luces pálidas, plateadas, de un brillo único que, al contacto con la luna, parecían encenderse. Por suerte siempre había traído consigo la capa con la cual cubría mis posesiones más preciadas como también mi cabello particular. La corta experiencia fuera de la fortaleza me había enseñado que no muchos portaban cabellos como el mío, o al menos no de tal intensidad. De reojo también observé a Necross, su respiración pausada y calmada me hizo pensar de nuevo en abordarle, pero me retuve: “un juego a la vez”, me dije mordiéndome uno de los labios. Y salí del lugar, sin hacer ruido, sin dejar notar cada uno de los pasos, en dirección incierta, a donde el instinto me dictara avanzar.

Pero, ¿y luego qué haría? Desconocía la ciudad o incluso sus peligros. La experiencia con aquellos comerciantes de Naresh me había enseñado lo fácil que podía ser terminar en malos pasos, confusiones o simplemente siendo llamada ramera por más de un borracho. El sólo recuerdo me hizo sentir huraña pero bien sabía que la razón para no dormir era la incertidumbre por lo que le diría al tuerto sobre nuestro destino final. Él, aunque en ocasiones siendo un dolor en el trasero, había cumplido su palabra, mientras que yo aún no definía mi meta. ¿Qué le diría?

Una extraña punzada sentí en el abdomen, entre el estómago y los pulmones pues, hasta ese momento, no había pensado en la despedida, ¡y menos en el pago! La verdad es que pasaba un buen tiempo con el tuerto. No sólo era ese aire de protección que emanaba cuando estaba cerca, sino la impresión que, muy en el fondo, podía entender sus tristezas sin que tuviera que decirlas.

Suspiré antes de bajar las escaleras, pues ese fugaz pensamiento con el hombre de gabán ocultó lo que poco a poco se fue revelando como sonidos de fiesta y baile. ¡Yo era experta reconociendo aquel jolgorio! Aunque al comienzo eran solo tambores, pronto un violín solitario se sumó en un artilugio de virtuosismo rimbombante. Tonadas relajadas, quizás impregnadas de una nostalgia casi marina, asociada al Tarangini y en homenaje a hombres sin hogar, sin ley y sin posesión alguna, el violín las convertía en fantasía para taconear y brincar. Historias de viajeros sin letra y sin candor, pero aun así de belleza magnífica.  

Como en las noches de la gitanería, imaginé que aquellos sonidos estarían abordados por millones de pasos danzantes, siguiendo el ritmo de la música; pero estaba mal, muy mal. Al asomar el rostro, el lugar estaba casi desierto. Sólo el tabernero miraba embobado a los músicos, mientras éstos hacían sus maromas de artificio.


Al verme el de los tambores, con un movimiento de cabeza me animó a continuar. Era un joven que a simple vista no podía pasar de la veintena, sin embargo su mirada estaba impregnada de esa experiencia que sólo es posible rastrear en los viejos o sabios. Sus orejas puntiagudas, tras los cabellos oscuros de corto porte, le catalogaban dentro de la familia élfica, pero no de alta cuna, sino uno de los silvestres, quizás un cazador. Plumas de diferentes tamaños y colores adornaban sus ropajes, como también algunas líneas pintadas de colores sobre su rostro curtido, aunque perfecto. Con aquella música, mis pies apenas si se resistían a seguir aquellos ritmos, pues muy en el fondo, mi sangre clamaba por repetir los movimientos que había aprendido con los gitanos, en medio de noches de música e hidromiel. Las caderas imploraban la agitación del arte de Terpsícore.  

Sin embargo, yo seguí clavada a la entrada de la posada, mientras el tabernero, un hombre de sonrisa extraña y mirada inquisitiva, se acercó con un buen pote de cerveza y algunas almendras:

-La noche es joven, bonita, y bien se puede quedar a acompañarnos. Los elfos son seres extraños, pero nadie podrá negar que éstos que visten como malandros, son buenos en su arte de divertir a los demás. Siéntase como en casa, lindura- y alargó el vaso rebosante de espuma.

Apenas agradecí el gesto con la cabeza, pues bien veía que no había intenciones de cobrar, y como por su propia voluntad me la había ofrecido, poco o nada recibiría a cambio. ¡Acababa de perder el pago de una cerveza por hacerse el casanova!

-Pendejos todos- susurró la voz de siempre: -pero pronto tendré hambre…

Rodee los ojos, sabiendo lo que eso significaría. Pero no fui la única que pareció advertir mi nerviosismo pues de inmediato la música paró y tanto el de los tambores como el del violín se acercaron a nosotros.


-¿De dónde sois, damisela?- preguntó el violinista, otro elfo cuyo cabello se encontraba todo cubierto por un pañolón y sobre salía por una gran cicatriz que le atravesaba el rostro.  

“¿Qué demonios contesto?”, me recriminé con nerviosismo.

-No la verdad en todo caso- contestó la voz risueña, aunque aún quejosa.

-De Naresh- espeté, echando un sorbo más de la bebida.

-No lo parecéis, joven humana- contestó el otro y mirándose los dos, éste completó: -Sö schöne ünd Hübsche sïnd nïcht dïe Menshën Fräuen, ödër? (Tan bellas y buen mozas no son las mujeres humanas, no?)- preguntó burlón.

-Däs ïst viellëïcht, wëil sïe këine ëchtë Fräuën gekännt häbën, ödër? (eso es porque no conocéis muchas mujeres en general, ¿no creéis?)- respondí, apenas consiente del cambio de lengua.

Tanto el tabernero como los otros dos hombres pararon en seco sus bromas, estudiándome como si de un enemigo me tratará.

-Sprëchën Sië dië Ëlvën Spräche? (¿Hablas el elfico?)- indagó con incredulidad el elfo de los tambores, sujetándolos con fuerza.

-¡Mierda de idioma!- aventuró de pronto el tabernero: -Pensé que no sería el único ahora en tener las mismas dudas y ahora resulta que la bonita también lo habla. ¡Nunca me había sentido tan inculto!

-Lo hablo- dije cortante, un tanto insegura por el tipo de preguntas que podrían aventurarse. Aquellos dos eran unos completos extraños y la cara de perplejidad del tabernero no me permitía tener tranquilidad. Sin embargo, para mi sorpresa ambos elfos sonrieron entre sí como si confirmaran una lejana sospecha.

-No perturbaremos más a nuestro anfitrión. Su cerveza es la mejor de Dalkia y nos ha atendido como reyes, así que amigo Clerk, no os sintáis subvalorado o inculto, que tierra de brutos el que tiene el alcohol es rey.

El elfo con el pañol guiñó rápidamente y tomando de los tambores del otro un flautín lo lanzó en mi dirección.

-Todo el que tiene contacto con los longevos ha de saber el arte de Morderkaiser, así que vamos, adelante peliblanca ¡Baila! ¡Toca! Honremos a aquellos que viven del arte de los sonidos.

Música:

Tomó su violín y lo ajustó a su barbilla, aunque poco a poco iba cayendo sin pasar de su esternón. Las cerdas de su arco se pasearon por las cuerdas de tripa, y sus dedos danzaron primero que todo lo demás, en un ritmo similar a los anteriores, nostálgico pero dinámico, una danza saltarina en la que encontré que podía no sólo bailar sino seguir con melodías que pronto se dibujaron en mi mente.

Entonces soplé y la música se hizo una. No era la primera vez que tenía un flautín y aquello lo supe desde el momento en que lo tuve en mis manos, balanceándolo y cubriendo sus huecos antes de comenzar a tocar. La melodía principal del violín me daba el mapa de sonidos que debía interpretar, mientras los tambores marcaban las entradas de ambos instrumentos, como la pulsación que poco a poco mis caderas acompañaron.

No sólo fue hacer música, era bailar, sentir, vivir como uno las tonadas más allá de solo el sentido que afecta: el oído. Y entonces recordé a la Trianera, Aramea, los pequeños, incluso el ladrón de mulas por el cual terminé una estadía amena entre gentes de vestidos de colores. Ahora era diferente, toda de negro sin mayor brillo que el ofrecido por mis cabellos de plata, pero aun así, sentía que con la música relucía sobre todo lo demás. Entre vueltas, risas, ritmos y movimiento de todos, hicimos de la noche una obra de arte.

¿Cuánto estuvimos tocando? Hasta que el sol asomó y se elevó. ¿Hablamos o conversamos más? Sí, por supuesto, en la música que entre todos construíamos a la sombra de las bebidas que iban y venían de manos del tabernero.

--//--

-Ünd mït wëm bïst dü däbëi, Fräulëin? (y, ¿con quién va siempre, señorita?)- inquirió el elfo de los tambores, vistiendo de nuevo sus armas, ya cuando los pájaros parecían anunciar el llamado de la mañana.

El tabernero, caído sobre la barra de su establecimiento, parecía dormir desde hacía horas mientras la música aún seguía. No parecía notar que la mañana ya despuntaba y que la fiesta de música y baile había terminado.

Por mi parte, sudaba. Las gotas se agolpaban en la frente como en la nuca, mientras que debajo de la camisa, sobre la piel de la espalda, podía sentir como el sudor seguía su camino en línea recta hasta perderse en los pantalones. ¡Incómodo!

-Ïch rëisë mït ëinës Shadings Söhnës, dër Necross Belmont hëisst! (Viajo con uno de los hijos de Shading, quién se conoce como Necross Belmont)- respondí.

Y fue decirlo para que a mis espaldas retumbara la voz del tuerto, indignado, sino alertado.
   
-¿Qué demonios estás haciendo Ame? ¿¡Porque les dijiste mi nombre!?- susurró a mi oído, aun enojado.

-¿Qué tiene de malo?- le contesté, aun con el aliento cortado por el baile: –Ellos no son de acá, son elfos viajeros, poco les importa la situación que se viva en estas tierras… creo- y allí empecé a dudar.

-Ellos no, pero si el resto de la gente que acaba de escucharte…- y con un movimiento de su ojo, Necross me incitó a ver alrededor, pero el tabernero seguía en la misma posición decadente en que quedó en medio de la noche. –¡No puedes ser tan confiada! Nos vamos, apresúrate.

Con un movimiento de cabeza me despedí de los elfos, quienes parecieron entender el pleito de celos que armaba la joven pareja, aunque en sus rostros quedaba la expresión de una duda desvelada; devolví la flauta y, aunque el de la barra seguía aún en su lugar, con una respiración extrañamente forzada, igual le dejé un par de monedas a su lado, en pago por las cervezas que en buen momento nos había ofrecido.

-Vayámonos. Estoy lista- comenté, apretando el paso como el arco, siguiendo a Necross.  

-¿Y bien, adónde vamos? Supongo recuerdas nuestra conversación de ayer- refutó el tuerto mientras caminaba rápido, siguiendo el camino de la salida oeste de la ciudad.

-Lo sé, pero...-. Las palabras se me quebraron: no sabía cómo decirle que aún no tenía idea de la meta que perseguía.

-Amethist demonios, no podemos ir por ahí sin rumbo. Tampoco puedes ir diciendo mi nombre por ahí. ¿Sabes acaso lo que aquí le hacen a los Shadeshianos?- Y entonces el tuerto tomó un respiro para calmar su enojo: –El desierto, Xerxes, ¿te da alguna idea eso?

-Ninguna idea tengo de qué son los shades… ¡qué gentilicio tan difícil de pronunciar!- refunfuñé ya otra vez entrando en ese trance de malestar y malgenio que nacía cuando él comenzaba a tratarme como si aún oliera a pañales. Respondí feroz y a punto de añadir algo más de mi propia acidez cuando a nuestras espaldas, antes de alcanzar la plaza central una voz conocida gritó:

-¡ES ÉL! ¡GUARDIAS!… ¡ES ÉL! EL BANDIDO DE SHADING… ESE BELMONTE O COMO SEA… ES ESE… ÉSE GREÑUDO CON LA MUJER DE OJOS GRISES ¡ATRÁPENLO…!

Al voltear, no pude evitar una mezcla entre horror y enojo al reconocer al porfiado tabernero entre una centena de guardias, armados todos hasta los dientes.

-¡Demonios peliblanca!-advirtió Necross, apretando los dientes y yo me sujeté por instinto de su mano, corriendo ambos entre el mar de gente que nacía en la plaza central con el mercado matutino.

Las personas se arremolinaban alrededor de nosotros, algunos buscando con la mirada y otros reconociéndonos como los fugitivos que perseguían unos soldados torpes por sus armaduras a unos cuantos pasos de nuestro alcance. Por instinto, o quizás con la plena convicción de que aquellas eran las maneras que había aprendido en la corta estancia con los gitanos, estiré por doquier la mano, atrayendo hacia mí diferentes artículos, sin que sus dueños se percataran de la falta. Robaba abiertamente y a plena luz del día, pero ante la necesidad y la oportunidad, me importó poco hacerlo.

-Toma… ponte esto- añadí jadeante, repuntando la carrera, para colgar sobre el rostro de Necross unas lentillas en rojo encendido, mientras correteábamos por entre las personas sin salir de los linderos de la plaza, siempre con la cabeza gacha y tratando de perder nuestras figuras entre la masa. Para ese entonces, yo ya me había cubierto el cabello y el rostro con un manto, propio de las mujeres del desierto. Con esfuerzo podía respirar entre el calor húmedo del día y la carrera, pero resultaba útil pues los ojos eran lo único que se veía de mí a través de la burka.

En ningún momento nos detuvimos. Entre una y otra cosa que tomaba de aquí o de allá, iba adecuando a Necross, mientras ambos ralentizamos de a pocos el paso. Corríamos en círculos al comienzo, y luego fuimos ampliando más el rango, entre cada uno de los puestos del bazar. En medio de todo, esa había sido nuestra suerte: era un día de mercado y los puestos de los comerciantes rebozaban de artículos diversos. En ese momento era visible la riqueza de la ciudad, como también la desigualdad.

El tuerto parecía haber captado la línea de plan: perdernos de vista entre la marea de gente. Y aunque no era fácil ocultar a un hombre como el bandido de Shading, con los lentes, un poco de grasa para aplacarle el pelo, una coleta, un chal que aún conservaba el olor de la abuela que lo portaba, y el toque final: harina para blanquecer esa piel quemada por el sol, el nuevo hombre, parecía un aristócrata con pésimo gusto para la moda. Su mandoble era el sello que lo distinguía entre muchos, pero aun así, no era el único: guerreros y viajeros se daban cita en el puesto de comerciantes.

-No paremos de andar, aunque… debo decir que quedaste bonita- burlé en medio de la carrera, doblando una esquina sintiendo la respiración de los soldados cerca de nosotros.

-¿POR DÓNDE SE FUERON?- gritaban los soldados de vez en cuando, siguiendo ahora rastros errados.

–ALLÍ….. Allí va… ¡ESE!...

-NO ESE…

Por el rabillo del ojo pude observar cómo se desperdigaban mientras a nosotros el camino se nos mostraba otra vez abierto. Necross continuaba guiando hacia las callejuelas pequeñas, impregnadas de casa a lado y lado de ellas, las cuales nos conducirían fuera de la plaza.

Respiré hondo, pues sólo hasta ese momento me percataba de lo acelerado que bailaba mi corazón. Aquello había sido mi culpa, pero el tiempo no daba para las excusas. Miré el rostro serio e inexpresivo de Necross y luego la mano con la que apresaba la mía, halando para que no nos perdiéramos el uno del otro en el mar de gente que ya habíamos dejado atrás y la apreté. No servía de excusa, pero era lo mínimo que podía expresar al ver lo que mis actos habían causado. ¡Maldito tabernero! A paso vivo, continuamos por las callejuelas, como si las conociera. De hecho, era posible que el hombre del parche hubiese estado en esa ciudad, pues desde la noche anterior, cuando buscaba hospedaje para ambos, era él quién guiaba por los sitios correctos.

Al voltear por una de las cuadras, Providencia o desgracia, dos rostros familiares reposaban sobre la pared, cerrando el paso.

-Ahora sabemos de dónde nos sonó el nombre de Necross Belmont, jovencita- advirtió el elfo del pañuelo sonriendo, pero con la cicatriz que portaba aquello parecía una expresión más que horripilante –En nuestro hogar, vivió un humano con ese nombre y su hija… -y mirando de arriba abajo al tuerto continuó: -Contamos con una carreta llena de heno para los animales de una villa cercana a las afueras de esta ciudad. Es vuestra decisión.

“¿Su hija?”

-Sí- río la voz: -El mugroso es un casado infiel- repicó la daga y yo sentí que la vida se me caía a la planta de los pies.


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:25 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Mayo 31, 2016 8:46 pm

Por primera vez el hombre del parche se sintió agradecido de ser reconocido, y es que la ayuda que los elfos ofrecían había sido un regalo de los dioses. De inmediato Necross le ordeno con mala actitud a Amethist que caminara, pues aceptarían la ayuda gratuita de los silvestres, era más que notorio que el tuerto estaba de muy mal humor. Fue cosa de cruzar un par de calles, esconderse de un pequeño escuadrón de guardias que lo buscaban, y localizar la carreta de heno. Y mientras Necross ayudaba a la peliblanca a subir vio su reflejo en un charco de agua sucia, y por un segundo el tiempo pareció detenerse, el hombre del parche se vio a si mismo con el rostro blanco, cubierto con mil telas de distintos colores; si Nadine lo viese ahora moriría de risa. Entonces, después de mirarse y volver en sí mismo, el hombre del parche tomo la nalga izquierda de Amethist, y en vez de ayudarla a subir uso fuerza para impulsarla, la mujer casi sale disparada.

Ella, por supuesto, se quejó del empujón, pero una mirada rabiosa de parte de Necross la hizo callar, este luego subió al carro y se escondió entre el forraje. Pero en su apuro por subir el tuerto toco algo suave, como debía mantener los ojos cerrados no supo que fue, pero lo sospechaba; y recordando su experiencia supo que aquello que había tocado fue el busto de Amethist, pero antes de poder decir o hacer algo, el carro comenzó a moverse.

No duro mucho el avance del vehículo, el tuerto no podía ver nada desde la seguridad de su escondite, y cuando el carro se detuvo, logro escuchar ahogadamente la voz de una persona, al parecer revisarían la carga de los elfos. Los silvestres preguntaron si existía algún problema, los guardias respondieron que era revisión de rutina, que muchos intentan contrabandear mercancía usando el heno como escondite para los bienes; pero no mencionaron en ningún momento el nombre del tuerto, o describieron a su acompañante peliblanca, quizás la noticia de que están en Dalkia aún no llegaba con aquellos guardias.

Los guardias metieron las manos en el forraje, lo movieron de lado a lado buscando cualquier cosa que pudiesen encontrar, una mano se puso en frente de Necross, quien con la espalda al cielo contuvo la respiración. Uno de los Dalkianos en su tarea de escarbar la hierba descubrió un ancho trozo de metal, habían encontrado a Sherckano, aun anclado a la espalda del tuerto. El guardia le pregunto a uno de los silvestres que demonios era aquel trozo de metal, el elfo con total respeto acepto que lo habían atrapado, y comento que compro aquella espada a un  bandido en la ciudad, y que quizás él era buscado, por ello se vio obligado  a esconderla.

-¿A quién le compraste esto?-

-A un tal Necross Belmont, estaba en la plaza principal hace unos minutos.-

Los guardias se miraron confundidos por unos segundos, hasta que el sujeto que descubrió el mandoble le dijo a su compañero que ese tal Belmont era buscado por Shading. -Despacha a estos, tenemos asuntos más importantes ahora.- Después de que uno de los silvestres entrego unas monedas al guardia por concepto de peaje, el carro nuevamente comenzó a moverse, saliendo definitivamente de la ciudad.

Después de unos minutos el tuerto se incorporó y dejo de hacer presión en Amethist, pues sospecho que ella se levantaría apenas se sintiera a salvo, mas Necross es un ser paranoico, por ello se tomó su tiempo antes de respirar aire en vez de heno. -Bienvenido de vuelta, Belmont.- El tuerto no respondió, solo se concentró en quitarse las telas que lo ocultaban, y limpiarse la harina del rostro, aún seguía molesto con la peliblanca. Pero su molestia paso rápido, pues ya estaban a salvo, y más importante aún, fuera de Dalkia.

Ella noto el malgenio del tuerto, e imitándolo en silencio comenzó a desprenderse del burka, los accesorios, y todas las prendas robadas que llevaba. -No entiendo por qué tanto malgenio. Nos he salvado... ¿o no?- Necross se rascaba el cuerpo con una mirada de molestia: -Tengo heno hasta en el culo. Para una próxima vez cuida lo que dices.- Dijo evitando mirar a la peliblanca. -¿Cómo iba a saber que el tabernero era un hijo de puta?- Ella respondió fría, arrastrando las vocales. -¡Todos son hijos de puta Ame! ¡Esa ciudad es malvada!- Y mientras discutían el carro dio un pequeño salto, pues en su andar golpeo una piedra en el camino. -¡Scheisse!- Gritó la peliblanca al sentir el golpe en las nalgas: -¡Me importa nada esas cosas, Necross! No soy adivina... No tengo porqué saber si la ciudad es malvada o habitada por ángeles.- Respondió más tranquila, sobándose el trasero: -Lo siento mucho- agregó: -no debí gritarte... pero no he dormido nada.-


Necross estaba divertido viendo como ella se tocaba el trasero, mientras él hacía lo mismo con el propio, pues el golpe dolió. -Eres demasiado descuidad peliblanca, no sé cómo sobreviviste tanto tiempo por las tuyas.- Y el tuerto la miro incrédulo cuando se disculpó. –No es problema mío, te dije ayer que durmieras.- Y nuevamente la miro, el viento jugueteaba con sus cabellos blanquecinos.  -Supongo que es precisamente por eso: no me tomo tan en serio las cosas y es eso lo que me hace vivir. No espero mucho del camino Necross... tú en cambio, ¡vives demasiado serio!- y abrió los ojos, haciendo una mueca. -¡Y tú no eres lo suficientemente seria! Créeme que una vida así solo tiene un camino, yo lo recorrí y lo perdí. ¡Oye tú!- Necross se acomodó para poder hablarle a uno de los elfos. -¿Adónde demonios vamos?-

-A la granja de los Pork- respondió: -A dejar el heno. Sería bueno que dejaran sus diferencias de pareja... Será incomodo si tenemos que oírlos de nuevo en esas.- y ambos elfos se rieron. -Eres un viejo pesado Necross...- Añadió la peliblanca, mientras se acomodaba para dormir. -Aunque tienes buen culo y te ves buen desnudo. Se abona.- Susurró  finalmente mientras bostezaba.

-Juro por Luminaris que no  hay pago lo suficientemente grande…- Mascullo Necross, antes de volverse para hablar con el elfo. -Podre ser un viejo gruñón pero no desagradecido, así que gracias por la ayuda. ¿Quiénes son? ¿Cómo me conocen?- El elfo del pañuelo en la cabeza se presentó como Sylvian, su compañero se llamaba Rulindil. -Oímos de un tal Necross Belmont que junto a su hija vivieron muchos años con los solares, los chismes también hablaban de tu descripción, y al parecer no se equivocaban.- Contesto Sylvian, el del pañuelo. -Deberías darle más crédito a tu pareja Belmont, gracias que por ella supimos tu nombre los ayudamos.- El hombre del parche rodo el ojo, con cierta desesperación. -Gracias a ella en primer lugar tuvimos problemas con los guardias…- Necross hizo una pausa, y verifico si Amethist se había dormido. …Pero realmente ha sido divertido viajar con ella. Hace tiempo que no sentía el apuro por escapar de una situación imposible.-

Y el resto del camino el tuerto se quedó conversando con los elfos, contando historias pasadas, los elfos relataron lo aburrido que es ser mercader, y Necross lo aburrido que era trabajar para la ciudad de Shading, pues les relato el cómo después de separarse de los solares vivió un tiempo en Shading, y por qué tuvo que abandonar aquella vida. -Después de que me entere que el mismo Strife estaba detrás de las desapariciones, no pude dejar las cosas como estaban... Mary Ann es importante para mí, aunque no es nada romántico eh.- Los hombres rieron, Amethist aun parecía dormida.

Finalmente llegaron a una pequeña aldea de granjeros, al bajar del carro lo primero que hizo el tuerto fue sacudirse cual perro el heno en su cuerpo, Necross había despertado a la peliblanca hace mucho.  El hombre del parche estaba por fin de buen humor, pues al terminar de sacudirse le dedico una sonrisa a la peliblanca, y por estar contento aguantaría cualquier broma que esta pudiera hacerle. -Pueden pasar el resto del día con nosotros y reponer energías, tenemos a otra pareja de viajeros descansando entre los nuestros, son bienvenidos a quedarse.- El tuerto aprecio el gesto, le asintió a Amethist y siguió a Rulindil quien los llevaría con la pareja.

Spoiler:

Y allí estaban, ambos sentados muy cerca el uno del otro. Rulindil se encargó de las presentaciones, el hombre, de cabellos níveos un poco más oscuros que los de Amethist, se llamaba Pent. La mujer, de cabellos cobrizos y mirada coqueta, se llamaba Thaena. Después de las presentaciones el elfo se retiró. Pent invito a Amethist y Necross a tomar asiento cerca de la hoguera que recién habían encendido, la mujer con una sonrisa en el rostro y los ojos cerrados pregunto los nombres de la pareja. -Necross, ella es Amethist.- En aquel momento no importaba realmente si ellos conocían el nombre del forajido de Shading, pues se sentía camaradería en el ambiente. -Es un placer mis amigos, pronto azaremos un cordero que compramos en Dalkia. Están invitados a comer y beber por supuesto.- Pent, por sus expresiones y manierismos se veía como un completo caballero.  -¿Cuánto tiempo llevan juntos? Realmente se ven adorables, me gusta la asimetría entre ustedes.- La fémina de cabello cobrizo se veía más alegre, de espíritu libre. Necross se sorprendió, miro a la peliblanca e hizo cara de espanto. -No somos pareja. Soy una especie de guardaespaldas para ella.- Thaena de inmediato comenzó a reír, y a sobar con cariño y suavidad la barbilla peluda de Pent. -Yo creo que el amor le llega especialmente a aquellos que caminan juntos. Cuando menos te lo esperes amigo Necross estarás suspirando al verla.- Conmovido, Pent tomo de los hombros a Thaena, y sin importarle la presencia de Necross ni Amethist, comenzaron a besarse apasionadamente.

El hombre del parche comenzó a rascarse la cabeza, a mirar el cielo, incluso se quedó mirando a la vaca de los granjeros a la distancia, pero aun así se podían oír los babosos besos de la pareja.  Necross miro a Amethist y le sonrió, pues estaba notablemente incómodo.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Jue Jun 02, 2016 1:02 am

XIII. Al calor del frío


No supe a qué horas me dormí. Al poner la cabeza sobre el heno, encogí las rodillas, los brazos adoptaron esa posición de protección con la que desperté aquella noche lejana en la Fortaleza y, sin más, caí en el abrazo de Morfeo. Identificaba en la duermevela la voz del tuerto como otras a su alrededor, más gangosas y poco articuladas, que en nada me inquietaban pues sabía muy bien de quiénes provenían. El susto de la huida como también por la requisa al salir de Dalkia, incluso el manoseo de Necross, todo quedó en el pasado, olvidado de inmediato por esas enormes ganas de dormir. El vaivén de la carreta invitaba a relajarse y en menos de nada tuve la mente en blanco, viajando a lugares insospechados donde los árboles tenían hojas enormes y el frío se adentraba hasta en los huesos.

El olor a tundra se anidaba en la nariz. Los senderos eran infinitos, pues muchas trochas estaban abiertas bajo mis pies.

“Créeme, una vida así solo tiene un camino. Yo lo recorrí y lo perdí”.

A diferencia de la creencia de Necross, a mis ojos aquello era lo más similar a la vida misma, muchas opciones que cada alma disociaba y seleccionaba para luego culminar en otro millar de posibilidades más. Al final, ciertamente parecía un solo camino, pero uno labrado por la propia voluntad del individuo y sus decisiones.

-Esas palabras…- rezumbó en la alborada y el viento meció más fuerte las hojas.

Apresuré el paso y la respiración se me aceleró. Estaba nerviosa y la frente perlada reflejaba el frenesí con el que quería huir de la presencia que se avecinaba. La oía entre las hojas y fuera de ellas. Trepé a uno de los árboles y de nuevo el viento nos meció con fuerza.

-Esas palabras…

Brinqué entre las ramas, con precisión, sin miedo, movida por un instinto más salvaje que lógico. Las nubes tiñeron el cielo de gris, el gemido de la brisa pronto se tornó en tormenta y el agua contenida descendió en mares de lluvia, sumiendo la región en una cortina acuosa. Pero la presencia seguía allí. Viva, intacta, poderosa. Un aleteo cercano a mis oídos y de nuevo eché a correr, con desesperación, presa del pánico.

-Yo recuerdo esas palabras…- prorrumpió de nuevo la voz, calmada pero imperativa. Su frialdad despótica me erizó los brazos, pues daba a entender por sí sola su posición jerárquica sobre todo lo demás. Ese era su reino, su mundo, su morada. Y yo era la intrusa, un alma que nunca debió haberse adentrado en lo oscuro de un corazón sumido en tinieblas.

Corrí. Trepé. Salté. Me hice a la daga como última medida, aunque silenciosa no respondió a mis súplicas. No era difícil adivinar que aquella presencia era sublime, poderosa. Lo sentía en la sangre como también en los nervios que se me encrespaban, mientras el corazón seguía en su carrera por acelerarse cada vez más.

-Yo… Yo te recuerdo…- continuó: -Nos recuerdo…

Desperté de repente en medio de un sol alto y un paraje verdoso impregnado de olores y naturaleza. Repasé la frente sudorosa pero continué con los ojos cerrados mientras de fondo Necross hablaba:

-Después de que me enteré que el mismo Strife estaba detrás de las desapariciones, no pude dejar las cosas como estaban... Mary Ann es importante para mí, aunque no es nada romántico, ¿eh?

“Mary Ann”. Ese era el nombre.

-Te dije que era casado.

“Deja ya”, repiqué a esa voz ponzoñosa, por primera vez ignorándolo todo a causa de aquel sueño estremecedor.

--//--

-Me gusta la asimetría entre ustedes- apuntó la mujer de risa provocadora. Los cabellos al viento, de un café intenso con crespos al final, le daban un aire que más se asemejaba a las sirenas de los piratas que a la de una peregrina cualquiera.

-Sí, él es un espanto y yo soy la más bella de las ingenuas... –refunfuñé bajo, con la cabeza contraria a Necross, como si con ello pudiera evitar que oyera.

-No es que estés tan equivocada, peliblanca- susurró él de vuelta y alzando la voz contestó a la pregunta lanzada por la mujer: -No somos pareja. Soy una especie de guardaespaldas para ella.

Thaena, impregnada de dulzura y con esos ojos brillantes que invitaban al placer, empezó a acariciar al hombre a su lado, mientras éste se dejaba caer en sus manos como un niño falto de afecto:

-Yo creo que el amor le llega especialmente a aquellos que caminan juntos. Cuando menos te lo esperes, amigo Necross, estarás suspirando al verla.

Rodeé los ojos y en eso el sonido de lenguas que se entrecruzan, labios que se comen, piel que se frota llenó el ambiente al calor de las brasas. De inmediato volteé la mirada y el espectáculo era adivinable. ¡Me lleva el infierno!, pensé.

Llena de frustración por la compañía y lo incomodo de la situación, me llevé la mano a la cabeza y la bajé mientras suspiraba un “por qué no pueden ir a buscarse un árbol u otro prado”. Entonces, levanté la mirada y estaba la de Necross fija en la mía.

-Esto… Esto es peor que acompañarme en un viaje, ¿no crees? –burlé cansina para romper el sonar de besos y jadeos.

-No realmente, eres muy fastidiosa- Y rio el tuerto con picardía.

-No sé…- dudé y volteé el rostro de nuevo hacia la pareja: -Este será un momento que espero olvidar pronto…-. Una mueca de asco salió de mis labios al momento que Pent volvía a relamer los labios de Theana.

De atrás, a nuestras espaldas, unos pasos se acercaron.

-¡ACÁ ESTÁ EL CORDERO!- gritó Sylvian acompañado de Rulindil, cargando el animal atado a un palo para hacer de la hoguera un asador.

-¡NO!- grité yo también. De inmediato lo vi, supe que había un paso faltante en la cocina de aquel espécimen: -¡Denme un cuchillo!

-¿Acaso estás criticando nuestra labor, bonita?- inquirió el elfo del pañolón mientras Pent ayudaba a los elfos a acomodar el cordero sobre el fuego.

-Äbër wäs sägst dü?…( ¿Qué dices?)-respondí, afilando el arma con una piedra: -Acá van un par de trucos para cuando tengan de nuevo que azar cordero-. Y dicho ello, rebané al animal, mientras pedía a los demás que buscarán palos, a manera de trinches más cortos dónde ensartar el cordero. Necross quizás ayudara en la tarea, como también la mujer y su amante, mientras los elfos observaban incrédulos como terminaba de despellejar algunas partes, pedía condimentos, y rebanaba en pedazos más pequeños al animal.

-¿Para qué necesitas los palos?- inquirió Sylvian.

-Para esto…

Cada parte del animal, tajada en piezas de no más de 20 centímetros, terminaron insertadas en los palos, alrededor del fuego. Acomodados a cierta longitud de la hoguera, no más lejos que del tamaño de un puño, los pedazos se calentaban sin chamuscarse demasiado, dejando la carne de una mejor consistencia que si lo hubiesen puesto directamente sobre el fuego. Las especias, sal y otras viandas, ayudaron a resaltar la calidad de la carne.

Comimos con agrado. Como complemente perfecto bebimos de la cerveza que, al parecer, el señor Pork le había dado a los elfos; un incentivo por las labores realizadas. Por supuesto, los temas de conversación salieron solos, con el estómago lleno, el calor del fuego cercano y la alegría embebida de la cebada. Entre historias que iban y venían, ya era claro quién era cada uno, o al menos nos hacíamos una idea de ello, como también de dónde venían los demás y lo incierto del rumbo que seguían. Nosotros también aplicábamos a esa vaga descripción, aunque de mi boca nada salió por revelarla. Necross, al parecer, había dado cuenta de parte de ella con los elfos.

Callé mientras los cuentos salían de un lado y otro. Al final, la conclusión saltaba sola: éramos todos hijos perdidos de una tierra desconocida.  Tierra de nadie, como la había llamado Milk.

-Bueno bonita- volvió Rulindil, ya entrada la noche y con algo de alcohol en la cabeza, sentándose a mi lado: -Sabes cocinar, sabes cantar, sabes moverte como pocas… -y río para sí: -¿Cómo es que no estás con nadie aún?

Su compañero, unos metros más allá, carraspeó, rodeando los ojos en un claro gesto de “eso no te importa” y Rulindil, al sentir la incomodidad naciente, apuntó: -Pero lo cierto es que no necesitarías guardaespaldas alguno si supieras usar las armas tan bien como todo lo demás, peliblanca.

-Cierto…-susurré mientras daba un último mordisco al pedazo de cordero: -Necross quedó en enseñarme.

-Para eso no necesitamos al caballero- presumió Sylvian: -Dejémoslo que coma a sus anchas y recupere energías mientras tú inicias tus pasos en esto del arte de la guerra. Los elfos somos los mejores en especialidades… - y dirigió una mirada retadora al tuerto.

“Juego de machos… No, gracias”, analicé, sosteniendo la mirada al elfo. Finalmente me puse en pie, a sabiendas que lo último que blandiría sería la daga, y desenfundé el estoque. A unos pasos alejados de la hoguera y los demás, frente al elfo, me paré con las piernas abiertas imitando la posición de él.

-Oh… ¡Qué emocionante!- esbozó la mujer abrazada a su pareja mientras como todos seguía los movimientos de ambas sombras al caer del sol: -Veremos a Sylvian haciendo de las suyas.

Música:


-Toma tu arma- ordenó el elfo de cabellos oscuros mientras desenfundaba su espada: -Las armas son una parte de ti- y balanceó con un movimiento perpendicular, como si atajara rápidamente la parte inferior de su pierna como hacia arriba, veloz, contundente y luego dando un par de pasos hacia mi, sosteniendo su filo firme, lo puso cerca de mi cuello: -y queremos que el todo permanezca donde debe estar.

Su actitud era retadora, intimidante. Sin embargo, antes de amedrentarme parecía encender ese fuego que naciera en la Fortaleza cuando, aun sin recursos, me esforzaba para seguir y salir de allí. Tomé la hoja con dos dedos, obviando su filo, y con desprecio la retiré de mí, sin quitar la mirada de él.

-Mantén siempre la concentración- continuó el elfo, rodeándome, localizándose a mi espalda, mientras yo le seguía con la mirada. –Chequea siempre lo que te rodea, sin perderlo de vista- y extendió su mano completamente, flexionando las piernas, concentrado en su hoja. Yo repetí, pero contrario a él a mí el movimiento inicial me resultó pobre, ingenuo, infantil.

Al flexionar ambos las piernas, continuó: -Mantente siempre en balance, firme, estable, sino… morirás- y con una vuelta rápida hacia atrás golpeó mis muslos con el mango de su espada y caí de bruces al suelo. Al levantar otra vez la hoja reposaba sobre mi corazón, apuntando firme.

Algunas risas llegaron desde el lado de la hoguera, las cuales encendieron mi indignación como la sensación de ser humillada, mientras Sylvian continuaba con su clase.

-Levántate.

Y fue intentar hacerlo para que se volteara de repente y empezará a golpear con fuerza, mandando su espada una y otra vez, de arriba hacia abajo en golpes contundentes llenos de furia pero en una misma dirección siempre hacia mis piernas. Fue orgánico, natural, el contrarrestar su fuerza moviéndome tan rápido como pude, hacia atrás, sin dejarme poner en pie.

-¡Para! ¡STÖPT!- dije y luego lo grité, arrastrándome. Atajaba desde el suelo, ayudándome de la rapidez con la que otrora lanzara flechas o me movía sobre los árboles pero Sylvian sólo sonreía atacando una y otra vez como corroborando lo que ya sospechaba de antemano. De improviso, clavó su espada en medio de mis piernas y me ofreció una mano para ayudarme: -Fin de la lección. Bien hecho, mujer.

-Abër, spïnst dü ödër wäs? Ïch könntë dört töt sëin, dü idïot!- al comienzo hablaba calmada pero conforme recobraba de nuevo el control iba levantando la voz. Me sentía frustrada, de malgenio, ¿qué clase de lección era esa? Sólo me había atacado, me había dejado en ridículo y al final decía que había hecho un buen trabajo. ¡¡Idiota era ese estúpido elfo!! Lo miré con ira y antes de darle la cara a todo el círculo de espectadores en la hoguera, enfundé el estoque y me alejé de allí.

Para mí la noche llegaba a su fin y con ello mis ganas de alguna vez aprender a usar esa oxidada hoja que venía conmigo desde Samrat. El calor de la furia me abrazaba pero la noche aplacaba la ira que me carcomía.

Sylvian se quedó allí, reflexivo y volteándose hacia Necross gritó:

-Ya vio lo que hay. Ahora es su trabajo perfeccionarlo, Señor Belmont- y alzó su jarra de cerveza para continuar bebiendo con los suyos.

--//--

Musica:


Si razonaba, no era consciente de hacerlo. Primero fueron pasos apresurados hacia la alborada, luego una carrera directa al frenesí.

Como lo hiciera a orillas del Tarangini para sacar la frustración, tomé el arco y empecé a lanzar las flechas. Estaba errática, sino histérica, pues a medida que apretaba la carrera me parecía volver a sentir el vuelo de alas a lo lejos, un recuerdo fugaz del sueño de la carreta. El viento meneaba los cabellos y las saetas le hacían trinar mientras una a una escapaban de mis dedos. Quizás deliraba, pues parecía que el control del arma se hacía más rudimentario, sino simple. Donde ponía el ojo, allí volaba la flecha. ¡Una ilusión de la misma frustración!

-Nos conozco…- volvió a cantar el viento y el miedo de nuevo se apoderó de mí. ¿Quién es?, me indagué, buscando respuestas en esa voz ponzoñosa que de vez en cuando revelaba verdades. Más nada dijo la daga, enmudecida desde el camino a Dalkia.  

Desesperé, pues a donde fuera que corría la oía, así como su batido de alas en medio de la oscuridad y el canto de las hojas.

-No tengo idea quién eres… ¿ME OYES? ¡NO TENGO IDEA QUIÉN ERES… Y NO ME INTERESAS!- terminé gritando, disparando a todos lados, con desesperación y las lágrimas inundando por primera vez los ojos, inyectados de locura. ¿Qué demonios me pasaba?

-Nunca imaginé que tan rápido te darías cuenta de mi presencia…- contestó entonces una voz despreciable, ni femenina ni masculina, llena de maldad, corrupta hasta sus tuétanos.


De pezuñas grandes y patas musculosas sino fibrosas y escupidas, la bestia de la cabaña reapareció de entre los matorrales con su mirada amarilla lasciva, demoniaca. Sonreía, y sus dientes puntudos le daban un aire más travieso que aterrador. Pero su rostro completo contradecía lo anterior: con las cejas constreñidas en clara muestra de victoria y ansias, la respiración alterada, divertida; y esos cuernos poderosos que de vez en cuando bajaban como tentando al aire para ver de qué manera sería mejor embestir. Toda ella rebosaba de malas intenciones y ganas de muerte.

-Tú…- balbuceé y las manos me temblaron de repente, dejando caer el arco: -De nuevo tú…

-El maestro me perdonó y…- me ignoró, risueña, como meditando. Empezó a rodearme con pasos suaves, llena de parsimonia: -me ha encomendado matarte. No sirves. Eres una hormiga que estorba en este juego de grandes. Ya no eres necesaria. Defectuosa. Y te mataré, pero lento, disfrutando de cada detalle, cada verdad, de manera intima, intensa, la misma que te enseñará el maestro a ti hace mucho, mucho tiempo…

Estiró a un lado la cabeza, y luego a otro. Y río. Sus carcajadas espantaron las aves y las bestias, las cuales huyeron de nuestro perímetro como si hubiesen visto al mismo Lluughaa. Era alta, imponente. Parecía tener pechos pero su cuerpo revelaba genitales; una malformación natural. Las manos finas de la bestia, coronadas por uñas puntudas, feroces, se estiraron, como buscando tomarme por el cuello. Estaba indefensa ante la atracción que ejercía sobre mí, una que aún no descifraba.

-Tú perdida… ingenua. Crees que puedes escapar, pero no eres más que polvo en la mano de nuestro creador. Estúpida criatura, insulsa… Te daré un mejor propósito cuando te arranque el corazón… Tan delicioso, tan puro…

Yo estaba anclada a la tierra, sin la posibilidad de moverme. Fija en ella, poco a poco, a cada sílaba que la criatura esbozaba, me iba llenando de nuevo de esa ira incontrolable, como la marea que se levanta con las lunas, emergía de mí esas palabras que se repetían una y otra vez en el sueño… “Nos recuerdo… Nos recuerdo”.

La criatura entonces alzó la cabeza, como oliendo el ambiente. Primero se meneó para un lado, luego al otro y al final, una amplia sonrisa se formó en sus labios carnosos.

-Necross Belmont, no seas tímido. Dos por el precio de uno, ¿qué más puedo pedir? Sal, engendro. Ven, únete a este encuentro familiar. Deja que te enseñe los secretos que los dioses de la luz guardan del que siempre se ha atravesado en los planes de los oscuros- Y río, acariciando mi piel, rasgándola con sus uñas: -Tan suave, tan dócil… El destino de ésta es el tuyo, así que abre los ojos bien, porque esto será lo que le pase a todos los que amas, sobre todo tu hija: nacida para llenar la barriga de mis hermanos de armas, como fue su destino recién piso este mundo.

Sus carcajadas retumbaron, inquietando la tranquilidad de la noche. Con fuerza apretó su agarre entorno al cuello, alzándome por los aires con facilidad impresionante, acercando mi rostro al suyo, de aliento pútrido y tez escamosa.

-Nos recuerdo…- batió mi mente, en un último intento por evitar ser ahogada; y al pestañear, por un breve segundo, el rostro del demonio me reveló el mío propio de ojos púrpura centellantes y cabellos plateados luminosos, mil años más vieja pero fuerte, con el ceño apretado, arrugas en la frente, una tiara coronada cuyo fulgor cegaba la ilusión, y esa mirada fría, calculadora, llena de energía y fuerza como de ira por todo lo que había cruzado y cruzaría en busca de mi verdad, su verdad… Pues yo sabía, lo sabía muy bien: ¡esa alma era la mía!

-Maldita… -gruñó la bestia de repente, ahorcándome más fuerte, mientras la daga al cinto esculpía en letras rojas las marcas del nombre de su portadora.



Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:26 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Jun 05, 2016 11:35 pm

Cerca de la hoguera el hombre del parche recogió algunas ramas para el experimento de la peliblanca, según ella tenía una mejor manera de preparar el cordero que los elfos habían traído. Y realmente Amethist se manejaba en lo que hacía, quizás en algún momento de su vida había sido una cazadora, por ello sabia como empalar animales… quizás fue cazadora en otra vida. Una sonrisa casi de orgullo se dibujó en el rostro del tuerto al darle un primer bocado a la carne, las especias que eligió la peliblanca eran muy agradables al paladar.

Pronto las cervezas llegaron, y con ellas el ambiente se alegró, las risas y bromas prosperaron como flores en primavera. Pero el hombre del parche no bebía como sus compañeros, Amethist tampoco, las otras cuatro personas ya iban por la tercera botella, Necross aún no se bebía la primera. Era curioso, la peliblanca estaba silenciosa, atenta a las conversaciones pero callada, el hombre del parche también, pero aquello es normal en él. Los elfos eran los que más hablaban, pero lo realmente curioso era que Pent junto a su pareja respondían a las historias de los silvestres, mientras quizás por el alcohol en el cuerpo, se tocaban y besaban como si nada importara; la incomodidad del tuerto y la peliblanca era más que notoria.

Más que divertido el hombre del parche estaba tranquilo, pues no estaba en su definición de diversión el pasar la noche viendo como dos personas se comían a besos; en cambio si fuera él quien los recibe todo sería distinto. Y con el pasar de las horas las cosas dieron un vuelco, pues Sylvian se sentía con ganas de luchar, o quizás solo sentía la necesidad de presumir; Necross suspiro con fastidio cuando se dio cuenta que ciertas palabras del elfo eran para él.

¡Presumidos, arrogantes! ¡Malditos elfos! Quizás era parte de su naturaleza, el hombre del parche agradeció a todos los dioses que conocía que Ithilwen no fuera así, o su estadía anterior en el hogar de los solares hubiese sido muy corta.  Una de las cosas que hizo crecer la vena en la frente de Necross, fue el comentario de las especialidades, y es que si bien el tuerto no tenía una técnica definida, o pulida en el combate de espadas, aquella arrogancia que exudaba el silvestre simplemente le molestaba. Y mientras la lección avanzaba, el elfo hablaba y Amethist parecía poner atención, Necross se dedicó a bajar por fin la botella de cerveza que tenía.

El hombre del parche sospechaba que Sylvian sabía defenderse, pero quedo mucho más sorprendido cuando empezó a atacar a Amethist, como era de esperarse, el elfo se movía con gracia y hasta cierta elegancia. Respeto tenía por el elfo, pero aun así, la molestia era más grande. Y aumento mucho más cuando la peliblanca cayó al piso, y Sylvian la ataco sin cuartel; aquella no era manera de enseñar, no a alguien que poco y nada sabía sobre el uso de espadas. Primero se enseñaba la teoría, unas pocas palabras servían. Sylvian comenzó bien, pero a medida que continuaban se perdió en el calor de la pelea, pues una lección así puede terminar en una fatalidad, más aun si hay alcohol en medio de todo.

El hombre del parche suspiro con enojo y dejo la cerveza a un lado cuando Amethist se fue, la seguiría por supuesto, pero primero tenía que quitarse el malgenio. -Ya vio lo que hay. Ahora es su trabajo perfeccionarlo, Señor Belmont- Necross ya estaba de pie y en frente del elfo, el tuerto choco su botella con la jarra del elfo, dejo que bebiera un poco, y luego lo hizo él. Mientras  Sylvian pasaba el líquido por su garganta sintió el puño metálico de Necross en la mejilla derecha, el impacto causo que el elfo cayera hacia un lado, dejando una rodilla en el piso. Las risas que causo la paupérrima actuación de Amethist se detuvieron de inmediato.

Rulindil se puso de pie para ayudar a su compañero, pero Sylvian con un gesto le hizo entender que estaba bien, para ese momento el hombre del parche ya se estaba marchando del lugar, pues debía encontrar a la peliblanca.

Quizás sería difícil encontrarla, pues como la peliblanca corrió hacia los arboles cercanos, era más sencillo tener un lugar donde pasar desapercibida. Quizás ella en ese momento quería estar sola, pero aquella no era una idea que agradara al tuerto, pues él no quería estar solo entre el resto de la gente. Un grito desesperante llego a los oídos de Necross, la peliblanca estaba cerca. El hombre del parche siguió la dirección del sonido, no se escuchaba tan lejos, pero así mismo no pudo entender que era lo que Amethist gritaba, no pudo entender el mensaje, solo escucho la voz.

-¿Ame?- Desde la distancia se podía escuchar más de una voz conversar, parecían dos voces al unísono, ¿quizás los elfos encontraron a la peliblanca antes que Necross? No, aquellas voces se escuchaban distintas, era otra entidad la que mantenía conversación con Amethist. Escondido detrás de un árbol, expectante y curioso, el hombre del parche se preguntaba quién demonios era esa otra persona. Aquel ser se parecía mucho a Lux, una las personas que fundo a los alas negras, pero aquella entidad expelía un aura mucho más oscuro, se sentía el mal a la redonda. Necross no entendía nada de la situación, Amethist se veía en  peligro, él sentía que ella estaba en peligro, pero aun así la peliblanca no se movía, no se alejaba de aquel terrible ser, ¿Qué sucede con ella?

Pero más pronto que tarde aquel ser cornudo noto la presencia del tuerto, Necross vio que lo descubrieron cuando la criatura sintió el olor en el aire ¿tan apestoso estaba? El hombre del parche salió de su escondite cuando aquel demonio lo ordeno. -¿Quién demonios eres tú?- Pero aquel ser no respondió a las preguntas del tuerto, solo se dedicó a hacerle entender que lo conocía, e incluso conocía a Nadine. La mención del nombre de la pequeña Divium encendió el enojo antes apagado en Necross, el apretón en el cuello de Amethist liberaron las ganas de combatir. - ¡Déjala!-  Grito el hombre del parche cuando vio que el demonio apretó su agarre, de inmediato desenvaino la bastarda y se lanzó al ataque, tenía que liberar a la peliblanca y alejarla de esa criatura.

La risa de aquella bestia era tenebrosa, tan aterradora le pareció a Necross que su piel se erizo de inmediato, y mientras las aves escapaban para mantenerse a salvo, él se propuso atacar al criatura, mientras esta por alguna razón se mantenía en cierto trance junto a la peliblanca. Un corte limpio y poderoso fue todo lo que necesito el tuerto para liberar a Amethist, pues el filo de la ánima negra de un solo golpe cortó el brazo captor del demonio. -¿Qué?- Atino a decir la peliblanca cuando por fin reacciono. -¿Qué hacéis acá?- Comento  mientras se ponía de pie, con la bestia gritando de dolor en el fondo. -¿Qué hago acá? ¿¡Porque demonio no te defendiste de… eso!?- El hombre del parche se puso delante de la peliblanca, dándole la espalda, en posición de defensa.

-Porque...- En ese momento su rostro palideció y temblándole las manos, se llevó la derecha al cinto, donde la daga resplandecía. Le rechinaron los dientes, mientras forcejeaba por alguna razón: -No... No por favor no...- El demonio, levantó la cabeza, sonriendo, mientras esgrimía de nuevo ambas manos, solo que esta vez una apuntaba a Amethist, con la palma totalmente abierta. La peliblanca gritó y se lanzó directamente a atacar al tuerto: -NOOO POR FAVOR NO...- El hombre del parche, espantado con el grito de la peliblanca, se volteo para ver que le pasaba. -¿Ame?- Pero las carcajadas maquiavélicas de inmediato llegaron a los oídos de Necross, quien con un vistazo rápido noto que aquel ser era el artífice de los gritos de Amethist. ¿¡Qué demonios estás haciendo!? ¡Atácalo a él! -  Gritó, y sin esperar respuesta alguna, el tuerto nuevamente cargo sobre el enemigo, tal vez si actuaba rápido se interrumpiera aquello que la criatura causaba.  

Pero en el momento en que el tuerto dio un paso adelante sintió un dolor en su costado derecho, el demonio por supuesto no fue el causante, este parecía deleitarse con el rostro confundido de Necross. El dolor punzante se sintió como una navaja entrando y saliendo de la carne. Cuando el hombre del parche se volteo, vio que Amethist tenía una daga ensangrentada en sus manos. -¿Qué se siente, humano? Cómo sorprende cuando los que se quiere son los peores enemigos de la vida, ¿eh? Sufre desangrado...- Y para darle fuerza al argumento del demonio, Amethist nuevamente clavo su puñal en el cuerpo del tuerto. -Sufre... Sufre –

Y mientras a ojos cerrados la peliblanca apuñalaba a Necross, la criatura demoniaca reía, disfrutando del espectáculo. Amethist parecía querer hablar, pero las palabras se le atoraban en la boca.  La segunda puñalada se sintió más fuerte que la primera, pero lo que dolía no era el metal en la sangre, si no el sabor amargo de la traición. –¿Qué se siente? Te preguntare lo mismo cuando el filo de mi espada te corte en pedazos.- Y cayo de rodillas, pues de alguna manera sentía que su energía era rápidamente agotada; ¿Quizás algún tipo de maleficio en el arma de Amethist lo agotaba? –Despierta peliblanca… no puedo solo contra… esa cosa.- Y al piso escupió sangre, manteniendo su mirada retadora sobre el demonio.


-NO MÁS- soltó finalmente Amethist mientras la daga rajaba parte de su brazo y el demonio volteaba de blanco del tuerto a la chica: -NO... NO... MÁS!!- Y con la mente perlada y el esfuerzo notado, se arrodilló frente a Necross, poniendo el filo en posición de querer volver a atacar: -Por favor...- soltó con un hilo de voz: -Mátame... Mátame...- Al momento de escuchar a la peliblanca, el hombre del parche le dedico una mirada lastimera: -¿Que te mate?- Necross se atoro con sangre, y comenzó a toser. –Pero si aún no me has pagado.- Con la cabeza baja por la falta de energías el hombre del parche observaba como aquel ser demoniaco se maravillaba con la escena. Hablaba, se burlaba, ¿es que acaso todos los que quieren matar al tuerto deben ser habladores?. –Ame…- Y el brazo izquierdo del hombre del parche se posó con suavidad sobre la mejilla de la peliblanca, le acaricio el rostro para luego posar la mano sobre uno de sus hombros. Inmediatamente después una descarga eléctrica recorrió el brazo del tuerto,  aquel golpe de electricidad paralizo de inmediato a la peliblanca.

El demonio se adelantó unos pasos y con único brazo tomó entre sus dedos la sangre derramada de Necross y chupándose los dedos, continuó con su tormento: -Esto no acaba hasta que yo diga... Dulce... Rica...- y seguía chupándose los dedos: -Sabes muy bien, Necross Belmont- Agregó mirándolo de nuevo, agudizando su mirada amarilla: -¿Tu hija también?-

Spoiler:

Y si no bastaba con los insultos y humillaciones, el ser demoniaco se atrevió a hablar de la pequeña Nadine, y si había algo que enfurecía al tuerto era que amenazaran al único haz de esperanza que tenía. Fue tal el nivel de enojo de Necross que el parche en su ojo reventó, los ojos se le pusieron grises, el cabello perdía su característico tono oscuro,  y una esfera de viento lo cubrió completamente.  Desde el interior de la esfera se podía ver como el tuerto comenzaba a arrancarse la piel usando la mano derecha, con relativa facilidad, mientras sus gritos de dolor se perdían por los sonidos eléctricos que circundaban sobre el escudo de viento. Su brazo derecho se impregno con la piel ensangrentada de su rostro, y su cuerpo se hizo notoriamente más grande, la espada en su espalda fue tomada con fuerza por la ahora garra en su brazo izquierdo, corrompida al igual que Necross. Y cuando se puso de pie, miro con ojos furiosos al ente demoniaco.

-Eu sunt… Dracul.- Dijo antes de gritar con furia.

Sin perder segundo alguno el engendro corrió hacia el demonio, como si las heridas que tuvo su anterior ser no existieran, y la verdad eran de poca importancia, pues ahora lo único que debía hacer el engendro era acabar con ese terrible enemigo. Los ataques de Dracul eran implacables, uno tras de otro como si su espada no pesara nada, como si fuera una cuchilla que blandía contra el viento. Lamentablemente el demonio era mucho más rápido que los cortes del engendro, y por cada corte horizontal, cada ataque vertical, y cada estocada, el enemigo simplemente se movía con agilidad para esquivarlo.  Pero aun así Dracul siguió luchando, no se detendría por nada en el mundo, el demonio simplemente se divertía con los ataques poco efectivos del engendro. Hasta que de sorpresa la furia reencarnada se detuvo, y el demonio chillo de dolor. De la nada una flecha cruzo el cielo hasta alojarse en uno de los ojos de la criatura, el engendro, errático, busco a sus costados quien había sido el arquero que disparo, cuando volteo el rostro vio a una peliblanca de pie, con un arco, una de sus manos sangraba.  -¿Ochi de liliac?-

Pero la pelea no se podía pausar por tanto tiempo, por ello después de retirarse la flecha, y regenerar el ojo perdido, el demonio alzo ambas manos hacia la peliblanca, pues quería controlarla una vez más. En el instante en que el demonio alzo los brazos, el engendro aprovecho para bajar con un fuerte y rápido ataque su arma, ambos brazos fueron rebanados en menos de un segundo.  El enemigo retrocedió varios pasos, maldiciendo al engendro y a la peliblanca por igual, se podía ver como lentamente sus extremidades se reconstruían.  Dracul pudo notar como la peliblanca se le acercaba, y una calma lo invadió cuando la tuvo en frente, una calma que solo una vez logro sentir con la hija de Necross.

La peliblanca se acercó hasta que pudo posar una mano en el rostro demacrado del engendro, este la reconoció, ella no era un enemigo. –Habéis peleado bien, pero ya es hora de calmarse.- Dracul la miraba con curiosidad, reconociéndola como más que un aliado, ella era la dama de ojos lilas que siempre tuvo en mente. - Mă bucur să te văd- Dijo el engendro antes de mirar al demonio, quien de rodillas en el piso continuaba maldiciendo. –No vuelvas a electrocutarme.- Amethist suspiro, era notorio que le tomo mucho valor hablarle al engendro. El rostro pálido y anciano del ser que así mismo se reconocía como una blasfemia se veía triste, pues con el agrado de la calma también comenzaba su desaparición. - la revedere- Dijo Dracul antes de suspirar con tristeza. Entonces su cabellos blancos comenzaron a cambiar a un color oscuro como la noche, las arrugas en su rostro lentamente desaparecían, y la garra humeante paso a convertirse en un brazo metálico. –No vuelvas a apuñalarme entonces…-

Por un segundo Necross quedo completamente desnudo, más cuando el collar en su cuello brillo con un tenue color amarillo, apareció vestido completamente. El hombre del parche se miró la mano izquierda, sabiendo lo que había pasado, pero sin poder recordarlo, lo último en sus memorias eran las palabras del demonio hablando de su pequeña Divium; ahora debería pagar por la ofensa.  

El hombre del parche se paró en frente de su enemigo, con la punta del mandoble a ras de piso, en cualquier momento comenzaba nuevamente la pelea.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 11, 2016 3:52 pm

XIV. Justicia


Naresh, esa mañana

Las calles estaban vacías. Ni siquiera el viento se dignaba hacer su acto de presencia. Los animales no volaban, cantaban o gruñían y la vida contenía la respiración al filo de los hechos que se esperaban. Era el presagio de buenas noticias y temores ancestrales, pues por Naresh marcharía la turba detestable de monstruos de leyenda, ni humanos ni bestias, una colonia de invasores despreciables con prácticas heréticas. Viejos enemigos acunados a la sombra del éxito de los poderosos y los ciudadanos de bien. Los gitanos de la miseria.

Primero, fueron los pasos de millares que se oyeron a lo lejos, casi coordinados al son de unos  tambores que, con cada nuevo golpe, se incrementaba en potencia; luego, fue la humarada de los caballos, que les escoltaban a lado y lado de la calle principal en dirección al Ayuntamiento. Se trataba de los guerreros dorados, los templarios de Luminaris, todos resplandecientes en armaduras y fierros con los que no tenían problema en arremeter contra los viejos o niños que se rezagaban por el penoso paseo hacia la urbe poderosa.

Música:


La población aguantaba la respiración, observando con indiferencia, asco y crueldad. Las campanas en lo alto de las catedrales y las iglesias tronaban al son de los recién llegados. El silencio lo consumía todo. Al menos así hicieron los comerciantes, taberneros, campesinos y capataces, las campesinas, las meretrices, incluso las prostitutas cercanas a los puertos y sus clientes, desde marineros hasta capitanes, todos estaban congregados a lado y lado de la calle, observando las caras de quiénes por mucho tiempo habían considerado bandidos y trúhanes. El Dios Supremo, Luminaris, por fin dejaría caer la balanza de la justicia sobre aquellos salvajes, y en ese pensamiento yacía la curiosidad y el morbo de todos los habitantes. Aquel era un día memorable.

Y es que, en medio de la tonada de los campanarios, los cielos finalmente habían oído las suplicas de sus feligreses. Después de años de pesadumbre, robos impunes e inseguridad en los caminos de las respetables ciudades de la Espada de Ujesh Varsha, la Real Orden de las Nalini emitida por la Cardenal de la Orden de Sumatra había levantado cargos contra la población Sikti Paktim, habitantes de los bosques y nómades gitanos, por el agravante de ser enemigos de la patria y  promotores de la herejía, el hurto, las prácticas demoniacas y la traición a la fe.

Cientos y cientos de almas, entre familias y desheredados, entraban por el fuerte de Naresh apresadas de pies y manos, sin importar su condición, o su edad. Niños de diferentes edades, viejos, madres y hombres, enfermos o incapacitados, todos, ataviados con esos ropajes coloridos y adornos de baratijas con las que timaban al incauto, marchaban al son de los tambores, sin agua y sin alimento, luego del barrido que hiciera la Orden al desplegar las fuerzas militares de las tres ciudades sobre el territorio sur del Tarangini.  

- Sí sí sí- sacudía la cabeza con complacencia aunque sin apagar ni un poco la dureza de sus ojos celestes. La mujer, apenas mediana aunque a simple vista casi una adolescente por las túnicas blancas con las que estaba ataviada íntegramente, mantenía su porte serio, casi real, al tiempo que repasaba a un lado y al otro el trabajo de sus caballeros: Ya iba siendo hora de tomar cartas en el asunto… Nos demoramos, sí querido Lord Waltz, nos demoramos mucho-- anotó, regañando como madre, aunque dándose unas pocas palmadas sobre las piernas.

A su lado, en lo alto del Ayuntamiento, donde un balcón sobresalía mirando hacia la plaza central, el Conde de Naresh y dueño de los territorios más afectados por la incursión gitana, Anthony Waltz, se tomaba las manos con algo de nerviosismo. Nunca había dudado de su plan: lanzar la alarma contra la Orden no sería de mucho si no fuera porque unos días antes habían sufrido una incursión enemiga directamente en su corazón y centro de operaciones, la Fortaleza de Samrat. Ahí fue cuando él, señor de las tierras más fértiles de la ciudad y poderoso mecenas de la fe de Luminaris se había presentado en la misma Fortaleza con el pretexto de explicar a la Cardenal los agravios que había sufrido por los bandidos, como Lucard Wasser, y el apoyo que este tipo de gente recibía de los gitanos. Sin embargo, al ver el despliegue de poder que hacía la Orden sobre el suelo de la urbe, le hacía preguntar si todo ello al final le daría buenos resultados. Su poder de Conde y sangre palidecía ante la fuerza bruta y las artes de la Cardenal y sus vasallos.

-Tiene razón, su Magnificencia- contestó, torciendo la boca mientras con la mirada escrutaba los rostros de los prisioneros. Ninguno le revelaba aquel al que con tanto ahínco buscaba. – Sólo espero seguir siendo útil a los designios sagrados del Único.

La mujer de rostro tan pálido como sus ropajes, apenas si suspiró, concentrada en el teatro que se le presentaba ante los ojos. Tarde o temprano el juicio se levantaría pero antes de ello venía la penitencia: ningún alma pisaría el purgatorio sin antes haber hecho la debida penitencia de sus pecados. Y si algo tenía claro la Cardenal, es que ella sabía muy bien como volver a los pecadores, penitentes.

--//--


En medio de los bosques entre Maletta y Dalkia, en la noche

-¡Mátalo!

Lo que antes habían sido solo órdenes menores, se volvía imperativo, una necesidad apremiante de sangre. Era un hambre devoradora; una sed infinita de tomar la vida de quién la voz demandaba.

-Mata. ¡Hazle desangrar como al cordero!

Rechiné los dientes, sin poder oír siquiera lo que Necross hablaba con el demonio. En el fondo sólo era ruido, quejidos sin importancia, ahora llenados por la presencia de la daga en mis músculos, en la garganta y en el alma.

-¡No más!- le ordené a aquella voz en medio de la nada.

Sabía lo que quería, así como la necesidad que crecía en mí por obedecerla, so pena de tomar mi vida por la del que sería sacrificado. Pero no podía permitir que se apoderara de mí, como si fuera un parásito chupando mi voluntad o mi destino. Si cedía sería el fin de mi libre albedrío.

-Mátalo. Mata a ese impuro. Quiero su sangre. Quiero esa vida… esa que tan fácilmente puede escurrirse entre mi filo y la traición de quién le quitará su vida.

Sentía la malicia. Esa risa silenciosa con la que se expresaba sin dar tregua, apretando mis sentidos, impidiéndome razonar. El aire apretaba los pulmones y el sudor se quedaba tieso en los poros sin poder exudar. Mi vida corría a la deriva, batallando contra un enemigo que no era más que mi yo misma.

“Borra tu mente. Aleja la ilusión, el recuerdo. Nadie te recuerda. ¡Nadie nos recuerda!”, susurró una voz, fría, medida.

No supe cuándo ni cómo, pero entre terminar arrodillada, forcejeando contra mis propios huesos, y la pelea que Necross ofrecía a la bestia escamosa, supe que entre más corría el tiempo, menos control poseía sobre mí. Las manos se movían solas, las piernas también. Mi cuerpo no era mío, sino uno al servicio de esa ira salvaje con la que la daga me llenaba. Cada palabra, cada sílaba que salía de la daga me volvía más hambrienta como irracional.    

-NO …. POR FAVOR NOOOO!!- finalmente exploté, con toda la energía que tenía, entregándome al desespero por completo. No podía soportar más el luchar contra la corriente de odio que afloraba como maná por mis venas, estirando la mano hacia el mango de la daga.

Fue rápido como preciso. A la carcajada del demonio lancé el primer embiste directo hacia la espalda del tuerto. Él sorprendido, se quejó, pero yo volví al ruedo, obviando sus palabras, su sorpresa ante la traición, con los ojos inyectados de ira y sangre vengativa, aunque el rostro congestionado pues, oh si, en medio de aquella sensación de frenesí yo era consiente de todo lo que mi cuerpo hacía.

“No lo hagas. Te los suplico… te daré sangre, pero no esta… no la de él. No ahora”

Una nueva cortada lateral y luego otra. Literalmente, tal cual quería la daga, estaba desangrando a Necross como pago por su ayuda. Y quería llorar, arrebatarme la vida si fuera preciso; más no por él sino por mis principios, por sentir una vez en la vida que tenía la oportunidad de domar los hilos de mi propio destino y torcerlos a mi favor, así fuera para mi propia perdición.

“Basta, estúpida entidad. Lárgate de mí. Vete de aquí”, exploté.

-Eres mía y yo soy tuya. Somos una, indivisible, indestructibles. Tu carne es la mía, mi filo es el tuyo. Nuestro destino es ser y perecer con sed y hambre de muerte… hasta que nuestro maestro nos abrace en la eternidad de la tierra oscura.

“No… eso es sólo tu visión. ¡Yo no quiero eso! ¡Primero te destrozaré antes que dejar que eso pase! ¡ANTES MUERTA QUE SIRVIENDO A UNA SED QUE NO QUIERO LLENAR!”

No supe cómo, pero los brazos lograron responder al impulso. Fue un movimiento agresivo, impulsivo y desmedido, pues mientras alzaba el arma para una vez más ensartarla en la carne del guerrero, interpuse el otro brazo rajando mi piel, mi carne, haciendo que la daga entrara tan hondo como fuera el impulso para herir al tuerto, dándole tiempo para arremeter. El grito ahogado sellaba sus gemidos, así como los míos.

-Mátame- susurré sin darme cuenta que apenas eso podían salir de mis labios, mientras el resto de mí ser temblaba ante el descontrol y el dolor. “Por favor, mátame…” –Má… Mátame…

-Ame…- repicó él, adolorido como yo, mientras su mirada se clavaba en la mía.

Sentí su mano, acariciando la mejilla como lo hiciera un padre con su crío. ¿Una despedida? Quizás. Había estado bien y sin duda, lo único que lamentaría aquel hombre sería la falta de pago. Al menos por ello me recordaría el resto de sus días. El pensamiento, aunque irrisorio, en ese momento me obligó a hacer las paces con mi ser. Una caricia, cálida, de piel con piel… la primera desde el abrazo frío del caballero en medio del escape. Una caricia y con eso me bastaba para dejarlo todo.

-¡¡NO PUEDES DEJAR QUE NOS MATÉ!!- chilló la horrida voz al tiempo que la corriente eléctrica corría desde el hombro hasta los huesos, sumiéndome en tinieblas.

--//--


-Nos recuerdo- escuché de nuevo. Era una voz voluntariosa, fría, despiadada. En su manera de hablar podía vislumbrar ese rostro altivo surcado por una media sonrisa porfiada con la que pretendía leerme.

-Pero yo no…- pude responder, sorprendida que en medio de aquel mundo de nubes e imprecisiones por fin podía hablar con el agente de mis sueños.

-No importa… No importa, realmente. A él lo recordáis y a mí también, solo que ahora, ahora es la hora de la oscuridad, del desconocimiento, de la estupidez. Luego será el tiempo del descubrimiento y cuando menos lo penséis, la luz lo llenará todo, como debe ser. Como tiene que ser. Quitadme las cadenas del pensar y probad el poder que viene con el hecho de entregaros a las aguas del actuar. Dejadme despertar. Dejadme salir… Dejadme ver la luz y mirar la muerte una vez más…

--//--


Al abrir los ojos, me puse en pie. El dolor de la mano apenas si era perceptible, como si sucediera fuera de mí. Observé alrededor. Las nubes se agolpaban en el cielo, tapando la luz de las lunas y su mirada sobre el mundo; la tierra se veía golpeada, llena de pisadas erráticas, evidencia macabra de lo que había pasado mientras yo estaba en la duermevela. Dolía la cabeza, y aún sentía ciertos temblores por el cuerpo, recordando de pronto la razón de mi tormento: Necross.

Lo busqué y en su lugar estaba un ser enorme, bestial, su rostro cundido de arrugas despedía la deformación que le acompañaba. Aterraba mirarle, más aún al caer la vista en su brazo encendido, fuerte, pero monstruoso. Busqué a Necross, ¿qué había pasado con él? ¿Dónde estaba? ¿Lo habría matado la entidad que peleaba enardecida o el demonio que evadía con frenesí?

“Miradlo bien… El secreto de sobrevivir está en observar bien…”

Me obligué a levantar la cabeza de nuevo, más temerosa y dudosa que valiente. Al comienzo sólo podía percatarme de cómo la lucha parecía más de bestias que seres pensantes, sin embargo, el rostro del engendro, aunque lleno de arrugas y deformaciones, denotaba una mirada conocida, lejana, llena de ira, de dolor, de hambre de sangre, pero también de recuerdos pasados y tormentos en pena. Sus cabellos grises, largos, caídos sobre el rostro me recordaron al tuerto y sus ojos grisáceos, encendidos e iracundos, me hicieron pensar en que era precisamente esa la razón por la que no podía atinar al demonio.

“Se alimenta de ira, de miedo”, volvió a razonar aquella entidad femenina, analítica, indescifrable. Su deducción era acertada aunque la frialdad con la que la expresaba helaba todos mis cálculos: “Dejadme ir…”

¿Podría ganar?

“No. Sola no. Pero puedo hacer la diferencia”, espetó.

Me puse en pie y de inmediato sentí como la indecisión era remplazada por la temeridad, el miedo por la confianza, y las ganas de huir por esa ansiedad de saber muy bien qué es lo que debía hacerse, en el menor tiempo y de la manera más limpia. “Mirad y sobreviviréis”, me dije y corrí hacia una de las flechas cercanas. En antes, había lanzado de manera discriminada para sacar la frustración de mi ser, esa zozobra que cayó a raíz de la humillación del elfo, pero en la memoria, con esa sensación de sapiencia que me rodeaba, podía recordar perfectamente donde había puesto los ojos y, por ende, dónde estaban las flechas. La más cercana yacía a unos pasos atrás de dónde engendro y demonio luchaban sin cuartel.

La daga, aún en el cinto, no reaccionaba. La sensación de libertad volvía a llenarme luego de haberme sentido atada y domada por la entidad maligna. Tomé la flecha y en un acto rápido me hice al arco, cuyos caracteres en mithril refulgieron al contacto con la luz de las lunas. Las nubes asomaban con mayor amenaza pero aun así, aquella era la quietud que sucede a la tormenta.  

Música:


-¿Ochi de liliac?

Suspiré, bajando el arco. Esa voz me resultaba monstruosa, surgida desde lo más profundo de una caverna llena de tormento. Y sentí pena, sino tristeza, una profunda compasión que hacía mucho no recordaba tener. Sin embargo, él me miraba entre sorprendido e inquieto, y aunque mi congoja se sentía tácita una media sonrisa asomó, dando luz a la tez demacrada, ladeando la cabeza para acercarme aún más, lentamente, respondiendo al temor por su presencia y a la curiosidad de una sospecha.

Parecía que él me conocía; yo actuaba en consecuencia. Aunque tenía miedo, algo en mí centellaba con ansias, haciendo que fuera más fuerte el valor al temor. La sensación no era nueva, pues había sido el mismo impulso que me había movilizado con el caballero de la fortaleza. La muerte, el frío, la ira y todo lo que a ese ser parecía rodearle, me atraía. Quizás, había nacido para estar rodeada de adefesios, y esa idea en vez de hacerme reír me dio el empuje para continuar, tomarle de la mejilla y mirarle como si quisiera ver a través de sus pupilas el mundo como se le presentaba. Afuera de nosotros el demonio se retorcía de dolor como de furia, tratando de sacar la flecha incrustada. En mi interior la calma volvía al mirar la muerte que surcaba ese rostro deforme y me llenaba de una paz que siempre había ansiado.

“Tenéis que calmarlo… Esta es una pelea de astucia, no de fuerza bruta. ¡Despertadlo!”, recitó la voz pausada, aunque cada vez más unida a mí, más presente.

-Habéis peleado bien- le dije, mientras mi mano, con pulse firme, pasaba por su piel llena de arrugas: -pero es hora de calmarse.

- Mă bucur să te văd

Y efectivamente, antes que la visión lo supiera, la sospecha lo había confirmado: las arrugas se disiparon, los músculos brotados disminuyeron de tamaño, el rostro endemoniado cedió terreno a uno más joven, aunque igual de serio, sino demacrado, la barba brotó y los cabellos de anciano retomaron su color oscuro, revelando al tuerto de ojos dispares.

-No volváis a electrocutarme- espeté con una media sonrisa al hombre de músculos formados y cuerpo viril.

-No vuelvas a apuñalarme entonces…- contestó él, primero observando su mano, aquella que antes había relucido como una antorcha flameante, y luego al demonio, clavando sus ojos desiguales en el nuevo objetivo. De pronto su cuello brilló y la ropa apareció, rodeándole primero de luz, lo que hizo que yo torciera el rostro en una mueca entre sonrisa y pesar: la vista era mejor sin la presencia de la magia.

Con un movimiento apreté el arco y busqué alrededor, tratando de recordar los lugares donde había lanzado cada una de mis saetas. Tener el carcaj vacío no ayudaba, pero tener un arco sin una flecha lo era peor.

-No caigáis en su juego de incitación e ira- repiqué al tuerto, moviendo la cabeza a un lado y otro de la alborada como si dirigiera una batalla que hace mucho estaba ganada en mi cabeza. El demonio profería gritos y lamentos, forcejeando aún por sacarse la flecha de su sesera, aunque le daba problemas el regenerarse de la misma manera que había logrado las veces anteriores. Se le acababa el tiempo, y por primera vez en nuestros encuentros aparecía ante mis ojos no como una amenaza sino como una presa. -Ganad tiempo pero no le deis razones para hacerse más fuerte. Entre más rabia y miedo depositemos en sus actos, más pelea nos dará.

Fría, orgullosa, incluso con cierto aire de superioridad que en antes no había brillado, le di la espalda y salí corriendo mientras el demonio se revolvía en sí mismo, listo para atacarme cundido en furia y ganas de revancha.

-No… NOOOO… Debo cumplir… debo cumplir- gritó con voz femenina el demonio, rechinando iracundo. Y aunque poco lograba regenerar el impacto de la flecha, de su parte trasera surgió una cola, escamosa como toda ella, larga, terminada en punta semejante a la de un reptil. En medio de su frenesí de trasformación estiró los brazos, buscando el control que otrora había ejercido sobre mí y, para mí pena, el aire volvió a sentirse contaminado y la daga nuevamente brillaba dentro de mi cinto.

“No otra vez…”, oí mientras se apagaba aquella voz que daba valor.

-Mátate… Mátate…- alcanzó a cantar la daga, cuando de atrás surgió un grito, el llamado a la batalla, un aliento de furia ausente de ira desprendido del propio Necross, quién alzaba su arma y de un tajo cercenaba las manos del oponente.

La bestia de inmediato respondió, lamentándose de dolor, gritando de manera infernal, pero aún estratégica, lanzando su cola con furia para desestabilizar al oponente. Con su jugada, el tuerto había cambiado el ángulo de la batalla, dándome una oportunidad de seguir buscando flechas.

De lejos sonidos de furia, carne que se cercena, injurias y de nuevo golpes y más golpes. Sabía muy bien que Necross estaba herido, que por mi culpa perdía sangre a cada segundo que pasaba, con cada movimiento, con cada esfuerzo. “Concéntrate” era lo único que cantaba esa otra presencia, mientras escalaba los árboles, saltaba entre las ramas, me deslizaba como un gato a lado y lado de los bosques, recogiendo una a una, algunas de las flechas que torpemente había desperdigado.

-Una más… solo una más- me insistía mientras apretaba con fuerza cada rama de la que me aferraba y subía hasta los puntos donde mi mente demarcaba. No recordaba haber tenido tan buena memoria, pero el sentir la presión de la vida que se jugaba a unos metros de mí, debajo de las copas de los árboles, parecía hacer funcionar mi cabeza de maneras que no podía prever.

-Maldito bastardo- profería el demonio: -¿Acaso creías que podías salirte con la tuya? Tu familia… tu ser… todo lo que te rodea terminará en el fuego eterno del maestro, así como ella… ¡Todo! Es tu destino, ¡mugroso humano!

El filo caía y caía, una y otra vez, lo que me hacía suponer las heridas de la bestia; pero también escuchaba como telón de fondo los golpes que recibía Necross, el tormento que representaba plantarle cara a aquel ser burlón, miserable.

Al final logré dar con otra de las flechas, la tercera que ahora podía esgrimir en el carcaj, pero se encontraba demasiado alto de los árboles. “Podré arriesgarme con dos”, pensé sopesando las opciones de tirar las flechas desde ese punto y atacar; pero de inmediato otra voz respondió: “No seáis imbécil además de inepta”.

Bajé la mirada y vi a Necross tirado en el piso, respirando con dificultad, mientras el demonio clavaba su mirada, también tomando un último bocanada de aire, pues su cuerpo magullado y adolorido ya era incapaz de sanar los embistes con los que lo había marcado la arma portentosa del humano.

-¡Lo matará!- grité, como si el corazón se agitara en las palmas de mi mano.

“¡Ve por la flecha YA!” , contestó la voz.

Subí tan aprisa que poca atención presté a la destreza con la que me movía. Forcejeé con la flecha para sacarla de la rama, sin sentir el vértigo de la altura o la angustia por caer al vacío. Todo lo contrario, allí arriba, pareció natural estar, casi como un segundo hogar. Las manos me sudaban, sino temblaba. No quería perder al guía, no así… no así.

“Concéntrate”, volvió a instar la voz pero esta vez más fría y marcial.

Respiré rápido y de nuevo pujé con todo. La madera cedió y la flecha, aunque un poco astillada, surgió del agujero indemne.

De pie, sin tener nada para agarrarme, apelé al sentido de equilibrio y apreté el arco como la primera flecha. Para ese momento, poco o nada importaba el poder caer desde tal altura, concentrada como estaba en la sangre que se veía abajo y las heridas que de seguro tendría Necross. Algunas por mi culpa…

“Firme. Pies separados, respiración en su lugar, estabiliza el arco sobre el hombro, levanta los puños, firme el pulso, no tanto, así… así… Respira… ”

De lejos, podía ver cómo la criatura parecía resolverse por fin a atacar: movía la cola como un látigo, tratando de llegar al tuerto sin ponerse en peligro. Era una buena estrategia, pues aunque el guerrero le cercenara aquella parte, el demonio tendría aun el resto del cuerpo para rematar.

“Respira”

-Lo matará- volví a susurrar.

Se acercaba con furia, sonriendo. El filo del arma del tuerto apuntaba hacia abajo, acariciando el pasto, mientras su posición de piernas separadas, espalda ligeramente arqueada y la cabeza fija en el oponente, me indicaban que él también seguía dispuesto a prestar pelea, a pesar de todo. ¿Qué lo movía a no salir corriendo para salvar la vida?

“¡MÁTALO YA!” , finalmente instó la voz.

El arco cantó una vez, luego dos, y luego tres. Una se alojó en el pecho, donde de seguro yacía su corazón podrido, otra en el estómago, donde quizás habían estado alojados aún los huesos del infante que le viera comer el día que lo conocía; finalmente, la última saeta, se alojó en la cabeza, en medio de los ojos amarillos con los que miraba al humano.

-¡SÏ!- canté victoriosa.

Pero era demasiado pronto para estar contenta: la figura movió la cabeza y empezó a hablar. La distancia jugaba a mi favor, pues poco o nada podía oírle aunque una fuerza poderosa, casi omnipresente, me imbuyó, haciendo que aquella presencia que en antes me infligía valor se desvaneciera como un recuerdo lejano al sonido del viento que anunciaba la tormenta.

-Lánzame… -cantó la daga: -Lánzame y mátalo.

Bajo su control, las manos otra vez me temblaban, tratando de forcejear por desobedecerle. Pero esta vez su poder sobre mí era arrollador, mientras la bestia corría hacia mí.

Sin embargo, Necross con sus fuerzas, lanzó su último ataque, lanzándose por los aires, sobre la cola, sobre el cuerpo magullado del demonio y encertó su arma en el pecho, al tiempo que la unía al piso como si fuera un pincho. El hombre alzó la mirada con una media sonrisa, mientras el demonio adolorido parecía decaer en un llanto que poco a poco se apagaba, así como su vida.

Pero yo estaba lejos de sentir que moría aquella bestia. Mucho más presente, mucho más aterrador, el control que ejercía era casi imposible de evitar. Su voz asomaba por todos los rincones de mi cuerpo y de mi mente, las manos temblorosas poco o nada podían resistirse a los designios que exigía esa presencia aterradora: lanzar la daga y acabar con la vida de Necross.

-Mátate… Mátalo… Lánzame y mátalo.

Con la mano llena de sangre por el intento anterior de evitar las palabras de la daga, volví a tomar su empuñadora. Sabía que lo haría… me obligaría a hacerlo sin mayor reparo que el que caería sobre mí después de que estuviera muerto. No tenía opción… No había otra opción… Me obligaría a matar a Necross.

Entonces, mi garganta pareció cerrarse y una sed profunda asomó en mi ser. “Tengo hambre, tengo hambre”  lloraba la daga en mi interior. Las manos se disponían a lanzar el arma y por un segundo pude ver la sorpresa dibujada en el hombre del parche.

“No… NOOOO…. NOOOOOO” , me resistía.

En ese momento de toda la alborada surgieron nuestros aliados: los elfos, los amantes, incluso el dueño de la granja, el señor Pork, arribó con un trinche de paja para dar frente a lo que sea que lo había levantado a tan tempranas horas de la madrugada.

Y fue que llegaran para que del demonio una bruma se levantara, como niebla de un color tan oscuro que era imposible distinguir el cuerpo de la bestia recién muerta. En el aire sonaba una risa, suave, cantarina, mientras el remolino de humo ennegrecido crecía no en amplitud, sino ascendiendo, como si quisiera alcanzar los cielos.

Pero yo no atendía a eso. Aunque indecisa, y sabiendo que tarde o temprano mi cuerpo obedecería por la tortura impuesta de aquella arma, solo lancé una última mirada a Necross y otra a la humarada, sudando de terror al avistar aquella mirada que entre ella se veía.

-No te dejaré…- sentencié… -No tomarás la vida de él.

Y entonces, sin pensarlo mucho, moví un pie y la gravedad hizo el resto. Caí desde la copa más alta de aquel árbol al vacío mientras los demás tenían la concentración en el humo infernal.

Caí y caí hasta que un golpe seco anunció mi llegada al suelo, en medio de un pasto para nada crecido. Dolía el cuerpo, dolía el alma, pero bien sentía que el control de la daga estaba lejos de darse en mí, ya inhabilitada para seguir su propósito. ¿Moriría? Era posible. La sed continuaba, el hambre también, y todo era por la maldición de aquella arma que siempre me hacía anhelar el daño y la sangre de otros. Pero Necross estaba vivo, y si las fuerzas escapaban de mí, entonces valía la pena. Él tenía una familia, unos compañeros, amaba su vida y sus propósitos.


La sangre salía de mi cuerpo. La sentía en la boca, en la nariz, incluso en la mente. Sin embargo, la mirada hasta el último momento la tuve fija allí, en la bruma, pues a medida que se desvanecía, por breves segundo, apareció una figura infantil, tierna, de no más de unos 8 años, con cabellos de oro y mirada azulada, toda vestida de blanco impoluto rodeada por lo que parecía mariposas de luz. Se pensaría que era angelical, de no ser por su sonrisa diabólica la cual desapareció junto con la bruma, llevándose consigo el cadáver demoniaco y la vida de todo lo vegetal que había estado en contacto con el humo oscuro.

Sólo la gran hoja del arma de Necross seguía en el centro, clavada en la tierra. Y con aquella visión, desapareció el ser, la conciencia, y por primera vez, la sensación de que cargaría con más culpas de las que debía cargar. Había hecho bien… yo… habí…a… he…cho… b i …



Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:27 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Jun 14, 2016 11:14 pm

*Este post es “experimental”, pues es uno de los pocos que hago en primera persona.*

Podía recordarlo, no puedo explicar claramente los hechos pero recuerdo las sensaciones, el sentimiento. Y es que cuando Dracul toma el control de mi cuerpo la mente se apaga, en otras palabras, yo dejo de existir completamente cuando el engendro se apodera de mí ser. Pero hay ciertos momentos en que puedo recordar las sensaciones, la paz, la tranquilidad desbordante que supera el enojo abismal que es Dracul, hasta ahora solo Nadine había sido capaz de hacerme despertar, aunque es segunda vez que el engendro esta tan calmado, la primera fue en el desierto de Xerxes. Pero ahora Dracul había reaccionado ante la presencia de Amethist, entiendo el porqué, ella le recuerda a Ondine, a mí también. Cuando éramos uno nuestra misión principal era buscar a la dama de ojos lilas, la cual no recordaba completamente como Necross, y como Dracul solo tenía una vaga idea.

Pero ahora ella me hizo despertar, la peliblanca  logro tranquilizar al engendro y sacarme del trance, del enojo. Lo primero que vi fue a Sherckano convertido en una aberración, mi brazo izquierdo palpitaba como si de mi corazón se tratase, lentamente podía sentir como la fuerza volvía a mí, la vitalidad de mis… vaya, no recuerdo si tengo treinta y cuatro o treinta y cinco años. No importa en realidad, ahora lo importarte es que debo empuñar nuevamente el mandoble, las ropas volvieron a mí, aun no sé cómo eso funciona pero logre hacer reír a Ame, creo su sonrisa me dará fuerzas para continuar. Las heridas en mi torso aun duelen, duelen mucho, arde como el infierno realmente, pero no todo es tan malo, puedo sentir como la bendición de Adrammalech hace que se cierren más rápido, por lo menos el sangrado se detuvo; aunque estoy seguro que cualquier movimiento brusco me hará sangrar de nuevo.

Spoiler:

La peliblanca me advirtió sobre el demonio, mientras este con mil voces se quejaba de dolor, al parecer su habilidad de regenerarse estaba fallando, ¿funcionara aun la mía? - Ganad tiempo pero no le deis razones para hacerse más fuerte. Entre más rabia y miedo depositemos en sus actos, más pelea nos dará.- Le escuche pero no podía verla, tenía que mantener la concentración en el enemigo. Amethist sonaba… diferente, como si desde su interior el valor que escondía se hiciera presente; me daba órdenes como en antaño la dama de ojos lilas lo hiciera, y la verdad me fastidiaba, pero al mismo tiempo un sentimiento de nostalgia invadía mi corazón. Mientras el demonio advertía que “debía cumplir”, pude notar como una cola escamosa le crecía a la espalda, quizás como cuentan las historias, estaba perdiendo el control de su apariencia, sé que hay demonios que concentran su poder en aparentar algo que no son.

La bestia era sin dudas más rápida, más poderosa, y más fea que Dracul, y si el engendro no pudo con ella,  las dudas sobre mi capacidad para mantener una batalla se hacían más presentes que nunca. Se lanzó sobre mí, las garras en sus manos por poco me rebanan el pecho, y digo por poco pues sus movimientos eran claramente más lentos, el engendro había hecho su parte del trabajo. Aun así, cuando por meros centímetros lograba evitar los poderosos zarpazos, el demonio me obligaba a retroceder, y con cada paso hacia atrás sentía el dolor en las heridas que me dejo Amethist; tenía que contratacar y darme un poco de espacio. Empuñe a Sherckano con fuerza, y deje de usarlo como escudo para hacer un barrido frontal, lo que causo que el demonio se alejara dos pasos, yo de inmediato me lance hacia adelante buscando golpearle el pecho con el brazo izquierdo, si lograba un buen golpe quizás podría conectar con otro usando el mandoble.

Pero no, la criatura de inmediato se dio cuenta de lo que quería hacer, Sherckano termino con la punta clavada en el piso, y el efecto del golpe me hizo doler todo el cuerpo. Sentía las gotas de sudor caer por mi cara, la sangre en mis labios me sabia a cobre, y la que corría dentro de mis ropajes me hacía gracia, como si fueran cosquillas.  El demonio no me dejaría recuperar el aliento, pues mientras se me cerraba el único ojo con el que podía ver, sentí al aire hacer un cambio de dirección, el enemigo venia por mí.  Lo único que atine a hacer fue usar la electricidad de Adrammalech, clave a Sherckano en el piso causando que una esfera de electricidad me protegiera del inminente ataque, no funciono como lo esperaba.  

Sentí la escamosa cola del enemigo en mi cara, el golpe provoco que saliera disparado, mi cuerpo giro por los aires mientras podía escuchar como el demonio se retorcía de dolor, la electricidad al final si lo había tocado, con ello podría conseguir algo de tiempo y ponerme de pie. Lo intente, primero me fallaron los brazos y caí  nuevamente al verde y ahora destruido pasto, pero a duras penas logre estabilizarme. Pero no podría mantenerme luchando por mucho tiempo, lo podía sentir en los huesos, en todo el cuerpo; me faltaban fuerzas, apenas si podía mantenerme erguido, incluso se me hacía más que difícil mantener a Sherckano hacia adelante. Casi no podía respirar, el aire con dificultad entraba en mis pulmones, quizás debería dejar de fumar… sentía como las manos me temblaban, no de dolor, si no por el esfuerzo que hacia al mantener el mandoble alzado.

Pero podía notar que el demonio estaba igual o más cansado que yo, aquel pensamiento me dio un segundo aire, tal vez aún tenía una oportunidad de salir victorioso, si tan solo las heridas no se hubiesen abierto… -Maldito bastardo…- ¿Insultos? ¿En medio de la batalla? Quizás el demonio también necesitaba  un respiro, y no puedo culparlo por intentarlo. -¿Acaso creías que podías salirte con la tuya? Tu familia… tu ser… todo lo que te rodea terminará en el fuego eterno del maestro, así como ella… ¡Todo! Es tu destino, ¡mugroso humano!- Mi familia… si supiera mi familia donde estoy ahora, de seguro ellos me desollarían. -Espero que tu maestro se entere que un mugroso humano te derroto.- No podía dejar que simplemente me insultara, estaba seguro que aquella soberbia causaría su muerte. Y usualmente los planes no me funcionan, la mejor para crear una estrategia fructífera es Mary Ann, pero esto salió mejor de lo que pude planear.

Nuevamente se lanzó hacia mi cegado por la ira, como Dracul hace unos momentos ataco sin pensar, en aquel momento me sentí en ventaja, pero la realidad era muy distinta, pues las heridas en mi cuerpo y el cansancio de la pelea no me permitían golpear con fuerza, si no fuera por la adrenalina que causa una batalla de seguro no podría ni siquiera moverme. Al final terminamos intercambiando unos cuantos golpes, patéticos golpes, hasta separarnos nuevamente; aquel demonio podrá ser una aberración cruel y malvada, pero era un poderoso enemigo.

Ambos corrimos nuevamente hasta quedar en frente, pero no tuve oportunidad alguna de atacar, pues antes de si quiera concebir algo el demonio comenzó a golpear con su cola, como si de un látigo se tratara, si intentaba hacer otra cosa más que defenderme de seguro me llegaba un golpe de sus garras, y de seguro aquel zarpazo sería fatal. El bastardo golpeo una de mis piernas, no me fije en cual, solo sé que dolió demasiado. El golpe me obligo a bajar una rodilla al piso, creí que finalmente moriría. El demonio me hablaba, pero realmente no le estaba poniendo atención pues en mi mente se dibujaba el rostro lloroso de Nadine… mi pequeña, espero me perdones.

Pero mientras lamentaba mi destino vi como una flecha de la nada se alojó en el pecho del demonio, luego otra en su estómago, y finalmente una entre sus ojos, supuse que fue obra de Amethist. -Ya era hora de que hicieras algo…- Sabia que no podría escucharme, estaba muy débil como para gritar, pero aun así necesitaba de alguna idiotez para quitarme las lágrimas que aparecieron cuando vi a mi pequeña llorar en mi mente. Y nuevamente se puso a hablar, pareciera que mientras más heridas agregaba más parlanchín se volvía el demonio; pero esta vez no me hablaba a mí, le hablaba a Amethist, a quien pude ver a la distancia sobre un árbol.

Pero esta vez no habría tiempo de descanso, en cuanto vi que el demonio se puso a hablar con la peliblanca salte sobre su horrendo y magullado cuerpo, y con fuerza clave a Sherckano en su vientre. -¡Si vas a matar a alguien hazlo! ¡No te quedes hablando sobre ello!- El mandoble quedo ensartado en la tierra, y el demonio empalado entre su filo.  Caí al piso de inmediato, a la distancia podía reconocer los gritos de los elfos, vaya que se tardaron en llegar. Pero los gritos fueron ahogados por los quejidos de dolor del demonio, yo  sonreía, pero no de alegría si no de nervios, estuve a punto de morir nuevamente. De un momento a otro el cuerpo del demonio desapareció, dejando una humareda con olor a azufre, note que la vegetación debajo de Sherckano había muerto totalmente, y por un segundo pude ver la silueta infantil de una niña, de seguro mi mente me hacía recordar a Nadine para reconfortarme, aunque no logre ver bien a la figura infante en la bruma de humo toxico.

Lamentablemente no podía descansar aun, con un último esfuerzo me puse de pie y camine hasta donde estaba la peliblanca, mire a Sherckano por un segundo, mas decidí no recuperarlo. Podía escuchar como los elfos me gritaban que me detuviera, que les dijera donde estaba la peliblanca, pero yo apenas si en ese momento podía hablar. Cojeando me acerque lo suficiente para verla, estaba en el piso, sangrando, la muy idiota se cayó del árbol y se azoto contra el césped. El verla tan maltrecha solo me inspiro el peor de los sentimientos, y a unos cuantos centímetros de su cuerpo me desplome, las piernas me fallaron mientras el mundo se me apagaba. -Ondine… ya llegue, ya estoy aquí.- Con la visión nublada y la mente confundida intente arrastrarme hacia ella, lo único que alcance fue su mano, la cual pude rozar levemente con mis dedos; fue entonces que entendí que no se había caído, pues la daga con la que me apuñalo anteriormente estaba a su lado, la hoja brillaba con ferocidad y relucía extraños grabados. Estire el brazo una última vez para estrechar su mano, luego simplemente me perdí en la inconciencia.

Desperté casi al amanecer, recostado sobre una cama de madera rellena con heno, mi torso estaba desnudo, las heridas que gane durante la batalla habían sido vendadas. En cuanto intente incorporarme gemí de dolor, de inmediato una figura conocida se apareció pasando por la puerta, evitando que me sentara. -Hey, detente tuerto no tan tuerto. No sé cómo sigues vivo con tantas heridas en tu cuerpo, descansa un poco, lo necesitas.- ¿Tuerto no tan tuerto? No tenía el parche puesto, ¿Quién se atrevió a quitarme la ropa? -¿Dónde está Amethist?- No podía verla en la pequeña habitación que me daba cobijo. Supuse que me retenían en la granja de Pork, mi primera pista fue el olor a desperdicios de animal. Thaena me dijo que Ame estaba en otra habitación, no cabía en esta al parecer. -¿Qué sucedió allá?- Esperaba por aquella pregunta, yo mismo sentiría curiosidad si viera a dos personas peleando contra un demonio.

Le conté a la mujer lo que había sucedido, aunque omití detalles o la relación que sospechaba entre Ame y la criatura, también obvie a Dracul, con que la peliblanca lo supiera era más que suficiente. -Vaya, cada vez me entero de más ataques de demonios. Quizás puedas compartir estas palabras con mi pareja, su sed de conocimiento es más grande que su sed por la cerveza.- Al parecer Pent era un erudito, Thaena de la nada comenzó a hablarme de su vida, como no tenía nada más que hacer me conforme con escucharla, aunque no esperaba ansioso el momento en que a mí me tocara hablar. Resulto que aquella mujer era dotada en la práctica medicinal, y que Pent no solo era su pareja, sino que también su maestro; ella se especializaba en el uso más práctico y manual de la medicina, con hierbas, menjunjes, ungüentos entre otros. -Lord Pent es mucho más hábil que yo, con el uso de la magia puede sanar prácticamente cualquier herida. Pero aunque su arte es mucho más efectivo, requiere de más tiempo, energía, y concentración; por eso él está ayudando a tu…- Sabia que pregunta vendría a continuación.

Sabía todas las preguntas que la mujer tenía, sobre las cicatrices, el ojo, el parche, incluso podía notar como miraba con curiosidad el brazo metálico; pero no respondería a ninguna de ellas, no tenía los ánimos para hacerlo.

Y en efecto, la mujer de cabellos castaños me pregunto nuevamente qué tipo de relación tenía con la peliblanca, note que tenía aquella pregunta desde hace mucho. -Soy su escolta, supongo que también su protector.- Por la mueca que hizo, me di cuenta que algo había entendido la mujer, algo había sacado de mis palabras; le pregunté en que pensaba. -Es difícil pensar que lucharías hasta quedar tan herido por una simple paga, no conozco mercenario tan comprometido con su trabajo. No sé porque, señor Belmont, siento que hay mucho más entre usted y la señorita Amethist.- Suspire, pero no dije absolutamente nada, aunque no fue necesario, Thaena con solo aquel gesto algo entendió. Pero estaba seguro que ella pensaba en que yo estaba locamente enamorado de la peliblanca, que por ser su escolta no podía decirlo, pero no era así, estoy seguro que Amethist no es quien dice ser, algo le paso.

Thaena con una reverencia se disculpó y se retiró, debía ir a revisar a Amethist pues sus heridas eran mucho más graves que las mías. Me agrado la idea de estar solo, pero al mismo tiempo me preocupe por el bienestar de la peliblanca, mientras la mujer se retiraba, me quede viéndole el trasero casi por inercia, entendí ahí porque Pent no le quitaba los brazos de encima. Me quede mirando el tejado de la habitación por unos segundos, con la mente en blanco, la madera podrida de una de las vigas era muy interesante… Tuve ganas de levantarme e ir a ver a Ame, pero aunque las heridas en mi torso ya no dolían tanto, quizás lo mejor para ambos seria descansar y recuperar fuerzas; quizás nos tocaría quedarnos un par de días aquí.

Sin nada más que hacer, lentamente volví a recostarme y me cubrí con la cobija que me tapaba el resto del cuerpo; use el control que tengo sobre el aire y apague la única vela que iluminaba el lugar, me fastidia dormir con luz.

No supe en que momento me dormí, lo único que sentí aparte del frio de la noche fueron las ganas de orinar, pero aun así seguí durmiendo. El algún momento sentí el tacto tibio de una mano, la mujer de cabellos castaños me despertó para cambiar el vendaje. -¿Cómo esta Amethist?- Pregunté mientras Thaena desataba y retiraba los vendajes ensangrentados alrededor de mi torso, dolió un poco, la sangre estaba pegada a mi cuerpo. -Esta bien, dormida pero bien. Lord Pent ha hecho un excelente trabajo con ella, pero aún sigue muy débil.- Mientras hablaba, Thaena comenzó a esparcir una especie de ungüento con olor a mierda sobre mis heridas. -Con esto sanaran y cicatrizaran mejor.- No podía verla pues le estaba dando la espalda, pero aun así con un sincero “gracias”, correspondí  la ayuda otorgada.

Después de las curaciones la fémina se retiró de la habitación, yo me quede sentado mirando la nada y pensando en nada, decidí ponerme de pie y caminar pues estaba cansado de la monotonía y el olor a fecas de animal. Mi gabardina reposaba sobre el espaldar de una silla cercana, la puse sobre mi espalda sin meter los brazos, aunque busque no logre encontrar mi camisa.  A pies descalzos salí de la habitación, resulto que me tenían en el granero.  Al sentir el frio aire de la mañana una sonrisa tímida se dibujó en mi rostro, seguía vivo y podría ver otro día. Camine hasta alejarme de la granja, debí tardarme unos veinte minutos en hacerlo. Camine y camine, lo hice hasta regresar al lugar de la pelea, Sherckano seguía allí, clavado en la tierra muerta y seca.

Me acerque lentamente y me senté al lado del mandoble, mirando al bosque, pensando en todo lo que había pasado; cubrí aún más mi cuerpo con la gabardina, la mañana estaba muy fría.


Última edición por Necross Belmont el Lun Oct 10, 2016 9:18 pm, editado 1 vez



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Jue Jun 23, 2016 2:18 pm

XV. Reposo ausente


Esa noche, en medio de los bosques de Dalkia

El alado se agazapo apenas empezó a oír los rumores que le traía la suave brisa de la noche. Era tarde, estaba cansado y sin alimento, pero le había divertido todo lo que viera en la Plaza de la ciudad y ese disfraz de Necross se quedaría grabado por siempre en su pensamiento; sin embargo lo que lo mantenía atento y alerta eran los sucesos que le obligaron a llegar hasta ese rincón perdido a los pies de una simple granja humana. Con una mano sobre su nariz, le era imposible evitar el asco que despertaba el aire, impregnado como estaba a sangre, malicia y esa estela indiscutible a demonio del Averno.

Cerró los ojos y, mientras atendía las palabras que en medio de lucha se daban, repasó con cuidado los hechos que lo habían inmiscuido en tan oscuros sucesos. Y sí que lo tenía presente, pues desde hacía varias horas, mientras sobrevolaba el camino que de Dalkia conduce a Maletta siguiendo la ruta de la carreta donde Necross y su hermana habían salvado estúpidamente la vida, había atisbado un punto minúsculo sobre los campos avanzando a toda velocidad y siempre ganando terreno sobre las marcas que las ruedas de madera dejaran en el barro. Obviando su misión, Oldrak Wasser, heredero de Erenest el Sumo Sacerdote y Arquitecto de Nubibus Ferreum, decidió seguirlo.

Al comienzo sólo pensó que se trataba de un woe en el lugar equivocado: de color morado, cachos prominentes, y una gran agilidad, no despertó la intriga del alado, hasta que empezara a notar las marcas inconfundibles de su paso: una  energía maligna que podría todo alrededor. Fue allí donde tomó la decisión de desobedecer directamente la orden del Gran Thong Khang y aventurarse en aquella persecución, que al comienzo, le parecía absurda y de seguro candidata a infructuosa. Sin embargo, le podía más la curiosidad: la criatura derrumbaba todo lo que se interponía en su paso con una facilidad propia de la más sanguinaria máquina de guerra y solo se detuvo a los pies de la ladera, antes de ingresar en el follaje espeso del bosque, en cuyo centro parecía asomar el humo de una granja.

No tardó el divium en recoger sus cabellos, ajustarse las armas y adentrarse también entre los árboles, más no apelando a sus poderosas alas, sino a sus piernas, pues bien sabía que los peligros serían mayores si aquella criatura demoniaca le atacaba estando en sobrevuelo entre las ramas. En medio de todo, él también era un guerrero, entrenado desde hacía más de 100 años para servir a los designios de los suyos y sus dioses, pero el mundo estaba cambiando y la necesidad de respuestas le llevó por caminos inesperados. Él, como ninguno otro, sabía bien que la vida de los suyos no se había decidido hacía más de 60 años en el mar cuando pereció su familia, sino en esos años cuando el grito de la invasión demoniaca empezó a ser oído en todos los confines del mundo. Y no se equivocó el alado en seguir a su instinto, pues fue allí, entre el follaje y la espesura del verde, que descubrió el origen de su inquietud.

La criatura había sido llamada por la fuerza maligna de la daga. De nada habían servido sus palabras de prevenir al tuerto, pues igual el artefacto ya estaba en contacto con su creador. Se arrebujó la capa, cubrió sus cabellos y, en vez de ayudar en aquella contienda, meditó. En su trance podía oír los designios del Gran Dragón, aquel que encontrara en medio del desierto años atrás tras la pista de la Legión, y en su mente reportaba de los avances de su empresa.

-NO MÁS- de pronto oyó que decía la voz desgarradora de su hermana, entre la impotencia y la desesperación: -NO… NO… ¡NO MÁS! Por favor…. Mátame.

“Debo intervenir”, espetó el divium a las fuerzas con las que se comunicaba, pero al momento de moverse de inmediato sintió la rigidez en su cuerpo.

-No te atrevas, Oldrak…

Petrificado, apenas si lograba mover el orbe de sus ojos lila cuando se posaron en una de las ramas medias de un pequeño nogal a unos cuantos metros de él. Infantil, delicada, bañada por una tenue luz de lunas que hacía resplandecer sus ojos así como el azul de su mirada maligna, una pequeña niña parecía abstraída en la escena que presenciaba. Su sonrisa prominente demostraba el gusto por lo que veía, aunque la posición de sus manos no dejaba duda al asco que sentía por la lastimera actuación que estaba ofreciendo su lacayo.

“Es…es…No puede ser que sea él… en este mundo… ¡Imposible!”

-Lar dan Un… Aferk… Tiene tantos nombres pero sin duda es el actual señor de Jyurman- sentenció Milk a millones de kilómetros de distancia, centrando su mirada en el este, donde Oldrak seguía sus órdenes. –No hagas nada. No es nuestra pelea aún.

--//--


Esa tarde, en Naresh


Musica:



-Postraos ante la fuerza del verdadero Dios, el Único, y jurad ante la Suma Cardenal, ante mí, ante los feligreses, ante este Testimonium…- y un haló de terror corrió por los rostros de los curiosos y bandidos, campesinos y comerciantes de la ciudad que observaban el escarnio público de los prisioneros, al ver cómo de la sombra del Gran Maestre surgía una figura sin rostro, el demonio ligado a la fuerza divina del Señor de la Orden: -… que ahora seréis fiel a las costumbres de la fe, que seguiréis las bulas y tratados de la Espada como bien lo indican los preceptos de la Orden, que nunca más practicaréis la magia de los muertos y que ayudaréis a re-educar a estos simples en el camino justo y ejemplar que Luminaris ha dictado para las gentes como vosotros.

El rostro sereno del Inquisidor solo mostraba una leve marca debajo de su ojo derecho, pero todo él parecía pulido por la piedra más blanca, a excepción de sus ojos oscuros flameantes. La indiferencia con la que escupía sus palabras, llenas de militancia salpicadas de arrogancia, sólo daba cabida para el temor de aquellos que sabían de lo que era capaz aquellos caballeros de la fe, o de indignación por parte del pueblo ahora sometido. Su armadura dorada, más de insignia que funcional, le hacían sobresalir en medio de la plaza, y más aún frente a la mirada apagada y sometida del pueblo de los Rum.

-Así queda formalizado este juramento- comenzó a recitar la mujer demoniaca, la entidad llamada Testimonium: -por el único dios, el todopoderoso Luminaris, omnipresente y omnisapiente, creador del mundo y de todas las cosas, y muestre su ira a aquellos que incumplan con lo que hoy ha sido atestiguado por su presencia –y luego de una leve y solemne pausa, continuó: -Que su Paz esté con nosotros.

-Y con su espíritu- entonaron con fuerza y orgullo los soldados de la Orden de Sumatra apostados en cada uno de los rincones de la plaza central, en las puertas del Ayuntamiento y la guardia de los nobles de la Nalini.

-Y con su espíritu- cantaron también en coro los ciudadanos de Naresh y los viajeros conocedores de la fe y temerosos de lo que pasaría si tentaban la suerte de no pronunciar sus votos.

Pero el alma que estaba siendo sometida, con la cabeza casi postrada sobre el suelo, los ropajes coloridos roídos y mugrosos, toda constreñida por la posición en que uno de los caballeros la tenía empujándola contra el piso, apenas si se inmutó. Cuando el soldado la instó con fuerza para que respondiera al coro y se estableciera el juramento, su tez cobriza y esos ojos negros, flameaban con furia encendida e indignación acentuada. Hasta ese momento, los ciudadanos no habían entendido el porqué, de toda la gentuza, habían escogido a una abuela tan decrépita y fea para ser la primera enjuiciada, pero al ver su rostro guerrero, el estigma de los antiguos Sikti, señores de la Muerte, les llegó como caído de una pesadilla. Aquella mujer de tez rugosa y fiereza salvaje era la misma encarnación de los demonios que tanto habían temido desde niños. No era para menos, pues Katharina La Trianera no defraudó a su público; apenas alzó su cabeza escupió a sus captores, incluido el Gran Maestre.

- No, no, no, así no se comportan los herejes penitentes- se alzó sobre las voces de indignación una femenina, aguda, aunque con un tono maternal impregnado de dureza y mezquindad: -Si no se arrepienten lo hijos del Único que le ofenden, entonces no podrá haber perdón por parte de sus súbditos…

Aquellas palabras estuvieron acompañadas de una mirada rígida hacia el Gran Maestre y éste, con el rostro clavado primero en la Cardenal que acababa de hablar y luego en la prisionera, volvió:

-Mujer, postraos ante la fuerza del verdadero Dios, el Único, y jurad ante la Suma Cardenal, ante mí, ante los feligreses, ante este Testimonium que ahora seréis fiel a las costumbres de la fe, que seguiréis las bulas y tratados de la Espada como bien lo indican los preceptos de la Orden, que nunca más practicaréis la magia de los muertos y que ayudaréis a re-educar a estos simples en el camino justo y ejemplar que Luminaris ha dictado para las gentes como vosotros.

El demonio se dispuso a hablar como la primera vez, imponiéndose desde atrás de su invocador con voz femenina, sin embargo, la anciana tomó aire y lo que para algunos fue el llamado de que por fin entraría en razón para su pueblo fue un momento de vacilación… hasta que la oyeron:

-No entregaré mi alma a sucias sabandijas que, con el nombre de Grandes Señores, se alzaron sobre los cuerpos de nuestros ancestros, y los antecesores de ellos. La tierra ha sido de mi pueblo antes que suya, y mis creencias las primeras antes que las del Dios que proclama, aquel que con demonios se hermana. ¡¡No entregaré la dignidad de mi pueblo a una fe corrompida por el poder y la sangre que pide de sus hijos!! ¡¡Mi pueblo ha peleado, y peleará por su libertad!! Somos los Rum, los Sambó, los Ekitia, descendientes de grandes conquistadores y pueblos viajeros. Todos héroes, todos mártires gracias a su sucia fe. ¡Jamás doblegaremos nuestro ímpetu y orgullo ante gusanos!!

Aquello encendió el ímpetu de las masas. Para los prisioneros, familias, niños, ancianos fue la voz de la razón, del pasado, y de los principios que desde centurias los habían hecho lo que eran: seres libres; pero para los ciudadanos fue el golpe en la mejilla, el codazo en el punto donde más duele, pues sin ser esclavos de la fe, ni tampoco libres para profesar otra creencia, sintieron por un segundo vergüenza de los medios como habían logrado el bienestar entre ellos.

Solo uno de los presentes parecía ignorar a la vieja, golpeada y delirante, que gritaba sin cuartel hostigando a sus familiares, y esa era la Cardenal, quien observaba y al mismo tiempo no, como impávida ante los horrores que se desatarían.

-Mujer- retomó el Gran Maestre frío y ecuánime: -Ya has hablado, se os ha ofrecido penitencia, y aun así rehusáis a dejar los malos caminos. Luminaris es piadoso, pero sabe bien que la única manera de salvar las almas atormentadas como la vuestra es sumirla en el mismo sufrimiento que crea. Sea éste vuestro camino y que encontréis la paz en el final del destino. ¡Que la Paz del Justo este con nosotros!- gritó alzando las manos y resplandeciendo su armadura como si en él se incubara el mismo sol.

-¡Y CON SU ESPÍRITU!

Mucho se cuenta en Naresh aún sobre ese día: el demonio del Maestre llegó hasta la mujer, tomó su cabeza, y sin importarle los gritos de los prisioneros, el silencio sepulcral de la ciudad, o incluso los horrores que vendrían después de los hechos, presenciados por niños e inocentes, ésta comenzó a gritar como si se le aplicara la peor de las torturas a un cuerpo que aún no conocía el verdadero dolor del tormento.

-NOOO … ¡SUELTEN A LA TRIANERA! CERDOS… ¿QUÉ LE HACEN?

-SUELTENLA YA… YA… TRIANERA PELEA… PELEA…

Pero la figura sumida en tormento solo gritaba acallada por las masas que aclamaban luego su perdón. Pero el demonio, en su tarea de cumplir con la palabra sagrada, incendió el atrio, quedando sólo ellos dos en medio de las masas.

-Esto es lo que pasa, querido Lord Waltz, con aquellos que van en contra de la marea- comentó impávida la Cardenal al noble junto a ella: -No, no, no, la peste debe ser erradicada y si el mundo debe arder para ello… pues habrá de hacerse.

Los prisioneros trataron de alzarse, pero solo lograron conseguir más bajas en sus filas: niños, madres, ancianos, sin importar edad o fuerza, fueron decapitados frente a sus familiares, como declaración de un principio fijo: ninguna voluntad, por muy noble que fuera, podría combatir a la Antigua Orden de Sumatra y sus caballeros de plata. Las mujeres con sus niños y ancianas fueron enviadas desde el puerto de la ciudad a los campos de trabajos forzados en la Tierra Media, mientras que los hombres siguieron el curso del camino y paso a paso se arrastraron hasta llenar las mazmorras de Samrat.

--//--


En medio de la noche, en la granja de Pork


Me dolía todo. Era el cuerpo por los golpes, el esfuerzo; el alma, ante la tortura psicológica de tener dos entidades, sino tres en mi cabeza, hablando, discutiendo, revelando siempre partes de un pasado que no podía entender o si quiera rastrear en la conciencia; pero de todo, me dolía la impotencia, pues todo aquello se había desglosado por mi culpa, y en el camino había visto el sufrimiento de más de uno en manos de algo que sólo se deleitaba por el mal en sí, la corrupción pero sólo en mi contra.

-¿Cómo… cómo está Necross?- pregunté al hombre de barba naciente y cabellos rubios que con un sonrisa me recibía. Nunca pensé que hablar pudiera sentirse hasta en la punta de los pies y martillara cada palabra en la cabeza.

-Está bastante mejor que tú. Les han sabido patear con elegancia el trasero a ambos…

No era que estuviera para bromas, pero aquella me hizo asomar un dejo lastimero, entre el dolor y la gracia. Ciertamente tenía razón, nos habían molido a golpes, pero ojalá el demonio hubiese terminado mucho peor.

-¿Dónde … ¿qué es este lugar?- pregunté de nuevo, tratando de llevar la mano a la cabeza, pero en ese momento solo logré darme cuenta que nada en mí se movía como yo quería.

-Despacio- apresuró Pent: -Has estado varias horas inconsciente, y aunque te hemos alimentado, no es suficiente para estar gastando energía de manera innecesaria. Eres fuerte, a pesar de ser tan menuda, ¿has sido entrenada para el combate en algún momento de tu vida, cierto? Es la única manera que tengo de explicar esos reflejos con los que evitaste a Sylvian.

¿Cómo iba a saberlo? Odiaba las preguntas que tenían que ver con mi pasado. Y había visto con el pervertido Moritz y con Necross, que por más que me esforzaba en explicar que no recordaba de más allá de unos días, no lograba saber quién era yo… y sólo pensarlo me obligó a poner los ojos en blanco y obviar sus palabras.

-Entiendo. Ya habían dicho los elfos que eres una mujer enigmática, lo que no de tu acompañante. ¿Te duele la cabeza?

Asentí.

-¿Sientes esto?- inquirió, acariciando los dedos de mi mano izquierda.

Asentí.

-¿Y esto?-. Los dedos de Pent pasaron de acariciar el antebrazo y bajar hasta los dedos a pellizcar de manera muy suave. De nuevo la respuesta era afirmativa y él sonrió.

-Señorita, va usted por muy buen camino. Agradezca a los dioses que Thaena y yo estábamos por estos lados, y que hizo buenos amigos en esa taberna en Dalkia. Los elfos ayudaron a traerla y mi mujer a calmar el dolor. Espero que en un día o dos pueda pararse a caminar y tomar el sol, le hará bien. Eso sí, le recomiendo que nunca más vuelva a lanzarse de una árbol en picada, no es de gente inteligente…

Lo observé con curiosidad, pero él solo sonrió con complicidad. ¿Cómo sabía que me había lanzado y no que había sido un error? Ya el tiempo lo diría, sin embargo, en el entretanto sentí que una de mis dudas nunca había conseguido respuesta.

-¿Dónde estoy?

-Este es el cuarto de la hija de Pork. Nos ha sorprendido que decidiera dejarla entrar directamente a la casa, pero al parecer tiene amigos por todos lados, señorita.

De nuevo sus palabras eran intrigantes. Decidí no prestar más atención a la manera particular en que Pen se refería a todo y me detuve a pensar en los hechos de la noche anterior y lo que lograba recordar. Necross estaba bien, y aquello me dio un alivio verdadero, pese a que el resto de mi cuerpo parecía contener corazones palpitantes por todos lados.

El lugar era ameno, sino acogedor. Unas luces tenues a lado y lado de la cama, acompañaban mi estancia seguida por un gran ventanal al lado derecho, en el izquierdo un escritorio con espejo, al fondo una cómoda y las paredes tapizadas. En sí, no tendría problema en vivir así: tranquila, sin el ruido de la urbe, entregada a la producción de una granja que me podía dar para pasar los días sin tener que sufrir demasiado. Un trabajo digno. En ese momento, Thaena entró acompañada de toallas frescas y algunas otras cosas que poco pude ver.

-¿Estás ya en tus cabales?- inquirió con cierta ponzoña: -Hiciste un buen trabajo aprendiendo de Sylvian, bueno… yo no hubiese podido resistir el primer embiste.

Puse los ojos en blanco y me dediqué a mirar por la ventana. La experiencia con los elfos poco me gustaría volver a repetirla, pero que aquella mujer la trajera a colación en ese momento, más parecía un intento que burla a una casualidad.

-Toca hacer para aprender…- respondí: -Hay que aprender a caer.

-Y levantarse también- aseguró la mujer con cierta sonrisa en el rostro: - trata de hacerlo tú.

Puse las manos en la cama, y aunque Pent había sido tácito en que no caminara hasta dentro de dos días, yo ya estaba dispuesta a hacer lo que me pedía su mujer.

-Ha estado preguntando por ti...- comentó de nuevo con ponzoña. La miré antes de impulsarme, y con un poco de resistencia y mucho de estupidez, logré ponerme en pie un microsegundo, tiempo suficiente para que Thaena observara la cama y se escandalizara.

-¡PERO QUE DESASTRE HAS HECHO ACÁ! ¡Tienes la regla y has dejado todo como si fuera una carnicería en pleno domingo de plaza! Anda… ven… -

Me tomó por la cintura y me puso en pie. Al comienzo de manera descoordinada pero luego con mayor aplomo, nos dirigimos a donde había un gran tazón. Al lado había varios baldes con agua, tiempo en el que entró una mujer de tez oscura y cabellos de igual tonalidad, con la mirada labrada, penetrante y unos atuendos de colores que de inmediato me permitieron identificarla. Shaina.

-La niña se ha levantao… NEGLO….AHH Ombé negloh la niña se ha levantado.

No, no quería en ese momento ver a Qikto, ni a nadie. Me sentía empapada en sudor por el esfuerzo, sin contar lo que sea que había encontrado Thaena.

-Negra- espetó la curandera a la mujer de tez ceniza: -Necesito agua para bañar a esta, así como unas mantas, de esas que nosotras usamos…

-¿Qué… qué pasa?- inquirí en medio de sentir las piernas como caucho.

-Estás sangrando… al parecer aún no esperas un hijo de tuerto. ¡Tienen que intentarlo con más ganas!

Las bromas eran solo eso, aunque en el fondo empezaban a cansarme. Quizás por ello, y con el despunte de la mañana, me había impuesto no preguntar más por él. Pent había dicho que estaba mejor que yo… lo que era un alivio enorme. Luego del baño y de que Shaina quedara con la tarea de lavar muchas cobijas que habían quedado impregnadas de sangre por la descarga de la noche, me puse uno de los vestidos de Thaena y salí a verme con el Señor Pork. Dentro de las palabras incomprensibles de Qikto fuera del baño, había el rastro de que el dueño de la granja quería verme.

Me puse el vestido, uno de pálido color aguamarina, y salí hacia las caballerizas. Me dolía mucho la cabeza, el brazo, pero más que todo eran los dolores menstruales. En medio de todo era gracioso sentir como lanzarse de un árbol no era nada comparado con el ser mujer y soportar aquella tortura… una que no recordaba haber tenido nunca en mi vida, como muchas otras cosas más.

En el camino, apoyada de Shaina y seguidas por Narak, su hijo, quién ya podía caminar, aunque de manera torpe, nos dirigimos al lugar. Al voltear la mirada, él venía. Fue un segundo, quizás menos, pero me sirvió para leer en su mirada que estaba bien, más allá de un orgullo herido. Su torso estaba cubierto de vendajes, contrario al mío, el cual había sido reparado con magia. Sonreí de manera tenue, sabiendo que entre la sangre perdida, los golpes que se veían en mi rostro y  cuerpo, y la lividez con la que me tenía el periodo, debía ser ese el peor momento para aparentar ser una gitana incitadora… esos días habían quedado perdidos en los bosques.

--//--


En las caballerizas

-¿Señor Pork?- pregunté.

Un hombre robusto, con una panza notada, de cara buenachona y rostro encendido por los trabajos al sol, se asomó del segundo piso donde montañas de heno se compilaban unas a otras.

-Señorita… un momento-. El hombre bajó de manera briosa por las escarlatinas y ya frente a frente, tomó mi mano y continuó: -de haber sabido que entre los viajeros que traían los elfos estaba una dama como usted, no hubiese permitido que pasara la velada en semejante compañía. Soy Bjorn Pork, dueño de esta finca, y ha de agradecer a mis empleados, quienes la reconocieron y rogaron por ayuda para usted.

Voltee a mirar y Shaina asomó una sonrisa de complicidad mientras su hijo ya asomaba sus cabellos ensortijados por la puerta, buscando a su madre.

-Los caminos se han vuelto peligrosos. Ahora los Samovars o los Belmonts llenan de sangre y miseria la tierra que está para trabajarla y labrarla. Pero como la gente ya no quiere eso… sólo ven peleas y muerte, ¡se quejan, todos se quejan de la vida injusta que llevan,  pero no quieren más que eso! ¡Pelearse como animales!

No dejé de mirarlo, pues sus palabras estaban impresas de lo mismo que sus ojos: convicción, entrega, incluso una pasión por todo aquello que rodeaba su vida, desde trabajadores hasta animales y cultivos.

-Agradezco la ayuda, señor. Estamos solo de paso, pero este infortunado incidente no nos dejará avanzar por un tiempo más.

-Los elfos partieron en la mañana- aseguró para sí: -Los humanos se irán también, pues sus palabras fueron de irse en el transcurso de este día.- y dilatando un poco lo último, finalizó: -Usted y su acompañante pueden quedarse un tiempo más, hasta que sus heridas los puedan llevar a su destino. A él no lo tendré en la casa, pues, si me permite señorita, tiene cara de malandro y con esa arma que tiene, tan grande, pareciera que sólo se dedicara a decapitar vecinos. Pero usted es diferente…

Sonreí un poco, aunque al levantar el rostro, la mirada del hombre me reveló algo diferente, algo inusitado para alguien como él: miedo.  



Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:27 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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