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Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Jul 05, 2016 5:11 pm

No estoy seguro en que momento del día estamos, estoy un tanto confundido en el tiempo que hemos pasado aquí. Sé que han pasado varios días y durante todo este tiempo no ha pasado nada, por suerte. Ame sigue en tratamiento con Pent, aun no me dejan verla. Thaena me ha contado sobre su situación, me dijo que pregunto por mí, y cuando escuche aquello solo atine a reír, pues podía  ver en el rostro de la curandera algún intento por emparejarnos, pero era obvio que preguntaría por mi bienestar por la misma razón que yo pregunte por ella; estábamos viajando juntos, era evidente que nos necesitábamos.

Mis heridas ya estaba mejor, lograba caminar libremente sin sufrir de tantos dolores, como no había mucho que hacer en la granja, y no podía ayudar en las labores, durante el día me alejaba del lugar. Después de las curaciones de Thaena, y que esta me obligara a beber sus brebajes con sabor a sudor, me escapaba hasta el bosque donde junto a la peliblanca luchamos, Sherckano aún seguía ensartado en el piso.  De pie, mirando las marcas de pisadas, sangre, y otros fluidos que no quise analizar de mas, tome el mango del mandoble, casi con cariño, pues hace mucho tiempo que Sherckano dejo de ser simplemente un arma para mí.

Y es que desde hace mucho tiempo note que la espada estaba viva, no viva como yo, como la peliblanca, pero algún tipo de corazón latía dentro del acero, si es que eso tiene sentido… Pero siento que desde que Dracul adquirió conciencia la espada lo siguió, no tengo otra manera para explicar cómo solo con la mente puedo llamarla, o como es que se regenera. Quizás el espíritu de mi maestro vivía en la espada, quizás Sherckano vive dentro del mandoble. El sol de la mañana se reflejaba en la hoja de mi espada,  como aun no me acostumbraba a estar tanto tiempo con ambos ojos descubiertos sentía incomodad al mirar, la falta de practica es terrible. Y con ese mismo pensamiento me mantendría ocupado, esta vez traje la bastarda a mi encuentro con Sherckano, y el resto de la mañana lo pasaría entrenando, estaré viejo pero no por ello dejare la práctica.  

Cambio de guardia, primero la postura del tonto, un nombre adecuado para un usuario como yo. La punta de la bastarda hacia abajo, con su parte plana cerca de mis piernas, sostenida con solo una mano. Recuerdo que Sherckano me enseño esta técnica como método de engaño, pues si alguien me viese así de seguro pensaría que no tengo una buena defensa, el truco es hacerles pensar eso, y que se den cuenta que están mal cuando ya no pueden hacer nada. La siguiente… creo que debía pasar el filo por sobre mi hombro, siento el mango de la anima negra cerca de mi mejilla; con esta técnica puedo hacer un corte muy poderoso, si doblo un poco más la cintura puedo añadir aún más fuerza, pero las heridas no me lo permiten.

El resto de la mañana se pasó casi volando, en mi cuerpo se podía sentir el soplido del viento, se sentía frio, o quizás era el sudor en mi torso vendado el que me hacía sentir la briza helada. De cualquier manera, cuando el sol ya había bajado, y la hora de comer se acercaba, decidí detener el entrenamiento en solitario y regresar; Seguramente Thaena me regañaría al verme todo sudado y agitado, sin las vendas que ella misma me ponía cada dia en la cabeza, pero por terco me quitaba; pero no importaba en realidad, pues los regaños serian inevitables. Hoy estaba decidido a visitar a Amethist, aunque me lo prohíban.

Desde la distancia pude ver a la curandera con las manos descansando en su cintura, su cara de preocupación cambio a una de súbita molestia; no era primera vez que me regañaba por escaparme de la cama, pero ella sabía dónde yo estaba, sabia también que no era un muchacho que pudiera mandonear, o que obedecería; quizás simplemente le gustaba hacer el papel de mamá preocupada. -¡Te dije que te quedaras en la cama! Tus heridas aun no sanan, no deberías… ¿Por qué estás tan sudado?- Era joven, no una veinteañera pero se podía ver la juventud corriendo por sus venas, y aunque el rostro se le arrugaba cuando intentaba regañarme, la sonrisa materna en su rostro no desaparecía. -Lo siento, estaba entrenando. Iré a visitar a Ame.- Thaena estuvo a punto de objetar, pero se dio cuenta que no la estaba oyendo, mi mirada se posó dentro de la granja cuando la vi pasar, ataviada de un vestido azulado, ayudada de una muchacha morena. Sonreí cuando ella lo hizo, estaba bien, magullada y llena de moretones como yo, pero bien.

Al parecer la peliblanca fue llamada por el dueño de la granja, nadie tenía idea que quería conversar el señor por con ella. Yo me quede fuera junto a Pent y Thaena, los tres  mirando al bosque. Pent y yo nos sosteníamos de una valla de madera, la curandera soportaba su peso en el cuerpo del rubio mago. -No se te ocurra decir tu nombre aquí, Belmont. Que últimamente los ataques de los bandidos tienen a toda esta zona viviendo en el miedo.- Sabían quien era, supongo que los elfos lo comentaron… ahora que lo pienso, desde hace mucho que no los veo. -Ustedes saben quién soy y aun así me han ayudado, ¿o es que me quieren sanar para luego entregarme a Shading?- Era difícil pensar que la ayuda vendría sin un costo, y las monedas que el rey Strife ofrecía por mi correspondían a un buen pago. -Fue el destino quien nos hizo ayudarlos. Sentí una corazonada un día antes de que ustedes llegaran, algo nos retuvo aquí. Era parte de nuestro camino ayudarlos, no la búsqueda de un pago.-

Entonces no se trataba de la recompensa si no… ¿el destino? No lo entendía, pero aun así no podría negar que esta gente tenía habilidades, técnicas que podrían serme útiles. -Caminantes del mundo, ciudadanos de ningún lugar, dueños de nada. Vengan conmigo, únanse a los alas negras; necesito gente como ustedes.- Creo que mi petición los atrapo de improvisto, pues Thaena soltó a su pareja y lo miro confundida, el mismo Pent no sabía que decir, así que atino a reír. -Jamás hemos trabajado para una compañía militar, hemos decidido vivir solo nosotros, sin las cadenas o el oro que ofrecen los grandes estados; por ello no podemos aceptar tu oferta.-

En momentos como este me pregunto cómo es que me ve el resto de la gente, que es lo que se cuenta de mí. ¿Me verán como a un líder tiránico? ¿Cómo un bandido sin corazón? Quizás para algunos no soy más que un rebelde sin causa. -No amigo Pent, no te estoy ofreciendo cadenas, mucho menos oro porque no tengo. Pero si la oportunidad para ayudar a gente que lo necesita. Los alas negras no son lo que la gente dice que somos.- Realmente nosotros como mercenarios lo único que queríamos era vivir, vivir tranquilos, lejos de toda política que nos pudiera matar. Y aunque era eso lo que intentaba explicarle al curandero, los rumores eran mucho más grandes de lo que creía; en Shading me consideraban asesino y traidor, el resto de Valashia como un hombre sin honor; y es que los curanderos al estar en todos lados, y no quedarse en ninguno, habían oído infinidad de rumores.

Entre los tres nos mantuvimos por mucho tiempo atrapados en un debate, por suerte Pent y Thaena eran personas calmadas, cosa que a mí me mantenía tranquilo, no llegaríamos a los golpes. -No puedes esperar vivir tranquilo si tu gente le roba a otra, jamás estarán libres de pecado si están cobrando por matar.-  Pent tenía razón en sus palabras, pero aunque así era no podía darle la razón completamente. -Entiendo la ironía que hay en nosotros, no deberíamos apoyar naciones si buscamos alejarnos de ellas, pero el mundo no es tan inocente como lo piensas. Necesitamos dinero, necesitamos las conexiones. Si el día de mañana Dalkia me contrata para atacar Shading lo hare, si al siguiente Maletta me ofrece más monedas por invadir Dalkia, créeme que lo aceptare. No me importan las ciudades y su estúpido juego político, no me importara acabar con otras vidas, mientras pueda darle un momento de paz a mi gente.-

Creo que Pent lograba entender de qué hablaba, y bien sabía que no podía ponerlo en palabras, pues nunca se me dio el arte de la explicación. -Pero tu gente son los habitantes de Shading…- Aquellas palabras de Thaena me llegaron, dolieron más que las puñaladas de Amethist. -Shading dejo de ser mi tierra el día en que me traicionaron, el día en que buscaron bienestar a cambio de la vida de otro…- Y al terminar de hablar de inmediato lo entendí, quizás yo no era distinto, al final del día era igual que Strife, o el desgraciado de Kolts. En aquel momento me disculpe y me aleje de ellos, habían cosas que debía pensar,  y aun cuando tenía muchas ganas de ver a Amethist, en aquel momento no haría mas que dar lastima; y ella ya tiene demasiadas cosas de que preocuparse. Volví con Sherckano y me acosté a su lado, mirando las nubes del cielo pasar.  

Si Nadine estuviera aquí me diría las formas que ve en las nubes, y se emocionaría con cada una de ellas, me preguntaría que es lo yo veo; yo le respondería que veía nada más que nubes. La extraño, siempre que estoy lejos de ella la extraño, sus ánimos vivos y esa forma tan particular que tiene para constantemente estar hablando y no decir nada me mantiene contento, me hace mucha falta su compañía ahora. Incluso pensé en la loba, quizás Sif me pudiera escuchar, y es que eso necesitaba ahora: a alguien que escuchara pero no pudiera responder. No necesito consejos, no necesito ayuda, solo alguien  que escuche. Oh Foxhound… tu si me entendías.

Cuando me dio hambre, y la oscuridad había tomado el cielo, decidí regresar a la granja. Thaena me dio un poco de pan y queso, luego de revisar y tratar las heridas, las cuales ya estaban cerradas. Comía mientras ella trabajaba, de nuestra conversación anterior no se dijo nada, yo solo pregunte por Amethist y ella me dijo que estaba mejor, que tenía el periodo; reí con el comentario, como si ya no hubiésemos sangrado lo suficiente…  Después de comer me eche en la cama y me cubrí con la gabardina, Thaena se retiró en silencio; yo intentaba dormir ahogado por el olor a estiércol.

Desperté nuevamente por el frio de la mañana, aun el cielo estaba oscuro, pero sus tonos azulados me hicieron entender que pronto amanecería. Estaba harto, quería escapar de la granja y volver con los alas negras, por lo menos el olor a estiércol allá lo aguanto. Como no podría dormir me fui a dar vueltas por el lugar, hasta que vi nuevamente a la peliblanca, me acerque a ella pues ha pasado tiempo desde que hablamos; necesitaba una voz conocida para calmar mi malgenio. La vi sentada al borde de un pozo, al cual le crecía musgo sobre las piedras.  Estaba distraída, mirando a los trabajadores y las labores que ya comenzaba, cuando me vio me hizo un ademan para que me acercara. - Buenos días, os veis mal...- Torció los labios con su broma, dejando media sonrisa: -¿Cómo van vuestras heridas?- La mire con detenimiento, seguía vendada, su brazo lo estaba completamente.

-Mejor que las tuyas al parecer.- En un momento me miro de arriba abajo, yo seguía vendado, solo el lado derecho de mi rostro se lograba ver, pues la cara también la tenía cubierta. -¿Qué haces despierta tan temprano?- Pregunté, buscando aquello que necesitaba, una voz familiar. -Envidio a esta gente- contestó, volviendo el rostro hacia la granja: -Vidas tan tranquilas entregadas a que las cosechas crezcan y los animales les provean.- El silencio se hizo entre nosotros hasta que ella lo quebró, dejando caer su cabeza sobre mi hombro: -Gracias, Necross Belmont. Gracias por ayudarme cuando lo necesitaba.-

-No agradezcas, paga. Recuerda que aún me debes dinero.- Reí, no tenía intenciones de fastidiarla pero por alguna razón me sentía contento, las bromas salían sin que yo pudiera controlarlas. –También envidio a esta gente, peliblanca. Me gustaría algún día alejarme del mundo y vivir en paz.- Hablaba demasiado, debía cambiar el tema antes de que me preguntara algo. –Quizás pueda hacer algo por ti, sin cargo alguno. Creo te diste cuenta que no me gusto para nada la lección que te dio el elfo.- Quizás en mi rostro pudo ver el fastidio que sentí cuando recordé a Sylvian. –Por ello pensaba en cumplir lo que dije antes, y enseñarte algunas de las técnicas que se. ¿Qué te parece? ¿Te sientes con energías para escuchar a un viejo hablar sobre espadas?- Al oír sobre la paga, torció los labios pero nada dijo, luego me escuchó sin inmutarse en mirarme, absorta en el paisaje de negros con araos y animales dirigiéndose a los campos. Entonces de pronto alzó las cejas y abrió los ojos de par en par, tan grandes como los tuviera y con cara sorpresiva inquirió mirándome de frente: -¿Me enseñareis? ¿En serio me ayudareis a que nadie más me parta el culo como nos lo partieron a ambos?- Y en un rápido movimiento de su mano buena trató alcanzar mi cara.


-Por supuesto...- Detuve su mano, pues algo quería hacer con mi rostro. –¿Te puedes mover? Quiero empezar ahora.- Estaba ansioso, sentía en mi pecho el corazón acelerado, la verdad es que me gusta mucho hablar sobre el arte de la espada; además que ha pasado mucho tiempo desde que le enseñe a alguien, nuevamente mi alumna era una peliblanca. Ella se puso en pie y del lado donde descansaba el arco, carcaj y estoque, desenfundo el ultimo: - Bien, maestro... ¿qué le rebano primero?- y sonrió con malicia, pues la desgraciada me estaba mirando la entrepierna. Pero las bromas… sin duda nuevamente le enseñaba a una niña. –Aquí no. Tengo un lugar donde no fastidiaran.- Una vez más iba hacia el encuentro con Sherckano, durante los días pasados sagradamente lo iba a visitar, ahora llevaría compañía.  Vi como Amethist tomo sus armas y las dispuso en su espalda al tiempo que se llevaba al cinto el estoque. Aunque todo lo hizo con cierta ligereza, pese a solo tener una mano, torció la cara de dolor levemente, algún tipo de dolor sufría, quizás eso la tenía despierta tan temprano.

Le dije que caminara al lugar donde luchamos contra la criatura, yo aún debía buscar algo. Con rapidez, (la que las heridas me permitían), de mi habitación hedionda a estiércol me lleve  la anima negra, no podría enseñarle a la peliblanca usando a Sherckano. Acelere el paso para alcanzarla, lo hice antes de que ella se metiera al bosque. En medio de la hierba muerta, reflejando la luz del sol que de a poco nacía estaba Sherckano, imponente como siempre. -Bien… primera lección, posturas.- Estaba nervioso… Temía enseñarle mal, o no poder recordar la parte técnica de las lecciones que me dieron. Me quite esos pensamientos sacudiendo la cabeza, y me puse en frente de ella y al lado del mandoble, le pedí que tomara asiento. Al desenvainar la bastarda de inmediato apreté el mango con ambas manos, poniendo el pulgar en la guardia. -Si llegas a usar este tipo de armas, lo más fácil es tomarla con ambas manos, esto no solo te dará control, si no que ataques más contundentes.- Tome la postura del tonto, y continúe la explicación. -Si me ves parado de esta manera pensaras que tengo la defensa abierta, pero si intentas atacarme...- Usando solo una mano, hice que con un solo movimiento la espada me protegiera desde los pies hasta la cabeza, si otra arma intentara atacarme, sería rechazada de inmediato. -Se llama postura del tonto pues el oponente piensa que al estar en esta posición, quedas con la defensa abierta, y si no tienes defensa pues… eres un tonto.- Reí, realmente se me daba muy mal el explicar.

Spoiler:

El resto de la mañana me quede hablando, solo hablándole y enseñándole posturas, hasta que me di cuenta, y recordé, que ella tenía un estoque… por ello pocas de las posturas que le enseñe servirían. Ambos estábamos sentados mirando a Sherckano, yo tenía la gabardina sobre los hombros, seguía a torso desnudo. -Tenía un amigo, Arthur Fon Rosenburg… El pirata más honesto que jamás conocí. Él usaba un estoque también, y recuerdo algunas de las cosas que me enseño. Ven, quizás recuerde algunas.- Ambos nos pusimos de pie, ella estaba al lado de Sherckano, le pedí el estoque para practicar, a cambio le pase la anima negra; la cual ya había usado en las lecciones anteriores. Abrí las piernas un tanto, puse la mano izquierda sobre mi espalda, y con el brazo recto hacia adelante apuntaba el estoque. -Lo que tiene este tipo de armas es la velocidad, de ninguna manera puedes bloquear un ataque, pues la espada se te puede romper. Recuerda siempre mantener tu cuerpo alejado, no querrías darle a tu enemigo la oportunidad de que te ataque, incluso puedes hacer esto…- Hice un barrido horizontal al tiempo que saltaba hacia atrás, para luego avanzar rápidamente y clavar la espada hacia adelante. Aun podía moverme bien, no estaba tan viejo. -Intenta golpear solo con la punta, abre las piernas y procura ser rápida.-

Nos quedamos así hasta el mediodía, Amethist era buena alumna, se frustraba a veces pero por lo menos sabia oír cuando debía hacerlo. Pero aun así su juego de piernas me molestaba, en más de una ocasión me acerque por detrás, y con mis pies abrí los suyos, mientras con las manos la tomaba de los hombros y la hacía bajar, encorvar la espalda; en unos de esos momentos su trasero toco mi entrepierna, y mi suspiro la desconcertó, me aleje de inmediato y le dije que continuara. El entrenamiento siguió su curso, yo con la bastarda intentaba demostrarle como apuñalar solo con la punta del arma, le dije que me siguiera como si ella fuera mi sombra. Después de golpear el aire un par de veces le comente que era hora de atacar algo más contundente. -No peliblanca, no me vas a atacar a mí de nuevo.- Advertí divertido, en caso de que se le ocurriera hacer alguna broma.

Caminamos hasta un árbol cercano, y debajo de su sombra le encomendé que lo apuñalara. El rebote que hacia el arma al golpear el tronco le haría entender que no era tan fácil. -La espada es más que eso en tus manos, es una extensión de tu ser. No pienses en ella como un objeto, es parte de ti, es tu persona entrando en la carne enemiga…- Ella continuaba, ambos sudábamos por estar entrenando bajo el sol, aunque la sombra que el árbol ahora nos daba se sentía exquisita, y el viento frio en nuestros cuerpos nos refrescaba. Una vez más me acerque a ella por detrás, le abrí las piernas con las mías, y la encorve bajándola a la fuerza, nuevamente su trasero toco mi entrepierna pero esta vez decidí ignorarlo. Aunque sentía que nacía mi erección, debía guiar su mano para enseñarle.

-No dejes que te supere, tu eres dueña absoluta de todas tus armas, es tu voluntad contra la armadura enemiga.- Le tome la mano, y la apreté con mis dedos, así ambos con suavidad comenzamos a apuñalar al árbol. Mi respiración se cortaba, la erección crecía, pero aun así la ignoraba, no sospechaba que ella lo sintiera, debía seguir con la práctica. Su mano libre también la tome, y la puse en su cintura, nos quedamos así hasta que mientras le hablaba la mire a los ojos, sus labios estaba tan cerca… -No es difícil si practicas…- Su rostro estaba tan cerca que no pude evitarlo. Desde atrás sujetándole la mano derecha y la cintura la bese sin pensarlo, aquella mano que se mantenía sobre la cintura bajo hasta acariciarle los muslos, en aquel momento sentía como con suavidad me rozaba con su trasero, no lo lamentaba, y hasta ese momento no respondió en contra. Se sentía lo que quería, lo que buscaba con ella, y cuando los labios se separaron, nuestras mirada se quedaron fijas, su suspiro al dejar de besarnos me hizo recordar lo que realmente necesitaba… una voz conocida, y su voz era la misma de Ondine.



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Necross Belmont
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Jul 08, 2016 3:05 pm

XVI. Susurros en el bosque


La vida era tranquila en aquel lugar. Las palabras del Señor Pork fueron la confirmación de la bienvenida esperada. Su hospitalidad y comprensión las agradecí, aunque no sin antes ocultar mi sonrisa ante sus temores sobre Necross. Todo estaría bien siempre que el granjero no se enterara de quién era realmente el hombre del parche. Algunos detalles comentados con Shaina me pusieron al tanto del tiempo en el que nos habíamos perdido de vista. Se impresionó de la manera como hablaba, sino de que hablara demasiado. Yo reí de buena gana, mientras consentía a Na´rak. Desde aquella noche en el campamento gitano, nunca más volvimos a saber los unos de los otros. Cuando lo pienso, siento que el tiempo ha corrido rápido,  cuando en realidad no ha pasado ni un mes o dos de ello. Y en tan poco, he dejado de ser la misma que despertara en las celdas de Samrat.

A la negra la encontré hermosa, con los ojos radiantes llenos de vida y sus trenzas recién hechas. El pequeño tenía cierta fijación por jugar con las tiras del vestido, mientras ambas, mirábamos los campos. Dolía de vez en cuando, como siempre sucede cuando la regla llega, pero no era más que el orgullo sacudido por la última batalla. Maguyada y con el rostro pálido por la sangre perdida, oía las noticias de Shaina con atención, repuntaba sobre mi estadía con los gitanos. Al final quedamos en bailar un día, para que yo aprendiera las formas de los negros, y ellos a contonear las caderas como los gitanos.  

-¿Sois feliz acá?-inquirí finalmente como si la pregunta me hubiese dado vueltas en la cabeza desde que la viera.

-Andah que sí bueh. El amo es bueh y Qikto tiene pa´todo. Na´rak quiere al patrón, aunque ahora asustado estah...- y se encorvó hacia mí, tapándose la boca, como si aquello fuera un secreto.

Yo hice lo propio y me acerqué también, aunque poca idea me hacía de porqué tanta secrecía con el tema.

-Hace meses que desaparecen negroh del campo- susurró, ahogando un suspiro: -Dos díah atrá fue el hijo de Yiamba. O sacaro´de la cuna y no se sabeh na´.

Asentí, incorporándome mientras observaba cómo la gente trabajaba. Aún lejos de su pasado de esclavitud y tormento, a aquellas gentes aún los perseguía la sombra de sus temores. El tiempo no había borrado la injusticia de una vida dura contraria a otras más holgadas.  

-¿Cuántos de vosotros han desaparecido?- indagué.

-Con Kita... 13

Callé, al tiempo que de atrás llegaba Pent.  

-Hora de las curaciones.

Así terminó ese día, recuperando las fuerzas con curaciones, sesiones de magia y más ungüentos de Thaena. No hablaba demasiado con ellos, pues el Señor Pork poco le agradaba las prácticas de magia y hechicería, obligándolos a abandonar la casa tan pronto terminaran sus tareas conmigo. Sin embargo, él mismo tenía una especial debilidad por atenderme. Las comidas llegaron al cuarto siempre puntuales, incluida la cena traída por él. Era un hombre interesante, con historias de viajes más allá de la Ciudad Esmeralda. Tenía temor por el desierto, lugar de gentes extrañas, decía, y fascinación por las Nalini y la manera ordenada como las tres ciudades de la Espada controlaban los territorios del sur. Sin querer, y mucho a raíz de las diferentes personas que había conocido durante el camino hacia allí, estaba ganando un sentido para la ubicación en un mundo que desde Samrat me resultaba desconocido.  

Sin embargo, en medio de las conversaciones a luz tenue, nunca mencionó a su familia o si quiera que hubiese tenido una hija. La desaparición de sus empleados tampoco fue un tema importante. Quise preguntar, pero lo mío no era alertar sobre mi propia curiosidad. Le oía atenta, interesada y el granjero parecía agradecer el hecho que yo no le interrumpiera o simplemente lo sacara del tema. Habló de un dios sobre todos, de su justicia, de cómo su credo en otros tiempos rigió aquellas tierras, persiguiendo la maldad.  

-… por que la crueldad y la violencia está en todos, señorita Amatista...- Por más que le había corregido, él insistió en llamarme de esa manera así que al final terminé aceptándolo: -parece ser parte de la condición de todas las razas. La única diferencia es que sólo con la fe es que logramos erradicarla para siempre... Con sacrificio y fe

Asentí y él esbozó una sonrisa enorme de complacencia.  

-Es tarde ya, dulce dama, y los animales no perdonan al que se queda pegado a las cobijas. ¿Será imprudencia que la acompañe a su recámara?

Alcé una ceja, sabiendo bien que aquello me hacía acordar de la última vez que oí ese ofrecimiento y en lo que terminó.

-Sois muy amable, pero conozco el camino.

Sin embargo, el ofrecimiento fue genuino. Con una sonrisa Björn Pork se despidió, dándome un beso en la mano. Me resultaba desconcertante el trato que me daba con respecto a lo reservado y casi desatento que era con los demás. Yo aún desconocía el lugar donde estaba Necross, pero sabía que debía ser en algún punto entre las caballerizas y los graneros. ¿Dormiría incómodo? ¿Estaría bien? El verlo ese día me trajo tranquilidad, pero al mismo tiempo no podía explicar las razones por las cuales quería salir corriendo de allí lo más pronto posible. Mientras pensaba en esas cosas y otras tantas más, sentía la mirada del granjero a mis espaldas, fija hasta perderme en la recámara que fuera de su hija.

La noche se mostraba tranquila, apacible. Afuera ni los animales rugían o cantaban. El silencio profundo lo abrazaba todo, apenas interrumpido por los cascos de un caballo perdiéndose a la distancia. El dolor de los cólicos volvía, pero si era cierto lo que decían, solo dos días más y estaría liberada de ese sufrimiento penitente.  

--//--


-Basta, estúpida entidad. Lárgate de mí. Vete de aquí.

Recordé que gritaba entre ramas. Sudaba de manera copiosa y respirar se me hacía difícil, asfixiante. En el sueño podía reconocer que lo era, un recuerdo fugaz de la batalla, pero mi yo de ese momento sólo observaba a la entidad maligna con horror, ahora no esa forma de cachos y cola escamosa de color morado con ojos encendidos, sino una masa amorfa, plagada de cuerpos que se le adherían en eterno tormento, sangrantes, añorando el fin de un sufrimiento perpetuo. Era colosal, poderosa, un enemigo físicamente imposible de vencer.  

-Eres mía y yo soy tuya.

La voz la reconocí de inmediato. No era ese enemigo que de frente me miraba, era uno interior, íntimo, la primera compañía que tuviera antes que despertara en Samrat, antes de todo, de reconocer que era una mujer perdida y sin memorias. Era la voz de siempre, demoniaca, autoritaria, lasciva, desesperante. Era ella.

-Somos una, indivisible, indestructibles. Tu carne es la mía, mi filo es el tuyo. Nuestro destino es ser y perecer con sed y hambre de muerte hasta que nuestro maestro nos abrace en la eternidad de la tierra oscura.

Desperté de repente, observando el brillo de nuevo en la daga. Los grabados de tonalidades carmesíes resplandecían con temeridad, aunque la voz no había trascendido más allá del sueño, como sospeché que pasaría. Sudaba. Podía sentir palpitar mi corazón aún a través e la carne y los huesos. ¿Quién era? ¿Qué era?

Me aposté en la ventana y no conseguí pegar los ojos más. Me atemorizaba lo que estaba más allá del bosque, pero al mismo tiempo, quería huir de lo que estaba dejando atrás. En su momento no me pareció relevante, pero sólo hasta ese momento, con la luna cayendo sobre el pedazo de tela que fungía de piyama, reparé en lo parecido que era el credo de Björn Pork con las palabras que oyera en Samrat. Una fe de piedad y misericordia lograda con sangre de inocentes y cacería de brujas.  

-Dormid bien Necross...- finalmente silbé mientras me enroscaba en las cobijas para lograr, al menos, que el frío de la noche no me hiciera doler de más el vientre como las heridas.  

--//--


En la mañana todo se veía diferente.  

Me levanté antes del alba, pues algo que había aprendido a apreciar luego de estar en las celdas de la fortaleza eran los pequeños detalles de la naturaleza, entre ellos, el cantar del sol cuando despunta sus rayos sobre el horizonte, una tonada de dulce miel y calor para la tierra. El frío invernal de ese momento de oscuridad máxima que luego cede irreversible ante la potencia del astro rey, enseña y alecciona. La brisa cálida lo baña todo con su suave contoneo, y esa sensación me abstrae, como si volara más allá del miedo o la inseguridad, a un punto muerto del que nada sé pero al que anhelo llegar.  

Aquella mañana sería para recordar. Los colores del cielo dieron paso a los sonidos de los animales y el canto de las aves. Toda una sinfonía de vida que dio paso a las voces de los empleados de la granja. Los gallos cantaron, las gallinas salieron corriendo en busca de los granos. Hombres y mujeres, con sus costales al hombro, salieron a entregar a la tierra el fertilizante para los cultivos, mientras otros, los más diestros, acudían a alimentar las reses como los caballos.

¿Qué sería de los gitanos y sus cantos de libertad? ¿Dónde estarían los niños de Aramea? ¿Y el navajero? De pronto incluso el rostro descompuesto, pútrido del caballero de la fortaleza vino a mi mente como un suspiro de esa tristeza profunda que lo roía. Incluso a ese extraño ser se aferraba mi memoria como si fuera lo único que tuviera. Necross retumbaba cada tanto, como el pájaro carpintero martillando día y noche su hogar... una y otra vez... pero tan pronto asomaba, lo evitaba. Aunque nunca me había sentado a desentrañar lo que esa noche pasara cuando siendo más instinto que otra cosa subí sobre el sin saber qué propósito me esperaba, la conclusión había sido más que obvia él no era para mí. Las cosquillas, los comentarios, la insistencia con que lo repetía, ya al final había calado hasta hacerme entender que a sus ojos yo tan solo era un infante.  

Una sonrisa fugaz apareció cuando me aseguré lo obvio, la conclusión final de todo, e inmediatamente su ojo azulado se encontró con los míos. Él tampoco podía dormir.

La charla fue corta, con bromas lo que distención el ambiente; pues aunque el no lo reconocía, él también era dueño de chistes aún más flojos que los míos; al final su proposición sugerente me hizo brincar en dos pasos, con la alegría y la determinación de hacer lo imposible por aprender a defenderme. Sin querer, él me estaba iba a dar las herramientas para no sentirme más expuesta, débil, como una presa que sabe que en cualquier momento la aniquilaran por indefensa. Necross me proponía entrenar, pero para mí era la respuesta a más de un problema.

Y es que el otro tema que evitaba era la voz... Ese ser maligno que se desplegaba cuando menos lo esperaba, sin saber muy bien cuándo volvería a atacar, como el gato agazapado listo para saltar sobre el ratón. Sabía que esa debilidad, esa incapacidad para resistirme a sus designios, era lo que nos había sometido a las burlas del demonio, y lo último que permitiría era una segunda vuelta de lo mismo. Estaba dispuesta a aprender, a ser mejor incluso que él, porque mi esperanza yacía en controlar no sólo mi ofensiva sino mi defensiva, a que quizás con aquel conocimiento nunca más volviera a caer bajo el dominio de aquella voz cruel, sedienta de sangre.  

–Aquí no. Tengo un lugar donde no fastidiaran.

Me adelanté, mientras él salió corriendo con ligereza. Al verlo fue difícil pensar que hasta hace poco tuviera vendajes y hubiese sido atacado como de hecho incluso yo lo hice. Aquel lapsus en el que mi cuerpo hacía una cosa, pero yo quería otra, me enervaba. Quizás él nunca pidiera explicaciones sobre ello, o nunca llegara a oírlas, pero lo cierto es que si incluso las quisiera, yo no sabría cómo darlas. Al poco volvió corriendo, cubierto por su gabardina y en la mano una espada.

De pronto el bosque se despejó, y aunque nunca hice un gesto o alguna anotación, me di cuenta que me llevaba a dónde había tenido lugar el encuentro con el demonio. El pasto seguía igual, la maleza había borrado mucho de lo que fuera una contienda bestial, sin embargo, cuando entramos en el claro, un círculo de matas sin vida alrededor de una enorme espada me dieron a entender en qué lugar entrenaríamos.  

Me sorprendí, pues si en antes me hubiesen sugerido este lugar, lo hubiese descartado a la primera. Ahora, con la angustia de sentirme débil, con la aprehensión de querer aprender tan pronto como fuera posible, estar allí resultaba inspirador. Estaba en medio de lo que quería vencer.  

Dejé a un lado el arco y el carcaj para luego desenfundar el estoque. Estaba oxidado, feo. De seguro me daría más de un problema usarlo, como un puñal sin hoja que debe pasarse mil veces para poder cortar un buen trozo de carne. Un gran suspiro de resignación y me dispuse frente a él.  

Música:

 

-Bien… primera lección, posturas.

El sol ascendió despacio, pues el tiempo se detuvo oyendo sus explicaciones, imitando sus movimientos, siguiendo al pie de la letra su consejo. Al comienzo me sentía estúpida, como realizando un ejercicio de mímica que no tenía ningún sentido. Las piernas reaccionaban lento y las manos hacían gestos endebles que en un combate verdadero no hubiese tardado mucho para que me arrancaran el arma. ¡Tenía tanto que aprender! Al poco sentí que el vendaje del brazo me estorbaba, así que lo deshice, mientras Necross seguía moviéndose, ya a torso desnudo, pues él también parecía que aprovechaba las clases para entrenar. Luego tomé el estoque y continué con los movimientos.  

Se le daba bien explicar. Me era fácil notar lo que quería decir, aunque yo no fuera una alumna talentosa. Lo cierto es que no mostraba vacilación o tensión por tenerme callada mientras él iba de anécdota a dato y de dato al ejercicio.  

Conforme lo iba logrando, corría mis pies, acomodaba mis hombros, y volvía al ruedo. Él también me corregía, e incluso, la primera vez que me tocó para correrme los pies con los suyos, casi me hace besar el suelo. "Bastardo", balbuceé al sostenerme con el brazo bueno antes que con el malo. Al menos mis reflejos estaban intactos y me ahorrarían más de un dolor innecesario. Sin embargo, más pronto que nunca abrir las piernas se volvió una tarea imposible; el vestido apenas si me dejaba parar con un poco de separación.  Y es que no olvidaba que todo lo que estaba usando era de la hija de un granjero. De seguro, siguiendo la filosofía de su padre, ella no hubiese tenido nunca que abrir las piernas para nada... Y fue sólo pensarlo para quedar con una sonrisa burlona de la nada. Mi mente podía haber perdido el pasado pero no el deleitarse por idioteces como esas.

La idea era aprender a clavar el estoque, a manipularlo de manera ofensiva, luego de aprender un poco de la lógica con la que funcionaba la postura del tonto. Era como comenzar por el final para ir desarrollando el baile con el cual se decantaba el arma. Y necesitaba las piernas...  

-¡Para!- y tomando su bastarda hice dos cortes a cada lado de la falda, de esa manera las piernas podían salir de la faja sin que me diera más problemas. Además, aunque no tenía problemas aún con los tirantes del vestido, tome parte de la tela cortada, un tirón, y la pase por entre las tiras: -Ayúdame. Haced el nudo.  

Sus manos rozaron mi espalda mientras yo corría mi cabello hacia un lado. De esa manera, las tiras nunca caerían sobre los hombros y al mismo tiempo tendría también mayor libertad para mover los brazos.  

Tomar el estoque y agacharse para poder clavarlo, esa era ahora la tarea. Pierna izquierda atrás, derecha al frente, la que impulsa, estable, con firmeza clavada en el suelo, pues de allí nacía el movimiento para poder clavar el estoque. La primera vez parecía una rana a punto de salir de su estanque, la segunda era más una garza, pero la tercera ya empezaba a entender la lógica de lo que él mostraba.

Después de golpear el aire, comentó que era hora de atacar algo contundente:

-No peliblanca, no me vas a atacar a mí de nuevo.

-Ya pensaba yo que queríais ser de nuevo colador...- atajé, más suave, entre suspiros de cansancio.  

Entonces la tarea se volvió clavar el arma en el árbol; algo nada fácil.

-La espada es más que eso en tus manos, es una extensión de tu ser. No pienses en ella como un objeto, es parte de ti, es tu persona entrando en la carne enemiga…

Volvía a clavarla. Él abría las piernas de nuevo, corría mis hombros y me hacía bajar. De nuevo comenzaba todo... y no mejoraba. Chasqueaba los dientes, medio enojada pero sin parar de intentar: "es una extensión... entra en la carne enemiga... ¿Qué acaso pensó que soy hombre?". Reí en un silbido y volví a atajar, esta vez reconociendo que si iba a malpensar cada palabra que dijera el tuerto, esta lección estaba condenada. Repetí los movimientos, tanto como el mismo sudor pudiera atestiguar. Corría por la espalda y las piernas, libre, apenas para encontrarse con el la poca brisa fría que se colaba tras el árbol donde estábamos entrenando. Tomó mi mano, aquella con la sostenía el estoque, y la otra se vino a ajustar en mi cintura, conduciendo también mi brazo herido hasta allí. No había reparado hasta ese segundo en lo callosos que eran sus dedos, como en el calor que expelía su cuerpo.

-… es tu voluntad contra la armadura enemiga...

Mentiría si digo que de antes algo me había percatado, pues solo hasta ese momento, con el cambio de tono, la gravedad, el aire, sentí el escalofrío que viene de ser atraída vertiginosamente a una situación descartada. Volteé sorprendida. Su ojo se clavó de nuevo en los míos, aunque la profundidad de su mirada estaba bañada de otra intensión fuera de la clase.

-No es difícil si practicas…

Me besó y yo al principio quedé con los ojos perplejos, pestañando con temor, sin saber muy bien qué debía hacer. Mis labios, torpes y secos, se dejaron llevar por los movimientos de él, aprehensivos y al mismo tiempo delicados. Luego, dejé de racionalizarlo y fue solo sentir. El calor subió a las mejillas, así como el cuerpo se sintió estremecer. Mis piernas se separaron un poco más, y lo que fuera sospecha, allí se confirmó: me rozaba. El tiempo se detuvo, tanto que no supe en qué momento solté el estoque para tomarle realmente de la mano y al abrir los ojos, con un suspiro nos quedamos mirando, sin saber muy qué debía hacerse a continuación. Di la vuelta y con toda la resolución que pudiera tener me abracé a él, escondiendo mi cara entre su cuello:

-Mentiroso- susurré a su oído y luego de besar la piel del cuello con algo de fuerza: -Los viejos no besan así...

-¿A cuántos viejos has besado acaso?

-Déjadme pensarlo- y rodeé los ojos mientras me aferraba a su cuello. Por inercia soltó mi cintura, quedando ambos frente a frente: -Ninguno... nadie quiere besar a los viejos.

Sonreí traviesa, dejando en sus labios un beso pequeño, suave, sutil, como el primero que le diera. Disfrute de ese momento, como si por un segundo creyera que él podía verme con otros ojos. En su rostro se veían las ganas de decirme “desgraciada” y luego, cambiando el semblante inquirió:  

-¿Qué estamos haciendo?

Si en antes había estado empinada, tratando de alcanzarlo, caí de súbito, esgonzada en mí misma, apostando la cabeza hacia el suelo, quedando silenciada con la pregunta.  

-Estábamos entrenando- y al reunir un poco más de aplomo aclaré: -pero ahora, sólo era yo tratando de aparentar algo que no soy.

-Entrenando, si…- y su suspiro me decía lo contrario, atrapandomede la cintura con el brazo de hierro, haciendo que la piel se erizara, más no que me sorprendiera el frío del hierro, mientras su brazo carnoso se posaba sobre mi nuca, abrazándome. –Entrenamos mucho… necesitamos un descanso.

Asentí aun con las mejillas rosadas, acariciando su barba. Pero él apretó más mi cintura, haciéndome retroceder unos pasos hacia el árbol donde entrenábamos. Acarició mis cabellos, absorto, mientras su cabellera oscura se posaba sobre la mía.

-Bésame de nuevo-

No quería pedirlo, y sin embargo lo había hecho. En el fondo sabía que jugaba con fuego pues alentaba algo que ya desde antes había dado por imposible y descartado. Y tenía razón pues su beso en vez de volver a encender mis labios, llegó en mi frente.

–Deberíamos volver al entrenamiento, no has mejorado.- rió, mientras acaricia mi rostro.  

Tonta, idiota, de todas las malas decisiones que había tomado, alentar aquello había sido la peor. De pronto la sangre que bajaba me recordó mi estado y asintiendo a sus palabras, posé las manos sobre su torso, apartándolo un poco:  

-... voy por el estoque.

No quería que me viera. A través de los ojos sentía como las lágrimas se acumulaban. No quería dar lástima o pena; no quería darme cuenta que sentía y vivía con la misma intensidad que todos los mortales. Era mejor ser como las piedras.

Entonces de más allá de los árboles llegaron los gritos de los empleados. No alcanzaba a entenderles al principio pero luego el terror se fue dibujando en esas sílabas inentendibles. Tomé todo con las manos y salí corriendo, pues entre todas esas voces había una que podía reconocer, un grito desgarrador, inclemente. Qikto.

-¡¡SHAINA!!! ¡¡NO MI SHAINA... ¡¡NO MI SHAINA!!!....  



Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:28 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Miér Jul 20, 2016 4:14 am

No supe cómo actuar, la tenía tan cerca pero al mismo tan lejos. Mentir no puedo, si actué como actué fue porque por un segundo vi a Ondine reflejada en su rostro pálido,  incluso creo que vi los ojos lilas de la Divium en la humana, por medio segundo los vi… De cualquier manera el entrenamiento ya se había acabado, no por los besos, no por las ansias, si no por el grito desgarrador proveniente de la granja. Uno de los morenos llamaba a su amada, la desesperación en sus gritos solo me hacía pensar en lo peor. Ame era amiga de ellos, es la  única respuesta que me llega después de verla correr sin pensarlo al momento de escuchar el grito, el negro seguía llamando a la tal Shaina, por supuesto, yo no tenía idea de quien era.  

Corrimos sin parar hasta que llegamos a la granja, solo nos detuvimos cuando vimos a todos los trabajadores reunidos en las afueras, los gritos continuaban, y el hombre que gritaba estaba de rodillas en medio de sus otros compañeros, en ningún momento el negro se calmó, o dejo de gritar. Podía ver como la peliblanca consolaba al inconsolable hombre, pero no terminaba de entender porque tanto griterío o conmoción, quizás era algún tipo de rito que tenía la gente morena. Amethist se arrodillo cerca del negro, preguntando que sucedía, y por la famosa Shaina.

Ahí pude recién entenderlo, Shaina era una conocida del tipo, y aunque no sabía qué relación tenían, se notaba que ella era bastante importante. Me quede estático mirando a la peliblanca continuar con su intento por calmar al hombre llorando, me sorprendía la paciencia que tenía, pues con cariño casi materno le tomo el rosto y volvió a preguntarle: -Qikto, ¿Qué paso? ¿Dónde está Shaina?- Qikto levanto el rostro, y al encontrar los ojos de Amethist se calmó, luego entre sollozos dijo: - No está. Por ningún lado esta ella... el niño estuvo conmigo luego del desayuno... pero nadie la ha visto…- Con preocupación la peliblanca volteo el rostro hacia mí, asentí para que continuara, pues la siguiente pregunta era obvia.  

¿Dónde esta la negra? Pregunto Amethist con cuidado, el negro seguía llorando, sollozando, y respirando agitadamente. Qikto dijo que la última vez que la vio fue en la casa, hace varias horas y cuando ambos habían comenzado a trabajar. Sin poder hacer mas la peliblanca se acercó a mí, pase mi brazo sobre sus hombros mientras todos los demás trabajadores se acercaban a Qikto.  Aunque no era problema mío no podía quedarme sin actuar, si el señor Pork no se había pronunciado hasta ahora seguramente era porque no le interesaban sus trabajadores; solté a la peliblanca y me puse en medio de los trabajadores, frente de Qikto, debíamos organizarnos. -Llorando no lograras nada, debemos actuar ahora antes de que perdamos más tiempo. Nos separaremos en tres grupos y buscaremos por los alrededores. También necesito información ¿hay bandidos por aquí? ¿Tenía algún motivo la chica para irse? ¿¡Que están esperando!? ¡¡Muévanse!!-

Al principio no me hicieron caso, por supuesto, tuve que gritar nuevamente para que los negros comenzaran a moverse, eran muchísimos, unos cincuenta  por lo que pude contar. De inmediato envié dos grupos de diez personas a buscar alrededor, el resto debía volver a las labores, confiaba en que Ame pudiera convencer al distinguido dueño de que nos dejara buscar en paz. Por boca de algunos trabajadores  y del mismo Qikto me entere de que no había bandidos rondando la granja, pero al mismo tiempo que no era primera vez que uno de los trabajadores desaparecía. -¿Qué paso con los otros trabajadores?- Nadie supo contestar aquella pregunta, lo único que todos tenían en común era que desaparecían de un momento a otro, y que supuestamente, por palabras del distinguido señor Pork, se iban buscando una mejor vida.

Quería conversar mas con los trabajadores y Qikto, pero su manera tan particular de hablar me confundía, no podía entenderles con propiedad, ellos tampoco a mí, pues el acento único en mis palabras a veces les hacía mirarse entre ellos, como si estuviera hablando elfico… Me despedí de la peliblanca ya que le había encomendado que hablara con el dueño del lugar, necesitábamos si o si más información. Para cuando me di cuenta ya estaba junto a Pent y Thaena, ellos me preguntaban cómo estaban las heridas, yo solo agradecí las curaciones, y le dije que ya no las necesitaría, luego les pregunté sobre las desapariciones. -No sabemos mucho… de boca de algunos trabajadores supimos sobre las demás desapariciones, pero ya hace varias lunas que no ocurría, ellos lo atribuyen a algún tipo de maldición. - Me quede junto a la mujer pensando, Pent volvió a la casa buscando a Amethist, era hora de su terapia. Yo me quede hablando un poco mas con la curandera, entre ambos cambiábamos teorías sobre lo que pudo pasar con la perdida Shaina, en común teníamos la idea de que la negra abandonó la vida de trabajador para buscar mejor suerte. -Tengo un amigo que sufrió de un destino parecido, su mujer lo abandono a él y  a su familia para buscar aventuras en el mundo.- Thaena estaba de acuerdo con la teoría, pero no la convencía del todo. -No conocí a la muchacha realmente, pero la vi varias veces junto a Qikto y su hijo. No eran la pareja perfecta pero se sentía el cariño entre ellos… no creo ella los abandonara por una aventura.-

Thaena se despidió sin decir donde iría, yo me quede mirando como trabajaban los negros, aun debía hacer tiempo y ahora la búsqueda de más información estaba en manos de Ame, no podía entrar a la casa y buscar por mí mismo. Me acerque a los trabajadores y los ayude con las labores, aún tenía hambre pero las energías no me faltaban, por ello por un par de horas nos quedamos arreando la tierra, y trabajando los animales; hasta que llegó la hora de comer.  En la granja las mujeres preparaban la comida en grandes cantidades mientras los hombres trabajan, hasta ese momento no me había percatado del sentido de camaradería que había entre ellos, y la importancia que tenía la desaparición de Shaina; ver comer a todos los trabajadores juntos me hizo sentir nostalgia, y las ganas de querer volver con mis alas negras fueron grandes.

Mientras repartían el almuerzo los hombres que envié a buscar en los alrededores volvieron decepcionados, no había rastro de la negra. El almuerzo fue lúgubre, en mis días anteriores podía escuchar las risas y las burlas de los trabajadores, pero ahora el silencio era poseedor de todas las almas, nadie tenía ánimos para hablar. -Tengo entendido que no es primera vez que esto pasa, ¿Cuántos han desaparecido ya?- Antes no me habían contestado, debía insistir. Algunos me miraron sorprendidos, otros confundidos, incluso algunas miradas de enojo se me dedicaron. No me contestaron la pregunta, los que se dignaron a hablar me pidieron respeto. -¿Respeto? No, en una situación así se paga respeto cuando alguien está muerto, y ella no está muerta, ¿cierto?- No podía dejar que asumieran su muerte tan pronto, aun podía ser encontrada, creía en ello. Algunos de los negros, los que estaban sentados a mi lado, me contaron que ya iban trece los desaparecidos en el último tiempo, y todos en las mismas circunstancias, las respuestas eran las mismas, no había mas detalles.

Spoiler:

Después de comer seguí ayudando con las labores en la granja, quizás si Pork me veía ayudando no nos echaría tan pronto, aun la peliblanca necesitaba descansar, y sabía bien que nuestra estadía no sería gratis. Me quede con los negros hasta que llego la noche, ellos volvieron a la granja para dormir y comer, en cambio yo aún seguía afuera, mirando la noche comenzar, sintiendo como levemente bajaba la temperatura, camine hasta donde anteriormente habíamos almorzado, sentado sobre un poco de paja, me quede esperando que llegara la oscuridad.

Sin esperarlo desde la oscuridad escuche mi nombre, alguien me llamaba. Voltee el cuerpo desde donde estaba sentado y la vi acercarse; Amethist vestía sus pantalones de siempre, pero la camisa se le veía apretada, no creo que fuera suya. -No creo podamos seguir con el entrenamiento.- Reí suavemente, luego la llame con la mano para que se sentara a mi lado. -¿Qué te ha dicho Pork?- La peliblanca se dejó caer sobre la paja antes de contestar. -Todo y nada.- Dijo calmada. Nuestros asientos eran incomodos, ella para acomodarse se encogió de piernas, y enrosco los brazos entre ellas. -No me dejo ni un momento para que yo pudiera mirar nada... y al mismo tiempo es esa desconfianza lo que lo delata.- Suspire, sospechaba de Pork pero realmente no quería tener que pensar que estaba involucrado, las cosas se complicarían mucho de ser así. -¿Crees que esté involucrado? De los demás supe que no es primera vez que pasa, siempre las desapariciones son de la noche a la mañana.-  Me cruce de brazos recostándome más en la paja, en mi mente solo podía culpar a Pork de todo lo sucedido.  -¿Crees poder buscar dentro de la casa? Él te permite entrar, y pareces agradarle.-  Era obvio que el viejo disfrutaba la compañía de la peliblanca, esta noto en mi sonrisa de fastidio lo que intentaba implicar.

Mientras reía ella ponía los ojos en blanco, supongo que intentaba ignorar lo que había dicho. -No creo poder... Os he dicho que cuida muy bien cada aspecto de la casa... – Se calló de súbito, luego una sonrisa malsana más una ceja alzada acompañaron al siguiente comentario: -Pero tú sí que puedes…- Reí de medio lado, y mirándola de reojo solo me quedo responder. -No voy… no voy a seducir a Pork para conseguir información.- Mantuve la sonrisa, la desgraciada supo devolverme la broma; a veces me pregunto qué paso con la peliblanca que apenas podía pronunciar palabras en el campamento gitano. -Y yo que os creía más listillo.- Sonrió una última vez, la observé pasarse la mano por el cabello quitándoselo del rostro, un gesto muy femenino que me dejo un tanto bobo. - realmente estáis viejo.- De pronto se puso de pie, y de una jarra cercana sirvió un poco de agua en un vaso de madera, el que termino por ofrecerme.  -Déjame el tema amoroso a mí... y tú... – Su voz se cortó, y la sonrisa de súbito desapareció. -Trata de encontrar algo que ayude a mi amiga, por favor.-


También deje de reír, de pronto habíamos regresado a las calamidades que el mundo presentaba. -Lo hare, se lo difícil que es criar  a un hijo sin su madre al lado.- Me puse de pie para recibir el vaso de madera, pero no bebí. -Necesitare una señal para saber en qué momento entrar. Prende una vela y déjala en la ventana cuando estés lista. Con ello sabré que puedo entrar.- La peliblanca se sacudió el trasero para sacarse los restos de paja, yo por supuesto puse muchísima atención a sus acciones. -Así lo hare. No desperdicies el agua regándola por acá. Dásela al pasto o las plantas que si algo sé con certeza de vos es que sois un amante del alcohol... Mucha suerte.- Con un guiño se despidió y salió corriendo a la casa. ¿Pero cómo supo que tenía cierta debilidad con la bebida? Quizás era demasiado obvio, quizás eran mis dientes amarillos.

Me quede mirando a Ame alejarse a toda velocidad, la preocupación por Shaina por fin lograba entenderla, eran amigas después de todo. -Si… deben ser los dientes amarillos.- Volví a mi habitación de olores varios, necesitaba ponerme una camisa.

Me quede mirando atentamente la casa por varios minutos, una camisa de mangas cortas y oscura como la noche por fin me protegía del frio, sentía picor en la espalda por antes estar echado sobre la paja, pero nada que no pudiera ignorar. Una luz tenue y pequeña en una de las ventanas me hizo actuar, corrí lo más rápido que pude hasta acercarme al hogar del señor Pork, cuando estaba lo suficientemente cerca me oculte en las sombras, y con cuidado de no hacer ruido alguno abrí la puerta; menos mal Ame recordó quitar la tranca. A paso lento me adentre, habían luces encendidas pero ningún alma humana rondando la casa; imagine que alguno de los negros estaría trabajando o por lo menos rondando, pero aparentemente ellos tampoco eran bienvenidos en el hogar del distinguido señor Pork.

Busque en la primera planta pero no encontré nada, ni una pista, ni algún objeto, nada. Me decidí a subir las escaleras hacia el segundo piso y seguir allí, quizás en la habitación principal podría encontrar algo. Al subir pude escuchar las voces de Ame y Pork, ella hacia bien distrayéndolo. De la conversación algo pude oír, Pork hablaba sobre las barbaries del mundo, estaba de acuerdo con ello aparentemente, Ame en cambio difería. Por las palabras de la peliblanca entendí que le gustaban los hombres de paz, incluso dijo que jamás se metería con vagos, mercenarios, o trúhanes; no sabía si aquello era cierto o simplemente una mentira para mantener distraído al granjero.  -¿Y entonces que hace con ese tal Necross?- Preguntó Pork, me detuve en ese momento, y puse atención a la conversación.

-Es como guardaespaldas…-

-Pero se nota que le importa.-

-Por supuesto. Siento cariño por los que trabajan conmigo, como vos.-

Spoiler:

Lo último que escuche fue un comentario de la peliblanca sobre la luna, no quise escuchar mas pues aún tenía una tarea que completar. Intente entrar en la habitación pero estaba cerrada, y no podía forzarla sin hacer ruido, por ello busque en los alrededores hasta que una mesa a la distancia llamo mi atención. Sobre la mesa un candelario oxidado en cada extremo mantenía velas a punto de morir encendidas, los restos de vela derretida caían desde el candelabro y ensuciaban la mesa. En medio de ambos candelabros había un libro, con una cubierta extraña, parecía estar forrado con piel, sin ninguna palabra en su portada que me diera una idea del contenido en su interior. Acerque la mano para tomar el libro, y un escalofrió paso por mi espalda mientras acercaba mis dedos.

Al tomar el libro un penetrante dolor de cabeza de súbito empezó, la visión en menos de un segundo se me apago, y antes de que poder notarlo me encontraba en otro lugar. Cuando logre abrir el ojo pude ver el cielo completamente negro, adornado con nubes rojas, con el sol naciendo en la distancia, detrás de pequeña colina. Estaba solo, completamente solo, intente caminar pero al dar el primer paso tropecé y caí al piso. No lo había notado hasta ese momento pero lo que yo creí era piso no era más que cadáveres apilados, de hecho la luz del sol me hizo ver que absolutamente todo el lugar estaba poblado por cadáveres, la colina que vi a la distancia no eran mas que cuerpos apilados.  Mi cuerpo estaba salpicado por los restos de los cadáveres sobre los que aterrice, podía sentir la sangre podrida sobre mi cara.

Desesperado y asustado por la escena me puse de pie lo mas rápido posible, me quite la venda del rostro para ver mejor y fue ahí que perdí toda fuerza de voluntad.  La figura que nacía desde las montañas no se trataba del sol, cuando levante la vista al cielo vi una esfera construida solamente de cuerpos humanos, al menos eso parecían. La masa de cuerpos paso sobre mi cabeza flotando, era inmensa, más grande que cualquier cosa que haya visto antes, los cuerpos gritaban atormentados, como si eternamente estuvieran sufriendo. Caí de rodillas sin ponerle atención a los cadáveres podridos que estaban debajo de mí, me tome la cabeza con ambas manos e intente contener el llanto, era tal la desesperación que sentía que las lágrimas escapaban sin que pudiera evitarlo, cerré los ojos intentando despertar de aquella pesadilla.

Cuando abrí los ojos estaba de regreso en la casa de Pork, de rodillas, y con el libro aquel en la mano; aún seguía llorando, mas como aún tenía la venda en la cabeza solo uno de mis ojos lagrimeaba.  Apreté el libro entre mis dedos carnosos con fuerza, me puse de pie y regrese mis pasos, tenía que salir de allí y respirar aire fresco. Volví a mi habitación y respire profundamente el olor a mierda de animal, cualquier cosa era mejor que el angustiante y sofocante olor a cadáveres que hasta hace poco me invadió. Me senté al borde de la cama y deje el libro a mi lado, me quede mirando la  textura de su cubierta; preguntándome si lo que vi hasta hace unos momentos fue real, o una simple ilusión… Aún tenía ganas de llorar.



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Jul 22, 2016 8:28 pm

XVII. Hidropancia... no, hidromancia


Musica:


Sequé sus lágrimas de niño, pequeños cristales que revelaban cuán roto estaba su corazón. Indagué, pregunté, volví a animarle, pero por más que me esmerara, con cuidado, sin presionarle, igual fuera lo que intentase, aquella alma estaba devastada, desolada. Era la primera vez que le veía así: desde nuestra caminata en los bosques de Naresh e incluso en los días que íbamos en aquella granja, jamás había visto al liberto tan alterado, descontrolado... partido. Su dolor parecía similar al del hielo que se quiebra y con sus pedazos incluso sigue lacerando. Me resultaba terrible verle así, no por el mismo dolor que me provocaba la desaparición de su mujer, sino por los gestos, la voz cortada, ese desgarre extrañamente familiar.  Hincado, con la mirada caída, agarrado de la cabeza sin saber bien si correr, huir, buscar o tomar su hijo para perderse en la selva, Qikto miraba la tierra sin verla.  

Sin darme cuenta, poco a poco iban llegando más y más empleados, todos de pieles tan oscuras como el carbón. Sus ojos y dientes eran lo único que resplandecía en sus rostros de azabache, pues la mujer del negro era conocida por todos. ¡Jamás se olvida a la cocinera! Las mujeres se abrazaron unas con otras, mientras los hombres en medio de los gritos del pobre Qikto, parecían igual de desorientados.

-Llorando no lograrás nada- cortó Necross el ambiente de tensión con ímpetu: -debemos actuar ahora antes de que perdamos más tiempo.

Indagó por la negra, por los últimos que la vieron, por la situación de la granja y otros menesteres importantes. Al final todo volvía al mismo punto: el último en verla fue su propio marido, quién entre palabras sollozadas y ese dialecto peculiar, la situaba dentro de la casa. Mientras el tuerto demostraba una vez más su dote de liderazgo, yo no soltaba el rostro de Qikto, secando con los retazos del vestido su llanto.

-¿Na´rak? ¿Dónde está?-inquirí de nuevo en susurros.

-Ombe casa sin ma´- contestó entrecortado entre suspiros: -Mi Shaina.... No mi Shaina...

-Mirad a vuestro alrededor, mi amigo. No estáis solo. Miraos a ti mismo Qikto: sois fuerte, un roble que debe mantenerse erguido por quienes te quieren y necesitan. Mirad a vuestros amigos. Todos ayudaremos para que podáis saber de aquella que es nuestra amiga, una madre más y vuestra mujer. Pero haznos un favor: no perdáis la esperanza... No sin pelear.

Su suspiro profundo y una leve inclinación resignada de la cabeza me sirvió como respuesta. No requería más para saber que al menos él trataría. La voz de Necross aún resonaba alrededor. Los negros, ahora coordinados, partieron en busca de noticias, dando información al hombre del mandoble sobre todo lo que sabían. Cada vez se hacía más apremiante el ir a la casa. Yo junté mi cabeza con la de Qikto y al pararme me dirigí donde el hombre de la gabardina: no la tenía puesta, sino en la mano junto con todo lo demás, y yo estaba con los vestidos rasgados y claramente sudorosa... lo que daría para hablar si los empleados hubiesen un poco más de tiempo para malpensar.

Al levantar la mirada hacia la casa, la mirada profunda y ceñuda del granjero nos observaba, cerrando de súbito la cortina, perdiéndose dentro de la casa.

-Necesitamos saber más de Pork...- aseguré a Necross, tomando del suelo todas las armas. Hasta ese momento la noticia de la negra no había calado, pero con la tranquilidad que da los primeros pasos, dirigiéndome hacia la casa, la fatalidad de la noticia se hizo más fuerte. ¿Qué había pasado con ella? ¿Realmente el granjero podría estar detrás de todo? En el fondo no quería pensar en esa opción, de lo contrario una vez más demostraría lo poco que había aprendido a vencer la ingenuidad.  

"Creo que nunca venceré ese defecto", pensé para sí, recordando el pasado y los muchos inconvenientes que me había traído hasta desencadenar en Pedro Jacinto de los Cerros. Un leve escalofrío recorrió mi cuerpo, negando con la cabeza y abriendo el portón. Al otro lado Björn Pork cargaba a Na´rak con claras muestras de aflicción.  

-Es una fatalidad. Una completa fatalidad- saludó, mientras arrullaba al pequeño que lloraba.

-Lo es, Señor Pork- contesté con la voz más recia de lo normal.

-A pesar de todo, has pasado un buen día?- el tono con el que el hombre preguntó dejaba ver el sarcasmo que su rostro no expresaba. Al mirarme caí en cuenta de la razón: lo que no habían malpensado los negros, lo había hecho el granjero.

-Sí señor. Tarde o temprano tenía que volver a practicar con el arco y las armas- expliqué, apretando todo entre mis brazos: -Soy mujer de paz pero poco me gustaría encontrarme indefensa si el momento llega...

El hombre sonrió; algo en mis palabras le habían tranquilizado. Soltó al pequeño y lo dejó en el suelo, quien con su tambaleo característico llegó hacia mí, jalándome el vestido para que lo alzara.

-Por cierto- advertí, dejando a un lado las armas, el carcaj y el arco para hacerme cargo del bebé: -Lamento mucho el estado deplorable en el que está esta prenda- y me di una vuelta con la mirada algo lastimera sobre los cortes al vestido, casi nuevo, que me había dado el dueño de la casa y que yo había desbaratado para poder sacar las piernas: -Si quería moverme con propiedad me resultaba difícil y no es que...

-Mi señora- interrumpió Pork: -No debe darme explicaciones de nada. Confío en usted, aunque no tanto de su compañía. Si lo que requiere son lecciones, puedo pedir a alguno de mis empleados que busque a los sacerdotes de la colina. Son hombres de fe pero entrenados para enfrentarse al mal que gobierna la Tierra.

-No hará falta-. El niño, entretenido con los colgantes que aún tenía en el cabello de los días pasados con los gitanos, halaba de mis cabellos con sutileza aunque concentrado en lograr que sonaran. -El hombre que me acompaña es como vos, un buen hombre. Sabe de combate y me ha servido bien... Ambos estamos angustiados con las desapariciones. ¿Sabéis algo al respecto?

-Nada. Son cosas de sirvientes: para mí que simplemente se fugan, buscando una mejor vida- espetó, algo molesto.

-Pero, ¡dejó a su hijo!! Shaina no haría algo así...

-¿Cómo puede saberlo usted, joven doncella? Es una niña apenas para las maldades que tiene este mundo y nunca se sabe cómo piensan ésos...No son normales, debe ser ésa la razón por la que Dios los marcó con ese color.

Abrí los ojos como platos y luego dejé al pequeño en el suelo, como si quisiera protegerlo de que no escuchara aquellas ideas. Respiré hondo, sabiendo que soltaría una retahíla enorme que poco gustaría al granjero, y fue en ese momento que me di cuenta de lo estúpido que sería hacerlo.

-Tenéis toda la razón, mi Señor- dije volteando el rostro mientras ignoraba los brazos de Na´rak para que volviera a alzarlo: -Quizás se haya fugado de acá... ¡¡No son como nosotros, de hecho, ni siquiera hablan normal!!

Por dentro me sentí vomitar. Ideas como aquellas, salidas de mis labios, sólo me hacían reflexionar en lo irónica que era la vida. ¡Si hasta hacía menos de 3 meses que yo ni podía hablar! Él sonrió plenamente complacido y por primera vez dando espalda a las posibles conjeturas que había sacado por lo que viera atrás, cuando Necross y yo llegamos sudorosos, con los vestidos rasgados y el con el torso descubierto, se acercó a un armario y sacó de allí dos vasos y una botella.  

-Bella dama- dijo mientras me ofrecía el liquido: -por usted, porque hacía mucho tiempo esperaba tener de nuevo una compañía tan amena. Espero que encuentre a gusto este humilde hogar y que su estadía sea larga.

Sonreí y bebí, aunque nunca un trago me supo tan amargo.

-Señorita Amethist- advirtió una voz formal: -hora de las curaciones.

-Pent- respondió el granjero: -Doctor, pensé que ya estarías con tu mujer bien lejos para estas horas... ¿No me habías dicho que hasta ayer te quedarías?

El hombre rubio entrecerró el ceño y metió sus manos dentro de los bolsillos, con muy poco agrado a las palabras que dijera el granjero. Yo sentí la tensión y empujando aquel líquido espeso tan rápido como pude, con un gesto de haberme quemado las cuerdas vocales, aclaré la voz con cierta alegría, que para el granjero tuvo tonos de infantil:

-¡Menos mal que no se han ido, Señor Pork!  De lo contrario no tendría ni cómo levantarme de la cama- y volviendo hacia Pent: -Gracias Doctor por todo lo que ha hecho por nosotros. Iré de inmediato a la recámara. Gracias a ambos- dije, sosteniendo la mano del granjero a manera de despedida, tomando las armas como al niño, y subiendo.  

Pent ayudó con algunas cosas. Con Na´rak entre los brazos, poco espacio me quedaba para cargar todo lo demás. Subimos los escalones, aunque yo con rapidez observaba cada habitación cuya puerta estuviera entreabierta, por primera vez tomándome el tiempo de grabar en mi memoria cada detalle. Sin embargo la mirada de Pork eran como agujas clavadas a la espalda, y rápidamente abandoné la idea de mirar un poco más, pues los ojos del granjero no dejarían pasar nada inadvertido.

-¿Sabéis lo que sucede acá, Pent?- inquirí mientras me quitaba la ropa y me dejaba solo en los vendajes.  

-No. Lo que todos saben: ha desaparecido gente... ¿te quitaste el vendaje del brazo?

-¿Yo? No, no. Fue Necross...

Pent río mientras sacaba de un lado agua y todo lo que siempre utilizaba para hacer sus curaciones. Sus manos eran diestras, precisas en lo que hacían y cómo lo hacían. Yo cerré los ojos y no supe en qué momento caí dormida. O al menos eso pensé, pues a mis oídos llegaba esa misma tonada que escuchara cuando navegamos en el barco de Lucio.

-Qué... pero... ¿qué haces? -. Alterado, Pent me zarandeaba para despertarme con tal brusquedad que al hacerlo sentí como el frío de humedad me caía encima... ¡¡El desgraciado me había despertado lanzándome el agua encima!!

-por...ahhh... ¿porqué echarme el agua encima?- indagué, con un hilo de voz amenazador e irritado. Me senté de súbito mientras él se ponía en pie para buscar una toalla. Al volver, miró a todos lados y luego cerró la puerta.

-Toma, sécate y calla...- ordenó el médico con voz nerviosa: -Eres hidromante... ¿porqué no nos habías contado que podías curarte tú misma?  

-¿De qué demonios me habláis, Pent?-. No creía ni una palabra de su treta, de hecho, llegué a pensar que aquello de la "hidropancia" era algo inventado por él para desviar la atención del hecho que me había echado agua encima. Y yo pensando que sus manos eran perfectas haciendo lo que debían hacer. ¡Patrañas! -Más bien deberíais disculparte como lo hace la gente normal, en vez de dar excusas de hipancias a los que no entendemos de esas cosas...

-¿Qué? Pero si... si eres tú la que... Ahhh... ¡¡Mujeres!!- terminó, elevando los brazos al cielo, y restregándose la cara me observó de nuevo, ya más calmado: -Controlas el agua, Amethist. Eres HIDROMANTE. Tienes el don de la magia elemental de la misma manera que yo tengo el don para sanar. Acabas de llamar el agua del tazón y, situándose sobre tus heridas, comenzó a sanarlas sin que yo ejerciera ninguna acción para ello... Es magia avanzada, así que deja de mentirme y dime cómo es que aprendiste.

Callé. Primero lo miré como si por primera vez me diera cuenta de que estaba loco, atractivo pero tostado del cerebro; luego recordé Samrat, el barco, y entonces tuve la extraña sensación de que me decía la verdad.

-Está bien... No digas si no quieres- dijo después de un tiempo: -pero hazte un favor: que Pork no se entere. Thaena y yo no somos de su agrado porque somos curanderos, nuestro dominio es el de las artes de la curación y, al usar los poderes de la naturaleza para sanar, nos saltamos mil reglas que tiene la fe sobre la vida o la muerte. Y siempre el que puede tener un poco de poder sobre esos factores, tendrá control sobre el temor de los demás. Pork nos considera herejes, menores, pero al final herejes. Y te echaría a patadas si se entera de lo tuyo...

"Lo mío". Dicho así sonaba como si fuera una enfermedad contagiosa. Asentí y dejé que terminara su labor, con la parsimonia de siempre pero con la tensión en su rostros de barba naciente. Yo por mi parte me sentía contrariada y con el rostro cabizbajo. Aquel era un día de muchas cosas...muchas.  

-Nosotros marcharemos en la mañana. Las cosas no están muy bien como para quedarnos más tiempo acá. Necross y tú, nuestros pacientes, ya hasta salen de excursión y llegan desgastados. Eso solo significa que la salud está recobrada. Además... no puedo permitir que Thaena quede atrapada en problemas que no son nuestros.

Sabía a lo que hacía referencia: las desapariciones. Asentí nuevamente y agradecí todo lo que habían hecho por nosotros. Él salió, despidiéndose de Pork y agradeciendo su paciencia a atención en nombre de su mujer y él, y con un portazo en la planta de abajo, salió. Yo seguía secándome los rezagos de agua sobre el vestido, cuando tomé la decisión de cambiarme y salir de allí. Pork estaba atento a todo... casi que podía oír su respiración tras la puerta. Aquello no me daba confianza y, vistiendo mis pantalones de siempre, pero una de las camisas que encontrara en la cómoda de la hija del granjero, decidí tomar el arco, el carcaj, y salir de allí. La camisa me quedaba apretada, pero no había ninguna más que me pudiera servir. Su color azulado me recordó a los muchos vestidos que entre los gitanos vi, como si fuera uno de sus colores favoritos. Na´rak, a pesar de su corta edad, también sabía a donde mirar, pues al momento de alzarlo antes de salir, supo encontrar la manera de desabrochar la camisa varias veces, como si aquello le llamara la atención.  

"Claro, naturalmente que le llama la atención"  

-¿A dónde va, bella dama? ¿También se irá como el Doctor?

-No. He de practicar un poco, pues si no me ejercito las heridas nunca cerrarán... No quiero quedarme inútil dentro de la casa. No saldréis vos también a los oficios de la granja?

El hombre dudó y luego prosiguió:

-Con todo lo sucedido, prefiero estar en el hogar. La esperaré para cenar, mi señora, su compañía es grata para mí.

Asentí, algo incomoda y desconfiada, forzándome a soltar una sonrisa cordial. Salí de allí con el niño en brazos, bostezando, quizás de hambre, pues no dejaba de rebujar en mi pecho como si buscara alimentarse.

-No obtendrás nada de allí...- le dije, mientras acariciaba sus mejillas.  

A poco encontré a muchos de los negros trabajando, incluido Qikto y Necross. Con una señal, el negro llegó y tomó a su pequeño. Verlo debió traerle de nuevo el dolor desgarrador de no saber nada de su mujer y lo abrazó con fuerza, despertándolo de nuevo.  

-Todo saldrá bien...

Él asintió a mis palabras y entró de nuevo en la casa, donde al parecer no sólo apilaban la paja sino también dormían todos los empleados de la granja.

Respiré profundo y aquella bocanada de aire sirvió para limpiar la mente, las ideas, las malas noticias, así como las buenas. Últimamente desarrollaba una capacidad increíble para dejar de lado cada uno de los temas que me molestaban y tratarlos solo cuando realmente tocaba, o cuando me explotaban en la cara. Y Necross era sin duda uno de ellos... ¿Qué había pasado en el bosque? Me besó y lo sentí real, un sentimiento auténtico, pero luego... luego fue todo diferente. Cerré los ojos y al abrirlos los colores de la tarde cedían ante un rosa intenso que pintaba todo color sangre. La tarde decaía con muchos colores de diversa naturaleza, terminando en lo profundo con un naranja poderoso que invitaba a la aventura.

No me di más tiempo para pensar en lo que no tenía solución. Tomé el arco y en su cuerpo se pintaron de nuevo esos destellos intensos de una luz brillante como la de las lunas. Sus grabados cobraron vida, con una sutileza en el talle que por poco creí que aquellas figuras representaban una guerra antigua, sino la figura de cada una de las razas existentes del mundo.  

Los pájaros cantaron en dirección hacia los bosques y la noche empezaba a orquestarse más allá del Tarangini, donde los gitanos aún seguirían con sus bailes y saraos.  

-Hora de cazar- me dije; y salí de nuevo, como había hecho más de una vez desde que estuviera en la gitanería, a estirar las piernas, volar como gacela sobre los troncos y las ramas, como si la gravedad no me afectara, mientras apuntaba a todos lados y fijaba cada vez más la coordinación entre lo que miraba y a lo que le atinaba. Luego corría de nuevo, con potencia, sin dejar de acelerar, recogiendo cada una de las flechas, exigiéndome tener la memoria para saber dónde estaba cada una y recordarlo luego de lanzar las 30 que tenía. Al fondo podía escuchar el río a lo lejos, sus afluentes, incluso el agua que corría por las plantas, dándoles vida y fuerza. Hidromancia...  

Al comienzo, entrenar me había resultado una tortura, pero en ese momento, luego del viaje con Necross, la pelea con aquel demonio, cruzar el Tarangini, incluso el entrenamiento de esa mañana, podía sentir la ligereza con la que los músculos reaccionaban, la fuerza que iba agarrando cada vez más, la soltura de mis movimientos, esa necesidad apremiante de sentirme libre para volar entre las ramas y treparme por todas ellas para lanzar desde cualquier ubicación mis saetas, y atinar.        

--//--


-Necross...

Lo encontré sentado en el medio de un cuarto lleno de olores. No dije nada sobre ello, pues otros temas eran más importantes. La conversación versó de nada y de todo, excepto lo confuso: nosotros. Creo que, al igual que yo, el tuerto lo ignoraba, y poco le gusta enfrentar los temas de los que no puede estar seguro de nada. Ya éramos dos jugando la misma carta. Y en medio de disparar con la información que ambos teníamos, trazamos un plan. Sabía que podía distraer a Pork mientras Necross se deslizaba por la casa en busca de respuestas, sin embargo me angustiaba que viera en el tuerto una posible amenaza. Dudaba del granjero, pero si no tenía nada que ver con los hechos acaecidos, todo se tornaría en un muy malentendido. No me convenía atraer tanto la mirada del dueño de todo hacía el bandido de Shading. Ya bastante hacía con arriesgarse, no le daría más problemas.

Me retiré fugaz de aquel lugar, en dirección a la casa. Pork parecia serio, quizás se había dado cuenta que salía de donde Necross.  

-Con ganas de cenar, mi bella dama?

-Así es- contesté, dejando a un lado el arco y las flechas: -Tengo mucha hambre. Hoy estuve corriendo por el bosque y siento los músculos entumidos. Además, me rugen las tripas.

El granjero alivianó los gestos y rio también de buena gana. Cuando lo hacía así, no pareciera que fuera culpable de nada. De hecho, si solo fuera por su aspecto, Pork parecía un hombre honorable, humilde, hecho a pulso en su trabajo, y justo en la manera como trataba a sus empleados, a pesar de verlos casi como ganado.  

Prendí la luz del ventanal y con ello di inicio al show.

Hablamos de todo, en especial él. Me contó de la Ciudad Esmeralda, de las tierras desérticas más allá de los bosques, incluso se aventuró a contarme una que otra anécdota del dominio de los elfos.  Entre las bromas, el brindar, volver a comer y oír sus anécdotas, no supe en qué momento entraría el tuerto. Mi atención estaba puesta exclusivamente en el granjero y evitar que de pronto quisiera irse. Quizás fuera eso lo que más desencajaba de todo mi plan: yo nunca había dejado que hablara tanto sin despedirme en antes e irme a la cama. La bebida seguía circulando entre nosotros, y, a pesar de que había bebido de a sorbos, igual sentía el rubor en las mejillas. De mí indagó algunos detalles, pero siempre tuve las lunas como excusa para desviarme cuando la conversación se iba por lugares que yo misma no podía aventurar. Lo cierto es que cada vez más notaba la incapacidad que tenía para seguir ese tipo de comunicación con gente que amaba su pasado mientras yo ignoraba completamente el mío... era una pagina en blanco que no tenía nada que decir, nada de qué quejarse o porqué protestar. Nada que compartir.

Quizás fuera esa sensación de vacío, ese gran desasosiego que caía sobre mis hombros cada vez que reflexionaba sobre el pasado, lo que hizo que el hombre regordete se me acercara, y sintiendo su oportunidad, me tomara de la cintura y me enrollara en sus brazos como si tratara de consolarme de algo que ni él mismo entendía. Como siempre, no quise pensar mal hasta que su mano reposó sobre una de mis nalgas, apretando.  

-Parad- espeté con el rostro sonrojado por la bebida y la mirada ceñuda.

-Pero … si yo sé que te gusta. Somos el uno para el otro... eres la mujer que he estado esperando, la que me prometieron...

-¿De qué demonios habláis?

-Cuida el vocabulario querida mía... Los demonios son cosa que hay que temer.

-Creo... que deberíais ir a dormir, mi señor- aventuré con un nudo en la garganta, rezando por que Necross ya hubiese salido del lugar.

-No bonita... no aún...

"Bonita". Aquella palabra tenía un efecto nocivo en mí. La sangre hervía y la ira crecía exponencialmente al ver cómo poco a poco se iba acercándose con esos iris verdosos llenos de esa misma lujuria que en el pasado pude reconocer.  

-Señor... parad- repetí pero el hombre siguió avanzando hasta tomarme del rostro, con la firme intención de besarme.

-¡PARAD!

Plash!

No lo pensé. Ni siquiera me detuve a analizar las consecuencias, sólo mandé mi mano sobre su mejilla con todas las fuerzas que tenía, indignada, dolida. Un sonido sordo cortó de tajo todas las palabras que pudieran haber de más entre los dos. Media vuelta y salí de la granja en dirección hacia donde Necross debía estar. Ya era la segunda vez que me pasaba... la segunda. De la ira que llenaba mi alma, salieron par lágrimas que sequé con brusquedad antes de entrar al cuarto. Respiré hondo y traté de volver a la tranquilidad de siempre, aunque controlarme resultaba tarea difícil. Quería matarlo... destrozarlo como lo hiciera en aquella ocasión. Pero no podía darme el momento para caer en ese sentimiento. Desde la pelea con el demonio, la daga había permanecido silenciada, reticente a pronunciarse sobre nada, pero si esta ira que me embriagaba la despertaba...

No podría contener su poder una segunda vez.  

Lo encontré en aquel cuarto oloroso, cabizbajo, con un libro entre sus manos. Al comienzo parecía que estuviera leyendo, pero luego pude percibir el temblor en su cuerpo, la tensión con la que respiraba. No se encontraba bien, abstraído, inmerso.

-¿Que... Qué pasó?- pregunté pero no obtuve respuesta. Posé mi mano sobre su espalda, con cuidado y de nuevo inquirí: -Necross... ¿estáis bien?


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:30 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Jul 31, 2016 6:57 am

En mi mente seguía el recuerdo de la figura circular, los gritos, la desesperación, aun puedo sentir el miedo de aquella ilusión. El libro estaba a mi lado, con solo mirarlo volvía a sentir terror, por ello mismo tome el libro con el brazo izquierdo, no podía arriesgarme nuevamente a tener otra alucinación, pero la curiosidad de saber más me invadía. .  Sobre la cama abrí el libro, seguía sentado a su lado. Los escritos no lograba entenderlos, ya que estaban en algún idioma que no supe reconocer, uno que nunca había visto, las letras parecían hechas con sangre. Seguía cambiando las páginas sin entender lo que leía, lo hice hasta encontrar una oración que logre leer, pero desearía no haberlo hecho…

“El sendero del éxito se llena con los cadáveres de los sacrificios. Los humanos son criaturas débiles, envidian a los que tiene  más y desprecian a los que tienen menos”.

El sendero al éxito, la masa de cuerpos que vi en la alucinación, no quería aceptarlo por miedo, pero al parecer Pork era un seguidor de la Legión, y si así era, si tenía razón, no había duda en que había pasado con Shaina. Me quede leyendo nuevamente las únicas palabras que entendía en todo el libro, vi cada página con detalle esperando buscar otra cosa que pudiera hacerme entender con mas claridad de que se trataba, eso hasta que escuche que alguien llamaba mi nombre. Amethist en algún momento entró en la habitación, no me di cuenta de su presencia hasta que me pregunto qué pasaba. -Ame…- Deje el libro en la cama y con presteza me puse de pie, antes de que ella pudiera decir algo nuevamente la atrape entre mis brazos. Me sentía pequeño, desamparado, la sensación de terror y desesperación no quería abandonarme, llore como un niño mientras la abrazaba, me escondí en su cuello buscando protección.

Me preguntó en varias ocasiones que sucedía, casi estaba bien, yo no pude responder mucho, solo le pedi que no me soltara, que no se fuera. Así pasaron los minutos hasta que logre calmarme, ella esperaría una explicación sin duda, yo no sabía cómo comenzar. -Pork… Pork está haciendo algo muy malo aquí.-  Ambos estábamos en el borde de la cama, mientras le explicaba lo que conocía del culto del azote, le mostré el libro que había robado, no le permití que lo tocara por miedo a que sufriera de la misma alucinación que tuve anteriormente. -Si tengo razón, si la visión que tuve es cierta, Pork esta con el culto de la Legión.- Le conté con todos los detalles posibles sobre la visión que tuve, le mostré el libro también, sin dejar que lo tomara u ojeara el interior.

-No... No sé qué pensar o decir. Si lo que pensáis es cierto, Pork ha estado usando sus empleados como carne de matadero, pero cuando pienso en lo que ha hecho por nosotros…- Ame no tuvo problema en consolarme entre sus brazos, incluso me movió algunos cabellos que me tapaban la cara. No me soltó hasta que comencé a hablarle de la legión y la visión que tuve. - No parece tan mala persona. Si alguien pudo haber traído demonios a este lugar, esa debí ser yo... aquella cosa del bosque...-

Ella no parecía desconfiar en Pork, las sospechas las tenía pero se negaba a hacerlo. Le pregunte si sospechaba de mí, pues de todos los que estamos en la granja, soy yo el que tiene la imagen de bárbaro. Su rotundo no me saco una sonrisa, pues su convección y confianza en mí me alegraba. - -¿Creéis que Shaina está en la casa del granjero?- Preguntó, ambos estábamos seguíamos sentados en el borde de la cama. -Si, y por lo mismo que dijiste. Pork no aparenta ser malo, y es por ello mismo que despierta mis sospechas.- Tenia el libro detrás mío, podía sentirlo, como si la maldad en sus escritos me acechara; lo tome para dejarlo en una mesa cercana, no quería volver a verlo, sentía que debía olvidarlo por completo. –Ame… ¿puedo pedirte algo? ¿Puedes quedarte esta noche aquí, conmigo? No quiero estar solo hoy…- De por si no dormiría mucho, no recuerdo la última vez que dormí una noche entera, pero hoy en particular estaba agitado, no  quería estar conmigo mismo.


Nuevamente su respuesta no tuvo titubeos, es como si en medio segundo tomara una decisión, aquello me alegraba. -¿Cómo has logrado conciliar el sueño con este olor? Apesta...- Ella estaba mas cerca de la puerta que yo, me pregunte si sentía frio, la habitación donde estábamos no estaba bien sellada, gracias a dios por el calor del verano. Su broma sobre el olor me hizo reír, pues al dormir aquí ya me había acostumbrado al olor a mierda, incluso lo termine olvidando. -El olor es tan fuerte que me hace dormir. Agradécele a tu amigo por ello.- Junto a ella los problemas parecían desaparecer, si filtraban en mi cabeza, lo único que quería era escucharla reír nuevamente, su risa, el tono, era tan parecido al de ella…

El silencio nació entre nosotros por un momento, silencio que tuve que interrumpir pues sentí las ganas de agradecerle nuevamente a la peliblanca por quedarse y acompañarme. Le ofrecí mi mano para que me acompañara, yo ya estaba acostado y quería que se me uniera. -Sonará ridículo, pero no creo que deberíamos dormir en la misma cama... Tan ingenua no soy, viejo tuerto.- Su sonrisa escéptica se me contagió, pero podía entender sus razones para que no quisiera compartir el lecho conmigo; habían pasado muchas cosas entre nosotros durante este viaje. -Tratad de descansa... aunque quisiera preguntar algo más... Ya me deseaba las buenas noches, estaba decidida a dormir sobre el montón de paja que desde hace mucho miraba.

-Ame… No te pedí que te quedaras para que… pasara algo. Te necesito, después de lo que vi… no puedo estar conmigo mismo.- Me sentía terrible, lastimero, la peliblanca me atrapo en un momento de debilidad absoluta. Ni siquiera cuando peleábamos con el demonio en el bosque me sentí tan inútil. -Sí. No… entiendo. ¿Querías preguntar algo?-  Titubeaba, sabía que esto continuaría por los siguientes días, me sentía como adolecente idiotizado. No sé si ella se podía dar cuenta, yo mismo no se lo quería decir, pero cada vez veía más de mi querida de ojos lilas en ella. -Deberías tu dormir en la cama, tus heridas necesitan más descanso que las mías.-

Spoiler:

Me senté al borde de la cama esperando que ella se moviera para acomodarme en la paja, fue un día duro y pesado, necesitaba dormir. La peliblanca nada decía, solo parecía absorta en sus pensamientos, su silencio era lo que más me preocupaba. Mi descuido fue lo que necesito para atraparme nuevamente, como lo hizo antes en la posada en Dalkia se abalanzo sobre mí, aprovechando que estaba con la guardia baja; y con dulzura me tomo el rostro y me quito algunos cabellos de la cara, para luego poner sus manos en mis mejillas y detener cualquier comentario que pudiera hacer, pues un dulce beso de su parte sello mis labios. -Esta es mi pregunta…- Dijo en un suspiro, podía sentir como con sus delgados y suaves dedos intentaba levantar las vendas de mi rostro, las que cubrían el lado izquierdo de mi cara.

-Nunca hablamos de lo que pasó esa noche en el bosque. Quizás no sea hoy la mejor noche para hacerlo... pero sé lo que vi. El beso causo cercanía entre nosotros, al abrir el ojo la pude ver empinada sobre mí, con la espalda arqueada pues ella seguía de pie; se alejó cuando termino de hablar, le tome la mano antes de que se alejara más, y luego la acerque a mi cuerpo para abrazarla, quede aferrado a su cintura. -¿Tú crees en que los muertos pueden vivir de nuevo? Yo sí, no sé qué magia lo logra, no sé si haya algún tipo de ritual para hacerlo; pero soy la prueba de que se puede conseguir…- ¿Cómo decirle? Cómo explicarle que ella… -Hay alguien dentro de mí, un ser que despierta cuando pierdo el control de mi cuerpo, de mi mente. Durante la pelea en el bosque aquel demonio que derrotamos logro hacerme enfadar a tal grado que Dracul pudo tomar el control. Él es el castigo que los dioses me dieron por volver a caminar en estas tierras.-

-Vive siempre contigo... Ambos nos recostamos en la cama, la peliblanca descansaba su cuello sobre mi brazo metálico. - ¿Quién es? ¿Qué es?- No podía ver bien lo que hacía pues estaba en mi punto ciego, pero sentía que se estaba moviendo. Resulto que se estaba acomodando, lo hizo hasta que logro reposar sobre mi pecho. -Soy yo, pero al mismo tiempo es un extraño, es parte de mí, pero también un ser completamente distinto.- Le acariciaba el cabello, la nuca; no podía sentir su piel claro, pero aun así… con ella… con ella era inercia. -Espero no tengas que verlo de nuevo. Gracias por quedarte conmigo esta noche.-

-Me ayudasteis. Más de una vez.- Su cabeza se alejó de mis fríos dedos, pues se incorporó hasta que logro apoyarse con un brazo, seguía a mi lado. -Es lo mínimo que puedo hacer... ¿Sois realmente un tuerto, Necross?- Nuevamente sus dedos pasaban por las vendas en mi rostro, las acariciaba con dulzura. -Y si las quito... ¿me veréis? ¿Qué veré yo?- Suspire, ante ella me sentía indefenso. -Él te vera. Aunque seguiré yo en control le darás la oportunidad de despertar, por así decirlo.- Podía ver la curiosidad en su rostro, y con ella misma se dio ánimos para levantar las vendas de mi rostro, así mismo, con la curiosidad dibujada en el rostro, se quedó mirando detenidamente mi ojo gris. -Tú me hablaste... Sabías quién era yo... – Claramente no hablaba conmigo, pero aunque lo intentara no obtendría respuesta del engendro, era yo quien controlaba el cuerpo después de todo. Nuevamente se quedó recostada sobre mi pecho, lo hizo al momento de dejar de hablar con Dracul. Le comente que el engendro no podría responderle, no cuando era mi rostro el que podía ver; nuevamente me aferre de su cintura, aquello también era inercia. –Oye, necesito pedirte algo.- Le pedí en un susurro. La oscuridad en la habitación crecía, las sombras comenzaban a ganar terreno pues la única vela que iluminaba el cuartucho estaba muriendo. –Cuando recuerdes quien eres, cuando sepas realmente lo que puedes hacer, cuando encuentres aquello perdido…  búscame, te estaré esperando con los brazos abiertos.-  Creo que la voz se me entrecortaba, no me atrevía a decirle, a hablarle sin titubeos, antes le pregunte por la dama de ojos lilas pero ella no supo reconocer el nombre…

-Tú también sabes quién soy, Necross- Podía sentir como ella cruzaba su pierna sobre mi cuerpo, aquello me hizo abrazarla más fuerte.  -Yo sé de lo que me hablas... Sé qué significa perder el control porque más de una vez lo perdí ante las preguntas que me hacíais sobre un pasado que reposa en una hoja en blanco. Siento impotencia... frustración. Por más que me esfuerzo no logro respuestas y las únicas que tengo sólo me llevan a seguir un camino que no quiero- Todo el tiempo estuvo acariciando mi pecho, pero se sentía que no lo hacía a propósito, parecía que solo era un reflejo de su cuerpo. En algún momento sus dedos se alejaron de mi torso y volvieron a su cuerpo. -Lo haré- Comento, volviendo a nuestro mundo, alejándose de aquello que ocupaba su cabeza. -Te buscaré.- Dijo con una sonrisa, la cual solo pude devolverle.

Volví a apretarla entre mis brazos, la vela lentamente perdía su fuego. -Con eso me basta. Voy a dormir, en unas horas comenzara un día largo y tortuoso. Deberías hacerlo también, mañana enfrentaremos a Pork.- Acomode mi mejilla sobre su cabeza, pronto caería rendido ante las ganas de dormir. -Descansad, Necross Belmont. Prometo que más pronto de lo que imagináis estaréis de vuelta con tu familia.- Mi familia… con mi mejillas sobre su cabeza, y los brazos rodeando su cuerpo, no tuvo otra opción más que acomodarse y esconderse en mi cuello. Antes de cerrar el ojo vi que la vela había muerto, y con la oscuridad llegaron recuerdos antiguos. Ya no estaba en el sucio y oloroso cuartucho, ahora estaba en los glaciares, mirando una pared de hielo transparente  que como un lienzo dibujaba el horizonte frio; tenia a mi amada de alas blancas al lado reposando tranquilamente…



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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Amethist el Vie Sep 02, 2016 11:51 am

XVIII. De nuevo, adiós.


No podía creer lo cerca que la tenía. Incluso en ese susurro con el que se dijo “Hora de cazar”, él lo sintió como si fuera dirigido a él, pues aún en su posición privilegiada casi podía rozar sus palabras sin que ella se diera cuenta. Y es que, tras todos los tropiezos, las pruebas y las aventuras vividas, al final, por fin, la tenía cerca. En ella podía leer el pasado de los suyos: los ojos color lila de su padre, tan imponentes y característicos, los mismos de él y del abuelo, el venerable Erenest. Sin embargo, en esa condición humana que ahora tenía, notaba el parecido con su madre: los cabellos níveos habían cedido terreno al rubio de ella, su cara perfilada, los gestos armónicos, la dulzura que expelen las féminas cuando la naturaleza las vuelve madres. Sí, su hermana aún no lo sabía, pero su condición la tenía escrita en cada mueca y risa que soltaba, esos gestos pequeños, dóciles, comprensivos, que él aún recordaba de aquella que lo vio nacer. Habían sido casi 20 años de búsqueda y ahora, frente a él, la tenía, tan cerca que si estirara los brazos la atraparía en un abrazo que bien podría durar todos esos años de nuevo.

-No imaginé encontrarte de nuevo de espía, Oldrak.

Yusuf, con los brazos cruzados, sentado detrás de él, dirigía su rostro hacía el horizonte, como si le observara, aunque nadie sabía si el ocultista tendría el sentido de la visión. La impertinencia del humano arrancó un resoplido del divium, harto de esas apariciones intempestivas.

-¿Y ahora qué buscas?

-A ti- contestó sin más.

El silencio se hizo entre ambos y como el humano conocía la curiosidad del segundo como también su terquedad, continuó sopesando el tiempo en que lo había dejado con la palabra en la boca:

-Ella está lista… y el Gran Khan me ha pedido entrenarla.

Las palabras cayeron como un baldado de agua fría para el alado, quién aun dando la espalda, entrecerró los ojos, circunspecto.

-¿Por qué tú?- Finalmente lanzaba la estocada, grave, sin tacto y sin tratar siquiera de esconder su enfado.

- ¿Por qué yo?- emuló el ocultista de manera retórica, posando sus manos sobre los pantalones mugrientos de lino: -¿Acaso esa es realmente la pregunta que te carcome, palomo? No sé… ¿siento que la duda que tienes es por qué no habéis sido a vos el escogido, no?

Tocaba la herida. El divium continuó como una estatua, sin siquiera moverse un ápice, mientras el humano se levantaba de su lugar, aquel en el que estuviera quién sabe por cuánto tiempo espiándolo todo. Y es que, sobre todas sus habilidades era la de explorador y vigía la que mejor le iba y en la que se destacaba sobre todo lo demás.  Podrían tomarlo por guerrero de leyenda o combatiente de hechicería maestra, pero Yusuf en el fondo se alma siempre sería el corredor de caminos, la sombra caminante que sigue las huellas del infortunio de muchos. El sigilo era lo suyo.

-No te lo tomes a mal, Gran hechicero. No es incompetencia o falta de confianza lo que impidió que cayera esa responsabilidad en tus manos, sino la cercanía. Mírala, de seguro sólo te deleitas viendo lo que vive en ella de toda tu familia: las manos, los pies, esa sonrisa… Y olvidas lo que hay en juego acá: la necesitamos. Cada segundo que pasa es un segundo que se pierde y no se recupera. En el norte los portales se abren, de Erínimar ya corren las noticias de hordas demoníacas aflorando sin más de los templos de los dioses y el Gran Khan cuenta con que ella lidere las fuerzas drow. ¡Tú mismo lo viste!... Uno de los tres generales de Lluughaa estuvo rondando por aquí. Por supuesto, nos podemos olvidar de esos planes si te la pasas alabando el suelo que pisa.

El divium, en un principio molesto, de pronto sonrió. Se conocían desde hacía poco, no mucho más que unos meses cuando el líder de los Sikti los reuniera a todos para planear el primer asalto. Yusuf, enterado de quién era el divium y la historia de su familia, comprendía lo que se jugaba con la noticia, pero desde el momento que el anciano mensajero se había aparecido en su cabaña para notificarle los deberes que le esperaban, había tomado la decisión de contar con la aceptación de Oldrak. Al fin y al cabo, ella era su hermana, su familia.

-Entiendo todo- espetó derrotado, pero refunfuñón, el hechicero. -Pero me hubiese gustado que al menos se me consultase.

-Sabía que lo entenderías… ¿Quieres saber qué veo yo?

El divium levantó la mirada y Yusuf concentrando su rostro en un punto, como si viera, respondió:

-Siento la fuerza de sus músculos, más ágiles y despiertos que la última vez que la vi en la Fortaleza. Aunque duda, su mente está despierta, empieza a hilvanar la lógica de la guerra, sabe que se le da, pero aún no conoce el cuándo ni el cómo usarlo. Es errática, pero no por descuido sino por falta de disciplina. Cuando practicaba con el tuerto vi obediencia, incluso respeto, uno que no todos los guerreros suelen tener. Habla bien siempre un corazón respetuoso, aunque demasiado blando y compasivo para los golpes que tendrá que afrontar. Sí, yo también veo la huella de la maternidad en esos gestos, una cortada de tajo y que ella solo expresa de manera equivoca con ingenua a sus pares. Cuando habla ya no carga con la sombra de la confusión por un pasado que desconoce, sino la esperanza de labrarse un sendero, así ése la aleje del ser que era antes. El problema es que no tiene derecho a ser otra cosa más que lo que fue y será: Ondine… A ella la veo correr ahora tras esos árboles, apuntando a todo y a nada, cazando un objetivo que ignora pero que pronto encontrara.

Las palabras del ocultista llegaron al corazón del alado. Sí, él no había visto nada de eso: sumergido en sus recuerdos, en lo mucho que quería hablar con ella, jamás se había percatado que la hora había llegado. Suspiró con fuerza y asintió, dándose la vuelta en actitud de retirada, el de cabeza vendada lo atajó.

-¿Sabes qué veo de más? Amor en esos ojos, así como en los tuyos. Pero en los de ella los veo por figuras de sombra, el asomo de algo que no encuentra, un amor como el de Tanie…- y la tristeza le profundizó las facciones que se le veían tras las vendas: -una mujer capaz de darlo todo con tal de no perder lo que quiere. Ella estará bien, mi amigo. No por que aprenda a pelear, sino porque nació fuerte y valerosa. Nunca olvides eso: no en vano sois los herederos del Arquitecto.  

Tenía suficiente. En silencio, apenas alejándose unos pasos, entendió porque el líder de los Sikti no había puesto si quiera el nombre del divium en consideración. Demasiado cerca a sus propios intereses, nunca podría enseñarle a Amethist más de lo que ya el tuerto le había otorgado: el corazón de él como el del humano que alguna vez la amó eran exactamente iguales. Demasiado involucrados.

-Sea pues, Yusuf. Que los vientos del desierto y las aguas te guíen como maestro… pues saben los dioses que esa mujer es testaruda como ninguna. ¡¡Te hará sufrir lo que yo!!

Y abriendo sus alas, alzó el vuelo, tan veloz que fue en poco que se confundió con una paloma surcando los cielos en dirección hacia el mar, dejando al invocador de las sombras con la tranquilidad de quién se ha quitado un gran peso de encima.

--//--


Mentiría si dijera que estaba tranquila. La paciencia y comprensión que simulaba me salían natural por primera vez. También quisiera decir que aquello me sorprendía, pero no, en el fondo sentía que aquella no era la primera vez que fingía tales sentimientos en detrimento de los temores. Quizás mi rostro había aprendido finalmente a mentir, a aparentar una ecuanimidad que nunca se me dio bien, pero lo cierto es que por dentro me desmoronaba en inquietudes y angustias. Verlo allí, temeroso, inseguro, errático, como nunca lo había visto, me impresionó, dándome el valor que nunca había demostrado tener frente a él.

El instinto hizo lo suyo.

Música:


Entre los brazos lo acuné, mientras oía sus palabras, la historia de generaciones atrás devoradas por una bestia legendaria, demoniaca, despiadada. La culpa caía sobre Pork, pero a pesar de todo, era imposible hacer algo. Atacarlo en medio de la noche hubiese sido una buena treta, pero los ánimos del tuerto estaban caídos, el susto se leía en su rostro taciturno y la noche se pintaba profunda, oscura, casi sin asomar el resplandor de la luna. Seguir el impulso del arrebato nos hubiese llevado a la tumba.

Entre palabras que contaba, historias de antaño, mi mente solo pensaba en lo mucho que aquel hombre había hecho por mí. Lo había dejado todo: su familia, sus alas negras, su hija… todo lo que tenía este mundo para él. A cambio yo le ofrecía mentiras, el sinsabor de las batallas y revelaciones apocalípticas de mitos paganos de antaño. Ahí nacía mi culpa, una que se propagaba por cada una de las venas hasta llenarlo todo de arrepentimiento. ¿Cómo pagaría sus servicios? Con ingratitud y más amarguras…

-¿Cómo has logrado conciliar el sueño con este olor? Apesta...- bufé, cerrando los ojos. Sabía que el gesto se podría entender como si realmente el aroma me produjera nauseas, aunque era yo la que me apestaba más.

Su risa, honesta y ruidosa, nos sirvió a ambos. A él para borrar un poco de la impresión que tenía, esos nervios reveladores que vinieran con el libro encontrado, y a mí para pasar el sinsabor de las culpas.

Hablamos, y así se nos pasó el tiempo. Corrió demasiado, entre sus palabras y las mías, ambos dejándonos llevar, no de la manera alocada que hiciera en Dalkia, un impulso básico; tampoco como en el bosque, más físico que cualquier otra cosa. En ese momento fue, con pocas palabras, decirlo todo.

-¿Tú crees en que los muertos pueden vivir de nuevo? Yo sí, no sé qué magia lo logra, no sé si haya algún tipo de ritual para hacerlo; pero soy la prueba de que se puede conseguir. Hay alguien dentro de mí, un ser que despierta cuando pierdo el control de mi cuerpo, de mi mente.

“Como la daga”, pensé en ese momento, recordando las atrocidades que hice con aquel gitano cuando mi mente y la de esa voz maliciosa se juntaban. Incluso vino el recuerdo de ese día en el bosque: lo ataqué, no una sino muchas veces, buscando matarle. En ese momento sabía que me oponía, no quería que por ninguna razón le hicieran daño, sin embargo, allí también mi cuerpo había obedecido a ese impulso animal que habita en la hoja carmesí que llevo al cinto. Esa era yo… Eso era yo: un ser cambiante, sin rumbo, sin hogar, sin lealtad, sin honor.

Pero el tuerto hablaba de otra cosa y, entonces, lo recordé: más grande, monstruoso, con un rostro apenas reconocible y una piel que poco o nada tenía que ver con la de su portador, Dracul era su nombre y me había hablado… me había reconocido. Sus ojos eran diferentes, incluso su lengua. Cuando se dirigió a mí, sólo hasta ese momento caí en cuenta que era aquella la primera lengua que me era completamente desconocida.  Por supuesto, no era que conociera a mucha gente en el mundo, pero a nadie le había escuchado tales historias, tales sucesos, aventuras extrañas de gente que vuelve más allá de los linderos de la parca. Con la curiosidad tallada en la cara, lo miraba entre cautivada y obediente.  

Era de esperarse que la ingenuidad me pudiera más. Arrancando las telas que envolvían su otro ojo, le hablé a Dracul sin que hubiese respuesta alguna. Por las palabras de Necross tuve la impresión que él también sabía quién era yo… Su insistencia, la manera cómo había accedido a ayudarme, sólo podía corroborar esa teoría. ¿Y si yo no era la que él esperaba?

No quería pensar en ello. Por dos segundos me quise dar la licencia de soñar, de pensar que a la vuelta de la torna del tiempo yo tendría alguien que me estuviera esperando en un portón, preguntándome una y otra vez porqué había tardado tanto, un lugar al que pertenecer. Y en esos segundos, mi familia fue él. Le acaricié la espalda mientras hablábamos, me entretuve tocando su pecho a medida que oía sus palabras, le prometí volver cuando tuviera todas las respuestas, como si de alguna manera ambos diéramos por sentado que yo encajaba en la vida de él.

Tranquila, entre sus brazos, apretándolo contra mí de la misma manera que él lo hacía, ambos caímos en el sueño de pretender… Quizás era lo que necesitábamos en ese momento, quizás era tan desesperada nuestra situación, un acertijo que partía de no saber quién era yo y se traducía en lo que aquel hombre proyectaba en mí, que simplemente nos entregamos a la treta, aun sabiendo que al otro día todo podía derrumbarse con un suspiro.

-Descansad, Necross Belmont. Prometo que más pronto de lo que imagináis estaréis de vuelta con tu familia.

Me arrebuyé entre su pecho, prometiéndome que pronto lo devolvería con los suyos. No cargaría más la culpa de sus batallas libradas por mí, no sería testigo de su muerte a manos de seres que persiguieran mis pasos de fugitiva. Segura, con la protección y entereza que emanaba de ese abrazo tranquilizador, me prometí apartarme, recorrer el mundo como me había dicho Milk, dando tropiezos, sobrepasando las opciones, buscando las respuestas pues nada más había para mí en este mundo. Algún día, quizás, le volvería a ver y entonces, quizás, todo fuera un poco diferente.  

--//--


El frío del amanecer anunció el apogeo de la noche. La oscuridad era profunda y en el fondo cavernoso de aquella penumbra una voz martillaba mi cabeza, repitiendo las palabras como si quisiera tallarlas en mi mente cansina. Su tono era severo, aunque agradable. No podía decir que sonara a imposición o siquiera a regaño, pero la insistencia volvía y volvía, como una campana de alarma, despertando mis instintos de ser perseguido.

Abrí los ojos bañada en sudor. Los brazos de Necross aún me apretaban, aunque él, apacible, dormía plácidamente sobre el lecho. Con los cabellos desordenados, apenas si pude quitarme un mechón molesto para incorporarme con sumo cuidado. Me mataba el calor, pero también eran esas palabras… “Es hora de irnos; es hora de irnos”.

Meneé la cabeza, tratando de salir de ese estado duermevela. Pesada, con los parpados caídos aún por lo liviano del sueño, no reparé hasta más tarde que en la oscuridad de aquel cuarto lleno de paja, una figura nos observaba. El miedo de que fueran a hacernos daño pudo más que la prudencia, apunto de gritar para que Necross se hiciera a las armas y nos defendiéramos, pero, para mi sorpresa, mi boca no soltó palabra alguna, enmudecida ante la presencia de aquel hombre salido desde la oscuridad como si no fuera más que una sombra.

-No temas- explicó: -No quiero hacerte daño.

-Hablas a mi mente…

-Así es, mujer- aclaró, como si aquello fuera algo normal y luego, percatándose de algo más continuó: -Mírame… Mírame bien, porque no es primera vez que nos vemos.

Lo reconocí de inmediato. Ese “Mírame”, profundo, dictatorial, conclusivo, su pronunciación y dicción, me trajo el efecto deja vú que tanto me había embargado desde el día que despertara en Samrat. La primera vez que vi ese rostro vendado había sido justo detrás del caballero, antes de que éste perdiera la conciencia tras el poder de una lanza divina. Lo había visto pelear como el que más, armado con una triste vara y sus puños también vendados. Ahora, frente a mí, con un poco de la luz de las lunas bañándolo por entre la puerta, entendí que aquel no era otro que uno de los guerreros que nos ayudaran en el escape de la fortaleza.

-Te acuerdas de mí… Bien, bien. Ahora, levántate, pues es hora de irnos.

-No quiero irme…- recriminé, y con razones de peso: Pork, los trabajadores de la granja, Shaina, Necross, me sentía miserable con la sola idea de abandonarlo todo sin ninguna razón o dar ninguna explicación. -No puedo irme.

-Nunca fue una petición, mujer- espetó en mi mente con suma frialdad y saliendo de entre la sombra de la cama, creció hasta quedar en la cabecera de la cama, sobre nosotros, con la mano apenas rozando el cuello del tuerto. -Si no obedeces, él muere. Si te opones, se acaba esta granja. Y si por casualidad, insistes en seguir testaruda, te arrancaré los ojos, pues aún sin ellos, podrás cumplir el cometido que tengo a bien tratar contigo. No tengo prisa, pero creo que este humano… sí.

Aunque me hacía colorearme de la ira, tenía que reconocer que ese hombre era sorprendente. Ni siquiera había bajado la mirada para calcular dónde se encontraba el cuello de Necross. Como si pudiera ver tras esas vendas, su mano se encontró a la distancia precisa para, de un golpe, noquearle o si quiera matarle. No dude por un segundo en la veracidad de su amenaza como en lo que podría ocasionarle al hombre de la gabardina, aun sabiendo que el bandido de Shading era también un buen contrincante. Dormido como estaba, solo era una víctima más… y yo me había prometido no traerle más problemas. Tenía una hija, una familia, alguien -sino muchos- que lo esperaba de vuelta.

Música:


Asentí vencida con un suspiro en donde me dejaba el alma. Como pude retiré uno de los brazos del tuerto, mientras trataba de moverme lo mínimo posible. La cama igual rechinó, pero en vez de despertarse, él dio media vuelta y continuó su plácido sueño. No recordaba que fuera así, que pudiera dormir tan bien pues en muchas noches que pasamos juntos jamás lo vi pegar realmente los ojos. Lo observé, en lo que a mí me parecieron segundos, pero para el visitante debió ser la eternidad, pues carraspeó irritado al ver que yo no me paraba de la cama. Entonces, sentí caer el peso de la tristeza. ¡No lo volvería a ver!  

-¡Vámonos!- finalmente habló. En su mano, aunque pequeño, la aguja de un dardo se asomó entre sus dedos. -Pero toma su dinero y lánzalo entre la paja.

-¿Porqué? ¡Sin dinero no podrá tener siquiera derecho a una buena cama!- exclamé escandalizada.

-Precisamente… No seguirá los pasos de una ladrona.

Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí que el labio sangró. Podría interpelar aquellas órdenes pero no podía oponerme a lo que era más claro que el agua: Necross estaba en desventaja frente a este adversario, drogado como estaba era incapaz de siquiera salir de su propio trance. Por otro lado, al visitante también le debía gratitud, pues sin él nunca hubiese visto de nuevo los rayos del sol. De pronto sentí que el peso de mis promesas caía sobre mí sin más al recordar que había prometido salvarle de seguir arriesgando la vida por mí…

Había llegado la hora de cumplir.

Me levanté con desgano. Busqué en sus ropas desperdigadas y en la gabardina hasta que finalmente encontré una pequeña bolsa que escondí en un rincón entre la montaña de paja. Al levantarme no pude evitar llorar recordando lo que le dijera el día anterior, mientras me dejaba afectar por esa sensación de impotencia que venía cuando los besos y las caricias daban paso a la realidad: “sólo era yo tratando de aparentar algo que no soy. Sólo era yo”.

-¡Andando!- sentenció el invidente.

Di media vuelta dispuesta a marchar con el desconocido, cuando de pronto me encontré desandando los pasos. Con resolución me hinqué en el lecho, le besé la mejilla y con un “Gracias por todo, por todo”, que nunca llegaría a saber, le dejé un dulce adiós. No lloraba, pero mi alma lo hacía. Y es que lo quería. En tan poco tiempo, casi desde el primer momento cuando lo vi en la taberna, supe que era a él a quién mi mente buscaba siempre. Pero todo en mí era injusto: no podía ir en contra de la corriente de un destino desconocido, lleno de preguntas y ausente de respuestas. Si me quedaba a su lado, sin saber nada, tal vez lo terminaría arrastrando a su perdición. Yo también tenía mis secretos: él tenía a Dracul y yo… Yo aún no sé siquiera lo que soy. Así que la vida desde el comienzo me había negado la posibilidad de estar con él, aun cuando me hubiese querido de la misma manera que yo lo quería a él.

Ya en el portón me hice a su lado. Con el rostro apuntando al horizonte, aquel hombre de vendajes y trajes sucios finalmente habló:

-No me siento bien con todo esto, mujer de ojos de agua, el fin nunca ha justificado los medios, pero has de saber que haré valer cada segundo de tu sufrimiento en el camino que andaremos juntos. No prometo que volveréis a este hombre, pues el destino de él es de sus amigos y su familia, pero sí puedo deciros que muy pocas veces las despedidas son definitivas y algo que parece “adiós” es en realidad un “hasta luego”.

Asentí y su brazo rígido se posó en mi hombro. Dos caballos aguardaban a unos pasos de la granja y al montarme en la nueva Jutta IV las lágrimas arrancaron sin más con un pensamiento que me acompañó hasta que el sol se alzó sobre el horizonte:

“Vive… sé feliz… ríe como el que más… ama como nadie, porque desde que te vi, felicidad fue lo único que podía desearte”.


Última edición por Amethist el Dom Oct 09, 2016 8:31 pm, editado 1 vez
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Sep 20, 2016 11:36 pm

-Oye. ¿Te dormiste?…
-¿Cariño? ¿Necross?
- Necross, du Dämon, wäch auf! -
-¿Qué? No estoy dormido Ondine. Mira, Nadine se quiere subir al lomo de Foxhound. ¿Recuerdas cuando era un animal orgulloso? Ahora está todo viejo y cansado.-
-¿Se parece al dueño no? Ya no me mires así, solo bromeo contigo amor. Pero si, me cuesta aun creer que hayan pasado ocho años desde que dejamos de luchar, desde que nos alejamos de todo,  incluso Muggs se ve más contento cada día. Aun no entiendo de dónde saca la paciencia para aguantar a tu hija, esa niña a veces puede ser exasperante…-
-Pues es tu hija, de algún lado lo tuvo que sacar. Je, vamos, fue buena broma, cambia la cara.-
-Claro, comete la sopa antes de que se enfríe, iré a buscar a Nadine.-

-//-

Desperté solo…

Todo había sido un sueño, uno hermoso. Lo primero que hice al despertar fue llevarme las manos a la cara y limpiar las lágrimas que tímidamente recorrían mis mejillas. El sueño se sintió real, como si todo esto que pasaba ahora no fuese más que un mal chiste, por un segundo parecía que mi muerte en el túmulo nunca ocurrió, un mal sueño, que esa fantasía era la realidad… No sé si lloraba por ver a Ondine en sueños, o porque esta realidad era terrible.

Al aterrizar y  notar que Amethist no estaba conmigo me vestí con rapidez, quizás ella por si misma decidió ir y enfrentar a Pork, quizás se acercó a él para distraerlo como lo hizo la noche anterior, quizás Pork la tenía atrapada. Para evitar que fuera herida por el viejo campesino debía apresurarme, en menos de un pestañeo ya estaba completamente vestido. La bastarda colgaba de mi cintura, la gabardina me protegía del frío de la mañana, pero no podía ir a enfrentarme a Pork, aún estaba incompleto.
Vi el libro antes de salir de la habitación y guardarlo entre mis ropajes, mi mente se ahogaba en recuerdos y dudas. ¿Qué demonios buscaba Pork?

Cualquiera fuese la razón no habría tiempo que perder, si Pork  tenía tratos con la Legión debía ser detenido, he escuchado las historias… conozco vagamente el culto. La legenda dice que si aquella entidad regresa será el fin de todos, de absolutamente todo… Mientras cruzaba el marco de la puerta me preguntaba porque una legenda de antaño me asustaba tanto. No era realmente por la visión que me dio el libro, no temía por la seguridad de la negra, temía porque se supone que en la leyenda la Legión está atrapada en un lugar fuera de nuestro mundo, en una tierra donde las leyes de los mortales no se aplican… un lugar que yo tuve el desagrado de conocer, por ello una parte de mi creía fuertemente en que la Legión existía, la otra rechazaba a la idea de que alguien fuera tan tonto para adorarla.

Mientras caminaba fuera de la habitación y hacia el sendero que me llevaba al bosque, pensaba en que si en mis tiempos de cadete me hubiesen preguntado si los dragones existían respondería que aquello no son más que inventos para asustar a la gente, pero si ahora lo hicieran… Me detuve quedando lejos de la granja y cerca de la entrada al bosque, alcé la mano con la palma abierta y espere unos segundos.  Y es que era la misma pregunta que tenía sobre los dioses, hay quienes ostentan poderes que según ellos son otorgados por una fuerza superior, ¿pero en realidad son dioses? Es decir, ¿realmente puedo llamarlos dioses? ¿Qué tal si no son más que demonios que se ríen de la desgracia que otorgan sus poderes? ¿Qué pasaría si todo esto no es más que un juego para ellos? Un silbido en el viento me hizo entender que se acercaba. El mandoble llego volando desde el bosque, logre atraparlo desde el mango usando el brazo izquierdo, me quede mirando su hoja, estaba hipnotizado.  

Mi rostro se reflejaba en el cuerpo de Sherckano, fue en ese momento que entendí que no podía asegurar que eran aquellas fuerzas superiores, realmente no podía empezar a comprender que o quienes eran. El mandoble era lo único real en aquel momento, era lo único en lo que podía confiar, era mi única verdad. Y si algún día llegaba a conocerlos, si me encontraba con ellos…

Acomode el mandoble a mi espalda y regresé mis pasos, debía volver a la granja. De seguro allí estaría Amethist y ambos confrontaríamos a Pork, no dejaría que otro ser cayera en manos de aquello seres incomprensibles. Mientras caminaba los negros salían a hacer sus labores diarias, creo que al verme armado entendieron de inmediato que es lo que pasaría, pues varios de ellos caminaron detrás de mí, me acompañaban, querían saber al igual que yo que es lo que paso con Shaina.  De seguro cuando todo esto terminara ellos quedarían sin trabajo, pero eran gente fuerte, quizás no tan jóvenes como la peliblanca pero no eran más viejos que yo, no todos al menos. Quizás podría convencerlos de que nos acompañaran, quizás podrían ser parte de los alas negras.

Nos detuvimos de pronto.

El viejo Pork estaba desde el segundo piso mirándonos a través de una ventana, no se veía nervioso o asustado, de hecho me sorprendía lo tranquilo que estaba. ¿Dónde está la peliblanca?- Pregunté sin violencia en mis palabras, el viejo Pork alzó una ceja sin responder nada, solo se dio media vuelta, alejándose de la ventana.  Di un paso adelante y la escolta lo hizo conmigo, les pedí que no me acompañaran, que era mejor si iba solo, un par de ellos asintió y continué mi camino, entré a la casa del viejo campesino y busque las escaleras, subí con calma, y a él lo vi frente al altar donde antes estaba el libro de la legión; el cual yo escondía entre mis ropajes.

-¿Dónde está la peliblanca?- Pregunté nuevamente, más el viejo Pork solo se quedó mirando el espacio vacío entre los candelabros. -Uno de ustedes debió tomarlo, ¿Dónde está guardaespaldas? ¿Dónde está mi libro? Ellos me prometieron que ya no debería preocuparme de nada mas, que su bendición seria todo y lo único que necesitaría para vivir tranquilo. Desde que apareciste no has hecho más que traer problemas.- Pregunté de nuevo por  Amethist, esta vez ya estaba perdiendo la paciencia, así que puse más fuerza en mis palabras. El viejo Pork parecía distraído, enojado al mismo tiempo, pero se notaba que intentaba mantener la compostura.  -Incluso mis empleados me miran con desprecio, creo ha sido tu influencia lo que ha hecho que dejen de temerme, incluso ahora están afuera, esperando algún tipo de respuesta, que su héroe tuerto llegue con la negra que se perdió, como si el ganado tuviera derecho sobre su amo…- Una vez más pregunte por Amethist, ahora ya no estaba tan calmado como antes, por lo que mi pregunta salió junto a un pequeño grito de enojo. [color=limegreen]-Ya vienen… y cuando lleguen me darán lo que me prometieron. La negra está muerta, su sacrificio fue el pago para recibirlos. Pronto tendré a la linda Amethist junto a mí por toda la eternidad.

Pork se volteó hacia mí, su cuerpo estaba cubierto de sangre, en su cara se dibujaba la locura en la cual había caído. Con una mirada lastimera el anciano granjero miro hacia un costado, hacia una habitación. Allí pude ver unas piernas morenas y un charco de sangre. -¡Hijo de perra! – Tenia toda la intención de acercarme y golpearlo, mas unos gritos fuera de la casa me interrumpieron. Desde que habíamos empezado a hablar sentía las voces de los trabajadores murmurar, hablaban fuerte, pero supuse que simplemente conversaban de lo que pasaba, aunque no podía entender con exactitud que decían. El sonido de una explosión me hizo correr a la ventana, al mirar a través de ella lo primero que mis ojos descubiertos vieron fueron los cuerpos de los trabajadores volar por los aires, un grupo de desconocidos los estaba atacando con magia.

-El sendero del éxito se llena con los cadáveres de los sacrificios. El camino al cielo se encuentra en la tierra de nadie.-

La peliblanca no estaba en la casa de eso estaba seguro. Deje a Pork caer en su abismo de locura, yo debía buscar a Amethist, no habíamos logrado tanto como para morir ahora. La granja era un caos, los negros corrían de lado a lado escapando de las bolas de fuego que aquellos hombres extraños lanzaban. -¡AMETHIST!- Grité a todo pulmón, mientras avanzaba continuaba llamando su nombre, evitando a las personas que llenas de  miedo corrían en dirección contraria, intentaban escapar de la masacre.  Estaba tan concentrado en encontrar a la peliblanca que ignoraba todo lo demás, fue uno de los negros que desde el piso se agarraba de mi pantalón el que me hizo reaccionar. Si quería que el caos se acabara para luego buscar a Ame tendríamos que actuar. - ¡Usen cualquier cosa como arma! ¡Si sobrevivimos a esto yo mismo me encargare de entregarles a Pork!- Algunos me ignoraron y siguieron corriendo, otros mas temerarios tomaron palas, picos y otras herramientas, junto a mi caminaron hacia los enemigos. La fuerza de magos era temible, pero en la granja habían más de cincuenta negros, aun si solo la mitad me acompañaba sería suficiente, el enemigo tenía sus números reducidos.

Por un segundo creí que ganaríamos, que después de que el filo de mi espada tomara la sangre de los enemigos encontraría a la peliblanca, y que luego junto a los negros regresaríamos a Maletta para que fueran entrenados como soldados. Pero no… a la distancia pude ver como una horda de soldados se acercaba peligrosamente. Ahora no solo debíamos luchar contra magos que con un solo hechizo nos podían aniquilar, sino que también contra espadas  y armadura. Qikto estaba a mi lado, con su hijo escondido entre sus piernas, lo vi y me sentí aterrado, pues en ese hombre me veía reflejado: -¡HUYAN!- Los negros no hicieron caso, tuve que gritar de nuevo para hacerlos entender. Qikto me preguntaba por Shaina, yo lo tome de los hombros mientras los magos cargaban un nuevo hechizo. -¡Shaina está muerta! ¡No dejes que maten también a tu hijo!- El rostro del hombre de deformo enseguida, estaba a punto de llorar, y lo hubiese hecho si mi mano no hubiese golpeado su rostro, no podía dejar que entrara en pánico.

Spoiler:

Todos corrimos, debíamos escapar de inmediato sin perder segundo alguno. Los magos se dedicaron a atacar los grupos grandes de gente, permitiendo que el resto escapara con cierta facilidad, los soldados aun no llegarían, pero nosotros debíamos salir de allí antes de que lo hicieran. Mientras corría vi que Pork danzaba entre la multitud, sin duda ya había caído en las garras de la locura. - ¡Este es el castigo de dios contra los insolentes! Su sacrificio me acercara aún más  a su gracia, ¡Pronto veré a dios!- Lleno de enojo corrí hacia el granjero anciano. Desenvaine la bastarda mientras lo hacía, y antes de que Pork se diera cuenta, había ya atravesado su vientre con el filo de mi espada. -No… esto no es lo que dios me prometió…- Los ojos del granjero estaban inyectados de locura, su boca llena de sangre me alegro, pues al escupirla me hizo entender que  pronto moriría. -Si ves a tu dios…- Usando el pie derecho aleje el gordo cuerpo del granjero, liberando mi espada de sus entrañas. -…Dile que me deje en paz.-

Me aleje corriendo del viejo granjero, podía oír como le pedía ayuda a los demás trabajadores, pero estaba seguro que ninguno de ellos le daría siquiera una mirada lastimera. Lo último que vi fue a  Qikto sobre un caballo escapando junto a su hijo, yo debía hacer lo mismo si quería ver a mi hija, solo rezaba a cualquiera que quisiera escuchar por  la seguridad de Amethist, quizás cuando todo esto acabara nos volveríamos a encontrar. Corrí hacia el bosque donde antes habíamos luchado contra el demonio, lo mejor para evitar a los soldados era ocultarme entre la maleza, avanzar cuando fuera seguro. Pero por alguna razón los enemigos no seguían a nadie, solo se dedicaban a matar a quien estuviera en la granja, todos los que se quedaron a luchar y no escaparon fueron asesinados, yo me aproveche de aquello para huir…

Después del medio día me vi en un lugar que no conocía, estaba perdido, hambriento, solo en la infinita llanura a mis pies, sin ningún pueblo o villa cerca, estaba cansado. Corrí y  caminé hasta que no sentía los pies, mentiras, camine tanto que lo único que sentía era dolor en las piernas. La noche llego antes de que me diera cuenta, pero por suerte para mí a la distancia pude ver un pueblo pequeño, con suerte encontraría una posada donde pasar la noche, descansar, y comer un poco, mañana a primera hora volvería con los alas negras, quizás la peliblanca este allá, esperándome.

El frio de la noche ya empezaba a afectarme, por ello apresure el caminar una última vez, ignorando el dolor en la planta de mis pies, ya pronto podría descansar.  Le pregunte a una señora que caminaba apresurada si es que había una posada en el pueblo, con una sonrisa me contesto que sí, que era la casa de dos pisos frente a nosotros. Al entrar al lugar me saludaron con cortesía, un hombre sentado cerca de una chimenea que leía un libro me invito a pasar. “buenas noches joven, ¿desea una habitación?” Estuve a punto de asentir, mas solo me dedique a sonreír, estaba tan cansado que el dormir en una cama me parecía un lujo digno de dioses. Me revise los bolsillos en busca de mi saco de monedas, le iba a preguntar al hombre cuanto costaba pasar la noche, así podría pagarle e irme directo a la cama.

No tenía el saco de monedas. Usualmente lo llevo en un bolsillo cerrado dentro de la gabardina, de todas las veces que me han hecho volar nunca lo he perdido, por lo que sería imposible que se me hubiese perdido, tampoco es que el bolsillo tuviera agujeros. Le di una mirada lastimera al hombre que leía y negué con la cabeza, sin decir palabra salí de la posada y camine sin rumbo. Quizás alguno de los negros me había sacado las monedas, eso quería pensar, pero la verdad me golpeaba igual de rápido que una flecha disparada.

Amethist se llevó mi dinero. Me sentía engañado, me hizo preocuparme por ella aun cuando me podrían haber matado, me hizo arriesgarme y olvidar que tengo una vida que cuidar, no la mía, sino la de mi hija. Se llevó mi dinero, y me dejo solo en una batalla que perdí. En algún momento me deje caer, apoye la espalda sobre la pared de una casa, y me quede mirando el cielo oscuro. Tenía la mente en blanco, ya no quería pensar en nada, solo quería dormir. Me quite el mandoble de la espalda y lo puse entre las piernas, su cuerpo frio quedo reposando en mi pecho, abracé a Sherckano sabiendo que era lo único que tenía.

El mandoble era lo único real en aquel momento, era lo único en lo que podía confiar, era mi única verdad…



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Necross Belmont
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Re: Entre la tierra de nadie, y el cielo.

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