Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» A Hope's Tail
Hoy a las 8:32 pm por Gar'Shur

» El deber de un jefe
Hoy a las 3:44 pm por Varok

» Strindgaard
Hoy a las 2:29 pm por Strindgaard

» Ficha Varok del Clan Martillo de Trueno
Hoy a las 1:19 pm por Bizcocho

» Pero sin presiones eeh!
Hoy a las 12:37 pm por Lujuria

» *dances the seaweed dance* (〜 ̄△ ̄)〜
Vie Nov 17, 2017 2:01 pm por Balka

» Aracnofobia [Campaña]
Jue Nov 16, 2017 9:56 pm por Almena

» - Apocalipsis now -
Jue Nov 16, 2017 7:42 pm por Abdel Azim

» 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]
Jue Nov 16, 2017 7:07 pm por Arete

» El cordero
Jue Nov 16, 2017 9:46 am por Bizcocho

» Apocalipsis now
Miér Nov 15, 2017 10:39 am por Abdel Azim

» Varok viene a saludaros
Miér Nov 15, 2017 9:14 am por Bizcocho

» Maleficarum [Solitaria +18]
Miér Nov 15, 2017 6:36 am por Lujuria

» Cassandra vs Aulenor
Mar Nov 14, 2017 3:09 am por Aulenor

» Demonología: Adulterium [+18]
Lun Nov 13, 2017 5:46 pm por Lujuria




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Por unos kulls (+18)

Página 2 de 2. Precedente  1, 2

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Por unos kulls (+18)

Mensaje por Amethist el Jue Jul 21, 2016 5:25 pm

IX. De amigos, enemigos y noches intranquilas


Una hora antes

-No entiendo por qué diantres ahora, después de tantos años, vienes a pedir favores y, lo que es aún peor, alado pernicioso, cuentas con la seguridad de que yo haré lo que me pides- burló la abuela, mientras sus arrugas se acentuaban por la cara de sadismo que expresaba: -Imbécil sabía que eras, pero no tanto...

Oldrak Wasser la miraba. Pero para él no era la misma mujer que todos observaban cuando la Trianera abandonaba su carromato, vieja y sabia. Él la miraba de la misma manera que la había visto hacía 40 años, cuando cumpliendo las palabras del Gran Thong Khan empezó a hacer la vigilancia de los gitanos ubicados entre las tres ciudades de la Espada. En su cabello níveo por los años aún podía rastrear el tono chocolate de antaño; en su rostro, la altivez de su pueblo, tan peculiar como fascinante, lleno de magia ignorada por el resto del mundo, pero poderosa como pocas pues tiene su nacimiento está en el motor del universo: las ansias de libertad; su piel, cundida de arrugas, eran para él las marcas de las muchas noches que yació a su lado mientras le enseñaba a tomar las riendas de los suyos; pero era sobre todo en sus palabras, en el sarcasmo y la tiranía picaresca con la que se expresaba, que el joven de cabellos blancos reconocía a su amor de antaño. La indómita Katharina La Trianera.

-Ya sabéis que no es mi voz la que dicta los pasos, sino la de Él- repicó, luego de oírla y deleitarse con la explosión de su malgenio: -Debéis aprender a tranquilizar esas ansias de pelear, Katharina, o vaya a saber la Madre Muerte qué pasos os haga caminar...

-Deja de portarte como un inocente, Oldrak- repicó, indignada: -¿Cómo eso que debo dar albergue entre los nuestros a una muchachita que nada sabe hacer?

-Son órdenes- y se dispuso su capa: -No podré estar acá, pero no hagáis nada estúpido. Sus ojos lo ven todo y lo vigilan con cuidado, querida mía: no hagas que tenga que venir de vuelta a halarte los dedos de los pulgares por desobediente.

Ella esbozó una sonrisa agria y él abrió de una patada una puertilla falsa, por la que salió y despuntando el vuelo hacia el norte.

Lo quería. Aún después de 40 años de haber sido suya en cuerpo, alma, mente y espíritu, aunque la desesperaba con su sabiduría atrás de un cutis ausente de tiempo o de vejez, ella lo seguía amando como la primera vez que lo vio. Y como siempre hiciera cuando él se fuera, cerró la puertilla y lo siguió hasta que solo fuera una mancha perdida en el horizonte. Un suspiro fuerte y luego la misma frase que dicen aquellos que aman más allá de todo y por ello ya la vida poco les importa:

-A la mierda...

--//--
 
Música:



El ambiente festivo se sentía en el aire, el viento y el contoneo de las cuencas de colores que colgaban de los cabellos y las faldas de las gitanas. Panderos y tambores llevaban el contratiempo, mientras que bandolas y guitarras, incluso salterio y acordeón, entonaban una melodía decadente, de simpleza notada, pero no ausente de ritmo vivaz y juego de erotismo. Cada cierto tiempo, sobresalía un coro, que con solo dos veces que sonara, ya estaba en la punta de mi lengua para ser entonado sin dificultad. Era fácil dejarse contagiar por aquellas notas de naturalidad festiva, como si hubiesen estado en la memoria desde antes, tiempo atrás, en ese pasado del que nada podía recordar pero sí intuir.

Sus voces recias, en coros de bajos, tenores, altos -pero, eso sí, ni una soprano-, cargadas de melancolía en el forcejeo de las cuerdas vocales, como en las letras que para mí eran inentendibles, parecían arremeter cada una de las sílabas como si esperaran que en cualquier momento la boca se les llenara de sangre. ¡Tal era la fuerza con la que emanaba ese himno de parranda! Sus cuerpos, de un color cobrizo, quemado por el sol, se contorsionaban en bailes sugerentes, mayoritariamente de mujeres, mientras los gitanos alrededor, las acompañaban con los instrumentos, el canto o simplemente las palmas.  

Yo, desde una esquina, sólo seguía aquel ditirambo de arqueos de caderas, con vientres constreñidos, que en una vuelta llena de orgullo y soltura, culminaba con un arco de la espalda hacia atrás, la cabeza dejando al descubierto sus largos cabellos, por lo general oscuros, tomando de la punta sus faldas, para que el velo se alzara como el ave de paraíso. Era hermoso, y me reconocía fascinada con aquella resolución y agilidad, a tal punto que perdí de vista a las ancianas hermanas, acercándome cada vez más hacia el centro de la rotonda con la curiosidad pintada en la cara, donde los bailarines y tañedores alimentaban la fiesta. La rapidez con la que los dedos de los tañedores daban sus notas, sin abandonar el pulso, hablaba de la destreza de sus músicos. ¡Quién pudiera moverse así, tocar con la libertad con la que vuela un pájaro, disfrutar de la vida sin el temor a perecer, al futuro, o a la desventura!

Fue en medio del festejo, con la alegría rodeándome por doquier, que de pronto me sentí en peligro. Sin Qikto o Shaina, o si quiera las abuelas o Jutta II, caí en cuenta que estaba en el corazón de un tornado del que nada sabía nada, ninguna cara me resultaba familiar, y las miradas en antes poco atendidas en mi presencia, cayeron sobre mí, todas a la vez, y entre palabras que se hablan en susurros, sin dejar de disminuir los pasos o los cantos, continuaban, pero con la curiosidad y la picardía pintadas en la cara. ¡Allí me arrepentí de mi propia curiosidad como estupidez ingenua! A donde fuera que mirara, allí estaban, ojos negros, intensos, de fuego encendido por el baile y el sudor, observándome como si de un insecto exótico o de la cena me tratara. Quisiera pensar que sólo lo interpretaba como curiosidad, sino fuera porque de vez en cuando cruzaba con una mirada amarilla, ambarina llena de malas intensiones, si es que eso pudiera adivinarse a través del iris de una persona.  

Traté de alejarme del centro del espectáculo, ya bastante cercada por la humanidad que se arremolinaba cada vez más, bailando, empujando, cantando. De pronto, manos extrañas recorrieron mis muslos, y luego sí los bolsillos. Volteé con violencia e indignación, pero la turba era tal, que nada divisé, más allá de varios rostros contentos, bebidos, saltando a mi alrededor. Sí... allí en medio, manos extrañas me tocaban sin pudor, sin respeto. Como un objeto que puede ser tomado, sin siquiera pedir permiso o tomarse la molestia del consentimiento.  Primero fue una, luego dos, quizás tres y para el momento que quería emprender la retirada, ya había perdido la cuenta de cuántas veces me habían agarrado en lugares que ni en la Orden se les había ocurrido revisar...

Al comienzo con respeto pero luego con cierta violencia y frustración, golpeando suave pero con firmeza a la masa para abrirme paso entre el mar de gente, salí de la turba, preguntándome dónde podrían estar los pocos que yo conocía. Revisé mis bolsillos, y ya no contaba con nada de lo que Doña Ruth me diera de agrado, a pesar de ser solo baratijas. ¿A quién se le ocurriría meterme las manos sólo para agarrar tan tamañas pequeñeces? No lograba comprenderlo... y menos el ultrajo para tan solo zonzacarlo.  

"Si tan solo lo hubiesen pedido con gusto se los hubiese dado", pensé para sí, respirando por fin el aire limpio, de la noche, fuera del vaho sudoroso y el calor de la rotonda de baile, comida y música. La brisa nocturna golpeó mi cara, dejándome una sensación de desasosiego. Poco sabía que ese olor salino venía con el río y la cercanía a la que corría el famoso Tarangini, la Gran Serpiente de Ujesh- Varsha.  

"¿Y ahora qué?" No tenía idea dónde estaban las caras familiares, los compañeros de viaje, o si quiera los rostros conocidos de gitanos tratados en las selvas. Todo lo que otrora parecía mágico ahora me obnubilaba, amenazando con tragarme viva entre su malsana práctica. Y es que sólo bastaba volver la mirada para darse cuenta que aquello no sólo era comer y bailar, cantar y departir, en las esquinas oscuras florecía el amor entre penumbras, besos furtivos, agarrones de amantes que, aprovechando el ruido y los gritos, tocaban a las mujeres de otros, mientras éstos bebían o apostaban lo poco que tenían a las cartas. Las peleas florecían, al lado de los improperios, de un lado y de otro, como si aquello fuera el día de mercado. Pronto bailaron las navajas junto a las mujeres, todo lleno de luz y colores, gritos y música.

-Nunca imaginé ver a mujer tan linda en un lugar así...

Su voz vino de atrás y cuando volteé allí estaban los ojos amarillos de más de una vez. Arrugué el rostro y traté de hacer cómo si nada de aquello fuera conmigo, otra vez metiéndome en ese mundo interior que sólo me pertenece, y en el que puedo mandar al demonio al que se me antoja, sin tener que hablar la lengua prohibida de la que todos tratan de huir cuando la oyen.  

-¿Me ignoras, bonita?

"Bonita". Aquella palabra de inmediato me trajo el recuerdo de ese guerrero que en medio de la niebla terminara peleando junto a mí, cuando todos tratábamos de escapar de Samrat. Él notó que había capturado mi atención  con elegancia extendió la mano, presentándose:

-Soy  Pedro Jacinto de los Cerros y si no estoy mal, no sabés hablar, lindura, por lo que me ofrezco a ayudar como traductor en todo lo que quiera la dama, eso sí, no se preocupe por la paga, que no será nada que no tenga en su haber.

Puse la mirada en blanco y me dispuse a seguir el camino por dónde habían marchado los negros. Mi única esperanza de no perderme entre gentes tan violentas, era llegar donde Qikto y Shaina.

-Apuesto que buscas a los otros dos con los que llegaste, ¿no? ¿O es acaso a doña Raina Azucena a la que requiere la dama de ojos hermosos?

Molestaba. No, irritaba. Había pasado del trato de puta, a vagabunda, de ello a pordiosera y ahora a dama exaltada. ¿Qué de todos esos motes era acaso el que mejor se me acomodaba? Igual, no tenía caso cavar en lo que bien sabía que no había. Mi cabeza se rehusaba a recordar y, dentro de mis conjeturas, razones de peso debían haber para ello. No me hacía falta saberlo, o siquiera esforzarme en traerlo. Sólo debía dejarme guiar por la nariz y el instinto... al menos así había funcionado hasta el momento.  

Claro... eso hasta el navajero.

-Ven bonita... al menos comenzaré con llevarte donde tus amigos.

Sin expresión de acierto o desconcierto, lo seguí. Temía por que no me fiaba de aquellos ojos que aunque con palabras bonitas se expresaba, no decían todo lo que querían. Y es que, desde la fortaleza, había reconocido un tipo de mirada, cruel, despiadada, como aquella que viera en cada uno de los que trabajaban para la orden, que podía reconocer incluso desde que saliera de allá.  

Claro... eso hasta Moritz y Juaco.

Pasamos por varios campos baldíos, llenos de carromatos y familias con niños, que desde dentro apenas si se molestaban en mirarnos. Los animales nocturnos se oían cada vez más cerca, como si con sus chicharras y ululeos quisieran martillar nuestros tímpanos.  Finalmente llegamos al último carromato que había en los alrededores. La Trianera había mencionado que era el último apostado, perteneciente a unos tales Torres de Avila, pero nada parecía latir dentro de aquella carroza destartalada. No había rastro de Jutta, a menos que los negros la hubiesen entrado, cosa que dudaba.

-Vamos bonita- advirtió él hombre de cabellos oscuros y piel morena, mientras había la puerta como todo un galán: -No es la más cómoda pero será suficiente para una noche mientras continúan el camino con los amigos.

-Gra... gra... gracias.

Subí, con la esperanza de ver a Na´rak pegado al pecho de su madre y un Qikto descansando mientras esperaba que llegara. Incluso se me iluminó la sonrisa cuando imaginé lo que quizás me dijeran al verme llegar con aquel hombre de rostro gitano. Lo había juzgado mal todo el tiempo. Me había dejado llevar por los prejuicios de los negros y ahora les haría comer sus palabras.  

Al entrar todo estaba oscuro. El olor a paja húmeda y madera podrida se adentró en mi nariz. No podía ver nada, ni siquiera si estarían allí... entonces dudé, pero muy tarde, por que para el momento que pretendía dar la vuelta, besé el piso con fuerza, mientras atrás de mi sonaban unas manos ansiosas que se quitaban el cinturón y desabrochaba el pantalón.  

-¡NO!- grité una y otra vez mientras me arrastraba entre la paja, tratando de huir hacia la otra esquina de dónde provenían los sonidos. -¡¡Krasn na´rak the nak thup treshka nak!!- Pero él reía, incluso tomándose algo de tiempo en lo que las tinieblas de un carro ausente de ventanas o acceso a luz alguna, devolvía como el frote de piel contra piel.

-Hora de pagar, bonita... Hora de pagar.
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: Por unos kulls (+18)

Mensaje por Amethist el Miér Ago 31, 2016 10:24 pm

X. Martirio (+18)


Mis dientes castañeaban, arrastrándome como un gusano entre paja, lodo y excremento. Debía serlo, estaba segura de ello; aquellos olores nauseabundos lo delataban. El aire viciado del encierro se mezclaba con el calor que durante el día se había encerrado en el carromato sin tener una vía de escape. El ambiente apestaba, no más que la situación.

Lo cierto es que provocaba nauseas, pero éstas quedaban amilanadas ante la angustia de lo que me perseguía. El corazón daba tumbos frenéticos, amenazando con desbocarse y salir escapando primero. Idiota era ese pensamiento, atribuyéndole al órgano rítmico un comportamiento ajeno a la lógica misma, pues era como si con ello pudiera salvarse antes que la dueña. Temía y el miedo me convertía en presa de un problema sin solución. Todo por culpa de él...

Humillación, violencia, salvajismo… la mirada amarilla de aquel gitano había escondido desde siempre esas intenciones, sólo que yo, ingenua como siempre recordaba del mundo que me rodeaba, había optado por no creer en mi primer juicio. La piel se erizó conforme los sonidos a mi espalda se hacían más nítidos, horripilantes. Ese suave vaivén de piel con piel, no rítmico sino ansioso, como si quisiera rápido saborear y para ello necesitara estar en forma. ¡Se tocaba! El malnacido se frotaba con ganas, pues la certeza de lo que vendría estaba predicha y él sabía lo que quería, sino también el cómo le gustaba.

Más que llorar, quería huir. Sin embargo, la sensación de ser un animal en cautiverio se hizo presente cuando llegué al borde de madera, el límite de mi encierro. No había tiempo para sentirse frustrada o para arrepentirse. Me habían engañado, una vez más, y por ingenua ahora estaba a punto de "pagar". Irónica era la manera en la que las palabras de los perpetradores se vuelven la moraleja de las historias, como si fuera una manera de compensar su crimen, aleccionando.

Sequé mi propio sudor de la frente, pues casi que escurría hasta la nariz, y esperé. Oír y mantenerme escondida era la única carta de salvación que disponía. Entre el gabán y la blusa, podía seguir el camino que corría un hilo de frialdad penetrante por mi espalda hasta perderse en los pantalones. Tenía ganas de orinar, y las piernas no ayudaban, temblándome como si el verano hubiese cedido terreno al crudo invierno; aguantarlas era imposible y sin más lo solté.

-Oh pequeña… ven con papá…- susurró una voz que lejos de ser dulzona, se hizo sentir áspera, amenazante.

Escondida. Acechada. De cuclillas en donde la intersección de la madera me acunaba, apreté las rodillas entorno de mis brazos, trinándome los dientes. “¿Qué hacer? ¿Qué hacer?” Morder, golpear, patear, por supuesto que podía tratar todo lo posible para defenderme, pero la lógica era más que obvia: sin saber hacerlo correctamente o si quiera tener la certeza de propiciar un buen golpe, aquel hombre de maneras rudas pronto se haría a mí sin más y, con su fuerza bruta, así fuera a los golpes, me violaría como lo había dispuesto desde un comienzo.

Podía intentar las maneras de las putas de Naresh. Hablar y convencer, tratar de engatusar hasta simplemente salir libre. En un segundo la imagen del tuerto en la taberna vino a mi mente. Un escudo, una protección, alguien con convicción, una columna, un apoyo... Nada, yo estaba sola en este mundo y sufría ahora de eso: nadie daría la vuelta para salvarme. Ahogué un suspiro profundo y continué arrastrándome por el piso. Así como vino esa figura a mi mente, se desdibujó pues la claridad de la obviedad era más poderosa: sin saber hablar y expresarme de buenas maneras, no tendría sentido esgrimir la diplomacia. Sería como negociar bajándome yo sola los pantalones sin más. Él sabía que estaba sola y que no tendría a nadie que quisiera defender mi honor o sus injurias. Era la víctima perfecta.

Entonces fue que entendí mi única opción: alargar ese momento, esconderme, hacerlo buscar, aburrirse, que tuviera que moverse tanto hasta que sólo la espera lo frustrara o le quitara las ganas. El olor, el ambiente, la inmundicia se harían cargo de lo inevitable. Tenía que ganar tiempo, si es que con ello podía obtener cualquier ganancia.

-Oh vamos pequeña…- volvía a cantar con ese tono mortal: -Vamos a divertirnos… te gustará.

-Ja, como si aquello pudiera ser medianamente placentero.

No la oía desde hacía días, pero ahí estaba, la voz, cruel, consejera, por primera vez conforme en el mismo lado que yo. Para nada le gustaba la perspectiva de que fuera ultrajada y en eso ambas, por primera vez, estábamos de acuerdo.

-¡SAL DE TU ESCÓNDITE MALDITA ZORRA PAYA!

Los aretes que adornaban el rostro del gitano trinaron ante el desate de su furia. Yo, a gatas, a veces reptando, me deslizaba por debajo de la paja y el estiércol, guiándome solo por el sonido de sus palabras, alejándome lo más posible de la fuente de sonido. Él volvía a agarrarse y masturbarse, ya no con ansiedad sino con desespero. Tiempo… el tiempo era lo único que me podía salvar.

-Eres una perra cobarde- espetó con desprecio la voz de la daga.

“Pero una perra que vivirá si sigue así”, respondí mientras seguía avanzando. Y es que, el secreto era ese… con cuidado, una pierna con el brazo, luego la otra con el otro, como una araña, lejos de la fuente de ruido.

Más el gitano no era estúpido. Metiendo las manos en la paja, empezó a escarbar, iracundo, asqueado, pero seguro de que no abandonaría su premio. Dejó de gritar, y aunque la paja que removía generaba sonidos, aquellos eran confusos. Perdí el rastro de su ubicación dentro del carromato y ciega, a tientas, sabiendo que no podía dejar de continuar o de lo contrario podía terminar en manos del violador, continué moviéndome, sin saber que mi trasero removía de más la paja que me cubría. Sólo en mi imaginario esperanzador  pasaba por ser una sombra más dentro de la profunda oscuridad.

Entonces, fue en un segundo que supe que ya no lo era. Todos sabemos lo que se siente: el peso descargado de unos ojos ajenos que nos ven aun cuando nosotros no lo sepamos. Esa presencia ausente que es capaz de traspasar la ignorancia para in situ hacerse notar. Si la muerte tiene una forma de hacerse ver, ha de ser de seguro esa, como la del atacante, la del victimario, la de aquel violador. Volteé el rostro con miedo a lo que vería, y él con una sonrisa me aferró por el cuello, levantándome sin demasiado esfuerzo. Su agarre me hacía daño, impidiéndome hablar o respirar.

-Mátalo- escuché en el silencio.

-Estúpida ovejita…- habló despacio, mientras con su otra mano acariciaba mi busto sobre la ropa: -¿Creíste que podías huir? Ingenua niña… ¿creíste que podías huir de esto?– y con ansiedad me acercó hacia él. Su aliento pútrido casi podía ser degustado, pero era su mirada la que aún en la oscuridad podía leerse como si fuera un libro abierto, siniestra y llena de primitivismo: -Ven, mírame bien… ¡míralo!

Me soltó con desprecio y, de rodillas, apenas si tuve tiempo de reponerme del golpe cuando ya tenía su mano en mi quijada, apretada con fuerza. Su miembro vigoroso se alzaba ante mis ojos, el primero que viera en mi vida. Me dio asco, repugnancia. Quise vomitar, lo que hubiese sido una buena treta, pero la angustia me retuvo de las ganas, dejando que la escena se decantara al gusto del gitano.

-¡MÍRALO RAMERA! ¡BÉSALO!- gritó con desespero, mientras sonreía, acercando mi rostro hacia su entrepierna.

-Mátalo- volvió a repetirse en medio del calor y el olor. Una sentencia.

Ni mirarlo, ni tocarlo. Apenas aquella parte rozó mis cabellos, el asco hizo presencia, incapaz de abrir los ojos, la boca o si quiera atreverme a respirar. Pos su lado, él forcejeó, trató de abrir mis labios, embistió desde atrás mi cabeza para que la cara se acercara a su sexo, pero yo me resistía, con una fuerza estoica que más parecía la de una bestia. Aquel ser de pronto se me hizo insulso, estúpido, el miedo poco a poco se trasformaba en desprecio, altanería, y una idea se empinaba sobre el temor, abriéndose paso ante el descontrol, haciéndome pelear sin siquiera proponérmelo.

-¡Estúpida!- susurró, tomándome de la frente y lanzándome hacia atrás. La sorpresa de la caída hizo que una de las piernas se me doblara y el dolor me hiciera gritar, pero eso antes de sorprenderlo, le gustó y como en respuesta a eso volvió a ordenar: -Abre las piernas, princesa…- y río, mientras forcejeamos de nuevo. Él se acurrucó, apoyando su pesado cuerpo sobre el mío, rasgando la camisa y haciéndose a mi pecho entre besos, chupones y mordiscos que, aunque no veía, me hacían sangrar. Grité del dolor como de la humillación. Ya las lágrimas no querían correr más. Sin embargo, entre más gritaba, él más se moría de ansias. Mi dolor lo encendía como una llama, y aunque yo no podía ver, el olor a sangre y a mierda no parecía serle del todo ajeno o mermarlo. De hecho, a pesar de lo escabroso, el gitano amaba el salvajismo.

-Tan rica… tan dulce… hueles a virgen… a paya nueva… Grita para mí… ábrete… Ábrete para mí- repetía y hablaba consigo mismo, mordiendo cada vez más como si en serio buscara devorarme.

El ardor escocía la piel, sino la carne. Me arrancaba de vez en cuando la ropa, rompiéndola a tirones, presa de una furia animal. Yo lloraba de ira, gritaba indignada, con todas las fuerzas me resistía, tratando de apartarlo. Era consiente que, en aquella posición, él con todo su peso me cerraba la oportunidad de defenderme o siquiera hacerle verdadero daño. Sin embargo, me rehusaba a solo esperar, a ceder. Una fuerza más grande que mi propio yo se oponía: la idea de que aquel sujeto era nada ante mis ojos, un iluso, un mal menor, casi nada contra lo que yo podía llegar a hacerle. Y aunque la situación era completamente contraria a mi pensamiento, aunque el dolor de sus mordiscos en mi pecho y en mis piernas me marcaban como su propiedad, la fuerza de ese pensamiento tomaba cada vez más presencia. Había perdido el sentido de la cordura, aunque la sensación de dolor no era nada comparada con la manera hostigadora con que ese pensamiento me invadía.

Grité incoherencias y entre el forcejeó logré cachetearlo, pero era tarde. Con una sonrisa me miró directo a los ojos, mientras su miembro húmedo y duro se apretó en mi entrepierna, rozando el premio.

-Mía…. Esta vagina es mía…

-¡¡MÁTALO YA... YA!! Tengo hambre…
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: Por unos kulls (+18)

Mensaje por Amethist el Jue Sep 01, 2016 12:09 pm

XI. La naturaleza de las cosas


“Le va a hacer daño. ¡Tengo que hacer algo!”

Así pensó el divium entre las ramas de los árboles mientras observaba a la distancia, con esa mirada purpura capaz de verlo todo más allá de los cielos a cientos de metros de distancia. A su arte de observación no había escapado nada. Aunque estaba el carromato impidiendo lo que fuera que sucedía dentro de él, entre las grietas podía seguir de cerca los sucesos. Lo vio todo: cuando de entre la paja el gitano levantó a la muchacha, la manera como la ahorcó, la ultrajó, la desesperación, el forcejeo. No se hubiese inmutado por una situación así de no ser por que, según su maestro, esa chica era aquella mujer que él había estado buscando desde la desaparición de sus padres; por todo eso, sintió que el mundo se le caía a los pies.

Oldrak Wasser, como descendiente y único heredero de los sacerdotes de Nubibus, había tenido que tomar la dura decisión de renunciar a sus votos y títulos en pro de una cruzada sin precedentes: encontrar los cuerpos de su familia. Los había perdido en el mar del norte, en algún punto entre la costa de Jyurman y los propios glaciares. Él los había recorrido al vuelo, había levantado las aguas, e inspeccionado sus profundidades, surcando grandes peligros para encontrarlos. Sólo hasta los cinco años de travesía encontró una noticia reveladora: una niña, se decía, era la hija de una de las cuatro guardianas de los drow. La niña hubiese sido de poca relevancia excepto que las noticias que llegaban la identificaban diferente, una rareza:  un divium de cabellos tan blancos como la nieve ausente de Bosque Maldito.

Antes del inicio de su cruzada, la cordura le había retenido más tiempo de lo previsto en las tierras de las nubes. La sospecha de que no era el único Wasser andando por Noreth le había podido más que la lógica de las cosas. Al final había salido, ya hacía más de 20 años atrás, en la búsqueda de todo lo que pudiera quedar de sus parientes. Y lo había encontrado, cinco años después, en la voz del mismo Milk, un pordiosero de los caminos pero alto heraldo de los Sikti Paktim. Aquel había sido el inicio de una relación de colaboración mutua, que al final, lo había hecho abrazar la causa de aquella secta, que mucho distaba de ser la propia.

Volviendo a la espesura de la arbolada, al sospechar lo que pasaba tras las paredes de madera del carromato, el divium se cubrió el rostro con la capa y decidió ir a enfrentar su destino para salvar a la chica. Los Sikti le habían ordenado cuidarla, y además, él tenía sus sospechas de quién se trataba. Alcanzó a dar raudo algunos pasos, cuando una mano lo atajó por el pecho y con una media sonrisa, casi burlona, le espetó:

-No tan rápido, palomo… Mira y aprende.

-Tú…

Yusuf, el explorador, salió de entre la maleza con la vara que lo caracteriza esgrimida en una de sus manos. Su aire taciturno, de piel grisácea como la de aquellos que viven entre los árboles, le otorgaba un aspecto aún más tétrico, sino mortuorio. Los ojos cubiertos, como siempre, por lo que muchos creían que era invidente, le daba ese aire de maestro samurai, un hombre superior capaz de ver con todos los sentidos, expandido a sus máximas capacidades. Sin embargo, la sonrisa era la que el divium recordaba, siempre llena de secretos y conjuros, de esa magia de la que él era un maestro entre maestros.

-Mira… mira bien- le dijo, retirando la mano del hechicero de Nubibus: -Si es tu hermana la que creéis que está allí, habéis de saber que corre por su sangre el poder para defenderse y salvarse sin tu ayuda.

--//--


Se dice que nadie sabe para quién trabaja, o que la ignorancia es ciertamente, y por naturaleza, atrevida. La verdad es que nunca pude imaginar lo que sucedería en ese momento, pues lejos de sentirme un cordero, en mi crecía la fuerza necesaria para mirar directamente a esos ojos y dar a entender que faltaba mucho para doblegar mi espíritu. Quizás eso fue lo que vio aquel hombre cuando con seguridad estuvo a punto de perpetrar su objetivo; quizás fuera otra cosa, pues de súbito su confianza palideció.

-Puta obstinada- murmuró con enojo, tomando el impulso para rasgar mis entrañas.

-¡¡MÁTALO AHORA!! ¡¡DEVÓRALO YA!!

No podría decir que lo tenía planeado. De hecho, cada suceso, cada parte de los hechos que se dieron cita a continuación fueron ajenos a mi voluntad aunque con su consentimiento. Sé que aquello suena extraño; lo es para mí cada vez que lo recuerdo. En el momento sólo hacía, como si cada acción correspondiera al impulso dirigido de alguien más que sabía exactamente lo que quería lograr. Y es que, si aquella voz, ese otro subconsciente que habitaba en mí, me había dejado llorar, gritar, someterme y desesperar, era para que pudiera ver el desconcierto en su rostro tan pronto como le golpeara con mi cabeza en su cara constreñida por el deseo, aturdiéndolo.

La sorpresa y el desconcierto asomaron. Su rostro consternado sólo fue contestado con una sonrisa maliciosa, despiadada, una ajena a mis maneras, pero acunada en mi interior, ésa misma que había esbozado cuando torturaba a la ramera para saber el paradero del malnacido que me había robado con sus mulas, y había puesto pies en polvorosa.  

-¡Mátalo puta alada! Si no como, te mueres y si te mueres nadie más vengara nuestro dolor… nuestro tormento.

Sus palabras en mi mente no tenían sentido alguno. Dentro una ira incontenible tomaba cuerpo mientras lo observaba retorcerse, sin poder gritar, en ese gesto mudo de querer huir pero no poder hacer nada, mientras por sus ojos y su boca salía sangre, como aquella que expelieran los hombres de Samrat, cuando aún no entendía de lo que era capaz de hacer. Seguía sin entenderlo, pero podía sentirlo y con eso me bastaba. Lo secaba. Lo deshidrataba de a pocos. Era esa magia proveniente de la daga, pues ella tenía hambre, y su sed era también mía.

-Te gusta…- rezó la voz maliciosa: -Sí, siente ese dolor, aliméntame de él, hazlo padecer como a un cerdo y luego… destrózalo como él hacía contigo, quítale el poder, la convicción y déjalo sin nada más que sus huesos roídos… ¡Devóralo!

-De…de…- alcanzaba a oírlo entre sus espasmos de espuma y sangre: -¡Demonio!

-SÍ IMBECIL... SÍ- se estremeció de locura la hoja de la daga, refulgente en un color carmesí tan profundo como la sangre que añoraba: -EL DEMONIO QUE TE HARÁ PAGAR... JÁ... TE HARÁ PAGAR

Sabía que en el mundo real, solo yo la oía, pero aún así su entusiasmo, esa libertad con la que se conmocionaba, añorando la sangre que clamaba, contagió mi espíritu y yo era una con ella. Indivisibles, poseídas por una fuerza más grande que todo, su maldad y la mía se fundieron, dando como resultado la confusión: aún me pregunto si todo ello fue producto de la maldad de la hoja o de mi mente desquiciada y enferma.

Pero en ese momento, yo sonreí, divertida, impregnada de crueldad y locura, sin reparar en que el pecho y las piernas aun me sangraban por sus mordiscos de sadista. No había más que devolverle el favor, y la sangre me rebullía por hacerlo sin piedad. Ojo por ojo... De pronto, me lancé sobre él, desenfundando la daga luminosa, enterrándola hasta el fondo entre su palma, mientras quedaba empalada a la madera del carro. Su grito surtió el mismo efecto que el mío en antes para él: me excitó.

-Ahora…-susurré entrecerrando la mirada, acunandolo, acariciando sus cabellos mientras la otra mano removía la hoja haciéndolo gritar: -Shhh... Shhh...Wïlls dü füllën, wäs ëinë Rïchtigë Schmërzën ïst? (¿Quieres conocer el verdadero significado del dolor?)

El gitano se estremeció sin poder entender la ironía de mis palabras, viendo en su mirada la perdición que de seguro adivinó.

No sobra decir que nunca levanté la daga. Sólo lo golpeé con los nudillos y las rodillas, ablandando la carne, hinchando los nervios; le enterré mis uñas y le arranqué la piel, sabiendo que son 8 las capas que la forman, tiraba de aquellas tiras de músculo con dulzura, suavidad, casi como si en el pasado algo me lo hubiese enseñado, un proceso milimétrico, preciso, concentrado en su pecho, buscando abrirlo de a pocos, hasta que sus vísceras lo llenaran todo, más que la misma mierda.

Bajo mi arte, ese que no sabía que tenía, admiré cómo aquella criatura, antes objeto de mi miedo, podía retorcerse de dolor, soportándolo todo, tras el elixir exquisito del tormento mortal. Sólo yo decidiría cuando moriría… sólo yo era su juez y verdugo.

Y Lo disfruté. ¡Oh sí, los dioses saben que lo saboree con deleite enfermizo! Lejos de poder saber si aquello era bueno o malo, correcto o incorrecto, moralmente condenado o naturalmente justo, me dejé llevar por esas ansias maliciosas de “hacer Justicia”, devorándolo de a pocos.
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: Por unos kulls (+18)

Mensaje por Amethist el Vie Sep 02, 2016 12:05 pm

XII. Por unos kulls: la leyenda de la paya-gitana


Ya son varios los días que llevo en este lugar. Entre bailes, jolgorios, gritos, chasquidos, mulatas, faldas, colores, tambores, sedas, tarot, hierbas, promesas y mentiras, se corren las horas sin que se noten o recientan. No pienso mucho en el pasado, tampoco en sus figuras de niebla y misterio: para mí allí solo hay pecado y resentimiento, dos sentimientos con los que he hecho tregua luego de un sendero lleno de zozobra. Y es que estar entre aquellas gentes me ha dado no sólo la oportunidad de replantear la vida, sino también las aspiraciones. Abrazo la libertad que trae el contonear las caderas de manera descarada, de mentir en la cara para saber que he de robar, pero sobre todo, me deleita la fidelidad con la que cada uno de esos ladrones vestidos de ninfas, son capaces de darlo todo por sus hermanos. Y yo soy parte de esa familia que no es legada por la sangre, sino por la desventura de una vida que sólo deja la lealtad y voluntad para unos cuantos.

Esto es el paraíso de los diablos.

Cuando corro por las selvas, buscando presas para la comida, no me siento condonada a una vida de miseria, a pesar que es así como se le ven a los proscritos gitanos. Mientras las piernas sienten recuperar la fuerza de los días en cautiverio, como si nunca las hubiese usado, la vida se presenta ante mis ojos sin ese vaho de opresión. La fortaleza de Samrat, como los embustes y mentiras de Naresh, han quedado en el ocaso. El frío del caballero, las trampas de Moritz, la presencia omnipresente de Milk, los ojos condenadores de la orden y su dominio de las mentes, eran asuntos que nunca más turbarían mi sueño. De esos días de oscuridad sólo el arco y la flecha me dejaron de ser tan ajenos, aun cuando reconozco aun no tengo arte perfecto. Quizás nunca llegue a tenerlo, pero eso está lejos de turbarme. Igual, me sirve para un fin modesto: cazar. Seguir huellas, oír la naturaleza, sentir el flujo de las cosas, no son lo mío, sin embargo, me basta para llevar alimento a la familia con la que ahora vivo.

Los días han pasado, y ciertamente, en ellos siento que he descubierto más de mi misma que en toda una vida. Es curioso como a veces incauta veo pasar por el frente de mis ojos al conejo desvalido que aventajado por su velocidad percibe en mi a la idiota incapaz de capturarle. ¡Y tiene razón, que es lo peor! Algún día seré capaz de tornar esa mirada de suficiencia… algún día.

Aprender es un camino duro, y este es el momento en que aún no considero que mis habilidades me permitan decir que no fue mucho de suerte lo que tuvo lugar cuando me decidía a ir de caza. Hablar con fluidez me cuesta, pero tengo disciplina. Es igual que el arco, tener la fuerza de voluntad para usarlo y hacerlo. En el fondo, late una verdad que es la que me empuja cada día a abrir la boca y repetir las palabras, una tras otra, hasta que salen medianamente fluidas; la disciplina es intrínseca a mí.

Sin embargo, cuando más me siento segura y a gusto, es cuando llegan como brisa de lluvia los recuerdos de esa noche, pasados, espesos, disociados, confusos, pues la verdad de las cosas es que todo se dio de maneras insospechadas, sino ilógicas. El temor latente de volver a perderme en aquel mar de sangre subyace a pesar del correr de los días, como si la memoria no quisiera dejarlos ir.

La verdad es única y omnipresente: tengo miedo de hacer daño, pues aquello estuvo lejos de ser una expresión de la justicia. Fue crueldad, fue sadismo. Un placer más allá de las medidas permitidas de la cordura.

Aún me parece verme en medio de las noches con esa sonrisa cínica tallada en el rostro bañado de sangre, y la boca degustada por su carne. Irreconocible, abominable, ese yo que despertó la noche en que murió el gitano ha sabido impregnar con su presencia mi mundo de pesadillas. Por eso los hechos se confunden, como un arma de autoprotección en contra de la locura. En el fondo, quiero creer que no era yo, pues de lo contrario, ¿cómo podría vivir conmigo misma?

El silencio, ese espacio mental en el que la nada se hace presente, siempre resulta un mal consejero para cualquier pregunta de la que uno no quiera conocer respuesta.

¿Qué recuerdo?

Fui encontrada entre un mar de sangre e inmundicia a la mañana del día siguiente, o quizás del que le siguió. En medio de vísceras, dedos, carne y paja, un pene repartido en rebanas, huesos desprendidos de carne, bañada bajo la manta de ese pecado condenatorio, los gitanos se arremolinaron por el morbo y luego por el asco. El cuerpo del hombre de ojos amarillos apenas si podía ser reconocido, sin embargo, los colores de los ropajes originales como también sus aros característicos no dieron duda a su identificación: se trataba de Pedro Jacinto de los Cerros, amante de Aramea y padre de dos bastardos.

Luego sabría que, para los gitanos que allí me veían, la verdad de todo se tergiversaba. En vez de una asesina, tenían a una salvadora, pues por mucho tiempo el joven malevo cultivó su fama de salvaje y holgazán. Padre promiscuo había hecho y deshecho a más de una paya (nombre con el que los gitanos designan a quién no lo es). Sin embargo, entre las malas lenguas también se contaba de cómo algunas gitanillas habían sufrido de sus arrebatos de animal. Aquellos pecados se sospechaban, pues las niñas que solían pasear con él, o arriesgarse a tomar la noche entre sus brazos, terminaban enclaustradas por meses en los carromatos, golpeadas hasta en la conciencia, con el temor calado en los ojos y la incapacidad para contar de dónde provenían sus heridas. Sin acusaciones ciertas, nada ni nadie había podido alzar un dedo contra el joven que también tenía fama de golpear a su mujerzuela y niños. Por supuesto, ante esas historias, cuando todos ellos abrieron la puerta de aquel carromato apartado de todos, ese día de primavera, los gitanos no podían creer lo que veían: el objeto de sus culpas estaba allí, con las entrañas abiertas, despedazado, y en frente, con la cabeza gacha y los pelos cubriéndole la cara, otra niña, más pequeña y paya que todas, blanca como las lunas, quién también temblaba de miedo y horror, pero seguía sin contaminar, libre de culpas.

El mito se creó de la nada. La justicia había hecho acto de presencia y había vengado las injurias de los que no merecían ser llamados gitanos. La madre muerte, como le llamaban a su deidad y señora, se había vengado de la ofensa que representaba un hombre como Pedro Jacinto. Por ello, y aunque en su momento poco lo podía comprender, el castigo que encontrara la Trianera fue el justo a las acciones de honor y deshonor que se habían decantado en su mente de gitana. Para los suyos, yo era una salvadora de vírgenes, una paya extranjera, oriunda de tierras insospechadas, con alma de gitana, libertadora, fuerte y de lealtad incuestionable. La madre muerte me había perdonado la vida como el honor, mientras que el malhechor había recibido lo justo. Entonces, como muestra de agradecimiento, me dejaron vivir entre ellos, tomando el puesto del violador entre su familia, con una mujer que, si bien me miraba con recelo, luego aprendió a quererme como una extensión más de la leyenda: yo también la había liberado de los golpes, del sadismo.

Así nació la paya-gitana, una mujer blanca, de aspecto extranjero con alma liberada.

Es así como el castigo estuvo lejos de ser lo que me imaginé. Sin embargo, a mis ojos la experiencia de estar entre ellos y aprender sus costumbres le había dado un sentido a mi vida que jamás habría imaginado. A veces, cuando arrulló a la pequeña May, me preguntó qué hubiese pasado si el navajero de Shading no hubiese paseado ese día por el mercado, ¿dónde estaría yo? ¿Qué hubiese sido de mí entre la selva? Definitivamente los hechos hubiesen sido muy diferentes.

La hermana de la Trianera pronto se devolvió a sus tierras, prometiendo volver de nuevo con noticias sobre los impuestos y los grandes planes de la temporada. El nombre Waltz dejaba una estela de esperanza y avaricia en las caras de los mulatos de vestidos coloridos. Los negros, por su parte, aquellos compañeros de viaje que en lenguas extrañas me hicieron compañía, abandonaron el campamento gitano apenas tuvieron oportunidad. Qikto, hostigado por su mujer, no dio opción de quedarse más allá de la conversación que sostuvieran las ancianas, y al segundo de desatendidas, entre los bailes y juergas, se escabulleron fuera, siguiendo el camino hacia el río y la aldea de los pescadores. En mi caso, el desenlace fue el que recuerdo, perturbador. Nadie oyó los gritos del llamado Pedro Jacinto de los Cerros mientras la oscuridad me poseía, así como nadie supo cómo ese día perdí la razón y la cordura, cómo la sangre se me inyectó hasta en la mirada y me convertí en un monstruo que ahora temía más que a la vida misma.

La vida es una parodia de sí misma, pues cuando veo hacia atrás sólo encuentro una única respuesta a mis dudas: ¿cómo llegué a esto? Lo bueno y lo malo, lo turbio y lo sano, todo, nació por buscar al desgraciado ladrón… todo, por vengar unas cuantas monedas… todo, por unos míseros kulls.

avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: Por unos kulls (+18)

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 2 de 2. Precedente  1, 2

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.