Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Ratquest [Campaña]
por Egil Dom Oct 14, 2018 11:12 pm

» Tiempo de caza [ Solitaria ]
por Balka Dom Oct 14, 2018 9:37 pm

» Fue una buena estadía
por Egil Dom Oct 14, 2018 6:14 pm

» Egil
por Egil Dom Oct 14, 2018 5:59 pm

» Elíacer. [Grifo](Terminada.)
por Alegorn Vie Oct 12, 2018 12:20 am

» Un Dios entre Nosotros.
por Strindgaard Miér Oct 10, 2018 5:02 am

» La Esfinge de los Hielos
por Katarina Lun Oct 08, 2018 11:07 pm

» A Tale of Two Fluffs
por Vanidad Lun Oct 08, 2018 9:05 pm

» El Cuervo sobre el Muerto
por Reuven Lun Oct 08, 2018 1:57 pm

» Pesadillas en carne y hueso.
por Tentrei Iskusstvo Sáb Oct 06, 2018 8:42 pm




Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Ir abajo

Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Medielvoulder el Dom Ene 17, 2016 11:36 pm

El sendero era una línea serpenteante que se perdía a ratos a medida que subía la montaña, según los aldeanos era el camino que usaban los clanes cuando decidían bajar para abastecerse de cereales y otros insumos que no crecían allá arriba, si seguía ascendiendo lo más probable fuera que me encontrara con ellos, pero era el camino más seguro para subir. Además, los Vikhars no era mi problema principal, necesitaba averiguar quién era la persona que me había contactado, y cómo consiguió hacerlo. No soy un hombre fácil de encontrar, pocos son los que conocen mi paradero, un cazador de recompensas debe ser precavido pues no suele granjearse muchas amistades, y varios de los parientes, amigos y secuaces de quienes cacé a lo largo de estos años estarían más que contentos clavando mi cabeza en una pica. Si alguien estaba divulgando mi paradero… Necesitaba que aquella persona me dijese unas cuantas cosas, necesitaba saber si me encontraba en peligro.

El sendero a unos doscientos metros de altura pasaba por un bosquecillo. El olor de los pinos me traía recuerdos de mi tiempo de montañés, sus verdes oscuros ocultaban los rayos del sol que caían en vertical, el suelo estaba tapizado de vegetación y piñas secas, las aves cantaban y las liebres escapaban al oírme avanzar. La cueva se encontraba a un poco más de quinientos metros desde la aldea según la carta, calculé que llegaría por la tarde. Había partido a media noche, apenas arribó el cuervo a mi ventana, llevaba caminando desde entonces e iba a necesitar descansar un poco antes de seguir subiendo, así que me senté contra un tronco, y aunque no tenía mucha hambre, comí un poco antes de continuar. Aquella sería mi última parada antes de llegar a la cueva.

El pequeño bosque tenía un aura muy tranquila, era un sitio que la mano del hombre no había llegado a tocar del todo y eso era bueno. Me zampé medio filete de pescado y dos patatas cocidas, dormité unos minutos y continué mi ascenso mordiendo un durazno que había comprado en la aldea a las faldas de la montaña. Cuando le pregunté a la mujer del puesto de fruta si conocía la cueva que buscaba, me dijo que prácticamente todos ahí conocían ese lugar, que era un nido de monstruos, que era un lugar desierto pues hacía años que vivía un troll de dos cabezas en la entrada, y mataba a cualquiera que se acercase. Aquello me dejó intranquilo, la carta no mencionaba ningún troll. El rescate de la cueva iba tomando forma, debía salvar a alguien de ese monstruo y aunque la perspectiva de luchar contra una de esas masas de pura piel y músculo no era tentadora, me habían pagado por adelantado quince monedas de oro, más que suficiente. Además, cuando se conoce contra qué se lucha resulta mucho más fácil vencerlo.

Cuando dejé el bosque atrás el terreno comenzó a escarpar, la vegetación disminuyó a hierbajos y las piedras sueltas abundaban, lanzándose montaña abajo apenas las tocaba, por suerte me había conseguido un cayado, una rama de pino de aproximadamente un metro, a la que le tuve que sacar las ramitas con el cuchillo.
Subí doscientos metros más y el viento tironeaba mi capa como un chiquillo malcriado, solo faltaban cien metros para encontrar la cueva cuando el sendero me llevó a una bifurcación, a mi derecha la montaña escarpaba lo suficiente para necesitar escalar y a mi izquierda el camino continuaba por un paso por donde seguramente pastaban ovejas por cómo estaba pisoteado el suelo. El camino que ascendía se había dejado de usar hacia al menos un año considerando los hierbajos que crecían por él, me pregunté quien habría sido el idiota que hubiera seguido aquel camino antes que yo en ese momento, «uno con suficiente dinero como para mandarme a llamar», supuse. «Un idiota muerto, con su cabeza aplastada por una maza de piedra.» Debía ser honesto. Si vivía un troll ahí arriba, para ese momento la persona a la que iba a rescatar estaba ya bien muerta.

Comencé a subir, no alcancé a dar tres pasos cuando el viento cambió y pude oírlos. Eran por lo menos cuatro voces, reían y pateaban piedras, calculé que estarían a unos sesenta o setenta metros delante de mí por el tenue sonido de sus voces, aun no los podía ver ya que el camino tenía un recodo que doblaba a la derecha metros más allá.
Sus risas se detuvieron en cuanto me vieron, eran seis, vestían pieles bajo sus armaduras rotas y oxidadas, todos tenían cabellos largos y barbas enmarañadas por el viento,  era evidente que yo no era un montañés, pero no por eso no conocía sus costumbres. Cuando estuvimos a unos pocos metros les hablé.
—Saludos, ¿Son del clan de las Hachas de Sílex?
Eran todos muchachos de cabellos negros exceptuando al más alto que era rubio, a juzgar por sus cortas barbas, el mayor no debía tener más de veinticinco.
— ¿Quién lo pregunta? —dijo el que vestía una capa de piel de oveja raída que aún tenía algunas motas de lana pegadas.
—Sólo un viajero.
—Sí, lo somos —afirmó el de cabello rubio. Era obvio que lo fueran, la gente de la aldea me había dicho que eran el único clan en kilómetros, o al menos los únicos que bajaban a comerciar. El mentón del muchacho tenía  una fina  barba color mantequilla y por su altura sobresalía al menos un palmo de los demás, pero aun así era por lo menos una cabeza más bajo que yo. Pero no se notaba pues estaban adelante mío en el camino y debía mirarlos hacia arriba—. ¿Nos podrías decir qué hace solo un viajero por nuestras tierras?
—Soy un cazador de monstruos —dije sin pensar. Mentir siempre se me ha dado fácil—. He venido por la noticia de un troll de dos cabezas que ronda por aquí.
—Esa noticia es vieja —dijo otro de ellos, tenía un tatuaje en una de sus manos. Lentamente habían comenzado a rodearme y estaba a mi izquierda, el viento cambió de dirección nuevamente y pude oler su aliento a cebollas.
—Mi padre mató al troll hace dos inviernos —dijo el rubio, tenía la mano sobre su hacha—, se hizo una capa con su piel.
—Vaya, es una pena —dije—. Entonces todo mi viaje ha sido en balde. —Di un paso atrás para evitar que me rodeasen.
—Para mí no es ninguna pena, y no creas que tu viaje ha sido en balde —contestó el rubio con una sonrisa—. Nos hacen falta espadas y cotas en nuestro clan. —Los demás rieron a mí alrededor.
—Lo siento, pero no me siento tentado a hacerme parte de ningún clan.
El muchacho rubio sacó su hacha y sus compañeros lo imitaron con sus respectivas armas, hachas, espadas y hasta una lanza.
—No era una invitación —respondió con su mejor voz de adulto, ya no reía—. Me darás tus armas por las buenas o se las arrancaré a tu cadáver. Tú eliges.
En vez de llevar mi mano a la espada, me la llevé a la frente y eché atrás mi capucha para que todos vieran mis cuernos. Pude oír sus exclamaciones silenciosas, como dejaron de respirar de golpe, incluso oí como sus corazones comenzaron a bombear acelerados. El rubio apretó el mango de su hacha y dijo:
—Seguimos ganando, es cuestión de números —pero no estaba seguro de lo que decía, su voz había flaqueado un poco.
—Sí, uno contra seis es un número bastante malo, es muy posible que me maten, pero de algo estoy seguro: me llevaré por delante al menos a cuatro de ustedes antes de caer. —Lo dije con una voz profunda y amenazante, y desenvainé para darle peso a mis palabras.
Los muchachos se miraron entre sí, fue una suerte que fueran tan jóvenes, quizá no hubiera surtido el mismo efecto si hubieran tenido diez años más. Sus miradas se detuvieron en su líder. El rubio me sopesó con la mirada por algunos segundos, debatiéndose entre arriesgar la vida o quedar como un cobarde. Finalmente guardó su hacha.
—Puedes irte cazador de monstruos —dijo al fin.
No pude hacer otra cosa que envainar e irme. Por suerte los Vikhars no usan los arcos más que para cazar, luchar con arcos para ellos era una bajeza, en mi espalda solo pude sentir sus ojos clavados y nada más.

Pasó no más de media hora cuando llegué de nuevo a la bifurcación, esta vez tomé la derecha hasta donde la montaña escarpaba más y más hasta volverse un acantilado que se coronaba cien metros más arriba. Esperé cerca de una hora por si alguien me seguía, la tarde llegó y el sol coloreó de púrpura el oeste del cielo, si seguía esperando escalaría en medio de la noche y eso no era para nada bueno.
La montaña parecía fácil de subir, tenía bastantes asideros y plataformas en donde crecían árboles y plantas aferrados a la cara de piedra de la mole. Me sujeté a la montaña y comencé mi lento ascenso.

Llegué a la cueva en medio de la noche. Las tres lunas brillaban en el cielo nocturno plagado de estrellas. La entrada a la roca era circular, de unos tres metros de diámetro. Saqué de mi morral un trapo, lo amarré a la punta de mi cayado y lo empapé en el aceite que había comprado en la aldea cuando supe que me enfrentaría a un troll. Un buen fuego era todo lo que necesitaría para enfrentarme a aquella bestia, si es que estaba viva.
Entré en el lugar y pronto dejé atrás la luz de las lunas, y a medida que avanzaba se me tensaba el corazón. Los sitios cerrados no eran en absoluto lo mío, hasta en mi pequeño hogar me sentía mal a veces, como si me sofocara estar entre cuatro paredes; creo que es por el recuerdo de la pequeña celda donde pasaba mis noches en el Foso Negro. Desde entonces siempre duermo con las ventanas abiertas de par en par para poder ver el enorme cielo.
Aquel lugar parecía ir empequeñeciendo a medida que avanzaba, o eso me hacía creer mi mente. Caminé cerca de media hora, luchando contra el impulso de salir disparado de lo que parecía ser la barriga de la montaña. La cueva serpenteaba hacía el interior de la mole, a veces hacía arriba, a veces hacía abajo, nunca derecho.
Llegó un momento en donde no podía oír más que el inmenso e inexorable silencio de la roca fría, el cual sólo mis pisadas y mi respiración ocultaban, pero era como lanzar una piedra al mar, el silencio estaba ahí, era constante como el invierno e igual de frío y muerto.

La cueva se achicaba, el silencio se expandía. Cada vez daba pasos más cortos pues temía que la cueva se siguiera contrayendo, —un paso más— me decía, pronto encontraría el final de la cueva o a quien debía rescatar. Otro paso, el silencio se había vuelto tan denso que podía oír la sangre correr por mis venas, otro paso, mi corazón parecía un pájaro queriendo salir de mi pecho, otro paso, la antorcha comenzó a disminuir su intensidad. Un paso más, la luz reveló un derrumbe. «El final del camino.»

Vertí un poco más de aceite en la antorcha y una enorme llama anaranjada ardió de la punta de mi improvisada antorcha. Al principio no lo había notado por la poca luz, pero entre la roca negra y gris, un pálido se dejaba ver. Me acerqué pensando en que serían los huesos del pobre autor de la carta del rescate, me acerqué un poco más y noté la redondez y la suavidad de la piel, «piel humana.» Limpié lo que parecía ser un brazo y luego de retirar pequeñas piedras y sedimento me encontré con un hombro y sus pechos. Al principio pensé que la cabeza estaba debajo de una roca pero resultó ser que la roca era la cabeza. Lleno de tierra y piedrecillas su cabello negro como la tinta se desparramaba por sobre sus hombros, le levanté el mentón y me sorprendí al ver que abría los ojos.
—Hola, ¿Me puedes oír? —Ella asintió. Le solté el mentón y mantuvo la cabeza erguida—. Necesito que sigas mi dedo —moví mi mano frente a su rostro, era una Cite, de piel lechosa, facciones suaves y labios gruesos, sus ojos eran un par de amatistas que seguían el movimiento de mi mano. Estaba delgada pero parecía sana—. Eso es, necesito saber si tienes alguna contusión cerebral. Creo que estas bien —Sonreí para infundirle algo de confianza, pero la verdad era que sus piernas estaban sepultadas bajo las rocas, y muy posiblemente rotas—. ¿Puedes hablar?
—Sí —tenía una voz tenue y hermosa, tan femenina como imaginé que sería—. Que afortunada soy, al fin ha llegado mi salvador.
Levantó su mano y la posó en la mía, estaba demasiado fría. Del morral saqué mi manta y la cubrí lo mejor que pude, luego le di toda el agua que pudo beber de mi pellejo, estaba sedienta.
Cuando la miré detenidamente noté que su torso estaba cubierto con lo que parecía ser una túnica, la que por el derrumbe estaba completamente raída, sucia y destrozada. En varias partes la piel se asomaba amoratada por la seda rasgada.

Roca por roca liberé su cuerpo, y poco a poco noté como algo no encajaba; bajo su túnica el perfil de sus caderas se ensanchó de manera extraña, no parecía haber piernas. A medida que la liberaba del derrumbe mi cabeza se llenaba de más y más preguntas, ella lo debió notar en mi rostro.
— ¿Te encuentras bien?
—Sí. —El silencio fue avanzando mientras yo quitaba las piedras, ella se limitaba a soltar uno que otro gemido de dolor. La antorcha brillaba clavada a unos metros de distancia—. ¿Cuál es tu nombre?
Tardó casi un minuto en contestar.
—Hace mucho tiempo que nadie pregunta mi nombre.
Levanté una roca y una enorme rama negra y llena de lo que parecían ser largos vellos negros se movió.
Di un paso atrás.
—Oh. —Mi boca quedo formando un círculo. Vi como la rama negra se abría hasta doblar su largo, puso su punta entre las rocas y se aferró. La mujer se impulsó hacia ella, no, la rama era parte de ella, toda ella se impulsaba, las rocas cayeron por su otro costado y dos ramas se liberaron de su prisión, éstas buscaron asidero y en unos segundos, gracias a la fuerza de sus patas, la mujer logró liberarse.
—Al fin libre —dijo sonriente. Se alzó sobre sus ocho patas para estirarlas, al parecer no estaban rotas ni heridas, alcé la vista para contemplar toda su longitud, su cabeza rozaba el techo. Llevé instintivamente la mano a la espada. Relajó sus patas y quedamos cara a cara. Aún sonreía, parecía recuperada, ya no era la mujer de hace un segundo atrás—. No sé cómo agradecértelo.
—Contéstame unas preguntas —mantuve la mano en el pomo, a ella no pareció importarle. Tenía varias preguntas, pero no sabía por cual comenzar, así que lo hice por la más lógica—. ¿Tú enviaste al cuervo? —asintió—. ¿Cómo conseguiste un cuervo aquí abajo? ¿Y tinta y papel, y luz para ver en la oscuridad?
Nos encontrábamos a unos pasos de la antorcha, pude notar con más claridad sus ojos violáceos, sus labios oscuros y rojos, su sonrisa sincera. Con ese enorme y bulboso cuerpo oculto tras su torso y mi manta, casi parecía humana.
Titubeó un instante, se arrebujó en mi manta y comenzó a explicarme:
—El cuervo, la carta y el dinero fueron obras de falsificación, una ilusión tangible. Soy una ilusionista.
—Vaya, eso no me lo esperaba, el oro… —Quince piezas de oro, la mitad adelantada por un rescate, sonaba demasiado bueno para ser verdad.
—Lo lamento, no hay oro; pero ahora que estás aquí te puedo pagar.
Ignoré su respuesta, ¿con qué pensaba hacerlo? ¿Con piedras?
— ¿Quién te dio mi paradero? ¿Cómo me hallaste?
Ella ladeó la cabeza, al parecer no había entendido mi pregunta, hizo una mueca y me dijo:
—No te busqué. Solté cuarenta cuervos hace unos dos días, todos los que permitieron mis fuerzas y les ordené a que buscaran hombres fuertes, capaces de esta tarea, lo demás fue obra del azar.
»Tú fuiste el único que contestó el llamado, el único lo suficientemente valiente para subir aquí. El más fuerte y valiente —dijo mirándome de arriba a abajo mientras se mordía el labio, «¿Acaso me está coqueteando?» Sacó una mano de la manta y me acarició el brazo por sobre la armadura, luego la cara, su tacto ya no era tan frío, «Definitivamente lo hace.»

Solté un suspiro. Decía la verdad, lo supe por su pulso y tono de voz. Era bueno saber que nadie había delatado mi dirección. Miré a la mujer, traté de no pensar en su abominable cuerpo de araña, aquellos bichos nunca me han gustado. Por sobre eso, era hermosa y delicada, de orejas pequeñas, pómulos redondeados y mentón algo puntiagudo.
—Lo siento —dijo de pronto—. Sé que no era lo que esperabas encontrar, aun así te lo has tomado con bastante tranquilidad… los demás humanos a quienes he conocido salen huyendo apenas me ven —Su voz sonó con un tono de inflexión, ¿qué era aquello? ¿Pena? La miré fijamente.
—Es que yo no soy humano del todo —debía estar algo loco para empatizar con ella, pero quería mostrarle que no era el único monstruo ahí. Me descubrí la capucha y dejé que viera mis cuernos. Ella se quedó mirándolos unos segundos, su mano subió de mi mejilla y palpó uno de mis cuernos. Su boca dejó entrever una sonrisa—. Un mestizo. Eres casi como yo. Esto cambia mucho las cosas.
—Yo no siento que haya cambiado nada.
—Claro, un mestizo, mitad demonio, por eso temes y te ocultas —me dijo observándome con ojos de borrego—.  Pierde cuidado, mi salvador, tu secreto está a salvo conmigo.
—Gracias —dije sin mucha convicción. Me di la vuelta y me acerqué a la antorcha—. ¿Te sientes con fuerzas para caminar? Ya va siendo hora de que salgamos de aquí.
— ¿Estás seguro? ¿No deseas descansar? Ha sido mucho peso el que has movido. Además debo entregaros tu recompensa.
— ¿Qué me darás, otra ilusión?
—He descansado mi mente estos días, podría cambiar mi cuerpo para ser una humana por completo —Me miró entre avergonzada y pícara. Su mano seguía descubierta y junto con ella parte de su cuerpo. Su pecho redondo y perfecto se delineaba bajo sus sedas, casi tímido—, ni siquiera notarás la diferencia, será igual de real que el cuervo.
—Yo… —aquella invitación me dejó sin habla.
—Hace tanto tiempo que no he estado con alguien.

Se acercó con sus labios a medio abrir, debí dar un paso atrás, pero no lo hice, nos besamos. « ¿Pero qué mierda estoy haciendo? ¿Aparte de mestizo y  asesino también seré zoofílico?» Mi lengua entró curiosa a su boca, ella puso sus manos en mi nuca y me besó con más fuerza. «Debo detener esto» pensé, pero mi cuerpo me traicionaba. La tomé por la cintura y respondí a su beso, ella río por lo bajo y me mordió el labio, susurró unas palabras y de pronto, una pierna blanca como Kring, torneada y fuerte, subió por mi costado y yo la tomé en vilo. La manta cayó al suelo, puse el pie sobre una punta y la estiré de una patada. La posé sobre mi manta, mi vieja y desteñida manta de lana; me comenzó a desatar el cinturón para luego continuar con el pantalón, una parte de mí solo quería follarla, la otra pensaba en el peligro que corría, en que podría matarme y cenarme en el momento menos esperado, «luego compartiré mi comida con ella», sacó mi miembro con manos hábiles, sus caderas subieron a mi encuentro, yo bajé las mías. Soltó un gemido, como si fuera una doncella y me excité aún más. Rasgué sus sedas y perdí mi cabeza entre sus pechos, ella gemía y yo también. Nunca había estado con una mujer que me deseara, en mi vida solo había conocido a las prostitutas, y ellas, caras o baratas, siempre fingían. Ella en cambio parecía sincera, realmente sincera, o eso me obligué a creer.
Con mis embestidas me susurraba frases sucias y tiernas a la vez: —Mi salvador, fuerte y valiente, quiero sentir tu fuego en mi interior— o —Mi fiero carnero, embísteme fuerte, así, así —y me tomaba por los cuernos—. Quiero tenerte siempre dentro de mí, lléname de tu semilla.

El tiempo voló, perdí su noción. El fuego azulado de la antorcha estaba a punto de morir y apenas me dejaba ver la siluetas de ella. Su cabeza descansaba en mi pecho y su mano recorría la cicatriz que iba desde mi clavícula hasta mi cadera, tenía una pierna sobre mí, era reconfortante.
—No debo dejar que la llama se apague.
—No te levantes, quédate un rato más conmigo.
—No sé dónde dejé tirado mi morral —me deshice de su abrazo y me puse de pie—, si dejo que la luz se apague podríamos hasta quedarnos atrapados.
—Y no te gustaría quedarte atrapado conmigo, mi salvador.
Vertí el aceite que quedaba en la antorcha. Con la luz renovada la pude apreciar en toda su magnitud. Si hubiera sido una puta, me hubiera costado medio año de ingresos estar con ella.
—Debemos irnos —dije.
—Tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo dice otra.
Se puso de pie lento, se estiró como una gata y no pude evitar ir hacía ella.

El regreso de la caverna fue casi a oscuras. Para cuando la antorcha se apagó ya podía oír el viento batir sus alas invisibles fuera de la cueva, no tardamos en ver la luz del sol. Estaba amaneciendo. Por suerte esta vez recorrí el camino en compañía y el maldito silencio quedó relegado a las paredes oscuras de lo profundo de la montaña. Supe que el troll protegía la entrada de su hogar, y desde que había muerto, los Hacha de Sílex habían ahondado cada vez con más frecuencia, hasta que la encontraron. El derrumbe lo había provocado ella misma con tal de evitar que los otros que vivían en la caverna no resultaran muertos. No quise preguntarle quienes eran los "otros" y tampoco me lo dijo. Había tenido suerte, el polvo que había levantado el derrumbe la había cubierto y pasó inadvertida luego de que se disipara. Los montañeses se fueron tras ver que no podrían seguir avanzando y la dejaron abandonada.
—Luego pasaron dos días, eternos ante mis ojos, y al tercero llegaste tú.
— ¿Qué harás ahora?
—No lo sé. Supongo que migrar a otra cueva o quizá abandonar la montaña.

La entrada de la cueva era una boca enorme y más allá brillaba el sol por el este. Caminamos en silencio, disfrutando del aire limpio y el fuerte viento. Cuando salimos el sol me deslumbró después del tiempo dentro de la panza de la montaña, pero a pesar de no ver, capté muy bien los sonidos del acero, las voces, las pisadas.
Abrí los ojos, eran los muchachos y en medio de ellos, tres hombres. Los tres nuevos tenían más de treinta años, un rubio entre dos barbas negras.
—Así que mi hijo tenía razón —dijo el líder del clan. La capa de piel de troll ondeaba en su espalda sujeta por un broche de oro con forma de hacha—. Cazador, has encontrado una buena pieza. Pensé que te habíamos matado, mujer.
La miré, aún mantenía su forma humana, desnuda bajo mi manta. Me puse delante de ella.
—Buen día señores. Espero que no les haya molestado que haya subido a su territorio. Me la llevaré cuanto antes de aquí si me dejáis seguir...
— ¿Y no temes que arranque? ¿Por qué no la tienes amarrada? —preguntó el líder.
—Lo ha seducido, esa araña lo atrapó en su tela —dijo el hombre a la derecha del barbudo líder.
—No eres el primero cazador, muchos de mis hombres han sido devorados por esta ilusionista. Nuestro clan pensaba que el troll sería el final de nuestros problemas, pero fue solo el principio. Lo siento, no puedo dejar que te marches con ella, me debe más de doce hombres —sacó el hacha que colgaba de su cintura, una pulida y afilada arma. Los hombres a sus costados lo imitaron.
Retrocedí lentamente, de regreso a la cueva. Los Vikhars avanzaron conmigo. Miré a la mujer, no parecía asustada sino enfadada.
—Será mejor que regreses, escóndete entre las sombras, no dejes que te atrapen.
—No huiré. Sé cuidarme sola, cazador —dijo con una voz monocorde.


Nos adentramos en la cueva, extrañamente ya no le tenía tanto miedo a la concavidad como la primera vez, ahora en vez de recordarme los calabozos, la cueva me devolvía a la manta y al cuerpo de aquella mujer que estaban a punto de asesinar.
Todos los montañeses entraron, sus cotas chocaban contra la piedra de las paredes, me gritaban follaarañas, mestizo, y otras tantas palabras, todas merecidas.
Saqué mi espada de su saya, me descolgué el escudo y me preparé para recibirlos. Por la estrechez de la cueva los hombres avanzaron de tres en tres, hombro con hombro. Los primeros dos eran los acompañantes del líder, guerreros curtidos en cien batallas. Sus cotas tenían puntos de oxido y sus capas estaban raídas, pero el mandoble y el hacha que portaban estaban bien cuidados.

El acero cantó dentro de la cueva, retumbando y llenando de ecos la roca. Los gritos de desesperación se sintieron a mi derecha cuando uno de los jóvenes era atacado por otro a su espalda, y por algunos segundos la confusión reinó, —¡matad a la araña!— gritó el líder desde atrás. El mandoble se dirigió hacía ella y lo desvíe con mi acero, el hacha se alzó ante mí, giré mi cabeza y se resbaló por mis cuernos. Mi espada entró y salió por el pecho del hombre del hacha, su cota era muy débil y yo muy fuerte, el del mandoble buscó un espacio en mi defensa pero encontró mi escudo. La alarga espada chocó con violencia y me hizo estremecer. Por sobre el cuerpo caído aparecieron dos espadas cortas, los muchachos gritaban en su idioma pero eran pura energía y poca técnica. Solté un rugido y le corté al cuello al joven más cercano, un hacha arrojadiza silbó en el aire y se fue a clavar en mi pecho, el mandoble se alzó, lanzando chispas cuando chocó en las rocas. Mi escudo se astilló cuando detuve el golpe, las espadas cayeron sobre mí y no tenía más defensa que trozos de madera colgando por correas de mi brazo. Miré a mi espalda, ella ya no estaba.

Retrocedí varios metros, logré sacarme los restos del escudo y el hacha arrojadiza del pecho, me había dejado un buen corte a pesar de la cota de malla. Sentí la sangre recorrer en hilillos hasta mi cinturón, saqué mi cuchillo de su vaina y me lancé hacia delante.
Lo siguiente lo recuerdo como un sueño febril, en lapsos de luz y oscuridad. Una risa gutural rebotó en las paredes, lanzando ecos hacia lo profundo de la caverna, mi cuchillo se había perdido en la cabeza de un montañés, mi espada estaba roja y mis manos pegajosas. Una máscara salpicada de sangre era mi rostro y yo no era otra cosa más que una funda, un disfraz, la ira y el caos chorreaban por mis ojos y Rhaggorath me susurraba que los matara a todos.

Salí como disparado por una ballesta, una cabeza salió despedida y mi espada era una mancha briosa y opaca surcando la penumbra de la cueva. Mi cuerpo se estremecía de risa, los pequeños humanos huían y la montaña lloraba. Era un monstruo, era un Dios, era el Caos; mi arrolladora inclemencia volvía todo lo vivo en muerto.

Un aullido traspasó mis oídos y aquella barbita amarillenta y pusilánime se manchó del río espumoso y carmesí que surgía de la boca torcida de aquel hombre, mi espada entró y salió de su cuerpo por el simple placer de ver sus ojos apagarse para siempre. Pero la furia se alejaba, mi espada se quedó fuera de su cuerpo. El montañés ya estaba muerto, lo deposité en el suelo. Miré a mi alrededor y me volví a sentir igual de lánguido y pesaroso que cuando estaba en las arenas de pelea en el Foso Negro. Recorrí los cuerpos mutilados, doblados de forma grotesca y abiertos como nueces. Ella no estaba ahí. Solo encontré uno con vida, le faltaba el brazo del arma y la pierna derecha por debajo de la rodilla. Me miró, como mira el ratón al búho, le clavé la espada bajo el mentón, lo mínimo que le debía era un poco de clemencia.

Limpié y anudé mis heridas con una camisa de repuesto. Le quité a los montañeses todo lo que portaban de valor, la pesada capa hecha de piel del troll de dos cabezas ahora ondeaba sobre mis hombros, el broche de oro lo podría derretir, hice un nudo con todas las armas y me las eché al hombro. Caminé algunos metros hacia dentro de la caverna, pensé en gritar su nombre pero me di cuenta que nunca me lo dijo. No tenía más aceite para encender la antorcha y aun no estaba tan loco como para recorrer la barriga de la montaña en completa oscuridad. Me alejé en silencio, nunca más he vuelto a subir.
A veces pienso en ella.
avatar
Medielvoulder

Mensajes : 183
Edad : 37
Link a Ficha y Cronología : Medielvoulder
La Corona del Traidor

Nivel : 3
Experiencia : 0 / 1500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Señorita X el Lun Ene 18, 2016 9:32 pm

Vale. Le haré un par de apuntes.

Se va un pco por las ramas, aunque eso no es malo. Señalo una característica simplemente.

Por otro lado, le ha echado mucha imaginación a la situación y quizás se ha salido un poco de la situación propuesta, pero se la aceptaré por lo bien que lo ha conectado todo.


Solo una cosa más. Recuerde que aquí está luchando contra personajes no jugadores, pero a la hora de pelear con jugadores, debe tener en cuenta qeu su personaje puede recibir ataques de ellos, y que no lo va a esquivar todo. Le pasaré eso aquí porque es un monólogo, pero procure tratar de recibir golpes de cuando en cuando.

Procedo a darle color y permisos
avatar
Señorita X

Mensajes : 1269
Edad : 24
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Medielvoulder el Mar Ene 19, 2016 1:13 am

Gracias Srta X. Estoy feliz por ser parte de Noreth.
Con respecto a sus puntos, no creo haberme ido por las ramas, todo lo dicho tenía un ligar de ser en la historia. Y si bien hubiera podido escribir mi hijra en 40 líneas, quise ofrecer una buena historia.
En fin, pierda cuidado, en mis próximos escritos me adaptaré bien.
avatar
Medielvoulder

Mensajes : 183
Edad : 37
Link a Ficha y Cronología : Medielvoulder
La Corona del Traidor

Nivel : 3
Experiencia : 0 / 1500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Señorita X el Mar Ene 19, 2016 2:02 am

Lo sé, tengo la creencia de que usted es un jugador muy cuidadoso y detallista. SE me olvidó decir, me gusta mucho su forma de escribir, y leerle me ha sido ampliamente ameno. Esperemos que tenga una buena estancia por aquí. Quien sabe, quizás nos encontremos en algún rol.

PD: Acerca de lo de irse por las ramas, no quería que se lo tomara como algo negativo. Por favor, al contrario, quiero que, en este caso, se lo tome positivamente. Me gusta su forma de escribir, no es necesario que la cambie un ápice a excepción de lo que dije a la hora de pelear
avatar
Señorita X

Mensajes : 1269
Edad : 24
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Medielvoulder el Mar Ene 19, 2016 3:29 am

Señorita X escribió:Lo sé, tengo la creencia de que usted es un jugador muy cuidadoso y detallista. SE me olvidó decir, me gusta mucho su forma de escribir, y leerle me ha sido ampliamente ameno. Esperemos que tenga una buena estancia por aquí. Quien sabe, quizás nos encontremos en algún rol.

PD: Acerca de lo de irse por las ramas, no quería que se lo tomara como algo negativo. Por favor, al contrario, quiero que, en este caso, se lo tome positivamente. Me gusta su forma de escribir, no es necesario que la cambie un ápice a excepción de lo que dije a la hora de pelear

Oh, bueno en tal caso le agradezco su comentario xD
¿Así que usted rolea? vaya, me encantaría compartir un rol con usted. Mientras tanto veré a cuál rol me apuntaré Smile
avatar
Medielvoulder

Mensajes : 183
Edad : 37
Link a Ficha y Cronología : Medielvoulder
La Corona del Traidor

Nivel : 3
Experiencia : 0 / 1500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Señorita X el Mar Ene 19, 2016 5:33 pm

Por supuesto. ¿Dónde está la diversión de un foro de rol si no se rolea? Jejeje. Si no encuentra nada, siemprep uede decirlo en Quien Rolea, o crear una privada con quien guste.
avatar
Señorita X

Mensajes : 1269
Edad : 24
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Medielvoulder el Mar Ene 19, 2016 6:11 pm

Un rol privado con usted sería una buena instancia para aprender todo lo necesario para lanzarme al mundo. Pero, mientras tanto tendré que aprender por mi cuenta. Si creo un rol en Cuentos del Pasado, cumpliendo los requisitos, ¿obtendré las recompensas, o estas se dan sólo en roles del presente? Me gustaría hacer algo solo para que los demás sepan de qué va mi personaje.
avatar
Medielvoulder

Mensajes : 183
Edad : 37
Link a Ficha y Cronología : Medielvoulder
La Corona del Traidor

Nivel : 3
Experiencia : 0 / 1500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Señorita X el Mar Ene 19, 2016 6:38 pm

En teoría si cumple los requisitos para una solitaria, puede calificar para recibir experiencia. Así que si lo desea, adelante. A su disposición queda el hacer un rol ahí.
avatar
Señorita X

Mensajes : 1269
Edad : 24
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Las semillas de la montaña (germinan muertas).

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.